miércoles, 28 de diciembre de 2011

Obras completas (I): Jordi en el mar

Desmontar un piso (el de mi madre, recién fallecida) no es una tarea agradable, por lo que supone y por todos los sentimientos que se remueven. Hace más de dos meses que compramos los billetes de tren, gracias a la descabellada política de precios y venta de billetes de Renfe, de modo que decidimos no alterar nuestros planes de ir a Madrid por Navidad. Apenas cuatro días, como estábamos haciendo en los últimos años. Como es evidente, no han sido las Navidades ideales, ni las que habíamos pensado. Han sido unas Navidades raras y diferentes. También han tenido su aspecto positivo: la cena de Nochebuena ha sido la más concurrida que recuerdo, ya que se han juntado nuestra cena con la de mi tía Mari: nos invitó a su piso, pero hicimos valer nuestra ventaja numérica (siete a tres) para ser nosotros quienes invitáramos. A última hora se nos añadió mi sobrina Elena, por lo que nos juntamos once comensales, más mi madre, omnipresente en su piso ya vacío. Mi hermano Pablo le llenó una copa de cava en el brindis, y así fue como si estuviera con nosotros un poquito más.
Además de la celebración navideña, hemos aprovechado el viaje para hacer cajas. Hemos hablado acerca de qué hacer con el piso, pero al no estar todos los hermanos no eran más que ideas provisionales. En todo caso, hice cajas para llevarme mis pertenencias a casa de los padres de Cristina, donde almaceno la mayoría, a la espera de que algún día tengamos un piso en el que quepan todas ellas, o la mayoría. 
No ha sido tan terrible como esperaba, ya que hace siete años pasé por un lance similar. Mi hermano Enrique hizo obras en su piso, estuvo viviendo en el de mi madre durante seis meses y, como es lógico, necesitaba espacio, por lo que aproveché para desmontar mi habitación y tirar pertenencias ya inútiles. Lo hice en soledad, casi nocturnidad, durante un fin de semana, llorando casi todo el tiempo.
Ahora, en Navidad, no hubo nada de soledad, y tuve más tiempo para inspeccionar armarios y estanterías. No he empaquetado todas mis cosas (faltan cuadros y objetos, que deberíamos repartirnos de común acuerdo), pero he aprovechado para tirar basura (apuntes de cuando preparaba oposiciones y ropa pasada de moda y talla, sobre todo), localizar libros... y descubrir muchas cosas que ya creía olvidadas, o arrojadas a la basura.
Mi primer cuento, por ejemplo.
Se titulaba "Jordi en el mar", y estoy seguro de que lo escribí con ocho o nueve años. Está claro que no se puede analizar con criterios literarios. Me descubre al niño que se recluía en casa, en vez de dedicarse a jugar con sus amiguitos en la calle o en el parque (cosa que hacía, aunque sin poner demasiado empeño), y escribía las andanzas de un joven grumete catalán que se embarca en un barco pesquero con rumbo a Terranova. (¿Por qué catalán? ¿Presentía que acabaría viviendo en Barcelona?) El cuento rebosa ingenuidad, inocencia y ganas de contar cosas. Lo leo, y creo hallarme ante un Miniyó de ocho años, pelo cortado a tazón como el Nicholas Bradford de Con ocho basta, y llanto tan fácil como difícil lo tengo ahora, incapaz de llorar a mi madre, justo tres semanas después de su fallecimiento.
Como digo, no se puede analizar este cuento con criterios literarios. Sería, además de una injusticia, joderlo a conciencia. De hecho, respeto el estilo y la ortografía, sin tocar ni una coma, con sus incisos mal puestos, sus gerundios y sus tachones. Solo podemos sentarnos, pensar que lo ha escrito un niño solitario de ocho años, y leer en silencio reverencial, como si estuviéramos detrás de ese niño que escribía afanoso sus sueños de infancia... cosa que seguro que mi madre hizo en más de una ocasión, tal vez con una sonrisa en los labios.

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JORDI EN EL MAR

I. De Barcelona a Terranova

I. Se llamaba Jordi. Tendría unos doce años y quería ser un buen marino, pues su familia era pescadora y apenas tenía dinero para pagar su colegio y los gastos de la casa.
Una mañana, en el puerto, le preguntó el patrón del "Gran Buque", que se llamaba Chema:
--Jordi ¿Te gustaría venir a pescar merluzas a Terranova?,
--¿A cuánto cae? -- pregunto [sic] Jordi --
Chema, indeciso (pregun) contestó:
--No sé, muy lejos, en América.
--¿En Amé, qué?
--¡América, Jordi!
--¡Ah!--Contesto Jordi--
--Zarpamos el dia ocho, a las nueve y cuarto.
--Ahí estaré --Contesto Jordi.

II. Amaneció. Jordi desayunó, preparó el equipaje y se fue al barco, porque llegaba tarde.
En el barco, todos estaban preparados, zarparon, pero vino una tempestad y, cuando se iban a estrellar con el faro, se paró.
--¡Jordi! ¿Dónde estás? preguntó Chema.
--¡En el agua, con Joan el obispo y Ramonet, el cocinero, y los tres con un resfriado!--Contestó Jordi, a la vez que soltaba un estruendoso estornudo.
Pasaron tres meses y Jordi ayudaba en sus faenas a los pescadores, que, haciendo mucha memoria son: Chema, Joan, Ramonet, Javier, Jaume, Fernando, Lluis, "Leoncionito", "Nane" y, naturalmente, Jordi.

