viernes, 25 de febrero de 2011

El nacimiento de la imprenta

Hacía ya unas cuantas semanas que no enlazaba mis actualizaciones en Frikitecaris. Procedo a subsanar esta omisión con una entrada de las que mola publicar los viernes: interesante y marchosa. Así pues, bailemos a ritmo de Blondie mientras aprendemos una lección de historia. ¿Que qué tendrán que ver las dos cosas? Leed, leed.

Buen fin de semana.



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Está visto que nos alumnos de hoy en día no aprenden historia ni prestando atención en clase ni leyéndose los tochos que imponen los animosos profesores ni mucho menos acudiendo a bibliotecas. Así pues, Amy Burvall y Herb Mahelona, profesores de historia residentes en ¡Hawái!, decidieron poner en marcha el canal historyteachers de YouTube. Valiéndose de un diseño de contenidos impecable, una capacidad divulgativa y sintética envidiable, un buen acopio de rigor histórico y una acertadísima elección de imágenes (¡lo que yo daría por ser su documentalista!), complementan sus vídeos con una indisimulable querencia por la música pop, sobre todo por la ochentera, y petardadas varias. Lady Gaga puede ser una magnífica excusa para enseñarnos la Revolución Francesa; Depeche Mode, las correrías de los vikingos por media Europa; Soft Cell, la guerra de Troya; los White Stripes, la vida y martirio de Juana de Arco... y así sucesivamente.

Como no podía ser menos, dedican una hermosa canción de Blondie a la vida y milagros de Johannes Gutemberg (¡alabado sea su nombre!), sin el cual estaríamos condenados a ganarnos la vida de otra manera.



(Copiado y pegado del Twitter de Ignacio Escolar.)

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miércoles, 23 de febrero de 2011

¿Dónde estabas tú el 23-F?

