miércoles, 28 de febrero de 2007

Metabuscadores recatados

Llevo tiempo queriendo escribir una segunda parte de aquella anotación en la que comentaba las búsquedas más delirantes a través de las cuales me habían llegado lectores. Me reí de lo lindo preparándola, y vosotros leyéndola.
Últimamente le he dedicado poco tiempo al recuento de entradas en el blog, para hacer honor a mi falta de tiempo crónica; pero no he podido dejar de percibir un hecho que al principio me dejó hecho cisco y que ahora simplemente me tiene quemadillo: parece ser que Google está capando las búsquedas que tienen como objeto términos tales como "pornografía". Consecuencia: en dos semanas me he quedado con la quinta parte de visitas que tenía a primeros de mes.
En un primer momento, lo atribuí a la acción combinada de dos efectos relacionados con mi falta de tiempo: el primero, que actualizo a toda hostia, y supongo que eso ha repercutido negativamente en el seguimiento del blog (hablando en plata: no me parece que las anotaciones de los últimos dos meses alcancen el mínimo de calidad y profundidad que tenían las del año pasado por estas fechas); y el segundo, el anuncio de que a partir de ahora voy a actualizar menos que de costumbre, hasta que pueda dedicarle el tiempo que creo necesario para que Pornografía Emocional siga siendo lo que quiero que sea.
Así pues, decidí agarrar el toro por los cuernos, y me pasé dos fines de semana siguiendo la misma rutina: escribir las actualizaciones de la semana siguiente, dedicándoles todo el tiempo que creo que requieren. Me ayudó mucho el que Cristina se haya traído el portátil de Girona; desde que lo ha hecho, estoy escribiendo los fines de semana y, bien sea para el blog o para otras actividades (la Quinta Columna de Bibliópolis, críticas pendientes o prólogos varios), este hecho me parece destacable y esperanzador: por fin estoy adquiriendo la costumbre de escribir relajado y sin presión, en vez de hacerlo todo a última hora y en los escasos huecos que me permite el calendario, es decir, a mediodía y primera hora de la tarde, siempre que no coma fuera.
Es decir: lo que escribo de un par de semanas para acá me gusta más que lo que escribía hace dos meses, me parece más currado y satisfactorio... sin caer en la autocomplacencia, claro. El día que escriba de cara a la galería, más pendiente de gustarme a mí mismo (como se dice en la jerga torera) que de escribir lo que honestamente creo que merece la pena y de una manera satisfactoria, cierro el blog.
Miro los contadores de visitas, y se me caen los palos del sombrajo: no remontan ni a hostias.
Por tanto, el problema tiene que ser más profundo, o bien de carácter técnico.
La primera posibilidad tiene sentido: llevo un año y pico hablando más o menos de lo mismo, y supongo que en algún momento he pasado a ser cargante o reiterativo. En resumen, una vez ha pasado el impacto de la novedad y -esto sería motivo de anotación aparte- el cansancio generalizado que percibo en muchos blogs -tanto en la fórmula como en el número de comentarios-, lo lógico es suponer que Pornografía Emocional registra una tendencia a la baja, si no en seguimiento, al menos en cuanto a intervenciones de los lectores. Me da la impresión de que se le está pasando el arroz, en el sentido de que ya no "mola" comentar en él, aunque mantengo el núcleo de lectores fieles que siguen mis andanzas. Esta era otra de mis motivaciones cuando decidí cambiar la rutina de trabajo de escritura de las anotaciones: cabe la posibilidad de que me esté cargando el blog, por mi manía de querer actualizar a toda costa, aunque sea a toda prisa y de cualquier manera.
En cuanto a la segunda explicación, me parece muy llamativa. Hace dos semanas, las estadísticas de entradas se redujeron de unas cuatrocientas entradas diarias a menos de cien. De un día para otro. Y ahí siguen. Me puedo creer que los lectores se estén empezando a cansar del blog a medida que repito fórmulas y se empieza a notar la falta de diligencia a la hora de seleccionar contenidos o pulir el estilo; pero he rectificado esa tendencia (o he hecho lo que está en mi mano por rectificarla) y, aun así, las cifras continúan sin despegar. Después de un crecimiento sostenido de unos cincuenta lectores al mes (fidelización de clientela), con picos puntuales en función de un enlace en un blog más transitado o de un post que haya corrido boca oreja, las estadísticas se desplomaron, y ahí siguen. Lo que antes eran entre cuatrocientas y quinientas entradas, correspondientes a unas cien IPs únicas menos y unos cuarenta lectores reincidentes a lo largo del día, ahora se han convertido en unas cien, ochenta y treinta, respectivamente.
El tercer indicador me tranquiliza: no pierdo la base de lectores fieles que sé que tengo; por tanto, la explicación está en los dos primeros factores.
La explicación, por lo que sé, puede estribar en que Google ha registrado una serie de movimientos muy extraños durante las últimas dos semanas; entre otras cosas, está capando a saco todos los enlaces a materias poco, ejem, familiares, como podría ser la pornografía. Y, claro, este blog se llama Pornografía Emocional.
Soy consciente de que el título del blog y el hecho de que la palabra "pornografía" aparezca con relativa frecuencia hacen que los metabuscadores de turno redirijan sus búsquedas hacia el blog, aunque el concepto o postura buscados no guarden la menor relación con Pornografía Emocional. Es decir, interpreto con todas las reservas del mundo las estadísticas diarias de visitas al blog, puesto que sé que muchas de las entradas en el mismo no le pertenecen; o simplemente aparecen porque eran el resultado número 2134 en una búsqueda del palo "Jenna Jameson practicando pornografía oral contagiosa en las heridas y cicatrices de todos los dentistas implantólogos de un casting"... Lo sé; pero ¿realmente el ochenta por ciento de las visitas del blog se producían de esa manera?
Es posible.
Lo que ya no me hace tanta gracia es que determinadas búsquedas en Google que hasta ahora tenían este blog como primer, segundo o tercer resultados hayan dejado de aparecer entre las diez primeras. Parece que, de alguna manera, Google ha podado el acceso a Pornografía Emocional en búsquedas como "blog Juanma Santiago" (cuyo primer resultado es ahora mi perfil de Blogger, mientras que Pornografía Emocional como blog aparece... ¡en el puesto 69!, que también tiene coña), "Juanma Santiago" (mi perfil de Blogger, que antes era el primer resultado, ahora es el cuarto; el blog, que antes tenía un par de resultados entre los diez primeros, ahora aparece por primera vez en el 103) o "Pornografía Emocional Juanma Santiago" (en la que mi perfil de Blogger sigue primero, pero el blog ha bajado hasta el 39).
Vamos, que aquí pasa algo raro, y Google está como quiere. No sólo con Pornografía Emocional, evidentemente, sino de una manera generalizada. Como no estoy muy al tanto de lo que sucede en el ciberespacio, no tengo manera de saber si hay más casos tan extremos como el de este blog, pero lo cierto es que resulta llamativo y, transcurrida la primera semana de dudas existenciales ("¿Me habré cargado el blog?", "¿Tantos lectores tenía de prestado?", "¿Realmente había tanto ruido en las búsquedas de Google?"), confieso que estoy muy interesado por saber qué ocurre y si realmente los metabuscadores sirven para algo; no porque de repente mi blog haya dejado de aparecer en los resultados de las búsquedas en los que debería destacar (supongo que en una situación diametralmente opuesta, en la que en dos semanas hubiera quintuplicado el número de visitas, habría escrito una anotación con la idea de reflexionar sobre ese asunto), sino de una manera más genérica. ¿Qué criterios sigue un metabuscador? ¿Hasta qué punto es una herramienta fiable? ¿Qué utilidad se le puede encontrar, si genera tanto ruido?
O, mucho más terrible, ¿debería cambiarle el nombre a este blog para evitar que Google me siga capando los accesos al mismo? La sola idea de que deje de llamarse Pornografía Emocional me llena de desazón: el nombre fue anterior al blog; sin ese título, no habría blog. Y a estas alturas, cambiarle el nombre por otro más neutro ("Otro Bloguero Quejica", pongamos por caso), supongo que sería contraproducente.


Esta es la reflexión del día. No obstante, tampoco quiero ponerme apocalíptico; de modo que, una vez introducidos los elementos de debate (¡intervenid más, coño!), paso a colgar los resultados más llamativos de las búsquedas por las que habían llegado lectores al blog... hasta hace dos semanas. El hecho de que desde mediados de febrero para acá no haya apuntado ninguna nueva no se debe sólo a mi estado de estupefacción ante el descenso de visitas, sino a que, sencillamente, no hay búsquedas jugosas. Por ello, y ante la perspectiva de que la situación empeore, copio y pego estas búsquedas, no vaya a ser que tarde dos años más en recopilar la cantidad suficiente de material. No están a la altura de las de la primera anotación ad hoc, pero algunas tienen auténtica coña. Que os riais como yo lo he hecho mientras revisaba el contador.

que hacer en caso de quedar atrapada en un ascensor
(Inciso: ¡Pornografía Emocional tiene el primer resultado en esta búsqueda!)

chuck palahniuk e ivan zulueta
(Por mezclar influencias extrañas, que no quede.)

pornografia entre hermanos
(Primero "Cersei Lannister desnuda", ahora esto... Se acerca el invierno, sin duda.)

parte noble del pancreas
(Hay muchos grandes de España con cirrosis hepática debida al exceso de alcohol, pero... ¿pancreatitis?)

prejuicios de los hongos
(Algunas setas del bosque le tienen verdadera manía a los gnomos, vaya usted a saber por qué.)

caperucita pornografía
("¿Dónde vas, Caperucita?" "¡A lavarme la almeja al río!" "Joder, cómo ha cambiado el cuento".)

