martes, 30 de junio de 2009

Finalistas del IV premio Xatafi-Cyberdark de la crítica de literatura fantástica

Reproduzco el comunicado emitido esta tarde por la Asociación Cultural Xatafi, relativo a las candidaturas de la presente edición del premio Xatafi-Cyberdark. Como siempre, aprovecho para recomendaros todas las obras finalistas (con motivo: para eso soy jurado en la presente edición).

A lo largo de los próximos meses procederé a desgranar los méritos de los diferentes finalistas. Vamos, lo que suelo hacer en estos casos.

Así pues, aquí nos leemos.

Y, si queréis lecturas para el verano o no sabéis qué votar para los próximos Ignotus, ya tenéis material para ir empezando.


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CANDIDATOS AL PREMIO XATAFI-CYBERDARK 2009


El jurado compuesto por Lola Coll, Alfredo Lara, Juan Manuel Santiago, Mariano Villarreal y Arturo Villarrubia (y en el cual ha actuado como secretario sin voz ni voto Alberto García-Teresa) ha declarado candidatos al IV Premio Xatafi-Cyberdark de la crítica de literatura fantástica, de 2009, a las siguientes obras.

Los ganadores se darán a conocer el sábado 24 de octubre de 2009, dentro de la “Gala de las Letras” de Getafe Negro 2009.


Libro español

(remunerado con 350 € aportados por la librería virtual Cyberdark.net)

- El hermano de las moscas, de Jon Bilbao (Salto de Página)

- Rojo alma, negro sombra, de Ismael Martínez Biurrun (451 Ed.)
- El mapa del tiempo, de Félix J. Palma (Algaida)
- El hombre divergente, de Marc R. Soto (Grupo AJEC)


Libro extranjero
-
Fiebre de guerra
, de J.G. Ballard (Berenice)
- El sindicato de policía yiddish, de Michael Chabon (Mondadori)
- Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami (Tusquets)

- El Terror, de Dan Simmons (Roca)

- Spin, de Robert Charles Wilson (Omicrón)


Relato español

(remunerado con 150 € aportados por la librería virtual Cyberdark.net)

- “Lo más dulce”, de Santiago Eximeno (en Santiago Eximeno, Bebés jugando con cuchillos, Grupo AJEC)

- “Mosquitos”, de Marc R. Soto (en Marc R. Soto, El hombre divergente, Grupo AJEC)

- “El hombre divergente”, de Marc R. Soto (en Marc R. Soto, El hombre divergente, Grupo AJEC)


Relato extranjero

- “Fiebre de guerra”, de J.G. Ballard (en J.G. Ballard, Fiebre de guerra, Minotauro)
- “El índice”, de J.G. Ballard (en J.G. Ballard, Fiebre de guerra, Minotauro)
- “El hombre de hielo”, de Haruki Murakami (en Haruki Murakami, Sauce ciego, mujer dormida, Tusquets)

- “El hombre salmonela en el planeta Porno”, de Yasutaka Tsutsui (en Yasutaka Tsutsui, Hombres salmonela en el planeta Porno, Atalanta)


Iniciativa editorial

- Francisco Arellano, por “La Biblioteca del Laberinto”

- Mondadori, por Milagros de vida, de J.G. Ballard

- Menoscuarto, por La realidad oculta. Cuentos fantásticos españoles del siglo XX, en edición de David Roas y Ana Casas

- Puerto NORTE-SUR y Libros del Zorro Rojo, por la reedición de clásicos ilustrados orientados al público juvenil

- Tusquets, por Cuentos completos, de Cristina Fernández Cubas


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http://www.xatafi.com/

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jueves, 25 de junio de 2009

El espíritu de la escalera

No sé si habéis leído un cuento de Chuck Palahniuk titulado "Tripas". Es una historia cojonuda, en la que el autor reflexiona acerca de tres intentos sumamente creativos (aunque fallidos) de masturbación perpetrados por otros tantos adolescentes. Un espóiler: ninguno de los intentos acaba bien. Y hasta ahí puedo contar. Os ahorro los detalles morbosos y las descripciones del relato, porque es espectacular, no apto para todos los estómagos y, en todo caso, muy Palahniuk. Lo que me interesa señalar a efectos de esta entrada es una expresión francesa que el autor recoge y hace suya: el Esprit d'Escalier, o espíritu de la escalera. Ya sabéis, esa frase oportunísima con la que habrías triunfado en una fiesta o desarmado a tu oponente en una discusión pero que se te ocurre cuando acabas de dejarlas, bajando ya las escaleras.
Esto es aplicable a todos los aspectos de la vida cotidiana. Siempre se echa de menos una réplica brillante cuando más la necesitas. En fin, uno es lento para estas cosas.
Ayer por la tarde tuvimos una oportunidad inmejorable de ejercitar el espíritu de la escalera, pero la dejamos escapar y quedamos como unos bordes.
Tarde perfecta de San Juan. Comida y cine, Cristina, Ferran y yo. Paseíto de regreso desde la Villa Olímpica hasta el Eixample. Nubes y claros, y tiempo razonablemente bueno para el calor que había estado cayendo durante los días previos.
Vamos por la Via Layetana, a la altura de la catedral, y vemos un grupo de mexicanos con pinta de andar despistadísimos. Están intentando preguntar algo, pero la gente pasa ampliamente de ellos. Ferran se vuelve hacia ellos, para intentar ayudarlos, y ellos aceptan el reto. La portavoz del grupo formula la pregunta. Pese al tráfico imperante, no hay margen de error: los tres hemos oído exactamente lo mismo.
-Por favor, ¿nos puede decir dónde se encuentra la catedral del mar?
El espíritu de la escalera nos debería haber impelido a responder lo siguiente:
-Pues claro: en la Fnac más cercana, en la sección de librería. Allí verán pilas de ejemplares.
No obstante, esta respuesta no se nos ocurrió hasta bastante más tarde, pasando ya por Portal de l'Angel.
Los tres ponemos cara de auténtica mala hostia, dolidos aún por el derechazo que nos han lanzado al hígado. Pero Ferran, muy profesional, les explica cómo llegar.
No obstante, tiene activado el reflejo del espíritu de la escalera, y acierta a despedirse de sus interlocutores con un:
-Y, por cierto, NO es una catedral, sino una iglesia.
Momento en el cual otro de los turistas me interpela:
-Una pregunta más. ¿Podrían decirnos qué es esa iglesia que se ve allí enfrente?
-Pues, precisamente, es LA catedral.
Total, que ayer por la tarde debió de haber una media docena de cuentas personajes de Twitter, Blogger y Facebook echando humo con actualizaciones de estado comentando lo secos, malaondas, nacos y gilipollas que pueden llegar a ser los españoles.
Qué le vamos a hacer.
A continuación, y de nuevo solos los tres, vino el comentario de la jugada.
-Menos mal que no han preguntado donde está "el edificio ése que sale en La clave Gaudí".
-O el cementerio de los libros olvidados. Es que lo preguntan y los mando a la calle Arc de Teatre.
-Y pensar que hay rutas turísticas de La catedral del mar...
-Poquita broma, que en París hay una ruta de El Código Da Vinci.
-Y en Londres hay otra, pero de Sherlock Holmes, que es como más interesante.
-Lo que no entiendo es por qué el libro se titula La catedral del mar en castellano, pero en catalán es La església del mar.
-Bueno, hay que mirarlo por el lado bueno: por lo menos, la gente lee...
Lo dicho: ¿dónde está el espíritu de la escalera cuando más se necesita?

