lunes, 30 de abril de 2007

II Jornada de Ciencia Ficción de Valdeavellano de Tera (Soria)

El espíritu de Machado me persigue. O yo a él. Este finde estuve en Collioure, una ciudad hermanada con Soria, y el próximo finde andaré por tierras sorianas. Estaba convencido de que, por primera vez en mucho tiempo, iba a asistir a un evento cienciaficcionero desde el público, sin intervenir en ningún acto, pero al final no va a poder ser. En realidad es lo de menos. Lo importante es que estas actividades tengan continuidad. Es muy buen síntoma que las Jornadas de Soria y Dos Hermanas alcancen sus segundas ediciones, y que la asturcón y la hispacón sigan celebrándose.

Reproduzco el último comunicado previo a la celebración de la Jornada, a petición de Julián Díez.

Nos vemos en Soria este sábado. Seguiremos informando. Prometo crónica.

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El programa de la II Jornada de Ciencia Ficción de Valdeavellano de Tera (Soria), que se celebrará el próximo día 5 de mayo, ha sufrido una pequeña modificación debido a que finalmente no podremos contar con la presencia de Rafael Marín, debido a complicaciones de última hora. En su lugar, se celebrará una tertulia sobre la situación de la crítica de ciencia ficción en España, con la presencia de Ignacio Illarregui (coordinador de C, el hijo de Cyberdark), Fernando Ángel Moreno (coordinador de Hélice) y Álex Vidal (Gigamesh), moderados por Juan Manuel Santiago.

La Jornada de Ciencia Ficción de Valdeavellano es un encuentro que pretende llenar progresivamente un hueco en el actual panorama del género en España al ofrecer un ámbito para la discusión de carácter más profesional en torno a la evolución de la literatura de ciencia ficción, en el marco de un paisaje natural de primer orden.

La entrada a los actos es gratuita. Por la noche, se celebrará en un restaurante de la localidad una cena con un precio máximo de 20 euros para aquellos asistentes que lo deseen.

Es posible encontrar información sobre alojamiento en la web del ayuntamiento de la villa: www.valdeavellano.org.

El programa queda como sigue.

10:30. Inauguración a cargo de Jesús Gómez Tierno, alcalde de Valdeavellano de Tera.

10:40. Conferencia: “El papel de las iniciativas no profesionales en el desarrollo de la ciencia ficción”, por Víctor Miguel Gallardo, presidente de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, coordinador de Ediciones Parnaso.

11:30. Taller: “Técnicas del microrrelato”, por Santiago Eximeno, escritor y responsable de la publicación de microrrelatos Efímero.

12:30. Conferencia: “Situación del mercado editorial de ciencia ficción en Europa”, por Luis G. Prado, director de la editorial Bibliópolis y agente literario.

13:30. Mesa redonda. “Géneros literarios, ¿una frontera útil u obsoleta para los temas de la ciencia ficción?”. Moderada por Julián Díez, periodista y coordinador de las jornadas. Con la presencia del escritor José Antonio Cotrina, así como del resto de invitados de las Jornadas.

14:30. Pausa para el almuerzo.

16:30. Proyección cinematográfica: Blade Runner.

18:30. Cinefórum, orientado al tema “25 años de la muerte de Philip K. Dick”.

19:30. Mesa redonda: "El momento de la crítica especializada en literatura de ciencia ficción". Con la presencia de Ignacio Illarregui, Fernando Ángel Moreno y Álex Vidal. Moderada por Juan Manuel Santiago.

20:30. Clausura.

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Así pues, lo dicho: el sábado nos vemos por tierras sorianas. Ahora, todos juntos:

Voy camino Moriaaaaaaa (digo, Soria).


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viernes, 27 de abril de 2007

Magneto ataca de nuevo

Aparezco por casa con un barreño nuevo, de color azul y algo más grande que el que teníamos. Cinco minutos después entra Laura con otro barreño de color azul, aunque algo más pequeño. Nos reímos. Los dos hemos tenido la misma idea, y hemos estado en la misma tienda. Nos hemos debido de cruzar.
¿Por qué hemos comprado los barreños? La solución es sencilla: porque rompí el que teníamos. Como dirían Cristina, Álex, Enric o cualquier otro que haya vivido o trabajado junto a mí, Magneto ataca de nuevo.
No me llaman Magneto por casualidad. Resulta proverbial la manera que tengo de romper instalaciones eléctricas, conseguir que los ordenadores dejen de funcionar y, en general, aportar mi granito de arena para la derrota definitiva de la sociedad tecnológica y el advenimiento de una nueva Humanidad postapocalíptica y liberada de los corsés impuestos por la electricidad y los avances científicos. Es digno de ver cómo las fuerzas del Orden, encarnadas en Álex, Emmanuel o Cristina, luchan contra mis tendencias entrópicas; el equilibrio cósmico termina por restablecerse gracias a sus buenos oficios, pero, entretanto, docenas de instalaciones eléctricas sufren averías inexplicables a mi paso. El día menos pensado llaman a mi puerta y es Mohinder Suresh, para comunicarme que estoy en la Lista.
Los plásticos no se escapan a esta realidad.
El caso es que llego a casa, como siempre a toda prisa, para poner una lavadora. Como siempre, voy con el tiempo justo de poner el lavado, tenderlo y largarme al máster.
La lavadora, silenciosa heroína en la que se sustenta la estabilidad de la casa, es una auténtica sufridora. Nuestra historia con las lavadoras no ha sido precisamente una relación cordial. La que teníamos en la Avenida de Madrid nos daba unos calambrazos a mala hostia, y llegó un momento en que inundaba el patio y la única manera de no electrocutarnos consistía en abrirla desde la cocina (estaba situada en el patio, ya que vivíamos en un entresuelo y nuestra terraza era en realidad el patio del vecindario), mantenernos lejos del charco que formaba, desenchufarla y, una vez abierta, ir pescando la ropa con cucharas de madera, guantes o paños, envolviéndonos las manos para no recibir una descarga.
Las de la inmobiliaria, para variar, pasaban de nosotros. Decían que llamarían a un fontanero, pero nunca lo hacían.

En la calle Arizala no nos fue tan mal, pero éramos seis personas haciendo una media de dos lavadoras semanales cada uno, con lo que el aparato terminó quemándose al cabo de un año. Y vuelta al sistema ya conocido de pescar la ropa con cucharas de madera o las manos envueltas en paños, para evitar una descarga eléctrica.
Las de la inmobiliaria nos pusieron todas las pegas imaginables para comprar una lavadora nueva: le suponíamos mucho gasto a los dueños, y no era justo. El primer año ya habíamos “abusado de su confianza” al tener que comprar una nevera nueva (la que había cuando entramos no enfriaba, por lo que la primera compra se nos pudrió), y el segundo año salíamos con la lavadora nueva. Emmanuel llamó directamente a la hermana y el cuñado del dueño, les expuso la situación y llegaron al acuerdo habitual en estos casos: la compraría Emmanuel, y nos lo deduciríamos del alquiler durante unos cuantos meses.
La lavadora está entrando en su tercer año de vida, y ahí sigue, como una campeona.
No obstante, uno de los barreños no tiene la suerte de poder decir lo mismo.
Teníamos dos barreños, uno verde y otro azul. Es normal, porque somos muchos en casa, y hay ocasiones en que haces un lavado y uno está ocupado, por ejemplo porque estemos lavando los trapos y espontex de la cocina, o porque para utilizar la lavadora hayamos tenido que desocupar el tambor, a la espera de que quien haya hecho el lavado previo repare en que tiene que tenderlo.
Como digo, llegué a casa, puse la lavadora en marcha, comí, leí el correo, escribí un poco, hablé con Wendy… Cuando el lavado hubo terminado, abrí la puerta, vacié el tambor en el barreño y, al levantarme en dirección a la terraza, se produjo la catástrofe.
El suelo del barreño cedió con todo el estrépito que puede producir un plástico al romperse, y parte de la ropa se me cayó al suelo, entre las risas de Wendy, a quien la escena le hizo gracia.

Me llevé como pude la ropa, con el asa colgando a la manera de un aura resplandeciente, el nimbo con que el barreño se convertía oficialmente en un angelito a punto de ingresar en el Cielo de los utensilios domésticos, una nueva víctima del maligno Magneto, después de la batidora, la lámpara del dormitorio de casa de Cristina, el ascensor de mi casa y tantos y tantos programas informáticos…
Una vez solucionada la primera situación de emergencia, urgía efectuar un trasplante; o, más bien, un trasvase de ropa del barreño azul al barreño verde. La operación fue delicada; no por su dificultad intrínseca, escasa, sino porque la mesa de la terraza estaba hecha un asco, y uno no hace lavados para que la ropa tendida esté más guarra que cuando la echó en la lavadora.

Cualquiera que vea esta imagen, pensará de inmediato lo mismo que Wendy: el barreño iba llenísimo (sí, lo sé: meto demasiada ropa en la lavadora, y mezclo clara y oscura), y por eso cedió de aquella manera.
Lo curioso del caso es que Wendy dice “barreño”, y no “balde”, como se dice en México. La confusión léxica está en el origen de la relación entre Ericka y Ray, de la que fuimos responsables servidor y un inocente barreño.
Me explico. Estábamos en la fiesta de inauguración de la Avenida de Madrid. Una fiesta épica, en la que llegamos a estar cuarenta personas a la vez y por la que, grosso modo, debimos de desfilar (en un momento u otro del sarao) cerca de sesenta individuos.
Me sentaron mal unas trufas rellenas de sustancias dopantes. Cualquier otro día lo explico.
En vista de que estaba en situación de K.O. técnico, me acosté en mi cama, poco antes de que una queja de los vecinos obligara a Rita a desalojarnos, con la excusa de salir a bailar.
Ericka y Ray ya estaban pelando la pava durante aquella época. Poco antes de salir, Ericka me preguntó si necesitaba algo. Con un hilillo de voz, acerté a suplicarle una cosa:
-Por favor, trae un barreño de la cocina, por si tengo que vomitar.
Tardó una eternidad, y me trajo un cubo.
Poco después, y ya restablecido de aquella noche, me enteré de dos cosas:
La primera, que Ericka y Ray se habían demorado un poco, porque coincidieron en la cocina, hablaron un poquito, se contaron lo que sentían el uno por el otro, una cosa llevó a la otra y, en definitiva, se hicieron novios, gracias a mi indisposición.
La segunda, que Ericka no tenía ni la más remota idea de lo que era un barreño, porque en México no se utiliza esa palabra. Si le hubiera pedido un balde, lo hubiera entendido a la primera. Por eso me acercó el cubo.
No obstante, la semana pasada, cuando hablé con Wendy y Laura, me entendieron. Bajé los restos del finado barreño al contenedor de plásticos, y el día siguiente, viernes, fui a comprar uno nuevo, después de pasarme media tarde yendo y viniendo a la estación de Sants a comprar dos billetes de tren para Perpignan, donde iremos a visitar a Javi, que está dando clases allí.
Un consejo: nunca compréis billetes de tren un viernes por la tarde. Os darán número para dos horas después. Y os dará tiempo a hacer infinidad de tareas durante el tiempo que perderéis esperando que os llegue el turno. La ventaja de vivir a dos paradas de metro de Sants es que puedes ir a casa, hacer tus cositas, bajar a hacer compra y, hora y media después, regresar a Sants, tener que esperar tus buenos veinte minutos y, por fin, comprarte el billete de marras.

