miércoles, 27 de julio de 2011

Back to 70's


Quienes me conocéis desde hace menos de doce años no dudaríais en describirme, entre otras cosas, como un "friqui gordito y con gafas". No tengo nada que oponer: es la imagen que proyecto al exterior, y, qué coño, es verdad. Suscribo las tres partes de la definición.
Sin embargo, no siempre fui así.
Lo de friqui, pues bueno, digamos que siempre apunté maneras, aunque confieso que nunca leí demasiados cómics (4-F, Astérix, Tintín, Superlópez y Alix, vale, y los Víbora y El Jueves que llevaban mis hermanos a casa) y comencé a leer relativamente tarde (el carné de friqui me lo saqué con catorce años, al leerme El Señor de los Anillos y el Silmarillion en una gripe, y de ahí a Pórtico, las Fundaciones, el Mundo del Río y los cuentos de Sheckley solo hubo un paso). Mi friquismo era televisivo y cinéfilo.
En cuanto a las gafas, comencé a desarrollar miopía con doce o trece años y, después de pasarme un curso entero sin ver lo que escribían los profes en la pizarra, llegué a la conclusión de que tenía que graduarme la vista, y tal. De rebote, el vicio postural de alargar el cuello para ver mejor hizo que mi madre comenzara a llamarme Tortuguita, y tal vez fue la causa o tal vez aceleró el proceso que me llevó a padecer una escoliosis de campeonato. La escoliosis que explica parte de mi barriga.
La otra parte de mi barriga, evidentemente, la explica mi sobrepeso, pero, y a este punto quería yo llegar, el gordito que conocéis es algo bastante reciente, de este milenio, como quien dice.
Veamos. Hasta finales de la década de 1990 yo tenía mi sobrepeso, como corresponde a un friqui con gafas y sedentario. Ya no iba a nadar por prescripción médica para vigilar la escoliosis,  dejé mi subempleo (repartir publicidad de un gabinete psicológico, lo que, quieras que no, me obligaba a caminar cinco horas al día durante cinco días a la semana, una semana al mes),  y me encerré a estudiar oposiciones. Cogí unos kilitos, pero nada preocupante: lo suficiente como para que la barriguita se consolidara. Por otro lado, también se acabó la buena vida universitaria de conciertos y alcohol y, como no tenía ni un duro, en vez de gastarlo en consumo desenfrenado, me plantaba en la TerMa (tertulia de ciencia ficción de Madrid) antes o después de las cenas. Y caminaba mucho. Me estaba descuidando, pero lo tenía más o menos controlado.
Mi linfoma de Hodgkin cambió la dinámica durante cerca de un año. En vísperas de transferirme de Cirugía Torácica a Oncología pesaba 69 kilos. Doy por hecho que ese no era mi peso real, ya que con los primeros estadios de la enfermedad debía de haber adelgazado al menos cuatro o cinco kilos. Pongamos que mi peso a principios de 1999 fuera de 74 o 75 kilos, lo cual, teniendo en cuenta que mido 1,71 (o 1,72, dependiendo de qué sé yo), da un IMC (índice de masa corporal) de algo más de 25, en el umbral del sobrepeso. 
Es decir, podemos dar por hecho que durante mi veintena me moví en el límite del peso ideal y del leeeve sobrepeso. Había dejado de hacer ejercicio con frecuencia, y tenía tendencia al sedentarismo, pero comía con cierto criterio y caminaba mucho. Una cosa por la otra, me mantenía en márgenes razonables, aunque lo fiaba todo a un metabolismo privilegiado.
Mi enfermedad lo cambió todo. Durante ocho meses (los tres de internamiento en el hospital y los cinco de quimioterapia ambulatoria) apenas me moví. No es que mi dieta fuera un exceso, ya que la quimioterapia hace que la comida te sepa a rayos y tengas que comer ligero (pescado al vapor, que entra muy bien, y purés, sobre todo), pero el sedentarismo pasó factura. Entre ciclo y ciclo de quimioterapia salía con relativa normalidad, pero si coincidían la quimio con, pongamos por caso, una epidemia de gripe (que fue lo que sucedió en enero de 2000), entonces me tocaba quedarme en casa, sin moverme.
