Luna de miel en Irlanda. 2. Los nativos
En una entrada anterior comentábamos las peculiaridades gastronómicas de los irlandeses, que fueron, con diferencia, lo más incómodo de nuestro viaje. Me refiero a la comida, por supuesto, no a la bebida. En ese punto no tenemos queja alguna.
Uno de los tópicos sobre los irlandeses es son extremadamente sociables. Que no se callan ni debajo del agua, vamos. Podemos corroborarlo, aunque es cierto que no socializamos mucho con ellos.
Por un lado, y como ya dije en la entrada anterior, perdimos bastante dinero con la boda, lo que nos obligó a hacer un replanteamiento del viaje: ya habíamos comprado los billetes y pagado las habitaciones, y, aunque lo más prudente habría sido que anuláramos el viaje, no nos quedaba más remedio que ir a Irlanda, pero yendo a lo pobre. Pocas salidas. Casi nada de comidas fuera. Apenas un par de incursiones en los pubs de Galway. Nada de turismo cultural por el que hubiera que pagar entrada (excepto en la Guinnes Storehouse, faltaría más). Uno de los efectos negativos de esa política de austeridad fue que nos perdimos el contacto humano, y hablamos con poquitos irlandeses. Cosa que salimos perdiendo, porque sí parecen bastante majos, en general.
Por otro lado, existe el problema del idioma. Cristina tiene un nivel de inglés bastante mejor que el mío, pero así y todo las pasó canutas; no porque no entendiera a los irlandeses (que, sobre todo en Dublín, cuesta bastante), sino porque ellos no la entendían. No obstante, son gente voluntariosa e intentan averiguar qué estás diciendo. Incluso yo conseguía hacerme entender para tareas razonablemente delicadas, como por dónde se iba al hotel de Dublín o cómo llegar al Bed & Breakfast de Galway.
Y, sobre todo, nos ocurrió una cosa muy curiosa: cuanto menos angloparlantes eran nuestros interlocutores, mejor los entendíamos. No deja de ser lógico. En el condado de Galway se habla mucho en irlandés y hay mucha gente que ha sido en educada en este idioma. Más tarde han aprendido el inglés. Hay un canal de televisión en irlandés, el TG4, con sede en Baile na hAbhann (Ballynahow), que ha hecho mucho por la difusión del idioma. En la región de Connemara no es raro ver carteles indicadores sólo en irlandés. El idioma es una seña de identidad, lo están recuperando, y te puedes encontrar con que el guía de la excursión a Connemara, que de entrada nos soltó un "My Irish is very good, but my English is very bad", llegase hasta el punto de no saber explicarse cuando tenía que contarnos alguna historia demasiado compleja. Ignoro hasta qué punto el whiskey (que no whisky) tuvo algo que ver.
Así las cosas, creo que la conversación más larga que mantuvimos con un irlandés se desarrolló en el avión que nos llevó de Barcelona a Dublín. En el tiempo en que Cristina tardó en ir al lavabo y regresar me enteré de que el individuo que tenía sentado a mi izquierda era irlandés, residía desde hace años en Ripoll, adonde fue a parar porque su ex novia era de allí, regresaba a Irlanda por primera vez en un par de años, no le había ido muy bien en el trabajo, reparaba componentes electrónicos, le tocaba las pelotas el que hubiera gente que sólo se dirigiese a él en catalán, le parecía que no nos iba a hacer mal tiempo, me avisó de que el invierno había sido muy seco en la región de Galway (lo que supongo que es la manera irlandesa de decir que sólo llovía cinco días por semana) y nos deseó la mejor suerte del mundo.
Con los irlandeses parece que el tiempo se dilata y contrae a voluntad. Un irlandés proactivo puede decirte todo esto (en el marco de una conversación; yo también solté mi rollo) en cosa de dos minutos, pero dilatar eteeeeernamente una parada para sacar fotos en una visita guiada. Cuando el guía de Connemara nos decía que íbamos a parar "Ten Irish minutes" hacíamos acopio de paciencia, porque la cosa iba para largo.
