miércoles, 27 de octubre de 2010

Feliz Día del Corrector

Hoy se celebra el Día del Corrector. Así pues, hoy seguiré corrigiendo sin descanso y poniendo a prueba la lumbalgia que me atormenta desde el jueves de la semana pasada.


Además, la UniCo ha convocado una Cacería de Erratas, cuyos resultados han colgado en Flickr. Hay erratas de juzgado de guardia, y desde luego la iniciativa es lúdica y útil. 

El Día del Corrector debería servir para concienciar a los lectores acerca de la necesidad de esta profesión. Mi punto de vista está viciado de entrada, pues vivo en buena medida de la corrección de estilo (y, en mucha menor medida, ortotipográfica) y me retroalimento en exceso con otros compañeros del sector editorial. No obstante, las conclusiones a las que llegamos son casi unánimes, ya se trate de editores, traductores, correctores o cualesquiera otros estamentos del gremio. Las diversas correcciones (ortotipográficas o de estilo) parecen haberse convertido en el eslabón débil de la cadena, el paso que se puede suprimir o en el que puedes apretar un poco los plazos si vas mal de tiempo o presupuesto. Con ello se incrementa el riesgo de que sucedan auténticas barrabasadas que ponen de manifiesto hasta qué punto se está deteriorando el sector. Aunque no se libra ninguna editorial, lo cierto es que las pequeñas ponen más empeño, e incluso medios, en lograr una excelencia que muchas veces se confunde con falta de pragmatismo o con derroche de tiempo y dinero. Volveré a este asunto en alguna entrada posterior, porque lo cierto es que da para hablar largo y tendido. 

El resumen es claro y doloroso: ahora mismo se edita peor que cuando comencé a trabajar como corrector autónomo, hace tres años, e incluso han bajado las tarifas. La irrupción del libro digital podría dar un respiro al sector (al reeditarse gran parte de los fondos históricos de las editoriales, habría que dar un lavado de cara a muchos títulos), pero también podría llevarlo a la tumba (por aquello de abaratar costes y reducir plazos).

De todos modos, prefiero ser optimista. No creo que la estructura de las editoriales sufra demasiados cambios a medio plazo, aunque es bien cierto que éstos, de producirse, no redundarán precisamente en beneficio de los trabajadores del sector. ¿Me veo de corrector de estilo de aquí a dos años? Sin duda. ¿Y de aquí a diez años? No tengo ni la menor idea.

Lo dejo aquí, ya que esta semana estoy hasta arriba de trabajo. Eso sí, me sumo a la Caceria de Erratas con algunas imágenes de archivo que demuestran hasta qué punto sigue siendo necesaria la profesión. 

La primera ya apareció en una entrada del blog, y nos muestra, de manera divertida pero preocupante, hasta qué punto es necesario saber escribir bien para que el mensaje se entienda e, incluso, sea más creíble. La réplica de la correctora es magistral. 



La errata que viene a continuación es más preocupante, ya que pertenece a un espacio público, el madrileño Campo del Moro. No es de recibo que una administración descuide la rotulación del Patrimonio Nacional hasta el extremo de caer en el ridículo.
La que muestro ahora me desconcierta, ya que no sé si forma parte de un error conceptual del editor o resulta que la normativa ha cambiado y la fecha de edición sustituye ahora al depósito legal. En todo caso, la adjunto.

Por último, he aquí una exótica amalgama de gallego y catalán que, a título personal, me hizo bastante gracia.

Hay miles de ejemplos. Todo lo que nos rodea está plagado de erratas ortotipográfica o de estilo. ¿Me ayudáis a celebrar el Día del Corrector compartiendo las más llamativas? Muchas gracias.

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jueves, 21 de octubre de 2010

El porno emocional, ahora, en Frikitecaris

Como soy incapaz de centrarme, voy y procrastino aún más. En efecto, amiguitos, desde hoy soy perpetrador de Frikitecaris, el inteligentísimo blog consagrado a conseguir que el mundo bibliotecario alce la ceja, conquiste el mundo y sea un poquito más divertido. He aquí la entrada inaugural de mi andadura frikitecaria, que no es sino una breve biografía. Como dice Grine, siempre he sido un frikitecario de corazón, pero ahora paso a serlo de pleno derecho.

