miércoles, 31 de enero de 2007

Salva las series de superhéroes, salva el mundo

Mañana es un día importante; no porque cambiemos de mes o vayamos a conocer a la recién nacida Abril, hija de una amiga de Cristina, sino porque podremos compartir con mucha más gente nuestra conversación recurrente de los últimos meses: la serie televisiva Héroes. Si me lo tomara de una manera elitista, esto sería motivo de vulgaridad, porque ya no la veremos sólo los cuatro de siempre (Cristina, Álex, Pau, Víctor o Rafa) y promete convertirse un fenómeno de culto masivo. Pero como quiero compartir y recomendar las cosas que me gustan, haré el enésimo comentario sobre la serie en la blogosfera, aprovechando que a partir de mañana será de dominio más o menos público: se emitirá en el canal Sci Fi, y creo que también en las autonómicas.
Creada por Tim Kring (responsable de una serie meritoria como Crossing Jordan), Héroes es una vuelta de tuerca sobre el mundo de los superhéroes que tal vez no cuente nada nuevo si estás en el ajo, pero que lo cuenta con un desparpajo y un cariño dignos del mejor de los éxitos. Lo que hace de Héroes una serie única es el enfoque realista con que presenta la temática: ¿Os imaginais los cómics de la Patrulla X adaptados a la televisión por el M. Night Shyamalan de El protegido? Pues eso, exactamente eso es Héroes. Partícipe de la estética y ética de principios de milenio, pero sin dejar de mirarse en los clásicos, Héroes nos ofrece un punto de vista realista, en el que la condición de superhéroe puede ser una tara si eres la chica más popular de la clase (que no puede permitirse el lujo de ser un fenómeno -freak-, porque su hecho diferencial es ser única, no diferente), en el que los friquis de pro se comportan como auténticos friquis cuando se descubren protagonistas de una serie de cómics de superhéroes, en el que en vez de utilizar tus dones telepáticos para fines provechosos te puedes permitir el lujo de darle un par de hostias al supuesto amigo que se ha acostado con tu mujer... Los personajes de Héroes son ante todo seres humanos que se comportan como tales, no como excepción sino como norma. No está muy claro si son superhéroes o supervillanos; algunas veces no podemos saber si son buenos o malos, ni si se sienten agobiados por su carga o simplemente la aceptan y sobrellevan como quien padece de migrañas o reúma. No se puede ir de salvador del mundo con trajes de lycra; para ello, a veces basta con ir con un traje sudado de cheer-leader, o con una camisa de ejecutivo... o marcando culo con vaqueros ceñidos y canalillo con camisetitas vaporosas sin mangas.
Empero, la fuerza de Héroes no reside en la estética (heredera de El protegido, Batman Begins o, simplemente, una fotografía tomada al azar en cualesquiera restaurante de carretera de Nevada, loft de artista bohemio del Soho o instituto de adolescentes texanos descerebrados), ni en su capacidad de análisis del fenómeno de los superhéroes, ni en los guiños a los propios cómics. Si nos paramos a enjuiciar lo visto en los trece episodios emitidos por la NBC en los Estados Unidos, el ecuador de la primera temporada nos advierte de algunas inconsistencias en el ritmo, de algunos episodios en los que la acción apenas avanza (un aviso: resulta difícil engancharse tras el visionado del primer capítulo: lo bueno llega en el segundo o tercero) y una tendencia a remitir la solución de los puntos oscuros a próximos episodios o incluso temporadas y pasarse toda una temporada presentando personajes en lugar de meterse en materia sobre la marcha (en resumen: lo que está echando a perder Perdidos, y perdón por el juego de palabras). Lo que hace de Héroes una gran serie es lo mismo que te mantiene enganchado a House pese a que los casos clínicos son cada vez más inverosímiles: el retrato y la interacción entre los personajes.
Porque Tim Kring ha perfilado un grupo de personajes inolvidables.
Claire Bennett, la animadora indestructible, que se pregunta por el origen de sus padres biológicos al tiempo que redefine la relación con su padre adoptivo, es un personaje que parece salido del David Lynch de Terciopelo azul o Twin Peaks (como toda la trama de Odessa, Texas, por otro lado). Obligada a permanecer en el anonimato (por su padre y por la naturaleza de su primera hazaña), su superpoder la acerca al friqui de la clase (con el que sigue sintiéndose renuente a dejarse ver en público, pese a que es su mejor amigo) y, en general, a toda la humanidad, puesto que, aunque nunca había estado más lejos de ella (porque es única), es consciente de que su don la hace sufrir más que el mayor sufriente de entre los humanos normales.

¡Dame una hache! ¡Dame una e! ¡Dame una erre!
¡Dame una o! ¡Dame una e! ¡Dame una eeeeeseee!


El grito de guerra "¡Salva la animadora, salva el mundo!", en el que se nos insiste durante los nueve primeros capítulos de la primera temporada (un arco argumental independiente, y diría yo que un enorme McGuffin), así como los denonados esfuerzos de su padre adoptivo por hacerla pasar desapercibida, hace de Claire la protagonista involuntaria de la primera parte de esta temporada inaugural.
No es Claire, sin embargo, el personaje más interesante de la serie, ni el más carismático.
En la primera categoría, quien sin duda se lleva la palma es el tándem formado por Nikki y Jessica, una hermosísima mujer acosada por las deudas, cuyo esposo es prófugo de la ley y cuyo superpoder desconocemos: Tim Kring no para de repetir en entrevistas que el poder de Nikki (o Jessica, o ambas) no tiene nada que ver con lo que hemos visto hasta ahora.

-Espejo, espejito...
-¡Tú te callas, pedazo de pija!
-Pero no puedes decirme eso...
-¡A callar! ¿Quién manda aquí, eh?

En la segunda categoría destaca Hiro Nakamura, el personaje con el que por fuerza tienen que identificarse los seguidores de la serie. Este oficinista japonés que de repente descubre que puede alterar el funcionamiento del espacio-tiempo es un personaje claramente diseñado para ganarse al gran público, pero también es el que, a tenor de lo visto hasta ahora, se convertirá en el emblema de la serie. No porque esté destinado a salvar el mundo, que probablemente también (aunque de momento es Peter Petrelli quien tiene todas las papeletas, salvo que su don lo lleve precisamente por los derroteros opuestos), sino por su simpatía, por la evolución del personaje, perceptible en sus avances con la lengua inglesa (papeleta que me muero de ganas de saber cómo se soluciona en el doblaje) y, en resumen, porque sin duda tiene el don más apetecible para los siempre fisgones y curiosos friquis.

-¡Yataaaaiiii!
-¿Cómo que yataaaaiiii?

Hay más personajes, todos ellos fascinantes. Nathan Petrelli, un político de intenciones ambiguas, que parece diseñado para odiarlo: ¿cómo es posible que un ganador nato tenga superpoderes? Peter Petrelli, el hermano menor y, hasta ahora, el que más ha recibido. Isaac Méndez, un pintor y dibujante de cómic que puede ver el futuro. Matt Parkman, un policía brutote que vive al límite del divorcio y puede leer la mente...

-¡Oh, qué chungo destino el mío! A veces sueño que vuelo.
-Deja de quejarte, que la última vez que soñé que volabas casi me muero de la sobredosis...