HIPNOSIS EROTICA
(Cojonudo concepto; pero controla que, en vez de hipnotizar a tu pareja, no la estés durmiendo.)

organigrama de los mormones
(Si Dios no está en lo más alto de la jerarquía, voy a llevarme una gran decepción.)

fotos gratis con la mano en el culo
(Joder, hay gente pa tó. Aunque más chungo sería: "Fotos de pago con la mano en el culo".)

fotos iker jimenez desnudo
(¡Eso sí que es un público fiel! Aunque algo hemos avanzado: peor sería buscar fotos de Jiménez del Oso desnudo.)

militar gay foto gratis
(He aquí alguien que, después de que "Paracaidistas británicos duchándose juntos" le llevara de cabeza a Pornografía Emocional, decidió refinar la búsqueda.)

rosa maria mateo desnuda
(¡Toma fetichismo televisivo! Primero, Iker Jiménez; ahora, Rosa María Mateo... Y después, ¿quién? ¿Fernando Sánchez Dragó?)

cuando la canaria jase el nido a cuanto dias pone los uevos
(Manda huevos... El Koala consultando en Internet antes de escribir un nuevo hit: "Opá, yo via jasé una pajarera".)

estado civil del doctor angel manuel sosa, abogado de villa maria cordoba
(Y patrimonio personal, no te olvides de preguntar por su patrimonio personal...)

yo soy la juani desnuda
(Encantado, Juani. Yo soy Juanma, pero suelo conectarme a Internet vestido. Tiene menos morbo, pero da menos frío.)

lunes, 26 de febrero de 2007

El crepúsculo de los implantes

Llego a la clínica con unos minutos de adelanto, como todos los jueves que tengo dentista. Tengo la tremenda manía de querer ser puntual siempre que pueda. El implantólogo está con un paciente, así que me dedico a leer hasta que llega mi hora (con perdón de Sergio Leone). Cuando me ve, me saluda con un apretón de manos bastante efusivo. Hoy sí está nuestra enfermera favorita, así que la diversión está garantizada. Me muero de ganas de saber por qué fase del rito de cortejo del Dentistus Ibericus van.
-Hombre, ¿cómo va eso?
-Bien, bien.
Todavía no estoy tan aculturado como para decir “Voy haciendo”; pero al tiempo.
Me hace abrir la boca.
-¿Hoy qué toca?
-Vamos a tomarte medidas, para encargar los implantes definitivos. El próximo día te implantaremos las piezas metálicas, y el siguiente las de porcelana, y ya habremos acabado contigo.
Espero que hable en sentido figurado.
Hoy están sositos. Él tararea canciones no demasiado reconocibles, en plan “Nainonaaa” y “Parabachimpún”. Luego, cuando ya se va a poner manos a la obra, empieza a tararear “La Cumparsita”. No sé por qué, pero los visualizo como a Osgood y Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco, aunque Osgood no lleva una rosa en la boca, sino una broca.
Tengo que dejar de ir a consultas de dentistas gore.
-¿Así que te vas a ir pronto a Madrid?
Eso me pilla de sorpresa, pero con la boca abierta, y no puedo replicarle cómo sabe que soy de Madrid.
La enfermera se me adelanta.
-Sí, en Semana Santa.
-Madrid es muy bonito. La gente es diferente que aquí. Son más… -se queda pensando en la palabra- abiertos.
Ella no dice ni sí ni no, ni sé si le hace gesto alguno, porque la tengo detrás de mi campo de visión.
-Para salir, por ejemplo –dice, mientras me desatornilla una de las bases de implante-. Aquí vas por el Borne y todo son guiris. Se nota. Allí, como todo el mundo es de fuera, no lo notas. –Y luego, a mí-: Avísame si te duele.
-Mmmm mmmm –digo, a medio camino entre Kenny (el de South Park) y la canción de los Crash Test Dummies.
Yo hubiera dicho que en Barcelona hay más gente de fuera; pero sí, algo de razón tiene: sólo conozco a tres madrileños con padres y abuelos madrileños, mientras que aquí hay más nativos, no ya de tres generaciones, sino desde hace siglos. Claro, hay más turistas y erasmus, pero más gente de la terra.
-Madrid es una ciudad muy bonita –continúa, luchando con la otra base del implante, que está dándole más guerra-. Ni mejor ni peor que esta. Pero muy bonita. -Y, a continuación, el momento esperado. Se pone a cantar-: Cuando vayas a Madrid / chatina mía
Por algún motivo, intento imaginarme la versión catalana de la canción si Agustín Lara hubiera optado por la globalización de sus textos. Podría ser algo así como:

Quan arrivis a Madrit,
txulapa meva,
jo vull fer-te
emperatriu de Rentapeus.

-Esto es un chótin, chatina. –Lo dice con cachondeo, a sabiendas de que lo dice mal-. Mañana voy a Madrid, a un curso para la clínica –me explica-. ¿Has estado en Madrid?
-M’ffoy ‘e ‘ffíii.
-¿Que eres de Madrid? –De donde se colige que: a) este hombre entiende el klingon en todas sus modalidades, o b) la función crea el hábito y, así como el farmacéutico termina por reconocer la letra del médico más recalcitrante, el dentista identifica cualquier inflexión, la procesa y la asocia a un significado-. ¿De qué parte eres? Yo voy a Las Rozas.
Eso ya es demasiado pedirme.
-Pues sí, chatina, Madrid te va a encantar. –Y luego, a mi-. Pues yo tampoco soy de aquí.
Y, ahora que lo dice, por primera vez desde que asisto a su consulta identifico su acento como vasco o navarro, pese a los “chatina” que le dedica a la enfermera.
Me inserta en la mandíbula inferior el molde que, ahuecado, servirá para encargar las piezas con las que se completarán mis implantes. Es como tragar plastilina con aroma a eucalipto. Me entran arcadas, pero las contengo. Lo peor es sentir cómo esa masilla entra en los huecos donde, hasta hace cinco minutos, tenía los tornillos que me ajustaron hace unos meses.
Cuando me extraen el primer molde, la boca se me ha llenado de babas, que rebosan. Me ofrecen una toallita y suelto tropezones verdes de plastilina, como si la Cosa del Pantano hubiera contraido la lepra.
Iluso de mi, creo que ya estoy listo para largarme de ahí, pues los implantes se limitan a la mandíbula inferior, pero qué va. Me insertan otro molde en la mandíbula superior.
El implantólogo sigue tarareando chotines, a mí me gustaría terciar para comentar que nadie baila el chotís en Madrid (sólo los madrileños, y en las fiestas de la Paloma, pero apenas quedan madrileños en las fiestas de la Paloma), que lo suyo es bailarlo sin salirse de una baldosa y que además es un baile de origen polaco, pero la enfermera reanuda la conversación:
-Pero donde te lo pasaste mejor fue en Cuba, ¿no? ¿Cuánto tiempo hace?
-Hace como siete años. El mejor año de mi vida. En todos los aspectos. –Tararea el chotis-. Sobre todo para alguien que… bueno… que no se suele comer un rosco.
Se me cae un mito. Toda esa tensión sexual que me ha amenizado los últimos meses de visitas al dentista… todo ha sido puro coqueteo. Ná de ná. Pues vaya.
-Por supuesto, sabes que todo es mentira, que nada de lo que te está pasando es verdad, pero ¿y qué? Está muy bien, mientras dura.
La mirada se le pierde, taciturno. Menos mal que me está tomando medidas, y no extrayéndome una muela enquistada. Tengo la sensación de que, perdido como se halla en sus pensamientos, me está escatimando los primeros versos de "Cuando salí de Cuba", o cualquier otra canción de Luis Aguilé.
-Ahora, saca la lengua. Asíiii. El frenillo de la lengua marca el centro exacto de la boca. No lo marcan los dientes, sino la lengua.
Termina de extraerme el segundo molde. Este no es verde y azul, sino amarillo. Todo es de color, que dirían Lole y Manuel.
-Pues esto ya está… ¿Sabes que vas a ser uno de mis últimos pacientes?
Si hubiera tenido el molde en la boca, me atraganto.
-¿Quéee?
-Que me voy de aquí.
-¡Hostia! ¿Y eso?
-Pues que son muchas horas, muchos sitios… y no compensa. Hay otras clínicas.
Que pagan una mierda, vamos. En alguna consulta anterior ya se refería a que era itinerante, y unos días trabajaba en una clínica de la provincia de Girona, y otros en una del Maresme, y otros...
-Jo. Vaya.
¿Quién me tocará la próxima vez? Igual una cirujana sin sentido del humor, ni del espectáculo, ni de nada de nada, excepto del deber. Menudo coñazo.
-Pero este trabajo te lo termino.
De repente, el perfil bajo y la falta de chispa de esta consulta adquieren sentido. Se ve que mi cirujano implantólogo favorito está triste, porque se va; tal vez, por no haberse podido trajinar a la enfermera, o por dejar de pelar la pava con alguien que le cae bien, y con quien trabaja a gusto.
-Bueno, pues ya te puedes ir. Que te vaya muy bien. –Me estrecha la mano con fuerza-. Eres uno de mis mejores pacientes.
Eso ha querido decir que no soy un histérico ni monto numeritos. Es la historia de mi vida, por otra parte: discretito hasta cuando perpetran carnicerías en carne propia.
Pero me voy con mal rollo. Nunca creía que iba a decir esto, pero echaré de menos lo bien que me lo paso cuando voy a la clínica para que me abran la mandíbula en canal, me implanten piezas metálicas donde antes había molares y, en resumen, conviertan mi cavidad bucal en un remake hispano de Hellraiser y Anatomía de Grey, así, mezcladitas y al alimón.

Curioso. Quería poner una foto de Anatomía de Grey, para ilustrar la práctica generalizada del coqueteo y las regresiones a la edad del pavo que tanto proliferan en el ejercicio de la profesión médica, y me salió esta lámina, procedente del monumental tratado conocido como Anatomía de Gray. Para que luego digan que Google tiene todas las respuestas, cagontó.

