jueves, 31 de marzo de 2011

Cantos estelares de un viejo koljós: La ciencia ficción soviética de entreguerras (I)

Confieso que cuelgo esta entrada en el blog porque de un tiempo a esta parte he visto varias ediciones piratas del artículo que le da nombre. En una de ellas, incluso me encuentro con párrafos enteros del artículo original, pero firmados por otro señor. Así pues, procedo a actualizarlo un poco, ya que se ha publicado mucho y muy buen material desde que lo escribí a finales de la década de 1990. De paso, he reescrito algunos párrafos que me parecían particularmente mal escritos.
Este artículo estaba pensado para publicarse en el fanzine Kenbeo Kenmaro, aunque al final lo hizo en otro fanzine, Ad Astra. En su momento era una puñetera marcianada, pero ahora, gracias a los esfuerzos de editoriales como Nevsky Prospects, los libros que se mencionan están comenzando a publicarse en castellano y, en resumen, tiene mucho más sentido darlo a conocer. 
Tal como lo he planteado, aparecerá en tres partes, y, además, es más que probable que lo alterne con algún resumen de la estupendísima charla sobre Stanislaw Lem que se celebró la semana pasada en Kosmopolis 2011. Sí, tengo la semana rusófila y polacófila. Lo segundo se explica porque Lem es de mis autores favoritos, y lo primero, porque 2011 es el año de Rusia en España y de España en Rusia, y me apunto al carro celebrador.
Soltado el rollo, os dejo con la chicha. Que disfrutéis del artículo, y recordad: todavía quedan dos entregas. Total, si lo publico en una sola no vais a leerlo porque "hay mucho texto"...

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Cantos estelares de un viejo koljós
(La ciencia ficción soviética de entreguerras)


Juan Manuel Santiago


Una necesaria introducción


Cualquier analista de la «prehistoria» de la ciencia ficción no anglosajona pecaría de injusto si omitiese una breve referencia a la evolución del género en la antigua Unión Soviética, por una serie de razones que van desde su peculiar carácter hasta la ingente producción y repercusión que el género fantástico tuvo (y vuelve a tener) en los países del Este, pasando por el hecho de que ha producido algunos de los grandes hitos literarios de la historia del fantástico (Nosotros, de Zamiatin, o El Maestro y Margarita, de Bulgákov) o, en resumen, a la indiscutible superioridad que la ciencia ficción europea (con la soviética a la cabeza) tuvo durante sobre la estadounidense durante esos años.


Las características de la ciencia ficción soviética se apartan de cualquier otro modelo, casi hasta el punto de que deberíamos considerarla un mundo diferente del anglosajón, con sus propios puntos de referencia y objetivos. Esta situación ya se adivinaba en el período de entreguerras, en el que confluyen la «prehistoria» del modelo que durante las décadas de 1950 y 1960 popularizarían autores de la talla de Iván Yefrémov, Anatoli Dneprov o los hermanos Arkadi y Borís Strugatski y, por otro lado, la plenitud de una ciencia ficción más vanguardista e interesante pero tristemente abortada  como fue la que cultivaron los Bulgákov o Zamiatin. Tal contraposición responde al enfrentamiento entre dos modos opuestos de entender la cultura: uno, que podríamos denominar el «oficial», y otro, el «disidente». 
La cultura «oficial» -o «clasicismo de izquierdas», afortunada expresión de Manuel Vázquez Montalbán al referirse a la arquitectura del período-1 nace de la desesperada necesidad del régimen de consolidarse y diferenciarse de los dos grandes peligros que atenazan la aún frágil Revolución: el capitalismo y los incipientes movimientos fascistas. Frente a ellos hay que crear, en un primer momento, prácticamente de la nada, unas señas de identidad en las que reconocerse, un nuevo sistema de valores que ayude a salir del peligro al sistema, único en el mundo y por tanto sobreexpuesto a cualquier tipo de amenaza exterior. Una vez consolidado el sistema, en la década de 1930, se produce un segundo momento caracterizado por la rigidez, las apoteósicas exaltaciones del régimen, el gigantismo arquitectónico, las estereotipadas defensas del sistema y los no menos estereotipados ataques al fascismo y el capitalismo, las grandes demostraciones de masas y el culto ciego a la persona de Stalin. Es un mundo maniqueo, de buenos y malos, como corresponde a una sociedad en estado prebélico.
La cultura «disidente», por contra, es más rica en matices. Evoluciona desde el momentáneo apoyo a la Revolución -gran parte de sus artífices había padecido la represión del agónico Estado zarista- hasta una postura libre de ataduras serviles que se acaba convirtiendo en una molestia para el régimen, unas veces de modo consciente, y otras por la estrechez de miras de la cultura «oficial». Es una inquieta amalgama en la que se mueven nombres ilustres del arte universal de todos los tiempos como Rodchenko, Kandinski, El Lissitzki o Maiakovski. La mayoría de ellos desaparecen en la década de 1930, o bien exiliados, o bien muertos en vida, o bien forzados al suicidio.
Además de esta dialéctica entre oficialidad y disidencia hay que valorar otros elementos no menos relevantes que nos pueden ayudar a entender mejor el carácter de la ciencia ficción soviética. Muy ligado al carácter «estatal» u «oficial» de la cultura se halla el didactismo o «cientifismo». Y no es por casualidad: el amor a la ciencia es fundamental en un pueblo como el que desean las autoridades soviéticas, y la ciencia ficción es una buena manera de inculcárselo, de «instruir deleitando» al Homo sovieticus. No es extraño leer relatos de ciencia ficción intercalados en breviarios de astronomía, como por ejemplo Nueva astronomía popular, de V. Komárov (Ed. Mir, col. Ciencia Popular. Moscú, 1985). 

Tampoco hay que olvidar la idiosincrasia de la literatura rusa, manifestada en una personalidad y unas influencias literarias muy peculiares. Tenemos, en primer lugar, una amplia y fructífera tradición autóctona, los «novelones» de unos Dostoievski, Tolstói o Gógol, especialmente virtuosos en el retrato de personajes. Añadamos otra característica de la cultura rusa: el fortísimo influjo de la cultura francesa, que convierte a Julio Verne en un autor especialmente querido. Existe también una innegable influencia de H. G. Wells, uno de los escasos intelectuales punteros que se atreven a viajar a la Unión Soviética recién fundada, y de quien se dice que comentó a Lenin, en el transcurso de su entrevista del 6 de octubre de 1920: «¿Electrificar la Rusia arruinada? ¡Usted es aún más fantaseador que yo, Sir!».2  Por último, cabe destacar la querencia, muy rusa, por el teatro: no es por azar que al menos tres dramaturgos -Zamiatin, Maiakovski y Bulgákov- escriban obras de teatro (o con el teatro como protagonista) de temática fantástica.


