lunes, 30 de marzo de 2009

Nuevas formas de ocio

Vaya por delante que tengo el blog en barbecho porque no me queda tiempo para nada, y no es previsible que la situación se relaje de aquí a un par de meses. También es cierto que me encantaría reanudar las escenas de cásting, pero estoy esperando a ver en qué quedan ciertos acontecimientos relacionados con la devolución de la fianza, y hasta ahí puedo leer. Tengo, asimismo, toneladas de fotos con las que podría construir alguna entrada medio coherente, pero no encuentro las tres o cuatro horas que me llevaría escribir cada una de ellas. No quiero perder la imagen de marca de Pornografía Emocional, esas entradas kilométricas que algunos hasta os leéis y todo. Y tampoco me apetece reducir el blog a colgar informes de lectura o ensayos del año catapum. Podría actualizar con entradas breves, en las que mostrar ráfagamente (que diría el poeta) lo que me pasa por la cabeza, y de hecho va a ser lo más práctico de aquí al verano.
Dicho esto, la llegada de Facebook se ha cargado en cierto medida el modo de concebir la sociabilidad. Es mucho más fácil soltar tu rollo en confianza, y aquí entra en juego el grado de privacidad que cada cual tenga con sus perfiles y sus permisos de acceso, que divulgarlo alegremente a los cuatro vientos. Es mucho más fácil y cómodo, alejas a los trolls por el simple mecanismo de aceptar sólo a los contactos que te inspiran confianza, mantienes intacto el espíritu de las redes sociales, limpias de ruido otros canales de comunicación más concurridos como los foros o los blogs y, en definitiva, profundizas en uno de los riesgos que conlleva la condición de opinador compulsivo en redes sociales: la tendencia a que, de aquí a unos años, Internet sea la suma de un par de miles de millones de islas desiertas en medio de un océano de ruido embravecido que las aísla de las demás.
No obstante, existen temas interesantes de debate en Facebook. Más allá de enviarse regalitos o pergeñar listas de cinco (algo que, por otra parte, llevo unos cuantos años haciendo en este blog, como se puede comprobar aquí y acá), existe cierto lugar para el intercambio de ideas serio e inteligente. Del mismo modo que algunos debates iniciados en foros, blogs y listas de correo han dado como resultado la publicación de buenos ensayos en publicaciones electrónicas o en papel (lo que no deja de ser una variante de los debates generados en las páginas del correo de los lectores de diarios y prensa especializada), no me parecería desdeñable "reaprovechar" algunos de estos intercambios de ideas para ulteriores artículos, ensayos y desbarres varios. En una conversación reciente con Julián Díez salió este asunto a colación, y lo cierto es que no me costaría demasiado esfuerzo reconvertir un par de listas de cinco (distopías chungas que no sean las de Orwell y Huxley, o novelas de ciencia ficción que me hicieron llorar a moco tendido) en sendos ensayitos publicables en, pongamos por caso, Literatura Prospectiva o Hélice. A ver si en un arranque de creatividad me pongo a ello y los escribo. De momento van a la cola de tareas pendientes.
Con todo, la revolución en mis hábitos de consumidor internáutico ha sido el nunca bien ponderado Spotify. La idea de poner en marcha una radio por Internet no es nueva, aunque para mí no deja de serlo, dado que no llegué a descargarme Last.fm: la conexión inalámbrica de mi antiguo piso compartido era demasiado endeble, y sospechaba que hubiera resultado imposible escucharla en condiciones. Mi mudanza definitiva con Cristina ha coincidido con la aparición de Spotify, y el hecho es que prácticamente no escucho ninguna otra cosa. Es perfectamente legal (de hecho, es una radio), no ocupa lugar (por lo que puedo llevarme toda la música del disco duro a un disco duro externo, y dejar sitio para programas de trabajo en mi portátil) y es instantáneo (con lo que ahorro días y días de espera para bajarme tal o cual disco o canción... y descubrir que en realidad no corresponde con el contenido que quería bajarme). En cuanto a los defectos del invento, el que más daño me hace es la poca profundidad de fondo en según qué temáticas. Es difícil encontrar según qué tipo de música española, y el problema se acrecienta cuando más retrocedes en el tiempo. Así que si sois fanáticos de la Movida Madrileña, mejor será que no depositéis demasiadas esperanzas en el invento, aunque lo cierto es que encontraréis más material que si buscáis en el eMule. Hay discografías completas que aún no se encuentran disponibles, supongo que debido a movidas legales varias; así pues, no busquéis a AC/DC, los Beatles, Metallica, Pink Floyd ni los discos de Tom Waits de la década de 1990 para acá: no están disponibles. El tener que escuchar uno o dos anuncios por hora es un mal menor, y siempre queda la opción de suscribirse a la versión Premium, que cuesta diez euros al mes y elimina la publicidad. Tampoco es muy cómodo necesitar una invitación para suscribirse.
En fin, que Spotify no es jauja, pero no está nada mal. De momento me está sirviendo para ponerme al día en cuanto a música actual (llevaba unos cuatro o cinco años de retraso con respecto al mundo real) y para rescatar grandes clásicos de todos los tiempos. La opción de hacerte tu propia lista de reproducción es muy interesante.
A modo de ejemplo didáctico, intenté crearme una lista de reproducción con los temas relacionados en una de las primeras entradas del blog, y el resultado fue un tanto descorazonador: apenas encontré el 75 por 100 de las canciones, y eso que casi todas ellas eran recientes. Supongo que con el tiempo se irán llenando lagunas. En principio, deberíais poder acceder a la lista de reproducción pinchando sobre este enlace. O tal vez sobre este otro, aunque diría que son el mismo. Si no podéis, no pasa nada: no pararé hasta dar con la manera de dar con el enlace correcto.
Esto es todo por hoy. Os dejo, que tengo mucho trabajo (¡por fin estoy corrigiendo una novela, después de una temporadita de libros de autoayuda y similares!) y quiero escuchar alguna discografía completa.

