viernes, 15 de abril de 2011

Entrevista en Fesabid'11

Hoy se publica una entrevista que me hicieron con motivo de Fesabid'11. XII Jornadas Españolas de Documentación. Ha sido un placer, un honor... y una sorpresa. Supongo que el hecho de conocer ambos mundos, la documentación y la edición, influyó en que me escogieran. Laura Martínez Prieto y María del Carmen López Gallardo hicieron unas preguntas más que interesantes, y siento no haber podido desarrollar algunas respuestas. Muchas gracias a Fesabid (en particular, a María de Vallibana) y a los entrevistadores.
Sea como fuere, espero que disfrutéis con la entrevista tanto como yo disfruté respondiendo las preguntas. Y sí, tengo que actualizar mi currículum.
Buen fin de semana.

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Entrevista a Juanma Santiago

Juanma SantiagoJuan Manuel Santiago es licenciado en Filosofía y Letras (Historia Moderna y Contemporánea) por la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente trabaja como autónomo en la corrección de estilo, corrección ortotipográfica y de contenidos para editoriales y empresas de servicios editoriales (Víctor Igual, Àtona, Aibana, LocTeam, Plataforma Editorial, Masson, Elsevier, Glosa, Baula, La Galera, Enciclopèdia Catalana, Leqtor Universal, y Editorial NGC!). También realiza informes de lectura para la agencia literaria Sandra Bruna, el Círculo de Lectores y la editorial Libros del Silencio y redacción de textos, reseñas, críticas y paratextos. Dirigió la revista literaria Artifex Cuarta Época y modera foros de Internet como el de Fantasy Círculo y el foro Premio Círculo de Lectores de Novela.

Como editor, debes estar continuamente en contacto con las nuevas tecnologías ¿te ha resultado difícil adaptarte a ellas?
En general, no, ya que estos cambios se han ido introduciendo de manera gradual. Es cierto que hace diez años bastaba con tener unos conocimientos informáticos básicos, mientras que ahora se requieren unos conocimientos más elevados… y variados, ya que es conveniente que un editor júnior sepa utilizar InDesign, Acrobat, HTML, XML o algún programa de gestión de nóminas… además de manejarse en redes sociales. En todo caso, los cambios que han impuesto las nuevas tecnologías son, en general, sensatos. Otra cosa es que existan mayores o menores facilidades para recibir cursos de formación en la materia, ya sea por parte de las editoriales, o bien por los gremios de editores.

¿Puede decirse que el mundo editorial ha sido uno de los ámbitos donde se han producido los cambios tecnológicos más bruscos?

Sí, aunque los cambios han sido razonables y han ido introduciéndose de manera progresiva. Se han notado más en el ámbito de la fotocomposición e impresión, aunque es cierto que la rutina de trabajo de un editor en 2011 no tiene mucho que ver con la que tenía a finales del siglo pasado. Pongo unos ejemplos. Hace unos años se pasó de realizar las correcciones de estilo directamente sobre papel a hacerlo con el control de cambios de Word activado. Con el auge del libro electrónico empieza a ser cada vez más frecuente la realización de correcciones ortotipográficas directamente sobre las maquetas de los libros, lo que requiere, como mínimo, conocimientos de InDesign por parte del corrector. La utilización del formato PDF ha simplificado de manera considerable el proceso de cierre del original: los fotolitos eran caros y propiciaban numerosos errores. El empleo de servidores de FTP acelera el proceso de envío de la información de la editorial a la imprenta, pero también a los colaboradores externos. En general, todos estos cambios han repercutido de manera muy positiva y racional, aunque corren el riesgo de arrinconar a los editores más veteranos: hoy en día resulta casi imposible trabajar en el sector si se carece de un nivel de conocimientos informáticos medio-alto.

¿Qué crees que es básico para trabajar en el ámbito de la edición?

Es muy importante tener una buena predisposición y creer en lo que estás haciendo; en resumen, «sentir los colores». También es necesario que exista un equilibrio entre formación académica y técnica; es decir, saber cómo se edita (tener conocimientos básicos de filología y maquetación), pero también qué se está editando (dominar la materia). Y, sobre todo, ser un buen lector, en el sentido de que el ideal del editor es publicar el libro que le gustaría leer, tal como le gustaría verlo editado.

¿Qué opinas sobre el libro electrónico y qué efectos crees que tendrá sobre la edición de libros?