Y, por supuesto, están las contrafiguras, aquellos personajes que se intuye que terminarán militando en el lado contrario que el supergrupo en ciernes conformado por Peter, Hiro, Isaac, Claire y compañía. Ese hombre radiactivo. Ese haitiano que borra la memoria y anula los superpoderes de buenos y malos. Sylar, el epítome de los supervillanos, o tal vez un nuevo escalón evolutivo; en todo caso, el desencadenante de los acontecimientos.
E incluso los personajes no dotados de ningún poder o contrapoder conocido a estas alturas de serie, como la novia de Isaac (aunque, bien mirado, si no tiene superpoderes, ¿por qué sale en el cartel?), el padre adoptivo de Claire y, por supuesto, Mohinder Suresh, un biólogo que viaja a Nueva York para heredar los documentos de su padre, Chandra Suresh, asesinado en extrañas circunstancias. Mohinder es el catalizador de los primeros episodios de la serie, el punto de vista "normal" que nos acompaña en ese viaje iniciático que es Héroes. Un viaje que tal vez nos depare la mejor serie de superhéroes de todos los tiempos no basada en un cómic (aunque ya circulan cómics sobre la serie), un punto de inflexión en la historia de la televisión o simplemente un buen principio truncado por el exceso de temporadas y vueltas de tuerca. Aún es temprano para saberlo. Lo que importa es que, a fecha de hoy, Héroes es un soplo de aire fresco en lo relativo a series televisivas, que engancha como ella sola y que a partir de ahora voy a tener dos momentos friquis semanales: el primero, ir a la caza y captura de los nuevos episodios a medida que los vaya emitiendo la NBC; el segundo, ver los episodios según se emitan en España, para poder profundizar en los misterios de la trama, salir de dudas, generar otras nuevas preguntas y, en resumen, hacer algo que últimamente no me sucedía: disfrutar como un enano viendo la tele.

lunes, 29 de enero de 2007

Elia Barceló gana el XV premio Edebé

Pornografía Emocional no rehúye los eventos sociales y las entregas de premios, y mucho menos si los gana alguien tan querido como Elia Barceló.
Como la noticia no ha tenido mucha repercusión en el mundillo, aprovecho para comentarlo, por si alguien no lo supiera: Elia Barceló ha ganado la XV edición del premio Edebé, en la modalidad de novela juvenil, por su obra Cordeluna.
Cristina y yo quedamos a cenar con Elia, Anónima de las 9:59 y su esposo Miguel la noche antes de la entrega, para tener algo de intimidad y ponernos al día, pues suponíamos (con toda la razón del mundo) que el jueves iba a ser imposible cruzar más de tres frases seguidas con ella. Fue una cena entrañable, en la que hablamos de todo lo hablable, nos recomendamos libros, hablamos de las criaturas de Elia y Anónima, comentamos la situación política y académica en España y Austria, nos sorprendemos por el hecho de que entre los jurados de los premios de literatura infantil y juvenil no haya lectores de las edades a las que van destinados los libros, complementamos nuestras filias y fobias culinarias y, en resumen, pasamos un rato muy agradable.
Según nos contó Elia, su novela Cordeluna se titula así por una espada mágica, que no termina de quedar claro si es buena o mala: tiene sus motivos. La acción transcurre en dos planos paralelos: la actualidad y la época del Cid. Hablamos de otra novela reciente de temática cideña, Juglar, de Rafael Marín, y del primer libro que me regaló Cristina, El siglo XI en primera persona: Las memorias de Abd Allah, último rey zirí de Granada, destronado por los almorávides (1090), que podríamos considerar el contrapunto de la historia del Cid.
El origen de la novela es interesante. Elia suele llevar adelante varias obras de manera simultánea, hasta que decide centrarse en una de ellas. En el caso de Cordeluna, no tenía claro qué novela continuar, hasta que su hija Nina, de quince años, leyó las veinte páginas que Elia llevaba escritas. En cuanto terminó de leerlas le ordenó que siguiera escribiendo aquella historia. Y no sólo eso: le hizo cambiar el título, pues Corazón de Luna no le parecía satisfactorio. Y, más allá, le tomaba la lección: todos los días, leía lo que su madre llevaba escrito, le metía caña ("¿Qué es esto? ¿Hoy sólo has escrito cuatro páginas?") y la orientaba. Hasta que consiguió terminarla en plazo, enviarla al premio Edebé y ganarlo por segunda vez.
Recordamos la primera ocasión en que Elia ganó el Edebé. Fue en 1998, por El caso del artista cruel, una historia policíaca protagonizada por unos adolescentes que vivían en Innsbruck, como Elia, y que se pasaban toda la novela descalzándose y dejando sus botas frías y húmedas en el zapatero de la entrada. Elia vino a España para recibir el premio y, aprovechando aquella circunstancia, además de la liquidación del fanzine Núcleo Ubik, montamos un sarao muy interesante en casa de León Arsenal. Qué tiempos.
-¿Y Klaus? -le preguntamos a Elia.
-Viene mañana. Con Nina.
Ian, su hijo, se queda en Innsbruck. Estudia Filología Árabe, como Cristina.
En efecto, la noche siguiente tiene lugar la entrega del premio, ya con Klaus y Nina. En primera fila, como Elia y el ganador en la categoría de novela infantil, Rodrigo Muñoz Avia. Distingo a Andreu Martín, Jordi Sierra i Fabra y Paco Ignacio Taibo II en las primeras filas, pero tengo el día tímido y no me acerco a ellos. Cristina se encarga de sacar fotos con la cámara digital, dada mi proverbialmente nula destreza con los aparatos mecánicos.
Nos hacen apagar los teléfonos móviles y entra la infanta Cristina, con lo que se da por iniciado el acto. Anónima y yo soltamos algunos "¡Qué alta!" y "¡Qué guapa!", como hacían las niñitas de Derecho cuando el príncipe Felipe estudiaba en la Autónoma y se agolpaban en la entrada de la facultad de Derecho para piropearlo.
El acto consta de los tradicionales discursos del director general de la editorial y un monólogo en el que una actriz interpreta a una escritora que concursa en el premio y se nos instruye sobre el funcionamiento de una editorial. No arranca ni una sola sonrisa, aunque está bien planteado, y se nota que lo ha escrito alguien de la casa... y bastante mayor, dadas sus referencias a Valerio Lazarov y las galas del Florida Park. Comentamos los paralelismos con las galas de entrega de los premios Goya. (Excepto la de ayer, que fue otra cosa, vale, lo reconozco.)
Sí nos hacen gracia los montajes audiovisuales que se intercalan en el monólogo de la actriz / escritora. El primero utiliza imágenes de un casting de Operación Triunfo para satirizar las normas de funcionamiento de los concursos literarios: muy bien parido. El segundo es un nuevo doblaje de la escena del camarote de los hermanos Marx en Una noche en la ópera, en la que vemos entrar, uno tras otro, a todos los personajes, externos y en nómina, que trabajan alrededor de una editorial.
Después de los preámbulos viene el momento que todos estábamos esperando: la entrega de premios. Han concurrido más de doscientas narraciones, en torno al centenar por categoría.
En novela infantil gana Rodrigo Muñoz Avia, por Los perfectos, la historia de un niño, Álex, que empieza a espiar a su familia, porque no se puede creer que sean tan perfectos e intuye que deben de tener algún defecto. La premisa parece interesante, y el autor explica su novela con auténtico poder de convicción y mucho desparpajo, sobre todo cuando evoca los riesgos de escribir ficción con dos churrumbeles de corta edad sentados uno en cada rodilla. Creo que me la voy a leer cuando aparezca, en marzo. Además, Muñoz Avia es autor de un libro cuyo título parece muy prometedor: Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos.
Elia recoge el premio a Cordeluna, esboza el argumento de la misma, lanza un apasionado alegato en favor de las novelas de amor, y del amor mismo, bromea con Klaus ("el austríaco", lo llama), comenta la casualidad de que el ganador de infantil se llame igual que el Cid (Rodrigo) y, en definitiva, está radiante.


