viernes, 29 de febrero de 2008

Ronda de la Cagarada

Éste es un post que llevo tiempo retrasando, por aquello de que la cámara de mi teléfono móvil no da para tanto y siempre quiero esperarme a salir con la cámara digital. Pero ya no hace falta: La Vanguardia se me ha adelantado. En este vídeo, hablan de la Ronda de la Cagarada, nombre familiar que recibe una de las calles que comunican Roger (y, por tanto, la Avenida de Madrid) con la calle de Sants y la Rambla de Badal. Es decir, la vía que tengo que atravesar cuando voy o vengo de casa de Cristina. A veces tiene parajes desasosegantes pero interesantes; a veces, resulta claramente desagradable.
El vídeo se puede encontrar pinchando aquí.
Para ver otras bellas estampas de esa zona concreta del barrio, hace año y pico escribí una entrada alusiva. Todavía no habían colgado la plaquita por la que se bautizaba aquel callejón como Ronda de la Cagarada.
Aquí hay otra pequeña historia relacionada con el callejón de marras. Y otra más.
El martes 4 de marzo hay una reunión informativa en la junta de distrito de Sants-Montjuïc, en la que se hablará de las actuaciones urbanísticas previstas en el barrio. A ver qué cuentan, y si tienen prevista alguna acción concreta en la Ronda de la Cagarada y esta parte del barrio. Alguna actuación sensata, quiero decir, porque para hacer o permitir que se siga haciendo esto...

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lunes, 25 de febrero de 2008

Ni siquiera somos los pupas de la Liga

Lo chungo de ser del Atleti es que, por no destacar, ni siquiera destacamos como los más patosos de la Liga. A estas alturas, ya me daría con un canto en los dientes si Aguirre (me refiero a Javier, no a Esperanza, que conste) terminara la temporada sin una destitución fulminante y el equipo se clasificara para la UEFA. Ya no hablo de la Champions, porque está claro que el Sevilla tiene a tiro de piedra la cuarta plaza de la presente Liga, e incluso la tercera.
Pese a llevar una racha lamentable, a los indios ya nos nos queda el consuelo de ser el equipo más desastroso del mes de febrero. Y, puestos a buscar consuelos subsidiarios, ni tan siquiera somos el equipo más surrealista de la Comunidad de Madrid. ¡Ni el de nuestra ciudad! Desde anoche, el excesivo y todopoderoso Real Madrid nos ha quitado ese dudoso honor. La eterna rivalidad hace que el Real Madrid no sólo esté dispuesto a arrebatarnos el título de peor equipo del mes, o incluso continuar su caída libre hasta el extremo de que peligre el título de Liga que hace cuatro partidos tenía prácticamente en el bolsillo, sino que está empeñado en figurar en todas las antologías de Grandes Cantadas de ésta y las próximas décadas.
Como digo, me siento ofuscado e indignado por la intolerable prepotencia merengona que esta jugada implica: el Real Madrid ya ni siquiera nos deja ser los pupas y el hazmerreír del fútbol español, ni del madrileño. Esto es un abuso.
La jugada merece la pena. Hela aquí.



Para los que no podáis ver la jugada con vuestro navegador, os la explico. Robben mete un gol, que el árbitro anula, por un fuera de juego posicional de Raúl, que le había dado el pase de gol al holandés en situación antirreglamentaria. El Getafe saca de puerta con rapidez, mientras los jugadores del Real Madrid aún celebran el gol. Se produce un contraataque rápido, que culmina Uche batiendo a Casillas.
Sin duda, esto se debe a una siniestra conspiración de Luis Aragonés para desacreditar definitivamente a Raúl y Guti, y justificar así el que no los vaya a convocar para la Eurocopa.
Como gol, resulta impecable. Como jugada, es realmente bonita. Como gesto de picardía por parte del Getafe, ha sido admirable, como para que la Capital del Sur entronice a Laudrup como el mejor entrenador que ha tenido, por encima de Schuster. Como cagada impropia de un equipo con aspiraciones, no tiene precio. Para todo lo demás, Mastercard.

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jueves, 21 de febrero de 2008

Secretos inconfesables

El viernes pasado, Cristina y yo asistimos a la quinta cena de Bitácoras y Libros en Barcelona. El evento, organizado por Cuchitril Literario, congregó a catorce comensales en un restaurante del barrio del Raval. Me encantan esas cenas en las que entre catorce comensales puedes encontrar a los responsables de una veintena larga de blogs. Ya conocíamos a Frida, Vigo y el propio Palimp desde la frikitequedada de enero, y además pudimos hablar con Ferran y con Sfer, quien a su vez conoce a Pau y suele dejar comentarios en los blogs de César Mallorquí y (antes de que lo cerrara) Julián Díez. La vieja teoría de que, en tres pasos, puedes conocer a toda la humanidad, pero circunscrita a un ámbito más restringido: el del mundillo bloguero / bibliotecario / lector de Barcelona, en el que lo raro es no conocer a alguien en tres pasos.
La cena en sí estuvo bien y, aunque no pudimos hablar con todo el mundo, llegamos demasiado tarde como para tomar la primera copa en el Lletraferit y luego no nos quedamos a las copas posteriores por el Raval, la impresión fue positiva: buena comida, buenos temas de conversación y mejor gente. Hablamos de bibliotecas, editoriales, libros, conocidos comunes, Tomate versus Sé lo que hicisteis, dominación mundial, cuentacuentos, y la vida, el universo y todo lo demás. La cena fue más que agradable, y desde luego pensamos repetir.
En los postres, hicimos un pequeño juego. Todo el mundo tenía que llevar preparado de casa un secreto inconfesable, impreso en un folio. Al llegar a la cena, se guardaba en un saquito, celosamente custodiado por Palimp, como si fuera un amigo invisible. Como digo, a la hora de los postres, Palimp los fue sacando uno a uno y los leyó, con su potente voz. Copio y pego, no sin antes advertir de que tres de los secretos inconfesables son falsos, pero probablemente no sean los más inverosímiles. ¿Que cómo lo sé? No pienso revelar mis fuentes, ni mi secreto inconfesable, pero me consta que algunos de los aquí leídos son rigurosamente ciertos.

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Creía que padecía un exceso de timidez, un tenaz deseo de aislarme, de claudicar de la sociedad. Pero en un momento de lucidez, intuí la magnitud de mi autoengaño: egocentrismo, vanidad y mucha, muchísima mediocridad.


De pequeño/a me sentía culpable por querer más a mi abuela que a mis padres.


Aunque no fue mi culpa, fui la causante de la muerte por accidente de una persona. No lo sabe nadie de mi entorno.


Nunca he leído En busca del tiempo perdido.


Me echo las cartas a menudo, sobre todo cuando tengo que tomar una decisión importante.


He comido carne humana*

*Pero nunca me la he tragado…


Todos mis secretos son confesables, pero el deseo que siento por muchas mujeres nunca será confesado.


En los últimos 3 años he tenido más relaciones sexuales que en toda mi vida. Muchas y con personas distintas y de distinto sexo… ¡Si yo os contara!


Si me hubieran pillado todas las veces que he infringido la ley estaría en la cárcel.


He ido al sexólogo.


Una vez instigué a mi hermano para que le hiciera creer a mi madre que me había atropellado un coche.


A veces me quito los zapatos en el cine
Tengo curiosidad anal
Me pone Terelu Campos
Uso internet en horario laboral
Me he leído El Código Da Vinci de cabo a rabo.


Durante muchos años he sido corrector lingüístico. Mi secreto tiene que ver mucho con mi actividad de corrector y un editor al que se le ocurrió lanzar una revista pornográfica, editada lujosamente en papel bueno y a todo color, con colaboraciones estelares como el archiconocido director de películas pornográficas en catalán Conrad Son. El primer número de aquella publicación incluía una historia pornográfica basada en un guión de Conrad Son e ilustrada con imágenes de la película (que llevaba el sugerente título de Les excursionistes calentes); un primer capítulo de una historia del porno en España; un minirreportaje sobre las películas pornográficas que atesoraba Alfonso XIII; y otro sobre el sadomasoquismo.
Pues bien, mi secreto —o no tanto, puesto que lo saben algunos de los que me conocen— es que yo fui el corrector que se encargó de la revisión lingüística y estilística de esa revista.