II. Terranova, la pesca y el olvido de algo

Otros tres meses después, llegaron a Terranova.
Jordi pensó algo y se desmayó. Por fortuna, "Nane" fregaba la cubierta y se lo llevó a su camarote. Cuando llegó Chema le preguntó:
--¿Por qué te has desmayado sin mi permiso?
--Porque con tanto frío me he olvidado de traer los abrigos, creyendo que Terranova estaba por Brasil.
Comenzaron la pesca. Todos los pescadores miraban a Jordi, que, con la red, no fallaba una.
Después pisaron tierra, es decir, nieve.
Pasaron allí seis días, en los que Jordi conoció un amigo, Muchachik, que no olvidaría nunca.

III. La vuelta y la tristeza

Antes de partir, hubo una fiesta que quería decir el trece cumpleaños de Jordi y, días después, el sesenta y dos de Chema.
En el barco, hasta la gatita (Martuay) Marta se emborrachó con toda la tripulación. Fue entonces, cuando Jaume sintió un dolor intenso en el hígado.
Todo el mundo se interesaba por saber el estado de salud de Jaume. Días después, tras tener Cirrosis, expiró. Todo el (pueblo, perdón) todo el barco lo lloró.
Días después, al parar en Cádiz, Jordi escribió una carta a Barcelona que decía:

             Cádiz XXII-XII-349
Queridos papás:
Jaume ha muerto. Pero hemos cogido muchos peces. Abrazos a todos. Felices pascuas
Jordi

IV En casa
Unos meses después, llegaban a Barcelona.
Todo, o casi todo el barrio del puerto acudió. Cuando iban a bajar las merluzas, Jordi gritó:
--¡Primero los caballeros de honor que son las merlu... Jordi no tuvo tiempo de decir nada, porque Jordi (sic) le tapó la boca.
Después se fue a su casa y preguntó:
--¿Ya no hay guerra?
--No, se acabó hace casi un año.
Jordi siguió comiendo y pensó en que Barcelona había cambiado.

FIN
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En las mismas cuartillas hay sendos añadidos, en boli rojo, como si fueran el desarrollo posterior de una historia más amplia.

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Años después, Jordi se casó con una chica de quince años llamada Elena. Tenía que llegar al trabajo a tiempo, pero "Elenita", como la llamaba Jordi le entretenía.

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La habitación esetaba ordenada, con todo colocado y con un cartel que ponía: "Feliz Cumpleaños".
Sin embargo, Jordi no estaba contento.
Pensaba que ya no era hijo único.


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(En próximas actualizaciones, más arqueología paleoliteraria.)

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sábado, 24 de diciembre de 2011

Seis años y tres extras

A lo largo del último trimestre de 2005 decidí que escribir un diario no colmaba mis necesidades de comunicación y escritura, y que tenía que abrirme un blog. Álex llevaba mucho tiempo insistiéndome en el asunto, y yo me negaba siempre, porque los blogs me parecían pornografía emocional en estado puro. 
De ahí salió el nombre de este blog. Era una manera de decir: "¿Queréis pornografía emocional? Pues tomad pornografía emocional". Y al final, mira, la pornografía emocional acabó convirtiéndose en imagen de marca.
Me pasé el puente de la Constitución y la semana siguiente escribiendo los textos que se acabarían convirtiendo en las primeras entradas. A una velocidad de vértigo, y con acotaciones acerca de la música que estaba escuchando mientras las escribía. Las eliminé en la versión definitiva, pero las adjunto al final de esta entrada, para darle cierto valor añadido. Es el primero de los ¡tres! extras que aporto a esta entrada.
No recuerdo cuándo tenía la intención de inaugurar oficialmente el blog, supongo que a la vuelta de las Navidades de 2005, pero, por algún motivo, nada más llegar a Madrid, a casa de mi madre, me dio la vena y colgué las tres primeras entradas. En un día. Gracias a eso puedo presumir de haberme abierto un blog el mismo mes en que lo hicieron Juan Carlos Planells y César Mallorquí, dos de mis escritores y blogueros de cabecera. 
Han cambiado muchas cosas. Ya no soy un friqui gordito y con gafas; de hecho, de todo lo anterior ya solo soy un friqui, y lo de "sin gafas de pasta", aunque correcto (ya no llevo gafas, ni de pasta ni metálicas), debería cambiarlo en la cabecera del blog. Ya no trabajo en Gigamesh, ni ejerzo como memoria viva de la ciencia ficción española, ni comparto piso con sopotocientos universitarios, ni soy un solterito desvalido con toques de Peter Pan. Me he casado, mi madre murió, la estrella de los blogs declinó en favor de redes sociales como Facebook y Twitter, y llegó un momento en que la pornografía emocional dejó de hacerme gracia, así que procuro contenerme a la hora de contar según qué aspectos de mi vida. Han cambiado muchas cosas. Tengo Pornografía Emocional muy abandonado, pero ya no me obsesiono con su periodicidad ni con cambiar su enfoque: actualizo cuando puedo y me apetece, y cuando no, pues no lo hago.
Más preocupante sería que, seis años después de abrirlo, este blog fuera exactamente igual que entonces, tanto en espíritu como en forma. Me he vuelto más vago y recatado, cierto, pero también he cambiado, y la evolución de estas casi quinientas entradas da fe de ese proceso.
Hoy hace seis años que abrí este blog, que se dice pronto.
Ya que estamos: feliz Navidad y, supongo, feliz año 2012. Conociéndome, no creo que actualice durante estos últimos días de 2011, pero quién sabe.