El sentido de la orientación no parece el fuerte de los irlandeses. O, al menos, la claridad expositiva ante preguntas que sólo requieren dos respuestas: sí o no.
Íbamos acojonados en la estación de Bus Éireann de Dublín porque, hasta el momento en el que subimos al autobús, no sabíamos si habíamos comprado un billete de ida y vuelta a Galway.
(Traduzco al castellano.)
-Pero oiga, ¿el billete es de ida y vuelta, o sólo de ida?
-Aquí está su billete.
Todo esto, ante un billete sin indicación alguna de fecha ni de asiento, ni de Cristo que lo fundó.
Para encontrar la Coach Station (estación de autobuses) de Galway, otro espectáculo.
Compramos los billetes para la visita guiada a la región del Burren y los acantilados de Moher.
-¿Y de dónde salen los autobuses?
-Pueees... de la Coach Station.
-Pero eso ¿dónde está?
-Jander klander enagüer jarl -o sea, rollo incomprensible.
Pues nada, vamos a leer la guía... No, la guía nos dice que salen del mayor Bed & Breakfast de Galway, el Kinlay House, que está como a medio kilómetro de la oficina de turismo. Vamos allí, y no sale. Lo han cambiado. En las farolas hay carteles indicadores del nuevo punto de encuentro para las excursiones. Llegamos a Eyre Square, y la cosa está tan embrollada que no podemos salir de la plaza. Los carteles son contradictorios. Preguntamos a un señor orondo y con cara amable, que lleva un peto de la agencia de viajes con la que habíamos contratado la visita guiada, y nos suelta un:
-Pues ¿de dónde van a salir? De la Coach Station.
-Pero ¿dónde está la Coach Station?
-Pues klander enagüer jander joooooooondemoooorl y olé -o sea, rollo incomprensible, sin demasiada relación con lo que nos había dicho la chica de la oficina de información.
Total, que acabamos llegando a la Coach Station, que está justo detrás de la oficina de información. ¡Haber empezado por allí!
John Ford retrató a la perfección esta faceta del carácter irlandés en los primeros dos minutos de El hombre tranquilo.
Con los propietarios de los Bed & Breakfast nos ocurrió justo lo contrario: hablaban un inglés tan pulcro que no los entendíamos, ni ellos a nosotros. Y yo tan contento, porque en Connemara y las islas de Aran me enteraba de casi todas las explicaciones de los guías. Lógico: les costaba hablar en inglés.
Por un lado, y como ya dije en la entrada anterior, perdimos bastante dinero con la boda, lo que nos obligó a hacer un replanteamiento del viaje: ya habíamos comprado los billetes y pagado las habitaciones, y, aunque lo más prudente habría sido que anuláramos el viaje, no nos quedaba más remedio que ir a Irlanda, pero yendo a lo pobre. Pocas salidas. Casi nada de comidas fuera. Apenas un par de incursiones en los pubs de Galway. Nada de turismo cultural por el que hubiera que pagar entrada (excepto en la Guinnes Storehouse, faltaría más). Uno de los efectos negativos de esa política de austeridad fue que nos perdimos el contacto humano, y hablamos con poquitos irlandeses. Cosa que salimos perdiendo, porque sí parecen bastante majos, en general.
Por otro lado, existe el problema del idioma. Cristina tiene un nivel de inglés bastante mejor que el mío, pero así y todo las pasó canutas; no porque no entendiera a los irlandeses (que, sobre todo en Dublín, cuesta bastante), sino porque ellos no la entendían. No obstante, son gente voluntariosa e intentan averiguar qué estás diciendo. Incluso yo conseguía hacerme entender para tareas razonablemente delicadas, como por dónde se iba al hotel de Dublín o cómo llegar al Bed & Breakfast de Galway.