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viernes, 19 de junio de 2009

Heridas y cicatrices: Mala sangre

Podría continuar con fotos y comentarios sobre la luna de miel en Irlanda, o iniciar un hilo argumental muuuy extenso sobre los preparativos de la boda, o liquidar mis aventuras en el piso compartido, o colgar un par de informes de lectura de títulos de rabiosa actualidad (El mapa del tiempo, de Félix J. Palma, y El nombre del viento, de Patrick Rothfuss). Podría, y puedo, y sólo con estas cuatro líneas argumentales calculo que tengo material para unas veinte entradas de las mías, y las escribiré a su debido tiempo. O sea, cuando se vuelva a producir una confluencia astral como la presente, de tener un par de días tranquilos en términos laborales. De rascarme las pelotas, vamos.
Sin embargo, hoy quiero escribir esta entrada. Me la debo desde hace muchos años. Diez años. Claro que entonces no habría podido escribirla, por falta de perspectiva. Me la debo desde que comencé a escribir el blog. En cierto modo era mi cartucho final, cuando hubiese contado todo lo que creía que tenía que contar. ¿Qué menos que finiquitar el blog narrando el proceso de transformación interior que me había llevado a abrirlo?
No os preocupéis, no pienso cerrar el blog, al menos de momento. Transformarlo en otra cosa, sí, llevo tiempo dándole vueltas al asunto y más o menos tengo decidido en qué términos. Pero cerrarlo, no, por mucho que la pereza, el miedo a repetirme, el agotamiento de los temas de los que quería hablar cuando lo abrí, la comodidad, Facebook, el trabajo y la vida en general se empeñen en que cada vez me acerque menos por aquí. No sé si Pornografía Emocional existirá con su formato actual dentro de seis meses (ahora mismo me apetece muy poquito contar chismorreos acerca de mi vida y me parece más enriquecedor utilizarlo como plataforma profesional), pero para entonces seguiré teniendo blog, de eso no me cabe duda.
En los primeros tiempos del blog le habría dedicado muchos miles de palabras a esta entrada, y tal vez la habría dividido en cinco o seis partes. Me habría entretenido en los detalles, con la precisión de un médico, tal vez porque tenía los hechos más recientes, me importaban más y creía que realmente tenía algo que contar al respecto. Intentaré resumir todo lo que pueda, ya que sucedió hace mucho tiempo y se puede decir, sin temor a equivocarse, que aquello ocurrió en otra vida.
En efecto, hace justo diez años yo estaba cruzando el límite. Y hace justo diez años toqué fondo.
Ya lo he contado alguna que otra vez en este blog. Yo estaba en un callejón sin salida de ésos tan absurdos en los que se mete uno cuando apenas lo han dejado suelto por el mundo, su vida carece de objetivos bien definidos y se limita a dejarse llevar, dejarse ir, dejarse mecer por la marea, dejarse revolcar por las olas. Nada que no se pudiera solucionar con un poco de sentido común, valentía y, ay, decisiones drásticas, dolorosas y necesarias. Me faltaba valor para asumir un giro de timón que no sabía adónde podía llevarme. No supe reaccionar, no quise salirme de una espiral que no conducía a ninguna parte, y mi persona y todo lo que había a mi alrededor se resintió.
Lo expresaré en términos menos herméticos.
Me había metido en un callejón sin salida, unas oposiciones a Técnicos Superiores de la Comunidad de Madrid (un grupo A) para las que no estaba hecho, pero que formaban parte de un pacto. A mi madre no le había hecho ni puñetera gracia que desperdiciase una nota bastante alta en Selectividad matriculándome en Geografía e Historia en la Autónoma (y, de paso, eligiendo Historia en la Complutense como segunda opción, Historia en Alcalá como tercera, Periodismo en la Complutense como cuarta y, a continuación, marcianadas como Filología Eslava o Publicidad). Ella, producto de esa mentalidad tan de posguerra según la cual el trabajo seguro y deseable es el que consigues gracias a unas oposiciones, tenía una espinita clavada: había estudiado Perito Mercantil pese a las reticencias de mi abuelo, había aprobado unas oposiciones para ingresar en el Banco Hispano Americano y había tenido que renunciar a ellas cuando se casó, ya que, por ley, las mujeres que contraían matrimonio tenían que dejar de trabajar. (Hablamos del año 1959.) Como resultado de todo ello, mi madre creía que mi futuro, y el de mis hermanos, pasaba por aprobar unas oposiciones. Así pues, hicimos un pacto: yo estudiaría lo que me diera la gana, pero, cuando terminase, prepararía unas oposiciones. Dado que me aterraba la perspectiva de dar clases (la salida "natural" de Geografía e Historia), ya sabía lo que me tocaba: unas opos para la Administración. Y, dado que me aterraban los exámenes orales (culpables ellos de que mi calificación en la especialidad se desplomase), la salida lógica era opositar a Técnicos Superiores de la Comunidad, puesto que eran las únicas oposiciones de grupo A que no tenían examen oral... hasta que empezaron a tenerlo. Y ahí fue cuando dejé de tener la menor posibilidad de aprobar. Para más inri, mi hermana aprobó las de médico forense con dos niños a cuestas y recién separada, con unas jornadas de estudio delirantes y, en definitiva, en unas condiciones tan adversas que hacían moralmente insostenible el que yo llevase cinco años opositando, a mesa y mantel (sin trabajar para pagarme la academia, sin cargas familiares a cuestas y, en resumen, limitándome a estudiar) y sólo hubiese aprobado un examen.