Como es lógico, engordé bastante. Pongamos que hasta los 77 o 78 kilos (IMC 26,6, sobrepeso-sobrepeso).
Ah, y la cagamos: con tanto sedentarismo, o tal vez como consecuencia de la quimio, o acaso por problemas derivados de mi enfermedad, a la semana de acabar el último ciclo me tuvieron que ingresar de urgencia, con una trombosis venosa profunda en una pierna. Dos semanas ingresado, en reposo absoluto, más un mes sin moverme demasiado. Nos plantamos en marzo de 2000, y creo que por primera vez supero la barrera de los 80 kilos (IMC 27,5, sobrepeso tirando a obesidad, y se encienden las alarmas).
Hasta ese momento, mi sobrepeso tenía justificación clínica.
A partir de entonces, todo el mérito comenzó a ser mío.
Comencé a buscar trabajo, me apunté a un curso de técnico documentalista, hice nuevos amigos, nueva vida, salir mucho, retomar las cenas fuera, las cervezas y los copazos, y todo eso que podríamos englobar bajo el epígrafe living la vida loca. Como ya estaba trabajando en la Biblioteca Nacional, primero de becario, luego de autónomo y por último de subcontratado, manejaba dinero, por lo que no hacía falta reparar en gastos: salía, comía y bebía todo lo que me daba la gana; total, la vida me había dado una segunda oportunidad, me pasé dos años sin coger ni un puñetero resfriado, y ya sentaría cabeza.
No sé cuánto pesaba cuando me vine a Barcelona, pero calculo que entre 82 y 83 kilos (IMC 28, justo la frontera con el sobrepeso chungo, la preobesidad, la necesidad imperiosa de hacer algo porque, definitivamente, ya son más de diez kilos por encima del peso ideal).
Pues ni puto caso. Entre hispacones, grupo de amigos friquis barceloneses, viajes a Madrid y cenas salvajes en piso compartido, superé los 85 kilos en cuestión de meses, y en momentos puntuales (de esos de acojonar a asturianos por mi capacidad de comerme cachopos enteros) comencé a verme más cerca de los 90 que de los 85.
En mi caso, los 89 kilos marcan la obesidad (IMC 30), y aquí es donde hay que recapitular.
Veamos, he padecido un cáncer, siempre he tenido el colesterol entre alto y disparado (la genética...), mis marcadores de triglicéridos y ácido úrico no andan mucho mejor, debo llevar media elástica mientras viva (en la pierna de la trombosis), sigo siendo sedentario (del ordenador del trabajo al ordenador de casa, con intervalos para plantarme a la mesa de casa o un restaurante, y, como mucho, algún bailoteo en el Razzmatazz o estar de pie en la BarraCon de cualquier evento friqui), e incluso el azúcar comienza a acercarse a límites preocupantes. Por no hablar de los grandes clásicos familiares: cardiopatías y demencia senil. En resumen, y no es que alardeara de ello pero sí lo tenía asumido, en algún momento entre 2003 y 2005 comencé a ser cada vez más consciente de que a lo mejor no llegaba a los cincuenta años sin tener algún disgusto serio, no necesariamente un infarto, pero sí una angina de pecho, una hipertensión crónica, o incluso una prediabetes. 
Una vez más, el taller literario de Jorge Zentner me dio la solución. Jorge me pasó la dirección de una dietista de confianza, Dolors, cuyo mayor reto no era que yo adelgazara muchos kilos sino que hiciera ejercicio, y durante unos seis meses estuve ahí-ahí, bajando de los 85 kilos aunque sin llegar, ni por asomo, a los 80. Pongamos que me planté en una media de 83 kilos, lo que ya eran cuatro o cinco kilos menos de lo habitual, y un IMC de 28-29, sobrepeso preocupante, pero no obesidad.