Lo cierto es que Frikitecaris siempre fue una fuente de inspiración para otro de los blogs en los que participo, o participaba (está más bien muerto desde hace año y medio), Bodoni's Blog, la bitácora que abrimos unos cuantos compañeros del máster de edición de Editrain, que siempre me digo que tengo que resucitar, reflotar o recauchutar, pues el mundo editorial necesita un equivalente de Frikitecaris, y creo que íbamos por el buen camino. Por lo que a mí respecta, el referente siempre fue el blog que nos ocupa en esta entrada.

Además, qué narices, muchos de mis mejores amigos, y nada menos que mi señora esposa, son perpetradores de Frikitecaris, bibliotecarios, ex bibliotecarios o todo ello a la vez. Como digo en la entrada, resulta difícil saber en qué bando del blog milito, el de los usuarios o el de los bibliotecarios (o, añade Ferran, el de los intrusos profesionales), pues pertenezco a todos ellos. En todo caso, he aquí otro blog en el que podéis seguirme a partir de ahora. Pongo en vuestro conocimiento que no será el único; por un lado, porque tanto Facebook y tanto Twitter me están atocinando y creo que es muy buen momento para retomar la presencia en medios más (digamos) perdurables, y, por otro, porque llevo tiempo dándole vueltas a un par de asuntos y su puesta en marcha depende tan sólo de que encuentre dos tardes libres para ponerme con ello.

Ahora, sin más preámbulos, cuelgo el texto de presentación de Frikitecaris. Nos leemos allí, aquí y, dentro de poco, en uno o dos blogs más.

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Mi biografía viene a ser algo así como la síntesis de las peores pesadillas de Frikitecaris (sí, técnicamente soy un cenutriousuario) y de Iwetel (sí, he trabajado en bibliotecas pese a no poseer la titulación, lo que técnicamente me convierte en un intruso profesional), todo en uno.

Para no ser menos y estar a tono con la tradición frikitecaria, nací en pleno verano; echando cuentas, tengo motivos sobrados para suponer que fui un «regalo de cumpleaños», ya que me llevo equis años y nueve meses exactos con mi madre. La misma tarde de mi nacimiento se desató una tormenta apocalíptica sobre Madrid, de las que tardan años en olvidarse, y el caso es que años después comencé a desarrollar una facilidad proverbial para destrozar ordenadores, electrodomésticos o cajeros automáticos; yo no digo nada, pero tal vez mi mote de JuanMagneto proceda de aquella aciaga tarde. En todo caso, fui un niño discretito que se pasaba el día entre libros…

Hasta aquí, vamos bien: parecía estar predestinado a ser un bibliotecario de provecho, aunque mi natural tímido y cierta tendencia genética a desarrollar cejas hirsutas e ingobernables hacían prever que mis arqueos de ceja ni iban a acojonar ni ná. Mala señal.

Retomo la narración.

El caso es que, más que leer, aquel tierno infante que era yo extendía todos sus libros a lo largo y ancho de mi habitación, formando calles y plazas, y mis cochecitos de juguete y clicks de Famóbil transitaban por aquella ciudad de papel. De ahí deriva mi vena cenutriousuaria, me temo.

La vena lectora llegó años después, cuando me leí El hobbit, El Señor de los Anillos, el Silmarillion, La historia interminable y La conjura de los necios en el transcurso de una gripe que me hizo comprender que no se debe comer nieve cuando vas de excursión a Navacerrada, por mucha sed que tengas. Salí de aquella experiencia convertido en un friqui de tres pares de cojones (secciones literatura fantástica, música de la Movida Madrileña y cine en general), vena que he mantenido desde entonces.

