viernes, 24 de diciembre de 2010

2010: 365 días en casi 365 canciones



Allá por el mes de febrero ofrecí un pequeño resumen, personal e intransferible, de lo que 2009 había supuesto para mí en términos musicales. Debo decir que este año he estado algo menos atento a las novedades musicales y me he dedicado a saquear el amplísimo catálogo musical de 2010, aunque me queda la sensación de que la cosecha ha sido algo peor que la del año pasado. No obstante, ha habido varias decenas de discos y algún que otro centenar de canciones sobresalientes, y, fiel e incluso maniático de las listas como soy, no me resisto a la tentación de ofreceros mis momentos musicales favoritos. No, no voy a hacer una lista de las diez, veinte o ene mejores canciones de 2010, sino de mis canciones favoritas, que no es lo mismo. ¿Cuál es el matiz? Pues bueno, ni más ni menos que en un listado de mis canciones favoritas (o más escuchadas) figuran productos que, objetivamente, son indefendibles desde el punto de vista musical o literario, pero que me han hecho gracia o se han convertido en la banda sonora de algunos momentos de mi vida.
Dos ejemplos, sólo aptos para geeks, friquis y demás subproductos de la cultura virtual y viral que nos invade:



Como digo, jamás defenderé las virtudes musicales del famoso Trololo, que ni siquiera es del año 2010, pero es evidente que no puedo pasar página de 2010 sin citarla, pues ha sido algo así como el mantra de todo usuario de Facebook que se precie de serlo. En cuanto a "Fuck Me, Ray Bradbury", cualquier friqui de la ciencia ficción debería poner en un altar a Rachel Bloom, aunque su canción sea satírica. En fin, que las redes sociales pueden ofrecer una versión distorsionadísima de la vida. Tote King llega a la misma conclusión, pero hablando completamente en serio: ya está bien de Facebook y Twitter, por favor.


Ni que decir tiene que fui de los primeros que colgaron esta canción en Facebook.
De todos modos, y por seguir con la vena de himnos facilones con contenido altamente generacional, la palma se la llevan Los Punsetes, con su casi insuperable "Tus amigos". Esta canción ha sido un flechazo desde la primera vez que la oí, y el amor continúa, casi un año después. Qué le vamos a hacer, es una de mis canciones de 2010.


Si nos ponemos exquisitos, desde luego que ha habido canciones sobresalientes en 2010. Como hice el año pasado, las he reunido en dos listas de reproducción, una de ellas en Spotify  (que debería estar sin pinchais sobre este enlace) y otra en YouTube (encontrable aquí). Ambas se titulan "2010 - Canciones", aunque los contenidos difieren ligeramente: hay productos que se encuentran en Spotify pero no en YouTube, y viceversa. ¿Resultado? Publico ambas listas de manera simultánea, y todos contentos... O no,  porque aun así hay canciones maravillosas que no aparecen en ninguno de los dos medios. Todas estas listas comienzan y terminan con sendas canciones de LCD Soundsystem, porque, no puedo evitarlo, han hecho el disco del año, en mi nada humilde opinión, y en cierto modo son el alfa y el omega de la música que se ha podido escuchar en 2010. ¿No os gusta el razonamiento? Vale, probemos con este otro: para mí, ha sido el año de LCD Soundsystem, y hacen doblete porque James Murphy lo vale. ¿Algún problema?
Aun así, os dejo con una docena larga de esos buenos momentos que nos ha dado 2010, y aprovecho para desearos felices fiestas y un muy feliz cambio de año. Nos leemos en 2011.

















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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Gente ficticia

