viernes, 30 de marzo de 2007

Marcando tendencias

En el suplemento Tendències de El Mundo de hoy viernes aparece un artículo de Laura Fernández sobre el vigésimo quinto aniversario de la muerte de Philip K. Dick y su vigencia actual. Para elaborar este artículo han contado con la colaboración de tres "megafantabulosos" expertos en el autor: Paco García Lorenzana, director de Minotauro; Daniel Fernández, director de Edhasa; y este vuestro hoy nada humilde servidor. Os dejo con los primeros párrafos, pero el texto completo está aquí. De momento sólo está disponible para suscriptores, hasta dentro de una semana que estará en abierto. Mientras, se puede comprar la noticia por sms o enviarme un e-mail.
Buen finde a todos.
El 'beatnik' que leía a kafka

Philip K. Dick es un bicho raro literario. sus libros y relatos se adaptan al cine a razón de uno por año, pero no se encuentran en las librerías. Minotauro, bibliópolis y edhasa están intentando rescatarlos, justo cuando se cumplen 25 años de su muerte y del estreno de su obra más conocida: 'blade runner'.

LAURA FERNANDEZ
Hay quien dice que Philip K. Dick era en realidad un beatnik que había leído más de la cuenta a Franz Kafka. De ahí tal vez la reducción de su segundo nombre, Kindred, a la inicial. Luego hay quien lo considera un visionario: el mundo del que habló, aquel en el que la realidad se confundía con la ficción hasta el extremo de sumir al hombre en una asfixiante desorientación, está ya aquí.
Second Life, sin ir más lejos, la exitosa web que promete otra vida al aburrido internauta, da cobijo a un buen montón de replicantes virtuales que no son más que humanos huyendo de sí mismos. «Dick es uno de esos autores sin los que no podría entenderse la segunda mitad del siglo XX», dice Paco García Lorenzana, editor de Minotauro, sello que está rescatando al escritor del limbo de los autores descatalogados.
Porque, haciendo cuentas, Philip K. Dick escribió 45 novelas y cinco colecciones de relatos en 30 años y actualmente apenas corretean por las librerías españolas una veintena. Muchos de ellos están descatalogados, pero otros muchos nunca han sido editados. Empezando por cuatro de sus seis novelas realistas (dicen las malas lenguas que en realidad Dick no quería ser un escritor de género, por lo menos, no en los años 50, cuando empezó a escribir). A principios de los 90 se recuperaron Confesiones de un artista de mierda (Valdemar) e Ir tirando (Alcor). Ambas están ya descatalogadas. Por eso la noticia de que Bibliópolis ha comprado sus derechos, anunciada con motivo del 25 aniversario de su muerte, el pasado 2 de marzo, es antológica para sus lectores.
(...)

Escenas de un cásting VII

Agosto del 2006

Como ahora tengo tooodo el tiempo del mundo, no me importa tanto enseñar las habitaciones.
Quedo con Katarína para la devolución de la fianza, aunque aún no ha entrado Jonathan (nombre figurado). Jonathan (nombre figurado) se merece una actualización aparte, así que no incidiré mucho en el tema.
Espero a Katarína en la puerta de la casa de su hermana, en el Paralelo. Llego un poco tarde, porque llevo una mañana de locos: vengo de arreglar los papeles del paro. No voy con el mejor talante para liquidar un negocio, porque soy capaz de negarme a devolverle el importe de la fianza si por algún motivo no me quiere firmar un papelito como el que tuve que hacerle.
Nos tomamos un cafelito en la puerta del Bagdad. Raquel Meller arroja violetas metálicas, mientras añora un poco de actividad en El Molino y se pregunta qué le han hecho a su Paralelo.
Katarína no se ha ido por lo que yo pensaba. No hablamos de su pareja, sino de su cuñado; o, mejor dicho, de su ex cuñado. No entra en detalles, pero supongo que la movida que tuvo con él debió de ser muy desagradable. Ahora que su hermana lo ha echado de la casa, Katarína puede regresar.
Saco el dinero y un folio. Escribo otro recibito, tan irregular e ilegal como el que le había expedido justo un mes antes. De muy buen rollo. Está mucho más relajada que cuando entró en la habitación. De verdad que tiene que haberle cambiado la vida.


Jennifer se va a ir de la casa. Creo que no hemos conversado ni una sola vez. Su novio no habla ni media palabra de castellano, y ella no parece muy locuaz.
Tampoco es que me apetezca mucho hablar con alguien que entra en la casa y a los cuatro días dice que se larga.
El mes de agosto transcurre de la peor manera: no conseguimos alquilar la habitación. Es la primera vez que nos quedamos todo un mes sin alquilar. Y el desfile de friquis se sucede. Llego a perder la cuenta de quién ha venido o dejado de venir. Los rostros se me olvidan, y los nombres. Ninguno deja huella: vienen como de paso (cuando se molestan en venir), miran la habitación y se van.
Igual soy yo, que no trasmito.


El mes avanza, Jennifer se ha ido y seguimos sin encontrar compañero de piso.
Vuelta al minué.


Este tiene un acento extranjero que no puede con él. Ya ni recuerdo cómo se llama. Me pregunta cómo se va a la casa: está conectado desde un cibercafé de la Rambla de Brasil. Como no terminamos de entendernos, decido salirle al encuentro.
Después de estar diez minutos dando vueltas como tonto, desde la Avenida de Madrid hasta la Carretera de Sants, y de llamarnos como dos o tres veces para identificarnos, veo a alguien que podría ser él. Es él.
Es alto, rubio y lleva una bicicleta plegable.
Mientras vamos a casa, le pregunto de dónde es.
-Soy surafricano.
-Anda, de eso no hemos tenido todavía.
Me ha faltado preguntarle: “¿Y el apartheid, qué tal? ¿A cuántos zulúes está matando ahora mismo tu papá bóer?”
Viene a hacer un curso, y tiene la opción de que lo terminen contratando. Podría estar en casa hasta finales de año, más o menos.
Ve la habitación, me confiesa que es lo mejor que ha visto hasta ahora, le aseguro que podrá dejar la bicicleta en el pasillo, que no habrá ningún problema, y, cuando parece que todo está atado y bien atado, extrae una agenda de la mochila, empieza a garabatear unas cuantas anotaciones y me pregunta por una calle bastante cercana, en Collblanc. Tiene que ver otra habitación. Le doy indicaciones relativamente precisas, y me dice que me llamará.
Lo hace, un par de horas después. Para comunicarme que se queda con la otra habitación.
Pues hala, con Dios. Dale recuerdos a Orzowei.
Aunque, por lo menos, este ha llamado para decir que pasaba de nosotros.


Una parejita de gafapastas. Arquitectos ambos. Como el contacto lo hizo Emmanuel, le toca enseñar la habitación. Wendy ya está en casa, pero los del consulado de España en Guadalajara (Jalisco, México) son tan simpáticos que no le han tenido el visado a tiempo, motivo por el que tiene que regresar dentro de unos días, a recogerlo. Mil y pico euros, le va a costar la broma.
Los arquitectos gafapastas encuentran pequeña la habitación, porque necesitan una mesa de trabajo y mucha luz.
-¿Podemos ponerla aquí?
Se refieren al salón. Junto a la cristalera que da acceso a la terraza.
Nos quedamos muy sorprendidos, pero Emmanuel les da vagas promesas de que se podría hablar con el resto de los compañeros.
A partir de ese momento, y por algún extraño motivo, la visita se acelera.
Estos ni siquiera llaman para confirmar que la habitación no les interesa.
Mi reflexión del día es: Si la habitación está anunciada como individual y lo que quieres es una doble, ¿para qué coño vienes a hacerme perder el tiempo, joder?


De esta no recuerdo el nombre ni la nacionalidad; puede que argentina. Lo que se me queda grabado a fuego es el gesto. Ha visto la habitación, le he enseñado el resto de la casa, incluso hemos estado marujeando un poco, en plan relajado, lo cual da muchos puntos: ya se ha generado el clima de confianza.
Lo que me impresiona no es que extraiga el listado de ofertas de la web (todos lo hacen, a estas alturas), ni que acto seguido saque la agenda (la costumbre está implantándose, convertida ya en moda). No. Lo que me flipa de esta chica es que saca una hoja que contiene una tabla, un remedo manual de una hoja de Excel, y empieza a calificar los aspectos más destacables de la casa y de la habitación. No me lo puedo creer.
El final de la visita ya no es tan cálido. Igual soy yo, que no transmito, o me estoy quedando demasiado anticuado para enseñar habitaciones.
Por otro lado, no parece mala idea. Igual empiezo a llevar hojas de Excel para calificar a los aspirantes. Cuando acabe el cásting, sacaré la media aritmética, y el que obtenga la nota más elevada se quedará con la habitación. Los siguientes podrían entrar en la lista de interinos.
Una lista de espera para entrar de realquilado en una habitación. Qué idea más grandiosa. Mejor que la de montar un quilombo de camas calientes. Dónde va a parar.


