jueves, 4 de noviembre de 2010

Heridas y cicatrices: Por un puñado de semen (I)


Cuando tengo la imaginación desbocada me da por pensar memeces. Por ejemplo, ¿cómo sería este blog si yo hubiera nacido unos cuantos años antes, o después? ¿Existiría Pornografía Emocional si yo hubiera nacido en Estados Unidos? Visto lo visto en las elecciones legislativas de ayer, lo dudo: yo estaría fiambre desde hace bastantes años. Mi abultado historial clínico, unido a la inexistencia de una Seguridad Social tal como se conoce en Europa Occidental, habría hecho que en algún momento yo me hubiera ido al otro barrio, pues no habría dinero para pagarme los tratamientos, que, obviamente, Medicare no cubriría. Tratamientos que tengo la inmensa suerte de haber podido disfrutar, y que no sé si existirán dentro de veinte años o (más bien) si estarán a mi alcance. 
A fecha de hoy, movimientos como el Tea Party, alguno de cuyos representantes tal vez ocupe la presidencia de Estados Unidos en 2012 o 2016, se dan de hostias con el concepto de Seguridad Social universal de que disfrutamos en este lado del Atlántico. Asimismo, el Pacto de Toledo no parece que vaya a dar para mucho, y está por ver cuántas de las pruebas médicas que la Seguridad Social cubre a fecha de hoy estarán al alcance de un currito de clase media como yo, pongamos que dentro de diez o quince años. No cuento nada que no esté pasando aquí y ahora. Aunque, quién sabe, con los contactos adecuados...
Así pues, redefino las preguntas que hacía en el primer párrafo. ¿Cómo sería este blog, en un futuro hipotético, si yo hubiera nacido, pongamos por caso, en 2010? ¿Existiría si yo hubiera nacido en Estados Unidos?
En ambos casos, la respuesta es pesimista: no, no existiría, porque lo más probable es que yo estuviera criando malvas, a raíz de alguna de las enfermedades que he padecido durante estos cuarenta años, y que, con otro sistema de Seguridad Social, no podría permitirme el lujo de superar. Un cáncer, por ejemplo.
Además, en un hipotético Estados Unidos gobernado por los Tea Party me habrían linchado por hacerme una prueba en concreto, la que quiero comentar en esta entrada. En primer lugar, porque supone cargar sobre los contribuyentes un gasto que, según ellos, debería permanecer en el ámbito privado: el Estado no debe hacerse cargo de la sanidad. Y en segundo lugar, porque implica cometer un pecado que, en todo caso, los Tea Party consideran adulterio, incluso si se perpetra en el ámbito del matrimonio.