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Y ahora, los extras.

En primer lugar, los minutos musicales. He aquí la música que escuchaba hace justo seis años, mientras escribía como loco las primeras entradas de este blog. Como digo, concluía todos los textos con anotaciones acerca de mis listas de reproducción, pero decidí no incluirlas en las entradas definitivas.)

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(Banda sonora de esta anotación, con el reproductor de Windows puesto en orden aleatorio en la carpeta de la letra M: “The Time Is Now”, de Moloko; “Egoak ebaki”, de Mikel Laboa; “Ray of Light”, de Madonna; “O sonho”, de Madredeus”; “Con dos camas vacías”, de María Jiménez y Joaquín Sabina; “Alabama Song”, de Marianne Faithfull; “Angel”, de Massive Attack; “One”, de Metallica; “Sly”, de Massive Attack; “The Promise”, de Michael Nyman; “Why Does My Heart Feel So Bad?”, de Moby; “Helps Both Ways”, de Mogwai; “Suedehead”, de Morrissey; “Finally We Are No One”, de múm, “2 Rights Make 1 Wrong”, de Mogwai; “Mezzanine”, de Massive Attack; “Spanish Stroll”, de Mink DeVille; “Mars Attacks”, de Mastretta; “Con esa morena”, de Miguel Poveda y “Don’t Be Afraid, You Have Just Got Your Eyes Closed”, de múm. No necesariamente en este orden.)

(Banda sonora de esta anotación, con el reproductor de Windows puesto en orden aleatorio en la carpeta de la letra P: “Learning to Fly”, de Pink Floyd, “Don’t Get Me Wrong”, de The Pretenders, “Fiesta”, de The Pogues, “Pasa la vida”, de Pata Negra, “I Would Die 4 U”, de Prince, “People Have the Power”, de Patti Smith, “El Halcón Milenario”, de Patrullero Mancuso, “Love Too Soon”, de P.J. Harvey, “Dreamwalk Baby”, de The Primitives, “The King of Rock and Roll”, de Prefab Sprout, “Andaluces de Jaén”, de Paco Ibáñez, “History Repeating”, de Propellerheads y Shirley Bassey, “Gavilán o paloma”, de Pablo Abraira, “Segundo premio”, de Los Planetas, “Hey Manhattan”, de Prefab Sprout, “Si está bien”, de Los Planetas, “Wandering Star”, de Portishead, “Vamos”, de The Pixies, “Isla de encanta”, de The Pixies, “Pesadilla en el parque de atracciones”, de Los Planetas, “Jailbird”, de Primal Scream, “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”, de Paco Ibáñez, “Toxicosmos”, de Los Planetas, “Another Brick In the Wall”, de Pink Floyd, “Cállate, niña”, de Pic Nic y “Todo lo que me gusta es ilegal”, de Pata Negra. En este orden.)


(Escuchando la letra C de la lista de reproducción. “Sex, Money, Freaks” de Cabaret Voltaire, “Cucurrucucú paloma” de Caetano Veloso, “La ingrata” de Café Tacuba, “River Waltz” de Cowboy Junkies, “Me sabe a humo”, de Los Chunguitos, “Ricardo Ardiendo” de Chucho, “La gent vol viure en pau”, de Companyia Eléctrica Dharma, “Piensa en mí”, de Chavela Vargas, “La Internacional” (que está en esa carpeta bajo el epígrafe Canciones Políticas), “We’ve Only Just Began”, de The Carpenters, “Train In Vain”, de The Clash, “En una barca”, de Clara Montes y Josele Santiago, “Me quedaré soltera”, de Cecilia, “Block Rockin’ Beats” de Chemical Brothers, “El cumpleaños de Ronaldo” de La Costa Brava, “Karma Chameleon”, de Culture Club, “Adoro a las pijas de mi ciudad”, de La Costa Brava, “Cuándo, para qué, cómo y con quién”, de Carlos Berlanga, “The Card Cheat”, de The Clash, “Lullaby” de The Cure, “Good Times Roll” de The Cars, “Compre, compre” de Cucharada y “The Scientist” de Coldplay.

(Banda sonora. Letra C del reproductor de Windows. “Please Mr. Postman”, de The Carpenters, “In My Place”, de Coldplay, “Dame veneno” de Los Chunguitos, “El hombre salvaje” de Las Chinas, “Sweet Jane” de Cowboy Junkies, “Las chicas son guerreras” de Coz,  “Ay, Maricruz” de Carlos Cano, “Remote Control” de The Clash, “I Put a Spell On You” de Creedence Clearwater Revival, “Superfly” de Curtis Mayfield, “Persephone” de Cocteau Twins, “Glamour Girl” de Chicks On Speed, “Rock the Casbah” de The Clash, “Top of the World” de The Carpenters, “Sun King” de The Cult, “Que te vaya bonito” de Chavela Vargas, “Mariacaipirinha” de Carlinhos Brown, “El día que me quieras” de Carlos Gardel, “Señora azul” de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, “Four Horsemen” de The Clash, “Get On Your Knees” de Los Canarios y “Volando voy” de Camarón de la Isla.) 