 
Todos los años por estas fechas se produce uno de nuestros grandes clásicos: cruzar Barcelona en taxi para llevar a casa la cesta de Navidad de Cristina. El lote en cuestión viene cada año más rácano, pero, por algún motivo, se las arreglan para que cada año sea más incómodo transportarlo. Total, que ya no nos libramos de coger un taxi desde su trabajo hasta casa, en hora punta y a través de la ronda, lo que siempre es un coñazo desesperante que, además, nos obliga a interactuar con los taxistas. A ver, soy de Madrid y estoy bregado en el tema, he visto taxis que vosotros no creeríais, he conseguido no saltar de un taxi que iba por la N-II a cien por hora y que tenía puesta la Cope a toda hostia a las seis de la mañana... y, lo que es peor, me encanta dar cancha a los taxistas aunque, si veo que son muy obcecados, acabo dándoles la razón en todo para que no me la líen. Sin embargo, en ocasiones me paso, y Cristina lo lleva muy mal.
Cogemos anoche el taxi con relativa facilidad, pese a que había partido del Barça y teníamos que pasar por las inmediaciones del Camp Nou. Además, luego habíamos quedado, y teníamos cierta prisa. Nos temíamos un atasco de dimensiones apocalípticas, tardar media hora en cruzar la Diagonal, o algo así, y ya íbamos tensitos con el tema.
Nada más poner el pie en el taxi, el taxista abre el debate, sin detenerse siquiera a ver de qué pie cojeamos... Bueno, cuando recapitulamos minutos después, Cristina me dice que una pareja que pide un taxi para cargar con una cesta de Navidad es necesariamente una pareja de curritos pringados, pues los que tienen dinero de verdad llaman a sus chóferes para que les hagan el encargo. De hecho, mientras esperaba a Cristina en la puerta del trabajo, he podido hablar un ratito con el chófer de su jefe, que también estaba en el portal, y el hombre se me ha descojonado con la deriva que está tomando la cesta de Navidad, que, eso sí, cada año es más difícil de manejar.
A lo que iba. Antes incluso de arrancar y de que le digamos nuestro destino, el taxista ya está hablando.
--Cuánto gasto esta Navidad, y la gente no tiene dinero...
El hombre empieza fuerte. Y yo también:
--Pues sí. Y eso que estamos de crisis. Yo no veo la crisis por ningún lado.
--Bla bla bla --respondo yo.
--Ble ble ble --acota Cristina.
Y entonces comete su primer error:
--Pero la culpa es de la gente. Qué coño es eso de endeudarse para comprar un piso de sesenta millones. Que se jodan todos.
Meeec. A ver, que estamos hipotecados. Por ahí vamos mal. Trato de cambiar sutilmente de tema.
--El asunto es que la gente está endeudada hasta arriba.
--Sí, todo esto es ficticio. Esta gente es ficticia. Todos sus gastos son ficticios.
Bueno, por lo menos maneja cierto vocabulario. A ver qué tal anda de economía.
--Ya le digo. El problema es la deuda privada. Mire, España no anda particularmente mal en cuanto a deuda pública, todavía está en unos márgenes aceptables, pero lo que va a hacer que tengan que rescatarnos como a Irlanda y Grecia es la deuda privada, que está disparada. Ahí es donde nos vamos a joder.
El silencio dura más tiempo del estrictamente necesario para que el taxista procese lo que acabo de decir, y Cristina me mira con cara de "Pero tú ¿para qué coño le das cuerda a este tipo?".
Pero no, el taxista cambia de tema, pero sin cambiar.
--La culpa es de esta gente. ¿Ven todos estos coches? La gente sólo compra Audis y Mercedes...
--Bueno, estamos encima de la Diagonal...
--... que no pueden pagar. ¡Todo esto es ficticio!
Comienzo a sentirme como en Matrix, o en una novela de Philip K. Dick. De hecho, el taxista se da un aire al de Desafío total.
--Si no les importa, vamos a ir por aquí. Es un atajo para ahorrarnos la ronda, que miren cómo está. Por ahí salimos a Travessera, y entonces iremos más directos.
--Ah, perfecto --responde Cristina--. Eso es lo que hacíamos cuando me fastidié la pierna y...
--Porque todo esto es ficticio --contraataca el taxista. Hemos cometido el error de pasar por L'Illa, y el hombre se ha reactivado--. Todos estos están pagando ahora con sus tarjetas de crédito, quemándolas y...
Se me acaba la cuerda, así que opto por comenzar a hablar con Cristina:
--Bueno, ¿y qué os han puesto este año en la fantabulosa cesta de Nav...
--.. ¡Porque todo esto es mentira! ¡Esa gente es ficticia!
Como me estoy viendo venir que el hombre va a sacar la recortada de un momento a otro, comienzo a darle la razón:
--Claro, claro.
En un momento dado, la conversación deriva al fútbol. Estamos pasando por Travessera de les Corts, que está sorprendentemente vacía.
--Pues cuando subía para acá estaba a reventar de gente que iba al fútbol. 
--Es que el partido comenzaba a las ocho... Pues mire, justo en esta esquina mataron a un seguidor del Espanyol hace unos años. Era un señor francés y...
Me acuerdo de la historia. Y no me acuerdo porque yo estuviera en Barcelona, que no estaba, ni porque lo recuerde de la prensa, pues no sé si llegué a leer la noticia. Me acuerdo porque Jonathan (nombre figurado), mi ex compi hooligan de piso, me hablaba de aquel asesino, que era uno de sus amigos, y me enseñó unas cuantas fotos de él, y me dijo varias veces lo buen tío que era, un tío legal que molaba mucho.
Total, que veo el cielo abierto y, durante el resto del viaje (y para mayor desesperación de Cristina, añado), hablo al taxista acerca de Jonathan, su filosofía de vida y su entorno. Me hace repetirle varias cosas: está tomando nota mental, supongo que para saber a qué atenerse, o por aquello de meterse en la psicología del enemigo para luchar mejor contra él, o, simplemente, tratando de entender algo que, por mucho que se empeñe, no podrá entender, porque no sigue ninguna lógica que una persona normal pueda asimilar. El hombre es de una ciudad del cinturón rojo, parece que es vikingo por los cuatro costados, y consigo captar su atención.
Sigue hablando del tema mientras nos da el recibo por la carrera.
Y mientras saca del maletero la caja que contiene la cesta de Navidad de Cristina.
Y, frente al portal de casa, mientras estamos con la llave en la mano, que tenemos que dejar ese tochazo, poner una lavadora y salir pitando, que ya llegamos tarde.
Unos bocinazos nada ficticios devuelven al taxista a la realidad, y se va.
Sospecho que, durante los próximos días, el consumismo compulsivo de la gente pasará a ser un tema secundario en sus filípicas, y cargará contra los hooligans del equipo paradigmático de la ciudad, se lamentará de sus mentalidades y dirá que sus vidas son ficticias. 
Y, lo más importante, dejará de dar por culo a los clientes con sus neuras.