Cuando termina la ceremonia de entrega, empiezan la sesión fotográfica. Cristina sale a escape, se mezcla con la prensa y saca alguna instantánea.




Mientras tanto, nos disponemos a dar buena cuenta de los canapés. Hay mucho buitreo, por lo que no comemos tanto como hubiéramos querido, aunque precisamente por ello nos mantenemos en los límites del decoro.
Se crea alguna pequeña paradoja temporal, como por ejemplo el momento en que, después de los postres, vuelven a salir bandejas y más bandejas llenas de croquetas y otras viandas fritas. Tonteamos con el premio Edebé, nos sacamos fotos con él (preparando el discurso de dentro de dos o tres años, pensamos.

Hablamos con Klaus y Nina, y le sacamos a ella otra foto: gran parte del mérito del premio es suyo, por haber estado tan encima de Elia durante la gestación de la novela.

Nos preguntamos quién será ese señor que va vestido de militar y que tiene aspecto de capitán general o cualquier otro representante de los poderes fácticos, reclamamos la presencia del obispo de Barcelona (si llevan al capitán general, ¿cómo se van a olvidar del obispo?).
Deambulamos por el salón en busca de algún famoso escritor al que reconocer y, tal vez, presentarnos y, en fin, hacemos todo lo que se hace en un piscolabis de esta índole. Pero con moderación, que es jueves y la semana ha sido agotadora.
Llegado el momento, Cristina y yo emprendemos la marcha. Anónima y Miguel se quedan un rato más: hay que aprovechar que la niña está con la canguro. Nos despedimos de todos, le agradecemos a Elia la invitación y nos vamos.
Volveremos a vernos pronto. Cuando salga Cordeluna y podamos escuchar la voz de Elia en las páginas de su novela.

(Editando: Le he cambiado el título al post. Elia ha ganado la XV edición del premio Edebé, no la XVI. De momento, claro.)

miércoles, 24 de enero de 2007

España, país de chorizos

Y no me refiero a las tramas de corrupción urbanística que últimamente nos invaden.
Hace dos fines de semana nos fuimos a Girona, a la casa de los padres de Cristina. Además de ir en plan solaz y esparcimiento, como solemos hacer cuando vamos para allá, teníamos Una Misión: hacer chorizos. Todos los años, hacia estas fechas, la familia de Cristina se dispone a fabricar embutidos. En esta ocasión, Antonia y Tomás (los padres de Cristina) se juntaron con Antonio y Julia (los tíos de Cristina). Compraron sesenta kilos de carne de cerdo, exhumaron la máquina choricera, adquirieron tripas de cerdo, y hala, a la tarea.
Antonio y Julia nos recogieron el sábado por la mañana (viven en L'Hospitalet) y nos fuimos a Girona en su coche. El viaje fue agradable, amenizado por los traqueteos de la carrocería: el coche está bastante viejo.
En cuanto llegamos a casa de los padres de Cristina pudimos ver la maquinaria que habían preparado para la fabricación de los chorizos.
Además, contábamos con sesenta kilos de carne picada. El año pasado se sumaron Ismael, primo de Cristina, y su novia Marta; este año, nosotros. Alonso, el hermano de Cristina, pasó del asunto. A mí me hacía gracia: por el toque chupi molón que nos entra a los urbanitas concienciados cuando tenemos la posibilidad de realizar un trabajo manual y ancestral, por el componente sociológico y antropológico de la tarea y, si nos dejamos de chorradas culturetas, porque la idea me apetecía y me parecía divertida, y me apunto a todo lo que implique enguarrarme las manos y hacer el cabra.
Ponernos manos a la obra nada más llegar hubiera sido un tanto brusco, de modo que nos tomamos un tentempié. Nada menos que una cazuela llena de picadillo (el chorizo antes de meterlo en la tripa), y paletilla a la parrilla, también llamada tall plà o secreto. Todo ello regado con vino, que, por supuesto, bebíamos en bota. Me ahorro adjuntaros la fotografía, para que nos os riais mucho de mí.
Una vez hubimos dado cuenta de las viandas, empezamos a trabajar.
Antonio y Antonia preparaban las tripas de cerdo, fundamentales para que los embutidos adquieran su forma. Tenemos que destacar que no salieron especialmente firmes, y varios chorizos se vieron truncados, con lo que perdimos bastante tiempo. Tanta referencia a las tripas del cerdo me recuerda un cuento cojonudo de Chuck Palahniuk, pero ese es otro tema.
Por otra parte, Julia encajaba las tripas en la boca de la máquina, para asegurarse de que no se rompieran, e ir cerrando los embutidos a medida que Tomás iba dándole a la manivela, y con ello haciendo salir la carne. El espectáculo del picadillo saliendo de la máquina a velocidades inverosímiles, para terminar aprisionado por un gigantesco condón de tripa de cerdo, adquirida ya su forma defintiva, tiene su toque entre cronenbergiano, lynchiano, ballardiano y carpetovetónico. ¡No me digáis que el megachorizo que prepara la tía Julia en esta foto no se da un aire a la criaturica que protagonizaba Cabeza borradora, o a un alien en fase de chestburster! Puro gore.
Aquí se puede ver la gigantesca tina en la que está el picadillo. Abajo se ven las tripas húmedas, antes de que Julia las aplique sobre la boca de la máquina. En este momento, Julia está atando el resultado, un híbrido bastante acojonante de chorizo y fuet. Es una fase muy delicada, porque luego hay que colgar los embutidos para dejarlos curar, y pueden romperse y caer al suelo. Y, en ese caso, el efecto, además de gore, sería bastante chungo a efectos estéticos y conceptuales.
En un momento dado, entré en la cadena productora y me puse a ayudar en el cierre de chorizos. Los efectos se verán dentro de unos meses, pero en principio parece que los chorizos de marras han quedado bastante firmes y bien atados.

Después de estar un rato atando chorizos, le di un releveo a Tomás y me puse a darle a la manivela. Es una tarea cansada, pero satisface ver cómo los choricillos van saliendo, hasta que Julia los cerraba.

No tardé en cansarme, y Cristina y yo habíamos quedado con Eva, de modo que nos largamos de la cadena de montaje y dejamos a los padres y tíos de Cristina terminar la tarea. Después de los chorizos, le llegó el turno a los fuets, y después las butifarras, ligeramente picantes: en teoría, tienen que añadirles un 4% de pimienta, pero creo que nos quedamos cortos. Muy ricas, eso sí.
Pero no todo en esta vida es carne picada entripada: también hicieron lomo adobado.
Así pues, nos fuimos al centro de Girona a dar una vueltecita, y cuando regresamos a casa de los padres de Cristina el milagro se había obrado: ya estaba todo preparado, y estaban colgando los embutidos para dejarlos curar.

Dentro de unos meses os ofreceremos en exclusiva la degustación de los primeros chorizos. Con nuestra nueva cámara digital, que nos han traído los Reyes Magos.

viernes, 19 de enero de 2007

U.N.I.