De un tiempo a esta parte proliferan los documentales, docudramas, series y películas sobre el Rey, la Transición y todo aquello. Todo parece especialmente importante en un día como hoy, en que se cumplen treinta años del 23-F. Me parece un fenómeno positivo, ya que tenemos la suficiente perspectiva histórica como para abordar el asunto de manera desapasionada y crítica, aunque, en general, predominan las luces, el maniqueísmo y el buen rollito a lo Cuéntame cómo pasó. Parece que ha pasado el tiempo suficiente como para que se hable de ello con un enfoque histórico, en vez de meramente periodístico o evocador, pero no el suficiente como para que se efectúe un análisis medianamente profundo. Supongo que habrá que esperar a que no quede vivo ninguno de los protagonistas de aquellas fechas, así que tal vez lo vean mis nietos, si es que el asunto le importa a alguien para aquellas fechas. Total, si asuntos como la Ley de Memoria Histórica levantan ampollas y un partido de poder como el PP se niega a condenar el franquismo y la guerra civil, no veo cómo ni por qué cabría esperar que se emitiese algún programa, ficticio o no, que abordase el 23-F sin prejuicios ni puntos de vista acomodaticios. Me conformaría con que alguien adaptase Anatomía de un instante, de Javier Cercas. La película podría comenzar con Arcadi Espada y el propio Cercas charlando animadamente en un burdel y, a partir de ahí, narrar los sucesos de febrero de 1981. Por supuesto, hablo sin haber visto 23-F: La película, aunque un simple vistazo a las caracterizaciones de los actores hace que no sea muy optimista al respecto.
El 23 de febrero de 1981 yo tenía diez años y medio, y ya tenía edad y discernimiento suficientes como para comprender que aquello era algo muy gordo. Apenas tengo recuerdos de la muerte de Franco (haber visto la portada del ABC, o haber visto el funeral por televisión), y de la Transición recuerdo sobre todo el asesinato de Mari Luz Nájera en una manifestación, alcanzada por un bote de humo de los antidisturbios. Lo de Mari Luz me llegó más que nada porque había sido alumna de mi madre, quien por aquella época impartía la asignatura de Política (la famosa Formación del Espíritu Nacional) y se la metía doblada a sus monjitas, a quienes contaba que por supuesto que enseñaba a Carlos Marx en sus clases: "Era un economista y ofrecía una teoría sobre el capitalismo. ¿Por qué no debería enseñarlo en una clase sobre el capitalismo?". También me enteraba de que mi madre se la tenía jurada a Íñígo Cavero, el ministro de Educación de la UCD que eliminó la asignatura que impartía mi madre, por ser demasiado franquista. Excepto, claro está, si profesoras como mi madre la aprovechaban para enseñar a las alumnas quién era Carlos Marx.
El único recuerdo que tengo de la victoria de la UCD en las elecciones de 1979 viene dado por un hecho colateral: teníamos un ratoncito blanco, un pequeño ratón de laboratorio, cuyo nombre provisional era Patti (por Patti Smith, evidentemente: era la época en que mis hermanos ponían el Horses y el single de "Because the Night" a todas horas), pero que, debido al resultado de aquellas elecciones, pasó a llamarse UCD, por el partido de Suárez. El bichito tuvo una vida triste, mohína y breve, ya que se lo comió uno de los gatos que vivían en el tejado de la galería de alimentación y el garaje que teníamos debajo de casa. Tuvo las santas narices de abrir la jaula, sacar de allí a la pobre UCD, matarla, dar la vuelta a todo el piso y salir por la terraza, donde mi abuelita hacía ganchillo, para mayor recochineo, o para ofrecérsela como tributo, yo qué sé.
No me acuerdo del referéndum para ratificar la Constitución de 1978, pero sí de los carteles electorales que hacía José Ramón Sánchez para el PSOE. Tampoco recuerdo la legalización del PCE, pero sí me acuerdo del atentado de la calle Atocha. Sabía quién era Blas Piñar (cómo no, viviendo en el barrio de Salamanca) y, de hecho, uno de sus hijos salía con la hermana de un compañero de cole. La ultraderecha me preocupaba lo suficiente como para saber que los energúmenos del  puestecito de objetos fascistas que siempre ha habido en la calle Goya (al lado del California 47, donde estaba la sede de Fuerza Nueva y, ahora, la agrupación del PP del distrito de Salamanca) pegaron una paliza a mi hermana por haberles preguntado si tenian jabón de judío. 
En casa comenzaron a entrar El País, el Diario 16, El Jueves y El Papus, y dejaron de verse la Hoja del Lunes, el Ya y el ABC. Mi padre se fue de casa, aunque tardé unos cuantos años en preguntarle a mi madre si seguía viviendo con nosotros, porque no terminaba de verlo claro (sí, tenía la consulta en nuestro piso, pero de ahí a que viviera en el piso...), y dejó toda una biblioteca subversiva, los libros de la colección ¿Qué sé?, poemarios de Blas de Otero y León Felipe, ediciones casi clandestinas de cartas de Marcelino Camacho... Más tarde comenzó a comprarme la colección Temas Clave de Salvat, y yo, a mis diez años, no solo entendía aquello sino que me lo leía de buen grado.
Mi hermano Enrique comenzaba su militancia política. Yo leía el fanzine que sacaban en su instituto, y en aquellas páginas de Deganawida (llamado así por el Gran Pacificador de los indios iroqueses) me fui enterando de que nuestros padres de la patria tenían puntos un tanto oscuros. 
