jueves, 29 de noviembre de 2007

Luces de la ciudad

La ciudad cambia. El cambio se antoja inevitable. En las barriadas modélicas, cruzando la Diagonal, el cambio estriba en saber cuántos restaurantes de lujo abren, o con qué frecuencia liquidan y se traspasan las zapaterías de lujo, en beneficio de otras zapaterías de lujo o restaurantes de doscientos euros el cubierto. Hay más spas que bares, y los escaparates no marcan los precios de las mercaderías puestas a la venta.
Pero en la ciudad de verdad, la que permanece al margen de modas y politiqueos, el proceso de cambio observa unas normas que han seguido desde tiempos inmemoriales: al igual que en la zona alta, todo depende de la cotización del ladrillo, pero la lucha, la verdadera batalla, se libra entre lo viejo y lo nuevo, y no entre lo moderno y lo fashion. No hay glamour en algunas calles del barrio de Sants, ajeno a Fòrums y erasmus. El barrio se debate entre la desocupación de casas okupas y la debacle ocasionada por unas obras ferroviarias cuyo final no se adivina. El paisaje urbano, compuesto por chimeneas de antiguas fábricas, solares de casas bajas y grúas de obras nuevas, apenas modifica la línea del cielo barcelonés. Bastante tenemos con adivinar la luna llena, que despunta en el solar que hay enfrente de casa de Cristina. Es la única concesión al romanticismo en un barrio degradado que intentan reflotar a golpe de obra. El estudio de veintipocos metros cuadrados continúa anunciándose casi desde que Cristina y yo estamos juntos, hace más de año y medio. No creo que hayan rebajado el precio, en torno a los 200.000 euros.
Por otra parte, al ambiente de incómodo impasse, de no saber qué será de estas casas bajas dentro de cinco años, se añade la incertidumbre acerca de si el proceso de cambio urbanístico podrá culminarse tal como desean las autoridades locales. Junto a los anuncios de inminentes traspasos de pequeños comercios de barrio, residuos de la época del desarrollismo, empiezan a proliferar las agencias inmobiliarias en venta o traspaso. ¡Qué ironía! Los antaño depredadores, convencidos de que sus trabajos no peligraban, se venden ahora al mejor postor, seguramente destinados a convertirse en locutorios o bares de kebabs. Por mí, que se jodan. No me dan ninguna pena. Lo único que espero es vivir en este barrio el tiempo suficiente para ver cómo cierra la inmobiliaria que nos alquiló el piso de la calle Arizala.
Este es el escenario que puede ver el transeúnte que se dedica a callejear por el barrio de Sants; pero por el Sants profundo, no el de las inmediaciones de la Travessera de Les Corts, más deslumbrante y asimilado a la ciudad poblada de hombres de bien.
En el barrio de Sants en el que pernocto, junto a Cristina, los solares urbanizables le ganan terreno a las casitas bajas; en la parte trasera del callejón, una moto quemada se pudre al sol, como el fósil de un armadillo del Plioceno, ante la pasividad de los servicios de limpieza. Pared con pared, a veces somos testigos de trapicheos de drogas, en la misma calle en la que estamos: inconvenientes de vivir en un bajo. El coro de vecinos, aplacado por los rigores otoñales, apenas nos molesta durante las mañanas de fin de semana, pero sabemos que se reanudará con la llegada del buen tiempo, como bandadas de vencejos que chillan en catañol mientras trazan círculos en torno al cruce de calles en que se sitúa el dormitorio de Cristina.
Ese es el panorama a ras de suelo.
Apenas unos metros por encima de las aceras es el siguiente:
Las luces penden milagrosamente, como el acueducto de Mérida, salvando al transeúnte de una descarga eléctrica (que sería mortal) si en algún momento una tormenta o el bandazo de algún camión de obra derribasen la pared en que se apoyan los cables. Los restos de una casa antigua no pueden demolerse, porque de lo contrario estas luces caerían. Apenas a medio metro, la obra continúa a paso implacable, a razón de una altura cada dos o tres semanas. Todo un récord, si lo comparamos con las obras del AVE, que discurren apenas a trescientos metros de aquí.
Como un cruce de caminos pendiente de un hilo, los cables marcan las trayectorias de las antiguas conducciones eléctricas de un barrio moribundo. En este solar se pueden ver colchonetas sepultadas por las malas hierbas, que han experimentado un crecimiento incontrolado con las lluvias del mes pasado. Abundan los objetos que denotan que aquí duerme gente. Tanto peor, en el sentido de que no generan demasiada seguridad, por más que sepamos que el corrillo de vecinos-vencejos jamás permitiría que la zona se degradase más: menudos ellos, capaces de rayar los coches de los no residentes cuando aparcan en lo que ellos consideran sus estacionamientos por derecho propio.
A veces fantaseo con un chaparrón como los que abundan en esta ciudad: seco, directo, contundente y destructivo. En esta fantasía, yo voy por la calle, camino de la casa de Cristina, o recién salido de ella. Vuelvo de la editorial, o voy a mi casa, a llevar la ropa para lavar. Un relámpago o un golpe de viento sacuden alguna de estas figuras milagrosas, y rompen su equilibrio. Dejan de ser cruces de caminos celestes y se vienen abajo, emitiendo destellos lumínicos y lanzando coletazos de manera indiscriminada, como el cable que le sale al encuentro a Elijah Wood en La tormenta de hielo (momento cinematográfico brillante donde los haya). Teniendo en cuenta cómo es el barrio, lo único que faltaría es eso: unos cables dotados de vida, como un animal prehistórico, o como una serpiente monstruosa, saliéndole al encuentro a los inquilinos ajenos al corrillo de vecinos-vencejo, demandándoles el portazgo por transitar esas calles de una Barcelona diferente, poblada de Pijoapartes y emigrantes sesentones. La imagen de la Esfinge del asfalto y el ladrillo es poderosa, y la tengo siempre presente cuando transito por estas calles. Tal vez no se me aparezca como un animal mitológico, ni como un quillo pertrechado tras su furgoneta tuneada (la que siempre aparca junto a la esquina, y a veces tapa parte del portal), pero termina surgiendo e instalándose en la calle, sea cual sea su apariencia (y son muchas). Albañil, capataz, barrendero, vecino-vencejo, niña traviesa, cojo okupa, drogadicto, traficante, anciana resignada a la suerte del barrio, perroflauta mileurista... La encarnación del barrio muta, adquiere nuevas formas y se queda aquí, como si la condición de Esfinge o serpiente monstruosa, que mana directamente de los cables suspendidos sobre nuestras cabezas, fuese transmisible por el mero hecho de residir aquí. La condición de vecino del barrio nos hace sucumbir al influjo de estos cables que, a diferencia de los de la ciudad del siglo XXI, no están soterrados, sino que penden de un hilo, y con ello nos amenazan de muerte al menor desmán por nuestra parte. No hacen sino recordarnos lo arbitrario y fugaz de nuestro paso por la vida y por el barrio. Estamos sometidos a leyes aleatorias y caprichosas. El rayo, elemento de la naturaleza indómita, puede trastocar el equilibrio artificial de la gran ciudad. La luna llena, que altera la condición de ser humano, resulta visible desde nuestra ventana, y lo hace de una manera casi deliberada, justo antes de que nos vayamos a la cama. En ese momento, se oye algo en la calle, y Cristina enciende la cámara del telefonillo del portal. Vemos la enésima ambulancia o coche de policía que entrará en la calle durante este mes, y sabemos que saldrán sólo porque la Esfinge se lo permite, porque los vecinos-vencejo no quieren dar un mal paso que los delate como lo que son: seres ajenos al fluir de los nuevos tiempo, vestigios del pasado, hombres-lobo y vampiros de una Barcelona en vías de extinción.
Mientras existan las luces suspendidas sobre nuestras cabezas, esta parte del barrio descansará tranquila, libre de las hordas globalizadoras que acechan apenas a cien metros, donde habitan los neones, las luces navideñas, los erasmus que vuelven de hacer las compras en el Mercadona y los medios de transporte que te harían huir de aquí, alienarte y convertirte en un ser humano barcelonés corriente y moliente.
Las luces de esta ciudad son otras. Y, mientras cuelguen sobre nuestras cabezas, podemos sentirnos seguros de que no entraremos en la rutina de la Barcelona del Fòrum y el petardeo.
Pero es una batalla perdida de antemano: cuando tuerces una esquina, te encuentras con las obras que vienen a poner fin a esta situación. Con el soterramiento de los cables eléctricos, los vecinos-vencejo tienen sus días contados. Las bestias mitológicas se extinguirán, la Esfinge sufriá su peculiar Götterdämmerung , todos aprenderemos que de nada sirve alzar la vista en busca de milagros y sucesos extraordinarios, y el barrio ingresará en el mundo de los muertos vivientes, los seres que no tienen protección por encima de sus cabezas y cuyo único futuro está bajo tierra.