Quitando eso, prácticamente no di por saco hasta unos cuantos años después, cuando tuve la genial ocurrencia de echar a perder lo que por aquel entonces era una notaza en Selectividad para matricularme en la carrera de Historia (contemporánea, para más inri). Tras la preceptiva bronca familiar, decidimos que vale, que estudiaría Historia, pero que, cuando terminase la carrera, prepararía unas oposiciones y me metería a funcionario. Como no me motivaba lo más mínimo la idea de dar clases (la primera salida natural de un licenciado en Historia), me embarqué en unas oposiciones jurídicas que consumieron cinco años de mi existencia y me convirtieron en un cenu de los peores, de los que frecuentan las bibliotecas para estudiar de sol a sol y no hacen más que incordiar a los pobres bibliotecarios buscando siempre el único libro de derecho administrativo que no tuvieran, o el único BOE que se les hubiera traspapelado.

Tras un paréntesis forzoso, dejé aquellas oposiciones y me embarqué en la segunda salida natural de la carrera de Historia: un curso de técnico documentalista subvencionado por el INEM. Y aquí comienza mi etapa de intrusismo profesional. Conseguí meter la naricilla en la Biblioteca Nacional, primero como becario en prácticas, luego como «empresilla» (esto es, autónomo) y, por último, como subcontratado, lo cual me dio una visión global bastante aproximada de cómo funciona el mundillo por dentro. Mis jefas estaban encantadas conmigo y me recomendaban que me presentase a las oposiciones de facultativo, a lo que yo replicaba con un «Pues sed mis preparadoras» que desembocaba, inevitablemente, en un cambio radical de tema.

Así pues, reorienté mi carrera hacia la tercera salida natural de un licenciado en Historia: el sector editorial, para cabreo de los licenciados en Periodismo (que me consideraban un intruso profesional cuando dirigía revistas) y Filología (que me consideran un intruso profesional ahora que vivo de la corrección de estilo). Llevo casi una década comiendo gracias a esa vena friqui de mi adolescencia, pero también gracias a mis estudios universitarios y, cuando se tercia, regresando de manera ocasional a la catalogación de bibliotecas, preparación de bases de datos y todo aquello que me dé tiempo a hacer antes de perpetrar la enésima JuanMagnetada que haga perder todos los registros del día en apenas unos segundos.

Así pues, puedo decir que nado en un terreno intermedio e indefinido, pues no soy ni cenutriousuario ni bibliotecario sino todo lo contrario, aunque reúno cualidades de ambas especies y, desde luego, entro de lleno en el intrusismo profesional; por partida triple, además. Puestos a escoger una clasificación, prefiero considerarme un bibliotecario felizmente consorte, o un feliz consorte de bibliotecaria, o tal vez debería decir un feliz bibliotecario consorte. Lo cual, ahora que lo pienso, ha quedado de lo más abrazanenúfares.

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viernes, 1 de octubre de 2010

El adepto de la reina, de Rodolfo Martínez




Cuando alguien me pregunta qué me parece y de qué va El adepto de la reina, de Rodolfo Martínez, lanzo una boutade que cada vez me lo parece menos: es una novela de James Bond ambientada en el universo de las Crónicas de Ámbar. Y, bueno, es cierto que se trata de una boutade y que la cosa no es exactamente así, pero mis interlocutores se hacen una idea, que no es poco.

Debo esta reseña desde hace casi un año, y los azares del destino quieren que la publique justo la semana antes de que finalice el plazo de votación de los premios Ignotus 2010. Cierto es que, a priori, parece que los favoritos para llevarse el monolito son La última noche de Hipatia, de Eduardo Vaquerizo (Alamut), y La red de Indra, de Juan Miguel Aguilera (también en Alamut), con el detalle mainstream de haber incluido Fin, de David Monteagudo (Acantilado), y un candidato más que potencial a protagonizar el relevo generacional en esta misma edición de los premios: Alarido de Dios, de José Miguel Vilar-Bou (Sirius). Frente a este cuarteto, El adepto de la reina, de Rodolfo Martínez (Sportula), ocupa un lugar entre ambivalente e inclasificable.