Mi situación personal tampoco ayudaba. Mi novia de entonces, Laura, se había sacado las oposiciones de Magisterio mientras trabajaba en un colegio en un barrio chungo de Madrid. Lo había conseguido. La situación del sistema educativo no estaba tan mal como ahora, pero no tuvo suerte con los colegios que le tocaron: o muy lejos, o muy marginales, o de integración, y yo seguía sin aprobar las oposiciones, con lo que retrasaba el momento de un matrimonio que tenía todos los números para acabar como el rosario de la aurora. Ella era mayor que yo, tenía más prisas que yo (el reloj biológico), no podía soportar mi parálisis, mi desidia, mi pachorra, ni el que nos viéramos nada más que los fines de semana (me pasé un curso entero sin verla a la luz del día), ni el que apenas pudiéramos salir (no tenía, ni tengo, carnet de conducir, y casi todo mi presupuesto se me iba en la academia en la que preparaba las oposiciones, con lo que teníamos que salir a lo pobre y a lo cutre), ni otras cosas que no viene al caso detallar, y, en definitiva, llegó un momento en el que empezamos a salir el uno contra el otro, como en el lugar común ése de "¿Te casas? ¿Contra quién te casas?". Era eso, ni más ni menos, durante casi tres de los cuatro años que llevábamos juntos.
Hubo dos gotas que colmaron el vaso.
La primera, que una amiga común rompió con su novio, después de siete años juntos, y se lió con alguien con quien estaba mucho mejor. Era posible dejarlo con alguien después de muchos años, y cambiar a mejor. Las comparaciones y, ay, las extrapolaciones empezaron a ser habituales. Y no me dejaban en muy buen lugar.
Y la segunda, que se compró un piso. Ella sola. Sin mi ayuda. Endeudándose hasta las cejas. Sin mi ayuda. Nunca llegué a adivinar cómo nos las habríamos apañado con el pago de la hipoteca cuando estuviésemos viviendo juntos, porque cada vez que ella sacaba el tema, cabreada, y yo proponía alguna solución, se reía de ella, como si diese igual, como si no hubiese nada que hacer. Me llegó a decir que ninguno de mis libros iba a entrar nunca en su piso, con lo que mis perspectivas de futuro, en un piso que, me había quedado claro, nunca iba a ser mío ni nuestro, me conducían a alquilarme un estudio o un guardamuebles (o a poner a la venta mis dos mil libros). ¿Esa vida en común me esperaba? Y aquello era sólo un síntoma.
Llegó un punto en el que ya no pudo más, y me exigió que me buscara un trabajo. El que fuera. De lo que fuera. Como fuese.
Y yo llevaba cinco años paralizado, dos de ellos dando vueltas sobre mi relación con mis padres en una consulta de una psicóloga que se empeñaba en psicoanalizarme cuando en realidad yo necesitaba otra terapia, atado a unas oposiciones que sabía que no tenía manera de aprobar, e incapaz de centrarme porque me presentaba a todas las oposiciones que se convocaban (llegué a estar matriculado hasta en ocho a la vez). No había trabajado en la vida (excepto de monitor en un campamento de verano, repartiendo publicidad o catalogando los fondos de una librería de cara a la campaña de Navidad). Tenía veintiocho años, estaba en un callejón sin salida y, si dejaba las oposiciones, bien podría pasar un par de años antes de encontrar algo que realmente me permitiese vivir con desahogo. Y yo no disponía de dos años más: tenía que encontrar algún trabajo casi de inmediato, o de lo contrario mi relación reventaría. Me aferraba a las oposiciones porque eran una huida hacia adelante, pero al mismo tiempo era consciente de que no llevaban a ninguna parte. Asimismo era incapaz de aventurarme al exterior del cómodo caparazón sobreprotector de mi familia y, en especial, mi madre.
Tenía todos los números para ser un amargado.
Si encontraba cualquier trabajo y me casaba, porque iba a ser con cualquier trabajo, no con uno que me permitiese vivir mi vida (la función pública no es que sea un chollo, pero un grupo A permitía ganar un pastón y, además, no te llevabas trabajo a casa, lo que me habría permitido seguir escribiendo mis críticas, artículos y relatos), y en condiciones de inferioridad, siempre sabedor de que no estaba en mi piso, ni en nuestro piso, y sin poder meter mis cosas allí; tener un niño a toda prisa, para aplacar relojes biológicos, un divorcio casi cantado, y vuelta a empezar, pero esta vez con treinta y pocos años y pensiones alimenticias.
Si dejaba las oposiciones y me buscaba otras alternativas, porque eso retrasaría mis expectativas, mis planes y, posiblemente, mi huida del nido familiar.
Si no las dejaba, porque eso me perpetuaría en una situación sin sentido ni salida, y yo sería un año más viejo y seguiría igual, o dos años más viejo y seguiría igual, o cinco años más viejo y estaría peor, o diez años más viejo y ya me daría igual si estaba mejor o peor; si estaba o no estaba, simplemente.
Así pues, no dejé las oposiciones pero empecé a buscarme otras cosas.
Comercial. Un amigo de mi hermano podía enchufarme. No me hizo ni caso. Tampoco es que yo me vendiera muy bien. Me faltaba experiencia, pero no sólo laboral. Además, ¿comercial?, ¿yo? ¡Vamos anda!
Teleoperador. Estaba con una carraspera tremenda que no me dejaba ni hablar. No podía ir con aquella carraspera a una entrevista de trabajo para intentar trabajar con mi voz. Y, sin embargo, aquello no remitía.
Cualquier oferta del INEM. No olvidemos que por aquel entonces no era una ETT financiada con fondos públicos, sino que más o menos te buscaban cursos de formación que se adaptaran a tus características. Otra cosa era que luego te los ofrecieran. Y la oficina que me correspondía era famosa por la bordería de sus empleados; de hecho, no hacía mucho tiempo que un parado iracundo había intentado quemarla con un bidón de gasolina; yo habría hecho lo mismo, y creo que sé quién llevó a aquel hombre hasta esos extremos.
La carraspera no remitía, no me ofrecían nada en el INEM, la presión se intensificaba, yo estaba dimitiendo de la vida y, vuelvo a lo mismo, ya no sabía cómo salir de aquel callejón sin salida.