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miércoles, 25 de abril de 2007

El club de los profesores muertos (de asco). Tercera parte

Hasta ahora, la historia de mis profesores de Inglés se da un aire a School of Rock, y, de hecho, escribí las dos anotaciones anteriores guiado por su espíritu. Pero, en un mundo como el nuestro, las andanzas de Dewey Finn están condenadas al fracaso. La vida se parece más a lo que sería una proyección de El club de los poetas muertos si le quitáramos la última secuencia.
Estamos en séptimo de EGB. Tengo doce años recién cumplidos. Cada vez veo peor, y si no estoy en las primeras filas no leo bien las explicaciones que deja el profesor de turno en la pizarra, pero aún no me han puesto gafas: eso ocurrirá en octavo.
Tenemos un auténtico hueso, Don Juan Sánchez Mejías, que nos enseña Física y que lleva décadas aterrorizando a varias generaciones de alumnos; entre ellos, mis hermanos y mis primos, todos ellos varios años mayores que yo. Todos lo han sufrido; ninguno habla bien de él.
No es mal profesor, de hecho se explica muy bien, pero es partidario de que la letra con sangre entre. No porque nos pegue (lo más que llegó a hacerme fue estamparme un carpetazo contra la cabeza por sacar un cero –o “cerete caperuchete”, que diría él- en un examen de Matemáticas, en sexto de EGB), sino porque su mirada reptilesca nos inmoviliza, como haría una cobra con sus víctimas. Y aquí no hay ninguna mangosta, ningún Rikki-Tikki-Tavi que cace serpientes venenosas. Es el terror supremo, en su forma más genuina.
Nuestra némesis.
El horror, el horror.
Su forma de impartir justicia es arbitraria e implacable, casi como la del dios de los judíos.
Y la ves venir.
Empieza la clase.
Saca a Juan Antonio Respaldo, número dos de la lista. Pese a que Respaldo es un buen alumno, lo hace fatal y regresa al pupitre con un cerete caperuchete.
A continuación, hace salir a Fernando Rodríguez Villa, que es el número doce. Lo hace bien, porque es una auténtica lumbrera.
Pero no reparo en el buen hacer de Villa, porque estoy acojonado: soy el número veintidós de clase. Y, por pura lógica, me va a sacar a mí. Suárez Fernández (cuya hermana, dice, sale con un hijo de Blas Piñar) también está temblando: es el número treinta y dos. Y, a medida que avanza la clase, puede que le toque salir, puede que no. Si no le toca, tendrá un motivo de alegría inmensa, porque esta es la última clase de la tarde, y cuando termine nos iremos a casa; pero no lo sabrá hasta que el Mejías termine conmigo, y el cómo vaya el suplicio dependerá en buena medida de lo sediento de sangre que haya quedado después de mi intervención. Hasta que no me toque, no sabrá cómo le va a ir a él, de modo que durante unos minutos no estará ni exento ni condenado. Sólo lo sabremos cuando observemos los resultados.
¡Qué cosas! El Mejías nos estaba enseñando física cuántica, y nosotros sin enterarnos.
Son las cinco de la tarde. Las cinco en punto de la tarde. Y todos preparamos el llanto por la próxima muerte (a causa) de Juan Sánchez Mejías.
-Y ahora va a salir el niño... –Me echo a temblar: va a decir mi nombre, pero el Mejías mantiene, por pura crueldad, la incógnita-. Va a salir el niño... –redoblan los tambores y ya no puedo aguantar el sinvivir: lo que tenga que ser, que sea, pero pronto- ¡Fernando Samper Rivas!
Y lo dice como si fuera un concurso.
Suárez y yo dejamos escapar un suspiro de alivio que más bien parece el hipoaullido huracanado de Pepe Pótamo.
Samper es el número diecinueve de clase. Lo cual quiere decir que ahora mismo hay dos alumnos aterrados: Enrique Sordo, el número veintinueve, y Juan Vicente Alfayate, el treinta y nueve. Ambos son pesimistas, porque Samper no es ninguna lumbrera, pese a que alardea de haberse follado a una chica el verano pasado (lo cual le concede puntos extra de popularidad: tenemos doce y trece años), y su pasión y martirio en el encerado se adivinan breves, muy breves. Se muere la fiesta.
Antes de que hayamos recompuesto las quinielas acerca del orden en que los alumnos serán sacrificados, Samper regresa a su pupitre, llorando a moco tendido. Una tiza le acierta el cogote.
-¡Usted... es... muy bruto! –dice el Mejías, con el mismo tono de sorna con que dicta sentencia, digo, invita a los alumnos a salir a la pizarra. No bien lo ha dicho, acelera el ritmo, como queriendo desmarcarse del tono que llevaba la clase hasta aquel momento-. Y ahora va a salir el niño Enrique Sordo Marsal.
Para no desentonar, Sordo lo hace fatal. Menos mal que esto no sucede dentro de un par de cursos, cuando fallezca su padre y termine repitiendo. Por ahora, Sordo es buen alumno y aprobará la asignatura.
Vicente se libra por los pelos, porque al Mejías se le han hinchado las narices y ha decidido explicarnos cómo se resuelve el problema. El iceberg de marras era muy pequeñito, y el oso que había provocado el descenso de nivel de veinte centímetros, casi hasta hundirlo bajo las gélidas aguas del Océano Ártico, pesaba doscientos cuarenta y un kilos.
Me acuerdo como si hubiera sido esta misma tarde.
Otros profesores no sólo no nos aterrorizaban, sino que sucumbían a nuestras malas artes.
El padre Núñez era bajito, de barba poblada, no llevaba sotana sino traje gris con alzacuellos, y hablaba para el cuello de su camisa. Las clases de Religión eran un sindiós, porque los poquitos alumnos que no nos dedicábamos a tirarnos tizas ni hacer batallas de granos de arroz disparados con los canutos de los bolígrafos no seguíamos su discurso. No podíamos. Éramos demasiado jóvenes para entender que el Doctor Angélico era Santo Tomás de Aquino, y tampoco es que nos importara mucho quién era Santo Tomás de Aquino, ni por qué era importante que hubiese demostrado la existencia de Dios mediante razonamientos lógicos. Atendíamos con cierta indiferencia, más que nada para no minarle la moral al hombre.
No sé si lo conseguimos. El caso es que el padre Núñez no duró ni un mes. Lo sustituyó el mismísimo director, el padre Montoto. Era muy buen profesor y mejor persona, pero no terminaba de perdonarnos que por nuestra culpa hubiera tenido que echar a un amigo suyo, y nos metía más cera de la que empleó en octavo, cuando nos dio Lengua y me ayudó lo indecible a pulir mi estilo literario, gracias a las redacciones que nos hacía escribir como castigo.
El señor Gattinara, profesor de Inglés, no duró mucho más, pero su partida nos dejó bastante tocados.
Varios años después, frente a la pantalla de plata, mientras veía El club de los poetas muertos, me dije que la película, pese a ser maravillosa y lograr con creces su objetivo de hacernos pensar, era demasiado peliculera, y que, ya puestos, los alumnos de séptimo E del curso 1982-83 habíamos vivido una historia mucho más auténtica que la del libertario profesor Keating y sus discípulos. No me extrañaría que el señor Gattinara se hubiera sincerado en la sala de profesores ante sus colegas en los mismos términos que el profesor encarnado por Robin Williams (“No quiero dirigentes: quiero librepensadores”), aunque no las tengo todas conmigo: por tradición y ubicación, el Calasancio no podía ser un nido de librepensadores; por nivel, difícilmente podrán salir de él dirigentes en el sentido al que se refería el profesor Keating; si acaso, mi hermano Enrique Santiago, si el año que viene se presenta (y gana) las primarias a secretario general de Izquierda Unida.
Del colegio del Pilar, el eterno rival del Calasancio en esa parte del barrio de Salamanca, han salido dirigentes como José María Aznar y Mario Conde; el alumno más célebre que ha producido el Calasancio es Emilio Butragueño.
El señor Gattinara tenía algo que lo hacía destacar. Un porte señorial, no exento de cierto diletantismo. Descendiente directo del que fuera el primer canciller del emperador Carlos V, Eugenio Gattinara hablaba un pésimo español; se notaba que su lengua materna era el inglés, aunque nunca nos contó su vida en detalle, por lo que nunca supimos qué extraños sucesos pudieron haberse producido entre mediados del siglo XVI y mediados del siglo XX para que el retatatatataranieto de la segunda máxima autoridad de uno de los imperios más poderosos de todos los tiempos terminara recalando en un colegio privado de solera, aunque venido a menos.
Era un dandy. Perfectamente engominado. Alto y muy, muy delgado. Vestido de manera impecable, con traje cruzado, gabardina marrón claro y sombrero de fieltro, parecía un extra de algún musical de mafiosos. Podías imaginártelo sosteniendo a Diane Lane en Cotton Club, o marcándose un bailecito con Catherine Zeta-Jones en Chicago.
Y sus clases. Gattinara no era de este mundo; con ello me refiero a la España de antes de la incorporación de España al Mercado Común.
No seguía el temario. Nos enseñaba, por supuesto, y mucho; pero el milagro que vivíamos a primera hora de la tarde, justo antes de caer en el régimen de terror del Mejías, no tenía nada que ver con una clase al uso. El enunciado del tema era sólo una excusa, y, a partir de ahí, la exposición se descomponía en fractales, y terminaba siendo otra cosa, hermosa, útil e instructiva; pero no una clase en el sentido habitual del término.
-¿Alguna otra pregunta?
-Sí –le interpelaba, pese a que mi timidez casi patológica me hacía pasar inadvertido la mayoría de las veces-. ¿En qué idioma sueña usted?
El Gattinara agradecía aquel tipo de preguntas (que mis compañeros de clase no entendían), porque siempre daban pie a alguna disquisición destinada a sacudirnos del yugo de convencionalismos y apriorismos; era poco lo que podíamos entender, en aquella época: tal vez se equivocara de curso. En segundo de BUP hubiera resultado realmente subversivo; en séptimo de Básica, se quedaba en muy original y tremendamente divertido.
Pero nos tenía en el bolsillo. Supiéramos o no lo que se traía entre manos al educarnos de aquella manera, seguía siendo nuestro profesor favorito.
Samper tenía un mono de felpa relleno de bolitas, que le daban la consistencia de un cuerpecito al que hubiese picado un enjambre de abejas. Era pequeño, apenas mayor que un Mono Saltarín de Vir, pero con los miembros más reducidos, y sin velcro para fijarse al trapecio o con otros Monos Saltarines de Vir. Era verde y lo llamábamos Braulio.
Era la mascota de la clase.
Una tarde, el Gattinara nos pidió que escribiéramos la letra de una canción, a la que él se encargaría de poner música. Le gustó mucho una letra mía, que adaptó y, ni que decir tiene, mejoró y consiguió convertir en algo valioso. Así, mi queja sobre lo mal que podía llegar a ir todo, a la que seguía el estribillo machacón “Da igual, / qué más da, / todo mejorará”, devino en algo parecido a “I feel worse / every day. / Why do the others / feel OK?”
De manera prodigiosa y totalmente inopinada, también introdujo en la canción otro poema (no recuerdo de qué compañero) dedicado a nuestra mascota, el mono Braulio, que aparecía en el estribillo.
Una tarde, nos llevó un magnetófono, introdujo la cinta de casete y todos pudimos escuchar unos acordes de guitarra, a los que se sobrepuso un solo de armónica, y, a continuación, la letra con la que adaptaba los dos poemas, el mío y el dedicado a Braulio, y los fundía en uno solo, cadencioso, un grito de rebeldía apenas contenida, la exaltación de una manera de ver la vida, un mundo en el que los monos verdes de felpa te pueden dar consejos valiosos para vencer el desánimo y sobrellevar las tediosas clases. Woody Guthrie, Pete Seeger y Bob Dylan en versión naíf.
Escuchamos aquella canción en silencio reverencial, y nos sentimos identificados. Aquella canción era Eugenio Gattinara, pero también era nosotros, séptimo E.
Una tarde, no mucho después de aquello, el señor Nebreda apareció en el aula. Según nos informó, el señor Gattinara no volvería a darnos clases; él se encargaría de sustituirlo. Pudimos distinguir críticas veladas a su antiguo compañero de seminario, una verdadera inquina. Las referencias irónicas abundaban, y fue así como supimos, sin que nadie nos dijera ni media palabra, que habían echado al señor Gattinara, pues sus métodos de enseñanza no se ajustaban a la filosofía del centro. De este modo, empezamos a acostumbrarnos a un estilo de dar clases que, sin ser malo (el señor Nebreda no era mal profesor, en absoluto), nos resultaba adocenado.
Tal vez hiciéramos pagar a justos por pecadores, aunque lo dudo, teniendo en cuenta la manera en que Nebreda se despachó con Gattinara. El caso es que nos ensañamos con el Nebreda, a quien empezamos a llamar el Portaviones, debido al tamaño de su calva. Volvió a darnos clase en octavo, y ya nunca dejó de ser el Portaviones. Insisto, no era mal profesor, pero le tocó lidiar con una situación delicada: la de sustituir a alguien brillante e insustituible.
Como apenas éramos adolescentes, nos olvidamos enseguida del Gattinara, y no extrajimos ninguna enseñanza provechosa de su paso fugaz por nuestras vidas. Ni siquiera nos rebelamos: no sabíamos cómo hacerlo, ni exactamente contra qué o quién, ni para qué. Creo que aún no nos habíamos dado cuenta de lo que acababa de suceder, de cómo las fuerzas de la reacción se empeñan a veces en destruir el legado y la memoria colectiva de aquellos que han destacado y se han opuesto a lo establecido.
Pero no tardamos en enterarnos.
Teníamos clase de Música. La señorita Cristina, a la que llamábamos la Pitufina porque era bajita, intentaba darnos clase, al parecer sin mucho éxito. En un arranque, abandonó el aula, lo que nos sumió en el desconcierto. No tardó mucho en reaparecer, provista de unas tijeras. Se dirigió al asiento de Samper y le arrancó de las manos a Braulio, nuestra mascota. De cuatro certeros tijeretazos, le cercenó los miembros y arrojó a la papelera los despojos del monito de felpa. Los restos mutilados del alma de séptimo E.
Aquel curso, el Mejías se cargó a casi la mitad de la clase. Conseguí aprobar, pero con un triste suficiente, no sin haber cateado una evaluación, algo casi ultrajante para mí.
Terminamos el curso mucho más mansitos y callados que al principio.

