viernes, 29 de junio de 2007

Ideas de negocio

Una de las expresiones más utilizadas durante los últimos días del máster ha sido «hacer la reflexión». Ayer, en la puesta en común final entre profesores y alumnos, convinimos en que pararse a reflexionar no es frecuente en el sector editorial (ni en la empresa, en un sentido amplio), y la reflexión y la coherencia, bienes escasos en general, son muy necesarios en las editoriales.
Dicho esto, nuestra última reflexión, realizada mientras andábamos de cabeza durante toda la semana debido a la proximidad de la fecha de entrega de los proyectos, nos lleva a una idea insistente, que tiene que ver con todos esos conceptos que hemos visto a lo largo del año, tanto en clase (coherencia, coordinación, tiempo, dinero, futuro, tendencias, ilusión, imaginación) como fuera de ella (multitareas, proactividad, sinergias y externalización de servicios).
Y esta idea no es otra que montar una editorial. Por supuesto, no lo vamos a hacer (aunque igual a mí me subvencionan, por aquello de las primas a desempleados que se hacen autónomos), pero la idea de negocio está ahí, y la comparto con vosotros, por si alguien le pudiera sacar algún provecho. Además, predigo que puede ser el inicio de una nueva tendencia en el sector.
Nuestra editorial se llamaría BECARI LLIBRES (Bodoni Books es demasiado autorreferencial), y estaría compuesta íntegramente por becarios, como se corresponde con la realidad actual del sector. ¿Todos becarios? En realidad, no. Teníamos la duda de qué hacer con el personal de limpieza, pero finalmente nos decantaríamos por buscarlos a través de subcontratas: garantizan mejor servicio.
El director general sería un becario del ESADE, huelga decirlo. En seis meses tendría tiempo suficiente para poner en marcha el proyecto, garantizar su viabilidad económica y prever eventuales cambios de orientación del negocio, por ejemplo la importación-exportación de chorizos culares. Nadie notaría la diferencia en la cuenta de explotación.
El encargado de producción podría salir de las prácticas que proporcionan las escuelas de formación reglada, o bien los cursos para desempleados. Como la producción es la tarea más fácil de externalizar, se limitaría a saber distinguir los tipos básicos de papel, tener cierta idea de manejo de hojas Excel y hacerle de vez en cuando preguntas inteligentes al impresor con el que trabajemos. Del palo: «Pero te asegurarás de que el papel no vaya a contrafibra, ¿verdad?» o «¿Qué me aconsejas, un papel de mano 1,25 o de una mano mayor?». De nuevo, nadie notaría la diferencia.
El departamento de contabilidad se puede reclutar sin problemas en cualquier módulo de FPII. Con tener rudimentos de Contaplús vamos que chutamos, y total, seríamos becarios, por lo que el cálculo de nóminas y facturas se simplificaría al máximo.
Las traducciones no supondrían el menor problema: podrían realizarlas alumnos de último curso de Filología, por la cara o bien pagando tarifas de becario. 3 euros la página, y para de contar. Por supuesto, tres o más traductores como mínimo, a razón de 100 páginas por traductor, no vayan a no tener tiempo para estudiar los exámenes finales y la beca termine resultándoles contraproducente. En un momento dado, y para abaratar costes, se podrían editar directamente las pruebas de traducción que recibiríamos de los aspirantes que nos enviasen sus C.V. Con darle una pequeña corrección de estilo, nadie notaría las incoherencias.
Los correctores saldrían de academias especializadas y cursos del gremio. Al trabajar para nosotros bajo la modalidad de prácticas, tampoco les pagaríamos las tarifas habituales en el sector.
El departamento editorial se podría reducir a un becario diseñador, encargado del diseño básico y del mantenimiento de los programas del paquete Acrobat (sin licencia, huelga decirlo), y un becario maquetador.
La adquisición de derechos no debería ser problema, y de hecho se podría prescindir tranquilamente del departamento y dejarle la responsabilidad a los editores concretos de cada título (pues cada becario editor trabajaría en proyectos concretos, al margen del resto de títulos de la editorial), así como al director general y los becarios de secretariado. La idea sería publicar títulos libres de derechos (por ejemplo, El hombre que fue Jueves, de Chesterton), o con algún tipo de licencia Creative Commons que saliese lo más baratito posible (se podría demostrar la ausencia de ánimo de lucro), o bien utilizar como equipo de redacción a los propios miembros de la editorial, con lo que todos los gastos se imputarían a la estructura interna de la editorial y no habría que soltar ni un pavo en concepto de derechos. Para los libros ilustrados, habría un becario encargado de bajárselas de Internet, y el trámite del pago a la Vegap se podría obviar, o dejárselo al director general o al becario encargado de cada proyecto. En cuanto a los autores espontáneos, se les podría liar para trabajar bajo la modalidad de joint venture, de modo que no hubiese que pagarles derechos si el libro funcionase medio mal.
Las escuelas de informática se dan de leches por colocar a sus alumnos en prácticas gratuitas en empresas, así que no tendríamos problema en este aspecto.
En cuanto a las estrategias de mercadotecnia y comunicación, optaríamos por cosas sencillitas, márketing viral o de guerrilla, y no nos gastaríamos ni un euro. Con hacer un brainstorming de vez en cuando y rellenar un DAFO por proyecto, daríamos el pego.
Las escuelas de secretariado también se esmerarían en enviarnos gente preparada para llevar el asunto de la atención telefónica y las llamadas implorantes a imprentas, agencias literarias, distribuidoras y librerías. Con sus miradas de Gatito con Botas, se harían cargo de que somos una editorial joven, que estamos empezando, y nos perdonarían nuestras cantadas, a la par que nos proporcionarían consejos valiosos de cara al futuro.
Como los eventos abundan en Barcelona, también solucionaríamos el asunto del cátering y la alimentación. Un par de presentaciones semanales, y mataríamos dos pájaros de un tiro: la presencia y la cena.
Para los envíos y notas de prensa, no habría problema: las harían los becarios de los medios de comunicación correspondientes. Nos fiaríamos de su capacidad creativa.
Por supuesto, todos trabajaríamos desde nuestros respectivos domicilios, y estaríamos conectados permanentemente a través del Messenger o el Google Talk, para resolver cualquier eventualidad o problema de coordinación. No necesitaríamos sala de juntas para las reuniones del comité editorial: con tener localizados un par de bares chinogalaicos, ya tendríamos solucionada esa contingencia.
Para reuniones con posibles clientes, pues nos lo jugaríamos a suertes: ¿Quién tiene la casa más vistosa o presentable?, o bien (póngase mirada de Gatito con Botas): «Abuelita, ¿me puedes prestar el salón de tu casa durante esta tarde?». Ni que decir tiene que ganaríamos puntos si la abuelita viviera en Sarriá o el Eixample. Total, ya nos prestaba la casa cuando montábamos la timba de póker o la partida de rol...
Como digo, nadie, absolutamente nadie notaría la diferencia con respecto a una editorial normal.
Como me lo piense dos veces, soy capaz de tomarme la idea en serio.

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miércoles, 27 de junio de 2007

Momentos Editrain

El máster se acaba, es harto probable que por primera vez en mucho tiempo consiga entregar algo (el proyecto final) en plazo (el viernes), y a partir de la semana que viene tendré las tardes libres para darle unos empujoncitos a ese cúmulo de tareas pendientes que he ido arrinconando durante el año y que ya no pueden esperar más: prólogos, artículos, críticas, antologías, ensayos y algo de ficción propia. Así que Luis, Raúl, Juan Antonio, Rudy, Blanca, Fernando Ángel, Alberto, David/Tobías y Nacho estarán de suerte durante el mes de julio. Perdón por los atrasos continuos.

Las prácticas también se están acabando. Apenas faltan dos semanas.

A partir de mediados de julio, por tanto, seré un desocupado más (que no desempleado: ya lo soy desde hace casi un año).