Siempre he dicho que, ya que no tenía valor para darle un cambio radical a mi vida o, si ello me resultara imposible, suicidarme, mi organismo dio un golpe de estado y decidió por mí. Comenzó la autodestrucción. Y lo hizo a conciencia.
Ésa es la explicación radical y medio New Age.
Otra explicación medio New Age es que el estrés me pudo, y al fin y al cabo parece que existe cierta relación entre mi enfermedad y el estrés.
Durante años he mantenido ambas explicaciones como válidas, y desde luego influyeron. No creo en todas las chorradas seudocientíficas que se leen por ahí, pero sí estoy convencido de que el ambiente y la predisposición influyen en el desarrollo de las enfermedades relacionadas con el sistema inmunológico, e incluso las determinan en algunos casos. Tengo bastantes alergias, lo que ya de por sí implica problemas de adaptación al medio que me rodea, y son trastornos del sistema inmunológico. Tuve varicela cuando niño, mi madre padeció un herpes un año después de mi enfermedad (y dos años antes de la suya, y desde entonces), y al fin y al cabo el virus de Epstein-Barr está más o menos relacionado con ambas enfermedades, y también con el linfoma de Hodgkin. Tiene sentido: tengo bajas las defensas, ergo me da un cáncer que ataca, precisamente, las defensas.
¿Qué me pasó? A estas alturas de vida no creo que enfermara porque estaba deprimido, pero debió de influir de alguna manera. Sumémosle la ausencia de hábitos saludables de vida (diez horas al día sentado frente a unos apuntes -si estudiaba o no ya era otro asunto-, y sin hacer ejercicio) y he aquí el caldo de cultivo perfecto para que mi salud no fuera lo que se dice esplendorosa.
La carraspera dio paso a una erupción en la zona del mediastino. Entre el esternón y el cuello; el escote, para entendernos.
Como yo había padecido una neumonía once años antes, y el neumólogo me había dicho que podría tener secuelas, me fui al médico de cabecera. Éste me recetó unos antibióticos.
En cuestión de dos o tres días, esa erupción, que casi parecía un collar o un pañuelo, dio paso a un bulto del tamaño de un huevo cortado longitudinalmente. Era rojo y muy, muy caliente. La carraspera no se me iba, y yo estaba empezando a acojonarme.
Volví al médico de cabecera, y éste me remitió a radiología del Gómez Ulla, el hospital militar que me correspondía, ya que, al no trabajar, yo seguía siendo beneficiario de la cartilla de mi padre, teniente coronel retirado.
Mi padre me acompañó a hacerme las radiografías.
Ir con mi padre al Gómez Ulla era un chollo. Como militar se podía tomar ciertas familiaridades con sus colegas, también militares. Y, como médico, había sido profesor de psiquiatría en la Academia de Sanidad Militar, por lo que prácticamente todos los jefes de servicio que había en el hospital habían sido alumnos suyos. Durante mis años de beneficiario de cartilla militar me salté todas las colas que quise; bastaba con hablar con mi padre, él se colaba por la puerta trasera, con su perenne "Soy de la casa" y, al cabo de dos o tres minutos, me pasaban a la consulta en cuestión.
Esto se llama "síndrome del recomendado". Si se dosifica no es malo, y te permite ganar tiempo. Si se abusa del mismo termina siendo contraproducente, porque las enfermeras empiezan a mirarte con cara de bastante mala hostia y, al saltarte los protocolos médicos, corres el riesgo de que la calidad del servicio no sea del todo buena. Ganas en rapidez, pierdes en calidad y rigor. Lo de siempre.
Pues bien, mi padre me llevó al Gómez Ulla de excursión. Se coló en la sala de rayos X y consiguió que el jefe del servicio me hiciera las radiografías de tórax y las interpretara sobre la marcha. Vio algo que no lo convenció.
-Yo lo llevaría a que le hicieran una eco.
Me colaron en la sala de ecografías. Mientras me pasaban la gelatina por el bultito del mediastino, mi padre lo dejó caer por primera vez.
-¿Y hay posibilidades de que se trate de un proceso tumoral?
-¡Vete a la mmmiiierda! -solté, antes de que su interlocutor tuviera tiempo de responder.
Yo había ido a que me hicieran una placa y, de paso, me confirmaran si mi bultito era una recaída de una neumonía. Nada más que eso.
Por otro lado, mi padre siempre ha tenido un ojo clínico impresionante. Sin ir más lejos, cuando me ingresaron por la neumonía, él era el único de los médicos allí presentes que estaba seguro de que yo padecía aquella enfermedad, y no la sinusitis por la que había acudido al médico de cabecera. Acertó, y me pasé dos meses entrando y saliendo del hospital.
Yo tenía presente todo aquello. Por eso me saltaron las alarmas cuando habló de procesos tumorales. Mi padre suele saber de qué habla cuando aventura un diagnóstico.
El médico tampoco tenía muy claro que aquello fuera algo normal.
-Yo lo llevaría a que le hicieran un escáner. Así saldrás de dudas.
Me pasé la siguiente hora tomando aire, sin respirar, y aguantando las nada sutiles indirectas de las enfermeras, por haberme colado cuando había varias TAC programadas antes que la mía, y todas esas cosas que son rigurosamente ciertas pero en las que no reparas cuando te benefician.
-Pues sí que se ve un bultito -le decía el radiólogo a mi padre-, pero no se ve claro. Yo lo llevaría a cirugía general.
En cirugía general examinaron mi placa, los resultados de la eco y las placas del TAC.
-Mira -me dijo el cirujano-. Esto puede deberse a dos cosas. Si es asunto nuestro, te daremos hora para ingresarte y te operaremos. Si, por el contrario, es un asunto hematológico, tendrías que ir a oncología, y ya te lo tratarían ellos.
Programaron mi ingreso para un par de semanas después. No había plazas en cirugía general, así que me llevarían a cirugía torácica. Mi padre habló con el antiguo jefe del servicio, compañero suyo de quinta, y se pusieron de acuerdo en la fecha del ingreso.
