miércoles, 30 de julio de 2008

La magnetosfera contra Juanma

Confirmado: los cinturones de Van Allen no los produce el magnetismo terrestre, sino yo en persona.
Es cosa sabida que mi puesto de trabajo natural no es el de reparador de electrodomésticos, precisamente. En Gigamesh me llamaban Magneto (y Álex sigue haciendo), debido a mi singular habilidad para cargarme el equipo de la empresa. No es que me lo cargara-cargara, pero ya me entendéis: ordenadores que de pronto enlentecen su marcha cuando me acerco a menos de un metro, cafeteras Nespresso que empiezan a fallar y al no coger bien la pastilla sólo producen aguachirri, aire acondicionado que comienza a hacer aguas por todos lados o a soltar una nubecilla tóxica...
En casa, el asunto no va mucho mejor. Son legendarios (que diría Barney) mis problemas con mi ordenador portátil y mi conexión a Internet, que no va ni a hostias (literalmente) y, por decirlo de una manera suave, hay días en los que pierdo más tiempo mentándole a la madre a mi ADSL que utilizando mi ordenador con fines laborales.
De mi ascensor, mejor ni hablamos.
La situación no es mucho mejor en mis relaciones con la Administración. Bueno, mis relaciones con la Administración son como las de cualquier otro: sólo nos vemos por asuntos de dinero. Pero tenemos que vernos. La última fue durante el segundo trimestre. Me acababa de hacer autónomo, y dos de mis clientes principales me exigían un certificado de subcontratista, sin el cual no podía enviarles facturas. Era, por tanto, una condición sine qua non. Mientras esperaba la llegada de los certificados, prácticamente estaba trabajando por la cara, porque no podía emitir facturas.
Así que el primer día de actividad, justo cuando me acababa de dar de alta en IAE, encargué los certificados de marras.
A las dos semanas me llegaron sendas negativas: yo no constaba como dado de alta en IAE.
Viaje a Hacienda. Me explicaron que las altas tardan un par de días en subir al ordenador central de Hacienda; lo más probable es que en mi oficina vieran mi solicitud, buscaran mis datos y, al no verlos, consideraran que yo no estaba dado de alta en IAE y, por lo tanto, decidieran denegarme la solicitud.
Es lógico. Me volvieron a tramitar las solicitudes. Y, en vista de que tardaba un montonazo en llegarme la respuesta, el primer trimestre de 2008 sólo emití una factura, a un cliente que no me exigía certificado de subcontratista. Por un importe de 300 euros; es decir, lo justo para recuperar mi cuota de la Seguridad Social y mis gastos de gestoría. Empezaba bien como autónomo.
Después de esperar cuatro semanas exactas (el primer certificado tardó un par de semanas), a finales de abril me llegaron sendos certificados. Denegaciones, ambas.
Agarré el cabreo del siglo y volví a Hacienda. Allí comprobaron mis datos y no encontraron nada extraño, pero, por si acaso, volvieron a darme de alta en IAE y me recomendaron, eso sí, que tardara un par de días en volver para pedir los certificados, pues de lo contrario me exponía a que me sucediera lo mismo que la primera vez.
Les hice caso. Regresé un par de días después, solicité los certificados y volví a esperar.
Cuatro semanas, de nuevo.
Me llegaron los certificados. No podían ser negativos, porque lo había hecho todo bien. Y yo ya estaba empezando a tener problemas con los dos clientes que me los solicitaban (con unos, porque el retraso les había producido un descuadre contable de la leche; y con otros, porque estaban a punto de cerrar el proyecto y me arriesgaba a que no me pagaran). De camino, le pregunté a la funcionaria de Correos cómo era posible que un certificado urgente tardara cuatro semanas en llegar a destino, no una sino dos veces; por supuesto, le echó la culpa a Hacienda.
Así pues, abrí los sobres y me encontré con que... efectivamente... los certificados eran... denegatorios.
Berrinche. Tentativa de borrarme de autónomos. Cristina parándome los pies. Se me estaba pasando mi segundo trimestre de actividad, y no sólo no había facturado ni un duro, sino que podía decirse que llevaba unos cuantos meses trabajando por la cara y, lo que es peor, me arriesgaba a que uno de mis clientes ni siquiera me pagara.
Vuelta a Hacienda. Les conté mi caso, y no entendían nada. Mis datos constaban en el ordenador central. Todo estaba en orden. No entendían cómo podía haber ocurrido aquello. Ni siquiera perdieron la compostura cuando les solicité un impreso para hacer una queja formal; en vez de hacerme caso, me pidieron que mantuviera la calma e hicieron lo único que se puede hacer cuando Juanmagneto está bloqueando toda la red informática de Hacienda: introducir los cambios a mano. En efecto, amiguitos: si conseguí los certificados de marras y ya he cobrado esas colaboraciones (con lo que estoy dentro de la ley) se debió a que una funcionaria tuvo la feliz idea de "engañar" al ordenador central de Hacienda y abrir un desplegable en el que figuraban mis datos como aceptados. Hecha esa trampa, pude obtener la firma del director de la oficina de Hacienda, con lo que conseguí mis certificados, aquel mismo día.
Por una vez, la inteligencia humana (y funcionarial, valga el oxímoron) consiguió desactivar mis tropelías magnéticas.
En vez de quedarse aquí la cosa, ha ido a más. No sé si es el verano, si soy yo, que estoy demasiado estresado porque no paro de trabajar, o qué, pero el caso es que a lo largo del mes de julio he tenido los siguientes percances electromagnéticos:
-A primeros de mes conseguí joder la red de cajeros de Caja Madrid. Necesitaba sacar dinero, ese mismo día, y el cajero me empezó a escupir la tarjeta con el siguiente mensaje, que nunca antes había visto: "El cajero no reconoce su tarjeta". Llevo un año igual con mi libreta, pero con no usarla y operar con tarjeta ya me va bien. Quedarme sin tarjeta ya es otra cosa. Entré en la oficina, y me ocurrió lo mismo. Total, que el empleado de la oficina tuvo que darme el dinero. Estaban teniendo problemas con los cajeros, me explicó, pero no tantos como para que los dos cajeros me rechazaran la tarjeta. Al día siguiente regresé al mismo cajero, y tuve el mismo percance. Acojonado ante la perspectiva de quedarme sin liquidez, me arriesgué a pagar con tarjeta un par de días después, y no tuve ningún problema. Pero con ese cajero volví a tener incidentes una tercera vez. Ahora ya puedo sacar dinero sin problemas, pero fue un aviso bastante chungo.
-Mi portátil se está cascando a ojos vista. Salgo a uno o dos pantallazos azules por día; de hecho, como la corrección que estoy realizando ahora es sobre papel, en cuanto actualice aprovecharé la mañana para copiar y pegar toooodo mi disco duro en el magnífico disco duro externo de 256 gigas que me regaló Cristina el año pasado. No vaya a ser que un día tenga un apagón fatal.
-La conexión a Internet va más a pedales que nunca. Por pura ley de Murphy, se suele quedar colgada justo cuando tengo que hacer un envío importante, espero un correo urgente o estoy en medio de una conversación inaplazable sobre un asunto relevante. El viernes pasado tuve la friolera de una hora de conexión durante toda la mañana. Con el agravante de que tenía que entregar un trabajo. Estuve a punto de bajarme al locutorio a terminar la corrección y enviarla al cliente. Es una opción razonable, por supuesto, pero no me vale: estoy pagando Internet en casa para tener Internet. Por primera vez en años, el berrinche dio paso a un ataque de histeria, y digamos que todavía me duele el dorso de la mano, de los puñetazos que pude llegar a dar. Lo peor fue el dolor de cabeza, que me duró un par de días. En fin, un día de furia lo tiene cualquiera.
-Esa misma tarde se me murió mi relojo digital. Vale, tiene casi veinte años (me acompaña desde la Universidad) y todos los años había que cambiarle la pila, pero el viernes, apenas un par de horas después del episodio de ira magnética descontrolada, el reloj hizo plof. Lo llevé a la relojería en la que me suelen cambiar las pilas, y el lunes por la tarde me encontré con que no pudieron hacer nada por salvarlo. Kaputt.
-Ahora el que me está empezando a hacer cosas raras es el teléfono móvil. No tiene tanto tiempo como para estar tan cascado, así que me empiezo a temer que la cosa no sea atribuible únicamente a la fatiga de los materiales. Ayer se me quedó colgado durante toda la tarde. Lo normal es que se muera, sin previo aviso ni causa aparente, una vez cada tres meses. La solución es tan simple como abrirlo, volver a colocar la tarjeta SIM o la pila (que suele haberse aflojado o soltado), y santas pascuas. Pero lo de estos días no tiene explicación: me bloquea el teclado si intento contestar una llamada, con lo que tengo que apagarlo, volver a encenderlo y efectuar yo la llamada. Imposible ajustar la hora, una vez he tenido que reiniciarlo: no puedo teclear nada, o teclea todo por duplicado. La pantalla empieza a llenarse de ceros, a un ritmo incontrolable, y tengo que apagarlo y volver a encenderlo... Llevo así dos días, aunque ahora parece que está bien.

¿Soluciones? Pues no sé. Sólo se me ocurre recurrir a métodos naturales,
pero tengo entendido que no sirven de gran cosa. Así que nada, a tranquilizarme, tomarme las cosas con menos estrés, y el magnetismo de ese enorme cinturón de Van Allen que es mi aura remitirá solo.
Por si las moscas, voy a empezar a buscar trabajo: le ofreceré mis servicios a compañías informáticas y de alta tecnología, para sabotear las instalaciones de la competencia.
O eso, o empezar a buscar gente igual que yo. Tal vez haya más de las que creo.