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jueves, 19 de marzo de 2009

Más informes de lectura: Rarología, de Richard Wiseman

En una entrada anterior vimos un ejemplo de informe de lectura. Me centraba en los aspectos más relevantes de una novela que, sin embargo, y pese a ser cojonuda, no se publicó. De ahí cabe colegir una gran lección: un informe de lectura entusiasta no es la garantía de que el título acabará publicándose. Entran muchísimos más elementos en liza y, desde luego, la última palabra la tiene el editor. El informe no es más que el Pepito Grillo con el que cuenta el editor (o el agente literario), que le dice los pros cuando no termina de estar convencido, y los contras cuando está muy entusiasmado con el producto.
Otro ejemplo de informe de lectura es el del libro de ensayo. Un ensayo puede ser de rabiosa actualidad y con fecha de caducidad, o bien puede ser atemporal. También puede ser divulgativo o muy técnico. El informe más entusiasta que he hecho hasta ahora para Círculo de Lectores fue el de un ensayo muy técnico y muy coyuntural, pues en el momento de su publicación contenía algunos datos desfasados. El libro era impresionante, pero impublicable: ni hubiera estado al alcance de todos los lectores potenciales ni el arsenal de datos que contenía reflejaba ya el estado de la cuestión. Por lo tanto, su publicación fue desestimada.
En el caso de los libros que no están sujetos a una temática de actualidad, y que, además, están escritos con un estilo llano y asequible, todo el misterio se reduce a encontrar el momento adecuado para publicarlos. Da lo mismo ahora que hace seis meses que dentro de un año. De ahí mi sorpresa y alegría al ver en la última revista de Círculo de Lectores uno de los títulos acerca de los que informé hace unos meses. Curiosamente, el informe fue positivo pero no entusiasta, pues no terminaba de ver clara su comercialidad, pese a que el libro era muy interesante.
Compruebo ahora con satisfacción que el libro ha pasado la criba y se ha terminado publicando. Y mi mejor manera de recomendarlo es copiando y pegando todo el informe de lectura.
Si queréis más datos, no tenéis más que recurrir a la página web del libro. No deja de ser objeto de la rarología el que el autor de un libro como éste se apellide Wiseman ('Hombre Sabio').