1999

Al grano.
En junio de 1999 me ingresaron en el Hospital Militar Gómez Ulla, aquejado de un linfoma de Hodgkin. Me efectuaron pruebas durante más de un mes, sin que el equipo de excelentes cirujanos torácicos del hospital consiguiera efectuar un diagnóstico definitivo, aunque los síntomas cuadraban. El problema estribaba en que se me había infectado un ganglio y, como resultado de la infección, ninguna biopsia arrojaba resultados concluyentes, ya que todas las muestras estaban viciadas. En un arranque de iniciativa propia digno de teleserie, uno de mis cirujanos aprovechó las vacaciones del jefe de la unidad, partidario de no intervenir mientras no hubiera un diagnóstico concluyente, y que se me había inflamado un ganglio en el cuello para programar una operación que, por suerte, resultó mucho más fácil que la que tenían planeada en principio, y de la que, a juzgar por los detalles que me contaron más tarde, dudo mucho que hubiera salido sin algún tipo de complicaciones. El caso es que extrajeron el ganglio, consiguieron biopsiarlo, los patólogos confirmaron el diagnóstico sobre el que estaban trabajando mis cirujanos torácicos y, una vez hubo quedado claro y demostrado que padecía un linfoma de Hodgkin, me derivaron a Oncología, donde me pasé ingresado todo el mes de agosto y donde me administraron los dos primeros ciclos de quimioterapia. 
No obstante, hubo una pequeña complicación que dio al traste con muchas cosas.
El mismo día en que me dieron el diagnóstico, una prima mía que es médico y trabaja en una unidad de fertilidad me lo planteó a las claras:
--¿Has pensado en congelar esperma?
Como es lógico, aquello me pilló completamente a contrapié.
No supe qué responder.
--Es muy sencillo. La quimioterapia afecta de manera especial a los tejidos más blandos y débiles. Por eso se suelen caer el pelo y las uñas, pero lo que la gente no sabe es que también te puedes quedar estéril, y esa esterilidad puede ser permanente. 
A continuación me contó que en una clínica de unos amigos suyos me podían hacer un seminograma, pues así se llama la prueba, y dejarían las muestras criogenizadas durante el tiempo que resultase necesario. El coste era lo de menos, ya que estaba en juego mi futura paternidad. Y, bueno, de perdidos al río: la cifra picaba, pero era asumible.
Cuando se lo comenté a mi cirujano torácico, le cambió la cara. Era justo el comentario que no quería que saliese a relucir, pues la enfermedad avanzaba a buen ritmo, habíamos perdido demasiado tiempo con las biopsias infectadas y, en resumen, quería que me tratase el mismo oncólogo que estaba tratando a su madre. Pero estábamos a finales de julio, y se iba de vacaciones los primeros días de agosto. Si perdíamos una semana con burocracias, tendría que buscarme otro oncólogo. Y eso fue lo que sucedió.
Un inciso. Yo no trabajaba en aquella época, por lo que era beneficiario de la cartilla de mi padre, que es militar de profesión. Por ese motivo me correspondía el Gómez Ulla. Pero el servicio de Urología del Gómez Ulla no tiene banco de semen, supongo que por aquello de que los militares españoles son machos muy machos, y no necesitan congelar su esperma. Si no, no me lo explico.
El caso es que buscamos alternativas a la clínica de los amigos de mi prima, y resultó que el Gómez Ulla tenía un convenio con el Ramón y Cajal, de modo que podía intentar hacerme el seminograma allí. Movimos papeles (los movió mi madre, quiero decir: yo estaba ingresado) y me dieron día y fecha para realizar la prueba, todo ello en un tiempo récord, pues, como he dicho, el linfoma avanzaba a muy buen ritmo y no podíamos arriesgarnos a retrasar más el inicio de la quimioterapia.
Debo decir que el verano de 1999 ha sido uno de los peores que recuerdo. Supongo que la enfermedad debió de influir, claro está. Recuerdo con horror las altas voluntarias de fin de semana, viajando en taxis, bajo el inclemente sol madrileño de julio y agosto, pasando bajo termómetros que marcaban más de cuarenta grados. Si a ello le sumamos el que suelo sudar como un cerdo en cuanto doy dos pasos, y que uno de los síntomas del linfoma consiste precisamente en un exceso de sudoración, comprenderéis que aquél fue uno de los veranos en que más he sudado en clima seco (dejo aparte los veranos de Barcelona, que son otra cosa).
Me dieron hora. El día 2 de agosto. Con ello queba claro que no me podría tratar el oncólogo que habría preferido mi cirujano torácico, quien estaba con caras muy, muy largas. 
Pedí un alta voluntaria, trámite que hay que seguir cuando sales del hospital, aunque sea para ir al estanco de la plaza a comprar gominolas. Me acompañaban Enrique, mi hermano, que conducía, y Laura, mi novia de entonces. Hicimos una escala técnica en una librería de Argüelles, donde me compraron un libro (La Diosa Blanca, de Robert Graves), y continuamos camino hasta el Ramón y Cajal.
Una vez en la unidad de Andrología del Ramón y Cajal, preguntamos por el banco de semen. Cuando dimos con la puerta correcta, me indicaron que me acercara al mostrador, me abrieron historial y me sometieron a un test rutinario: con qué frecuencia tenía relaciones sexuales, con qué frecuencia me masturbaba, etcétera. A continuación me proporcionaron el bote para obtener la muestra (fino eufemismo de ya os podréis imaginar qué) y me dijeron dónde tenía que obtenerla.
Despedidas como si me fuera a la guerra, ánimo machote, y al toro.
El lavabo era la cosa más cutre y casposa que he visto en un hospital, o al menos así lo recuerdo. No había ni pestillo, tan sólo una trabilla que tenía pinta de haber sido forzada en alguna que otra ocasión. Encima del urinario había un enorme toallero no excesivamente bien surtido de revistas pornográficas. Hojée algunas, y eran recortes de viejas Lib y Penthouse de los años ochenta. Rebusqué durante un ratito, y nada.
Misión imposible.
Así pues, los siguientes segundos (o tal vez minutos, porque perdí la noción del tiempo) consistieron en ponerme de acuerdo conmigo mismo acerca de qué postura adoptar para recoger la muestra. 
¿Sentado o de pie?
Llegados a este punto debería desarrollar el asunto y hablar de mis hábitos, pero creo que sería información innecesaria. Este blog se llama Pornografía Emocional, pero uno tiene su dignidad. 
El caso es que, tras un lapso de tiempo que me pareció interminable, decidí tomar la muestra sentado.
Me puse manos a la obra, nunca mejor dicho.
Y, de nuevo nunca mejor dicho, un celador irrumpió en el lavabo y me pilló con las manos en la masa.
--Uy... Perdón... --Y se fue.
Aproveché el momento para echar la trabilla de la puerta, y vuelta a empezar. 
Fue un puto suplicio, perdonad mi lenguaje. Puede tener mucha gracia si lo cuentas, o si te lo cuentan, o si lo ves en una peli y ésta la protagonizan Ben Stiller, Zack Galifianakis o Jack Black, y la dirigen los hermanos Farrelly o Todd Phillips. Pero cuando estás en situación, os aseguro que No Tiene Ni Puta Gracia. O sí, pero no la sabes apreciar, que también podría ser.
Total, que, mal que bien, y tirando de ósmosis y de vasos comunicantes, ya que no de pasión ni libido, aquello salió adelante.
El momento de culminar la toma de la muestra se acercaba, y, justo antes de que fuera demasiado tarde, reparé en que el bote no estaba abierto; además, con los nervios, y ciertas desviaciones con respecto a la forma, tamaño y trayectoria ideales para la obtención de la muestra en condiciones ideales, conseguí de puto milagro que la muestra cayese en el bote y no se perdiese material genético.
Lo que os estoy contando hasta ahora parece una hazaña, ¿verdad?
Pues no, ni mucho menos: la verdadera hazaña consiste en limpiarte y secarte en un lavabo en el que no hay ni un puto pañuelo, papel de váter, papel de baño ni, en general, objeto alguno de celulosa. Tan sólo había un par de toallas, y no parecían estar especialmente limpias, además.
Menos mal que no me dio por lavarme la cara. Dejémoslo ahí.