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lunes, 28 de julio de 2008

Finalistas de los premios Ignotus 2008

Sin ánimo de extenderme (acabo de tener hecatombe informática y he perdido todo el borrador justo antes de subirlo), aquí está la papeleta final de la presente edición de los premios Ignotus, según acaba de hacer público la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror.
Como miembro de Xatafi, estoy que no me lo creo en lo relativo a la papeleta de mejor artículo (cinco de cinco, entre Jabberwock y Hélice), aunque lo siento por los magníficos artículos de Ursula K. Le Guin que se han quedado fuera de la final. Asimismo, la candidatura de Hélice en mejor revista merecería un premio. Todo esto confirma a Xatafi como una especie de Generación del 98 del fándom patrio. Nuestro "Me duele [el fándom de] España" particular no necesita mayor explicación: los cinco candidatos en el apartado de mejor artículo van más o menos de eso, cada uno a su manera y desde la poética particular de cada autor.
En el borrador que se me acaba de escachiforciar comentaba en profundidad la vida y milagros de cada candidato, pero paso de repetir la parrafada. Que hablen los votos, y cuantos más, mejor. Me limitaré a consignar cuáles son las obras que creo que tienen más posibilidades, sin entrar en detalles. Pongo en negrita los que creo que van a ganar, y en colorao los que voy a votar en primer lugar. Si los veis tal que asín, entonces es que ambas categorías coinciden.
Enhorabuena a todos los finalistas, y que Dick reparta suerte.



MEJOR NOVELA:

Alejandro Magno y las Águilas de Roma, de Javier Negrete (Minotauro)
Corazón de tango, de Elia Barceló (451 Editores)
Cristales de fuego, de José Antonio Suárez (Ediciones Parnaso)
Los navegantes, de José Miguel Vilar (Grupo AJEC)
Madrid, de Daniel Mares (Ediciones Parnaso)

Pronóstico abierto, con cierta ventaja para Cristales de fuego, de Suárez (si la AznarCon, i. e. los votantes más cienciaficioneros, acuden en buena cantidad a la hispacón) o Madrid, de Mares (si, por el contrario, se dejan caer muchos chulos mesetarios madrileños). Vilar ya ha cumplido con ser finalista con su primera novela (son premios a la popularidad, nos guste o no). Si la participación es muy alta, Negrete podría tener posibilidades; hace unos años, hubiera arrasado. De las cinco finalistas, la que más me gusta es Corazón de tango, pero es la única a la que no veo ganadora. Estaría bien que tanto la de Elia como la de Mares ganaran este Ignotus, pues de este modo los premios gordos estarían muy repartidos entre los mejores títulos del año pasado: Nadie me mata, de Javier Azpeitia, el Xatafi-Cyberdark; Alejandro Magno y las Águilas de Roma, de Javier Negrete, el Celsius 232; y Madrid o Corazón de tango, el Ignotus.

MEJOR NOVELA CORTA:

Fluyan mis lágrimas, de Gabriel Benítez (Grupo AJEC)
Mundo al revés, de Ángel Padilla (Ediciones Parnaso)
"No habrá vergüenza en la derrota", de José Luis López Aranguren (UPV)
"Sobre los inmortales", de Ezequiel Dellutri (UPV)
Superficie, de Héctor Álvarez Sánchez (Ediciones Parnaso)

Me faltan unas cuantas por leer, así que de momento no me mojo. En principio, no parece que Ángel Padilla vaya a tener muchos problemas para llevarse el Ignotus, aunque habrá que ver cuánto daño le pueden hacer Benítez (Dick tira mucho) y los cuentos con Alberto Magno.

MEJOR CUENTO:

"Aduya", de Sergio Parra (Andrómeda)
"El día señalado", de Enrique Vila-Matas (Anagrama)
"En la granja de órganos", de Julián Díez (Vórtice en Línea)
"La apertura Slagar", de Santiago Eximeno y Alfredo Álamo (NGC 3660)
"Procedimiento de rutina", de Ramón San Miguel (Sitio de Ciencia Ficción)

El de Ramón San Miguel parte con ventaja clarísima: está bien escrito, le gustará a los amantes de la CF clásica y se atreve con la ciencia ficción política. Como cuento, es mejor el de Vila-Matas, pero parece la antítesis del relato que suele ganar un Ignotus. Lo de Julián es una auténtica sorpresa, y muy agradable, pero lo veo con más posibilidades en artículo. A Sergio Parra le puede pesar el "efecto Lorenzo Luengo": cuento cojonudo y muy erudito, que pasa a la final sin despeinarse, pero que luego no rasca bola en la ronda definitiva porque echa para atrás al votante medio. "La apertura Slagar" mola, y los autores, por separado, coleccionan Ignotus, pero los apunto como posible sorpresa, no como probables ganadores.

MEJOR ANTOLOGÍA:

Certamen Alberto Magno 2006, de VV. AA. (UPV)
Cuando los osos descubrieron el fuego, de Terry Bisson (Alianza)
El Enviado, de José E. Álamo (Grupo Ajec)
Premio UPC 2006, de VV. AA. (Ediciones B)

La antología de Bisson es muy irregular, aunque podría haber doblete si además gana en relato. La de Álamo puede beneficiarse del hecho de haber aparecido en AJEC y, sinceramente, lo veo como un mano a mano entre las dos recopilaciones de cuentos y novelas cortas premiados. Como esta entrega del UPC ha sido bastante flojita, diría que ganará la de los Alberto Magno... si la distribución mejora. Si no, vaya usted a saber.

LIBRO DE ENSAYO:

El demonio en el cine, de VV. AA. (Valdemar)
Fantástica Televisión, de Alfonso Merelo (Grupo AJEC)
Horrormanía, de José Manuel Serrano (Alberto Santos editor)
Jabberwock volumen 2, de VV. AA. (Bibliópolis)
La verdadera identidad de James Tiptree, de Julie Philips (Circe)

Mi corazón está con Jabberwock, pero este año está clarísimo que ganará Alfonso Merelo con Fantástica televisión. No contemplo ninguna otra posibilidad. La biografía de Tiptree es igualmente recomendable, y los ensayos de Valdemar son muy buenos.

ARTÍCULO:

"Ayer y mañana del estudio de la ciencia ficción en España", de Julián Díez (Hélice)
"Hermeneútica relativista", de Gabriella Campbell (Hélice)
"La realidad fantástica: estética, ficción y postmodernidad en Cervantes y Tim Burton", de Fernando Ángel Moreno (Jabberwock)
"Las aventuras de Emmanuel Goldstein. Usos ideológicos de la ciencia-ficción," de Alberto García Teresa (Jabberwock)
"Propuesta para una nueva caracterización de la ciencia ficción", de Julián Díez (Hélice)

Casi que tanto monta, monta tanto, porque en el fondo parecen cinco puntos de vista diferentes del mismo artículo, o del mismo debate. De hecho, esto parece una mesa redonda de Valdeavellano de Tera, o del congreso de literatura fantástica de la Carlos III. Mi favorito es el de Fernando Ángel, porque a la tercera debería ir la vencida, porque es el mejor artículo de los cinco y porque, gane quien gane en esta ocasión, su artículo seguirá citándose dentro de diez años. Lo mismo digo del de Alberto: ya le va tocando un Ignotus y, dado que es el artículo menos "especializado" de los cinco, podría congregar a los lectores menos "teóricos". A Julián le perjudica la doble candidatura (con un solo finalista, casi podría decir que ganaría), y a Gabriella le beneficia el que su artículo es muy bueno y el "jugar en casa", como quien dice. Mi pronóstico es que ganará Gabriella.

ILUSTRACIÓN:

Cristales de fuego, de Felideus (Ediciones Parnaso)
Dholak (los últimos días de Bartpurt), de Alfonso Seijas (Silente)
La marea del despertar, de David Daza (Hegemon)
Leyenda, de Enrique Corominas (Gigamesh)
Urnas de jade, de Manuel Calderón (Grupo AJEC)

Lo veo como un mano a mano entre Manuel Calderón (son muy buenos e ilustran obras de Parnaso y AJEC, que son las editoriales que parten el bacalao en los últimos Ignotus), sin descartar la posibilidad de que se repita el triunfo del Escuadrón Delta del año pasado y sea Alfonso Seijas quien se lleve el monolito a casa. En conciencia, debería ganar Corominas (tal vez cuando se instaure el Ignotus al mejor cuadro), pero el severo correctivo que se ha llevado Gigamesh en esta edición (la de Enrique es la única candidatura de la editorial) no me hace ser muy optimista al respecto.

PRODUCCIÓN AUDIOVISUAL:

Cazador de mentiras, de David Jasso (corto promocional)
El orfanato, de J. A. Bayona (cine)
Hispacón 2006, de Ramón Castillo (dvd)
Próxima, de Carlos Atanes (cine)
REC, de Jaume Balagueró y Paco Plaza (cine)

Sería una coña que no ganaran El orfanato o REC. De estas dos, por aquello del puntito friqui, le doy ventaja a la de Balagueró.

TEBEO:

La Legión del Espacio, de Alfredo Álamo y Fedde Carroza (Grupo AJEC)
La tira de la Saga, de Santyago Moro (Silente)
Sueños sin noche, de VV. AA. (Diabolo)

Va a ganar la versión en papel de La Legión del Espacio. Como en el caso de libro de ensayo, no contemplo ninguna otra posibilidad.

POESÍA:

Berrido, de Francisco Fernández Miser (Días de Vino y Fandom)
El árbol del dolor, de Gabriella Campbell y Víctor Miguel Gallardo Barragán (Ediciones Efímeras)
Héroes, de Óscar Camarero (Editorial @becedario)

Ni idea. Por aquello del nombre, diría que ganarán Gabriella y Víctor. Tendré que leer las tres candidatas.

REVISTA:

Alfa Eridiani (José Joaquín Ramos)
Hélice (Asociación Cultural Xatafi)
Miasma (Fanzine Miasma)
Sci-Fi.es (Sci-Fi Universal)
Vórtice en Línea (Ediciones Parnaso)

El factor campo juega a favor de Vórtice, aunque si hay mucho lector friqui el premio se podría ir a Sci-Fi.es, y si hay mucho lector gafapasta, igual gana Hélice.