Y, sobre todo, nos ocurrió una cosa muy curiosa: cuanto menos angloparlantes eran nuestros interlocutores, mejor los entendíamos. No deja de ser lógico. En el condado de Galway se habla mucho en irlandés y hay mucha gente que ha sido en educada en este idioma. Más tarde han aprendido el inglés. Hay un canal de televisión en irlandés, el TG4, con sede en Baile na hAbhann (Ballynahow), que ha hecho mucho por la difusión del idioma. En la región de Connemara no es raro ver carteles indicadores sólo en irlandés. El idioma es una seña de identidad, lo están recuperando, y te puedes encontrar con que el guía de la excursión a Connemara, que de entrada nos soltó un "My Irish is very good, but my English is very bad", llegase hasta el punto de no saber explicarse cuando tenía que contarnos alguna historia demasiado compleja. Ignoro hasta qué punto el whiskey (que no whisky) tuvo algo que ver.
Así las cosas, creo que la conversación más larga que mantuvimos con un irlandés se desarrolló en el avión que nos llevó de Barcelona a Dublín. En el tiempo en que Cristina tardó en ir al lavabo y regresar me enteré de que el individuo que tenía sentado a mi izquierda era irlandés, residía desde hace años en Ripoll, adonde fue a parar porque su ex novia era de allí, regresaba a Irlanda por primera vez en un par de años, no le había ido muy bien en el trabajo, reparaba componentes electrónicos, le tocaba las pelotas el que hubiera gente que sólo se dirigiese a él en catalán, le parecía que no nos iba a hacer mal tiempo, me avisó de que el invierno había sido muy seco en la región de Galway (lo que supongo que es la manera irlandesa de decir que sólo llovía cinco días por semana) y nos deseó la mejor suerte del mundo.
Con los irlandeses parece que el tiempo se dilata y contrae a voluntad. Un irlandés proactivo puede decirte todo esto (en el marco de una conversación; yo también solté mi rollo) en cosa de dos minutos, pero dilatar eteeeeernamente una parada para sacar fotos en una visita guiada. Cuando el guía de Connemara nos decía que íbamos a parar "Ten Irish minutes" hacíamos acopio de paciencia, porque la cosa iba para largo.
El sentido de la orientación no parece el fuerte de los irlandeses. O, al menos, la claridad expositiva ante preguntas que sólo requieren dos respuestas: sí o no.
Íbamos acojonados en la estación de Bus Éireann de Dublín porque, hasta el momento en el que subimos al autobús, no sabíamos si habíamos comprado un billete de ida y vuelta a Galway.
(Traduzco al castellano.)
-Pero oiga, ¿el billete es de ida y vuelta, o sólo de ida?
-Aquí está su billete.
Todo esto, ante un billete sin indicación alguna de fecha ni de asiento, ni de Cristo que lo fundó.
Para encontrar la Coach Station (estación de autobuses) de Galway, otro espectáculo.
Compramos los billetes para la visita guiada a la región del Burren y los acantilados de Moher.
-¿Y de dónde salen los autobuses?
-Pueees... de la Coach Station.
-Pero eso ¿dónde está?
-Jander klander enagüer jarl -o sea, rollo incomprensible.
Pues nada, vamos a leer la guía... No, la guía nos dice que salen del mayor Bed & Breakfast de Galway, el Kinlay House, que está como a medio kilómetro de la oficina de turismo. Vamos allí, y no sale. Lo han cambiado. En las farolas hay carteles indicadores del nuevo punto de encuentro para las excursiones. Llegamos a Eyre Square, y la cosa está tan embrollada que no podemos salir de la plaza. Los carteles son contradictorios. Preguntamos a un señor orondo y con cara amable, que lleva un peto de la agencia de viajes con la que habíamos contratado la visita guiada, y nos suelta un:
-Pues ¿de dónde van a salir? De la Coach Station.
-Pero ¿dónde está la Coach Station?
-Pues klander enagüer jander joooooooondemoooorl y olé -o sea, rollo incomprensible, sin demasiada relación con lo que nos había dicho la chica de la oficina de información.
Total, que acabamos llegando a la Coach Station, que está justo detrás de la oficina de información. ¡Haber empezado por allí!
John Ford retrató a la perfección esta faceta del carácter irlandés en los primeros dos minutos de El hombre tranquilo.