(Banda sonora de esta anotación, con el reproductor de Windows puesto en orden aleatorio en la carpeta de la letra K: “El baúl de los recuerdos”, de Karina, “Testostereon”, de Kayah, “El estado de las cosas”, de Kortatu, “Spij kochanie, spij”, de Kayah y Goran Bregovic, “Celebration”, de Kool & The Gang, “This Is the Last Time”, de Keane, “Eighties”, de Killing Joke, “Aserejé”, de Las Ketchup, “Hey Dude”, de Kula Shaker, “Mr. Snoid entre sus amigos los humanos”, de Kortatu, “Somewhere Only We Know”, de Keane, “Everybody’s Changing”, de Keane, “Mierda de ciudad”, de Kortatu, “Blind”, de KoRn, “A la calle”, de Kortatu, “California Waiting”, de Kings of Leon, “Come Into My World”, de Kylie Minogue y “You Can Have It All”, de Kaiser Chiefs. Joder, qué rara es la letra K: o muy macarra o muy petarda, sin término medio.)

 (En el reproductor de Window han estado sonando las siguientes canciones de la carpeta denominada Rollito sesentero de Juanma: “Sunshine of Your Love”, de Cream, “Tomorrow Never Knows”, de The Beatles, “A Day in the Life”, de The Beatles, “Hey Joe”, de Jimi Hendrix, “Que se mueran los feos”, de Los Sirex, “Roadhouse Blues”, de The Doors, “Can’t Take My Eyes Off Of You”, de Diana Ross and The Supremes, “Purple Haze”, de Jimi Hendrix, “Chain of Fools”, de Aretha Franklin, “For Your Love”, de Yardbirds, “Like a Rolling Stone”, de Bob Dylan, “The End”, de The Doors, “(I Can’t Get No) Satisfaction”, de The Rolling Stones,“Roll Over Beethoven”, de Chuck Berry, “Rescue Me”, de Aretha Franklin, “Paint It Black”, de The Rolling Stones, “What I’d Say”, de Ray Charles, “Starway to Heaven”, de Led Zeppelin, “We Gotta Get Out Of This Place”, de The Animals y “Downtown”, de Petula Clark.

(Banda sonora de esta anotación. No he puesto música. ¿Para qué? Recordaba perfectamente todas las canciones, como si las estuviera escuchando.)

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¡Y otro extra! ¡Una "toma falsa"! Un borrador para una entrada que no llegué a escribir:

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IDEAL PAREJAS, CON MUCHOS POSIBLES (DIGOOO POSIBILIDADES)

Todos los años a estas alturas se acerca el temible momento de plantearnos si seguimos en el mismo piso o si nos buscamos otro. Es un coñazo, porque al principio éramos cinco (Emmanuel, Rita, Aleix, Ricardo y yo) y necesitábamos algo más grande de lo habitual. Ahora nos hemos quedado sólo tres miembros fijos (Emmanuel, Lluis y yo) y hay entre uno y dos miembros flotantes, que van a parar a la que ya denominamos “habitación del pánico”; pero, mira tú por dónde, ahora estamos a gusto, la casa nos gusta y, si nada se tuerce, tenemos para dos años más, entre que Emmanuel termine su doctorado, Lluis termine la carrera y yo me pueda plantear meterme en alquilar un piso para mí solo sin que se me descojonen en la inmobiliaria (o en el banco, si decido comprar).

Céntrico
Totalmente amueblado
Mobiliario nuevo
Comedor amplio
Sin ascensor
Soleado
Muchas posibilidades
Ideal parejas
Entrar a vivir

Vamos, que el día que alguien tenga la decencia de publicar un anuncio tal que así:

Alquilo piso. A tomar por culo del centro. Metro más cercano a veinte minutos en autobús. Obras del metro en la misma puerta; duración estimada: dos años… o cuatro. Sobreático sin ascensor. Excepto el cagadero, todo está en la misma habitación, que tampoco es que sea grande. Parquet levantado. Aluminosis. Ideal pitufos. 25 m2 aprovechables. 600 € al mes


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¡Y otro extra más! Otro borrador de entrada que comencé a escribir y dejé a medias. Ya ni me acuerdo, o tal vez no quiera acordarme, de adónde quería ir a parar cuando la empecé. No me interesa tirar de ese hilo, pero me pareció un texto con un innegable valor arqueológico.