Recapitulemos. Yo había ido a que me hicieran una simple placa de tórax, y en el lapso de dos horas había escuchado dos referencias a cánceres y tumores.
Tanto mi madre como Laura fueron tajantes: lo mejor sería que dejase las oposiciones durante una temporada y me centrase en ver qué me pasaba. No podía estudiar, y me costó horrores leerme Cuarentena, de Greg Egan, para hacer una reseña para Gigamesh.
Así pues, me ingresaron un domingo 20 de junio de 1999. Hace diez años.
La idea era hacerme una biopsia del bultito, extraerlo y esperar novedades. El asunto podría llevar diez días, no muchos más. No obstante, la enfermera me advirtió:
-Aquí se sabe cuándo se entra, pero no cuándo se sale.
Y, en efecto, ingresé el mismo día en que acababa una Liga de fútbol y me dieron el alta dos fines de semana después de que comenzase la siguiente. Me pasé toda la pretemporada en un hospital. Del 20 de junio al 3 de septiembre.
Aquí deberían venir los detalles técnicos, la relación de pruebas a las que me sometieron, los vaivenes con los diagnósticos diferenciales y todo eso, y no habría tenido más remedio que dividirlo todo en cinco o seis entradas, porque la verdad es que hay mucho de lo que escribir.
Pero seré breve.
El primer mes me lo pasé en cirugía torácica, entre punciones-biopsia y punciones-biopsia que resultaban imposibles de analizar: el pus, la infección del bulto impedía a los patólogos hacer su trabajo. Sabían lo que tenía (un linfoma de Hodgkin), pero no podían demostrarlo.
El mes en cirugía torácica, viendo pasar pacientes tras pacientes, mientras que yo me quedaba allí, sin fecha de salida, pendiente de que llegara ese diagnóstico. Operaciones a corazón abierto, una semana, y a casa. Y yo sin poder irme de allí.
Un capitán mauritano con quien me comunicaba en una mezcla de francés y español. Un antiguo chusquero marroquí que había combatido en Sidi Ifni y por eso tenía derecho a sanidad militar española. Gente agradable e interesante.
El mes en que el INEM me ofreció un trabajo en el Archivo Histórico Nacional. Pasé las pruebas, a las que me presenté gracias a un permiso penitenc... a un alta voluntaria. Firmé el contrato, y casi me desmayo cuando salí de firmarlo: hacía demasiado calor, y yo llevaba demasiado tiempo ingresado. Y una semana después, el diagnóstico, y la inevitable renuncia al contrato.
Gracias a ello decidí realizar un curso de archivos y bibiliotecas a distancia. Gracias a que estaba realizando ese curso, decidí realizar un curso presencial de bibliotecas y documentación del INEM. Y gracias a eso conseguí trabajar durante los dos años siguientes, en algo que me encantaba. La vida se me comenzó a solucionar gracias a la tremenda frustración que supuso tener que renunciar a un trabajo cuyo contrato ya había firmado.
Un mes surrealista, en el que lloré por primera vez desde que muriera mi abuela, en el que tuve que aguantar la intromisión de sectas evangélicas en la intimidad de mi habitación, en el que hui aterrorizado de los libros de autoayuda que me prestaban para sobrellevar el traguito (La enfermedad como camino me parece especialmente aborrecible, peligroso incluso), en el que me hice amiguete del capellán castrense pese a que él sabía que soy ateo, en el que mataba el rato pidiendo interconsultas a otros departamentos (de paso, me confirmaron que padezco de colon irritable, algo que intuía) y en el que hacía tanto calor que los permisos de fin de semana eran un suplicio.
Fui testigo en la boda de mi amigo Antonio, pero no pude quedarme a la cena. Por lo menos, en ningún momento llegó a notarse que había dejado la camisa perdida del pus que desbordaba la cura que me habían hecho antes de salir a la iglesia. Había traspasado todas las vendas que me cubrían el pecho.
De verdad que parecía un teletubbie.
Pruebas, pruebas y más pruebas. Descartar que fuera un timoma. Descartar que fuera neumonía. Descartar que fuera tuberculosis. Descartar que todo hubiera sido una infección derivada de una espina que se me había atravesado en la garganta un mes antes de enfermar y que me había tenido bastante jodidillo durante un par de semanas.
La primera operación me la hicieron con anestesia local. Consistió en intentar obtener muestras de tejido para poder biopsiarlas. Mi hermana acompañó a los jefes del servicio, los doctores Perales y Castañón, que eran residentes cuando ella era estudiante de medicina. Me faltó medio minuto para suplicarles a gritos que me durmieran, porque la anestesia local se iba acabando, y aquello dolía.
-Anda, anda. Si hubieras parido sabrías lo que es el dolor -me decía mi hermana, mientras seguía marujeando con mis cirujanos torácicos acerca de qué había sido de tal médico o de tal otro compañero.
La segunda operación fue más complicada. El doctor Castañón tenía verdadera prisa por operarme, mientras que Perales era más cauto y no quería arriesgarse hasta que tuvieran un diagnóstico definitivo. Mientras tuviese aquella infección los patólogos podían hacerme todas las biopsias que quisieran: no iba a salir nada en claro. Y Castañón quería operarme lo antes posible porque estaba seguro de que yo padecía un linfoma de Hodgkin y consideraba prioritario remitirme al oncólogo que estaba tratando a su madre.
Pero estábamos en verano, y los médicos se iban de vacaciones. Por eso, en cuanto Perales se fue de vacaciones, se acercó a mi habitación, vio que (¡alegría!) tenía un ganglio inflamado en el cuello, un ganglio hermoso y biopsiable, sin infección alguna, y decidió programar la operación para el día siguiente.
20 de julio, creo, aunque ya no lo recuerdo.
La operación fue muy complicada, y prácticamente se la inventaron. Me practicaron dos drenajes para desaguar el pus, y un cóctel de antibióticos para que éste desapareciese y eliminase el riesgo de infecciones indeseables. Me pasé el siguiente mes y medio supurando, con dos drenajes Penrose que parecían aliens o tenias vomitando el contenido de mi interior.
