Este tochazo viene al hilo de otra actualización de estado chorra que puse el martes en Facebook, aunque no me he resistido a la tentación de dedicarle una entrada aparte en el blog, sin la etiqueta chorra de "Mensajes de estado de Facebook". El máximo de extensión que permite Facebook en un mensaje de estado es 420 caracteres, y necesito algo más para esbozar el asunto. Tan sólo esbozarlo.
Lo cierto es que, por primera vez en lo que va de año, el martes empecé a leer un libro... por placer, porque sí, porque me daba la real gana, porque me apetecía leerlo. Y no os imagináis lo bien que sienta.
Bueno, sí, os lo imagináis, precisamente porque la mayoría leéis porque os da la real gana y os apetece leer un libro concreto en un momento determinado. En realidad, el raro soy yo, y por eso escribo este blog.
Una de las cosas que menos me gustaba de trabajar en nómina en una editorial era el nivel de, digamos, compromiso o sacerdocio al que aquello te obligaba. Trabajabas en horario de oficina, pero te llevabas demasiadas cosas a casa. ¿Por qué? Muy simple: porque el trabajo y la afición coincidían. Nunca estabas del todo de vacaciones, porque la mayor parte de las mismas transcurrían en convenciones y encuentros varios: que si la hispacón, que si la Semana Negra, que si los encuentros de Valdeavellano de Tera... No había problema: yo iba encantado, pero llegaba un momento en el que no sabía si me estaba tomando una copa o echando un futbolín con mis amigos, a las cuatro de la mañana, o inmerso de lleno en un ambiente de trabajo, buscando gente que me hiciese tal o cual crítica, o reclutando colaboradores y contenidos para la reseña, o...
El ejemplo más ilustrativo fue una conversación con Alejo, a propósito de mi posible asistencia a la convención mundial de ciencia ficción que se celebró en Glasgow en 2005. ¡Por fin, una WorldCon en Europa!
-Pero entonces, ¿no vas a ir?
-No. No me apetece.
-
[Ojos como platos] ¿Y eso?
-Pues porque, este año, mis vacaciones sólo van a consistir en ir a la AsturCon y a la hispacón y, para diez días que me quedan de vacaciones, no quiero pasármelos rodeados de más ciencia ficción por todas partes.
-Entiendo. Necesitas desconectar.
En cualquier otra circunstancia, habría matado por pasarme una semana en una convención mundial de ciencia ficción, peeero...
El resumen era simple: cuando trabajo y afición se solapan, quien sale perdiendo es uno mismo, pues la afición deja de ser un placer y pasa a convertirse en una carga. Me había convertido en un burócrata de mi afición.
Algo similar me sucedió cuando me despidieron de Gigamesh. Durante casi dos años anduve buscándome la vida, en cursos de formación, el máster de edición y dos becas. Aquella experiencia resultó decisiva para que después pudiera montármelo como autónomo: casi todos los contactos que ahora son mis clientes datan de aquella época. La ciencia ficción, fantasía y terror dejaron de ser el sacerdocio y el compromiso que habían sido hasta entonces, porque éstos dejaron de ser mi fuente de ingresos; ocupó su lugar la literatura a secas; bueno, la literatura y el mundo de la edición.
Mantuve la cuota de literatura fantástica gracias al Foro Fantasy de Círculo de Lectores y los informes que iba haciendo de tanto en tanto para sus departamentos de ficción y juvenil; además, acepté la coordinación de
Artifex Cuarta Época y, por aquello de continuar la cuota de proactividad, comencé a publicar reseñas en
Hélice y me convertí en jurado del premio Xatafi-Cyberdark. También participé en la selección de un
Fabricantes de Sueños.