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martes, 21 de diciembre de 2010

La discreta privatización del ISBN

En la edición de ayer de Cinco Días apareció un interesantísimo artículo de Julián Díez sobre la privatización del ISBN, una noticia de la que probablemente no os hayáis enterado porque apenas ha tenido repercusión mediática. En resumen: la gestión del ISBN (el número de serie que, por ley, debe llevar todo libro) deja de ser pública (hasta ahora dependía del Ministerio de Cultura) y gratuita (por definición, si algo pasa a manos privadas es para que te lo cobren) y pasa a manos privadas (la Federación Española de Gremios de Editores y Libreros). Julián indaga en las causas y consecuencias de esta privatización, y apunta algunas conclusiones que considero preocupantes, como el hecho de que el cobro por número de ISBN puede hacerle un auténtico roto a los pequeños editores y las autoediciones. Como apunta Jorge Ruiz, de Equipo Sirius, "se abre la puerta a posteriores cobros, por ejemplo, al cobro por consulta o exigir 160 euros por cada ISBN, como sucede en Alemania". En ningún momento se dice que esto sea el equivalente de la Ley Sinde aplicado al ámbito editorial, porque estamos hablando de causas, consecuencias y repercusión económica que no tienen nada que ver, y tampoco nos vamos a poner apocalípticos, pero... no sé, me quedo con la impresión de que algo de eso hay.
Como digo, la privatización de la Agencia Española del ISBN no va a generar riqueza en el sector privado ni aliviar una pesada carga el sector público (hablamos de un millón de euros anuales), pero parece una cacicada más de las muchas que se están imponiendo de un tiempo a esta parte en el sector de la cultura. Un eslabón más en una cadena que, retomo las palabras de Jorge Ruiz, podría suponer a largo plazo sinsentidos como que una entidad privada te acabe cobrando un pastón por editar un libro. ¿Se arruinarán un pequeño editor o un autoeditor por pagar una cantidad equis en vez de obtener el mismo servicio (el número de ISBN) de manera gratuita? Pues no, ni poniéndonos paranoicos, pero puede disuadir a unos cuantos autoeditores o pequeños editores de mover sus títulos. Y eso sí es un problema, ya que se da de leches con el artículo 44 de la Constitución ("Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho"), que sólo es un principio rector de la política social, pero bueno, ya es un recorte, aunque tímido, de un beneficio social.
¿Cómo veis el asunto?

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lunes, 20 de diciembre de 2010

Calendario 2011 de Frikitecaris

La actualización de hoy de Frikitecaris es muy especial: un calendario de 2011, de contenido altamente motivacional para uso y disfrute de bibliotecarios, archiveros y documentalistas. En un alarde de medios, lo hemos editado en castellano, catalán, gallego, euskera y asturiano.

Copio y pego el mensaje, y aprovecho para felicitaros las Navidades y el año nuevo.

Besitos.

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Como el presupuesto no nos alcanzaba para contratar a Shakira, pero nos apetecía felicitarles a ustedes las Navidades y el Año Nuevo, no nos quedaba otra que hacer acopio de imaginación y ganas. Hacía tiempo que nos rondaba por la cabeza hacer un calendario de tíos buenos, como los que hacen los bomberos, pero nos encontrábamos con una limitación evidente: la profesión bibliotecaria no es lo que se dice un vivero de Bibliotecarius macizorrus, y las bibliotecarias estamos demasiado buenas y no queríamos herir susceptibilidades.

Conforme avanzaban los años, la idea del calendario de Bibliotecarius macizorrus fue mutando y acabó convirtiéndose poco menos que en una leyenda urbana entre los miembros de la redacción de Frikitecaris. Pero no debía de estar totalmente olvidada, porque lo cierto es que, a la vuelta del verano, alguien sugirió que no estaría mal volver a convocar un concurso, y, sin saber muy bien ni cómo ni por qué, de un día para otro nos vimos organizando nada menos que un calendario de 2011.

Sin ánimo de detallar los pormenores (el making of lo dejaremos para otra entrega), he aquí la criatura. Un auténtico calendario Frikitecaris ciento por ciento, en el que todos hemos participado de una u otra manera.



Lo podéis ver aquí.

Esperamos que os guste, os lo descarguéis y os sirva de ejemplo para afrontar el nuevo año con energías e ideas de torturas frikitecarias.

¡Felices fiestas! ¡Feliz Año Nuevo! Nos leemos en 2011.

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martes, 14 de diciembre de 2010

Postales de puente (bueno, de acueducto; bueno, de semana de semivacaciones)

Decíamos ayer que lo nuestro no ha sido un puente al uso, sino una semana de relativas vacaciones. El "relativas" alude al hecho de que he estado trabajando día sí y día también, aunque al final conseguí sacar algunos días para el ocio y para realizar pequeñas excursiones. He aquí una selección fotográfica de los mejores momentos. Comenzamos por esas gambas rosas de Port de la Selva, que un amable ciudadano nos regaló para evitar que su señora le echara la bronca por llevarle todos los días bolsas enteras de piezas recién pescadas. No queráis ni saber el precio de mercado de lo que se ve en esta foto...
He aquí el ejemplar de Los viejos papeles, la entrañable novela de David G. Panadero (NGC libros!), que me leí durante el macropuente. Nunca me ha gustado leer libros que previamente he corregido, pero, como es evidente, una novela escrita por el amigo Panadero y editada por la amiga Pily bien merece hacer una excepción.
Sake caliente en el Tempura Ya. Ideal para entrar en calor durante un mediodía de invierno.
Palomitas de maíz dulces caseras, hechas por Cristina en casa de sus padres, para quitarnos de encima el susto que nos habíamos llevado por la mañana: un incendio a dos casas de distancia, que obligó a Cristina a hacer su primera llamada al 112. No, no hay fotos de los bomberos. No, no están tan buenos como los que salen en la tele.