Lo siguiente que recuerdo es el mostrador del banco de semen, y un periplo interminable por Administración, ya que en rigor yo no pertenecía al régimen general de la Seguridad Social y tenía que hacer varios papeleos para que la muestra quedara almacenada en el Ramón y Cajal. 
No obstante, parece que todo fue mucho más enjundioso.
Según me contaron, comenzaban a preocuparse por mi tardanza cuando me vieron irrumpir en el mostrador. Iba con la camisa por fuera, la espalda empapada de sudor, respiración agitada y cabello revuelto y sudoroso como si acabara de salir de una sauna. 
--¡Que ya ejtá! --dije, mientras depositaba la muestra con brusquedad, casi violencia.
La enfermera se quedó mirando el bote durante una fracción de segundo, y comentó:
--¿Ya está? 
En este punto, las versiones difieren, porque yo juraría que en realidad dijo: "¿Nada más que esto?", y pensé algo así como: "¿Y qué cojones quieres? ¿Un litro de leche merengada?".
A continuación me hicieron firmar un protocolo de consentimiento y me mandaron a Administración mientras analizaban la muestra. Con el esperma recién recolectado se podrían obtener entre tres y cinco dosis, que se congelarían en nitrógeno, y se guardarían para utilizarlas eventualmente en caso de que me quedase estéril por culpa de la quimioterapia. 
Era importante que todo estuviese en orden, porque si por algún motivo la muestra no era válida, tendría que regresar allí a dejar otro regalito, lo que retrasaría el inicio de la quimioterapia de tres a cinco días, que es el plazo que se considera razonable para que los espermatozoides se renueven.
Más o menos una hora después, y con todos los papeleos felizmente resueltos, subí al banco de semen. 
--Verás... --comenzó la enfermera, y llegados a ese punto me temí lo peor--. El caso es que no hace falta que vuelvas... Nos han salido... quince dosis... Vamos, que no es necesario que vuelvas. Ya nos pondremos en contacto contigo.
Así pues, y una vez resuelto aquel embarazoso trámite, esa misma tarde me trasladaron a la planta de Oncología, donde se dispuso que la quimioterapia comenzase al día siguiente.
Y yo pude, por fin, culminar aquel día de locos celebrando mi vigésimo noveno cumpleaños con un poquito de dignidad. 



Videos tu.tv

(Continuará.)

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4 Comments:

Blogger Cristina said...

La verdad es que da cosa comentar esta entrada, jooooooooooo, me siento culpable por reirme :P

:****

4 de noviembre de 2010, 10:26  
Blogger Juanma said...

No pasa ná. Bien mirado es gracioso, pero en aquel momento no tenía ni pizca de gracia. :-****

4 de noviembre de 2010, 11:03  
Blogger Albórbola said...

Yo también me he reído. Lo siento si es que hay que sentirlo,pero era de esas risas terapéuticas y solidarias.

4 de noviembre de 2010, 13:21  
Blogger Juanma said...

Esas risas son las mejores. :-)

4 de noviembre de 2010, 22:05  

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