viernes, 20 de enero de 2012

Espejo, espejito negro

Hoy toca cross-post de mi última entrada en Frikitecaris. Con la excusa humorística y bibliotecaria del blog, aprovecho para hablar de una de esas series que están llamadas a entrar en la historia de la televisión: Black Mirror. Me ahorro la disquisición seria, porque José Ramón Vázquez la clavó en Literatura Prospectiva, y reitero mi entusiasmo ante lo que Joserra define con acierto como el Visiones peligrosas de nuestro tiempo. De hecho, y a modo de ejercicio megafriqui, me da por imaginar qué podrían hacer las cadenas comerciales como NBC si algún ejecutivo tuviera las suficientes luces como para entender la conveniencia de que el canal SyFy actualizase Outer Limits con las premisas de Black Mirror. ¿Os imagináis una docena de raciones anuales de buena ciencia ficción audiovisual, con episodios de entre cuarenta minutos y una hora basados en relatos como "El asesino infinito" y "Axiomático", de Greg Egan, "Comprende" y "Setenta y dos letras", de Ted Chiang, "No opinamos lo mismo" y "Días verdes en Brunei", de Bruce Sterling, "El continuo Gernsback", de William Gibson, "Tratando de conocerte", de David Marusek, "Paciente cero", de Tananarive Due, "Agenesia congénita de la ideación sexual, por K. N. Sirsi y Sandra Botkin", de Raphael Carter, "La costa asiática", de Thomas M. Disch,  "Russian Vine", de Simon Ings, "Los osos descubren el fuego" y "macs", de Terry Bisson (¡oh, "macs"!), "Servicio de vigiliancia", de Connie Willis, "Birth Days", de Geoff Ryman, "A Colder War", de Charles Stross, "Some Strange Desire" y "Fragments of an Analysis of a Case of Hysteria", de Ian McDonald, "Contrólate", de Paul Park", "La enciclopedia Braille", de Gran Morrison, o "El gigante ahogado", de J. G. Ballard? Hala, solo con refinar este listado hay material suficiente para un par de temporadas o, en su defecto, para que algún editor recoja el guante y elabore una antología de la hostia que, obviamente, solo podría venderse en formato de libro electrónico  porque, reconozcámoslo, no vendería nada. ¿Por qué venden tan mal las ideas prospectivas, distópicas y demás "visiones peligrosas", pero funcionan tan bien en el plano audiovisual? Quiero decir, ¿por qué sería una insensatez intentar editar estos relatos en una sola recopilación, pero estos podrían convertirse en la mejor serie de SyFy desde Battlestar: Galactica e, incluso, hacer sombra a la primera temporada de Black Mirror? Creo que la respuesta es obvia y dolorosa: porque es más cómodo.
Pero me voy por las ramas. Yo solo quería copiar y pegar mi entrada de hoy en Frikitecaris. Acá va.

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¿Qué hace de las teleseries británicas las mejores del mundo? Tres cosas: rigor, concisión y calidad. Frente a los culebrones de doscientos episodios por temporada, las mejores series británicas constan de muy poquitos capítulos por temporada (entre los tres de Sherlock y la media docena mal contada de Luther, Being Human o Misfits), un formato más parecido al del cine de toda la vida que al de la televisión clásica, y unos guiones rematadamente buenos. Ni un solo diálogo prescindible. Referencias al contexto histórico y social actual, metidas de manera tan sutil que muchas veces no nos damos ni cuenta, pero que permitirán al historiador o al espectador del futuro remoto fecharlas con un margen de error mínimo. Son series atemporales, como deben ser todas las obras maestras, pero hijas indudables de su tiempo, como debe ser toda obra de arte.
La última revelación en el campo de las teleseries es la escandalosísimamente buena Black Mirror, una reflexión, en forma de tres episodios autoconclusivos, acerca de los medios de comunicación, la tecnología y las redes sociales. El primer episodio, The National Anthem (vaya, como la canción de Radiohead), pone en la picota el papel de los medios de comunicación en las relaciones entre la política y la ciudadanía. Sin ánimo de destripar el argumento, este capítulo responde a la siguiente pregunta: ¿hasta dónde llegarías para acallar o satisfacer a tus votantes?
¿Demasiado genérico? Venga, vale, les vamos a contar los cinco primeros minutos del episodio.

A Michael Callow, primer ministro del Reino Unido, lo despierta su gabinete de crisis en plena noche para comunicarle una situación extraordinaria: alguien ha secuestrado a la princesa Susannah, una especie de lady Di y Kate Middleton, y colgado sus reivindicaciones en YouTube. Estas son insólitas: la única condición que se pone para liberar a la princesa es que el primer ministro comparezca ante las cámaras esa misma tarde... manteniendo relaciones sexuales explícitas con un cerdo. Las especificaciones técnicas que impone el secuestrador no dejan ningún margen a la manipulación: hay que rodar la escena cámara en mano y con luz natural, como si de Los idiotas o cualquier otra película de Lars von Trier o del movimiento Dogma 95 (¡homenaje!) se tratara.

A partir de aquí, como es lógico, comienza el debate. ¿Hay que rendirse al chantaje o llevar el juego hasta el final? ¿Es permisible tratar de hacer trampas? ¿Qué efectos puede tener la decisión final, sea cual sea, en la carrera política del primer ministro, la popularidad de las instituciones y los índices de audiencia? ¿Debe ceder la prensa a las presiones de la Casa Real y del gobierno, o limitarse a informar? ¿En qué lugar quedan las redes sociales, el de potenciadoras de la tragedia o el de rotura democrática de los filtros que se trata de imponer a la libertad de prensa?
El primer ministro, como es evidente, es el protagonista de este episodio, ya que se juega mucho, tome la decisión que tome: su carrera política, su matrimonio, la vida del personaje público más querido por la opinión pública británica y, llegado el caso (y su jefa de gabinete hace algo más que insinuárselo), su propia vida. Una vez que ha quedado claro que quien decide es él ("¿Y qué dice el manual que tenemos que hacer?", pregunta, a lo que le responden: "Esto es territorio virgen. No hay manual"), llegamos a la siguiente fase: ¿quién o quiénes son los chantajistas?
Por supuesto, los sospechosos habituales no tardan en aparecer: Al Qaeda o el IRA. Es decir, los grupos terroristas más interesados en desestabilizar el Reino Unido. Pero también, y a este punto queríamos llegar, se deja caer qué otros grupos o individuos podrían estar detrás del secuestro. Miren este vídeo y deténganse a los 23 segundos. Les transcribimos el desesperado soliloquio del primer ministro y, por supuesto, la cursiva y negrita son nuestras:
--¿Qué es lo que quieren? ¿Dinero? ¿Que liberemos al yihadista? ¿Condonar la deuda del Tercer Mundo? ¿Salvar las putas bibliotecas?
¡Bingo! Ladran, luego cabalgamos. Se produce el incidente más grave de la historia reciente del Reino Unido, y el primer ministro (suponemos que conservador, de los que están cargándose el sistema de bibliotecas públicas británico) culpa, en este orden, a unos chantajistas que solo quieren dinero, al terrorismo fundamentalista, al movimiento indignado y a los bibliotecarios.
¡Un poquito de por favor! Un bibliotecario jamás secuestraría a una princesa del pueblo glamurosa; por el contrario, secuestraría al propio primer ministro y lo obligaría a leerse (y, juas, juas, leer en público, ante una audiencia literalmente pegada a sus sillas, contenida la respiración) Un mundo feliz, 1984 o La naranja mecánica, no solo por culturizarse un poquito (existe la duda razonable de que un político de pura raza haya oído incluso hablar de George Orwell, aunque su día a día profesional consista en ponerlo en práctica) sino para que sus conciudadanos puedan entender un poquito mejor cómo y por qué los están manipulando. La letra con sangre entra, instruir deleitando y mano dura con guante de seda. Modales frikitecarios, en resumen. Pero ¿secuestrar a una princesita, dejarla hecha unos zorros y permitir que se le corra el rímel? ¡Anda ya! ¿Por quiénes nos toman?
De todos modos, no podemos sino agradecer a Michael Callow el piropo involuntario que dedica a nuestro colectivo profesional. Es consciente de que los bibliotecarios británicos tienen motivos para sentirse indignados. Y también es consciente de que, si se ponen, los bibliotecarios pueden llegar hasta donde haga falta con tal de hacer valer sus reivindicaciones.
Dicho sea sin ánimo de reventarles el argumento de este estupendo capítulo: no, al final el secuestro no es cosa de los putos bibliotecarios (primer ministro dixit), pero oigan, puestos a darnos ideas creativas para que nuestras protestas no caigan en saco roto...