El libro electrónico debería ser un soporte más, adaptado a las necesidades de un tipo de lector concreto. Un valor añadido y no excluyente, en resumen. Así como se editan libros en bolsillo, tapa dura, ediciones de lujo o formato trade, también se pueden editar en formato de libro electrónico.
No creo que, a medio plazo, el libro electrónico vaya a acabar con el libro en papel, por dos razones muy simples: la primera, que el bibliófilo tipo es un fetichista del libro de papel, y la segunda, que todavía tendrá que pasar algún tiempo hasta que el mercado decida cuál es el lector de libro electrónico que triunfa. Vivimos momentos de incertidumbre, el mercado está muy disperso, y aún hay reticencias a comprar lectores de libro electrónico porque «no se sabe si van a utilizarse dentro de un año». Además, las cifras de ventas del libro electrónico siguen siendo testimoniales.
El libro electrónico acabará afianzándose, de eso no cabe duda, pero no creo que acabe con el libro en papel. No obstante, puede ser muy útil, y espero que predominante, en algunos aspectos que resultan inviables en papel; por ejemplo, el libro científico-técnico, o títulos del fondo editorial que necesiten tiradas muy reducidas que de otro modo no serían rentables. En este segundo aspecto se puede recurrir a la impresión sobre demanda, pero también al libro electrónico.

¿Piede este nuevo libro llegar a superar la revolución que supuso internet dentro del ámbito de la información y la edición?

No sé si se puede afirmar de manera tan rotunda, pero está claro que cambiará hábitos de lectura y de edición.
Tanto Internet como el libro electrónico forman parte del mismo proceso de revolución tecnológica. La comercialización del libro electrónico solo ha sido posible cuando se han perfeccionado los problemas de contraste de la pantalla; ahora que, por fin, se puede leer un libro electrónico sin dejarse las retinas en el intento, se ha pasado a la fase de comercialización del producto.
En cuanto a la edición, el libro electrónico puede revolucionar los conceptos de impresión (se va a ahorrar mucho papel, claro está), distribución y comercialización. No está muy claro el futuro que puedan tener las imprentas, papeleras, distribuidoras y librerías, que en todo caso tendrán que evolucionar para adaptarse a la situación. Con respecto al modus operandi de las editoriales, ya he comentado que comienzan a exigirse correcciones realizadas directamente sobre la maqueta, lo que podría tener efectos perjudiciales en la calidad final (sería más difícil controlar el proceso de corrección) o en el futuro de algunas profesiones como la de corrector de textos (ya que su trabajo podría solaparse con los del editor de mesa o el maquetador). Sea como fuere, todo hace indicar que se destruirá empleo en el sector.

¿Consideras que se llegará a ofrecer un servicio libre y gratuito a todas, o casi todas, las fuentes de información?

Debería ofrecerse un servicio más barato, al ahorrar costes en determinados materiales. Por eso el futuro de la edición pasa por gestionar la propiedad intelectual. Los departamentos de derechos van a más, ya que ahora mismo son la tabla de salvación de algunas editoriales.
El impacto del libro electrónico, así como el volcado de cantidades ingentes de material por canales como Google Books, debería servir para abaratar el precio de venta del objeto libro, pues la alternativa a unos precios casi iguales que los del libro de papel es la piratería. El sector editorial debería tomar nota de lo que ha sucedido en el resto del sector audiovisual. Ser más competitivo no pasa por imponer precios difíciles de justificar en un libro electrónico, sino en tratar de fijar un precio justo que permita a la editorial ser viable (con el sistema actual, el margen de beneficio que llega al editor es de un 5 por 100, en el mejor de los casos), pero también posibilite algo tan deseable como que los autores cobren por su trabajo. Una mala gestión del libro electrónico podría determinar, a medio plazo, que se desplomen los sueldos en el sector, se supriman puestos de trabajo y, en definitiva, que algunas editoriales terminen desapareciendo. Y, por supuesto, que los autores dejen de cobrar, o incluso tengan que pagar por publicar.

¿De qué manera está afectado la crisis económica al mundo editorial?