Por un lado, al tratarse de uno de nuestros autores más prolíficos y habituales en el palmarés del premio, parece una apuesta casi segura, un fijo en las quinielas. 

Por otro lado, El adepto de la reina es el título inaugural de algo que el propio autor define como un experimento: Sportula, una editorial creada por Rodolfo Martínez con la intención de editar su propia obra, que a estas alturas es demasiado extensa y dispersa y, ay, descatalogada en la mayoría de los casos. Sportula es lo que en los años dorados del fándom habríamos llamado una fanedición, pero en estos tiempos 2.0 no sólo no lo es sino que tiene una filosofía radicalmente diferente. Por un lado, las tiradas son reducidas, sí, pero se apartan de la impresión sobre demanda o de la fanedición tradicionales para añadir un elemento nuevo: la distribución a través de Amazon.com. El tiempo dirá si la fórmula funciona y se puede trasplantar al ámbito de la antigua midlist, o bien si queda como una rara avis en estos tiempos inciertos y mutantes que vive el sector editorial. En todo caso, la calidad de la edición es más que digna, claramente superior a la de editoriales pequeñas e incluso medianas (está feo dar nombres, así que los omitiremos), y, pese a ciertos defectos que se han ido solventando en los títulos posteriores de Sportula (líneas viudas y huérfanas, repeticiones de algunas palabras al principio de cada línea, etc.), se puede decir que la calidad de la edición es, como mínimo, digna. Como experimento, está mejor que bien, y como libro, se defiende por sí solo. 

Volviendo al párrafo inicial, y adentrándonos ya en el análisis de la novela propiamente dicha, es cierto que El adepto de la reina juega en todo momento a ser una mezcla inverosímil pero que funciona, un ejemplo más del mestizaje de este comienzo de siglo. En una entrevista realizada por Julián Díez para Literatura Prospectiva, Rodolfo Martínez reconoce sin empacho que la novela mezcla escenarios históricos de lo más variado y que, por añadidura, se le ocurrió mientras veía la serie 24 y leía una trilogía de fantasía épica. En otra entrevista, aparecida en Fantasymundo.com, Rudy cita una frase de William Gibson, según la cual la cultura del final del siglo XX (y, valdría decir, de principios del siglo XXI) es como un supermercado, en el que vas llevándote cosas de aquí y de allá. En efecto, El adepto de la reina se puede leer como una novela de espías de toda la vida, como un thriller político, como un homenaje más que evidente a James Bond, como un steampunk, como una alegoría de la guerra fría, como una fantasia épica y como una posible novela de ciencia ficción con nanotecnología y... ¿realidad virtual? En ese sentido, lanzaré otra boutade, a ver si alguien me la rebate: El adepto de la reina es a las novelas de James Bond escritas por Ian Fleming lo que las novelas sherlockianas de Rudy eran a las novelas sherlockianas de Arthur Conan Doyle; pero, claro está, con un escenario radicalmente diferente del de la guerra fría de nuestro mundo real.

Para empezar, el mundo no es tal como lo conocemos. ¿Estamos en otro mundo, en un mundo futuro o en una dimensión paralela? No lo sabemos, y seguramente no importe. En todo caso, existe un trasunto clarísimo del Reino Unido, Alboné, cuya capital, Lambodonas, es Londres, y está amenazada por una Bomba de Malas Noticias (bomba atómica) que los Pueblos del Pacto (el Pacto de Varsovia), rivales y archienemigos del Martillo de Dios (la OTAN) han dejado en algún lugar de la ciudad. Por otro lado, la Reina está a punto de renacer, en su décimo séptima reencarnación, pero el proceso es lento, porque el trasplante de un cuerpo a otro se realiza mediante una especie de fruta viviente y adaptable a los deseos de sus anfitriones inteligentes, los carneútiles, y, por otro lado, una de las maneras de dejar fuera de combate a un adepto (espía) del bando contrario es inutilizar los mensajeros que contiene su cuerpo (¿nanotecnología o alma?)... Bueno, el caso es que durante un par de líneas se ha visto claramente que la novela tiene paralelismos con la Europa de la posguerra y con una novela de James Bond, pero con demasiados elementos demasiado desconcertantes que la convierten en una obra de fantasía, o tal vez de ciencia ficción de futuro remoto, o uno no sabe muy bien. El caso es que funciona.