NOVELA EXTRANJERA:

253, de Geoff Ryman (Grupo AJEC)
China Montaña Zhang, de Mauren F. McHugh (Omicron)
La carretera, de Cormac McCarthy (Mondadori)
Los hijos de Húrin, de JRR Tolkien y Christopher Tolkien (Minotauro)
Puente de pájaros, de Barry Hughart (Bibliópolis)

El sorpresón del siglo es que Festín de cuervos no haya entrado en la papeleta final, pero, a la vista de lo que le ha ocurrido a Gigamesh en las otras categorías (una sola candidatura, y en ilustración), parece hasta lógico. De modo que podemos encontrarnos con los resultados más impredecibles de toda la historia de los premios; en esta categoría, se entiende. Descarto de entrada a Barry Hughart (que mola y tal, pero la veo demasiado heterodoxa como para llevarse un Ignotus). Si vota mucho tolkiendili (no olvidemos que los socios de la STE también tienen derecho a voto en los Igntous) podría ganar una novela de Tolkien que ni es novela ni es de Tolkien (padre, se entiende), pero que aun así es uno de los acontecimientos editoriales del 2007. Si el sector cienciaficionero se moviliza, puede ganar Maureen F. McHugh, con una distopía pesimiiiista protagonizada por un homosexual (es decir, el tipo de libro que ni de coña ganaría en otras ediciones). Si se impone la lógica, ganará la mejor novela de ciencia ficción que se ha editado desde Hyperion para acá (La carretera, de Cormac McCarthy). Y, si prevalece el tan traído y llevado factor campo, 253 de Geoff Ryman lo tiene hecho. Sea como sea, saldrá un buen ganador.

CUENTO EXTRANJERO:

"Cuando los osos descubrieron el fuego", de Terry Bisson (Alianza)
El monstruo de las galletas, de Vernor Vinge (Grupo AJEC)
"En busca del Libro de Arena", de Rhys Hughes (Bibliópolis)
"Macs", de Terry Bisson (Alianza)
"Tom Brigthwind o Cómo se construyó el puente mágico de Thoresby", de Susanna Clarke (Salamandra)

El mejor de los finalistas es "Macs", de Terry Bisson, pero le puede perjudicar la presencia de otro cuento del mismo autor en la papeleta. El de Rhys Hughes mola, pero no lo veo como para ganar un Ignotus. Si la monumental Jonathan Strange y el señor Norrell no se comió un saci hace dos Ignotus, no veo por qué debería hacerlo en esta ocasión el (también magnífico) relato de Susanna Clarke. Así que, por eliminación, el Ignotus va a ser para Vernor Vinge. Cómo mola ser "ignotusólogo"...

WEB:

BEM On Line (Grupo Interface)
Literatura Fantástica (Mariano Villarreal)
NGC 3660 (Pilar Barba)
Sitio de Ciencia Ficción (Francisco José Suñer Iglesias)
Stardust CF (Javier Romero)

Otro Ignotus cantado para el Sitio de Ciencia Ficción, que lleva unos cuantos años ganando el premio. Como posibles sorpresas, apuntaría NGC 3660 o Literatura Fantástica: tanto Pily como Mariano han hecho méritos para llevárselo.

En principio esto no es una apuesta ni una competición por ver quién acierta más resultados, pero si queréis hacer vuestra porra en la zona de comentarios, por mí encantado. Y, al que acierte más resultados, lo invito a barra libre en el próximo evento friqui en el que coincidamos, ya sea hispacón, AsturCon, jornadas de Valdeavellano de Tera, o llámalo equis. Palabrita de friqui.

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jueves, 24 de julio de 2008

¿Fetichista yo?

¿Fetichista yo?
Bueno, sí. Y un poquito friqui.
No asistí a la Semana Negra: no tengo pelas. Tampoco lo hice a la charla que George R. R. Martin ofreció en la biblioteca Jaume Fuster de Barcelona: estaba en clase, en un curso de corrección de estilo. Al día siguiente no me acerqué por la sesión de firmas que Martin estaba ofreciendo en el hotel NH Podium: tenía mucho trabajo. Y, por la noche, no me pasé por la cena en su honor: demasiado mogollón como para rematar para la semana que llevaba.
No me quedaban días para conocer al señor Martin. Y pedirle que me firmar algún libro.
Por suerte, Círculo de Lectores y Gigamesh llegaron a un acuerdo para que Martin se pasara por el Foro Fantasy y ofreciera una charla en línea con los usuarios.
El acto fue muy relajado. Estábamos en una sala de juntas de la planta octava. La conexión nos dio algún que otro susto, y durante varios momentos de la charla nos temíamos que no llegase a funcionar, de modo que ello repercutió en que tardábamos bastante en picar las respuestas de Martin.
La dinámica fue un poco diferente de lo habitual en las charlas con autor. Previamente habíamos impreso las preguntas, que se habían traducido al inglés (excepto las que estaban formuladas directamente en inglés, claro). Anne Vial, del departamento de Ficción, se las comentaba a Martin; éste comentaba de viva voz. Marta Font, de Informática, picaba las respuestas sobre la marcha, a la espera de que Anne tradujera los detalles y Alejo Cuervo y yo precisásemos algunos detalles sobre la obra de Martin (grafía correcta de algunos nombres, terminología de acuerdo con la traducción y cosas de ésas). Adelina Plana y Cristina Castro, de Círculo, y Álex Vidal, de Gigamesh, observaban la charla, y de vez en cuando Álex y yo hacíamos algún comentario friqui.
La charla, como digo, discurrió de una manera muy plácida, y supongo que Martin lo agradeció. En vista de que hubo pocas preguntas, apenas estuvimos un poco más de una hora, que es lo habitual en los encuentros virtuales de los diarios de mayor difusión, aunque está claramente lejos de las cerca de cinco horas que se tiró Laura Gallego en la charla que había mantenido hace un par de meses en el mismo foro Fantasy de Círculo de Lectores.
Antes de que comenzara la charla, mientras el fotógrafo de Círculo tomaba instantáneas del evento, apareció un empleado de Círculo con dos ediciones de Juego de tronos: una de Gigamesh y la de Círculo. Martin se las firmó encantado.
Cuando terminó la charla, fui yo quien se acercó con material. Como no podía llevarle todas las obras suyas que tengo en casa, decidí ser un poquitín original y llevarle libros no demasiado encontrables.

Canciones que cantan los muertos es una de las recopilaciones de un solo autor más potentes que se han publicado en España, al menos de género de terror. Contiene tres relatos que, a mi molesto entender, son auténticas obras maestras de la literatura fantástica: "Los reyes de la arena" (que, aparte de ser un gran relato de terror, se podría interpretar como una cruel metáfora de las relaciones entre un autor consagrado y sus aficionados más exaltados), "El tratamiento del mono" (el cuento que debería leerse en todas las salas de espera de clínicas de adelgazamiento) y "Recordando a Melody" (cuento de notable mal rollo, por contar lo que cuenta con un enfoque tan cotidiano). Así que, sin discusión posible, lo metí en la talega.
Evidentemente, el Gigamesh número 40, especial George R. R. Martin. Que, cierto, no es el mejor Gigamesh que dirigí, pero sin ninguna duda es el único que tuvo unas ventas aceptables. Tan aceptables como que hubo que reeditarlo sobre la marcha. Sigue siendo un punto de referencia para entender la obra de Martin y todo lo que la rodea: traducción, ilustración y, sobre todo, biografía (¡qué grande es "El corazón de un niño pequeño"!).
Y, claro está, Muerte de la luz, que sigue siendo mi Martin favorito. Llevé dos: uno, para que se lo dedicara a Cristina; y el otro, la edición de Edhasa, para mí. Martin se llevó una sorpresa muy agradable:
-Nice book!!!
-Yes. It's my treasure -aunque debería haber dicho "my precioussss", que hubiera quedado más friqui.
Mi Muerte de la luz de Edhasa, como podéis ver en la firma, data de 1988. En aquella época, esa edición estaba más que agotada desde hacía años. Simplemente, no se encontraba. Era uno de los Nebulae Segunda Época más buscados, y, por supuesto, uno de los mejores. Fue uno de los primeros títulos de ciencia ficción que me recomendaron, y yo llevaba tres o cuatro años buscándolo como loco por todas partes. La guerra interminable, El invencible y algún que otro libro difícil de encontrar fueron cayendo, sucesivamente, ya fuera en la Cuesta de Moyano, ya fuera en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, e incluso en algún que otro saldo en el Vips. Pero Muerte de la luz se me resistía.
Por eso, el corazón me dio un vuelco cuando lo vi donde menos me esperaba: en una Feria del Libro. No en la del libro antiguo, sino en la del libro "moderno", la del Retiro. Hasta donde puedo deducir por la fecha de la firma (Feria del Libro 1988), debía de haber terminado las clases de C.O.U. y estaba esperando a examinarme de Selectividad.
Como el Retiro está cerca de casa de mi madre, todo fue tan fácil como dar un paseíto. Entraba por la esquina de O'Donnell con Menéndez Pelayo. Seguramente el día era apacible, una de esas encantadoras mañanas madrileñas de primeros de junio. Aún no hace mucho calor, y el sol juguetea con las hojas de los árboles y le da mil y un tonos al color verde, algunos de ellos existentes sólo en esa zona del Retiro.
Ni siquiera tuve que rebuscar: lo vi en cuanto llegué a aquella caseta. Alargué la mano y lo cogí. No llevaba encima la cantidad que costaba (tampoco era excesivamente caro, de todos modos), así que la dependienta se ofreció a guardármelo hasta que apareciese con el importe exacto.
No dejé pasar ni un día. Esa misma tarde me acerqué a la caseta. No estaba la dependienta que me había atendido por la mañana, pero la que me cobró el libro me dijo mientras me lo daba:
-No sabes el tesoro que te llevas.
Y yo pensé: "Claro que lo sé. ¡Nos ha jodido si lo sé!".
Tuve un arrebato: en la página del título escribí una nota, por suerte a lápiz, en la que decía algo así como "Tras años de incansable búsqueda por todas las librerías de viejo y de nuevo de Madrid. Feria del Libro 1988". Años después, tuve el buen sentido de borrar la primera frase (aunque, si se afina la vista, se puede leer parte del texto) y me limité a dejar la coletilla, ese "Feria del Libro 1988", que sirve de testigo de mi letra dubitativa e irregular de adolescente, y me recuerda la época en la que buscar los clásicos impepinables del género era casi una labor de investigación; los años en los que Nueva Dimensión parecía un mito del pasado remoto, aunque apenas hacía un lustro que había chapado; los tiempos en los que ni siquiera existía la TerMa, ni la AEFCF, y hacía ocho años que no se celebraban hispacones, y todo lo que teníamos, en términos de friquismo, eran reuniones culinarias en los sucesivos pisos compartidos en los que vivía José María Faraldo. Es probable que me acercara por casa de Faraldo, y compartiera el hallazgo con Julián Díez, Susana Vallejo, Héctor Ramos y Adalberto de Osma. O tal vez lo demorara unas semanas, ya que me estaba preparando la Selectividad y no conseguía que Hegel me entrara en la cabeza.
Leí Muerte de la luz y me encantó. Sigue pareciéndome la historia de amor más bonita de la ciencia ficción (ex aequo con Solaris, por supuesto). Y la última frase, con ese final tan abierto pero abrupto, me sigue pareciendo uno de los puntos culminantes del género. No he querido releerla, porque me da miedo pensar que pueda perder algo de la magia que tuvo para mí en aquellos años; pero, por otro lado, sí he releído libros que me siguen trasladando directamente a aquellas tardes en las que aprovechaba la última luz que se filtraba por la ventana, o las noches de verano, con las ventanas de la terraza abiertas, algunas estrellas titilando por encima de mí (aún no había tanta contaminación lumínica como ahora), y me sentaba o tumbaba a leer esas Estación de tránsito, La tierra permanece, A vuestros cuerpos dispersos, El fabuloso barco fluvial, Puente mental, Los propios dioses, Ubik, Cita con Rama, Cántico a San Leibowitz, Dune, Soy leyenda, Matadero cinco, Señor de la luz, las recopilaciones de los premios Hugo de Martínez Roca, los Nueva Dimensión que encontraba en Moyano y en el Vips y, por supuesto, Muerte de la luz.
Fue eso lo que le di a Martin para que me lo firmara: el sentido de la maravilla, el amor a la ciencia ficción antes de que ésta se metiera a puta (en feliz expresión de César Mallorquí), las tardes y noches de viaje a otros mundos, la seguridad de que allí arriba había más, y más interesante, que aquí... Mi adolescencia friqui. Y, de alguna manera, Martin lo reconoció, porque, de todos los libros que le vi firmar allí, fue el único que le arrancó un comentario:
Nice book!!!
Es una manera de verlo.
Nice times!!!, podría haber dicho.
Supongo que sí, que tengo un puntito fetichista. Me viene bien para recordar lo que soy.

