jueves, 11 de noviembre de 2010

Heridas y cicatrices: Por un puñado de semen (II)

Decíamos ayer que en 1999 pasé por uno de los momentos más surrealistas de mi vida gracias a un espermiograma, seminograma o análisis de semen que tuve que hacerme debido a la enfermedad que padecía. 
Meses después, me restablecí de mi linfoma de Hodgkin, comencé a hacer una vida normal (entendámonos, normal dentro de mis parámetros habituales de desmadre y friquismo) y me desentendí del asunto como quien invierte en un banco y deja pasar los años hasta que llega el momento de retirar lo invertido, junto con un buen pico en concepto de intereses, fiándolo todo a la mano invisible del mercado (aunque, en mi caso, la mano responsable de aquello había sido bien visible, sobre todo si bajaba la vista a la derecha).
La vida me cambió sustancialmente. Me mudé a Barcelona, la enfermedad de mi madre la llevó a Jaén, donde mi hermana estuvo cuidándola hasta que pidió un traslado a Madrid, y, en resumen, mi piso materno pasó varios años desocupado, salvo las contadas ocasiones en que mi madre o servidor nos dejábamos caer por allí. De vez en cuando volvía a casa y me encontraba con alguna que otra carta del Banco de Semen del Ramón y Cajal, a modo de recordatorio de lo que tenía allí depositado. El mensaje era claro: esto es una inversión a plazo fijo, y si no regresas a hacer otra inversión, corres el riesgo de que te cancelemos la cuenta. Pero claro, primero tienes que venir a hacer otro ingreso sustancial; a continuación, comprobaremos tu solvencia --tu liquidez, por así decir-- y entonces te dejaremos retirar el efectivo.
No sé si habéis leído con calma mi entrada anterior. Aquello fue muy, muy humillante. Te ríes cuando lo cuentas o si te lo cuentan, pero maldita la gracia que me hizo en su momento. Y hacer un viaje a Madrid ex profeso para pelármela en el Ramón y Cajal, pues como que no. 
Lo iba dejando, y dejando, y dejando.
Recibí alguna que otra carta. 
Mi hermano Enrique estuvo viviendo seis meses en casa, mientras hacían obra en su piso de Chamberí.
Mi hermana pidió traslado y, una vez en Madrid, se llevó a mi madre a casa, para poder atenderla mejor.
Yo comencé a espaciar más mis visitas a Madrid.
Dejaron de enviarme cartas del Ramón y Cajal. Di por hecho que, transcurridos cinco años, destruían las muestras, y a otra cosa.
Sin embargo...


2009

Me falta cosa de un par de meses para casarme con Cristina, y estamos ultimando la lista de invitados. Hablando en plata, vamos escasísimos de presupuesto y estamos haciendo equilibrios con las invitaciones. La decisión más difícil de todas estriba en no invitar a casi nadie de Madrid, lo que deja fuera a todos aquellos familiares que no sean hermanos, cuñados o sobrinos, con la que quedamos en hacer una celebración casera en nuestro siguiente viaje a la capital, a la que puedan asistir mis padres, que no están para viajes largos.
Una de las afectadas es mi prima, la que me recomendó congelar esperma cuando estuve enfermo. Me llama para felicitarme por la boda, lamentarse por no poder asistir y hacerme pensar en algo en lo que no había caído:
--¿Has pensado en hacerte algún estudio genético? Lo digo por si tenéis pensado tener niños.
No, no había pensado en ello. Los antecedentes familiares de enfermedades por ambos lados son los normales, y no hay ninguna enfermedad realmente preocupante que nos obligue a hacer un seguimiento riguroso al respecto, si bien es cierto que nuestra hipotética futura prole tendrá unos ojos preciosos pero, a cambio, está condenada a ser miope, intolerante a la lactosa, padecer escoliosis y desarrollar alguna que otra alergia. Es un riesgo asumible, que no justifica la adopción de medidas extremas. No obstante, hay un pero:
--Bueno, claro, para eso tendría que saber si realmente soy fértil. No llegué a hacerme otro seminograma en el Ramón y Cajal.
Con lo cual tenemos un problema: se acerca el momento de volver al hospital para pelármela.