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viernes, 13 de enero de 2012

Obras completas (III): La forja de un friqui

Javi Ullán siempre cuenta cómo nos hicimos amigos.
Debió de ser en segundo o tercero de EGB. Éramos compañeros de clase desde primero, pero, por algún motivo, no nos hicimos amigos hasta una mañana, en el recreo. Como yo era malísimo jugando al fútbol, me dedicaba a pasarme los recreos a mi puta bola, jugando yo solito en el patio, dando vueltas entre los soportales y el Castillo, o haciendo dibujitos sobre la arena del Foso. En esta tesitura me vio Javi una vez. 
--¿Qué estás haciendo? --me preguntó.
--Una nave espacial --le respondí--. ¿Te subes?
Y, treinta y tantos años después, seguimos siendo amigos.
No era un hecho aislado. Uno de mis primeros recuerdos conscientes es un sueño inspirado en Espacio 1999. O tal vez sea un recuerdo distorsionado de un episodio de Espacio 1999. El caso es que, con cuatro o cinco años, yo me quedaba pegado a las historias de Maya, la cambiaformas que viajaba a lo largo y ancho del universo en una nave espacial que no era sino la luna, arrancada de cuajo de su órbita por culpa de una explosión atómica. Mi suspensión de la incredulidad funcionaba a tope, porque años después, cuando Antena 3 echó a andar, recuerdo haber visto, en casa de José María Faraldo, y acompañado por Julián Díez, Susana Vallejo y Héctor Ramos, episodios de Espacio 1999, con el doblaje sudamericano que la hacía quedar como Cosmos 1999, y haberme horrorizado por la pésima calidad de aquel bodrio, por aquella delirante sarta de incoherencias.
Recuerdo, de refilón, haber visto The Thunderbirds. Y, los sábados por la tarde, tragarme películas de las de theremin en la banda sonora, tipo Planeta prohibido. Y una serie de televisión cuya acción transcurría en la Atlántida en el siglo veintitantos (sic), y películas con efectos de Ray Harryhausen y, por supuesto, Los siete de Blake, que emitían por las tardes, a las siete, y que me tenía completamente pegado a la silla. Como Dentro del laberinto (la serie británica, la de "¡Os niego en Nidus!", no la peli de Bowie). E incluso una serie francesa, protagonizada por Josep Maria Flotats, en la que había que descubrir a unos extraterrestres infiltrados, que solían ser calvos.
Con todos estos antecedentes, lo raro no es que yo haya salido lector de ciencia ficción, sino que no me metiera a saco en el género hasta los quince años. Había madera de friqui desde mi misma cuna.
Porque, claro, yo nací un año después de que mis padres se compraran una televisión, para poder ver la llegada del hombre a la luna. El punto culminante de la carrera de Jesús Hermida, visto por millones de españoles, algunos de los cuales (mi abuelita, por ejemplo) nunca llegaron a creerse del todo que aquello hubiera sido cierto. 
A mí me chiflaba la carrera espacial. También me gustaba todo lo relacionado con la astronomía. Durante estas Navidades pude hacer cajas con Cosmos, de Carl Sagan (el libro y la serie, en vídeo), un par de manuales de astronomía, un libro de astrofísica de Scientific American (que me debió de regalar mi padre: su manera de acercarse a mí después de irse de casa era regalarme cultura, y eso incluía astronomía, paleontología, prehistoria, historia, poesía y literatura existencialista) y una guía del sistema solar ilustrada por el mismo artista que había plasmado mis sueños de friqui en el Cosmos de Carl Sagan.
¿Qué más recuerdo haber visto en mi infancia? Capricornio Uno, por ejemplo. O el famoso documental Alternativa 3 que emitió Fernando Jiménez del Oso, con ese cangrejito furtivo que venía a "demostrar" que había marcianos; el cachondo no nos contó que era un falso documental, y yo, claro, me lo creí.
En primero de BUP escribí un relato de ciencia ficción, que he perdido o, mejor dicho, que me perdió mi profesor de literatura, el señor Gayo. Era la historia de un ingeniero genético español que llega a la luna con el encargo expreso de diseñar una mula adaptable a las condiciones lunares, para servir como bestia de carga en baja gravedad. De viaje a la base lunar, el ingeniero genético se extravía en la cara oculta de la luna, junto con un astronauta australiano y otro soviético, y tienen que apañárselas para regresar a la base, ayudados por la mula. A la vuelta de vacaciones se lo pedí al profesor, me salió con un pobre "Ah, pues debió de tirarlo la señora de la limpieza en junio", y así fue como, gracias a alguien que en teoría debería haber alentado mi vocación literaria, me quedé sin el único ejemplar de una historia de ciencia ficción, tal vez la primera que escribí.
Con todos estos antecedentes, no es de extrañar que el primer dibujo que conservo sea... la llegada del hombre a la luna. Neil Armstrong (o "Amstrong", como lo escribí) posándose en una irreal Apollo XI y un paisaje que parece un decorado de cartón piedra de película de los años cincuenta.
Es un trabajo de clase para segundo de EGB. Yo tenía siete años, y hacía solo ocho que el hombre había llegado a la luna. Es probable que la ilustración fuera de temática libre, de modo que me dio por dar rienda suelta a mi imaginación. ¿Y acerca de qué quería dibujar aquel niño solitario de siete años que se pasaba los recreos jugando a naves espaciales? Pues eso: de naves espaciales. Pero de las de verdad. 
Como se suele decir, he aquí la forja de un friqui.



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jueves, 12 de enero de 2012

Obras completas (II): Una carta a Ediciones Dronte



Allá por 1985 yo era un friqui casi solitario. Leía ciencia ficción en compañía de Javier Ullán, mi compañero de clase y sin embargo amigo, asesorado por mi primo Julián, que hacía las veces de gurú y prescriptor, ya que su hermano mayor, Miguel, tenía una colección considerable de libros de género, e incluso era cliente de Alejo Cuervo y Gigamesh, que hasta no mucho antes era poco más que una parada en el Mercat de Sant Antoni.
A lo que iba. Javi me iba comentando las series de Dune, de Frank Herbert, y El Mundo del Río, de Philip Jose Farmer, y algún que otro título ocasional que iba leyendo, como ... Y mañana serán clones, de John Varley. Por mi parte, regresé del verano de 1985 (el de transición de primero a segundo de BUP) cargado de lecturas friquis, ya que había aprovechado mis vacaciones en Segur de Calafell para entrar a saco en la biblioteca de mi primo Julián. 
Teníamos la sensación de que nos faltaban lecturas. De modo que Javi y yo optamos por lo que, en aquel momento, nos pareció más razonable: solicitar consejo externo. Listas de lecturas recomendadas. Y, por algún extraño motivo que ahora mismo se nos escapa, teníamos la loca idea de que los libros más recomendables eran los que tenían premio. ¿Qué premios conocíamos? A juzgar por las contras de los libros que adquiríamos, había tres nombres que se repetían: Hugo, Nebula y Locus. Por pura lógica, la cuestión era tan fácil como hacernos con los listados de esos premios, y de ese modo obtener un arsenal de lecturas recomendadas implícitamente con el que satisfacer nuestras necesidades friquis durante una buena temporada.
Esa era la teoría, claro.
En la práctica todo fue más difícil de lo que esperábamos.
No había internet. No teníamos ni idea de que hubiera revistas, ni fanzines, ni fándom, ni movimiento asociativo, ni, en resumen, friquismo organizado en España.
¿Qué hicimos?
Colgar anuncios en el tablón del colegio.
Se descojonaron de nosotros, sobre todo el profesor de literatura, el señor Pais, que por algún momento se convirtió en mi némesis durante segundo de BUP.
Pero no pasaba nada: las series de Dune y El Mundo del Río constaban de unos cuantos libros.
No obstante, decidimos ir un paso más allá: decidimos comunicarnos con el mundo exterior.
En nuestro caso, las editoriales.
Era de cajón. Si no teníamos ni la menor idea de la existencia de aficionados, lo lógico era recurrir directamente a los dealers, a los editores. Si ellos no sabían qué premios (y, por lo tanto, libros recomendables) había, entonces no había nada que hacer.
Elaboramos una lista de editoriales, que supongo que eran Martínez Roca, Ultramar, Acervo, Dronte y Edhasa, y enviamos cartas con nuestra petición. Solo me respondió Martínez Roca, o mejor dicho, Alejo, que era el director de las colecciones Super Ficción, Super Terror y Fantasy. La carta debió de hacerle gracia, así que me respondió, me adjuntó el número 1 del fanzine Gigamesh, que estaba recién salido del horno, me suscribí, a través de un anuncio en sus páginas conocí la Asociación Antares y a sus integrantes (Julián Díez, Susana Vallejo, Héctor Ramos, José María Faraldo, Adalberto de Osma, Ignacio Romeo, Agustín Jaureguízar, Frank G. Rubio, Paco Arellano, Carlos Saiz Cidoncha y algunos más), y el resto, como se suele decir, es historia documentada.
Pero antes de todo eso habíamos recibido dos tipos de respuesta: el silencio y ¡una! carta devuelta al remitente.
La que habíamos enviado a Ediciones Dronte. Estábamos en 1985, y yo no sabía: 1) que ellos eran quienes editaban Nueva Dimensión (cuya existencia tardé unos meses en conocer) y 2) que habían cerrado el chiringuito un par de años antes.
Así pues, aquella carta devuelta al remitente me partió el corazón. Porque todavía tardé cosa de un mes en recibir la respuesta de Alejo. Durante ese mes interminable se nos comenzaron a agotar las reservas de material.
Transcribo, pues, aquella carta, tan pueril, inocente e inconexa como cabe esperar de un crío de quince años que no tiene muy claro qué es lo que está pidiendo, ni si es factible. Me enternece leerla, y me sorprende mucho más pensar que, a fin de cuentas, una carta así acabó surtiendo efecto, y poniéndome en contacto con la comunidad friqui española. Respeto la tipografía y la ortografía. No cambio ni una coma, ni pongo cursivas.