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Elvis magnificus

Buena noticia para los conspiranoicos: Elvis no sólo sigue vivo y es un extraterrestre (cosas ambas sobre las que creo que existe consenso), sino que también inventó el viaje en el tiempo y, en virtud de vaya usted a saber qué paradojas temporales, se quedó encallado en el siglo II y es su propio ancestro. Una mezcla de Caballo de Troya, He aquí el hombre, El vídeo Jesús, Regreso al futuro, "Todos vosotros, zombis" y King Creole, vamos.
He aquí la prueba.

Lo más acojonante del caso es que el peinado se da un aire al de Iker Jiménez, por lo que ya no cabe duda: el busto es auténtico y, en efecto, representa al Rey.
Lo han encontrado en una excavación. Estaba en la esquina de un sarcófago, cuya forma, apostaría, estoy seguro de que recuerda vagamente un Cadillac Fleetwood Brougham de 1974.
Una casa de subastas de Londres lo pondrá a la venta el 15 de octubre. No especifican el precio de salida, pero calculan que lo venderán por más de 30.000 euros.
No me imagino qué será lo siguiente.

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martes, 22 de julio de 2008

En Berlín, junto al muro...


Uno de los conciertos que, si tuviera dinero y tiempo, me hubiera permitido este verano era el de Lou Reed en Girona. Pero canceló gran parte de su gira española y sólo tocó en Málaga. No debería querer verlo: todavía recuerdo los comentarios de mis hermanos sobre el espantoso concierto que ofreció en Madrid a principios de los ochenta o finales de los setenta. Lou Reed iba muy colocado, apenas cantó y, en aquellos tiempos tan lejanos, el público se cabreaba si le tomaban el pelo (no como ahora, que no se quejan ni a hostias y aplauden todo lo que escuchan, sea bueno o malo), de modo que casi lo linchan y casi destrozan el escenario.
Pero nada, Lou Reed se ha reformado, anda con gente intelectual y, después de vivir una segunda edad de oro en un final de década de los ochenta e inicio de década de los noventa muy potente (New York, Songs for 'Drella y Magic and Loss), su creatividad parece haber ido a menos (con momentos puntuales como The Raven) y ahí tenemos a Lou Reed, recapitulando acerca de su pasado y sus fantasmas.
Unas manifestaciones más bonitas de esta recapitulación es su última gira. Envidio profundamente a los aficionados que pudieron verlo en el teatro Cervantes de Málaga. No era un concierto al uso, sino una interpretación secuencial del que tal vez sea su mejor disco (que no el más famoso) y el que, desde luego, es mi disco favorito: Berlín. La trágica historia de amor entre una prostituta alemana y un yonqui estadounidense en el Berlín del Muro.
Como mis hermanos mayores ponían a todas horas a Lou Reed, los Rolling Stones, los Beatles, los Doors, los Clash, Sex Pistols, David Bowie, Iggy Pop y Doctor Feelgood, puede decirse que llegué a la adolescencia con una base musical bastante apañá, que no se me ha ido del todo. En vez de quedar a pelar la pava en la puerta del Vips de Velázquez, comprarme polos de Lacoste e ir de discotecas pijas para emborracharme con leche de pantera (actividades que casi cualquier jovencito del barrio de Salamanca consideraría la norma), me dedicaba a comprar libros y discos, y a pasar tardes enteras en los cinestudios madrileños (el Fantasio, el Dúplex, el Griffith...). Me pasaba horas y horas en el Discoplay de Los Sótanos, o en el Madrid Rock de la calle Mayor, y allí saqueaba las series medias, las reediciones de clásicos a 595 pesetas.
De una de aquellas incursiones salí con Berlín, de Lou Reed. En casa siempre habíamos tenido el Rock 'n' Roll Animal, con esa intro tan demoledora, y alguna cosita de la Velvet. Me pasé literalmente años con una canción de la Velvet en la cabeza. No tenía ni idea de cuál era; tan sólo sabía que la cantaba una chica y que era muy sencillota, casi susurrada. Cuando me compré el primero de la Velvet, el del plátano, esperé escuchar aquella canción, pero ni modo. No era Nico. No era "I'll Be Your Mirror", ni "Femme Fatale" ni "All Tomorrow's Parties". Pero no me desanimé. Me compré una biografía de la Velvet, editada por Cátedra, y me empollé todas las letras. Y así fue como, de manera intuitiva y partiendo de recuerdos de infancia (debí de escucharla, una sola vez, con diez u once años, en casa de un amigo de mi hermano Enrique), deduje que se trataba de "Afterhours", y quien la cantaba era Maureen Tucker. Pero claro, el tercero de la Velvet no estaba en las series medias, y tuve que comprármelo más tarde, cuando me pude empezar a permitir ciertos lujos, tal vez en Escridiscos.
La música producía aquellos momentos mágicos.
Otro momento mágico se produjo cuando escuché Berlín por primera vez. La distorsión de la intro, casi experimental, daba paso a un lamento, "Berlín", con un piano desgarrador y una voz rota, rotísima. Intento ponerme en el punto de vista de los aficionados que acababan de fliparlo con Transformer, y... ¿Cómo se puede pasar de "I'm So Free", "New York Telephone Conversation" y "Goodnight Ladies" a canciones como "Berlin" o "Lady Day", de un disco para otro, en apenas unos meses? Imposible, claro. Por ese motivo, el disco se convirtió en una obra maldita, y pasó desapercibida. Y Lou Reed dejó de interpretar sus canciones, hasta que en 2006 reunió coraje para recapitular su momento musical más doloroso. De ahí nació la actual gira que lo ha llevado a Málaga, y una película de Julian Schnabel.



Años después me compré Berlin en cedé, en una caja que también contenía Transformer. La cara y la cruz. Los dos mejores discos de Lou Reed, y los más opuestos (seamos piadosos y no le tengamos en cuenta el Metal Machine Music).
Había diferencias entre el orden en el que estaban dispuestos en la edición de vinilo y la de cedé. Es más: había un tema que no aparecía en la versión de vinilo y sí lo hacía en el cedé: "The Kids". Es la historia de cómo le quitan la custodia de los hijos a Caroline, porque no es una buena madre. Los niños lloran, con un fondo musical en el que la guitarra y los vientos transmiten una tranquilidad y una seguridad impresionantes. El contraste es perverso: una de las melodías más bonitas de Lou Reed, truncada por unos lloros que parecen reales.
Antes que eso, la historia de amor, odio y drogas de Jim y Caroline ha ido produciendo momentos aterradores como "Lady Day", canciones aparentemente inocuas como "Men of Good Fortune" o "Caroline Says I", explosiones de ritmo como "Oh Jim", vueltas al espíritu de Transformer como "How Do You Think It Feels" y un cambio de ritmo en el que la historia se acelera, la música se ralentiza y nos acercamos al cataclismo final. "Caroline Says II" y su "It's so cold / in Alaska" inspiró a Olvidito Gara para adoptar el nombre de guerra por el que es conocida en la actualidad.
A continuación, "The Kids", con Caroline en estado terminal. Ya que le han arrebatado la vida, decide rematar la tarea, y de ese modo sobreviene "The Bed", la canción más dura de Lou Reed. "This is the place / where she cut her veins", comienza Reed, y termina con una polifonía que casi parece la secuencia final del 2001 de Kubrick. Después de ello se abre la última canción, "Sad Song", con unos vientos casi angelicales que ponen la piel de gallina.
No recuerdo qué edad tenía cuando compré Berlin y lo escuché, de una sentada, con los esquemas musicales cambiados ya para siempre. Debía de tener dieciocho años, año arriba, año abajo. Y ya nada volvió a ser lo mismo. Ni el Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, de los Beatles, que hasta entonces había sido mi disco favorito. Ni el London Calling, de los Clash, ni el primero de la Velvet, ni el Born to Run de Bruce Springsteen, ni Ziggy Stardust de David Bowie. Se mantienen en lo más alto de mi jerarquía de discos fetiche (con alguna incorporación posterior, como el Revolver de los Beatles, el Wish You Were Here de Pink Floyd, el Doolittle de los Pixies, el Mezzanine de Massive Attack o el Rock Action de Mogwai), pero ningún otro disco ha podido desbancar de lo más alto al Berlin de Lou Reed.
No es un disco para escuchar en verano, ni para escuchar cuando se está de buen humor, pero es necesario. Para entender la música. Para entender a la gente. Para disfrutar de una buena historia. Para llorar. Para meditar.