SÍ, YO ROBÉ. En estos tiempos en los que las relaciones con la Iglesia se están haciendo tan conflictivas, es momento de poner las cartas o “secretos” sobre la mesa. Infringí uno de los mandamientos de la Santa Madre Iglesia y las leyes estatales. Pero todo fue por un objeto de deseo. El deseo es lo que mueve el mundo, sus más oscuros impulsos nos hacen cometer todo tipo de actos, la mayoría agradables, todo hay que decirlo, pero otros.. .otros son inconfesables.
Y os preguntaréis qué diablos robé, después de tanto rollo. Pues como no, un libro de cuentos. No os explico más…Espero que saquéis vuestras propias conclusiones. Yo como consejo, os diría que pongáis a buen recaudo vuestros libros, el ladrón puede andar cerca.


El sujeto A estaba un día en casa del sujeto B, mientras B aquel día estaba ausente. A necesitaba un bolígrafo, y al no encontrarlo miró en uno de los cajones de la cómoda del dormitorio. El sujeto A descubrió con sorpresa un diario que B escribía y cuya existencia A desconocía. La tentación fue irresistible. A no pudo reprimir leer algunas de las páginas que había escrito B. La relación en aquella época era un tira y afloja, y aquellas páginas le sirvieron a A para que B creyera que A tenía un sexto sentido para percibir los sentimientos de B. Durante una época todo pareció mejorar, luego la ilusión se desvaneció y comenzaron otra vez las discusiones. Y ocurrió que un día A y B tuvieron una gran pelea. A no tardó demasiado en volver a caer en la tentación por segunda vez de coger el diario de B, pero esta vez no le gustaron las páginas con las que se encontró. Aquel día A decidió cortar con B y cuando B le preguntó los motivos, A le mintió. Nadie fue consciente de la verdad. En realidad fue una despedida llena de mentiras por ambas partes. Y es que quizás hay cosas que es mejor no saberlas nunca.


En 1992 asistí el día de la inauguración a la Expo’92 con la entrada que distribuyó El País dos años antes, llevé la antorcha olímpica en su recorrido por nuestro país, antorcha y equipamiento que conservo en casa y del Madrid Cultural conocí personalmente a un escritor madrileño a quien entonces admiraba y de quien ahora estoy en las antípodas de su pensamiento.

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Durante unos minutos, nos reímos a mandíbula batiente, especulamos acerca de quién podría ser quién, concluimos que el secreto inconfesable sería reconocer que El Código Da Vinci nos gustó o que conseguimos leernos las siete novelas de Proust, nos pusimos serios con las confesiones más fuertes, nos miramos de reojo cada vez que salía a colación un secreto fuera de lo común, pusimos cara de póquer para no delatarnos... Y, curiosamente, cuando hubimos terminado nos sumimos en un silencio muy prolongado, acaso de un par de minutos, tratando de digerir aquel arrebato de sinceridad. Toda una catarsis, en resumen. Esto es pornografía emocional, y no lo mío.
Aunque, ya que estamos, ¿cuáles son mis secretos inconfesables? ¿Me queda alguno por confesar, que no haya comentado en este blog o en alguna confidencia íntima? El caso es que sí. Mientras me devanaba los sesos a la búsqueda de un secreto y rechazaba algunos demasiado inocuos o demasiado fuertes, acudieron a mí algunos fantasmas del pasado, que creía que podría conjurar, y llegué a la conclusión de que guardo (atesoro, diría yo) algunos secretos que no estoy preparado para confesar, y que tal vez sea mejor que me lleve a la tumba. Sin embargo, creo que puedo desvelar algunos de ellos. Supongo que hay algunos obvios y comunes a todo el mundo (dudas sobre la orientación sexual en algún momento de la vida, desear a quien no debes, no haber leído determinados libros o haber visto determinadas películas que el canon de la intelectualidad exige haber leído o visto, haberle pegado alguna puñalada trapera a alguien cercano...), pero otros permanecen en la esfera de lo íntimo, son únicos para cada persona, y nunca es mal momento para romper la barrera y desvelarlos. Aquí va uno, bastante inocente ahora que lo pienso, pero que en algún momento tenía que conjurar. Iba a escribir otro, pero a Cristina le dio auténtico asco cuando se lo conté, y prefiero ahorraros el mal rato, porque supongo que reaccionaríais de la misma manera. Mejor os cuento éste.