Jonathan (nombre figurado) nos está saliendo más chungo de lo que yo creía, y voy a terminar por darle la razón a Cristina: fue una mala idea dejarlo entrar en la casa.
Cinta no tiene por qué saberlo. Parece bastante legal. Y, por suerte, Jonathan (nombre figurado) no está presente en la casa cuando Cinta viene a ver la habitación.
Cinta es de Tortosa (y el caso es que se da un aire a Aleix: deben de compartir genotipo, sin duda), pero ha vivido varios años en Londres y ahora regresa a Barcelona. Está dando clases de inglés, pero ahora que termina el verano la colocarán de recepcionista. Su marido es albanés y, mientras le arreglan el visado, ella está preparando el terreno. Cuando él pueda venir a Barcelona y encuentre algún trabajo, alquilará algo para los dos. Con un poco de suerte, vendrá a finales de año.
Los fines de semana, Cinta estará en Tortosa o en Londres.
Y lo mejor de todo es que la habitación le gusta.
Nos intercambiamos números de teléfono.
No obstante, seguimos enseñando la habitación. Ya estoy un poquito harto de que nos dejen colgados a última hora, así que prefiero tener un plan B, por lo que pueda ocurrir. Mejor pasarme de cabrón que de pringado.
Pero todos los demás planes B sacan agendas y hojas seudoexcel, y te tratan como el departamento de Recursos Humanos de una agencia inmobiliaria. Cinta no lo ha hecho, así que se queda con la habitación. Parece mejor persona que todo eso, y el caso es que lo demuestra sobradamente durante los dos meses que se queda en la casa.

(Continuará.)

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miércoles, 28 de marzo de 2007

Escenas de un cásting VI

Julio del 2006


Pero llega la fecha, y Lupita (nombre figurado) sigue sin llevarse sus cosas, y Katarína llegará a lo largo de la tarde. Le advierto por activa y por pasiva, y ni puñetero caso: ha activado el campo de fuerza.
Y, peor aún, ha activado una segunda arma, mucho más temible: su mirada de cordero degollado. No sólo no quita el portátil de la mesa, pese a que estamos preparándola para comer (Emmanuel nos ha invitado a Andrés, Eli, Cristina y servidor), sino que consigue que Eli se apiade de ella y le insista a Emmanuel en que la invite, pobrecita.
Comemos, aunque no resulta tan placentero como nos hubiera gustado. Por otro lado, Andrés y Eli nos están haciendo el favor de retrasar su partida, hasta que Emmanuel consiga alquilar su habitación: la idea es mudarse a la habitación de Andrés y Eli, ahora que Wendy va a venirse a vivir a Barcelona, y poner en alquiler la que ocupaba hasta ahora.
Pero estamos a principios de julio, y todavía no la han ocupado. Y yo me voy de vacaciones el jueves, primero a la Asturcón, y después a Madrid y San Roque, y no regreso hasta el día veinte. No voy a poder enseñar la habitación.
Regresamos a casa de Cristina, y a media tarde nos interrumpe una llamada telefónica.
Es Katarína. Está que trina, porque ha ido a dejar sus cosas y se ha encontrado con que Lupita (nombre figurado) tiene la habitación hasta arriba de trastos. Si no estamos cumpliendo con nuestra parte del contrato, ya sabemos lo que nos toca. Me deshago en disculpas, y le aseguro que ahora mismo iré para allá a desocupar la habitación de Lupita (nombre figurado). Pero a Katarína le da igual: llega tarde al trabajo. Ya volverá mañana. Si no cambia de idea.
Cristina y yo salimos a escape. Emmanuel llega casi a la vez que nosotros, y nos ayuda a desocupar la habitación, mientras que llama a Katarína para ofrecerle sus disculpas (en estas cosas siempre se ha dado más maña que yo) y asegurarle que ya puede instalarse. Katarína insiste en que ya es tarde, que mañana.
Lupita (nombre figurado) llega con Panchito (nombre figurado) y el hermano de este. Los tres tienen activado el campo de fuerza, pero la mirada de cordero degollado es patrimonio exclusivo de ella. Tiene los ovarios de quedarse mirándonos, con su mirada ovejuna, mientras nos tomamos unas cervezas, para resarcirnos de la tarde de mierda que hemos pasado por su culpa. Tarda bastante en entender que le estamos haciendo el vacío, y finalmente se va con su novio y su cuñado.


Sólo veo dos veces más a Katarína antes de irme de vacaciones.
La primera, para que me entregue la fianza.
-Una cosa, Juanma. Tengo la costumbre de pedir un recibo. ¿Me lo puedes dar?
-Sabes que eso implicaría un realquiler, y que eso es ilegal.
-Sí, pero tengo esa costumbre.
-Sabes que te puedes empadronar en el piso, y figurar en el contrato, de manera legal.
-Lo sé, pero no quiero.
Le firmo un recibo.
-Pero ponme tu D.N.I.
-Sabes que me puedes buscar un problema muy serio –le digo, mientras escribo mi número de D.N.I. Te llamas Katarína... –Me dice su apellido-. ¿Con la “ce” con el sombrerito encima?
Se le iluminan los ojos.
-¡En dos años que llevo aquí eres el primero que me lo pregunta!
Odio recurrir a frases del tipo “Es culturilla de crucigrama” o “Debería saberlo cualquier persona con estudios”, de modo que opto por argumentos menos repelentes y más neutros.
-Es que en la editorial en que trabajo sacamos un libro de un autor checo. No quieras saber los problemas que nos dio esa letra.
Ella se queda con su recibito, y yo con la sensación de que si seguimos forzando las situaciones vamos a terminar teniendo un disgusto: es la segunda vez que firmamos cláusulas ilegales (la primera, cuando Gerardo y Mariana le hicieron firmar un subarriendo a Luis y Pamela).


La segunda vez que veo a Katarína es la víspera de mis vacaciones.
Tengo una tarde de locos, porque, aunque ya sé que no podré dejar terminado el número de la revista antes de irme de vacaciones, quiero tenerlo lo más completo posible. Una batería de correcciones de última hora me ha trastocado los planes, y por si fuera poco me paso todo el día colgado del móvil, concertando visitas para ver la habitación de Emmanuel.
Me paso la tarde pendiente de irme disparado a casa a enseñar la habitación. Tengo que salir de la oficina antes de hora.
Pero una llamada me cambia los planes.
Hora y media después, la situación ha cambiado radicalmente. Me acaban de echar del trabajo, estando ya técnicamente de vacaciones, el día antes de irme a la Asturcón, donde pasaré un apasionante fin de semana rodeado de ex compañeros de trabajo in pectore. ¿Podría haberlo evitado si hubiera salido diez minutos antes? No: sólo lo hubiera retrasado. Soy consciente de que estoy dejando colgada a una chica que quiere ver la habitación de Emmanuel; para variar, no hay nadie en la casa, de modo que sólo yo puedo enseñar la habitación.
Cuando miro el teléfono móvil, que había tenido la precaución de poner en modo silencio, tengo varias llamadas perdidas de la chica que quería ver la habitación. Para una visita que no nos iba a dejar colgados, y voy yo y soy quien la deja colgada.
Quedo con Cristina, y nos vamos juntos a casa, a hacer la maleta: me iré desde casa de Cristina. Allí me encuentro con Katarína y con Eli, les cuento lo que ha ocurrido y noto que puedo contar con ellas para lo que sea.
Me voy de Barcelona relativamente tranquilo por la casa, aunque seguimos sin haber alquilado la habitación de Emmanuel.


De Barcelona a Madrid; de allí a Gijón.
Estoy en Gijón. Me llaman al móvil. Es Emmanuel.
-Don Juaaanmaaa... ¡Ya tenemos compañera de piso!
Se llama Jennifer, es francesa y viene a Barcelona con una beca de estudios. Estará hasta fin de año.
Las cosas se terminan encauzando.


De Gijón a Madrid.
Estoy en Madrid. Me llaman al móvil. Es Katarína.
-¿Sabes? –dice, más contenta que unas castañuelas eslovacas-. ¡Me ha cambiado la vida! ¡Me voy de la habitación!
Olé tus huevos. Diez días en la casa. Nuevo récord.
Doy por hecho que se va con el chico con el que estaba empezando a salir. Ni me planteo que sea por otra cosa.
Vamos a empezar a alquilar camas calientes: sale más a cuenta.


De Madrid a San Roque, a impartir una clase en un curso de verano. A última hora estuve a punto de echarme atrás, pero Rafa Marín y Cristina me convencieron, cada uno por su lado. Cosa que tengo que agradecerles eternamente.
Estoy en San Roque, tal vez en la terraza del hotel. Es probable que Juanmi Aguilera, Julián Díez, Luis G. Prado y yo acabemos de salir de la sauna, mientras Juaki Revuelta y Rafa Marín están dando una vuelta con sus respectivas parejas y la prole.
Me llaman al móvil. Es Emmanuel.
-Juanma: Jennifer se va. ¿Qué crees?
¿Que qué creo? Pues creo que la gente está gilipollas, y que habría que subir las fianzas a seis meses, cinco de ellos no retornables. Y habría que marcar a fuego a los inquilinos, e implantarles un microchip, como a los perros, y bloquearles la cuenta...
-Joder –acierto a contestar. Es mucho más conciso, pero no deja de ser un buen resumen de la situación.
Por lo visto, no le han concedido la beca con la que esperaba estudiar en Barcelona, y se regresa a Francia. Bueno, se regresan: está viviendo con su novio.
¿He dicho ya que padecemos una especie de maldición con los franceses?

(Continuará.)