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Estimados señores:

Tengo quince años (esto es lo de menos) y desde hace casi uno me interesa la Ciencia Ficción. No me ha dado tiempo a leer gran cosa (El arma definitiva, Peregrinación a la Tierra, Pórtico, Ciberíada, Cuentos de la taberna del ciervo blanco, Fundación, Fundación e Imperio y Estoy en Puertomarte sin Hilda), pero parece más que seguro que sigo leyendo esta clase de libros por los siglos de los siglos. Por esta razón me enteré de la existencia de los premios Hugo, Nebula y otros. Pero había un problema: todavía no he visto ninguna lista completa de estos premios (un amigo mío, también interesado en la Ciencia Ficción me explicó que él intentaba confeccionar una lista de estos premios, pero en unos libros atribuían a una novela el premio Hugo de tal año y en la misma novela, pero de otra editorial decían que se lo concedieron otro año).
Aquí es donde ustedes me pueden ayudar ¿Tendrían la bondad de darme una lista de premios Hugo, Nebula y JW Campbell (o como se llame), o, en su defecto, darme o facilitame la dirección de algún lugar donde estas listas figuren? También quisiera saber cuándo se hace la entrega de esos premios (para así saber cuándo puedo enterarme).
Gracias, de todo corazón.

Juan Manuel Santiago Romero

Madrid, 23 de septiembre de 1985.

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miércoles, 11 de enero de 2012

Aquellas pequeñas cosas (III): Montañas de basura

A medida que hago cajas en el piso de mi madre van apareciendo cosas y más cosas: carpetas, juguetes y kippel variado. Cada vez me quedan menos ganas de referirme a todo esto: necesito pasar página, y no creo que sea positivo mortificarme ni dejarlo salir en exceso. Tardaré el tiempo que tarde en finalizar mi proceso de duelo (podrían ser meses, años, o el resto de mi vida), pero en algún momento tendré que cambiar de tercio, tanto en este blog como en mi vida diaria. Así pues, no dilataré mucho estas anotaciones sobre los objetos de infancia y adolescencia que he ido encontrando en el piso de mi madre mientras hacía cajas. Podemos planteárnoslo o bien como una subasta, con una mera descripción del objeto, o del lote competo, o bien como una autobiografía no del todo encubierta, en la que afloren sensaciones y cabos sueltos que, con el tiempo, tal vez acabe convirtiendo en entradas dotadas de entidad propia, o acaso en obras de ficción, o en unas memorias en toda regla. El camino de lo que voy a escribir, y cómo lo haré, aún no está escrito. Lo importante es que, aquí y ahora, no tengo ni las ganas ni el tiempo ni la motivación con que contaba hace una y dos semanas, la vida cotidiana ya está aquí, el trabajo apremia, quiero pasar página y, en resumen, lo haré mucho más esquemático que las dos entradas anteriores.
Esta es la letra de mi madre. He aquí una genealogía familiar en toda regla, que llega hasta mis bisabuelos. Siglo y medio de historia familiar resumida en una cuartilla. Ignoro muchos detalles, sobre todo en lo relativo a los bisabuelos; en algunos casos ya no me sabía el orden correcto de apellidos, ni algunos nombres propios. Si hubiera hecho más caso a mi madre, o hubiera puesto por escrito algunas de sus historias a medida que me las contaba... No pasa nada: el interés genealógico está presente en la familia, Pablo ha dicho en alguna que otra ocasión que le encantaría investigar sobre el asunto, y en algún momento aparecerán nuevos detalles sobre esta familia. De momento, y a bote pronto, he aquí la genealogía de la familia, tal como la resumió mi madre cuando escribió este esquema.
Rafael Santiago Soto era guardia civil. Se casó con Carmen Araujo Márquez, y tuvieron hijos a lo largo y ancho de la geografía española, tanto en Castro del Río (mi abuelo, Enrique Santiago Araujo) como en Getafe (Carmela), Écija (Eloísa) y no recuerdo qué lugares más (Amalia y Jerónimo). Falleció por burro, una de las señas de identidad de la familia: salió a la calle en mangas de camisa, en invierno y con ochenta y cinco años, le dio una pulmonía fulminante, y tardó días en irse al otro barrio. Un guardia civil en la familia, autoritario, padre de tres hermanas lorquianas que según mi padre bordeaban la personalidad borderline, un calzonazos apocado metido a militar, y un médico oftalmólogo a quien fusilaron nada más comenzar la guerra civil. De mi bisabuela no me ha llegado ninguna historia digna de reseñar, por lo que supongo que es la más interesante de esa rama familiar. 
De Manrique Lores Calvo sí tengo más que contar. Fue profesor de dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Coruña, ciudad de la que creo que llegó a ser concejal o, al menos, fuerzas vivas. Nos queda la duda razonable acerca de si llegó a darle clases a Pablo Ruiz Picasso; por fechas, no parece probable, aunque debió de ser por cuestión de cinco o seis años. Manrique era escultor, aunque todo lo que conservamos son unos cuantos cuadros, con una técnica muy depurada, un fino trazo y un academicismo rayano en el virtuosismo. Su mujer, Marcelina Guitián Rouco, era natural de O Grove, y tenía familia de Monforte (como cualquier Gutián del mundo, parece ser). Tuvo dos hijos: María Lores Guitián, Maruja (mi abuela) y Fernando (mi tío abuelo). Marcelina, Maruja y Fernando son compañeros de lápida de mi madre, aunque fueran ex abuela política, ex suegra y ex tío político, respectivamente.
Cuando Manrique Lores falleció, Marcelina fue a Madrid, montó una pensión en la calle de San Andrés, con vistas a la misma plaza del Dos de Mayo, y su hija Maruja se quedó embarazada de uno de los inquilinos, un estudiante de medicina llamado Enrique Santiago Araujo. Fruto de aquel amor tardoadolescente nació mi padre, Enrique Santiago Lores. Hubo un hijo más, Ramón, pero falleció muy joven, con apenas meses de edad.
De Juan Romero García y María Dolores Pérez Lara no sé nada, excepto que tuvieron diez hijos, uno de los cuales fue mi abuelo materno, Juan Romero Pérez. Debían de vivir en Villa del Río.
De Luis Leña Cuevas y Carmen Manchado Peña tampoco sé gran cosa, excepto que una de sus hijas fue mi abuela materna, Carmen Leña Manchado. Sé que el comienzo de la guerra les pilló a algunos familiares volviendo de Aguilar de la Frontera a Cabra, de un entierro. Tardaron más de un día en recorrer los apenas veinte kilómetros que separan ambas localidades. Y no fue una cuestión baladí, porque Aguilar quedó en el bando republicano, y Cabra, en el nacional. Esta historia, por sí sola, daría para el comienzo de una novela sobre la guerra, o para todo un primer capítulo de teleserie en plan Vientos de guerra.
Al parecer, tenemos sangre judía y conversa por todos lados, al menos en la rama materna. Apellidos como Romero suelen ser de conversos. Nuestro Leña, en concreto, parece que no, ya que viene de Juan, el señor que llevaba la leña a Cabra, que se quedó con el apellido de su profesión. También hay sangre alemana, no sé si judía o gentil, en forma de los colonos que poblaron Sierra Morena desde los tiempos de Carlos III. Esto explica la cantidad de rubios de ojos azules que hay en la provincia de Córdoba, y, aunque de manera más atenuada, en la familia.
Juan Romero Pérez se casó con Carmen Leña Manchado y tuvieron cinco hijos: Loli, Carmina (mi madre), Sagrario, María de la Sierra y, cuando mi abuelo ya se había dado por vencido y se celebraba el segundo aniversario del Alzamiento, Juan Bosco, el varón tanto tiempo deseado. 
Enrique Santiago Lores y Carmina Romero Leña se conocieron en Madrid, se casaron, y de ahí salimos María Esther, Enrique, Pablo y yo. No es, ni por asomo, el fin de la historia, pero los apuntes de mi madre ya no detallan más. En todo caso, nos queda, manuscrita por mi madre, la secuencia completa de mis primeros dieciséis apellidos: Santiago Romero Lores Leña Araujo Pérez Guitián Manchado Soto García Calvo Cuevas Márquez Lara Rouco Peña.