En cierta ocasión, cuando tenía unos nueve o diez años, estaba jugando solo en mi casa. Yo era un niño muy introvertido, estaba digiriendo muy mal la separación de mis padres (hasta tal punto, que tardé un par de años en preguntarle a mi madre si mi padre seguía viviendo en casa, cuando era obvio que la respuesta era negativa: ay, el autoengaño) y, en resumen, me encerré en mi mundo, del que no salí hasta la adolescencia, hasta que me fui al instituto. Llegaba de clase por las tardes, sacaba algunos libros y cómics y los ordenaba de tal manera que formasen una ciudad, con sus edificios emblemáticos, avenidas, parques y callejones. Después, sacaba mis soldaditos de plástico y, cuando no los ponía a competir el Tour de Francia (por el expeditivo método de darles empujoncitos, a modo de carrera de chapas), los ponía como figurantes del gran escenario que conformaban mis ciudades imaginarias. Éstas abarcaban todo el dormitorio de mis dos hermanos, que más tarde habría de ser el mío. El detalle final estribaba en sacar los cochecitos de juguete, aquel volquete amarillo que me dejé en una visita a unos amigos de mis padres (tenían un niño pequeño, yo llevaba el volquete a todas partes y ellos se lo dieron al niño, no sé si interpretando que era un regalo mío, o por la puta cara), un citröen que tal vez me llevase de casa de mi primo Josele, un Peugeot 504 con el capó arrancado de cuajo...
Ya era de noche, así que debía de ser en invierno. No creo que fueran más de las ocho de la tarde, y no sé dónde estaba mi madre. Supongo que en alguno de aquellos trabajos de oficinista que consiguió después de la separación. Uno de ellos era una sustitución de una mujer que terminó muriendo de un cáncer. El ambiente en la empresa era irrespirable, una suma de celos profesionales, vuelos de cuchillos y miedo a irse de un día para otro por culpa de esa mezcla de inseguridad con respecto al futuro de los hijos (mi padre ni siquiera nos estaba pasando pensión alimenticia, y tres de los cuatro hermanos éramos menores de edad) y miedo a quedar mal con el amigo que le había proporcionado el empleo. Mi madre llegaba llorando todos los días a casa: a la tensión de la separación tenía que sumarle la del futuro incierto y la suma de mezquindades sin límite que tenía que ver. Llegó un día en que no pudo más, y se fue de allí, al paro, durante cerca de un año, a una casi interminable sucesión de entrevistas, algunas de las cuales finalizaban cuando el encargado de recursos humanos lo paraba todo y se sinceraba con mi madre: "No la voy a engañar, señora: usted es con diferencia la persona mejor preparada para el puesto, pero tiene cerca de cincuenta años, y pocas empresas querrían contratar a alguien de su edad". Al final, consiguió sacarse unas oposiciones al ISFAS (la Seguridas Social de las Fuerzas Armadas) y estuvo en el departamento de Tesorería hasta que se jubiló.
Pero aquella tarde estaba yo solo. Con mis juguetes, mi ciudad y mi mundo. En el interior de mi vasto yo.
Sonó el timbre. No quise abrir: estaba demasiado entretenido con mi juego.
Siguió sonando. Me negué a abrir: empecé a hacer como si no lo estuviese oyendo.
La cadencia del timbre empezó a adquirir un tinte agónico, impertinente casi. Me emperré en no querer abrir, obligándome a cruzar el espejo y abandonar aquel plano de realidad para verme en el interior de la ciudad y de las casas, al socaire de todo. Ser un Geezenstack más. Plantarme en una Second Life de tarjetas perforadas (esto era a finales de los años setenta) con la que huir de la vida que me estaba deparando el destino. Y de aquellos timbrazos.
La desesperación de los timbrazos era ya evidente. No sé cómo no se quemó el timbre.
El caso es que, cuando consideré que ya había dejado transcurrir un tiempo prudencial como para demostrar que si abría era porque me daba la real gana, no porque hubiese interpretado la premura de los timbrazos, me dirigí a la puerta y, con toda la calma del mundo, abrí.
Lo que vi me dejó de piedra. Mi hermano Pablo, que por aquel entonces tendría unos trece años, tenía la cabeza ensangrentada, y un inmenso charco de sangre se formaba a sus pies. La sangre le manaba de una herida abierta y borboteante. Tenía el rostro que puede uno ver en fotografías de accidentes de tráfico o aéreos, la faz de un superviviente de bombardeo sobre población civil.
Me quedé petrificado, sí.
Cogimos la primera toalla que encontramos y salimos a la carrera hacia el equipo quirúrgico de la calle Montesa, que estaba a apenas dos manzanas de casa.
La herida de Pablo no terminaba de cerrarse.
Una vez en el equipo quirúrgico, lo llamaron en seguida, en menos de dos minutos. Allí le practicaron varios puntos de sutura. Se me partía el corazón viendo cómo lo afeitaban, prácticamente media cabeza, para ponerle aquellos puntos gruesos y negros.
Yo lo interpetaba como una mutilación. No sabía si se podría poner bien, ni si moriría desangrado.
Camino de casa, me contó lo que había ocurrido. Iba con un compañero de clase, caminando calle Alcántara abajo. En un momento dado, se apoyó en el cristal de un escaparate, y éste cedió. Cayó literalmente en el interior del expositor.
El amigo de mi hermano salió huyendo como alma que lleva el diablo.
Mi hermano se vio solo, entre cristales y con un boquete de medio palmo en la cabeza.
Nadie le prestó ayuda. Es más, hubo gente que le increpó el que estuviera ensuciando la calle. Todo el mundo se apartaba a su paso.
Consiguió llegar a casa, pero no tenía llaves. Y estuvo esperando y esperando y esperando. Hasta que abrí.
Urdí una explicación torpe, vacilante y supongo que llena de contradicciones. Estaba en el lavabo... No, estaba en la otra punta de la casa... Estooo... En fin, que estaba en la terraza, y me despisté... Algo así.
Pero yo sabía que no era así. No había abierto porque no me salía de las pelotitas imberbes que gastaba por aquel entonces. Sabía, en mi fuero interno y externo sabía que si alguien llamaba con tanta insistencia era por algo. Sabía que se podía tratar de algo urgente. Y, aun así, la fuerza del egoísmo de un niño desestructurado me impulsaba hacia el interior de una ciudad imaginaria cuyas calles ya apenas recuerdo, cuyos coches y casas ya no existen sino en alguna neurona inútil cubierta con un guardapolvo. Sabía que podía estar ocurriendo algo, pero no quise abrir.
Por supuesto, no tenía la culpa de lo que le acababa de ocurrir a mi hermano. Por supuesto, él podría haber sido más espabilado y haber acudido por su cuenta y riesgo al equipo quirúrgico (donde, por cierto, en cierta ocasión llegaron a decirle que hiciera el favor de dejar de ir en una temporada, porque siempre estaba descalabrándose). Por supuesto, visto en perspectiva, quien debería estar contando esta escena como secreto inconfesable es el amigo de mi hermano (con quien poco más tarde perdió todo el contacto), o cualquiera de los ejemplares ciudadanos del barrio de Salamanca, que no sólo no se ofrecieron a ayudar a un niño de trece años que se estaba desangrando en el interior de un escaparate, sino que además le echaron la bronca por estar manchando las calles. Y, por supuesto, sí fui en cierto modo responsable del disgusto que le dimos a mi madre, cuando llegó a casa, supongo que después de otra jornada de trabajo frustrante y desquiciada, y se encontró con aquel inmenso lago de sangre que cubría toda la entrada a nuestro piso, y que nadie se había tomado la molestia de limpiar.
Nada. Intento fallido de secreto inconfesable realmente inconfesable. Otra vez será. Por supuesto, no voy a contar ése, el que tanto asco le dio a Cristina. Pero seguiré dándole vueltas al asunto.
Mientras tanto, ¿tenéis algún secreto realmente inconfesable que queráis confesar? Ahora es vuestra oportunidad. Y, por supuesto, aseguraos de que estáis dejando comentarios como Anónimos... si no queréis hacerlo a cara descubierta, por supuesto.

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viernes, 15 de febrero de 2008

¡Bester, Bester! ¡Hélice, Hélice!

En el último número de Hélice, el 7, aparece una versión reescrita del ensayo "¡Bester, Bester!", con el que gané el premio Ignotus en el 2001. Como le tengo mucho cariño a este ensayo, para mí ha sido un triple motivo de alegría el verlo reeditado: por un lado, para que el pobrecito no se "muera" de olvido (y, en ese aspecto, lo que están haciendo en Hélice tiene mucho mérito); por otro lado, porque creo que Hélice es la mejor publicación sobre literatura fantástica que se hace en la actualidad; y, en tercer lugar, porque nunca viene mal reivindicar a un monstruo de la ciencia ficción y de la literatura en general como Alfred Bester.

Que no me entere yo de que, después de leer este ensayo, alguno de vosotros sigue sin haber leído Las estrellas mi destino, El hombre demolido, Carrera de ratas o Irrealidades virtuales. Narraciones, en concreto las dos segundas, por las que parece que no pasa el tiempo y que siguen sorprendiendo cuando las relees: ¡Vaya caudal de ideas se gastaba en la Edad de Oro!

Aquí os dejo con los primeros párrafos del ensayo (que creo que es el más largo que he escrito, y aun así me quedé corto para todo lo que se podía contar sobre Bester), y el resto ya lo podéis leer en el número 7 de Hélice.

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“Yo soy lo que escribo”


“Yo soy lo que escribo; escribo lo que soy. No hay línea de separación entre Bester y su obra. Somos uno e indivisible.”

(De “Alfred Bester: una entrevista”, por Paul Walker. Nueva Dimensión 116, p. 76)

“Cuando le conocí, descubrí instantáneamente que podía ser clasificado dentro del grupo de ‘Escritores que tienen personalidades similares a las historias que escriben’.”

(Isaac Asimov, en La edad de oro. 1941, p. 197)

“Me río muchísimo, con vosotros y conmigo, y mi risa es fuerte y desinhibida. Soy una especie de tipo ruidoso. Pero no se dejen engañar por mis payasadas. Esta mente de urraca está siempre buscando picotear algo.”

(De “Mis amoríos con la ciencia-ficción”, en Oh luminosa y brillante estrella, p.280)


Alfred Bester: éste es nuestro autor. Él es lo que escribe. Lo que escribe es él, está en él y de él sale para alojarse en nuestros recuerdos de forma perenne, de modo que parte de él viva dentro de nosotros y pasemos a ser una unidad con esta urraca siempre atenta a su alrededor y a tus palabras para encontrar algo útil con que engrosar su pletórico nido, el Libro de Notas en que atesora las joyitas que con el tiempo se convertirán en sus mejores (y peores) trabajos; con este Bester-culo-de-mal-asiento, adorado pero incomprendido, histriónico y besucón si se cruza en tu camino, implacable y meticuloso a la hora de trabajar, iconoclasta y vanguardista a tiempo completo. En un mundillo como el de la CF, que ha visto transitar a todo tipo de especímenes, Alfred Bester constituye un punto y aparte, un curioso ejemplo de idas y venidas a uno y otro lado de la frontera entre el género al que ama ciegamente pero se le queda pequeño y el ámbito típicamente americano del Hagámoslo-A-Lo-Grande que le viene como anillo al dedo pero le saca de quicio. Un autor que se ha adelantado en quince o treinta años a los más importantes movimientos rupturistas de la ciencia ficción, pero que siempre vivirá de acuerdo con el espíritu de su época. Una personalidad arrolladora que, precisamente por ser lo que escribe y escribir lo que es, nos ha regalado una obra tan breve como intensa que marca una de las cimas incuestionables del género. Bester-culo-de-mal-asiento. Bester-urraca.