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INFORME DE LECTURA

Juan Manuel Santiago

Autor: Richard Wiseman

Título: Rarología. La curiosa ciencia de la vida cotidiana

Título original: Quirkology

Editorial: Temas de Hoy, col. Tanto por Saber

Páginas: 318

Fecha de edición: Febrero de 2008

ISBN: 978-84-8460-692-5

IMPRESIÓN GENERAL

Rarología es un libro extraordinariamente ameno. El psicólogo Richard Wiseman pone por escrito los experimentos más extravagantes que ha realizado durante los veinte años de ejercicio profesional, y el resultado es un ensayo espectacular y entretenido acerca de lo que da en llamar “rarología”, una disciplina ciencia encaminada a detectar hechos inusuales relacionados con el comportamiento y la idiosincrasia humanos.

No obstante lo dicho, Rarología peca a veces por exceso. Las descripciones de los experimentos en ocasiones son excesivamente largas, pero la contrapartida (dedicarle menos espacio y hablar de más experimentos) podría resultar contraproducente, de modo que, aunque se trate de un libro muy interesante, es tal la acumulación de datos que resulta difícil recordar todas las propuestas de Wiseman.

El hecho de que algunos de los experimentos psicológicos y sociológicos de Wiseman se hayan emitido en televisión tal vez hará que los lectores hayan leído u oido acerca de los mismos, lo cual puede proporcionarle al autor un elemento añadido de complicidad con el lector.

La prosa de Wiseman parece casi propia de documental o de teleserie: directa, didáctica y con destellos de humor, en forma de comentarios y acotaciones que consiguen que el lector mantenga la sonrisa en los labios casi en todo momento.

Aunque no se trate estrictamente de un libro de autoayuda, lo cierto es que la lectura de Rarología puede hacer reflexionar a los lectores acerca del comportamiento humano en general y del suyo en particular, con todo lo que ello implica de autoconocimiento y, llegado el caso, de superación personal.



RESUMEN

Rarología se abre con una prueba para el lector, que tiene que escribir una letra R en su frente. Dependiendo de cómo la escriba (de modo que la pueda leer si se refleja en un espejo, o bien si quien la puede leer es un hipotético acompañante) sabremos muchas cosas acerca de su personalidad, su grado de entrega a los demás o su egoismo.


En la introducción, titulada “Qué es la rarología, por qué es importante, y estudios secretos acerca de la ciencia de preparar el té, el poder de la oración, la personalidad de la fruta y el comienzo de las olas mexicanas”, el autor, Richard Wiseman, reflexiona acerca de su interés por el comportamiento humano. El estudio de temas extraños no es nuevo, y de hecho se remonta a la época victoriana, en la que sir Francis Galton ya indagó acerca de cuál es la mejor manera de preparar el té o hasta qué punto son eficaces las oraciones (no mucho, concluyó, ya que los abogados y médicos viven más, en promedio, que los miembros del clero).

A este tipo de investigaciones, en las que se utilizan métodos científicos para analizar aspectos de la vida cotidiana, se las denomina “rarología”. Wiseman ofrece algunos ejemplos y explica cómo le ha dedicado veinte años de ejercicio profesional. Para ello estructura el libro en seis capítulos y un epílogo.


1. “¿Qué es lo que tu fecha de nacimiento dice realmente acerca de ti? La nueva ciencia de la cronopsicología”

En este capítulo se abordan comportamientos humanos que un científico consideraría atípicos e incluso consideraría imposibles de medir o analizar desde el punto de vista científico, como la suerte, la credulidad y la superstición.