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EL  VERDADERO ESPÍRITU DE LA NAVIDAD
II. MIRAR HACIA OTRO LADO

Tengo la impresión de que en este blog estoy incidiendo en exceso en mi lado amable y tierno, en las excelencias de ese friki gordito y con gafas que achucha, quiere, ama y sólo aspira a ser achuchado, querido y, si la cosa se da muy bien, un poquito amado, ni siquiera en justa reciprocidad. En suma, intento ser gordo y comprensivo, en afortunada expresión de David Panadero, que ha hecho de ella su lema y que, si se deja convencer, terminará abriendo su propio blog y lo llamará así.
Pero también tengo mis rincones oscuros y puedo llegar a ser un gordo cabrón. O, más bien, un gordo en estado permanente de encabronamiento, porque carezco de los recursos necesarios para hacer auténticas cabronadas. Por supuesto que he hecho mal, no siempre involuntario, y cuento en mi haber con demasiados daños colaterales como para pensar que soy un santo. Sé que le he hecho daño a las personas a las que más he querido, y que podría hacer mucho más si no me controlase. Cuando pierdo la perspectiva, soy un energúmeno que siente, piensa, habla y actúa desde la rabia. En mi caso, el autocontrol reside, entre otras cosas, en decir auténticas maldades y luego no llevarlas a cabo; en cagarme en todo lo cagable pero luego ser inofensivo; en asumir el papel del perro ladrador y poco mordedor. Si me la hacen, no suelo devolverla porque carezco de los medios necesarios para hacerlo y porque me parecería una salvajada impropia de una persona racional, no porque no me apetezca. La desproporción entre mal perder e incapacidad de réplica suele degenerar en impotencia, en una atroz mala conciencia por saberme vengativo y una no menos atroz sensación de desprotección por no poder llevar a cabo la venganza que requiere una afrenta. Ante tal tipo de disyuntivas, suelo batirme en retirada, lo que normalmente acrecienta la sensación de impotencia. Pero también puedo valorar las provocaciones en su justo término, alejar las paranoias, relativizar el concepto de mal infligido o recibido y dotarme de dos nuevas armas que, de un tiempo a esta parte, estoy empezando a utilizar cada vez con mayor frecuencia, pues me suelen dar mejores resultados que la impotencia, la rabia, el deseo de venganza y el encabronamiento: la hipocresía y el distanciamiento.
La hipocresía es una habilidad social que nos ha sido dada para no tener que cruzarle la cara a alguien que te ha hecho daño, y encima hacerlo con la mejor sonrisa, bien para tener la fiesta en paz, bien para no hacerle un daño aún mayor a un tercero. Se suele confundir con el saber estar.
El distanciamiento es el don con el que nos arrogamos el derecho a perdonarle la vida a los que nos ofenden, mediante el subterfugio de hacer y hacernos creer que podemos juzgar de manera objetiva hechos que nos afectan directamente. Si no se utiliza con sabiduría, degenera en autoengaño y solipsismo.
Durante estas Navidades he tenido que hacer gala de ambas habilidades en un par de ocasiones, para afrontar sendas situaciones delicadas que en su momento me afectaron mucho.


Imaginaos una boda. La boda de uno de vuestros mejores amigos, una de las personas a las que realmente apreciáis.
Imaginad que su novia os cae bien, pero tiene a vuestro amigo en sus manos, como quien dice.
Suponed que vuestro amigo, una de las personas más brillantes que jamás hayáis conocido, tiene que conformarse con un trabajo de mierda en un sector productivo ajeno a aquel para el que está cualificado, para el que se formó y por el que obtuvo un premio extraordinario de fin de carrera.
Quered a vuestro amigo y entended lo que supone que nunca le haya ido bien en sus relaciones de pareja, siempre a merced de personas más dominantes que, sin quererlo mal, lo manipulan o, directamente, lo arrastran hacia la paranoia y el complejo de culpa. Una persona brillante que tuvo que conformarse con un trabajo de mierda.
Completad el cuadro con una baja por depresión que se ve obligado a tomar tan sólo dos meses después de anunciar su compromiso, que lo mantiene alejado del trabajo durante seis meses, inapetente y sin deseos de vivir, y que llega a su fin apenas dos semanas antes de la boda. Lo despiden al día siguiente de reincorporarse, y además su prometida encuentra trabajo lejos de la ciudad donde él tiene a sus familiares y amigos. Recién salido de una depresión, con el riesgo de una recaída inmediata, sin trabajo y totalmente a expensas de su novia, vuestro amigo se dispone a contraer matrimonio.
Ved a vuestro amigo en la boda, en un pintoresco pueblecito del interior peninsular. Está nervioso. La novia no os dirige la mirada. Lo achacas a los nervios. Ves señales inquietantes que no empiezas a interpretar hasta que son demasiado evidentes: ¿Por qué motivo las tres cuartas partes de los invitados son de la novia de tu amigo? ¿Por qué motivo los padres de tu amigo están postergados, diríase ninguneados? ¿Por qué motivo todo son vivas a la novia de tu amigo, y nadie aclama a tu amigo, ya que no hay masa crítica para ello? ¿Por qué motivo tu grupo de amigos es el último a quien se le realiza la foto, ya de noche y con el resto de los invitados recién entrados en el salón, después de un cóctel eterno en el que la ya esposa de tu amigo sigue sin dirigiros la palabra? ¿Por qué motivo la mujer de tu amigo sólo se deja ver una vez por la mesa que compartes con tus amigos… para llevarse a tu amigo a otra mesa? ¿Por qué motivo nadie le presta atención a los padres de tu amigo en el baile nupcial? ¿Qué está pasando aquí?