Kit de fabricación casera de cerveza, en casa de los padres de Cristina. En este momento aún burbujeaba y fermentaba. Esperamos poder salvar al paciente, y que de aquí salgan 23 litros de buena cerveza negra.






 Hermosas estampas de Cadaqués.


Parrillada de pescado en Port de la Selva.

 
Fotógrafos fotografiados en Port de la Selva.
 

 Port de la Selva.
El pescado, recién llegado a Port de la Selva, antes incluso de llegar a la lonja.

 Dehesas de Salt, camino de Bescanó.
Dehesas de Bescanó, camino de Salt.
El súmmum del marketing navideño: una botella de cava (bebida prohibida a los menores de edad) con Bertín Osborne en la etiqueta. Foto tomada en un Lidl cualquiera del Gironés.

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lunes, 13 de diciembre de 2010

Carnicería en la biblioteca

La entrada de hoy de Frikitecaris es de mi cosecha. Fiel a la costumbre, la comparto en Pornografía Emocional. De paso, aprovecho para incluir un poquito de música cañera para comenzar la semana con fuerza. 
En cuanto a mi vida durante estos últimos días, pues muy bien, de semivacaciones en Girona. El "semi-" se debe a que, para variar, me he ido para allá cargado de trabajo, y muchas vacaciones no es que haya podido hacer. No obstante, algo sí que aprovechamos, de modo que el domingo 4 amanecimos con un conato de incendio en la casa de al lado  de mis suegros (seguido de un impresionante despliegue del 112: conseguimos movilizar a cuatro coches de bomberos, tres de la guardia urbana y dos ambulancias, ahí es ná), y después pasamos media tarde en Girona ciudad, encuentros fugaces incluidos. El lunes, currar a saco. El martes, excursión a Cadaqués y Port de la Selva (preciosos). El miércoles, aprovechando la cojonudísima mañana para ir de excursión por la Ruta del antiguo Carrilet de Olot hasta Bescanó, café para reponer fuerzas y vuelta a casa. El jueves, excursión a Girona, entrega de capítulo traspapelado de una entrega que creía ya realizada, y tarde hogareña. Ya iré colgando fotos de la semana. O no. Todo depende de lo vago que esté.

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Por si no quedara claro, el sueño de todo bibliotecario es tener la biblioteca como Dewey manda. Limpita. Ordenada. Con los libros en su sitio, y los usuarios, calladitos y aseaditos.
Sin embargo, puede ocurrir lo peor. Se te puede ir el santo al cielo mientras te atusas las cejas ante el espejo, poco antes de cerrar la biblio a última hora del sábado, y, cuando llegas a la biblioteca el lunes por la mañana, con los primeros rayos del sol, te encuentras con que los cenus se han montado una rave sangrienta durante el fin de semana y la están liando parda.



Veamos la exhibición de atrocidades que pueden perpetrar los cenus en apenas tres minutos y medio:

- Todas las estanterías están desordenadas. Parece que faltan libros.
- ¡¡¡Libros sin tejuelar!!! ¡¡¡No hay ni un solo libro tejuelado!!!
- Un grupo de metal alternativo (los Deftones) tocando a todo volumen en la sala de lectura.
- Libros que caen por el exterior de la biblio desde no se sabe muy bien dónde.
- Un cenu dando guitarrazos en el depósito general, de acceso exclusivo para bibliotecarios.
- Libros que caen a la sala de lectura desde no se sabe muy bien dónde. ¿Los tiran los cenus empastillados desde la planta superior? Puede.
- Alguien está usando un aspersor en la sala de lectura.
- Los cenus que tocan a todo volumen están rodeados de cenutriousuarias en sujetador.
- Un par de cenus en combinación juguetean lánguidamente en el despacho de la directora de la biblioteca.
- Los cenus que tocan a todo volumen se mueven y amenazan con tropezarse con las estanterías. Seguro que sus zapatillas producen ese incómodo rechinar que es motivo de expulsión inmediata de la sala de lectura.
- Una cenu, que sería aspirante a Miss Camiseta Mojada si llevara camiseta, hace ojitos al cenu que está cantando. ¡Ligoteo en la biblioteca!
- Sale un ninja infiltrado en 2'17"... ¡y no hace nada por detener el desmadre!
- Algún cenu fumado o empastillado sigue tirando libros desde el tejado.
- Las cenus en combinación siguen jugueteando lánguidamente en el despacho de la directora de la biblioteca.
- ¡¡Todos los cenus están cubiertos de sangre!! ¡¡¡Están echando a perder el material!!! A pesar de ello, los cenus siguen tocando, bailando y pringando el suelo.
- La cenu Miss Camiseta Mojada sigue haciendo ojitos al cenu que está cantando.
- Otra cenu tiene cara de ir tan fumada que no se sabe si está durmiendo, o la están asfixiando, o qué.

Demasiado para un bibliotecario.
Por suerte, un arqueo de cejas a tiempo lo soluciona todo. Y lo que acabáis de ver es la versión reducida de este videoclip de los Deftones: censuraron la parte en la que el bibliotecario irrumpe en la fiesta y pone orden como sólo un bibliotecario concienzado sabe hacerlo. No en vano, el título de la canción, que traducido al castellano vendría a quedar tal que como "Has visto al carnicero", alude al bibliotecario o bibliotecaria del centro donde se grabó este videoclip. ¿O acaso creéis que si la biblioteca está tan impoluta en el plano final es porque la bibliotecaria se manchó las uñas rasca que te rasca? Aaaaah, no: para eso están los cenus. El que mancha, limpia. Con el carnicero no se juega.