Es una canción de Noa. You and I, fonéticamente. Una de las favoritas de Cristina y, por tanto, también mías. La letra es preciosa, y también la música, y todo lo que pienso cuando la escucho: no habría blog capaz de registrarlo. El fragmento del Youtube es muy breve, pero era todo lo que había.
Me apetecía actualizar con esto.

how does my north conects to my south
how does my soul conects to my mouth
how does my song conects to my name
can it be ever
one and the same
N I want U
N I need U
and I and I NINININI need U
and I want U and I need U
and I N I
want to send my insides loose
come to terms as a sign of truse
if I can't find the mistory door
I'm talking to you
u can't understand
N I want U
N I need U
and I and I NINININI need U
and I want U and I need U
and I N I
know
you're getting tired of the try
to conect my left side with your right
to conect through all the way
and all four chambers of the heart
to understand for ever
who we are.


martes, 16 de enero de 2007

Círculos efímeros

Como ya comenté en otra entrada, gran parte de la culpa de la existencia de este blog es de Jorge Zentner y de su taller literario "La atención". En su momento me comprometí a informar de próximas convocatorias del taller. Si escribís a Jorge a su dirección de correo electrónico (jzentner@terra.es), os informará gustosamente sobre el taller. Y cuando Blogger me deje cargar el cartel, lo subiré, como era mi intención. Mi gozo en un pozo.
Del taller de Jorge salieron algunos relatos ultrabreves (tampoco nos daba tiempo a escribir mucho más), que encajan a la perfección con lo que ahora se llaman efímeros y cultivan con tan buenos resultados autores como Felideus, Zapardiel, Santiago Eximeno o Javier Esteban. Otro día hablaré de Siembra de tinta, un libro verdaderamente recomendable. O de Ediciones Efímeras. Pero hoy he venido a hablar de mi cuento. Lo titulé "Círculo", porque va precisamente de eso, y no he tenido que cambiar muchos aspectos con respecto al relato original. No es la novela que lleváis tiempo pidiéndome, pero sí es el primer relato inédito que publico en lo que va de milenio. Breve pero intenso. Que os guste.

CÍRCULO


--Polvo somos, y en polvo nos convertiremos –acostumbraba a decir mi hijo--. Todo vuelve siempre a su lugar de origen.

En el caso de Ángel, mi hijo, no sé hasta qué punto llegó aquello a ser cierto. Su concepción circular de la vida se quebró a raíz de una dolencia fulminante con nombre de signo zodiacal.

No pudo regresar en vida a mi pueblo natal, que lo había visto madurar y despertar a la vida y la sexualidad en veraneos eternos de bicicletas y bailes y cine al aire libre, un pueblo él había adoptado como refugio y paraíso perdido, el lugar al que planeaba retirarse para vivir una existencia plácida y arcádica que compensase los excesos de juventud.

Y, peor aún, no pudo ajustar cuentas ante su abuelo (mi padre) ni ante su padre (yo mismo), ante la tumba cubierta de hiedra que le daba el toque de distinción decadente al mausoleo familiar. En un caso llegó demasiado tarde; en el otro, la parca se le adelantó.

Murió de una manera asimétrica. Ni siquiera completó el primer ciclo de la quimioterapia. No le dio tiempo: el mal estaba demasiado avanzado.

Sólo obtuvo una victoria póstuma que confirmara sus profecías. En efecto, se convirtió en polvo: lo incineramos.

Manuel, mi hijo pequeño, su hermano, a quien habían concedido un permiso especial en la clínica de desintoxicación, agarró la urna con avaricia, como si se tratara de la dosis que le escatimaban desde hacía meses. Era el que peor lo pasó: en su estado, apenas podía discernir que aquello era ley de vida, y que con un poco de (¿mala?) suerte él era el siguiente, y todos andábamos más que preocupados ante una posible recaída y vuelta a empezar.

Por ese motivo decidí solidarizarme con él. Dicen que para superar una adicción es buena señal caer en otra. Así pues, me apliqué el cuento y me hice porrero por un día. Acompañé a mi hijo pequeño a la plaza, a pillar algo. Ya en casa, se excusó un momento y regresó con los porros ya liados. En la penumbra, nos dirigimos al comedor.

Entre calada y calada me puse sentimental.

--¿Sabes? Lo que más me jode no es que Ángel y tú no hayáis hecho las paces, ni que no pudiera vivir lo suficiente para arreglarlo con el abuelo…

Me crispé. Otra vez el mismo rollo. No me iba a enternecer por el hecho de que mi hijo acabara de morir de manera prematura. No por ello íbamos a arreglarlo. Me tendría que comer mi orgullo, y otras cosas, para aceptar nuevamente a Ángel en el seno de la familia.

Lo cual no hacía sino acrecentar mi sentimiento de culpa. Pero me frenaba el orgullo familiar, esa seña de distinción que nos hacía aparecer un palmo más altos y envarados en los retratos y fotografías de estudio.

--No te enteras, papá –me cortó Manuel, haciéndome caso omiso--. Lo que más me jode es que Ángel no haya podido cumplir su ciclo vital y cerrar el círculo: ese “somos lo que comemos”, ese “volver a los orígenes”, esa mano que dibuja a la otra mano…

Encendió la luz. Entonces vi la urna abierta, y un reguero delator con las cenizas de mi otro hijo, desparramadas por la superficie de la cómoda. No pude evitarlo: seguí fumando, deleitándome en las caladas, admitiendo de manera póstuma a Ángel en el seno familiar. Mi hijo pequeño sonreía, el muy cabrón.

A fin de cuentas, la justicia poética existe. Algunos círculos sí se cierran.

viernes, 12 de enero de 2007

Mijaíl Bulgákov (1891-1940). La magia no planificada

Uno de los temas clásicos que salen a relucir en cualquier conversación es el del libro, disco o película favoritos de cada uno. Los gustos cambian en función de la edad, el bagaje, las circunstancias vitales o, simplemente, el estado de ánimo que tengas.
Si me preguntan cuál es mi película favorita, la respuesta estándar será Blade Runner, pero puede que tenga el día cañero y diga que Apocalypse Now, o tenga reciente el visionado de El hombre tranquilo y la cite sin dudar, o me apetezca epatar y cite Amanece, que no es poco. Cualquiera de ellas sería válida.
Otro tanto sucedería si me preguntasen por mi disco favorito. Según el momento, podría citar alguno de Los Enemigos (La vida mata, por ejemplo), los Pixies (Doolittle, por supuesto) o Mogwai (Rock Action), o ir sobre seguro y apostar por los clásicos: el Berlin, de Lou Reed; Born to Run, de Bruce Springsteen; The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars, de David Bowie; London Calling, de los Clash, o el primero de la Velvet Underground. O un genérico "Cualquiera de los que hicieron los Stones entre el Beggar's Banquet y el Exile on Main Street". Sería verdad, en cualquiera de estos casos.
Sin embargo, la cuestión de mi libro favorito es mucho más sencilla de responder. Vale que cuando nos planteamos hablar del asunto en Bibliópolis me decanté por El barón rampante, de Italo Calvino, y que las lecturas de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien, me cambiaron bastante la perspectiva. Si me preguntaran por mi libro favorito de CF, bastaría con barajar un mazo compuesto por Valis, de Philip K. Dick, Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin, Solaris, de Stanislaw Lem, La tierra permanece, de George R. Stewart, Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, y no muchas más... y dar por buena la carta que saliera.
Sin embargo, la respuesta a la pregunta "¿Cuál es tu libro favorito... en general?" tiene una respuesta muy fácil: El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. Todavía no he encontrado ningún otro libro que aúne de manera tan perfecta el humor y el romanticismo, una historia de amor conmovedora y una comedia desenfrenada, un retrato de una época y ciudad fascinantes como la Moscú de los años veinte y la temática mefistofélica. Es un libro que emociona y hace reir, que entretiene e instruye. Y gana en sucesivas relecturas.
He releído un artículo aparecido en el número 6 de la revista Cyber Fantasy, que editaba Alberto Santos, y aunque el texto es muy primerizo y ya no escribiría de esa manera sobre aquella temática, lo cierto es que sigo estando completamente de acuerdo con lo que decía entonces. A falta de introducirle algunas correcciones, que tal vez sean necesarias, y actualizar la bibliografía en castellano de Bulgákov (faltaría añadir los Relatos de Moscú, editados en el 2006 por Maldoror), he preferido reproducir la versión del ensayo tal como apareció en Cyber Fantasy.
Aunque estéis leyendo al Juanma de 1994, haced caso al Juanma del 2007: El Maestro y Margarita es una novela deliciosa, que os encantará. ¿A qué esperáis para leerla, si no lo habéis hecho?