Como decía al principio, esta serie de anotaciones tiene tres detonantes.
Aquí tenéis el último.
A diferencia de los profesores Palacios y Zaragoza, el señor Gattinara no ha muerto de cáncer; al menos, no había muerto estas Navidades.
Hacía muchos años que no lo veía. La última vez, todavía en el colegio, en un restaurante chino de la calle Hermosilla, al que íbamos cuando queríamos celebrar algo especial, como por ejemplo el Día de la Madre. Iba acompañado por una mujer que, sin ser despampanante, parecía bien plantada y guapa. Muy mujer.
Estas Navidades me crucé con él en Madrid. Estaba dando una vuelta por el barrio, evocando viejos tiempos, cuando lo vi, a la luz de una farola. Surgió de la tapia del colegio del Loreto, en la calle Ayala, y cruzó a toda velocidad Príncipe de Vergara, a la acera del colegio del Pilar. Pese a ir a toda mecha, no había perdido ni un ápice de compostura. Seguía siendo el mismo: el cabello, negro y perfectamente engominado, sin una miserable cana. Estaba algo más rellenito y con la cara redondeada por la edad, pero seguía siendo un dandy apuesto y delgado. El sombrero seguía siendo de mafioso, pero ya no parecía de musical, sino de peli porno, como los que se utilizarían para proporcionarle la excusa de un argumento glamuroso a un encuentro sexual entre Peter North y Tracy Lords.
Era él.
Me sobresalté.
Pensé si debía dirigirme a él con algo parecido a: “Usted es uno de los culpables de que yo sea como soy. Supongo que sabe que no tenía el menor futuro en el Calasancio, pero, durante algo menos de medio curso, usted nos enseñó a pensar”.
Pero soy demasiado tímido, y él cruzó demasiado rápido, y no sé si lo volveré a ver, ni si tendría sentido decirle todo lo que no pude decirles en su momento, ni a él ni al Palacios ni al Zaragoza, toda esa ristra de pensamientos caóticos con que se aborda al antiguo profesor al que te encuentras en la calle, aunque sepas que ya no se acuerda de ti, y que, en vez de estas casi siete mil palabras repletas de verborrea, podrían resumirse en una sola, y mucho más elocuente: un escueto “Gracias”.

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domingo, 22 de abril de 2007

Mil libros

Actualizo hoy, porque mañana, Día del Libro, estaré todo el día en una librería, como personal de refuerzo. Dependiendo de lo relajado que esté el día, a lo mejor vendo libros; si no, me pasaré todo el día reponiendo. Será un día duro, de siete de la mañana a nueve y media de la noche. Después de los tres días de Sant Jordi que me pasé en la parada de Gigamesh en la Rambla, supone un reencuentro agradable con ese ambiente entre festivo y estrestante que se respira todos los días 23 de abril.

Cualquiera que me conozca sabrá que me tomo muy en serio el Día del Libro. Escribo entre pilas y pilas de libros. Debajo de la cama tengo libros, y la biblioteca de Madrid ocupa veintiocho cajas, que David Panadero ha tenido la inmensa amabilidad de acoger en su casa vallekana. En total, calculo que supero los dos mil quinientos libros. No los he catalogado (ya se sabe: en casa de herrero…), pero algún día lo haré.

Por tener, hasta tengo libros en el corazón.

Como soy un maniático, llevo un listado de los libros que he leído. Es inexacto, porque se me escapan lecturas de infancia (aunque empecé a leer bastante tarde), y por la confusión en torno al término libro. ¿Dónde empieza el libro y dónde termina el folleto? Hasta que empecé a trabajar como bibliotecario no tuve claros esos límites, por lo que supongo que he leído bastantes más libros de los que aparecen en el listado.

El soporte físico del listado es una agenda de color azul oscuro, correspondiente al año 1993. El piso contiguo al de mi madre era la oficina de una empresa de fotocomposición, por lo que tiraban mucho papel.

Cuando llegaba la noche, me adelantaba a la hora de la recogida de la basura y hurgaba en las cajas que sacaban al descansillo. A veces encontraba pequeños tesoros, como un plano de Madrid de los años sesenta, en el que en vez de la M-30 figuraban un pequeño tramo de la Avenida de la Paz, todas las casas bajas que echaron abajo para construir la ronda de circunvalación y, por supuesto, el curso del Arroyo Abroñigal. Otras veces no había nada destacable.

Aquella agenda fue el botín de una de las últimas incursiones en la basura ajena.

En ella volqué los resultados de una serie de hojas que iba escribiendo a máquina, en una vieja Olivetti desvencijada y casi inmune a los cambios de cartucho de tinta. El primer libro cuya lectura consignaba era Cuentos del año 2100, de Aaron Cupit, un regalo de una amiga de mi madre, Manolita Álvarez (o Tita Manolita, porque era como una tía), que trabajaba en el Ministerio de Cultura y me regalaba libros de vez en cuando. Posteriormente, nos utilizaría a mi hermano Pablo, mi madre y yo como ayudantes de las correcciones de estilo de manuales de la UNED, una de sus actividades extralaborales.

A continuación, como segunda entrada en aquel listado, figuraba Pollyanna, de Eleanor H. Porter. El libro pertenecía a la biblioteca de mi hermana. Aún no me acercaba a la de mi hermano Enrique.

A través de aquel listado puedo seguir mi vida y los giros argumentales y temáticos que se han producido a mi alrededor. Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, y El libro de las tierras vírgenes, de Rudyard Kipling, le dieron paso a una breve etapa ocultista, con el Dossier del Más Allá, de Pedro Guirao. A continuación, algunas lecturas escolares y, a principios de 1985 (pues, aparte del número de orden de la lectura, siempre he consignado el año en que leía los libros), El hobbit, de J. R. R. Tolkien. Después de eso, una gripe de campeonato (por haber comido nieve durante una excursión a Navacerrada) y, en apenas dos semanas de postración, La historia interminable, de Michael Ende, El Señor de los Anillos y El Silmarillion, de J. R. R. Tolkien, y La conjura de los necios, de John Kennedy Toole.

La irrupción de la literatura fantástica en mi vida disparó la cantidad de libros leídos. De tres o cuatro al año pasé a la veintena, y después a la treintena, hasta estabilizarme en torno a los cincuenta libros al año, y, cursando ya la carrera, casi el doble.

Al volcar a la agenda los datos de aquellas hojas, Cuentos del año 2100 figuraba a las 9:00 del 1º de enero. Mis primeras lecturas de género fantástico, el 4 de enero. Las lecturas de 1985 ocupaban todo el 4 y el 5 de enero; pero las de 1986 abarcaban desde las 9:00 del 5 de enero hasta las 14:00 del 9 de enero.

Es una etapa gloriosa. Me leo casi todos los títulos imprescindibles de la ciencia ficción, pero también clásicos de la novela policíaca (Cosecha roja, de Dashiell Hammett), la literatura erótica (Manual de civismo, de Pierre Löuys) y la literatura general: El barón rampante, de Italo Calvino, La tía Julia y el escribidor, de Mario Vargas Llosa, y Madame Bovary, de Gustave Flaubert.

Empiezo a releer libros, y los sitúo en la parte inferior de la agenda, como si fueran notas a pie de página. Utilizo el mismo método para consignar las lecturas de los Cuadernos de Historia 16, catálogos de museos y fanediciones que no llegan a libro.

Mi lectura número 100 es Historia de un idiota contada por él mismo, de Félix de Azúa, en 1987 (en la página correspondiente al 13 de enero).

La número 200, Empotrados, de Ian Watson, en 1989 (22 de enero).

El número 300 le corresponde a Los Reyes Católicos. 1474-1516, de J. N. Hillgart, en 1992 (2 de febrero).

El 400, La ciencia en la ciencia ficción, de Peter Nicholls, David Langford y Brian Stableford, en 1994 (11 de febrero). En esa época me leo gran cantidad de títulos de la colección Alianza 100, que no considero libros, aunque técnicamente lo sean. Debería revisar los criterios y, como digo, el número de libros que he leído se incrementará al menos en un centenar.

El título número 500, Las lágrimas del Sol, de José María Merino, en 1995 (20 de febrero). Ya he terminado la carrera y estoy empezando a opositar.

Los Cuadernos Espiral no constan como libros, aunque lo harán más tarde, cuando pasen a formato libro. Otro asunto que hay que uniformizar.

El libro 600: Ciencia ficción. Enciclopedia ilustrada, de John Clute, en 1997 (2 de marzo). A continuación, El perfume, de Patrick Süskind.

El 700, El cofre del tesoro, de Orson Scott Card, en 1999 (10 de marzo). Estoy a punto de enfermar; de hecho, es el penúltimo libro que leo antes de ingresar en el hospital.