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jueves, 2 de diciembre de 2010

El misterio de los libros de misterio

La actualización de ayer de Frikitecaris era un textito mío. Como siempre que publico entrada en Frikitecaris, aprovecho para enlazarla en Pornografía Emocional; lo que se suele llamar crossposting, vamos. Debería haberla publicado ayer, pero Blogger me vaciló y, en vez de guardarme un borrador, lo publicó, así que he dejado esta entrada para hoy. A disfrutarla. 

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Las bibliotecas y el misterio siempre se han llevado bien. Son incontables las novelas o películas de misterio en las que hay que resolver algún crimen perpetrado en el sacrosanto recinto de una biblioteca. Por no hablar de la cantidad de casos que se resuelven en bibliotecas, a pesar de los ímprobos esfuerzos de la bibliotecaria gafotas de moño prominente por hacer callar al detective y la compañera de turno, o a los jóvenes investigadores aficionados que, en vez de dedicarse a tareas provechosas como irse de botellón o pelar la pava, se empeñan en crear la falsa imagen, perpetuada por la novela juvenil, de que una biblioteca es el lugar ideal para que cinco o siete niñatos charlen y charlen hasta la extenuación, y perpetren el nunca deseable intrusismo profesional en temas que deberían resolver la policía, la Benemérita o cualquier otro tipo de personal cualificado para ello.
Todo eso lo sabemos. A veces, el misterio estriba en encontrar la ubicación exacta de la biblioteca, como quien se pasa tres novelas buscando la Segunda Fundación. No faltan las novelas en las que la clave aparece en la sala de lectura común de alguna biblioteca universitaria o incluso de barrio; como todo el mundo sabe, los libreros que ocultan preciosa información después de haber sido maltratados son una panda de moñas, mientras que las bibliotecarias permiten graciosamente el acceso a sus fondos, con la única condición de que el usuario sepa buscarla y le permita hacerse la manicura en condiciones, que para eso le pagan. En otras ocasiones, el meollo del asunto estriba en localizar la puerta que dé acceso al tesoro o cámara secreta, y cuyos resortes, casualmente, están camuflados entre libros de pega, lo cual da idea de la cantidad de usuarios del centro en cuestión, o bien denota que hay mucho mecenas que no sólo no gasta un duro en adquisiciones, sino que, por lo que le importa, lo mismo podría comprar esos libros en sueco que adornan nuestra cadena favorita de muebles, galletitas y artilugios del hogar.

Sin embargo, lo que apenas suele reflejar la literatura de misterio es a qué puedan deberse las desapariciones de los fondos de la biblioteca en sí. Entendemos que haya choriceo sistemático en la sección de cedés y deuvedés, o en la de prensa y revistas, o que no haya manera -humana o inhumana- de entrar en lista de espera cuando aparece la última novela del último escritor sueco de novela policíaca (¡ya van dos referencias a Suecia en esta entrada!), pero ¿qué pensaría el bibliotecario de turno si llegase a su centro y descubriera que le falta ni más ni menos que una sección completa? ¡Misterio! Como hacen en las novelas en plan "elige tu propia aventura", la respuesta es cosa vuestra. ¿Qué creéis que ha pasado? Vamos, no os hagáis los suecos.

(Que quede claro que sabemos que la imagen que ilustra esta entrada es un chiste gráfico que hemos encontrado en una página dedicada a chistes gráficos, de manera totalmente casual, mientras realizábamos nuestro siempre provechoso trabajo diario, en el marco de una búsqueda bibliográfica que formaba parte de nuestras tareas, y con el consentimiento de nuestros superiores.)

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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Los jueves, informe de lectura: Los presidentes en zapatillas, de M.ª Ángeles López de Celis


Ya lo sé, hoy es miércoles, pero esta sección se titula como se titula y no voy a cambiarla por un detalle sin importancia. Así pues, continúo con la publicación de los informes de lectura que suelo escribir para Círculo de Lectores. En esta ocasión no sé si editarán Los presidentes en zapatillas porque aún no se ha celebrado la reunión en la que se decide sobre su publicación, pero creo que tiene bastantes posibilidades, ya que reúne todo lo que se le puede pedir a un libro de estas características: es veraz, bien documentado, está escrito por una experta en la materia (ha trabajado más de treinta años en el palacio de la Moncloa) y, sobre todo, respetuoso y ameno. La promoción en medios ha ido más a lo anecdótico, pero el ensayo va más allá y nos ofrece un retrato más que interesante de la democracia española posfranquista, desde el punto de vista de alguien que está en el epicentro mismo del poder. Lo cierto es que es muy recomendable. 

