miércoles, 27 de mayo de 2009

Luna de miel en Irlanda. 2. Los nativos

En una entrada anterior comentábamos las peculiaridades gastronómicas de los irlandeses, que fueron, con diferencia, lo más incómodo de nuestro viaje. Me refiero a la comida, por supuesto, no a la bebida. En ese punto no tenemos queja alguna.
Uno de los tópicos sobre los irlandeses es son extremadamente sociables. Que no se callan ni debajo del agua, vamos. Podemos corroborarlo, aunque es cierto que no socializamos mucho con ellos.
Por un lado, y como ya dije en la entrada anterior, perdimos bastante dinero con la boda, lo que nos obligó a hacer un replanteamiento del viaje: ya habíamos comprado los billetes y pagado las habitaciones, y, aunque lo más prudente habría sido que anuláramos el viaje, no nos quedaba más remedio que ir a Irlanda, pero yendo a lo pobre. Pocas salidas. Casi nada de comidas fuera. Apenas un par de incursiones en los pubs de Galway. Nada de turismo cultural por el que hubiera que pagar entrada (excepto en la Guinnes Storehouse, faltaría más). Uno de los efectos negativos de esa política de austeridad fue que nos perdimos el contacto humano, y hablamos con poquitos irlandeses. Cosa que salimos perdiendo, porque sí parecen bastante majos, en general.
Por otro lado, existe el problema del idioma. Cristina tiene un nivel de inglés bastante mejor que el mío, pero así y todo las pasó canutas; no porque no entendiera a los irlandeses (que, sobre todo en Dublín, cuesta bastante), sino porque ellos no la entendían. No obstante, son gente voluntariosa e intentan averiguar qué estás diciendo. Incluso yo conseguía hacerme entender para tareas razonablemente delicadas, como por dónde se iba al hotel de Dublín o cómo llegar al Bed & Breakfast de Galway.
Y, sobre todo, nos ocurrió una cosa muy curiosa: cuanto menos angloparlantes eran nuestros interlocutores, mejor los entendíamos. No deja de ser lógico. En el condado de Galway se habla mucho en irlandés y hay mucha gente que ha sido en educada en este idioma. Más tarde han aprendido el inglés. Hay un canal de televisión en irlandés, el TG4, con sede en Baile na hAbhann (Ballynahow), que ha hecho mucho por la difusión del idioma. En la región de Connemara no es raro ver carteles indicadores sólo en irlandés. El idioma es una seña de identidad, lo están recuperando, y te puedes encontrar con que el guía de la excursión a Connemara, que de entrada nos soltó un "My Irish is very good, but my English is very bad", llegase hasta el punto de no saber explicarse cuando tenía que contarnos alguna historia demasiado compleja. Ignoro hasta qué punto el whiskey (que no whisky) tuvo algo que ver.
Así las cosas, creo que la conversación más larga que mantuvimos con un irlandés se desarrolló en el avión que nos llevó de Barcelona a Dublín. En el tiempo en que Cristina tardó en ir al lavabo y regresar me enteré de que el individuo que tenía sentado a mi izquierda era irlandés, residía desde hace años en Ripoll, adonde fue a parar porque su ex novia era de allí, regresaba a Irlanda por primera vez en un par de años, no le había ido muy bien en el trabajo, reparaba componentes electrónicos, le tocaba las pelotas el que hubiera gente que sólo se dirigiese a él en catalán, le parecía que no nos iba a hacer mal tiempo, me avisó de que el invierno había sido muy seco en la región de Galway (lo que supongo que es la manera irlandesa de decir que sólo llovía cinco días por semana) y nos deseó la mejor suerte del mundo.
Con los irlandeses parece que el tiempo se dilata y contrae a voluntad. Un irlandés proactivo puede decirte todo esto (en el marco de una conversación; yo también solté mi rollo) en cosa de dos minutos, pero dilatar eteeeeernamente una parada para sacar fotos en una visita guiada. Cuando el guía de Connemara nos decía que íbamos a parar "Ten Irish minutes" hacíamos acopio de paciencia, porque la cosa iba para largo.
El sentido de la orientación no parece el fuerte de los irlandeses. O, al menos, la claridad expositiva ante preguntas que sólo requieren dos respuestas: sí o no.
Íbamos acojonados en la estación de Bus Éireann de Dublín porque, hasta el momento en el que subimos al autobús, no sabíamos si habíamos comprado un billete de ida y vuelta a Galway.
(Traduzco al castellano.)
-Pero oiga, ¿el billete es de ida y vuelta, o sólo de ida?
-Aquí está su billete.
Todo esto, ante un billete sin indicación alguna de fecha ni de asiento, ni de Cristo que lo fundó.
Para encontrar la Coach Station (estación de autobuses) de Galway, otro espectáculo.
Compramos los billetes para la visita guiada a la región del Burren y los acantilados de Moher.
-¿Y de dónde salen los autobuses?
-Pueees... de la Coach Station.
-Pero eso ¿dónde está?
-Jander klander enagüer jarl -o sea, rollo incomprensible.
Pues nada, vamos a leer la guía... No, la guía nos dice que salen del mayor Bed & Breakfast de Galway, el Kinlay House, que está como a medio kilómetro de la oficina de turismo. Vamos allí, y no sale. Lo han cambiado. En las farolas hay carteles indicadores del nuevo punto de encuentro para las excursiones. Llegamos a Eyre Square, y la cosa está tan embrollada que no podemos salir de la plaza. Los carteles son contradictorios. Preguntamos a un señor orondo y con cara amable, que lleva un peto de la agencia de viajes con la que habíamos contratado la visita guiada, y nos suelta un:
-Pues ¿de dónde van a salir? De la Coach Station.
-Pero ¿dónde está la Coach Station?
-Pues klander enagüer jander joooooooondemoooorl y olé -o sea, rollo incomprensible, sin demasiada relación con lo que nos había dicho la chica de la oficina de información.
Total, que acabamos llegando a la Coach Station, que está justo detrás de la oficina de información. ¡Haber empezado por allí!
John Ford retrató a la perfección esta faceta del carácter irlandés en los primeros dos minutos de El hombre tranquilo.
Con los propietarios de los Bed & Breakfast nos ocurrió justo lo contrario: hablaban un inglés tan pulcro que no los entendíamos, ni ellos a nosotros. Y yo tan contento, porque en Connemara y las islas de Aran me enteraba de casi todas las explicaciones de los guías. Lógico: les costaba hablar en inglés.