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viernes, 23 de febrero de 2007

El nacimiento de Venus

Siempre le he tenido mucho cariño al cuento que vais a leer a continuación y, sin embargo, fui injusto con él. Lo maltraté, mutilé y travestí por culpa de mis inseguridades.
Me explico.
Una vez, hace muchos años, empecé a escribir una novela. La tenía perfectamente estructurada en la cabeza; incluso llegué a terminarla, en una primera versión. No recuerdo cuál era su extensión definitiva, pero a mí me pareció un novelón, de lo más largo que había escrito hasta entonces. Supongo que unas veintipico o treinta mil palabras. Tenía dieciseis o diecisiete años.
Era espantosa, porque hablaba de cosas acerca de las que yo no sabía nada y, por tanto, no podía ser veraz ni creíble.
Pero la trama, convenientemente tratada, era prometedora.
Era la historia de López (a secas, sin nombre de pila: era el nombre recurrente de los protagonistas de mis escritos de aquella época), un recién licenciado en Periodismo que se instala en Madrid durante los años de la Movida. Allí entra en contacto con unos cuantos jóvenes artistas y escritores, con los que monta una revista cultural, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Pero también conoce a su némesis, Marta, con la que tiene una historia fallida, de sexo más que de amor. Ocurre algo, nunca del todo explicado en la novela, que conduce a la ruina moral de López, quien va a dar con sus huesos a la cárcel.
Años después, López recupera la libertad muy cambiado, más huraño y resentido, y se deja caer por algunas de las tertulias de ciencia ficción y literatura fantástica de finales de los ochenta. Ni siquiera estoy hablando de las TerMas, que todavía se celebran, sino de las reuniones de la Asociación Cultural Antares, aquellas charlas de viernes por la tarde en torno a las croquetas crudas que nos servían en la Cafetería Punto y Coma, o aquellas discusiones acerca de la verdadera ciencia ficción entre Carlos Saiz Cidoncha y
Frank G. Rubio en la Cervecería Alemana. Aprovecho para introducirme como personaje, en primera persona, y contar un poco del ambiente de aquellas tertulias.
Esta segunda parte no es más que un inciso para introducir el testimonio de López, que nos cuenta durante una tertulia lo que sucedió entre Marta y él, y cómo ha regresado de su vida anterior (no, no es un fantasma, aunque ahora que lo leo...) y está dispuesto a ajustar cuentas con ella.
La cuarta y última parte transcurre durante un verano cualquiera de finales de los ochenta. Marta ya ha sentado cabeza, relativamente, pero se encuentra con López en una playa del Mediterráneo; probablemente, Segur de Calafell, o cualquier otra de la Costa Daurada. Reanudan la relación, poco a poco y de una manera más sincera, tranquila y madura. No obstante, todo es una estratagema de López para vengarse de ella.
Tal como lo cuento, parece una idea razonablemente buena; pero estaba muy mal escrita y creo que la tiré; por lo menos, no la encuentro entre los papeles que conservo de aquella época, mis borradores de proyectos, cuentos primerizos e ideas para novelas.
La novela no podía estar bien escrita, por lo que comento más arriba: carecía de todas las experiencias que cuento en la novela.
No viví la Movida de primera mano. No leí ningún ejemplar de La Luna de Madrid hasta algunos años después de que cerrara, ni participé del ambiente de la época hasta que empecé a salir, cuando ya sólo quedaban los últimos coletazos del movimiento, el rock malasañero y la institucionalización de aquellos jóvenes valores. Yo era del Agapo, el Revólver y el Malandro, pero no del Penta, ni del Rockola, ni del Rock Club. (Bueno, una cosa sí compartíamos: uno de mis garitos preferidos era La Vía Láctea.) Aquello me llegaba de segunda mano, por lo que mis hermanos llevaban a casa, o alguna noche en que los acompañaba furtivamente a la terraza a poner la radio a medianoche y podía escuchar primicias como el primer single de Alaska y Pegamoides. "Horror en el hipermercado" y "El hospital", esta última cantada por Carlos Berlanga. Tengo aquel momento grabado a fuego en mi memoria, pero me faltaba algo: no era consciente de estar viviendo algo histórico, tan sólo eran dos canciones que me engancharon desde la primera escucha.
También reconstruí la época por lo que me contaban amigos mayores que yo que sí habían vivido todo aquello, y podía ver ejemplares antiguos de 96 Lágrimas, uno de los fanzines musicales de la época, con las críticas del Sardi, o singles hoy olvidados como los de Los Zo
quillos o Las Chinas, o libros como Patty Diphusa, de Pedro Almodóvar. Descubría a Ceesepé, Alberto García Álix y Ouka Lele por las portadas de aquellos discos o aquellas revistas, y tal vez, forzando la memoria, los podía asociar a algún reportaje que había leído en El País Semanal, o alguna exposición que había visto anunciada. Las Costus llegaron a mi vida más tarde, primero por comentarios casuales y luego por la lectura de "La piel que te hice en el aire", uno de los top 5 incontestables de Rafael Marín; una lectura que me hizo ponerme un poco a la defensiva cuando, años después, vi La mala educación, de Almodóvar: a ratos parecía que el director manchego se había inspirado en la novelette de Rafa, más que en La ley del deseo.
Iba a la Filmoteca Nacional, o a los cinestudios Fantasio, Griffith o Dúplex, y descubría Arrebato, de Iván Zulueta, Tigres de papel, de Fernando Colomo, u Ópera prima, de Fernando Trueba, y me invadía una nostalgia por una época que no había vivido porque estaba encerrado en mi casa, jugando con mis atlas, pergeñando mis propios mundos, escribiendo sobre idealizaciones de lo que había allí afuera, y que no podía vivir allá afuera porque estaba en mi mundo interior, escribiendo sobre aquello.
Aunque yo estaba vivo y en Madrid durante aquellos años, descubrí que se me habían escapado, y sólo me llegaban oleadas, ráfagas aisladas: los bandos de Tierno Galván colgados en el metro, algún concierto de Gabinete Caligari (mi hermano Pablo era muy amigo de la hermana de Ferni Presas, el bajista de Gabinete), el ritual de descubrir los discos de Los Enemigos a medida que mi tía o Josele en persona se acercaban a casa a llevarnos sus vinilos antes de que se pusiesen a la venta, mi hermano Enrique corriendo emocionado al tocadiscos para poner, cuando llegaba a casa a mediodía, sus últimas adquisiciones (Mujer y sentimiento, de Los Coyotes, o La ley del desierto / La ley del mar, de Radio Futura). Y, por supuesto, La bola de cristal. Y los programas de Carlos Tena. Paloma Chamorro, poco, aunque recuerdo haber visto alguna emisión de La edad de oro y La estación de Perpiñán.
Para mí, la Movida era algo de lo que se hablaba y hablaba pero que, cuando tuve edad y predisposición para salir de juerga por mi cuenta, ya no estaba. Y sólo me quedaba la actitud del historiador para abordarla, pues para eso terminaría estudiando Historia.
¿Hacer historia sobre algo que aún no estaba del todo muerto, y que no has vivido porque no te ha dado la gana? ¿Sublimar el “Yo NO estuve allí” (o, peor aún: "Yo estuve allí, pero, para variar, ni me enteré") como valor añadido para escribir sobre ello?
Luego había otro factor limitativo: no sabía nada de mujeres, ni de sexo. No me eché novia hasta los veintidós años, y por aquella época yo era un pipiolín de COU que lo más carnal que había visto eran chicas en bañador (el top-less aún no se estilaba), el escote de alguna compañera de instituto y alguna peli de Cine de medianoche cuando mi madre no estaba por casa. (Interior de un convento y cosas de esas.) Todo lo que describía en la novela eran quimeras, fantasías elaboradas a partir de testimonios de otros, suposiciones mal encaminadas y calentones que me obligaban a alterar la velocidad de escritura, la legibilidad de lo escrito y, por último, me hacían abandonar la novela durante los minutos que se tarda en ir al lavabo a terminar lo empezado, limpiarse, lavarse las manos, aclarar los pensamientos y debatirse entre dejar la novela para salir a dar una vuelta o continuar con la paja (no sólo) mental. Hablaba de un mundo irreal, en el que nadie ligaba como se liga en el mundo real, ni hablaba como se habla en el mundo real, ni, por descontado, follaba como se folla en el mundo real.
Y, para rematarlo, ocurrió una catástrofe de dimensiones incalculables, que terminó de rematarme: leí Valis, de Philip K. Dick, que entonces se editaba en castellano como Sivainvi (en la edición de Ultramar), y descubrí mi baza definitiva para redimir la novela del oscuro pozo de las pajas mentales postadolescentes, el truquito de hacerse aparecer como personaje en una novela una vez alcanzado el ecuador de la misma para dejar claro que en realidad estaba hablando acerca de mí mismo, ni siquiera era original, que ya la habían inventado otros, y que lo hacían de puta madre.
Puestas así las cosas, la conclusión era inevitable: se trataba de una novela fallida, y no se me ocurrían muchas maneras de enmendarla, excepto con una reescritura concienzuda y un replanteamiento general. Podría dejarla madurar unos años, hasta que me hubieran ocurrido algunas de las cosas acerca de las que escribía.
Y, en cierto modo, fue lo que hice.
Ya en cuarto de carrera (la rúbrica hace constar enero del 92), empecé a reescribirla. Los personajes empezaron a adquirir cierta consistencia. Algunos diálogos parecían razonablemente veraces. Marta no era sólo un recorte de revista porno. El estilo, deliberadamente barroco, me gustaba, y había capítulos a los que resultaba difícil poner alguna pega. Ya tenía decidido que López terminaría apareciendo en la TerMa, no en las tertulias de Antares, y que la época en que se desarrollarían las últimas partes serían los años noventa, no los ochenta; de este modo, el contraste entre el López veinteañero y el López treintañero sería más acusado y, por tanto, creíble. Por otro lado, el mundillo cienciaficionero se estaba moviendo mucho por aquel entonces (hablo del boom del año 91), y no estaría del todo mal que le dedicase bastantes capítulos al estado de la cuestión y, por tanto, potenciase mi papel en la novela. Yo no sería una invención de López, ni a la inversa, pero en cierto modo López vería en mí una especie de versión joven de sí mismo que amenazaba con repetir sus errores, y eso me daría ocasión para presentar una historia de aprendizaje y formación.
No llegué muy lejos en esta segunda reescritura, y ni que decir tiene que no terminé la novela. Sin embargo, concluí unos cuatro o cinco capítulos, que me dejaron bastante satisfecho. En un momento dado, decidí refundir los mejores momentos de cada capítulo en un relato independiente, “El nacimiento de Venus”, y me lancé a moverlo por concursos literarios, porque aquello era de lo mejor que había escrito hasta entonces.
Para mi sorpresa, no me comí un rosco. A lo mejor los otros cuentos eran demasiado buenos, o aquellas historias se la traían floja a los miembros del jurado.
Pese a ello, me seguía pareciendo uno de mis mejores cuentos, bastante cerca de "Protégete de la onda expansiva de mi cerebro", que había sido finalista del Aznar (hoy Pablo Rido).
Y me apetecía publicarlo.
Entonces leí un noticia en BEM: el gijonés José Luis Rendueles había lanzado un fanzine, Parsifal, y quería colaboraciones.
Le escribí.
De manera más o menos simultánea, recibí una carta suya.
Nos habíamos escrito a la vez.
Nos pusimos de acuerdo en que le enviaría “El nacimiento de Venus”. Le gustó y lo aceptó para el fanzine.
Pero entonces puse una condición: como Parsifal era un fanzine de literatura fantástica, quise retocarlo para que fuera un cuento de ciencia ficción. Convertí la Nueva Ola en la Última Ola, el ochenta y dos en el dos mil dos, y los Rolling Stones en un grupo virtual. No digo que me cargara el cuento, pero sí lo pervertí. Lo travestí.
Rendueles siempre me ha dicho que no hacía falta cambiar nada, que me lo hubiera publicado tal como se lo había enviado.
Así pues, el cuento apareció en el número 4 de Parsifal, y fue el segundo contenido mejor valorado de aquel número, detrás de un cómic divertidísimo, “Joe Yes contra todo”.
Parsifal me encantaba y, pese a que la ilustración de Sonia Carreras no respetaba del todo el espíritu del cuento, estaba bastante maja y, en general, me encantó publicar allí. No fue el único contenido mío que apareció en el fanzine de Rendueles, pero sí el más satisfactorio.
La idea de retomar la novela me asaltó alguna que otra vez, pero nunca me vi con la predisposición necesaria. Estaba muy distanciado de la manera de narrarla, anque fuera lo mejor que podía hacer cuando la escribí. La novela requería un conocimiento mayor de la época en que estaba ambientada y, por supuesto, unos personajes mejor elaborados. Quería hacerla perfecta y, por tanto, no la hice. La historia de mi vida, en definitiva.
Lo más que llegué a hacer fue pulir algunos defectos algunos años después y retomar algunas de las tramas de la parte “noventera” de la novela y reutilizarlas en una actualización de Biliópolis, la contrapartida de Bibliópolis que aparecía el Día de los Inocentes. Me reí mucho escribiendo aquel desfase, pero no era una reescritura de la novela... aunque era un puente tendido hacia la reescritura, si bien con un concepto diferente: una novela sobre el fandom, la misma que
Luis G. Prado me dijo durante la Semana Negra del 2006 que debería ponerme a escribir, y que tal vez acabe escribiendo, cuando esté lo suficientemente distanciado.
No sé si llegaré a retomar aquella novela, o si escribiré la novela sobre el fandom que Luis y algunos más llevan tiempo pidiéndome que escriba (o dando por supuesto que terminaré escribiendo). El caso es que aquí está la versión sin censurar (por el propio autor, que ya tiene delito) de sus primeros capítulos, y de este modo intento hacerle justicia y reparar el error de haberla convertido en lo que no era.
No he tocado prácticamente nada. Sólo he cambiado las fechas y referencias “cienciaficcioneras”, para que toda la acción transcurra durante el ochenta y dos. También he mantenido los leísmos: la RAE los admite y, además, los personajes son madrileños. Y punto pelota.
Y no me enrollo más, que la introducción me ha salido más larga que el cuento, y tampoco es eso. Que os guste.