La dieta era cara, porque era muy variada, pero estaba muy bien pensada y, sobre todo, insistía en un concepto: hay que aprender a comer. Lo que sobra es lo que engorda, ergo no repitas. Mastica bien. Compleméntalo con ejercicio. Come cinco veces al día, para evitar el bajón de glucosa de media mañana y media tarde. Permítete algún pequeño exceso un día a la semana, pero no más. (De hecho, el clásico de esos meses era comida china a domicilio nada más salir de la dietista.) 
Ah, y esto era lo mejor: el objetivo no era llegar a determinado peso (80, o 75, o lo que fuera), sino que un día me mirara al espejo, me dijera: "Vale. Este soy yo", y entonces me mantuviera en ese peso.
Todo era muy razonable, y funcionó durante unos meses... pero no del todo. A veces ganaba peso de una visita para otra. No era nada constante. Y no conseguía acercarme a los 80 kilos; es más, se produjo el tan temido efecto rebote, y tardé unos cuantos años en bajar de los 85.
Cuando comencé a salir con Cristina estaba practicando una versión libre de esta dieta, lo que hizo que me acercara a los 90 kilos y, por primera vez en mi vida, los superase de manera puntual en algunas ocasiones (IMC 30,8, cuenta atrás hacia el ictus). Me pasé varios años en una especie de sube y baja: si me acercaba a los 90, me ponía las pilas y bajaba hasta casi 85, pero como no conseguía bajar de esta cifra, me venía abajo y volvía a subir de peso, con lo que me acercaba de nuevo a los 90, etc.
La dinámica se mantuvo hasta que, en algún momento (la intolerancia a la lactosa de Cristina, diría yo), comenzamos a preocuparnos mucho más por lo que comíamos, ya que no podíamos comer cualquier cosa. La intolerancia a la lactosa hace que tengas que estar muy encima de lo que comes, mirando siempre los ingredientes (TODO lleva algún lácteo, incluso los productos más insospechados). Además, comenzó la afición a preparar panes, gracias al maestro Iban Yarza. Y, por supuesto, limitamos las salidas, ya que no todos los restaurantes son lactosa free; de ahí, entre otras cosas, el hecho de ir a restaurantes chinos chinos y japoneses. La comida casera, unida al hecho indudable de que Cristina cocina de puta madre y muy variado, hizo que el sobrepeso se estabilizara, con algunos picos en los que parecía que volvía a las andadas, pero en general consolidándome en los 85-86 kilos. No bajaba de ahí, pero ya no me acercaba tanto a los 90.
Todo esto cambió hace unos meses. Por motivos lógicos (la salud está en juego) nos interesaba dejarnos de polladas y reducir peso, así que dimos una vuelta de tuerca a nuestro régimen alimenticio, que ya de por sí estaba bastante equilibrado (mucha verdura, mucho pescado y mucha fruta), y comenzamos a introducirle cierto criterio. En realidad, se trata de una adaptación libre de la dieta de la doctora Folch, pero sin pasarse. Profundizar en la cocina de mercado (en ese aspecto nos vino bien  que el mercado provisional de Sants montase la carpa a tres minutos de casa, lo que nos hizo ser clientes fijos de la pescadería), limitar cantidades, olvidarnos un poco del alcohol (vaaale, aceptamos gin-tonic) y aumentar verduras.
Por primera vez en casi diez años, estar por debajo de los 85 kilos pasó a ser la regla, no la excepción.
La traca final vino hace unos meses, en forma de dieta propiamente dicha. ¿La de Pierre Dukan? ¡Nooooooo! En realidad, y como ya he dicho, una versión libre de la de la doctora Folch, pero adaptada a nuestras necesidades e idiosincrasia, y que se puede resumir en el siguiente concepto: en realidad no estamos haciendo ninguna dieta, tan solo comemos con criterio. La responsable es la doctora María José Miró, con la que además compartimos restaurante japo de referencia.