El humor irlandés es digno de estudio. Más elíptico, salvaje y efectivo que el británico, aunque igual de surrealista. La visita guiada a Inis Mór fue una delicia. El guía estaba un poco zumbado, y la tomó con las tres italianas que viajaban con nosotros, pero resultó muy divertido. El guía de Connemara (que dio la casualidad de que era ese señor orondo que nos medio indicó el camino a la Coach Station el día en que íbamos a los acantilados de Moher) también era un cachondo mental, aunque durante el regreso a Galway apenas consiguió hilar tres frases seguidas con cierta coherencia.
Sólo los irlandeses pueden descojonarse de sus señas de identidad con la gracia con la que lo hacen.
("Por lo menos no llueve", reza esta pintada en una de las calles principales de Galway.)
De todos modos, la muestra más depurada del carácter irlandés fue la anécdota que nos contó el guía del Burren y Moher.
Éste es el castillo de Leamaneagh. Es tardomedieval, pero se hizo famoso en el siglo XVII, durante la ocupación británica por parte de las tropas de Oliver Cromwell. Maria Rua, la dueña del castillo, enviudó durante la guerra. Los hombres de Cromwell asesinaron a su esposo. Ella se ofreció a uno de los generales de Cromwell para salvar su castillo y sus posesiones, de modo que contrajeron matrimonio. No obstante, lo mató al arrojarlo por la ventana más alta del castillo: el general había puesto a parir al difunto esposo de Maria Rua.
Así son los irlandeses.

Una de las cosas que más llaman la atención en Irlanda es la presencia casi omnipresente de voluntarios relacionados con organizaciones religiosas. La Iglesia ha perdido mucha capacidad de influencia, sobre todo a raíz de los múltiples casos de pederastia entre el clero, pero así y todo sigue organizando una red social de ayuda mutua y caridad que suple a la perfección las carencias de las instituciones públicas. O, si no las suple, al menos lo aparenta, porque es cierto que no se puede dar un paso sin encontrarse con un recordatorio de que están allí. Algo muy de agradecer, porque uno viene de España convencido de que lo único que sabe hacer el clero es salir a la calle para montar manifestaciones masivas contra el aborto y la desintegración de la familia, y resulta que en Irlanda ofrecen ayuda a las adolescentes que se han quedado embarazadas, mediante campañas de concienciación, precisamente para evitar que se rompan las familias de las madres solteras de quince años (no pudimos fotografiar un cartel en el que venía a decir: "En serio, no es motivo de vergüenza, es algo que puede ocurrir").
Al respecto, resulta llamativa la cantidad de madres adolescentes que veíamos. O las irlandesas tienen el cutis perfecto y aparentan diez años menos de los que tienen o aquello estaba lleno de madres menores de veinte años. La cola de embarque en el aeropuerto de Dublín, cuando regresábamos a Barcelona, era todo un canto a la familia numerosa. Estaba lleno de carritos. El colmo lo vimos en nuestro avión. Una parejita que no debía de tener más de veinticinco años, y eso siendo generosos, flanqueada por ¡cinco niños! clavaditos al padre o a la madre, quien, además, estaba embarazada de siete u ocho meses. El cómo dejaban a cinco niños de entre ocho y dos años pastando a sus anchas en pijama por una zona de embarque de un aeropuerto ya es otro asunto.
También abundan los buenos samaritanos que vienen a recordarte que no es bueno que te tires al río Corrib, que pasa por Galway y, a juzgar por la abundancia de salvavidas, es bastante peligroso.
En los acantilados de Moher, que alcanzan los 210 metros de altura y apenas cuentan con barreras de protección, no es raro ver carteles en los que se trata de disuadir a los posibles (y muy abundantes) suicidas.
Y éste es otro punto al que quería yo llegar: la falta de seguridad y, en general, la improvisación. Entiendo que la infraestructura turística aún esté un tanto en pañales, ya que no es un país tan turístico como, pongamos por caso, Italia o España, pero había momentos en los que daba la impresión de que si no ocurren verdaderas desgracias es porque la buena suerte existe.
Todo ello con independencia de que tengo un vértigo de la hostia y no puedo acercarme a menos de diez metros de un acantilado. Lo cual no evitó que admirara la grandiosidad del lugar, pero supongo que hizo que me perdiese parte de su encanto. No es lo mismo asomarse a un barranco de doscientos metros que ver, a lo lejos, cómo Cristina saca una foto.