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viernes, 23 de noviembre de 2007

Dos críticas en Jabberwock 2

Otro de los libros que me he traído de la hispacón de Sevilla incluye un par de críticas firmadas por un servidor. Como me considero incapaz de escribir una crítica mejor que la que publica Kaplan en Literatura en los talones, me limitaré a consignar la aparición del segundo volumen de Jabberwock. Anuario de ensayo fantástico, dirigido por Alberto García-Teresa y Arturo Villarrubia (Ed. Bibliópolis, col. Antológica) y recomendaros los dos libros de los que hablo en sus páginas.
De Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro (Alianza), lo mejor que puedo decir es que es uno de los tres libros con los que he conseguido llorar en los últimos años (los otros dos son La velocidad de la oscuridad, de Elizabeth Moon, y La carretera, de Cormac McCarthy). Es un libro realmente conmovedor.
Como suelo hacer cuando me publican una reseña larga, os copio y pego los primeros párrafos, y si os interesan ya os las leeréis en su integridad en Jabberwock 2. O, mejor aún, os servirán para acercaros a estos dos libros fascinantes.



Pese a lo que puedan indicar su nombre y lugar de nacimiento (Nagasaki, Japón, 1954), Kazuo Ishiguro ha desarrollado su carrera literaria en el Reino Unido. Sus mejores novelas (Los restos del día, Los inconsolables o esta Nunca me abandones) resultan inequívocamente británicas, tanto por la temática como por la cadencia narrativa y la idiosincrasia de los personajes.
La novela que nos ocupa aborda la clonación humana desde una perspectiva intimista, más heredera de una tradición narrativa que abarca desde Jane Austen hasta E. M. Foster que de la ciencia ficción al uso; en todo caso, resulta claramente deudora de Un mundo feliz, de Aldous Huxley.
La narradora, Kathy H., es un clon que ve próximo el momento de comenzar a donar órganos y recapitula acerca de su vida y la relación de amor-odio que ha mantenido durante veinte años con sus mejores amigos, Ruth y Tommy. La riqueza de detalles con que Ishiguro sazona la narración nos permite sumergirnos en tres etapas diferentes de la vida de Kathy, Ruth y Tommy: la primera adolescencia en el colegio de Hailsham, el despertar a la sexualidad en las Cottages y la difícil vida de cuidadores o donantes en las clínicas especializadas en transplantes de órganos. La vida de los alumnos de Hailsham, entre despreocupada y disciplinada, es la que podría llevar cualquier adolescente en un internado británico típico. De hecho, Ishiguro hace que la acción transcurra en el tiempo presente, a la manera de autores como César Mallorquí o Robert J. Sawyer. (La novela arranca con un aviso: estamos en “Inglaterra, finales de la década de 1990”.) Deducimos, por indicios y comentarios casuales, que nos hallamos en nuestro mundo, con la salvedad de que tras la Segunda Guerra Mundial se desarrolló la clonación con fines terapéuticos. Desprovistos del contexto, Hailsham aparecería como un college más; sabiendo este dato, nuestra perspectiva de las tribulaciones de Kathy, Ruth y Tommy cambia radicalmente.
La relación entre estos tres personajes es el hilo conductor de la novela. Kathy, de treinta y un años, desgrana sus vivencias comunes desde que contaban trece años. Desde el principio, nos muestra a Ruth como la líder natural del grupo de amigas, emprendedora, más relacionada con los alumnos mayores que con los de su edad, dispuesta a sustituir la realidad por sus fantasías con tal de parecer en posesión de la verdad y dotada de un comportamiento maquiavélico. Al mismo tiempo, la muestra como una buena amiga, sinceramente preocupada por los problemas amorosos de Kathy, pero dispuesta a utilizar la información que ella le suministra para volverla en su contra en caso de discusión. Es, en resumen, la amiga que todos quisiéramos tener y la enemiga que no desearíamos bajo ninguna circunstancia.
Tommy, por el contrario, se muestra como un ser asocial. Desde el principio de la novela se niega a entrar en el juego de vivencias comunes de los alumnos de Hailsham. Es un alma solitaria cuyos motivos apenas alcanza a entrever Kathy, a quien le une una relación fraternal que contrasta con la relación amorosa que entabla con Ruth. En un momento de la novela, una compañera de Kathy la señala como “la sucesora natural de Ruth”, algo que turba a Kathy, empeñada en que Tommy regrese con Ruth.
En cuanto a Kathy, poco es lo que entrevemos a tenor de la descripción que realiza de sus experiencias vitales. Parece más pendiente de consignar los hitos de la relación entre Ruth y Tommy que de hablar de ella misma. En ocasiones nos resulta imposible saber en qué está pensando. Al igual que el contexto social, los verdaderos sentimientos de Kathy parecen sugeridos y sobrentendidos. Como ya veremos en la tercera parte de la novela, Kathy, en su abnegación, parece apartarse a un discreto segundo plano: está más interesada en mostrarnos el mundo que la rodea que en exteriorizar sus preocupaciones. La relación entre los tres personajes es de amistad, pero también se trata de un triángulo amoroso sui generis y de la historia de unos amores imposibles, determinados por la condición de clones, la esterilidad y la interferencia de Ruth en la relación que podrían haber mantenido Kathy y Tommy.

En otro registro, La conjura contra América, de Philip Roth (Mondadori), es otro libro conmovedor. Aunque el componente ucrónico flojea (la resolución de la ucronía es un tanto chusca), se trata de un pedazo de novelón, en la onda de lo que escribe el genial autor de Nueva Jersey. No sé por qué, y sí lo sé, la descripción de la infancia de Philip Roth me recuerda mucho a la que efectuaba George R. R. Martin en su conferencia "El corazón de un niño pequeño". Bueno, por recordarme, el personaje de Walter Winchell me recuerda mucho a Federico Jiménez Losantos, pero esto ya es una fijación personal mía...