Con los propietarios de los Bed & Breakfast nos ocurrió justo lo contrario: hablaban un inglés tan pulcro que no los entendíamos, ni ellos a nosotros. Y yo tan contento, porque en Connemara y las islas de Aran me enteraba de casi todas las explicaciones de los guías. Lógico: les costaba hablar en inglés.
El humor irlandés es digno de estudio. Más elíptico, salvaje y efectivo que el británico, aunque igual de surrealista. La visita guiada a Inis Mór fue una delicia. El guía estaba un poco zumbado, y la tomó con las tres italianas que viajaban con nosotros, pero resultó muy divertido. El guía de Connemara (que dio la casualidad de que era ese señor orondo que nos medio indicó el camino a la Coach Station el día en que íbamos a los acantilados de Moher) también era un cachondo mental, aunque durante el regreso a Galway apenas consiguió hilar tres frases seguidas con cierta coherencia.
Sólo los irlandeses pueden descojonarse de sus señas de identidad con la gracia con la que lo hacen.
Sólo los irlandeses pueden descojonarse de sus señas de identidad con la gracia con la que lo hacen.
De todos modos, la muestra más depurada del carácter irlandés fue la anécdota que nos contó el guía del Burren y Moher.
Éste es el castillo de Leamaneagh. Es tardomedieval, pero se hizo famoso en el siglo XVII, durante la ocupación británica por parte de las tropas de Oliver Cromwell. Maria Rua, la dueña del castillo, enviudó durante la guerra. Los hombres de Cromwell asesinaron a su esposo. Ella se ofreció a uno de los generales de Cromwell para salvar su castillo y sus posesiones, de modo que contrajeron matrimonio. No obstante, lo mató al arrojarlo por la ventana más alta del castillo: el general había puesto a parir al difunto esposo de Maria Rua.
Así son los irlandeses.
Una de las cosas que más llaman la atención en Irlanda es la presencia casi omnipresente de voluntarios relacionados con organizaciones religiosas. La Iglesia ha perdido mucha capacidad de influencia, sobre todo a raíz de los múltiples casos de pederastia entre el clero, pero así y todo sigue organizando una red social de ayuda mutua y caridad que suple a la perfección las carencias de las instituciones públicas. O, si no las suple, al menos lo aparenta, porque es cierto que no se puede dar un paso sin encontrarse con un recordatorio de que están allí. Algo muy de agradecer, porque uno viene de España convencido de que lo único que sabe hacer el clero es salir a la calle para montar manifestaciones masivas contra el aborto y la desintegración de la familia, y resulta que en Irlanda ofrecen ayuda a las adolescentes que se han quedado embarazadas, mediante campañas de concienciación, precisamente para evitar que se rompan las familias de las madres solteras de quince años (no pudimos fotografiar un cartel en el que venía a decir: "En serio, no es motivo de vergüenza, es algo que puede ocurrir").
Al respecto, resulta llamativa la cantidad de madres adolescentes que veíamos. O las irlandesas tienen el cutis perfecto y aparentan diez años menos de los que tienen o aquello estaba lleno de madres menores de veinte años. La cola de embarque en el aeropuerto de Dublín, cuando regresábamos a Barcelona, era todo un canto a la familia numerosa. Estaba lleno de carritos. El colmo lo vimos en nuestro avión. Una parejita que no debía de tener más de veinticinco años, y eso siendo generosos, flanqueada por ¡cinco niños! clavaditos al padre o a la madre, quien, además, estaba embarazada de siete u ocho meses. El cómo dejaban a cinco niños de entre ocho y dos años pastando a sus anchas en pijama por una zona de embarque de un aeropuerto ya es otro asunto.
También abundan los buenos samaritanos que vienen a recordarte que no es bueno que te tires al río Corrib, que pasa por Galway y, a juzgar por la abundancia de salvavidas, es bastante peligroso.
En los acantilados de Moher, que alcanzan los 210 metros de altura y apenas cuentan con barreras de protección, no es raro ver carteles en los que se trata de disuadir a los posibles (y muy abundantes) suicidas.