Pero lo importante ya estaba hecho. Me habían operado, habían extraído el ganglio del cuello (gracias a lo cual tengo unas preciosas cicatrices producto de las grapas) y el bulto del mediastino (por culpa de lo cual tengo un no tan precioso cráter que me he negado a operarme, pese a que pasé varios años sin querer mostrarlo porque me daba vergüenza, asco, reparo o yo qué sé qué, o me recordaba mi enfermedad), me habían drenado la infección, habían llevado a analizar el ganglio y, en definitiva, el diagnóstico no tardaría en llegar. Fin del callejón sin salida que parecía aquello.
Tiempo después, ya sano, me contaron la operación que me iban a hacer, la manera en que me habrían operado de no haber palpado, de manera providencial, aquel ganglio inflamado del cuello. Iban a atacar desde la parte inferior del tórax, abrirse paso desde abajo hacia los pulmones y más arriba, y drenar desde allí, un conducto que atravesaría los pulmones y pasaría junto al corazón. ¿Habría salido de aquella operación? Estoy convencido de que no. Si me contaron bien lo que me iban a haber hecho, aquello no podía salir bien. Y yo no estaría escribiendo esto, ni ninguna otra cosa.
La anestesia fue cualquier cosa menos parecida a las experiencias que te cuentan en las pelis. Te dan conversación para que no te fijes en que te están anestesiando, de repente se produce un vacío, oyes algo, continúa el vacío y te despiertas en el quirófano. Han pasado cuatro horas. Te han robado cuatro horas de tu vida, porque no ha ocurrido nada. Ni sueños, ni luces al final del túnel, ni hostias en vinagre. Nada.
Una semana más, y los resultados de la biopsia.
El doctor Castañón y la enfermera no sabían cómo decírmelo. Por eso optaron por lo menos dramático: mientras me cambiaban el drenaje. Inmovilizado, en resumen.
"El gato se subió al tejado..."
-¿Sabes lo que es un linfoma de Hodgkin?
-Sí.
-Pues eso es lo que tienes. Te vamos a subir a oncología, y allí te darán quimioterapia.
-¿Voy a salir de ésta?
-Lo más seguro es que sí. Como eres joven y sano, apenas hay complicaciones posibles. Sí, vas a salir de ésta.
-Pues entonces, ¿cuándo empezamos?
Fue el único día en que Laura no estuvo a mi lado: tenía tribunal de oposiciones aquel día. Tuve que omitirle la verdad durante las siguientes conversaciones telefónicas, fingir que no había pasado nada, y esperar hasta el día siguiente, y contárselo. Creo que lo pasé peor que mi médico.
Mi madre y ella estuvieron siempre, todos los días, junto a mí. Y casi se matan entre ellas. De esto me enteré después de salir de aquello, después de que yo sanara, después de que cortáramos y no volviéramos a dirigirnos la palabra. Ni ella estaba dispuesta a tolerar las intromisiones de mi madre en nuestra vida en común, ni mi madre estaba dispuesta al futuro que me esperaba si salía de aquello y nos casábamos. Y yo, sin enterarme de nada.
Dos personas que no se tragan, teniendo que ponerse de acuerdo y convivir durante tres meses, viéndose a todas horas. Y, sin embargo, portándose conmigo de un modo ejemplar. Las dos.
Qué mal lo pasan los enfermos en el hospital. ¡Y una polla! Los enfermos ya tienen bastante con lo que tienen, pero están bien atendidos, seguros de que, al menor achaque, van a tener un escuadrón médico a su disposición. Quienes lo pasan peor son los acompañantes, que tienen que dormir en sofás de eskay; que tienen que recorrerse media ciudad en metro antes de ducharse, cambiarse, desahogarse y volver otra vez al hospital; que dejan de ser ellos durante el tiempo que dura el ingreso, a cambio de nada, de tener que poner buenas caras, de tragárselo todo.
Tenía un diagnóstico, y fecha para que comenzara la quimioterapia.
Pero entonces...
La operación de comando estuvo preparada a conciencia. Mi tía entró en la habitación y entretuvo a mi madre, mientras que mi prima se acercó a mi cama y me soltó a bocajarro:
-¿Has pensado en congelar esperma?
Mi prima trabaja en una unidad de reproducción asistida. El asunto es que con la quimioterapia se te cae el pelo, se te caen las uñas y te puedes quedar estéril. Y, en ocasiones, no te recuperas de esos daños colaterales. Por eso era mejor que congelara algo de esperma, por si acaso.
La cara del doctor Castañón cuando se lo contamos fue de auténtico cabreo. Era lo único que podía detener mi subida a oncología, y era justo la única pregunta que no quería que le hiciéramos.
Resulta que el hospital Gómez Ulla, como es militar, no tiene unidad de reproducción asistida, ni nada parecido. Siempre he dicho que son tan hombres que no se preocuparon de estas cosas. Tuvimos que buscar un hospital que tuviera algún concierto de este tipo con el Gómez Ulla, y encontramos el Ramón y Cajal. La alternativa era hacerlo donde decía mi prima, en una clínica de unos colegas suyos, pero nos habrían cobrado un pastón por ello. En el Ramón y Cajal era gratis.
Así que allí me veis, un día 2 de agosto, el mismo día de mi cumpleaños, pidiéndome un alta voluntaria para ir al Ramón y Cajal a..., bien, digámoslo..., a pelármela. Omitiré detalles: no fue agradable. Es muy divertido de contar, pero no tuvo ni puta gracia. Al menos, yo no estaba en situación de apreciar su comicidad, que la tuvo. El que no hubiera manera de entonarme. El que sólo tuvieran recortes de revistas eróticas de los años setenta para animar al paciente. El que irrumpiera un bedel cuando acababa de decidirme acerca de si intentarlo de pie o sentado a la taza y ya me estaba sacando la chorra; me había olvidado de echar el pestillo. El que casi no acertara a depositar la muestra en el tubo. El que no hubiera toallitas de papel con las que limpiarme. El que irrumpiera, sudoroso y con la camisa por fuera, con la muestra de marras, y la enfermera me soltara un desalentador "¿Nada más que esto?". El que me sometieran a un esclarecedor pero humillante cuestionario acerca de mis hábitos sexuales, frecuencias, etc. El que me dijeran, en resumen, que no hacía falta que regresara porque había suficientes espermatozoides como para guardar unas cuantas muestras.