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martes, 20 de diciembre de 2011

Juan Carlos Planells (1950-2011)

Mi última colaboración (hasta el momento) con Literatura Prospectiva es el obituario del escritor, crítico, bloguero y corrector Juan Carlos Planells, que falleció el 3 de diciembre en Barcelona. Dejé un comentario a la noticia, Nacho Illarregui me pidió que lo ampliara, y me salió el texto que podéis leer a continuación. Aquí está el enlace a su edición original en Literatura Prospectiva. 
Los incontables ensayos que escribió Juan Carlos a lo largo de sus más de treinta años de actividad en el fándom son una de las fuentes obligatorias para entender el desarrollo, auge, caída, nuevo auge y atocinamiento de la literatura fantástica española. Su obra literaria, personal e inclasificable, merece no caer en el olvido, ya que contiene una de las novelas (El enfrentamiento) y varios de los relatos ("Cambio de guardia", "¿Cómo mataremos la tarde del domingo?", "Cofres", "De muerte y de dolor", "Heridas y cicatrices", La mirada del intruso", "Otro día sin noticias tuyas" y "Una oveja negra y varios lobos") más representativos de lo que ha sido el género intra fándom. Su blog es un punto de referencia obligado. Y su labor profesional, corrector de estilo y galeradas, es más importante de lo que parece, ya que ayudó a elevar los estándares de calidad de editoriales como Gigamesh.
Ha muerto, pues, uno de los nombres fundamentales para entender la ciencia ficción española de los últimos treinta y tantos años. Y una persona llena de contradicciones, pero atenta, de trato agradable y, a su manera, entrañable.

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El pasado 3 de diciembre falleció el escritor, crítico y corrector Juan Carlos Planells. Tenía sesenta y un años, y un ictus cerebral se lo llevó por delante. A juzgar por la fecha en que fue enterrado (cuatro días después del óbito), cabe suponer que murió solo. Es este un hecho relevante, ya que muchos aspectos de la vida (y, suponemos, muerte) de Juan Carlos transcurrieron en soledad. Pese a que le costaba abrirse a los demás (creo que todos lo recordaremos con esa sempiterna media sonrisa entre tímida y socarrona) y nuestra relación era más cordial que amistosa (sensación, supongo, que compartirán los aficionados que tuvieron más trato con él), uno no deja de tener la impresión de que sus últimos años fueron tristes y solitarios, en parte por los avatares de la vida, y en parte por elección. Manteníamos un contacto esporádico, y meramente epistolar, fruto de la simpatía mutua que nos profesábamos de los tiempos en que trabajé en la editorial Gigamesh y, antes, en que ambos colaborábamos con sus revistas, primero a las órdenes de Alejo Cuervo y después a las de Julián Díez.
Nuestro último intercambio de mensajes se produjo hace algo más de dos años, entre junio y septiembre de 2009. Me comentaba que apenas le quedaban clientes, ya que algunas editoriales lo habían catalogado como persona «poco fiable». Le facilité los datos de toda mi agenda de contactos, con indicación expresa de cuáles me parecían los más idóneos para su perfil profesional (corrección de galeradas en papel y en castellano). Después de unos cuantos mensajes centrándonos en un cliente en concreto, que manifestó su interés por contactar con él, me comentó, con la sencillez y amabilidad que lo caracterizaban, que en realidad ya no hacía falta, que había renunciado a la tarea de seguir buscando clientes, que ya le daba todo igual, y que muchas gracias por la gestión. Lo siguiente que supe, a través de Álex Vidal, era que había vendido buena parte de su biblioteca privada. Y, pocos meses después, en su blog, una serie de entradas en las que comentaba con todo lujo de detalles sus peripecias en el mundillo de los comedores sociales. Y ahora, un año después, nos llega la noticia de su muerte. No me cabe la menor duda de que no murió como le habría gustado (y creo que tenía unas indisimuladas preferencias al respecto; que lo entienda quien quiera), pero sí tengo la impresión de que no quería seguir viviendo, de que ya había bajado los brazos. El resto, lo que ya sabemos que sucedió el día 3 de diciembre, solo era cuestión de (poco) tiempo, supongo.
Algunos obituarios, y muchos comentarios de viva voz, insisten en que Juan Carlos tenía una personalidad que se podría calificar de difícil. No lo conocí lo suficiente como para saber hasta qué punto era cierto, pero no era infrecuente recibir mensajes suyos en forma de filípica contra tal o cual editorial o revista, desautorizando de manera expresa esta publicación o aquel proyecto. No dejaba de ser una manera de recibir noticias suyas y de saber que estaba bien, o no muy mal. En todo caso, cabe decir algo que creo que lo honra, y que en cierto modo puede ayudar a desmentir esa reputación: durante los años más duros de esa guerra fría que sufrió el fandom en la década de 1990, Juan Carlos fue uno de los poquitos autores que simultaneó sus colaboraciones en BEM y Gigamesh, los dos polos de esa lucha intestina que ahora no interesa a nadie, y que en aquel momento parecía que solo dejaba de interesarle a él. Esto dice mucho acerca de su lealtad (amigo personal de Joan Manel Ortiz y de Alejo Cuervo, ya desde los tiempos del fanzine Tránsito) y del respeto que inspiraba (como «vieja gloria» de los tiempos míticos de Nueva Dimensión, cuyas páginas verdes prácticamente acaparó en los últimos números de la revista). En mi caso, el trato fue siempre cordial, y todo lo amistoso que él podía llegar a ser.

