viernes, 27 de noviembre de 2009

Hacia el infinito... ¿y más allá? (La ciencia ficción española en 1991). (4 de 4)



Hubo un tiempo en que el hoy llamado barrio del Raval se denominaba Barrio Chino. Eran tiempos diferentes, en que Barcelona era una ciudad portuaria, una acumulación de mugre y canallesca que, narcotizada por los vapores de la absenta y el aliento a cebolla y vinazo de las putas borrachas de la Rambla, se empeñaba en darle la espalda al mar. Biscúter se le insinuaba a la Charo. Carvalho quemaba los libros que Méndez se había dejado en bares de murcianos o extremeños de paredes recubiertas con pósteres ajados de Tarzán Migueli. El Makinavaja asaltaba a un marinero tuerto que se había extraviado por la calle d’en Robador. Los ateneos libertarios vivían tiempos difíciles, pasado el repunte de actividad de la Transición, y anhelaban la quema de iglesias, los épicos tiempos de los refugios antiaéreos y el exilio.
El límite de aquel Barrio Chino se encontraba en las Rondas, el antiguo contorno de las murallas. En uno de los extremos (el final de la ronda de Sant Pere) se halla la librería Gigamesh, junto al Arco del Triunfo, la primera advertencia de las autoridades locales de que Barcelona tenía que dejar de ser una ciudad autista y mirar al mundo exterior. El Arco del Triunfo marcaba el inicio del recinto de la Exposición Universal de 1888.
En el otro extremo de las Rondas se halla el mercado de Sant Antoni, al final de la ronda epónima. Los domingos por la mañana se llena de bibliófilos y coleccionistas que acuden a las casetas de venta (paradas, las llaman los nativos) para hojear y comprar, cambiar y revender los más variados objetos susceptibles de ser coleccionados: videojuegos, cromos, tarjetas postales, cómics, revistas pornográficas y, cómo no, bolsilibros de ciencia ficción, números casi olvidados de Nueva Dimensión y ejemplares inencontrables de las colecciones Infinitum, Nebulae Primera Época o Galaxia de Vértice.
Si lo que te trae a Barcelona es el coleccionismo de discos, necesitas acercarte a la calle Tallers, que arranca en la plaza de la Universidad y termina en la Rambla. En 1991 era Barrio Chino, pero más civilizado, más cosmopolita, más Ramblas.
¿Qué le sucedió al Barrio Chino? ¿Por qué dejó de ser el barrio indeseable del que cualquier persona en su sano juicio huiría, cualquier cosa antes que dejarse atracar en un oscuro callejón, y empezó a llamarse Raval, y a llenarse de inmigrantes marroquíes y paquistaníes, carnicerías halal y restaurantes döner kebab, universitarios alemanes de Erasmus y perroflautas de los que salen al parque de la Ciudadela para tocar el tam-tam los domingos por la tarde?
La respuesta es de lo más prosaica: los Juegos Olímpicos de 1992. Las mejores olimpíadas de la historia cambiaron la fisonomía de la ciudad, la abrieron al mar y la convirtieron en una urbe agradable y vivible. Se rehabilitó el casco antiguo, en un proceso lento pero implacable que le quitó unas señas de identidad pero le imprimió otras, más adaptadas a los tiempos modernos. Barcelona dejó de ser extrarradio y pasó a ser epicentro.
Era una cuestión de justicia poética el que Barcelona, la misma ciudad que había acogido la primera hispacón de la historia, la de 1969, acogiera también la primera hispacón del boom de los años noventa.
Si abandonas la Rambla a la altura de la calle Bonsuccés, dejando atrás las tiendas de discos, la bocacalle que conduce a La Ovella Negra y la plaza porticada que acoge las dependencias de la policía municipal, te adentras en la calle Elisabets. Allí puedes ver un antiguo convento, reconvertido en la librería más bonita y mejor parida de España, la Central del Raval. Al final de la calle Elisabets te encontrarás con el FAD, otro antiguo convento, pero reconvertido en bar moderniki y sala de exposiciones. A tu derecha, una plaza enorme en la que lo viejo y lo nuevo conviven de manera ejemplar. Esa mole, que al viandante madrileño le recordará al Reina Sofía, es el MACBA, el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. En esa explanada alucinante conviven los skaters con los grafiteros, que hasta hace poco peregrinaban desde toda Europa para pintar en los muros de las obras de las actuales facultades de Filosofía y Geografía e Historia. Cualquier detector de tendencias que se precie vendrá a esta plaza para ejercer sus labores de coolhunting, mientras divisa a los niños paquistaníes que se afanan en jugar al críquet al mismo tiempo que evitan con denuedo hacer saltar por los aires las gafas de pasta del enésimo diseñador de páginas web o traductor autónomo que se les cruza en el camino.
Supongamos que quieres entrar en el CCCB, el Centro Catalán de Cultura Contemporánea. Tendrás que entrar por la calle de Montalegre, en la acera opuesta a las facultades de Filosofía e Historia. Si el MACBA es el Reina Sofía, el CCCB es el Conde Duque. Un enorme patio renacentista, vestigio del antiguo hospicio, le abre paso a un entramado de salas de exposiciones y conferencias. Ya llegaremos al momento en que se celebró el Kosmopolis 2002 y tuve el privilegio de coentrevistar a William Gibson (a quien tuve el prurito de amor propio, o la prudencia, de no preguntarle de qué coño iba Neuromante) y Pablo Capanna, y asistir a una entrevista a Brian W. Aldiss.
Abandonamos el CCCB y, antes de girar a la derecha para enfilar a la calle Tallers y la plaza de Castilla, y con ello abandonar el Raval por la plaza de la Universidad, nos detenemos en el Centro de Recursos e Iniciativas Culturales. Es un edificio renacentista, con un patio muy coqueto, que en tiempos fue la Casa de Caridad. Es el único edificio centenario que no ha cambiado un ápice desde que se iniciara la vorágine del 92. Suena paradójico, pero es así: es un edificio antiguo que se sigue viendo antiguo, auténtico. En aquel patio renacentista, sentimos que el tiempo no ha pasado, que la ciudad sigue el curso que hubiera seguido de no haber existido las olimpíadas.
Y, en efecto, como no podía ser menos (pues ésta es una historia de ciencia ficción), cuando salimos de la Casa de Caridad nos encontramos con una realidad alternativa, o con un viaje en el tiempo. Ya no estamos en el pujante Raval del 2007, sino en el Barrio Chino de 1991. El momento es entonces, sólo diez días antes de que Barcelona ingresase en la modernidad, semana y media antes de que el Barrio Chino dejase de serlo y se convirtiese en Raval.
Añadidle una lluvia intermitente y no demasiado agradable. Un tiempo propio de principios de invierno. La premonición de todas las trombas de agua que nos esperaban.
¿Alguien concibe una hispacón sin lluvia?
Julián, Susana y yo llegamos a Barcelona en autobús. No pegué ojo en toda la noche, y la proyección de una película de Ozores no se puede decir que ayudara. Nacho y Pi vivían al lado de la Estación Norte de autobuses, de modo que echamos una minisiesta en su casa, justo antes de llevarme el equipaje a casa de mi tía, en el por entonces decadente Eixample (Ensanche) y hoy en día modernísimo Gaixample, la zona gay del Eixample.
Nacho y Pi eran Ignacio Maroto y Pilar Lebón, los organizadores de la hispacón. Por este motivo se concedió el carnet de socio número 1 de la AEFCF a Nacho (quien, además, fue el primer tesorero de la asociación). El núcleo duro de la junta residía en Madrid: Alberto Santos, el presidente, antiguo coeditor del fanzine Blagdaross y director de las colecciones de fantástico de Edaf; Juanma Barranquero, vicepresidente, quien acababa de abandonar Barcelona porque había encontrado un trabajo en Madrid; y Julián Díez, secretario y coordinador de publicaciones.
La hispacón se organizó en un tiempo récord y, por lo tanto, fue una convención de mínimos. La idea había surgido apenas dos meses antes. Alejo Cuervo era el agente literario de Angélica Gorodischer, de quien el año antes había editado por primera vez en España su obra cumbre, Kalpa imperial, en Alcor, el sello de qualité de Martínez Roca. Angélica iba a estar en España en diciembre, y Alejo sugirió la posibilidad de celebrar una hispacón. Prometió ponerse en contacto con Terry Pratchett, otro de los autores cuyas obras aparecían en las colecciones de fantástico de Martínez Roca. Dicho y hecho. La hispacón tomaba forma.
Por pura lógica (el premio UPC y todo lo demás), el invitado de honor español tenía que ser Rafael Marín. Aceptó.
Todo se hizo contrarreloj. Nacho y Pi, que trabajaban en el Centro e Iniciativas y Recursos Culturales, consiguieron que se les cediese el local, después de haber intentado conseguir el apoyo del Ateneo Barcelonés.
Mientras tanto, la junta de la AEFCF trabajaba desde Madrid y Barcelona para tener a tiempo el primer boletín Pórtico, así como el combozine. Para ello hubo que tener todo el santo día maquetando a Jordi Lorita, picar textos en una época en la que ni siquiera era frecuente el empleo de disquetes, leerse los cuentos presentados al premio Aznar y, ejem ejem, plegar los boletines Pórtico, tarea que realizamos Julián, Susana, Alberto Santos y yo en casa de nuestro bienamado presidente.
Todo era muy artesanal en aquella época.
La lluvia caía sobre Barcelona. Había que buscar las placas conmemorativas para los ganadores de los premios Aznar y el premio especial a la labor de una vida, que se le concedía a Agustín Jaureguízar. Había que montar el chiringuito. Había que conocer y poner cara a los asistentes, 120 en total. Algunos de ellos desempeñaron un papel muy importante en los años siguientes; otros, simplemente, se desvanecieron en el olvido.
