jueves, 27 de noviembre de 2008

Frases célebres de parejas

Ésta es de Cristina, esta mañana:

Eres lo más bonito que tengo... Bueno, tú y una chaqueta monísima que hay en el armario.

Mola, porque, aparte de ser la declaración de amor más original que he oído en mi vida, nos habla de asuntos universales: amor y compras. Es casi shakespeariana. Bigger than life, en resumen.
Guta nene.

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lunes, 24 de noviembre de 2008

Frases célebres de niños

Ésta no va a salir en El Hormiguero, pero es igual o mejor que las que se citan en el programa:

"No lo sé o no me acuerdo... me parece".

(Mi sobrina Kira, de siete años.)

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martes, 18 de noviembre de 2008

El último vuelo de Ícaro

Esta entrada os la puede traer floja a los lectores del blog que no tenéis ninguna relación con el género fantástico ni con el sector editorial, pero incide de lleno en uno de los viejos vicios del negocio: la piratería editorial. Desde siempre se ha recurrido a pequeñas argucias para evitar pagar derechos de autor o traducciones, sin que, hasta hace poco tiempo, aquello hubiera merecido más que comentarios condescendientes o resignados. Es de sobra conocida la práctica, casi ancestral, de hacer firmar como "M. Blanco" ('mirlo blanco') las traducciones que se habían realizado sin permiso ni contrato, o que directamente se habían pirateado.
Al fin y al cabo, la piratería a pequeña escala tampoco era un fenómeno privativo del sector editorial. Por ejemplo, en el sector musical tenemos una muestra muy significativa en la expresión "D. R.". Cuando catalogaba casetes en la Biblioteca Nacional, prácticamente en todas las cajas me aparecían algunos ejemplares en los que la mención de responsabilidad tenía que ser ese "D. R.", que no era otra cosa que "derechos reservados". No se trataba de un acto de piratería en sí mismo, pero, según y cómo, podría llegar a serlo. Tal como nos lo contaban al catalogar, significaba que se reconocía que no se había podido contactar con el propietario de los derechos, pero que el material se editaba igualmente, y se creaba un fondo en una cuenta bancaria, destinada a abonar el pago de los derechos en el caso de que el autor o el agente aparecieran y los reclamaran. En realidad es más complicado, pero, para lo que nos interesaba (hacer constar "D. R." en el campo de mención de responsabilidad), ya era suficiente.
Ahora, corred todos al armario en el que guardáis vuestras casetes de gasolinera y comprobad cuántas tienen como autor del "Yesterday" de los Beatles o el "Paquito el chocolatero" al señor D. R.
Estas prácticas se consentían sin concederles mayor importancia.
Hasta que alguien la lió muy bien liada.
En 2003 se destapó el que sigue siendo el mayor fraude editorial que ha conocido el mundillo de la literatura fantástica: el caso PulpEdiciones. Publicaron cerca de medio centenar de títulos sin pagar derechos, recauchutaron traducciones ya existentes (y, ¿homenaje o cara dura?, acreditando como autor de algunas de las mismas a "M. Blanco"), organizaron una buena bronca que se extendió a los foros de Internet e incluso a las relaciones personales de las partes implicadas (la tontería me costó un par de amistades) y, en resumen, inutilizó durante una buena temporada medio centenar de títulos que, debido a la competencia desleal y posterior saldo de existencias de PulpEdiciones, quedaron marcados como "no publicables" durante unos cuantos años. Porque, al fin y al cabo, ¿quién de vosotros se compraría por 20 euros un título que puede encontrar 4 euros en la estantería de al lado, la de los saldos?
¿Por qué no se denunciaba la situación? Pues por una razón muy simple: no salía a cuenta. A los afectados (traductores, sobre todo, y algún autor) se les debían cantidades que, en el mayor de los casos, no superaban los 2.000 euros. Para entablar acciones legales contra la editorial había que mandar un procurador a la provincia en la que radicaba la actividad de Pulp, Guadalajara. Y un procurador, en un juicio, puede salir por un pastón. Así pues, casi nadie se metió en juicios, porque existía la casi certeza de que la broma les costase más dinero del que se les adeudaba.
Que yo recuerde, sólo dos autores consiguieron llegar a acuerdos extrajudiciales en virtud de los cuales se les compensaba económicamente. Y eso, porque uno de los autores había sido notario y amenazó con entablar una querella criminal.
Al resto, ni eso. Y, para mayor recochineo, algún afectado que otro recibió el certificado de retenciones del IRPF, con lo que tuvo que declarar (y pagar) un trabajo que ni había contratado ni había cobrado.