MIJAIL BULGAKOV (1891-1940)

LA MAGIA NO PLANIFICADA

JUAN MANUEL SANTIAGO

“Toda obra de arte es hija de su tiempo, muchas veces es madre de nuestros sentimientos.
De la misma manera, cada período de la cultura produce un arte propio que no puede repetirse.”


Estas frases de Vasili Kandinski, con las que abre su De lo espiritual en el arte, pueden aplicarse sin titubear al período de entreguerras, muy especialmente a la Unión Soviética. Una era de cambios sin precedentes, en la que casi sin solución de continuidad se pasa de un férreo comunismo de guerra a la liberalización de la NEP y nuevamente a un período de rigidez (la planificación), sólo puede engendrar un arte diverso e inestable, en el que las divergencias entre oficialidad y clandestinidad son tan acusadas como insalvables. De este modo, los cantos al sindicalismo (La Madre, de Pudovkin), la colectivización (La Tierra, de Dovzhenko) o la Revolución (Octubre, de Eisenstein), son contrarrestados por una visión menos idílica, pesadillesca en algunos casos (Nosotros, de Zamiatin) y esperpéntica en otros (El Maestro y Margarita, de Bulgákov). Es en este último autor en quien vamos a centrar nuestro artículo.

Resulta difícil hablar de Mijaíl Afanasievich Bulgákov sometiéndonos al tradicional formulario: fecha y lugar de nacimiento; fecha y lugar de fallecimiento; estudios; vida; obras. Sin embargo, no se me ocurre otra manera de presentar su vida, apasionada y ajena a cualquier encasillamiento.


Observemos una fotografía cualquiera del autor y encontraremos el rostro de un ucraniano de Kiev, eslavo de pura cepa. Su mirada, transparente y comprensiva, es la de un médico rural obligado a enfrentarse a la enfermedad y la ignorancia campesina; a situaciones en que los manuales resultan menos útiles que la intuición; a los coqueteos con la droga (de hecho, Morfina, uno de sus mejores y más sólidos relatos, tiene mucho de autobiográfico)... Es también la mirada de un ucraniano nacionalista que ve cómo no le queda tierra por la que luchar, pues germanófilos y soviéticos la han convertido en campo para una guerra civil. Su crítica será encarnizada, un temprano compromiso contra las mismas autoridades que permiten la publicación en 1925 de la novela La Guardia Blanca y, un año después, de su adaptación teatral de Los días de los Turbín, el verdadero inicio de su calvario personal: esos años finales en que Bulgákov se debate entre un estoicismo forzado por las circunstancias y el delirio incontrolado de sus novelas fantásticas.

Hay también, en la fotografía de este hombre, un toque de frivolidad: la sonrisa de teólogo de su padre se trueca en la mueca arrogante del dramaturgo que llega a Moscú dispuesto a triunfar. Lo consigue con Los días de los Turbín –más por el apoyo de Stalin que por la permisividad de los censores- e incluso con El departamento de Zoia y La isla púrpura. Pero La huida (1928) desata las iras de Stalin y da comienzo a la pesadilla, parcialmente reflejada en la notable pero inconclusa Novela Teatral.

Condenado al ostracismo de los despachos moscovitas, sin poder publicar ni representar sus obras, Bulgákov se derrumba:

“...no tengo ánimos para vivir más tiempo acorralado. Llevado hasta la depresión nerviosa, me dirijo a usted y le pido que interceda ante el gobierno de la URSS PARA QUE SE ME EXPULSE DE LA URSS JUNTO CON MI ESPOSA, L.S. BULGÁKOVA, que se suma a esta petición” (carta a Stalin).

Durante diez años, la década de los treinta, Bulgákov malvive. La intercesión de Stalin, permitiendo la representación de Los días de los Turbín durante un corto período de tiempo, no es sino el preludio de su vertiginosa y definitiva caída en desgracia. Con la salud arruinada, perdida la vista, muere diciendo “Don Quijote... Don Qui... jote”. Son las últimas palabras del Bulgákov fantástico, de quien vamos a hablar acto seguido.

Hay algo de ironía en el hecho de que un ucraniano hasta cierto punto nacionalista fuera el personaje que mejor supo captar el inquieto ambiente del Moscú de entreguerras. Más irónico aún resulta que las obras que con mayor fidelidad captan las miserias cotidianas de esa ciudad sean al mismo tiempo cumbres de la narrativa fantástica del siglo XX. Este sentido de la ironía y de la contradicción es lo que hace a Bulgákov realmente grande. Libre de ataduras, se apropia del adjetivo delirante, deformando la realidad, convirtiéndola en esperpento y, al mismo tiempo, haciéndola plausible. Sólo así se pueden comprender las idiosincrasias de personajes como el Desamparado de El Maestro y Margarita, Polígrafo Poligrafovich Globitov de Corazón de perro o el profesor Pérsikov de Los huevos fatales. Estos personajes suelen ser anacrónicos residuos del romanticismo o científicos locos fuera de lugar, envueltos siempre en aventuras y situaciones tan disparatadas como ellos mismos. Este brutal sarcasmo es el arma principal del autor y se puede encontrar en estado puro en casi todas sus obras, aunque algunas veces abre paso al más puro terror (Los huevos fatales) o al romántico lirismo más sublime (El Maestro y Margarita).


La obra fantástica de Bulgákov puede dividirse en la puramente fantástica y en la de ficción científica. La primera se abre y se cierra con El Maestro y Margarita, aunque utilizando un criterio más amplio, algunos guiños permiten incluir aquí su Novela teatral. La segunda nos remite a Los huevos fatales y Corazón de perro. Empecemos aludiendo a esta última faceta.

Los huevos fatales, pese a ser la menos lograda de sus novelas, no está exenta de ciertos valores salvables. La ciencia ficción es aquí imitación de Wells, pero también desenfrenada parodia del británico (“...los fabulosos personajes de Wells no son nada comparados con usted... ¡Y yo que creía que las novelas de Wells eran sólo fantasías! ¿Recuerda usted El alimento de los dioses?), los científicos y, cómo no, la burocracia soviética. En el Moscú de 1928 se produce un maravilloso descubrimiento científico: un rayo que acelera el desarrollo de las ranas del profesor Pérsikov. El hallazgo es aprovechado por el Estado para criar gallinas, pues una epidemia de peste avícola ha terminado con todas. Pero un lamentable error hace que a la cooperativa que experimenta con el rayo rojo del profesor Pérsikov lleguen huevos de serpientes y cocodrilos destinados al laboratorio del profesor, lo cual da lugar a espantosas mutaciones. Anacondas monstruosas avanzan hacia Moscú, sembrando en la población un pánico comparable al de la invasión marciana de La guerra de los mundos. Las turbas dan muerte al profesor y una providencial helada (en agosto) acaba con la pesadilla. Se trata de una obra menor que conjuga con acierto la ironía bulgakoviana con una temática wellsiana.