Nace Alfred Bester el 18 de diciembre de 1913 en Manhattan, donde transcurre su infancia, en el seno de una familia judía no practicante. No padece una férrea educación clasista o tradicionalista; tampoco pasa hambre. Crece en un ambiente de tolerancia, inmerso en ese comedido libertinaje por el que se caracterizará en lo sucesivo. Dispone de una libertad que aprovecha (o desaprovecha, según se mire) para cursar unos estudios totalmente caóticos en la Universidad de Pennsylvania, en Filadelfia, donde según él “hice el tonto tratando de convertirme en un renacentista. Rechacé la posibilidad de especializarme y me di la cabeza contra la pared estudiando humanidades y disciplinas científicas”. Después de lo cual se interesa por la escritura, en concreto por la ciencia ficción, de la que tanto había gustado en su infancia y adolescencia. Estamos, cómo no, en 1939, el Primer Gran Año en la historia del género, el del despegue, el de los “primeros vuelos” de muchos de los grandes de la CF: Heinlein, Asimov, Sturgeon, Leiber, van Vogt... Su primer relato, “Diaz-X”, se convierte en “The Broken Axiom” gracias a los consejos de los editores de Thrilling Wonder Stories, Mort Weisinger y Jack Shiff, que le recomiendan reescribirlo y enviarlo al concurso de relatos convocado por la revista. Resultado: obtiene el primer premio, 50 dólares, y la publicación en el número de abril. Nace el Alfred Bester escritor.

Son unos años de los que Bester abomina, y tal vez con razón: pocos relatos destacables encontramos en el período 1939-1942. “El infierno es eterno” (1942) es poco más que un pastiche de terror victoriano con unos personajes muy ingenuos y ciertos toques de manierismo tan esperanzadores como primarios. “La presión de un dedo” (1942) presagia el interés del autor por los viajes temporales desde una óptica tal vez novedosa en su época (una especie de “observatorio” del futuro cuyo cuartel general se halla en el centro de Nueva York) pero con un desarrollo, incluída la paradoja temporal de rigor, claramente predecible. El relato más aprovechable de este período es, con diferencia, “Adán sin Eva” (1941). El experimento llevado a cabo por Crane se salda con un rotundo fracaso: el total exterminio de la vida sobre la Tierra. Agonizante, deambula por el mundo cuya destrucción ha propiciado, y se arrastra en dirección al océano, donde sus restos originarán un nuevo estallido de la vida, un nuevo comienzo. “No había necesidad de Adán ni de Eva. Sólo el mar, la gran madre de la vida, era necesario”.

“La ciencia ficción no es una profesión para adultos”

La ciencia ficción no es una profesión para adultos. Puede ser un entretenimiento delicioso, pero nunca debe tomarse en serio. Los que se dedican enteramente a la ciencia ficción son en su mayoría casos de desarrollo interrumpido. No hay más que leer las cartas que escriben los autores al Boletín de la SFWA para entender lo que quiero decir. Muchas de ellas son completamente infantiles. Parecen escaramuzas de niños en un cuarto de juegos.”

(De “Alfred Bester: una entrevista”, op.cit., p. 73)


Pero la ciencia ficción no colma todas las aspiraciones de Bester. La década de los cuarenta y los primeros años cincuenta transcurren para Alfie como un período de aprendizaje y perfeccionamiento, años de duro trabajo en los que la ciudad de Nueva York será todo su mundo; un mundo real y caótico, tangible y delirante. Un mundo testigo de su cambio de actitud hacia el género: llena del cariño que se profesa a los recuerdos más entrañables de los años mozos, pero terriblemente crítica con la autocomplacencia de los malos escritores y las rarezas de editores sectarios. El fándom se le antojará, de ahora en adelante, tremendamente provinciano. Relata con algo parecido a lástima su encuentro con el por otro lado admiradísimo J. W. Campbell, con motivo de la adquisición del relato “Odi e Id”. Acostumbrado al lujo de las oficinas de Manhattan, se le cae el alma a los pies cuando penetra en el destartalado cuartucho que hacía las veces de redacción de Astounding. Impertérrito, le sigue la corriente a un Campbell inmerso en una ridícula apología de la entonces neonata Cienciología. Sigue los consejos de Campbell, pero no por ello su impresión es menos demoledora: “He hecho algunas entrevistas extrañas en el mundo del espectáculo, pero ninguna igual a ésta. Reforzó mi opinión personal de que la mayoría de los tipos de la ciencia-ficción, a pesar de su brillantez, tienen un tornillo flojo. Quizás sea el precio que deben pagar por su brillantez”. No puede ser de otra manera, habida cuenta de la actividad que Alfred Bester, un hijo de la variopinta Avenida Madison, desempeña durante estos años. La ciudad es más atractiva e interesante que las naves espaciales.

No, la ciencia ficción no lo es todo para Bester, del mismo modo que la ciencia ficción no es toda la cultura popular. Y aquí radica el problema: para Bester-urraca, Bester-culo-de-mal-asiento, existe un inmenso mundo, la aquí denominada cultura popular, de la cual la ciencia ficción es sólo una manifestación más, entrañable por su carga emocional, su preferida si se quiere, pero en modo alguno superior a la novela policíaca, el cómic o la radio. Bester se considera ante todo un profesional, y su profesión le conduce durante toda una década en esas tres direcciones.

1939 es un gran año para la ciencia ficción, el inicio de la llamada Edad de Oro, un período en que el género adquiere carta de naturaleza, adopta la forma con que hoy lo conocemos, el canon a partir del cual se articularán posteriores movimientos de ruptura o afirmación. Algo similar sucede con el cómic en las mismas fechas. Son los años de plenitud de Al Capp, Harold Foster o Milton Caniff, los grandes maestros que con sus comic-books confieren al noveno arte una respetabilidad y difusión hasta entonces inimaginables. Paralelamente, da sus primeros pasos un nuevo subgénero cuyos personajes y tópicos siguen siendo hoy en día tan inequívocamente identificables como entonces: el cómic de superhéroes. Supermán y Batman son parte del paisaje neoyorquino (o de Metrópolis, o de Gotham City), en la misma medida que el Empire State o la Estatua de la Libertad. Años dorados para el cómic, y también para la radio, todavía fresca en la memoria colectiva la convulsión originada por un tal Orson Welles y su dramatización de La guerra de los mundos...

Éste es el caldo de cultivo que encuentra Alfred Bester cuando, aconsejado nuevamente por sus editores Weisinger y Shiff, se inicia como guionista de cómic. Supermán, el Capitán Marvel y Batman imprimen un nuevo cariz a la obra literaria de Bester; le contagian, como si dijéramos, sus caracteres neuróticos -Bester es lo que escribe-, y un nuevo concepto: el de profesionalidad, que presidirá sus escritos hasta el fin de sus días.

“Cuando se es profesional, el trabajo es quien manda”

Cuando se es profesional, el trabajo es quien manda. El profesional se dedica a hacer su trabajo. (...) Aunque el mundo se derrumbe a tu alrededor, termina en la fecha fijada. Escribe siempre de la manera más difícil. (...) Cuanto más duro sea el desafío, mejor será la historia. Da tiempo a que la idea madure dentro de tu mente. (...) Está siempre alerta para pescar material que pueda serte útil: situaciones, personajes, fragmentos de conversaciones, los incidentes más triviales. Usa un Libro de Citas y notas para registrarlo. Lee todo lo que puedas y consérvalo en la memoria.”