La letra de los libros leídos en esta época es la más clara de toda la agenda: estoy tranquilo, he superado la enfermedad con gran entereza y parece que escribo en versalita.

He dejado las oposiciones, estoy atravesando un período de reflexión y, entre chute y chute de quimioterapia, leo muchísimo. Estoy que no paro como crítico y ensayista, y así llegamos al título 800: Besos de alacrán y otros relatos, de León Arsenal, en el 2000 (17 de marzo).

Cuantos más artículos y críticas escribo, más releo. La página correspondiente al 22 de marzo está llena de relecturas: estamos preparando Las 100 mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX, para La Factoría de Ideas.

Me vengo a vivir a Barcelona, para trabajar en Gigamesh. Mi ritmo de lectura se frena en seco. Sólo leo libros para hacer críticas o ensayos. Dejo de leer por placer. El tiempo que le dedicaba a la lectura se me va en la convivencia en el piso. De casi cien lecturas anuales paso a una treintena escasa.

El libro 900: Malignos, de Richard Calder, en 2003 (25 de marzo)

Un hecho curioso, del que me voy dando cuenta de manera paulatina: nunca apunto como leído un libro en el que haya trabajado directamente, bien porque lo haya maquetado, bien porque lo haya corregido. Así pues, en el listado no aparecen los cuentos de ciencia ficción Fredric Brown ni Placeres prohibidos, de Laurell K. Hamilton. Visiones 2002 no aparece en el listado hasta que me lo releo, ya editado.

Más reglas extrañas: siempre escribo con bolígrafo negro. Reservo el azul para los “no-libros”, esas notas a pie de página que podrían considerarse folletos.

Otra: desde que empecé con el listado, no he cambiado el criterio acerca de la escritura de títulos y autores. Le hago caso omiso a las Reglas de Catalogación y a los criterios de elaboración de bibliografías. Mi criterio se acerca a este:

Nombre APELLIDO, “Título”

Después de casi ochocientos libros leídos, no creí conveniente adaptarlo a las Reglas de Catalogación. Ya lo haré, cuando decida pasar estos datos a limpio, a una hoja Excel.

Mi ritmo de lectura se hace más lento, si cabe, y cuatro años después llego a un momento con más valor simbólico que práctico: el libro número 1000.

Durante la segunda mitad del año 2006 y todo lo que llevamos de 2007, recupero mi viejo ritmo de lectura: durante el verano, tengo más tiempo que antes; cuando empiezo con la locura de cursos y prácticas, el incesante ir y venir me regalan una hora diaria en metro o autobús, con lo que el ritmo aumenta. Además, soy jurado de la segunda edición del premio Xatafi-Cyberdark, y parte de mi tarea consiste en ir leyendo los títulos más destacados de 2006.

Acabo de pasar página en la agenda. Ya estoy a 2 de abril.

Y, como soy un esclavo de mis propios convencionalismos y de las reglas del juego autoimpuestas, empiezo a darle vueltas a un asunto nada trivial.

¿Cuál debe ser mi lectura número mil?

Los libros mejor situados son Los dones, de Ursula K. Le Guin, y Cabo de Hornos a la vela, de Bernard Moitessier, pero altero el ritmo de lectura de ambos: el libro de Le Guin, con ser estimable, no está a la altura de lo mejor de la autora, y el de Moitessier, para el proyecto del máster, es el precioso relato autobiográfico de un navegante legendario, pero quiero algo más personal, una lectura con la que me sienta más implicado, que me emocione al pensar en ella y en la que me vea reflejado cuando vea ese 1.000 en la agenda, aun a sabiendas de que llegará un momento, cuando cambie los criterios bibliográficos y pase el listado de libros a una hoja Excel, en que ese libro pasará a ser el 1084 o el 1117, por ejemplo.

La solución me llega con increíble rapidez.

Estoy con ese libro desde el mes de marzo de 2006. Fue el primer regalo de Cristina, y contiene, escrita a bolígrafo, la dedicatoria más bonita y elaborada que he leído en mi vida, que casi me hizo llorar de emoción en su momento; pero es un libro difícil de leer, ya que a primera vista el estilo es denso. He intentado leerlo al menos en dos ocasiones, y nunca voy más allá de la página cien.

Sin embargo, esta vez me lo leo casi de un tirón. No sólo no es denso, sino que su lectura me resulta harto interesante.

¿Qué ocurría, pues? Sencillo: el prólogo era denso. El texto en sí resulta apasionante.

El libro en cuestión se titula El siglo XI en primera persona. Las “Memorias” de ‘Abd Allah, último rey Zirí de Granada, destronado por los almorávides. La traducción es de E. Lévi-Provençal y Emilio García Gómez, dos de los arabistas más destacados.

Me engancho de inmediato, pese a que las otras dos veces no pude llegar muy lejos, y me lo termino en muy poquito tiempo. Y, de este modo, se convierte en mi libro número mil.

Cuando estuve en Madrid con Cristina, la llevé, entre otros sitios, a la Plaza de Oriente. Allí le expliqué que había estatuas de todos los reyes españoles, desde los godos en adelante. En aquel momento, Cristina, que estudia Filología Árabe, realizó una observación que me hizo enmudecer:

-Pero faltan los reyes árabes.

Y es cierto. Nos enseñan mal la historia, desde una perspectiva eurocéntrica. La Historia la escriben los vencedores, se dice, y en el caso de la historia de España es rigurosamente cierto. ¿Cuántos temas dedican los manuales de Historia Medieval a la España islámica? Dos, en un manual tan ambicioso como el Riu Riu, con el que estudié la carrera. En los programas de Bachillerato, apenas un tema, como pasando de puntillas sobre el asunto.

La historia de la España islámica es la historia de buena parte de España durante demasiado tiempo.

Granada fue musulmana durante setecientos ochenta años. Apenas lleva quinientos quince años siendo cristiana. Se nos escatima la mayor parte de su historia.

Lo normal es tender a pensar que en la España medieval no pasaba nada durante los siglos de paz absoluta. Esa paz se rompía cuando aparecía un rey cristiano especialmente belicoso, que decidía reconquistar terrenos para la Cristiandad, más bien a golpe de sobornos y tributos que de campañas militares, o bien cuando venían los iluminados de turno procedentes de África, llámense almorávides o almohades.

No se nos cuenta que la historia de lo que hoy es Andalucía está más relacionada con la de lo que en la actualidad podríamos definir como el norte de Marruecos.

Apenas quedan documentos escritos de aquella época. Más que nada, porque los que no se perdieron se conservan en archivos del ámbito islámico.

En Tombuctú aparecen continuamente documentos que ayudan a entender la historia de España. Esa historia que, vista desde la perspectiva de nuestro eurocentrismo cristiano, nos negamos a creer que sea española, porque nos habla de los reinos musulmanes.

El libro que me regaló Cristina le cambia los esquemas a quien piense en estos términos.

Es la autobiografía del último rey de taifas de Granada, antes de ser depuesto por los almorávides, en el año 1090. Asimismo, se trata de un libro magnífico desde el punto de vista literario. Y de un conjunto de reflexiones realmente brillantes sobre asuntos tan dispares como el hecho de gobernar o la importancia de la astronomía y la astrología, facetas en las que el mundo islámico siempre ha destacado.

No obstante, no se trata de la autobiografía de un caudillo belicoso. Todo lo contrario. ‘Abd Allah siempre fue considerado un tonto útil por las historiografías cristiana y musulmana (la de los musulmanes que vencieron a otros musulmanes, se entiende), una especie de emperador Claudio, entronizado por fuerzas económicas, políticas y territoriales que entendían que sería un pelele fácilmente adaptable a sus intereses. La historia no se ha encargado de desmentir estos hechos, puesto que su reinado fue débil y terminó sucumbiendo al empuje de los almorávides, las traiciones internas de los señores territoriales, las intrigas palaciegas promovidas por el harén real y los reyes cristianos, convertidos en falsos amigos, falsos hermanos y un peligro siempre real.

Escrito con un estilo cadencioso, este libro tiene esa manera tan característica de narrar de los musulmanes, llena de invocaciones y loas a Alá y los antepasados, citas del Corán y disquisiciones (casi digresiones) sobre cualquier asunto que haya captado la atención del narrador.

También es un libro incompleto. Los manuscritos que se han recuperado no son sino una parte del original. Faltan capítulos enteros, como la revuelta contra el predecesor de ‘Abd Allah ibn Bullugin en el trono granadino, su tío Badis ibn Habús.

No obstante, se trata de un documento único. Gracias a este libro he aprendido más que en la carrera acerca de determinados aspectos relacionados con la tierra de mis antepasados, Andalucía. Y, como digo, es una lectura absorbente, únicamente interrumpida por las continuas llamadas a nota, que no se encuentran a pie de página sino al final de cada capítulo.

Os recomiendo su lectura. Os va a cambiar muchos puntos de vista sobre una época que la historiografía tradicional quiere considerar oscura, y que no lo es, ni mucho menos.



Si lo queréis comprar para el Día del Libro, adelante: creo que es una buena recomendación.

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viernes, 20 de abril de 2007