El programa de actos fue muy variado. La conferencia de Terry Pratchett resultó desopilante, entre otras cosas gracias a la brillantísima traducción simultánea que realizó Albert Solé. La mesa redonda sobre el ciberpunk no nos explicó de qué coño iba Neuromante, pero resultó igualmente interesante. Entre todos matamos a Gandalf, en la mesa redonda desmitificadora de turno. Montse Sant disertó sobre los dragones y sus variantes. No faltaron las mesas redondas autorreferenciales, las por aquel entonces típicas «Así hemos organizado la hispacón» o «Así hacemos BEM». La exposición de Ciruelo Cabral no tenía desperdicio. Carlos Saiz Cidoncha aún estaba perfeccionando su técnica –en la que, andando el tiempo, sería un auténtico maestro– de quedarse traspuesto mientras se celebraban las conferencias o mesas redondas y, cuando todos creíamos que estaba en el séptimo cielo, irrumpir desde las profundidades de su stand-by y formular una pregunta coherente, o hacer que se nos desencajaran las mandíbulas de risa cuando pasaba a relatar los argumentos de cualquier novela de Eando Binder o Doc Smith. Los trekkies deambulaban con el pijama puesto, y nos lanzaban mensajes con los traspónderes: «Hijo de puuuta», mascullaban aquellas voces metálicas. Las pilas de Gigamesh número 3 se amontonaban por doquier, y un señor muy raro que no se mezclaba con nosotros intentaba vendernos desde su stand la banda sonora de Campo de batalla: la Tierra (la novela, porque aún no había película) y muchos libros sobre dianética y de L. Ron Hubbard. Yo me pasaba todo el día persiguiendo a los allí presentes, para que estamparan sus firmas en mi ejemplar del combozine. Las charlas en la cafetería de la Casa de la Caridad no se referían a Star Trek: La nueva generación, como creíamos los madrileños (envidiosos, porque sólo la emitía TV3), sino a una serie que hacía furor entre los organizadores: Bola de Drac. En vano tratábamos de encontrar sentido al entusiasmo con que nos referían las andanzas de Goku y Bulma: teníamos poca culturilla manga. Pero, invariablemente, aquellas conversaciones se nos hacían cortas: el descanso había concluido, la siguiente mesa redonda iba a dar comienzo en breves momentos, y había tantos actos a los que acudir... (Aún creíamos, inocentes e inexpertos como éramos, que a las hispacones se acude para tragarse las presentaciones editoriales, las mesas redondas y las conferencias.)
No hubo ni una mala palabra, y eso que la polémica que enfrentaba a cenobitas y bemitas había sido muy desagradable. Se iniciaba así la costumbre de mantener las hispacones como períodos de pax olimpica, que quedaban rotas en cuanto regresábamos a nuestras casas.
El acto de entrega de premios fue emotivo. Ya hemos dado fe de la ovación que se llevó Miquel Barceló por su Guía de lectura, pero no fue el único galardón de la tarde. Se concedió el premio Aznar, pero César Mallorquí no había asistido a la hispacón. Tampoco lo había hecho el galardonado con el Ignotus especial a la labor de una vida, Agustín Jaureguízar, que además se llevó un premio Gigamesh especial. El Ignotus más celebrado fue el Elia Barceló por «La estrella», pero Elia tampoco pudo asistir, porque acababa de da a luz a su hija Nina.
Quien sí estaba allí fue Angélica Gorodischer, que se llevó tres premios Gigamesh. Angélica era la maestra de ceremonias, lo cual quiere decir que, a medida que abría las plicas correspondientes, se encontraba con la sorpresa de que allí figuraba escrito su nombre. El primer premio, correspondiente a la mejor antología de fantasía, le sorprendió y emocionó a partes iguales. Con el segundo, por uno de los cuentos de la recopilación, empezó a sentirse desconcertada. Pero cuando leyó su nombre por tercera vez, soltó un «¡Oh, no! ¡Esto sha es demasiado!» que nos hizo aplaudir y reír simultáneamente.
Cuando Angélica iba a abandonar el recinto de la Casa de Caridad, una vez terminada la hispacón, se fue acercando a todos y cada uno de los asistentes, nos dio dos besos a todos y cada uno de nosotros y se fue. Entrañable.
Por el contrario, Terry Pratchett nos dio la impresión de que era un auténtico borde.
Mi momento estrella fue la mesa redonda titulada «Escribir ciencia ficción en España». Yo estaba allí porque necesitaban un escritor novel, y al fin y al cabo acababa de quedar finalista en el Aznar, lo cual me convertía en una joven promesa. Me pudo el miedo escénico: ¡compartía escenario con Javier Redal, Rafael Marín, Miquel Barceló y Domingo Santos! Julián, que ejercía como moderador, se afanó en que yo interviniese, pero apenas pude farfullar más que un par de comentarios intrascendentes.
Poco después, durante el cachondeo posterior a la cena oficial, Rafa Marín se me acercó, me puso la mano en el hombro y me espetó:
—Te voy a dar un consejo. ¡Huye de todo esto! ¡Vete, ahora que puedes!
Domingo Santos, que contemplaba la escena con su sempiterna sonrisa, quiso ir más allá y también me entró al trapo:
—Pues yo te voy a dar otro consejo. Si quieres ser famoso, ¡no escribas! Ve a la tele, arréglatelas para enseñar el culo, ¡y ponte a vivir del cuento!
Para que el lector entienda el carácter visionario de aquella disertación, señalaré que por aquel entonces no existían los reality shows ni los programas de famoseo.
Durante los tres días que estuve en Barcelona, debí de dormir unas seis horas. La media de una hispacón. Allí estreché lazos de amistad con la gente de Barcelona (Alejo, Nacho, Pi, Albert Solé, Manu Díez Román y Cristina Macía), conocí en persona a los primeros espadas de la ciencia ficción española (Domingo Santos, Rafael Marín, Javier Redal) y al Grupo Interface (Ricard de la Casa, Joanma Ortiz), reafirmé la amistad que me unía a la tertulia de Madrid (Julián, Susana, Faraldo, Alberto Santos, Juanma Barranquero, José María Sánchez Pardo y Carlos Saiz Cidoncha) y conocí a gente de toda la geografía española (Santiago García Soláns, Lourdes Pulla, Mateo Borreguero, José Manuel Ferrández Bru, Alfredo Liébana y Pedro López), e incluso de más allá del Charco (Fernando Bonsembiante, de Axxón, que emitió una de las aseveraciones más lapidarias que jamás se hayan hecho en una hispacón: «Porque sho no teeengo asento. Usteeedes tienen aseeento».
Las palabras con que Rafael Marín clausuró el evento («Espero que Gadir ’92 resulte, como mínimo, mejor que esta hispacón») no nos hicieron mucha gracia, ni a mí ni a los organizadores. Pero definen muy bien el estado de las cosas en aquella época. Vivíamos en un sueño, la cosa arrancaba e, hiciéramos lo que hiciéramos, la progresión era constante, cada paso que realizábamos superaba y dejaba pequeño el anterior. Pisábamos terreno virgen, y a nadie se le ocurría parafrasear a Groucho Marx y su «Partiendo de la nada, hemos conseguido llegar a las más altas cimas de la miseria». Por el contrario, nos sentíamos transportados hacia un lugar adonde ningún friqui español había llegado antes, y eso que aún no conocíamos a Buzz Lightyear y su consigna, que parecía coincidir con el espíritu que guiaba al fándom español durante aquellos días hermosos e inciertos: «¡Hacia el infinito... y más allá!».



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jueves, 26 de noviembre de 2009

Hacia el infinito... ¿y más allá? (La ciencia ficción española en 1991). (3 de 4)


 
Empecé 1991 firmando autógrafos, y lo terminé persiguiendo a media hispacón para que me los firmaran.
Aunque tal vez no fuera exactamente así. En realidad, empecé el año escribiendo un relato fallido, «El que acecha en las escaleras», para el concurso de relatos de Blade Runner Magazine. El premio eran cincuenta mil pesetas, y varias de las obras seleccionadas se publicaban en la revista.
El cuento era una historia de terror, escrita al más puro estilo de H. P. Lovecraft; en ella había derrochado convicción, y quedé satisfecho por la atmósfera opresiva y oscura, que en realidad denotaba mi nerviosismo ante el inminente inicio de la primera guerra del Golfo. Eran los días previos al final del ultimátum lanzado por George Bush padre, y en clase no dejábamos de comentar que nos estaban vendiendo que aquella iba a ser la primera guerra del siglo xxi, cuando en realidad nos hallábamos ante una guerra colonial del siglo xix. Como por aquel entonces estudiaba ruso en el Instituto Pushkin, no pude evitar ambientar el relato en la Unión Soviética de Lenin, y trufar el relato de notas a pie de página, en las que explicaba los juegos de palabras intraducibles que se sucedían a lo largo del texto.
Mi amigo Ernesto Ferrer, gran aficionado a Lovecraft, leyó el cuento y se rió mucho: lo encontró una parodia refrescante del estilo del genio de Providence.
Además, me enteré de que me habían publicado el cuento por una llamada telefónica, no recuerdo si de Julián Diez o de Héctor Ramos.
Me pasé media tarde buscando un ejemplar del número 6 de Blade Runner Magazine (abril de 1991), hasta que por fin lo encontré en un Vips, supongo que el de la calle Velázquez.
Mientras me dirigía a casa de José María Faraldo para celebrarlo, comprobé que las notas a pie de página habían desaparecido.
Y lo que era un texto de casi tres mil palabras estaba maquetado en una doble página espantosa y de letra microscópica.
No obstante, era el rey del mundo.
En casa de Faraldo me esperaban Julián, Susana, Héctor, Adalberto y Faraldo. Estuve firmando ejemplares de la revista, tomamos cocacolas y cortezas, hablamos de cosas de friquis y, por supuesto, nos dedicamos a cambiar el mundo.
Blade Runner Magazine cerró dos números después, de modo que a mí no miréis: yo no fui el culpable. Me fastidió, porque nunca llegaré a saber si hubiera ganado el premio, del mismo modo que Julián y Susana se quedaron sin saber hasta dónde hubiera llegado su novela ciberpunk Lejos del mar, que habían remitido al premio Salvat-Ultramar. El premio fue suspendido por cuestiones de política editorial (la compra de Salvat, a la que pertenecía Ultramar, por el Grupo Hachette), y hasta unos años después no supimos que los jurados estaban prácticamente de acuerdo en que los ganadores iban a ser Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, por el embrión de la novela que terminó apareciendo con el título El refugio en Nova CF, y que Lejos del mar habia llegado a la final, con lo que, quién sabe, es probable que hubiera sido publicada por Ultramar.
El cierre de Blade Runner Magazine no nos afectó demasiado, por motivos que explicaré más adelante.
No obstante, el cierre casi definitivo de Ultramar CF (no hablo de su efímera resurrección, un par de años después) sí nos llenó de tristeza, por lo que la colección había significado para nosotros desde los puntos de vista formativo y afectivo, y por lo que supuso desde el punto de vista editorial: el fin de la edición de novedades buenas y bonitas en formatos baratos. A partir de entonces, el formato bolsillo se dedicaría casi exclusivamente a la reedición de obras que habían funcionado en sus formatos de rústica o cartoné originales, y las novedades superarían la barrera de las mil pesetas y, en ocasiones, se acercarían a las dos mil.