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lunes, 26 de marzo de 2007

Escenas de un cásting V

Junio del 2006

Ya no aguantamos más a Lupita (nombre figurado), ni la desidia en que está sumida la casa, en parte debida a su actitud existencial, claramente reñida con la limpieza del hogar. (¡Toma eufemismo!) Una tarde de domingo, tal vez mientras hago una escapadita desde casa de Cristina para recoger y planchar la colada y leer el correo electrónico, me descubro ante el portátil, en la mesa del comedor (el lugar desde el que me suelo conectar, ya que la red inalámbrica no llega a mi habitación), junto a un plato impregnado con restos de no quiero ni saber qué asquerosidad, medio dura, hecha un pegote, que tiene todo el aspecto de llevar allí más de un día. Durante todo el tiempo que permanezco allí, junto a ese desafiante monumento a la Porquería Desconocida, me asalta una imagen: voy a dejar ese plato encima de la cama de Lupita (nombre figurado), a ver si capta el mensaje. Ya he discutido con Andrés sobre el asunto, y hemos estado a punto de acabar tarifando; una pena, dado que durante los once meses anteriores de convivencia no habíamos tenido ni un solo roce, y todo habían sido buenos momentos con Eli y con él. Antes de irme, acaso mientras meto en la bolsa el cargamento de ropa planchada que me pondré la semana que viene, estoy a punto de llevar a la práctica la idea de depositar esa masa informe, versión picante y enchilada de la montaña de puré de patatas con que Steven Spielberg anticipa el encuentro en la tercera fase más hermoso y poético que ha visto el cine, sobre la mesa de trabajo o la cama de Lupita (nombre figurado). Me contengo a última hora: he estado a punto de cruzar la raya, la delgada línea roja que separa el cabreo de la mala hostia, la queja del maltrato, la puyita del mobbing. El siguiente paso debería ser encararme con ella, pero es absolutamente impermeable a cualquier tipo de reprimenda: en cuanto alguien le comenta algo, ya sea una mera sugerencia o un comentario explícito, activa un campo de fuerza, contra el que rebotan cualesquiera tipos de lógica humana, sensatez, reproche u orden; de este modo, Lupita (nombre figurado) se hace invulnerable al mundo exterior.
No obstante, Emmanuel tiene una charla con ella, y le dice directamente y sin ambages que haga el favor de entrar en los turnos de limpieza de la casa.
Menos de veinticuatro horas después, Lupita (nombre figurado) le comunica que abandona la casa. Sin explicaciones.
Recurrimos a nuestras grandes e inseparables amigas, las páginas web de anuncios inmobiliarios, para colgar las consabidas ofertas. Y empieza el minué de la búsqueda de compañeros de piso. Las citas suspendidas a última hora. Las mañanas enteras colgado del teléfono móvil, las tardes enteras enseñando la habitación y sin poder trabajar en un número de la revista que está resultando más conflictivo que ningún otro que haya hecho antes, y que finalmente no llega a tiempo para el servicio de novedades de la Asturcón.
Las tendencias entre los aspirantes van mutando a medida que transcurre el tiempo. Del mismo modo que las drogas de moda han ido cambiando con el tiempo (de la aspirina al Gelocatil, y de ahí al Ibuprofeno), las coletillas y preguntas de quienes vienen a ver el piso también lo hacen. Ya no preguntan “¿Y por qué se va vuestro compañero?”, ni se extrañan por tener que pagar nada menos que dos meses de fianza (cuando hace dos años era frecuente pagar seis meses). La nueva promoción parece que ha refinado los métodos: ya no entran en el juego de sobrentendidos y preliminares, sino que te lo preguntan todo a lo bruto y sin la menor delicadeza. Los paradigmas ya no son Grissom ni Vilches, sino Horatio Caine y Gregory House.
Quieren que sepas que son ellos quienes pierden el tiempo desplazándose hasta la habitación que alquilas. Ya no eres tú quien lo pierde.
Y, precisamente por eso, le han perdido el miedo a dejarte colgado. Antes había cierto juego limpio, la capacidad de mantener la palabra; ahora, ni eso. Pueden decirte que vienen a las ocho, obligarte a cuadrar y recuadrar horarios de visita, y el final no aparecen. Ni se toman la molestia en avisarte.
Algunas tardes nos dan plantón hasta tres aspirantes.
A un mundo mutante le corresponden inquilinos mutantes. Las montañas de puré de patatas con chile verde retroceden, aterrorizadas, ante hordas de cucarachas con máquinas de escribir adosadas a las espaldas; o, más que máquinas de escribir, agendas.
Porque esa es otra: una vez terminada la visita, una parte significativa de los aspirantes extrae del bolso, cartapacio o mochila una agenda, para demostrarte que tienen otras citas planificadas. Da la sensación de que son ellos quienes tienen el poder de aceptarte o no en tu propia casa (es un decir, lo de propia casa, pero yo ya me entiendo), mientras que antes era el casero quien tenía la sartén por el mango.
Las reglas del juego han cambiado en algún momento. Las escuelas de negociación han hecho mella en los aspirantes a compañeros de piso.
Pero aún encuentro un resquicio para el romanticismo: todavía no me ha venido nadie con una PDA, ni con un programa clónico del que tiene Ikea para diseñar cocinas.
Puedo imaginarme un futuro inmediato, tal vez dentro de tres o cuatro compañeros de piso, en el que la visita se produzca por videoconferencia, o vía Skype. Seré un periférico más del portátil, y recorreré toda la casa, asistido por Wendy o Emmanuel, que sostendrán la webcam y enfocarán todos aquellos resquicios que quiera ver el o la aspirante, que seguramente estará monitorizando la operación desde sus aposentos, en residencias estudiantiles contiguas a las universidades de Lovaina, Cracovia o Sapporo. Ya saben que vienen a Barcelona, con un Erasmus o una beca de posgrado, y quieren tener solucionado el problema del alojamiento, pese a que aún les falta cerca de un mes para comenzar las clases.
Pero, de momento, esto es sólo una hipótesis. Los cástings se están refinando, pero, en esencia, siguen siendo lo que eran: dos personas interactuando, manteniendo las formas de una manera exquisita, vendiendo sus productos (“Soy tu casero ideal y vas a pasártelo guachi en este pisito tan mono” y “Seré tu compañero ideal y presiento que este es el inicio de una larga y hermosa amistad”, respectivamente) e intentando pillarse en renuncios. Sin perder la sonrisa ni la compostura.
A estas alturas de feria, ya he olvidado los nombres de los aspirantes, sus caras, sus circunstancias personales, sus gestos fácilmente reconocibles de paripé, sus excusas. Enseño la habitación con desgana, en piloto automático, y, como me sucedió cuando se fue Lluis, empiezo a barruntar que en parte soy responsable de que ninguno de ellos se quede con la habitación: no trasmito. También es cierto que pocos de ellos transmiten. Somos cíborgs representando papeles, nos dejamos la humanidad en otro lugar y otra época. Y algunos, además, vienen en representación del interesado (que es su hijo, menor de edad, o todavía está en su país y necesita que alguien vea la habitación en su nombre, y sea sus ojos y su voz); en esos casos, la pantomima es una historia de playback, alguien dicta en la sombra y ellos sólo mueven los labios.
Vienen por nacionalidades. Una oleada de españoles (generalmente, de pueblos de Lleida o Tarragona, incluso más lejanos, de Castellón o las Baleares). Otra de italianos. Otra de franceses. Con los franceses siempre hemos tenido malos rollos, por algún motivo no han terminado de cuajar, y nunca hemos llegado a quedarnos con ninguno.
Pero, conforme aumenta el número de aspirantes, aumenta el número de nacionalidades.

Hasta que llegó Katarína, que es eslovaca, lo más exótico que habíamos tenido en casa había sido un chino de Girona que sólo hablaba en catalán. Era una opción bastante sólida, porque parecía buen chaval, y sobre todo parecía responsable y ordenadito, pero al final nos decidimos por Lluis, que resultó ser un gran acierto. Y fue el primero en confirmar que le interesaba quedarse con nosotros.
Con Katarína tengo la misma sensación. Es demasiado directa, hasta rozar la bordería; pero presiento que, precisamente por eso, por su tendencia a decir las cosas como las ve, podrá ser una buena compañera de piso. Ahora mismo, lo que necesitamos es enderezar el rumbo de la convivencia.
Necesitamos, por ejemplo, un poco de limpieza en la casa:
-Soy muy maniática con el orden. Espero que no os suponga ningún problema.
-Perfecto. Nosotros también queremos un poco de limpieza. Si no estás a gusto en tu casa, ¿dónde vas a estarlo?
Ni que decir tiene que quien se ha metido toda la panzada a limpiar la casa para que Katarína la encuentre presentable no ha sido Lupita (nombre figurado). Ha sido Emmanuel.
Queremos formalidad. Un buen pagador. Nuestros caseros son muy puntillosos con la fecha de pago de la mensualidad, y normalmente es Emmanuel quien tiene que adelantar de su bolsillo cada vez que alguien se columpia.
También queremos tranquilidad. Y ella. Estaba viviendo con su hermana, que fue quien la convenció para que se fuera de Eslovaquia, pero está teniendo malos rollos con su cuñado y ha preferido quitarse de en medio. Ante todo, quiere mucha calma y tranquilidad. Bien.
Parece que nos entendemos. Cerramos el trato en ese momento, y la acompaño hasta la Rambla de Brasil, para que aprenda a orientarse por el barrio. Trabaja de cocinera en un restaurante al otro lado de la Diagonal, en la zona alta, y nuestra casa está relativamente cerca, media docena de paradas del cincuenta y cuatro.
-Mira, hay un asunto que quería comentarte. Estoy empezando a salir con alguien, y no en todas las casas aceptan visitas.
Me vuelvo a quedar ojiplático, como hago cada vez que una chica (nunca son chicos, qué cosas) me comenta que hay caseros restrictivos con estos asuntos.
-Tráete a quien quieras... No me puedo creer que a estas alturas la gente prohíba estas cosas.
Nos despedimos, no sin antes concertar la fecha en que vendrá con sus cosas.

