Esta entrada os la puede traer floja a los lectores del blog que no tenéis ninguna relación con el género fantástico ni con el sector editorial, pero incide de lleno en uno de los viejos vicios del negocio: la piratería editorial. Desde siempre se ha recurrido a pequeñas argucias para evitar pagar derechos de autor o traducciones, sin que, hasta hace poco tiempo, aquello hubiera merecido más que comentarios condescendientes o resignados. Es de sobra conocida la práctica, casi ancestral, de hacer firmar como "M. Blanco" (
'mirlo blanco') las traducciones que se habían realizado sin permiso ni contrato, o que directamente se habían pirateado.
Al fin y al cabo, la piratería a pequeña escala tampoco era un fenómeno privativo del sector editorial. Por ejemplo, en el sector musical tenemos una muestra muy significativa en la expresión "D. R.". Cuando catalogaba casetes en la Biblioteca Nacional, prácticamente en todas las cajas me aparecían algunos ejemplares en los que la mención de responsabilidad tenía que ser ese "D. R.", que no era otra cosa que "derechos reservados". No se trataba de un acto de piratería en sí mismo, pero, según y cómo, podría llegar a serlo. Tal como nos lo contaban al catalogar, significaba que se reconocía que no se había podido contactar con el propietario de los derechos, pero que el material se editaba igualmente, y se creaba un fondo en una cuenta bancaria, destinada a abonar el pago de los derechos en el caso de que el autor o el agente aparecieran y los reclamaran. En realidad es más complicado, pero, para lo que nos interesaba (hacer constar "D. R." en el campo de mención de responsabilidad), ya era suficiente.
Ahora, corred todos al armario en el que guardáis vuestras casetes de gasolinera y comprobad cuántas tienen como autor del "Yesterday" de los Beatles o el "Paquito el chocolatero" al señor D. R.
Estas prácticas se consentían sin concederles mayor importancia.
Hasta que alguien la lió muy bien liada.
En 2003 se destapó el que sigue siendo el mayor fraude editorial que ha conocido el mundillo de la literatura fantástica: el caso PulpEdiciones. Publicaron cerca de medio centenar de títulos sin pagar derechos, recauchutaron traducciones ya existentes (y, ¿homenaje o cara dura?, acreditando como autor de algunas de las mismas a "M. Blanco"), organizaron una buena bronca que se extendió a los foros de Internet e incluso a las relaciones personales de las partes implicadas (la tontería me costó un par de amistades) y, en resumen, inutilizó durante una buena temporada medio centenar de títulos que, debido a la competencia desleal y posterior saldo de existencias de PulpEdiciones, quedaron marcados como "no publicables" durante unos cuantos años. Porque, al fin y al cabo, ¿quién de vosotros se compraría por 20 euros un título que puede encontrar 4 euros en la estantería de al lado, la de los saldos?
¿Por qué no se denunciaba la situación? Pues por una razón muy simple: no salía a cuenta. A los afectados (traductores, sobre todo, y algún autor) se les debían cantidades que, en el mayor de los casos, no superaban los 2.000 euros. Para entablar acciones legales contra la editorial había que mandar un procurador a la provincia en la que radicaba la actividad de Pulp, Guadalajara. Y un procurador, en un juicio, puede salir por un pastón. Así pues, casi nadie se metió en juicios, porque existía la casi certeza de que la broma les costase más dinero del que se les adeudaba.
Que yo recuerde, sólo dos autores consiguieron llegar a acuerdos extrajudiciales en virtud de los cuales se les compensaba económicamente. Y eso, porque uno de los autores había sido notario y amenazó con entablar una querella criminal.
Al resto, ni eso. Y, para mayor recochineo, algún afectado que otro recibió el certificado de retenciones del IRPF, con lo que tuvo que declarar (y pagar) un trabajo que ni había contratado ni había cobrado.
El caso Pulp puso de manifiesto muchas carencias del mundillo editorial fantástico, en el que conviven autores felizmente profesionalizados con una mentalidad que para según qué cosas aún sigue anclada en el desarrollismo. El compadreo y la buena fe siguen siendo la tónica general (total: todos nos conocemos... hasta que dejamos de conocernos), y en el camino se nos olvida algo tan simple como que, según la legislación vigente sobre propiedad intelectual, todos los contratos de edición tienen que figurar por escrito, pues de lo contrario no son válidos. Ya no vale el compromiso verbal: todo tiene que figurar en un contrato escrito. Algunos de los afectados por el caso Pulp (y no sólo por él) creyeron que bastaba con un "venga, vale, edítalo", y no es así.
Un resumen inmejorable de la situación, que tuve el honor y el placer de editar en la revista
Gigamesh, fue el reportaje de
Alberto Cairo, "Pulp Ediciones: ¿piratería o 'descuido'?". También apareció en la página web de Bibliópolis, con otro título, en la versión que podéis leer si pincháis sobre el enlace.
¿Qué conclusiones se podían extraer del asunto Pulp? Como todo en esta vida, unas cuantas buenas y otras malas.
Entre las buenas, que se podían realizar acciones concretas para "filtrar" títulos cuyos derechos vulneraban manifiestamente el juego limpio que cabe presuponer en el negocio. Algunas librerías como Gigamesh retiraron de la venta los títulos de Pulp Ediciones.