Las colecciones Etiqueta Futura (de Júcar), Corvus (de Valdemar) y Cronos CF (de Destino) fueron poco más que curas de paños calientes. El mal ya estaba hecho. Mientras tanto, nos quedaban Minotauro, Nova CF y Martínez Roca (cada vez más centrada en sus colecciones de formatos grandes). Leer ciencia ficción empezaba a costar un ojo de la cara. Además, algunas colecciones empezaron a saldar. Este doble fenómeno generó desconfianza en los lectores, con lo que el consumidor empezó a pensárselo mucho. El consumo se retrajo, y la ley del péndulo comenzó a operar, tal vez por última vez.
Si los libros se ponen a precios prohibitivos, y además hay un exceso de oferta y no sabes muy bien qué leer, descubrirás que necesitas consejo, ya que tu librero suele ser generalista, y cada vez hay más metros de estantería con obras de autores a quienes en la mayoría de los casos no conoces ni de oídas. Este consejo puede venir de tu círculo de amigos, en cuyo caso formarás una tertulia (si tus amigos residen en la misma ciudad que tú), o el grupo de ciencia ficción de una BBS (si estáis dispersos por toda la geografía española). Hablaréis de vuestras aficiones comunes y, si sois lo suficientemente activos, descubriréis que, ya que existe una masa crítica de aficionados, puede merecer la pena editar algún fanzine en común. Cuantos más fanzines haya, mayor será la red de contactos creada en las secciones de correos, por lo que tu publicación empezará a recibir suscripciones y no dependerá exclusivamente de los ejemplares que has colocado a los amigos, ni de las ventas de los canales especializados. Al mismo tiempo, te llegará material procedente de otros autores o grupos de aficionados, y tú podrás enviar tus escritos a otras publicaciones. Entre estas otras publicaciones puede haber prozines o revistas profesionales, con lo que puedes llegar a dar el salto de calidad, y que te paguen (en dinero o en especie, eso es lo de menos) por publicar tus relatos, artículos o críticas. Cuando la red esté lo suficientemente consolidada, empezará a ser viable el reunirse cada cierto tiempo, para compartir logros comunes, poner cara al aficionado con quien te escribes o cuyos relatos lees y, en resumen, para hablar del fascismo de Heinlein, el fascismo de Card o el solipsismo (que no deja de ser otra forma de fascismo, éste de corte intelectual) de Gibson. Los editores de la Galaxia Gutenberg descubrirán que el Planeta Fándom empieza a suponer un volumen significativo de ventas (no las necesarias para mantener las colecciones, pero sí las suficientes como para que el horizonte de amortización de los libros permita unos precios razonables, y todo ello con más ejemplares vendidos que en otros géneros que carecen de un público tan fiel), por lo que empezarán a invertir en mimarlos, o bien concediéndoles servicios de prensa para que los reseñen en sus fanzines, o bien llevando a algunos autores a las convenciones, lo cual servirá de reclamo, hará que se incremente la asistencia y todo ello redundará en beneficio de todos los implicados: las editoriales, porque venderán ejemplares de los autores asistentes a los eventos, y los fanzines y revistas, porque tendrán nuevos suscriptores, que de otro modo jamás habrían podido conocer el producto. Los criterios de algunos de los aficionados que conforman esta red social te resultarán más fiables que los de otros, de modo que, cuando algunos de ellos sean promocionados a los cargos de directores de revista o de colección especializada (pues, agotado el ciclo de los saldos, empezará a crecer la demanda de novedades y el terreno estará abonado para que nuevas editoriales decidan probar suerte con la ciencia ficción), te fiarás de ellos, comprarás los libros que editan (¿Qué menos? Vienen del fándom, como tú..., y, no lo olvides: si perseveras, tú puedes ser el siguiente) y mantendrás a flote su colección o revista. Éstas alcanzarán en un momento u otro su nivel óptimo de ventas, lo cual llamará a la competencia, que invertirá en el género, hasta que el mercado se sature por el exceso de publicaciones profesionales y colecciones especializadas, el aficionado medio deje de poder permitirse el estar al día, ello condene a la muerte (o al cierre: tampoco debemos dramatizar) a quienes no se adapten a los cambios o no resulten competitivos, y vuelta al principio. El péndulo se volverá a cernir sobre nosotros, amenazante; pero esta vez ya no será el péndulo de Foucault, sino el del cuento de Edgar Allan Poe.
Ésta es, en resumen, la famosa teoría del péndulo, o de los ciclos, o como la queráis llamar. Contiene la cantidad justa de sentido común como para atraer a los lectores de Isaac Asimov y Star Trek. Encierra las lecciones de moral necesarias para fidelizar a un lector de Orson Scott Card. La fascinación por las constantes y los ciclos se nos antoja suficiente como para que se la traguen un aficionado a la ciencia ficción dura o un marxista recalcitrante. El elemento cabalístico aparece con las dosis necesarias para convencer sin reservas a los lectores de terror y conspiranoias. El catastrofismo de la situación la hace atractiva para los espectadores de blockbusters del tipo de Los diez mandamientos o Armagedón. El toque de darwinismo social es capaz de hacer que se la trague un lector inveterado de CF de la Edad de Oro. El halo de predestinación y de tú-puedes-salvar-al-mundo-de-la-ley-del-péndulo que desprende la hará irresistible a los ojos de un lector de J. R. R. Tolkien y productos derivados. La teoría el péndulo se nos presenta como una Gran Verdad, porque funciona, porque siempre ha funcionado y porque no tiene por qué dejar de hacerlo, como el chiringuito que monta el Gran Hermano en la novela de Orwell; y, precisamente por ello, la damos por buena, y la esperamos con ansiedad cada equis tiempo, como al Gordo de Navidad, los Juegos Olímpicos, el cometa Halley o, saliéndonos del terreno de lo macro, las facturas del móvil y el ADSL Es, pues, un valor seguro.
Porque lo cierto es que la teoría del péndulo, que había funcionado durante los años setenta y ochenta, dejó de hacerlo en los noventa. El género se consolidó a medida que la década avanzaba, por diferentes motivos, casi todos ellos relacionados con Internet: la ampliación de la base de los aficionados, o la dinamización que produce la transmisión de noticias y vivencias en tiempo real. No deja de ser irónico que los lectores de ciencia ficción, celosos guardianes de los secretos del futuro de la Humanidad, no fuéramos capaces de intuir el potencial de Internet, y matásemos la espera del siguiente ciclo mortífero leyendo algún libro de William Gibson o de Bruce Sterling. La adscripción al sector del fándom que lleva veinte años considerando el ciberpunk como una moda pasajera y preconizando su muerte inminente tampoco puede servir como excusa: al fin y al cabo, ¿no nos quedó lo suficientemente claro que Asimov había creado al Mulo para hacernos dudar del determinismo y para demostrarnos que los individuos y las teorías del caos pueden tener cabida incluso en el más racional de los universos?
Las tendencias existen. Puede haber nuevas crisis. Ningún crecimiento tiene por qué ser ilimitado, y mucho menos en un género que, mal que nos pese, continúa siendo minoritario. Pero los ciclos inexorables, tal y como los entendíamos a principios de los años noventa, y tal como los describíamos en los editoriales y cartas al director de nuestros fanzines y revistas favoritos, hace tiempo que dejaron de existir.
Hay cambios irreversibles. Y el final del formato bolsillo para publicar novedades fue uno de ellos. Por ese motivo, los títulos que Ultramar editó un par de años después del amago de cierre tenían unos precios de venta al público cercanos a las 1.500 pesetas. El doble de lo que habrían costado en 1991.
Acabábamos de empezar la Edad de Oro de la ciencia ficción española, y ya nos llevábamos los primeros disgustos.
Para compensar, teníamos dos revistas profesionales y un fanzine con mentalidad de revista profesional.
Gigamesh dio el salto de fanzine a revista, aún dirigida por su editor, Alejo Cuervo. Los tres números aparecidos durante 1991 le pusieron muy alto el listón a las publicaciones del fándom. El plato fuerte del primer número (excepción hecha del poema de J. R. R. Tolkien) era el ensayo de Norman Spinrad, «El emperador de todas las cosas», que te explicaba de una tacada El juego de Ender, La guerra de las galaxias y El héroe de las mil caras. La sección de críticas era larga, muy larga, y enjundiosa. El hit parida cumplía su función a las mil maravillas. Los títulos pervertidos eran a cual más desopilante.
El segundo número, un especial Stanislaw Lem, contenía la reedición de un ensayo de Luis Goytisolo que había aparecido en El País; en él seguía la broma urdida por el autor polaco en Vacío perfecto y arrojaba nuevas claves sobre Gigamesh, la novela del irlandés Patrick Hannahan.
El siguiente número era un especial ciberpunk absolutamente memorable.
Gigamesh empezaba a lo grande, y todos presentíamos que iba a ser uno de los grandes motores del cambio que estaba comenzando.
El siguiente número tardó más de tres años en aparecer. Pero ésa es otra historia.
En términos económicos, esa etapa de Gigamesh fue un pésimo negocio. Recuerdo una visita a casa de Alejo (tal vez en 1991, acaso un año después). Las figuritas de Warhammer sin pintar abarrotaban una estantería del salón, y había una habitación íntegramente consagrada a albergar los ejemplares no vendidos de aquellos tres números. Más tarde tuvo que venderlos al peso, como papel viejo. Estábamos creciendo, pero nuestras publicaciones seguían teniendo un techo de ventas bastante reducido, de 1.500 ejemplares, probablemente algunos cientos más; en ningún caso 15.000.
Desde el punto de vista creativo, no obstante, la primera etapa de Gigamesh revista tuvo mejores resultados. Perfeccionó un modelo de revista sobre literatura fantástica basado en una sección muy potente de críticas literarias, y en la importación de los mejores relatos y ensayos procedentes del extranjero.