Como sucede en tantos ámbitos laborales, el empleo se ha precarizado, y se está externalizando gran parte del proceso de edición, de modo que la editorial queda cada vez más como el centro de toma de decisiones y coordinación del producto. En las editoriales donde antes había cien trabajadores en nómina, ahora hay veinte, además de unos cuantos becarios, y el resto del trabajo lo hacen colaboradores free-lance, o bien se subcontrata con empresas de servicios editoriales. Algunas empresas y editoriales han bajado tarifas, o bien se comienzan a saltar fases del proceso de edición. En el ámbito en el que trabajo, la corrección de textos, es cada vez más frecuente prescindir del esquema tradicional (concepto – estilo – galeradas – compaginadas – plotters u ozálidas) y limitarlo a estilo y ozálidas, con lo que la calidad del producto se resiente.
Por otro lado, el aumento de los precios de los combustibles ha creado un círculo vicioso de difícil solución. Se han disparado el precio del papel y los costes de imprenta. Las distribuidoras no tienen suficiente liquidez, porque se han reducido sus márgenes de beneficio y tienen problemas para pagar a los clientes. El editor acusa el aumento de precios y la bajada de calidad de servicio de la distribuidora, y rebaja tarifas a los colaboradores o despide personal. Es un esquema en el que todo el mundo pierde.
Hay maneras de reducir el impacto de la crisis, como ahorrar costes de producción deslocalizando los procesos de impresión a Europa del Este o el Sudeste Asiático, donde la mano de obra y las tarifas de las imprentas son mucho más baratas. Pero de este modo también se destruye empleo. De nuevo, todos pierden.
Por todos estos motivos, el mundo de la edición se aferra cada vez más a la gestión de los contenidos (el negocio, hoy en día, son los departamentos de derechos) y al lanzamiento de otros formatos (como el libro electrónico) con costes de producción más reducidos y que permitan recuperar parte de la inversión si se lanzan a precios similares a los del libro tradicional.

¿Podrías explicar la relación que se mantiene entre el ámbito de la edición y las bibliotecas? ¿Existe la colaboración o surge la competencia?
Depende de cómo se plantee.
Puede haber fricciones y resquemores mutuos. Por ejemplo, las editoriales pueden interpretar que las bibliotecas son competencia, pues creen que un libro que se saque en préstamo de una biblioteca es una venta que deja de realizarse, lo cual es, generalmente, falso: por el contrario, el hecho de que un libro de tu editorial llegue a una biblioteca puede ser el primer paso para que algunos usuarios decidan comprárselo. Otro motivo de resquemor puede ser la política de adquisiciones de las bibliotecas, pues no todos los editores entienden que las vacas gordas se han acabado, y que las bibliotecas no tienen presupuesto ilimitado para adquirir todos los títulos que les gustaría adquirir.
La sensación que tengo es que las bibliotecas y las editoriales hacen la guerra cada una por su cuenta. Cualquier tipo de colaboración se debería plantear en los siguientes términos: «¿Qué podemos aportarnos mutuamente?». En las bibliotecas se pueden realizar exposiciones, ciclos de conferencias, o cuentacuentos. Las editoriales pueden realizar donaciones, ceder fondos para exposiciones u orientar de una manera más o menos activa con los responsables de adquisiciones de las bibliotecas. Aunque parezca una tontería, las redes sociales están contribuyendo a tender puentes.
En teoría, bibliotecas y editoriales deberían ser aliadas, porque comparten un interés común: la difusión de contenidos relacionados con la cultura. Eso es lo que importa, y esa es una buena base para colaborar.

Estás invitado a FESABID 2011. ¿Qué esperas de esta nueva edición?

Sobre todo, compartir experiencias con otros profesionales del sector. He trabajado en ambos sectores, el bibliotecario y el editorial, y colaboro en blogs de ambos ámbitos (Frikitecaris o Literatura Prospectiva, por poner un ejemplo de cada), así que me interesa cualquier tipo de iniciativa que aborde los problemas e inquietudes de ambas profesiones.

Para finalizar, ¿quieres añadir algo acerca de la edición de Fesabid 2011?

El lema, «Una profesión, un futuro», me parece un auténtico hallazgo, ya que, como habéis podido comprobar en mis respuestas, el mundo editorial también se halla en una encrucijada y se está planteando modelos de futuro viables. Creo que de esta edición de Fesabid pueden salir muchas propuestas válidas que nos ayuden a definir el futuro del mundo de las letras.