Todavía es pronto para decir si el máster me ha abierto perspectivas laborales o no. El sector editorial está en recesión, la búsqueda de empleo me ha deparado algún que otro chasco de dimensiones monumentales (planetarias, diría yo), no me salen las cuentas para hacerme autónomo y durante el verano apenas saldrán ofertas de empleo, pero en términos generales creo que he aprovechado el año y el máster (así como el curso de producción editorial que estuve simultaneando hasta que me surgieron las prácticas) y salgo con algún proyectillo y alguna colaboración externa debajo del brazo. Ahora sé el porqué de algunas tareas que antes hacía porque sí. He aprendido de algunos fallos anteriores. Y, oh desgracia, he ahondado en otros. Ha sido un año lleno de cambios, y salgo de él más sabio y, creo, más preparado, pero, en el plano profesional, básicamente continúo donde estaba hace once meses y pico. (Qué reflexión más lampedusiana me ha salido: ya se sabe, a veces tiene que cambiar todo para que todo siga igual.)

También salgo con la impresión de que, en lo personal, apuntarme al máster fue una gran idea. Ha salido un grupo muy interesante y variopinto de gente que vive por, para y (en muchos casos) de los libros. Nos une el punto lletraferit, pero también el hablar por los codos en los descansos, el intervenir sin complejos en clase (supongo que hemos debido de ser la pesadilla de algunos profesores, aunque en general se nota que se lo han pasado muy bien con nosotros) y el haber sido una auténtica máquina generadora de anécdotas. Voy a echarlos de menos a todos, y sé que de aquí saldrán algunas buenas amistades y, por qué no, proyectos profesionales. Otro tanto digo del curso de producción editorial, donde he conocido a gente como Santy o Joan Anton, pero se me quedan clavadas dos espinitas: la mala organización y el haberlo dejado a medias para poder comenzar las prácticas. No se puede tener todo.

Como digo, el máster ha sido pródigo en anécdotas y frases lapidarias. Como sé que a la mayoría de los lectores les van a sonar a chino, por resultar excesivamente autorreferenciales, pongo sólo tres ejemplos:

«Porque todo el mundo tiene un queso en la nevera.»
(María José, en un ejercicio práctico de márketing, intentando vender un libro de quesos que publica la editorial en la que trabaja.)

«Todos los gatos caen de pie... excepto si les untas la espalda de mantequilla.»
(Alberto, en un intento de conciliar las leyes de Murphy con el refranero popular.)


GERARDO NAHM: Están cerrando muchas librerías.
MERCEDES: Es verdad. Recuerdo una de las principales librerías religiosas de Barcelona, que ahora es un centro de Corporación Dermoestética.
JUANMA: Bueno, tanto la una como la otra prometen una vida mejor.

De verdad que voy a echar de menos a Alberto, Anna, Arnau, Bibiana, Colo, Deborah, Irene, Isabel, Jordi, María José, Mercedes, Mónica, Olga, Valentina y Yadira. He aprendido mucho de y con ellos, y me lo he pasado genial. También hemos tenido profesores del copón, como Paco García Lorenzana, Winfried Bährle, Chus Pérez, Andreu Dória, Paco Martínez, Esther Franch o Marta Prat. Y conferencias excepcionales, como las de Ricard Ruiz y Jorge Herralde. Y a Jordi Nadal.

¿Se puede pedir algo más? Aparte de salir con trabajo, se entiende.



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viernes, 22 de junio de 2007