Que me maten si sé por qué conservo un bote lleno de tizas. Supongo que fue un castigo del señor Moreno, nuestro profesor de matemáticas de 7º de EGB. Era muy dado a arrojarnos tizas e incluso el borrador si hablábamos en clase, y me imagino que me pilló hablando y me impuso como castigo llevarle una caja de tizas. Que, por cierto, había que comprar en el mismo completo. Con lo que todo quedaba como un circuito cerrado, una especie de multa que repercutía en beneficio del Calasancio, ya que era el vendedor del producto con el que nos multaban. Qué hermosa alegoría de la economía de subsistencia... Sea como fuere, guardaba una caja llena de tizas... desde hace casi treinta años.

¡Mi primera hucha! Era un cerdito hortera, que me debieron de regalar ya mayorcito, con unos doce años. La flor es un detalle tan kitsch que dan ganas de indultar al cerdito amarillo. Allí llegué a atesorar hasta cuatrocientas pesetas y, como tenía una abertura en la barriga, se podía vaciar sin poner en peligro su integridad física. Creo, de hecho, que llegué a utilizar esta hucha para recaudar fondos para el viaje de fin de curso de 3º de BUP. A Italia. Por supuesto, conté con financiación externa, en forma de fiestas, donativos y chapucillas. No apareció dinero dentro del cerdito, pero sí he encontrado varias cajitas con monedas varias, todas ellas de pesetas. No las suficientes como para que merezca la pena viajar a un banco a cambiarlas, porque apenas saldrían dos o tres euros de la transacción, pero están los tiempos como para despreciar tres euros...

Una vieira de peregrino y un cinturón de la OJE, con la cruz potenzada y el león rampante. En realidad no he hecho nunca el Camino de Santiago: apenas unos kilómetros por el Bierzo, cuando iba a casa de Isa en Acebo, y la etapa final, durante un campamento de la OJE en Cedeira, provincia de La Coruña. Ah, sí, la OJE, la Organización Juvenil Española, la heredera del Frente de Juventudes y la Sección Femenina. Donde podías gritar "¡Arriba España!" durante el gobierno socialista. ¿Por qué me metió mi madre allí? Llegó a la conclusión, acertada, de que yo era un aprendiz de friqui alarmantemente solitario, y que me convenía que me diera el aire. La primera opción eran los boy scouts del colegio Claret, pero había demasiada demanda y, sencillamente, pasaron de mi solicitud. Como mi madre trabajaba en tesorería del ISFAS (la seguridad social militar), y allí había bastante gente relacionada con la OJE, me recomendaron que me apuntase en el Hogar de Chamartín, en avenida de América, 13. Allí estuve durante tres años, los de mi etapa de arquero (de once a catorce años; antes eras un flecha, y después, cadete y guía). Yo estaba en la escuadra Aviación Española, y fui a unos cuantos campamentos de verano (Almorox, en 1981; Cedeira, en 1982, y Benasque, en 1983), navidades (El Paular, en 1981) y Semana Santa (Béjar, en 1981 o 1982). Para entretenernos, hacíamos cursos, que se llamaban timoneles. Yo siempre hacía el de rastreo (y, aun así, no sé seguir una triste pista de rastreo) y me escabullía de los más viriles y arriesgados, como pontonero cabuyero (o sea, hacer nudos: si apenas sabía atarme las chirucas, ¿cómo coño iba a hacer un as de guías?) o guerrillero (lanzarse desde tirolinas, yo, que tengo vértigo si me subo a una silla..., o hacer vivac durante toda una noche... ¡Vamos, anda!). Siempre digo que la OJE suplió el servicio militar, por lo que en realidad no es que me librara de hacerlo: es que ya lo había hecho, pero con doce y trece años. Una educación franquista, añadida a unas actividades excursionistas franquistas, y todo ello no solo en democracia, sino durante el gobierno socialista... Tengo un pasado muy bizarro.
Esta vieira en cuestión es un recuerdo de un 25 de julio, día de Santiago Apóstol, en la misma catedral de Santiago. Volvíamos del campamento en Cedeira. Estuvimos justo debajo del Botafumeiro, en pleno año santo compostelano, y Santiago me pareció una ciudad muy bonita, aparte de la gracia inherente a estar en una ciudad que se llamaba igual que mi apellido. No recuerdo mucho más de aquel campamento, excepto que bañarse en el Atlántico es un horror si estás acostumbrado al Mediterráneo.
Otro día escribiré largo y tendido sobre mi experiencia en la OJE, y de cómo me miraban feo si decía que en mi familia éramos todos de izquierdas, y que a mi abuelo lo habían fusilado por rojo. Y de cómo, a pesar de todo, no me lo pasé tan mal.

Mi abono transportes. Debe de ser posterior a la universidad, porque de lo contrario habría sido de zona B1, pero este era de zona A, es decir, Madrid ciudad. Así pues, debe de datar de 1994 o 1995. De cuando estas cosas eran baratas.


Y sí, es lo que parece: escudos de coches. Los arrancaba yo. No por maldad, ni por vandalismo, sino por mera estética, porque aquello era lo que molaba cuando te gustaba el hip hop y querías ir maqueado a los conciertos de Def Con Dos o Negu Gorriak. Por supuesto, yo estaba completamente al margen de la movida rapera madrileña y de la cultura hip hop en general, mis conocimientos no iban más allá de los grupos de la incipiente escena local (Sindicato del Crimen, Sony & Mony, QSC o Estado Crítico), yo de b-boy no tenía absolutamente nada y, no obstante, era capaz de bajarme a Zarzaquemada, a la sala Universal Sur, e irme yo solo a un concierto de Public Enemy y regresar a Madrid haciendo autoestop, porque quería estrechar las manos a Chuck D y Flavor Flav; cosa que, por cierto, hice.
Y, qué coño, arrancar chapitas de coches molaba. Era vandalismo, vale, pero vandalismo controlado. Satisfacía la dosis justa de chico malo y mala conciencia, el "de acuerdo, esto está mal, pero estaría mucho peor que me diera a la drogaína y me metiera en peleas, ¿no?", y cierta conciencia subversiva de estar desenmascarando a la burguesía acomodada del barrio: "¿Eres capaz de gastarte cerca de tres kilos [hablo de 1989] en un Alfa Romeo cuya chapita salta limitándote a hacer palanca con una llave? Háztelo mirar, en serio". 
Mi pieza más preciada, huelga decirlo, es la chapa de camioneta Mercedes, que me costó dios y ayuda arrancar, aparte de que me puse hasta arriba de grasa. Un espanto. Eso sí, lució muy bien en forma de collar, ensamblada a una cadena improvisada, y rematada con sendos pines de los Rolling Stones (la lengua de Warhol) la bandera republicana, y un Cobi de plástico que me encontré haciendo el tonto en el césped de la Facultad de Filosofía y Letras de la UAM. De esta guisa aparecí en un concierto de Def Con Dos, de cuando todavía tocaban con sonido pregrabado, y fue divertido.

Guardé más objetos, más kippel, pero ya sería tedioso referirlo todo con pelos y señales. No está mal por hoy. Otro día, más cajas, pero de libros.