En resumen, que yo tenía diez años largos y, a pesar de que vivía en la parra, jugando con mis Geyper-Man y perdiéndome todas las tardes en alguno de los muchos atlas mundiales que habia por casa, tenía algo parecido a conciencia política. Más o menos me enteraba de lo que sucedía a mi alrededor, aunque de una manera un tanto sesgada. Yo ya sabía quién era Tejero porque mi padre, militar, había sido jefe del Servicio Médico de Plaza (es decir, las ambulancias) del Hospital del Generalísimo, y siempre iba a tomarse el café a la cafetería Galaxia, donde Tejero e Inestrillas conspiraban para dar un golpe de Estado en noviembre de 1978. Mi padre dice que le ofrecieron ser ministro de Sanidad, pero también afirma que cuatro años antes había estado a punto de integrarse en la UMD, que era algo así como lo contrario, así que tiendo a poner en cuarentena su fiabilidad como fuente primaria en todo lo relativo a los ruidos de sables del Ejército que se produjeron durante la Transición.
A Suárez lo conocía de verlo en la televisión, y porque mi tía tenía contacto con ministros suyos, como Martín Villa y Rosón, que habían sido compañeros de promoción de mi tío. Recuerdo sus "puedo prometer y prometo" y, sobre todo, me acuedo de su famosa dimisión televisada..., más que nada, porque me cabreó muchísimo que, para emitirlo, interrumpieran la emisión de una serie británica de médicos que me gustaba mucho y de la que ahora mismo no recuerdo absolutamente nada (ni el título, ni los actores, ni la trama, ni ná de ná). No recuerdo haber realizado ninguna profunda reflexión política, pero sí el ser consciente de lo que implicaba dimitir, aunque no me quedara bien con la palabra y dijera que 'Suárez dimintió', expresión casi, casi afortunada, visto lo que vino después.
De los preparativos para la investidura de Calvo-Sotelo no guardo absolutamente ningún recuerdo. 
Lo que sí recuerdo es que era lunes, que yo ya había vuelto del colegio (supongo que o bien solo, o bien Javi Ullán me acompañó hasta casa) y que estaba tan tranquilamente, a lo mío, tal vez jugando con los Geyper-Man o curioseando en algún atlas mundial, cuando mi madre irrumpió en casa, visiblemente nerviosa, y comenzó a gritar:
-¡Han matado a Landelino!
A continuación, bajó al mercado y compró algo así como cuatro o cinco kilos de patatas. No recuerdo que comprara nada más.
Explicación. Mi madre trabajaba en el ISFAS, la sanidad militar, y estaba escuchando el debate de investidura por la radio, supongo que Radio Nacional. En el momento en que Tejero entró en el hemiciclo, mandó sentarse y callarse a todo el mundo, coño, y se cortó la emisión, todo se volvió confuso. Lo último que se oyó antes de perder el contacto con el Congreso fueron los tiros que aun hoy adornan el techo del Parlamento. Poco antes, el narrador había comentado que Tejero estaba apuntando a Landelino Lavilla, presidente del Congreso. No parecía muy difícil colegir lo que podía estar ocurriendo allí dentro.
Ni que decir tiene que a los jefes de mi madre les faltó tiempo para mandar a todo el mundo a casa. 
Así pues, mi madre acaparó todas las patatas que pudo, y nos dispusimos a pasar una larga noche. 
Poco a poco fueron llegando mis hermanos. Conforme fue avanzando la noche, y en vista de que la situación parecía más o menos controlada, salieron a curiosear por las inmediaciones del Congreso, me imagino que con la oposición frontal de mi madre.
Recuerdo haberme pasado horas y horas pegado a la tele, contentísimo por el hecho de que aquel día fuera una excepción a la norma de acostarse a las diez, o a la hora que fuera. Todo valía. Y, además, las pelis que emitieron no estaban nada mal. Recuerdo una de piratas, o de marinos ingleses, no recuerdo, tal vez protagonizada por Robert Taylor. Recuerdo, con más claridad, una película de Danny Kaye, creo que El asombro de Brooklyn. Danny Kaye me encantaba.
Hasta que apareció el Rey, quedó más o menos claro que el golpe había fracasado y nos fuimos a la cama.
Al día siguiente solo fuimos quince alumnos a clase, de los más de cuarenta y tantos que éramos. No dimos clase, pero el profesor, el señor Azurmendi, estuvo francamente didáctico y nos explicó, lo mejor que pudo, qué era lo que había ocurrido.
Ya habíamos vivido acontecimientos históricos, pero a partir de entonces creo que fuimos todos un poco más conscientes. El atentado a Reagan. El atentado a Juan Pablo II. El atentado a Sadat. Los atentados y secuestros de ETA. El Mundial de España. Las elecciones del 28-O. Recuerdo con absoluta nitidez casi todos estos momentos; sin embargo, de los hechos históricos anteriores al 23-F guardo un recuerdo más lejano, y esto puede deberse, cierto, a que yo tenía diez años y luego ya era casi un adolescente, pero también a que, a partir del 23-F, comencé a valorar y entender lo que sucedía en el mundo exterior. Aprendí a ser consciente de la importancia de un momento histórico, y a efectuar análisis de tipo político o sociológico. 
Años más tarde pude escuchar una grabación en casete de las emisiones de RNE durante aquella tarde-noche, y lo cierto es que aparecían detalles y más detalles acerca de lo que había sucedido. Cosas que no había comprendido ni oído. Fue mucho más esclarecedor, pero es cierto que ya estaba familiarizado con todos los nombres y hechos, ya me sabía la historia y tan solo se trataba de ampliar conocimientos.
Sé cuándo se murió Cecilia porque yo estaba de vacaciones en Nerja y ese día cumplía seis años.
Sé cuándo se murió Juan Pablo I porque estábamos en el colegio y nos sacaron de clase para llevarnos a misa.
Sin embargo, sé lo que fue el 23-F porque lo viví, y tal vez por aquella época, tal vez por ese motivo, comencé a desarrollar el juicio crítico suficiente como para entender qué estaba pasando allí. Los acontecimientos del mundo exterior dejaron de ser meros detalles ornamentales, de background, y se convirtieron en los protagonistas. La conciencia política llegó más tarde, pero la conciencia de que existía algo llamado política (y que, además, podía ser determinante en nuestras vidas) nació entonces.
No parece mala enseñanza, desde luego. Algo bueno tuvo que tener el 23-F.
¿Dónde estábais aquel día? ¿Cuáles son vuestros recuerdos del 23-F?