Mayor acierto hay que reconocer a Corazón de perro (1925). Si en la anterior se respiraba la influencia de Wells, aquí el modelo es Frankenstein, de Mary Shelley. El demiurgo de turno, el profesor Preobrazhenski, típico personaje bulgakoviano nostálgico de los tiempos pasados y reticente ante los cambios de la Revolución, trasplanta los testículos e hipófisis de Globito, un vulgar chucho callejero, en el cuerpo de un ser humano recién fallecido, para experimentar con las posibilidades de rejuvenecimiento por él teorizadas. Los resultados, evidentemente, difieren de las expectativas de Preobrazhenski, y el perro acaba desarrollando apariencia humana. Es ser resultante del experimento, Polígrafo Poligrafovich Globitov, es un necio rechoncho e irrespetuoso. Su descaro rebelde mueve a la carcajada, sí, pero también conmueve. Tras ese pendenciero borracho, que encuentra trabajo en el servicio municipal de captura de gatos, se esconde una descarnada alegoría de la especie humana: su intento de alcanzar el libre albedrío es atajado de raíz por su creador. Desprovisto de su humanidad, regresa a su natural estado perruno. Novela brillante, hilarante a ratos, se cuenta entre lo mejor de su obra, junto con El Maestro y Margarita, obra que nos introduce en su faceta fantástica.


Lo fantástico en Bulgákov nos remite al mito fáustico. El Maligno llega a Moscú, y lo hace como un solitario periodista de revista literaria (Novela teatral) o bien con todo su séquito y gran aparato pirotécnico, caso de esa perla de la literatura universal de todos los tiempos que es El Maestro y Margarita.


Resulta difícil hablar de esta novela sin citar algunos elementos extraliterarios. Sus repercusiones sociológicas son hoy más evidentes que nunca. Ya no se trata de que Gabriel García Márquez la haya citado en alguna ocasión como la mejor novela de este siglo, o que sea tenida como el máximo exponente del genio ruso desde los tiempos de Dostoievski, Gógol o Tólstoi. La sociedad ex-soviética, coincidiendo con un período extremadamente inestable y con el centenario del autor, tomó la novela como un símbolo. Incluso llegó a existir una tribu urbana moscovita que, tal y como atestigua el libro de David Bushnell Moscow Graffitis, calcó su estética e inundó la ciudad con pintadas alusivas a sus personajes y convirtió en centro de peregrinación los lugares citados en la obra. Ello es debido, intuyo, a que El Maestro y Margarita supuso a primeros de los noventa lo que en los años treinta, al ser escrita, o en los sesenta, al ser publicada por primera vez en la URSS: una reacción contra los ortodoxos corsés estéticos, una reivindicación del elemento mágico en una sociedad rígidamente planificada. Se trata pues de una rebeldía con una doble vertiente, argumental y estilística.

La complejidad argumental es endiablada, y nunca mejor dicho. Contiene una novela dentro de la novela, y al menos media docena de acciones interrelacionadas que confluyen puntualmente cuando ello es necesario, para volver a dispersar la acción hasta que la trama obliga a una nueva conjunción. Dicho así tal vez no signifique nada para el lector. Hablemos, pues, de la novela.

Los primeros capítulos tienen como hilo conductor a Iván Nikolaievich, Desamparado, joven poeta de cuarta fila que observa cómo su acompañante, Mijail Alexandrovich Berlioz, director de una asociación moscovita de literatos, perece al ser arrollado y decapitado por un tranvía. El hecho adquiere especial relevancia para Iván por haberle sido profetizado por un extraño individuo que atiende al nombre de Voland, peculiar personaje que sostiene la existencia de Cristo y afirma haber conocido personalmente a Poncio Pilatos. Iván pierde el juicio y, tras un cómico deambular por las calles de Moscú, en calzoncillos y parapetado tras un icono, va a parar a un manicomio. Dejémosle de momento ahí y centrémonos en Voland.

El misterioso profesor que llega a Moscú pretextando una demostración de magia negra (¿qué otra cosa, sino?) en el teatro Varietés, no es sino el mismísimo Demonio. La verdadera razón de su presencia entre mortales aún no nos interesa, perdidos como estamos en las continuas barrabasadas realizadas por su séquito: Koróviev, alias Fagot, el relaciones públicas de tan peculiar grupo; el impertinente gato Popota, histriónico revoltoso y consumado ajedrecista; Guela, bruja pelirroja que siempre anda desnuda; y Asaselo, el encargado de llevar a cabo el trabajo sucio. Junto con Voland, estos peculiares personajes llevan a cabo su acción de acoso y derribo contra los empleados del teatro Varietés: Nikanor I. Bosói, desprovisto de su vivienda, acaba en la cárcel por tenencia de dólares; Stiopa Lijodéyev, director del teatro, aparece en Yalta, sin saber cómo ni por qué; Rimski huye a Leningrado, aterrado por la visión de Guela; al barman, Andrei Fokich, Voland le vaticina nueve meses de vida... El objetivo es claro: sembrar el caos en Moscú, y por cierto que lo consiguen. En un capítulo antológico, la sesión de magia negra del profesor Voland degenera en escándalo: los asistentes reciben como regalo billetes de mil rublos que más tarde se convierten en etiquetas de botellas de vino; vestido y calzado desaparecen al salir a la calle; algunas personas buscan su cabeza por todo el teatro; los funcionarios no pueden evitar cantar arias de ópera en la oficina sin saber por qué razón... Algunos acaban en el manicomio, acompañando a Desamparado y a uno de los personajes principales de la obra: el Maestro.

Es en este punto donde el peso de la acción bascula hacia la historia de amor entre el Maestro y Margarita. Iván y las andanzas de la camarilla de Voland adquieren un carácter secundario que hace presagiar lo que será la segunda parte de la novela. Al mismo tiempo, se introduce la idea de una novela (la escrita por el Maestro acerca de la vida de Poncio Pilatos y su relato de la ejecución de Jesucristo) dentro de otra (El Maestro y Margarita), tan estrechamente vinculadas que ambas terminan con la misma frase. Con este recurso se establece un paralelismo rematado por la intrusión de un personaje de la primera (Leví Mateo) dentro de la segunda. Este retruécano, audaz en sí mismo, lo es por partida doble, al introducirnos el elemento religioso, lo cual crea una paradoja muy bien resuelta entre la visión un tanto heterodoxa de los últimos días del Ga-Nozri (Jesucristo) y la misión ciertamente benéfica (a pesar del estrépito) que, como veremos, lleva a cabo Voland.

Una vez llegados al tema central, el pacto de Margarita con Satanás para recuperar a su perdido y añorado Maestro, la acción se torna más lineal. De la descripción de situaciones grotescas se pasa a la introspección psicológica. Es un auténtico reto y Bulgákov, que no lo ignora, invita personalmente al lector a seguir leyendo, a introducirse en la segunda parte “de esta verídica historia”. Una vez franqueado el umbral, el autor, en primera persona, nos pone en antecedentes:

“¡Adelante, lector! ¿Quién te ha dicho que no puede haber amor verdadero, fiel y eterno en el mundo? ¡Que le corten la lengua a ese mentiroso!
¡Sígueme, lector, a mí, y sólo a mí, y yo te mostraré ese amor!”