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jueves, 5 de enero de 2012

Aquellas pequeñas cosas (II): Toy Story X

Esta será la primera noche de Reyes en que la casa de mi madre esté completamente vacía. Casi lo estuvo hace nueve años, cuando acababan de operarla, y fue la noche de Reyes más extraña (y solitaria) de mi vida.
También será la primera noche de Reyes en que mis juguetes de infancia no estén guardados en el armario metálico de la terraza.
Durante mucho tiempo tuve mis juguetes en el maletero de mi dormitorio. Al principio no era mi dormitorio, pero el tiempo, las reformas interiores y el hecho de que fui el último de los hermanos en irse del piso lo convirtió en mío. Antes lo había sido de Pablo y Enrique; en algún momento, de los tres a la vez (cuando mi abuela o alguna de las tías de mi padre pasaban temporadas en casa), y luego, durante unos meses, de Pablo y mío. Durante todo este tiempo, mis juguetes estuvieron guardados en ese maletero, junto con las muñecas y las revistas Lily y Esther de mi hermana, las figuritas del nacimiento, los adornos navideños, una bandurria de cuando mi padre era tuno, una maleta de cartón que supongo perteneciente a mi abuela paterna o a mi padre, un juego de té moruno, y no sé cuánta mierda más. Los desalojé antes de que Enrique hiciera obras en su piso y se fuera a vivir al piso de mi madre durante unos seis meses. Necesitaban espacio, así que desocupé mi habitación, y los juguetes fueron a parar a un armario metálico que hay en la terraza.
A veces, durante mis viajes a Madrid, me entraban ganas de abrirlo para llevarme algún Geyper-Man con el que adornar mi habitación de piso compartido, una concesión a la nostalgia, un recuerdo que me ayudara a conectar con aquella infancia perdida.
Pero me daba pereza: todo estaba guardado en cajas, y manipularlas era como jugar al Tetris.
Abrieron una tienda de objetos de coleccionismo justo debajo de casa. Llegué a ver algunos Geyper-Man por 350 euros. Pero claro, eran modelos raros, y cajas sin abrir. Nadie querría dar ni un duro por mis Geyper-Man ajados y mutilados.
Nueve años viviendo fuera de Madrid, seis de ellos con mis juguetes relegados a aquel armario de la terraza, y siempre, siempre que volvía me entraban ganas de llevarme algún juguete. Durante el tiempo en que Enrique vivió en casa, algunos de esos juguetes se quedaron fuera, para que Kirita y Fernando tuvieran más cosas con las que jugar. Y algunas no se volvieron a guardar.
De hecho, una de las primeras cosas que recogí estas Navidades del cuarto de baño fue... un click de Famóbil. Lo que ahora se llama un Playmobil.
Era chica. Los clicks chica tienen una especie de falda, y el peinado a lo Josephine Baker.
Y debía de ser una enfermera, por su combinación de colores, azul y roja. Recuerdo que pertenecía al Hospital de Famóbil, que me trajeron los Reyes allá por 1979 o 1980. Nada que ver con el pijerío del mismo modelo en la versión de Playmobil. Casi todos los clicks de aquel lote eran blancos, como debe ser en un hospital, pero había algunos que eran azules y rojos. Tal vez se tratara de una sutil metáfora de un partido Real Madrid-Barça de los gloriosos tiempos de Juanito y Santillana, o acaso fueran los pacientes ingresados, pero, por lo que recuerdo, eran enfermeros. O puede que fueran médicos, o jefes de planta, o qué sé yo.
¿Qué coño hacía una click enfermera, sola y aislada del resto de compañeros, desde la atalaya que suponían las baldas más elevadas de la estantería donde se almacenaban los medicamentos, geles de ducha y pañales de mi madre? 
Ni idea. Tal vez, dada su condición de enfermera, y tal vez porque conocía a mi madre desde hacía más de treinta años, se dedicara en silencio a velar por la salud de la enferma, supervisando sus duchas en la silla que habíamos instalado en la bañera o que el delicado momento de llevarla de la silla de ruedas a la taza del váter se desarrollara sin complicaciones (hasta que dejó de ser físicamente posible, durante el último año, y todo el resto de su vida transcurrió entre la cama y la silla de ruedas, sin paradas intermedias para poner los pies en el suelo).
Dejo la apertura de cajas para el último día en Madrid, el día de Navidad. No he querido hacerlo antes porque había cena de Nochebuena en el piso de mi madre (once comensales, y la ausente pero ominpresente Carmina, mi madre), y no me apetecía tener el piso inundado de cajas. Pero nos vamos el día 26 por la mañana, y la tarea no se puede retrasar más, así que me pongo a ello. Van apareciendo revistas viejas, que dejo guardadas, unas porque son de mi padre --los Hermano Lobo y La Codorniz-- y otras porque tal vez me salga más a cuenta venderlas al peso que tirarlas (aunque tal vez sería más pragmático tirarlas directamente al contenedor), y prefiero esperar a mi próximo viaje a Madrid.
El balance de la mañana ha sido claramente agotador. Desde el punto de vista físico, vale, pero también desde el emocional. He sacado todos mis juguetes, y debo comenzar a cribarlos, a decidir qué empaqueto para Girona, a casa de mis suegros, primero, y Barcelona, más adelante, cuando vivamos en un piso algo más grande. Decido sobre la marcha que no me llevaré ningún Geyper-Man para adornar nuestro piso: están demasiado mal conservados, y no harían más que acumular polvo. 
De esta manera tan pragmática zanjo la duda eterna, que duraba ya nueve años, acerca de qué hacer con mis Geyper-Man cuando me reencontrara con ellos.
Nada que ver con Toy Story, como veis. Recuperar la infancia está muy bien, pero solo si puedes permitírtelo. Y, qué coño, mi infancia no fue nada del otro jueves. Estoy mejor ahora.
Aprovecho la tarde para hacer cajas.
Durante varias horas los juguetes vuelven a su territorio natural: el suelo de parquet del piso de mi madre. El lugar donde jugué con ellos durante tantos años. Donde organicé auténticas batallas desiguales entre soldaditos de plástico, clicks de Famóbil, Airgam-Boys, Geyper-Man y coches de época.
Los dejo solos mientras me dedico a hacer cajas para guardar mis libros. Ellos se confían y, como creen que nadie los ve, cobran vida en el salón de casa, donde mi madre pasaba las horas dormitando y recibiendo visitas con las que a veces podía comunicarse y, a veces, no. En el lugar donde antaño estuvo el despacho donde pasaba consulta mi padre, el lugar prohibido, y que, cuando mi hermana se casó y se fue de casa, unimos a su dormitorio para formar un salón espacioso y todo lo iluminado que se podía estar en un primer piso. El lugar donde mi abuela pasó sus últimos años, siempre haciendo ganchillo. El lugar donde me paso una tarde haciendo cajas.
Durante varias horas campan a sus anchas, dueños de nuevo del territorio que les perteneció durante toda mi infancia y (reconozcámoslo) el inicio de mi adolecencia. Creen que no los veo, y por eso se mueven a su antojo. Pero sí los estoy viendo, y les saco fotos, aunque fingen que son unos seres inanimados, cosas de plástico, kippel emocional, y contienen la respiración mientras los catalogo y fotografío.
Estos son los restos del circo de los Airgam-Boys, otro regalo de Reyes. El circo de los Airgam-Boys era una puñetera pasada, y ahora cabe en apenas una bolsita de plástico. Tiro al contenedor la cuerda floja y los trapecios, porque no tiene ningún sentido conservarlos. De nuevo, me estoy cargando mi infancia a golpes de pragmatismo.
Si os fijáis, hay algún click blanco. Los médicos, pacientes y enfermeros del hospital de los Famóbil, reconvertidos en niños espectadores del circo de los Airgam-Boys. Era una solución lógica, dada la diferencia de tamaño entre Airgam-Boys y clicks, ¿no?
Pero había más Airgam-Boys. También tenía los astronautas (el friqui cienciaficionero comenzaba a aflorar), que venían con extraterrestres incorporados; uno es reptiliano; otro, robótico. No sé qué pasó con el tercero, ni recuerdo cómo era. La click enfermera ha conseguido salir del cuarto de baño y se encamina al encuentro de sus compañeros juguetes, a los que no ve desde hace más de un lustro, para que sus destinos queden unidos a partir de ahora. 