Los irlandeses son, por lo general, gente honesta, por lo que ciertas prácticas, que en España se considerarian publicidad engañosa para atraer turistas, en Irlanda son muestras de sentido del humor.
Un ejemplo, más digno de obra de Lope de Vega que de Shakespeare, o más propio de una novela de Herman Melville que de una de James Joyce. En 1493 uno de los hijos del alcalde de Galway, James Lynch, mató a un invitado de la familia, un comerciante gaditano que le había metido mano a una moza que le gustaba. Arrojó el cadáver al mar, pero las olas lo devolvieron a la costa. Descubierto, confesó, y el alcalde, su padre, no tuvo más remedio que condenarlo a muerte. Pero todos los verdugos renunciaron a ejecutar al hijo de Lynch, dado que la población estaba a favor del reo. En vista de esta circunstancia, James Lynch en persona se encargó de ahorcar a su hijo. A continuación, renunció a su cargo y se retiró de la política.
En 1854, y en vista de que todos los visitantes (aún no se llamaban turistas) que recalaban en Galway preguntaban por el lugar donde se había producido el ajusticiamiento, el párroco de la iglesia de San Nicolás, Peter Daly, se puso de acuerdo con el Ayuntamiento, erigió un pequeño muro a medio camino entre la iglesia y la antigua mansión de los Lynch (la Lynch's House), hizo esculpir en él una calavera, y empezó a propagar el rumor, que en la actualidad se da por cierto, de que era un fragmento de muralla medieval, y que allí se había producido el ajusticiamiento del díscolo hijo de James Lynch. Es uno de los primeros casos documentados de publicidad engañosa.
Otra práctica que no es publicidad engañosa, pero que deja la misma mala hostia, es la tendencia irlandesa a exagerarlo todo. Cuando estábamos en Galway nos pasamos dos días buscando la casa donde residía Nora Barnacle, la novia de James Joyce. Había carteles indicadores por todos lados, pero no dábamos con la casa en cuestión.
El último día que estuvimos en Galway, a última hora, dimos con la solución: los carteles que indican la casa de Nora Barnacle son más grandes que la propia casa de Nora Barnacle.
Y, además, estaba cerrada hasta el mes de junio.
Joyce, James Joyce. Otra de las peculiaridades de Irlanda. El 16 de junio se celebra el Bloomsday, y toda Dublín se vuelca en la reconstrucción de la aventura de Leopold Bloom que Joyce recrea en su inmortal Ulises. Abundan las visitas guiadas, y la rutas turísticas. Bajas la vista y te encuentras con recordatorios de que tal o cual sitio fue mencionado en la novela.
Lo cual sigue sin sacarme de la duda. ¿Realmente alguien ha conseguido leerse el Ulises entero? Porque no dejaría de tener su gracia que uno de los dos principales alicientes turísticos de Dublín (el otro es la Guinness Storehouse) sea un libro que nadie ha tenido los huevos de leerse.
(Otra muestra de la idiosincrasia irlandesa, me temo.)
Pero no todo va a ser poner a parir a los dublineses. A veces tienen ideas brillantes.
Hace unos años el IRA voló el monumento a Nelson de O'Connell Street. Para que os hagáis una idea, aquello fue algo parecido a volar el monumento a Colón de Barcelona. Además, lo hicieron con tanto arte que consiguieron no reventar ni un solo cristal de las inmediaciones.
¿Qué hacer en su lugar? De todas las posibles opciones, ganó la más polémica... y, vistos los resultados, la más bonita. Se trata del Spire ("pincho"), una inmensa aguja de ciento y pico metros de altura que, pese a su sobriedad, es realmente elegante y bonita. La ves de lejos y parece el mástil de la bandera de la plaza de Colón de Madrid, aunque los dublineses se refieren a ella como "la aguja más grande del barrio", en clara alusión a la fauna chunga que puebla la zona de noche. María se refería a ellos como los "chandaleros", y sí que es cierto. Dan bastante miedo, son bastante pesados y, en resumen, tienen el típico comportamiento que cabe esperar del lumpen, sea en Dublín o en el Raval. En ese aspecto, Irlanda está bastante globalizada.
Volvamos a Galway, donde pasamos casi todo el viaje. La etimología del lugar puede deberse a la raíz irlandesa de la palabra "extranjero", o bien hacer alusión a la cantidad de gallegos que comerciaban con la ciudad. Ambas deben de tener algo de verdad: Galway fue siempre un importante centro comercial, en concreto con los españoles (hasta que la debacle de la Armada Invencible puso de manifiesto que muchos de los españoles acudieron a esta ciudad a refugiarse, y los ingleses dijeron que ya estaba bien de cachondeíto), y el carácter irlandés, en particular el de los habitantes del condado de Galway, tiene muchas semejanzas con el gallego. Al fin y al cabo, son celtas.
Como ya dije al referirme a la casa de Nora Barnacle, los irlandeses tienen la tendencia a exagerar un poco. Lees las guías y, al llegar a las explicaciones sobre Galway, todas te advierten de que uno de los lugares obligatorios en los que debe recalar el turista es el Spanish Arch (Arco Español), que es uno de los pocos restos que se conservan de la antigua muralla medieval, y que forma un conjunto monumental espectacular.
O sea.
Igual que nos ocurrió con la casa de Nora Barnacle, buscamos un poco hasta que nos convencimos de que el famoso Arco Español, gloria y orgullo de Galway, era una enanez, y que además es el epicentro del botellón que organizan los miles de estudiantes de la universidad. ¿"Botellón" y "español" en la misma frase? Pues sí. Nunca lo hubiérais dicho, ¿verdad?
Sea como fuere, el Arco Español está en la desembocadura del río Corrib, que, como ya he dicho, suele venir llenito de agua y bastante bravo. Es un río realmente corto, apenas cinco kilómetros. En realidad es el desaguadero del lago Corrib, uno de los más extensos de Irlanda, pero ya se sabe, los irlandeses son gente con tendencia a exagerar.
Galway está en el Océano Atlántico, en la hermosa bahía de Galway. El estar un tanto encerrada, lejos del mar abierto, hace que las mareas no sean tan exageradas como en otras zonas de Irlanda, pero pese a ello la subida del nivel de las aguas puede ser considerable. Debido a ello, nunca viene mal del todo recordarle a los conductores que tal vez sea mala idea aparcar según dónde.