El callejón de los milagros

Como ya expliqué en cierta ocasión, para llegar a casa de Cristina puedo ir por el camino más fácil (Arizala hasta la carretera de Sants y, una vez allí, desviarme hasta llegar a su calle) o bien ir por un atajo que no está exento de riesgos: demasiados callejones y recodos, que aprovechan los yonquis para pincharse, los okupas para encontrar sus últimos oasis urbanos, las niñas para ensayar coreografías musicales y las pandillas para acechar a los incautos mientras hacen como que juegan al fútbol. Esa zona del barrio no termina de ser segura, y, para nuestro gusto, se está echando a perder un poco más, si cabe. A nadie le gusta vivir en un piso bajo y encontrarse con una jeringuilla usada en el quicio de la ventana. Cosa que nos ocurrió no hace mucho.
No obstante, los vecinos ejercen ciertos vínculos de solidaridad no exenta de sentido del humor. Al callejón infecto que comunica el final de las calles Miguel Ángel y Carreró de les Ànimes con la calle de Cristina lo han bautizado como Ronda de la Cagarada (creo que no hace falta traducirlo), e incluso han plantado una placa, del mismo modelo que las que emplea el ayuntamiento para señalar los nombres de las vías urbanas barcelonesas. Este pasadizo estrecho, de apenas un metro de anchura, es todo lo que queda de una vía de servidumbre que la constructora de la casa de Cristina redujo hasta su mínima expresión cuando se lanzó a edificar la que sigue siendo única construcción de obra nueva de la calle. No por mucho tiempo, ya que esta zona del barrio está sufriendo una transformación a marchas forzadas. Ya sólo queda una casa okupa en la calle, pues las otras que había están siendo reformadas (por lo que se ve desde el exterior, para convertirlas en lofts de un solo ambiente para singles, o ideales para parejas). Por otro lado, los gatos se han adueñado de la línea casi continua que comunica el solar que hay frente a la casa de Cristina con las dos fincas de la calle de al lado. Son unas obras que ponen en pie al barrio, quieras o no, a las ocho de la mañana. Las excavadoras y camionetas irrumpen mientras desayunamos, jugando a una suerte de ruleta rusa que consiste en ver quién apura más al dar la vuelta sin llevarse por delante la pared del dormitorio. De momento, vamos ganando.
Con todo, el verdadero peligro que atenaza a la calle no es un posible accidente de tráfico, sino la certeza de que algún día, antes de que concluyan las obras, se vengan abajo todos los cables de la electricidad y la línea telefónica, que antes se sustentaban en los edificios demolidos y que ahora, producto de un milagro aparente, parecen flotar en el aire. Un mal paso de una excavadora, una vibración de más, y salimos en las noticias. No porque se produzcan desgracias personales, sino por la posibilidad de que medio barrio se quede a oscuras.
La calle de atrás finaliza bruscamente por obra y gracia de una tapia, que en condiciones normales comunicaría con el taller de reparación de aluminosis de la calle Fisas y el final de la calle Miguel Ángel. En lugar de ello, la tapia acoge los límites de un aparcamiento improvisado, donde, como ya he dicho, las quinceañeras se afanan en buscar sus factores equis, mientras los curritos de la fábrica emprenden una caravana de regreso a sus casas; en poco tiempo, cuando ha desaparecido el último coche de la fábrica, le echan el cierre al aparcamiento, y el callejón que comunica el Carreró de les Ànimes y el final de Miguel Ángel con la Ronda de la Cagarada se erige en una triste vía de paso, apenas transitada por algún vecino expuesto a que las palomas hagan de las suyas.
O por la fauna nocturna del barrio.
Llegado el atardecer, cierran la fábrica, se detiene la obra, y los vecinos de toda la vida se adueñan de la calle de atrás. Forman su tertulia improvisada al pie de la ventana del dormitorio de Cristina.
Está el vecino chillón, de voz desagradable, que es el mismo que, con modales ciertamente mafiosos, decide qué vehículos pueden aparcar ahí y cuáles no.
Tenemos al otro vecino, el que se pasaba todo el santo día peleándose con su pareja, aunque llevan una temporada muy bien avenidos; pese a ello, él cede a la tentación de salir a hacer corrillo con sus amiguetes.
También hay niños. Jennifer es un puñetero desastre, no para de gritar, y su abuela es peor.
No podía faltar el vecino que tiene la moto aparcada justo debajo del dormitorio, y que al arrancarla nos advierte, sin saberlo, para que vayamos desperezándonos y el sonido del despertador no nos saque del séptimo sueño.
Y los parroquianos del bar Manolo de al lado. Aún no hemos puesto el pie en el bar, pero su fauna parece de raigambre en el barrio, santencs de un par de generaciones como mínimo. Un individuo con muy mala pinta, al que a veces confundo con el cojo yonqui del barrio (que tiene peor pinta aún) y que debe de ser su hermano, su primo o su álter ego, una especie de Doctor Garrafón y Míster Okupa que, no obstante, no alcanza a turbar la paz de la calle.
Al cojo lo llamo cojo porque el año pasado cojeaba y se arrastraba sobre una muleta cuyo ruido, inconfundible, nos advertía de su presencia. Ya no la lleva, motivo por el que no lo veo aparecer cuando surge de la nave abandonada que hay en la calle Fisas, frente al taller de reparación de aluminosis, y que, según mis cálculos, se extiende casi hasta la calle Roger.
Hace dos semanas debió de haber algún mogollón, porque vimos cómo un coche de la policía se estacionaba en la confluencia entre la calle de Cristina y la calle de atrás. A la media hora, apareció una ambulancia. No oímos ningún grito, así que excluimos la posibilidad de que se tratara de un robo o una agresión. Hace siete u ocho meses nos despertó un grito desgarrado de mujer, un “Asesinoooos” que aún no se me ha olvidado. Tal vez fuera un intento de robo o de violación.
Por lo demás, el barrio es tranquilo, aunque la proximidad de las fiestas de San Juan lo tiene revolucionado, por culpa de los niños que, muchas veces jaleados o incluso asistidos por sus padres, hacen reventar petardos a altas horas de la noche.
Aunque, de vez en cuando, hay algún robo.
Nos ha vuelto a fallar un profesor del máster, con lo que la clase no se celebra y puedo ir a recoger a Cristina a la salida del trabajo. Nos acercamos por la dietética, para comprar leche de avena, o tal vez nos pasamos por el Caprabo de L’Illa, para comprar cosas ricas para la cena casera del viernes.
Doblamos por la placita que hay en Badal y entramos en la calle de atrás. Nos acojonamos por la cantidad de volquetes, camiones y excavadoras que caben en un solar tan pequeño. El gato rubio nos devuelve la mirada, expectante ante la posibilidad de que mi “Ps ps pssss” se traduzca en comida; como ve que es simplemente para vacilar, aparta la mirada con ese desdén que –de entre todos los seres no humanos- sólo los gatos saben convertir en un arte.
Nos aproximamos a casa de Cristina. De la Ronda de la Cagarada surge un chaval de unos veintipocos años, de estética marcadamente perroflauta. Lleva un bolso en la mano.
-¿Sabéis dónde hay una comisaría por aquí cerca? Me he encontrado esto en el callejón.
Procedemos a un escrutinio rutinario del bolso. Como era de esperar, no hay documentación ni monedero, ni nada que permita identificar a la propietaria, excepto un volante para el médico de cabecera.
-Pues tendrías que irte a la comisaría de los Mossos, que está detrás de L’Illa.
Alza las cejas, sin perder el gesto de bonhomía:
-Pero eso está muy lejos.
-O eso, o irte a la comisaría de Gran Vía con Rocafort.
-Pero está más lejos –tercia Cristina-. También puedes ir a la junta de distrito, que está en Creu Coberta.
Una señora se nos acerca, mira el bolso de refilón y se aleja por la Ronda de la Cagarada.
El chico está un poco asustado por lo que le estamos contando: todas las comisarías le parecen muy lejanas.
-También puedes ir a la Guardia Civil –le indica Cristina.
-Está en la entrada de la Avenida de Madrid, casi haciendo esquina con la Carretera de Sants.
Lo sé porque está justo a medio camino entre mi antigua casa y la actual. Es uno de los motivos por los que siempre voy tranquilo por el barrio: si alguien me empieza a dar el coñazo, no va armado y tengo capacidad de reacción, sé que puedo ir acercándome al cuartelillo y quedarme ahí parado hasta que desista.
Comentamos lo mal que está el barrio. No parece que el chico sea de por aquí, aunque sus motivos tendría para cortar por el callejón: es un atajo muy poco frecuentado, que requiere conocer de verdad la zona.
Conforme pasa el tiempo, el chico está cada vez más convencido de ir con el bolso a la comisaría de los Mossos que hay en Travessera de Corts, detrás de L’Illa. Está bastante lejos y para él supone dar media vuelta, pero es casi la mejor solución.
Un señor de unos cincuenta años se materializa ante nosotros y mira al chico con cara de auténtica mala hostia. Como nos ve hablando tranquilamente, y en nuestra conversación estamos sacando a colación a los mossos y la policía, se tranquiliza.
-¿Dónde habéis encontrado ese bolso? –nos pregunta.
-Tirado, en el callejón –responde el chico.
-Es de mi vecina. La acaban de atracar.
Joder.
La mujer, anciana, vive en la calle Miguel Ángel, que es la más concurrida y ancha de la zona. Dos chicos han entrado con ella al portal, y allí le han robado el bolso. A continuación, han salido corriendo por el callejón. La peluquera (que tal vez sea la señora que nos ha mirado de reojo hace un rato) lo ha visto allí, y ha avisado al vecino.
-Pues no tiene documentación ni nada.
-Seguro que se las han llevado.
-Lo que sí han dejado son papeles del ambulatorio.
-Pues vaya.
Y seguimos quejándonos de cómo está el barrio. Aunque no parece que estos sean residentes, lo cierto es que deben de conocer bien la zona, si son capaces de meterse por esas callejuelas con la certeza de que van a salir bien parados.
Dicho eso, el señor se lleva el bolso, y el chico se va, no sé hasta qué punto frustrado por no haber podido culminar su buena acción del día. Nos despedimos, no sin antes dejarle caer que ha estado cojonudo por su parte, y que ojalá todo el mundo se comportara igual que él. Tampoco es que sirva de mucho cuando te han robado, pero ayuda saber que hay gente que se preocupa por los demás.

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miércoles, 20 de junio de 2007

El eterno femenino

No, no he titulado así esta entrada para reivindicar el maravilloso disco homónimo de La Mode, aunque estoy tentado.
El caso es que Paula me ha enviado esta joyita vía Youtube. En el presente vídeo te explican la historia del retrato femenino, desde Boticelli hasta Picasso, con todo un derroche de sentido y sensibilidad. Aquí es donde se ve dónde está la verdadera creatividad: con pocos medios, una pizca de infografía (el Morphing está muy bien empleado), una banda sonora sencilla pero sugerente y mucho, mucho arte.

Disfrutadlo, porque merece la pena.