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lunes, 21 de julio de 2008

El futuro mata la ciencia ficción

Así de sensacionalista se muestra el titular del Babelia del sábado. En las páginas interiores, la verdad, el tono es mucho más ponderado y se marcan un muy interesante dossier sobre los cambios que está experimentando la ciencia ficción, hasta qué punto no ha sabido adaptarse al futuro y, en resumen, el repaso que le está metiendo la fantasía. El especial se puede leer pinchando sobre este enlace.
El primero de los contenidos del dossier es un extenso artículo de Jacinto Antón, "Una galaxia que se apaga", que recoge varias reflexiones de Miquel Barceló y nos confirma que la cosa está muy malita. ¿Es esto verdad, con novelones recientes como (dicen) Spin, de Robert Charles Wilson, y autores como Alastair Reynolds, Peter Hamilton o China Miéville? Pues, en mi modesta opinión, sí. Por un lado, por supuesto que se sigue haciendo buena ciencia ficción, es una cuestión de estadística (la famosa ley del diez por ciento enunciada por Sturgeon. De lo que estamos discutiendo es de otra cosa: la ciencia ficción ha perdido la notoriedad y el impacto mediático que tenía hace veinte años, no parece que se esté adaptando al mundo real en la medida en que sí lo estaba en los años cincuenta o setenta (las dos edades de oro del género, y momentos de mayor comunión entre género y gran público) y da la impresión de que la fantasía y la hibridación de géneros se la ha comido con patatas (y aquí incluyo a China Miéville y el New Weird).
Si Jacinto Antón arma su artículo a partir de las quejas de Miquel Barceló, Ricard Ruiz Garzón hace lo propio en "La era de las mutaciones", pero en un plan más coral: quienes nos quejamos somos Elia Barceló, Javier Negrete, Pepe López Jara, Julián Díez, Luis G. Prado y servidor. Me consta que el bueno de Ricard las pasó canutas elaborando este artículo, porque buscaba un punto de vista optimista sobre el estado del género, y no lo encontró. Buscaba que le encontráramos el lado bueno al asunto, máxime teniendo en cuenta noticias objetivamente esperanzadoras, como el que José Carlos Somoza sea finalista del premio J. W. Campbell con Zigzag, o que Félix J. Palma acabe de ganar el premio Ateneo de Sevilla (noticia que, por cierto, aún no he visto en ningún foro: así le pagamos los servicios prestados a uno de los mejores autores de relatos que dio la "edad de oro" de la CF española de los noventa). Y sólo le dimos lloros y lamentos, por no decir duelos y quebrantos.
El texto del artículo es el siguiente:

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REPORTAJE: EN PORTADA - Literatura española

La era de las mutaciones

RICARD RUIZ GARZÓN 19/07/2008

La ciencia-ficción española explora fórmulas mestizas para un género que se encuentra en plena metamorfosis

La ciencia-ficción ha muerto, ¡viva la ciencia-ficción! Con sus temas de actualidad y su modus operandi, en cambio, obligado por la crisis a mutar, el género menos enchufado de la narrativa española parece decidido a desoír las trompetas del apocalipsis. Para ello, sus autores exploran, clonan, rediseñan... Los optimistas incluso dan píldoras de ánimo: la reciente nominación de Zigzag (Plaza & Janés), de José Carlos Somoza, al prestigioso Premio John W. Campbell; la concesión del Ateneo de Sevilla a Félix J. Palma por El mapa del tiempo, cuyo regreso al futuro con H. G. Wells rezuma steampunk; la aparición de sellos (Omicrón, Quantum) o revistas (Historias Asombrosas)... Según el crítico Julián Díez, coordinador en Minotauro de la excelente Antología de la ciencia ficción española (1982-2002), "el género aún es una herramienta poderosa. Sus temas son más pertinentes que nunca, aunque anden camuflados en obras como La carretera, de McCarthy, o Nunca me abandones, de Ishiguro. La ucronía y la distopía siguen vivas, lo que decae es su versión cientifista".

"La ucronía y la distopía siguen vivas, lo que decae es su versión cientifista", afirma el crítico Julián Díez

Sin tradición ni lectores, es cierto, la ciencia-ficción purista suena hoy tan trasnochada como el Coronel Ignotus. Ningún autor de la generación de oro de los noventa -Rafa Marín, Javier Negrete, Elia Barceló, León Arsenal, Juan Miguel Aguilera, Rodolfo Martínez- la ha cultivado esta década (a excepción de Martínez en El sueño del Rey Rojo, en Gigamesh) y muchos, tras borrar del disco duro la space opera y el ciberpunk, han preferido saltar a la fantasía, la historia o el género juvenil, como el hiperdotado César Mallorquí. Gracias a ello, con todo, la ciencia-ficción se está enriqueciendo con fórmulas mestizas. Lo ilustra Marín, que tras su irrupción con la mítica Lágrimas de luz, de 1982, ha mutado en varias líneas hasta urdir Juglar (Minotauro), una cuidada fusión de cantar de gesta y ucronía. De igual calidad, éxitos como La locura de Dios (Ediciones B), donde Aguilera sitúa a Ramon Llull ante una civilización de prodigiosa tecnología, o El secreto del orfebre (Lengua de Trapo), donde Barceló convierte un amor de posguerra en un poético viaje temporal, evidencian que la experimentación podría llevar a la ciencia-ficción mestiza a años luz de la actual.

Negrete, también en plena mutación con su ciclo sobre Tramórea, lo deja claro: "En mi obra aún hay ciencia-ficción, pero ahora hago fantasía razonada y ucronía... El género puro está obsoleto, suena freak". Tras admitir que la etiqueta crea rechazo, el madrileño declara: "Me da igual si Michael Chabon escribe o no ciencia-ficción; lo parece, pero no lo leo por eso, sino porque es bueno". Más dura, la respetada Elia Barceló añade: "Aunque los nostálgicos protesten, hoy manda la fusión, la hibridación, la búsqueda libro a libro. Y si para eso hay que ir a editoriales generalistas, se hará, le guste o no al fandom [mundillo de los aficionados]". Igual lo ve Díez, quien cree imparable el salto al mainstream: "Si un autor de género ve que un generalista gana un respeto que a él, por publicar en sellos especializados, le está vetado, es normal que desee cambiar de aires".

Cual cyborgs con prótesis de género, mientras, los colonos siguen llegando: del reincidente Somoza a Ray Loriga, Suso de Toro, Rosa Montero, Eduardo Mendoza o, esta temporada, Iban Zaldua (Porvenir), Palma o José María Merino (Las puertas de lo posible), los narradores más desprejuiciados han aprendido a infiltrar la ciencia-ficción en editoriales antes reacias, aunque sea a costa de eufemismos como fantasía especulativa, narrativa futurista, utopía científica... De confirmarse la tendencia, con todo, ¿se acentuará la crisis en las colecciones de género? ¿Se alargará la sombra de la extinta Miraguano en sellos especializados como Parnaso, Equipo Sirius, Grupo AJEC o las asentadas Gigamesh, Nova o La Factoría? "Vivimos de la fantasía, nadie pasa su mejor momento", reconoce Luis G. Prado, editor de Alamut/Bibliópolis; "muchos sólo traducen o publican a autores menores del fandom para contentar a los incondicionales". Sabedor de que best sellers como su buque insignia Andrzej Sapkowski o George R. R. Martin en Gigamesh se restringen a la fantasía extranjera, Prado pide resurgir con un cambio: "Los fans tipo Star Wars no lo son todo, los editores serios quizá deberíamos buscar otra denominación para el resto de la fantasía científica, que sí que interesa al gran público".

Menos seguro, el editor de Minotauro, José López Jara, reorienta el análisis: "Ante este cambio de ciclo, los autores han de entender que hay una ciencia-ficción que sí gusta: la del thriller científico a lo Frank Schätzing, la de la ecología y los riesgos del avance tecnológico". Inquieto porque a la editorial llegan pocos originales así (el Premio Minotauro no ha laureado en seis años ni una obra de ciencia-ficción), López Jara admite que es difícil crear cantera, como intentó hacer su predecesor Francisco García Lorenzana, pero anuncia que en 2009 lanzará Aquamarin, una novela sobre chips de la española de origen bielorruso Vera Parkhutic. "Por ahí", dice, "el género todavía tiene futuro".

Mientras, el núcleo duro prefiere mimar al autor del fandom, surja de premios y eventos o de unas publicaciones cada día más online. "De ahí sale poco talento, pero es casi el único", cree el crítico Juanma Santiago, seguro de que promesas como Eduardo Vaquerizo, José Antonio Cotrina o David Mares se forjaron en tales foros. Aun así, advierte: "El fandom con cerebro desaparece, internet clona a los fans y ya hay más escapismo que espíritu admonitorio, así que el caldo de cultivo corre peligro".

Habrá que vigilar: de ser así, las mutaciones, como en todo entorno hostil, seguirán multiplicándose... -

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Lo dicho: pese al tono jeremíaco, Babelia ha publicado un buen repaso del género, una aproximación seria y respetuosa, que tal vez confirme aquello de que uno (y con esto me refiero al género) tiene que estar con medio pie fuera de la Unidad de Paliativos para que empiecen a hablar bien de él, o que tal vez nos retrate como una panda de cantamañanas que nos quejamos de vicio ahora que empiezan a hablar bien de nosotros. Claro que, bien mirado, las excusas para que Babelia le dedique seis páginas a la ciencia ficción son la inauguración de una exposición sobre los mundos de J. G. Ballard, el que Somoza sea finalista del Campbell y el que Palma haya ganado en Ateneo de Sevilla. Los autores de cabecera del fándom de toda la vida, vamos.