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INFORME DE LECTURA
Juan Manuel Santiago


Autora: M.ª Ángeles López de Celis
Título: Los presidentes en zapatillas. La vida política y privada de los inquilinos de La Moncloa
Editorial: Espasa
Páginas: 269
Fecha de edición: 2010
ISBN: 978-84-670-3316-8


IMPRESIÓN GENERAL
Los presidentes en zapatillas es un libro ameno, sincero y nada efectista que, como apunta José Oneto en el prólogo, resultaba necesario. En él se efectúa un retrato muy interesante y didáctico del funcionamiento del día a día en el Palacio de la Moncloa, así como las relaciones entre el los presidentes del Gobierno de España y el personal adscrito a su departamento. Desde su puesto de trabajo, M.ª Ángeles López de Celis ha sido una testigo privilegiada de la evolución política de España, y esboza una historia alternativa de la España democrática, desde 1977 hasta la actualidad.
Destaca la gran objetividad de la autora. Como indica Oneto en el prólogo, resulta inevitable entrever cuáles son las simpatías personales de López de Celis, aunque se cuida mucho de hacerlo de manera expresa. Se dejan ver el atractivo de Adolfo Suárez, la inteligencia de Leopoldo Calvo-Sotelo, la personalidad arrolladora de Felipe González, la antipatía que generan José María Aznar y Ana Botella, o los modales políticos desconcertantes de José Luis Rodríguez Zapatero.
Con todo, el mejor activo del libro son las digresiones sobre aspectos poco conocidos del funcionamiento de Moncloa, o las curiosidades sobre los personajes secundarios que no aparecen en los libros de historia pero que han resultado determinantes para que la España actual sea como es; en concreto, los jefes de gabinete y ayudantes de Presidencia, algunos de ellos con costumbres muy exóticas. Por encima de todo ello, destaca el papel que da la autora a las esposas y los hijos de los presidentes. En este aspecto realiza unas descripciones tiernas, aunque no exentas de acidez.
En el aspecto negativo, el tono a lo Cuéntame que emplea la autora cuando trata de poner en contexto los principales logros de las respectivas presidencias. Son unos resúmenes históricos necesarios, para comprender lo que sucede durante el período que comenta, pero en ocasiones se apartan demasiado del tono del libro, y son demasiado irregulares. Sin embargo, los epílogos de cada capítulo, en los que relata el periplo vital de los presidentes después de haber dejado el cargo, son muy interesantes.

 

RESUMEN
En el prólogo, José Oneto destaca el hecho de que el retrato que efectúa López de Celis se parece excesivamente a las impresiones que él ha extraído a lo largo de más de treinta años de contactos con nuestros cinco presidentes del Gobierno. También alaba el tono comedido que se emplea en el texto, lo cual es rigurosamente cierto.
A continuación la autora relata su infancia y juventud en el Madrid de finales del franquismo, y cómo llegó a la Moncloa prácticamente por azares del destino. Había comenzado a estudiar Psicología en la Universidad Autónoma de Madrid, pero sus padres la presionaron para que trabajara, pues los ingresos familiares no eran precisamente abundantes. Por ello recala como auxiliar administrativa en la Secretaría General del Movimiento, que por aquel entonces dirigía Adolfo Suárez. Eran los convulsos momentos posteriores a la muerte de Franco, en los que no estaba del todo claro que España fuese a consolidar la democracia o si, por el contrario, se perpetuaría el franquismo después de Franco, con esos subsecretarios con bigotillo fascista y la pistola escondida debajo de la mesa. Gracias a la mediación de una amiga, la autora solicita una plaza en Presidencia del Gobierno, bajo las órdenes de Adolfo Suárez.
Tras este prólogo, López de Celis dedica un capítulo a cada uno de los cinco presidentes del Gobierno que ha tenido la España democrática, basándose sobre todo en sus recuerdos personales, pero también en la documentación a la que tenía acceso por razón de su cargo; eso sí, haciendo gala siempre de una auténtica prudencia. 
 De Adolfo Suárez destaca la ilusión y el ambiente de equipo que reinaba en los primeros tiempos. Suárez era prácticamente uno más, e incluso cogía el teléfono y anotaba los recados. La autora ordenó y puso en marcha un archivo con el que se pudo salir al paso de la improvisación que imperaba en aquel momento. Esboza el origen del Palacio de la Moncloa. También describe la distribución de sus dependencias, y el descubrimiento de la famosa Bodeguilla, que era en origen la mantequería real. Relata que su primera misión fue prestar atención por si encontraba «el papelito», una hoja que supuestamente escribió Adolfo Suárez cuando era gobernador civil de Segovia, en los años sesenta, y en la que esbozó al entonces príncipe Juan Carlos cuáles debían ser los pasos a seguir cuando muriese Franco. Las últimas páginas del capítulo narran de manera dolorosa los últimos momentos de Suárez en Moncloa, atenazado por la creciente presión del PSOE, las discrepancias internas de la UCD y la presión militar. Reconoce que Suárez no recibió el menor apoyo del rey Juan Carlos en vísperas de su dimisión televisada, que describe de una manera magistral y emocionada. También narra algunos aspectos relevantes que pueden ayudar a entender mejor el 23-F, así como las conversaciones que tenía con su vicepresidente, el teniente general Gutiérrez Mellado, quien, por cierto, consiguió enchufar al entonces novio de la autora para que realizara el servicio militar de la manera menos traumática posible. 

 De Leopoldo Calvo-Sotelo destaca su absoluta brillantez intelectual y exquisitez personal, así como sus indudables dotes de pianista. La autora se lamenta del papel que se le atribuye, que en su opinión raya el ninguneo. Pese a que sólo ejerció durante año y medio, y por lo tanto no puede hablar de él con el conocimiento de causa con que habla de González o Suárez, se deja entrever que la autora le profesa más respeto que simpatía, pues hace hincapié en su carácter tímido pero, no obstante, brillante. Es prácticamente un capítulo de transición, como su presidencia.