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lunes, 18 de junio de 2007

Culto al cuerpo

Una de las grandes novedades del pasado fin de semana, aparte de conocer al nuevo miembro de la familia de los canarios de los padres de Cristina (que ha tenido como nombres provisionales Morfeo y Rantamplán, aunque en otra entrada desvelaré cuál es su nombre definitivo), estriba en que regresé a la playa, después de casi un año, y tomé el sol... ¡sin quemarme!
No obstante, no hay que cantar victoria. La piel se me puso de color rosa salsa de cóctel, pese a que nos estuvo lloviendo, el sol apenas lució, no estuvimos ni una hora bronceándonos y me puse mi cremita de factor de protección 60. Como dice Natxo: la próxima vez me pondré la burka para ir a la playa.
Además, destacábamos sobremanera, tres bañistas blanquiiitos, como si fuéramos unos góticos cualesquiera.
Había otro elemento que hacía que destacáramos: durante un buen rato, Eva, Cristina y yo fuimos los únicos que nos estábamos bañando en toda la playa. Después, ni eso: un par de niños alemanes haciendo el tonto en la misma orilla, un par de socorristas argentinos empeñados en convertir Pals en un remedo de Los vigilantes de la playa, un nudista bien entrado en años y carnes, una chica que se tumbó en la orilla a leer un libro, y poco más.
Molan los días playeros sin turistas. Por lo demás, Pals es una playa paradisíaca (para lo que es España, se entiende), apenas a cinco kilómetros de L'Estartit y las islas Medas, ubicada donde antaño estuviera emplazada la antena de Radio Liberty. Ver la playa vacía, un fin de semana de mediados de junio, era todo un lujo, y lo aprovechamos en consecuencia.
Por otro lado, ¡qué fría estaba el agua, copón!
Pero la cosa no queda ahí. Los cuatro chapuzones que me metí no fueron el único ejercicio que realicé durante el fin de semana. Sin que sirva de precedente, el sábado por la noche y el domingo por la tarde quemé calorías sustituyendo mi sillón-ball habitual por otros deportes más arriesgados: el béisbol, los bolos, el boxeo y el tenis.
Por supuesto, en la Wii de Alonso, el hermano de Cristina.
¿O de verdad os habíais creído que me dediqué a hacer ejercicio del bueno? No me conocéis, no.
El caso es que Cristina estuvo inspiradísima creando mi avatar. Creo que me calca.
Una vez creados los avatares, nos dedicamos a jugar al béisbol (puede que Pep y Juanma lo entiendan; pero yo no) y al tenis. No gané ningún juego, pero tuve un par de detalles de cierta calidad, con un resto bastante afortunado y un paralelo ajustadísimo que entró y me salvó de que me dejaran en blanco en el segundo juego.
Me fue algo mejor jugando a los bolos. No llegué a hacer un doble pleno, como Cristina, pero es lo que menos mal se me dio.
Sin embargo, en boxeo no di ni una. Pasé de combatir; pero en los ejercicios de gimnasio sufrí para cargarme algún punch, y sufrí una tormenta de bolas de las que hacen época. No así Alonso, muy bien entrenado, ni Cristina, pura fuerza, que dejó KO a todos sus contrincantes (el más correoso le duró hasta la mitad del segundo asalto: creíamos que el combate no iba a terminar jamás) y aprovechó para destrozar unos cuantos sacos y, de paso, partirle en repetidas ocasiones la cara y el hígado al entrenador. Penaliza, de acuerdo, pero ¿y lo a gusto que se queda una?, ¿eh?
Empezaré a entrenarme para el próximo finde que suba a Girona. Tanto frenesí deportivo no puede ser bueno para la salud. He oído que hay usuarios de la Wii que están adelgazando, de hacer tanto ejercicio. ¿Asistimos, pues, al fin del prototipo de friqui tal como lo conocemos? ¿Pasaremos de ser gorditos con gafas, perilla y camisetas negras a ser auténticos cuerpos de escándalo, apolíneos, operados de miopía, depilados como buenos metrosexuales y portadores de calentadores rosas y camisetas blancas sin mangas? ¿Se pondrán de moda Ghost in the Shell y Philip K. Dick en los gimnasios? ¿Forrarán las mancuernas con ilustraciones de Dave McKean? No me extrañaría lo más mínimo, aunque me resisto a convertirme en uno de ellos. Soy leyenda.
Dejo para el final mi nuevo fondo de pantalla del teléfono móvil. Como digo, Cristina me calcó.

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viernes, 15 de junio de 2007

Heridas y cicatrices (IV): Más quemado que el palo de un churrero (Cuarta parte)