Para comenzar, aborda uno de los experimentos más llamativos del libro. Se intentaba demostrar hasta qué punto es eficaz la astrología aplicada a los mercados financieros, para lo que se contó con tres personas: una astróloga financiera, un analista de mercado de reconocido prestigio y una niña de cuatro años. Se les dio una partida inicial de 5.000 libras esterlinas, que tuvieron que invertir de la manera que consideraran más conveniente, incluyendo la posibilidad de reconsiderar la política de inversiones en cualquier momento del experimento. Como éste se produjo en un momento de coyuntura bursátil desfavorable, los tres registraron pérdidas con respecto a la inversión inicial, pero quien mejores resultados obtuvo fue la niña, cuyo método de elección de compañías en las que invertir era completamente aleatorio.

Wiseman continúa poniendo en solfa las supuestas bondades de la astrología, con otro experimento demoledor que llevó a cabo Eysenck a mediados del siglo xx. Consiguió demostrar que el haber nacido bajo un signo zodiacal u otro era irrelevante a efectos de suerte, pero que había cierta tendencia a comportarse de acuerdo con lo que cabía esperar en las personas de su signo, con lo que, de una manera u otra, el pertenecer a un signo condiciona la personalidad, aunque, evidentemente, no de la manera en que la astrología quiere hacerle creer a sus seguidores.

Otro psicólogo, Geoffrey Dean, se ganó las antipatías de astrólogos y creyentes en la astrología cuando le solicitó a cinco astrólogos diferentes que elaboraran su supuesta carta astral a partir de los datos sobre su nacimiento, que en realidad no eran suyos sino de un asesino en serie; como es lógico suponer, todas las cartas astrales eran sumamente positivas.

Todo esto desemboca en uno de los experimentos más multitudinarios de Wiseman, que se desarrolló a través de Internet y contó con miles de voluntarios de todo el mundo. Se trataba de evaluar si los nacidos en determinados meses son más afortunados que los nacidos en otros. Había que tener en cuenta factores externos, como la incidencia de la temperatura en el mes de nacimiento, y contar asimismo con que los resultados del hemisferio norte no serían iguales que los del hemisferio sur. El veredicto fue que la percepción subjetiva de la suerte es ligeramente mayor entre los nacidos en los meses de mayo a agosto.

Otros experimentos, igualmente fascinantes, tienden a demostrar que las mujeres mueren después de su cumpleaños mientras que los hombres tienden a hacerlo justo antes, o que los fallecimientos se suelen disparar justo después de reformas fiscales favorables para los herederos (lo cual tiene una explicación: en ocasiones se suelen ocultar los fallecimientos).


2. “Confía en todo el mundo, pero corta siempre la baraja. La psicología de la mentira y el engaño”

Además de ser psicólogo, Richard Wiseman siempre se ha interesado por la magia, de modo que dedica el segundo capítulo a analizar lo que denomina “psicología del engaño”. Descubre que hasta los animales son capaces de engañar a otros animales y a los seres humanos, y pone como ejemplo a la famosa gorila Koko, que manejaba un lenguaje de signos rudimentario y era capaz de acusar de sus fallos y errores a su compañero Michael, aun a sabiendas de que estaba mintiendo.

Por supuesto, el ser humano ha perfeccionado el lenguaje de la mentira más allá de los inocentes “yo no fui: fue él” de Koko y Michael. Se habla de las maniobras de Hitler en vísperas de la invasión de Checoslovaquia, y cómo consiguió engañar a la diplomacia británica mientras aseguraba que no estaba dispuesto a perpetrar la invasión. No obstante, apunta Wiseman, para mentir no hace falta ser un líder político. En este punto comenta uno de sus experimentos más famosos, realizado en la televisión británica. Consistía en entrevistar a un famoso periodista y hacerle determinadas preguntas a las que respondería con una mentira y con una verdad; el público, dividido en sendos grupos de control, las vería por separado y emitiría su veredicto. Se produjo una discrepancia entre los miembros del público que vieron la intervención y los que la escucharon. Estos últimos acertaron cuál era la mentira en un porcentaje mayor que los que la habían visto por la televisión, lo cual demuestra la importancia de los gestos y del lenguaje. Elementos como la excesiva gesticulación que se produce al mentir, o la profusión de detalles que se pueden ofrecer durante la explicación verídica (mientras que la falsa es mucho más esquemática) nos ayudan a entender la psicología del engaño.