Uno de los momentos más turísticos de Galway es esta época, a finales de primavera. Los salmones llegan, procedentes del Océano Atlántico, y suben el río Corrib, saltan por las esclusas que hay junto a la catedral y se aproximan al lago Corrib, donde desovarán y, finalmente, se dejarán pescar por los irlandeses. La pesca es una de las grandes pasiones de los irlandeses, junto con el improperio al británico (lo que no se termina de entender, dado que comen exactamente las mismas mierdas que sus antiguos dominadores). Así pues, si paseáis por Galway un domingo por la mañana de abril, cuando la temporada de pesca no es especialmente buena, y veis a algún irlandés jugándose la vida en el río Corrib, no os extrañéis. Lo hacen por deporte.
Ya nos hemos referido a El hombre tranquilo. Aparte de que es una de mis tres o cuatro películas favoritas (junto con Blade Runner, La noche del cazador y Apocalypse Now), retrata muy bien ciertos aspectos de la idiosincrasia irlandesa. Y la saben explotar con fines turísticos. Aunque la visita guiada temática es la que organiza Galway Tours, nos decidimos por la de O'Neachtain Tours (sí, la del guía que casi no hablaba en inglés), ya que nos mostraba más cosas acerca de Connemara. Empero, la visita hace parada en Maam Cross, donde está situado el cottage en el que supuestamente se rodó la película. Con vosotros, Blanca Mañana.
Aparte de que esta escena nunca tuvo lugar en Blanca Mañana (en todo caso, en casa de los Danaher), el caso es que no parece que la distancia entre el cottage y el lago sea la que aparece en la película, lo que deja dos posibles explicaciones: o el caudal ha variado mucho en los últimos cincuenta años o es otro fraude para atraer turistas, como el del falso muro donde supuestamente ahorcaron al justiciero Lynch.
En cualquier caso, parece que los Danaher y Tillane de turno se han salido con la suya, y los herederos de Sean Thorton van a tener compañía.
Aunque el texto no se lee, parece que está claro. Se está proyectando la construcción de un residencial de lujo que tapará la vista de Blanca Mañana. La pelirroja Mary Kate ya no podrá solazarse con una vista del lago cuando se desprenda del abrazo de su americano tranquilo. Incluso en el paraíso hay especulación urbanística.
Sin salir de Connemara, he aquí otra foto que nos presenta detalles de la idisioncrasia local.
Apenas llevábamos tres cuartos de hora de excursión. Nuestro guía gaélico parlante nos dice que estamos llegando a su casa, cerca de Rossaveal (el lugar de donde salen los transbordadores para las islas de Aran), aparca en la cuneta y nos conmina a que "demos un paseíto" por el camino mientras él hace unas cuantas cosas que tiene pendientes. Ten Irish minutes, claro está. Total, hace buen día, podemos fotografíar lagos y, a lo lejos, el mar, y además hay un poblado abandonado de cuando la hambruna. Ya nos recogerá en la siguiente curva, que resulta que está a cosa de un kilómetro.
Por lo menos no se nos puso a llover.
El día siguiente, el guía de Inis Mór (la mayor de las islas de Aran) nos comentó que en la isla hace mucho mejor tiempo que en Irlanda, porque, al no haber obstáculos naturales, las nubes se van como han venido. Eso sí, las hijas de puta hacen auténtico daño.
Aquí estamos, en las proximidades de Inis Mór. Hacía un día de sol radiante, pero ese negro nubarrón que veis a lo lejos nos alcanzó poco antes de desembarcar, descargó una tormenta de la hostia que nos dejó tiritando (literalmente) y se fue por donde había venido. El sol ya brillaba otra vez cuando subimos a la camioneta en la que hicimos la visita guiada a la isla. En sólo diez minutos, tanto Cristina como yo perdimos la sensibilidad en un par de dedos, estuvieron a punto de salirnos sabañones y sólo conseguimos recuperar los dedos después de dejarlos un par de minutos debajo de un secador en los lavabos más cercanos.
El guía de Inis Mór era otro personaje. Nos mostró los pubs de la isla (sólo seis... frente a tres iglesias, tres guarderías y tres escuelas de primaria), nos enseñó su rebaño de ovejas (que, en efecto, debían de ser suyas, porque acudieron raudas y veloces en cuanto lo vierno aparecer) y nos dejó dos horas y media en Dun Aengus, uno de los sitios más flipantes de todo el viaje. Un puñetero crac. Y, además, consiguió que su vecino se dejase fotografíar mientras herraba a su caballo.
Los animales y los irlandeses. Sí. Irlanda es un país lleno de ovejas, ponis, caballos, vaquitas y cabras. No vimos ni un establo, pero animales, todos los que queráis. El guía del Burren y Moher hizo una parada no prevista para que fotografiáramos una oveja negra (ya la colgaré en otra entrada), y en general llama la atención el grado de comunión con la naturaleza que se puede tener en un país desarrollado como Irlanda. Es un país muy rural, cierto. De hecho, Galway es la tercera ciudad del país, y apenas tiene 80.000 habitantes.
Pero la presencia de animales salvajes no es privativa de las zonas rurales. También los puedes ver en Dublín. En Phoenix Park, que es el parque urbano más grande del mundo (más grande que la Casa de Campo y que Central Park, y -esto deben de decirlo para joder a los ingleses- más extenso que todos los parques de Londres juntos), pastan libres los gamos. En la guía comentaban que había una veintena, pero vimos unos cuantos más. No quisimos acercarnos demasiado, pero parecen bastante confiados. Por suerte para ellos, los tiempos de dominación británica y de lores dándose a la caza compulsiva ya pasaron.
Podría seguir hasta el infinito, porque hay millones de cosas que contar acerca de Irlanda .(¿Veis? Ya se me ha pegado el toque exagerado de los irlandeses.) Pero no quisiera acabar sin un asunto que nos llamó la atención. Irlanda está llena de cuervos. Los ves por todas partes: en los parques, en el campo, en la ciudad y en la orilla del mar. Hay muchas gaviotas, y algunos gorriones, pero todo está lleno de cuervos. Y, lo que es más significativo, apenas hay palomas, al menos en Galway. Parece que su lugar lo han ocupado los cuervos.
Es prácticamente la única foto que hemos conseguido sacar de cuervos irlandeses, porque los condenados pasaban de nosotros. Se pasaron una semana jugando con nosotros, y dejándonos con un palmo de narices cuando creíamos que, por fin, íbamos a conseguir fotografiarlos.