El club de los profesores muertos (de asco). Segunda parte

El profesor de Inglés de segundo de BUP era Álvaro Zaragoza. Era muy joven, apenas tendría treinta años, aunque su barba tupida lo hacía muy mayor a nuestros ojos.
Segundo de BUP fue, con diferencia, mi peor año. Como siempre nos sentábamos en orden alfabético, aquel curso me tocó el número 21, lo cual suponía que me quedaba en la última fila. A mi lado, Jorge Reguero, que era muy majete y estaba muy al tanto de la música de moda (no paraba de cantar “El ataque de las chicas cocodrilo” y “Marta tiene un marcapasos”, de los Hombres G, y cosas de esas), pero era mal alumno, y me arrastraba hacia la falta de atención. Además, había tres grandes huesos: Matemáticas, Informática, y Física y Química, que no tenía manera humana de entender. La parte de química, todavía, puesto que me entretenía con los moles, las valencias y la tabla periódica de los elementos; pero cuando llegué a la física, todo se convirtió en un maremágnum de espines y movimientos vectoriales. Estaba condenado a suspenderlas, y, peor aún, a que por primera vez en mi vida me quedara alguna asignatura para septiembre. En circunstancias normales, hubiera sido un tremendo varapalo para mí, pero hubiera terminado aprendiendo la lección y, total, al año siguiente iba a escoger Letras puras y no volvería a acercarme a las matemáticas ni a la física ni a la química. Pero la circunstancias no eran normales: en tercero de BUP me quería ir del Calasancio al instituto Beatriz Galindo, y para ello necesitaba pasar el curso limpio, sin asignaturas pendientes. Me iba la vida en ello; y nunca mejor dicho, porque mi manera de ser actual se debe en gran parte a los dos años que pasé en el Beatriz Galindo.
Con todo, los mayores apuros los pasé en una asignatura que en principio estaba destinada a proporcionarme un sobresaliente: Literatura. Nunca llegué a entenderme con el profesor, el señor Pais. Supongo que buena parte de la escasa empatía que creamos estuvo relacionada con un incidente que tuvo lugar en los primeros compases del curso.
El señor Pais vestía de gris. Adusto y con sonrisa congelada, sus modales eran casi jesuíticos; de modo que una vez, al romper filas a la salida del recreo, una mañana en que le correspondía controlarnos mientras subíamos a las aulas, le interpelé, no recuerdo con qué excusa:
-Padre, padre, que… -(E, insisto, ya no recuerdo qué quería decirle.)
Pero resultó que el señor Pais no era cura. Aunque lo pareciera. He conocido curas de modales mucho menos clericales que los suyos, como el padre Montoto, el director del colegio, una de las personas que más ha influido en mi educación y bienestar. Fue él quien me consiguió media beca cuando la situación económica familiar, agravada tras la marcha de mi padre, empezó a resultar insostenible. Y fue él quien, en cierto modo, atizó mis ínfulas literarias, puesto que su manera de castigarnos cuando hablábamos mucho consistía en obligarnos a escribir una redacción acerca de lo que se le ocurriera; ni que decir tiene que yo me moría de ganas de que nos castigasen, porque me encantaba escribir redacciones. Me encantaba escribir. Me sigue encantando, de hecho.
El padre Montoto llegó a provincial de la orden de los Escolapios. Uno de los raros casos en que el mérito, la sencillez y la capacidad obtienen recompensa dentro de una organización jerarquizada.
Tal vez el motivo de la querella con el señor Pais se debiera a mi incipiente afición por la literatura fantástica, pero eso hubiera arrastrado a mi compañero de lecturas, Javi Ullán, que no obstante siguió sacando sobresalientes sin mayores problemas. No pudo, pues, ser eso.
El caso es que Javi y yo estábamos enganchados a la ciencia ficción. Él leía las series de Dune y el Mundo del Río, y mi primo Julián me inoculó la pasión por el género a golpe de clásicos: Robert Sheckley, Stanislaw Lem, Isaac Asimov, Frederik Pohl, William Tenn, Philip K. Dick… Como se nos estaban terminando los títulos recomendados, decidimos solicitar el consejo de los expertos. Escribimos a todos los editores que conocíamos, y sólo nos respondió Alejo Cuervo, que además me adjuntó el primer número de su fanzine Gigamesh, al que me suscribí y gracias al cual entré en contacto con la tertulia de la Asociación Antares, que frecuentaban los que ahora son algunos de mis mejores amigos, como Julián Díez, Susana Vallejo o José María Faraldo.
En el colegio no nos fue tan bien. Colgamos un anuncio en el tablón de BUP, y de inmediato nos ganamos las burlas de todos los compañeros y de algunos profesores, con el señor Pais a la cabeza. Las coñitas contra “los asimovitos del curso” fueron el leitmotiv de sus sosegadas diatribas (sermones, casi) durante un par de semanas.
Así pues, el señor Pais, por algún motivo, me tuvo enfilado desde el principio del curso. Me quitaba la palabra cuando yo intentaba lucirme, me hacía escarnio cuando demostraba que me había leído el texto por cuyos vericuetos nos guiaba el manual de Lázaro Carreter (y leerse el Poema del Cid, de arriba abajo, con quince años, y motu proprio para más inri, no es moco de pavo), me buscaba las vueltas hasta que me quedaba en blanco e, invariablemente, me suspendía la evaluación.
El momento más amargo tuvo lugar durante una lectura de El alcalde de Zalamea en clase. El señor Pais repartió los papeles; en vez de representarlos, teníamos que limitarnos a leerlos; algo dramatizados, eso sí, pero en ningún caso interpretados de manera teatral. En mí recayó el rol de Rebolledo. Empecé a leer; no era el que mejor lo hacía, eso por descontado, porque las lecturas en público siempre me habían parecido un suplicio, pero no se puede decir que desentonara en exceso. No obstante, y apenas habían transcurrido tres o cuatro páginas de texto, el señor Pais interrumpió la lectura:
-Señor Santiago, haga el favor de dejar de leer. Señor -y no recuerdo por quién me sustituyó; tal vez por Óscar Sanz de Lucas, o por Pablo Turiel-, ¿le importaría continuar?
Pocas veces he llorado tanto delante de otras personas, y de manera tan desconsolada, como cuando la clase terminó y el señor Pais abandonó el aula. Y pocas veces he visto tal alarde de solidaridad por parte de un curso entero.
Ni que decir tiene que el señor Pais me dejó para las pruebas de recuperación de junio. Por primera vez en mi vida, existía la posibilidad de que me quedaran no una sino cuatro asignaturas para septiembre, lo cual me cerraba la vía de escape al instituto. Y, más aún, si me quedaban cuatro asignaturas y no las aprobaba, corría el riesgo de repetir. Yo, que llevaba una nota media de notable, sólo había suspendido cuatro evaluaciones en los nueve cursos anteriores y jamás había pasado el menor apuro para aprobar en junio.
Nunca he hecho peor un examen de Literatura, ni de ninguna otra asignatura humanística. Me estrellé contra las Cartas marruecas, a las que fui incapaz de sacar elemento alguno de provecho.
Y, no obstante, aprobé la asignatura. Igual que Matemáticas, Informática y Física y Química. Mi madre me jura y perjura que nunca habló con ningún profesor ni con el director, que todo el mérito de haber aprobado las asignaturas me corresponde a mí, y a las clases particulares que me impartió Juanma Parrondo, un amigo de Enrique que ahora es toda una lumbrera en el campo de la Física. No lo sé. Es posible; pero no descarto la influencia de otros factores, como que mi expendiente académico anterior a segundo de BUP era bueno tirando a brillante, y que en el centro sabían que de mis calificaciones dependía el ser o no ser, el continuar pudriéndome en aquel colegio o irme al instituto. Y que un mal año lo tiene cualquiera.
En el caso del señor Pais, no sé por qué me aprobó después de conducirme a aquel cadalso, porque ya he dicho que fue el peor examen que hice jamás de Literatura. Tal vez intentara enseñarme alguna lección de la vida, alguna provechosa enseñanza que extraer del calvario en que me había sumido durante nueve meses.
Veintidós años después, sigo sin saber en qué pudo haber consistido aquella lección. Ni ganas de preguntárselo.
Pero, entre tanta miseria, siempre quedaba un lugar para la dignidad.
Las clases del Zaragoza no eran espectaculares, pero conectaba muy bien con nosotros. Era jovial y dinámico, fomentaba la participación de los alumnos (en la medida en que puede participar una caterva de chavales de quince años que pasan de todo) y, por lo que recuerdo, nunca nos reprendió sin merecerlo, ni nos castigó ni amenazó con reprimirnos. Era un colega.
Mis afanes por ser el más rápido en desenfundar me costaban alguna metedura de pata antológica.
Una prueba de las de fill the blanks. La escritora del siglo XIX que escribió Orgullo y prejuicio era Jane...
-¡Seymour! –trepidaba yo.
Carcajada generalizada.
Si alguna vez me da un alzheimer o alguna otra enfermedad degenerativa, podéis tener la certeza de que la última escritora británica del siglo XIX cuyo nombre olvidaré es Jane Austen.
Como digo, me ponía histérico cuando salía al encerado. En clase de Inglés no podía olvidarme de dividir, pero había cosas equivalentes:
-How are you, Mr. Santiago?
-Very good.
Carcajadas, de nuevo.
Visto en perspectiva, la cantidad de meteduras de pata que cometía en clase de Inglés era claramente superior a la de cantadas perpetradas en clase de Literatura. No obstante lo cual, terminé el curso con notable, y con la sensación de que estuve más cerca del sobresaliente que del bien. Podía equivocarme, pero ello no me restaba puntos de cara a la evaluación final, siempre que el examen estuviera correcto y el profesor percibiera que había corregido los errores cometidos en clase. La evaluación, en suma, era continuada.
En su momento, no percibí que el Zaragoza dejase ninguna huella especial en mí y mi manera de entender la vida; pero, al igual que me sucediera con el Palacios y tantos otros, ahora es cuando entiendo el papel que desempeñó: era un profesor joven, cierto, que aún tenía ganas y no había claudicado ante la vida, el alumnado, la dirección del centro, las Apas y los planes de estudios; pero debía de tener la misma edad que el Gayo, y su actitud era totalmente opuesta. El Zaragoza pertenecía a esa estirpe de profesores que se empeñan en hacer bien su trabajo; tal vez no los recuerdes dentro de veinte años (en mi caso, está claro que sí; de lo contrario, no estaría escribiendo sobre él), pero sus enseñanzas se te quedan marcadas para siempre. Sabes, sin pararte a pensarlo, porque ya forma parte de la estructura profunda de tu cerebro, que Jane Austen era una escritora, y que si estás very good es que estás muy bien; pero también te enteras de que los hooligans británicos salen de cacería de hinchas españoles o italianos al grito de “Never let a dago by”, que es un juego de palabras que aprovecha que day go se pronuncia igual que dago (mote despectivo de los latinos), y que con ello quieren referirse igualmente a “No dejes pasar los días” o “Que no se te escape ni un mediterráneo”. El Zaragoza salpimentaba sus clases con infinidad de anécdotas de aquel tipo y, si las retenías en la memoria, podías adquirir una idea del idioma mucho más amplia que la que se puede encontrar en los manuales. Igual que con el Papus, con el Zaragoza aprendí bastante inglés, y lo hice casi sin darme cuenta, sin reparar en los métodos didácticos. Eran invisibles, pero funcionaban.
Todo estribaba en hacerte creer que eras tú el que aprendía, gracias a tu esfuerzo, como si el trabajo del profesor hubiera sido inexistente. Pero el trabajo había existido. Y había sido muy grande.
Tampoco tendré la oportunidad de cruzarme con el Zaragoza por la calle, para agradecerle el haberme formado como persona, más allá de lo que hacían sus compañeros de sala de profesores. Según me contaron en su momento, Álvaro Zaragoza falleció de cáncer de pulmón, apenas dos o tres años después de habernos dado clase. Tenía, como digo, treinta y poquísimos años, si los tenía.

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jueves, 19 de abril de 2007

Tengo una pregunta para Rajoy

Bueno, en realidad no la tengo yo (y si la tuviera, sería algo así como "¿Por qué ahora le parecen tan rematadamente malas todas las decisiones de política antiterrorista que le parecían tan bien cuando usted era ministro de Interior?"), sino los televidentes que esta noche le preguntarán de todo (espero que no salga el típico listillo que quiera saber el precio del café: seguro que esa sí que se la sabe) y, sobre todo, los lectores del blog de Nacho Escolar, que han mandado sus preguntas en un wiki absolutamente impagable. Destaco las más epatantes.

Al final, la realidad será mucho más surrealista que algunas de estas preguntas.

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Vivienda

PREGUNTA ¿incluirá Sr. Rajoy una ley del suelo que combata toda la corrupción que se está produciendo en la costa levantina y ayude, a su vez, a desacelerar los precios de la vivienda?

PREGUNTA: ¿Cuánto mide su casa? ¿Tiene hipoteca? ¿Cuánto le costó?

PREGUNTA: ¿Cuando tenga usted 75 años, seguirá usted pagando hipoteca, al igual que yo?

PREGUNTA: ¿Qué opinión le merece que la práctica totalidad de los "bombazos urbanisticos" esten relacionados con alcaldes del PP?

PREGUNTA: ¿Por qué pidió a Alberto Ruiz Gallardón que no subiera el IBI de los pisos vacíos en la ciudad de Madrid? ¿No favorece esto a los que más tienen y hace que la burbuja inmobiliaria vaya a más?