EL NACIMIENTO DE VENUS

Acaso no fuera la primera vez que la veía; o tal vez sí, lo cual no dejaría de ser extraño, dada la asiduidad con que ambos frecuentaban el antro escenario de batallas campales tan edificantes para aquellos mocosos que se autoproclamaban esencia de la Nueva Ola, o comoquiera que se llamase el engendro perpetrado por la arrogancia de algunos jóvenes literatos, músicos, modistos, artistas y demás fauna urbana. Sea como fuere, aquella noche López tomó conciencia de la existencia de Marta o, para ser más exactos -pues aún ignoraba su nombre-, de aquella muchacha de rojizos cabellos agresivos, labios sedientos de negativas a insignificantes pretendientes y estrambótico vestuario plagado de hipócritas insinuaciones inalcanzables para el común de los mortales atrapados en la telaraña de su vanidoso caminar y de sus pechos altivos y gestos medidos hasta el menor detalle de la espontaneidad; contradicciones inexplicables para los desafortunados machos incapaces de descifrar un misterio al que tan sólo algunos -un selecto puñado-, quién sabía cómo, habían accedido, y con ello a la categoría de mitos modernos y obradores del milagro más preciado de la noche madrileña: ser tratados de tú a tú por la gorgona de crespa cresta.


Carlos atendía los ruegos de una ajada parroquiana con aires de modelo, bien de algún miope escultor no figurativo, o acaso de una revista pornográfica para niños biafreños. La media Venus masticaba un cigarrillo rubio que, en su escuálida boca, semejaba tronco de alisado árbol que la apuntalara en previsión de un posible golpe de viento.
-¿Me das fuego? -inquirió el meñique con piernas, afectando ansiedad.
-Sí, cómo no -respondió Carlos, mechero en mano, con la pasmosa celeridad del donjuán que no soporta más de cuatro noches seguidas sin compañía femenina en el catre.
Tras la habitual sonrisa de gratitud y una descarga de humo que envolvió a la modelo en un misterioso halo de irrealidad, la inevitable pregunta, indicio inequívoco de la proximidad de fiesta:
-¿Quieres uno?
Y la inevitable respuesta de Carlos, ante la mal disimulada algazara de sus compañeros, López el primero:
-No, gracias; no fumo.
Cejas arqueadas hasta la cima de las sienes. Comprensión. Sonrisa a medias. Desdén. Indiferencia. Desprecio. Otro ligón con el mismo viejo truco gastado de siempre. Una tonta anécdota para comentar a sus amigos si alguna vez viniera al caso, pero nada más; lo cual ya es algo, pensó Carlos. O, tal vez, aquella misma noche, después del segundo o el tercero, durante el ritual de encender el cigarrillo, en los aposentos del músico de primera fila a quien la fémina de tan enigmática como lineal belleza comenzaba ya a cortejar. Sí, sin duda: la mano del pianista afinaba con envidiable destreza las teclas de la mujer, en una demostración de su magistral virtuosismo.
-A Carlos ya no le funcionan sus artimañas. Está perdiendo facultades -le reprochaban sus colegas-. ¿O acaso era demasiado para tí, tan delgadita ella? Mírala, mira cómo se lo monta sin tí. Buscaba plan, y lo ha encontrado; y, mientras, tú aquí, perdiendo el tiempo.
Carlos asimiló mal las críticas vertidas por Pepe.
-Sois crueles conmigo -meditó, jugueteando con el mechero de lisa y fría piel metálica-. Hazlo tú mejor, si puedes.
-Por lo menos, yo fumo -fue su escueto comentario. Para corroborar lo dicho, encendió un cigarrillo con su feo Zippo de apestoso olor a gasolina.
La camarilla cerró filas en torno a Carlos.
-Déjale en paz, Pepe -intervino López-. Hoy tampoco es tu mejor día, me parece.
-Mejor que el tuyo, seguro -cortó Pepe, tajante: aún no había conseguido que López catara hembra desde que vivía en Madrid, y eso le resultaba inadmisible, una espina clavada en lo más profundo de sus entrañas. Un fracaso personal.
Nadie quiso contrariar a Pepe, el cual sugirió:
-Deberíamos irnos. Aquí no hay nada que hacer. Creo.
Carlos clavó la mirada en la multitud que abarrotaba el templo de lo moderno.
-¿Algo bueno? -preguntó Pepe, con estulta ironía.
Como única respuesta, Carlos mantuvo la mirada fija en algún lugar. Pepe dirigió la suya en la misma dirección.
-Déjalo, Carlos, es imposible. Con ella, no.
López no quiso perdérselo, curioso como la mujer de Lot, y, cuando la vio aparecer entre el maremágnum de manos de niños “bien” pegados a copas de alcohol, no pudo evitar un estremecimiento. Frente a él, Venus surgida de las aguas mefíticas, contempló el más extraordinario capricho de la Naturaleza, una visión apocalíptica cuya aura borró en López la percepción de la realidad tal como él la conocía. Ésta, como por intervención divina, se reconcentró en la figura de una walkiria de medidas y rostro perfectos.
Quisiera morir en combate, como un berserkr, para que salieras a recibirme a las puertas del Walhalla y me sirvieses de la cerveza con que se agasaja a los soldados valerosos.
Cegado por la visión, López apartó la mirada, en espera de un justo castigo a su osadía. Como no cayese fulminado por la ira divina, ni convertido en estatua de sal, todo el efecto que aquella mujer causara en él se difuminó, y la realidad intersubjetiva regresó a su mente. Cuando quiso reaccionar, ya nadie había.
López no sabía a ciencia cierta qué había ocurrido, y no quiso preguntar a sus camaradas, por temor a una burla más que probable, o a una fundada acusación de embriaguez. Decidió guardar silencio.
Y, como es habitual en estos casos, López fue incapaz de olvidar aquella visión, si visión era. Su recuerdo le acosaba noche y día, y en cada una de sus salidas López anhelaba repetir aquel instante y verla de nuevo. Tan sólo eso: verla. Después, el mundo podía dejar de existir para él; pero no antes. Tenía que verla una vez más...
...Y la vio, más de lo que hubiera imaginado en la más calenturienta de sus fantasías. ¡Vaya si la vio!