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viernes, 18 de febrero de 2011

Garoña que joroña


Es costumbre entre los blogueros dedicar los viernes a colgar algún videoclip bailable para comenzar el fin de semana con buen pie. He aquí mi aportación, en forma de homenaje al gobierno, por haber cambiado de opinión con respecto a las centrales nucleares. Para eso, que presenten al señor Burns en las próximas generales. Otra de las múltiples cuestiones en las que Servando Carballar y sus chicos de Aviador Dro se adelantaron a su tiempo...
Y ahora, todos juntos: "Nuclear, sí, por supuesto. Nuclear sí, cómo no".
Feliz fin de semana.

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jueves, 17 de febrero de 2011

Mis amigos los bonobos

Vivo en una parte un tanto peculiar del barrio de Sants, afectada por un plan urbanístico que la crisis no termina de materializar en unas obras que la pondrían patas arriba y, de paso, destrozarían para siempre parte de su esencia. El barrio se niega a entrar en el siglo XXI y, en rinconcitos como la calle de atrás, yo diría que incluso en la década de 1970. Es, como he dicho alguna vez, una especie de aldea gala de Astérix, condenada de antemano, pendiente tan solo de que el ladrillo regrese por sus fueros y derribe esas casas bajas, cuarteles abandonados y refugios de la guerra civil reconvertidos en alcantarillas públicas. Cuando eso ocurra, los variopintos personajes que pululan por la calle de atrás no tendrán más remedio que claudicar de sus aspiraciones a mantenerse como reserva espiritual de la Barcelona canalla que la Barcelona del diseño enterró sin piedad. Adiós a los señores que mean en los callejones como si fueran los lavabos de sus casas. Adiós a los pequeños hurtos. Adiós a los sustos en mitad de la noche. Bienvenidos sean el tráfico rodado, las motos y las dobles filas en día de partido del Barça.
Mientras eso sucede, nos quedan los pequeños paseos por el barrio y sus casas enigmáticas. Y nuestros vecinos, los del bloque, los que entraron a la vez que Cristina en el único bloque de obra nueva que hay en toda la calle, una isla de siglo XXI en medio de una isla de posguerra.
Cuando Cristina compró el piso, compartía muchas cosas con el resto de vecinos. Todos ellos eran casi treintañeros con nómina e interesados en vivir en Sants. Con el tiempo comenzó a haber movimientos. Los vecinos de arriba del todo se divorciaron, vendieron el piso y se lo compró un chico muy majo e indie. La dueña del piso de al lado del de Cristina puso el suyo en alquiler, y entró una pareja que, al principio, no paraba de exteriorizar su amor, y, más tarde, cuando ella y yo ya estábamos saliendo, no paraba de exteriorizar su odio. Las broncas que tenían eran desagradables, e incluían frases que es mejor no escuchar, desde los reproches en plan "¡Es que solo me falta ponerme la cofia, joder! ¡Haz algo!" hasta los reproches en plan "Te puedo aguantar que vuelvas a casa por la mañana. Te puedo aguantar que vuelvas borracho. Te puedo aguantar que vuelvas empastillado. Incluso te puedo aguantar que me pongas los cuernos. Pero, ¡joder!, lo que no te aguanto es que me los pongas con mis amigas". Contra todo pronóstico, no solo no se separaron sino que dejaron el piso para irse a otro más grande, puesto que estaban intentando tener niños... y los tuvieron. En su lugar entró de nuevo la dueña del piso, a quien le dio tiempo a emparejarse, casarse y comprar otro piso, por lo que puso el de nuestro bloque en alquiler.
Antes de irse, nos contó que los nuevos inquilinos eran chicos jovencitos y majos, con lo que se rompía la tendencia a alojar treintañeros.
Nos cruzamos alguna vez con ellos. No es que llegáramos a congeniar mucho, porque eran muchos años de diferencia, pero tampoco parecían mala gente. De hecho, no creo que lo fueran.
El problema, en realidad, era que no paraban de follar.
Y no me refiero a ello como una frase hecha, no.
Follaban tres veces al día, cinco días a la semana. Los fines de semana, por lo que sabíamos a través de la dueña, él trabajaba, así que no follaban.
Además, respetaban un horario escrupuloso: hacían pases a las 18.30, 21.30 y 00.30. Cinco días a la semana. Como un reloj.
Al principio, estas cosas te las tomas en plan jijí jajá. Mira qué bien se lo pasan... Son nuevos en la ciudad; ya irán haciendo amigos y saliendo por ahí... Bueno, si es la primera vez que viven juntos, ya se les pasará el ardor guerrero... Bueno, ya tendrán sus altibajos y sus broncas...
Y lo cierto es que no, ni por asomo. Apenas los escuchamos discutir un par de veces, y ni siquiera a gritos; más bien, en tono comedido.
Lo cierto es que tampoco los escuchamos hablar más que ese par de veces, aparte de algunas cenas con amigos suyos.
Tan solo se limitaban a follar. Tres veces al día. A las 18.30, 21.30 y 00.30.
El pase de las seis y media me lo tragaba yo solo, en horario de trabajo. Había tardes en que no podía quitarme de la cabeza el ruido ni poniendo el Spotify a toda hostia.
Cuando llegábamos a casa por la noche, después de acompañar a Cristina a la salida de su trabajo, nos encontrábamos con un comité de recepción en plan banda local. Banda de percusión, para ser más exactos. Viento, ninguno, porque lo curioso del tema era que apenas se oían jadeos (orgasmos, solo uno, de ella, en todo un año). Si llegábamos un poco antes, nos encontrábamos con ello, pared con pared, mientras nos cambiábamos de ropa, nos poníamos el chándal y preparábamos las lavadoras. Si no, el fragor del combate nos llegaba con total nitidez al salón o a la cocina, a no ser que tuviéramos puesta la campana extractora, o la lavadora en centrifugado.
En cuanto al pase nocturno, yo me lo perdía casi siempre, porque últimamente me quedo frito en cuanto caigo en la cama. Las excepciones, los casos en que no me los perdía, eran esas noches en las que me quedaba levantado hasta las tantas para terminar alguna corrección urgente. Cuando eso sucedía, allí estaban ellos, a las doce y media, con puntualidad británica y suiza a la vez.
Porque, aclaro, no solo follaban tres veces al día, sino que además se pasaban su media hora de reloj dándole al asunto. Hora y media al día.
Alguna vez me cruzaba con cualquiera de ellos por la calle, e iban con la mochila del gimnasio. Para qué, me preguntaba yo. ¿Más ejercicio? Noooo.