(De “Alfred Bester: una entrevista”, p. 75)


Profesionalidad. Durante un lustro, Bester escribe guiones sin descanso. El método de trabajo aprendido en estos días ya no sufrirá modificaciones. A partir de ahora, cada línea de texto, cada diálogo, cada descripción estarán rigurosamente planificados, como en un guión de cómic. Nada quedará ya expuesto a la improvisación. Al mismo tiempo, los desarrollos ganan en agilidad, versatilidad y ¿por qué no decirlo? nerviosismo, como si los personajes, además de adquirir mayor profundidad y credibilidad, tuviesen un halo tenebroso de superhéroes atormentados de historieta. El resultado resulta por fuerza atractivo para un lector poco acostumbrado a un estilo tan depurado y a unos personajes tan complejos. En palabras de Alejo Cuervo: “El lector no puede escaparse, y acaba también inmerso en un texto que parece cobrar vida propia. Leer a Bester es acercarse a Bester, y nunca puede ser olvidado”. Como escritor, Bester nunca desperd
iciará una sola línea, no escribirá nada que no sea absolutamente necesario para el desarrollo de la obra. Su eclosión está próxima. Pero aún le queda una etapa en su aprendizaje: los años de radio y televisión.
Durante la segunda mitad de los cuarenta, Bester trabaja como guionista en seriales radiofónicos como Charlie Chan, Nick Carter o La Sombra. Laboriosa tarea que hace mella en el autor y precipita una ruptura interior con la irrupción de la televisión. Es entonces cuando Bester toma conciencia de las limitaciones del medio para una mente fértil como la suya. Limitaciones técnicas y creativas:

“Estaba constreñido a la censura del medio, al control del cliente. Había demasiadas ideas que no se me permitía explorar. Los directivos decían que eran demasiado diferentes; que el público no las comprendería. Los contables decían que eran demasiado caras, que el presupuesto no las admitiría. Un cliente de Chicago escribió una carta enojada al productor de uno de mis programas. “Dile a Bester que desista de ser original. Todo lo que quiero son guiones ordinarios.” Fue realmente doloroso. La originalidad es la esencia de lo que un artista tiene que ofrecer” .


Es el momento en el que Bester-culo-de-mal-asiento decide cambiar de aires, buscar un entorno más creativo en el que se aprecien su talento y sus ideas. Ese entorno es, lógicamente, la ciencia ficción, a la cual regresa a lo grande.

“No había tenido intención consciente de abrir nuevos caminos”

“No había tenido intención consciente de abrir nuevos caminos; sólo había intentado hacer un trabajo artesanal.”

(De “Mis amoríos con la ciencia ficción”, p. 270)


Si el nacimiento del autor Alfred Bester coincide con una fecha mágica, 1939 -el inicio “oficial” de la Edad de Oro de la ciencia ficción-, su retorno al género se produce en vísperas de otra fecha mágica, 1953, en la cual se publicarán algunas de las todavía hoy consideradas mejores novelas de ciencia ficción de todos los tiempos, entre ellas El hombre demolido -primer premio Hugo de la historia-, pero también Más que humano, Segunda Fundación, Mercaderes del espacio, Fahrenheit 451 o El fin de la infancia. El Segundo Gran Año.

El origen de El hombre demolido le debe mucho a la constancia de Horace L. Gold, editor de Galaxy, cuyas conversaciones con Bester lo convencen para colaborar con su revista. Bester recupera la ilusión por la CF gracias a Gold, y el éxito de la novela le permite conocer a autores como Isaac Asimov, James Blish o Theodore Sturgeon, con lo que se certifica su regreso al fándom. Y por la puerta grande, dado que nos hallamos ante una absoluta e imperecedera obra maestra, no sólo por su temática -es el gran clásico sobre telépatas- o el revolucionario mestizaje de géneros -policíaco y fantástico- que propone, sino también por el épico duelo entre Ben Reich y Lincoln Powel -dos de los personajes mejor perfilados en la historia del género- y por un estilo que aún hoy, transcurrido casi medio siglo, nos sigue sorprendiendo. Como dice John Clute: “La ciencia ficción no había destacado por su estilo antes de que Bester alterara la costumbre de escribir novelas simples porque los adolescentes las leían” (6). Nos hallamos ante una novela compleja, con múltiples niveles de lectura, vibrante y apasionada, apta para ser disfrutada tanto por adolescentes como por adultos. Un tipo de novela, en suma, inédito dentro del campo de la CF.

Como en casi todos los trabajos de Bester, El hombre demolido es la historia del conflicto entre un individuo asocial y una sociedad poco amiga de individualismos. Ben Reich es el típico héroe de Bester: egocéntrico hasta la médula y sociable sólo para guardar las apariencias. Un tipo de personaje con el que resulta muy difícil identificarse, de lo cual se deriva una de una de las grandes paradojas de su obra: Bester consigue entusiasmar al lector escribiendo sobre personajes profundamente antipáticos. En términos maniqueístas, Ben Reich debería ser el “malo” de la novela, mientras que a su contrafigura, el intachable agente de la policía Lincoln Powell, le correspondería el papel de “bueno”. Nada más lejos de la realidad.

Así, Ben Reich es el magnate del emporio comercial Monarch, acosado por la compañía D’Courtney, cuyo dirigente agoniza, anciano, en la mansión de Mme. María Beaumont. Atenazado por pesadillas recurrentes en las que se le aparece un hombre sin rostro, Reich decide negociar con D’Courtney, pero en apariencia éste rechaza su oferta amistosa. Enfurecido, Reich planea asesinar al anciano, pero se encuentra con un problema prácticamente irresoluble. La sociedad que describe la novela está controlada por telépatas o “éspers”, fuertemente jerarquizados, sometidos a estrictos votos de disciplina interna y muy ligados a la policía, lo cual hace virtualmente imposible el delito. El sueño del Gran Hermano hecho realidad. Moviendo sus contactos (Reich financia una de las dos facciones enfrentadas en que se dividen los éspers, la Liga Patriótica), planea y comete el crimen con exquisita precisión. Al no quedar claros ni el motivo ni el método ni la oportunidad, Reich goza de una impunidad que sería absoluta si no fuera por la existencia de una testigo inesperada: Barbara, la hija de D’Courtney, que huye de la mansión al cometerse el crimen. Ofuscado, el prefecto de policía de la división psicopática, Lincoln Powell, inicia una implacable operación de acoso y derribo a Reich, al cual sabe culpable. Pero Powell debe guardar las formas: por un lado, su antagonista es demasiado poderoso; por el otro, aspira a presidir el Gremio Ésper, la facción dominante entre los telépatas. Despliega todo su ingenio para atrapar a Reich, y de paso hacerse con el dominio del más importante grupo de presión existente. El caso de su vida.

Así narrada, la novela puede parecer una simple trasposición de términos del típico policíaco, vertiente hard-boiled. Pero El hombre demolido es mucho más que eso. Nos muestra a una sociedad implacable con la disidencia, verdadero trasunto del macarthysmo, como acertadamente apuntara José Mª Catalá. Ben Reich transgrede el orden establecido al cometer un asesinato, delito que no se había producido en casi cien años. Su destino es la “demolición”, una especie de borrado de memoria tras el cual se producirá la reinserción de la oveja descarriada (pero aprovechable) dentro de la feliz sociedad ésper. La demolición es el peor destino posible para un individuo consciente de sí mismo en su lucha contra una sociedad homogénea en cuanto al modo de pensar, aunque no en cuanto a la igualdad de oportunidades: Ben Reich pertenece a una élite económica, se relaciona con las élites y en ningún momento se plantea renunciar a su posición. Vemos un mundo de glamour, de belleza y poder, de alta sociedad, algo que también se describe en Las estrellas mi destino. Ben Reich lo es casi todo en la sociedad en que vive, pero se rebela contra ella, llevado por un impulso autodestructivo que otorga a su personaje una fuerza desacostumbrada dentro del género. Tras el odio y el asesinato late un conflicto aún más complejo, de raíces psicoanalíticas. D’Courtney muere porque quiere morir; Reich obvia la realidad -reinterpreta a su voluntad el choque personal, emocional y económico con el primero- porque quiere matar -transgredir el orden establecido- para, acto seguido, morir -la demolición-. Por encima del lucro, Reich es un individuo profundamente pasional, hasta el punto de autoinmolarse.