Llego a Madrid, a una casa vacía que tal vez tengamos que vender dentro de unos meses, si se confirman las últimas noticias que nos ofrecen los médicos. Tengo que hablar con Pablo y Enrique acerca de la clínica en la que realizan tomografías de emisión de positrones (PET), y de cómo pagarla. Sería lo más fiable, y en cuanto podamos nos llevaremos unos días a nuestra madre, a Madrid. No sabemos cómo planteárselo, porque no sabe nada. En principio, optamos por contarle que es una prueba más de la revisión por su operación del aneurisma, que es lo que le dijimos en su momento: sabe demasiado de medicina (ayudó a mi padre cuando tenía la consulta en casa) y no fue fácil dar con una explicación convincente que omitiera la verdadera causa de su dolencia.
Estamos desorientados. Mi hermana María nos cuenta que mamá está bien, y que nada parece indicar el poco tiempo que le queda.
Y ella me va a ver convertido en una gasa andante.
No quedo con nadie, porque no tengo fuerzas ni me apetece mostrarme en público en ese estado.
El jueves voy al hospital Gómez Ulla, a pasar la revisión. Llevo apenas un año con revisiones semestrales; hasta mediados del 2002, las revisiones habían sido trimestrales. Fue otro de los motivos para irme a vivir en Barcelona: si aún hubiera tenido las revisiones trimestrales, me lo habría pensado mucho.
Me acompaña mi padre, que ha sido profesor de Psiquiatría en la escuela de médicos militares, y entra por todos los servicios como Pedro por su casa: casi todos los jefes de servicio han sido alumnos suyos. Muchas veces es un problema, por aquello de la mala prensa que acompaña al llamado Síndrome del Recomendado; pero, en casos como este, pese a que tengo cita previa y en principio no debería recurrir a sus favores, lo cierto es que no me quejo.
El radiólogo es como de la familia: lo tuve mareado durante el mes que tardaron en diagnosticarme el linfoma. Casi todos los días me bajaban para realizarme una nueva TAC. Me pinchaban con una aguja enorme, que parecía la que Pulp Fiction para inyectarle adrenalina a Uma Thurman, pero no servía de nada. Para él, supongo que mi caso era un reto: los síntomas estaban clarísimos, pero la infección era tan grande que no había manera de confirmar el diagnóstico. Un remanso de tesón, lógica y capacidad de superación en una profesión estresante:
-Todos los días me voy a casa convencido de que he matado a algún paciente en la radioterapia –le llegó a confesar a mi madre, mientras esperaba a que me hicieran una prueba.
Y ahora estábamos pensando si radiar a mi madre.
La revisión es un puro formalismo, porque no existe el menor indicio de recidiva. Pero hay que pasarla: es parte del protocolo. Como suelo hacer desde que vivo en Barcelona, dedico la mañana a hacerme todas las pruebas. Me presento a primerísima hora en la puerta del laboratorio, espero paciente a que me extraigan tooodas las muestras de sangre que quieran, acompaño a mi padre a desayunar (yo sigo en ayunas) y bajamos juntos a Radiología. Estoy aterrado:
-¿No influirá esto –le muestro el corsé de gasas y vendas- en la prueba? ¿Me la podrán hacer igualmente?
Me acojona la idea de tener que volver a Madrid dentro de uno, dos o los meses que tarden en volver a darme hora para una nueva TAC.
-En absoluto. Puedes hacerte la TAC.
Me trago los dos vasos llenos de ese contraste de yodo que me sienta como si llevara horas lamiendo paredes mentoladas. Cuando me inyectan otro contraste por vía intravenosa y paso bajo la máquina, esa sensación de calor incontrolable, de rubor instantáneo, me resulta más llevadera: no podrá superar la quemazón que me atenaza por dentro, ni las quemaduras que han arrasado mi piel.
Cuando termino en Radiología, voy con mi padre a Urgencias. Con su sempiterno “Soy de la casa”, entra en un box, y no tarda en aparecer con un médico. Le explicamos la situación, y la necesidad de que me practiquen curas diarias.
-¡Jooodeeer! ¡Qué obra de arte, colega! –exclama el médico, en cuanto ve mi corsé de gasas y vendas.
Mientras tanto, se han ido congregando algunos curiosos, que, en efecto, admiran la plasticidad y el virtuosismo de mi cura.
-Me lo hicieron en Vall d’Hebron.
-Pues has ido a parar a la mejor unidad de Quemados de España.
A continuación, empiezan a practicarme una nueva cura. Les explico cómo me hice las quemaduras.
-Pero a ver –me interrumpe-. ¿Nunca te han explicado que el sol pica todo el año, no sólo en agosto?
-Lo séee –respondo, con la desgana del que siempre escucha la misma bronca.
Terminan la cura, no sin antes darme una palmadita en la espalda, un acto puramente reflejo que, no obstante, me deja muy escocido. Podría haberle dado un patadón en todos los cojones y luego decir que total, era otro acto reflejo, pero decido tener la fiesta en paz.
-Vuelve mañana, pero a Dermatología.
Y le da indicaciones a mi padre. Que no conoce al jefe de servicio, pero da lo mismo.
-Muy buenos días. Soy de la casa –dice, el viernes por la mañana, en cuanto pone el pie en la consulta de Dermatología. Lo dejo un rato con la enfermera, y no tardan en llamarme a un despacho. Me recibe el jefe de Derma. Le explico cómo me hice las quemaduras, mientras me quito la camisa. Como voy con bermudas (algo manchadas de amarillo, a estas alturas), no necesito quedarme en calzoncillos.
-Pero vamos a ver. ¿A ti nunca te han contado que tienes que usar un factor de protección 60, en vez de ponerte a tomar el sol en las peores horas del día?
No me da tiempo ni a esbozar el “Lo séee”. Va hecho una tromba.
-A esas horas no se toma el sol. O lo tomas por la mañana temprano o por la tarde, pero nunca a mediodía.
Mi padre le saca a colación el asunto de mis revisiones semestrales por el linfoma.
-Pues corres el riesgo de que se te queden marcas. Ni se te ocurra exponer al sol tu cicatriz –señala el agujero que tengo en la base del cuello, producto de la extirpación del ganglio necrosado que dio origen a mi linfoma-, porque se te puede quedar de otro color.
Mes y pico después, frente a los resultados de mis pruebas, mi oncólogo, el doctor Tafalla, habría de recordarme este aspecto en su vertiente más cruda.
-Es cierto que se te puede quedar más señal que la que tienes. Si quieres, te podemos hacer una operación de cirugía estética.
-¡Paaasooo! –le respondo, con el descaro que dan la confianza generada durante mis meses de internamiento y el hecho de que debemos de tener más o menos la misma edad-. No vuelvo a un quirófano si no es completamente necesario.
Me voy a Jaén, a despedirme de mi madre. La nueva cura es menos aparatosa que la que me hicieran en Vall d’Hebron, pero también es más endeble. Y no es lo mismo un vuelo de hora y pico que cuatro horas de tren regional, pisando huevos y pasando calor.
Llego hecho un cisco a Jaén. Durante los dos días que estoy allí, no paro de pensar en que mi madre está bien, mejor de lo que nos indican los resultados de las TAC. Cada vez que hablamos, la miro como si fuera la última vez que nos vamos a ver. Tengo motivos para pensarlo. Ella permanece ajena a estas noticias; por eso ejerce de madre, se desconsuela al verme todo quemado, me riñe sin pasarse y, en resumen, hila muy fino. Su recuperación ha sido asombrosa. Ha recuperado la movilidad de la mano izquierda, aunque todavía tiene una enorme costra en la cabeza, que recuerda las dimensiones desproporcionadas de la operación. Se estrella contra los quicios de las puertas, porque ha perdido la visión lateral, y le cuesta caminar en línea recta. Por lo demás, está mucho mejor que un par de meses antes de que la operaran.
Así es como me voy de Jaén: sumido en un mar de dudas, incrédulo ante la diferencia tan brutal que hay entre lo que nos han contado sobre el estado de salud de mi madre y lo que he visto con mis propios ojos, y cojeando más que ella.
Llego a Barcelona en bastante mejor estado que una semana antes, y con una cura menos aparatosa. Pero las noticias no son buenas.
El Chava está en el hospital Clínico. En cuanto llegó, Emmanuel lo notó demacrado y amarillento, y se lo llevó a la médico de cabecera, la misma que días antes había visto mis quemaduras. Le dio un volante para el hospital, sin demora. Una vez allí, le practicaron unas pruebas. El diagnóstico fue tajante: cáncer de estómago, con metástasis en los pulmones y el páncreas.
-Llévatelo mañana mismo, si puedes –le dijo la internista a Emmanuel-. Dentro de una semana podría no aguantar el viaje.
Dicho y hecho. En menos de dos días, Emmanuel y Salvador, el Chava, parten rumbo a México. Apenas cinco o seis semanas después, el Chava morirá.
Por otro lado, durante ese mismo verano, a medida que mis quemaduras van cicatrizando, nos empiezan a llegar noticias más esperanzadoras con respecto a la salud de mi madre. Vuelvo a verla durante el mes de agosto, en la casa de campo de mi hermano Enrique en Felgueres, en Asturias, y sigo sin dar crédito: está mucho mejor que en junio. Lo siguiente que sabemos, un mes después, es que las TAC y la PET mostraban una mancha, que confundieron con una recidiva del tumor, cuando en realidad se trataba de un edema posoperatorio, que fue bajando con el tiempo. El único informe disidente fue el de Anatomía Patológica, que mostraba que la operación había cortado el tumor de raíz.
En cuanto a mis quemaduras, fueron sanando, aunque de resultas de las mismas la piel se me quedó mucho más áspera. No ha recuperado el tacto que tenía. Una manchitas, que parecen pecas, siguen allí. La pierna muestra una especie de ahondamiento, como si faltara algo de carne, y hay una elipse algo más oscura que mi color normal, de un palmo de largo, donde antes estuvo la piel quemada. No se nota en verano, porque está cubierta por la media elástica que llevo a raiz de la trombosis que padecí en el año 2000.
Entretanto, Luz había cortado definitivamente con Fulanito, y ya no volvió a Barcelona. Cuando le expliqué lo que me había ocurrido, creyó que exageraba y que se lo decía para hacerla sentir culpable. Una vez llegó a decirme:
-Juanma, ¿sabes qué creo? Que en realidad no te hiciste nada.
Motivo más que suficiente para dejar de llamarla durante una buena temporada. Año y medio, más o menos. Algún sms para felicitarnos los cumpleaños y las Navidades, y prácticamente nada más. Por supuesto, nada de vernos.
Más tarde, recuperamos el contacto, durante la boda de nuestro amigo común Manolo. Fue una boda muy accidentada, de la que hablaré en otra ocasión, y que trajo algo bueno: una reconciliación tácita. Desde entonces, cada vez que nos vemos, Luz me recuerda lo mal que lo pasé por no hacerle caso omiso. De veras que le sabe mal.
-¡Y te hiciste quemaduras de tercer grado por mi culpa! –me dice, llena de consternación.
-De segundo grado, Luz, de segundo –le respondo, como quitándole importancia.

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miércoles, 13 de junio de 2007

Heridas y cicatrices (IV): Más quemado que el palo de un churrero (Tercera parte)

El lunes voy a trabajar en un grito. Tengo la espalda roja y caliente. Aguanto el día como puedo y, a primera hora de la tarde, voy a la médico de cabecera.
-La mare de Déu!! Mai havia vist això!! –exclama al verme la espalda, en un alarde de profesionalidad.
Le explico un poco por encima lo que me ha ocurrido, y se ausenta del despacho. La oigo gritar por el pasillo, pidiendo una cámara de fotos. Aparece al rato, pero con las manos vacías. Se ve que los médicos de cabecera no suelen llevar las cámaras al trabajo. Así no hay quien salga luego en las revistas médicas.
-Tendrás que venir todos los días, y tal y cual y pascual…
-Un momento –le interrumpo-. Es que me voy el miércoles a Madrid, a mi revisión semestral del linfoma, y voy a estar fuera durante una semana.
Su rostro es un inmenso gesto de contrariedad.
-En ese caso, tendrás que acercarte por urgencias todos los días. Y ven mañana, que vea cómo estás.
Me carga de recetas de antibióticos, analgésicos y pomadas, y me remite a la sala de curas. Allí me inyectan un Urbasón.
-¿Un Urbasón? ¿No es muy fuerte?
-Es lo preceptivo en quemaduras de segundo grado.
La noche es un puto coñazo. Las vesículas están más hinchadas, y me fastidia toda la espalda y los brazos. Además, me está empezando a picar la pierna izquierda.