Blade Runner Magazine seguía este modelo, pero los contenidos y la maquetación dejaban mucho que desear. Si no hubiera existido Gigamesh, habría sido el complemento ideal de BEM. Pero las tensiones que se produjeron entre Alejo Cuervo y Carlos Mesa a raíz de la publicación por parte del primero de una crítica muy negativa de la Guía de lectura de Miquel Barceló (obra en la que, por cierto, no se mencionaba la existencia de Gigamesh fanzine, una de las publicaciones importantes de los años ochenta, como sabrá cualquier conocedor del género) hicieron estallar la primera guerra fandomita de la era moderna. Los detalles están en la hemeroteca, y se ha hablado largo y tendido sobre ellos, de modo que pasaré de puntillas sobre este enojoso asunto, que marcó los primeros años del boom y que, en cierto modo, definió los bandos existentes en el fándom. Baste saber que, en un momento dado, las tensiones provocaron la salida del proyecto de Alejo y unos cuantos colaboradores (Juanma Barranquero, Jordi Costa, Salvador González, Cristina Macía, Nacho Maroto, Jesús Palacios, Francisco Pérez Navarro, Cels Piñol, Jordi Sánchez Navarro, Alberto Santos y Albert Solé). El problema de fondo no fue tanto la exigencia por parte de Alejo de cobrar más por sus colaboraciones (motivo argüido por Carlos Mesa en su incendiario artículo aparecido en BEM 12) como las continuas intromisiones de Blade Runner Magazine en los textos que se le entregaban, y que llegaron hasta el extremo de realizar corrección de contenidos y poner en boca de los colaboradores las opiniones personales de los redactores de la revista. Una práctica que, se mire como se mire, resulta inadmisible en cualquier publicación que pretenda ser profesional.
El artículo de Carlos Mesa provocó una réplica magistral de Cristina Macía en BEM 13, que pasó a ser nuestra heroína (y sigue siéndolo), y varias réplicas dentro de réplicas dentro de réplicas, que mantuvieron viva la polémica hasta el número 16.
Más allá de lo anecdótico, la polémica puso de manifiesto que en el fándom había dos partidos, grupos, fuerzas profundas, sectores, sensibilidades, bandas o banderías, como se quieran llamar, y, dependiendo de lo que opinases sobre el particular, corrías el riesgo de que te tildasen de cenobita o bemita.
La entrega de los premios Gigamesh, en el transcurso de la hispacón de Barcelona, fue un clarísimo exponente de esta brecha. Se concedieron sendas menciones especiales a Ciencia ficción. Las 100 mejores novelas, de David Pringle y Ciencia ficción: Guía de lectura, de Miquel Barceló. El aplauso a la primera fue moderado, pero la ovación a la segunda fue de las que hacen historia, y posteriormente se insistió mucho en ello. También es cierto que Miquel Barceló estaba presente en la hispacón, y David Pringle no. Se me ocurre.
Si analizamos la intrahistoria del fándom, nos encontramos con esa tendencia tan española a discutir por todo, hasta el punto de que, tantos año después, resulta difícil juntar a media docena de friquis que estuvieran en activo en aquella época, sin que tarde o temprano terminen saliendo a colación viejas querellas que se mantienen vivas pese a que, en el fondo, carecieron de importancia, como si nuestras pautas de comportamiento fueran las de los personajes de Astérix en Córcega. La renovación del fándom que se produjo a finales de la década de los noventa, por obra y milagro del IRC y las listas de correo de Internet, ayudó a limar estas asperezas: al entrar muchos jóvenes aficionados, a quienes esas historias ni les iban ni les venían, todo aquello dejó de resultar relevante. Cosa que hemos ganado.
El caso es que BEM no consistía sólo en polémicas. A lo largo de 1991, Pedro Jorge y Ricard de la Casa deciden finiquitar el fanzine no ficción y refundirlo con BEM; al mismo tiempo, lanzan un tercer fanzine, Factoría, que llevaban tiempo anunciando, y se integra asimismo en BEM. De este modo, la publicación del Grupo Interface trasciende el papel que hasta entonces había asumido –un fanzine de noticias que seguía el modelo de Locus– y gana en intensidad y profundidad de contenidos. El salto cualitativo se produce en el número 13, uno de esos hitos que cualquier aficionado debería atesorar en su friquiteca.
El primero de los relatos de aquel Factoría dentro de BEM se titulaba «La estrella», y venía firmado por Elia Barceló. Mantenía el nivel de los mejores cuentos de su recopilación Sagrada, y no era difícil intuir que daría que hablar. Narraba los pormenores de dos expediciones paralelas al planeta Tierra, pero una Tierra del futuro remoto, un infierno convertido en inhabitable por culpa de la Humanidad. Además de ser uno de los máximos exponentes de dos de las temáticas favoritas de Elia, el uso del lenguaje y el manejo del punto de vista, «La estrella» contenía ese punto extra de excelencia que no leíamos (en formato revista) desde los tiempos de Nueva Dimensión. Era un relato de personajes y situaciones, pero también de extrañeza ante el reflejo que nos devolvían unos seres que no sabíamos si interpretar como ilusiones o reversos trascendentes de nosotros mismos. Con este relato, Elia, Ricard y Pedro inauguraban el boom de los años noventa, la Edad de Oro de la ciencia ficción española.
Opinión que, dieciséis años después, sigue plenamente vigente, como podréis comprobar cuando leáis el relato de Elia.
A continuación se podía leer un relato que no le andaba a la zaga. «De entre la niebla», de Rafael Marín, era una joyita de orfebrería, una historia breve y oscurísima acerca de un ser tan antiguo como la misma humanidad, una odisea desarrollada en las calles de una Cádiz espectral y atemporal.
Ambos relatos se complementaban, y le dotaban al número de una coherencia que nos advertía de que algo muy grande estaba empezando a ocurrir.
Y, en efecto, algo muy grande ocurrió: la primera edición de los premios UPC.
Con Miquel Barceló como factótum, la Universidad Politécnica de Catalunya convocó un premio internacional de ciencia ficción, el mejor dotado económicamente en todo el mundo. Se admitían originales en inglés, francés, catalán y castellano. De las setenta novelas cortas recibidas, el jurado escogió las tres que habrían de conformar el primero de los volúmenes que, desde entonces, aparecen puntualmente en la colección Nova CF.
El resultado de aquella primera edición contenía una carga simbólica evidente, una especie de santísima trinidad que reflejaba el estado de las cosas, nos permitía hablar de tres generaciones literarias y anticipaba algunas de las constantes que asumió la ciencia ficción española durante el siguiente decenio.
«El círculo de piedra», de Ángel Torres Quesada, venía a reconocer los méritos de uno de los autores clásicos de la ciencia ficción española. Con una estética y un desarrollo de bolsilibro, su novela corta poseía una ambición que hasta entonces sólo se le había leído en el fallido ciclo de los Dioses y en la casi redonda trilogía de las Islas. Aquella historia de mundos paralelos en una Nueva York de pesadilla nos presentaba al ayer, al pasado, pero un ayer empeñado en mejorarse a sí mismo. El tiempo demostró que, de todos los autores de los gloriosos años setenta, Ángel Torres fue el que mejor se supo adaptar a la nueva situación, y siguió produciendo a buen ritmo. Ese mismo año apareció su novela La dama de plata en la colección Etiqueta Futura, de Júcar.
El hoy era Rafael Marín, ganador ex aequo junto con Ángel Torres, por «Mundo de dioses». Concebida como un guión de cómic, fue la base de la novela homónima, que apareció seis años después, también en Nova CF. Eran los años en que Rafa estaba a punto de dar el salto a la Marvel, y aquella novela corta tenía mucho de Marvel. Ese mundo de mutantes y superhéroes contenía momentos memorables, y, junto con la publicación de «De entre la niebla», presentaba al gaditano como la figura más destacada de aquel renacimiento, el auténtico caballo ganador de la década prodigiosa que se avecinaba.
El mañana era una incógnita, un tal Javier Negrete, de quien sólo sabíamos que era profesor de griego en Plasencia y que había traducido algún libro para Acervo. Su novela, «La luna quieta», resultó ser la mejor escrita de las tres (o la más literaria, como se prefiera), aunque tal vez resultara demasiado mainstream como para convencer al jurado de un premio de novela de ciencia ficción. Estaba claro que aquel joven autor era el descubrimiento de la primera edición del UPC, y lo cierto es que sus obras posteriores fueron mejorando, hasta convertirse en lo que hoy es: el mejor autor español de literatura fantástica que continúa publicando en colecciones especializadas. Y el más versátil. El tiempo ha demostrado que aún era demasiado pronto para que ganara el UPC, pero el mensaje estaba demasiado claro: Negrete iba a por todas.
Aún nos faltaban unos meses para darnos cuenta de todo eso, pues la antología de las historias ganadoras apareció en la primavera de 1992. Lo único que conocíamos a ciencia cierta era el palmarés del premio.
No era el único premio relevante. Tras unos inicios titubeantes, a causa de la dimisión de varios miembros de la Junta, la aún nonata AEFCF convocó dos premios. El primero, abierto a todos los asistentes a la hispacón de Barcelona, premiaría el mejor material aparecido en España durante el año en curso; y el segundo, otorgado por un jurado, valoraría el mejor relato inédito.
Los nombres eran bastante obvios, teniendo en cuenta que la tradición de la ciencia ficción española no daba para mucho más: Ignotus y Aznar.
Si no tienes ni la más remota idea de quién era el coronel Ignotus y qué era la saga de los Aznar, ¿se puede saber qué haces leyendo este libro?
En realidad, había más nombres, pero aquellos resultarían identificables para los aficionados, que los podrían asumir como suyos y apadrinar, como hacemos con los Hugo o los Oscar.
El premio Aznar tuvo un ganador clarísimo, que apareció publicado en el combozine (publicación oficial de la hispacón) de Barcelona. Y ese ganador venía a complementar el panorama que había quedado esbozado con el palmarés del UPC.
Ángel Torres Quesada era el escritor curtido que se reinventaba a sí mismo y ofrecía sus obras más maduras en el momento adecuado, como si hubiera sido consciente de que por fin el mercado se reactivaba.
Rafael Marín era el autor autor que había ido curtiéndose durante la década oscura, y por fin asumía el papel que se le había escatimado durante aquellos años de sequía fandomítica.
Javier Negrete era el recién llegado, sin credenciales de ningún tipo en el fándom, pero que estaba llamado a crecer en el futuro, y llegar hasta donde ningún autor habría soñado décadas antes que se podría llegar.
César Mallorquí pertenecía a un cuarto paradigma: el del joven aficionado que había presenciado estupefacto los coletazos finales del viejo fándom, representado por Nueva Dimensión, había dedicado la década oscura a otras actividades profesionales completamente ajenas a la CF (en su caso, la publicidad), y reaparecía en los albores de los noventa ofreciéndole al género todo ese bagaje adquirido, para innovar su lenguaje y sus maneras.