Menos cantidad. No repetimos, aunque nos apetezca. Qué gran verdad es eso de que lo que engorda es lo que se queda en el plato. Los desayunos, que eran bastante copiosos, ahora consisten en yogur con una fruta picada, y un café.
Comida de temporada. Poca fruta de invernadero: nada más que la estacional. En ese aspecto nos va bien tener una frutería cojonuda a la vuelta de las esquina. Y solo en el desayuno y la comida, que tienen mucha glucosa. Mucho pescado del mercado, lo más fresco posible. Verduras, las mismas que de costumbre, o tal vez algunas menos.
Menos alcohol. Vale, algo de sidra, cava o gin-tonics de vez en cuando, pero el vino lo hemos limitado bastante, y la cerveza, mejor sin alcohol.
No pasarse con el café. En mi caso, eso significa tres cafés diarios; en el de Cristina, dos.
Reducir carbohidratos, sobre todo de noche, y echar menos azúcar. La horchata, de hecho, la estamos comprando sin azúcar, de la "especial diabéticos" (o sea, solo chufa y agua), y añadimos unas gotitas de edulcorante. Algún caprichito debíamos de tener, ¿no?
Bollería industrial: ni tocarla. Gracias a Lujuria Vegana, Cristina ha vuelto a poder degustar tartas y pasteles, aunque, eso sí, sin pizca de lácteos. Como estamos en temporada de celebraciones (todos los santos y cumpleaños de la familia están concentrados entre los meses de abril y agosto), ahora salimos a un pastelito por mes, más o menos, pero como podemos ser malos de vez en cuando, sin que ello ponga en peligro la dieta, lo hacemos sin remordimientos.
Aplicado a nuestras salidas: olvidarnos un poco de yakiudones y tempuras cuando vamos a comer japo, insistir en el sashimi y no preocuparnos demasiado por el arroz de los makis: una sola ingesta de arroz no va a desbaratar la dieta.
Y poco más, la verdad. El estómago se me ha cerrado bastante, porque lo cierto es que cuando salgo a comer fuera no suelo pasarme con las cantidades, y de hecho ya he tenido algún que otro #epicfail, de esos en los que ya no puedes con el postre, y te da por pensar: "¡Con lo que yo he sido...!".
No excluyo que en lo sucesivo se produzca algún efecto rebote y perdamos lo ganado (o, al tratarse de peso, ganemos lo perdido, habría que decir), pero números cantan: de principios de año para acá no he vuelto a subir de los 85 kilos, estoy perdiendo a razón de un kilo al mes (uuuuuuf, qué dieta tan descabellada) y, después de haberme pasado todo el mes de julio rozándolo, ayer, por fin, la báscula marcó 79 kilos (IMC 27, sobrepeso, todavía de seis a ocho kilos por encima de mi peso ideal).
¿Significa esto que he dejado de ser el friqui gordito y con gafas a quien todos conocéis? Lo dudo: mi personalidad es la de un friqui gordito con gafas, aunque pese setenta y pico kilos, me opere de la vista y comience a citar a Juan Benet. Y la tripita sigue ahí, y, dado que ya tengo casi cuarenta y un años, no me parece muy realista suponer que mi cuerpo vuelva a ser como cuando tenía veintitantos (y, aun así, ya era tripón). No, en términos generales no ha cambiado gran cosa, y sigo claramente por encima de mi peso ideal, pero ya no son casi veinte kilos sino menos de diez, lo que no deja de ser un pequeño logro. Perder siete kilos en otros tantos meses, sin apenas esfuerzo (pero con muchísima fuerza de voluntad por parte de los dos, eso sí), es como para estar contentos. Y vale, tal vez no llegue a los 75 (o tal vez sí, a saber), pero con mantenerme en estos márgenes me doy por satisfecho.
Así que lo dicho: back to 70's. De verdad de la buena.
¡Chúpate esa, Pierre Dukan!