¿Cómo es posible que una novela costumbrista que no se aparta ni un ápice de la temática y el estilo habituales de Philip Roth (Newark, New Jersey, 1933) sea una de las mejores ucronías de los últimos años? La conjura contra América nos presenta fragmentos de las vidas de la auténtica familia Roth en la Newark de la década de 1940 y enfrenta a sus miembros a los fantasmas de lo que pudo haber sido su mayor pesadilla: el advenimiento de un gobierno filonazi en los Estados Unidos y la consiguiente persecución de los judíos. Se nos presenta al mismo tiempo como una autobiografía, una novela de época y una ucronía, sin dejar de funcionar en ninguno de los tres planos. Pero, ante todo, es la crónica de una familia (los Roth) que ha vivido durante años en una armonía que se rompe bruscamente por una amenaza exterior (la hipotética victoria de Charles Lindbergh en las elecciones presidenciales de 1940, y por tanto el fantasma del antisemitismo). Para Roth, la ambientación histórica (en el primer y último capítulos) y ucrónica (en los siete capítulos centrales) es una coartada argumental para desarrollar los dos ejes temáticos que caracterizan el corpus de su obra: la condición de judío en los Estados Unidos y la intolerancia política.
Roth siempre se ha mostrado crítico con el desprecio del estado de Israel hacia los judíos estadounidenses. Hablando con propiedad, su punto de vista es el de un estadounidense de origen judío que no comulga con el sionismo, dado el componente nacionalista que lleva implícito: la verdadera nación de Roth no es el estado de Israel, sino los Estados Unidos de América. El niño de siete años que es Philip Roth al comenzar La conjura contra América no entiende a los proselitistas del estado de Israel:

Cuando un forastero que llevaba barba y a quien jamás había visto sin sombrero se presentaba cada pocos meses, después de que hubiera oscurecido, para pedir en un inglés chapurreado una contribución destinada al establecimiento de una patria nacional judía en Palestina, yo, que era un niño ignorante, no acababa de entender qué estaba haciendo aquel hombre en nuestro rellano.
(Págs. 14-15.)


Roth se vale de la mirada inocente de su álter ego infantil para mostrarnos el ocaso de un mundo idílico. Philip ha sido educado en valores estadounidenses, de ahí su sorpresa ante la persecución que se desata contra los judíos y la manera en que cambia a los miembros de su familia. El primer capítulo es toda una declaración de intenciones:

El trabajo, más que la religión, era lo que identificaba y distinguía a nuestros vecinos. (…) casi nadie en el barrio hablaba con acento. (…) Cada mañana, en la escuela, juraba fidelidad a la bandera de nuestra patria. (…) Celebraba con entusiasmo las festividades nacionales. (…) Nuestra patria era los Estados Unidos de América.
Entonces los republicanos proclamaron a Lindbergh candidato a la presidencia y todo cambió.
(Págs. 14-15.)

Porque, al fin y al cabo, Roth está escribiendo acerca de lo que conoce. Urde una novela fantástica en la que hace aparecer a toda su familia y sus recuerdos de infancia, un juego transrealista en el sentido en que lo entiende Rudy Rucker: escribir desde un punto de vista fantástico sobre las propias percepciones, basándose en personas reales del entorno del escritor. Es obvio que el Philip Roth de nuestro mundo no vivió los acontecimientos históricos que refiere en la parte ucrónica de la novela, y algunos personajes (como la familia Wishnow) son completamente ficticios, pero las anécdotas familiares podrían haber sucedido, y seguramente lo hayan hecho. Esta ucronía “costumbrista” (o “de la pequeña historia”, como la definió Julián Díez en la reseña aparecida en Gigamesh núm. 43) describe una tragedia cotidiana que se manifiesta sin estridencias. No asistimos al advenimiento de una dictadura fascista en los Estados Unidos, que hubiera sido una opción más tentadora y espectacular. La cotidianeidad con que aparece el elemento ucrónico dota a la novela de una verosimilitud que, no obstante, se rompe en el penúltimo capítulo, “Días malos”, en un desenlace que mengua la brillantez de La conjura contra América como ucronía, pero prepara el camino para un final excelente, un prodigio de narración y dramatismo.
De la frase anterior podría colegirse que La conjura contra América es una mala novela fantástica muy bien escrita, la enésima prueba de que los autores de mainstream que se adentran en el género suelen fracasar, pues carecen de los rudimentos básicos para construir una buena ucronía (y quien dice ucronía, dice space opera o novela sobre clones). Abordarla en estos términos sería injusto, aparte de una demostración implícita de que no se ha entendido el sentido último de la novela. Otro tanto ocurriría si la analizásemos en clave metafórica, obviando toda alusión a su triple carácter de novela fantástica, histórica y realista costumbrista, y nos limitásemos a ver en ella un trasunto de la situación de la política estadounidense actual.
Es cierto que a Roth no parece preocuparle demasiado la verosimilitud de los detalles ucrónicos del final de la novela (está hablando de su infancia y su familia), pero la premisa histórica en que se basa para construir la ucronía es perfectamente plausible; de hecho, era el mejor escenario posible para demostrar su tesis: un triunfo del sector aislacionista del Partido Republicano en las elecciones presidenciales de 1940 no hubiera conducido al nazismo y los campos de concentración, puesto que las condiciones imperantes en los Estados Unidos no eran las mismas de la Alemania que se encontró Hitler al alcanzar el poder en 1933; todo lo más, hubiera conducido a un endurecimiento de las condiciones de vida de los judíos, pero dentro de los parámetros de un régimen democrático. El aviador y héroe nacional Charles Lindbergh priva a Franklin Delano Roosevelt del tercer mandato presidencial, con lo que aleja el fantasma del intervencionismo y le da alas al grupo de presión pronazi de los Estados Unidos (el Bund), en detrimento del grupo de presión projudío. La premisa (los sectores filogermánicos intentan detener la implicación en una guerra que resultaría “indecoroso” que enfrentase a arios contra arios) ya había sido explotada, para el caso del Reino Unido, por Kazuo Ishiguro en Lo que queda del día (The Remains of the Day, 1989) y Christopher Priest en El último día de la guerra (The Separation, 2002). Roth escoge la figura de Lindbergh como eje de la ucronía por su carga simbólica (es el héroe americano por antonomasia, el prototipo de hombre hecho a sí mismo que suele alcanzar la presidencia de la Unión y simboliza el Sueño Americano), pero también por sus devaneos (documentados históricamente) con la causa pronazi y por ser uno de los antisemitas más destacados de su época. A Roth no le valía otro antisemita de pro, Henry Ford, demasiado visceral y antipático, ni el tránsfuga populista Burton K. Wheeler, de escasa o nula relevancia a efectos “míticos”. Lindbergh es un personaje con glamour, capaz de presentarse en una convención republicana a bordo de su avión (pilotado por él mismo, huelga decirlo) y ganar de este modo la nominación para la presidencia. Sin embargo, resulta llamativo que el Lindbergh literario de Roth carezca de voz propia: las únicas palabras suyas que leemos en La conjura contra América corresponden al Lindbergh histórico y se encuentran en el apéndice, en un discurso pronunciado en 1941 y cuyas siete páginas nos arrojan más pistas sobre su ideología que Roth en toda la novela. Todos los personajes históricos que aparecen en el mundo ucrónico de la novela actúan, hablan, escriben y piensan como lo hubieran hecho en nuestro.
Por otro lado, también resulta injusto e insuficiente juzgar La conjura contra América en función de la reconocida animadversión que Philip Roth le profesa a George W. Bush y el Partido Republicano. El autor ha negado que la novela sea una metáfora de los Estados Unidos posteriores al 11-S, aunque la tentación de establecer analogías es fuerte. Si Roth había fustigado al Partido Republicano y sus grandes líderes, notablemente Richard Nixon, en La pandilla (Our Gang, 1971), y la era McCarthy, en Me casé con un comunista (I Married a Communist, 1998), ¿por qué no intepretar La conjura contra América como un ataque a Bush, a quien considera incapaz de dirigir no sólo un país sino incluso una ferretería? ¿Acaso no es fácil ver en el apuesto Lindbergh una contrapartida de Bush, un presidente capaz de sobrevolar Washington con su potente caza Lockheed, velar por la seguridad ante cualquier ataque aéreo proveniente del exterior, ya sea alemán (Lindbergh es amigo de los nazis), japonés (el ataque a Pearl Harbor no tiene lugar el 7 de diciembre de 1941) o islamista? De manera análoga, se podrían juzgar las vicisitudes de la familia Roth en Newark, Washington y Kentucky como un trasunto de las aventuras que les hubiera deparado el destino si sus antecesores se hubieran quedado en la Europa del Este. Las similitudes entre algunos de los hechos narrados en La conjura contra América y el Putsch de Hitler de 1923 y la Kristallnacht de 1938 no deberían ser pasadas por alto.