Cristina, que es capaz de encontrar cualquier tipo de información en Internet gracias a sus súper poderes bibliotecarios y documentalistas, dio con una foto de nuestro vecino, y nos dejó impresionados. Detrás de aquel cani de semblante simpático (siempre, siempre iba con la sonrisa en la boca) se escondía una verdadera tableta de chocolate, una especie de Crixus meridional pero tal vez algo más bajito... e igual de destroyer.
Llegó un momento, pasados los dos primeros meses, en que la cosa dejó de tener ni puta gracia. Y, por no montarles el numerito, tampoco nos atrevíamos a llamar a su puerta y decirles que hicieran el puto favor de ser más silenciosos. Porque, aclaro, el problema no es que follaran como conejos, que mejor para ellos, sino el puñetero ruido que hacían.
En vez de llamar a su puerta, hicimos una encuesta de urgencia entre los vecinos con los que tenemos más confianza ("Uy, sí, pues ya nos parecía que era eso, sí") y escribir un mail a la dueña del piso, con la solicitud expresa de que, cuando volviera a poner el piso en alquiler, hiciera el favor de no poner cabecera a la cama, que no veas tú el ruido.
La respuesta de la dueña fue breve, concisa y tajante:
"NO le pusimos cabecera a la cama".
Llegados a ese punto, lo único que nos quedaba era recurrir a la guerra psicológica, así que, directamente, nos pusimos a comentar la jugada (sobre todo en el pase de las 21.30) e incluir vítores, salvas y vivas.
En el pase de las 18.30, servidor contraatacaba poniendo Los Punsetes a toda hostia.
Debió de dar resultado, porque en un momento dado dejaron de mirarnos a los ojos si nos cruzábamos en el portal o en la calle, o cerraban la puerta de un portazo si la tenían abierta y veían que entrábamos por el portal.
Lo cierto es que 'bonobo' les iba que ni pintado. Para empezar, los bonobos son más inteligentes que sus hermanos los chimpancés, hasta el punto de que se los ha clasificado en el género Homo, cosa que no sucede con otros grandes primates, como los gorilas o los orangutanes. Compartimos el 98 por 100 del ADN con los bonobos, y eso, visto lo visto, en ocasiones es quedarse corto.
Los bonobos son primates sociales, muy estructurados, matriarcales y son capaces de aprender signos y mantener una comunicación rudimentaria con un ser humano. Además, el hecho de ser más bajitos que los chimpancés normales acentuaba las similitudes con nuestros vecinos. El hecho de que apenas les oyéramos proferir frase alguna podría indicar un elemento adicional de similitud.
Con todo, y ese era el punto al que tanto Wyoming como nosotros queríamos ir a parar, los bonobos son unos folladores compulsivos. Se pasan todo el día follando. Y se la pela, nunca mejor dicho, que los estén mirando o, en nuestro caso, oyendo.
De hecho, hubo momentos en que tanta puntualidad, esos tres pases de 18.30, 21.30 y 0.30, que duraban, además, media hora de reloj, nos hizo sospechar que a lo mejor se estaban sacando algún sobresueldo trabajando como artistas de variedades para Internet. No nos extrañaría lo más mínimo, y puede que la próxima vez que nos descarguemos alguna peli de manera ilegal, la ministra Sinde nos castigue y nos hallemos mirando cara a cara un fake con nuestros adorables vecinos bonobeando de placer. Yo no lo descartaría.
Con todo, a lo largo del año debieron de cambiarle los turnos de trabajo a nuestro vecino, porque lo cierto es que la actividad pareció volverse más errática, menos sujeta a pauta alguna. E incluso, ya digo, un par de veces se los oyó comunicarse de manera verbal, y no en muy buenos términos.
Entonces pasamos a la segunda fase, mucho más desagradable: la de cocinar con la puerta abierta.
Y no cocinaban cualquier cosa, no: se pasaban la noche cocinando fritangas. Aceite en estado puro.
Llegamos a echar de menos los tres pases diarios, porque por lo menos nos quedábamos sin saber a qué huelen las nubes.
Y vivir al lado de unos vecinos que cocinan con cantidades ingentes de fritanga es molesto. Pero si, además, se dejan siempre las puertas abiertas, es poco menos que imposible.
Volvimos a hacer acopio de paciencia. En vista de que no servía de nada, volvimos a hacer una encuesta de emergencia entre los vecinos con los que tenemos más confianza ("Si, pondría la mano en el fuego a que ayer estaban haciendo calamares con ajo y perejil") y, por último, volvimos a quejarnos a la dueña del piso, que, como siempre, nos desarmó con un solo email breve, conciso y tajante:
"No os preocupéis: se van la semana que viene".
Pues sí. Resulta que a él lo destinaron por fin a su ciudad (al parecer, Barcelona era un destino provisional) y la parejita levantó el chiringuito prácticamente de un día para otro. Ni que decir tiene que ni se despidieron de nosotros, ni nosotros los buscamos, y, por curioso que parezca, no estuvieron especialmente activos durante la última semana. Ni para un Gran Polvo de Despedida. Ni siquiera para jodernos, en plan "Mirad lo que hacemos con vuestros comentarios y canciones de Los Punsetes", que es lo que haría cualquiera de vosotros, ¿o no? Enigmas de la vida.
Ahora tenemos una nueva vecina, con quien ni siquiera hemos hablado aún, ya que se mudó el fin de semana pasada y no hemos llegado a coincidir. Parece una señora tranquila y, por lo que nos cuenta la dueña del piso, es un auténtico encanto. Ya veremos con el tiempo, pero de momento es llamativo el silencio que rodea el piso de al lado. Esta mujer cocina, sí, pero con la puerta cerrada. Y, en cuanto a otras cosas, hasta anoche daba la impresión de que vivía sola, pero le dio por estrenar el piso.
En todo caso, la casa sigue estando muy silenciosa.
Y entonces es cuando recordamos que, quitando el hecho de que nuestros antiguos vecinos, los bonobos, se pasaban el día follando y tenían la desagradable costumbre de cocinar con la puerta abierta, no dieron ni un solo problema durante todo el año en que vivieron pared con pared. Cenaban con amigos, pero procuraban hacer poco ruido y siempre se recogían a horas razonables. Apenas los oías. En muchos aspectos fueron los vecinos ideales, y lo digo sin el menor asomo de ironía.
En fin, la vida tiene estas cosas. Supongo que, en algún lugar de la geografía española, ahora mismo debe de haber algún bloguero quejándose de sus nuevos vecinos los bonobos.