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viernes, 18 de julio de 2008

Premios Ignotus 2008: ¿Qué pongo en la papeleta de votación? (IV)

A lo largo de toda esta semana hemos ido viendo posibles candidatos a los premios Ignotus, es decir, lo mejor del género fantástico aparecido en España durante el año 2007 en las categorías de novela española, novela y relato extranjeros e ilustración, ensayo y artículo. Sin ánimo se ser completista (insisto, no he leído suficientes Obras poéticas, en Página web seguirá ganando El Sitio de Ciencia Ficción -aunque ya le va tocando premio a NGC 3660, Literatura Fantástica, Stardustcf o algún foro-, en Representación audiovisual está clarísimo que va a ganar REC, de Jaume Balagueró y Paco Plaza, no tengo gran idea de qué votar en Tebeo y, para deprimirme con los poquitos posibles candidatos con opciones que hay en Revista -excepto Hélice y los únicos números de Vórtice en Línea y Gigamesh-, mejor ni opino), acá van mis propuestas en las categorías "narrativas" que faltan.

Antología y Novela corta

Pues sí, las dos juntas. ¿Pasa algo?

No he leído el volumen correspondiente a los Premios UPC 2006 (Ed. B), de modo que poco puedo opinar sobre su calidad, o sobre las posibilidades de Jorge Baradit ("Trinidad"), Sergio Gaut vel Hartman ("Carne verdadera") y Miguel Ángel López Muñoz ("El informe Cronocorp") en Novela corta, o las de Kristine Katryn Rusch ("El fin del mundo") en Cuento extranjero. Por tradición, esta recopilación es finalista segura, y suele ganar con bastante frecuencia. Las tres novelas cortas mencionadas tienen prácticamente asegurada las candidaturas en sus respectivas categorías. Esperaré a que salga el listado definitivo de candidatos, y entonces le daré un tiento.

Otro recopilatorio de premios tiene posibilidades, pese a su casi nula vida comercial: Certamen Alberto Magno de Fantasía Científica 2006 (UPV). Dada la extensión de los relatos ganadores, en muchas ocasiones resulta difícil saber a qué categoría pertenecen; por defecto, los he incluido en Novela corta, ya que creo que superan las 17.500 palabras. En todo caso, calculad que a partir de las 40 páginas de libro ya estamos en esa categoría. En tal caso, habría que tener en cuenta las posibilidades de "Lemmings", de Ignacio Sanz Vallas (un ciberpunk con religiones chungas que podría recordar a Greg Egan y que resulta más que digno); "No habrá vergüenza en mi derrota", de Juan Luis López Aranguren (ciencia ficción dura, ambientada en el mundo de los investigadores científicos, con vueltas de tuerca sobre la paradoja de Schrödinger y un final ciertamente sorprendente), y mi favorito, "Sobre los inmortales", de Ezequiel Delutri (un curradísimo homenaje a Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, con autómatas y mucha erudición). Tampoco habría que desdeñar las posibilidades de "Una larga descendencia", de Santiago García Albás, y "La apuesta faustiana", de Vladimir Hernández, un pequeño clásico en la papeleta final de los Ignotus. Con todo, los dos mejores relatos son los que ya estaban publicados: "La traición de Judas", de Joaquín Revuelta, y "Argos", de José Antonio Cotrina. Por tanto, no son nominables.

Otra antología nominable es Historias de hadas para adultos, de Daína Chaviano (Minotauro). Como dije el miércoles, "La granja" es una muy buena historia entre artúrica y costumbrista cubana, aunque las otras dos que componen el volumen desmerecen un poco: "Un hada en el umbral de la Tierra" no está mal, pero está contada con un estilo casi anclado en los años setenta (que podría haber aparecido en Nueva Dimensión, vamos), y "La dama del ciervo" es una chorrada como la copa de un pino. Muy irregular, en resumen.

El miércoles, al referirme a Cuento extranjero, hablé de tres antologías que tienen méritos más que suficientes como para ser finalistas: Cuando los osos descubrieron el fuego, de Terry Bisson (Alianza), que tiene el mejor cuento extranjero del año pasado, "Macs", y otro que debería ser finalista del Ignotus, "Necronautas"; Nueva historia universal de la infamia, de Rhys Hughes (Bibliópolis), que funciona muy bien como homenaje a Borges y tiene otro pedazo de cuento: "En pos del Libro de Arena"; y Las damas de Grace Adieu, de Susanna Clarke (Salamandra), que es muy recomendable si echáis de menos Jonathan Strange y el señor Norrell y queréis recuperar algo de su magia. Podéis añadirle Camino sin retorno, de Andrzej Sapkowski (Bibliópolis), en la que se reeditan magníficos cuentos como "Los músicos" o "La tarde dorada" y aparecen algunos inéditos que no están nada mal, como "Algo termina, algo comienza" y "En el cráter de la bomba". Hubiera preferido leer ya el séptimo y último de la saga de Geralt de Rivia, pero en fin: por lo menos, sirve para abrir boca hasta que aparezca La dama del lago.

Dejo para el final una antología que entrará fijo en mi papeleta: Porvenir, de Iban Zaldua (Lengua de Trapo). El autor vasco ya se ha adentrado con anterioridad en el género fantástico (suya es la novela Si Sabino viviría, un space opera descacharrante) y en esta recopilación teje un mundo a medias fantástico y a medias realista, un duro retrato de la sociedad vasca que no se corta ni un pelo al presentar personajes y situaciones que no pasarían la censura de Telemadrid, pero que también tiene momentos para la poesía. Es uno de los libros aparecidos en 2007 que más me ha impresionado.


Cuento español

Y llegamos a la última categoría de la que voy a hablar. Antes que nada, os pido que dejéis lo que estáis haciendo, os levantéis y guardéis un minuto de silencio. Por ir entrenando, más que nada, porque esto va de mal en peor. La no aparición de Paura y Artifex durante 2007 ha repercutido en un descenso considerable del nivel de la narrativa breve fantástica española. Así de claro. Las extensiones largas se han salvado gracias a los recopilatorios de premios y a alguna recopilación de relatos del mismo autor (resulta imprescindible Magnífica Víbora de las Formas, de Juan Antonio Fernández Madrigal, y el único relato inédito -y, por tanto, nominable sensu stricto-, "Historia de Beatriz", una historia que glosa la rarísima relación entre una niña y un robot en un futuro irreconocible), pero, en general, el nivel de los cuentos españoles de ciencia ficción durante 2007 ha sido flojito. Durante los últimos meses he participado en el comité seleccionador de la antología Fabricantes de Sueños 2008, y puedo dar fe de que no hay mucho más aparte de los relatos seleccionados y la casi media docena que no pudo entrar en la selección final y que, a pesar de ello, quisimos destacar. Hablamos de menos de veinte relatos dignos de figurar en una antología de lo mejor del año. De ellos destacaría los siguientes:

"Aduya", de Sergio Parra (Libro Andrómeda). Si Sergio no existiera, habría que inventarlo. Sin ser su mejor relato, destaca muy por encima de lo que se publicó en 2007, con una historia que juega con la lingüística y el lenguaje, llena de humor, erudición y su toque personal inconfundible.

"Servir al hombre", de Domingo Santos (BEM On Line). Es un cuento de robots a lo Asimov, pero no es sólo eso, es mucho más: es un lamento y una historia conmovedora acerca de la enfermedad y el sacrificio. Conmueve casi lo mismo que "Mi esposa, mi hija", el otro buen cuento que Pedro ha publicado en los últimos años.

"La apertura slagar", de Alfredo Álamo y Santiago Eximeno (NGC 3660). Era inevitable que terminaran colaborando. Una variación muy interesante sobre monstruos y ajedrez, que merece la pena leer.

"Chalala", de David Mateo (Miasma nº6). Con un estilo más realista que el que suele emplear cuando escribe como Tobías Grumm, David urde una historia de amour fou entre un esclavo negro haitiano y la prometida de su amo. Lógicamente, no es una historia fácil y hay vudú de por medio. Se lee muy bien, y confirma la progresión del autor. Dos motivos más que sobrados para votarlo.

"Erundina salvadora", de María Concepción Regueiro (Alfa Eridani). Una buena ucronía con el trasfondo de la Guerra Civil. Estamos a finales de 1938, en la Barcelona bombardeada por Franco, y un científico loco irrumpe en escena con un artilugio steam-punk que podría cambiar el resultado de la guerra. Vamos, justo el tipo de cuento que me gustaba escribir, y el que me gusta leer.

Si salimos del ámbito del fándom encontraremos algunos buenos relatos, como "El día señalado", de Enrique Vila-Matas (Exploradores del abismo, Ed. Anagrama), una historia que juega con el lector, con el concepto de fantasía y los límites entre ésta y la realidad, en la onda del resto de la recopilación y, en realidad, de toda la obra de Vila-Matas. Un hecho aparentemente trivial (una profecía gitana acerca de su futura muerte) marca la vida de una mujer. El lector y el autor cuentan con información privilegiada, pues las situaciones que se suceden a continuación están muy relacionadas con la profecía, y podrían determinar la muerte o no de la protagonista. De lo que ocurra, y de cómo se manifieste aquello que ocurre, depende el que podamos considerar el relato fantástico o realista, o, en definitiva, de Vila-Matas.

Concluyo este repaso a lo mejor de 2007 con algunos relatos aparecidos originalmente en Porvenir, de Iban Zaldua. Si por mí fuera, los votaba todos, pero me hacía ilusión que la papeleta reflejara más diversidad de autores y propuestas. El caso es que hay donde elegir, desde la fábula futurista fanzinera ("Porvenir", un ultracorto que no está mal) hasta la mezcla entre maldiciones y universos paralelos (en "La cosa no tiene remedio", un chico se debate entre la posibilidad de retroceder en el tiempo para que la chica que le dio calabazas en el instituto no lo rechace y la agitada realidad vasca de principios de los ochenta; deja muy mal cuerpo), desde el uso de la mera voluntad para modificar nuestro mundo real ("Lo único que cambia", o cómo conciliar a George Orwell con las gestoras proamnistía) hasta los malos usos de la realidad virtual ("La solución al problema de la vivienda", una historia digna, a partes iguales, del David Cronenberg de eXistenZ y de los relatos de Robert Sheckley), desde las consecuencias de inventar una máquina del tiempo ("El doctor Iriarte" ofrece la explicación más lógica posible de las paradojas temporales subsiguientes a un intento de salvar al nacionalista de izquierdas Rikardo Arregi de morir en un accidente de circulación en 1969, lo que, para el autor y el doctor de marras, hubiera supuesto el punto Jumbar capaz de pacificar Euskadi en el futuro) o de cargarse para siempre jamás uno de los cuentos infantiles más famosos de todos los tiempos ("La Bella Durmiente: Una historia económica", que es el que al final entra en mi papeleta, y que es todo un descojono, aparte de una dura crítica económica al sistema). Todos ellos merecen la pena, y sería bonito que al menos uno fuera finalista de los Ignotus.