En resumen, dos libros fundamentales, que os recomiendo encarecidamente, y que constituyeron dos de los momentos culminantes de la literatura publicada a lo largo del año 2005. El que Jabberwock 2 aparezca con cierto retraso no los hace menos recomendables.
Por cierto, hay dos ensayos muy importantes en este Jabberwock: el de Alberto García-Teresa, "Las aventuras ideológicas de Emmanuel Goldstein: usos ideológicos de la ciencia ficción", el intento más serio que se ha escrito desde el fándom de sistematizar la ciencia ficción de componente político (lo que abarca fundamentalmente utopías y distopías, pero también la obra de Robert Heinlein), y sobre todo el de Fernando Ángel Moreno, "La realidad fantástica: estética, ficción y postmodernidad en Cervantes y Tim Burton", que es desde ya mismo mi favorito para el próximo Ignotus. Todo ello, sin demérito de los ensayos de Margaret Atwood, Aaron Barlow, Nicholas Ruddick y José María Merino, la entrevista que Arturo Villarrubia le realiza a John Kessell o las reseñas a cargo de Julián Díez, Iván Fernández Balbuena, Adolfina García, Alberto García-Teresa, Ignacio Illarregui, Eduardo Larequi, Fernando Ángel Moreno, Cristóbal Pérez-Castejón, Eduardo Vaquerizo y Arturo Villarrubia.
Un libro de ensayo que, como decía Luis G. Prado en la presentación realizada en la hispacón de Sevilla, sabe que no va a vender más que unos cientos de ejemplares, pero que cumple una finalidad necesaria: ofrecer una visión crítica y rigurosa de la literatura fantástica aparecida a lo largo de 2005 y los primeros meses de 2006, así como proporcionarnos a los friquis más "literarios" un buen caudal de ensayos con los que reflexionar acerca de la literatura fantástica actual y la creación en general.

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jueves, 15 de noviembre de 2007

Magnífica Víbora de las Formas, de Juan Antonio Fernández Madrigal


Uno de los buenos momentos que viví en la pasada hispacón Ishbiliya 2007 tuvo lugar el sábado por la tarde, cuando presenté, al alimón con el editor Raúl Gonzálvez del Águila, el último libro de Juan Antonio Fernández Madrigal, que lleva por título Magnífica Víbora de las Formas. Aparte de tener la ocasión de conocernos en persona, que justifica por sí sola el desplazamiento a Sevilla, el acto sirvió para que Juan Antonio hablara largo y tendido sobre su interesantísimo libro, y parte de las reflexiones que hizo en Sevilla continúan en su página web. Podéis leerlas pinchando sobre este enlace. Poco más puedo añadir, salvo que me lo pasé genial repasando los temas y motivaciones de Juan Antonio, el cómo ha creado una historia del futuro realmente original, cómo consigue escribir un libro optimista contando historias de fracasados, cómo relata de una manera tan lúcida el camino de la Humanidad hacia el autoconocimiento (y qué papel desempeñan las inteligencias artificiales en su obra), qué temas aparecen de manera constante en la obra del autor (los animales, lo no humano, la música, lo onírico...), cómo hay que entender Magnífica Víbora de las Formas como si fuera la primera parte de un tríptico cuya otra obra escrita hasta ahora es Umma, en qué medida se plantea una dicotomía entre Dios y Hombre, cómo le gusta experimentar con el lenguaje el papel que juega la infancia en sus relatos y, sobre todo, qué es esta obra: ¿una novela, una recopilación de relatos, un fix-up o qué? Mucho más claras que mis preguntas son las respuestas de Juan Antonio, bien en el enlace que acabáis de leer, bien en el propio libro, a cuyas páginas os remito.
La información comercial del libro está aquí.
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En algún momento del fin del primer milenio de nuestra era, en los bosques oscuros de Europa, una criatura terrible se hace dueña de una catedral y siembra el terror entre las gentes, mientras busca una respuesta que sólo un monje es capaz de darle.
En nuestro futuro cercano, un niño superdotado que sufre del corazón canaliza su ansiedad a través de un vegetal gigante. Años después, crea las primeras arquitecturas inteligentes artificiales.
Un siglo después, esas inteligencias se autodestruyen, justo antes de que unas criaturas alienígenas regresen a la tierra en busca del descendiente de aquel monje. Cuando se marchan, la humanidad trata de seguirlas. "Magnífica Víbora de las Formas" es una antología de relatos que forman una vasta crónica histórica de acontecimientos vistos por personas corrientes; historias que contienen el germen de revoluciones, desastres y grandes descubrimientos repartidos a lo largo de quince siglos.
La mayoría de los relatos que contiene esta antología han sido publicados por separado durante los últimos años; ahora, revisados y engarzados en estas crónicas, aparecen como el primer volumen de la "Saga de las Víboras de las Formas", de la que ya se ha publicado la alabada novela "Umma", finalista del Premio Ignotus 2005 a la mejor novela nacional de género fantastico.
El autor recibió la Mención Aleph al Autor Revelación ese mismo año.