Pero vienen refuerzos por vía aérea. Ante mí aterriza, de manera impecable, un soldado paracaidista. Tiene mérito, ya que perdió el paracaidas hace muchos años. Apenas era un plástico (por lo que sé, podría haber sido una bolsa de la compra). Trato de aferrarlo, de evocar esas mañanas en el parque de Eva Perón o en lo que ahora se llama jardín de Gregorio Ordóñez (en Príncipe de Vergara con Juan Bravo), pero se hace añicos ante mis propios ojos. El plástico puede no ser biodegradable, pero es quebradizo y, pasados unos años, se rompe, como todo lo viejo.
Con gran dolor de mi corazón, el soldado paracaidista acaba en el contenedor de basura. No puedo salvarlo en el Arca de Juanma. Su gesto, impasible, desprende grandeza y aceptación: comprendió desde el principio cuál es su destino, y no me lo reprocha.
A su funeral acuden todos los coches de época, con las capotas arregladas para la ocasión. Dejan atrás sus luchas de bandas de la mafia y la Ley Seca, sus felices años veinte, sus incursiones de crápula por la Costa Azul francesa, y acuden en comitiva, perfectamente coreografiados, y dirigidos por un Asurancetúrix que no sé muy bien qué pinta allí (no recuerdo que fuera mío).
Tal vez con intención de vengar a su soldado Gulliver y paracaidista, el resto de los soldados de plástico emergen, propulsándose de tal manera que el bote de cristal que los contiene ruede y ruede hasta acercarse a él: quieren despedirse y honrarlo, tal vez con honores militares. Los soldaditos grises eran de la Guerra de Secesión, pero también del ejército alemán. Los amarillos eran del ejército italiano. Los verdes, del de los Estados Unidos. Los azules, la Legión Extranjera del ejército francés. A veces los ponían en fila y jugaba con ellos a la vuelta ciclista. Sí, allá por 1981 o 1982 no jugaba con ellos a batallas cruentas en las que se decidía el destino de la humanidad, ucronías de andar por casa en las que los aliados hacían el tonto en Montecassino y Anzio, y le daban algo de vidilla al Eje. Mis soldaditos eran Bernard Hinault, Juan Fernández, Giuseppe Saronni, Francesco Moser o Silvano Contini, y, como si fueran una carrera de chapas, avanzaban por el salón en busca de la maglia rosa o el maillot amarillo.  
Compraba esos soldaditos en un puesto de pipas que había en Conde de Peñalver con Diego de león, en la puerta del Hospital de la Princesa, los sábados por la tarde, cuando iba al Hogar de la OJE (otro día hablaré de aquella etapa de mi vida), que estaba en la entrada de la avenida de América, cerca del edificio de la UGT.
No encuentro a mi favorito, un guerrero indio de color naranja que iba montado a horcajadas de un caballo que se perdió en algún momento.
O tal vez creció, y mutó en un Geyper-Man de porte gallardo, mi favorito de entre todos los Geyper-Man.
De todos, excepto de uno.
De Mikimoto.
No sé por qué lo llamé Mikimoto, ya que este Geyper-Man era negro como el tizón. Era mi Woody y mi Buzz Lightyear, todo en uno. Iba con él a todas partes, y debe de ser el único juguete con el que quise hacerme una foto. 
Supongo que la terminación en "Moto" me evocó unas raíces africanas, ecuatoguineanas o algo así, y formé ese nombre, que en otras circunstancias le habría adjudicado a algún hipotético Geyper-Man japonés, o locutor televisivo.
Supongo también que la gracia de Mikimoto estribaba en que era negro. En aquella época había Geyper-Man negros, pero dejaron de fabricarlos, no sé por qué motivo (tal vez vendían pocas copias, o acaso los niños españoles de la Transición estábamos por la supremacía aria de los Geyper-Man, y no lo sabíamos). Su uniforme era como de miembro de la Résistance, o fugitivo de película en plan La gran evasión (que me encantaba, porque salía Steve McQueen --qué disgusto me llevé cuando se murió--, y por la coletilla con la que lo mandaban al calabozo siempre que lo trincaban: "¡Neverrrrra!"). Jugué mucho con él, y me llevé uno de los grandes disgustos de mi vida cuando se me rompió, descoyuntado, mientras jugaba con Marina, la hija de Carmen, una de nuestras asistentas, a la que a veces llevaban a casa cuando su madre no tenía con quien dejarla. Como éramos más o menos de la misma edad, se suponía que teníamos que llevarnos bien y jugar, pero, por un lado, yo era un tímido patológico con las mujeres (aunque tuvieran siete años) y, por otro, no quería compartir a Mikimoto con nadie más; de hecho, cabe preguntarse si no sería algún espíritu maligno que me tenía hechizado, tal era la fascinación que aquel Geyper-Man ejercía sobre mí.
En cualquier caso, Mikimoto era un juguete rígido, su tórax y abdomen eran una pieza unida a presión con las caderas y piernas, y no se podía estirar mucho, ni doblar.
Saltó hecho pedazos. 
Ni siquiera recuerdo si fue cosa de Marina, o si lo hice yo.
El caso es que me llevé uno de los berrinches de mi vida, y tuvimos que tirar a Mikimoto.
A finales de los años setenta no había ninguna sensibilidad por los discapacitados físicos y tullidos. Si esto hubiera sucedido más tarde, habríamos rescatado a Mikimoto de su amputación traumática, aunque fuera como busto parlante a lo Futurama, o con alguna prótesis de plástico, como la del Geyper-Man moreno y tiñoso que solía hacer de oficial nazi, o atado a un carrito de ruedas, como el mendigo de Los olvidados, de Luis Buñuel.
Pero los años setenta eran así de crueles, insensibles y darwinianos, y Mikimoto se fue a la basura.
Supongo que mi madre me regaló algún otro Geyper-Man, para reparar la pérdida. Pero claro, ya sería un Geyper-Man blanco, porque ya no los fabricaban negros.
Y, peor aún, en algún momento alguien debió de quejarse de la exuberante sexualidad que destilaban los Geyper-Man, con sus vergüenzas planas al aire (pésimo ejemplo para un niño que prácticamente no tuvo trato con chicas desde los seis hasta los quince años), y en algún momento se las taparon con unos slips dignos de anuncio de Abanderado que, a decir verdad, creo que agravaban el problema, ya que dejaban de mostrar aquella alegoría de partes íntimas, cierto, pero al precio de hacer que los Geyper-Man de los años ochenta marcaran paquete de la manera más obscena. 
Me los imagino volviendo a la vida, como en Toy Story, dar con el paradero de las Cindy y Nancy de mi hermana, hacer algo más que buenas migas con ellas y, a la hora de la verdad, no poder consumar su amor porque lo único que tienen es una puta hendidura en dos dimensiones, un remedo de bolsa escrotal apisonada, e inútil para plasmar su virilidad. Por lo menos, los Geyper-Man de los slips están palotes de manera permanente y, lógicamente, se llevan de calle a las muñecas de mi hermana.
Visto en perspectiva, creo que los que nos criamos con estos juguetes salimos demasiado normales, dadas las circunstancias. Todos hemos tenido más de Sid que de Andy, me temo.
Si Mikimoto hubiera vivido cinco años podría haber acompañado a sus amigos discapacitados, ya que el hecho de carecer de piernas o brazos no habría sido ningún lastre, ningún motivo para tirarlo a la basura como si fuera un trozo de plástico roto. Que, por otra parte, es lo que era.
No me preguntéis por qué, pero he indultado a estos Geyper-Man, a pesar de que es evidente que no están para los trotes, desnudos y tullidos, expuestos al escarnio público.
Dicho esto, mi Geyper-Man favorito era el indio. El Gran Jefe indio, habría que añadir.
Durante muchos años estuvo oculto en el armario metálico de la terraza, pero era mi primera opción para traérmelo a Barcelona en caso de que algún día me diera por abrir aquel armario de Pandora y desenterrar mi pasado. Sería el Geyper-Man con el que adornaría mi habitación de piso compartido. De hecho, mientras estaba almacenado en el armario, su lanza, su sempiterna lanza, deambulaba libre por el piso de mi madre, junto con una cantimplora, creo recordar que del Geyper-Man de la Résistance, el mismo uniforme que había llevado Mikimoto. 
El kippel nunca tuvo fin.
Así pues, los cuatro Geyper-Man en mejor estado de conservación se reúnen, al aire libre por primera vez en muchos años, para hablar de sus cosas y trazar planes de acción encaminados a huir de su encierro, buscando a su Andy, conscientes de que lo tienen apenas a un par de metros, haciendo cajas con libros, concientes de que lo han perdido, y de que el único gesto de deferencia que les espera por mi parte es un cartel de "Frágil" en la caja en la que voy a facturarlos para casa de los padres de Cristina. Hay momentos en que casi parecen los Village People.