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martes, 15 de febrero de 2011

"En ocasiones me bajo pelis. ¿Por qué?", de Cristina Macía

Una de las muchas cosas buenas de tener amigos como Cristina Macía es que a veces te ahorran el trabajazo de intentar poner por escrito cosas que, por evidentes, debería asumir la mayor parte de la ciudadanía. Reproduzco, con permiso expreso y por escrito, una nota que colgó ayer en Facebook y que viene a resumir de manera ejemplar todo el embrollo de la Ley Sinde, la dimisión de Álex de la Iglesia, la piratería, las descargas legales, las descargas ilegales, los Anonymous que pitaban a Sinde el domingo por la noche, los tuiteos cínicos de González Pons, la cara de mala hostia de Leire Pajín, las puede-que-no-tan-chorradas de Alejandro Sanz, el papel que está jugando José María Lassalle en el cambio de actitud del PP con respecto a la Ley Sinde, los tironcillos de orejas que Wikileaks ha desvelado que Obama dio a ZP acerca del tema y, en resumen, todo el circo mediático que se ha montado en torno a una ley que muestra una certeza (nos van a recortar unos cuantos derechos por la puta cara) y muchas dudas (todo esto, al precio de que tal vez ni siquiera acabe con la piratería y las descargas ilegales). Más allá de la demagogia subyacen las palabras de Álex de la Iglesia: Internet no es el problema, sino la solución, aunque matizadas: puede ser la solución o, mejor dicho, una de las soluciones. 

En todo caso, el modelo de negocio del sector cultural está cambiando y, lejos de tomar nota de errores pasados (en el sector editorial tenemos los precedentes de las industrias discográfica y cinematográfica, con los resultados que todo el mundo conoce), parece que la industria, el gobierno, la oposición y las asociaciones gremiales se empeñan en sancionarlos por ley, añadiendo una presunción de culpabilidad que, qué queréis que os diga, toca bastante las pelotas y obliga, necesariamente, a pensar: "Ya que me tratan como a un culpable, voy a serlo". Luego, claro, llegan propuestas sensatas como Spotify y resulta que la vida no es ni blanca ni negra. Hace dos años que no me bajo ni una sola canción del eMule; de hecho, no lo tengo ni activado. ¿Por qué? Porque tengo una alternativa legal. ¿Tan difícil es poner en marcha algún Spotify de películas o libros? Pues no: vamos a poner el libro electrónico al mismo precio que el libro físico, para fomentar la sensación de que alguien está apropiándose de unos márgenes de beneficio exagerados, cuando cualquiera que viva o haya vivido del sector editorial sabe que los beneficios del editor y el autor son, en el mejor de los casos, mínimos.

Como usuario, el giro que están tomando los acontecimientos me parece preocupante, pero como parte interesada, estoy  directamente acojonado y no sé en qué voy a estar trabajando dentro de cinco años. Vivo del sector editorial, que es muy importante en un país como España, exportador, cuarta potencia mundial y que emplea a decenas de miles de personas, muchas de las cuales se van / nos vamos a ir a la puta calle como se dé un mal paso, como por ejemplo no racionalizar los precios de venta al público del libro electrónico, o seguir cargándole un tipo de IVA de electrodoméstico, en vez del correspondiente a un objeto cultural; es un 14 por 100 de diferencia, que se dice pronto.

Pero me voy por los cerros de Úbeda. Lo que yo quería era presentar el estupendo ensayo de Cristina que podéis leer a continuación. Si lo queréis difundir, cojonudo. Como dice ella, quien necesita leerlo es Sinde, y no le va a llegar. De todos modos, contribuyo a difundirlo, ya que me parece una reflexión muy acertada, valiosa, instructiva y divertida. Todo en uno. Ay, si al cine español se le pudieran aplicar al menos dos de estos cuatro calificativos...


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Me llamo Cristina Macía, tengo 45 años, me manejo con bastante soltura en temas informáticos y soy consumidora habitual de productos culturales como libros, series de televisión y películas de cine. Un poco de música también; no mucha, no es lo mío. Tengo unos ingresos razonables que me dan para lujos pequeñitos, y casi la mitad de ellos proceden de los pagos por derechos de autor de mis libros y traducciones. Soy atea, así que no creo en pecados ni en su castigo, y voto al PSOE principalmente porque recuerdo muy bien los ocho años de PP.