Título: Magnífica Víbora de las Formas
Autor: Juan Antonio Fernández Madrigal
Diseño de Cubierta: Juan Antonio Fdez.
Prólogo: Juanma Santiago
Precio: 8,50 euros
Páginas: 202
ISBN: 978-84-96013-39-1
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Y este es el prólogo:

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La historia narrada por Juan Antonio comienza en tiempos inciertos y azarosos, y termina en tiempos aún peores. No obstante, Magna Víbora de las Formas es un libro optimista. No deja mucho resquicio para la esperanza de los individuos que lo pueblan, cierto, pero los fracasos personales que nos narra redundan en beneficio de la especie. ¿De qué especie se trate? Esa ya sería otra disquisición. Porque Juan Antonio Fernández Madrigal nos está hablando del proceso de superación de la vieja humanidad y su conversión en…, bueno…, otra cosa, a la manera de las clásicas Más que humano, de Theodore Sturgeon, Ciudad, de Clifford D. Simak, o El fin de la infancia, de Arthur C. Clarke, pero con el inconfundible sello de Juan Antonio Fernández Madrigal. El que los tres libros citados pertenezcan a la cosecha de 1953, una de las mejores de la historia de la ciencia ficción, tal vez no sea del todo casual. La preocupación de Sturgeon, Simak y Clarke por hablarnos de una nueva humanidad, no necesariamente nacida de cambios evolutivos operados sobre el patrón que ya conocemos, es un asunto omnipresente en Magna Víbora de las Formas. Cierto es que estos cambios no son fáciles, de ahí el sufrimiento continuo de los personajes que la pueblan.

La vida y la muerte son cambio permanente, y los antihéroes de Juan Antonio dan fe de ello.

Esperan el momento de cambiar o trascender, en continua evolución, sin saber muy bien si han emprendido un camino que los llevará a la madurez, o, jugando con el título de la novela de Clarke ya citada, el fin de la infancia: buena parte de los protagonistas de este libro son niños.

También esperan la transmigración de sus almas, y su conversión en dioses o demonios, lo que sea, pero algo que les permita alcanzar el autoconocimiento, pues, en palabras de la Emperatriz: “No sabemos realmente nada de nosotras. quizás por eso cambiamos de forma constantemente, casi sin poder evitarlo”. La religión y el determinismo consecuencia de la misma son omnipresentes en Magna Víbora de las Formas, y en ocasiones parece que Dios es sólo un paso evolutivo, que está apenas un poco más allá de la condición de hombre o robot. Las dicotomías entre niño y adulto, vida y muerte, mecánico y animal, Dios e Infierno, nos vienen a hablar de lo mismo: la necesidad de trascender.

Una de estas dicotomías, la que enfrenta lo mecánico y lo animal, merece un comentario aparte. La Emperatriz asume rasgos reptilianos, a la manera del Demonio, la tentación que apartó al hombre del Paraíso. Viene de muy lejos, expulsada del infierno en que vivía, para privar a la humanidad de su planeta, su pequeño paraíso. Las imágenes animales abundan en el libro, desde las alusiones al cerebro reptiliano con que arranca la historia de Haruka hasta la telaraña de la historia de Beatriz, pasando por los personajes de la historia de Clavius, que se sienten como mariposas atrapadas en líquido de ámbar.

La otra dicotomía central de la obra está relacionada muy estrechamente con la anterior. La contraposición entre Dios y Demonio, lo divino y lo infernal, impregna casi todas las historias que componen Magna Víbora de las Formas. Las alusiones a pasajes bíblicos son constantes: todas las resonancias luciferinas del preludio, la relación entre la nave Eva y el navegante Adam (que, por otro lado, recuerda en ciertos aspectos al Solaris de Stanislaw Lem), el Evangelio sin creyentes que pretende ser la historia de Marcus, o ese Lázaro de la historia de Clavius, cuya resurrección sabemos muy bien si lo convierte en profeta o dios.

Y, por encima de todo, un concepto, casi omitido en muchos pasajes del libro, pero que a mi entender resulta fundamental para su comprensión: la música, entendida como el ritmo interno de la obra, pero también como elemento asociado a Tade, el profeta y artífice del cambio que provoca el escalón evolutivo narrado en Magna Víbora de las Formas. O, más que música, la sinestesia, la confusión de sentidos. Juan Antonio Fernández Madrigal apela a lo que está más allá de la percepción, y nos permite reelaborar la historia en nuestro interior, acaso en nuestro cerebro reptil. Sus personajes tienen que aprender a sentir, como lo hace un recién nacido en proceso de formación, pues, al fin y al cabo, eso es lo que son: seres recién nacidos a un nuevo mundo, a los que hay que explicarles el porqué de cada uno de sus sentimientos. Ese “¿Qué pasaría si existiera alguien que lo percibiera [el mundo] completamente del revés?” es el motivo central de la historia de Marcus, pero también del libro. Porque la respuesta, por evidente, nos arroja una solución que, mucho me temo, es la hipótesis central de trabajo de Juan Antonio Fernández Madrigal: lo que ocurriría sería el fin de la humanidad tal como la conocemos, y el advenimiento de una nueva humanidad. A la manera de Más que humano, sí (pues el motor del cambio serían los desheredados), pero también a las de El fin de la infancia (por el acercamiento implícito a la divinidad) o Ciudad (porque esa humanidad más que humana nacería a partir de elementos nada humanos).

Magna Víbora de las Formas es la historia de ese proceso de cambio, pero también es un conjunto de diez relatos, independientes en su origen, que conforman una de las Historias del Futuro más heterodoxas y coherentes que ha dado la ciencia ficción española, y un compendio de narraciones en las que podemos ver amores y odios, traiciones y engaños, muertes y renacimientos, dioses y monstruos, hombres y robots.

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Juan Antonio Fernández Madrigal ha escrito un libro que navega contracorriente, y que os recomiendo encarecidamente.

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lunes, 12 de noviembre de 2007

Crítica en Hélice: Parientes pobres del diablo, de Cristina Fernández Cubas


Durante las próximas actualizaciones leeréis comentarios acerca de libros de género. El primero es Parientes pobres del diablo, de Cristina Fernández Cubas, del que hablo en el recién aparecido número 6 de Hélice: Reflexiones críticas sobre ficción especulativa.
La revista cumple un año de existencia. ¡Felicidades! Es un cumpleaños que me hace mucha ilusión, porque el proyecto está consolidado, y viene a llenar un hueco completamente necesario en este mundillo. Que siga por mucho tiempo.
El aviso de Fidel Insúa en listas de correos y foros es el siguiente:

Hélice: reflexiones críticas sobre ficción especulativa lanza su sexto número con el que se cumplirá su primer año de vida. Un número muy heterogéneo que seguro será de vuestro interés.
Analizaremos en Ayer y mañana del estudio de la ciencia ficción en España la evolución de la crítica literaria fantástica española desde sus inicios hasta el momento actual, y reflexionaremos sobre su presente y futuro de la mano de Julián Díez.
En el ensayo Christopher Priest: Amores perros de Alberto Murcia descubriremos las claves comunes de toda la obra de este autor fundamental del fantástico actual.
La novela El cura de Thomas M. Disch se someterá a una crítica enfrentada entre Alberto García-Teresa y Eduardo Vaquerizo.
Además Juan Manuel Santiago nos sumergirá en la antología Parientes pobres del diablo de Cristina Fernández Cubas; Juan García Heredero nos mostrará la cara más antibelicista de Terry Prachet en su obra Voto a bríos; Julián Díez analizará El granjero de las estrellas de Robert A. Heinlein; y Fidel Insúa nos guiará a través de China Montaña Zhang de Maureen F. McHugh.