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lunes, 18 de mayo de 2009

Primavera con una esquina rota: Mario Benedetti (1920-2009)

Desayunamos con la noticia de la muerte de Mario Benedetti. No tiene uno tiempo de escribir una entrada de homenaje a Antonio Vega, y acaba actualizando con esto.
Uno de los grandes, tanto en narrativa (leed Primavera con una esquina rota y La tregua) como en poesía y pensamiento.
Descanse en paz. Y gracias por el fuego y por todo.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte.


(Vale, el vídeo es muy cursi, pero es todo lo que he podido encontrar en Youtube.)

Los premios póstumos
se otorgan con desgana
y algo de lástima.

Y al laureado
no se le mueve un pelo
allá en su nicho.

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Cada comarca
tiene los fanatismos
que se merece.

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Canción protesta.
Después de los sesenta,
canción de próstata.

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Follar, coger,
fornicar, aparearse.
Cuántos sinónimos.
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Un exiliado
lo será de por vida
y de por muerte.
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Después de todo
la muerte es sólo un síntoma
de que hubo vida.

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A nuestra muerte
no conviene olvidarla
ni recordarla.

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Cuando me entierren
por favor no se olviden
de mi bolígrafo.

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Y aquí termino
sin hacer sombra a nadie
ni descuidarme.