Ahora, sabiendo lo que sabes de mí, igual puedes responder a esto: ¿Qué crees que prefiere una persona de mis características en cada una de las siguientes situaciones, suponiendo que en todos los casos las tres opciones fueran alternativas existentes?

1) A la hora de ver una película de hace treinta años, prefiero...

a.- Ir a Rapidshare, bajarme los dieciseis pedacitos esperando diez minutos entre cada descarga, juntarlos con un programa sólo para descubrir que el pedacito 11 falta y el 12 está repetido, volver a bajarlo esta vez de Megaupload, juntar los pedacitos con un programa que he tenido que bajar ad hoc, encontrarme con que la versión de la película que he bajado está en turco con los subtítulos en chino, empezar a descargar dieciséis pedacitos diferentes (sin saber si son diferentes de verdad o estoy bajando los turcos otra vez), descargar aparte los subtítulos traducidos al castellano, sincronizarlos con Subtitles Workshop... Unas cuantas horas de trabajo, vamos, sin resultados garantizados.

b.- Adquirir la película en uno de los abundantes catálogos que las distribuidoras ponen a disposición de los consumidores de cine. Ah, no, espera. Las pelis antiguas rara vez se encuentran ahí. Bueno, pues escribir un mail a la distribuidora. Esperar tres días su respuesta. Me responden que no está a la venta. Mandarles otro mail para saber si planean ponerla a la venta. Esperar otra vez. Esta vez no responden. Quedarme con la duda y con las ganas.

c.- Comprar la película online a un precio razonable (¿seis euros estaría bien? Hablamos de una peli antigua y de un producto no físico, sin gastos de soporte para el vendedor) y descargarla a mi ordenador, con buena definición y con subtítulos correctos. Con mi conexión, cuatro minutos.


2) ¡Acaba de salir Danza de dragones, el libro más esperado desde... bueno, desde hace una burrada de tiempo! Como me muero por leerlo, lo que hago es...

a.- Esperar a que algún friki yanqui escanée el libro para bajarme un PDF horroroso pasado por un OCR que convierte las ies en jotas, perdiendo todo el formato y saltándose alguna que otra página, porque total tengo nueve años, la calidad me importa un bledo y voy a disfrutar igual.

b.- Desenfundar la Visa e ir a Amazon para bajarme el libro en formato digital pagando un dólar menos de lo que pagaría por la edición en papel en tapa dura. Luego convertir el puñetero formato Kindle en otro legible por mi ebook, probablemente trastocando el formato y perdiendo las cursivas, que se han convertido de repente en negritas.

c.- Descargarme el libro a un precio razonable (pongamos que en papel costaba treinta euros; ¿quince sería razonable?) y en un formato que me permita leerlo en mi ebook o en cualquiera, por si dentro de un año me compro otro; meterle notas, hacer copias de seguridad y prestárselo a un amiguete si me da la gana, que para algo es mi libro y lo he pagado.


3) Quiero un juego nuevo para la WII. Este Mario es un crack, ¡quién lo pillara de fontanero!

a.- Me voy a la tienda y pago casi cincuenta euros por él. Luego llego a casa y lo pongo en una urna, prohibiendo a mi hija que lo toque bajo pena de amputación (de la mano), porque no se puede hacer copia de seguridad, y como el puñetero disco se lesione (cosa que pasa a menudo si mi hija está de por medio) toca pagar otros cincuenta euros.

b.- Llevo la WII a una tienda cutrepiratosa y me la “tunean” por cuarenta euros, aunque así voy a perder la garantía del fabricante y ya no podré utilizarla para conectarme con otras consolas. Ahora ya puedo bajarme los juegos de Internet y grabarlos en DVDs normales, aunque por alguna extraña razón ocho de cada diez veces los discos fallan, a no ser que utilice unos de marca Notefijes de doble capa y media que sólo se venden en una tienda de chinos a media hora en autobús de mi casa. Además, los juegos que me bajo están en italiano, vayausteasaberporqué.

c.- Tengo la nueva WII modelo “MisUsuariosNoSonDelincuentes”. Me conecto directamente a Nintendo a través de la propia consola y utilizo los juegos antiguos por cuatro perras, y los nuevos a mitad del precio de lo que me habrían costado en El Corto Inglés (a Nintendo ya le va bien, porque se ahorra distribución, intermediarios, soportes...). No hay riesgo de que el juego se estropee, porque en realidad no lo tengo almacenado en mi WII, sino en el servidor remoto de Nintendo.