Una de mis primeras incursiones en el género había sido el volumen conmemorativo del número 100 de Super Ficción de Martínez Roca, en el que Alejo Cuervo, Albert Solé y él reseñaban todos los títulos de la colección. Ese fue mi primer contacto con su faceta ensayística; le siguieron sus impecables reseñas que aparecían en la primera época de la revista Gigamesh y, después, en los Nueva Dimensión que iba consiguiendo en los saldos. No lo conocí en persona hasta la década de 1990, supongo que en la HispaCon de Barcelona (1991). Con todo, cuando más y mejor lo conocí fue durante los cinco años en que estuve al frente de las revistas Stalker y Gigamesh. Telefonearlo para cantarle los títulos que componían los hit-parade de las revistas era todo un placer, porque, además de la calificación de la película o libro de marras, te razonaba el porqué de su voto, te hacía comentarios que solo puedo calificar de hiperenlaces de viva voz y, en resumen, lo que era una llamada meramente burocrática se convertía en una charla distendida que a veces se prolongaba más de media hora. Cuando se acercaba a la editorial, con esas galeradas que corregía de manera irreprochable y en un tiempo récord, a veces me correspondía hacer los honores de recibirlo (si Álex estaba pendiente de otras cosas) y, entre café y café, aprendía lo que no estaba escrito. Hablar de trabajo con Juan Carlos era, sobre todo, eso: aprender.
Tardé mucho en saber que Juan Carlos era hijo de un pintor surrealista, Àngel Planells. En alguna ocasión comentó que había conocido a Salvador Dalí. Esas infancia y adolescencia, a caballo entre la casa paterna en el corazón del Eixample (lo que ahora se llama el Gaixample) y unas vacaciones en la Costa Brava, supongo que en el Cadaqués natal de su padre, nos ilustran acerca de un modo de vida que se está extinguiendo. La Barcelona (y, por ende, la Cataluña) burguesa, de pintores no demasiado bohemios, de pisos inmensos de renta antigua, con bibliotecas suficientes para quedarse atrapado en ellas, atado a la lectura y los recuerdos, cual Peter Pan en una versión con seny del Arrebato de Iván Zulueta. La Cataluña de la burguesía tardofranquista cuyas contradicciones eran divertidas, con sus hijos perdiéndose una y mil veces entre novelas de Juan Marsé y canciones de Jaume Sisa o Pau Riba, entre las minifaldas provocadoras que se ponían las niñas bonitas de la gauche divine de la calle Marià Cubí y las borracheras de licores y psicotrópicos de un Canet Rock cualquiera, entre ejemplares polvorientos de la revista Patufet adquiridos en el Mercat de Sant Antoni y títulos más polvorientos de la colección Galaxia de Vértice o de revistas Más Allá, adquiridos en alguna librería de lance de la calle Aribau. Esa Cataluña mítica, en resumen, que evocan los cuentos de terror de Cristina Fernández Cubas o los ultracortos inclasificables de Pere Calders (y que, a su vez, no son más que una traslación en clave fantástica de una vertiente realista que se halla presente en la obra de Mercè Rodoreda), de la que Juan Carlos tal vez fuera su único (y, si hubiera tenido seguidores, máximo) exponente, gracias a relatos como «Otro día sin noticias tuyas», «De muerte y de dolor» o «Una oveja negra y varios lobos» y, por supuesto, a la novela El enfrentamiento, a la que ya se refería en el Nueva Dimensión número 145 (el especial Philip K. Dick, de 1982).

El enfrentamiento, claro. Resulta inexcusable hablar de Juan Carlos Planells y no referirse a esta novela. Imperfecta. Con una estructura poco clara. Fascinante. Absorbente. Una joya sin pulir, una tormenta de ideas en medio de un mar sereno. ¿Un 3 sobre 5? Es probable, si se juzga con criterios meramente literarios y de resultados. Y, no obstante, una obra mucho más importante que todo eso. Al igual que él, que Juan Carlos, una obra que inauguraba y clausuraba un estilo por sí misma, y que habría sido su máximo exponente si hubiera tenido seguidores. Una novela dickiana, nuestro Hombre en el castillo, vale, pero también nuestra Plaza del Diamante, la constatación de que Juan Carlos apuntaba en ambas direcciones: a la mejor tradición de esa ciencia ficción que conocía como casi nadie en España (y a la que dedicó algunas de sus mejores páginas, aunque, claro está, no llamaran la atención de ningún estudioso porque «solo eran reseñas») y a la mejor tradición de esa literatura catalana de posguerra que, sospecho, también conocía como casi nadie en Cataluña. Tal vez ese retrato de una resistencia antinazi recordase mucho a las películas o novelas bélicas, y también a las ucronías y novelas de ciencia ficción, pero, ante todo, creo que Juan Carlos estaba hablando de Cataluña y de sí mismo. De esa Cataluña perdida en algún rincón de su casa, en forma de libro antiguo o cuadro con la firma de su padre. Puro kipple. ¿A alguien le extraña que sus autores de cabecera fueran Philip K. Dick, J. G. Ballard o Keith Laumer? Pero también es una novela policíaca. Atención, lectores: Juan Carlos se encasilló en las publicaciones de ciencia ficción porque tal vez no deseaba otra cosa, aunque sé que colaboró con (o, al menos, leía) revistas como Gimlet. Si hubiera sido asiduo de las Semanas Negras o Prótesis hubiera aparecido antes, habría sido un autor reconocido de género policíaco. Sabía un montonazo de este género, casi tanto como del fantástico.
Juan Carlos subía a la editorial, entre los años 2002 y 2006 (y después, pero de eso ya no tengo constancia directa), siempre con esa sonrisa, siempre con ese comentario irónico o ese dato erudito que te dejaban patidifuso (sobre todo, porque los habías tenido delante de tus propias narices y no habías sabido verlos), cargado con tochazos de mil folios que llevaba en bolsitas de plástico: las primeras y las segundas compaginadas del título que fuese a sacar la editorial en aquel momento. A veces añadía alguna reseña, siempre mecanografiada, que le habías encargado porque sabías que le hacía ilusión aparecer publicado en las revistas. De este modo, Juan Carlos escapaba a los corsés limitadores de los números de palabras o caracteres. A cualquier otro colaborador le podías encargar una reseña de quinientas palabras (o de mil, si iba a encabezar la sección de reseñas). Juan Carlos no. Él te llevaba la puñetera Biblia (tres, cuatro, hasta seis folios), siempre escrita a máquina, y claro, tú tenías que picar el texto y verterlo a Word. Susto: dos mil quinientas palabras. Dios, le habías pedido cinco veces menos. Dios, no sobraba nada, ni una puñetera coma. Dios, tenías que recomponer la sección de reseñas (claro, de repente había que dejar fuera dos o tres) y, en ocasiones, encabezarla con la suya. Dios, a veces te planteabas si sacar esa reseña de la sección y considerarla un ensayo con personalidad propia, en la «parte noble» de la revista. La pistola de rayos, de Philip K. Dick. Furia feroz, de J. G. Ballard. Dos de las cuatro o cinco mejores reseñas que aparecieron en los trece números de Gigamesh que tuve el placer y el disgusto de dirigir.