Y éste es otro punto al que quería yo llegar: la falta de seguridad y, en general, la improvisación. Entiendo que la infraestructura turística aún esté un tanto en pañales, ya que no es un país tan turístico como, pongamos por caso, Italia o España, pero había momentos en los que daba la impresión de que si no ocurren verdaderas desgracias es porque la buena suerte existe.

Todo ello con independencia de que tengo un vértigo de la hostia y no puedo acercarme a menos de diez metros de un acantilado. Lo cual no evitó que admirara la grandiosidad del lugar, pero supongo que hizo que me perdiese parte de su encanto. No es lo mismo asomarse a un barranco de doscientos metros que ver, a lo lejos, cómo Cristina saca una foto.
Los irlandeses son, por lo general, gente honesta, por lo que ciertas prácticas, que en España se considerarian publicidad engañosa para atraer turistas, en Irlanda son muestras de sentido del humor.
Un ejemplo, más digno de obra de Lope de Vega que de Shakespeare, o más propio de una novela de Herman Melville que de una de James Joyce. En 1493 uno de los hijos del alcalde de Galway, James Lynch, mató a un invitado de la familia, un comerciante gaditano que le había metido mano a una moza que le gustaba. Arrojó el cadáver al mar, pero las olas lo devolvieron a la costa. Descubierto, confesó, y el alcalde, su padre, no tuvo más remedio que condenarlo a muerte. Pero todos los verdugos renunciaron a ejecutar al hijo de Lynch, dado que la población estaba a favor del reo. En vista de esta circunstancia, James Lynch en persona se encargó de ahorcar a su hijo. A continuación, renunció a su cargo y se retiró de la política.
En 1854, y en vista de que todos los visitantes (aún no se llamaban turistas) que recalaban en Galway preguntaban por el lugar donde se había producido el ajusticiamiento, el párroco de la iglesia de San Nicolás, Peter Daly, se puso de acuerdo con el Ayuntamiento, erigió un pequeño muro a medio camino entre la iglesia y la antigua mansión de los Lynch (la Lynch's House), hizo esculpir en él una calavera, y empezó a propagar el rumor, que en la actualidad se da por cierto, de que era un fragmento de muralla medieval, y que allí se había producido el ajusticiamiento del díscolo hijo de James Lynch. Es uno de los primeros casos documentados de publicidad engañosa.
Así son los irlandeses.
Una de las cosas que más llaman la atención en Irlanda es la presencia casi omnipresente de voluntarios relacionados con organizaciones religiosas. La Iglesia ha perdido mucha capacidad de influencia, sobre todo a raíz de los múltiples casos de pederastia entre el clero, pero así y todo sigue organizando una red social de ayuda mutua y caridad que suple a la perfección las carencias de las instituciones públicas. O, si no las suple, al menos lo aparenta, porque es cierto que no se puede dar un paso sin encontrarse con un recordatorio de que están allí. Algo muy de agradecer, porque uno viene de España convencido de que lo único que sabe hacer el clero es salir a la calle para montar manifestaciones masivas contra el aborto y la desintegración de la familia, y resulta que en Irlanda ofrecen ayuda a las adolescentes que se han quedado embarazadas, mediante campañas de concienciación, precisamente para evitar que se rompan las familias de las madres solteras de quince años (no pudimos fotografiar un cartel en el que venía a decir: "En serio, no es motivo de vergüenza, es algo que puede ocurrir").
Al respecto, resulta llamativa la cantidad de madres adolescentes que veíamos. O las irlandesas tienen el cutis perfecto y aparentan diez años menos de los que tienen o aquello estaba lleno de madres menores de veinte años. La cola de embarque en el aeropuerto de Dublín, cuando regresábamos a Barcelona, era todo un canto a la familia numerosa. Estaba lleno de carritos. El colmo lo vimos en nuestro avión. Una parejita que no debía de tener más de veinticinco años, y eso siendo generosos, flanqueada por ¡cinco niños! clavaditos al padre o a la madre, quien, además, estaba embarazada de siete u ocho meses. El cómo dejaban a cinco niños de entre ocho y dos años pastando a sus anchas en pijama por una zona de embarque de un aeropuerto ya es otro asunto.