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lunes, 11 de mayo de 2009

Luna de miel en Irlanda. 1. Comida y bebida

Ya hemos regresado de nuestra luna de miel en Irlanda, y nos hallamos sumidos en la dura rutina laboral. En mi caso, bastante relajada (reincorporarse al trabajo corrigiendo un libro sobre psicoenergética ortomolecular no es la mejor manera de empezar la semana laboral), mientras me pongo al día con la actualización de fotos en Facebook, en la respuesta de correos atrasados, con el comienzo de las nuevas lecturas compartidas en el Foro Fantasy de Círculo de Lectores y, en resumen, con tooodas las obligaciones laborales que me esperan en lo sucesivo.
El caso es que tenemos tropecientas fotos de Irlanda, y la mejor manera de repasar la luna de miel es agrupándola por bloques temáticos.
Resulta obligatorio hablar de la comida irlandesa. La primera impresión que se puede llevar quien haya pasado allí una semana es que tiene guasa, mucha guasa, que los irlandeses se hayan pasado ochocientos años luchando contra la opresión inglesa, y que en el camino se hayan reafirmado en taaantas señas de identidad propias (el whiskey irlandés frente al whisky escocés, el catolicismo frente al anglicanismo, el idioma gaélico frente al inglés...), pero, en lo relativo a la cosa culinaria, coman exactamente igual de mal que su ex metrópoli. Menos mal que nos queda la comida internacional; de lo contrario, el viaje habría adquirido tintes dramáticos.
Dicho sea de paso, Dublín y Galway huelen a curry. Así es la cosa.
Dado que estábamos en Irlanda, y lo más socorrido cuando viajas a Irlanda es pernoctar en algún Bed & Breakfast (una casa de huéspedes, vamos), dimos con nuestros huesos en sendos B & B de Dublín y Galway. Con respecto al primero tuvimos un pequeño contratiempo: nos hicimos el lío al reservar (para las noches del 28 de abril y 4 de mayo, ya que Dublín era nuestro punto de entrada y salida a Irlanda, pero la mayor parte de nuestro viaje transcurriría en Galway), peeeero los responsables de nuestro B & B apuntaron el día 24 de abril; algo imposible, dado que nos casábamos el 25. Total, que cuando nos presentamos en el B & B nos atendió una ancianita que no tenía que ver directamente con el negocio (la dueña acababa de dar a luz), nos enseñó su libro de reservas, nos dimos cuenta de cuál era el error y, como ya no quedaban plazas para aquella noche, nos remitió muy diligentemente a la oficina de información de Dublín en O'Connell Street, donde por cuatro euros nos reservaron habitación en un hotel de Talbot Street, que viene a ser algo así como Little Poland. El olor a curry se mezclaba con el calor insoportable (verídico, chicos) y con los escaparates de tiendas polacas. La entrada al hotel, relleno de moqueta de arriba abajo, tampoco fue muy halagüeña, pero, visto en perspectiva, fue el lugar más cómodo en el que nos tocó dormir. Y estaba a dos minutos de la estación de Bus Eiréann, donde el día siguiente tomamos el autobús para Galway.
En ese hotel tomamos contacto con el auténtico Irish Breakfast, que tomábamos a eso de las ocho de la mañana y nos proporcionaba la energía suficiente para aguantar hasta el mediodía y más allá. Dos lonchas de panceta, un huevo frito, dos salchichas, medio tomate a la plancha, judías rojas con tomate y pudding blanco (butifarra, para entendernos) o pudding negro (morcilla, también para entendernos). Mantequilla abundante. Un zumito de naranja, para lavar la conciencia. Y café americano, puro aguachirri, o bien un vasito de té. Para mí, una manera bastante interesante de entrar en contacto con la cultura local; para Cristina, un suplicio, ya que tiene intolerancia a la lactosa, e Irlanda es uno de los países menos indicados para alguien que no puede ni acercarse a los lácteos. Todo lleva lactosa o derivados de la leche, de modo que, cuando llegamos a Galway, tuvimos que optar por vías un poco más guerrilleras para sobrevivir en Irlanda: hacer la compra en el SuperValu (una especie de Caprabo o Dia) que había justo enfrente de nuestro B & B, y de paso practicábamos el cruce de calle con el tráfico en sentido inverso y los conductores educados que se detienen aunque no estés cruzando por un semáforo. (Obsérvese que digo semáforo, y no paso de cebra. Por qué será.) En SuperValu pudimos encontrar buen pan de molde sin lactosa, embutidos sin lactosa (gran ventaja, teniendo en cuenta que cualquier jamón de york o salami que compréis en España lleva suero lácteo o leche desnatada), jamón serrano más barato que en España y, en fin, una amplia gama de productos que nos aseguraran la supervivencia. También es cierto que nos venía muy bien, ya que perdimos dinero con la boda (es lo que ocurre cuando intentas hacerlo bonito a toda costa, que la linea que separa el mal negocio de la mala idea es muuuy tenue) y, por la cuenta que nos traía, lo mejor era hacer economías.
Antes de entrar en SuperValu ya íbamos toreados por nuestra experiencia en el súper de Talbott Street, donde hicimos la compra para comer en el autobús que nos llevaría a Galway el día siguiente. Buscábamos la consigna para dejar nuestras mochilas, pero qué va: allí puedes pasar lo que quieras y como quieras. Gente confiada...
La primera noche tuvimos una cena excelente con María y Miguel, quienes fueron unos guías inmejorables por una Dublín sobre la que comenzaba a anochecer: el Spire, la Casa de la Aduana, el monumento a la Hambruna y un restaurante realmente original: Winding Stair (Lower Ormond Quay). Se trata de una librería-restaurante, con una carta de vinos potentísima (y muuy cara, pero que tenía incluso vinos de Campo de Borja). La comida, impresionante. Los postres, de muerte. La compañía, genial. Y todo ello originalísimo. Muy buen comienzo, pues.
No obstante, el común de los irlandeses le da al fish and chips. Dado que en Galway no conseguimos entrar en el tugurio especializado más famoso de la ciudad, el McDonagh's (22 Quay Street), tuvimos que "conformarnos" con uno de los más famosos de Dublín: el Leo Burdock (2 Werburgh Street). Con una filosofía más cercana al Brillante que a un restaurante pescadero de la Barceloneta (ya os haréis una idea del símil si habéis estado en Madrid y Barcelona), en Burdock te ponen un pez de tamaño considerable con unas patatas gordas como dedos de gigante. Cuesta acabárselo y, a juzgar por la tarde de perros que pasó Cristina, deben de echarle algo de leche para rebozar mejor el pescado. Una pena, porque estaba bastante rico. Como no podía ser menos en Irlanda, es un genunio take away (o sea, lo compras en la paradita, pero te lo comes donde te dé la gana excepto donde lo has comprado), de modo que fuimos al parque de la catedral de San Patricio a devorarlo.