El martes voy a trabajar en el 54. Me levanto una parada antes de llegar a destino, como de costumbre, y, también como de costumbre, el autobús da un tumbo, como si hubiera pasado arrollando a un rebaño de reses salvajes. Con el bandazo, el brazo derecho se me estampa contra una de las barras verticales. Oigo un “Chofff” muy desagradable, acompañado por una incómoda sensación de humedad caliente pero en absoluto maloliente. Es como un suero.
Llego a la oficina, y durante media mañana no puedo pensar en casi nada: tan sólo en que no debo pensar en nada. La parte derecha de la camisa está mojada, y no me atrevo a levantármela, por miedo a arrancarme algo. Sea lo que sea.
A media mañana, dejo todas las tareas pendientes (no recuerdo cuáles; por la fecha, supongo que el Gigamesh número 35) y me voy a Urgencias del Hospital Clínico. No puedo esperarme a las cinco de la tarde, hora en que tengo la cita con la médico de cabecera.
Me paso las tres horas y media típicas de las esperas en Urgencias, esperando que me llegue el turno. Una vez allí, me ponen en manos de una MIR, que se queda sobrecogida en cuanto me ve el brazo y la espalda:
-Deu n’hi do!!
La enfermera, algo más pragmática y curtida, me pone el termómetro y ordena una batería de pruebas. Al cabo de un rato, aparece con una jeringuilla.
-¿Y esto?
-La vacuna antitetánica?
-¿Me vais a poner la antitetánica?
-¡Claro! Es lo preceptivo en quemaduras de segundo grado.
Me hacen una cura provisional, que consiste en un enorme vendaje que me cubre los brazos y la espalda. Parezco un jugador de fútbol americano.
Por la tarde, voy de todos modos a la médico de cabecera, que parece más tranquila cuando me ve. Al leer el informe de Urgencias, me da un volante para Urgencias de Quemados del hospital de Vall d’Hebron.
-Tal vez sea la mejor unidad de Quemados de toda España.
En cuanto llego a casa, le comento la película a Ricardo, que no tarda ni medio segundo en ofrecerse a llevarme en su pedazo de Mercedes. Conduce muy suave, pero el viaje por la Ronda se me hace eterno.
Llego a Urgencias, dejo mis datos y me entran sobre la marcha, sin que a Ricardo, que está aparcando el coche, le dé tiempo a llegar adonde estoy.
Si pudiera decir que disfruté de toda esta historia, que durante un solo minuto me lo pasé bien, sin duda sería allí, en Quemados de Vall d’Hebron. Más que pasarlo bien, lo que sentí fue un alivio inmenso. Algo parecido a volver a nacer, supongo. Me tumban en una mesa, desnudo, y me humedecen la piel. Siento frío y placer, mucho placer. De camino, me entero de que tengo afectado un 6% de la superficie, lo que no convierte las quemaduras en severas.
El clímax queda interrumpido cuando me arrancan las ampollas que se me han ido formando en la pierna izquierda. Cogen una gasa y raaas –de arriba abajo-, nuevamente raaas –de arriba abajo- y un tercer RAAAAAS. (Hala, la pierna en carne viva.)
A continuación, me embadurnan toda la espalda y los brazos de Furacín, una pomada antiséptica de color amarillo y un olor penetrante. Una vez embadurnado, me hacen un corsé de gasas y vendas, que queda separado de los vendajes de los brazos. La pierna izquierda también queda tapada por una espinillera de gasas y vendas. Parezco el negativo de Frank-N-Furter, el de Rocky Horror Picture Show.
Una vez en casa, duermo en el sofá cama del salón. No hubiera podido hacerlo en mi cama: al día siguiente salgo hacia Madrid y le voy a dejar mi cama al padre de Emmanuel, con quien, con un poco de suerte, me cruzaré una media hora.
Cuando me despierto el miércoles, he puesto perdida la sábana, toda impregnada de Furacín. La capa de color amarillo se ha traspasado al sofá cama. Habrá que echar la ropa de cama a lavar. No recuerdo si me llego a duchar; supongo que me lavo por partes, en el lavabo, como cuando estaba en el hospital con la neumonía o el linfoma.
Chava, el padre de Emmanuel, llega a tiempo de que Ricardo y yo cojamos el coche y salgamos a toda pastilla hacia el aeropuerto. Apenas me da tiempo a saludarlo: ya lo veré a la vuelta. Aún tiene que estar un mes con su hijo. Hace unos cuantos meses, antes de las Navidades, les ha dado un susto. Parecía que tenía un cáncer de hígado, pero al final lo han descartado. Emmanuel ha estado a punto de regresar a México, pero las noticias, tranquilizadoras, lo hacen recapacitar, y se queda con nosotros. Lo cual nos hace iniciar esta nueva vida, primero en la casa de la calle Valencia y después, cuando lo echa Marian, nuestra casera, en la avenida de Madrid.
Llego al aeropuerto justo cuando están cerrando la facturación. Nunca he apurado tanto. Y, encima, no puedo ni correr. Ricardo lo hace por mí. Pero consigo facturar.
Me espera una revisión médica en Madrid, y despedirme de mi madre en Jaén.
Siento una rabia incontenible por el hecho de que su último recuerdo de mí vaya a ser el de alguien frágil y roto, su hijo, envuelto en un corsé de gasas que exudan un líquido amarillo y pringoso.
(Continuará)


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lunes, 11 de junio de 2007

Sociedades secretas quintacolumnistas


En la actualización de la semana pasada de Bibliópolis se puede leer (si se quiere, por supuesto) una nueva entrega de mi sección La Quinta Columna. En esta ocasión, le toca el turno a Una historia de las sociedades secretas españolas, de León Arsenal e Hipólito Sanchiz (Zenith).
Los primeros párrafos de la actualización son los estos:

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Algunos de los elementos más valiosos del boom que experimentó el género fantástico español durante los años noventa parecen estar buscando nuevos horizontes y se lanzan a otros ámbitos. César Mallorquí se ha consolidado como autor de novela juvenil, alguna de las cuales aparecerá reseñada en esta sección. Elia Barceló reparte el tiempo entre el policíaco, el fantástico y el juvenil. León Arsenal parece decantarse últimamente por la novela histórica y, caso que hoy nos ocupa, el ensayo histórico.
En todos los casos citados era una decisión lógica. Sus preocupaciones exceden el ámbito estrictamente fantástico, las publicaciones de fandom les han servido para ir puliendo el estilo antes de dar el salto a otros campos y, al mismo tiempo, han reflejado esas preocupaciones en su manera de escribir literatura fantástica. Para Elia Barceló, la problemática del punto de vista y el narrador son instrumentos narrativos que hace valer tanto en sus cuentos de ciencia-ficción como en sus novelas policíacas. César Mallorquí reproduce su estilo literario claro y conciso en todas sus obras, independientemente de la temática. Y León Arsenal es capaz de plasmar su obsesión por la búsqueda del término preciso y sus conocimientos enciclopédicos tanto en un space-opera posmoderno (por ejemplo, "En las fraguas marcianas") como en una novela histórica (Las bocas del Nilo).
Con Una historia de las sociedades secretas españolas, León Arsenal nos ofrece una buena muestra de trabajo en equipo (no hay que olvidar la coautoría de Hipólito Sanchiz y la colaboración de Fernando Prado), pero también una narración amena y muy bien escrita, al mismo tiempo que un compendio de prácticamente todas las anécdotas que León ha ido relatando a lo largo de quince años de tertulias. Se intuye que con esta obra desvela algunas de las fuentes que lo llevaron a escribir obras tan aparentemente dispares como la fantasía épica innovadora que es Máscaras de matar (premio Minotauro 2004) o un thriller esotérico-visigótico como El espejo de Salomón (Minotauro, 2006).