Y mi crítica del libro de Fernández Cubas empieza tal que así:

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Si, en vez de una crítica de un libro suyo, esto fuera un relato de Cristina Fernández Cubas, lo más probable sería que comenzase con una anécdota aparentemente trivial. En este caso, bien podría ser la siguiente: Un crítico de la revista Hélice acude a un hospital barcelonés para someterse a la revisión que, con carácter anual, tiene que seguir para cumplir con el protocolo médico que se le impuso al restablecerse de una delicada enfermedad. En la sala de espera, le parece ver a una renombrada autora de relatos, acaso una de sus favoritas, y, aprovechando que ella sale al descansillo para fumarse un cigarrillo, traba conversación con ella. Salen a relucir múltiples afinidades: M.R. James, la preocupación por determinadas temáticas, el máster de edición que está cursando, la revista que dirigió, proyectos y conocidos comunes. Mantienen el contacto, y, de alguna manera, ella se siente arrastrada por las descabelladas ideas de él, o él por las de ella, o ambos viven un equívoco en torno al o la doble de uno de ellos; y lo que en apariencia era una historia rutinaria termina convirtiéndose en una trama desasosegante, debido a la irrupción de un elemento sobrenatural e inexplicable que los conduce a una espiral de trastornos de personalidad, dudas sobre las identidades propia y ajena y, en resumen, un final nada acomodaticio.
Esto es lo que hubiera ocurrido en un relato de Fernández Cubas.
En la vida real, el crítico no reúne el valor necesario para abordar a la autora: dadas las circunstancias y el lugar en que se encuentran, le hubiera parecido una frivolidad de mal gusto. Además, para su vergüenza, no consigue acordarse de cómo se titula su último libro de relatos, del que hasta ahora sólo ha leído comentarios laudatorios. De modo que deja pasar la ocasión de recordarle a la escritora lo mucho que disfrutó con Los altillos de Brumal y Con Agatha en Estambul, de agradecerle historias como “Lúnula y Violeta” o “El helicón”, de pedirle algún relato para uno de los proyectos literarios en que se Fernández Cubas describe todo aquello que nos hace sentir miedo, lo conduce al terreno de lo cotidiano y nos devuelve un macabro reflejo de nosotros mismos, de lo que somos, de lo que no somos y de lo que no nos atrevemos a ser encuentra embarcado, y de equipararla a José María Merino y Pilar Pedraza en los altares de la literatura fantástica española contemporánea. Atrapado entre la duda y la timidez, deja pasar la oportunidad: lo están llamando a la consulta del médico, un argentino joven y calvo que tiene tanto de Jorge Zentner como de Julio Cortázar. Cuando sale, aliviado por las buenas noticias relativas a su revisión, la autora ya no se encuentra en la sala de espera. Y renuncia a buscarla.
No obstante, se ha creado un vínculo casi inexistente, apenas perceptible. El crítico recuerda de súbito el título del libro: Parientes pobres del diablo. Lo adquiere poco tiempo después, lo lee con el mismo deleite con el cual devoró otras obras de la escritora y, algunos meses más tarde, lo vota y defi ende ante los demás miembros del premio Xatafi -Cyberdark de la crítica de literatura fantástica. Vence en la categoría de mejor libro de ficción español.
Ésta podría ser la base de una historia de Cristina Fernández Cubas. Tan sólo faltaría enunciar un elemento fantástico, sacar a colación la temática del doble y explicitar un conflicto entre la realidad y lo misterioso. Algo en apariencia sencillo, se podría pensar, a la vista de los resultados habituales de sus recopilaciones de relatos. No obstante, no hay que llamarse a engaño: el que parezca fácil urdir un relato modélico no quiere decir que lo sea. Hay que haberse empapado de los clásicos de la novela gótica y saber combinar sus aciertos y puntos fuertes con los de los forjadores de la fi cción breve del siglo XX. Hay que saberse de memoria el itinerario que lleva desde Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant hasta Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, sin dejar de recalar en Gustavo Adolfo Bécquer y M. R. James. Leyendo los cuentos de Cristina Fernández
Cubas, y sabiendo cómo se las arregla para combinar infl uencias literarias y tomar prestados recursos narrativos, uno se sentiría tentado a escribir un ensayo acerca de la historia de la literatura de terror. Algo así como la Historia natural de los cuentos de miedo, de Rafael Llopis, o Del horror en la literatura, de H.P. Lovecraft, pero en clave de ficción. Fernández Cubas describe todo aquello que nos hace sentir miedo, lo conduce al terreno de lo cotidiano y nos devuelve un macabro reflejo de nosotros mismos, de lo que somos, de lo que no somos y de lo que no nos atrevemos a ser. Y lo hace sin grandes alharacas, inmersa en una forma de narrar sucesos cotidianos, con un estilo que llamaríamos realista si no fuera porque las convenciones y estereotipos críticos lo definen como fantástico y, por tanto, no realista. Leyendo relatos como “Los altillos de Brumal” (perteneciente a la antología homónima, 1983) o “La mujer de verde” (en Con Agatha en Estambul, 1994), encontramos el componente fantástico, fantasmagórico casi, en estado puro, sin confusión posible.
El pueblo de Brumal, en el que todo está escrito del revés, se erige en uno de lugares imaginarios más evocadores de la narrativa de terror española contemporánea. Asimismo, el retrato de Anairda/Adriana marca un hito en la historia del género. La insania, la enfermedad mental y el destino doble de los personajes duplicados perduran en la memoria del lector y, como si de sueños se tratase, acuden de manera periódica a su subconsciente, para advertirle de que no todo lo que nos es dado percibir a través de los sentidos tiene una sustancia, digamos, real.

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El resto de la crítica la podéis leer en Hélice. Y, después (o antes, como prefiráis), el resto del número, que no tiene desperdicio.

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lunes, 5 de noviembre de 2007

Ishbiliya - Hispacón 2007 (segunda parte)

Sin ánimo de hacer una crónica exhaustiva de la hispacón, he aquí las primeras impresiones, tal vez un tanto desordenadas e incoherentes.

La hispacón ha tenido algunos aspectos un tanto oscuros que hacen que no regrese con muy buenas vibraciones.

El primero, la baja asistencia, y la ausencia de grupos enteros de aficionados: no hubo nadie de Gijón ni de Santander, y se acercó muy poquita gente de Barcelona, Vitoria, Bilbao y Xatafi (sí hubo más de la TerMa). No sé si es que la fórmula no da más de sí, o que la falta de alternancia geográfica (existe una tendencia a que haya cierto equilibrio entre hispacones en el norte e hispacones en el sur) ha disuadido a los aficionados norteños, o qué, pero el caso es que ha habido pocos asistentes. Oí durante la cena que no estaría mal plantear si se pasa la hispacón a bienal, y, llegados a este punto, tal vez sea una posible solución.