Pero también amplié miras. Las experiencias en Larousse y Plataforma Editorial me sirvieron para corregir un par de títulos de aquellas editoriales como "ingresos extraordinarios" aparte de la beca. Me pasaron el contacto del que ahora es mi mejor cliente; no superé la entrevista de trabajo porque buscaban un perfil muy específico, pero les gustó mi prueba de corrección de estilo y empezaron a encargarme trabajos, hasta el punto de que, literalmente, no tuve más remedio que hacerme autónomo. También empecé a corregir para Elsevier, Glosa y Enciclopèdia Catalana, y para el que ahora es mi tercer mejor cliente. Un buen día le eché morro y me puse en contacto con la agencia de Sandra Bruna; desde entonces hago informes para ellos. Y en Círculo (mi segundo mejor cliente), además de hacer informes sobre novelas fantásticas, históricas y juveniles, empecé a hacerlos de libros de autoayuda y economía. Otra empresa de servicios editoriales (mi cuarto mejor cliente) me reclutó después de que no pasara las pruebas de idioma y de negociación, pero les gustó mucho mi prueba de corrección de estilo, y desde entonces. Y, para rematar la faena, un ex compañero de piso me comentó que su hermana, que trabajaba en una editorial especializada en libros de texto, se había quedado sin correctores, y..., bueno..., ¿me importaría si le pasaba mi dirección?
No describo por vanidad todo este frenesí, casi fractal, de asociaciones y trabajos; tan sólo se trata de que comprendáis que llegó un momento, a lo largo del año pasado, en el que mis intereses se habían ampliado. Seguía con mi compromiso, casi sacerdocio, con el género fantástico, pero también con la historia (¡increíble! ¡Por primera vez desde que me licencié, en 1993, la historia me daba de comer!), la medicina, la autoayuda, la economía y la novela española contemporánea. El campo se amplió, y el embrollo se agigantó: lo que me mantenía absorbido y ocupado ya no era sólo mi afición, sino todo el ámbito de la edición. La lectura, en general.
Hasta 2006, si quería desconectar de mi trabajo me bastaba con leer un libro que NO fuera de género fantástico.
Desde 2008, si quiero desconectar de mi trabajo, lo que tengo que hacer es NO LEER ningún libro.
El cambio de mentalidad es evidente. Antes vivía rodeado de libros, relatos, autores y noticias que orbitaban en torno a una monomanía, la literatura fantástica (y el cine fantástico, cuando, además, dirigía
Stalker). Ahora vivo rodeado de libros, autores y documentación auxiliar acerca de muchas facetas del mundo editorial, pero también de muchas facetas de la vida misma. Medicina: mi propio cuerpo y los de los demás, por qué vivimos, por qué morimos y qué hay que hacer para retrasar nuestra muerte y autopreservarnos. Economía: qué pasa en el mundo aquí y ahora. Historia: qué pasó en el mundo para que hayamos llegado adonde estamos. Autoayuda: cómo mejorar como persona y, por tanto, formar una humanidad mejor. Libro de texto: cómo adquirir los rudimentos básicos para desarrollar una personalidad sólida y, por tanto, ser mejores. Biografía: cómo enfrentarse a los problemas de otros para entender mejor los tuyos. Ficción: cómo saber interpretar las idas de olla de los demás. Geografía: cómo entender el marco físico y humano en el que nos movemos. Literatura juvenil: cómo formar a los lectores del futuro. Literatura fantástica: cómo entender este mundo a través de la coartada que nos ofrecen los retratos distorsionados de otros mundos. Corrección propiamente dicha: cómo afinar un poco más y entender mejor la gramática, la ortografía y el estilo de mi idioma, para rendir mejor en mi trabajo, pero también para pensar mejor y de una manera más ordenada.
La cosa va de entender el mundo, como tal vez hayáis captado. O, siendo un poco más cínicos, de reconocer que muchas veces acabo con la cabeza como un bombo, por exceso de información, y, antes que embarcarme en más lecturas, cuando acabo mi jornada laboral prefiero ver alguna serie o escuchar algo de música. O salir al Flabiol a tomarme una cerveza tostada, o al Terra d'Escudella a zamparme un buen bocata de productos catalanes, o al Tempura-ya a arrasar con las existencias de ventresca de atún y navajas rebozadas, cuando vamos bien de prespuesto (que últimamente, ¡ay!, no es el caso).