La primera referencia a la ciencia ficción rusa «oficial» data del siglo xvi, con un opúsculo titulado La leyenda del Sultán Mahomet, de Iván Peresvietov. Se trata de una epístola que el autor escribe al zar Iván el Terrible para implorarle un Estado más centralizado, a imagen y semejanza del que implantó el sultán que conquistó Constantinopla. Incluye los inevitables consejos acerca de cómo debe gobernar un buen zar, el papel que debe desempeñar la Duma (siempre subordinado a los dictados del buen gobernante) y, en resumen, cómo es necesario un ejército fuerte para salvaguardar el Estado e impedir que lo conquisten potencias extranjeras. Sin haberlo leído (no me consta que esté traducido al castellano), da la impresión de que se trata de una obra a medio camino entre El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, y Utopía, de Tomás Moro. Ni que decir tiene que tuvo gran predicamento durante la dictadura de Stalin.
Ya en el siglo xix tenemos Viaje al país de Ofir (1806), del príncipe Sherbatov, de la que no tengo más referencia que el título.
Sin embargo, sí está editado «El año 4338» (1840), del también príncipe Vladímir Odóievski, recopilado en El día de año nuevo y otros cuentos maravillosos (Nevsky Prospects, Madrid, 2010). Escrito a la manera epistolar, nos retrata un curioso futuro en el que un cometa está a punto de destruir la tierra. Resulta interesante (y muy actual) el hecho de que el narrador es chino. El mundo está dominado por Rusia y su inmenso genio, pero China ha adoptado el papel de potencia emergente gracias a un Mao Zedong avant-la-lettre, en detrimento de unos Estados Unidos que Odóievski ve como sumidos aún en el salvajismo: en el momento en que se escribió el relato faltaba medio siglo para que se produjesen la guerra de Secesión y la conquista del Oeste. Destaca el moderado optimismo con respecto a los logros científicos de la época: por lo que se nos cuenta en el relato, el hombre no desarrolla ingenios voladores hasta el siglo xxii, pero existen trenes eléctricos que cruzan el túnel del Himalaya a la velocidad de la luz (sic). No es el único relato fantástico de este descendiente del mítico Rúrik, el fundador de las primeras factorías varegas (vikingas) en la actual Rusia, pero sí el único que entra de lleno en el género de ciencia ficción. Sea como fuere, es el primer relato en el que, de manera consciente, se nos retrata un escenario futurista, si bien es cierto que su intención primaria es glosar las excelencias del genio ruso.

Otra obra destacable es la precursora de la utopía socialista, ¿Qué hacer? (1863), de Nikolái Chernichevski, uno de los máximos exponentes del socialismo utópico ruso, dirigida a los jóvenes rusos que habían crecido bajo el influjo de la guerra de Crimea. Chernichevski era un teórico cuyo análisis sobre las contradicciones internas del sistema financiero burgués había sido elogiado por el mismísimo Karl Marx pero le había valido la cárcel. Con esta novela obtiene su mayor éxito popular, y de hecho era uno de los libros de cabecera de Lenin. Aunque está impregnada del socialismo utópico del autor, lo cierto es que el componente fantástico parece bastante atenuado, y se limita a las visiones de futuro del protagonista, un ejemplo inmejorable del Hombre Nuevo que más adelante perfeccionaría la literatura propagandística soviética. Las imágenes de un hombre del futuro que vive en un palacio de cristal pueden remitir, como veremos más adelante, a Yevgueni Zamiatin y su novela Nosotros, cuyos protagonistas viven también en edificios de cristal, aunque despojados de todo componente positivo. (Se trata, más bien, de una cruel metáfora del control social del régimen.)
Domingo Santos menciona «El sueño de un hombre ridículo», de Fiódor Dostoievski, un acabado ejemplo de literatura utópica con un fuerte componente religioso, o las fantasías satíricas de Nikolái Gógol. En todo caso, quien desee conocer el género en la Rusia zarista debería acudir al reeditadísimo cuento de Chéjov «Las islas voladoras» (1885), una lograda parodia de Julio Verne. 



El siglo xix en Rusia está, mal que pese al estudioso, marcado por la tradición realista de los Tolstói, Dostoievski o Gógol. No obstante, el romanticismo y los nacionalismos literarios y artísticos hacen que brote un súbito interés por la tradición y el folclore, por obra y gracia de Aleksándr Afanásiev y sus Cuentos tradicionales rusos. Asimismo, la burguesía y la aristocracia tienen acceso a las novedades que llegan de Francia y Alemania, de modo que la tradición de la literatura gótica produce obras muy estimables en la Rusia decimonónica. E. T. A. Hoffmann da la mano a Baba Yaga. Julio Verne, a las hadas. Parte de estos relatos están recogidos en la muy estimable antología Rusia gótica (Nevsky Prospects, Madrid, 2009). Emplazo al lector a que descubra joyitas como «El hombre lobo», de Orest Sómov, o «La vendedora de pasteles», de Antoni Pogorelski.



Ya en el siglo xx, los eruditos suelen citar El sol líquido, de Alexandr Kuprin (1912), que vaticina la utilización de la energía solar; La Icaria rusa, de P. Sakulina o las obras de Konstantin Tsiolkovski, el padre de la astronáutica. Sin embargo, poco o ninguno de ese material está disponible para el lector castellanoparlante, con la excepción de Estrella roja, de Alexander Bodgánov (1908; Nevsky Prospects, Madrid, 2010), una inocente utopía en la que se nos presenta un Marte comunista (idea que se repetirá en la mucho más lograda Aelita, de Alexéi Tolstói, de la que hablaremos en la próxima entrega de este ensayo) y que la promoción española de la editorial Nevsky Prospects definió, no sin algo de razón, como «la primera novela steampunk en ruso». Lo más destacable de la novela es el eteroneff, el medio de transporte en el que los marcianos de Menni llevan al protagonista a su planeta.



A modo de resumen, la ciencia ficción soviética de estos años no recibe la menor influencia de la por entonces segundona y atrasada ciencia ficción estadounidense, que aún tardará un lustro en desarrollarse gracias al empuje que le dio Hugo Gernsback desde la revista Amazing Stories (fundada en 1926) y el boom de las revistas pulp durante el período de entreguerras. Es todavía una ciencia ficción europea, muy influida por Julio Verne y la tradición de la literatura utópica, que debe más a la novela gótica que a las fantasías científicas de la era industrial.
Aclarado esto, en la próxima entrega pasaremos a referir los principales logros de la ciencia ficción soviética «oficial» del período de entreguerras.
(Continuará.)

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jueves, 24 de marzo de 2011

La culpa de todo la tiene Jaume Sisa (y el espíritu de Riba, que le sale por los poros)

Como sabéis, una de mis últimas aficiones altamente procrastinadoras es crear listas de reproducción de Spotify más o menos "temáticas". La última contiene unas cuantas canciones de pop y rock en catalán y, si el enlace va bien, la podéis encontrar aquí.
En cuanto al título, no creo que requiera mayor explicación. Aunque me falta bastante bagaje sobre el pop y el rock en catalán, me da la impresión de que el actual boom que vive el género se debe al empuje de Manel (que han logrado la indiscutible proeza de colocar su 10 milles per veure una bona armadura en lo más alto de las listas de ventas de toda España),  pero también a la herencia de Jaume Sisa, de quien Manel son unos discípulos aventajados. De hecho, Sisa aparece en un pequeño cameo en el videoclip de "Aniversari" (Àlex Pastor), una canción deliciosa que debo decir que me deja un tanto dividido: por un lado, no se me quita de la cabeza y reconozco que es una preciosidad, pero, por otro, tanta sección de cuerdas y tanto preciosismo me hacen temer que Manel hayan perdido la frescura del primer disco. 