Realizada por Laura Martínez Prieto y María del Carmen López Gallardo (estudiantes de la Universidad de Málaga)

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lunes, 11 de abril de 2011

Cantos estelares de un viejo koljós: La ciencia ficción soviética de entreguerras (y III)

Concluye aquí el ensayo sobre la ciencia ficción rusa anterior a la segunda guerra mundial, que he estado publicando en el blog durante los últimos días. En la primera entrega nos quedamos en los umbrales de la Revolución Rusa, y en la segunda analizábamos la ciencia ficción oficial del nuevo régimen soviético. En esta entrega concluiremos con un vistazo a la ciencia ficción disidente, con especial atención a la obra maestra de la ciencia ficción europea no anglosajona (con el permiso de Solaris, de Stanislaw Lem, claro está): Nosotros, de Yevgueni Zamiatin. 
De momento lo dejo aquí, ya que embarcarme en un estudio igual de exhaustivo acerca de la ciencia ficción soviética posterior a la segunda guerra mundial sería meterme en un berenjenal considerable. Y, si nos referimos a la ciencia ficción rusa posterior a la caída de los regímenes comunistas, no digamos. En todo caso, y sin ánimo de generalizar, se trata de una ciencia ficción diferente, tal vez más intelectual y menos espectacular que la anglosajona, pero poco estudiada en España, y que ha dado lugar a obras muy recomendables.

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La ciencia ficción «disidente»

Los autores incluidos bajo este epígrafe reciben cierta influencia de la tradición utópica europea de finales del siglo xix, con un marcado carácter de denuncia que los lleva a camuflar sus críticas bajo la apariencia de ciencia ficción. Para entendernos, el paradigma Verne es sustituido por un doble paradigma Wells-Bellamy, el mismo que llevó en estos años a ciertos autores a escribir algunas de las novelas más perdurables del género: Un mundo feliz (1926), de Aldous Huxley; La guerra de las salamandras (1936), de Karel Čapek; 1984 (1949), de George Orwell y, por supuesto, Nosotros (1921), de Yevgueni Zamiatin. No deja de ser un chiste de mal gusto que el súmmum del izquierdismo finisecular (británico, se entiende; en el resto de Europa las cosas estaban más radicalizadas) influyera decisivamente en unos autores que más tarde fueron purgados por Stalin, algunos de ellos tras haber colaborado con la Revolución.


Uno de ellos fue Yevgueni Zamiatin (1884-1937), ingeniero de profesión y gran escritor, a quien no sirvió de nada el haber militado en el partido bolchevique durante los últimos años del zarismo. Su obra literaria y crítica es abultada, aunque poco traducida al castellano. Debe su fama, y no es para menos, a la novela Nosotros (1921), que no dudo en considerar una de las cinco o seis mejores novelas de la historia de la ciencia ficción, y que prefigura las más famosas Un mundo feliz y 1984. Escrita entre 1919 y 1921, se publicó en París de modo clandestino, al igual que gran parte de las novelas de exiliados  políticos rusos (como, por ejemplo, Novela con cocaína, de M. Aguéiev, otro hito de la narrativa rusa del exilio), ampliamente conocida por la intelectualidad occidental de la época -existe constancia de que tanto Huxley como Orwell la habían leido-, pero  nunca editada de modo oficial en Rusia hasta los años de la perestroika.
 
El argumento es sencillo: en el opresivo y mecanizado Estado Único, férreamente gobernado por el Bienhechor, donde nadie tiene derecho siquiera a la intimidad -las paredes son transparentes y sólo puede haber relaciones en los «días sexuales» fijados a tal efecto-, donde toda actividad está regida por la Tabla de las Leyes -no olvidemos que es la época del taylorismo, de ahí las semejanzas con la crítica de Huxley- y el mayor pecado es ser un individuo, vive el ingeniero D-503, constructor de la nave espacial Integral. D-503 conoce a la subversiva I-330, quien hace venirse abajo todos sus esquemas de orden e inmutabilidad del sistema. I-330 marca la educación sentimental de D-503 en el mismo sentido en que Julia marcará la de Winston Smith en 1984. El mismo personaje que al comienzo de la novela afirmaba convencido que «nosotros sabemos que los sueños son una enfermedad psicológica  muy grave» acaba descubriendo, horrorizado, que está enfermo: «Es algo grave. Por lo visto, se le ha formado un alma». Su mente cartesiana llega a la conclusión de que A[ el amor] = (f) M [la muerte] y, más aún,

¿Qué es la felicidad? Todos los deseos son dolorosos y la felicidad solo puede existir cuando los deseos son satisfechos. ¡Qué error tan grave hemos cometido al poner un signo positivo delante de la felicidad! El signo de la felicidad absoluta es el signo menos, el divino signo menos.

Tras un intento de apoderarse de la nave Integral, se somete a D-503 a una operación de lavado de cerebro. Está curado. Vuelve a la realidad:

He dejado de delirar, he dejado de hablar con absurdas metáforas, he dejado de tener sentimientos.