Etiquetas: , ,

martes, 12 de julio de 2011

Cómo ser corrector

De un tiempo a esta parte me da la sensación de que me estoy convirtiendo en el gurú editorial de  bastantes de mis amigos y algunos de mis contactos en redes sociales. Raro es el mes en que no recibo mensajes privados de gente que me solicita asesoramiento acerca de cuestiones editoriales más o menos pertinentes. Suelo contestar con relativa rapidez, demasiada verborrea y, por lo general, creo que consejos útiles.
La temática de las consultas es muy variada. Una de las más repetidas es la siguiente: "Quiero ser corrector de estilo. ¿Qué tengo que hacer?".
Llegados a este punto suelo aclarar que no me considero exclusivamente un corrector de estilo, ya que realizo otras actividades. Digamos que la corrección de estilo y ortotipográfica supone el 60 por 100 de mis ingresos, la moderación de foros friquis de Internet asciende al 25 por 100, y el 15 por 100 restante se lo reparten las bibliotecas, los informes de lectura, los cotejos, y los cursos y conferencias, no necesariamente en este orden.
Aclarado esto, digamos que sí, que vale, que acepto corrector de estilo como ocupación principal. Solo entonces puedo responder algunas de las preguntas que me formulan.

¿Cómo se convierte uno en corrector de estilo?
Hay muchas maneras y, por supuesto, no puedo generalizar.
En mi caso llegué más o menos por casualidad, o por eliminación. Ya estaba acostumbrado a corregir textos de las revistas que dirigía. A lo largo del máster de edición me quedó más o menos claro que la corrección de textos era una de las tareas en las que destacaba y, mientras estaba trabajando como becario en dos editoriales, me saqué algunos ingresos extraordinarios encargándome de correcciones de galeradas. Envié el currículum vítae a dos empresas de servicios editoriales, gracias a sendos chivatazos de Santy y Cristina. En la primera no me cogieron porque acabaron dándole el puesto a una persona que tenía un perfil mucho más adecuado que el mío, y en la segunda hice rematadamente mal las pruebas de idioma y de negociación. No obstante, les gustaron mis pruebas de corrección, y comenzaron a encargarme trabajos. Cuando las cuentas me salieron, me di de alta en el régimen de autónomos. Fin (o, más bien, principio) de la historia.
En resumen, no es que quisiera hacerme corrector de estilo, ¡es que no me quedó más remedio!


¿Hace falta alguna titulación concreta para ejercer como corrector?
No existe ningún grado universitario de corrección de textos, si es eso lo que preguntas. Más que titulación, lo que hace falta es, por un lado, tener una buena base gramatical y ortográfica de las lenguas en las que vayas a corregir (en mi caso, español) y, por otro, ser un buen lector. Esto último es más importante de lo que parece. Cuando estaba en Gigamesh oía decir que la corrección de estilo es en gran parte una corrección "de sentido común". Hay que preguntarse continuamente cuál es el sentido de lo que estás leyendo, leer en voz alta, pensar en posibles alternativas y, sobre todo, ser riguroso. Saber ver, en resumen, cuándo una frase es un desastre desde el punto de vista gramatical, o si crea posibles ambigüedades, o si es un calco lingüístico de algún otro idioma (o no lo es, aunque lo parezca). ¿Y cómo se hace esto? Con la práctica, por supuesto, pero también con muchas lecturas a cuestas y sólidos conocimientos de tu idioma.
Huelga decir que lo primero viene solo, lo segundo no tiene nada que ver con tu formación académica (hay correctores rematadamente buenos que han estudiado biología o físicas, así que no es necesario ser "de letras" para trabajar como corrector) y lo tercero es más fácil si cursaste alguna filología. Así pues, digamos que el hecho de haber estudiado filologías, traducción o periodismo te hace ligeramente más fácil la tarea de ser corrector, ya que todas ellas incluyen asignaturas que te serán muy útiles a la hora de desempeñar tu trabajo. 
No obstante, los conocimientos sobre cómo corregir un texto son insuficientes si no sabes qué estás corrigiendo. Y aquí es donde los titulados en historia, biblioteconomía, derecho, psicología, filosofía, magisterio, empresariales o ingeniería agrícola podemos tener nuestra oportunidad. Deja muy claro en tu currículum vítae que eres capaz de corregir libros acerca de tal o cual temática (por supuesto, mucho mejor si esta tiene que ver con tu titulación, porque se presupondrá que entiendes de la materia, aunque no sea cierto), ya que en muchas ocasiones, si tu cliente sabe hacer bien su trabajo, te ofrecerán correcciones precisamente porque eres titulado en tal o cual materia. Conservo a uno de mis clientes porque soy "el que sabe de arte", y comencé a trabajar con otro porque era verano, estaban en cuadro y necesitaban urgentemente a alguien que tuviese nociones de historia antigua. Y así fue como el hecho de ser licenciado en historia comenzó a serme de utilidad... quince años después de haber terminado la carrera. Nunca es tarde.
Ten en cuenta que no existe ninguna titulación homologada que habilite para ejercer como corrector, aunque llevo tiempo oyendo que no tardará en crearse un grado universitario específico. Verás que hay cursos, como los que ofrecen Cálamo & Cran, los diferentes gremios de editores y libreros (estos últimos, orientados a trabajadores del sector) o algunos profesionales como Silvia Senz o Pilar Comín. Todos estos cursos son útiles, ya que te permiten adquirir o ampliar conocimientos, pero no te convierten en corrector: eso viene con la práctica. ¿Y cómo se adquiere esta? Trabajando. Las bolsas de empleo que ofrecen los cursos pueden ser una buena manera de comenzar a trabajar como corrector, pero no son la única. Mueve el currículum vítae.