(Continuará.)

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miércoles, 21 de marzo de 2007

Nuevo logo

Si miráis justo encima de esta entrada, veréis una novedad: la pastilla correspondiente al título y descripción del blog está rediseñada. Le debo el dibujo al genial Enrique Corominas, a quien aprovecho para agradecerle el detallazo y pedirle perdón por la tardanza en colgarlo. ¡Te debo una cerveza asín de grande!
Por cierto, Corominas acaba de ver cómo le han censurado el cartel de la IX Unicomic (Jornadas sobre Cómic de la Universidad de Alicante). La noticia está aquí y aquí. La situación, entiendo, es intolerable, y desde aquí aprovecho para mandarle mi apoyo incondicional.
Los problemas técnicos para dar con la manera de subir a la red el nuevo logo del blog han sido incontables y, como siempre, he tenido que recurrir a mis desenmarronadores informáticos de guardia, con Cristina a la cabeza. ¡Muchas, muchísimas gracias!
La verdad es que me siento identificado con la ilustración. Creo que capta el espíritu del blog, y lo único que lamento es no haberla colgado antes.
Espero que os guste.

martes, 20 de marzo de 2007

Arcade Fire

A falta de tiempo para actualizar con cositas más enjundiosas, le hago un crossposting a Álex, con la única finalidad de darle un poco de bombo a una de nuestras bandas favoritas: Arcade Fire.
Envidio profundamente a Álex, porque ya tiene en su poder el último disco de los canadienses: Neon Bible. Yo me esperaré un poquito, pero al fin será mío.
Mientras tanto, y a modo de minutos musicales, cuelgo una actuación en directo con la canción que más me gusta de su debut, Funeral, que no dudo en considerar el mejor disco en lo que llevamos de siglo... qué digo... ¡en lo que llevamos de milenio! Es una de esas melodías que te erizan los cabellos, todos los cabellos, incluso los de lugares en los que no sabías que tenías cabellos. En cuanto a la letra, directamente me hace llorar de emoción.

"In The Backseat"

I like the peace
In the backseat
I don't have to drive
I don't have to speak
I can watch the countryside
And i can fall asleep

My family tree's
Losing all it's leaves
Crashing towards the driver's seat
The lightning bolt had enough heat
To melt the street beneath your feet

Alice died
In the night
I've been learning to drive
My whole life
My whole life
I've been learning


Quien nos quiera ir a verlos al Summercase, ya sabe. Avisados estáis.

viernes, 16 de marzo de 2007

Feliz día del tentáculo

Me entero por el blog de Escolar de los fastos conmemorativos que La Petite Claudine tiene previstos con motivo del septuagésimo aniversario de la muerte de Howard Philips Lovecraft. Aquí explican el espíritu de la celebración:
Por favor, disfruten de los enlaces y contribuyan como les parezca más conveniente a la celebración: con dibujos, reflexiones, fotos, anécdotas, enlaces, citas o -y esta sería mi opción favotita- contando algo de su relato favorito. Mi mail es marta arroba la petite claudine punto com. Estaremos de fiesta lo que queda de semana.
La iniciativa me parece digna de celebración, y me diréis que estoy convirtiendo este blog en un cúmulo de necrológicas o celebraciones del aniversario de la muerte de los autores que me molan.
Al igual que Philip K. Dick, Lovecraft es uno de esos autores cuya personalidad ha contribuido a agrandar su figura literaria. Sin sus rarezas, sin ese carácter arisco y extremista, me da que el culto a Lovecraft hubiera sido menor de lo que ha sido, del mismo modo que si Dick hubiera sido un señor normal, su aura glamourosa no sería la que es.

Muchas veces, el estilo de Lovecraft ha resultado contraproducente: sus ansias de aterrorizar han devenido en ridículas, merced al exceso de adjetivación, a esa profusión de "abominables", "blasfemos" y "ominosos". Lovecraft es un autor muy parodiable, pero también se presta a homenajes tiernos y sentidos: posee todo el sentido de la maravilla de la época en que vivió y escribió.
La figura de Lovecraft no hace sino agrandarse con el tiempo.

(Uuups, esta foto no era. Pero el parecido es... ¿casual?)

(Aaahora sí. Este es el genuino e inimitable H. P.)

Ahora que se pueden encontrar con facilidad las obras completas del maestro, ya sea en la edición de Edaf, ya sea en la magnífica edición de Valdemar, el guante lanzado por La Petite Claudine tiene sentido. Podría ponerme vacilón y decir que mi obra favorita de Lovecraft es un libro de viajes, Descripción de la ciudad de Québec, de la que hablaré dentro de unos meses en La Quinta Columna de Bibliópolis; pero no dejaría de ser una boutade: la fama de Lovecraft como autor de ficción breve está totalmente justificada, y es autor de algunos de los cuentos más perdurables, no sólo del género fantástico sino de la historia de la literatura del siglo XX. Podría citar entre mis favoritos los que se suelen comentar en estos casos: "El color que cayó del cielo", "En las montañas de la locura" (¡ooooh, qué manera más espectacular y genial de enmendarle la plana a Edgar Allan Poe!) o "El horror de Dunwich"; pero voy a ser un poco original y recomendaré todos y cada uno de los relatos que componen el ciclo narrativo de Randolph Carter. Estas aventuras oníricas nos muestran a un Lovecraft diferente del estereotipo en el que solemos incurrir al analizarlo. El estilo es más brillante, puramente fantástico, muy deudor de Lord Dunsany, rico en imágenes y sugerencias... Cierto, como todo Lovecraft, pero en un registro diferente. En su momento me sorprendió, porque aquel no era el Lovecraft que yo conocía, de hecho me pareció "muy poco Lovecraft", pero el tiempo, y la lectura del obligatorio El horror en la literatura, me hicieron ver lo equivocado que estaba: si hay un grupo de relatos en los que se puede captar la poética insobornable de Lovecraft, sin duda es este. Tomados como un todo, además, como una obra cerrada.
Así pues, y a falta de que Valdemar finalice la edición de la narrativa completa de Lovecraft, o a falta de que alguien se anime a sacar en castellano la edición de S. T. Joshi (esta sí, el punto de referencia incontestable en cuanto al corpus lovecraftiano... muy grande), mi recomendación es el pequeño y entrañable librito titulado Viajes al otro mundo. Si no habéis leído a Lovecraft será un magnífico inicio; y si ya lo habéis leído, será un reencuentro entrañable.
Y ahora, todos juntos: Ïa, ïa!!

jueves, 15 de marzo de 2007

Cambio inminente de dirección

Pues sí, ya se me han hinchado un poco las pelotillas y llevo toda la semana anunciándolo: voy a cambiarle la dirección web a Pornografía Emocional, porque Google está venga a cortarle el acceso debido a que contiene la palabra "pornografía" en su URL. El comunicado en listas de correos y foros es el siguiente, así que aprovecho para copiar y pegar, por aquello de no resultar redundante:

_______

Hola a todos

Ante todo, perdón por el envío de mensajes repetidos y por la posibilidad de que este no sea el foro adecuado para este anuncio, en cuyo caso dejo a discreción de los moderadores reubicarlo en otro foro o cargárselo directamente.

Os comunico que en breve le cambiaré la dirección a mi blog personal, Pornografía Emocional, debido a la política seguida por Google de cortar sistemáticamente las rutas de acceso a URLs que contienen la palabra «pornografía» y similares.

Así pues, el blog Pornografía Emocional conservará el nombre (curiosamente, Google capa las URLs, no los contenidos) pero cambiará la dirección. En lugar de http://pornografiaemocional.blogspot.com pasará a ser http://juanma-santiago.blogspot.com

El cambio no será inmediato, entre que soy más vago que la hostia y que quiero dejaros tiempo para enlazar el blog en vuestros blogs, espacios personales y RSSs varios; pero a más tardar lo llevaré a cabo a finales de esta semana o principios de la próxima.