Con lo cual la novela llega a un final feliz, al menos para el ahora rehabilitado protagonista. Las ingenuas ideas revolucionarias han muerto con I-330, «porque no puede haber otra revolución. Porque nuestra revolución fue la última y no puede haber otra».


Imposible de leer de manera desapasionada, Nosotros pone la carne de gallina. El ambiente opresivo, la carencia de esperanzas, la deshumanización de la sociedad... Todo ello la hace mucho más impresionante que la exagerada pirotecnia de 1984. A la casi inaudita  firmeza narrativa de Zamiatin se une una capacidad de evocación visual muy viva: el lector «ve» la novela, como si estuviera en presencia de un cuadro de Kandinski o una escenografía teatral preparada por Ródchenko. Zamiatin, además de vigoroso novelista, también había sido dramaturgo y poeta vanguardista en el inquieto San Petersburgo de primeros de siglo: junto a Borís Pilniak, formó parte del grupo literario de los Hermanos Serapión, y una violenta campaña de prensa contra ambos precipitó la salida de Zamiatin de la URSS. (Este episodio se cita en el muy recomendable libro de Vitali Shentalinski, De los archivos literarios del KGB, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994.) Basta con leer algunas frases entresacadas de su obra para apreciar el poder de su prosa:

¡Con qué placer escuché nuestra música actual! [...] ¡Qué regularidad grandiosa e inflexible! ¡Y qué miserable parecía a su lado la música de los antiguos, libre, absolutamente ilimitada excepto en su fantasía salvaje! […] Cada poeta auténtico es un Cristóbal Colón. América existía muchos siglos antes de Cristóbal Colón, pero éste la descubrió.

Nosotros es más que una obra maestra: es un libro de una complejidad extrema, imposible de abarcar en una sola página de resumen, una novela que gana en matices con cada nueva lectura, una experiencia absolutamente irrepetible.                     
Con ser también un excelente trabajo, el relato «La caverna» (1920) apenas nos da una ligera idea de las posibilidades reales de Zamiatin como prosista, pese a la conseguida descripción de un San Petersburgo poscatastrófico, anegado por el hielo. Tampoco La pulga (1925) va está a la altura de Nosotros, y se queda en un «juguete cómico en cuatro actos», como apunta el propio subtítulo de esta obra teatral... No. Por extraño que suene, la otra obra maestra de este escritor es la carta que dirige a Stalin en 1929, recogida en un interesantísimo volumen conjunto con las cartas de Bulgákov a Stalin (Cartas a Stalin, VeintisieteLetras, Madrid, 2010). Leamos algunos fragmentos:

La crítica ha hecho de mí el diablo de la literatura soviética. Escupir al diablo se considera una buena acción y nadie se priva de hacerlo. [...] El Código Penal soviético prevé una pena aún peor que la pena capital: la expulsión del país. Si realmente soy un criminal y merecedor de una pena, con todo, pienso que no puede ser tan grave como la muerte literaria; y por eso pido su sustitución por la expulsión de la URSS. [...] La razón principal de mi petición [...] es mi desesperada situación como escritor dentro de la URSS, debido a la sentencia de muerte que ha sido dictada contra mí como escritor.

Podemos considerar que Zamiatin tuvo suerte, pues consiguió autorización para exiliarse a París, ciudad en la que falleció en 1937. No se puede decir lo mismo con Vladímir Maiakovski (1893-1930), quien se suicidó, entre otras cosas por el calvario que sufrió debido a las trabas que puso el régimen a La chinche, una «comedia mágica en nueve cuadros» que se estrenó en 1929. Al desagradable y casposo obrero Prisipkin lo congelan durante cincuenta años. Despierta en el futuro, donde lleva consigo la epidemia de la holgazanería, convertido en un parásito, una «chinche» que termina exhibida en el parque zoológico junto con un gran cartel de advertencia: «¡Cuidado! Esto escupe». Por lo visto, la obra no sienta muy bien a Stalin (dicho sea de paso, verdadero aficionado al teatro), quien, después de haber calificado a Maiakovski como «el poeta más grande de nuestra época», lanza contra su persona una campaña de acoso y derribo. El antaño bardo oficial de la Revolución se pega un tiro en el corazón en 1930, tal vez agobiado por la presión a que lo sometió el régimen. Paradojas de la vida, a su muerte se instaura un auténtico culto oficial a su obra poética.