De momento, el resultado es positivo, porque se aprecia una evolución musical sin que las letras y las voces hayan perdido la fuerza de Els millors professors europeus, pero no sé si a largo plazo puede perjudicarlos y 'arcadefireizarlos', por así decir. Creo que se me entiende.



Ahora bien, ¿podemos reducir el fenómeno a Manel, Manel y Manel, como se está viendo por los medios de un par de semanas para acá? No creo que sea aconsejable, porque nos arriesgamos a incurrir en dos injusticias. La primera, que a juzgar por lo que leo por Facebook y Twitter ya se está produciendo, que la gente acabe hasta las pelotas de oír a Manel hasta en la sopa, con lo que su éxito mediático se vuelva en su contra. Y la segunda, que Manel no nos deje ver el resto del buenos grupos que están haciendo pop en catalán. Como digo, me falta bagaje histórico, ya que solo llevo nueve años en Barcelona, pero creo que el punto de inflexión fue el grupo mallorquín Antònia Font, y que las enseñanzas que extrajeron de Jaume Sisa y Pau Riba, unidas a una manera de hacer música popular alejada de la solemnidad del rock català de los años ochenta y noventa, contribuyeron a crear una legión de buenos grupos, preocupados por la música, las letras y la manera de cantar, cuidadísimas, originales e interesantes. Sobre todo interesantes. Insisto en que me falta perspectiva histórica, y que a lo mejor Sau, Sopa de Cabra y Els Pets son lo mejorcito que ha parido madre, pero, joder, en esa época yo crecía con Radio Futura, Dinarama, Los Enemigos y Siniestro Total. (Sé que las comparaciones son odiosas, peeeero...) Sin embargo, al llegar a Barcelona me encontré con grupos como Antònia Font o Mishima, que me daban justo lo que yo quería: buenas melodías, buenas letras y buenos vocalistas. Cuando salió el primer disco de Manel me quedé varios meses como pegado, porque aquello era justo lo que quería oír, en catalán o en cualquier otra lengua oficial del Estado. Ya he colgado aquí su versión del "Common People" de Pulp, que es un verdadero prodigio.
Y la cosa no quedó ahí: en los dos años que han transcurrido entre disco y disco de Manel, el fenómeno ha ido creciendo, y se están viendo grupos muy interesantes como Aias, El Petit de Cal Eril y mi ultimísimo descubrimiento al respecto, aunque sé que ya llevaban un tiempo tocando: Els Amics de les Arts.
Total, que veo que hay masa crítica suficiente como para hacer una lista de reproducción en Spotify, necesariamente incompleta (insisto: me falta trasfondo histórico sobre la materia) pero con canciones que, en mi opinión, son cojonudas. 
Por un lado creo que queda demostrado que el pop català de hoy en día está muy lejos del coñazo insufrible que era el rock català de los años ochenta y noventa (con excepciones honrosas como Quimi Portet), pero ha sabido recuperar muy bien el espíritu de la nova cançò de los años setenta y adaptarlo a la multiculturalidad de la Barcelona del siglo XXI, la de las carnicerías halal, las erasmus borrachas y los turistas japoneses que se dejan atracar en la Rambla. La mayor deuda de los grupos de hace veinte años era con los ayuntamientos que aseguraban su existencia pagándoles por tocar en las fiestas del pueblo; la de los grupos de ahora es con Sisa, Riba y el neofolk estadounidense. Por fin estamos hablando de música. La diferencia (a mejor) se nota.
Por otro lado, reconozco que hasta yo, que adoré Els millors professors europeus, que llevo tres semanas enganchado a "Aniversari", que considera "La gent normal" una de las mejores versiones que se han parido por estos lares, y que no ha habido semana en que no pusiera "En la que el Bernat se't troba" o "Ai Dolors", hasta yo, insisto, empiezo a estar un poquitín harto de escuchar a Manel por todas partes. Así pues, tengo buenas noticias: sí, hay vida más allá de Manel.
Ni que decir tiene que esta lista está creciendo. Acepto sugerencias.

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martes, 22 de marzo de 2011

"El extraño viaje", de Fernando Fernán Gómez, en Estudiodecine. Escuela de cine digital

El año pasado di un par de charlas en el máster de historia del cine en 50 películas de Estudiodecine. Escuela de cine digital. No debieron de quedar muy mal, porque este año repito. Ayer glosé las excelencias de El extraño viaje, la obra maestra de Fernando Fernán Gómez, y en junio toca hablar de Entre tinieblas, de Pedro Almodóvar.



Después de que la inmensa mayoría de los alumnos tuvieran el privilegio de ver El extraño viaje por primera vez (es difícil de encontrar, y, que yo sepa, solo hay un par de ediciones en DVD), comenzamos un debate que me comprometo a convertir en ensayo, porque la verdad es que fue de lo más enjundioso.