Doble reto también, en cuanto que aquí el autor ya ha perdido las esperanzas de que lo que en principio fuera sátira social y ahora historia de amor romántica y crepuscular llegue a publicarse, y se refugia en un estilo apasionado pero conciso, nervioso pero firme, alejado de los cánones imperantes. La vivacidad de Margarita no nace de su amor sino de la desesperación, del presentimiento (cumplido) de que algo va a suceder. Asaselo ya no es el cruel ejecutor de las humoradas de Voland, sino el providencial intermediario que trae la esperanza a Margarita. La ensoñación se apodera del relato y empiezan las que tal vez sean las páginas más emocionantes de la novela, lo que la eleva de la categoría de simple obra maestra a la de pieza fundamental de la literatura de todos los tiempos. El viaje iniciático de Margarita, convertida en bruja cuya figura se recorta contra la Luna, es el de una mujer enamorada dispuesta a todo, sí, pero también la reivindicación del escapismo (Margarita huye de su hogar sin garantías de que todo vaya a salir bien; tan sólo la guía su fe) y la libertad como elementos pertenecientes a la misma categoría. Esa libertad va a ser obtenida mediante algo que llamamos magia. Cerrando el silogismo, vemos que lo mágico precede a una libertad que sólo puede obtenerse mediante la evasión, aunque esa evasión implique una finalidad pragmática, como en el caso de Margarita. De esta afirmación se deriva una suerte de definición del hecho fantástico en general, aplicable también a la literatura fantástica. Sumemos también el sentido de la maravilla implícito en el itinerario de Margarita, el evocador y alucinante (en el mejor sentido del término) Gran Baile de Satanás y en la conmovedora liberación del Maestro. La obra alcanza así un clímax que precede al final, en el que confluyen, como ya hemos explicado, las dos novelas paralelas presentes en El Maestro y Margarita. Cumplida su parte, Voland se lleva consigo a la pareja de enamorados y la pone en manos de Joshuá. En este momento, y sólo ahora, Margarita (y, a través de ella, el lector), puede observar las cosas como son, la verdadera apariencia de Voland y su séquito. La novela adquiere la condición de sublimidad, entendida en el más puro sentido kantiano. La noche es sublime, frente al día, que es bello. Lo sublime conmueve y deja en el individuo una expresión fija y asombrada, mientras que lo bello encanta. Lo sublime siempre ha de ser grande y sencillo, mientras que lo bello puede estar engalanado. Si hemos de dar la razón a Kant (a quien, por cierto, Bulgákov hace aparecer desayunando con Voland), convendremos en que la primera parte de El Maestro y Margarita es bella, mientras que la segunda es sublime, y no me extrañaría que ésta fuera otra argucia deliberada por parte de su autor. Esta sublimidad me impide escribir desde una perspectiva desapasionada y objetiva, con lo que mucho me temo que este artículo pueda resentirse. En todo caso, si sirve para que alguien pueda disfrutar de la obra de Mijaíl Afanásievich Bulgákov, ahora que se conmemora es sexagésimo aniversario de su fallecimiento, me daré por más que satisfecho.

miércoles, 10 de enero de 2007

El canon considerado como modelo para la historia de la música

Evidentemente, no me refiero al canon de la SGAE. ¡Hasta ahí podríamos llegar!
Me envían este delicioso enlace, en el que podéis comprobar hasta qué punto es larga la sombra del Canon de Pachelbel y cómo prefigura la historia de la música, desde 1680 hasta el 2007, pasando por los Beatles (ese "Let It Be" es lo mejor del número), Bob Marley, U2, Green Day o Avril Lavigne. Total, será por ejemplos a los que recurrir...
Lo que me he podido reír...
El enlace viene con sutítulos en castellano, porque si no sabéis inglés no vais a pillar ni una. La versión original, aquí:



Para quien no lo conozca (yo no lo conocía, para qué os voy a engañar), Rob Paranovian es actor y músico, y eso se nota. Es un poco como lo que harían Les Luthiers si les diera por actualizarse con el estilo de Weird Al Yankovic. No he encontrado muchas referencias a su obra, y jamás he tocado el chelo y por tanto no sé cuán coñazo puede llegar a ser, pero sólo por esta interpretación se ha ganado un huequecito en mi corazón de melómano.
No obstante, en su recorrido por la historia de la música echo en falta un par de apariciones estelares del Canon de Pachelbel. La primera, "Ladies and Gentlemen We're Floating In Space", a cargo de mis admirados Spiritualized. Supongo que el videoclip que os ofrezco a continuación no es oficial sino obra de un aficionado, pero contiene fragmentos de muy buenas películas (Delicatessen, Bailar en la oscuridad, Los amantes del Pont-Neuf y unas cuantas más) y merece la pena echarle un vistazo.



La segunda forma parte de una de las canciones más bonitas de Los Enemigos: "La cuenta atrás". Bajad el volumen de vuestros aparatos, porque el sonido es bastante malo, yo aviso; pero es lo mejor que he encontrado en el YouTube. Y de camino le hago un poco de publicidad a mi primo Josele.



Entrando en el terreno de lo aficionado, llevaba tiempo queriendo colgar en el blog esta versión del Canon con guitarra eléctrica, que me tiene pilladísimo, y ahora tengo la excusa perfecta para hacerlo.



Claro que, si sois del sector purista y preferís el original, aquí lo tenéis. Pornografía Emocional tiene soluciones para todos los lectores.



Como todo en esta vida es extrapolable, supongo que durante estos días estoy especialmente sensible, casi en modo anuncio de Evax, y me apetecía escribir una entrada tranquila, con pocas notas pero muy armónicas, más o menos a juego con mi estado de ánimo actual y el Canon de Pachelbel. Parece que a veces la vida es como una canción determinada, y después de unas Navidades a ritmo de la sintonía del show de Benny Hill, ahora toca reposo y tranquilidad. Últimamente estoy a gusto conmigo mismo y la vida que llevo, el máster me está encantando, a finales de semana dejo el curso del paro para empezar unas prácticas de seis meses en una editorial y supongo que a partir de ahora tendré más calidad de vida, al no estar yendo y viniendo todos los días a la quinta puñeta, hablando mal y pronto. En cierto modo, mi vida es como el Canon: variaciones sobre un mismo tema, susceptible de ser interpretado de mil y una maneras, a veces equivocadas, pero al fin y al cabo un buen tema.

sábado, 6 de enero de 2007

Un meme para empezar el año

Smalll Blue Thing me envía un meme bastante bien urdido, ahora que empieza el año y toca hacer introspección del año que se va, para evitar repetir errores y amplificar los aciertos de cara a convertir en un despiporre incesante este 2007 que comienza.

1. ¿Qué hiciste en 2006 que no habías hecho antes?
Vivir amancebado, o casi, y todo lo que ello conlleva.

2. ¿Tienes algún propósito para el nuevo año?
Unos cuantos. Escribir un libro de una puñetera vez, y que me lo publiquen. Cumplir compromisos con más puntualidad y diligencia que en el pasado. Volver a trabajar. Celebrar doce cumplemeses con Cristina. Ser un poco más sabio.
La dominación mundial puede esperar, pero no la descarto como propósito de año nuevo... hacia el 2020 o así. Antes hay que trabajar duro.

3. ¿Alguien cercano tuvo hijos?

Sí: Javi (a Rubina), Arancha (a Roberto) y Jorge (a Martín), más un par que no pudieron salir adelante y se quedaron en el camino. De todos modos, me da la impresión de que en el 2005 hubo más explosión demográfica que en el 2006.

4. ¿Alguien cercano murió?

Un sobrino que no llegó a nacer. Algo más lejano, pero no por ello menos sentido: Justo. Y el cuñado de la mejor amiga de Cristina.

5. ¿Qué países visitaste?
España. (Interpretadlo como queráis.)

6. ¿Qué te gustaría hacer en 2007 que no hiciste este año?
Escribir esos ensayos que tengo pendientes. Empezar una novela (y acabarla, si puedo). Comprar un anillo.