Muestras que, por cierto, he dejado que se destruyan, porque no me apetecía pasar otra vez por aquel traguito, y mucho menos si eso implicaba un viaje ex profeso a Madrid para pelármela delante de páginas arrancadas de un Lib pegajoso.
Así que perdimos una semana, no me pudo tratar el oncólogo que querían que me tratase y, en su lugar, se encargó de mí el doctor Tafalla, que lo hizo realmente bien. Como no era mucho mayor que yo, teníamos bastante compadreo.
¿Qué es un linfoma de Hodgkin? Un cáncer del sistema inmunológico; en concreto, de los linfocitos. En mi caso, se me había necrosado un ganglio, producto del linfoma. Al necrosarse, se había infectado, y era la infección lo que lo había hecho visible... o, más bien, lo había mantenido oculto durante medio verano, hasta que pudieron extraerme el ganglio. La manifestación (el debut) fue tan espectacular que no se pasó por alto. Por lo demás, un linfoma suele ser bastante asintomático (mucha sudoración nocturna, febrícula constante, irritaciones en la piel... nada que yo ya no tuviese), así que podríamos haberlo descubierto cuando ya fuese un auténtico engorro. Me lo detectaron a tiempo. Avanzaba muy rápido, pero el pronóstico era relativamente bueno (un estadio II B, lo que significa que está empezando a extenderse, pero no es generalizado, ni hay metástasis). Era tratable, en suma.
Y después, la quimio. Un coñazo, un auténtico coñazo. Varias horas de botes y más botes metiéndose en tu sangre. Suero fisiológico, Vincristina, Vinblastina, Adriamicina, Bleomicina y ya no recuerdo qué más; durante un año recordé el protocolo entero, como un mantra. Uno era naranja y dejaba un olor espantoso a los meados. Otro entraba en la vena como fuego líquido. Unas veces tardaba dos horas, y otras toda la mañana. En los últimos ciclos salía del hospital vomitando, y durante mucho tiempo me quedó un reflejo condicionado desagradabilísimo: me daban arcadas en cuanto me acercaba al Gómez Ulla.
Más efectos secundarios de la quimio. No poder comer nada sin que te supiera a rayos. No poder beber agua sin que supiera a metal. Dolores de estómago y náuseas casi continuas. Comiditas ligeras y semisólidas. El pelo cortado al dos, para evitar que se me cayera. De hecho, apenas tuve algunas calvas durante los seis meses que duró la quimio. Irrelevante a efectos de diagnóstico y pronóstico, pero esperanzador para alguien que no quería verse calvo, no quería sentirse un canceroso, aunque lo fuera.
Una aversión casi insuperable a las salchichas de Frankfurt. El nutricionista debía de haberse ido de vacaciones, porque los dos primeros martes de quimio la cena consistía en unas asquerosas salchichas que inundaron toda la planta de oncología con su pestazo, y puré de patatas sin pizca de sal. He estado años sin acercarme a las salchichas. Supongo que eso ha revertido en favor de mi salud.
Una infección en un incisivo. La infección me dio tan fuerte que se produjo una inflamación terrible. A los dos días parecía el Hombre Elefante. Mi padre me llevó al estomatólogo del Gómez Ulla, pero salimos de allí cuando el hombre se disponía a arrancarme la pieza, sin más. Dos semanas con antibióticos, un empaste y la infección remitió por sí sola.
Una extravasación: la quimio se salió una vez, y me corroyó el brazo. Todavía me quedan marcas, justo donde llevo el reloj. Un trozo de carne quemada, como una manzana pocha, en la cara interior de la muñeca izquierda.
Heridas y cicatrices, se llama esta subserie de Pornografía Emocional. Pues bien, aquí están casi todas mis cicatrices visibles. Y muchas de las que no se ven.
Un alta precipitada y antes de tiempo, porque el médico veía que me iba a venir abajo en cualquier momento.
Quimioterapia ambulatoria desde septiembre hasta enero. Diez kilos de más, producto de la inactividad. Supongamos que había perdido unos cinco kilos durante los primeros estadios de mi enfermedad. Cuando me subieron a oncología pesaba 69 kilos. Cuando me dieron el alta, 80. Los otros cinco a diez kilos que he engordado desde entonces ya son mérito mío, sin enfermedades ni reposo que los justifiquen.
El sudor me huele diferente desde entonces. Yo huelo diferente.
Me acostumbré a usar gorrito en invierno, y en ello sigo.
Una bronca tremenda, aún en el hospital.
-Búscate un trabajo. Búscatelo, en serio.
-¡No me jodas! Estas cosas me las dices hace seis meses o dentro de seis meses, pero no ahora.
Y seis meses después, un par de semanas después del alta, otra vez la misma bronca.
Y unos días después de aquella bronca, el primer día que conseguí dar una vuelta completa a la manzana sin echar el bofe, una trombosis venosa profunda en la pierna izquierda, de resultas de la cual me pasé dos semanas en reposo absoluto (que te pongan una cuña con veintinueve años es humillante; lo es con cualquier edad, pero cuando eres veinteañero, más), aproveché para leerme todos los cuentos de una edición del premio Pablo Rido (creo recordar que fue la que ganó Ramón Muñoz con "Los cazadores de nubes") y escribir el prólogo de Kalpa Imperial de Angélica Gorodischer. Un año y pico tomando anticoagulantes, y hala, a usar media elástica de por vida.
Remisión total. Y en la revisión de los tres meses, la noticia de que no era necesario que me hicieran el (auto)trasplante de médula, porque iba a obtener muy poco beneficio en comparación con lo jodido que iba a estar, aislado, sin defensas, volviendo a nacer.