Hablamos, en primer lugar, de la vida y milagros de Fernando Fernán Gómez (Lima, 1921-Madrid, 2007), su papel capital dentro del cine, el teatro y la televisión españoles de los últimos setenta años, sus facetas de director, actor y escritor, y diversos lances de su bastante agitada biografía, que él mismo narró de manera apasionante en El tiempo amarillo.
En cuanto a los temas concretos de la película, insistimos mucho en el final, demasiado precipitado, y en el final alternativo, muchísimo más rico pero no disponible en la edición en DVD. 
El principio de la película también llamó la atención, desde esos títulos de crédito que te destripan la actualidad española de un día cualquiera de comienzos de la década de 1960 hasta esa inmensa secuencia de ocho minutos en la que, a través de algo tan aparentemente banal como un baile de pueblo, se hace el retrato más implacable de la España profunda de la época franquista. La ensayista Áurea Ortiz define este pueblo sin nombre como "el gemelo malvado de Villar del Río" (el pueblo de Bienvenido, Míster Marshall), y la verdad es que no se me ocurre ninguna otra definición mejor de ese lugar donde todo el mundo espía a todo el mundo: los ancianos, a la joven descocada; los pueblerinos jóvenes, a los ancianos que espían a la joven descocada; la rica del pueblo, a sus habitantes; los hermanos tontos de esta, a ella; las viejas arpías del pueblo, a la novia mojigata ("No sé qué van a dejar para el matrimonio", comentan tras un inocente abrazo), y esta, en la secuencia final, a su novio taimado y sin escrúpulos. Pocas veces el control social ha quedado retratado de una manera tan implacable y, al mismo tiempo, divertida. En ese aspecto, la imagen del corsé que aparece justo después de los títulos de crédito iniciales es más que premonitoria.
También es un estudio impecable de la contraposición entre libertad sexual (muy, pero que muy inocente) y represión sexual (que da origen a psicopatologías muy, pero que muy chungas). El twist inicial de Angelines (Sara Lezana) lo resume a su perfección.
Las influencias externas, en particular las hitchcockianas (Rebeca, Psicosis y Los pájaros están presentes en muchos planos) y las berlanguianas (no hay que olvidar que Luis García Berlanga es el autor de la idea original, plasmada en el primer y magnífico guion de Pedro Beltrán), no se pasaron por alto a los alumnos, y pudimos desarrollarlas largo y tendido.
También contamos abundantes anécdotas, como que, en principio, el papel de Rafaela Aparicio, la infantil y más manipuladora de lo que parece Paquita, lo iba a interpretar Jesús Franco, quien acabó interpretando a su hermano Venancio. O que Carlos Larrañaga no era la primera opción para hacer de Fernando, papel que podría haber recaído en Jaime de Mora y Aragón o en Ismael Merlo. 
Por último, especulamos acerca de si hubo censura o no. Fernán Gómez comentó en cierta ocasión que tal vez le hicieron un favor retrasando el estreno de la película cinco años, pues ese pase casi clandestino (en un cine de barrio madrileño, en una sesión doble con una película del Oeste) sirvió para la que la crítica de la época comenzara a reivindicarla y la alzase a la altura de obra maestra del cine español de todos los tiempos, mientras que, de haberse estrenado en 1964, tal vez habría pasado desapercibida. Nunca lo sabremos.
Como digo, más adelante ampliaré estas notas y las convertiré en un ensayito, que digo yo que aparecerá en este blog. Mientras tanto, os recomiendo encarecidamente que veais esta joyita que, en palabras del propio Fernán Gómez, mezcla tres elementos dispares: terror, erotismo y zarzuela.

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viernes, 18 de marzo de 2011

"Jitanjáfora: Desencanto", de Sergio Parra, en ebook

Hace ya sus buenos cuatro añitos, Sergio Parra me pidió un favor muy especial: escribir el prólogo de Jitanjáfora. Acepté, por los motivos que expliqué en esta entrada del blog, y lo cierto es que me alegro mucho de aquella decisión, porque la singladura de la novela fue venturosa, incluyendo candidaturas a los Ignotus y Xatafi-Cyberdark, además de generar un raro consenso crítico en cuanto a su calidad y, cosa que juzgo más importante, una nutrida legión de fans de Conrado Marchale, ese mago heterodoxo, que juntaba lo mejor de Harry Potter y la programación neurolingüística, en una mezcla tan extraña y fuera de toda norma que funcionaba, y muy bien.
Varios años después recibí un email de Sergio con una oferta que no podía rechazar: escribir el prólogo de la continuación, que se titulaba Jitanjáfora: Desencanto. ¿Qué podría contar Sergio en la segunda parte que no hubiera contado en la primera? La curiosidad malsana me pudo. Quedamos una tarde en el Trole, y me pasó un grueso volumen, mucho más grueso que Jitanjáfora. Tal como me lo contó, aquello tenía un aspecto inmejorable. A medida que fui leyéndola, comprendí que, en muchos aspectos, Jitanjáfora: Desencanto era una continuación de la primera novela de Conrado Marchale, pero que en otros se trataba de una apuesta completamente diferente, una novela de las que se suelen denominar 'de madurez', así como un homenaje a cierta temática del cine de acción, una finísima crítica social y, en resumen, una muestra más que depurada de lo que suele hacer Sergio Parra cuando pone en marcha la turmix y se pone a mezclar géneros dispares de modo que funcionen a la perfección; algo así como una versión literaria de la cocina molecular que se degusta en el Club Jitanjáfora. 
¿Qué más se puede añadir? En realidad, algo muy relevante: Jitanjáfora: Desencanto se acaba de poner a la venta en formato de libro electrónico, distribuido en exclusiva por Cyberdark, por el módico precio de 5 euros. En septiembre se pondrá a la venta en formato papel. ¿Es una cagada por parte del editor? Creo que no: Cyberdark se compromete a descontar esos 5 euros en el PVP del producto en papel a quienes ya lo hubieran adquirido en formato ebook. Lo explican aquí. Desde luego, es una solución inteligente por su parte al debate sobre los costes del libro electrónico y el papel en que deja (valga la redundancia) al libro de papel, y sería de desear que cundiese el ejemplo.
Además, Sergio ha abierto un blog con información sobre la novela. Lo podéis leer aquí.
Aquí os dejo el prólogo. De verdad que el libro es muy recomendable.



Hay una imagen de la cuarta temporada de Dexter que nos viene que ni pintada para entender una de las subtramas de Jitanjáfora: Desencanto.
Dexter Morgan podría ser el señor más encantador del mundo: bien parecido aunque un tanto tímido, amante del orden, hijastro y hermanastro de heroicos policías, fiel esposo y ejemplar padre de tres hijos. Sin embargo, el mal habita en su interior: es un asesino en serie que se aprovecha de su trabajo como forense en el Departamento de Policía de Miami para buscar víctimas a las que ajusticiar. Su vida entera es una fachada, pero sabe que esta es casi insostenible y que lo van a descubrir de un momento a otro, de modo que decide camuflarse en una comunidad de vecinos ideal, en un vecindario repleto de gente saludable, wasp de los de barbacoa todos los fines de semana y bandera de los Estados Unidos en el porche de casa. Pero claro, Dexter es lo que es, y no tarda en buscarse problemas.
Es solo un ejemplo, pero podríamos citar muchísimos más, como las apacibles comunidades de Las mujeres perfectas, Eduardo Manostijeras, Mujeres desesperadas, El show de Truman o el no va más al respecto, la provinciana Lumberton de Terciopelo azul. Todas ellas son meras fachadas que, dependiendo de la intencionalidad del director, nos muestran un aspecto más o menos truculento o mendaz del American Way of Life. Como los habitantes de las casitas del barrio alto de la canción de
Malvina Reynolds (adaptada al castellano por Víctor Jara), «se sonríen y se visitan, van juntitos al supermarket y todos tienen un televisor».
Pues bien, este sustrato social, el de la apacible clase media blanca y protestante de Estados Unidos, puede ser, según Sergio Parra, un lugar tan bueno como cualquier otro para dirimir la sempiterna batalla entre el Bien y el Mal, una comunidad en la que pueden habitar criptonazis, niños pijos que miran por encima del hombro a los friquis hispanos con quienes comparten aulas, señoras que uno no sabe muy bien si son brujas malvadas o las típicas vecinas cargantes que te obsequian con una tarta de zanahorias en cuanto te descuidas, o… el matrimonio Smithee.
Los Smithee (esposo, esposa, hijo friqui y hermano inválido) vienen a romper la paz de la apacible comunidad estadounidense porque, en primer lugar, no son como ellos, y, en segundo lugar, son agentes secretos. Pero, a diferencia del señor y la señora Smith o de los Bristow de la serie Alias, no pertenecen a ninguna agencia gubernamental. Conforme avanza la lectura, iremos viendo a qué se dedican en realidad, y cuán importante es su misión. Pero claro, esto es una novela de Sergio Parra, así que nos encontramos con la inevitable subtrama cuya acción se desarrolla en Islandia, con seres mitológicos de muy diversos orígenes (duendes y brujas), artilugios sofisticados a medio camino entre la realidad virtual y la cocina de autor, disquisiciones eruditas que vienen más a cuento de lo que parece, un álter ego del autor (que, de paso, explica y resume toda su obra en apenas unos párrafos) y, por supuesto, una subtrama que lo mismo podría adscribirse al muy en boga género literario de las novelas con ángeles (que, os aviso, amenazan con desplazar a los zombis y los vampiros gracias a cosas como Angelology o la serie de la Materia Oscura) que interpretarse como una linda y sucia historia de iniciación a la magia y el sexo. Esta novela es el reverso ideológico de su predecesora: si Jitanjáfora nos mostraba cómo funciona el Mal desde dentro, en Jitanjáfora: Desencanto vemos actuar al Bien desde dentro. Y lo peor de todo es que no sabemos qué da más miedo ni qué produce más desasosiego. Al fin y al cabo, y por emplear la cita de Jenofonte con que se abre la tercera parte de la novela, «si una cosa se adecua bien a un fin, respecto a ese fin es bella y buena, y fea y mala en caso contrario».
Pues bien, esta conclusión es lo que confiere unidad a ambas novelas y nos permite leerlas como un díptico, un yin y un yang, un lado luminoso y un reverso tenebroso. No resulta difícil equiparar a este decepcionado (¿o habría que decir «desencantado»?) Conrado con el Kvothe de El nombre del viento, o con un Harry Potter en estado terminal. Conrado Marchale se convierte, de este modo, en uno de los personajes mejor perfilados de la literatura fantástica española de los últimos años.