Una vez repuesto de la impresión, advirtió la casi constante presencia de Marta. Frecuentaban los mismos tugurios, las mismas fiestas, el mismo ambiente. Él, por descontado, no se atrevía a dirigirle la palabra, guardaba las distancias. Y ella no habría reparado jamás en su existencia. Para López, aquello equivalía a no existir; y tal vez estuviese en lo cierto.
La Venus de cuero y fuego -aún ignoraba su nombre- mostraba paulatinamente más defectos en rostro y cuerpo. A los ojos de López, era cada vez más humana. Por esta razón, le gustaba más, y concebía toda clase de ilusiones. (Todas, excepto la que finalmente le deparó el destino.)
La primera oportunidad se le presentó en el transcurso de una fiesta en un local de buena nota. El grueso de la revista -a saber: Pepe, López, Paco, Chus e Iñaki-, más algunos amigos que acabarían incorporándose a ella -Edu, Carlos, Ana y Alicia-, irrumpió en la juerga con el firme propósito de pasar a la posteridad. Los preclaros intelectuales, firmes y tenaces al principio, desistieron al comprobar que la posteridad no contaba con ellos, al menos por el momento, y que debían postergar el instante de escribir la tan anhelada página gloriosa en los anales de la Nueva Ola. Pasaban desapercibidos. ¡La gente se divertía sin ellos!
Pepe mostraba -sin demasiado orgullo, la verdad sea dicha- su nueva sonrisa, obtenida, según las malas lenguas, unos días atrás, en el concierto de su grupo musical favorito, los Rolling Stones. Según fuentes contrastadas, le acompañaba Alicia, a quien Pepe, no se sabía muy bien por qué, acosaba sin el menor disimulo. El verano del ochenta y dos era excepcionalmente caluroso, y ni siquiera el tremendo chaparrón que sacudió a los cincuenta mil asistentes presenciales pudo aminorar el efecto de la calima. Una de las consecuencias inmediatas de aquel bochorno (aparte de ablandarle los sesos a Pepe hasta el punto de encapricharse de una nulidad como Alicia) fue un destape masivo, indecoroso pero edificante, de juventud de ambos sexos. Si a ello se le añade el nerviosismo de Pepe, sus ganas de ver en directo al grupo de sus sueños y el ambiente festivo, no es difícil suponer lo que pudo haber ocurrido. Por un momento, miles de espectadores creyeron oir a Mick Jagger cantando una octava por encima de lo habitual; horas después, alguien del servicio de limpieza halló, abandonados entre colillas, canutos a medio fumar, botellas, sujetadores, bragas, gorritas de visera, preservativos usados, navajas, dinero, pastillitas de colores, abanicos, banderas, pancartas, cintas grabadoras, cintas para el pelo, pendientes, pulseras, relojes, bocadillos a medio deglutir o asquerosamente regurgitados, vómitos, orines y demás fluidos corporales, halló, repito, un pañuelo blanco con una "A" bordada (es de suponer que a mano y con todo el cariño del mundo), empapado en sangre y con algunos objetos sólidos en su interior que, una vez desenrollado, resultaron ser dos dientes, amarillos por el tabaco y parcialmente cariados. De resultas del incidente -sobre el que ni los más bienintencionados podían dejar de pesar malintencionadamente-, la sonrisa de Pepe fue muy peculiar aquel verano, y se sonrojaba cuando alguien le inquiría por el paradero de sus dos dientes.
“A la vejez, viruelas”, pensaba Pepe. Alicia, ni le dirigía la palabra. Los demás se abstenían de opinar.
Sobre el improvisado escenario se desenvolvían tres músicos: un guitarrista desaliñado y podrido como la música que interpretaba, un bajista empeñado en cercenar las cuerdas del instrumento y un batería que tocaba con más que aceptable mediocridad. El público abroncaba con entusiasmo, deseoso de una válvula de escape, un entretenimiento que añadir al de la fiesta. Les divertía ser provocados por tres analfabetos musicales, que en aquel momento cantaban a coro:

Estoy desnudo
[Acotaciones:
chirrido]
¡Cuánto sudo!
Mi cosa se mueve
¡Igual se me muere!

Miro a lo lejos
[golpe de pedal]

¡No hay más que viejos!
[distorsión]

Ni una mujer
[abucheos]

¡No hay con quién joder!
[gritos en el público:
"¡Fuera, fuera!"]

Se van los turistas
[acople monstruoso]

¡Pero no los exhibicionistas!
[pronunciación entrecortada]

Y mi cosa crece y crece
¡Con ésta son ya trece!
[el respetable corea: "¡Capullos, capullos! "]

Y es que soy - un onanista
[pausa, tras un
riff obsesivo]
en una - playa nudista
Y es que soy - un onanista
[¡Sorpresa! ¡El público
corea el estribillo!]
en una - playa nudista

(Etcétera, etcétera.)

Pepe, tan serio en el trabajo como alocado en sus momentos de ocio, decidió sumarse al regocijo. De un salto, se mezcló con el grupo que abucheaba a los infames apologetas del onanismo, y empezó a moverse y contonearse con desesperante fruición. Los otros le imitaron, salvo López y las chicas, y contribuyeron a que el concierto degenerase en un desconcierto de golpes y bailes demenciales. En pocos segundos, toda la pista caía presa de una sana batalla campal. De entre la marabunta surgió Pepe, conminando a López a sumarse al divertimento. Poco acostumbrado a estas contingencias, López hubo de soportar empellón tras empellón, hasta hacerse un sitio en la pista. Gansada a gansada, fue perdiendo el sentido del ridículo. Una vez desinhibido, López siguió por la senda de la barbarie incontrolada. Más que bailar, arremetía contra todo aquello que se moviera, pierna o boca, con los pies por delante, pues en resumidas cuentas de eso se trataba.
López se sentía muy mayor: el público advertía ahora la presencia de sus camaradas, verdaderos protagonistas del evento, desbancando del interés general al pseudogrupo que machacaba tímpanos, nervios e instrumentos sobre y bajo el escenario. El orgullo henchía su pecho y el de todos sus compañeros, sabedores de su hazaña, lograda golpe a golpe, golpe a golpe, golpe a...
¡Dios! ¡Qué golpe!
¿Cómo había caído López al suelo? Una tremenda embestida por un lado, un paso en falso, dos pesados fardos sobre las costillas y la espalda, por fortuna sin mucha violencia. Al levantarse, un tercer cuerpo chocó contra él y cayó con estrépito sobre sus ya castigadas costillas. Una potente voz gutural atronó, asexuada al principio, marcadamente femenina después, y escupió con atropello el repertorio de blasfemias e insultos más completo que López había oído jamás, un rapapolvo que le dolió más que el impacto recibido. La mujer se levantó de un ágil brinco y se alejó sin mediar palabra. Desde el suelo, López distinguió el inconfundible contorno de su ideal de belleza femenino, del canon adiposo en los glúteos pero perfecto en el resto del cuerpo, de su amazona embravecida. López la siguió con la mirada hasta verla desaparecer, y sólo entonces tuvo consciencia del inaudito milagro con que Dios le acababa de obsequiar.
¡Le había hablado! ¡López existía para ella! López estaba en ella, bajo la forma de una persistente molestia ocasionada por la violencia del encontronazo, tal vez un hermoso hematoma.
López se incorporó, animado y feliz, y prosiguió con su salvaje entretenimiento, más fiero que antes, con la esperanza de un nuevo choque fortuito. No cabía en sí de gozo: ¡se había producido el contacto físico!
Pero ella no estaba entre la turba. Pese a tal contrariedad, el desaliento no se apoderó de él, y aguantó hasta el final del concierto de postín sin demasiadas magulladuras. Y ni se inmutó cuando la policía, con una carga antológica y una clausura fulminante del local, puso el broche de oro a la fiesta.

Madrid, enero 1992; enero 1999

miércoles, 21 de febrero de 2007

El secreto está en la salsa

Hacía tiempo que mis suegros me habían prometido una calçotada. Cierto es que los calçots no son típicos de Girona, sino de la zona de Valls, en Tarragona, pero Antonia es una cocinera del copón y, cómo no, nos preparó una calçotada memorable.
Pero no. Me estoy adelantando. Algunos de vosotros no sabéis qué es una calçotada. Ni, por supuesto, qué es un calçot.
Cuando vine a vivir a Barcelona no tenía ni idea de muchas de las costumbres culinarias catalanas. Mis conocimientos no iban mucho más allá del ron cremat, la butifarra y el pa amb tomàquet, que encima escribía “pantumaca”, como se puede leer en algunos bares de Madrid. Poco podía yo saber que este pueblo, tan amante del orden y los valores europeístas de paz y concordia, tan avanzado, en resumen, para lo que es la Península Ibérica, tuviera una vía de escape tan extrema como la cocina popular para dar rienda suelta a sus instintos primarios. Frente al barniz autoimpuesto del tan cacareado seny, las salsas pringosas de los caracoles, el xatò y los calçots.
Los caracoles ya los conocía de antes, aunque jamás me hubiera imaginado que mi vida en Barcelona me iba a abrir los ojos hasta el extremo de valorarlos no ya como algo que, además de proliferar en las paredes de las casas de campo durante las tardes lluviosas, se puede comer e incluso disfrutar. En cuanto al xatò, tardé algunos años en concienciar su existencia, hasta que Mar (dd, en foros) nos convenció a los cyberdarkianos habituales (por aquel entonces, recién sediciosos) para que bajáramos un fin de semana a Vilanova i la Geltrú y pudiésemos degustar ese delicioso festival de escarola, aceitunas arbequinas, bacalao y salsa pringosa.
Lo de los calçots fue algo más gradual. Algo que ves a tu alrededor, pero no terminas de asimilar, hasta que algún nativo te saca de tus ensoñaciones globalizadoras y te hace ver que Catalunya posee un cúmulo de tradiciones que, para alguien como yo, procedente de una ciudad artificial e inventada cuando se traspasa el Madrid de los Austrias, resultan simplemente inconcebibles. Después de casi cinco años, Catalunya sigue produciendo en mí lo que doy en llamar “síndrome de Doctor en Alaska”, es decir, lo que le ocurría al doctor Fleischmann incluso en la cuarta temporada: llevaba años en Cicely, pero en todos los capítulos se le presentaba un personaje o situación tradicional, que todo el mundo conocía y daba por supuesto, pero él no.
Puede parecer que exagero, pero no. Como ya he hablado de este síndrome en otras entradas del blog, mejor lo dejo correr.
La cosa fue tan simple como una invitación de Yolanda. Sus padres daban una calçotada en la casita de campo que tienen cerca de Capellades, y creía que para mí podía ser una experiencia única, porque seguramente no había asistido nunca a una calçotada de verdad, y le apetecía compartir aquello conmigo.
Gran idea. Mientras calentaran los escasos rayos del sol de febrero (mes de los calçots), íbamos a estar en el jardín, viendo cómo el padre y los tíos de Yolanda pasaban por la parrilla todo tipo de carnes. Mientras tanto, su madre preparaba la salsa, que no debe ser confundida con la salsa romesco. Más tarde, empezaron a asar los calçots.
La dinámica del invento es simple. Un calçot es una cebolla tierna, de modo que hay que asarlo hasta que las capas superiores quedan literalmente calcinadas. Se sirven en tejas, que hacen las veces de plato, y los menos diestros y más novatos necesitan (no es que les convenga: lo necesitan) ponerse un enorme babero para evitar mancharse de tizne y salsa.
Una vez tienes el calçot en tus manos, tienes que apretar la parte superior con una mano y, como si estuvieras descapullándolo, tirar hacia abajo con la otra. De este modo, desprendes la parte chamuscada del calçot y queda el bulbo, tiernito y calentito.
Entonces, y sólo entonces, tienes que pringar el calçot en la salsa especialmente preparada para la ocasión. Cuando ya lo has pringado lo suficiente, te llevas el calçot a la boca y lo sorbes, a ser posible sin hacer demasiado ruido ni salpicar de salsa a tus compañeros de mesa.
En cada teja puede haber una docena de calçots. No obstante, se acompañan con filetes, butifarras, chorizo o lo que se tercie.
Lo normal es acabar casi de noche.
Después de aquello, asistí a varias calçotadas más, pero todas transcurrieron en restaurantes de Barcelona. Estaban bien, pero no eran lo mismo. Carecían del encanto de lo auténtico. Una de ellas, además, se celebró en diciembre, cuando los calçots aún no están tiernos; a David Panadero pareció gustarle, empero. Las otras, ya en temporada, a finales de enero o durante el mes de febrero, en un restaurante de Gràcia, con Pau, Kaoss, Karina, Zita y demás cyberdarkianos / sediciosos.
Pero este año, la cosa ha cambiado. Antonia me dejó caer hace unas semanas que me podía preparar una calçotada, y acepté, con esa iluminación repentina que acompaña a mi cara cuando me proponen algo que me ilusiona de veras. Al parecer, este año los calçots están un poco más caros que de costumbre, porque el tiempo no ha acompañado, pero la calçotada se pudo llevar a cabo.
El último fin de semana que fuimos juntos a Girona dedicamos la mañana del domingo a los preparativos. Cristina y yo nos dedicamos a pelar las almendras. A continuación, Tomás las picó y Antonia preparó el resto de la salsa: añadió los tomates, la galleta María (para darle su peculiar consistencia), el perejil, la sal y el aceite. Un poquito de turmix, y ya está.
En efecto, es un festival calórico. Una sola caloría más y la ONU la consideraría arma biológica y tendrían que bombardear Catalunya. Y no queremos eso, ¿verdad?
Mientras tanto, Tomás preparó la chimenea para empezar a asar los calçots y las butifarras. Los calçots se envuelven en papel de periódico, para que conserven el calor.
Cuando todo está preparado, sacamos los calçots de los papeles de periódico y nos sentamos a la mesa. Parecen intragables: nada más lejos de la realidad.