Mi trabajo orbita en torno a mis lecturas, correcciones e informes. Es un trabajo, pero también es una afición: me gusta la historia, me gusta la economía, me gusta la novela policíaca, me gusta el género fantástico, me gusta el placer de corregir y me gusta chafardear en foros (¡y mucho más si me pagan por ello!). Y muchas veces estoy tan saturado de libros, lecturas y mundo editorial, que no puedo coger un libro porque sí, porque me apetece leerlo, porque estaba en mi librería y me está llamando a gritos, como diciéndome: "Juanma, no tienes que leerme
para algo en concreto, sino
porque te gusta leer, y sé que vas a disfrutar conmigo. No me leas
porque tengas que leerte todo el material elegible para el premio del que eres jurado, o porque tengas que hacer un informe de lectura, una crítica o una reseña, o porque me corrigieses y ahora sientas curiosidad malsana por saber cómo soy cuando me lees de un tirón, ni porque seas un regalo, préstamo o compromiso, o el autor sea amigo tuyo, ni porque sea una posible lectura compartida del Foro Fantasy de Círculo, o tengas que escribir un prólogo, o vayas a usarme en un ensayo o una conferencia. Léeme porque me quieres, porque lo que te gusta de verdad es la lectura, y porque te apetecía leerme, o, de lo contrario, no me habrías comprado. Léeme
para disfrutar, no para trabajar".
Fue fácil: bastó con apartar de la pila los títulos que tengo pendientes de lectura por algún motivo: futuros informes de lectura, libros que he corregido, material acerca del que debo reseña. Con eso me desprendí de casi toda la pila, pero seguían quedando candidatos. El más evidente, el que quería leer desde que lo compré, por puro completismo, por el placer de reencontrarme con un viejo amigo ya muerto, era
El hospital de la transfiguración, de Stanislaw Lem. Pude haber cogido otro, pero era ése el que me apetecía.
No me lo he terminado; de hecho, sólo he leído un capítulo, lo que se tarda en leer en un viaje de ida y vuelta a Círculo de Lectores y Sandra Bruna, a recoger material para corregir e informar. Pero ha sido una lectura intensa. Es la primera novela que escribió Lem, y se nota balbuceante, deseosa de encontrar una voz propia, un Lem claramente menor (en comparación con
Solaris,
La investigación,
Diarios de las estrellas o
Provocación, se entiende) pero que ayuda a entender toda su obra posterior. Resulta llamativo que la estructura del primer capítulo de una novela ambientada en la segunda guerra mundial sea la misma que la de una de sus novelas de ciencia ficción más radicales y extremas,
Retorno de las estrellas: el protagonista llega a un lugar vinculado con su pasado, pero apenas reconoce nada de lo que ve, porque el mundo ha cambiado hasta hacerse irreconocible. En esta novela, porque la invasión alemana ha destrozado Polonia y hace frío y el atuendo del protagonista lo convierte en una rareza, en un elemento extraño que va a desentonar en el funeral de un familiar. En
Retorno de las estrellas, porque es, literalmente, incapaz de caminar por la calle, pues no entiende nada de lo que ve, no sabe interpretar algo tan básico como un paso de peatones. Ambos son extranjeros en su propia tierra. Y a ambos les ocurre lo mismo: "Durante una hora había estado tan preocupado por bajarse allí, que se había olvidado del objetivo de su viaje" (
El hospital de la transfiguración, pág. 21).
Lo cual, a todo esto, podría ser un muy buen resumen de lo que pasa por la cabeza de un letraherido como yo, que vivo de la corrección de estilo y de la literatura en general, pero que necesito más de un año para leer un libro por mero placer: durante un año y pico había estado tan preocupado por leer un libro por placer, que había olvidado que me metí en esto por el placer que me causa la lectura, porque el objetivo de la lectura es, siempre, hallar placer.