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El resto, como de costumbre (una vez al mes), lo podéis leer en Bibliópolis.

Por lo que a mí respecta, dándole al proyecto de fin de máster, intentando quitarme marrones varios, metiéndome en otros nuevos (de los que hablaré en su momento) y conteniendo la respiración antes de acometer la tercera entrega del Heridas y Cicatrices correspondiente a mis hermosas quemaduras de hace tres años. O sea, como de costumbre. Proactivo y sinérgico, que dicen en las ofertas de empleo.

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viernes, 8 de junio de 2007

Heridas y cicatrices (IV): Más quemado que el palo de un churrero (Segunda parte)

El caso es que quedamos, en la Plaça de Espanya. Su novio vivía cerca de allí, y para mí era una excursión de un cuarto de hora en el 56, el 57 o el 157. Suponía que daríamos una vuelta por Montjuïc, o nos iríamos a tomar algo al centro. Incluso estaba pensando qué ruta turística hacerle, porque esa es una de mis debilidades, tanto cuando viene gente a Barcelona como cuando quedo en Madrid con gente de fuera: hacer de guía turístico. Se me da bien, aunque a lo mejor me paso.
Pero no estaba preparado para lo que me dijo Luz:
-Juanma, he pensado que podemos ir a la playa.
-Eh... Bueno.
Soy blanquito, ya digo, y la playa no es una de mis prioridades, aunque hacía muy bueno. Era el primer fin de semana de junio, pero ya hacía bastante calor, un tímido avance del infierno en que se habría de convertir aquel verano, el peor que he vivido en Barcelona, con diferencia. Soporto muy bien el calor madrileño: si estás a cuarenta grados, te escondes bajo una sombra y ya está. Pero no puedo con el calor húmedo de Barcelona: no te deja ninguna escapatoria posible. Si estás a veintiocho grados y la humedad es elevada, quieres morirte; si la temperatura pasa de los treinta grados, deseas no haber nacido nunca.
No recuerdo cómo llegamos, supongo que en el 57.
Ya en la Barceloneta. La playa estaba muy concurrida, para no ser ni las doce del mediodía de un domingo. Echamos a andar por la playa de Sant Sebastià. Al principio, sorteando domingueros; después, un poco más relajados, porque la gente aún no había llegado.
En un momento dado, empecé a reparar en que la ropa de baño de aquel verano era realmente parca en tela, por decirlo fino. Muchas chicas en top-less, y, más sorprendente, muchos chicos con tanga bronceando sus posaderas.
Algunos metros más adelante, la certeza se transformó en una duda. ¿Aquel año se llevaban bañadores más pequeños que de costumbre, o estábamos en una playa nudista? Los dos nos miramos, con la misma interrogante clavada en los ojos, y decidimos detenernos allí mismo.
Otro elemento llamativo: hacía sus buenos cincuenta metros que no veíamos a ninguna chica.
Definitivamente, nos quedamos allí mismo. Mejor no avanzar más.
Un par de valientes chapoteaban en el agua. Me mojé los pies. Estaba helada. Regresé a mi sitio.
Estaba empezando a hacer calor.
-Pero Juanma, quítate la camisa.
-No, que me quemo enseguida.
-Que no te vas a quemar, que te lo digo yo.
Y me quité la camisa.
Luz es de piel bastante oscura, de modo que no necesita bronceadores.
Estaba expuesto al sol, y sin una crema protectora.
Nos pusimos a hablar. Ella me contaba sus movidas con Juan Antonio; y yo, mis no-movidas amorosas. Hablamos de los amigos comunes, de Madrid y de la facultad; de su pueblo, de su sobrino y de mi madre.
De vez en cuando, me ponía de espaldas, para tomar algo de sol. Me quitaba las gafas, para que no se me hiciera marca en la cara.
Debimos de estar un par de horas así, sin parar de hablar, y aventurándonos cada cierto tiempo a tomar un baño de pies.
También comentábamos las jugadas que se sucedían a nuestra derecha, en la zona nudista de la playa. Nos habíamos quedado en el límite, y se veía a algún que otro cincuentón barrigudo haciendo ostentación de su cuerpo Litoral.
A eso de las dos, empecé a sentir molestias. Me estaba empezando a picar.
-Luz, vámonos a tomar algo.
-Qué va. Se está muy bien.
A las dos y cuarto me puse la camiseta. Mejor que no me diera más el sol en la espalda.
A las dos y media volví a la carga.
-Luz, vámonos a comer.
-Todavía no. Cómo se nota que aquí tenéis playa y no pensáis en los que no la tenemos.
Las tres.
-¡Luz, vámonos de aquí!
-¡Que me dejes!
Las cuatro.
-Juanma, empiezo a tener hambre. ¿Nos vamos dentro de un cuarto de hora?
-Vale.
Desmontamos el chiringuito y nos fuimos a comer a uno de los restaurantes del Passeig Joan de Borbó. Sí, de esos en los que el plato principal es el cliente estafado.
Comer bajo un toldo fue una experiencia refrescante. Me seguía picando la espalda, y empezaba a sentir molestias en la pierna izquierda. Al acomodarnos en la playa, me había quitado la media elástica con que me tapo la pierna, herencia de mi trombosis del año 2000, y, como llevaba una bermuda larga, el sol me había dado en esa pierna. Curiosamente, no sentía ninguna molestia en la otra pierna.
Cuando nos fuimos de allí, las molestias ya eran persistentes. Me costaba caminar erguido, porque notaba como si algo o alguien tirase de mi piel en todas las direcciones, una especie de lifting, pero a lo bestia.
Seguimos hablando de nuestras historias, y aquello me hacía más llevaderas las molestias. Después de despedirnos, en la puerta de la casa de Juan Antonio, me costó llegar a la parada del 56.
Una vez en casa, me quité la camiseta. Tenía la espalda toda rojita. Dicen que en estos casos lo mejor es meterse una ducha templada (nunca fría), y eso fue lo que hice.
Por la noche, tenía la espalda llena de pequeñas vesículas, como si fueran bolitas de plástico, de esas que revientas compulsivamente cuando no tienes nada mejor que hacer.
(Continuará)

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martes, 5 de junio de 2007

Heridas y cicatrices (IV): Más quemado que el palo de un churrero (Primera parte)