César Mallorquí estaba ofreciendo a la ciencia ficción española unas señas de identidad propias, que en su tiempo se malinterpretaron (motivo, supongo, por el que tardó ocho años en ganar el Ignotus), algo que pudiera reclamar el derecho a llamarse «ciencia ficción española», y no «ciencia ficción escrita por autores españoles en lenguas oficiales españolas». Se cayó en la postura reduccionista de creer que la ciencia ficción española (o castiza) era un artificio de charanga y pandereta, y que pasaba forzosamente por poner nombres españoles a los personajes. Aquello llegó más tarde, mediada la década, y se denominó cachava y boina (por aproximación a la espada y brujería). Pero ya llegaremos a eso.
Para lo que nos interesa, César Mallorquí estaba continuando la senda abierta década y media antes por Gabriel Bermúdez Castillo en obras como Viaje a un planeta wu-wei. Y consistía en más, mucho más que limitarse a crear personajes gitanos, y decir por ello que se estaba innovando.
Leído en la actualidad, «El mensaje perdido (A orajabiá suncaí e Gedeón Montoya)» no es ni por asomo el mejor de los magníficos relatos que César Mallorquí encadenó durante la primera mitad de los noventa, pero no se le puede negar un encanto muy peculiar. Todo en él es épico. Narra la historia de Gedeón Montoya, un gitano del Sacromonte granadino, cuya cabecita de recién nacido se interpone en el camino de un rayo de luz coherente enviado por una inteligencia extraterrestre; de este modo, Gedeón adquiere el don de la omnisciencia. A partir de ese momento, el relato deriva por los vericuetos más lisérgicos, y nos ofrece una versión muy original del personaje artúrico de Ginebra, todo ello pasado por el tamiz del James George Frazer de La rama dorada y el Robert Graves de La diosa blanca. El resultado es un exceso conceptual, que se lee con verdadero interés y deja claro que, por primera vez en toda esta historia, César Mallorquí estaba ofreciendo a los lectores algo realmente nuevo. Ciencia ficción española. Personalidad propia. Personajes creíbles. Un estilo acojonantemente dinámico. Una historia narrada en tres dimensiones.
Ganó de calle aquel premio Aznar.
En segundo lugar quedó una historia mía, «Recuerda, aquello, sueños, nosotros tres», que no puedo juzgar con criterios literarios, pero que, releída dieciséis años después, me arranca una sonrisa de ternura. Era una mezcla de Más que humano, de Theodore Sturgeon, y Arrebato, la película de Iván Zulueta. Supongo que, en aquella época, mezclar dos influencias tan dispares resultaba original. Cualquier día la rescato y le doy un pulido de arriba abajo: lo necesita.
Pero, volviendo a BEM, el listado de cuentos no se limitaba a Elia Barceló y Rafael Marín. También apareció una historia de Gabriel Bermúdez, «La carrera docente», que apenas aportaba nada a la trayectoria del autor de El señor de la rueda.
Y un relato de Javier Redal, «Extraviado», que retomaba su poética de ciencia ficción dura más o menos donde la había dejado cuando escribió «Naufragio en Titán». No estaba tan logrado como éste (que, no en vano, había sido seleccionado por Domingo Santos en Lo mejor de la ciencia ficción española), pero la historia se le daba un aire. ¿Por qué sorprendía «Naufragio en Titán», pero «Extraviado» te dejaba como estabas? La respuesta habría que buscarla en dos novelas de Javier Redal: Mundos en el abismo e Hijos de la eternidad, escritas ambas en colaboración con Juan Miguel Aguilera.
Mejor que estos dos relatos, y más novedoso, resultaba «Cofres», de Juan Carlos Planells, otro de los buenos autores damnificados por la década oscura de los ochenta y que empezaron los noventa con mucha fuerza y ansias de contar historias originales con un lenguaje hasta entonces inédito en la ciencia ficción española. Sin llegar a alcanzar el nivel de relatos posteriores, Planells presentaba sus credenciales con una historia atmosférica y envolvente, narrada con la convicción y el estilo de Octavia Butler. En resumen, un relato original.
Pero la aparición de relatos de ciencia ficción española no se circunscribía a los aparecidos en BEM. Era la publicación que marcaba el paso, y lo siguió siendo durante el primer lustro de los noventa. Pero tenía algunas compañeras de viaje.
En primer lugar, Elfstone. El fanzine de Santiago García Soláns inauguró lo que siempre he llamado «la generación del DIN A5», que dio al género publicaciones de referencia, como Kenbeo Kenmaro, Parsifal o Núcleo Ubik. En sus primeros números, aparecidos con una puntualidad envidiable, se publicó una literatura fantástica diferente, de perfiles netamente humanistas. La sección de José Manuel Ferrández Bru, que habría de convertirse en el primer presidente de la Sociedad Tolkien Española (STE), hablaba de novelas fantásticas diferentes. Y era deliciosa, tan deliciosa como el resto de los contenidos del fanzine zaragozano. Había relatos que aun hoy continúan siendo interesantes, como «En pos de un pensamiento», de Santiago García Soláns, o «El último arlequín», de Moisés Friginal. No obstante, el plato fuerte de aquella etapa de Elfstone venía de Gijón, apareció serializado en los números 6 y 7, y compartía algunas preocupaciones temáticas con «El mensaje perdido», de César Mallorquí. Ese relato se titulaba «La torre de la serpiente», estaba firmado por Javier Cuevas (quien ya había publicado un relato estimable, «La cosecha», en el emblemático Maser de los hermanos Juan José y Jesús Parera).
¿Qué había de novedoso en «La torre de la serpiente»? Si se analiza fríamente, nada: es una historia de fantasía épica, deudora de Robert E. Howard, aunque un punto por encima de la fantasía rigurosamente mimética que se podía leer en Lhork, la publicación howardiana por antonomasia. Porque Javier Cuevas no se había quedado en el ejercicio de estilo, y su personaje, Rauren Prendar, no era un bárbaro al uso. Por el contrario, era un guerrero astur que luchaba a lo largo y ancho de la Península Ibérica de la Alta Edad Media. Poseía una personalidad propia, que tanto Cuevas como Rodolfo Martínez y José Luis Rendueles desarrollaron en historias posteriores, y parecía inaugurar una corriente historicista de la fantasía heroica aparecida en las publicaciones de fándom.
Evolución convergente. Autores diferentes que utilizan recursos diversos y distintos enfoques para hablar simultáneamente de lo mismo: una literatura fantástica española dotada de una voz propia.
Lo mismo que había hecho Rafael Marín en «De entre la niebla», pero con un enunciado mucho más claro: recrear mitos universales empleando una voz inconfundiblemente local.
Lo mismo que había intentado Rafael Marín en «Cuando el ámbar asomaba», uno de los platos fuertes del número 3 Sueño del Fevre, un tocho de doscientas páginas que en su momento marcó un máximo histórico de páginas en publicaciones de fándom.
Sueño del Fevre era el empeño personal de Carlos Díaz Maroto, asistido por los aficionados que, durante los meses que nos ocupan, abandonaron en bloque el Círculo de Lhork y, con el nombre genérico de Licántropos Asociados, se convirtieron en socios fundadores de la tertulia de literatura fantástica de Madrid (TerMa). Sus preocupaciones estaban bastante bien definidas: terror, fantasía heroica y cine. Muchos de los relatos de aquel número desprenden hoy un encanto pulp que los acerca a Lovecraft o Howard, más que a la literatura española que se cultivaría durante la década de los noventa. Pero otros, aun dejando clara esa influencia lovecraftiana, se adentraban en terreno virgen; era el caso de «Más allá de la biblioteca», de Rodolfo Martínez, una historia de terror bastante previsible, que no obstante estaba narrada como si se tratase de una novela juvenil, o de un nuevo caso de la pandilla de los Cinco, de Enyd Blyton.
Aquél era el panorama del mundillo a primeras horas de la mañana del 21 de diciembre de 1991. Una comunidad hasta entonces hibernada, que despertaba poco a poco de su letargo y se embarcaba en mil y una actividades, a cual más atrevida, a cual más inocente. Un valiente mundo nuevo.
Sólo faltaba poner en contacto directo a todos los implicados.



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miércoles, 25 de noviembre de 2009

Hacia el infinito... ¿y más allá? (La ciencia ficción española en 1991). (2 de 4)



Para hablar del estado de la cuestión en 1990 y 1991, tengo que referirme a la década oscura, a los ominosos años ochenta, aquel interregno que los libros de historia recordarían como la década en que casi nos metemos en la Tercera Guerra Mundial, los años de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, los Nuevos Románticos, la caída del muro de Berlín, la matanza de Tiananmen y, lo peor de todo, la vida sin Nueva Dimensión.
Parecía como si el fándom español hubiera vivido en estado de hibernación durante cerca de diez años, y, al acercarse a la luz de ese sol que fue la WorldCon de La Haya, se hubiese reactivado, mostrando todo su esplendor y todas las maravillas que contenía su interior, como el Rama de Arthur C. Clarke.
Esa era la idea que teníamos por aquel entonces. De ello se hablaba en tertulias improvisadas, en cartas personales y en el correo de BEM. Los años oscuros, esa década vacía que transcurrió entre el cierre de Nueva Dimensión y la WorldCon de La Haya, habían sido un período sin contacto entre los aficionados, sin proyectos y sin publicaciones comunes... Unos años sin historia. La ley del péndulo era inexorable con la ciencia ficción española.
Eso creíamos.
Y era (y es) una falacia. Mentira podrida.
Durante todo aquel período no se habían celebrado hispacones, y, salvo las sesiones de firmas en la librería Gigamesh, las transcones y las tertulias de la asociación Antares, el movimiento asociativo estaba bajo mínimos. Había buenos fanzines, como los ya citados Maser y Tránsito, y otros que con más tiempo podrían haberlo sido, como el bilbaíno Opción. El Planeta Fándom era un fantasma que añoraba los buenos viejos tiempos que tal vez nunca hubieran existido. ¿Dónde estaban aquellas revistas con páginas verdes? ¿Y dónde las convenciones anuales en las que uno podía hablar de friquismo sin que lo mirasen mal?
Unos añorábamos aquel pasado que no habíamos vivido (y que, por tanto, teníamos idealizado).
Otros lo echaban de menos, porque habían sido protagonistas de aquella época, y temían quedar relegados al papel de viejas glorias.