Inmenso, como podéis comprobar. No sé de qué pescado se trataba. Tal vez bacalao...
Esto en lo relativo a Dublín. En Galway, como he dicho, sobrevivimos básicamente de sándwiches preparados la noche antes (para las excursiones organizadas que nos llevaron a los acantilados de Moher y el Burren, Connemara y las islas de Aran) y de pan de soda con embutidos. No obstante, encontramos un huequito para hacer turismo gastronómico el domingo 3, que fue el día que dedicamos a patear la ciudad. Una costumbre de los irlandeses es cerrarlo todo el domingo por la mañana, con lo que la idea de comer en McDonagh's se nos fue al traste. El otro restaurante que nos habían recomendado hasta la saciedad, el Nimmo's, junto al Arco Español, directamente no abría los domingos y lunes. También estaba cerrado el Da Tang Noodle House (2 Middle Street), uno de los recomendadísimos por las guías y por la (genial idea) mini guía turística que nos ofreció el dueño del B & B donde pernoctamos en Galway. Todo ello nos dejó con un único candidato, inmejorable en relación calidad-precio-horario: el Couch Potatas (40 Upper Abbeygate Street).
La idea es simple: patatas, patatas y más patatas. Pero no el vulgar fish and chips, sino comida de calidad. En una de las guías que llevábamos comentaban que sorprende el buen carácter de los irlandeses si se tiene en cuenta que sólo comen patatas. Es una exageración, pero entraña algo de verdad. Aunque sólo vimos un patatal (en Innismore, la mayor de las islas de Aran), lo cierto es que la patata está omnipresente en la vida de los irlandeses. La famosa Hambruna de la década de 1840 que mató a tres millones de irlandeses se originó por culpa de una plaga que afectó a las patatas, lo que condenó a los irlandeses al hambre, la muerte y la emigración. La paradoja del asunto reside en que durante aquellos años hubo cosechas excelentes de trigo (que se exportó en su totalidad) y la producción de ganado vacuno fue la mayor en décadas, pero la falta de previsión de las autoridades (algo muy irlandés, aunque las autoridades fueran británicas en aquella época) y la racanería de los terratenientes provocaron una hecatombe de la que, en términos puramente demográficos, Irlanda no se ha recuperado, siglo y medio después. No es, pues, de extrañar la mezcla de amor a la patria, morriña y afán de venganza que movió a los irlandeses que tuvieron que emigrar a los Estados Unidos, y cuyos descendientes atestan Irlanda. En efecto, casi todos los turistas con los que coincidimos eran irlandeses (excepto durante el puente de Mayo, en que aquello se llenó de italianos y, en menor medida, españoles).
Un shepperd's pie o pastel de pastor. Unas migas españolas (o katsu-don japonés), pero con patatas y creo que carne de cordero. Brutal, y muy rico.Esto es una Mexican Potatas. Patata rellena con chile, maíz y otras cosas picantes y fuertes, con guarnición de patatas. Bestial.
Y esto es un pastel de queso al Baileys. No estaba malo, no.
Esto, en lo relativo a la comida.
La bebida es mucho más limitada, claro. En realidad, si no te gusta la cerveza stout (la negra de toda la vida), viajar a Irlanda podría no ser una buena idea. A Cristina no termina de hacerle gracia, de modo que encontramos una solución de compromiso para regar nuestras cenas: comprar una lata de cerveza y otra de sidra.
Porque, como buen país celta, Irlanda es un país de sidra. Claro, no es la sidra auténtica, la que te pueden tirar en El Centenario de Gijón, pero, en su versión espumosa, guarda cierto parecido con las sidras tipo El Gaitero.
De todas las sidras que probamos, la mejor con diferencia fue la Druids. Diez puntos sobre diez. Espero verla en algún comercio en España, porque hasta ahora lo único que se puede encontrar por aquí es la Magners, que no es que esté muy allá.
En la televisión no paraban de anunciar la Bulmers (la que aquí se comercializa como Magners), pero en su versión... de pera. Casi no se nota la diferencia. Está rica, en todo caso, aunque sidra, sidra, lo que se dice sidra, no es que sea...
Las otras dos que probamos, la Blackthorn y la Bulmers original, ni fu ni fa.
De hecho, y como ya decía un poco más arriba, la Bulmers es la que se comercializa en España como Magners.
En cuanto a las cervezas, lo dicho: si no te gusta la stout (negra), lo vas a pasar muy mal en Irlanda.
La Árainn se supone que es de las islas de Aran y tal. Está razonablemente bien, pero tampoco mata.
La Smithwicks es una rubia. A Cristina le encantó, a mí me gustó y sí la recomendamos.
Esta Murphy's, no obstante, muy seca, aunque tenía su qué. Notable.
La Beamish, ni fu ni fa. Se limita a cumplir.
En las guías hablaban de una cerveza stout, la Galway Hooker (un hooker es la embarcación típica de Galway, no lo que estáis pensando), que se comercializa desde hace poco tiempo y pretende ser la respuesta a la tiranía de la Guinness. No tenemos elementos para juzgar si está rica o no, dado que no la encontramos por ninguna parte, ni en el SuperValu ni en las tiendas de delicatessen de la ciudad... ni en los pubs. Para mí que se trata de un fake, o que han cerrado el chiringuito, o que están a punto de hacerlo. No obstante, la buscaremos, a ver si hay suerte.
Pubs. Como he dicho, no íbamos especialmente bien de presupuesto, así que limitamos nuestras salidas. Sólo nos acercamos a una taberna típica de Galway, la Crane (2 Sea Road), en el West Side (y, por tanto, al ladito de nuestro B & B), absolutamente recomendable. No llegamos a ver ninguna actuación en directo, aunque la atmósfera era típicamente irlandesa. Y, como nos sucedió durante todo nuestro viaje a Irlanda, no entendían nuestro inglés. Ejemplo:
-Please, two half pints of Guinness.
-¿Eeeeeeh? ¡Ah! ¡Guinness!
El caso es que con la Guinness en Irlanda sucede como con la sidra en Asturias: en cuanto traspasa las fronteras se echa a perder. Hay que probarla en su lugar de origen. Así es.
Otras tabernas de Galway que nos quedamos con ganas de hollar fueron la Tigh Neachtain (Cross Street) y la Monroe's (Domininck Street). Otra vez será.
Así pues, dejamos Galway con destino a Dublín, donde echamos media mañana viendo la Guinness Storehouse (St. Jame's Gate). Uno se pierde para intentar llegar a esta inmensa fábrica, que ocupa varias hectáreas, hasta el mismo río Liffey. De hecho, hasta no hace mucho tiempo los millones de pintas anuales que se producen de Guinness embarcaban por el río hasta Gran Bretaña, desde donde viajaban al mundo entero en barcos de su propiedad. Guinness ha sido el motor económico de Dublín durante doscientos y pico años, y no es de extrañar que sea una de las principales atracciones turísticas de Irlanda, junto con los acantilados de Moher... ¡y el zoo de Dublín!
La arquitectura de la fábrica, funcional e industrial, tiene un toque de distinción, ya que corrió a cargo de arquitectos de la Escuela de Chicago. La Guinness estaba a la vanguardia en todos los aspectos.
Aparte de que la taquillera que nos vendió la entrada era española, éste era uno de los escasos lugares de Irlanda en los que oímos hablar bastante en español. Por qué será...