También abundan los buenos samaritanos que vienen a recordarte que no es bueno que te tires al río Corrib, que pasa por Galway y, a juzgar por la abundancia de salvavidas, es bastante peligroso.
Los irlandeses son, por lo general, gente honesta, por lo que ciertas prácticas, que en España se considerarian publicidad engañosa para atraer turistas, en Irlanda son muestras de sentido del humor.
Un ejemplo, más digno de obra de Lope de Vega que de Shakespeare, o más propio de una novela de Herman Melville que de una de James Joyce. En 1493 uno de los hijos del alcalde de Galway, James Lynch, mató a un invitado de la familia, un comerciante gaditano que le había metido mano a una moza que le gustaba. Arrojó el cadáver al mar, pero las olas lo devolvieron a la costa. Descubierto, confesó, y el alcalde, su padre, no tuvo más remedio que condenarlo a muerte. Pero todos los verdugos renunciaron a ejecutar al hijo de Lynch, dado que la población estaba a favor del reo. En vista de esta circunstancia, James Lynch en persona se encargó de ahorcar a su hijo. A continuación, renunció a su cargo y se retiró de la política.
En 1854, y en vista de que todos los visitantes (aún no se llamaban turistas) que recalaban en Galway preguntaban por el lugar donde se había producido el ajusticiamiento, el párroco de la iglesia de San Nicolás, Peter Daly, se puso de acuerdo con el Ayuntamiento, erigió un pequeño muro a medio camino entre la iglesia y la antigua mansión de los Lynch (la Lynch's House), hizo esculpir en él una calavera, y empezó a propagar el rumor, que en la actualidad se da por cierto, de que era un fragmento de muralla medieval, y que allí se había producido el ajusticiamiento del díscolo hijo de James Lynch. Es uno de los primeros casos documentados de publicidad engañosa.
El último día que estuvimos en Galway, a última hora, dimos con la solución: los carteles que indican la casa de Nora Barnacle son más grandes que la propia casa de Nora Barnacle.
Joyce, James Joyce. Otra de las peculiaridades de Irlanda. El 16 de junio se celebra el Bloomsday, y toda Dublín se vuelca en la reconstrucción de la aventura de Leopold Bloom que Joyce recrea en su inmortal Ulises. Abundan las visitas guiadas, y la rutas turísticas. Bajas la vista y te encuentras con recordatorios de que tal o cual sitio fue mencionado en la novela.
(Otra muestra de la idiosincrasia irlandesa, me temo.)
Pero no todo va a ser poner a parir a los dublineses. A veces tienen ideas brillantes.
Hace unos años el IRA voló el monumento a Nelson de O'Connell Street. Para que os hagáis una idea, aquello fue algo parecido a volar el monumento a Colón de Barcelona. Además, lo hicieron con tanto arte que consiguieron no reventar ni un solo cristal de las inmediaciones.
¿Qué hacer en su lugar? De todas las posibles opciones, ganó la más polémica... y, vistos los resultados, la más bonita. Se trata del Spire ("pincho"), una inmensa aguja de ciento y pico metros de altura que, pese a su sobriedad, es realmente elegante y bonita. La ves de lejos y parece el mástil de la bandera de la plaza de Colón de Madrid, aunque los dublineses se refieren a ella como "la aguja más grande del barrio", en clara alusión a la fauna chunga que puebla la zona de noche. María se refería a ellos como los "chandaleros", y sí que es cierto. Dan bastante miedo, son bastante pesados y, en resumen, tienen el típico comportamiento que cabe esperar del lumpen, sea en Dublín o en el Raval. En ese aspecto, Irlanda está bastante globalizada.
Como ya dije al referirme a la casa de Nora Barnacle, los irlandeses tienen la tendencia a exagerar un poco. Lees las guías y, al llegar a las explicaciones sobre Galway, todas te advierten de que uno de los lugares obligatorios en los que debe recalar el turista es el Spanish Arch (Arco Español), que es uno de los pocos restos que se conservan de la antigua muralla medieval, y que forma un conjunto monumental espectacular.