El caso Pulp puso de manifiesto muchas carencias del mundillo editorial fantástico, en el que conviven autores felizmente profesionalizados con una mentalidad que para según qué cosas aún sigue anclada en el desarrollismo. El compadreo y la buena fe siguen siendo la tónica general (total: todos nos conocemos... hasta que dejamos de conocernos), y en el camino se nos olvida algo tan simple como que, según la legislación vigente sobre propiedad intelectual, todos los contratos de edición tienen que figurar por escrito, pues de lo contrario no son válidos. Ya no vale el compromiso verbal: todo tiene que figurar en un contrato escrito. Algunos de los afectados por el caso Pulp (y no sólo por él) creyeron que bastaba con un "venga, vale, edítalo", y no es así.
Un resumen inmejorable de la situación, que tuve el honor y el placer de editar en la revista Gigamesh, fue el reportaje de Alberto Cairo, "Pulp Ediciones: ¿piratería o 'descuido'?". También apareció en la página web de Bibliópolis, con otro título, en la versión que podéis leer si pincháis sobre el enlace.
¿Qué conclusiones se podían extraer del asunto Pulp? Como todo en esta vida, unas cuantas buenas y otras malas.
Entre las buenas, que se podían realizar acciones concretas para "filtrar" títulos cuyos derechos vulneraban manifiestamente el juego limpio que cabe presuponer en el negocio. Algunas librerías como Gigamesh retiraron de la venta los títulos de Pulp Ediciones.
El ruido generado en foros de Internet terminó resultando positivo, ya que destapó el escándalo y permitió retratarse a quienes favorecían estas prácticas ilícitas.
El hecho de que un autor amenazase con querellarse contra la editorial supuso que éste recibiera una compensación económica por daños y perjuicios, pero también venía a refrendar el reconocimiento implícito por parte de Pulp de que habían editado un título de este autor no sólo sin contrato sino sin su conocimiento: se enteró de que su novela había sido editada porque la vio saldada en una página web de venta de libros y discos.
Entre las conclusiones negativas, quedó la impresión de que el fándom estaba claramente dividido entre aquellos que eran partidarios del juego limpio (ya no se trataba de que hubiera amigos afectados, sino de que nos estábamos jugando nuestras habichuelas) y aquellos a quienes les daba lo mismo quién pagase o dejase de pagar derechos mientras los libros estuvieran disponibles en el mercado (y, por supuesto, cuanto más baratos, mejor). También llamó la atención el hecho de que los afectados no presentasen una demanda conjunta (como hemos dicho, resultaba demasiado costoso) y el que las agencias literarias pasasen ampliamente del asunto. Como digo, la tontería me costó perder alguna que otra amistad.
Pero bueno, esto ocurrió hace casi cinco años, y ya casi era agua pasada.
Hasta el mes pasado.
A finales de octubre volvieron a suceder cosas extrañas. Una nueva editorial, Ícaro Ediciones, anunció la publicación del buscadísimo y agotadísimo Tigana, de Guy Gavriel Kay. Pero también Timun Mas anunciaba su reedición. Y La Factoría de Ideas. ¿Qué estaba pasando? Surgieron las primeras acusaciones que emparentaban a Ícaro con Pulp. Ícaro desmintió este extremo. El asunto se resolvió de una manera honorable: Ícaro se desentendió de Tigana. Al fin y al cabo, no la habían contratado... Pero eran nuevos en el negocio y todo era un malentendido.
Nacho Illarregui ofrece un retrato muy ajustado de la situación en dos entradas de su blog Aburreovejas: "¿Ícaro Ediciones o Sísifo Ediciones?" e "Ícaro Ediciones".
Pero la cosa no queda aquí. Ícaro Ediciones anuncia la inminente aparición de varios títulos agotadísimos, que los aficionados esperaban como agua de mayo: A través del tiempo real, de Vernor Vinge (un ómnibus con las dos novelas de la serie), Deus Irae, de Philip K. Dick y Roger Zelazny, Órbita inestable, de John Brunner, y Misión de gravedad, de Hal Clement. Cuatro reediciones de cajón, vamos.
Y tan de cajón: en el hilo correspondiente de Sedice, Juan Carlos Poujade, director de La Factoría de Ideas, afirma que estaba negociando los derechos del título de Vernor Vinge. Además, Danny Baror, agente de Philip K. Dick, desmiente que Ícaro hubiera contactado con su agencia para editar Deus Irae. La cosa, a estas alturas, ya empieza a oler francamente mal. A alas derritiéndose abrasadas por el sol.
En el transcurso de la última semana se han sucedido las revelaciones con respecto a Ícaro. En efecto, no han pagado derechos de los títulos ya editados. Sólo figura una ficha de uno de sus libros en la Agencia Española del ISBN. Cyberdark.net devuelve los ejemplares adquiridos de sus títulos. Por último, el agente Danny Baror le impone una multa desorbitada a Ícaro, lo que prácticamente es una invitación a que desista de contratar el título y a que destruya toda la tirada.
Julián Díez lo explica muy bien en este otro artículo, "Publicar libros sin derechos ni registros", que ha aparecido hoy en el diario económico Cinco Días. Un artículo que hay que complementar con un par de párrafos que, por motivos de espacio, no han cabido en la edición en papel. Julián los ha colgado en el hilo alusivo en Sedice, y no puedo evitar citarlos a modo de conclusión:

Gutiérrez admite igualmente que en la editorial afirma en su web que reeditarían libros con versión del argentino Carlos Gardini, un reputado traductor al que “se olvidó” contactar para pedirle permiso para usar su trabajo. Siempre según Ícaro, se encuentran en negociaciones con Gardini.

La historia viene a incidir en la pobre imagen del sector editorial español puesta de manifiesto por uno de los agentes más importantes del mundo, Andrew Wylie, que en una reciente entrevista en El País calificó el sector nacional como “un lugar bastante corrupto”, aludiendo a las dificultades para conseguir acuerdos con garantías con editoriales y agencias locales.

Por ejemplo, es una práctica frecuente que este tipo de casos se resuelvan con una firma de contrato a posteriori, pero en la que la fecha bajo la que se rubrica es previa a la publicación, con el fin de evitar cualquier complicación.


Edito. Parece que el asunto Ícaro no es el único que está levantando ampollas durante estos días. Además hay que añadir otro presunto pufo protagonizado, al parecer, por Grup Senar. La noticia me ha llegado gracias a un email de David Mateo. Más información en este hilo de Sedice. Si alguien sabe algo más, que avise.

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jueves, 13 de noviembre de 2008

Posibles definiciones de frustración

Pues así a bote pronto se me ocurren unas cuantas (tranquilos, no me ha pasado nada chungo: sólo estoy divagando), pero la más aproximada podría ser ésta.
No tengo ni puñetera idea de música. De componer, me refiero. Pasé del tema cuando me apuntaron a solfeo en EGB, por lo que no voy más allá de saber distinguir las notas en un teclado o un piano, y ser capaz de leer una partitura e interpretarla con un solo dedo. Tuve la inmensa fortuna de que ningún profesor nos obligara a tocar la flauta, porque todavía tendría pendiente la música de 5º de EGB.
Tampoco es que tenga un oído privilegiado. De hecho, tarareo fatal, y cuando me pongo a cantar aumenta el riesgo de chaparrón. Casi nunca he conseguido que mis interlocutores reconozcan una melodía cuando se la canturreo. Ni piso los karaokes, porque no quiero exponerme a que pregunten si sé hacer algo más aparte de imitar el ruido que hacen dos trenes al chocar. Del Guitar Hero, ni hablamos.
Todo esto elimina de raíz soluciones "creativas", como las de Clint Eastwood o Alejandro Amenábar, que componer, componer, lo que se dice componer, no es que compongan, pero son capaces de transmitirle a un músico lo que les ronda por la cabeza, firman como coautores de las partituras resultantes e incluso les dan premios por ellas.
Claro, tampoco es que tenga una imaginación visual deslumbrante. Pero soy capaz de transmitirle a un ilustrador lo que me gustaría crear, de modo que éste lo interprete correctamente y lo convierta en un dibujo que capte mi idea inicial.
Pero lo que más me fastidia es mi ceguera musical.
En parte, porque tuve la oportunidad y la perdí yo solo, faltando a clase de solfeo y desaprovechando el que mi hermano Pablo tuviera un piano, o el haber estado a punto de comprarme una caja de ritmos cuando a José María Faraldo y a mí se nos ocurrió montar un grupo a principios de los noventa. Se iba a llamar Falta de Fluido Eléctrico, hacíamos algo que se podría definir como rap, y en algún lugar deben de conservarse las letras. Prometo colgar alguna en el blog, si llegara a encontrarlas. Las de "Quiero ser funcionario del Estado" y "La Internacional (versión rap)" tenían su qué.
En parte, también, porque me apasiona la música, porque tengo músicos en la familia (a la entrada anterior me remito) y porque a veces me gusta imaginar un Juanma alternativo, en un universo paralelo en el que sí sé tocar algún instrumento y cantar, y tengo un grupo, y no le va del todo mal. (Mis fantasías nunca se convierten en delirio, y mi megalomanía de tercera se limita a tener una página relativamente transitada en MySpace, aparecer en alguna categoría de las votaciones anuales de Rockdelux, salir de bolos cada cuatro o cinco años y, en el súmmum del éxito, tocar en algún festival de verano. Objetivos asequibles para una versión ligeramente modificada del Juanma Santiago del mundo real, vamos.)
Tengo fantasías para todos los gustos. En ellas llego a presidente de la III República española, jugador de la NBA, piloto de Fórmula 1 o actor. O soy una mujer. O tengo algún hermano más o menos de mi edad, o mis primas no nacen enfermas, y así crezco más socializado. O tengo un hermano gemelo. O no consigo superar el linfoma. O aprendo a conducir con veinte años. O viajo por todo el mundo. O vivo en otra época, pasada o futura...