Otros habían asistido a aquellas hispacones, habían leído aquellas revistas de páginas verdes, habían llegado a la conclusión de que la cosa no iba con ellos y habían aprovechado la década oscura para vivir sus vidas, ajenos a la existencia de ese fándom crepuscular, pendientes de la otra ciencia ficción, la que realmente alcanzó la condición de fenómeno de masas. ¿O es que a estas alturas ninguno de vosotros sabía que uno de los guionistas de La bola de cristal era Carlo Frabetti, o que el primer concierto de Radio Futura tuvo lugar en la hispacón de 1978?
Y otros, los más inteligentes y capacitados, habían dado el salto desde los fanzines y revistas del Planeta Fándom hasta las publicaciones del resto de la por aquel entonces muy, muy lejana Galaxia Gutenberg.
Domingo Santos dirigía la colección de ciencia ficción de Ultramar, y asesoró la Biblioteca de Ciencia Ficción de Ediciones Orbis, lo cual equivale a afirmar que marcó a toda una generación de jóvenes lectores del género, yo entre ellos. Los hijos de La guerra de las galaxias, los rezagados que no habíamos vivido de primera mano la Edad de Oro de la Ciencia Ficción Española y habíamos tenido que comprar nuestros ejemplares de Nueva Dimensión en la cuesta de Moyano o los saldos del Vips, los hermanitos menores de los lectores de Nebulae Segunda Época y Nova CF de Bruguera, podíamos adquirir los grandes clásicos del género en nuestros quioscos de barrio, por sólo 295 pesetas, o pagar poco más del doble por el penúltimo Dune o el último volumen del Mundo del Río. Leíamos material bueno, bonito (hablo de las ilustraciones de Antoni Garcés para Ultramar) y, sobre todo, barato
Miquel Barceló cerró Kandama y pasó a dirigir las colecciones Nova CF y, más tarde, Nova Fantasía, ambas de Ediciones B. Empezó con muy bien pie, contratando un título de Orson Scott Card que había hecho mucho ruido en los Estados Unidos, y de ese modo nació la dicotomía Neuromante versus El juego de Ender, que más tarde devendría en otras dicotomías: estilo versus ideas, ciberpunk versus space opera, o cualquiera de las sucesivas sucesivas encarnaciones de ese debate que marcó los siguientes veinte años de la vida fandomita, y que aún colea. Nuestros mayores se divertían u ofuscaban llamando fascista a Heinlein o a Carlo Frabetti; nosotros llamábamos fascista a Card, y nos preguntábamos de qué coño iba Neuromante.
Alejo Cuervo abandonó Tránsito y, aparte de crear la librería Gigamesh y el fanzine y los premios homónimos, comenzó a dirigir las colecciones de fantasía y ciencia ficción de Martínez Roca. Así conocimos el Bosque Mitago de Robert Holdstock, la serie de Fafhrd y el Ratonero Gris de Fritz Leiber, la peculiar relación urdida por Michael Moorcock entre Elric de Melniboné y su espada Atraetormentas, el steampunk de Tim Powers y el Mundodisco de Terry Pratchett.
Pero estos editores hicieron algo más que renovar las colecciones especializadas y llevar a los lectores la literatura fantástica anglosajona que se estaba escribiendo en aquellos momentos. También apostaron por los autores nacionales, que, a falta de fanzines y revistas, empezaron a publicar sus escritos fuera del fándom. En cierto modo, los autores pertenecientes a la «generación perdida» de los ochenta, los huérfanos de Nueva Dimensión, tuvieron la suerte de poder publicar directamente en Ultramar o Nova CF.
Rafael Marín publicó sus mejores relatos en la recopilación Unicornios sin cabeza (1987), de Ultramar, y vio reeditada su novela emblemática, Lágrimas de luz, en la Biblioteca de Ciencia Ficción de Orbis, con lo que pudo llegar al gran público.
Elia Barceló recopiló sus relatos en Sagrada (1989), que apareció en Nova CF.
Juan Miguel Aguilera y Javier Redal se sacaron de la chistera la serie de Akasa-Puspa, cuyos dos primeros volúmenes, Mundos en el abismo (1989) e Hijos de la eternidad (1990) aparecieron en Ultramar CF.
Retirado Domingo Santos a tareas de selección y traducción (con la única salvedad de Hacedor de mundos, en Ultramar), el gaditano Ángel Torres Quesada asume el liderazgo de la generación de los escritores de bolsilibros, y nos regala su obra más madura, la Trilogía de las Islas: Las islas del infierno, Las islas de la guerra y Las islas del paraíso (Ultramar, 1988). Otro de los autores clásicos sigue publicando allá fuera: Gabriel Bermúdez Castillo le entrega Golconda a Acervo (que se la publica mutilada), y El hombre estrella a Ultramar. Ambas son obras menores, una especie de impasse entre su explosión de creatividad de los setenta (El Señor de la Rueda, Viaje a un planeta wu-wei, La piel del infinito y «La última lección sobre Cisneros», todos ellos clásicos de la ciencia ficción española) y el renacimiento que experimentó en el primer quinquenio de los noventa.
Ángel Torres ya sabía lo que era publicar bolsilibros de gran tirada (la serie del Orden Estelar había aparecido durante los años setenta), pero Rafael Marín, Elia Barceló, Juan Miguel Aguilera y Javier Redal estaban pisando un terreno virgen para los autores del fándom: la publicación de novelas y relatos de ciencia ficción en colecciones especializadas importantes (y en pie de igualdad con los anglosajones). Si el fándom hubiese gozado de buena salud, y hubieran tenido a su alcance colecciones como Nueva Dimensión Libros, Albia Ficción o Delirio, es más que probable que no hubiesen disfrutado de aquella oportunidad inmejorable, y se hubieran conformado con lo que había. La ley del péndulo fue beneficiosa para ellos, porque les enseñó a publicar en condiciones estrictamente profesionales, y al margen de la crítica complaciente de los fanzines. Gracias a ello, se encontraron en primera fila del boom de principios de los noventa, y en plenitud de facultades creativas.
Si definir los ochenta como una década oscura para la ciencia ficción española resulta a todas luces incorrecto e induce a error, como he intentado aclarar en los párrafos anteriores, sí podemos hablar con toda propiedad de boom cuando nos referimos al bienio 1990-1991. Era el fándom el que había vivido una década oscura, no la literatura fantástica española. Ahí están Lágrimas de luz, Mundos en el abismo, la trilogía de las Islas y Sagrada para atestiguarlo; o La orilla oscura, de José María Merino, Los altillos de Brumal, de Cristina Fernández Cubas, y La fase del rubí, de Pilar Pedraza, si nos referimos a obras de género fantástico aparecidas en colecciones de literatura general. Buena parte del canon de la literatura fantástica española estaba publicándose en aquellas fechas. No eran los autores quienes vivían horas bajas, sino los fanzines y revistas.
Durante los dos primeros años de la nueva década se produce una serie de cambios, que redundan en un fortalecimiento del fándom y de las actividades profesionales relacionadas con la literatura fantástica. Por primera vez desde el cierre de Nueva Dimensión, los dos ámbitos repuntan, y lo hacen en la misma dirección, con los mismos intereses comunes. Por eso podemos hablar de un boom: lo que era bueno para los aficionados, empezó a ser bueno para los editores; y viceversa.
Todo se sucede a una velocidad vertiginosa:
La expedición de aficionados españoles a la WorldCon de La Haya.
El proyecto de una asociación española de fantasía y ciencia ficción (la futura AEFCF).
El contacto diario entre aficionados procedentes de toda la geografía española, por obra y gracia de la BBS El Libro de Arena.
El nacimiento del fanzine BEM.
La conversión de Gigamesh en revista profesional.
El premio Alberto Magno, convocado por la Universidad del País Vasco.
El premio UPC de ciencia ficción, convocado por la Universidad Politécnica de Cataluña.
La convocatoria del premio Salvat-Ultramar de novela de ciencia ficción.
La Guía de lectura de Miquel Barceló.
La revista Blade Runner Magazine.
El Círculo de Lhork.
El Grupo Editorial Interface.
El fanzine Elfstone.
El fanzine Sueño del Fevre.
Las polémicas, cada vez más subidas de tono; en especial, la que mantuvieron Carlos Mesa y Cristina Macía.
La tertulia de literatura fantástica de Madrid (la actual TerMa).
El premio Aznar de relato, convocado por una AEFCF que aún carecía de existencia legal.
El premio Ignotus, convocado asimismo por la nonata AEFCF.
La hispacón de Barcelona.
Demasiadas cosas, demasiado deprisa. Todos lo vivíamos con una mezcla de vértigo y esperanza. Como dice la canción de Nacho Vegas, no fue bueno, pero fue lo mejor. Fue mejor de lo que esperábamos, porque aquello despegó, y nos pasamos unos cuantos años viviendo de, en y para aquella ilusión; y, cuando llegó el momento en que la terrible ley del péndulo tenía que acudir a arrasar todo aquello y dejarnos sumidos durante media década en lamentaciones y lloros por nuestro paraíso perdido, ésta no acudió a nuestro encuentro, y nos dejó a solas con nuestro éxito, tratando de digerir el porqué de aquella incomparecencia. ¿En qué nos habríamos equivocado? ¿Qué fue lo que salió bien? ¿Por qué no se produjo la crisis, y en su lugar nos vimos obligados a tirar del carro y ayudar a crecer a la ciencia ficción española?
La respuesta está en las páginas de esta antología, y en sus continuaciones. Estos prólogos sólo pretenden documentar y relatar los cambios experimentados por la literatura fantástica española de los últimos dos decenios, así como darle rienda suelta a mis recuerdos y los de una generación de friquis deseosos de cambiar el estado de las cosas. Pero, si queréis una respuesta satisfactoria, no tenéis más que leer los relatos y novelas cortas que os presentamos en estos volúmenes. Yo sólo puedo ayudaros a entender el contexto, y contaros alguna que otra batallita. La solución a vuestras preguntas la tienen los verdaderos protagonistas de esta historia: Juan Miguel Aguilera, Alfredo Álamo, León Arsenal, Elia Barceló, José Antonio Cotrina, Santiago Eximeno, Carlos Fernández Castrosín, Eduardo Gallego, César Mallorquí, Daniel Mares, Rafael Marín, Rodolofo Martínez, Ramón Muñoz, Javier Negrete, Javier Redal, Joaquín Revuelta, Guillem Sánchez, Domingo Santos, Eduardo Vaquerizo... Algunos de ellos no han querido aparecer en estas páginas; sustituiremos sus testimonios directos (sus escritos) por ensayos acerca de sus obras, pero ello no basta: sería mucho mejor que leyerais las narraciones que los hicieron merecedores del Ignotus.