2010

Hace más de un año que espero a que me llamen de mi centro de atención primaria para dejarles La Muestra. Mi médico de cabecera se mostró bastante comprensiva cuando le expuse el asunto y me tramitó un volante para realizar el seminograma en el centro de atención primaria propiamente dicho. Me aclaró que tenía que ser muy escrupuloso con la hora de entrega, ya que los espermatozoides tienen una vida muy limitada y corría el riesgo de que La Muestra se echase a perder, por lo que el modus operandi debía ser tal que así: me pongo en contacto con el centro de atención primaria, les digo que me esperen porque La Muestra ya va de camino, extraigo La Muestra y salgo cagando leches hacia el centro de atención primaria, no sin antes haberme limpiado y subido la cremallera, claro está. Casi puedo imaginarme cómo me abro paso Rambla de Brasil  y Carlos III arriba, la calle llena de obstáculos que van retrasando el momento de entregar La Muestra (mercadillos ambulantes, concentraciones espontáneas de gente, skaters, plastas de perro, abuelitos caminando trabajosamente con bastones o muletas, manchas de aceite, visitas del Papa, masas dirigiéndose al Camp Nou porque el Barça juega dentro de un rato, festivales musicales, cabalgatas de Reyes, concursos de castellers, y los inevitables operarios que atraviesan el bulevar acarreando un enorme cristal de dos por cuatro), mientras que la pantalla se parte en dos, y luego en tres, y muestra un montaje paralelo en el que se ve, expectante, al personal del centro de atención primaria, y en la imagen central, un primer plano del segundero de un enorme reloj, con los segundos avanzando implacables, en cámara lenta y con ecos, reduplicaciones y demás efectos sonoros. La llegada es agónica, atropellando abuelitas en silla de ruedas y pegando un gran salto con una cámara lenta que ni Sam Peckimpah, mientras el personal del centro de atención primaria sale a mi encuentro como si fuera a darles el testigo de una final olímpica de relevos, el segundero del reloj se acerca a las doce en punto con un eco estruendoso como único efecto sonoro y, de repente, la pantalla partida da paso a un solo plano, culminamos la entrega y se congela la imagen de Juanmita entregando triunfante La Muestra. Comienza a sonar la música (de Vangelis, curiosamente) que preludia los títulos de crédito.
Pero bueno. Como digo, pasa un año y empiezo a mosquearme. No me llaman. Desde que quitaron las listas de espera, no hay manera de saber cuándo te van a llamar, porque la cosa es así: yo quito las listas de espera, pero te llamo cuando te llame, con lo que benditas fueran las listas de espera, porque por lo menos podías cagarte en el Servei por tenerte catorce meses esperando; ahora te cagas en ellos cada vez que piensas en el asunto, y no tienes manera de saber si te van a llamar mañana o el día de tu jubilación.
También es cierto que mi salida del pisito compartido de la calle Arizala ha sido accidentada; no la salida en sí, sino los trámites posteriores, la devolución de la fianza. Nuestra casera nos da largas con el tema, llegamos al extremo de ponerle un burofax para recordarle que no devolver la fianza es un delito de apropiación indebida y que ella misma, con lo que sólo conseguimos que se encabrone con el asunto y no nos devuelva ni un puto duro. Y en esas seguimos, año y medio después. 
Comienzo a sospechar que la citación me llegó hace unos meses, o incluso hace más de un año, pero que la ex casera de marras me incautó la notificación; no porque fuera esa notificación en concreto, sino porque no nos ha devuelto ni una sola carta, y me consta (por Margarita la portera) que de vez en cuando se lleva nuestro correo del buzón y le dice que ya nos lo dará.
Total, que todo esto me lleva a tomar una decisión que debí haber tomado tiempo antes: comunicar  mi nueva dirección a mi centro de atención primaria y al servicio de Hematología del Hospital Clínico. Por separado, porque no cruzan datos, así que doble trabajo.
Y ni por ésas me llega la llamada para que vaya a dejarles La Muestra. 