¿A quién hay que enviar el currículum vítae?
"Esta es fácil", te dirás. A las editoriales, ¿verdad?
Pues sí, pero no. 
El sector editorial está sufriendo la crisis, como cualquier otro sector económico, pero con un doble agravante: por un lado, está desorientado por la llegada del libro electrónico, que puede poner el sector patas arriba (aunque su implantación está resultando tan lenta y errática que a veces parece que no es un factor relevante), y, por otro, la crisis se ha traducido en despidos, que han llevado a que las editoriales externalicen determinados trabajos como la maquetación y la corrección. 
"Claro, a colaboradores autónomos", pensarás.
Pues lo siento, pero la respuesta es, de nuevo, que sí pero no. 
Las editoriales han externalizado el trabajo a las llamadas empresas de servicios editoriales, que son las intermediarias entre el corrector y el editor. Cada una de estas empresas de servicios trabaja con determinadas editoriales o grupos editoriales, aunque en teoría no hay ningún tipo de exclusiva: he corregido libros de la misma editorial a través de dos empresas diferentes. 
No sé cómo funcionan las empresas de servicios editoriales en Madrid, así que solo puedo hablar de las de Barcelona y, en concreto, de los trabajos que me han encomendado en función de mis conocimientos: no puedo hablaros de quién corrige libro técnico de ingeniería industrial, pero sí de cómo funcionan los libros de ficción, historia o psicología. La empresa A es la subcontrata de casi todo el Grupo Planeta, mucho Grup 62, buena parte de RBA y Belaqva, y bastante Urano. La B trabaja con Crítica, Ariel y Gedisa.  La C, con Taschen y Parragon. La D se encarga de algunas colecciones de Planeta, y la E hace libros de Urano, por poner cinco ejemplos. Seguro que hay más empresas de servicios editoriales en Barcelona, pero no he trabajado con ellas y, por lo tanto, no sé qué editoriales las contratan.
A pesar de lo que he dicho, también se puede trabajar directamente con las editoriales. ¿Cómo? En mi caso he comprobado que echarle morro suele salir a cuenta: "Hola, nos conocemos de Facebook y tengo que hacerte una proposición absolutamente indecente: trabajemos juntos" y variantes. No es mi manera favorita de presentarme, pero creedme si os digo que a veces funciona. Todo depende del interés mutuo... y de que lo hagas con cierta gracia, claro está. Como mínimo, te responden.
El contacto directo también influye. Créate tu propia red de contactos. Llegados a este punto, lo recomendable es ser generosos: si hoy te tiras el rollo por un amigo, es más que probable que mañana se lo tire él por ti. Si no puedes hacerte cargo de una corrección, sé sincero y, en vez de estar en varios trabajos a la vez, di que no te va bien pero que a Fulanito o Menganita sí, y pásales sus datos. Quid pro quo. Me he quedado sin un par de clientes por intentar abarcar más de lo que podía. La finalidad de una buena corrección de textos es que no se note que has metido mano, y el original se pueda leer de corrido y sin necesidad de detenerse. Sin embargo, un texto mal corregido llama la atención de inmediato. Aprende a rechazar o, mejor aún, derivar trabajo.
Cuando envíes el currículum vítae no te olvides de una cosa: especifica qué tipo de material quieres y, sobre todo, eres capaz de corregir. No te encabrones si te remiten una prueba de corrección: por mucha experiencia que acredites, es lógico que el cliente no se fie de ti a ciegas, y quiera hacerse una idea de cómo trabajas. Hazla lo mejor que puedas, ya que será tu carta de presentación, lo que puede marcar la diferencia entre que comiences a trabajar con ese cliente o no.
No te olvides de redes sociales como LinkedIn o Ediciona: son más útiles de lo que crees, aunque a veces recibirás propuestas surrealistas en tu buzón. Pero no pasa nada: estamos hablando del sector editorial, en el que todo es posible.