Cebollas negras con el corazón blanco y un destino común: ser asimiladas.

El resto ya sabéis cómo va, si habéis leido con atención.
El comensal se sienta a la mesa y desencapulla el calçot. De esta manera. (Bueno, a ser posible fijándose un poco más en el calçot y menos en la cámara.)


Hecho esto, se pringa en la salsa, tantas veces como se quiera o pueda y... ¡para adentro!
La operación se repite tantas veces como se desee, o el cuerpo aguante. Una decena es una cifra bastante razonable.
Pero nadie ha dicho que yo sea razonable... al menos, delante de unos calçots.
A continuación, nos lavamos las manos, comprobamos que no nos hemos puesto perdidos ni hay que echar la ropa a la lavadora, y pasamos a los postres.

De verdad que es una costumbre de lo más recomendable.
¡Primicia! ¡Los lagartos de la tele no eran invasores del espacio exterior,
sino payeses
de l'Alt Camp!

lunes, 19 de febrero de 2007

Heridas y cicatrices (III): Hasta las narices

Hay heridas y cicatrices que no se ven. Algunas van por dentro y lo torturan a uno; se llaman traumas. Hoy no hablaremos de esas. Ni de las heridas y cicatrices internas, fallos en algún órgano o secuelas de operaciones. Hay heridas y cicatrices que no se ven, y que no pertenecen al ámbito externo ni al interno, sino a la zona de contacto entre el uno y el otro. En rigor, no son heridas ni cicatrices, pero son dolencias, y nos hablan del conflicto entre el cuerpo y todo aquello que entra en contacto con él.
Las alergias son un mecanismo de defensa del organismo frente a una invasión que su sistema inmunitario interpreta como agresiva, lo sea o no. Un agente alergeno te entra por la nariz y, a continuación, tus defensas saltan. Produces anticuerpos, los chicos duros y rencorosos del barrio, dotados de una memoria genética prodigiosa. Los mastocitos producen histaminas y todos sus efectos secuntarios: un estornudo o una roncha. Entras en estado de guerra con el exterior, de una manera harto injustificada, pues no había casus belli. Y la lista de sustancias que te hacen reaccionar se amplía.
Estás en conflicto con el mundo entero, por culpa de un concepto demasiado estricto de autodefensa.
Parece una metáfora, pero no lo es. Tus defensas te retratan a la perfección, y se comportan de una manera mucho más consecuente que tus neuronas: saben por qué se están aislando, y tu parte consciente no.
En mi caso, las alergias empezaron a los trece años. Yo era un chaval tímido patológico. Mi infancia no había sido especialmente lucida, pero mi primera adolescencia fue un verdadero coñazo. Cierto, mis compañeros de clase me apreciaban mucho, pero me costaba hacer amistades: Javi Ullán, David Sánchez Reyero, Pablo Turiel y pocos más. No hablaba con chicas, porque no podía ni mirarlas a los ojos: tan tímido era. El colegio era estrictamente masculino, de modo que entre los seis y los dieciseis años no socialicé con chicas: sólo con mi vecina Victoria, hermana de mi vecino y amigo Antoñito, y casi ninguna más. Mi madre se las veía y se las deseaba para que trabara conversación con alguna chica, e incluso me llegaron a buscar una amiga. Se llamaba Laura, y era hispanouruguaya, hija de los propietarios del bar de al lado de la tienda de lanas de mi tía Mari. (No busquéis el bar: ahora es una chocolatería Valor.) Era guapísima, y desde luego aparentaba quince o dieciseis años, no los doce que tenía. Yo le sacaba uno o dos años.
No funcionó. Yo estaba veraneando con mi tía Mari en su apartamento del Parque de La Coruña, en Villalba. (Unos veranos me iba con ella; otros, con mi tia Loli, a Segur de Calafell.) La urbanización era de lo más espantoso, toda bloques, aunque las agrupaciones de dos, tres o cuatro bloques tenían un jardín interior con piscina que la hacían agradable.
Uno de mis pasatiempos favoritos consistía en mirar con los prismáticos con que se entretenía mi abuela cuando no estaba haciendo ganchillo como loca. Aún se conservaba bien (si acaso, un poco sorda), y no había padecido la serie casi interminable de caídas, fracturas, operaciones e infartos que le amargaron los últimos años de existencia, y de camino socavaron su salud mental hasta convertirla en una vieja chocha. Era el último o penúltimo verano en que estaba en plenitud de facultades. Pero tampoco estaba para muchas alegrias, porque rondaba los ochenta y cinco años (al morir su prima, de su misma edad, y empezar los papeleos, descubriríamos que eran ochenta y seis: ambas se habían quitado siempre un año), y no bajaba al jardín; en lugar de ello, mi tía Mari le había regalado unos prismáticos, con los que observaba nuestras evoluciones en la piscina (la progresiva toma de confianza con Laura, a quien llegué a mirar a los ojos durante una tarde en que no paré de hacer gansadas con ella) o en las calles adyacentes (en las que recuperaba mi apatía y mi timidez patológica cuando paseaba con ella). También lo utilizaba para ver la puesta del sol, sobre el valle de los Caídos. O para contemplar algunas de las espectaculares tormentas veraniegas cuyos relámpagos hendían el cielo nocturno de la sierra hasta convertirlo en un día brillante.
Mi otro pasatiempos, cómo no, era ir a mi puta bola. El apartamento tenía un dúplex, al que subía a leer, escribir o dibujar. Allí estaba solo. Allí me refugié cuando Laura se fue: era demasiado tímido hasta para bajar a darle dos besos de despedida y quedar con ella en Madrid. De todos modos, aún la vi una vez más, en el colegio de la Inmaculada, porque resultó que era amiga de Antoñito, jugaban juntos al baloncesto y coincidimos una vez que él, también un poquito harto de mi asocialidad, intentó mezclarme con su gente. No anoté ni una, de un balonazo se me desvió una falange del dedo corazón de la mano derecha y ni se me pasó por la cabeza ponerme calzado deportivo, de modo que me rompí un zapato y tuve que regresar cojeando a casa.
Así pues, el resto del verano en Villalba lo pasé en soledad. Algún libro de Agatha Christie (El caso de los anónimos), ojeadas con los prismáticos, charlas con mi abuela, tardes enteras en el dúplex y arañazos de Mimi.
Mimi era la gata de mi tía Mari. Blanca y negra. Se la encontraron mi primo Fernando y mi hermano Pablo en una papelera; tendría una o dos semanas de edad. Lo primero que hizo fue darle un bufido a Pablo y arañarlo. Se la quedó Fernando. Siempre fue una gata malcarada y estúpida. Te bufaba en cuanto le ponías el ojo encima, ni siquiera se dejaba tocar por mi abuela (que siempre había tenido gatos en sus casas de Cabra), sólo comía merluza cocida y, por citar alguna virtud, se daba una maña acojonante para cazar moscas al vuelo. Vivió doce o trece años, y nunca dejó de ser una borde, ni siquiera en sus últimos momentos, antes de que su enfermedad (un cáncer de hígado) obligara a sacrificarla.
Mimi saltaba a la terraza de la casa de al lado y se perdía; yo esperaba, de una manera oculta y un tanto cabrona, que se despeñara por la terraza, porque eran tres pisos y la caída era suficiente como para comprobar si era verdad eso de que los gatos caían de pie.
Cuando estábamos juntos y me intentaba acercar a ella, lo único que conseguía eran bufidos y arañazos.
Aquel verano lo pasé fatal. No podía dormir. Me pasaba las noches congestionado y sin poder respirar, en un estornudo continuo. Mi madre me había regalado un pañuelo, pero antes de poder conciliar el sueño ya estaba inundado e impracticable. Ni siquiera Agatha Christie me podía hacer conciliar el sueño. Como siempre he sido un poquitín aprensivo, me daba por pensar que los tapones en las narices serían crónicos y me asfixiaría y moriría irremisiblemente.
Llegué a pasar alguna que otra noche en blanco. Daba igual lo que hiciera: si no tenía las narices taponadas, no paraba de chorrear un líquido transparente y abundante que ni siquiera era moco: parecía suero.
Creo que no regresé a Villalba; algún fin de semana, y poco más. Después, mi tía vendió el apartamento.
Puestas así las cosas, en cuanto terminaron las vacaciones mi madre me llevó al Hospital del Aire. Al servicio de Alergología. Y me hicieron las pruebas.
Las pruebas de alergia son curiosas de ver, aunque no tanto de vivir. Primero te practican pequeñas incisiones en los brazos con unas cuchillas desechables; luego, inundan esas incisiones con pequeñas gotitas con las sustancias básicas. En algunos casos ya te cagas directamente en la madre de alergólogo, la enfermera y quien se tercie: pica, pica mucho. A continuación puedes ver cómo se forman algunas ronchas, aunque no puedes determinar si son las que más te pican, porque el brazo entero escupe fuego y dolor sordo. Cuando las ronchas ya no crecen más, te recubren los brazos con un esparadrapo transparente. Luego, dibujan el contorno de las ronchas con rotulador.
La calcomanía resultante de mi primera prueba parecía el tatuaje del prota de Prison Break.
Las pruebas determinaron que era alérgico a los pólenes de gramíneas, a los ácaros y a los gatos. Villalba era una trampa lobera, en ese aspecto: me pasé un verano respirando pólenes de gramíneas en suspensión, en un dúplex lleno de polvo y junto a una gata que seguro que me estaba lanzando agentes alergenos a mala hostia y con totales premeditación y alevosía.
El tratamiento fue variando con los años, pero consistía en antihistamínicos y, cuando la cosa se agravaba, nebulizadores. Algunos años me recetaron una vacuna, que me administraba mi madre: como había pasado consulta junto a mi padre, tenía nociones básicas de algunos asuntos relacionados con la medicina y la enfermería. Si no, nos íbamos al practicante, que tenía la consulta en la calle Príncipe de Asturias, junto a la comisaría.
Mi madre me pinchaba bien, aunque lógicamente se ponía nerviosa, porque estaba pinchando a su hijo. Al ser una inyección subcutánea, no tenía los problemas derivados de las intravenosas, pero siempre cabía la posibilidad de que traspasara un capilar, y entonces todo se podría complicar.
Nunca hubo problemas.
Un par de años se me pasó la vacuna. Daba igual: el año que iba jodido, iba jodido de veras; y el que la cosa iba suave, iba suave me vacunara o no.
Así pues, llegó un momento en que regresé a la consulta, y el alergólogo me dijo que ya no me iba a prescribir más vacunas:
-Has conseguido inutilizarlas, poniéndotelas un año sí y otro no. Han dejado de hacerte efecto.
De modo que pasé al nebulizador y el antihistamínico. Y los klínex, claro.
Y esa extraña sensación que nos acompaña a los alérgicos: puedes pasarte una primavera entera moqueando y estornudando, sin llegar a saber si has agarrado un trancazo del quince, o si tienes un ataque de alergia, o ambas cosas. Te da igual, porque ni los antihistamínicos ni los paracetamoles te hacen efecto. De modo que todo lo que puedes hacer es esperar a que la crisis pase y vuelvas a respirar con total normalidad.
Los años pasaron, me vine a vivir a Barcelona y, como por arte de magia, la alergia remitió. Supongo que el mar tiene mucho que ver, o que ya había tenido un conflicto verdaderamente serio con mi sistema inmunitario, en forma de linfoma, y mis defensas habían aprendido la lección y a partir de aquella enfermedad sólo se preocupaban por cosas realmente serias. No lo sé. El caso es que en Barcelona apenas paso tres o cuatro días malos al año, y me imagino que todo es cuestión de tiempo, que con los años iré desarrollando reacciones alérgicas a plantas autóctonas como los plataneros. O a lo mejor la humedad ha obrado el milagro. Sé que sigo siendo alérgico, porque algún año he regresado a Madrid a finales de mayo o primeros de junio y me he echado a morir. Pero mi nariz y mi piel están mucho mejor. Y mis heridas y mis cicatrices, mis guerras externas e internas, son otras.