Pero sería injusto centrarnos en el jefe indio. También estaba el cadete de West Point, con el que soñé durante mucho tiempo, y que tanto me alegró recibir como regalo, supongo que de Reyes. 
Mi madre me regalaba un click si lo aprobaba todo y, como aquello era lo más habitual, salía a razón de cinco clicks por curso: uno por evaluación. Mientras tuve edad de jugar con clicks solo debí de dejar de recibirlo en una ocasión, en segundo de EGB, ya que me suspendieron una evaluación de Lengua porque mi letra era un puto infierno. Después, hasta Matemáticas de sexto o Física de séptimo, con el inefable señor Mejías, no volví a suspender nada, lo cual se tradujo en que recibí muchos clicks y algún Airgam-Boy.
No recuerdo cuándo me regalaban los Geyper-Man. Tal vez por Reyes, tal vez por mi cumpleaños, tal vez a final de curso.
El cadete de West Point molaba, pero no tanto como el de la Policía Montada del Canadá, tal vez porque... venía con caballo incorporado.
O sea, no es que viniera con caballo incorporado: es que, además, me regalaron un caballo de los Geyper-Man.
Que, por increíble que pudiera parecer, aún se tenía en pie. Con una articulación un poco chunga, pero que no obstante le permite mantener un equilibrio precario.
Los arreos están muy echados a perder, así que el Geyper-Man de la Policía Montada del Canadá decide montar a pelo, como tiene que ser, y viene y va por el salón y el comedor, supervisando a todos los juguetes. 
El plan de fuga ya ha madurado, y solo tiene que esperar la orden precisa del gran jefe indio. Entonces se abatirán sobre mi hermana, Cristina y yo, nos inmovilizarán y, por último, huirán hacia un lugar donde puedan cabalgar libres, pues saben que su libertad tiene los minutos contados, el tiempo que tarde en terminar las cajas con los libros y ponerme con las de los juguetes.
Pero ya estoy harto de hacer cajas con libros, mi hermana se va, esperamos a mi prima para cenar, y me han entrado las prisas: lo que no acabe de empaquetar ahora tendrá que esperarse a mediados de enero, y no quiero dejar desordenado el piso de mi madre, quiero dejar todas las cajas bien amontonadas e identificadas. 
Así pues, la operación de comando queda desarticulada en apenas unos segundos, los que tardo en montar la caja, comprobar que no se desfonda, cerrar la parte inferior con cinta aislante para mayor seguridad, y guardar todos los Geyper-Man, el caballo, la caja con su ropa, los miembros amputados y, creo recordar, una tienda de campaña que no sé si seguirá valiendo de algo, porque tal vez le falte algún componente. Cierro la caja, no sin antes haber puesto el cartel de "Frágil", y la convierto en un número de inventario más, para constancia de los transportistas y de mis suegros. 
En esto queda el momento con el que llevaba soñando nueve años, el del ansiado reencuentro entre Andy y Woddy: en una caja hecha a toda prisa, algunas fotos de teléfono móvil, y una entrada en un blog, aprovechando que hoy es noche de Reyes y celebro que hace más de un cuarto de lustro que no me traen juguetes (los Reyes Magos, se entiende; otra cosa son mis amigos, que sí me los siguen regalando... Los friquis somos así).
¿Hay un amigo en mí? Sí, pero no puede llevarse a Woody ni a Buzz. Le ha encantado verlos por un momento, y dejarlos que se aireen, pero estaba pendiente de otras cosas, con otras preocupaciones en la cabeza. Woody y Buzz, el gran jefe indio y la click enfermera, lo saben, porque son sabios, pero no pueden hacer nada por evitarlo, y aceptan su destino, que es, a la manera del final de una película de Pixar, un lugar mejor para ellos, menos encajonado, con más amiguitos (toooodo un garaje) y lugares nuevos donde jugar y explorar. En el lugar adonde van, mis juguetes no estarán expuestos a las inclemencias de una terraza de un primer piso ubicado en un patio interior de la fría Madrid. Por el contrario, dispondrán de más espacio del que han disfrutado nunca. Podrán salir al garaje y cabalgar entre coches y aparejos de carpintería, entre las cajas con la ropa que utilizamos para ir al monte a coger setas y las cubas donde mi suegro deja fermentar su cerveza casera, entre las cajas donde se amontonan mis libros y las cajas donde se amontonan las cosas de Cristina. Tal vez, en algún momento, se aventuren escaleras arriba, para reconocer la casa de mis suegros, y asusten a los tres canarios que quedan (Leo nos dejó el mes pasado: ocho años, para un canario, son muchos años), o hagan cadena para regar los geranios que nos hemos llevado del piso de mi madre, y que a ellos les resultarán familiares, ya que era lo primero que veían cuando salían a escondidas de su confinamiento en el armario metálico de la terraza.
Creo que el cambio es a mejor. Tal vez tarden muchos años en salir de allí, o tal vez unos meses. En todo caso, les espera un largo viaje, y luego, un mundo nuevo y mucho más espacioso, una pradera de hormigón donde podrán enarbolar lanzas y espadas al son de alguna canción de Randy Newman, y cabalgar sin miedo, recordando unos días que fueron mejores, porque podíamos jugar juntos.
Pero hoy, durante esta noche de Reyes, el piso de mi madre será de ellos, y solo de ellos, y podrán salir y ver cómo ha cambiado durante todos estos años, y recordarán el día en que llegaron a ese piso del que todavía no han salido y que, durante un mes, les pertenece en exclusiva. Son sus guardianes, como la click enfermera lo fue del cuarto de baño, y han demostrado ser muy buenos en la tarea. Dejémosles, pues, que asuman el mando durante esta noche, su noche, la noche de los juguetes y los sueños de infancia.

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miércoles, 4 de enero de 2012