¿Tengo que ser autónomo para trabajar en el sector?
Depende de cuánto cobres. Si es una actividad marginal y te va a suponer unos ingresos testimoniales, pues no. Si aspiras a comer de ello, pues sí.
Para trabajar con algunas empresas de servicios editoriales es muy recomendable que te hayas dado de alta como autónomo, ya que suelen pedirte un certificado de contratista (un documento que expide Hacienda, por el que acredita que estás dado de alta en el Impuesto de Actividades Económicas) para asegurarte de que vas a pagar el IVA que te corresponde. Pero no todas estas empresas te lo van a exigir. Habla con ellas y, en función de cuál sea tu situación fiscal, decide con cuál te interesa colaborar. 
¿Cómo haces esto? Fácil: echa cuentas. Si te das de alta en autónomos y tienes la base mínima de cotización vas a pagar algo más de 250 euros al mes en concepto de cuota de la Seguridad Social. ¿Te compensa trabajar a cambio de lo que factures por tus colaboraciones menos el 18 por 100 de IVA menos el 15 por 100 de IRPF (o el 7 por 100, si llevas menos de dos años como autónomo) menos tu cuota de la Seguridad Social? ¿Sí? Entonces, bienvenido al club de los free-lances. ¿No? Pues bueno, alguna solución habrá.
Ten en cuenta que gracias al maravilloso mundo de los autónomos te puedes desgravar algunos gastos relacionados con tu actividad profesional (si eres corrector, todos los libros y manuales necesarios, que son unos cuantos... y bastante caros), pero también tienes la obligación de presentar una declaración trimestral de IVA, que es lo que debería estar haciendo en vez de escribir esta entrada. Puedes recurrir a un gestor o hacerla por tu cuenta, dependiendo de lo diestro que seas con los números.
En todo caso, suerte, y no te asustes mucho si algunos trimestres te sale a pagar alguna cantidad de cuatro dígitos: eso es señal de que has facturado mucho, ¿no?

¿Con qué tarifas trabajo?
Este es un asunto delicado, ya que las tarifas no están unificadas. Muchas veces te vas a encontrar con que el cliente te pregunta cuál es tu tarifa. Lo más habitual y recomendable es que preguntes a alguien que trabaje en el sector. La Unión de Correctores (UniCo) tiene unas tarifas recomendadas que suelen incumplirse de manera sistemática. Es más, de un tiempo a esta parte las tarifas no solo no han aumentado sino que hay clientes que las han rebajado; en la mayoría de los casos me consta que esta rebaja se debe a la presión de las editoriales, ya que, nos guste o no, el colaborador externo es siempre el eslabón más débil de la cadena de producción, y la alternativa a la rebaja de tarifas es que prescindan de corregir textos (cosa que alguna editorial ha comenzado a hacer).
Dicho esto, antes de aceptar el trabajo conviene aclarar con el cliente cómo vas a tarifar sin salir tarifando, si me permitís el juego de palabras. Puedes hacerlo por horas o por número de caracteres. No esperes encontrarte con que la corrección de textos es un chollo. Si quieres ser mileurista, me temo que vas a tener que trabajar más de cuarenta horas semanales, aunque decir esto y no decir nada...
Ten en cuenta también que hay tarifas especiales de urgencia y de fin de semana. Y, por supuesto, que no es lo mismo corregir una novela que un libro técnico. En este último sector las tarifas aumentan, si bien es cierto que no todo el mundo está capacitado para corregir según qué cosas. Tienes que ser consciente de tus limitaciones.
Por último, trata de ser honesto. Si ves que lo normal es trabajar por tal tarifa, no ofrezcas menos, amparándote en que "estás empezando" o "el mercado está fatal", porque lo único que vas a conseguir es que nos rebajen la tarifa a todos. Tampoco te pases de listo y pidas una barbaridad, porque a lo mejor te arriesgas a que nadie quiera trabajar contigo. Ah, las leyes de mercado...
Edito: En esta página podéis encontrar tarifas recomendadas para varios países de lengua española. Son bastante razonables y, si contactáis con algún posible cliente que no tenga tarifas propias, tratad de moveros en torno a estas cifras.


Por supuesto, me dejo muchas cosas en el tintero, pero más o menos creo que aquí están todas las respuestas a las dudas generales que me plantean en privado. Quiero dejar claro que se trata de una interpretación personal, basada en mi experiencia concreta, y que no pretendo sentar cátedra: tan solo estoy resumiendo las preguntas más frecuentes que recibo y el sentido de mis respuestas.
Espero que esta entrada os haya resultado útil. Si os ha gustado, a lo mejor escribo más.

Etiquetas: , , , , , , , ,