 Sin embargo, de Felipe González sí habla, en ocasiones con un entusiasmo que deja entrever sus filias personales y políticas. En cuanto al entorno familiar, destaca la independencia de Carmen Romero, así como la adolescencia conflictiva de sus dos hijos varones, Pablo y David, tal vez los niños más rebeldes que hayan pisado La Moncloa. Destaca asimismo el gusto de Felipe González por la orfebrería y el cuidado de bonsáis. El retrato que efectúa de González es casi el de un místico con demasiado carisma, y se complementa muy bien con el que realiza de Alfonso Guerra. Destaca que resultaba fácil trabajar con ellos, aunque no deja en muy buen lugar a Javier Solana, a quien retrata en términos nada amables y remata con comentarios incluso condescendientes. Tampoco puede dejar de hacer constar la intimidad existente entre González y Rosa Conde, y cómo se encerraban en el despacho presidencial con el pestillo echado. También se relata el ambiente que imperaba en la Bodeguilla, donde se reunía la flor y nata de la intelectualidad española de la época. Con todo, lo más llamativo del capítulo es el retrato del búnker de alta seguridad que se construyó en Moncloa durante estos años, detallado e impresionante, pues parece sacado de una película de espionaje. La autora hace énfasis en la entrada de España en el Mercado Común, la problemática que generó el referéndum de la OTAN, el respeto que sentía Ronald Reagan hacia González, los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, los preparativos de la Cumbre Árabe-Israelí de Madrid y la presidencia europea de 1995, y los dos aspectos que lastraron su presidencia y, en última instancia, determinaron su derrota en 1996: la corrupción y los GAL (aspecto en el que entra en detalles no demasiado escabrosos pero muy llamativos, como el papel que desempeñó Baltasar Garzón).  

 El capítulo dedicado a José María Aznar destaca por la manera en que la autora deja de lado la discreción que había caracterizado sus tres capítulos anteriores y entra al trapo al describir los exóticos usos de la familia Aznar Botella. Convierte en protagonistas a los dos perros cocker de la familia, Zico y Gufa, que se orinaban en las alfombras, le tenían verdadera inquina a Álvarez-Cascos y estuvieron a punto de provocar un incidente diplomático con Polonia. Destaca los modales ásperos de la jefa de gabinete, Milagros Rodríguez Falcón, a quien retrata como una integrista religiosa con graves desequilibrios emocionales y tal vez mentales, que consiguió hacer de la vida de los trabajadores de Moncloa un auténtico infierno. El pasaje dedicado al exorcismo que ordenó realizar en Moncloa es tremendamente surrealista. Tampoco deja en muy buen lugar a Ana Botella, quien consigue llevar la vida cortesana de Moncloa a su máximo esplendor (y, en este aspecto, resulta obligado referirse a la boda de Ana Aznar Botella con Alejandro Agag) y tenía una fijación especial por las alfombras, de las que cubre el Palacio de la Moncloa hasta extremos inauditos. La autora tiene muy buen concepto de Rodrigo de Rato y, sobre todo, del pequeño de la familia, Alonso Aznar, de quien efectúa un retrato muy tierno y simpático. En este capítulo se comentan algunos asuntos de protocolo, como la disposición de las mesas y comensales en las cenas y comidas oficiales, con absoluto lujo de detalles, lo cual le da pie para comentar sus gustos culinarios. Destaca de Aznar sus conocimientos enológicos (ampliamente acreditados), así como su costumbre de tomar siempre dos bolas de helado de chocolate como postre. También se relatan las duras jornadas del 11-S de 2001 y el 11-M de 2004. El retrato de la primera legislatura de Aznar es positivo pese a sus claroscuros (se despacha a gusto con Miguel Ángel Rodríguez y otros miembros del Clan de Valladolid) y abunda en detalles con respecto a la prepotencia de la segunda legislatura de Aznar. No tiene desperdicio el pasaje en que habla de la visita del matrimonio Rajoy, en vísperas de las elecciones del 14-M de 2004, para enseñarles la que debía haber sido su residencia después de los comicios. Finaliza el capítulo describiendo la deriva ideológica y personal que ha sufrido Aznar después de haber dejado la presidencia, hecho del que la autora se lamenta.