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sábado, 12 de marzo de 2011

Bienvenida, señora OTAN


Pues sí, tal día como hoy se cumplen veinticinco años del referéndum de la OTAN, el de la pregunta ambigua y abstrusa. Acostumbrados a efemérides como el trigésimo aniversario del 23-F, nunca viene mal conmemorar esas ocasiones en las que nos la meten dobladísima, a pesar de los "OTAN, de entrada no" con los que ganas elecciones por mayoría absoluta y acabas utilizando la televisión pública para censurar las críticas. Qué demócrata todo.



Pues eso. No nos olvidemos. Hoy hace veinticinco años que nos hicieron una pregunta estúpida digna de los hermanos Marx para quedarnos como estábamos, y encima poder decir que era lo que habíamos votado. El caso es que estas cosas hay que conmemorarlas. O, por lo menos, no olvidarlas.

Yo era muy jovencito, quince años y pico, pero ya me iba enterando de las cosas. Si bien el 23-F supuso para mí la toma de conciencia de que existía una cosa llamada política, y que podía afectarnos para bien y para mal, el referéndum de la OTAN me inculcó (y creo que no solo a mí) una conciencia política muy concreta que ya estaba latente (tanto mis padres como mis hermanos eran y son de izquierdas) y que solo necesitaba un detonante para manifestarse y, a medio plazo, llevarme a la militancia activa, aunque eso fue durante los dos primeros años de universidad, y bastante de refilón.

Seguro que nadie lleva al cine o la tele este curioso y contradictorio episodio de la historia no tan reciente de España; como mucho, algún comentario suelto en la vigésima temporada de Cuéntame, y gracias. Es una pena, porque yo lo vería con muchísimo más interés que los publirreportajes sobre Felipe y Letizia o el 23-F.

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viernes, 11 de marzo de 2011

Aire de Barcelona, agua de Madrid

El lunes pasado fue festivo en Barcelona, así que Cristina y yo aprovechamos que mi calendario laboral comenzaba a aclararse (la semana anterior había sido una puñetera locura) y nos permitimos un caprichito: una visita a Aire de Barcelona, un balneario urbano que se vende como "baños árabes [en los que] Podrás disfrutar de la costumbre del Baño Árabe, con un recorrido que te sumergirá en el agua templada del tepidarium (36 ºC), la caliente del caldarium (40 ºC) y finalmente, la fría del frigidarium (16 ºC)"; vamos, la disposición y la nomenclatura de las termas romanas de toda la vida. 
Puñetitas históricas aparte, lo cierto es que es una experiencia de lo más relajante, y lo recomiendo si queréis soltar toxinas y pasar un ratito agradable, lejos del mundanal ruido. 
Aunque se permite la opción de circuito más masaje, pasamos de este último y nos centramos en el circuito termal. Dispones de hora y media para visitar las diferentes piscinas de que consta la instalación. Entre medias, tienes la opción de hacer un alto y degustar o bien un té de hierbabuena o bien agua perfumada con frutas. 

Comenzamos el circuito en el tepidarium, la piscina de agua templada. A partir de ahí continuamos el circuito y nos sumergimos en la piscina caliente, fracasamos vilmente en casi todos los intentos de meternos en la fría, montamos la base de operaciones en la piscina de agua salada (nuestra favorita) e hicimos incursiones periódicas a la Piscina de los Mil Rayos, que es una manera muy repipi de llamar el jacuzzi.La visita al hammam o baño turco, obligatoria, aunque, claro, hay que espaciarla y no se recomienda estar allí más de tres minutos seguidos, sobre todo si tienes problemas de tensión.
Ni trazas de las bañistas impresionantes que salen en el reportaje fotográfico (bueno, llevaba una al lado, pero, en su inmensa modestia, no se dejó fotografiar), y bastante más gente de lo que se nos enseña (una docena larga de bañistas). No obstante, la experiencia fue positiva. No era la primera vez que íbamos, pero sí la vez que realmente lo hemos empezado a disfrutar, porque ya sabíamos adónde queríamos ir y teníamos un poco más claros los tiempos (la primera vez se nos acabó el pase antes de que nos diéramos cuenta).
Como toda mi vida barcelonesa ha transcurrido en pisos con ducha, asocio los baños con la casa de mi madre, en Madrid. Chico solitario, hacía gran parte de mi vida en la bañera, donde desconectaba de todo, tiraba los Clicks de Famóbil o los Airgam Boys de una lancha muy mona que tenía, y, cuando fui un poco mayor y más leído, recreaba el maelström del cuento de Poe, o imitaba cuadros prerrafaelistas, o recreaba los mundos que me inventaba. Había una ciudad costera en la que la corriente embravecida del mar provocaba unas olas del carajo al chocar contra el agua que bajaba del río. Huelga decir que media bañera acababa desbordada.
No quería aventurarme en el fondo de la bañera, aunque cualquiera que haya leído "Pesadilla en azul", de Fredric Brown, o Celacanto, de Jimina Sabadú, sabe que el agua es peligrosa, aunque no termines de sumergirte en ella, pues te expone a tus miedos y miserias, te desnuda y te muestra tal como eres. Por eso nos bañamos casi desnudos, para acentuar el simbolismo de esa exposición a uno mismo.
Durante la adolescencia y primera juventud fui adornando esos baños, convirtiéndolos en un ritual.  Siempre a última hora de la tarde, ya que por la mañana salía a toda hostia hacia clase, y prefería bañarme la noche antes a ducharme a toda prisa por la mañana. Echaba sales de baño y mucha espuma, ponía a toda hostia el casete que en aquel momento estuviese marcando mi transición a la vida adulta (Boy de U2, Horses de Patti Smith o De un país en llamas, de Radio Futura, por citar los que me vienen a la memoria y sé a ciencia cierta que ponía durante esos laaargos baños) y me tiraba allí mis buenos tres cuartos de hora (lo que durase la cinta, vamos). En ese aspecto, copiaba bastante de mi padre, de quien recuerdo baños de casi tres horas, declamando sus poesías o lo que fuera que declamara, y llenando continuamente la bañera.