Pasional y apasionante. La novela es una continua sucesión de escenas inolvidables: la fiesta ésper del capítulo segundo (en la que Bester consigue mostrarnos lo que tantos autores de CF han pretendido sin éxito: una sociedad diferente de la actual, con una mentalidad totalmente ajena a la nuestra), los preparativos del crimen (la contratación de una canción pegadiza o ”pepsi” con la que obsesionarse y de este modo burlar los controles telepáticos), la fiesta en el transcurso de la cual se comete el asesinato de D’Courtney, la psicodélica persecución en la Casa del Arco Iris (cuyo laberinto simboliza el inicio del fin de Reich, además de una aproximación al “espacio interior” de la New Wave), la casi dickiana apoteosis tras la cual Reich confiesa su crimen y se desvela quién es el hombre sin rostro de sus sueños, la demolición de Reich... Pero ninguna escena tan brillante, a mi juicio, como la promesa de enemistad mutua entre Powell y Reich, por cuanto que nos muestra, con insuperable sentido de la épica, el conflicto entre honor y ética que preside tanto esta novela como Las estrellas mi destino:

”Nosotros no necesitamos leyes... Poseemos sentido del honor, pero es algo propio... Un hombre tiene su propio honor y su propia ética” (p. 97).

Y tal vez se halle aquí el porqué de la rebelión de Reich, de su derrota anunciada. Reich es un peligro objetivo para la sociedad ésper, “un camino seguro hacia la destrucción total... uno de esos raros hombres capaces de conmover el universo” (p. 227). Su redención final no quita un ápice de rotundidad a esta afirmación, por cuanto que en el camino se produce la aniquilación -”demolición”- de Reich como individuo. Parecía la premonición de una de las “demoliciones” más sonadas que el macarthysmo estaba perpetrando en el mundo real: la del psiquiatra Wilhelm Reich. ¿Fue casual el apellido elegido por Bester para bautizar a su personaje?



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miércoles, 13 de febrero de 2008

¿Me aparto de la media? ¿Vivo en el país de los teletubbies?

Sigo con escepticismo los debates preelectorales, y no digamos los de la campaña electoral. Por eso, propuestas como las del PP, en lo tocante a obligar a firmar un contrato a los inmigrantes para aceptar las costumbres del país, me parecen un poco de cachondeo. Intento imaginarme algo parecido en los años sesenta y setenta, con los alemanes, suizos y franceses obligándole a los curritos españoles a no ver pelis de Paco Martínez Soria, no fundar Centros Españoles en Berna o Frankfurt, prohibirles comer tortilla de patatas y obligarles a ir con zuecos, gorritos de pluma de faisán y comer chucrut, como condiciones indispensables para permanecer en sus países de acogida, y la verdad, como que no termino de verlo. Eso sí, si ya tienes la nacionalidad española, nadie te impide llevar velo, y mucho menos compatibilizarlo con tu condición de concejala del PP. Delirante. Esquizofrénico.
Pero propuestas así están consiguiendo hacer despegar al PP en las encuestas preelectorales. Lo cual es señal de que saben lo que hacen, y van por el buen camino para superar a un PSOE empeñado en perder las elecciones, y al que ya no le vale como excusa eso de que la economía va bien.
Tampoco termino de ver claro eso de rebajar la edad penal a los doce años, ni lo de endurecer las penas. Es decir, no termino de ver claro que alguien que ha sido ministro de Interior (Rajoy, Acebes) propongan eso como si el hecho de que aún no se haya legislado en ese sentido fuera el mayor escándalo de la historia de la democracia. ¿Por qué no lo hicieron cuando gobernaban, entonces? Sea como sea, y si la cosa sale para adelante, espero que sepan explicarle al electorado que una medida así requiere reformar el Código Penal, y esas cosas se hacen por mayoría absoluta; es decir, que no basta con que ganen.
Aunque, bien mirado, tendrían un apoyo incondicional: el de CiU, que también está haciendo una campaña electoral de las que consiguen movilizar al electorado indeciso... en contra de ellos. Me refiero a Catalunya, donde el porcentaje de participación está cayendo en picado últimamente (cosa que no me extraña, entre el caos del AVE, el caos de los autobuses, el caos del metro, el caos de las infraestructuras, el caos de la falta de agua, el caos de los posibles atentados yihadistas... ¿sigo?)
Miro la campaña electoral del PP, y bueno, creo que entra dentro de las coordenadas que cabe esperar de un partido que quiere recuperar el poder sea como sea, y que, pese al descojono interno que tienen organizado, han terminado comprendiendo que no pueden atacar al PSOE en materia de política antiterrorista (hace unos meses, tal vez; ahora, ni de coña: se han puesto serios en lo tocante a detenciones de etarras y acaban de desarticular un posible 11-M en Barcelona) y que las dos únicas maneras que tienen para subir votos pasan por apelar al componente irracional del electorado: seguridad e inmigración, por un lado, y la crisis económica que se avecina, por el otro. Es decir, apelan a la seguridad y la mano dura, que es algo que siempre se le ha dado mejor a la derecha que a la izquierda. No estoy de acuerdo con los medios, con las maneras y con los protagonistas de la propuesta, pero entra dentro de su lógica política, y ahí lo único que puedo hacer es contribuir con mi voto a que no ganen el 9-M, porque el discurso xenófobo y demagógico encubierto del PP me parece una absoluta irresponsabilidad. Sencillamente, no creo que un partido político que se lo está jugando todo a la carta del "la culpa es de los inmigrantes, que se aprovechan de todo lo bueno y no hacen más que causarnos gastos" sea una buena opción de presente ni de futuro para asegurar la gobernabilidad del país. Pero lo innegable es que eso les va a dar votos, y que puede que ganen.
Pero, como digo, es lo que cabe esperar de un partido como el PP.
Lo que ya me parece más sangrante es que una formación política como Convergencia i Unió tenga un discurso preelectoral tanto o más xenófobo que el del PP. Leo los eslóganes electorales de la campaña de Duran i Lleida (que, por cierto, nació en la provincia de Huesca), y se me caen los cojones al suelo. Con fotografías en blanco y negro y grandes parrafadas, Duran nos advierte de lo mal que está la cosa si no le votan, pero lo hace con propuestas que me parecen tan escandalosas como las de Arias Cañete, Acebes o Rajoy, por su trasfondo.
Así, afirma Duran:

A Catalunya se'ns respecta menys que abans. Això s'ha d'acabar.
El pitjor que li pot passar a una persona, a una família, a una associació, a una entitat… a un poble, és que li perdin el respecte. Doncs bé, això és el que ens ha passat a Catalunya en els darrers anys: ens han perdut el respecte. Ara se’ns respecte molt menys que abans. Tothom s’atreveix amb nosaltres, i això abans no passava. Ara, en canvi, passa i ens és profundament negatiu.


Traducción libre:
En Catalunya se nos respeta menos que antes. Esto tiene que acabarse.
Lo peor que le puede pasar a una persona, a una familia, a una asociación, a una entidad... o a un pueblo es que le pierdan el respeto. Pues bien, eso es lo que nos ha pasado en Catalunya durante los últimos años: nos han perdido el respeto. Ahora se nos respeta mucho menos que antes. Todo el mundo se atreve con nosotros, y eso antes no pasaba. Ahora, en cambio, pasa, y es profundamente negativo para nosotros.

Leído de manera apresurada, puede parecer que Duran i Lleida se está quejando de la catalanofobia que se masca en el ambiente, la pérdida de peso político de Catalunya con respecto al resto del estado español (y a la que, digo yo, no resultará del todo ajeno el que durante los veintitrés años que CiU ha gobernado la autonomía apenas se haya invertido en mejorar sus infraestructuras) y cierta nostalgia de los tiempos en los que CiU resultaba decisiva para la gobernabilidad del conjunto de España. Sin embargo, tal como yo lo interpreto, ese "A Catalunya se'ns respecta menys" no quiere decir "A Catalunya se la respeta menos", sino (y ésta es la diferencia de matiz) "En Catalunya se nos respeta menos". La frase es ambigua, supongo que de una manera intencionada, pero el significado es ese: en Catalunya se nos respeta menos. ¿A quiénes? ¿A los miembros de CiU? ¿A los catalanes? ¿Quién puede no respetar a los catalanes fuera de Catalunya? Mucha gente: el PP, el PSOE del sector guerrista, cualquiera a quien se le informe de manera sesgada de lo malos que son los catalanes... Pero, ¿qué sector de población es el que no respeta a los catalanes en Catalunya? Aaaah, esto ya es otra cosa. Vete a decir eso a pueblos en los que ya hay censados tantos inmigrantes como autóctonos, y no plantar la semilla de los disturbios xenófobos de aquí a..., seré cauto..., ¿un par de años?