4) ¡Empieza la tercera temporada de Misfits!

a.- Busco el torrent. Rayos, las series británicas siempre son más difíciles. Lo encuentro al final. Bajo el episodio. Rayos, no tiene sonido. Bajo otro torrent, este es el PROPER. Rayos, le faltan cinco minutos del final y la logoforma de la cadena ocupa media pantalla. Bajo otro torrent, el REAL PROPER. Menos mal, este va bien. Bajo los subtítulos. Rayos, están sincronizados para la versión PROPER, no la REAL PROPER. Nada que no se resuelva con media hora de trabajo de sincronización.

b.- Llamo al servicio de atención al cliente de todas las emisoras, a ver si alguna tiene planeado emitirla. En la Primera no saben de qué hablo, igual que en las otras nacionales. En Intereconomía sí lo saben y se descojonan de mí. En MTV me dicen que van a emitir la primera temporada, así que depende de cómo les vaya igual emiten la tercera (probablemente antes que la segunda, o intercalando episodios), que les llame el año que viene a ver.

c.- Me he suscrito directamente a la serie, pagando a la emisora 2’50 euros por episodio. Esta temporada tendrá siete episodios, así que me costará poco menos de lo que me habría costado comprar el pack cuando saliera a la venta. Podría haber pagado sólo el primer episodo por aquello de “probar antes de comprar”, pero Misfits está garantizada. Los subtítulos son opcionales y se pagan aparte, cincuenta céntimos más por episodio. Tras la emisión de cada uno en Inglaterra, la cadena me manda un link y procedo a descargármelo. Tardo un minuto, dos si la red va muy saturada.


5) Nueva peli de Clint Eastwood, y soy de las que creen que Eastwood sólo tiene que salir en pantalla para que la peli gane muchos puntos.

a.- La bajo de la Mula. Mierda, era una porno con el título cambiado. Me la vuelvo a bajar. Mierda, hay poca gente compartiendo, esto no tira. Empiezo de nuevo. Hala, otra porno. Al final tengo el ordenador lleno de virus, tres pelis porno y la que buscaba, sólo que está grabada en un cine con un teléfono móvil con cámara. El que sostenía la cámara padece parkinson, obviamente.

b.- Espero a que la pongan en el cine, y como los doblajes hacen que me imagine a Eastwood con la cara de Constantino Romero, busco uno en versión original. Encuentro el más cercano a la ciudad donde vivo: Esta a unos quinientos kilómetros. Precio de la entrada: 8 euros. Precio del avión: 200 euros. Precio de la noche de hotel: 75 euros (soy de gustos sencillos, pero no arrastrados). Suma lo que me cobre la canguro por vigilar a mi retoño esa noche. Ver a Clint Eastwood no tiene precio, pero esto se le parece mucho.

c.- Voy a la web de la productora, donde ofrecen la peli en alta definición, debidamente subtitulada y en streaming por seis euros. Conecto el ordenata a la tele, apago las luces, me sirvo una cervecita... Qué pena haber dejado de fumar, hasta eso podría encender un cigarrito si quisiera.


Moraleja(s):

No todos los consumidores de cine, música, televisión, libros, etc., somos delincuentes. Muchos de nosotros no tenemos doce años, así que tenemos tarjeta de crédito y no nos importaría nada pagar un precio razonable por aquello que queremos. Pero vosotros seguid construyendo un mundo en el que lo natural sea piratear el producto y ni siquiera plantearse la opción de pagarlo (más que nada porque no existe, o existe en unas condiciones infames).

Cada persona que se baja tu libro/película/disco NO es un cliente que has perdido. Puede que sea un cliente que nunca ibas a tener. Puede que sea un cliente entusiasta para tu próximo libro/película/disco. Neil Gaiman sabe algo de esto (http://www.youtube.com/watch?v=VlwPETn3PxM)

Cuando me compro tu DVD original, antes de que empiece la peli me llamas pirata y criminal durante cinco minutos, y cuando lo descargo por el morro nadie me insulta a la cara. Pregunta tonta, ¿qué clase de imbécil masoquista crees que soy?

(Perdón por los dedazos y las incoherencias que pueda haber; texto escrito a vuelapluma, con mucho cabreo y mala leche, y muchas ganas de que Álex de la Iglesia hubiera sido mucho menos cortés durante la gala de los Goya; un buen corte de mangas a la Sinde, eso es lo que tenía que haber hecho).

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lunes, 14 de febrero de 2011

Lectura compartida de "La cúpula", de Stephen King, en Foro Fantasy de Círculo de Lectores

Confieso que, en parte, no actualizaba porque me gustaba una estadística de Blogger relativa a dos de mis blogs: llevaba 444 entradas de Pornografía Emocional y 111 de Bodoni's Blog. El segundo lo tenemos en animación suspendida y no lo cierro porque le tengo cariño (aunque no sé si alguien lo echaría de menos) y el primero, pues bueno, estoy reactivándolo y no me apetece dejarlo dos semanas en barbecho, por muy liado que esté, y lo estoy. Así pues, rompo la simetría y escribo mi entrada número 445 del blog con un poquito de autobombo y un muchísimo de trabajo.
Como sabéis, soy moderador del Foro Fantasy de Círculo de Lectores y, de vez en cuando, hacemos lecturas compartidas. Unas salen mejor, otras salen peor y, en resumen, de vez en cuando hay alguna lectura que sabes que va a partir con todo, como las de Canción de Hielo y Fuego, El nombre del viento y... La cúpula.
Un Stephen King gordote (1.140 páginas), que comienza a saco (una cúpula aísla un pueblo del resto del mundo, y vemos, entre otros, el punto de vista de una marmota a la que la cúpula de marras parte en dos) y en el que el autor de Maine hace absolutamente lo que le da la gana, desde el multiperspectivismo a saco hasta rupturas continuadas y alevosas de la cuarta pared. 
Vamos, que la cosa promete. 

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