Aquellas pequeñas cosas (I): carpetas

Como ya he contado, el mes de diciembre fue muy duro, ya que falleció mi madre, y tanto Cristina como su madre pasaron por urgencias. Además, nos hemos traído de Madrid una hermosa gripe que nos ha afectado, de manera sucesiva, a Cristina y a mí. Ayer me pasé media mañana en cama y, aunque ya voy remontando, sigo un poco tocado. 
Aproveché las vacaciones navideñas para comenzar a hacer cajas con las pertenencias mías que aún quedaban en casa de mi madre. No ha sido fácil, ni divertido, y si no ha sido peor se debe a que la mayor parte de ese trabajo sucio ya lo hice allá por 2005, con lo que esta era "solo" la segunda limpieza a fondo. En aquella ocasión me limité a desmontar los libros de mi habitación (veintisiete cajas) y las cintas de casete (otra caja) y a tirar apuntes del instituto y la carrera. Conservé muchas cosas: los digamos libros de cabecera, muchos libros diseminados por el salón y el comedor, mi fabulosa colección de vinilos (muchos de los cuales custodia mi hermano Pablo, ya que tiene tocadiscos en su piso y puede aprovecharlos), las cintas de vídeo, alguna ropa, mucha documentación (todo mi historial académico y laboral anterior a mi venida a Barcelona) y, sobre todo, juguetes y objetos. Cosas que aparecen cuando desmontas un piso. Puro kippel, en el sentido dickiano del término. Todas esas idioteces que conservas, o bien por alimentar tu Diógenes o bien por un valor meramente sentimental, y que te revientan en la boca del estómago cuando comienzas a revolver cajones y armarios. 
Durante estos días encontré mucha mierda de esta, muchos objetos que tal vez debería haber tirado hace años, pero que conservé por algún motivo (sentimental, casi siempre).
Carpetas, por ejemplo.
Veo mi carpeta de primero de carrera. Historia en la Universidad Autónoma de Madrid. Es una carpeta normal y corriente, pero con mi toque, con ese toque "de época", de finales de los años ochenta. El curso 1988-1989 comenzó casi en noviembre, por no recuerdo qué motivo, lo que me vino muy bien, ya que me estaba recuperando de una neumonía que me tuvo en el hospital desde finales de agosto hasta mediados de octubre. 
La cubierta anterior responde a una de mis fijaciones de la época: el cine. Casi todos los carteles de películas corresponden a programas de mano de los cinestudios que frecuentaba por aquel entonces, sobre todo el Fantasio, el Dúplex y el Griffith. Aquí se ve mi canon, que mezcla cine clásico con cine más moderno, friquerío con vanguardias, blanco y negro con color. Robocop, Con faldas y a lo loco, ¡Jo, qué noche!, Ser o no ser, 2001, Senderos de gloria, Dersu Uzala, Blade Runner, La ley de la calle, La naranja mecánica... Son todas las que están, y tal vez estén todas las que eran. Hay otras que no reconozco en la foto. Lo importante es que mi cara visible en aquella nueva etapa de mi vida, la universitaria, aquella en la que uno es más uno mismo pero todavía no sabe ni quién es, eran carteles de películas. Si repitiera esta carpeta hoy día, lo más probable es que aparecieran casi todas estas películas... aunque quitaría alguna de Kubrick, por dejar espacio a Woody Allen, David Lynch, John Ford, Luis García Berlanga, Luis Buñuel, Federico Fellini, David Cronenberg, Francis Ford Coppola, Víctor Erice y películas que para mí son de culto, como Amanece, que no es poco o El club de la lucha
 Abro la carpeta y aparecen más señas de identidad: la política. Una pegatina de Comisiones Obreras, para los que durante aquel verano había trabajado como monitor de campamento (y, supongo, incubé la neumonía que me tuvo dos meses entrando y saliendo del hospital). Otras dos, de los Colectivos de Jóvenes Comunistas (las juventudes del PCPE, la escisión prosoviética del PCE que comandó Ignacio Gallego durante la segunda mitad de los años ochenta) y de la Juventud Comunista de Madrid. El congreso de unidad de ambas juventudes debió de celebrarse aquel año, o de lo contrario no habría pegado ambas en la misma carpeta. Yo estuve allí, ya que por aquel entonces militaba en la Unión de Estudiantes de Izquierda (UEI) Pablo Neruda, que a su vez estaba integrada en la FAEI (Federación de Asociaciones de Estudiantes de Izquierdas) de la Universidad Autónoma de Madrid. Mi hermano Enrique, que era secretario general de los CJC, resultó elegido secretario general de la JCM, y después lo fue de la Unión de Juventudes Comunistas de España (UJCE). No milité mucho tiempo, apenas en primero de carrera y parte de segundo, pero guardo muy buenos amigos de aquella época.
Me resulta llamativo encontrar, mezcladas con tanta pegatina de sindicatos y juventudes comunistas, una de una biblioteca y otra de la Feria del Libro de Madrid.
 Aquí estaban mis asignaturas. De Geografía Económica no guardo ningún recuerdo, ni positivo ni negativo, excepto que hicimos algún trabajo con disquetes de 5 1/4 pulgadas. Con Historia del Arte me aburría, y yo diría que era revoltoso. De Historia Antigua guardo buenos recuerdos, con deslices del profesor, en plan "en las excavaciones se encontraron cadáveres muertos", y un segundo parcial en el que básicamente resumí Gilgamesh el rey, de Robert Silverberg, para ilustrar una pregunta algo enrevesada, en plan "Organización religiosa, social y económica de los templos en Sumer y Acad": saqué un sobresaliente. Prehistoria era un puto coñazo, fotos de botijos rotos y más fotos de botijos rotos (¡yo quería seguir leyendo a Richard Leakey, como hacía desde que era un crío!). Y la profesora de Historia Medieval estaba recién divorciada, muy perjudicada, y no consiguió terminar las clases porque entró en barrena durante los dos últimos meses de curso, por lo que apenas llegamos al monacato.
Isabel Panizo, José María y yo éramos amigos del instituto, y nos sentábamos juntos. Detrás teníamos a dos chicas cuyos nombres no recuerdo, pero a quienes llamábamos Pin y Pon, ya que era cierto que se parecían a los juguetitos, si uno se ponía imaginativo. Poco a poco comencé a hablar con Ernesto, Horacio y Orlando, y la música era un asunto común. Ernesto era fotógrafo ocasional de la revista Boogie, y poco a poco comenzamos a salir de conciertos (aunque eso tuvo que esperar a segundo de carrera) y a intercambiarnos material, siempre en forma de casete. Los Primitives, los Sugarcubes, Talking Heads, los Smiths, The Jesus and Mary Chain, Los Coyotes, Def Con Dos, Prince... Toda la música de la época pasó, en un momento u otro, por nuestras manos, en ambas direcciones. Yo iba a Madrid Rock o Discoplay, y él me prestaba material de su ingente discoteca.
 Y claro, también estaba U2. Mi madre me acababa de regalar el Rattle and Hum, supongo que por mi buena conducta en el hospital (no era nada frecuente soltar dos mil pesetas por un doble vinilo: tardé bastante tiempo en hacer semejante desembolso por mi cuenta, tal vez con el doble directo 1969, de la Velvet Underground, o acaso con Yo! Bum Rush the Show, de Public Enemy), a mí me daba por escribir cuentos ("Un disparo al cielo azul", se titulaba) en los que una patrulla del tiempo trataba de impedir el asesinato de un Bono endiosado después de tocar el cielo con I'm American, el supuesto elepé mesiánico que habría de lanzar después de Rattle and Hum, y todas las conversaciones, incluso en el seno de la muy izquierdista UEI, acababan derivando en torno a cuál era nuestro disco favorito de U2. Tardé mucho tiempo en comprender a los fans de The Unforgettable Fire, así que, por resumir mucho, digamos que primero de carrera me pilló en una etapa de conversión de fan fatal de The Joshua Tree (ese era yo en tercero de BUP y en COU) a una especie de dicotomía entre October y Under a Blood Red Sky, según el día. 
No obstante, casi todos mis recuerdos de aquella época están relacionados con Boy. Curioso.
Años después conocí a una chica que decía que se había tirado al chico de las portadas de Boy y War. (Claro está, había crecido y era un irlandesito veinteañero y macizorro.)
Las cubiertas de los discos de U2 estaban recortadas de los catálogos de ventas de Discoplay, que aún mantenía su tienda física en Los Sótanos de la Gran Vía, al lado de Madrid Cómics y enfrente del local de la Asociación de Amistad España-URSS, donde yo estaba comenzando a estudiar ruso.
La otra fijación de la época era El Último de la Fila. Radio Futura, por supuesto, pero también El Último de la Fila. "Querida Milagros", "Insurrección" o "Aviones plateados" eran más que himnos, y, por supuesto, fui esculpiendo sus letras en aquella carpeta.
Y Los Toreros Muertos, claro está. Todavía tardé en verlos en directo, en la sala Ya'stá, un día de diario a las cinco de la madrugada, con Pablo Carbonell en pijama, pero mis hermanos Pablo y Enrique solían verlos en Ya'stá o en Casi Casi, ya desde antes de que se hicieran famosos con "Mi agüita amarilla" y "Yo no me llamo Javier".

En la contra, claro está, El Último de la Fila, Talking Heads, Madness, la Velvet Underground, el Berlín de Lou Reed, Bruce Springsteen, el primero de Los Ronaldos, el Camino Soria de Gabinete Caligari, ¡Sting!, La Mandrágora y, cómo no, Un tío cabal, de Los Enemigos. La frase publicitaria del anuncio, supongo que recortado de algún Rockdelux o Boogie, no tenía desperdicio: "Esto no es heavy pero te va a gustar". Una de las mejores identificaciones de target que ha dado la publicidad especializada, sí señor.
Estas carpetas ya no me hacen tanta gracia. La pirotecnia visual ha dado paso a la sobriedad. ¿Por qué? Ya no es la carpeta de un despreocupado estudiante universitario, sino la de un sufrido opositor a Técnicos Superiores de la Comunidad de Madrid; de ahí la pegatina con la bandera autonómica. Derecho Laboral. Derecho Constitucional. Derecho Administrativo. Unión Europea. Función Pública. Derecho Financiero. Tests y más tests. Legislación. Tardes en la librería del BOE, cerca del CEF de la calle Viriato, antes de comenzar las clases. Fotocopias. Meses dedicados a contemplar la taxonomía de las moscas que volaban, libres, a mi lado, o en tratar de hallar algún patrón que explicase la velocidad de sedimentación de las motas de polvo en el suelo recién acuchillado del piso de mi madre. Nula motivación. Miles de folios. Muchas carpetas, cada vez más sosas.
Y, por último, ya ni siquiera carpetas. Apenas unos plastiquitos.
Y al contenedor. Lo que menos esfuerzo me costó tirar. Cinco años desperdiciados, excepto para adquirir cierta culturilla de opositor que nunca se sabe cuándo puede venir bien.
En todo caso, una diferencia abismal con respecto a aquella carpeta de primero de carrera. Solo habían pasado diez años, cinco de ellos encallado. Había perdido la creatividad, la ilusión y el espíritu lúdico.
Ni que decir tiene que, de todo este kippel, he amnistiado la carpeta de primero, y he tirado al contenedor del papel todo lo demás.
Fue la más fácil de las disyuntivas. Otras han sido más difíciles.

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