Algunos premios Ignotus conservan toda su vigencia, muchos años después. Otros han envejecido, o dejado al descubierto la mayor valía de otras obras que tuvieron que conformarse con ser finalistas, o no llegar siquiera a entrar en la papeleta final. Esto no tiene nada de particular: sucede en todos los premios, sean cuales sean la temática y el número de votantes. El palmarés de algunas ediciones sigue siendo irreprochable; otras, en cambio, fueron más controvertidas. Gracias a la lista de los premios Ignotus y de sus finalistas podemos reconstruir la historia de la literatura fantástica de fándom, ser testigos de su apertura (a otros géneros, como el terror, y a otros ámbitos, fuera del especializado). Podemos entender las diferentes épocas en que se subdividen estos casi veinte años, y de este modo saber qué publicaciones, colecciones, tertulias, grupos de aficionados y autores llevaban la voz cantante o ejercían más capacidad de influencia, o eran más populares. Todo está aquí, y estos prólogos no dejan de ser una interpretación, el punto de vista actual de uno de los centenares de aficionados implicados en el proceso. No siempre seré capaz de discernir la vivencia personal del suceso histórico, el escenario vital del profesional, o las filias y fobias de los hechos objetivos... Tal vez sea mejor así, y estos prólogos deban leerse con cautela y escepticismo, como si fueran partes de una ficción ambientada en un contexto concreto (el fándom de los años noventa y la primera década del siglo xxi), en vez de considerarlos un ensayo histórico literario cuya finalidad es desentrañar las causas y consecuencias del período en que la ciencia ficción española evolucionó hacia una madurez y una estabilidad que no había experimentado hasta aquel momento. Y que siguen siendo insuficientes para hablar de un mercado consolidado.
Aclarado esto, retomo el hilo de la narración.


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lunes, 23 de noviembre de 2009

Hacia el infinito... ¿y más allá? (La ciencia ficción española en 1991). (1 de 4)

¿Quién dijo que la BarraCon de Vigo no sirvió para nada? En el transcurso de la hispacón de 2005, mientras se consumaba la debacle del modelo tradicional de hispacones, un grupo de intrépidos friquis tomamos al asalto el bar de al lado del centro de convenciones y, durante media semana, montamos una hispacón paralela que sólo interrumpíamos para intervenir en los actos en los que ya habíamos confirmado asistencia, participación o moderación. El bar Cosmos se convirtió en nuestra auténtica hispacón. Por más que lo intentábamos, no había manera de engancharnos a la hispacón oficial: cada vez que nos acercábamos, el despropósito era mayor. Tal editor no tenía lugar donde exponer los libros. Tal otro editor no había podido asistir a la mesa redonda sobre editores (único motivo de su viaje a Vigo) porque no le habían notificado el horario definitivo y, cuando había llegado, la mesa se había celebrado. Etcétera. Visto lo visto, mientras el triángulo compuesto por Xatafi en pleno, Alfredo Álamo y José Antonio Cotrina se daban a interminables partidas de Falling, y Gijón en pleno se echaba unas risas con Alejo, Lektu y servidor, en ocasiones salían a colación asuntos más serios. Negocios, vamos. Dos editores discutían acerca de la obra por la que ambos habían preguntado al mismo agente literario (en plan "¿Te la quedas tú o me la quedo yo?"). Al mismo tiempo, intentábamos animar al editor que se había hecho los mil kilómetros en balde, porque la organización no le había notificado el cambio de horario de la mesa en la que participaba; de hecho, de allí salió una propuesta de hispacón que al final no se llevó a cabo. Y Luis G. Prado y Rodolfo Martínez me intentaban liar para un proyecto que se traían entre manos: seleccionar una serie de antologías de los premios Ignotus españoles, una especie de Los premios Hugo, con Rudy ejerciendo de maestro de ceremonias, en plan Isaac Asimov. El reto, por supuesto, estribaría en comprobar cómo se las arreglaba Rudy para presentar sus propios cuentos. Llegados a cierto punto, hicieron labor de zapa y me propusieran que participara en el proyecto con unos ensayos, que llevarían el título genérico de "Así fue, así os lo cuento", en los que se pusiera a los lectores en situación y se desglosaran los hechos friquis y bibliográficos más importantes de cada año en cuestión. Un resumen de cada año. Bien, eso podía hacerlo sin demasiados problemas. El proyecto era ambicioso, unos seis o siete volúmenes, y sería una buena ocasión para recapitular, releer  cuentos ya casi olvidados y cerrar la serie de ensayos sobre la historia del boom de la década de 1990 que, por activa o por pasiva, venía escribiendo desde hacía tiempo. Dije que sí.
Pasó el tiempo y mis circunstancias cambiaron, lo que se tradujo en que escribí mi parte tarde y a toda prisa, como siempre. Me quedó un ensayo introductorio de la ciencia ficción de 1991, el que vais a leer a continuación, que no se correspondía en exceso con la filosofía del proyecto: demasiado extenso, demasiado divagatorio, demasiado personal, demasiado testamentario. Le sobraban seis mil palabras como mínimo, y el enfoque en plan "yo, yo, yo", pero no tuve ocasión de reescribirlo. Después llegó mi frenesí de hacerme autónomo, y a continuación mis mudanzas, y me encontré con que lo que no tenía era tiempo ni acceso físico a los fanzines y libros de la época, que están apilados en cajas no muy accesibles, en un garaje.
También cambiaron las circunstancias de Bibliópolis, su metamorfosis en Alamut y su desvincunlación del proyecto. Y llegó un momento, hará un año y pico, en que nos encontramos con un proyecto huérfano y en busca de editor. Y con uno de los colaboradores, yo mismo, que no había cumplido nada más que con una cuarta parte de su encargo, y ésta ni siquiera era válida como introducción.
Las nuevas circunstancias del mercado editorial, con la irrupción del libro electrónica y las pequeñas editoriales que imprimen sobre demanda, pueden estar obrando a favor del proyecto. De hecho, en las últimas conversaciones que he tenido con Rudy acerca de este asunto, parece que la cosa es más viable que hace un par de años, precisamente porque hay más cauces que antes para dar salida a un proyecto cuya filosofía implica una tirada corta pero con ventas aseguradas. Por desgracia me pilla en un momento en el que estoy de retirada del fándom, pues la terrible mezcla de falta de tiempo, falta de acceso al material de consulta y (sobre todo) falta de motivación me tiene sumido en una excedencia voluntaria que muy bien podría convertirse en prejubilación. No obstante, el proyecto siempre me ha parecido atractivo, quiero acabar lo que he empezado y, en resumen, si sale adelante, creo que me merece la pena hacer una excepción (como he estado haciendo hasta ahora con Artifex y como voy a seguir haciendo en lo sucesivo con Hélice y Prospectiva) y colaborar con estas antologías de los Ignotus, al menos en los dos o tres primeros volúmenes, los correspondientes a la década de 1990. Me apetece, por cumplir con la palabra que di en su momento a Rudy, porque me apetece cerrar la serie de ensayos sobre el boom de la ciencia ficción española de la década de 1990 con una recapitulación final y definitiva, y porque toda la gente de la que hablo en esas páginas se merece un reconocimiento expreso.
Por supuesto, si el proyecto sigue adelante, el ensayito correspondiente a 1991 no tendría nada que ver con éste. Como digo, me parece excesivo para una recopilación de relatos que necesitan otro tipo de ensayo introductorio, algo más general y, sobre todo, que no tenga el doble de extensión que el relato ganador del Ignotus de aquel año. No obstante, y ya que el ensayo está escrito, me parecería un desperdicio dejarlo inédito, de modo que lo subo al blog, previo permiso de Rudy. Mantengo todas las alusiones a la recopilación de los relato ganadores de los premios Ignotus. Y, por aquello de no hacerlo interminable, lo divido en cuatro partes. Aquí está la primera. En días sucesivos podréis leer las otras tres.
Quienes vivisteis aquello de primera mano podéis acotar, completar, desmentir o corroborar. Quienes no tuvisteis esa suerte pero queréis saber los orígenes del fándom actual podéis opinar. Y a quienes pasáis del tema sólo os pido que le deis una oportunidad a este ensayito, para que os hagáis una idea de cómo fue, en el plano personal y creativo, una de las etapas más interesantes de la historia de la ciencia ficción española hecha por aficionados y para aficionados.
Sea como sea, espero que os guste.

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España es diferente; tal vez por ello, el renacimiento de la ciencia ficción patria comenzó en La Haya, en el transcurso de una convención mundial. Pocos o ninguno de los asistentes al evento había participado en hispacones, ya que la última databa de unos diez años antes. Contemplo las fotos de La Haya, envejecidas por el tiempo, y veo a los artífices del milagro.
Todos están más delgados, con más pelo y, huelga decirlo, más jóvenes. Algunos han abandonado el fándom, otros se han consolidado en él, y hay quien se ha mantenido al margen del mismo aunque haya franqueado sus fronteras en contadas ocasiones.
Todos desbordan optimismo e ilusión. Algunos siguen siendo amigos o compañeros de trabajo, y otros se han retirado el saludo o se perdieron la pista tras el regreso a Barcelona, de donde había partido la expedición. Es la foto fija de un grupo de veinte pioneros durante un momento único, que tal vez les cambiara las vidas; una foto que no se podrá repetir, porque las circunstancias han cambiado, y la camaradería que reinaba en aquella ocasión se disolvió con el tiempo: unos meses..., quince años... Da igual.
Si os apetece interpretarlo en esos términos, lo que vais a leer en este y los posteriores volúmenes de Los premios Ignotus es la historia de la fragmentación de aquel grupo.
Por lo que a mí respecta, me habría dado lo mismo asistir a La Haya que no hacerlo, porque mi trayectoria en el fándom apenas habría experimentado cambios: el friqui nace, no se hace. Pero en aquel momento, en el transcurso del verano de 1990, yo era un jovencito que acababa de cumplir veinte años, y mi mayor trauma existencial estribaba en el hecho de que mi madre no me dejaba viajar a La Haya. Los restos de la asociación Antares perdían a uno de sus efectivos, aunque enviaban una representación bastante bien nutrida a la WorldCon: Julián Díez, Adalberto de Osma y Susana Vallejo.