Soy tirando a blancurrio. Siempre lo he sido; pero, además, llevo varios años sin tomar el sol, como un gótico cualquiera. La causa principal nos lleva a un callejón sin salida: soy blanquito porque no tomo el sol, pero no tomo el sol porque soy muy blanquito, y me quemo enseguida.
Cuando iba de veraneo a la playa (y tanto daba que esta fuera Nerja, Motril, Torremolinos, Cedeira, el Port de Pollença o Segur de Calafell), tenía que pasarme los dos o tres primeros días con una camiseta puesta, que no me quitaba ni para bañarme. Supongo que ello generaba mofa o befa entre los otros niños y adolescentes de la playa, pero no me importaba demasiado: por un lado, en aquella época era bastante asocial y no solía hacer amigos en mis vacaciones; por el otro, ya estaba empezando a desarrollar mi miopía actual, y, en caso de que alguien me mirara raro, no podía verlo. Podía bañarme con camisa, pero jamás hubiera expuesto mis gafas a un golpe de mar o un balonazo accidental.
Con el tiempo, el problema se ha ido agudizando. Ya ni siquiera voy de vacaciones a la playa, aunque viva en Barcelona, y mis últimos chapuzones playeros se han producido por la tarde, en la provincia de Girona, que sigo visitando con ahínco y denuedo, gracias a los desvelos de Cristina y sus padres.
Es una putada, porque me gusta mucho nadar, y el mar Mediterráneo, con todo y ser la charca meona que es, me resulta preferible al Atlántico, cuyas aguas heladas me imponen demasiado respeto. Será que no estoy acostumbrado.
El caso es que, como decía, soy muy blanco, una especie de Copito de Nieve en libertad que vino a Barcelona para sustituir al malogrado gorila durante sus últimos meses de vida. Por aquello de mantener la cuota de blancurrios, digo.
Después de las quemaduras de segundo grado que padecí hace ahora cuatro años, mi blancura no sólo es electiva, sino que además me resulta más sana.
Sucedió el último fin de semana de auténtica convivencia en la casa de la avenida de Madrid. Había venido un amigo mexicano de Emmanuel, Roberto, que vivía en Londres con su novia croata. Estábamos todos, excepto Aleix, que había ido al pueblo a ensayar con Snooze. Y salimos de juerga, acompañados por Lily y ya no recuerdo si Cristina, la amiga portuguesa de Rita.
Era sábado, y los sábados a media tarde hay una opción muy evidente para que un grupo de extranjeros y asimilados se emborrachen, antes de que abran los bares de copas: la Champañería de la calle Reina Cristina, junto al Pla de Palau.
El lugar es una taberna a la antigua usanza, algo emocionante para un madrileño que, por aquel entonces, buscaba algunas señas de identidad, bares parecidos a los de una Madrid ajena en parte a la vorágine de locales de diseño que se estilaban por Barcelona. Luego descubrí que ni tanto ni tan calvo; que, durante mi estancia en Barcelona, Madrid también estaba llenándose de bares fisnos, y que en Barcelona también podía haber baretos canallas, residuos de una ciudad que hay que buscar con lupa, pero que sigue existiendo.
La Champañería no llega a esas cotas de canallesca, porque está frecuentada casi en exclusiva por erasmus y demás estudiantes guiris, pero sus bocadillos se aproximan bastante a mi concepto de autenticidad. Y, además, por cada dos bocatas te regalaban una botella de champán rosado; de ahí el nombre del local.
En el transcurso de la tarde, Ricardo estaba desaforado. Había hecho muy buenas migas con Roberto, y hacía gala de su condición de directivo del sector textil. En un momento dado, oyó hablar portugués, aunque con un acento menos bisbiseante que el de Ritiña, y le entró a un grupo de brasileños, que terminamos fagocitando. Emmanuel también estaba exultante, y Rita agradeció lo indecible que le proporcionásemos nuevos amiguitos que hablasen en su idioma.
La Champañería cierra muy pronto, así que emprendimos el peregrinaje habitual de los erasmus y asimilados por el Barrio Gótico.
Estuvimos un buen rato en el Bosc de les Fades. Incluso yo trabé conversación con los dos brasileños que quedaban con nosotros a esas alturas de noche: Aline, una chica enorme que estaba baldada porque se había pasado el día entero de pie, trabajando como azafata en un congreso; y Marcelo, un médico que trabajaba en el hospital de Vall d’Hebron. Muy majos ambos.
Nos recogimos relativamente tarde. No sé de quién partió la idea de terminar la fiesta en casa; supongo que de Emmanuel.
Una vez en casa, hicimos lo habitual en aquellos casos: poner la música a todo trapo, preparar gin-tonics y abrir el sofá cama del comedor, para estar más cómodos.
Intenté trabar conversación con Aline, pero se acababa de quedar frita; como decía, había tenido un día muy duro.
Lily me empezó a echar bronca por la escasa presencia de ánimo con que afrontaba el viaje que iba a emprender la semana siguiente a Madrid, a mi revisión (ya anual) del linfoma, y a Jaén, prácticamente a despedirme de mi madre, a quien por culpa de un error de diagnóstico le acababan de pronosticar tres meses de vida. Como para hacer la ola estaba yo.
Tercié en una conversación entre Rita y Marcelo, que hablaban en portugués.
-¡Pero si nunca me entiendes cuando hablo en portugués! –exclamó ella, más agraviada que sorprendida.
-Ya, pero eso es porque hablas con acento portugués y a toda hostia. Él habla en brasileño, tú estás hablando más despacio, y sí os entiendo.
Ricardo se retiró a su habitación con Adriana, no sin antes darme de gratis un par de consejos prácticos en caso de mantener relaciones sexuales con una mujer que me sacara media cabeza. Aquel era nuestro Ricardo: único en su especie.
Decididamente, tenía un problema: éramos un número impar, y el que sobraba era yo. Pero no me podía retirar a mi habitación: mi cama estaba pared con pared con el equipo de sonido, y en aquel momento Emmanuel estaba coreando a berrido limpio el “Idiothéque” de Radiohead. Intentar dormir resultaba un tanto quimérico. Tampoco podía irme al dormitorio de Aleix, porque se acababa de formar una parejita de una noche, y aquella era la única habitación libre. Sólo tenía una alternativa: quedarme hasta el final y ejercer las funciones de coche escoba. Recoger un poco el salón entre Rita y yo, asegurarnos de que Emmanuel estaba bien, acompañar a los brasileños al portal, y de paso bajar la basura.
Me dieron las seis.
A las nueve menos cuarto sonó el móvil. Me había dormido con la persiana subida, y la luz entraba a lo güey.
-¡Juanmaaa! ¡Que estoy en Barcelonaaa! –dijo mi amiga Luz, con su mejor tono de “¡Sorpresaaa!”.
-Hola –respondí, creo que con el tono correcto de entusiasmo.
-¿Te pasa algo, Juanma? ¿Estás cabreado?
-No, Luz. Es que he dormido tres horas.
-Ah. Que mira, Juanma. Estoy en Barcelona con Fulanito –su novio de entonces, que trabajaba aquí como controlador aéreo-, y me apetece mucho verte.
-Guay. Claro que sí. ¿Te va bien después de comer?
-Mejor ahora, por la mañana. ¿A las once?
-Bueeeenooo –respondí, con mi mejor talante.
De modo que decidí quedarme en pie, porque total, apenas iba a poder dormir mucho más. Al salir me crucé con Roberto, que estaba entrando en el dormitorio de Aleix.
Conozco a Luz desde la facultad. Como casi todas las amistades de larga duración, hemos tenido temporadas de quedar con mucha frecuencia, y otras de perdernos la pista durante meses, e incluso años. Así pues, cada vez que nos veíamos teníamos muchos asuntos de los que hablar, y de una vez para otra nuestros panoramas existenciales habían cambiado radicalmente.
Después de dejarlo con su novio de toda la vida un par de meses antes de la boda, Luz había empezado una relación con Fulanito, a sabiendas de que él había sido un pelín crápula (y alardeaba de ello) y repartía el tiempo entre Madrid y Barcelona. Era una de esos casos clarísimos de relación condenada al fracaso y, dado que el nivel de amistad es estrecho, te puedes permitir el lujo de decírselo con claridad. No te van a hacer ni puñetero caso, porque el amor es ciego, pero por lo menos te quedas con la conciencia tranquila.
Luego estaba el problema de la profesión de su novio. Si discuto con mi novia o tengo un mal día, lo peor que me puede pasar es que deje de catalogar tres casetes (cuando trabajaba en la Biblioteca Nacional), maquete o corrija cinco páginas menos de revista (cuando trabajaba en Gigamesh) o sólo haga cinco o seis tareas diferentes (ahora que estoy haciendo prácticas editoriales).
En el caso del novio de Luz, que trabajaba en la torre de control de uno de los aeropuertos más transitados de Europa, las broncas (y estaba de bronca) adquirían una dimensión especial:
-La semana pasada tuve una discusión tremenda con Fulanito. Casi estrella a doscientas personas.
(Continuará)

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