Para que no se diga que este mensaje es spam ni offtópico, acá van algunas entradas «literarias» o «culturales» del blog, para vuestro solaz y disfrute:

"Seis cuentos que nunca escribiré"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2006/01/seis-cuentos-que-nunca-escribir.html

"Azar y orden"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2006/01/azar-y-orden-primera-parte.html
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2006/01/azar-y-orden-segunda-parte.html

"Adiós al más grande: Stanislaw Lem (1921-2006)"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2006/03/adis-al-ms-grande.html

"Gel azul y otras visiones extremas"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2006/10/gel-azul-y-otras-visiones-extremas.html

"Harry Potter vs. Tyler Durden: Jitanjáfora, de Sergio Parra"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2006/11/harry-potter-vs-tyler-durden.html

"Nace la revista Hélice"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2006/12/nace-la-revista-hlice.html

"Mijaíl Bulgákov (1891-1940): La magia no planificada"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2007/01/mijal-bulgkov-1891-1940-la-magia-no.html

"Círculos efímeros"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2007/01/crculos-efmeros.html

"Elia Barceló gana el XV Premio Edebé"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2007/01/elia-barcel-gana-el-xvi-premio-edeb.html

"C.S.I. Las Ramblas"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2007/02/csi-las-ramblas.html

"Stanislaw Lem, quintacolumnista"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2007/02/stanislaw-lem-quintacolumnista.html

"El nacimiento de Venus"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2007/02/el-nacimiento-de-venus.html

"Philip K. Dick (1928-1982)"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2007/03/philip-k-dick-1928-1982.html

"¿Quintacolumnismo o doble militancia? El caso de Fredric Brown"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2007/03/quintacolumnismo-o-doble-militancia-el.html

"Soy el artículo cinéfilo de Jack (Violencia y revolución en El club de la lucha)"
http://pornografiaemocional.blogspot.com/2007/03/soy-el-artculo-cinfilo-de-jack.html


Muchas gracias. Saludos a todos,

Juanma.

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Por lo demás, poco que añadir. El blog seguirá siendo exactamente el mismo que hasta ahora, con los cambios lógicos que vayan imponiéndome mi forma de ver las cosas y mis neuras de cada momento; pero seguirá siendo Pornografía Emocional al cien por cien; la únjica diferencia es que la URL no contendrá la palabra "pornografía".

En cuanto a la fecha en que realizaré el cambio, pues según me dé, pero supongo que durante este fin de semana o a primeros de la próxima semana. Supongo que la próxima actualización ya se realizará en la nueva dirección, pero aún no lo tengo decidido.

Nos seguimos leyendo por aquí. Cuidaos mucho. Besitos.

lunes, 12 de marzo de 2007

Soy el artículo cinéfilo de Jack (Violencia y revolución en El club de la lucha)

A falta de tiempo para actualizar con heridas, cicatrices, escenas de cásting y visitas al dentista (¡ya sólo falta una!), desempolvo un ensayo sobre una de mis películas fetiche: El club de la lucha. La cinta de David Fincher, igual que la novela de Chuck Palahniuk, posee un componente generacional que la hace entrar de lleno en la categoría de objeto de culto. Yo no podía saberlo cuando Alejandro Salamanca, a la sazón director de Stalker, me encargó un ensayo sobre la misma a principios del año 2000. Apareció en el número 13 de la revista, fechado en diciembre del mismo año. Un mes después, por estas cosas que tiene la vida, terminé haciéndome cargo de la revista, hasta su cierre a finales del 2003. Tras un número de transición, el 14, que maqueté en PageMaker en casa de Alejandro mientras él me supervisaba y, más tarde, se daba a recuperar el sueño (tenía unos horarios laborales irreconciliables con cualquier otra actividad, y que finalmente lo obligaron a abandonar la dirección de la revista), asumí la dirección plena de Stalker en el número 15 y me mantuve en el cargo hasta el número 20, que, visto en perspectiva, es el número de revista que más a gusto he realizado para Ediciones Gigamesh: ya sabía que la revista cerraba, con lo que prácticamente tenía vía libre para hacer lo que me diera la gana. Entre David G. Panadero y yo formamos un tándem bicéfalo que parió un especial Cine Fantástico Europeo de lo más macarra, con mucho espacio dedicado al giallo italiano, pero también al cine de Roman Polanski e incluso al inescrutable pero fascinante Andrei Tarkovski.

Fueron tres años fascinantes para mí, porque aprendí mucho sobre cine fantástico y maquetación, porque me fogueé como director de publicación y porque me lo pasé muy bien. De aquella época data mi amistad con David G. Panadero, a quien considero uno de mis mejores amigos... y con quien he discutido largo y tendido sobre El club de la lucha, hasta el extremo de que el número 14 de Stalker contenía un ensayo suyo acerca de la obra de David Fincher en el que se intentaba crear cierto debate en torno a nuestros puntos de vista sobre la película de la que vamos a hablar.
Es una lástima que Stalker no continuara saliendo, y que los intentos de reflotarla (con David al frente) no hayan fructificado. ¿Me está leyendo algún editor?
Entre los múltiples motivos que se me ocurren para reivindicar Stalker en este blog se encuentra uno en el que no ha reparado absolutamente ningún crítico o aficionado al género fantástico patrio: es la única revista nacida del fandom que ha contado con un galardonado (a posteriori, es cierto) con el Oscar de la Academia; en concreto, David Martí, ganador de la estatuilla al mejor maquillaje por El laberinto del fauno. David mantuvo la sección "Magos de Luz y Sombras", sobre efectos especiales, durante la etapa en que estuvo al frente Armando Boix, el verdadero alma máter de Stalker y uno de los motores de la reactivación del fandom durante los años noventa, tanto en la vertiente editorial (con el fanzine electrónico Ad Astra) como en la ensayística (suyos son dos de los mejores ensayos aparecidos en publicación alguna de género fantástico: "La realidad cuestionada", en Stalker núm. 6, y "La belleza de la perversidad", en Gigamesh núm. 18) y la literaria (con cerca de una treintena de relatos, algunos de ellos tan sobresalientes como olvidados y reeditables: "El sueño de la razón", "La soledad de los muertos", "El Uno Inefable", "El ayudante de Piranesi" o "El noveno capítulo").
A lo que iba. Un buen día, recién salido del cúmulo de enfermedades varias que me habían mantenido apartado de la vida civil (y, con ella, del cine) durante el año 1999 y principios del 2000, Alejandro me llamó para encargarme un artículo sobre El club de la lucha, película que no había visto porque su estreno había coincidido con mi internamiento en el hospital. Quería que la relacionase con la obra de J. G. Ballard y, en general, con todas las referencias literarias que fuese capaz de establecer. Me la compré en video y la vi una media docena de veces antes de redactar el ensayo definitivo; de paso, se convirtió en una de mis películas favoritas, de las que intento ver todos los años al menos una vez. No reparé en una conexión literaria bastante obvia (Philip K. Dick y Valis), pero he preferido no retocar el ensayo y dejarlo tal cual lo escribí. Me parece un tanto desaprovechado, visto en perspectiva, pero al mismo tiempo me parece un buen punto de partida para escribir algo más ambicioso. Vosotros diréis. Y creo que, en lo sustancial, sigue captando buena parte del mensaje subversivo de Chuck Palahniuk (y, en menor medida, David Fincher), que hace que la película siga vigente: si bien Fincher no ha levantado cabeza después de El club de la lucha, Palahniuk no ha dejado de crecer como autor y nos ha regalado obras de relumbrón como Asfixia, Nana o el encantador relato "Tripas".
En cuanto a la vigencia de El club de la lucha, basten estas estremecedoras imágenes, procendentes de... ¡su versión Bollywood!




SOY EL ARTÍCULO CINÉFILO DE JACK

(VIOLENCIA Y REVOLUCIÓN EN EL CLUB DE LA LUCHA)

JUAN MANUEL SANTIAGO

AVISO ANTI-SPOILERS: Este artículo se refiere de manera explícita al contenido de la película El club de la lucha. Este hecho no tendría la menor relevancia si no fuera porque el argumento de El club de la lucha no se puede revelar a quien no la haya visto, so pena de reventársela. De modo que el lector que aún no la haya visto debería hacerse a sí mismo el inmenso favor de alquilarla, comprarla, pedírsela en préstamo a algún amigo o hacérsela regalar y, una vez finalizado su visionado, proceder a la letura de este artículo. No en vano la primera regla del club de la lucha es que no se habla del club de la lucha.

Where is my mind?
(The Pixies)

It´s the end of the world as we know it, and I feel fine.
(R.E.M.)

Para IKEA, sólo cuando la mayoría de las personas pueden adquirir aquello que realmente les gusta es cuando la democracia llega al hogar.
(Catálogo IKEA 2000-2001)


La primera regla de este artículo es que se habla de El club de la lucha

Todos los años sucede. Una película de la que nada esperabas te impacta tanto que no puedes evitar pensar en ella de una manera obsesiva. Una película te rompe todos los esquemas mentales, te hace pensar y te reconcilia con la idea de que aún es posible crear algo original y con contenido, más allá de un bonito envoltorio visual. Sorpresa. Admiración. Incredulidad. Pero si esa película que te sorprende y actúa de una manera especial sobre tu cerebro, hasta el punto de que eres capaz de sentarte a verla una y otra vez hasta desentrañar toda su esencia, resulta ser un producto vilipendiado por la crítica, debido a sus premisas supuestamente fascistas y su supuesta servidumbre hacia lo visual, la incredulidad da paso a un intento serio de racionalización. ¿A qué pudo deberse que la crítica reaccionara de una manera tan furibunda ante una de las películas que mejor han sabido reflejar la neurosis colectiva de toda una generación de treintañeros con formación universitaria abocados al subempleo? ¿Hasta qué punto se ha reparado exclusivamente en lo superficial (la innegable brillantez visual del producto y la pretendida simpleza de su mensaje violento) y se ha soslayado el apasionante debate a que la premisa de la película podría dar lugar? Un análisis pormenorizado de El club de la lucha arroja suficientes elementos de interés como para concluir que nos hallamos ante una película de culto, cuya trascendencia –y tal vez influencia- no va a hacer sino acrecentarse con el paso del tiempo.