PREGUNTA: ¿Cuánto cuesta construir un piso de unos 80 metros cuadrados hábiles en una zona normal, con buenos materiales y estructura e incluyendo suelo, salarios, licencias, etc? (Esta va con trampa, construir un piso así no cuesta más de 100.000€)

Inmigración

PREGUNTA: ¿Tiene en casa servicio domestico?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿no piensa que dada la baja natalidad de los españoles, la falta de brío de nuestra juventud y la evidente decadencia de la antaño elevada cultura española, debería fomentarse la inmigración en vez de tratar de impedirse inútilmente? ¿No piensa que la inmigración serviría para rejuvenecer nuestra sangre y revigorizar nuestra vacía cultura con savia nueva? ¿No son los inmigrantes los auténticos herederos de esos españoles aguerridos y valientes que cruzaban océanos y estrechos, ponían en riesgo sus vidas y quemaban sus naves al dejar atrás sus tierras lejanas?

PREGUNTA: ¿Piensa instaurar el Raamadán fiesta nacional? ¿Y hacer festivo los viernes?

PREGUNTA: De haber ganado las elecciones ¿cómo habrían gestionado los casos de cayucos que arribaron a las islas Canarias el verano pasado?

PREGUNTA: ¿Cree que es mejor que los inmigrantes trabajen ilegalmente o que lo hagan con contratos y coticen así a la seguridad social? Si responde el segundo caso ¿No cree que era necesario llevar a cabo un proceso de regularización extraordinaria?

PREGUNTA: ¿Es usted partidario de expulsar a todos los inmigrantes ilegales? ¿Cómo lo haría?

Derechos sociales

PREGUNTA: Sr. Rajoy, si su partido gana las elecciones generales ¿Ilegalizaria el aborto, el divorcio, los registros de parejas de hecho y los matrimonios homosexuales?

PREGUNTA: Explique por favor claramente las razones (más allá de disquisiciones lingüísticas) por las cuales se opone al matrimonio entre dos personas de un mismo sexo.

PREGUNTA: Si usted accede al gobierno, por favor, una respuesta escueta y clara: ¿deshará las modificaciones al Código Civil que permiten el matrimonio entre personas del mismo sexo?

PREGUNTA: ¿Esta usted de acuerdo con Aquilino Polaino, ponente a petición del PP, en que los homosexuales son enfermos con numerosas psicopatologías, maltratados en la niñez, criados en un ambiente hostil y con padres alcohólicos?

PREGUNTA: ¿Si su hijo un día le dijera que tiene novio y que se quiere casar con él, qué le contestaría: que es un enfermo, que la culpa es de Zapatero, qué he hecho yo para merecer ésto....?

PREGUNTA: ¿Qué piensa de los homosexuales que militan y pertenecen a su partido?

PREGUNTA: ¿Es usted partidario de legalizar la prostitución o por el contrario de penalizarla?

PREGUNTA: Siguiendo el ideario Liberal ¿Eliminaría el salario mínimo? ¿Privatizaría la seguridad social, sanidad, educación y otros servicios públicos?

PREGUNTA:¿Usa Windows, Linux o Mac?

Política internacional

PREGUNTA: ¿En caso de gobernar, volvería a mandar al ejército español a Irak? ¿Y a Afghanistan?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿se equivocó su partido al apoyar la guerra de Iraq contra la opinión del 90% de los españoles? Antes de que pueda responderme que eso es algo pasado, como los suevos ¿Cree que cuando ha pasado un cierto tiempo o unas elecciones ya no hace falta que un partido político se disculpe por haber cometido un grave error?

PREGUNTA: ¿Cree usted, como Aznar, que Israel debería formar parte de la OTAN? ¿Considera, como el presidente de honor de su partido, que la OTAN debería haber bombardeado el Libano?

PREGUNTA: ¿De haber ganado las elecciones, los soldados españoles seguirían en Irak?

PREGUNTA: ¿Apoyó la guerra de Irak por convicción o por lealtad/miedo a Aznar? ¿Cómo duerme al ver la catástrofe que ocasiona diariamente la guerra en ese país?

Educación

PREGUNTA: ¿Considera que los medios de comunicación cumplen un papel educativo? ¿Le parece tolerable que en un telediario de emisión nacional pueda decirse impunemente "El Ayuntamiento de lo que es Marbella ha sido disuelto por el gobierno"? ¿Eliminará la telebasura de las televisiones públicas?

PREGUNTA: ¿Qué opina de la eliminación de las ingeniería informática y convertirla en una titulación de grado medio?

PREGUNTA: ¿Que opina de la propuesta del ministerio para cumplir el compromiso de Bolonia?¿Cómo lo haría usted?

PREGUNTA: ¿Si en la Constitución española se reconoce el derecho a una educación religiosa según las creencias de cada uno, por qué quiere imponer como enseñanza obligatoria el cristianismo y no el islamismo, budismo, pastafarismo o el ateismo?

Terrorismo

PREGUNTA: Sr. Rajoy durante la legislatura del Sr. Zapatero su partido ha exigido en varias ocasiones la dimisión de algunos responsables del PSOE. Mi pregunta es: Durante la legislatura del partido popular liderado por el Sr. Aznar se cometieron errores gravísimos como son, la gestión desastrosa del Prestige en aguas gallegas, el desastre del Yakovlev y la horrible gestión de identificación de sus victimas, el decretazo que ahora se ha declarado ilegal, la guerra de Irak, el atentado del 11M y su desastrosa gestión, etc. ¿Sr. Rajoy porque en ninguno de los casos mencionados dimitió un responsable político del PP?¿Su partido tiene doble moral?

PREGUNTA: En caso de que por falta de colaboración de su partido en un posible fin del terrorismo de ETA se reinicien los asesinatos, ¿quién debería decirle a las viudas y huérfanos de los asesinados lo que pasó?.

PREGUNTA: Si es usted presidente del gobierno y ETA declara una tregua, ¿se reunirá con ellos antes de que entregue las armas?

PREGUNTA: Desarrolle el concepto "convicción moral". ¿En que se diferencia esa "convicción moral" de una simple convicción, fe o creencia?

PREGUNTA: ¿Durante qué gobierno se legalizó, en 2004, el Partido Comunista de las Tierras Vascas(PCTV)?

PREGUNTA: ¿Ha cumplido De Juana Chaos su condena por los 25 asesinatos?¿A cuantos años se le condenó?¿Cuántos años cumplió de condena?¿Fue beneficiario de reducciones de condena?

PREGUNTA: ¿Qué parte de responsabilidad asume usted del fracaso de la vía abierta para una solución negociada del terrorismo de ETA?

PREGUNTA: ¿Sigue pensando, como ha insinuado su grupo parlamentario en el congreso en numerosas de sus preguntas sobre el 11M, que el PSOE participó en la masacre con el fin de alcanzar el poder?

PREGUNTA: ¿Cuantos y cuales son los conflictos que usted conoce, sin contar el GRAPO, Terra Lliure u otros casos menores, que se hayan resuelto sin negociación?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿Cómo es posible que afirmen ustedes desde el PP que a finales de su segunda legislatura ETA estaba en su momento de mayor debilidad, y que a la vez consideren que fue ETA la autora del 11-M, es decir, del mayor atentado de Europa?"

PREGUNTA: ¿Conoce usted algún otro país en Europa o en el mundo en el que el partido de la oposición no apoye al gobierno frente al terrorismo? ¿No cree usted que las declaraciones de Acebes tras el último comunicado de ETA pueden considerarse colaboración con banda armada?

PREGUNTA: ¿Que opina sobre los ultimos atentados de ETA en el Magreb?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿Por qué usa el terrorismo para hacer oposición al Gobierno, si se supone que es un asunto de Estado?

PREGUNTA: ¿Que le hace pensar que el único modo de acabar con el terrorismo es haciendo uso de las fuerzas policiales? Es el método que se ha seguido durante 30 años y seguimos con terrorismo...

PREGUNTA: ¿Qué opina de ofrecer indultos a terroristas? (Respuesta de Rajoy) Y, ¿puede decirnos qué opina de que el Gobierno del que usted formaba parte en la época Aznar indultara a Vera por delitos relacionados con el terrorismo de los GAL (entre ellos, el secuestro)? [1]

PREGUNTA: ¿Cree usted que el PSOE está detrás del 11M y que ese atentado fue, en verdad, un golpe de estado de los socialistas (compinchados con ETA, los islamistas y/o GAL) contra el Gobierno de Aznar?, ¿qué opinión le merece, sólo sobre este tema en concreto, los medios que han afirmado en primera persona que así creen que fue (o, al menos, lo han insinuado en voz alta) como TeleMadrid, COPE, Libertad Digital, El Mundo o CityFM?, ¿condena usted esas afirmaciones vertidas en esos medios y a los responsables de dichas afirmaciones? ¿Y qué les diría a los cientos de internautas simpatizantes de su partido que así lo creen o así lo intentan demostrar con afirmaciones del tipo: "de un partido que creó el GAL, ya se sabe", "¿quién salió ganando con el 11M?" o "El PSOE lleva pactando con ETA mucho antes del 11M cosas como la independencia del País Vasco a cambio de que ETA pusiera una bomba antes de las elecciones, echaran a Aznar del poder y ganara Zapatero", ¿qué les diría a esos simpatizantes de su partido que afirman eso? (aparte de decirles eso de que aporten pruebas), ¿las considera graves?, ¿a qué nivel de gravedad?, ¿les pediría a todos ellos que se fueran de sus filas por insinuar esas graves afirmaciones contra un partido democrático (aunque rival) elegido legímamente en las urnas? Sea conciso y no se me vaya por las ramas.

PREGUNTA: ¿Qué sería capaz usted de hacer contra el terrorismo islamista internacional, en el hipotético caso de que entrase en la Moncloa, como presidente?

PREGUNTA: Señor Rajoy, Si en los proximos meses el Gobierno negociara la entrega de las armas de ETA, y esta efectivamente se produjera ¿Cual seria su reacción? ¿Apoyaría al Gobierno?

PREGUNTA: ¿Como está mejor invertido el dinero para luchar contra el terrorismo islamista: mandando 1.200 hombres a Irak o poniendo a 1.200 policias a trabajar en España?

Modelo autonómico

PREGUNTA: Señor Rajoy: ¿Porqué permitió y alentó el PP la fragmentación de la Sanidad española en 17 feuditos, produciendo gravísimas disfunciones en su funcionamento que estamos soportando los pacientes y los profesionales sanitarios?

PREGUNTA:Señor Rajoy, esta semana santa he percibido diversas fracturas en rocas y terrenos de este nuestro país ¿se debe a que España realmente se rompe?¿ha optado por llamar a Cristian Pielhoff de bricomania, para ver que puede hacerse?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿cómo es posible que recurran el Estatut catalán ante el Tribunal Constitucional por artículos semejantes a otros consensuados por su partido en otras autonomías, como Andalucía? ¿Puede explicarnos por qué, para el PP, lo que es aceptable en Andalucía es inaceptable en Cataluña?

PREGUNTA: Señor Rajoy: su partido ha apoyado la definición de Andalucía como "realidad nacional". ¿Están dispuestos a aceptar, como mínimo, esa definición también para Galicia en el próximo estatuto? (el PP gallego se niega a ir más allá de "nacionalidad histórica").

PREGUNTA: ¿Cuantos votos cree, más o menos, que le conseguirá su política de despotriqueo continuo contra Cataluña y sus habitantes? ¿No merecen los catalanes el mismo trato de respeto que el resto de habitantes de la península y/o islas?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿ estaría dispuesto a considerar una segregación de la actual comunidad autónoma de Castilla y León, en dos comunidades como desea el pueblo leonés y en numerosas ocasiones han reivindicado destacados políticos locales incluso alcaldes de su propio partido ?

PREGUNTA: ¿Sigue usted pensando que ETA fue la responsable de los atentados del 11-M?