Yo os he soltado mi rollo. Ahora os toca a vosotros.



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jueves, 17 de julio de 2008

Premios Ignotus 2008: ¿Qué pongo en la papeleta de votación? (III)

En actualizaciones anteriores de Pornografía Emocional (ésta y ésta, para más señas) le dábamos un repasito a las obras de narrativa más destacadas que podéis votar en la próxima edición de los premios Ignotus, cuya primera fase concluye el lunes 20 de julio. Hoy toca darle un repasito a los ensayos, y mañana, si la cosa se me da bien, a los relatos españoles (mezclados con las novelas cortas, me temo). Faltarán categorías, pero sería proponer por proponer: apenas he votado un par de opciones en algunas, por puro desconocimiento. Generaría más ruido que ayuda. De todos modos, y por hacerlo constar, diré que este año mi apuesta en el apartado de Ilustración es el gran Enrique Corominas (por cualquiera de sus cubiertas para Gigamesh, aunque me decanto por la de Festín de cuervos). Ya le va tocando un Ignotus.

Libro de ensayo

Uno de los pocos momentos dignos (en términos organizativos, me refiero) de la muy denostable hispacón de Vigo (sí, la de la BarraCon) fue la charla que Alfonso Merelo ofreció, son soporte gráfico y su impagable oratoria, acerca de series friquis de televisión. Un par de años después, aquella charla se convirtió en Fantástica televisión (Grupo AJEC), una recopilación de reseñas breves sobre cada una de las series de género a las que todos deberíamos rendir culto. Un pero: la edición es horrorosa. Menos mal que el texto hace que podamos pasar este detalle por alto.

Mi favorito en esta categoría es el segundo volumen de Jabberwock. Anuario de ensayo fantástico (Bibliópolis). La selección de Arturo Villarrubia y Alberto García-Teresa es impecable y, obviamente, no lo digo porque haya dos reseñas mías, sino por el monumental repaso que le dedican a los libros fantásticos editados durante el 2005 (la mejor cosecha en años y años) y por ensayos de auténtico nivel. El conjunto es un todo coherente (lo que no es fácil, dadas las características de un proyecto así), y un Ignotus podría ser una buena manera de reivindicarlo y de abrirle las puertas a la continuidad del proyecto, toda vez que Bibliópolis se ha desvinculado del mismo. Es una iniciativa necesaria.

Entre las nominables figuran dos propuestas de Robinbook, con las que me apetece rendirle homenaje a Francisco García Lorenzana, el ex director de Minotauro, que era director adjunto de la editorial durante los meses en que se pusieron a la venta. Se trata de Películas clave del cine de terror moderno, de Desirée de Fez, y Películas clave del cine de ciencia ficción, de Sergi Sánchez. Ambas aproximaciones no se apartan de los títulos clásicos, cierto, pero permiten comprobar el estado de la cuestión: las incorporaciones de títulos recientes son más que sensatas y dicen mucho en favor de los ensayistas. Por lo demás, el esquema es el habitual en este tipo de libros (véase también Fantástica televisión), aunque vienen con ensayos adicionales muy útiles contextualizar (biografías de actores y directores, por ejemplo). ¿Es o no es nominable un ensayo sobre las mejores películas del género que termina con Olvídate de mí?

Para los amantes de las biografías y de los grandes autores, una recomendación muy especial: Alice B. Sheldon. La verdadera identidad de James Tiptree, Jr., de Julie Philips (Circe). Aunque se hace pesadete (son cerca de 600 páginas de letra apretada), ofrece todas las claves necesarias para valorar la obra de James Tiptree, una de las mejores y más reivindicables escritoras de ciencia ficción de todos los tiempos (de la que no hay nada en catálogo a fecha de hoy), pero también ofrece un recorrido exhaustivo por la vida de Alice Bradley, después Alice Davey, después Alice Sheldon, y después Raccoona Sheldon y James Tiptree. El retrato de una infancia entre exploraciones a África y el mundo de la alta aristocracia de Chicago, siempre a la sombra de una madre dominante y brillante, contrasta con los días de vino y rosas de su primer matrimonio, sus aventuras en la CIA durante su segundo matrimonio y las perspectivas novedosas que introduce al explicar dos asuntos harto delicados: su supuesta bisexualidad y las circunstancias de su fallecimiento. Hay que leerlo con calma, pero hay que leerlo.

La historia de la España que no pudo ser, de Joan María Thomàs, ed. (Ed. B). Aunque no llega al nivel de los dos tomos editados por Taurus, Historia virtual (Niall Ferguson, ed.) e Historia virtual de España (Nigel Townson, ed.), tenemos aquí un recorrido por los condiconales contrafácticos más habituales a la hora de armar ucronías con la historia de España. Es interesante, aunque los libros citados son más redondos.

Y, por último, hacer constar la existencia de un libro enoooorme e interesante a partes iguales: El Demonio en el cine. Máscara y espectáculo, de Antonio José Navarro, ed. (Valdemar). Le da un buen repaso a la materia, tanto en el análisis de películas concretas (El exorcista, La semilla del diablo...) como en temáticas relacionadas (el satanismo en Hollywood, el Anticristo en el cine, las madres paridoras de monstruos...), todo ello con firmas de primera división: José María Latorre, Ángel Sala, Pilar Pedraza y el grandísimo Frank G. Rubio, que se marca un ensayo contextualizador que vale por todo el libro. Y ya es decir.


Mejor artículo

El panorama ete año ha sido casi tan pobre como el de los relatos españoles. Podría recomendar artículos de autores extranjeros, y lo voy a hacer, pero siempre tengo la impresión de que es perder el tiempo: en toda la historia de los Ignotus, sólo ha habido un ganador extranjero en esta categoría (Stephen Baxter), lo cual hace suponer que este año la historia se repetirá. Puestas así las cosas, el material nominable sale casi en exclusiva de cuatro procedencias: Jabberwock 2, El Demonio en el cine, el número 44 de Gigamesh y los cuatro números aparecidos de la revista Hélice en 2007.

"El Diablo: El señor de las mil máscaras", de Frank G. Rubio (El Demonio en el cine, Ed. Valdemar). Frank Rubio es un auténtico exceso, pero cuando se pone serio no hay quien lo pare. Su ensayo no tiene ningún desperdicio, y, además, puede ser un buen motivo para reconocer sus méritos (nunca ha sido nominado al Ignotus, y lleva veinte años mereciéndolo). Yo lo dejo caer...

Como digo, proponer artículos de autores no españoles es casi una tontería, porque quedan lucidísimos en la papeleta de finalistas (generalmente, con motivo: son los mejores candidatos) pero nunca ganan. Aun así, os pido un momento de reflexión. Ursula K. Le Guin publica tres ensayos monumentales en el número 44 de Gigamesh (un dossier sobre la autora), que además se complementan. A título personal, prefiero "El niño y la sombra", una aproximación al tema del Otro, procedente de su época jungiana y que cuenta con gran alegría la serie de Terramar sin referirse a la misma en ningún momento. Es una puñetera obra maestra, el mejor ensayo aparecido durante 2007 en publicaciones especializadas. "Género: Una palabra que sólo satisface a los vagos" es una interesante disertación sobre los límites de los géneros literarios, pero desmerece si se lo compara con el artículo ya comentado y con "Una visión no euclidiana de California como un lugar frío para vivir", otra verdadera maravilla en la que Ursula habla de los nombres verdaderos de las cosas y de cómo los colonos llegaron a arrebatárselos a los indios. Bonito de veras.

Sin salirnos del Gigamesh 44, otros ensayos francamente votables son "Elementos dickianos de La rueda celeste", de Gerardo Acosta (que traza los paralelismos entre las vidas y las obras de Dick y Le Guin, desde su amistad epistolar hasta sus desavenencias posteriores) y, sobre todo y muy especialmente, "Por la revolución permanente: El anarquismo en Los desposeídos", un ensayo de muy altos vuelos, en el que un Alberto García-Teresa en estado de gracia analiza la mejor novela de Le Guin con un enfoque y un conocimiento de causa dignos de admiración... y de premio.

No obstante, si éste es el año de Alberto, no será gracias a este artículo: la historia demuestra que las monografías sesudas no se comen un colín, y que lo que suele ganar el Ignotus son artículos más divulgativos y generales. Es decir, un ensayo exhaustivo sobre aspectos concretos de una de las distopías más recomendables está en situación de desventaja con respecto a un ensayo más general sobre las distopías en conjunto. No pasa nada: Alberto también lo tiene, se titula "Las aventuras de Emmanuel Goldstein. Usos ideológicos de la ciencia ficción", apareció en Jabberwock 2 y es el ensayo definitivo sobre las distopías; al menos, el ensayo definitivo en publicaciones de fándom, o hasta que Alberto se anime a ampliarlo a libro, que debería. El gran mérito del artículo es que no se limita a analizar distopías, sino que va más allá y consigue enlazarlas con una temática más amplia: la política en la ciencia ficción. Una delicia de artículo.

Con todo, mi artículo favorito del Jabberwock 2 es "La realidad fantástica: Estética, ficción y postmodernidad en Cervantes y Tim Burton", de Fernando Ángel Moreno. Este exhaustivo ensayo compara a Cervantes con Tim Burton, pero también saca a colación muuuchos aspectos de la teoría de la literatura, de la teoría de la literatura fantástica, y, con una frase del Quijote como leitmotiv ("Se le secó el celebro") nos disecciona los mecanismos que hacen que lo friqui sea friqui y nos lleve a evadirnos. Tim Burton es una excusa (Ed Wood es claramente Don Quijote), pero muy válida. El planteamiento de la filmografía de Burton casi como una serie de círculos concéntricos en pos de la definición de evasión de la realidad es uno de los mayores hallazgos de este artículo, pero hay más. Después de dos años quedándose en las puertas del Ignotus, éste podría ser el año de Fernando, aunque no me hago ilusiones: el artículo es demasiado extenso, demasiado concreto, demasiado todo... Tal vez, cuando algún editor se atreva a publicar su tesis doctoral sobre la ciencia ficción española...