Regreso a la consulta de mi médico de cabecera, vuelvo a exponerle el asunto y me comenta que los plazos de espera son amplios, y que muy bien pudiera ser que aún no me hubiesen llamado para hacerme el seminograma. No obstante, me hace otro volante, y a esperar.
Pero me acuerdo de cómo era el protocolo la vez anterior y le pregunto:
--¿Y esto... me lo hacéis..., quiero decir, me lo hago aquí, o tengo que ir al Clínico?
--Pueeeees... --contesta, como si la hubiesen pillado en falta--. Pues no lo sé --contesta, consciente de que la he pillado en falta--. Espera que pregunte. 
Busca el número en cuestión, descuelga, yo pienso "Lo va a hacer, lo va a hacer" y, para confirmar mis temores, lo hace. Se levanta, abre la puerta y, en el pasillo, le comenta al celador:
--Oye, que ahora te mando a un chico que quiere hacerse un seminograma. La extracción de La Muestra... ¿la tiene que hacer aquí, en su casa o en el hospital?
Y el celador le responde, en una sala de espera abarrotada:
--Ah, sí, dile a ese chico que venga ahora, y le cuento cómo tiene que hacer lo del seminograma y dónde tiene que extraer La Muestra.
Puede que no ocurriese exactamente así, pero bueno, uno se pone muy paranoico cuando hablan de según qué cosas con público delante y tiende a magnificar las situaciones. El caso es que la puerta estaba abierta. Bueno, entreabierta.
Un cuarto de hora después, con toda la sala de espera presenciando la escena (esta vez sí), el celador me aclara que no, que esas pruebas ya no se hacen en el centro de atención primaria.
--El asunto es que los espermatozoides tienen un período de vida muy limitado, y por eso es importante que estén en las mejores condiciones posibles. Tienes que extraer La Muestra en el servicio de Ginecología del Hospital Clínico... --Enarbola la hoja del protocolo que me ha dado la médico de cabecera--: Y ya sabes, tienes que observar de tres a cinco días de abstinencia sexual, porque de lo contrario corres el riesgo de que La Muestra sea inútil y debas regresar de nuevo.
El celador dice "abstinencia sexual", pero en la hoja de protocolo pone "abstención sexual", lo cual es un contrasentido. ¿Qué coño quiere decir "abstención sexual"? ¿Eso no era la castidad? 


Guardamos los días preceptivos de abstinencia (que no de abstención, ya que somos votantes activos; como mucho, de voto en blanco) y nos plantamos en el servicio de Ginecología del Clínico el día y a la hora en que nos habían citado. La redacción de la hoja informativa es tan nefasta que a primera hora de la mañana me asaltan las dudas: ¿seguro que tengo que hacerlo allí? Tal como está redactado, da la impresión de que tengo que depositar La Muestra en recepción a las nueve de la mañana, con independencia de la hora para la que tuviera cita. A ver si voy a tener que regresar otro día, y Cristina ha pedido el día libre para nada...
Llamo y me confirman que no, que lo había interpretado bien, que tengo que presentarme allí en, digamos, ayunas, y dejarles La Muestra in situ.
El servicio de Ginecología del Clínico tiene todo lo que cabe esperar en la sala de espera de un servicio de Ginecología: muchas mujeres, algún que otro marido, y nosotros dos. 
--Buenas, que tenía hora para esta prueba...
La enfermera del control grita a su compañera:
--¡Oye, que aquí hay uno que viene a hacerse un seminograma! --Una vez han intercambiado un comentario en voz baja, me mira, suspicaz--: ¿Y a ti quién te ha encargado esta prueba?
--Yoo..., estooo..., mi médico de cabecera.
No veo dónde está el problema. ¿Por qué motivo no puede una médico de cabecera encargarme un seminograma?
--Bueno, mira, aquí tienes el bote donde debes obtener La Muestra. Allí al fondo hay unos servicios de caballeros.