Medio Ambiente

PREGUNTA: ¿Para que firmo su gobierno el protocolo de Kioto si no pensaban cumplirlo?

PREGUNTA: ¿Cree que España debería retomar la energía nuclear para reducir nuestra cuota de emisión de CO2 a la atmósfera y combatir el cambio climático?

PREGUNTA: ¿Qué medidas propone su partido para reducir la dependencia energética de España y Europa del exterior?

PREGUNTA: Dentro de unos años o décadas, cuando los problemas relacionados con la destrucción del medioambiente sean patentes y afecten directamente a la vida de los ciudadanos, ¿cree que podrá seguir afirmando que los problemas que más preocupan a los españoles son el terrorismo, la ruptura de la unidad de España y la destrucción de la familia?

Investigación y desarrollo

PREGUNTA: ¿Si usted accediera al gobierno restringiría la investigación en células madre?

PREGUNTA: ¿Que haria usted si fuera presidente del gobierno para aumentar el I+D+i? ¿Seguiria la política del anterior gobierno del PP?

PREGUNTA: ¿Cómo es capaz su partido de acusar al PSOE de no querer llevar agua al levante español por descartar el trasvase del Ebro y a la vez paralizar la puesta en marcha de la desaladora de Torrevieja y el trasvase Júcar-Vinalopó? Trasvase del que, por otro lado, se dijo que el Gobierno central quería eliminar, cuando la realidad fue que se consiguió más agua y mayor financiación europea.

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿qué es un blog?


Labor de oposición

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿se le ha ocurrido pensar que la postura de su partido de oposición total a lo que haga el Gobierno puede llevar a mucha gente (entre los que me cuento) a votar al PSOE no por deseo explícito de que éste gane las elecciones, sino con el pensamiento de que "que gane el que sea, mientras que no sea el PP"? ¿no se le ocurre pensar que una derecha civilizada puede mantener en la indiferencia a gente como yo, que somos muchos, y granjearse las simpatías de muchos de centro? ¿cree que el PP tiene futuro sin renovar su cúpula? ¿teme que, si su partido pierde las elecciones, se escinda una facción del PP que no está de acuerdo con la actual política del partido?

PREGUNTA: ¿No cree que si se oponen a toda medida del gobierno y la califican del mayor atentado de la historia de la democracia tal vez ganen votos pero hace inútil la función de la oposición, ya que no nos enteramos de qué cosas se hacen bien y cuales se hacen mal? ¿No cree que la oposición es una pieza más del gobierno del país, cuya misión es que éste sea mejor, a través de propuestas y críticas constructivas, en lugar de hacerle caer?

PREGUNTA: Soy un trabajador del grupo Prisa ¿va usted a responder a mi pregunta?

Empleo

PREGUNTA: Desde marzo de 2004, y según su opinión, ¿ha hecho el gobierno, aunque sea por equivocación, algo bien?

PREGUNTA: ¿Porque no está regulada la profesión de informatico? ¿Porque las ingenierias en informatica y quimica carecen de atribuciones profesionales? ¿Le parece sensato?

Otras

PREGUNTA ¿ cuándo se cambiaran los contratos de " fin de obra " para hacerlos contratos normales ?

PREGUNTA: ¿Tiene alguna expliación (razonable), al hecho de que se terminasen los gritos e insultos en el Congreso y en el Senado cuando salieron encuestas que reflejaban que ese comportamiento quitaba votos al PP?

PREGUNTA: ¿Que opina de la objetividad de Telemadrid? De ganar las elecciones ¿veriamos lo mismo en TVE?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿qué es exactamente "un español de buena voluntad"?

PREGUNTA: Señor Rajoy, no soy votante del PP y me opongo a la gran mayoría de sus propuestas políticas, en el fondo y en las formas. ¿Considera usted entonces que no soy un ciudadano de bien?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿vamos a asistir a nuevas manifestaciones preventivas promovidas o secundadas por el PP contra decisiones que NO ha tomado el gobierno?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿se siente más cómodo siendo entrevistado por Jiménez Losantos o por Iñaki Gabilondo?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿considera creíble la afirmación de que absolutamente todo lo que ha hecho el Gobierno socialista es disparatado?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿qué consola de videojuegos es mejor: la Wii, la X-Box 360, o la PlayStation 3?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿Puede decirnos tres cosas en las que se hayan equivocado cuando gobernaban? ¿Siempre estuvo de acuerdo EN TODO con el Sr. Aznar?

PREGUNTA: ¿Qué opina de que el ciudadano pueda ser vigilado a partir de ahora por entidades privadas como la SGAE?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿considera ilegítimas las elecciones del 14 de marzo de 2004?

PREGUNTA: Señor Rajoy, ¿está usted en política para forrarse?

PREGUNTA: Señor Rajoy, explíquenos qué piensa sobre el canon que cobra la SGAE y que nos declara a todos culpables antes de cometer un delito contra la Propiedad Intelectual.

PREGUNTA: ¿Cuanto costaban los cafés cuando Aznar era presidente?

PREGUNTA: ¿Está de acuerdo en que la SGAE sea una de las que deberia decidir que es licito y que no lo es en los contenidos de internet como propone el gobierno?

PREGUNTA: ¿Cual es su postura ante la difusión libre de la cultura, el canon tanto a bibliotecas como a soportes digitales, y las licencias como Creative Commons, Copyleft etc?

PREGUNTA: ¿Cuánto cuesta un bocadillo de calamares?

PREGUNTA: ¿Porque no se implanta la limitación de velocidad de serie en todos los vehículos?

PREGUNTA: Buenas noches, D. Mariano. ¿Cree usted que un partido político debería aceptar a un político que declara estar en política para forrarse?

PREGUNTA: Sr. Rajoy.: ¿Cuánto cuesta un paquete de chicles trident? ¿y 1.000 kilos de turrón? ¿Qué hay de lo mio?

PREGUNTA: Sr. Rajoy, ¿por qué la película "300" se ha estrenado en Madrid como "2,5 millones"?

PREGUNTA: Sr. Rajoy, ¿En que puesto cree usted que quedara este año España en Eurovision?

PREGUNTA: Mariano por favor, contesta con SÍ o NO, no te me vayas a ir por los cerros de Úbeda ¿condenas el franquismo?

PREGUNTA: ¿Qué opina sobre la inclusión como número 3 en la lista de candidatos por el PP a la Alcaldía de Castellón de un personaje como Carlos Fabra, actual Presidente de la Diputación de Castellón, e imputado por diversos cargos, entre ellos el tráfico de influencias, o el fraude fiscal?

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miércoles, 18 de abril de 2007

Chunda chunda

Voy a terminar por darle la razón a Julián Díez. José María Aznar no es un integrista, ni un mal bicho, ni nada parecido: lo que pasa es que se ha vuelto loco.

La última en conocerse, aunque data de su época de presidente del Gobierno, es esta.
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Aznar encargó a un grupo de escritores y poetas una letra para el himno español

EFE. 18.04.2007 - 16:09h
  • Lo ha revelado el historiador Jon Juaristi, que formaba parte del grupo de elegidos por Aznar.
  • Juaristi aseguró que era "imposible" poner de acuerdo a un grupo de poetas.
  • Requeriría un amplio consenso tanto de partidos políticos como de los ciudadanos.
  • El historiador ha negado que el Foro de Ermua le haya encargado la letra para el himno.

El historiador Jon Juaristi desveló hoy que el anterior presidente del Gobierno, José María Aznar, encargó a un grupo de escritores y poetas, entre ellos él mismo, poner letra al himno nacional, aunque no llegó a hacerse porque "no había posibilidad de llegar a un consenso con la oposición".

Juaristi, que participa en Santander en una jornada de trabajo sobre cultura organizada por el Partido Popular, explicó que, en la legislatura anterior, Aznar encargó una letra para el himno a un grupo "bastante amplio" de poetas y escritores, "que no eran del Partido Popular ninguno de ellos, ni siquiera el secretario de Estado de Cultura, Luis Alberto de Cuenca, que estaba incluido".

No hubo consenso

"Nos encargó una letra pero no se llegó a hacer porque lo peor que se puede pedir a un grupo de poetas es que hagan una letra consensuada. Jamás llegarán a un acuerdo entre ellos, y tampoco existían en ese momento las posibilidades de llegar a un consenso con la oposición", relató el escritor e historiador vasco.

No se llegó a hacer porque lo peor que se puede pedir a un grupo de poetas es que hagan una letra consensuada

Preguntado acerca de si el Foro Ermua le ha pedido que escriba una letra para el himno español, negó que haya sido así y se interesó por saber el origen de esa información de la que dijo que era "la primera noticia" que tenía.

Además opinó que sería "absurdo" que el Foro Ermua o "la asociación de filatélicos" propongan una letra para el himno nacional ya que, para ello, se requeriría un "consenso amplísimo" tanto de los partidos políticos como de los ciudadanos.

"A mí no me parece mal que los países tengan sus himnos, incluso que los himnos tengan letras pero, para que sea posible, se debe dar sobre un consenso amplísimo de las fuerzas políticas y de la población", argumentó Juaristi.

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Como si no fuera público y notorio que la Marcha Real (nuestro actual himno nacional) tiene una letra, y todo el mundo se la sabe de memoria:

Chunda, chunda,
tachunda, chunda chunda
chunda chun-da-chún
tachunda-chunda-chún.
´
Chunda, tachunda,
tachunda-chunda
chun-da-chún
tachunda-chún, da... chún.

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Ya puestos, podría haber rescatado del olvido la letra de Eduardo Marquina, compuesta durante el reinado de Alfonso XIII:

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Gloria, gloria, corona de la Patria,
soberana luz
que es oro en tu pendón.

Vida, vida, futuro de la Patria,
que en tus ojos es
abierto corazón.

Púrpura y oro: bandera inmortal;
en tus colores, juntas, carne y alma están.

Púrpura y oro: querer y lograr;
Tú eres, bandera, el signo del humano afán.

Gloria, gloria, corona de la Patria,
soberana luz
que es oro en tu pendón.

Púrpura y oro: bandera inmortal;
en tus colores, juntas, carne y alma están.

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O bien la mucho más famosa de José María Pemán, que a buen seguro debió de aprenderse Aznar de memoria en su momento, cuando escribía artículos contra la Constitución y todo aquello:

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¡Viva España!
Alzad los brazos, hijos
del pueblo español,
que vuelve a resurgir.
Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar el caminar del sol.

¡Triunfa España!
Los yunques y las ruedas
cantan al compás
del himno de la fe.

Juntos con ellos cantemos de pie
la vida nueva y fuerte de trabajo y paz.

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Mi letra favorita de himno nacional, con todo, es esta otra, de Evaristo San Miguel, que hasta donde sé, es la única letra oficial que jamás ha tenido un himno constitucional en España (interpretado, además, en Australia, con gran éxito de público):

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Serenos y alegres
valientes y osados
cantemos soldados
el himno a la lid.
De nuestros acentos
el orbe se admire
y en nosotros mire
los hijos del Cid.

Soldados la patria
nos llama a la lid,
juremos por ella
vencer, vencer o morir.

El mundo vio nunca
más noble osadía,
ni vio nunca un día
más grande el valor,
que aquel que, inflamados,
nos vimos del fuego
excitar a Riego
de Patria el amor.

Soldados la patria
nos llama a la lid,
juremos por ella
vencer, vencer o morir.

La trompa guerrera
sus ecos da al viento,
horror al sediento,
ya ruge el cañon
a Marte, sañudo,
la audacia provoca
y el ingenio invoca
de nuestra nación.