Crecí, y fui espaciando esos baños: ya no tenía tanto tiempo, no quería acabar como mi padre (hablando solo durante tres horas en unos baños interminables), llegué a la conclusión de que la ducha es mucho más higiénica y permite ahorrar más agua, y, en definitiva, los arrinconé como una costumbre más de infancia y adolescencia.

Después de eso me mudé a Barcelona, donde pasé varios años en pisos compartidos, en los que no me quedaba otra que ducharme. Perdí la costumbre de los baños, que reservaba para mis visitas ocasionales a Madrid, cuando la casa de mi madre aún estaba vacía, pues ella estaba en Jaén con mi hermana.
De hecho, creo que mi último baño-baño, de los de tirarse una hora entre agua caliente, caliente (ya sabéis que se considera una metáfora de la sexualidad), lo hice durante aquellos años en los que la casa estuvo vacía, tiempo antes de que mi hermana se mudase allí con mi madre, para cuidarla ante la enfermedad que todavía la tiene postrada. Era, y lo sabía, el último viaje que podía hacer con tiempo, y básicamente me dediqué a desocupar mi habitación para tirar apuntes de la carrera y dejar la casa a punto para que mi hermano y familia pudieran habitarla durante el tiempo que durase la obra de su reformas de su piso. Era mi último baño, y lo sabía, y nunca he tenido una sensación tan amarga al sumergirme en una bañera a cuarenta grados, a punto de escaldarme, una especie de vuelta simbólica al útero materno. De nuevo, la simbología.
Esto, en cuanto a experiencias confesables en bañeras. Luego las ha habido más placenteras, con parafernalia más sofisticada y buena compañía, pero en fin, si sigo comentando el asunto seguro que viene la fiscalía y me cierra el blog, por escribir pornografía, aunque sea emocional y relacionada con adultos.
Algo de todo eso sentí cuando volví a meterme en agua tan caliente; esta vez, en la piscina de agua caliente de Aire de Barcelona. Apenas una ráfaga, apenas unos segundos. Después regresé a la realidad, al aquí y el ahora, a esa hora y media de lo más relajante, y que repetiremos en cuanto podamos.

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viernes, 4 de marzo de 2011

La alegría de la huerta os desea feliz fin de semana

Fiel a la tradición bloguera de llenar los viernes de música y listas de Spotify, acá va una un poquito deprimente para que comencéis el fin de semana tocando fondo y, a partir de ahí, todo vaya a mejor. La enlacé en Facebook el viernes pasado, pero he añadido unos cuantos temazos desde entonces. El que sigue allí, para abrir boca, es el impresionante encuentro de Johnny Cash con Trent Reznor. 



A su lado, todo lo que viene después, desde Joy Division a Tindersticks pasando por Lou Reed y Leonard Cohen, parece una banda sonora de película de la Disney.

Reconozco que me he inspirado en gran medida en un CD casero que me grabaron Ángel e Iván hace unos años, en cierta ocasión en que vinieron a un Primavera Sound. Lo firmaron como "Dj Pandereta & Dj Féretro", y es la base de esta lista de reproducción. El resto pertenece a recuerdos de primera juventud, cuando ponía el Horses de Patti Smith o el Closer de Joy Division para retroalimentar mis depres y cabreos con el mundo mundial, o a mis tiempos de piso compartido, cuando hacía lo mismo, pero poniendo a Sígur Ros y Nacho Vegas.

Si seguís este enlace encontraréis unas cuantas listas de reproducción que tengo en mi cuenta de Spotify. Todas ellas son más alegres que esta, pero, ay, no tan bonitas ni sentidas.

Feliz fin de semana. Y, a quienes vayáis a asistir a la calçotada friqui de mañana, allí nos vemos.

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miércoles, 2 de marzo de 2011