Frente a la amenaza que crea la Bomba de Malas Noticias, y la irrupción de un tercer contrincante que es un claro trasunto de Spectra, el Adepto Supremo, que a su vez es un claro trasunto del Orson Welles de El tercer hombre (y no es el único cameo, o efecto Connery --nunca mejor dicho, en esta novela-- que aparece en la obra: también se ve a Ian Fleming y muuuuchos de los personajes de sus novelas) deja campar a sus anchas a su mejor adepto (espía), Yáxtor Brandan, la estrella absoluta de la función. El autor ha comentado que su idea original fue retratar a un malo, un villano absoluto, pero convertirlo en el protagonista de la novela. Y lo cierto es que lo consigue. Yáxtor Brandan (cuyas iniciales son casi "JB") es un ser inmoral e inescrupuloso, un asesino implacable a quien ni siquiera el abismo tiene los santos cojones de devolverle la mirada, una mezcla de James Bond con el protagonista de 24, Jack Bauer (vaya, otro cuyas iniciales son JB), e incluso con lo que debería haber sido Jason Bourne (huuum, demasiados JB) si Eric van Lustbader no hubiera echado a perder el legado de Robert Ludlum. 

Pero, al igual que sucede con Jason Bourne, Yáxtor Brandan se va de las manos a sus superiores, y la lía parda. Quiere recordar detalles que antes no le importaban; qué ha sido de su pasado, por ejemplo. Y, de este modo, su historia se convierte en una triple aventura: por un lado, las tramas de espionaje encaminadas a neutralizar la amenaza de la Bomba de Malas Noticias; por otro lado, un viaje a lo largo y ancho del mundo que retrata Rodolfo Martínez (con el añadido de que hay puertas espaciotemporales, lo que amplía notablemente el ámbito geográfico donde transcurre la acción y lo convierte casi en un videojuego), y, en tercer lugar, un viaje iniciático para conocerse a sí mismo, saber de dónde sale, quién es, qué pasó con su padre, y, en resumen, reescribir la historia reciente de su mundo.

El adepto de la reina es una novela entretenida, aunque dista de ser redonda.  La edición es digna, pero aún le falta para llegar a los estándares profesionales. Tiene algunos altibajos de ritmo. El retrato de personajes es irregular (Brandan tiene demasiado protagonismo, y algunos secundarios parecen bastante desaprovechados). Tal vez cueste un poco entrar en la trama, aclararse en el universo que nos plantea, como un toro que entra al trapo y tarda demasiado en serenarse. El final parece demasiado apresurado. Son objeciones que hacen que el resultado no sea perfecto, pero, en todo caso, no empañan el hecho de que se trata de una obra más que digna, un buen homenaje a las novelas de James Bond, un curiosísimo mejunje de fantasía épica, ciencia ficción, novela de espionajes y prácticamente cualquier cosa que se os ocurra, y, en resumen, uno de los trabajos más sorprendentes que nos ha dado su autor. Puede que no esté a la altura de La sonrisa del gato, "Un jinete solitario" (en la que Rudy hacía lo mismo que en esta obra, pero con John Le Carré) o las dos primeras novelas sherlockianas, pero lo más probable es que su autor no lo pretendiera. Y, precisamente, esa carencia de pretensiones enriquece el resulado final de El adepto de la reina: Rudy ha escrito lo que le ha dado la real gana, consciente de que Sportula no iba a tener la misma difusión que una editorial profesional establecida, y esa frescura repercute, para bien, en el resultado final.

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Concluyo esta reseña rescatando una costumbre: colgar vídeos los viernes. ¿Por qué éste? Aaaamigo. Que lo explique Rudy. :-P

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