¿Cómo? ¿Que me estoy pasando, y estoy diciendo cosas que Duran i Lleida no quería decir?
Está bien. Probemos con otro reclamo electoral.
¿Lo leéis bien? Pone lo siguiente:
La gent no se'n va del seu país per ganes sinó per gana. Però a Catalunya no hi cap tothom.

Que traducido, viene a ser esto:
La gente no se va de su país por ganas sino por hambre. Pero en Catalunya no cabe todo el mundo.

Cojonudo. Lo hubiérais dicho en los años sesenta, y la cantidad de andaluces, murcianos, leoneses y extremeños que se hubieran ahorrado el viaje, las penalidades, el trabajar de sol a sol para que la burguesía de la que se han formado los cuadros de CiU se enriqueciera y Catalunya se convirtiese en la región con mayor nivel de vida de España...

Ante todo esto, sólo puedo constatar una serie de hechos:

1. Me vine a Barcelona por trabajo. ¿Me convierte eso en un inmigrante de los que no caben en Catalunya? ¿Soy un estorbo para el sector público, ya que no hago más que ocasionarle gastos al Servei Català de Salut y el Servei d'Ocupació e Catalunya? ¿Los impuestos que pago -a cambio de unos servicios públicos cada vez más deteriorados- y el pastón que me estoy dejando en una de las comunidades autónomas más caras de España no cuentan como fuentes de riqueza para Catalunya?

2. Estoy estudiando catalán, porque es la única manera de poder asegurarme un buen trabajo en Catalunya si no me va bien como autónomo, aunque existan dos lenguas oficiales. A igualdad de currículum, resulta mucho más interesante contratar a un bilingüe que a alguien que simplemente "lee bien" el catalán y tiene un nivel hablado "medio". Si quiero acceder a la función pública, prácticamente no tengo más remedio que sacarme el nivel C, que algunos catalanes de nacimiento no llegan a obtener porque el examen es bastante duro, y no creo que me lo saque en menos de dos años. ¿Habría que exigirles a los inmigrantes que llegan a autonomías con lenguas propias que aprendan estas lenguas cooficiales, como parte del contrato de integración en España? Entiendo que sí: el hecho de firmar un contrato que comporta la obligación de aprender el idioma y las costumbres del país, si este país es bilingüe (casos de Catalunya, Valencia, Baleares, País Vasco y Galicia), debería implicar la obligación de aprender los dos idiomas y todo el acervo cultural de ambas realidades, estatal y autonómica. ¿Podría llegar a hacerse realidad la coña de Airbag, en la que aparece un lehendakari negro?

3. Sólo me han atracado tres veces a lo largo de mi vida. Las tres veces en Madrid, durante los años noventa; en las tres ocasiones, el gobierno municipal, que debería haber puesto los medios para que hubiera más policías municipales en esas zonas de Madrid y sacarlos a todos a patrullar (es decir, lo que prometen ahora), era del PP. Las tres veces, me atracaron personas de nacionalidad española y mayores de edad. ¿Me convierte eso en una desviación estadística? ¿Soy un bicho raro por no considerar que vivo en un nido de delincuencia, y por el que no me parezca que hay una inseguridad de la lechede las que justifican una movilizarción generalizada del electorado para darle el triunfo a los partidos políticos que defienden postulados racistas y xenófobos? ¿Debería ser más receptivo a que me atraquen menores e inmigrantes, para así entender la lógica electoral del PP y de CiU y, de paso, ser consciente de la realidad en la que vivo?

Visto lo visto, no me extraña que cada vez más catalanes voten en blanco.

Ahí lo dejo.

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martes, 5 de febrero de 2008

Como Legolas en el IMAX

Me enfundo las gafas que me acabo de comprar. Se parecen mucho a las que tenía antes: me cuesta cambiar de estilo. La miopía me ha crecido media dioptría en un ojo, y el astigmatismo otra media dioptría en el otro ojo. Como resultado, me cuesta enfocar, padezco el mareo típico de las gafas nuevas. La última vez que me compré unas gafas, salí de la óptica como borracho. Me comía las aceras, incapaz de calibrar las distancias. Ahora es diferente, porque la graduación no ha variado tanto. No obstante, veo el mundo de otra manera. Todo es más nítido.
Salgo a la calle, y lo flipo. Por primera vez en los cinco años que llevo en Barcelona, reparo en la intensidad del sol mediterráneo en invierno. Esa luminosidad digna de cuadro de Sorolla lo empapa todo, y me digo que, en días ventosos y claros, tal vez Barcelona tenga un cielo tan hermoso y diáfano como el de Madrid. Las gafas que llevaba hasta ahora me acompañaron aquí desde Madrid: no me las cambiaba desde hace seis o siete años. Salgo a la calle de Sants, y por primera vez en cinco años veo la ciudad tal como es. Entre el cielo mediterráneo y los cielos velazqueños no hay tanta diferencia. Y yo, aprisionado por la visión limitada que me ofrecían aquellas gafas repletas de rayajos, convencido de que la cualidad del aire barcelonés no era la del aire madrileño, ni por asomo... Todo era un problema de punto de vista, de disponer de la herramienta adecuada para ver la realidad tal como es.
Los milagros se suceden. Cruzo la calle de Sants, hacia mi acera, y enfilo hacia Badal y, más allá, la casa de Cristina. Y me vuelve a suceder otro hecho inaudito: veo la calle de Badal. Es medio kilómetro, y la veo a la perfección, allá a lo lejos. La gente se acerca y me rebasa con la calle de Badal al fondo, que crea un curioso efecto estroboscópico. Veo a la gente tal como es, y no con las ideas preconcebidas que me traje de Madrid. Los veo en tres dimensiones, y con sus verdaderos colores y formas. Las antiguas gafas me habían escatimado aquel conocimiento. Me siento como si acabara de ajustar el brillo y el contraste en una fotografía retocada con Photoshop. He pasado del mundo en baja resolución y el formato .jpg a otra dimensión, mucho más nítida, la de los .tiff en alta resolución. El mundo a mi alrededor gana en detalles y en peso: hablamos ya de varios teras, en vez de algunos gigas, si esta experiencia se estuviera produciendo en alguna especie de realidad virtual.
A medida que avanzo por la calle de Sants, luchando por evitar a los transeúntes que se me echan encima (aún no calculo bien las distancias), comienzo a adivinar el barrio de Collblanc, distante más de un kilómetro, pero que, debido al efecto amplificador de las gafas, parece aquí al lado, tan, tan, tan nítido. Ahora me siento como Legolas en el IMAX.
Entrar en casa de Cristina es una experiencia un tanto extraña. Después de aprender a reconocer las distancias largas, ahora tengo que acostumbrarme a las cortas, a lo que puedes aprehender alargando la mano. Mi defecto estriba en que fuerzo mucho la vista en las distancias cortas, y eso es algo que un miope no debe permitirse, cuando tiene unas gafas concebidas para ver de lejos. Mi espectro de visión está concebido para ver a dos palmos, como mucho tres: los que separan mi vista de la pantalla del ordenador, del libro que esté leyendo o corrigiendo, del cuerpo de Cristina cuando estamos juntos. De ahí que utilizar unas gafas para ver de lejos resulte contraproducente. Pero es lo que hay.
Desisto por el momento de lavar las gafas: ya me enseñará Cristina. Entre otras cosas, las antiguas se me han jodido por limpiarlas con papel higiénico o con pañuelitos de papel. En la óptica me han recomendado lavarlas con jabón. Mis primeras gafas, aquellos engendros de pasta de los años ochenta que parecían concebidos por los encargados de imagen de las azafatas del Un, dos, tres, tenían un método muy expeditivo de limpieza: un chorreón de Mistol o de Pril, y a secar. Se formaban unos cercos de jabón molestísimos, que de todos modos había que retirar con un aclarado adicional. A partir de ahora, volveré a aquella adolescencia de gafas de pasta con cristales ahumados, esos dieciséis años que todo el mundo debería olvidar.
Recuerdo que tengo que hacer una llamada, de manera inexcusable. El resultado no es el que me esperaba: es igual de malo, pero diferente, precipitado. No me lo esperaba, a decir verdad, aunque sabía que la situación no podía durar más tiempo. Bueno, a veces hay que saber dejar pasar algunas oportunidades, y en ocasiones hay que tener claro que son las oportunidades las que dan la patada. Unas veces se gana, otras se pierde. Veo la situación con una claridad que me hubiera resultado impensable unos días antes, con las antiguas gafas. Parece como si las nuevas gafas no me estuvieran enseñando sólo a ver el exterior, el mundo que me rodea, sino que también fueran capaces de escrutar en el interior de la psique humana y sus motivaciones, y me las presentaran en alta resolución y tifeadas. He visto algo que hasta hace poco no quería ver. ¿Hasta dónde me llevarán estas gafas? ¿Qué son, en realidad? ¿Qué implacable demiurgo ha podido concebir un aparato que no sólo me enseña a ver la Barcelona en la que llevo cinco años viviendo tal como es -y no como me la había imaginado, por las fotos e imágenes que conocía cuando veía mejor-, sino que también me ayuda a ver mejor el carácter humano en su verdadera dimensión?
Debería ponerme a corregir el libro que se me está atravesando, pero decido tomarme la tarde libre. Voy a casa a leer el correo, y hablo con los compañeros de piso, hasta que llega el momento de salir al encuentro de Cristina, a quien se le ocurre sobre la marcha la idea de que la acompañe este fin de semana a Girona. Sólo dispongo de diez minutos para hacer el equipaje, y me tiene que prestar una bolsa de viaje porque la mía está en mi casa, pero me da tiempo, y salimos juntos. De camino, veo los subterráneos del metro y las taquillas de la estación de Sants tal como son, no tal como creía que eran. A esas alturas, puede decirse que llevo un mareo considerable: estoy forzando demasiado la vista.
Llego a Girona con la vista castigadísima, preguntándome si no sería lícito obrar como Ray Milland en El hombre con rayos X en los ojos, dejándome llevar por ese coro de fanáticos cristianos que le recuerdan el pasaje bíblico de San Mateo, que cumple al pie de la letra: "Si tus ojos te escandalizan, arráncatelos". Pero presiento que no serviría de nada: el mundo seguiría siendo igual. Y no podría rasgar el velo de Maya, ni salir a la caza de formas tridimensionales en la misma caverna de Platón, ni codearme con Hiro Nakamura y Claire Bennett en el panteón de los superhéroes, ni sentirme como Legolas en el IMAX. Así pues, decido apadrinar y prohijar este nuevo superpoder, esta nueva Visión Privilegiada que una óptica de barrio me ha puesto en bandeja, y hacer buen uso de ella. Con este pensamiento rupturista e innovador, me acuesto, convendido de que, ahora que conozco la verdadera naturaleza y forma de las cosas, del mundo, por fin podré cambiarlo.
No tardo ni un fin de semana a acostumbrarme a la nueva graduación de las gafas. El lunes regreso a las rutinas, continúo corrigiendo el libro rebelde y, con las prisas eternas, el ir de aquí para allá sin fijarme en las cosas, todo vuelve a ser igual; tal vez, con los brillos un poco más subidos y en media resolución, y, por supuesto, más nítido. Pero igual, al fin y al cabo.