Omitiré comentarios. No se trata de un apartado exótico preparado ex profeso para la ocasión. Dado que el Servei Català de Salut funciona bastante mejor que la sanidad pública madrileña, lo único que pedía era una puerta que cerrase con un pestillo como Dios manda (y no con la puta trabilla del Ramón y Cajal), a salvo de celadores inoportunos y, por supuesto, con el material gráfico puesto al día, las hojas sin pegar y, sobre todo, de calidad. No sé, no hablo de un vídeo de Traci Lords cabalgando desaforada sobre el palitroque de Ron Jeremy, pero con un Playboy recientito ya me iría bien; tampoco es pedir demasiado, digo yo.
Pero no. No es que esto sea un lavabo de caballeros, situado en el servicio de Ginecología, el lugar dispuesto para este tipo de pruebas, sino que se trata del lavabo de caballeros del Servicio de Ginecología. Está en medio de un puto pasillo, al lado del servicio de señoras, a cinco metros de las sillas de la sala de espera. Menos mal que  quien diseñó el edificio de consultas externas del Clínico tuvo la delicadeza de no juntar Ginecología con Pediatría, porque de lo contrario haría ya tiempo que habrían salido en la prensa.
Cristina me desea suerte y yo me arremango, literal y figuradamente, dispuesto a que la experiencia sea menos traumática que en el Ramón y Cajal, once años antes.
La primera en la frente: sólo hay un váter.
Me lavo las manos, entro en el váter y hago todo lo que se puede hacer para que la cosa salga bien. 
Echo el pestillo. 
Me aseguro de que el pestillo funciona correctamente.
Me quito el abrigo sin prisa pero sin pausa.
Lo cuelgo en un gancho instalado allí a tal efecto. A la tercera, porque parece diseñado para chaquetitas ligeras, pero lo consigo colgar.
Levanto la tapa del váter.
Tiro de la cadena.
Me cago en lo guarra que es la gente.
Dejo el botecito sobre la cisterna.
Abro la tapa del botecito.
Compruebo que hay papel higiénico, arranco varios cuadraditos y los dejo a mano.
Evalúo la situación y decido, sobre la marcha, que lo haré de pie.
Me saco la chorra.
Decido que no, que mejor me bajo los pantalones.
Procedo.
Me asfixio un poco, porque lo hago de manera tan silenciosa que caigo en la cuenta de que llevo un rato sin respirar.
Intento acompasar un poco la respiración y no hacer demasiado ruido.
Alguien intenta abrir la puerta.
Tiro de la cadena, para ganar tiempo.
Ese alguien continúa allí. Sigue intentando abrir la puerta, y tengo que atajarlo con un "¡Eeeeh!".
No está meando ni lavándose las manos. O sea, viene a hacer lo mismo que yo.
Genial, lo que me faltaba: que me metan prisa.
Vuelta a empezar.
Vuelvo a tirar de la cadena.
La cosa continúa como cabe esperar, aunque omito detalles escabrosos y/o explícitos. Sustituyámoslos por una elipsis sonora: pocos minutos después, vuelvo a tirar de la cadena. 
Lo recojo todo, y me guardo el botecito en la bolsa que había pertrechado a tal efecto.
Maldita sea, el bote no se tiene en pie y se escora a un lado. Veo mi vida desfilar ante mí en cámara lenta.
¡Noooooo!
Hago una parada que ni Iker Casillas. Decido meter el bote en el bolsillo del abrigo, y sostenerlo con la mano derecha.
Ahora sí, ahora está todo.
Me dispongo a salir al mundo exterior...
... y me encuentro con dos señores haciendo cola. Uno, cuarentón holgado. El otro, melanodermo radical de unos treinta y pocos.
Los dejo atrás. Cristina no se sobresalta especialmente cuando me ve, así que debo de estar poco sudado y con cara de persona normal. De hecho, hasta comenta que he tardado poco tiempo. Entonces le comento que he tenido que darme prisa porque había más gente aguardando.
--¿Y sólo hay un váter? Ya puede ser, porque han entrado dos señores y ninguno de ellos ha salido aún.
Deposito La Muestra en el mostrador, valga la redundancia, y la misma enfermera de antes me mira con cara de mala hostia.
--¡No, ahí no lo dejes! Ya te llamaremos.
Nos sentamos. Pasan los minutos y allí no nos llama ni dios. Vuelvo al mostrador y la enfermera me indica en qué puerta debo esperar. Nos plantamos ante la puerta, y estamos al quite, pero allí no llaman a nadie y las parejas entran y salen, supongo que por ciencia infusa, o porque tienen muy interiorizado el concepto de reloj biológico. Aprovechamos que nos confunden con otra pareja y entramos.
La enfermera me mira con cara de mala hostia, abre la puerta y me dice, de manera que todo el mundo lo escuche:
--No, para lo del seminograma ya te llamaremos.
No tardamos ni dos minutos en decidir que no es que me tengan manía, sino que hacen lo mismo con todo el mundo: ahora le toca al señor que estaba esperando turno en el lavabo mientras yo hacía mis cositas.
--Me confundí con otra persona --se disculpa, a continuación. Y llama a una enfermera que nos lleva aparte y tiene el detalle de conducirnos al pasillo de uso exclusivo de personal del hospital. Una vez allí nos disponemos a que me efectúen un amplísimo tercer grado, similar al del Ramón y Cajal, en el que detalle mis usos y costumbres sexuales. 
En vez de eso, me tienden una hoja fotocopiada, que encima es la misma que me habían dado en el centro de atención primaria:
--Firma aquí.
En cuanto estampo la firmita (encima de una bandeja llena de instrumental médico), la enfermera me tiende unas etiquetas.
--Hala, tú mismo.
Asistido por Cristina, porque estoy temblando de los nervios de otro modo las etiquetas se me habrían caído al suelo, las pongo de cualquier manera, pues tengo más o menos la misma libertad de movimientos que las señoras de la limpieza en la escena del camarote de los hermanos Marx, y acto seguido la enfermera deposita La Muestra en la bandejita, de manera desabrida. No se le ha caído al suelo de puto milagro. Y, no es por nada, pero La Muestra tiene un color cada vez más amarillento y una textura cada vez más líquida. Parece una muestra de orina. A ver si con la gilipollez se van a morir mis pequeños guerreros y voy a tener que regresar otro día a lanzar un nuevo desembarco de Normandía...
Me dan el teléfono de la persona de contacto, y me dicen que llame en cosa de una semana. Cosa que hago.


