miércoles, 3 de agosto de 2011

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Ayer cumplí años. Cuarenta y uno. Corramos un tupido velo.
El día transcurrió sin sobresaltos ni sobrecargas laborales, lo cual fue todo un lujo, después de los descojonos que habían sido mi trigésimo noveno cumpleaños (con entrega al día siguiente, y el móvil apagado a partir de media mañana), o el trigésimo sexto (yendo a la editorial a recoger el finiquito, y de ahí a la oficina del paro), o el vigésimo noveno (ultimando detalles para subir de la planta de Cirugía Torácica a la de Oncología). Fue un día normal, lo cual se agradece.
Detallitos relevantes y confesables.
Preliminares: vermú friqui el sábado y cervecita frikitecaria la tarde anterior.
Cumpleaños propiamente dicho: montonazo de felicitaciones, por Facebook, Twitter, Google +, sms, llamada telefónica e incluso en persona. ¡Muchas gracias a todos!
Si mi madre llega a ser consciente de que la estaba llamando para que me felicitara, ya habría sido la hostia. Pero bueno, no se puede tener todo.
Excursión mañanera al obrador de Lujuria Vegana, para recoger pastelitos ricos sin lactosa. 
Constatación de que las obras de soterramiento de las vías de la L1 y los Cercanías avanzan a muy buen ritmo. Pronto habrá un nuevo paseo en el barrio de Sants.
Mediodía en el Tempura-ya, de carta y con un regalito muy mono. ¡Gracias, Álex y Nuria!

Tarde haciendo como que trabajaba, pero de aquella manera. Hoy regreso a la normalidad de autónomo machaca. Ha sido descuidar el curro y subirnos la prima de riesgo. Está claro quién levanta el país...
Tarde debatiendo acerca de en qué invertir el regalo, así como en comentar posibles excursiones vacacionales.
Cenita íntima a base de pisto, rodaballo, sidra, cava y pastelitos de Lujuria Vegana. Estamos muy mayores (sobre todo yo) para mezclar alcohol, y la cuarta temporada de True Blood está cayendo en picado, pero todo lo demás estuvo perfecto. 
Y nada. Ahora, a retomar la vida normal, trabajando en agosto y tal, y hacer tiempo hasta las vacaciones.

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