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viernes, 1 de febrero de 2008

Reportaje sobre ciencia ficción en La 2 (y 2)

Como lo prometido es deuda, aquí está el enlace al reportaje sobre ciencia ficción que emitió La 2 el pasado domingo 27 de enero en el (por otra parte, estupendo) programa cultural Página 2.

http://www.pagina2.es/reproductor.php?v=report13_waz.flv

A mí me han ganado incondicionalmente con una tontería aparentemente tan nimia como poner el "Intergalactic" de los Beastie Boys como sintonía de arranque del reportaje y luego dar paso al "Jerk It Out" de los Caesars; pero es que puedo llegar a ser muy friqui con estas cosas...

En cuanto al reportaje en sí, me da la impresión de que el equipo de guionistas se lo ha currado, y han conseguido ofrecer un punto de vista respetuoso de la ciencia ficción, como algo alejado de las marcianadas al uso... pese a detalles como esa desintegración final que padece Javier Negrete a cargo de los aliens. No puedo hablar por los otros intervinientes, porque nos entrevistaron por separado, pero el tono general de las preguntas estaba a medio camino entre lo sesudo, lo directo y el interés genuino por saber cómo funcionan las coordenadas del género. Por supuesto que muchas preguntas no aparecieron en el montaje final, pero, por lo que a mí atañe, creo que seleccionaron lo más interesante que podía aportar al debate.

Los entresijos de una grabación de este tipo siempre son interesantes, cuando se trata de un profano en apariciones televisivas como yo. Quedé con Víctor, el guionista, en la puerta del Museo de Cera a eso de la una y, tras una breve conversación para calentar motores, entramos a la sala donde están las figuras de cera de Star Wars. Obviemos los detalles de que no está Darth Vader (¡por favor!) y las figuras de Luke Skywalker y Leia Organa se parecen más a Tamara (la del "No cambié") y a Sara Montiel que a Mark Hammill y Carrie Fisher, respectivamente. El caso es que en aquella sala no había luz suficiente, con lo que el cámara y la encargada de iluminación tuvieron que desmontar el chiringuito y trasladarlo a la sala contigua, donde había una nave espacial, mezcla de Apolo y Soyuz. Allí la luminosidad parecía algo mejor, y nos pusimos a grabar, no sin antes hacerse desviar de su camino a un par de visitantes espontáneos.

Las preguntas se me formulaban fuera de cámara y, dado que el formato de los reportajes de Página 2 no suele incluir preguntas en off, tenía que acordarme de comenzar las respuestas con el enunciado de la pregunta, para que el espectador supiera de qué estábamos hablando.

Para empezar, qué títulos recomendaba. Lo que salió en el reportaje: Mercaderes del espacio, de Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth. Por algún motivo (bueno, sí: porque la realidad está demasiado cerca de esta novela), últimamente empieza a ser un tema de conversación recurrente, y decidí escorar mis recomendaciones hacia la ciencia ficción más reivindicativa y de denuncia. Añadí al listado Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin, y Un mundo feliz, de Aldous Huxley, pero ya no las recogieron en el reportaje definitivo. Pepe López Jara recomendó Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y Javier Negrete se decantó por el hard a saco: La nube negra, de Fred Hoyle. Como diría Pérez Reverte: ahí, con un par.

También nos permitimos (los tres por separado, pues insisto en que grabamos en días diferentes) ser bastante cautos con respecto al futuro del género. Curiosamente, también convinimos en afirmar que una de las vías de escape del género pasa por el mestizaje, la mezcla de CF con historia o la huida descarada hacia la fantasía. Kaoss comentaba que estuvimos muy negativos. Sí, pero no. Simplemente, es lo que hay. Y no hay que olvidarse de otro elemento: la cantidad de CF buena que se escribe allá afuera es cada vez mayor... o la CF buena que se escribe aquí adentro es comparativamente menor, que también pudiera ser.

Por último, me preguntaron si existe la CF en España, pero mi respuesta no debió de ser tan interesante como para que saliera en el montaje final.

Cuando desmontaron el equipo, aprovechamos los últimos veinte minutos (teníamos que estar fuera a las dos de la tarde, y no nos dejaron estar ni un minuto más) para grabar lo que en la jerga se denomina recursos; es decir, imágenes de relleno en las que el entrevistado aparece acercándose a un lugar (en este caso, entrando en el museo) o en poses en las que aparentemente no está mirando a la cámara (como, por ejemplo, contemplando extasiado a Papá Julio Verne, o preguntándome para mis adentros qué coño pinta una figura de E.T. en la sala de Star Wars). Como digo, nos metieron demasiada prisa, y tuvimos que irnos a las dos en punto.

En todo caso, una experiencia muy interesante, y un reportaje que ha quedado francamente bien. Está feo que lo diga, por aquello de que soy parte interesada, pero es verdad.

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