El segundo, el lugar donde se ha celebrado. El pabellón de Marruecos de la Expo (actual Pabellón Hassan II) es un emplazamiento ideal, casi de cuento de las Mil y Una Noches, pero, como local para acoger una hispacón ha resultado ser un auténtico fiasco. El salón central es un ámbito ideal para dar conferencias y efectuar presentaciones, pero, para acceder a la sala de las presentaciones editoriales y el espacio de venta de libros (que terminó siendo el centro social del evento), había que entrar y salir continuamente; más que una sala de conferencias, parecía un lugar de paso. El efecto no era muy bueno.
En cuanto al comedor, situado en la planta superior, era una galería circular, lo cual dificultó enormemente la tarea de seguir la entrega de premios (los micrófonos, para mayor inri, no funcionaban como hubieran debido) e incluso el socializar con los vecinos de las mesas contiguas.
Ubicado en el antiguo recinto de la Expo, que es tanto como decir en medio de un polígono prácticamente desierto, resultaba un auténtico infierno intentar dar con una puerta de acceso (parece que todos los locales de esa zona -excepto Isla Mágica- están escondidos de una manera deliberada). Pero si entrar estaba complicado, salir era chunguísimo: con apenas una línea de autobús que lo comunicara con el centro de Sevilla (muy cercano según el plano; no tanto si tenemos en cuenta la configuración del espacio), el único recurso era encargar un taxi, gestión que podía demorarse sus buenos veinte minutos, en especial a la salida de la cena oficial. Vamos a ver: ¿a nadie se le ocurrió fletar dos autobuses que nos dejaran en la puerta del hotel oficial?

Y esto me lleva al tercer punto: la organización. Si la logística de los medios de transporte para salir de la Cartuja después de la cena fue nefasta, la cena en sí rayó en la tomadura de pelo. Anunciada como una cena andalusí (a lo que Cristina, estudiante ella de Filología Árabe, me solicitó un informe detallado, porque sentía verdadera curiosidad por lo que pudieran servirnos), consistió en berenjenas al horno, albóndigas (casi en remojo, porque muy calientes no es que estuvieran), un trocito de pastel y un cafelito. Todo ello por treinta módicos euros.
Mi problema es el que el concepto que tenía de cocina andalusí era este, y tal vez por ello no me he tomado muy a bien la estafa del sábado por la noche.
Igualmente indignante fue la ausencia de un bar en el recinto del pabellón Hassan II. O, mejor dicho, el que el viernes hubiera una barra casi improvisada (no había ni café) y la retiraran el sábado. En los informes de progresos se anunciaba que el recinto de la Cartuja contaba con algunos restaurantes, uno de ellos justo enfrente del pabellón Hassan II, y Rafa Marín dio fe de que era el típico restaurante de moda de Sevilla, en el que lo mismo podías coincidir con Manuel Chaves que con folklóricas de fuste y tronío. Pues bien, ese restaurante estaba cerrado durante el fin de semana. Así las cosas, o te ibas a Sevilla-Sevilla, o tenías que probar suerte con una cafetería ubicada a unos doscientos metros... si la pillabas abierta. El lugar estaba bien, porque los ventanales estaban cubiertos con una cascada muy artística y, dentro de la cafetería, el espectáculo de la Cartuja cubierta por las aguas nos recordaba a las hispacones de los viejos buenos tiempos, en las que tanto llovía, y tantos friquis nos congregábamos.
No, la organización no es que se luciera.

Sin embargo, los actos discurrieron sin contratiempos ni retrasos dignos de mención (sólo dos actos se retrasaron más de un cuarto de hora, y ambos por mi única y exclusiva culpa: el primero, el viernes, porque llegué echando el bofe a la Cartuja, después de perderme y acabar en la otra punta de ese Westworld con faralaes; y el segundo, el sábado por la tarde, porque me demoré demasiado con los cafés... Pido disculpas), los asistentes se pudieron acreditar sin novedad y dudo que algún inscrito pueda hacerle el menor tipo de reproche al desarrollo de los actos, el cumplimiento de los horarios y la información recibida acerca de las diferentes actividades que se estaban llevando a cabo. Creo conveniente aclarar que ello fue más mérito de la Junta de la AEFCFT que de la organización, y, de hecho, los marrones más importantes se los comieron Gabriella, Víctor, Alfonso, Raúl y Paco, que, aprovecho para decirlo, se merecen un monumento sufragado por todos los socios y asistentes, o, como mínimo, una disculpa por parte de Tres Culturas.
En particular, le mando un abrazo asín de grande a Víctor, Gabriella y Alfonso. Me ha dolido que tuvierais que hacer todo el trabajo sucio de la convención (ese "Dudo que, en ningún congreso de rabinos, los propios rabinos tengan que hacerse las acreditaciones" de Gabriella es un magnífico resumen de lo que allí pasó), que sea la segunda hispacón seguida en la que os toca pringar hasta las cejas, y, por favor, Alfonso, créeme: te merecías ese Ignotus, y eres un verdadero maestro. Así pues: un abrazo enorme para los tres.

Entrando ya en los aspectos positivos, me quedo con la buena conexión que hubo con el público en los actos en que participé.
Fue un gustazo presentar Madrid, de Daniel Mares (Parnaso), a quien hacía tiempo que no veía. Como dije en el acto, para un aficionado colchonero es todo un traguito presentar una novela protagonizada por dos Ultrasures, pero el libro es muy recomendable: tan caótico como divertido, hace honor a la fama de "artesano descuidado" de Daniel Mares, pero es un auténtico torrente de ideas y provocaciones, una especie de temporada de 24 condensada en doscientas y pico páginas.
También fue un placer presentar (y conocer, sobre todo conocer) a Juan Ramón Biedma y su novela El imán y la brújula (Ediciones B). Creo que es uno de los actos en los que me mejor me lo he pasado presentando en las ya no sé cuántas hispacones en las que he intervenido. Tan relajados estábamos que conseguimos cerrar el Pabellón Hassan II: cuando salimos, ya se había largado todo el mundo. Algo más de una hora, para una presentación que en teoría debía durar treinta minutos, y en la que nos dejamos cosas en el tintero. Repasamos la obra previa y venidera de Biedma, hablamos de esta curiosa novela de ambientación histórica sobre un excombatiente de la guerra de Marruecos que llega a Madrid para investigar el paradero de una trilogía de películas pornográficas (y en una de las cuales se produce una muerte real) y terminamos de tertulia con Elia Barceló, hablando de literatura policíaca, de cómo está el mundo editorial y de los próximos libros de Juan Ramón. Un placer, en resumen. Se echó de menos a David G. Panadero, con cuya presencia este acto hubiera sido el despiporre.
El homenaje a Stanislaw Lem fue una de las conferencias que he preparado con más cariño. Intenté alejarme del esquema de la conferencia previa, la que impartí en Barcelona a principios de 2006, y centrarla en la vida del autor polaco; para ello, hice acopio de nuevas citas, leí algunos textos autobiográficos y me noté más suelto que en la conferencia de Barcelona, que, visto lo visto, habrá que considerar como el ensayo para la de Sevilla. Aparte, no es lo mismo hablar para diez personas que para cuarenta y tantas, que se han pegado el madrugón para verte y con las que compartes la pasión por Lem. Muchas gracias a todos los que asististeis.

(Y gracias a Alfonso Merelo, por las fotos.)