La segunda regla de este artículo es que se habla de El club de la lucha

Cuando en 1996 Chuck Palahniuk, a la sazón mecánico en un taller, publica la novela Fight Club, nada podía saber de la disputa que Laura Ziskin y David Fincher iban a desatar en torno a la adquisición de los derechos para la adaptación cinematográfica.

Finalmente, ambos llegan a un acuerdo y la película comienza a tomar forma. Fiel a su irreprochable equipo técnico, Fincher (que ya había deslumbrado con Seven y decepcionado con Alien3 y The Game) cuenta con la fotografía de Jeff Cronenweth y el diseño de producción de Alex McDowell como puntales básicos para rematar el proyecto. La música de The Dust Brothers es simplemente perfecta, y la aparición final del Where is my mind? de los Pixies propicia un clímax ideal. El guión del novato Jim Uhls es un trabajo de alta precisión que consigue pulir la tosquedad de la novela, dotarla de más profundidad, acentuar su carga irónica y, en suma, mejorarla en todos los aspectos.

Sólo queda definir el reparto. En un primer momento se piensa en Sean Penn para el papel de Tyler y en Courtney Love para el de Marla. Por diferentes motivos se descuelgan del proyecto y se les adjudica a Brad Pitt y Helena Bonham-Carter. Dos estrellas interpretando a unos personajes muy alejados de sus registros habituales, aunque no podemos dejar de recordar sus interpretaciones en los pasajes más desquiciados de Doce monos y Frankenstein de Mary Shelley, respectivamente. Para el papel de Narrador se escoge al emergente Edward Norton, que ya había sido candidato al Oscar por sus brillantes interpretaciones en Las dos caras de la verdad y American History X, y con sus actuaciones en El escándalo de Larry Flint y Todos dicen I Love You había demostrado la capacidad para cambiar de registro que el personaje requiere: cínicamente insolente en un momento, desaforadamente dramático en el siguiente. Entre los secundarios cabe destacar la inmensa (en todos los sentidos) presencia del cantante Meat Loaf, que encarna a Bob, el enfermo de cáncer testicular.

Norton y Pitt se implican de una manera muy directa en el proyecto, hasta el punto de que introducen cambios en el guión y ensayan sus papeles desde un mes antes del inicio del rodaje, con lo cual éste gana en agilidad y la compenetración entre sus personajes en verosimilitud.

“Me había convertido en un esclavo del instinto Ikea para acomodarme en casa”

Narrador padece insomnio desde hace seis meses. Tiene un trabajo detestable y alienante: perito en una gran empresa de sector automovilístico, con la función de aplicar la fórmula, un deshumanizado cálculo según el cual se decide friamente qué modelo de automóviles frecuentemente siniestrados vuelven a la fábrica y cuáles no. Es asimismo un ser desarraigado: sin pareja, sin amistades (vive entre aeropuerto y aeropuerto, todas sus relaciones se reducen a las “raciones individuales” con quienes conversa en los aviones), sin familia (su padre escapó de casa cuando él tenía seis años, para fundar una nueva familia, un nuevo “concesionario”)... sin sueños. Sólo posee un apartamento en propiedad en un bloque para jóvenes ejecutivos y ancianas viudas, atado al sinsentido de un consumismo mal entendido. Narrador no duerme, y ello le hace vivir en un estado de duermevela permanente en el que todo es “la copia de una copia de una copia”.

Narrador necesita encontrar un catalizador de su sufrimiento, de sus ansias, y lo encuentra en los grupos de apoyo a enfermos de cáncer testicular, cáncer de colon, tuberculosis, parasitosis sanguíneas, parasitosis cerebrales, linfomas... Adoptando identidades falsas, Narrador busca su propia identidad, el conocimiento interior, la trascendencia del no ser al ser. En los grupos de apoyo se siente comprendido y puede expresar libremente su dolor: consigue llorar, y esa liberación le hace sentir tal plenitud que temporalmente se cura del insomnio:

Por eso yo apreciaba tanto los grupos de apoyo; porque la gente, cuando ve que te estás muriendo, te presta toda su atención. Si aquella podía ser la última vez que estuvieran contigo, estaban contigo de verdad[1].

Hasta que conoce a Marla Singer y todo se viene abajo.

Marla es una impostora, una “turista” que, como Narrador, asiste a grupos de apoyo sin estar muriéndose. “Es más barato que el cine y encima te dan café”. Narrador pierde la capacidad de llorar, de dormir, de hallar la paz interior que le permita abrir sus chakras, y todo ello es debido a la interferencia que representa Marla, pues “su mentira refleja la mía” y “si tuviera un tumor, lo llamaría Marla”. Para Narrador, ella es una especie de imagen distorsionada de sí mismo, y la única respuesta posible a la provocación que ella representa es buscar un nuevo grupo de apoyo en el que Marla no le pueda seguir. Al afán de autosuperación de Narrador, Marla replica con su afán de autodestrucción, al cual, a su vez, Narrador responde con un inmenso órdago: Tyler Durden.

“¿Cómo vas a conocerte si nunca has peleado?”

Tyler irrumpe en la vida de Narrador en un momento clave: inmediatamente después de la claudicación ante Marla, en una escena particularmente morbosa en la que se reparten los grupos de apoyo. Desprovisto de su panacea, Narrador se deja arrastrar hacia la autodestrucción. Tyler aparece como antítesis masculina de Narrador (Marla sería su antítesis femenina), reflejo de todo aquello que Narrador no sabe o puede ser. Narrador es diurno; Tyler es nocturno. Narrador trabaja en uno de los oficios más degradantes e inhumanos que el sistema ofrece; Tyler es un guerillero urbano que explota hasta el final las posibilidades subversivas de sus múltiples actividades laborales: como camarero en las fiestas nocturnas de un hotel de lujo, se orina –y cosas aún peores- en los platos más suculentos; como proyeccionista de cine, inserta fotogramas subliminales de películas pornográficas en las sesiones infantiles; como fabricante de jabón, utiliza como materia prima la grasa procedente de la liposucción de –ironía- las mismas personas que van a comprar sus productos[2]. Narrador está familiarizado con la muerte de sus clientes; Tyler sabe cómo hacer morir, cómo matar[3]. Narrador es un chico tímido y, por lo que vemos en la película, un tanto asexuado; Tyler es toda una fuerza de la naturaleza y –a juzgar por su relación con Marla- un auténtico portento sexual. En resumen, Tyler es lo que Narrador quisiera ser, y de un mero apunte casi subliminal[4] pasa a concretarse de una manera fugaz (“Si te despertaras a otra hora, en cualquier otro lugar, ¿te despertarías siendo la misma persona?”) y, por fin, adquiere total corporeidad.

La ocasión se presenta pronto, una vez dispuesto todo para que la aparición de Tyler resulte providencial. Retenido en el aeropuerto debido a un enojoso percance[5], Narrador regresa a su casa para descubrir que ha saltado por los aires debido a una explosión que no le deja absolutamente ninguna pertenencia, ni siquiera su mesita yin-yang del apartamento amueblado por Ikea[6]. “Si me lo preguntarais, no sabría deciros por qué llamé a Tyler”, nos confiesa, y no es para menos: acaba de conocerle, en una conversación casual a bordo de un avión. Tyler le acepta en su destartalada casa de Paper Street, “pero tienes que hacerme un favor: golpéame lo más fuerte que puedas”. Es el inicio del club de la lucha, de la andadura común de Tyler y Narrador en pos de una nueva sociedad... y el comienzo de una serie de escenas violentas que tal vez nos obliguen a recapitular acerca de las posibles influencias cinematográficas de la película.

Un visionado apresurado de El club de la lucha podría inducirnos a pensar que se trata de una simple actualización de Taxi Driver y La naranja mecánica. El guión de Uhls abunda en trampas para el espectador (uno de los monos espaciales de Tyler se llama Travis; un adepto del club niega información a Narrador en una jerga muy emparentada con el nadsat de Alex). Sin embargo, las diferencias son ostensibles. La rebeldía del también insomne Travis en Taxi Driver es una quijotada motivada por los nobles sentimientos que le inspira la prostituta Iris; es, pues, un acto individual de violencia cuyo objetivo es purificar el sistema. La rebeldía de Alex en La naranja mecánica es grupal, sí, pero no intenta socavar el sistema más que de un modo puntual, y a la larga Alex acaba convertido en un instrumento propagandístico que fortalece al sistema. Tyler va mucho más lejos: busca acabar con el sistema. El club de la lucha es un entramado que, después de una fase de espontaneidad, escapa de las manos de Tyler y se extiende por todo el país. Su funcionamiento tan sólo se sujeta a las ocho reglas siguientes:

La primera regla es: No hablar del Club de la lucha. La segunda: Ningún socio debe hablar del Club de la lucha. La tercera: Si alguien grita basta, flaquea o desfallece, el combate se acaba. La cuarta: Sólo habrá dos luchadores. La quinta: Sólo habrá una pelea cada vez. La sexta: Se peleará sin camisa ni zapatos. La séptima: Las peleas durarán el tiempo que sea necesario. La octava: Si ésta es vuestra primera noche en el Club de la lucha, tendréis que pelear.