Regresamos unos diez días después, a recoger los resultados. No nos habían dejado claro si nos los enviaban por correo, o qué. Llamo, me dicen que tengo que ir a recogerlo en persona, con el DNI, y para allá que vamos.
Pero antes...


Subo a Industriales de la UPC, donde he quedado con Emmanuel, mi ex compañero mexicano de piso, que está de paso por Barcelona antes de regresar a México lindo y hermoso. A la altura de Riera Blanca me llaman al móvil. Me da un vuelco el corazón, porque es de casa de mi madre, y a esas horas mi madre está dormidísima, con lo cual el hecho de que me llamen sólo puede significar malas noticias.
Como el teléfono móvil es nuevo, y aún no sé muy bien cómo funciona, consigo colgar en vez de responder. Entra un mensaje: tengo un recado en el contestador. Devuelvo la llamada. Comunica. Me dispongo a escuchar el mensaje. Suena el "pi, píiii" de una llamada, pero, como lo tengo descolgado, salta como llamada perdida. Vuelvo a llamar y vuelve a salirme el tono de comunicando. Consigo escuchar el mensaje. 
Acaban de recibir una llamada del Ramón y Cajal. Del Banco de Semen. Que tienen un recuerdito mío desde hace años y que, una de dos, o voy inmediatamente a dejar una muestra o destruyen la que tienen. A continuación me dan el número de teléfono.
Llamo, hablo con la cuidadora de mi madre y le cuento un poco por encima el porqué de la llamada y de mi muestra madrileña. 
No me da tiempo a llamar antes de la comida. Lo hago en cuanto llego a casa.
--Diga --responde una voz como a desgana.
--¿Es el Banco de Semen del Ramón y Cajal? --pregunto, por pura precaución, no vaya a ser que haya apuntado mal el número de teléfono, y esté hablando con la archidiócesis de Madrid-Alcalá o con la sede del Foro de la Familia, o qué sé yo--. Mire, que llamo porque tengo una llamada de ustedes y...
--Eso es de nueve a una. --Y cuelga.
Pues qué bien.
Ahora tengo un problema. Resulta que me acabo de hacer un seminograma en Cataluña,  cuyos resultados aún no tengo y podrían ser desalentadores, y me llaman de Madrid por el mismo motivo, solo que no me apetece ni por asomo gastarme varios cientos de euros en un viaje exprés a Madrid con la única finalidad de pelármela a disgusto. ¿Qué hago? ¿Pongo en marcha un Pajilla Spanish Tour 2010, para dejar muestras por doquier, o voy paso a paso, y tomo una decisión sólo cuando tenga los resultados del seminograma de Barcelona?
Llamo a la mañana siguiente al Ramón y Cajal, y me exponen la situación de una manera incluso desagradable.
Mi obligación era ir allí a dejar una nueva muestra.
La muestra que tienen lleva allí demasiados años, y poco menos que incordia.
Les da igual que yo no viva en Madrid: me han llamado todos los años. (Lo cual es mentira, pero bueno.)
O voy ya mismo a dejar una muestra o les envío un fax autorizando la destrucción de las muestras ya existentes. Me dan el número de fax y me dictan lo que tengo que escribir.
Definitivamente, la sanidad pública catalana es algo menos inhumana que la madrileña.
Por otro lado, si no pueden destruir las muestras sin mi permiso expreso, no les hará ningún mal (aunque tampoco les hará ni puta gracia) dejar pasar una semana. Por muy bordes que se me pongan y mucha prisa que me metan, si yo no digo que destruyan, no pueden tocar ni un pálido y aterido espermatozoidito mío.
Empiezo por donde hay que empezar. 
Vamos al Hospital Clínico y recogemos los resultados.
--¿Y se puede saber quién te ha encargado la prueba?
--Mi. Médico. De. Cabecera --respondo, dejándolo claro, porque ya no sé ni cómo decirlo--. El otro día me dijeron que preguntara por Menganita.
--Pues espérate aquí. Escolta, Menganita!!! --interpela a otra enfermera, a voz en grito, delante de toda la sala de espera--. T'en recordas d'aquell seminograma que...?
Total, que nos mandan a esperar un rato, veo cierto trajín en el control y me llaman con la mirada.
--Aquí está.
Y me tiende un sobre, que recojo.
Quiero preguntarle si eso es todo, si tengo que hablar con algún especialista o si me van a contar de viva voz los resultados.
--Bon. Dia --me despacha, sin margen para continuar la conversación.
Definitivamente, la sanidad pública catalana es igual de borde que la madrileña.
Vamos al rellano de la escalera y abrimos el sobre con premura. Como era previsible, hay una ristra de tablas y cifras... ¡sin apenas valores de referencia!
No obstante, hay un detalle que no se nos pasa por alto: la valoración general es "formas normales". Podemos respirar tranquilos y, más importante aún, enviar el puñetero fax al Ramón y Cajal para que destruyan tranquilamente mis pequeños Han Solos conservados en carbonita, o nitrógeno, o lo que sea. 
Ya en casa, y Cristina en el curro, miramos por internet y nos encontramos con un detalle que nos da que pensar: al parecer, hay un tipo de espermatozoides que están muy bajos, y, aunque el promedio es normal, no terminamos de quedarnos tranquilos.
Resulta que hay cuatro tipos de espermatozoides, a los efectos de un seminograma:
Los progresivos rápidos (tipo a), que son las auténticas tropas de élite del Cuerpo de Espermatozoides. Son los sardaukar, los ninja, los marines, los espartanos, los Chuck Norris con cola y ADN. Tienen una Misión y están dispuestos a cumplirla.
 