Como digo, procuro mantener este tipo de fantasías a raya, domesticarlas de alguna manera; por ejemplo, reservando las más coherentes para alguno de esos relatos que he escrito o esas novelas que algún día terminaré escribiendo, o, y ésta es una idea que gana enteros a medida que le doy vueltas, poniéndolas sobre papel (o en un documento de texto, más bien), una especie de metaficción a medio camino entre la Historia universal de la infamia de Borges, todo lo que hacen Javier Marías o Enrique Vila-Matas y Valis de Philip K. Dick. No sé si saldría algo publicable, y me temo que el resultado final tendría más de autopsicoanálisis que de literatura, pero me apetece intentarlo.
El problema, y vuelvo a lo de la frustración, es mi absoluta carencia de oído para la música, talento para la composición y capacidad de transmitir las melodías que rondan por mi cabeza, ya sea poniéndolas sobre papel pautado, tocando algún instrumento o, simplemente, tarareándolas.
Dicho en plan teórico es chungo, pero, como digo, es algo impuesto por mi falta de talento para la música y por mi incapacidad de haber aprendido a tocar algún instrumento cuando tuve la ocasión.
Pero la práctica es mucho más chunga.
Imaginaos que se os pega una melodía. Habéis oído una canción en la radio, la tele o el ordenador, y no os la podéis quitar de la cabeza. Como la sintonía adictiva que se inventa Alfred Bester en El hombre demolido para que el protagonista pueda neutralizar el cerco de los policías telépatas: si tienes una sola idea en la cabeza, y ésta es una melodía, ¿qué otra cosa puede captar alguien que esté vigilando tus pensamientos? A todos nos pasa: suena un solo acorde de "Twisted Nerve" de Bernard Hermann (vulgo "la del silbidito" de Kill Bill), y te puedes pasar semanas sin que la hija de su madre salga de tu cabeza.
Imaginad entonces que se os fija en la mente esa canción pegajosa, y no hay manera de que salga de ahí. La escucháis a todas horas.
Ahora imaginad que esa melodía no existe fuera de vuestra cabeza, porque en realidad no es ninguna canción real. Sale de vosotros. La habéis inventado vosotros. Es vuestra. Sois los compositores. No se puede describir con palabras (hoy ando fatal de la sinestesia), pero podría constar de unas cuerdas parecidas a lo que hace Spiritualized con el Canon de Pachelbel en "Ladies and Gentlemen We Are Floating in Space", un solo de guitarra a lo Tom Verlaine en la "Marquee Moon" de Television y una salida potente y prolongada como la de Guns 'n' Roses en "Paradise City". Y, a la vez, ser una canción inequívocamente reconocible como indie rock español de la década de 2000. Y no la podéis extraer de ahí, porque no tenéis ni la menor idea de cómo hacerlo, y resumirlo en un simple silbidito sería como intentar explicarle a un pintor que quieres "un cuadro con colores planos en el que salgan unas tías desnudas pero con las caras así como de máscaras africanas".
Como digo, es la viva imagen de la frustración. Hay otras, mucho más dolorosas, pero ésta me toca un poco las narices.
Siempre me quedará el consuelo de que podría componer la letra. Por lo menos, eso sí está a mi alcance.

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jueves, 6 de noviembre de 2008

Loco encontrao

Como no he actualizado en toda la semana, y no tengo tiempo para nada, incurriré en la costumbre bloguera de dedicar el viernes (o jueves noche, en este caso) a colgar algún videoclip, para empezar con buen pie musical el fin de semana.
En esta ocasión haré propaganda descarada del tercer disco en solitario de  Josele Santiago, que lleva por título Loco encontrao. Más luminoso que Las golondrinas etcétera y más enjundioso que Garabatos, no me atrevo a calificarlo como el mejor de sus discos en solitario, que es el runrún que corre por foros, pero sí es cierto que mantiene el tipo con respecto al primero, que ya es decir.
Esta hermosa canción se titula "Baila el viento".

De propina, otra canción, "De papel", que interpretó en el programa de Buenafuente.

Por darle vidilla a esta entrada podéis comentar cuál es vuestro disco favorito de Josele, si os gustaba más con Los Enemigos o en solitario, si realmente tenemos ante nosotros al Tom Waits español y no sabemos apreciarlo, o lo que se os ocurra.
Buen fin de semana.

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