jueves, 15 de febrero de 2007

Soluciones al meme mentiroso, pornográficamente emocional... y despistado hasta decir basta

Estos días llevo un lío de la hostia, entre las prácticas editoriales, el máster, algún apañillo que me ha salido por ahí y la pretensión de llevar una vida hogareña, y, claro, el blog se está resintiendo. Tenedme mucha paciencia, porque a partir de ahora es previsible que reduzca el ritmo a una o dos actualizaciones semanales. Avisaos estais. Sed fuertes.
También está la cuestión de que actualizo a toda prisa y sin fijarme en lo que escribo, y a veces se me cuelan pifias del quince, o no puedo sacarle todo el jugo que quisiera a los asuntos que abordo. Nada que no se solucione dejando reposar las entradas del blog, como hacía al principio.
Todo ello se nota en detalles tan elementales como el último meme que colgué en el blog. En teoría, consistía en colgar cinco afirmaciones verdaderas y cinco falsas, y dejar que lo lectores juzgárais cuáles eran cuáles.
Pues bien: no sólo tardo dos semanas en responder, sino que encima hago mal el meme cuyas soluciones vengo a colgar. Resulta que, al hacer balance, mientras preparaba esta entrada, me he dado cuenta de que colgué seis verdades y cuatro mentiras. Podría quedar como un señor e invertir una de las mentiras, amparándome en que todo el meme estaba redactado de una manera tan sibilina que, incluso en las mentiras, todo lo que contaba tenía la suficiente parte de verdad como para que cualquiera que me conozca se quedara pensando dónde la estaba metiendo doblada. Pero soy bueno y responderé las cosas como son... o creo que son. Igual soy yo el que se equivoca, que pudiera ser: nunca permitas que la realidad te estropee una buena historia, y todas esas cosas que se dicen.
A lo que íbamos. Las respuestas del meme son:

1. En mi infancia era un portento jugando al ajedrez. Recuerdo haberle dado jaque mate en seis movimientos a un monitor en un campamento.

Mentira podrida. Soy un verdadero paquete jugando al ajedrez (a cualquier juego, en general) y, de hecho, el jaque mate en seis movimientos me lo dio un chaval de nueve años en el campamento de CC.OO. del que fui monitor, allá por 1988. Humillante.

2. Estuve a punto de formar un grupo de rap con José María Faraldo, hoy más conocido por ser el traductor de Andrzej Sapkowski. Teníamos el nombre ideal: Falta de Fluido Eléctrico, como homenaje a la excusa más repetida por el servicio de megafonía de los Cercanías de Madrid para justificar los retrasos de los trenes que iban a la Autónoma.

Completamente cierto, palabra por palabra. Mira que he buscado las letras, en Madrid y en Barcelona, pero no las encuentro. En cuanto lo haga, las cuelgo en el blog, palabrita.

3. Tengo un oscuro pasado franquista (...) me apuntaron en la OJE (Organización Juvenil Española), heredera del Frente de Juventudes y la Sección Femenina.

Verdad verdadera, tal como lo cuento. Aquí, ¿veis?, sí me da corte colgar mis fotos de arquero, con el estandarte de la escuadra Aviación Española. Tal vez, cuando sea mayor y quiera ir de Gunther Grass por la vida... Que tampoco es que me avergüence: de todo se aprende en esta vida. Y los campamentos estaban bien, y de paso me ahorré hacer la mili.

4. No obstante, en la OJE no consiguieron cambiar mi ideología política, y hete aquí que pasaron los años, e incluso entré a militar en asociaciones universitarias relacionadas con las Juventudes Comunistas de España. (...) Me matriculé en la Asociación de Amistad España-URSS.

Verdad de la buena. Estudié cuatro años de ruso, y el caso es que de vez en cuando intento hablarlo, para no perderlo; sin mucho éxito, pero por lo menos me da para tener una conversación elemental. Sapkowski puede dar fe: tanto en la BarnaCon 2002 como en Gadir 2K4 charlamos un poquito en ruso. El caso es que me ha venido bien para las prácticas, porque esta semana estamos planteándonos la viabilidad de editar algunos diccionarios de ruso, y mira, les he venido muy bien.
Lo de la militancia comunista también es cierto. Lo tengo muy abandonado y me limito a ser votante, por aquello de no pertenecer a un partido que me admitiese como afiliado. Marxista por la vena Karl y la vena Groucho.

5. Pese a ser indio hasta la médula, no soy socio del Atleti, ni estoy abonado, pero intento ver a mi equipo siempre que viene a jugar al Camp Nou.

Mentira pútrida. Soy más indio que la hostia, pero me da pereza ir a ver el fútbol. Al Camp Nou sólo he entrado para ver un Catalunya-Brasil y el concierto de U2. Y al Calderón, tres cuartos de lo mismo: un Atlético de Madrid-Sevilla, cuando Polster y Rodax, y unos cuantos conciertos: Rolling Stones, Prince y Bruce Springsteen.
Eso sí, es cierto que desde mi casa se oyen los partidos del Camp Nou como si estuvieras ahí dentro. Siempre sabes cuántos goles mete el Barça, aunque no sepas cómo ha acabado el partido.

6. Me encantan los gatos, pero les tengo alergia. Es ver un gato y echarme a estornudar, lo cual es una pena, porque, como digo, los gatos me gustan mucho, y muchos de mis mejores amigos tienen gatos y me acerco a ellos, me utilizan como muñidor con sus uñitas, y termino con estornuderas o erupciones sin límite.

Verdad. Me da pena, porque quiero mucho a Atrix, y es cierto que me gusta juguetear con los gatos, pero acabo fatal cuando paso más de una hora en un ambiente gatuno. Qué le vamos a hacer.

7. Aunque soy remiso a cocinar, cuando me pongo, me salen cosas cojonudas. Por ejemplo, preparo una fideuá del copón, sólo fideos y all i oli.

Mentira, aunque cada vez menos. En las casas de la calle Valencia y la avenida de Madrid se las veían y se las deseaban para que cocinara algo. El caso es que si me pongo se puede comer, y mi cocina de supervivencia tiene un paso. Cristina está contribuyendo a que esta afirmación se convierta poco a poco en verdadera, pero de momento es mentira. Eso sí, hace dos sábados me salió una tarta de pasas que te ídem: en teoría, empecé ayudando a Cristina, pero terminé haciéndola yo toda. Y quedó bien. Hay testigos.

8. Tengo casi todos los Nueva Dimensión. Para quienes no sepáis mucho de ciencia ficción, Nueva Dimensión (en adelante, ND) es LA revista del género, al menos en España.

Otra mentira asín de grande. Otra cosa es que me haya leído un montón de ND, pero apenas tendré una veintena. Nunca me planteé coleccionarlas cuando podía (en los Vips y la Cuesta de Moyano estaban a precios de risa a finales de los ochenta), y cuando me apeteció hacerlo tenían unos precios de escándalo. Total, que es una de mis grandes lagunas cienciaficcioneras. Aunque, insisto, me haya leído lo más interesante que editaron.
La colección de libros de ND es otra cosa. De esos sí tengo bastantes, y en buena medida empecé en esto por culpa de las dos recopilaciones de Robert Sheckley, aunque, por ejemplo, me falta King Kong Blues, de Sam J. Lunwall, que me apetece bastante.