La revista Hélice es una fuente de buenos artículos perfectamente nominables al Ignotus. Por citar sólo tres, me quedaré con los siguientes: “Hermenéutica relativista: Cuando la sospecha se convierte en intriga cósmica”, de Gabriella Campbell (Hélice 3), “El valor del caleidoscopio. Por una crítica cooperativa”, de Alberto García-Teresa (Hélice 3) y, sobre todo, "Propuesta para una nueva caracterización de la ciencia ficción", de Julián Díez (Hélice 2). Los tres forman parte del mismo debate: cuáles son los límites del concepto de ciencia ficción, cuál debería ser el papel de la crítica y qué maneras tenemos de sacar a la ciencia ficción española de la desaceleración sostenida en que se halla inmersa.

Esto es todo por hoy. Mañana acabo. Buenas lecturas, y espero haberos aclarado algo.



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miércoles, 16 de julio de 2008

Premios Ignotus 2008: ¿Qué pongo en la papeleta de votación? (II)

Decíamos ayer que el 2007 dejó unas cuantas obras chachi pirulis que son ideales para votarlas en la presente edición de los premios Ignotus. La primera fase finaliza el día 20, así que los despistados y votantes de última hora (que son la mayoría) aún pueden intentar desentrañar el mogollón de obras nominables y votar con cierto criterio. Ahora es el momento de recordar lo mejor del material aparecido el año pasado, y tal vez una entrada como la siguiente os refresque la memoria. Si no podéis tener en cuenta estas propuestas porque ya habéis votado o no os da tiempo material para leerlas, pues no pasa nada: consideradlas unas recomendaciones de amigo.

Novela extranjera

En este apartado no he tenido muchas dudas. Se edita demasiado, uno no puede leerlo todo y me quedo con la duda de qué cuatro títulos acompañarán al must indiscutible del año: La carretera, de Cormac McCarthy (Mondadori). Es una de las pocas obras de los últimos cinco años que me ha hecho llorar de emoción (como Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, La velocidad de la oscuridad, de Elizabeth Moon, y... creo que ya), un postapocalíptico senciiiillo pero profundo, con dos personajes inolvidables, unos diálogos impresionantes de puro minimalistas y situaciones que no hacen sino recordarnos que no hay futuro y, si lo hay, no va a ser nada agradable. Una novela desnuda que cuenta más de lo que parece.

El único título que le podría hacer competencia, en cuanto a calidad, es El mago de las estrellas, de Ben Okri (Belaqva). Una preciosa historia iniciática en la que confluyen los caminos de un joven príncipe africano y la hija de un artista, en una tierra de ensueño en la que los artistas juegan con la vida y la materia. Se la ha tildado de realismo mágico a la nigeriana, lo cual no creo que sea inexacto. Si acaso, se hace un poco lenta. Pero merece la pena. Es el libro fantástico a descubrir y a reivindicar.

Pero ni Cormac McCarthy ni Ben Okri son "de los nuestros", por lo que, francamente, y a pesar de ser los autores de las dos mejores novelas extranjeras del año, dudo mucho que se coman un colín en las nominaciones de los Ignotus; tal vez, McCarthy llegue a finalista, y ahí se quedará. Los Ignotus van como van, y este año, en la categoría de novela extranjera, llevan escrito el nombre de George R. R. Martin y su Festín de cuervos (Gigamesh). Me extrañaría mucho que no ganase con una mayoría más holgada incluso que la que obtuvo Tormenta de espadas, aunque, como novela, dista mucho de estar al nivel de la tercera entrega de Canción de Hielo y Fuego; para empezar, no es una novela, sino la parte "fea" (entendedme) del novelón que Martin tuvo que partir para entregar un libro de un tamaño manejable. Estoy igualmente enganchado, los Martell molan y esto es menos que nada, pero... ¡yo quería capítulos de Tyrion, Jon Nieve y Daenerys, joé!

Si se os atraganta la fantasía de Martin, podéis probar con un tipo "diferente" de fantasía, la que nos propone Barry Hughart con Puente de pájaros (Bibliópolis). Es una historia entre humorística y detectivesca ambientada en la China medieval. La química que hay entre Li Kao, su ligero defecto de carácter y Buey Número Diez es maravillosa. No me pude quitar la imagen de Li Kao como Tortuga Duende de Bola de Dragón; así y todo, me pareció una novela más que meritoria. Espero la segunda parte, recién aparecida en Alamut.

Claro que si queréis fantasía con raíces y que no se salga de los estándares clásicos, nada mejor que recurrir directamente a la fuente: Los hijos de Húrin, de J. R. R. Tolkien (Minotauro). Al margen de la autoría real del libro (es evidente que está confeccionado con retales de los Cuentos perdidos y el Silmarillion, y que Christopher Tolkien unificó un poco el embrollo y le dio cierta unidad, como si se tratara de la novela que su padre tenía en mente), la historia de Túrin Turambar tiene fuerza, momentos hermosísimos y merece la pena. Es Tolkien, vamos.

A estas alturas de listado, habréis reparado en que aquí no hay nada de ciencia ficción tal como la entiende el aficionado de pro, el votante natural de los Ignotus. No os preocupéis: no lo va a haber. Cierto, podéis acercaros con títulos como Aire, de Geoff Ryman (La Factoría), buena pero con páginas de más; 253, también de Geoff Ryman (AJEC), un cojonudo ejercicio de estilo que se queda en eso, ejercicio de estilo (y, para eso, me quedo con el de Raymond Queneau); Nova Swing, de M. John Harrison (Bibliópolis), que no he leído porque supongo que me emocionaría más o menos lo mismo que Luz: poco; Luz azul, de Walter Mosley (Bibliópolis), que sabe a poco si se ha disfrutado de Futureland y, definitivamente, no es el tipo de CF que le gusta al fándom; La vieja guardia, de John Scalzi (Minotauro), un space opera de piños y hostias como panes que, siendo buenos, compararemos con Heinlein y que tal vez tenga sus posibilidades de entrar en la papeleta final... No, decididamente la novela de ciencia ficción publicada en colección especializada que voy a incluir en la papeleta no será ninguna de las ya citadas, sino China Montaña Zhang, de Maureen F. McHugh (Ómicron), porque reúne todos los requisitos necesarios para ello: es buena ciencia ficción, está escrita con ganas y fuerza, se atreve a hablar en profundidad de ese futuro negro de si-esto-sigue-así que el escapismo del space opera actual parece escatimarnos, se mete sin miedo en berenjenales políticos (una China que domina el mundo, y los problemas de las colonias, por ejemplo los Estados Unidos) o sexuales (la homosexualidad de China Montaña está tratada sin complejos ni tapujos, y por eso ganó el premio James Tiptree) y, por último pero no por ello menos importante, es un libro breve y conciso, apenas trescientas páginas, lo que lo convierte en un anacronismo. El concepto es: imaginaos que Ultramar siguiera existiendo. Editaría este libro. Uno de los últimos clásicos inéditos. Sólo por eso merece entrar en la papeleta.

¿Queda mucho más? Pues sí. Si os gusta el terror, dos recomendaciones: Dorada, de Lucius Shepard (Bibliópolis), porque el mero hecho de que se edite un Shepard ya merece un premio, y El cura, de Thomas M. Disch (Berenice), porque, aunque con altibajos muy serios, es una buena novela, y Disch se merece un homenaje póstumo.

Relato extranjero

Aquí he tenido muy poquito material donde elegir. La falta de revistas ha hecho mucho daño (mucho más en la categoría de relato español, como veremos mañana o el viernes) y, como resultado, hay poquitos lugares a los que acudir para ver buenos cuentos extranjeros.

Reglamento en mano, los Cuentos de hadas para adultos de Daína Chaviano (Minotauro) deberían concursar en esta categoría, ya que habían aparecido originalmente en Cuba y se publican ahora por primera vez en España, que no en español. Así pues, apuntemos "La granja" en el elenco de nominables. Es una historia en la que el realismo cubano socialista y la fantasía desbordante entran en conflicto. El protagonista se pasa todo el relato negando la evidencia de que lo fantástico puede ser real: su educación socialista le impide ver lo que ve. La fábula es demasiado transparente, pero la historia está muy bien.

Si lo flipásteis con Jonathan Strange y el señor Norrell tal vez os quedáseis con ganas de más. Salamandra os lo ofrece: Las damas de Grace Adieu es una recopilación de relatos de Susanna Clarke, vagamente relacionados con su novelón, y tienen bastante material nominable. Por ir a lo seguro, leed "Tom Brigthwind o Cómo se construyó el puente mágico de Thoresby", divertido relato de personajes y situaciones en una Inglaterra mágica a finales del siglo XVIII. El final es de antología. Si queréis echarle un ojo a algún otro cuento, probad con "El señor Simonelli o El viudo duende" y "En el monte Lickerish". Cualquiera de ellos vale, de verdad.

Pero, para recopilaciones de órdago, Nueva historia universal de la infamia, de Rhys Hughes (Bibliópolis) y Cuando los osos descubrieron el fuego, de Terry Bisson (Alianza).
La primera tiene una obra maestra del humor y las referencias borgeanas (como todo el libro, ya que va precisamente de eso), "En pos del Libro de Arena", que especula sobre los inconvenientes reales de la existencia de un artilugio de las características del descrito por el autor argentino; lógicamente, la que se lía es impresionante. Además, hay relatos desasosegantes ("La ciudad de los parpadeos") y vueltas de tuerca delirantes a costa de la Historia universal de la infamia de Borges ("El barón Von Ungern-Sternberg, Buda atroz").
La segunda, mucho más asequible para el aficionado medio, nos depara grandes clásicos como "Cuando los osos descubrieron el fuego" (al que no votaré, porque nunca le he visto la gracia, pero que sé que tiene sus posibilidades), "Necronautas" (una novela corta con aires clásicos que está muy, muy bien) y, sobre todo, mi relato favorito del año: "Macs", una pieza breve pero que deja muy mal cuerpo, un auténtico relato de ideas muy bien escrito (¿por qué se supone que los cuentos de ciencia ficción tienen que ser una cosa o la otra?) y una reflexión acojonante sobre la venganza. No dejará indiferente a nadie.

Por hoy es todo, que tengo que trabajar. Mañana, más.

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