 La descripción de la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero arranca como un reencuentro: el del personal de Moncloa con el equipo político de «fontaneros» de Felipe González, un reencuentro feliz que sucede a los últimos años de Aznar, en los que se deja entrever que pudo haber habido un intento de depuración de personal por motivos políticos o que, al menos, se intentó. Destaca el carácter de Zapatero como un hombre tranquilo, más tímido de lo que parece, y con un punto enigmático. También se destaca el disgusto de Sonsoles Espinosa con la vida en la Moncloa, así como el carácter de las dos hijas del matrimonio, y sus intentos por llevar a cabo una auténtica vida familiar, con rutinas impuestas por Sonsoles que intentan conseguir que Zapatero saque todo el tiempo posible para ella y las niñas. En este capítulo se efectúa una completísima descripción del funcionamiento del Consejo de Ministros, que resulta en extremo instructivo. Como es obligado, la autora habla largo y tendido sobre las consecuencias del 11-M y desacredita las teorías conspiratorias de la derecha mediática sirviéndose de un artículo aparecido en El Mundo pocas semanas después de los atentados, en el que se deja claro que no pudieron haber sido obra de ETA. La autora destaca la legislación de la primera legislatura, sobre todo en materia de matrimonio homosexual, memoria histórica, igualdad y la Ley de la Dependencia. También se destaca el papel de María Teresa Fernández de la Vega, quien, como vicepresidenta primera, ha sido la primera mujer que ha ejercido como presidenta del Gobierno de manera interina. La autora destaca como un gran logro personal una conversación con Zapatero en la que, en nombre de todo el personal de Moncloa, le pedía que se les concediera la Cruz de la Orden del Mérito Civil. Con todo, el episodio más surrealista que se retrata es la visita del líder libio Muammar Al-Gaddafi en diciembre de 2007. A modo de conclusión, la autora se detiene a analizar el famosísimo «síndrome de La Moncloa», que ha afectado a todos los presidentes del Gobierno excepto a Calvo-Sotelo (quien no gobernó tanto tiempo como para contraerlo), y que consiste en la pérdida de contacto con respecto a la realidad circundante, así como con un aumento de la suspicacia y la prepotencia; según ella, afecta a todos los presidentes, aunque cada uno lo manifiesta a su manera: Suárez, al pensar que el modelo español de transición se podía exportar a Oriente Medio o al pensar que el Rey le rechazaría la dimisión; González, con su vocación caudillista y de «líder mundial»; Aznar, con su mesianismo despótico y egocéntrico, y Zapatero, por su intolerancia a escuchar críticas. Uno de los últimos episodios destacables que recoge la autora es el recibimiento, de pie y con aplausos unánimes, con que el Consejo de Ministros recibió a Pedro Solbes después de vencer con claridad a Manuel Pizarro en el debate económico de la campaña electoral de 2008; retrato que contrasta con el tono con que se narra el primer cara a cara entre González y Aznar en 1993: el día antes, el avión que llevaba a González a las Canarias había estado a punto de tener un accidente, y nadie se explicaba que el presidente pudiese mantener la compostura ante las cámaras.
Por último, la autora realiza un epílogo en el que transmite sus opiniones personales sobre el innegable avance que ha experimentado España durante los años de democracia, y la suerte inmensa que ha tenido al poder vivirlos tan de cerca desde el puesto de trabajo que ha desempeñado en Moncloa. Concluye el libro con un índice onomástico indispensable para seguir la narración.



ASPECTOS POSITIVOS
 Es un libro ameno e interesante. Apenas hay párrafos de relleno, y la estructura parece muy meditada.
Esboza un tipo de historia, centrado en los personajes secundarios de la Historia con mayúsculas, que resulta novedoso en España.
La autora es respetuosa con los presidentes y su entorno, y en muy pocas ocasiones se deja llevar por sus filias y fobias personales, lo cual ayuda a incrementar la imagen de objetividad.
La documentación que maneja es impecable, pues la conoce de primera mano, por haber trabajado con ella durante todos estos años.
Los detalles relativos a las familias de los presidentes son muy de agradecer, pues nos permiten efectuar un relato en clave íntima y familiar, muy acorde con el subtítulo de la obra («vida política y privada de los inquilinos de La Moncloa»).
La manera en que intercala detalles sobre la organización de tareas en Moncloa hace muy fácil la lectura: en todos los capítulos introduce un par de páginas sobre determinados asuntos, que sabe combinar muy bien con la narración. Así pues, la estructura de la narración no es exactamente cronológica y, por lo tanto, no es predecible.

 
ASPECTOS NEGATIVOS
 Los lectores que busquen «carnaza» se van a llevar una gran decepción, dado el exquisito respeto de la autora a los presidentes y su entorno. De hecho, los pasajes más llamativos o picantes ya han sido reproducidos por los medios de comunicación, y bien se podría decir que son los únicos que aparecen en el libro (en concreto, la más que sugerida relación entre Felipe González y Rosa Conde).
A pesar de su evidente objetividad, es cierto que la autora carga demasiado las tintas en el capítulo correspondiente a José María Aznar, lo que tal vez pueda restarle algunos lectores entre los más afines al PP o los lectores católicos practicantes. El retrato de Milagros Rodríguez Falcón es especialmente agrio, aunque tiene momentos de auténtico humor, como el del exorcismo que ordenó para ahuyentar malos espíritus del personal de La Moncloa.
En algunos pasajes del libro se echa en falta una buena corrección de estilo.



VALOR LITERARIO
7
La autora escribe con soltura, aunque a veces le perjudica el exceso de adoctrinamiento. No obstante, consigue plasmar a la perfección el retrato de una época fundamental en la historia de España, contagiando al lector la ilusión y el privilegio que suponen trabajar en Presidencia del Gobierno. El retrato de las intimidades de las familias presidenciales tiene gran valor, pues nunca se había hecho de la manera en que lo efectúa la autora: con objetividad, y comparando las cinco familias que han vivido hasta ahora en Moncloa. Hay momentos muy divertidos, y ello es posible gracias, sobre todo, al desparpajo con que López de Celis sabe transmitir la multitud de anécdotas que relata.


VALOR COMERCIAL
8
Pese a algunos defectos menores, es un libro idóneo para cualquier aficionado a la historia reciente de España, así como para interesados en política. Puede ser asequible tanto para el telespectador de Cuéntame como para el estudiante de Historia Contemporánea, aunque el primero pueda perderse en las descripciones del funcionamiento de Moncloa y al segundo le puedan sobrar los retratos de personajes. Sin embargo, es un libro apto para todos los públicos, y toca un asunto que no pasa de moda, por lo que sus ventas de fondo pueden ser constantes.



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