Pero se trata tan sólo de unas normas que regulan el funcionamiento interno del club, la dinámica de las peleas. Narrador mismo, deslumbrado por la novedad, comenta: “Después de haber estado en el club de lucha, ver partidos de fútbol americano por la televisión es como ver películas porno cuando podrías estar follando a lo grande”[7]. Tyler tiene planes, de los que Narrador aún no es consciente.

No. La violencia en El club de la lucha no es lo que parece. No se trata de una película de músculos, gimnasios y puñetazos al uso. Aquí no prima el culto al cuerpo. Muy al contrario, los combates cuerpo a cuerpo son sólo una excusa para trascender los límites de lo físico, en una especie de misticismo zen del dolor que por momentos se asemeja a una religión. “La autoperfección es pura masturbación. Pero la autodestrucción...”[8]. Narrador ha renunciado a la autoperfección tras su apresurada retirada de los grupos de apoyo a enfermos incurables. Marla, la autodestructiva, le cierra el camino, y Tyler le abre los ojos al respecto. “Por lo menos, ella está intentando tocar fondo”. Ése es el camino a seguir: tocar fondo, para a continuación remontar; destruir el orden establecido para recrearlo. El club de la lucha es la terapia definitiva que necesitaban Narrador y Bob[9], quien, al reencontrarse ambos, le recuerda que el Club ha cambiado su vida. Bob, el llorón, es un hombre nuevo, seguro de sí mismo. Un milagro divino... o antidivino.


En efecto, tanto la novela como la película presentan al club de la lucha como una especie de secta dirigida por un iluminado con tintes mesiánicos. No creo que éste sea el motor de Tyler o el Narrador, incluso cabe la posibilidad de que se trate de una maniobra de distracción por parte del guionista, pero existen numerosos ejemplos que mueven a la reflexión. Mediante el club de la lucha, los luchadores alcanzan un conocimiento interior que mezcla misticismo con religiones orientales. El club de la lucha se presenta como una auténtica comunión de masas[10], en la que todos pueden sentir el cuerpo y la sangre de su mesías, de Tyler. Más aún: “Los gritos de ánimo eran como las letanías que se podían escuchar en una iglesia”. Se practican sacrificios humanos, bien es cierto que bastante originales e incruentos. Incluso, en la novela, una vez aclarado el conflicto dual entre Tyler y Narrador, uno de ellos dice al otro: “Lo último que nos queda por hacer es tu martirio. Una muerte a lo grande”[11]. El momento culminante de la película, de hecho, es la ordalía que Tyler practica a Narrador, la definitiva encrucijada tras la que no hay marcha atrás. Con el beso de lejía, Tyler desarrolla las posibilidades mesiánicas de su club de la lucha, las verdaderas reglas con que tanto él como Narrador y sus monos espaciales se alzan en fiero combate contra la civilización occidental:

Cree en el dolor. No lo apartes de ti. Sin dolor ni sacrificio no tendríamos nada (...). Somos los hijos no deseados de Dios (...). Primero has de aprender a no tener miedo (...). Únicamente cuando se pierde todo somos libres de actuar (...). Enhorabuena. Estás a un paso de tocar fondo.

“Eres el Doctor Jeckyll y el Señor Cabrón”

El periplo de Narrador hacia el fondo, hacia la autodestrucción, es la historia del conocimiento interior. Para Narrador, conocerse a sí mismo pasa por conocer a Tyler, pues éste es los rincones oscuros de aquél, su reverso tenebroso. Tyler crece con el insomnio de Narrador, del mismo modo que Narrador se vale de Tyler para llevar a la práctica su plan. El insomnio de Narrador, su paso por los grupos de apoyo, la aparición de Marla... todo son jalones de un mismo camino: la decantación (por medios naturales, a diferencia de los experimentos del Doctor Jeckyll) de un nuevo yo, de un Hyde complementario y enriquecedor, en vez de suplementario y denigrador (como el de la novela de Stevenson). Tyler se presenta como la venganza perfecta contra Marla. Por un lado, creando el club de la lucha, el único grupo de apoyo del que ella jamás podría expulsarle: es mujer[12]. Por otro lado, da rienda suelta a la evidente antipatía que le profesa Narrador humillándola con una relación a (dos o tres) bandas tan insana como la de Inseparables de David Cronenberg. “¿Hemos follado juntos?” “¿Es así como describes nuestra relación, Tyler?” Tyler resulta tan fatal para Marla como ésta para Narrador. Se trata de un triángulo de infidelidades mutuas: Narrador ignora a Marla, Tyler mantiene con ella una relación meramente física pero le pide a Narrador. “Si le comentas algo de mí o de lo que sucede en esta casa, tú y yo habremos terminado”. Narrador y Tyler están condenados a entenderse hasta que, llegado el momento, Tyler desaparece sin dejar rastro: es el final del proceso de conocimiento interior de Narrador. Sólo con la desaparición de Tyler culmina la definición de la personalidad de Narrador. Cuando reaparece Tyler, Narrador ya está en condiciones de hacerle frente. Cierto es que Tyler tenía prevista tal contingencia, hasta el extremo de que Narrador está a punto de perder en la comisaría algo más que la cartera[13], pero el enfrentamiento entre ambos se produce finalmente, y por vez primera en igualdad de condiciones. La dualidad (“¿Estaba dormido? ¿Estaba despierto? ¿Es Tyler mi pesadilla o yo soy la de Tyler?”) acaba rompiéndose, pero eso ya resulta irrelevante: la revolución está en marcha.


“Estaba en las narices de todos. Tyler y yo sólo le pusimos nombre”

La revolución está en marcha, y su brazo ejecutor son los Monos Espaciales, los mejores elementos del club de la lucha. Ellos son “como un mono dispuesto a ser lanzado al espacio (...). Un mono del espacio dispuesto a sacrificarse por un bien mayor”: la revolución. Una revolución que pasa por el Proyecto Mayhem. Tyler inculca a sus chicos, entre puñetazo y puñetazo, un igualitarismo a ultranza[14], y predica con el ejemplo, convirtiéndose en uno más, en un simple primus inter pares. “Ahora nadie era el centro el club de la lucha”. Sólo mediante el paroxismo de la autodestrucción, la muerte, se alcanza el privilegio del nombre. “En la muerte, un miembro del Proyecto Mayhem tiene nombre. Se llama Robert Paulson”.

Esta negación de la propia personalidad para integrarse en un grupo homogéneo no es sino el trasunto mejorado de la sociedad que ha propiciado la aparición del club de la lucha. En una reciente entrevista, Edward Norton lo expresa de la siguiente manera:

La razón por la que me gustó El club de la lucha es que pensé que era una película de su época. Estaba en la onda de algo que yo reconozco en mi generación. Lo que me gustó es que era existencial, iba de una generación que se siente entumecida y sobrepasada por el ritmo de la modernidad y el sistema de valores al que se supone que tiene que pertenecer. Y eso los lleva a aquel lugar de locura casi surrealista[15].

Existe, pues, un componente generacional en el club de la lucha, eso es innegable, y sería bueno saber si también hay un componente clasista[16]. El club de la lucha es la reacción de una generación oprimida contra los males que la azotan: insomnio, cáncer, ansiedad, subempleo, consumismo... soledad. Tyler retrata a la perfección las inquietudes de este grupo, en su particular Sermón de la Montaña:

Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropas. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la Historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra. Nuestra guerra es la guerra espiritual. Nuestra Gran Depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión, que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo somos y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados.

La revolución prevista arremete contra toda posesión material, contra toda seña de identidad del individuo, contra el patriarcado, contra la religión. Contra la materialista civilización occidental. “Rechaza los puntales básicos de la civilización, especialmente las posesiones materiales”. La autodestrucción os hará libres, parece querer decir Tyler. Tocad fondo y deslizaos:

No sois vuestro trabajo. No sois vuestra cuenta corriente. No sois el coche que tenéis. No sois el contenido de vuestra cartera (...). Sois la mierda cantante y danzante del mundo.

Son muchos, están perfectamente organizados e, infiltrados en prácticamente todos los poderes, se permiten incluso el lujo de coaccionar al jefe de la policía que está investigándolos:

Perseguís a la gente de la que dependéis. Preparamos vuestras comidas. Limpiamos vuestras basuras. Contestamos vuestras llamadas. Conducimos vuestras ambulancias. Y os protegemos mientras dormís.

Con semejante maquinaria puesta en funcionamiento para servir a una única causa en la que todos los luchadores son peones sacrificables (y reemplazables), resulta difícil dudar del éxito de la empresa. Aquí radica el componente fantástico de El club de la lucha: es una película catastrofista que aborda directamente un tema tan apocalíptico como es el fin del mundo. Pero lo hace de un modo tan sutilmente cotidiano que no se hace evidente hasta el último minuto de la película, mientras Narrador y Marla, cogidos de la mano, contemplan el amanecer de un nuevo día y un nuevo mundo. “Me has conocido en un momento extraño de mi vida”. Y de la de todos.

“Evolucionemos, no intentemos cambiar el futuro”

El caos que propicia el Proyecto Mayhen tiene un objeto bien definido: el colapso de la civilización, la vuelta a unos orígenes remotos, una ancestral Arcadia liberada del sistema financiero y del materialismo a ultranza. Los tintes apocalípticos de El club de la lucha parecen salidos en todo momento de la obra de J.G. Ballard, tanto por su fuerza visual como por su capacidad de sugerencia, por su incesante bombardeo de sensaciones a los más recónditos rincones de nuestro cerebro. La referencia a una posible influencia de Ballard en El club de la lucha puede ser un buen final para este artículo, por cuanto que sugiere aquello que no llegamos a ver en la película: la sociedad surgida del Proyecto Mayhem.