El ruido generado en foros de Internet terminó resultando positivo, ya que destapó el escándalo y permitió retratarse a quienes favorecían estas prácticas ilícitas.
El hecho de que un autor amenazase con querellarse contra la editorial supuso que éste recibiera una compensación económica por daños y perjuicios, pero también venía a refrendar el reconocimiento implícito por parte de Pulp de que habían editado un título de este autor no sólo sin contrato sino sin su conocimiento: se enteró de que su novela había sido editada porque la vio saldada en una página web de venta de libros y discos.
Entre las conclusiones negativas, quedó la impresión de que el fándom estaba claramente dividido entre aquellos que eran partidarios del juego limpio (ya no se trataba de que hubiera amigos afectados, sino de que nos estábamos jugando nuestras habichuelas) y aquellos a quienes les daba lo mismo quién pagase o dejase de pagar derechos mientras los libros estuvieran disponibles en el mercado (y, por supuesto, cuanto más baratos, mejor). También llamó la atención el hecho de que los afectados no presentasen una demanda conjunta (como hemos dicho, resultaba demasiado costoso) y el que las agencias literarias pasasen ampliamente del asunto. Como digo, la tontería me costó perder alguna que otra amistad.
Pero bueno, esto ocurrió hace casi cinco años, y ya casi era agua pasada.
Hasta el mes pasado.
A finales de octubre volvieron a suceder cosas extrañas. Una nueva editorial, Ícaro Ediciones, anunció la publicación del buscadísimo y agotadísimo
Tigana, de Guy Gavriel Kay. Pero también Timun Mas anunciaba su reedición. Y La Factoría de Ideas. ¿Qué estaba pasando? Surgieron las primeras acusaciones que emparentaban a Ícaro con Pulp. Ícaro desmintió este extremo. El asunto se resolvió de una manera honorable: Ícaro se desentendió de
Tigana. Al fin y al cabo, no la habían contratado... Pero eran nuevos en el negocio y todo era un malentendido.
Nacho Illarregui ofrece un retrato muy ajustado de la situación en dos entradas de su blog Aburreovejas:
"¿Ícaro Ediciones o Sísifo Ediciones?" e
"Ícaro Ediciones".
Pero la cosa no queda aquí. Ícaro Ediciones anuncia la inminente aparición de varios títulos agotadísimos, que los aficionados esperaban como agua de mayo: A través del tiempo real, de Vernor Vinge (un ómnibus con las dos novelas de la serie),
Deus Irae, de Philip K. Dick y Roger Zelazny,
Órbita inestable, de John Brunner, y
Misión de gravedad, de Hal Clement. Cuatro reediciones de cajón, vamos.
Y tan de cajón:
en el hilo correspondiente de Sedice, Juan Carlos Poujade, director de La Factoría de Ideas, afirma que estaba negociando los derechos del título de Vernor Vinge. Además, Danny Baror, agente de Philip K. Dick, desmiente que Ícaro hubiera contactado con su agencia para editar
Deus Irae. La cosa, a estas alturas, ya empieza a oler francamente mal. A alas derritiéndose abrasadas por el sol.
En el transcurso de la última semana se han sucedido las revelaciones con respecto a Ícaro. En efecto, no han pagado derechos de los títulos ya editados. Sólo figura una ficha de uno de sus libros en la Agencia Española del ISBN. Cyberdark.net devuelve los ejemplares adquiridos de sus títulos. Por último, el agente Danny Baror le impone una multa desorbitada a Ícaro, lo que prácticamente es una invitación a que desista de contratar el título y a que destruya toda la tirada.
Julián Díez lo explica muy bien en este otro artículo,
"Publicar libros sin derechos ni registros", que ha aparecido hoy en el diario económico
Cinco Días. Un artículo que hay que complementar con un par de párrafos que, por motivos de espacio, no han cabido en la edición en papel. Julián los ha colgado en el hilo alusivo en Sedice, y no puedo evitar citarlos a modo de conclusión:
Gutiérrez admite igualmente que en la editorial afirma en su web que reeditarían libros con versión del argentino Carlos Gardini, un reputado traductor al que “se olvidó” contactar para pedirle permiso para usar su trabajo. Siempre según Ícaro, se encuentran en negociaciones con Gardini.
La historia viene a incidir en la pobre imagen del sector editorial español puesta de manifiesto por uno de los agentes más importantes del mundo, Andrew Wylie, que en una reciente entrevista en El País calificó el sector nacional como “un lugar bastante corrupto”, aludiendo a las dificultades para conseguir acuerdos con garantías con editoriales y agencias locales.
Por ejemplo, es una práctica frecuente que este tipo de casos se resuelvan con una firma de contrato a posteriori, pero en la que la fecha bajo la que se rubrica es previa a la publicación, con el fin de evitar cualquier complicación.
Edito. Parece que el asunto Ícaro no es el único que está levantando ampollas durante estos días. Además hay que añadir otro presunto pufo protagonizado, al parecer, por
Grup Senar. La noticia me ha llegado gracias a un email de
David Mateo. Más información en
este hilo de Sedice. Si alguien sabe algo más, que avise.