A Mijaíl Bulgákov (1891-1940) no se le permite ninguna de las dos formas de evasión física (exilio o suicidio) que hemos visto, de modo que sus últimos años transcurren como un muerto en vida, silenciado, dentro de su mundo. En esa tesitura produce la mejor novela fáustica de todos los tiempos, El Maestro y Margarita; ya había escrito dos recomendables incursiones en la ciencia ficción a lo H. G. Wells: Los huevos fatales (1924)  y Corazón de perro (1925). Vaya por delante de todo que es mi escritor favorito, pero ya publiqué un artículo sobre su obra literaria en el número 6 de la revista Cyber Fantasy (que rescaté para el blog, y que podéis leer si seguís este enlace).


Hemos visto, pues, cómo evoluciona la ciencia ficción durante los primeros años del régimen soviético. Más tarde, ya después de la segunda guerra mundial, se asienta y produce otras obras y autores destacables, como las de Iván Yefrémov, o los hermanos Arkadi y Borís Strugatski, pero son materia para otros ensayos, que tal vez me anime a escribir más adelante.

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miércoles, 6 de abril de 2011

Cantos estelares de un viejo koljós: La ciencia ficción soviética de entreguerras (II)

Segunda parte del artículo que comencé a publicar la semana pasada. En esta ocasión introduzco poquitos cambios con respecto a la redacción original. Raquel Marqués me ha echado una mano con algunas transliteraciones y referencias literarias. ¡Muchas gracias! Si tengo que recomendar alguno de los títulos de los que hablo en esta actualización, sin duda me decanto por Aelita y El hiperboloide del ingenieron Garin, ambas de Alexéi Tolstói. Pero claro, la segunda está inencontrable, excepto tal vez en Iberlibro. A disfrutar con esta entrega. Aviso: he pulido algunos defectillos de la primera edición del artículo, más que nada en lo relativo a referencias bibliográficas inexactas o incluso inexistentes. Que lo sepáis.


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La ciencia ficción «oficial»


Con el triunfo de la Revolución rusa de 1917 prolifera la muy políticamente correcta ciencia ficción «oficial». Un precedente podría ser Plutonia (1915), de Vladímir Óbruchev, émulo del Julio Verne de Viaje al centro de la tierra o el Edgar Rice Burroughs de la serie Pellucidar. La acción transcurre en el interior de la tierra, un mundo lleno de dinosaurios, mamuts y hombres de Neanderthal. Curiosamente, Óbruchev era paleontólogo, igual que otro de los grandes autores de ciencia ficción soviética, Iván Yefrémov. En 1924 vuelve a la carga con otra novela de temática similar, La tierra de Sannikov, ambientada en las míticas e inexistentes islas homónimas de las leyendas rusas, una especie de isla de san Barandán ubicada en el océano Ártico; fue llevada al cine en 1973.



No obstante, la regla general la marcan obras como Viaje de mi hermano Alexéi a los países de la utopía campesina (Alexandr Chayánov, 1920), prototipo de la ciencia ficción de tipo social que, sin embargo, no pudo salvar a su autor  de la deportación a Kazajistán en la década de 1930, tras un juicio secreto.
También cabe destacar Tiempo adelante, de Valentín Katáiev, dramaturgo y novelista de aventuras, quien se convirtió en uno de los escritores favoritos del régimen después de la segunda guerra mundial.
Aunque, si hemos de hablar de autores oficiales del régimen, no queda más remedio que referirse al siempre interesante Iliá Ehrenburg. También tenemos El trust  D. E. (1923), en la que se nos describe una conjura del capitalismo estadounidense para destruir Europa mediante la guerra química y bacteriológica. No parece estar a la altura de sus obras más reconocidas, la sátira anticapitalista Julio Jurenito y sus discípulos (1922) y la loa soviética El deshielo (1954), ni de su interesante libro de viajes España, república de trabajadores (1932), pero su temática, a medio camino entre la novela de espionaje a lo James Bond y la propaganda política más descarada, nos permite enlazar con el siguiente de los autores, tal vez el más interesante de los que mencionaremos en este epígrafe: Alexéi Tolstói (1882-1945), quien, por cierto, y a pesar de lo que afirman diversas fuentes mal informadas, no guardaba parentesco alguno con su supuesto tío, León Tolstói.


Tolstói es un caso singular. Huye de la Revolución en 1918, y regresa cinco años después, convertido en un entusiasta propagandista del régimen. Progresivamente decantado hacia el realismo y la novela histórica, sus primeras obras son, sin embargo, de ciencia ficción. 