Aunque también el retrato de la sociedad en los momentos previos a la catástrofe posee resonancias puramente ballardianas. Las incendiarias proclamas del autor británico en el prólogo de Crash son perfectamente aplicables al universo e idiosincrasia de El club de la lucha. El tratamiento del automóvil como “una metáfora total de la vida del hombre en la sociedad contemporánea”[17] se ve plasmado en el trabajo de Narrador. El peritaje de automóviles siniestrados, con explicitación de detalles luctuosos, bien podría ser el sobresueldo de un Vaughan que hubiese mudado su sempiterna cámara fotográfica por la calculadora, para servir mejor a su causa: la de testigo imparcial de la momentánea derrota del hombre (el individuo) frente a la tecnología (el consumo). Narrador malvive en este papel, hasta que Tyler viene a redimirle a través del club de la lucha. De testigo imparcial y distanciado de la catástrofe (el accidente automovilístico) pasa a ser un potencial sujeto, activo y pasivo, de ella. En el definitivo germen del enfrentamiento con Tyler, momento previo a su desaparición y posterior toma de conciencia de la realidad por parte de Narrador, es un accidente de tráfico el detonante. Tyler y Narrador discuten en un coche, en un diálogo que muy bien podría ser el de Vaughan y Ballard en cualquier momento. Narrador abre definitivamente los ojos a través del accidente, perfecto matrimonio entre tecnología e individuo. “Olvídate de lo que crees saber de la vida, de la amistad y especialmente de nosotros”. En apenas dos minutos, Narrador cambia su esquema mental y descubre la verdadera esencia del Proyecto Mayhem: “Mírate, eres patético. ¿Por qué crees que hice volar tu apartamento? Toca fondo... Suéltate”. Impacto. Colisión.

Pero no es ésta la única imagen ballardiana de El club de la lucha. En su momento de mayor delirio, Tyler describe cómo será el mundo tras la catástrofe. Un mundo extraño, involucionado hasta los estadios más primitivos del desarrollo humano y tecnológico, una comunidad igualitaria cuyo hábitat serían las selvas primordiales, nuestro cerebro reptil. El atávico instinto de conservación (o de violencia). El regreso a la tribu. Marla y Narrador se dan la mano mientras observan el amanecer de una nueva era sin tarjetas de crédito ni aviones[18], de una nueva era en la especie humana, libre al fin de las ataduras materiales, pueda dar rienda suelta a sus verdaderos deseos, restablecido al fin el equilibrio económico.

En el mundo que imagino se cazarán alces en los bosques húmedos de los cañones que rodearán las ruinas del Rockefeller Center. Se llevarán ropas de cuero que durarán toda la vida. Se trepará por cepas gruesas como mi muñeca que envolverán el edificio Sears. Y cuando se mire abajo, se verán figuras machacando maiz y colocando tiras de venado en el arcén de alguna autopista abandonada[19].

Como conclusión de este artículo, el plan de Narrador/Tyler es sentar las bases de una nueva humanidad, que “se refugiará en los zoos vacíos y se encerrará en las jaulas para protegerse de los osos, pumas y lobos que se pasean de noche mientras les vigilan entre los barrotes”[20]. Un mundo sin civilización. Un mundo sin maldad ni caos ni jabón. Ni muebles de Ikea.

Quisiera agradecer el inestimable apoyo recibido durante la elaboración de este artículo por parte de todos los colisteros de tylerdurden@egroups.com (Ekaitz Ortega, Rafael Martínez-Vilanova, Gema Román), artifex2@egroups.com (Álex Vidal, Sergio Azlor) y, cómo no, del moderador de ambas listas, ese gran proselitista de El club de la lucha que es Luis G. Prado.

BIBLIOGRAFÍA

-Chuck PALAHNIUK, El club de lucha. Muchnik, Barcelona, 1999

-Entrevista a Edward Norton. El País de las Tentaciones, 22 de septiembre de 2000-10-12

PÁGINAS WEB

http://www.fightclub.co.uk

http://www.geocities.com/arthurdurden

LISTAS DE CORREO EN INTERNET

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[1] Chuck Pahlaniuk, El club de lucha, p. 123.

[2] Lo cual sirve de excusa a David Fincher para ofrecernos uno de los mejores y más divertidos momentos de la cinta: Edward Norton contándole a la cámara las peculiaridades de la actividad laboral de Tyler Durden.

[3] Al respecto, conviene aclarar que las fórmulas utilizadas en la película para la fabricación de nitroglicerina, dinamita y napalm están alteradas en al menos uno de sus componentes, de modo que resultan ineficaces. Por si alguien pensaba hacer la prueba en casa, lo digo. Stalker, como integrante del emporio Gigamesh, está consagrada al vicio y la subcultura, pero no hasta esos extremos.

[4] Cuatro son las apariciones subliminales de Tyler a lo largo del primer cuarto de hora de película. La primera, ante la fotocopiadora del trabajo de Narrador, con la siguiente frase como telón de fondo: “La copia de una copia de una copia”. La segunda, detrás del médico que recomienda a Narrador “Visite a los chicos con cáncer de testículos. Eso sí es sufrir”. La tercera, en dicho grupo, cuando su director insta a los enfermos: “Abramos nuestro corazón sin ningún complejo. Ahora buscad a vuestras parejas”. La cuarta, con la imagen de Marla alejándose, mientras Narrador se lamenta: “No podía llorar. Así que de nuevo ya no conseguía dormir”. Aún cabría hablar de una quinta aparición subliminar, justo al final del metraje, pero no disponemos de suficientes elementos anatómicos de juicio como para afirmar tajantemente y sin temor a equivocarnos que, efectivamente, se trata de Tyler.

[5] ¿Cuál es el objeto vibrador que Narrador guarda en su maleta?

[6] En una escena infográfica, por cierto, realmente admirable. Las imágenes generadas por ordenador tienen un nivel espectacular, desde la simple papelera del lugar de trabajo de Narrador hasta la citada escena, pasando por la recreación de los cables del explosivo de la furgoneta y, cómo no, el hermoso final apocalíptico.

[7] El club de lucha, p. 58.

[8] En la novela (p.57) se expresa de una manera no tan contundente, pero no por ello menos clara: “Tal vez la autosuperación no sea la respuesta (...). Tal vez la autodestrucción sea la respuesta”.

[9] “Bueno, el club de la lucha es sólo el primer paso de la revolución... y el último de la cadena de adicciones a grupos de terapia que experimenta el Narrador. Es el grupo de terapia definitivo”. (Mensaje Re: Mejor en compañía, de Luis G. Prado, 10:52 de 28 de agosto de 2000 en la lista tylerdurden@egroups.com.)

[10] Y por favor, por favor, absténgase el lector de exteriorizar el juego de palabras que le ronda por la cabeza al asociar los conceptos “comunión” y “lucha”. Si este articulista ha conseguido contenerse, ¿cómo no va a ser menos el lector?

[11] El club de lucha, p.228.

[12] Llegados a este punto, se hace necesario referirse a la innegable carga misógina de la película, que sin embargo no puede encubrir un hecho: los adeptos del club de la lucha (con Tyler y Narrador en cabeza) son niños criados por sus madres, abandonados por sus padres, castrados tanto en el sentido figurado (no saben si lo que buscan es una mujer) como en el literal (el cáncer testicular de Bob). Y, sin embargo, uno no deja de tener la impresión de que están rebelándose contra la sociedad occidental, patriarcal, y pretenden restablecer una suerte de matriarcado primitivista.

[13] Resulta irónico comprobar cómo una banda integrada por enfermos de cáncer testicular y gente con un comportamiento asexual adopta como suprema técnica disuasoria y de tortura la castración cronometrada.

[14] Y aquí nos podríamos en disquisiciones acerca de su componente ideológico. ¿Antiglobalización apolítica? ¿Socialismo utópico? ¿Antiestatalismo ácrata? ¿Ultraliberalismo a ultranza? ¿Fascismo? ¿Nada de eso?

[15] En El País de las Tentaciones, 22 de septiembre de 2000.

[16] “He comentado la película con mucha gente, y he descubierto que a los ¿cómo decirlo?, gente de clase alta, no le ha gustado, les ha parecido una mierda, pero a los de clase media-baja, se han sentido (algunos, no todos) identificados con la película, o sea, que les ha gustado, menos a los que se esperaban una JeanClaudeVandammenada”. (Mensaje Re: V.O. vs. Doblaje, de Ekaitz Ortega, 23:.29 de 29 de agosto de 2000, en la lista tylerdurden@egroups.com.)

[17] J.G.Ballard, Crash. Minotauro, Barcelona, 1978, p. 14.

[18] A fin de cuentas, las fantasías de Narrador con los accidentes aéreos tampoco dejan de ser una imagen típicamente ballardiana.

[19] Después de formular tan profética visión, extraída casi textualmente de El mundo sumergido, La isla de cemento o La sequía, Tyler desaparece: ha dejado de ser necesario.

[20] El club de lucha, p.143.