Los descubrimientos de Wiseman son aplicables a imágenes inanimadas. Se ha analizado el porqué de la sonrisa de la Mona Lisa, pero también cómo se pueden distinguir los retoques para falsificar una fotografía. Todo ello nos lleva a otro tipo de engaños más sofisticados, como la implantación de recuerdos falsos que, a fuerza de repetirse, terminan por creerse y asumirse (todos los niños de un experimento consiguieron “recordar” cómo habían visto a Bugs Bunny —un personaje de la Warner— en una visita a Disneylandia). Esa capacidad de hacer recordar lo imposible, aquello que en realidad no se ha visto, es la base del trabajo de los magos profesionales y de los espiritistas, a quienes Wiseman les dedica el resto del capítulo.


3. “Creer en seis cosas imposibles antes de desayunar. La psicología entra en zona de penumbras”

En este capítulo se analizan las supersticiones y su grado de cumplimiento; es decir, cómo el hecho de tener determinada superstición se traslada a la vida cotidiana e influye en la salud (lo que sirve para evaluar las diferentes supersticiones sobre números y colores, en un estudio comparativo entre estadounidenses y orientales). Todas las supersticiones relativas al número 13 en la cultura occidental son aplicables al número 4 en la oriental.

Wiseman analiza la relación entre supersticiones y situaciones extremas, tales como la muerte o la vida en tiempos de guerra. Durante la primera guerra del Golfo, las supesticiones aumentaron entre los israelíes que vivían en ciudades más expuestas a los ataques de los misiles Scud iraquíes.

En otro experimento se demuestra que los sujetos experimentan mayor rechazo ante la idea de que tal vez se estén poniendo el jersey de un asesino que ante la certeza de que ese jersey tiene manchas de suciedad de origen orgánico procedentes de un perro.

Asimismo, se analiza la numerología. Hay ciertas casualidades que merece la pena investigar, como las coincidencias entre fechas de nacimiento y fallecimiento de algunos presidentes de los Estados Unidos, o bien la veracidad de la teoría de los seis grados de separacion, según la cual se puede conocer a cualquier persona del mundo en tan sólo seis pasos.


4. “Cómo funciona tu mente. La curiosa ciencia de la toma de decisiones”

No se puede dejar de lado la importancia de los mensajes subliminales. Para comprobar su veracidad, a mediados del siglo xx se realizaron experimentos en los que se certificó que los consumidores podían comprar un producto anunciado de manera subliminal durante una proyección cinematográfica. Ahora bien, es cierto que todo depende de qué productos se estén anunciando. En los casos de la Coca-Cola y las palomitas de maíz, el experimento funcionó; no así en el del beicon. Así pues, Wiseman considera una leyenda urbana la existencia de publicidad subliminal a gran escala, pues no resulta especialmente efectiva.

El funcionamiento “subliminal” de la mente se puede aplicar a otras situaciones. Resulta llamativa la cantidad de panaderos que llevan como apellido Baker (‘panadero’) de personas asociales llamadas Little (‘pequeño’) o Short (‘corto’), de biólogos marinos apellidados Fish (‘pez’) o de abogados apellidados Law (‘ley’), en porcentajes muy superiores a la media. (Sin embargo, no se aclara qué apellidos lo hacen a uno más propenso a ser editor o corrector de estilo.) Además, los portadores de determinados nombres o apellidos llegan a vivir hasta cuatro años por encima de la media.