Los progresivos lentos (tipo b), que son el cuerpo de zapadores. Saben adónde van, y están dispuestos a lograrlo, pero prefieren ir a su ritmo. No están entrenados como lo están los rápidos, y saben que no tienen muchas posibilidades en el cuerpo a cuerpo, pero son imprescindibles para que la batalla se pueda culminar con éxito. Y, en caso de necesidad, si los progresivos lentos perecen en alguna emboscada hormonal, están tan capacitados como ellos para alcanzar sus últimos objetivos.
Los no progesivos (tipo c), que son la retaguardia. Ven el combate a lo lejos, y lo más que pueden hacer es animar a distancia y ver los combates por la tele. No es que no quieran ir, es que están muy lejos y pa qué van a molestarse en ir, si no tienen nada que hacer; a ver, que no es por no hacerlo, si hay que ir se va, pero ir pa ná es tontería.
Y, por último, los inmóviles (tipo d), que son los no aptos para el combate. Están pero es como si no estuvieran.
Por utilizar un símil menos bélico, podríamos decir que los del tipo a son Bernard Hinault o Eddie Merckx en sus buenos tiempos (caníbales sedientos de victoria), los del tipo b son Miguel Induráin (subiendo a su ritmo, sin obsesionarse por los demarrajes insensatos de Claudio Chiapucci o Gianni Bugno, ellos atacan y quien pueda que los siga), los del tipo c son Perico Delgado justo después de que le dé la pájara por haber atacado cinco kilómetros o dos puertos antes de tiempo, y los de tipo d, pues bueno, son gente como yo mismo cuando me ponen delante una bici de carreras y me dicen que suba el Tourmalet, sin ir más lejos.
La suma de mis espermatozoides a y b entra dentro de lo normal; sin embargo, los del tipo a están algo por debajo de los valores que se dan como normales, mientras que los del tipo b tienen un porcentaje algo mayor que el digamos deseable. Mis chicos se lo toman con calma y sin estresarse, prefieren caminar a correr, no se puede decir que destaquen por su espíritu competitivo y desde luego se detienen de vez en cuando para sacar fotos y contemplar el paisaje. Por lo menos, no son de los que se quedan en el bar tomándose una caña mientras los inquietos progresivos deciden ir de excursión.
Decidimos salir de dudas, así que pido hora a una especialista para que me dé su opinión de experta. Y lo que escucho me satisface: el porcentaje de los progresivos rápidos es normal, resulta irrelevante que haya más del tipo b, y en estos casos lo que cuenta es la cantidad, más que la calidad: el volumen es más que suficiente para garantizar que, si los dejáramos actuar, mis soldados del amor podrían conquistar el baluarte sin mayores complicaciones, haciendo gala de una superioridad numérica más que holgada. Son tantos que, por pura estadística, alguno conseguirá acercarse a la chica, llegado el caso.
Así pues, por fin puedo quitarle un peso de encima al Ramón y Cajal. En cuanto pueda les envío el fax de marras.
Y antes de que os pongáis estupendos y hagáis cábalas: no, no estamos en ello. Pero, dado mi historial clínico, cabía la posibilidad de que yo me hubiese quedado estéril a raíz de la quimioterapia, que esa esterilidad fuera permanente y que, por lo tanto, fuera necesario recurrir a La Muestra que guardo en el Ramón y Cajal. Por lo tanto, queríamos salir de dudas. Fin de la historia masturbatoria... espero.