9. Soy muy maniático, eso ya lo sabéis. Y una de mis manías inconmovibles, por las que no pasa el tiempo, está relacionada con el desayuno y la merienda: cuando tomo leche con galletas, siempre tomo once (11) galletas, ni una más ni una menos.

Verdad. Es que soy muy maniático, qué le vamos a hacer. Es una manía que heredé de mi hermano Pablo. No comer once galletas con la leche, sino echarle galletas indiscriminadamente a la leche. También merendaba un potingue de crema de cereales con Colacao, que estaba rico y todo, pero nunca se me ocurrió heredar esa costumbre. Todo tiene un límite.

10. Reconozco una debilidad incondicional e irracional por María Dolores Pradera, con o sin Los Sabandeños. Aunque no tenga voz, su estilo es tremendo, y "Amarraditos" es una de mis canciones favoritas de todos los tiempos. Cantada por ella, se entiende.

Pues es cierto. Me estoy echando a perder, o será que crecí con aquella música, además de la que realmente me parece de primera división, esos Radio Futura o Rolling Stones. Por aquí hay quien puede atestiguar que en ocasiones he llevado muy lejos mis coqueteos con la música petarda. Incluso he llegado a cantar el "Porrompompero" a las tantas de la noche, subiendo por la Gran Vía madrileña... y en estado de sobriedad absoluta. (No es descartable que en aquel momento me poseyera el espíritu de Manolo Escobar, por más que siga vivo.)
Aunque no tenga mucho que ver, el otro día dejé ojipláticos a algunos compañeros de máster cuando me puse a cantar "Heroína" y "Papa, no le pegues a la mama", ambas de Los Chichos.

Lo dicho: seis verdades y cuatro mentiras. No sé en qué estaría pensando cuando lo escribí. Total, como soy de letras...

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viernes, 9 de febrero de 2007

Snooze en el Youtube

En una entrada anterior, y unas cuantas más veces desde que este blog existe, he hablado de Snooze, el grupo de Aleix, mi ex compi de piso.
Formados en La Sénia (Tarragona), Snooze son (o eran, no sé) un grupo de tintes indies, con un cierto regusto a My Bloody Valentine y Spiritualized y, sobre todo, mucha actitud. Cuando empezábamos a vivir en el piso compartido, Aleix nos ponía su maqueta y lo flipábamos: los sentíamos como la banda sonora de aquella maravillosa experiencia de vida en común.
Snooze era (o es) algo más: el grupo de los amigos que se reúnen todos los sábados que pueden y se conceden una mañana entera para ensayar, aunque estén viviendo en Tarragona, o Barcelona, lejos de La Sénia. Me daba cierta envidia oir hablar a Aleix de sus experiencias con el grupo, porque no tengo idea de tocar ningún instrumento, porque me hubiera encantado participar en algo parecido a un grupo musical y por la ilusión que transmitía.
Los componentes de los Snooze que yo conocí eran Aleix (a la batería), su hermano Romà (al bajo) y la novia de este, Vanesa (cantante), Marc Ortiz (a la guitarra) y Carlets (guitarra, theremin y coros).
Se presentaron a un concurso de maquetas de la zona del Baix Ebre, y ganaron. El premio consistió, entre otras cosas, en un concierto, celebrado en Tortosa, al que asistimos Emmanuel, Lily, Rita, servidor y, por supuesto, Aleix. Fue una revelación: se mostraron muy sólidos y con fundamento, que diría Arguiñano.
Marc Ortiz, Aleix, Vanessa, Carlets y Anna (novia de Marc), más un okupa.

Ahora sí, el grupo al completo: Carlets, Marc, Vanessa, Romà y Aleix.


Tres instantáneas del concierto de abril del 2003 en Tortosa.

Las últimas grabaciones de Snooze que nos enseñó Aleix estaban tomadas en las sesiones de ensayo. El sonido se endureció. Las canciones se alargaban, alguna llegaba al cuarto de hora e incluía verdaderos desvaríos con el theremin, como si hubieran aceptado el reto que Mercury Rev le lanzaba a todos los grupos indies en Yerself Is Steam y Boces. Los primeros meses en la casa de la calle Arizala me dejaban la sensación de que Snooze estaban a punto de eclosionar: sólo bastaba que pusieran un poco de orden en aquel caos sonoro, grabaran una nueva maqueta y la hicieran circular. Y, a partir de ahí, todo sería cuestión de tiempo.
Sin embargo, los efectos del tiempo no fueron los deseados. Aleix dejó de bajar a La Sénia todos los fines de semana y empezó a hacer más vida en Barcelona. Romà y Vanessa se fueron a vivir a Edimburgo y, al regresar a España, cortaron. Romá se instaló en Tarragona y montó un negocio. Carlets y Clara tuvieron descendencia. Aleix se buscó otro grupo en Barcelona, aunque sin sentir los colores como con Snooze: los primeros amores, es lo que tienen. Se perdió la costumbre de tocar y, como digo, no sé en qué estado se encontará el grupo en este momento, si siguen reuniéndose algunos fines de semana, cuando coinciden en La Sénia, o, por el contrario, son sólo un recuerdo lejano y grato.
No obstante, esta tarde me ha llegado un email sorprendente. Viene de Iván, de mi querido G4 madrileño. Iván, Ángel y Sergio vinieron aquí para el Primavera Sound del 2003, cuando este aún se celebraba en el Poble Espanyol de Montjuïc, y compartieron con Emmanuel, Aleix y Romà una noche antológica de lluvia hasta la médula y conciertos inolvidables: juntos vimos a Mogwai, Sonic Youth y White Stripes. Como para olvidar aquello...
Me envía este enlace y me promete que, con más tiempo, me contará el cómo y el porqué de su hallazgo. Debo confesar que lo he flipado. Y es que Internet tiene estas cosas: tienes que enterarte por un amigo de Madrid de cómo le va a un amigo de Barcelona.
Aleix es el que toca el cajón.
Que lo disfrutéis. Y muy buen finde.



miércoles, 7 de febrero de 2007

Stanislaw Lem, quintacolumnista


En efecto, Stanislaw Lem fue partisano en su juventud. Era la época de la ocupación nazi, y lo cuenta en algún ensayo autobiográfico, aunque no en El castillo alto, el libro que comento esta semana en la actualización de La Quinta Columna, mi sección fija de la página Bibliópolis sobre obras no fantásticas escritas por autores a los que asociamos con la literatura fantástica.
El castillo alto es una autobiografía del Stanislaw Lem niño y adolescente, y seguro que maravilla a los lectores y no lectores del autor polaco. Con su precisión de científico, Lem intenta diseccionar a un niño y se encuentra pidiéndole perdón y reconociendo que está maltratando su memoria, y que ésta no tiene por qué ser fiable. ¿Se ha escrito alguna confesión implícita tan sincera como esta de la escasa fiabilidad de las autobiografías? Pocas, al menos que yo haya leído.
Sin ánimo de restarle lectores a Bibliópolis, copio y pego los primeros párrafos de la reseña.
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El castilo alto
Stanislaw Lem
Trad. Andrzej Kovalski
Ed. El Funambulista, col. Literadura
218 págs., 16,00 €

Memorias (de un pequeño monstruo) encontradas en un baúl

¿Hasta qué punto es fiable la propia memoria? ¿Somos esclavos de nuestros recuerdos o de la imagen que tenemos de los mismos? ¿En qué medida es irresoluble el conflicto eterno entre la memoria del autobiógrafo y las pretensiones artísticas y literarias del escritor, cuando el uno y el otro son la misma persona? ¿Tenemos derecho a hurgar en la memoria de quien fuimos, desde la posición preminente del que somos?
En El castillo alto, Stanislaw Lem trata de plantear, más que de resolver, todas estas preguntas. No es una autobiografía al uso, porque Lem no fue un escritor al uso. Incluso le pide perdón al niño que fue, por robar su memoria de manera impune:

Desearía dejar hablar al niño, retroceder sin llegar a interferir, pero en vez de eso lo exploto, le robo, le vació los bolsillos, sus notas, sus dibujos, para mostrar a los adultos qué promesas cumplió y cómo incluso sus defectos fueron virtudes en estado embrionario. (…) No jugué limpio. A un niño no se le trata así.
(Pág. 12.)
Stanislaw Lem, el autor racionalista por antonomasia, afronta su infancia y juventud, desde los seis hasta los dieciocho años, como quien experimenta con un ratoncillo de laboratorio, como si estuviera narrando las peripecias de un extraño. Al igual que los seres surgidos de la mente de los inquilinos de la estación espacial de Solaris, Lem parece tratar a su otro yo infantil como si no hubiera llegado a existir: un ser de carne y hueso, pero sin alma, sin derecho a vivir ni morir, a quien ridiculizar en sus manías (excepto cuando estas manías devienen en virtudes, como él mismo indica en el texto citado más arriba), a quien satirizar en sus comportamientos. Lem se trata a sí mismo como el personaje de una de sus novelas o relatos satíricos. Podría morar en alguno de los extraños planetas en los que recala el intrépido Ijon Tichy, o ser uno de los robots secundarios de Ciberíada.
¿Por qué reniega Lem de su infancia, para a continuación maltratarse y dedicarse todo un libro autobiográfico? Tal vez se trate de una catarsis, o de un ajuste de cuentas; en todo caso, el propio Lem no parece muy dispuesto a analizarse en términos freudianos. Ni siquiera se deja seducir por la tentación de los pequeños objetos que ayuden a evocar épocas enteras, a la manera de Marcel Proust:

Intentaba leer a Proust pero no podía, y tampoco lograba salir con chicas.
(Pág. 109.)

Sin ánimo de psicoanalizar a Lem, la lectura de El castillo alto nos habla de un autor que se siente completamente extrañado por su otro yo infantil: como ya hemos dicho, a la manera de un habitante de la estación espacial de Solaris ante su visitante, si éste fuera él mismo.

La autobiografía de Norbert Wiener arranca así: “Yo fui un niño prodigio”. Yo debería decir: “Yo fui un monstruo”.
(Pág. 47.)

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El resto de la reseña, por supuesto, lo podéis seguir leyendo en la Quinta Columna. Es un libro muy recomendable.