Se analizan otros aspectos subjetivos, como la estatura de los presidentes de los Estados Unidos (en concreto, las posibilidades de salir elegido cuando un contrincante es notablamente más alto que el otro), y de cómo el simple hecho de mentir acerca de la estatura de uno de los candidatos puede predisponer a los sujetos experimentales a favor de uno de los candidatos, aun cuando se le haya proporcionado un dato falso al respecto.

Los rostros son importantes, y también dan lugar a numerosos estudios. Estamos predispuestos a considerar a alguien culpable o inocente de un delito en función de sus rasgos faciales (que quede claro: no estamos hablando de raza ni sexo ni eugenesia, sino de la percepción subjetiva y la confianza que algunos rasgos faciales generan en los demás, algo que podríamos reducir a “buen rollo” o “malas vibraciones”).


5. “La búsqueda científica del chiste más gracioso del mundo. Exploraciones en la psicología del humor”

Aunque los chistes no suelen ser universales, y por ello este capítulo es el más lejano a la sensibilidad del lector español (lo que nos hace gracia no tiene por qué resultarle gracioso al lector británico), este capítulo se centra en experimentos encaminados a descubrir si existe alguna pauta sobre el sentido del humor, o qué tipo de chistes suelen hacer gracia. Se realizan experimentos por Internet en los que cada lector puede dejar su chiste y se analiza qué es lo que hace que funcione y, sobre todo, si hay repeticiones, palabras o situaciones clave, incidencia geográfica (en qué zonas hace más gracia cierto tipo de chiste y en cuáles no) o en qué grado se suele recurrir a tópicos y tabúes, como la religión, la política o el sexo. Se valoran de manera especial la presencia de animales o el componente surrealista, así como los juegos de palabras y chistes “intelectuales”, frente a los chistes rápidos de apenas un par de frases o una pregunta y una respuesta. Asimismo, se le solicita a algunos participantes en los experimentos que “completen” un chiste cuyo final había quedado abierto y para el que se ofrecen tres posibles finales, y se valora qué zonas del cerebro se hacen funcionar en el proceso de escuchar y procesar un chiste.


6. “¿Santos o pecadores? La psicología de cuando ayudamos y cuando estorbamos”

Un último nivel de acercamiento a la psicología humana nos lleva a motivos tales como el altruismo, el egoismo y los prejuicios. Un experimento de los años treinta consistía en llevar a una pareja de chinos a restaurantes y hoteles de lujo por todos los Estados Unidos. Se produjo una discrepancia notable entre la percepción subjetiva de los empleados y su actitud real: por lo general, todo el mundo se tiene por menos racista o lleno de prejuicios de lo que es en realidad. Si tenemos que evaluar nuestro grado de bondad, siempre diremos que somos los mejores.

Uno de los experimentos más llamativos tiene lugar en una caja rápida de un supermercado, y el resultado es escandaloso: todo el mundo pasa por la caja rápida más de los diez productos que se establecen como máximo, aun a sabiendas de que la razón de ser de esta caja es agilizar las compras y ahorrar tiempo.

Por contra, otro experimento invita al optimismo. Se proporciona el cambio equivocado a los clientes de un establecimiento. Los clientes de una gran superficie tienden a quedarse con el cambio, aun cuando sepan desde el primer momento que se les está devolviendo un importe desproporcionado. Sin embargo, si se produce la misma situación en un pequeño comercio de barrio, la reacción más normal será devolver el cambio y “sacar del error” al tendero. Así pues, la solidaridad funciona a niveles cotidianos: tendemos a ser solidarios con nuestros iguales, y aprovecharnos de las escasas oportunidades que nos permiten las grandes superficies o los cajeros automáticos.



ASPECTOS POSITIVOS

Rarología se puede leer indistintamente como un ensayo científico y divulgativo. Está claro que el lector destinatario del libro es el gran público; no obstante, puede resultarle de cierta utilidad a los profesionales del campo de la psicología y la sociología.