All That Dick

Tal día como hoy, hace veintinueve años, un apesadumbrado Joseph Edgar Dick escuchaba  las palabras del cardiólogo de su hijo Phil. La sucesión de ataques al corazón e infartos cerebrales había producido una situación irreversible, por lo que carecía de sentido prolongar su sufrimiento. Llevaba trece días inconsciente, y cinco en estado vegetativo. Absorto por el proceso de duelo y los trámites burocráticos, no reparó en el rayo de luz rosa que, salido de la nada, taladró la cabeza de Phil. Tampoco advirtió el brusco pico que durante una milésima de segundo sacudió el encefalograma plano de su hijo recién desenchufado. 
Era la tercera vez que sucedía. 
La primera había tenido lugar justo ocho años antes, el 20 de febrero de 1974. Está muy bien documentada, tanto por el propio Phil (en una de sus obras maestras, VALIS) como por otros ensayistas (Emmanuel Carrere o Lawrence Sutin) o dibujantes (Robert Crumb), así que no insistiré en el asunto.
La segunda se había producido dos semanas antes, durante la noche del 17 al 18 de febrero de 1982.
Al igual que había sucedido la primera vez, Phil había consumido analgésicos y, además, se había fumado varios porros. Estaba durmiendo muy poco, se había puesto de los nervios después de haber concedido una entrevista particularmente inconexa a Gregg Rickman esa misma tarde, llevaba un par de días sin escribir ninguna anotación de la Exégesis, no dejaba de darle vueltas a la idea de The Owl in Daylight y faltaban exactamente cuatro días y tres horas para que se manifestase su enésimo delirio, su manía persecutoria de aquella semana, que en este caso tendría como objetivo a Tim Powers, quien no terminaba de ver con buenos ojos la deriva de Phil hacia los postulados de la New Age. Cómo no, Powers era un agente del FBI que se había infiltrado en su entorno para sabotear una operación a gran escala destinada a acabar con la contracultura anglosajona en general, y la californiana en particular. El asesinato de John Lennon había sido la primera advertencia, y Phil sabía que él podía ser el siguiente. Ronald Reagan había puesto en marcha un golpe de estado blando, sediento como estaba de venganza por el atentado que había estado a punto de acabar con su vida unos meses antes. Se disponía a descolgar el teléfono para implorar a Timothy Leary que abandonase el país de inmediato. Powers era un tipo peligroso, sin duda. Otro Tim, como Leary. El Tim bueno y el Tim malo. Eso le recordó las dos epístolas de san Pablo a Timoteo, su confidente, el sufrido compañero de viajes apostólicos con quien el antiguo militar romano se sinceraba desde la cárcel. En ellas advertía a Timoteo contra los falsos profetas y los falsos doctores. 
Un rayo de luz rosa interrumpió el hilo de aquellos pensamientos, que habrían derivado en una anotación de la Exégesis más absurda y prolija de lo que en él era frecuente, rematada por el habitual  corolario, "El Imperio nunca tuvo fin", y que además habría reaprovechado para convertirla en el primer capítulo de la primera novela histórica de Phil, ambientada, cómo no, en la Roma paleocristiana, y que le habría deparado su primer premio Pulitzer, por delante de El color púrpura, de Alice Walker.
El rayo de luz rosa le mostró los futuros que le aguardaban si escribía esa anotación, comenzaba esa novela y hacía esa llamada telefónica.
La ruptura inevitable de la amistad con Powers y todo el grupo de California. La caída en desgracia definitiva ante los únicos amigos que le quedaban dentro del colectivo de escritores de ciencia ficción estadounidenses, cada vez más hartos de sus paranoias.
El alejamiento de Timothy Leary y la digamos contracultura domesticada.
El paso definitivo para caer en los brazos de cualquiera de las muchas sectas New Age que predicaban las bondades de la era de Acuario.
El fin de la carrera literaria del Philip K. Dick tal como lo conocemos. El comienzo de un pujante negocio de autoayuda, espiritualidad, ensayos sobre el gnosticismo, novelas de cátaros, novelas de romanos, novelas de abducidos, conferencias lúcidas en las que ganar adeptos para la causa, conferencias desastrosas en las que minar la escasa credibilidad que le quedara, reducido al papel de Judas de la ciencia ficción, apóstol friqui del gnosticismo, un nuevo Lafayette Ronald Hubbard, mucho mejor escritor que él pero mucho peor negociante. A medio plazo, la fama y las portadas. A largo plazo, la ruina personal y literaria.
El rayo de luz rosa le mostró esa línea temporal, pero podría haberle mostrado otras, pues el futuro es siempre abierto y, ya se sabe, si has visto esta realidad, deberías ver las demás.
Realidades en las que Dick se convierte en un autor de éxito mundial, impulsado por sus novelas de romanos y de cátaros. Poseído por la soberbia, se muestra muy estricto con las adaptaciones de sus obras al cine, que quiere controlar hasta extremos insanos. Blade Runner es el blanco de sus iras, pese a que los primeros visionados le habían entusiasmado. La película no capta, de manera deliberada, el aspecto central de la novela: la trama de Mercer y las cajas de empatía. Lo considera un intento consciente de Ridley Scott y de toda la industria cinematográfica estadounidense, que está en manos de la CIA, para silenciar sus coqueteos con la espiritualidad New Age e impedir que se difundan sus advertencias sobre la inminente llegada de Elías. Así pues, ni corto ni perezoso, invierte toda su fortuna en crear una productora audiovisual para controlar todas las adaptaciones de su obra de modo que sean fieles en extremo a los originales. David Lynch efectúa un trabajo sobresaliente con ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que eclipsa incluso la repercusión mediática de Blade Runner, pero la serie televisiva Philip K. Dick presenta es un despropósito continuo, en particular la versión de "Podemos recordarlo todo para usted", que supone el final de las carreras  hollywoodienses de su director, Paul Verhoeven, y de su protagonista, Arnold Schwarzenegger, que prueba fortuna en los terrenos de la política (sin éxito) y termina sus días como entrenador personal de políticos de élite, gracias a sus contactos con el clan Kennedy. También hunde las carreras de Ron Howard y Peter Weir, pues interpreta (y así lo demuestran sus abogados, cedidos de manera no tan altruista por la Iglesia de la Cienciología, empeñada en captarlo como quien trata de fichar al crac del equipo rival) que varias subtramas de Una mente maravillosa y El show de Truman son plagios flagrantes de Tiempo desarticulado. Las siguientes víctimas son los hermanos Wachovski, que no encuentran financiación para Matrix (que queda reducida a un cortometraje de culto), y Michel Gondry, que regresa al campo del videoclip después de que las presiones de Dick paralicen la producción de Olvídate de mí, a mitad de rodaje, ya que, al entender de los implacables abogados del autor, tanto él como su guionista Charlie Kaufman le robaban ideas. No obstante, encumbra a Gus van Sant, quien le hace aparecer en un breve cameo de su primera película, dando vida a un cura pastillero que se las entiende con un cura heroinómano.