Pero yo no podía ir a La Haya. Las excusas oficiales de mi madre (que yo no trabajaba, que para esas fechas ya no había vuelos disponibles entre Mallorca y Barcelona, y que no pensaba dejarme solo en Madrid) se me antojaban arbitrarias, y lo cierto es que la mujer terminó apiadándose de mí, y permitiéndome asistir a la WorldCon. Pero ya era demasiado tarde, las reservas que se habían canalizado a través de la librería Gigamesh ya estaban cerradas, y, en definitiva, se me había cortado el rollo. Ya me había hecho a la idea de que aquella historia no iba conmigo. Por eso me estuve muriendo de asco durante una semana interminable en el puerto de Pollença, sin nada mejor que hacer que prolongar las sobremesas hasta las seis de la tarde, mientras intentaba que mi sobrina de cuatro años se terminase el almuerzo, o leerme algún libro de Stanislaw Lem (Congreso de futurología, creo recordar). Y por eso agarré el cabreo del siglo cuando salimos de excursión a Formentor y vi un transbordador que zarpaba en aquel momento con rumbo a Barcelona, justo el día antes de la partida de la expedición a La Haya. Pude haber ido a una WorldCon.
El cabreo se convirtió en una sana envidia cuando quedé con Julián, Susana y Adalberto, para compartir su relato de los hechos. Lo más probable es que quedásemos en el pisito de estudiantes que José María Faraldo ocupaba en el Alto de Extremadura. Me atrevo a afirmar que también estaba presente Héctor Ramos, otro de los supervivientes de aquella tertulia que, a finales de los años ochenta, nos había hecho entrar en contacto con nuestros ídolos de la época de Nueva Dimensión: Agustín Jaureguízar, Carlos Saiz Cidoncha, Ignacio Romeo... La tertulia de Antares se había celebrado entre 1986 y 1989, y finalmente se había disgregado por obra y gracia de los choques generacionales y las tensiones internas. En cierta ocasión confeccionamos un organigrama, en el que todos teníamos algún cargo, excepto un socio de base: José Ángel Adame, a la sazón faneditor de Nexus. Francisco Arellano apareció en alguna que otra ocasión, igual que Paco Canales, o Frank G. Rubio, y probablemente Arturo Villarrubia, aunque no estoy del todo seguro. Aquello era todo lo que había, y saltó hecho añicos cuando el presidente, Ignacio Romeo, zanjó de una manera drástica (rompiendo su carné de socio, levantándose y largándose de ahí) una discusión entre Carlos Saiz Cidoncha y Frank G. Rubio. Dicho así, tal vez parezca un incidente serio, pero hay que conocer bien a ambos contendientes para darse cuenta de que aquello carecía de importancia, y que Cidoncha se estaba calentando por nada, mientras que Frank, el divino e insustituible Frank (la única persona a la que he visto recibir una ovación unánime por parte de los asistentes a una mesa redonda... a raíz de una intervención suya desde el público) agarraba un bolsilibro de Alan Comet y arrancaba a gritar con vehemencia:
—¡Esto! ¡Esto es la verdadera ciencia ficción española, y no esas mariconadas que leéis!
Antares entró en fase de supernova, y el grupo de amiguetes (Julián, Héctor, Susana, Faraldo, Adalberto y yo) nos empezamos a montar la guerra por nuestra cuenta. Nos habíamos agrupado en Antares a raíz de una carta de Julián al por entonces fanzine Gigamesh. Julián y Susana habían viajado a Barcelona, y regresaron obnubilados por la librería Gigamesh, que por aquel entonces compartía local con el negocio de cerámicas de la madre de Alejo. Años después, mientras digitalizaba el archivo fotográfico de Gigamesh, en las oficinas de la calle Ausiàs Marc, cayó en mis manos una fotografía tan interesante como sorprendente: una sesión de firmas de Robert Silverberg en la librería... entre estanterías llenas de botijos. La instantánea se repite, aunque cambian los protagonistas (Michael Moorcock, Terry Pratchett, Angélica Gorodischer...), y los botijos van siendo sustituidos paulatinamente por más y más libros.
A falta de una revista potente como Nueva Dimensión, la librería Gigamesh era el epicentro de la ciencia ficción española. Nos habíamos conocido a través del fanzine Gigamesh, y a través de sus páginas podíamos comprar material, pues en aquella época Gigamesh hacía venta por correo. Estábamos al tanto de las últimas novedades fanzineras (esos Maser, de los hermanos Juan José y Jesús Parera, Fandom, de Miguel Ángel Martínez, Blagdaross, de Manuel Berlanga, y Tránsito, de Joan Manel Ortiz), pero también de lo que se estaba publicando en el Cono Sur (con los Cuasar de Luis Pestarini) y en los países anglosajones. Si queríamos alguna recomendación, no teníamos más que esperarnos a que saliera la papeleta de los premios Gigamesh, y ahí podíamos elegir entre varias docenas de novelas y relatos de pata negra, generalmente aparecidos en Ultramar o cualquiera de las colecciones de literatura fantástica de Martínez Roca.
Yo era el friqui del fanzine, y tenía frito a todo aquel colaborador dispuesto a perder una o dos horas para descifrar mis cartas interminables y responderlas de una manera más o menos coherente: Alejo Cuervo, Catherine Zuber, Juanma Barranquero, Lluis Salvador... Ellos me recomendaban lecturas, me vendían libros, me enviaban el fanzine y me hablaban de la imposibilidad digamos estructural de celebrar una hispacón en España... si bien me recordaban la existencia de las TransCones, las cenas que organizaba el fanzine Tránsito en Barcelona, y a las que llegaron a asistir hasta veinte comensales.
En Madrid no teníamos nada de aquello. Tan sólo una asociación, que terminó yéndose al carajo, y muchas, muchas ganas de hacer cosas.
Y mucha, mucha hambre. Cualquier excusa era buena para que Faraldo nos cocinase tripitas de titerote (vulgo salchichas) o sopa de hongos de Yuggoth. Eran un salto cualitativo con respecto a las croquetas sin freír de la cervecería Punto y Coma de la plaza de Santa Ana.
Quedábamos para jugar al rol, y en cierta ocasión José Ángel Adame se cabreó conmigo por haberlos dejado colgados de una semana para otra en la partida de Cthulhu que estaban jugando: parecía incapaz de comprender que a mi abuela le había dado un infarto. No volví a la partida.
De todos modos, ¿para qué regresar? Seguro que un ser multitentacular de aspecto blasfemo y ominoso me habría vuelto a dejar frito en cualquier claro de bosque de las inmediaciones de Providence...
Y también quedábamos para hablar, y para soñar.
La expedición a La Haya fue la culminación del sueño, de aquel sueño..., y el inicio de otro, mucho más consistente, del que aún no nos hemos despertado; tal vez, porque no es un sueño, sino la realidad.
Una vez se había terminado de desgranar el anecdotario de La Haya (que si Fulanito había meado al lado de Brian W. Aldiss, que si la hija de Poul Anderson estaba de agárrate y no te menees, que si Menganito había aprendido a montar en bici...), quedaba la impresión de que el viaje había sido más importante de lo que parecía.
Había gente nueva, de la que no sabíamos nada, y que estaba haciendo cosas importantes.
Había iniciativas.
El futuro acababa de comenzar.
Para empezar, estaba el Grupo Interface. A lo largo de 1990 y 1991, varios aficionados procedentes de la BBS El Libro de Arena, que regentaba Bucky Torres, se agruparon para formar Interface. Ricard de la Casa y Pedro Jorge fueron los primeros en asociarse en el Grupo Interface; poco después, entró Joan Manel Ortiz, a la sazón director de Tránsito; y durante 1991 se les unieron Manuel Berlanga (director de Berserkr), Rodolfo Martínez y Javier Cuevas. Los tres últimos abandonaron Interface durante los dos años siguientes, y en su lugar entró el pucelano José Luis González. Ellos demostraron que era posible organizarse a través de la red (lo cual sonaba a ciencia ficción a principios de los años noventa), pero también en formato papel. El resultado de aquellos esfuerzos fue BEM, la publicación insignia de la ciencia ficción española durante la primera mitad de los noventa, y uno de los motores del fándom. Pero no era el único producto de Interface: también estaba el fanzine no ficción, que dio a conocer algunos de los mejores ensayos aparecidos hasta aquel momento en las publicaciones del fándom español, y terminó fusionándose con BEM.
También estaba el Círculo de Lhork, al que pertenecían algunos miembros de Interface. Editaban el fanzine Lhork, dirigido por Eugenio Fraile La Ossa, y en el transcurso de estos dos años había ido perdiendo efectivos, en particular los llamados Licántropos Asociados (Manuel Aguilar, Carlos Díaz Maroto, Eduardo Escalante, Luis Rodríguez Arrabé y Eugenio Sánchez Arrate), miembros fundadores de la futura tertulia de Madrid (TerMa).
Los años ochenta habían sido un páramo, una década oscura, y de repente eclosionaban los grupos de aficionados a la literatura fantástica. En Madrid. En Barcelona. En Cádiz. En Gijón. En Bilbao. En Valencia.
O en Zaragoza. Santiago García Soláns editaba el fanzine Elfstone, que prolongaría su existencia durante casi toda la década; entre sus colaboradores figuraban jóvenes aficionados locales, como Mateo Borreguero, Sonia Carreras y Moisés Friginal.
Los primeros años noventa son los de mayor actividad fanzinera, los de su formato clásico; no en vano, podríamos considerar Elfstone como el precedente de la que doy en llamar «generación del DIN A5». Santiago (Yago) asiste atónito al desenlace del encuentro de fanzines que se celebra en su ciudad en marzo de 1991, y que termina plasmándose en una polémica bastante cafre en las páginas de BEM.
Tiempos nuevos, tiempos salvajes.
Pero tal vez esté empezando la casa por el tejado. Nos falta el contexto histórico. Sin él, resulta difícil entender por qué nos maravillaba tanto todo aquello, qué podía haber de insólito en leer una discusión en las páginas de un fanzine, o en quedar a comer salchichas en casa de un contertulio, o en escuchar arrobado el relato de los asistentes a una reunión de aficionados allende nuestras fronteras, como si me estuvieran narrando un encuentro en la tercera fase. No puedo hablar de medio centenar de personas, si antes no explico de dónde han salido y por qué estaban allí en aquel momento, haciendo exactamente lo que estaban haciendo.



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