La prosa de Wiseman es muy fluida, de modo que el libro es una lectura agradable y exenta de dificultades.

La bibliografía proporcionada en las notas es abundante y útil, y, llegado el caso, se puede plantear la posibilidad de leer alguno de los títulos citados, de cara a una eventual publicación en Círculo, ya sea como reedición, ya sea como primicia.

Dadas su temática y amenidad, se puede plantear la posibilidad de realizar actividades complementarias de carácter lúdico-psicológico para promocionarlo (concursos, presentar alguno de los experimentos en la página web de Círculo...).

Asimismo, Wiseman es conferenciante y, a juzgar por el estilo con que escribe el libro y con el hecho de que tiene experiencia televisiva, podría dar mucho juego en eventuales charlas con los lectores en la página web de Círculo.

Podría ser interesante enlazar o traducir la página web complementaria del libro: http://www.quirkology.com, de modo que el lector pueda completar los ejercicios propuestos por el autor, así como tener acceso a otros nuevos.



ASPECTOS NEGATIVOS

El libro está estructurado en una serie de capítulos coherentes, pero, aun así, da la impresión de ser algo demasiado fragmentario y disperso.

La acumulación de experimentos y datos ofrecidos por el autor puede llegar a despistar al lector.

Hay algunos defectos de la traducción de Temas de Hoy (por lo demás, en absoluto brillante) que deberían subsanarse en el caso de que Círculo termine publicándolo.

El humor del libro es a veces demasiado “británico”, en particular en el capítulo dedicado al mejor chiste del mundo. El lector español podría perder referentes.

Hay abundantes ilustraciones y fotografías que en la edición de Temas de Hoy aparecen muy oscuras. Habría que vigilar el aspecto gráfico.



VALOR LITERARIO

7

El estilo de Wiseman es efectivo y directo, y sabe manejar el registro divulgativo, así como el humorístico, de modo que la lectura siempre resulta agradecida.



VALOR COMERCIAL

7

Rarología ha funcionado bien en Temas de Hoy, y no tiene por qué funcionar de otra manera en Círculo de Lectores. No es un superventas, pero la temática y el estilo del autor pueden ayudar a que las ventas sean buenas.

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miércoles, 4 de marzo de 2009