Pero también le mostró realidades en las que Phil conserva cierta lucidez... hasta que deja de conservarla. Por ejemplo, visita España para dar una conferencia en la BarnaCon de 2002 y se radica en Barcelona, atraído por las patatas bravas del Tomás, la proximidad de la entonces emergente Ruta de los Cátaros, el ambientillo de las librerías esotéricas del Paralelo y la espiritualidad de Antoni Gaudí, a quien dedica una novela steampunk que marca la cumbre del retrofuturismo literario y proporciona sus primeros premios Oscar a Christopher Nolan y Leonardo Di Caprio, gracias a la visualmente impactante adaptación cinematográfica, que él produce. En la Ciudad Condal traba amistad con todo el equipo de Gigamesh, pero monta en cólera cuando descubre que Cels Piñol lo hace aparecer como la fuente inspiradora del papa Alejo Cuervo: lo interpreta como una burla intolerable, siente que el fandom barcelonés acaba de traicionar su amistad de manera irreparable y emprende acciones legales para acabar para siempre jamás con la serie Fanhunter. De rebote, desautoriza la publicación del número especial Philip K. Dick de la revista Gigamesh (que, para colmo de malos, debe su nombre al archienemigo de Dick, el polaco Stanislaw Lem), pese a que todos los contenidos contaban con el visto bueno de su agente literario, Danny Baror, lo que acelera mi despido de la editorial. Tal vez no ayudara el hecho de haberle mostrado un ejemplar del fanzine que Julián Díez y yo editábamos durante la década de 1990, Núcleo Ubik. Así pues, me lleva a los tribunales, por utilizar una marca registrada. Desesperado porque me exige un pastón en concepto de daños y perjuicios, me quemo a lo bonzo en la puerta del juzgado, con una cerilla, un bidón de gasolina y todos mis libros de y sobre Philip K. Dick, más un ejemplar de Fahrenheit 451, por aquello de introducir una referencia friqui irónica, y porque esta es la entrada número 451 del blog y me apetecía dejar constancia de ello.
Todas las realidades muestran a un Phil colérico, inmerso en un proceso de deterioro mental que acaba aislándolo del mundo y convirtiéndolo en una sombra de lo que fue. En todas ellas es un ángel destructor que acaba con su propio legado y destruye todo aquello que le fue afín. El fandom estadounidense. La industria cinematográfica de Hollywood. El fandom barcelonés. La New Age. Las novelas de cátaros y templarios, que lleva a tales extremos de delirio que un principiante Dan Brown se lo piensa mejor y decide convertir El código Da Vinci en una novela de zombis, subgénero que Dick aún no ha echado a perder porque sus reescrituras de Ubik y Ojo en el cielo en clave zombi se adelantaron demasiado a su tiempo y pasaron desapercibidas. Así pues, Dick también destroza el género de terror, que a partir de entonces se convierte en coto de oportunistas sin ideas, panacea de editores y libreros, y azote de lectores con criterio.
Hay más realidades. Dick convertido en un tomate del tamaño de un planeta. Dick hablando con Dios después de haber estado a punto de resbalar con una pastilla de jabón cuando salía de la ducha. Dick estrechando la mano de su archienemigo Nixon en la Casa Blanca, genial parodia del encuentro del presidente con el Rey, de Nixon con Elvis Presley. Dick viajando con Jane a través de un México espectral para conocer a alguien relacionado con el asesino de Trotski y, de paso, ayudar a su hermana a escribir El hombre en el castillo. Dick amargándole la vida a un pobre empleado que tiene que pedir el día libre porque se ha quedado hecho polvo al enterarse del destino fatal de su escritor favorito.
Incapaz de asimilar todas estas realidades (su salud está mucho más maltrecha que en 1974, y son demasiados yottas de información), el corazón de Phil dice basta. Los vecinos se lo encuentran en el suelo, inconsciente y sentenciado ya a muerte, con el corazón roto y el cerebro achicharrado. Tal vez, si lo hubieran encontrado unas horas antes...
Así pues, el cuerpo de Phil ya no puede aguantar la tercera visita del rayo de luz rosa, que tal vez estuviera destinado a su padre, Joseph Edgar Dick. Muerto Phil, VALIS necesita seguir comunicándose con la humanidad, y nadie mejor que el padre de Phil. Joseph Edgar es anciano, pero aún puede acabar la Exégesis, dar a conocer esa realidad oculta que nadie más podrá mostrar. Además, odia visceralmente a Linda Ronstadt, igual que VALIS, que no pudo terminar de entender la fijación de Phil por una cantante tan mediocre; ambos son más de Wanda Jackson y de Janis Joplin.
El rayo entra, pues, tal vez por error, en la cabeza de Phil, y constata que su estado es irreversible, pero, en el transcurso de ese milisegundo, le proporciona toda la información que Phil necesita: nada menos que la vida que habría vivido su hemana gemela, Jane Charlotte, muerta casi al nacer, que lo espera en la lápida de Fort Morgan, esa lápida en la que figuró inscrito el nombre de Phil durante cincuenta y tres años, con una fecha de nacimiento pero no de defunción. ¿Cómo no escribir lo que escribes cuando te has pasado la vida visitando la tumba de tu hermana y, siempre que la visitas, te encuentras con tu nombre cincelado en una lápida?
En realidad, es Jane quien está detrás de VALIS. En realidad, todo es irrealidad. En realidad, era a Jane a quien estaban destinados los tres rayos de luz rosa. En realidad, estos rayos son solo secuelas del primero, el que alcanzó a la pequeña Jane nada más nacer. La culpable de su muerte no había sido la desnutrición de una niña prematura mal cuidada por una madre negligente: Jane se habría salvado. En realidad había sido el rayo de luz rosa, primerizo aún en esas lides, e incapaz de calcular cuánto daño podría producir a un cuerpo aún sin formar, a un cuerpo débil y ajado. Como el de Jane, el 26 de enero de 1929. Como el de Phil, ahora, el 2 de marzo de 1982.
Era Jane quien debió haber sido la receptora del mensaje de VALIS, quien debió haber cambiado el mundo. Phil solo fue el mal menor, el efecto colateral, las manos equivocadas capaces de convertir en pésima una buena idea.
Por eso Jane no pudo culminar el brillante futuro que le estaba destinado.
Ser la escritora de ciencia ficción más brillante de todos los tiempos, aunque ello se llevara por delante su amistad con Ursula K. Le Guin y James Tiptree, a quien jamás pudo perdonar el hecho de emplear un seudónimo masculino.
Cambiar a mejor el género de ciencia ficción, al contraer matrimonio, de manera sucesiva, con Theodore Sturgeon, Alfred Bester, Frederik Pohl y Robert Silverberg, cuyas carreras literarias mejoraron considerablemente.
Ser la primera escritora de ciencia ficción en recibir el premio Nobel de Literatura, compartido, por cierto, con su mejor estudioso y amante ocasional, Jean Baudrillard, quien propugna la utilización del término 'dickianismo' para sustituir el de 'hiperrealidad', que considera demasiado inconcreto.
Dignificar la contracultura californiana con un poco de pragmatismo, el necesario para socavar el régimen y conseguir que, después de abortar la presencia estadounidense en Vietnam, el Imperio sí tuviese fin.
Contraer matrimonio con un Richard Nixon a quien convierte en paladín del Partido Demócrata tras su derrota frente a Ronald Reagan en las primarias del Partido Republicano para las elecciones presidenciales de 1968; será el hombre gris pero necesario para certificar el final del imperialismo yanqui, para expulsar del poder a un Ronald Reagan caído en desgracia tras el escándalo Watergate, y para poner fin a la guerra fría por medios pacíficos y ventajosos para ambos bandos.
Ser, en resumen, primera dama, primero, y presidenta, la primera, después.
Todo, todo eso se perdió y subvirtió porque el rayo de luz rosa taladró la cabeza acertada demasiado pronto, y la equivocada en tan mal momento. Por eso VALIS envió el tercer rayo, justo a tiempo de que la cosa se le fuera de las manos, y el cuarto, a modo de sentencia de muerte, para dejarle claro a Phil que su cerebro había usurpado el de Jane, y, pese a su brillantez como escritor, nunca había dejado de ser otra cosa que un patético drogadicto esquizoide atormentado por la muerte de la persona que habría cambiado el mundo. Durante ese milisegundo, Phil vio un ángel de la muerte con la cara de la Jane que habría sido, dispuesta a acogerlo a su lado, para pasar la eternidad bajo la lápida de Fort Morgan, juntos por fin. Un milisegundo interminable durante el que Linda Rondsadt tuvo tiempo de sobra para interpretar una versión del "Bye Bye Life" que cantaban Ben Vereen y Roy Scheider en el impresionante número final de Comienza el espectáculo, que a su vez era una versión del "Bye Bye Love" de Simon and Garfunkel. VALIS le dio a conocer toda esta información y, agraviado por la mera idea de la existencia de Phil, el que había echado a perder sus brillantes planes para salvar la humanidad, lo desconectó de manera brusca y se dispuso a buscar alguna inteligencia digna de ser salvada, en el planeta más alejado de la Tierra que pudiera encontrar.


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