Y siempre, siempre, mecanografiadas. Excepto al final. En algún momento de 2005, Juan Carlos descubrió los ordenadores. Además, comenzó a contarnos sus desventuras en el cibercafé. Él, un señor de cincuenta y tantos años, nos hacía partirnos de risa, entre café y café, con esas anécdotas que tenían como protagonista a la señora bielorrusa de su ciber (no olvidemos que carecía de recursos como para instalarse internet en su piso). Comenzó a pasarnos material de ficción. Cuentos que, de manera invariable y para mi desesperación (¡quería publicarle un relato a toda costa!), le rechazaba, porque lo mínimo que le exigíamos era el nivel de «Gatos en medio de la calle», y lo cierto, siendo indulgente, era que esos nuevos relatos no alcanzaban el nivel de lo que sabíamos que Juan Carlos era capaz de escribir. De lo que Juan Carlos había escrito en un pasado no tan remoto. Eso sí, siempre llamaba la atención el vigor con que aceptó la llegada del 2.0 y del siglo XXI a su vida. Relatos protagonizados por usuarios fantasmas de un chat. Relatos protagonizados por canciones fantasmas de su idolatradísima Avril Lavigne. Era otro Juan Carlos Planells, tal vez no tan brillante como el de los relatos de la década de 1990, pero igualmente personal y único. Como el blog que inauguró en esa época. Qué paradoja: el autor más reticente a las nuevas tecnologías, el que te lo mandaba todo mecanografiado y no tenía ordenador, fue, al mismo tiempo, el bloguero más incansable, prolífico y brillante que he conocido. Porque no cabe duda al respecto: su blog Planells Facts & Fiction es uno de los más memorables que jamás haya parido friqui español alguno.
Estos últimos relatos también son premonitorios, en cierto modo. No puedo dejar de acordarme de ellos ahora que leo acerca de su muerte. La muerte estaba tan metida en la personalidad y mentalidad de Juan Carlos que cuesta creer que no haya acudido antes a su encuentro. Tal vez llegaron a algún tipo de arreglo, en plan «Venga, déjame escribir esta entrada sobre Ken Russell» o «Haz el puto favor de permitirme acabar la sección Galería de mujeres», que ella, la muerte, se negó a cumplir. O puede que Juan Carlos, erotómano impenitente, no pudiera resistirse a los encantos de la parca: es una mujer, al fin y al cabo. Otra de sus grandes pasiones.
En cualquier caso, con Juan Carlos Planells se va uno de los últimos artesanos. Uno de esos críticos inclasificables, como Emilio Serra o Alfredo Benítez. Uno de esos escritores que son un subgénero en sí mismos, como Enrique Lázaro. Alguien que ejemplifica como nadie la difícil transición del folio mecanografiado a los ordenadores, del marcador rojo de corrector de galeradas a la corrección en Word o PDF, de las editoriales en las que contaban los conceptos de equipo y capital humano a los grandes trusts acéfalos y pendientes única y exclusivamente de la cuenta de resultados. El futuro y la realidad atropellaron a Juan Carlos y lo dejaron sin trabajo, sin dinero y prácticamente sin vida, pero él respondió con honestidad, brillantez y buen hacer. Y con esa sonrisa socarrona con la que siempre lo recordaremos, incluso aquellos que, sin haber llegado a ser sus amigos, lo apreciábamos de veras.

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viernes, 16 de diciembre de 2011

Carmen Romero (1929-2011). Mi madre.

El pasado 6 de diciembre falleció mi madre, Carmen Romero.


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