Soldados la patria
nos llama a la lid,
juremos por ella
vencer, vencer o morir.

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Aunque habría que forzar un poco las estrofas, lo curioso del caso es que la letra es perfectamente adaptable a la música de la Marcha Real. Supongo que ello se debe a que tanto la Marcha Real como el Himno de Riego son marchas militares en origen. Haced la prueba. Yo me he quedado gratísimamente sorprendido. ¡Se puede cantar el Himno de Riego con la música de la Marcha Real!

Lo que descubre uno.

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El club de los profesores muertos (de asco). Primera parte

Una anécdota insustancial dentro de una jornada rutinaria de prácticas, el visionado de una película malilla pero entretenida y un encuentro casual en las calles madrileñas pueden disparar la memoria hacia sucesos ya olvidados.
El tercer detonante lo dejaré para el final.
El primero es un listado de verbos irregulares del inglés. Un archivo en formato Word que tengo que cotejar con una hoja de Excel, para comprobar que no falta ninguno, y de ese modo el diccionario saldrá sin erratas.
Por un momento, la pantalla del ordenador se convierte en una magdalena que paladeo con deleite, justo antes de regresar a primero de BUP. Pero los resultados, más que proustianos, deberían calificarse de lewiscarrollianos; igual que le sucedía a Alicia en el Pais de las Maravillas, menguo y crezco a medida que como de ella.
El segundo detonante es la emisión televisiva de School of Rock, de Richard Linklater; impropia del director de Waking Life, pero divertida. Un vehículo para el lucimiento exclusivo de Jack Black, con una banda sonora irreprochable, un mensaje optimista muy por encima de los resultados artísticos, y el mismo efecto que produjo en mí el listado de verbos irregulares: la pantalla se convierte en una magdalena proustiana, o una tacita de té lewiscarrolliana.
Y retrocedo en el tiempo.
Tengo catorce años, y estoy en el colegio Calasancio. Nuestro profesor de inglés es el señor Palacios, un cincuentón al que llamamos El Papus. Sé por mis hermanos (que no llegaron a estudiar el BUP en el Calasancio, porque se fueron a otros colegios e institutos) que el mote ya existía en sus tiempos. Curiosa costumbre, la de motejar a los profesores. En apenas cuatro o seis años (los años que me llevo con Pablo y Enrique, respectivamente), el profesorado se ha renovado de manera considerable, pero los profesores supervivientes se perpetúan con sus apodos. El señor Asensio, profesor de Lengua de séptimo de EGB, a cuya casa llamábamos los Días de los Inocentes para gastarle inocentadas telefónicas, siempre ha sido (y será, me temo) el Chencho; un día, Jorge Sanz Tordesillas lo llamó así delante del prefecto, el padre Enrique. No le sucedió nada, porque el padre Enrique era bastante civilizado; de habérsele escapado el desliz ante el padre Pedro, nuestro prefecto de BUP, probablemente le habría caído una hostia de las que hacen época. Todavía me duelen las que me daba. Con el tiempo, dejó de golpear a los alumnos: le diagnosticaron una dolencia coronaria y, más importante aún, hicieron mixto el colegio, con lo que se le acabaron las tonterías en plan Paracuellos o La mala educación. Lo que no habían logrado casi quince años de democracia, lo consiguieron doscientas chicas.
Pero en esta época, gobernando ya el PSOE (hablo del curso 1984-85), reinaba la ley marcial del padre Pedro. Había que estar callado entre clase y clase, lo cual era harto difícil, teniendo en cuenta cómo nos las gastábamos a esas edades. De nada servía poner a algún alumno de un curso superior a cuidar el aula y apuntar en la pizarra los nombres de los estudiantes díscolos (costumbre extendida en la EGB), así que apelaban a nuestro sentido común y al miedo reverencial a las razzias del padre Pedro. Su régimen de terror hizo mella en mí en alguna que otra ocasión; no porque fuera un alumno especialmente revoltoso, sino porque me lo montaba fatal y me pillaba. Y reprimía, se entiende.
No sé cuántas veces me pegó. Calculo que, en total, debí de recibir unos cuatrocientos golpes.
No obstante, quienes lo tenían como profesor de Religión en primero de BUP hablaban maravillas de sus sistemas de calificación: un alumno propagó la especie de que, a falta de otra cosa mejor que hacer, había escrito la vida y milagros de AC/DC y, al llegar a la última pregunta, en la que el padre Pedro le pedía al alumno que se autocalificara con la mayor honestidad posible, no dudó en ponerse un notable.
Obtuvo un notable como calificación final.
La anécdota es apócrifa. Nunca me la llegué a creer, pero es demasiado buena como para no consignarla.
El mote del padre Pedro era Brutus. Y, cuando se acercaba a nuestra aula en los cambios de clase, lanzábamos una consigna, “¡Trus, trus!”, como el top manta que grita “¡Agua, agua!” ante la proximidad de la policía. Era el poli malo.
Uno de los polis buenos era el Papus. El señor Palacios.
Apenas recuerdo sus facciones, pero, como digo, debía de rondar la cincuentena.
Sus clases eran divertidas. Por lo menos, yo me lo pasaba bien.
A comienzos de curso nos dio un surtido de letras de canciones populares británicas, irlandesas y estadounidenses, que a lo largo de los meses nos encargamos de ir traduciendo. Pertrechado con un magnetófono de tamaño respetable, un día a la semana nos lo pasábamos bomba escuchando aquellas canciones y saliendo al encerado a leer los textos traducidos. Aún recuerdo estrofas de “Galway Bay”, “Cockles and Mussels”, “It’s a Long Way to Tipperary”, “My Molly”, “O Susanna” y muchas, muchas más. Espirituales negros. Canción protesta. Himnos de taberna. Cánticos de mineros.
Una de aquellas canciones era el himno del Tottenham Hotspurs, una canción realmente pegadiza que empezaba con la invocación “Come On You Spurs”, repetida varias veces, y se terminaba convirtiendo casi en un himno eurovisivo. Tenía marcha. Nada que ver con el “Hala Madrid” ni con el “Tot el camp (plas, plas, plas) és un clam”.
Pero el momento cumbre de las clases del Palacios llegaba cuando nos sacaba a recitar los verbos irregulares.
Entre comes, cames y cames, el Palacios intentaba formarnos, con relativo éxito, en los misterios de los verbos irregulares, aunque éramos tan cenutrios que nos lo tomábamos a guasa:
-Vamos a ver, señor Santiago, dígame el verbo beget.
Y yo, que siempre me he puesto muy nervioso en el encerado, hasta el extremo de que una vez me olvidé de dividir (pero aquello era con el señor Mejías, maestro de la coerción donde los haya habido), hacía lo que podía, porque, al fin y al cabo, solía llevar preparada la lección.
-Beget, begot, begotten.
Y ciertos sectores de la clase se agitaban y soltaban la coña:
-¡Ja! ¡Bigotes! ¡Un bigotón!
Lo más probable es que el gracioso fuera Fernando Santaolalla Pons.
El Papus ni se molestaba en hacer callar. Tenía mejores armas para captar nuestra atención.
-Ahora, que salga el señor Paul Victoria Manzi.
Paul salía al encerado. Y tenía que leer el texto de una de las canciones que teníamos que preparar aquella semana, y que previamente habíamos vuelto a escuchar con el magnetófono del señor Palacios. Al finalizar, llegaba la pregunta del millón:
-¿Puede traducirla al castellano?
Acto seguido, Paul lo hacía; más que nada, porque yo lo había ayudado. Aunque no todo salía perfecto.
-“Oh, Dios mío, el mundo debe estar llegando a un fin, ¿y entonces?”
-Más bien sería: “Oh, Dios mío, esto es el fin del mundo, ¿y ahora qué?”. Pero está bien. Puede sentarse.
El Palacios era un profesor íntegro, preocupado por sus alumnos y por enseñarnos de una manera divertida. La prueba es que, más de veinte años después, sigo acordándome de muchas de las letras de las canciones que nos enseñó. Lo cual me hubiera venido de puta madre para confraternizar con turbas de anglosajones borrachos, si me hubiera ido a Londres o Dublín a servir copas, limpiar habitaciones o trabajar en un McDonald’s, como hicieron algunos coetáneos míos.
Y profesores como él no eran la norma. Lo habitual era gente como el señor Gayo, al que llamábamos el Johnny, que nos dio Lengua en séptimo de EGB y en primero de BUP. Era joven, muy joven, tal vez el profesor más joven que habíamos tenido hasta entonces, pero también pasaba olímpicamente de las preocupaciones de los alumnos, más preocupado por cortar de raíz cualquier atisbo de creatividad que de fomentar nuestras inquietudes. Una vez nos dio la opción de escribir un relato, para obtener nota, y tanto Javi Ullán como yo escribimos nuestras historias. No nos sirvió de nada, puesto que no nos subió la nota, y no recuerdo que hiciese el menor comentario al respecto, ni en clase ni en privado. Mi relato, al que sólo puede encontrarse algún mérito si se juzga en su contexto (el de haber sido escrito por un niño de catorce años), se titulaba “La Luna sólo es bonita de lejos” y su argumento era trivial. Un ingeniero genético recibe el encargo de crear una bestia de carga adaptable a las condiciones de la Luna. Elabora una especie de mula modificada genéticamente y, durante un desplazamiento hacia la cara oculta de la Luna, sufre un accidente y se tiene que buscar la vida. Entre sus compañeros de viaje hay un australiano y un espía soviético, y no recuerdo mucho más.
Dejé pasar los compases finales de curso sin pedirle que me lo devolviera, de modo que un día, recién empezado segundo de BUP, lo abordé en la puerta de la sala de profesores y le recordé la existencia del relato.
-¿Y a mí qué me cuentas? Seguramente lo tiró la señora de la limpieza cuando nos fuimos de vacaciones.
Claro: me voy de veraneo, y dejo varios trabajos escolares en mi taquilla. Mejor que los tiren a la basura, pues son sólo eso: trabajos escolares. ¿A quién podrían importarle?
Concluida mi etapa en el Calasancio, me volví a cruzar alguna vez más con el señor Gayo (la casa de mi madre está muy cerca del colegio), pero siempre me hice el distraido. No creo que me reconociera, pero por si acaso. Él ya peinaba canas, y no parecía que la vida lo estuviera tratando muy bien.
El problema subyacente al hecho de que el profesor Palacios, el Papus, fuera un buen profesor y una persona preocupada por la formación integral de sus alumnos y su preparación para el mundo adulto estriba en que, cuando tienes catorce años, eso no te importa ni lo más mínimo. Puedes tener un buen profesor delante de tus narices y lo dejas pasar por alto, porque no le prestas la atención que se merece: el colegio no deja de ser un suplicio necesario, el lugar en el que te aparcan durante seis horas al día. Y cuando tienes treinta y tantos años, ya te da igual, porque ni siquiera te queda el recurso retórico de parar al profesor por la calle, si un día tienes la suerte de encontrártelo, y contarle lo mucho que sus clases te cambiaron la vida, lo mucho que aprendiste con él y cuán profundamente quedó arraigada en ti esa manera de enseñar, máxime teniendo en cuenta que lo hacía sin estridencias ni desafíos a la dirección de un centro escolar que, digámoslo con claridad, seguía anclado en el franquismo sociológico, casi una década después de la llegada de la democracia.
Y no puedes agradecérselo por la sencilla razón de que el señor Palacios murió hace muchos años, creo que de un cáncer galopante.

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