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9 Comments:

Blogger Cristina said...

XDDDDDDDD

Pajilla Spanish Tour 2010

Eso hubiera sido un puntazo :DDDD

Bueno, ahora sabes que puedes. Sólo falta el querer :DDDD ;)

11 de noviembre de 2010, 18:10  
Blogger Juanma said...

¡Pero sin botecitos de por medio, y lo más lejos posible de los lavabos de un hospital! XDDDD

11 de noviembre de 2010, 18:13  
Blogger estudiodecine said...

por fín se habla de pornografía en tu blog ! aunque sea de refilón, gran entrada juanma !

11 de noviembre de 2010, 19:44  
Blogger Kotinussa said...

Ay, cómo echo de menos estos post tuyos de "heridas y cicatrices". Me da cargo de conciencia porque sé que detrás de cada uno de ellos hay bastantes malos ratos pero, en fin, se trata de malos ratos ya superados. No soy tan mala persona, lo que sucede es que te han pasado cosas muy divertidas. Tú lo entiendes, ¿verdad?

11 de noviembre de 2010, 22:48  
Blogger Albórbola said...

Yo a esos que dicen que van a destruir tus gametos en el fax les diría:
Tengo un tío que se llama Rouco y vas a ir a la Espe, que al final es la que te paga".

12 de noviembre de 2010, 14:14  
Blogger Juanma said...

estudiodecine, la pornografía es necesaria en un blog que se llama Pornografía Emocional y que está especializado en el porno emocional. Y ¿cómo hablar de estas cosas sin incurrir en la pornografía, emocional o no? :-)

12 de noviembre de 2010, 17:04  
Blogger Juanma said...

Koti, claro que lo entiendo; además, no hablaría de estas cosas si todavía me hiciesen pupa.

Lo que pasa es que ya se me va terminando el arsenal de heridas y cicatrices. Veamos qué falta: casi me desangro cuando aprendía a andar y me comí toda una cristalera (muchos puntos de sutura), subidón de acetona con cinco años (varios días en el hospital, y prohibición de comer chocolate durante cerca de diez años), miopía, escoliosis (con corsé y todo), alguna visita al dentista, alergias, neumonía y operación de hipospadias.

Bueno, la verdad es que sí que queda material para una docena de entradas emocionantes y absurdas a partes iguales. :-D

Besos. :-**

12 de noviembre de 2010, 17:07  
Blogger Juanma said...

Albórbola, no les des ideas, que en Madrid están a la que salta para objetar, desde ese gran clásico que es negarse a venderte anticonceptivos aunque vayas con receta médica hasta... vete a saber qué será lo próximo.

12 de noviembre de 2010, 17:09  
Anonymous Carneiro said...

Yo no pico. Sé que todo esta biografía descarnada no es más que un hartero plan para mostrarnos la calidad superior de su esperma y, subjetivamente, lo machote que es.

16 de noviembre de 2010, 17:25  

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