La verdad es que el recorrido acojonaba un poco. Uno se sentía como en la fábrica de chocolate de Willie Wonka, pero rodeado por toneladas de lúpulo, agua y cebada. La visita está muy bien estructurada, es muy didáctica, el audio es bastante más que recomendable y consiguen que sea todo lo interactivo que puede ser un lugar de estas características. Pasamos de hacer nuestro propio curso acelerado de tirar cerveza stout, y nos dedicamos a zambullirnos en los misterios de la fabricación de la más famosa esencia oscura del mundo mundial.


Para que os hagáis una idea de la extensión que ocupa el complejo de la Guinness. Un barrio entero de Dublín produciendo pintas y más pintas.
La visita acaba en la planta séptima. Si las plantas inferiores de la Guinness Storehouse tienen forma de pinta, se supone que el mirador tiene la forma de la espuma. No me lo pareció, pero si ellos lo dicen...
El caso es que desde el mirador puedes ver toda Dublín. La vista es magnífica, sin apenas obstáculos, y si el día es claro, impresionante. Teníamos el día algo nublado, así que nos conformamos con lo primero. Que no era poco.
Allí tuvo lugar un raro milagro: pedimos "Two pints of Guinness" ¡y nos entendieron! Tampoco es que tuviera mérito, tratándose como se trataba de la fábrica de Guinness.

Una de las señales de que una cerveza negra está bien tirada es que la espuma no deja marcas en el vidrio, y se va toda para abajo. Es un proceso laborioso: primero tiran algo así como las dos terceras partes del vaso, lo dejan en reposo unos cinco minutos y terminan de tirarlo. La espuma sigue viva mientras te bebes la cerveza, y al final te acabas la cerveza y sigue habiendo espuma. Juzgad por vosotros mismos si estaba bien tirada o no. Al bajar a la quinta planta hay un restaurante en el que, entre otras cosas, se puede degustar el famoso estofado irlandés a la Guinness, pero no reparamos en el hecho de que la cocina cierra a las cuatro de la tarde, por lo que nos lo perdimos... por apenas veinte minutos. De este modo, nos encaminamos hacia Leo Burdock, a degustar su famoso fish and chips.
Pero de eso ya he hablado.
En próximos días, más estampas irlandesas. Por hoy ya está bien... Creo que luego me voy a acercar a Lavinia o la delicatessen del Corte Inglés, a ver si encuentro una buena cerveza irlandesa, o una sidra de pera...

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