Citemos su Aelita (1922), que sirvió como punto de partida para una célebre película homónima (Yákov Protazanov, 1924) y que relata los amores entre un ingeniero ruso y una bella marciana, con una revolución marxista  en Marte como telón de fondo. Se ha editado también con el título Expedición a Marte.



Casi tan famosa como la novela citada, aunque mucho menos reeditada en castellano, es El hiperboloide del ingeniero Garin (1925-1927), en la que nos presenta al poco escrupuloso personaje homónimo, un científico loco dispuesto a dominar el mundo con su «hiperboloide», rayo lumínico de efectos devastadores, en cierto modo precursor del láser. Sus colaboradores, forzosos unos, voluntarios otros, son la bellísima Zoia Monroz, femme fatale donde las haya y menos escrupulosa incluso que Garin; el magnate de la industria química estadounidense Rolling, un tiburón de los negocios que está dispuesto a colonizar Europa (y aquí enlazamos con la novela de Ehrenburg), y el inspector soviético Shelgá, elemento meramente decorativo en la novela hasta que, en las últimas páginas, se dedica a organizar una revolución socialista mundial, nada menos.  



Podríamos considerar esta novela como un buen ejemplo de novela popular de acción, misterio y política ficción, una especie de James Bond puesto del revés. Baste saber que Garin codicia las reservas mundiales de oro, ocultas en la «capa olivínica» de la corteza terrestre, con la intención de depreciarlo y revalorizarlo a voluntad para así controlar la marcha de la economía mundial. La Europa de la novela está deshecha por la primera guerra mundial, el revanchismo y la previsible futura conflagración mundial son evidentes -al igual que en otras novelas de la época, por ejemplo La Guerra de las Salamandras, de Karel Čapek -, y no es muy difícil ver en Garin un símbolo del emergente fascismo, del mismo modo que Rolling lo es del capitalismo internacional aliado con el fascismo, Shelgá es un trasunto del prometedor futuro comunista, y Zoia no es sino la vieja y desorientada Europa, dispuesta a venderse al mejor postor. En un momento dado, Garin expone sus delirantes intenciones a Shelgá:

Lo interesante del caso es que no se trata de una utopía. [...] Simplemente soy lógico. [...] Está claro  que a Rolling no le he dicho nada, porque no es más que un bestia. [...] Verdad es que Rolling y todos los Rolling del   mundo hacen a ciegas lo que he desarrollado creando un amplio y preciso programa. Pero lo hacen como bárbaros, pesada y lentamente. [...] Mi primera amenaza al mundo será dar al traste con el valor del oro. Obtendré cuanto oro quiera. Después pasaré a la ofensiva. Estallará una guerra más terrible que la del catorce. Mi victoria está asegurada. Luego procederé a la selección de la gente que quede viva después de la contienda y de mi victoria, aniquilaré a los indeseables, y la raza por mí elegida empezará a vivir como corresponde a dioses, mientras los «operarios» trabajarán con todo empeño, tan satisfechos de su vida como los primeros habitantes del paraíso.                   
                (Cap. 86)

La novela se lee muy bien, pese a ciertas estridencias y derrapes neurononales hacia el final. Se trata de una obra que aún posee cierto encanto, por lo cual recomiendo encarecidamente su búsqueda a los lectores de este artículo. Y, a los editores que me estén leyendo, su reedición.
Más famoso aún fue Alexandr Beliáiev (1884-1942), el Julio Verne de la ciencia ficción soviética. Autor de ingente producción (unos sesenta libros), destaca por su agilidad narrativa, que compensa con creces el hecho de no haber envejecido lo que se dice muy bien. Empero, ha sido la principal influencia de todos los autores de ciencia ficción soviéticos posteriores, el equivalente a Heinlein y Asimov juntos en un solo escritor. A todo ello no es ajena su trayectoria humana: pasó gran parte de su vida postrado en la cama, a consecuencia de una caída que se produjo a los catorce años, mientras intentaba volar en un aparato de su invención. Como muy bien se señala en la Enciclopedia de Peter Nicholls, este hecho explica el que los protagonistas de sus obras sean casi siempre seres dotados de superpoderes y habilidades especiales (excepto en El ojo mágico, como veremos). Consagrado a escribir ciencia ficción desde 1925, le gustaba ambientar sus novelas en países capitalistas, gracias a lo que efectuaba feroces críticas, no exentas de ingenio, de su modo de vida, como en el relato «Míster Risus», que narra las andanzas de un estadounidense dedicado al mundo del espectáculo, cuyo mayor afán es lograr una explicación científica del fenómeno de la risa y vengarse del empresario que se negara a hacerle partícipe de los beneficios que legítimamente le correspondían por sus chistes.