Igual que nos ocurrió con la casa de Nora Barnacle, buscamos un poco hasta que nos convencimos de que el famoso Arco Español, gloria y orgullo de Galway, era una enanez, y que además es el epicentro del botellón que organizan los miles de estudiantes de la universidad. ¿"Botellón" y "español" en la misma frase? Pues sí. Nunca lo hubiérais dicho, ¿verdad?
Sea como fuere, el Arco Español está en la desembocadura del río Corrib, que, como ya he dicho, suele venir llenito de agua y bastante bravo. Es un río realmente corto, apenas cinco kilómetros. En realidad es el desaguadero del lago Corrib, uno de los más extensos de Irlanda, pero ya se sabe, los irlandeses son gente con tendencia a exagerar.
Galway está en el Océano Atlántico, en la hermosa bahía de Galway. El estar un tanto encerrada, lejos del mar abierto, hace que las mareas no sean tan exageradas como en otras zonas de Irlanda, pero pese a ello la subida del nivel de las aguas puede ser considerable. Debido a ello, nunca viene mal del todo recordarle a los conductores que tal vez sea mala idea aparcar según dónde.
En cualquier caso, parece que los Danaher y Tillane de turno se han salido con la suya, y los herederos de Sean Thorton van a tener compañía.
Sin salir de Connemara, he aquí otra foto que nos presenta detalles de la idisioncrasia local.
Por lo menos no se nos puso a llover.
El día siguiente, el guía de Inis Mór (la mayor de las islas de Aran) nos comentó que en la isla hace mucho mejor tiempo que en Irlanda, porque, al no haber obstáculos naturales, las nubes se van como han venido. Eso sí, las hijas de puta hacen auténtico daño.
El guía de Inis Mór era otro personaje. Nos mostró los pubs de la isla (sólo seis... frente a tres iglesias, tres guarderías y tres escuelas de primaria), nos enseñó su rebaño de ovejas (que, en efecto, debían de ser suyas, porque acudieron raudas y veloces en cuanto lo vierno aparecer) y nos dejó dos horas y media en Dun Aengus, uno de los sitios más flipantes de todo el viaje. Un puñetero crac. Y, además, consiguió que su vecino se dejase fotografíar mientras herraba a su caballo.
Los animales y los irlandeses. Sí. Irlanda es un país lleno de ovejas, ponis, caballos, vaquitas y cabras. No vimos ni un establo, pero animales, todos los que queráis. El guía del Burren y Moher hizo una parada no prevista para que fotografiáramos una oveja negra (ya la colgaré en otra entrada), y en general llama la atención el grado de comunión con la naturaleza que se puede tener en un país desarrollado como Irlanda. Es un país muy rural, cierto. De hecho, Galway es la tercera ciudad del país, y apenas tiene 80.000 habitantes.
Pero la presencia de animales salvajes no es privativa de las zonas rurales. También los puedes ver en Dublín. En Phoenix Park, que es el parque urbano más grande del mundo (más grande que la Casa de Campo y que Central Park, y -esto deben de decirlo para joder a los ingleses- más extenso que todos los parques de Londres juntos), pastan libres los gamos. En la guía comentaban que había una veintena, pero vimos unos cuantos más. No quisimos acercarnos demasiado, pero parecen bastante confiados. Por suerte para ellos, los tiempos de dominación británica y de lores dándose a la caza compulsiva ya pasaron.
Pero la presencia de animales salvajes no es privativa de las zonas rurales. También los puedes ver en Dublín. En Phoenix Park, que es el parque urbano más grande del mundo (más grande que la Casa de Campo y que Central Park, y -esto deben de decirlo para joder a los ingleses- más extenso que todos los parques de Londres juntos), pastan libres los gamos. En la guía comentaban que había una veintena, pero vimos unos cuantos más. No quisimos acercarnos demasiado, pero parecen bastante confiados. Por suerte para ellos, los tiempos de dominación británica y de lores dándose a la caza compulsiva ya pasaron.
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