Anochecer en Las Vistillas


Los Jardines de las Vistillas son un punto y aparte en la vida madrileña. Los atardeceres en Madrid son preciosos, de los que tocan la fibra sensible. En pocos sitios he visto tantos tonos y matices, y el cielo parece ser un elemento más de la ciudad. La perspectiva se abre hasta el infinito y más allá. Desde el mismo centro de Madrid puedes ver la sierra de Guadarrama, en la lejanía. Durante veinte minutos, el cielo es una explosión de rojos, anaranjados y violetas. Si hay nubes, el efecto es mucho más espectacular.
Hay otros atardeceres en Madrid: en la Plaza de la Armería o en el Templo de Debod. Pero el de Las Vistillas tiene algo especial. Por un lado, la cornisa de San Francisco y la caída a pico hacia el Manzanares. Por otro, ese valle que forma la calle de Segovia. Por detrás, el Viaducto y la calle de Bailén. Durante unos minutos, la naturaleza de las cosas cambia a toda velocidad, y es imposible saber adónde mirar: al cielo ensangrentado, a la catedral de la Almudena recién iluminada o a los pinos tras los que el sol busca ocultarse. Durante unos minutos, Madrid se detiene y está pendiente del cielo. Anochece, que no es poco.
La Plaza de las Vistillas tenía uno de mis rincones favoritos de Madrid, la champañería María Pandora. Cuando regresé con Cristina, la cosa estaba muy echada a perder. Ya no servían conguitos y sandía como guarnición, y la carta de cócteles había degenerado. Seguía siendo un bar-librería, pero de capa caída. El pasado verano ya estaba cerrada. El final de otro de mis lugares de referencia en Madrid. Ya sólo me queda La Vía Láctea.
Durante las fiestas de La Paloma o San Isidro, los Jardines de las Vistillas eran el epicentro de las actuaciones musicales. Allí vi a gente tan rancia como Olga Ramos o Sara Montiel, pero no dejaba de ser algo rarísimo y emocionante a partes iguales. Agua de cebada y calimochos, olor a entresijos y gallinejas, parejas con la chochona recién ganada en la tómbola, punkis y abueletes. Aquello era el alma del Madrid viejo y el nuevo, el de las zarzuelas y el del vómito social.
En los últimos años, y ya alejado de mi Madrid natal, las Vistillas se convirtió en nuestro remanso de paz cada vez que Cristina y yo íbamos a Madrid. En los escasos momentos en los que podemos estar solos cuando vamos a Madrid (los veranos allí tienen más bien poco de vacaciones; la situación es la que es), uno de nuestros rituales, el favorito, el que le da sentido a la semana de locos que solemos pasar allí, es acercarnos por los Jardines de las Vistillas y ver anochecer. Paseamos por el centro, y llegamos desde San Francisco el Grande, o callejeando por la calle de los Mancebos, o cruzando el Viaducto. Nos acomodamos junto a las escaleras que bajan a la calle de Segovia, nos sacamos algunas fotos y nos ponemos a mirar el atardecer, la gradación de colores, la explosión de tonos rojizos y, por último, el anochecer. Después, plegamos velas y nos vamos al Postino o cualquier taberna cercana a la Cava Baja, a tomarnos unos buenos huevos estrellados. Otro ritual obligatorio en nuestros viajes en Madrid.
Es un momento sublime, en el sentido kantiano del término. Lo bello encanta, pero lo sublime conmueve. Y así tiene que ser.
Hay otros anocheceres en Madrid. Está el de la Plaza de la Armería y está el del Templo de Debod. Son bellos, porque son encantadores.
Pero el de las Vistillas es el único que, además, conmueve. Y por ello es sublime.
Y hay pocas, muy pocas cosas en Madrid que me sigan produciendo esa sensación.
Pero todo esto se va a ir a la mierda gracias a una operación urbanística que, cierto, lleva años planeada, pero ahora se acerca de manera inexorable. Y no hay manera de frenarla. Nos quedaremos sin una de las señas de identidad del Madrid que conocí y que ya no reconozco cuando regreso. Y todo ello, a mayor gloria de Antonio María Rouco y de Alberto Ruiz Gallardón.
Acabo de enterarme de la noticia, aunque veo que la cosa lleva tiempo coleando. Ya se sabe que los tejemanejes de la capital no suelen llegar a provincias.
En resumen, la situación es la que sigue: el Ayuntamiento de Madrid ha cedido al Arzobispado de Madrid una parcelita de 25.000 metros cuadrados (que abarca el Jardín de las Vistillas, el Parque de la Cornisa y aledaños) para construir edificios de uso eclesiástico. La idea es tener el Minivaticano terminado antes de 2011, y así matamos dos pájaros de un tiro: se le hace un regalo inolvidable de despedida (por los servicios prestados, supongo) al cardenal Rouco, con motivo de su jubilación, y se aprovecha la visita del papa Benedicto XVI para que bendiga los terrenos. Más información, aquí.
Y todo ello, evidentemente, pasándose por el forro de los cojones las alegaciones de los ciudadanos.
Menos mal que Gallardón es el progre del partido. No sé qué hubiera hecho Álvarez del Manzano si esto hubiera coincidido con su mandato.
En fin, que el "de Madrid al cielo, y un agujerito para verlo" va a ser un poco menos verdad.
Las vistas de las Vistillas, para los curas. Al fin y al cabo, son los más indicados para ir de Madrid al cielo, sin escalas, y con un agujero privilegiado para verlo: el de las obras del Minivaticano.


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