Yo ya había vuelto a nacer. En el momento en que me puse la pistola en la sien, en el momento en que mi organismo decidió que ya estaba bien de chorradas y que tenía que autodestruirme.
Como no me tuvieron que hacer el trasplante de médula, pude apuntarme a un curso del INEM sobre redes informáticas. Mi amiga Isa me avisó de otro curso del INEM sobre bibliotecas y documentación, y estuve compatibilizándolos hasta que la Comunidad de Madrid me pilló y me dio a elegir. Por supuesto, me quedé con el que me gustaba, no con el que me habría hecho ganar un pastón.
Un curso de quinientas horas, de mayo a octubre.
A la vuelta del verano, nueva bronca.
-Búscate algún trabajo. Me da igual cuál. Lo que sea.
Pero yo no iba a dejar colgado un curso que me estaba gustando, que veía útil y del que llevaba más de doscientas horas.
La relación sobrevivió durante la media hora que sobrevino a continuación, el rato que estuvimos en silencio, jugando a "¿Lo dices tú o lo digo yo?". Me tocó a mí.
Mantuvimos las formas, pero sólo durante un par de semanas. Después, una llamada inoportuna en un momento inoportuno, bronca del copón, y adiós. Así pues, hasta nunca. Literalmente.
Y aquel curso me condujo a unas prácticas en Iepala, montando un portal sobre calzado. Y aquellas prácticas me condujeron a unas prácticas en la Biblioteca Nacional, que se convirtieron en un contrato como autónomo, que me llevó a un trabajo como subcontratado. Dos años de experiencia en un sector que me gustaba, que me sigue gustando y con el que, como quien dice, me he casado.
Nueva vida, nuevos amigos. Comencé a escribir Mentidero Cinco para Bibliópolis. Acepté dirigir Stalker. Acepté dirigir Gigamesh. Acepté trabajar en Gigamesh y, por tanto, venirme a Barcelona.
Nueva ciudad, nueva vida. Dos meses surrealistas en casa de mi tía, seis años intensos y no menos surrealistas en pisos compartidos, un año y pico asistiendo al taller de literatura y autoconocimiento de Jorge Zentner, y tres años felices junto a Cristina.
Salí de mi enfermedad convertido en un superhéroe, como un nuevo Gilgamesh, que regresó de la muerte. De una muerte más retórica que literal, pues el linfoma de Hodgkin se cura en un noventa por ciento de los casos, y muy mal se tendría que haber dado para que no lo superara.
Pasé dos años tomando decisiones acertadas, una detrás de otra. Dejar las oposiciones. Continuar con el curso de bibliotecas, aunque supusiera cortar con mi novia, con cinco años y un día de relación. Mantener mis amistades, hacer otras nuevas y perder algunas. Dirigir dos revistas. Abandonar un trabajo alienante. Abandonar el nidito materno. Abandonar mi ciudad.
Después no elegí tan bien, y de hecho se puede decir que mis siguientes cuatro años fueron una acumulación de despropósitos, a cual más descabellado, pero algo había cambiado: la predisposición. No volví a suicidarme, no volví a apuntarme con la pistola del Epstein-Barr a la sien, no volví a tener fantasías autodestructivas; o, por lo menos, no volví a llevarlas hasta el último extremo. Volví a enredarme en callejones sin salida, un par de ellos muy espectaculares, pero ya no fueron tan graves, ya no fueron letales y pude salir más o menos airoso. Vistos en perspectiva, mis primeros cuatro años en Barcelona fueron agridulces, una mezcla de meteduras de pata impropias de un treintañero supuestamente responsable y decisiones afortunadísimas con un algo de serendipia. Abrime el blog. Acudir a aquella cita. Cortar una tarta con un sable láser.
Ésta no es la entrada que yo habría escrito hace unos años. No habría dejado de llorar mientras la escribía. Me habría extendido más en los detalles desagradables y técnicos.
Tampoco es la entrada con la que yo quería dar por concluido el blog, porque al fin y al cabo todo final tiene un principio, y nada de lo que soy ahora se puede explicar sin ese año de paréntesis que fue mi linfoma de Hodgkin, mi cáncer. Una enfermedad que me salvó la vida, y nunca mejor dicho.
En realidad, escribo esto porque puedo. He tenido dos días relativamente tranquilos en cuanto trabajo, y me puedo permitir el lujo de dedicarle una mañana a escribir esta entrada, y una tarde a corregirla. Esta tarde voy al médico a asuntos menores relacionados con los efectos colaterales de mi enfermedad, y venía a cuento escribir sobre esto. Y mañana se cumplen diez años de mi ingreso en el hospital, por lo que el momento ideal para escribir esta entrada era ahora.
No hay nada más. Y nada menos. La vida es así. No todo tiene una razón. Y casi siempre es un buen momento para contar lo que tienes en la cabeza.
Buen fin de semana.

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jueves, 18 de junio de 2009

I Día Anual Internacional del Sushi

Al parecer, hoy se celebra el I Día Anual Internacional del Sushi. No he podido encontrar la convocatoria oficial, tan sólo referencias en blogs, pero parece que, para demostrar que te gusta la comida japonesa, hoy hay que comer al menos una pieza de sushi. Interesante propuesta, pero ya he sacado la comida del congelador, estamos en modo economía de guera y mañana comemos en el impagable Tempura Ya, así que ya lo celebraremos allí y entonces.
No obstante, como digo, la propuesta es tentadora.
Por nuestra parte, el homenaje a la comida japonesa es permanente. Si estáis en Facebook os recomiendo el grupo que creó Cristina: "Yo también adoro las navajas rebozadas del Tempura Ya". Si os pasáis por él, dadle vidilla. ¡La ocasión lo merece!
Así pues, aquí va nuestro pequeño homenaje a la comida japonesa. Sé que no son horas, y que os vais a pasar el resto de la mañana insalivando, pero una celebración es una celebración.





¡Que aproveche!

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