La presentación de Magnífica Víbora de las Formas, de Juan Antonio Fernández Madrigal (Grupo Editorial AJEC), fue otro acto interesante. Juan Antonio tiene las ideas clarísimas, es uno de los autores más originales de la ciencia ficción española actual (como dije en la presentación, no soy capaz de sacarle parecido con ningún otro autor... y eso es algo muy difícil), ha culminado un libro (según un punto de vista, una novela; según otro, antología; en ningún caso fix-up) muy valiente e importante, y pasamos un rato muy entretenido con la presentación.
En cuanto a la charla con Rhis Hughes y su Nueva historia universal de la infamia (Bibliópolis), fue otro de esos actos exigentes, en los que echas el resto y, después de casi hora y media de desbrozar la obra y motivaciones del autor, te quedas con la impresión de que no has hecho sino empezar. Creo que debo advertirle a los asistentes que, pese a lo que pudiera parecer, se trata de un libro tremendamente divertido, tanto si has leído a Borges como si no. Tal vez nos perdimos demasiado en destacar el tropel de influencias del autor galés, y me quedo con la sensación de que ello echará para atrás a algunos potenciales lectores. Nada más lejos de la realidad: Hughes ha perpretrado un libro divertidísimo e irreverente, pero al mismo tiempo tremendamente respetuoso con sus referentes más obvios: Borges, Calvino, Queneau...
De los actos en los que no participé, poco puedo decir. Me supo fatal perderme la conferencia de Gabriella del sábado por la tarde y el programa doble de Fernando Ángel y Elia el viernes por la tarde. Sólo pude asistir a la presentación del eLibris dedicado a Ignacio Romeo (magnífica iniciativa) y a la presentación de novedades de Bibliópolis.

Otro aspecto positivo: la gente. Eché en falta a demasiados compañeros de viaje ya habituales, pero también tuve el placer de reencontrarme con buenos amigos. Me supo fatal no haber podido hablar con ellos todo lo que hubiera querido. Siento no haber tenido un huequito para tomar algo con Pily y Javi, o haberme limitado a un par de conversaciones rapidísimas con Edu y Karina. Por lo menos, pude compartir mesa y mantel con Alfredo y Raquel, departir con la gente de Zaragoza (Yago y Unai: enhorabuena por la nueva editorial Hegemón; Roberto: encantado de haberte conocido en persona, y leeré encantadísimo La marea del despertar) , ver a la gente de Valencia (Nacho IBM: suerte con esa librería), saludar a Agustín Jaureguízar, Ana Porras y más gente de la TerMa a la que no veía desde hace años...
Como he comentado, la logística de la hispacón ha dejado que desear. Teniendo en cuenta que la única manera de salir de la Cartuja por la noche era yendo en taxi, y el proceso de evacuación llevaba un tiempo, resultó especialmente complicado realizar cenas multitudinarias.
Hubo una gran atomización: apenas veías grupos de más de diez personas. Así pues, las reuniones se redujeron a cenitas o copas de última hora en círculos reducidos, lo que permite disfrutar más de la conversación. El viernes, tomando tapitas y cervecitas con Rafa Marín, Ángel Torres Quesada, Juanmi Aguilera, Elia Barceló, José Joaquín Moreno y Juan Díaz Olmedo, y continuándola después con los mismos sospechosos habituales (excepto Ángel y Juan) en el bar del hotel, donde se nos sumaron Javier Negrete y la delegación de la TerMa.
El sábado pude hablar con Fernando Ángel Moreno, en el desayuno y de camino a la Cartuja. El almuerzo, con Elia Barceló y Juan Díaz Olmedo, que nos hizo de insuperable guía por el barrio de Santa Cruz y una suerte de ruta del Don Juan Tenorio. La conversación sobre baloncesto que tuvimos Alfredo, Raquel, Víctor y César Higuero, impagable. La cena, con Alfredo Álamo y Raquel. La copita en el hotel, con Elia, Juanmi, Rafa, Fernando Ángel, Eduardo Vaquerizo y Nati.
Luego está la gente con la que apenas pude hablar más que de refilón, o los que no estuvieron. Me hubiera encantado compartir mesa y mantel con (y cito a los no barceloneses, porque a los de aquí los puedo ver con más frecuencia) Rudy, Felicidad, Javi Cuevas, Germán, Nacho Illarregui, Lessa, Marc Soto, Cotrina, Alberto García-Teresa, Julián, Fidel, Arturo, Manu, Nimrodelisa / Zapardiel, David Mateo / Tobías Grumm, Santi Eximeno, Pablo Herranz, Sergio, Joan Antoni, Víctor Ánchel, Marisa, Panadero, Sherezade, Joaquín Moreno y tantos otros... Gente que, en un momento u otro, han sido parte de la fiesta, por no decir el alma de la misma, y que ahora no asisten a hispacones, bien porque no pueden asistir, bien porque ya no les motiva... Y aquí retomo el discurso pesimista con el que empezaba. ¿Realmente está agotándose la fórmula? Es probable.

Con todo, me quedo con los que para mí han sido los tres momentos culminantes de esta hispacón: el salir a recoger el merecidísimo premio Ignotus de Bernardo Fernández, BEF, por su novela corta "Gel azul", que me emocionó tanto que casi se me quiebra la voz (aunque esto fue difícil de apreciar, dados los problemas con el sonido del micrófono); el momento casi porno de alegría que protagonizaron Gabriella y Víctor al recibir el Ignotus a la mejor revista por Vórtice en Línea; y, sobre todo, la entrega del premio Gabriel a la labor de una vida, que ganó una sorprendidísima Elia Barceló. Su discurso fue tan espontáneo (no sabía que iba a ganar) como tierno (ella es así), con el añadido de que se había despistado en el momento en que la llamaron para subir a recoger el monolito y, por tanto, no sabía qué premio le habían dado.

El listado de ganadores es el siguiente:

MEJOR NOVELA

Juglar, de Rafael Marín (Minotauro)

MEJOR NOVELA CORTA

"Gel azul", de Bernardo Fernández (Ediciones Parnaso)

MEJOR RELATO

"Son de piedra", de Rafael Marín (Artifex, Bibliópolis)

MEJOR ARTICULO

"Ciencia ficción ¿Qué es?", de Alfonso Merelo (librodenotas.com)


MEJOR LIBRO DE ENSAYO

El universo de la ciencia ficción, de Sergio Gaut vel Hartman (Círculo Latino)



MEJOR ANTOLOGÍA

Axiomático, de Greg Egan (AJEC)

MEJOR ILUSTRACION

Portada de FACTOR PSI, de Alfonso Seijas (Silente)

MEJOR PRODUCCION AUDIOVISUAL

El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro (Cine)

MEJOR TEBEO

“La legión del espacio” - Alfredo Álamo-Fedde (http://www.legiondelespacio.com/)

MEJOR OBRA POETICA

"Poe", de Alfredo Álamo (Vórtice en línea, Parnaso)

MEJOR REVISTA

Vórtice en línea (Ediciones Parnaso: http://vortice.elparnaso.com/html/main_fset.html)





MEJOR NOVELA EXTRANJERA

Leyes de mercado, de Richard Morgan (Gigamesh)

MEJOR CUENTO EXTRANJERO

"Aprendiendo a ser yo", de Greg Egan (AXIOMÁTICO, AJEC)

MEJOR SITIO WEB

El sitio de Ciencia Ficción, de Fco. José Suñer Iglesias (www.ciencia-ficcion.com)

Así que aprovecho para felicitar a todos los ganadores.

Como digo, y ya a modo de resumen, vuelvo de la hispacón contento, por haber vuelto a ver a la peña; triste, por haber echado en falta a tantos amigos; indignado, por el trabajazo extra que han tenido que realizar Víctor, Gabriella y Alfonso; y cansado, por el palizón que me he pegado durante estos días. Otro elemento positivo: es la primera vez que hablo tanto en una hispacón y no vuelvo afónico.
Nos vemos, o no, en Almería.

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