miércoles, 18 de agosto de 2010

80

Mi padre, Enrique, cumplió ayer ochenta años. Lo llamé a la residencia donde vive, en una localidad madrileña ubicada más allá de Algete, y lo noté francamente bien, orientado y sin parar de hablar, como siempre.
Como hice con mi madre, lo felicito colgando en el blog un par de fotos de sus años mozos; en concreto, de cuando estuvo destinado a lo que entonces se llamaba Sáhara Español, y que ahora se llama Sáhara Occidental. Lo único que no ha cambiado es que sigue siendo una colonia ocupada por la fuerza. Cierto es que lo destinaron allá porque acabó de los últimos de su promoción en la Academia Militar, pero el caso es que mi padre siempre ha estado relacionado con África: se crió en Ceuta, donde le sorprendió la Guerra Civil (era un niño de seis años cuando fusilaron a su padre, mi abuelo), pasó bastante tiempo por lo que entonces era el Protectorado español, y su primer destino nada más salir de la Academia fue el Sáhara. Corría el año 1960 y, mientras mi madre se quedaba en El Aaiún con mi hermanita recién nacida y la reducida colonia militar española, él andaba entre la Cabeza de Playa y Villa Cisneros. Siempre cuenta que por aquel entonces los mayores peligros no eran el entonces incipiente Frente Polisario ni el ejército marroquí, sino los siempre insubordinados legionarios y el alcoholismo y pasotismo de la tropa. Un buen indicador es el hecho de que mi padre se buscó algún que otro problema disciplinario porque, en vez de ir a misa los domingos, se quedaba en Villa Cisneros confraternizando con los saharauis y aprendiendo a chapurrear el hassaníya. Por todos estos motivos, y porque son las únicas fotos que tengo digitalizadas de mi padre, las cuelgo hoy en este blog, y aprovecho una vez más para felicitarlo.


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miércoles, 4 de agosto de 2010

40


El tiempo corre que se las pela y, aquí donde me veis, el lunes cumplí cuarenta añitos. Se supone que ahora es cuando comienza la vida, según el refranero, aunque dicha fuente también me recomienda que no me moje la barriga. Cualquiera entiende la sabiduría popular.
En cuanto a la famosa crisis de los cuarenta, la verdad es que no la veo por ningún lado. No sé si estoy en estado de choque o en fase de negación, pero no veo que mi vida de cuarentañero difiera en mucho de la de treintón, y por lo menos este cumpleaños fue mucho más lúdico que el trigésimo noveno, con una entrega al día siguiente y el móvil apagado porque si me pasaba el día pegado al teléfono me arriesgaba a no cumplir los plazos.
Tiendo a no darle importancia a estas fechas simbólicas. Me he tragado las crisis correspondientes de mucha gente (familia y amigos), pero las mías, si es que las hay, han pasado desapercibidas, creo.
Ya no recuerdo qué andaba haciendo el día en que cumplí diez años; supongo que estar de morros y cabrearme por cualquier gilipollez durante mis vacaciones de verano, que aquel año me llevaron a Motril, si mal no recuerdo.
Tampoco me acuerdo de qué andaba haciendo cuando cumplí veinte años. Si encuentro mi diario de aquella época (que a saber dónde estará) me arriesgo a leer alguna anotación  medio suicida en la que lo más probable es que me mortificase sin venir a cuento (juas, en 1990 yo era un emo y ahora me doy cuenta), así que paso de indagar al respecto.
Sin embargo, cuando cumplí treinta años me dejé de tonterías, ya que estaba recuperándome de un cáncer y una trombosis, sumido en una ruptura un tanto chunga y era espectador de excepción de otra ruptura (por suerte, ajena) escandalosamente accidentada y surrealista de la que nunca me animo a hablar porque no os la creeríais. Vamos, que no tuve ni tiempo de pensar en crisis de los treinta años porque mi vida ya era lo suficientemente caótica.
Ahora cumplo cuarenta años y, quitando el hecho de que el trabajo me sale por las orejas, el día (y, sobre todo, la cena) no pudo transcurrir de manera más plácida y apetecible. Cenita íntima con muchas cosas ricas, alcohol con moderación (que el día siguiente era laborable), episodio final de Boston Legal y regalitos útiles. Todo mucho más sereno, todo mucho más en orden, todo mucho más normal. Por fin.
No sé si es un efecto de que realmente pienso como un cuarentón o que ya tocaba tener un cambio de década sin toques surrealistas ni sobresaltos ni salidas de tiesto. El caso es que ha no ha dolido en absoluto, aunque ya digo, a lo mejor es que estoy en plena fase de negación y todavía no me doy cuenta del embolado en que me he metido.
En fin, que llevo dos días siendo un cuarentañero y ya estoy pensando en el siguiente cambio de tercio, e imaginando cómo será llegar a la cincuentena. Doy por hecho que no será tal como imaginaba, así que ¿para qué preocuparme sin motivo? Eso sí, espero contarlo en este blog, o en su equivalente, que ya se sabe que las ciencias adelantan que es una barbaridad y para el 2020 lo mismo ya no hay blogs.
Diría de cerrar el blog por vacaciones durante lo que queda de agosto, pero, con el ritmo de actualizaciones que llevo, la verdad es que sería una tontería. Total, que podéis permanecer en sintonía, pues a lo mejor escribo algo durante el mes de agosto.

PD. Muchas gracias a todos los que me felicitasteis el lunes. De veras que me hizo mucha ilusión.  Adjunto la felicitación de Natxo, con la siempre inconmensurable Violencia Rivas cantando su versión protopunki del "Cumpleaños feliz". Besooos.


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