Otra de las grandes preocupaciones de Beliáiev es la meticulosidad con que maneja los datos científicos, tal y como demuestra en «La gravedad ha desaparecido», perteneciente a una serie de relatos protagonizados por el profesor Wagner, quien en esta ocasión utiliza la hipnosis para impartir al lector, en un tono marcadamente cientifista, una lección sobre las leyes de la gravedad y la fuerza centrífuga.
Las únicas obras de Beliáiev que he podido encontrar en castellano son La estrella Ketz, Ictiandro (también conocida como El hombre anfibio), El ojo mágico y Ariel. Como tampoco se trata de hacer interminable este artículo, me referiré brevemente a las dos últimas.


De El ojo mágico (1938) sorprende su ingenuo optimismo con respecto a las posibilidades de la ciencia y la tecnología. El autor desarrolla la idea de la televisión -el «ojo mágico» que da título a la obra- y sus múltiples aplicaciones prácticas, en particular la investigación subacuática. No menos optimista se muestra con respecto a la energía nuclear:

Sí, la piedra filosofal. El sueño de los alquimistas sobre la transformación de los elementos... No es solamente una revolución. ¡Es una nueva época de la química, de la historia de la Humanidad! [...] Los motores atómicos realizarán una completa revolución en la técnica y en la vida. Seremos inmensamente más fuertes y ricos.
                  (pp. 39-43)

En cuanto a los logros de la ciencia soviética, nos encontramos con perlas propagandísticas como la siguiente:

El encuentro de la flotilla soviética en el océano Atlántico en el lugar de la catástrofe del Leviatán fue un golpe inesperado para Scott. No dudaba de que los bolcheviques en algún modo habían olido el oro. [...] Ellos disponían de tres barcos, excelentes instalaciones de televisión y, sobre todo, casi inagotables recursos materiales y técnicos. [...] ¡Una potencia que no ahorraba recursos con tal de lograr su objetivo!
                   (p. 162)

El argumento no tiene el menor desperdicio. Don Blasco Jurgés naufraga a bordo del transatlántico Leviatán, llevándose a las profundidades abisales la fórmula de la energía atómica. El periodista español Blasco Azores (sic) indaga en Argentina, patria del finado Jurgés, y convence a las autoridades soviéticas para organizar una expedición, capitaneada por el ingeniero Borin  y seguida desde su hogar -a través de la televisión- por el joven Mishka Borin, convaleciente de un accidente. Una vez en el Atlántico, y después de descubrir nada menos que la Atlántida (total: pillaba de camino...), coinciden con otra expedición, dirigida por un tal Scott, siempre dispuesto a entorpecerles la tarea. ¿Buscará también la fórmula? ¿Se saldrá con la suya? La solución, cuando leáis la novela.
Algo más floja, pero en todo caso digna, es Ariel (1941), que narra la historia de un joven heredero inglés a quien sus tutores, para desposeerle de su patrimonio, ingresan en una extrañísima escuela teosófica de la India. Un tal doctor Hyde, el científico loco de rigor, le enseña a volar. Ariel huye de su internado y sobrevuela toda la India, donde conoce la injusticia del sistema de castas. Es tomado por un dios, sirve de bufón al rajá y acaba trabajando en un circo, antes de viajar a Nueva York, ciudad en la que lo vemos trabajando de Supermán. Harto de los Estados Unidos, donde «una buena intención puede devenir un crimen horrible», regresa a la India, junto a sus verdaderos amigos. Pese a su carácter moralizante y una bastante primaria crítica social, la novela demuestra que Beliáiev no era en absoluto un mal escritor, que no mereció en absoluto su trágico final -murió, vencido por el hambre, en 1942- y que merece ser leído, bien es verdad que con una sonrisa en los labios.


Pero la ciencia ficción «oficial» no termina con Beliáiev. Se publican obras como Dentro de mil años (1927), de V. Nikolski, donde se predice una explosión nuclear para ¡1945!; La tierra feliz (1931), de Yan Larri y, para terminar, la muy panfletaria El secreto de los dos océanos (1938), de Gueorgui Adámov.   
(Continuará.)

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