7. ¿Qué día es memorable, y por qué?
Dos: el 8 y el 10 de abril. Por motivos obvios.

8. ¿Mayor logro?
Que Cristina me aguante, después de casi nueve meses. Compatibilizar la doble vida que llevo (entre casa de Arizala y la de Cristina) y las ocho horas diarias de clase que me chupo (entre el curso y el máster) sin haberme vuelto loco. Ejem.

9. ¿Mayor fracaso?
No haber sido capaz de romper por voluntad propia con situaciones indeseables e insostenibles.

10. ¿Sufriste enfermedades y lesiones?
Para lo pupas que soy, pocas, pero sí, alguna cayó. La más espectacular: una lumbalgia que al principio parecía un cólico nefrítico.

11. ¿Qué fue lo mejor que compraste?
La matrícula del máster. Regalitos pa' mi nena.

12. ¿El comportamiento de quién mereció un premio?
Cristina, en general. En los momentos difíciles: Yolanda, Álex y muchísimos más. Todos mis amigos.

13. ¿El comportamiento de quién te deprimió?
El mío, según para qué. Los demás, que ha habido unos cuantos, no merece la pena recordarlos, precisamente para no deprimirme.

14. ¿En qué gastaste la mayor parte del dinero?
En el máster. En comer fuera. En facturas sorpresa.

15. ¿Qué te excita?
Muchas cosas, casi todas inconfesables.

16. ¿Qué canción te recordará siempre 2006?
Cualquiera de los discos de James Blunt y Kelly Clarkson, por haberlos escuchado en casa de Cristina. "Hoppípolla" y "Glósóli", de Sígur Ros. "Rabbit in Your Headlights", de U.N.K.L.E. y DJ Shadow.







17. En comparación con el año pasado eres:
- ¿Más feliz o más triste? Más feliz.
- ¿Más delgado o más gord? Un poquitíiin más delgado.
- ¿Más rico o más pobre? Más pobre, pero más feliz... lo cual supongo que me hace más rico.

19.¿Qué querrías haber hecho más?
Demasiadas cosas: algún viaje, sacar adelante una recopilación de mis ensayos, ponerme con la novela, estar más con mi madre.

20.¿Qué querrías haber hecho menos?
Quejarme. Vaguear.

21. ¿Cómo estás pasando las navidades?
Con altos y bajos. Están resultando interesantes.

22. ¿Te enamoraste en 2006?
¡¡Síii!!

23.¿Cuántas chicas de una noche?

Ninguna. No uso de eso.

24. ¿Programa de televisión favorito?
Nos hemos enganchado cosa mala a Heroes. Es nuestra serie del momento. Lo siento por House y el mundial de baloncesto...



25. ¿Odias a alguien que no odiabas antes?
No.

26. ¿Cuál fue el mejor libro que leíste?

Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, y El castillo alto, de Stanislaw Lem. Los que más disfruté leyendo: Jitanjáfora, de Sergio Parra, y Gel azul, de Bef.

27. ¿Cuál fue tu mayor descubrimiento musical?

Lo que más me ha gustado del 2006 ya lo conocía (Josele Santiago y Antònia Font), y los únicos que no conocía de antes y me han sorprendido de verdad han sido Gnarls Barkley. Arctic Monkeys y Art Brut tienen su qué, pero les falta un puntito para calificarlos de descubrimientos. Supongo que me acabaré enganchando a Joanna Newsom, pero la he escuchado poco.






28. ¿Qué querías y tuviste?

La felicidad.

29. ¿Cuál fue tu película favorita del año?
He visto muy poquito cine. Volver me encantó, Crash gana en perspectiva aunque necesito volver a verla para salir de dudas, y Brokeback Mountain me pareció casi perfecta. No obstante, lo mejor ha sido los revisionados de Memento, Mystic River y Million Dollar Baby. Y de la trilogía de El Señor de los Anillos, pero por motivos extracinematográficos.

29. ¿Qué hiciste en tu cumpleaños, y cuántos años tienes?

Por la mañana, recoger mi finiquito. Por la noche, una cena íntima. 36.

30. ¿Qué cosa habría hecho tu año mucho más satisfactorio?

Salud y tranquilidad en la familia, algo más de desahogo económico y una situación laboral más favorable.

31. ¿Cómo describirías tu forma de vestir en el 2006?

La de siempre: en verano, con camisetas friquis negras; en invierno, con camisas de cuadritos. Sin demasiada novedad en el frente.

32. ¿Qué te mantiene cuerdo?
El ser capaz de objetivar cada vez más cosas y actitudes.

33. ¿Qué famoso disfrutaste más?
¿Mande?

34. ¿A quién echas de menos?
A muchas personas a las que no he prestado toda la atención que merecen.

34. ¿Quién fue la mejor persona que has conocido este año?
Cristina.

35. Di una lección aprendida en 2006:
"Desengáñate". (He hecho trampa, porque la lección la impartí yo, pero los dos la aprendimos a la vez. Supongo que vale.)

Le paso el meme a mi frikitecaria (y muchas cosas más) favorita (¡no me odies!), Pily B., Isa Zapardiel, Simbionte y mi carnalito Bef.

lunes, 1 de enero de 2007

Feliz 2007

Un añito más, y el mismo ritual de siempre, aunque con algunas variaciones. En esta ocasión, el clan se ha reunido en casa de mi hermano Enrique. Menos Cristina, Mónica (la mujer de mi hermano Pablo), mi tía Sagrario y mis sobrinos Elena (de Erasmus en Perugia) y Alejandro, el núcleo duro al completo. Kira (seis años) y Fernando (cinco) han empezado a ejercer como anfitriones, la cena no ha sido empachosa y ha deparado grandes momentos (el solomillo con papas arrugás y mojo palmero), nadie se ha emborrachado pese a que las botellas de cava se agotaban sobre la marcha, en esta ocasión el manazas no he sido yo, no hemos visto la retransmisión de las uvas desde la Puerta del Sol, la velada familiar se ha prolongado el tiempo justo para no hacerse pesada y el tono ha sido cordial o, cuando y con quien no se podía llegar a tanto, simplemente correcto. Después, para casa y a la cama. Ni aburrido ni transgresor: ha salido así.
El año empieza con la esperanza de que se enderece el rumbo que habían tomado los últimos días del 2006, tanto en casa como fuera. En lo personal, el 2006 ha sido un año inolvidable, por motivos obvios, pero me da que el 2007 va a ser mejor, si cabe.
Esta Nochevieja se han disparado los sms de felicitación y, aunque leo con asombro que se han superado los cien millones, lo cierto es que tengo la sensación de que el año pasado hubo más mensajes. Estos son mis favoritos:
Hoy he ingresado 365 días de buena suerte, alegría y felicidad en tu cuenta con el número 2007. ¡Adminístrate bien, que no hay más! Feliz año 2007.
Feliz Semana Santa y próspero año 1927. Asociación de lucha contra el Alzheimer.
Ojalá las pulgas de mil camellos egipcios infecten el culo de quien intente joderte el 2007 y que sus brazos sean tan cortos que no puedan rascarse. ¡Feliz 2007!
Para el 2007, te deseo que tengas la vida de un cepillo de dientes: que tengas mucha pasta, un buen mango y que te cepillen tres veces al día. Feliz año nuevo. Un abrazo.
¿Qué hacéis esta noche? ¿Puedo ir con vosotros? Me han dejado colgado. Fdo.: Sadam Husein.
Que el 2007 nos traiga lo indispensable: amor, salud, paz, buenos libros, una wii, pasta a saco y que los cabrones que gobiernan el mundo acaben en la isla de Lost.