jueves, 28 de diciembre de 2006

Actualización de Bibliópolis

No, no es una inocentada: después de casi dos años de parón, vuelve una de las páginas web de referencia para el aficionado al género fantástico: Bibliópolis. Crítica en la red. El diseño y el esquema son los mismos de antes, pero cambian algunas caras: a partir de ahora, la coordinadora será Blanca Martínez.
Nace la sección Ludoteca, de la que se van a encargar José Joaquín Moreno y Santiago Eximeno. Julián Díez anuncia que la sección Extramuros, sobre libros de slipstream, deja de tener sentido: en su momento era innovadora porque llamaba la atención sobre esas novedades de género que el lector especializado no conocía, porque aparecían publicadas fuera de colección; hoy en día están asumidas por los aficionados, y tal vez haya dejado de ser el momento de otorgarles un tratamiento especial, reconoce Julián. Sea como sea, echaré de menos esa sección.
Echo de menos una actualización de la imprescindible Fuera de Onda, de Alberto Cairo, que continúa su periplo estadounidense impartiendo clases de infografía en la Universidad de Carolina del Norte (sí, la que se hincha a ganar ligas universitarias de baloncesto). También echo de menos a Cristóbal Pérez-Castejón y su divulgativa Cromopaisaje. Y Cosecha Roja, la sección sobre novela negra, en la que a partir de ahora vamos a tener a David G. Panadero como columnista de lujo. Espero que continúen con sus secciones.
En cuanto a las secciones que siguen adelante como en los viejos tiempos, tenemos La Bola de Cristal, en la que Alfonso Merelo habla de las series televisivas del momento. Esta sección es más necesaria que nunca, dado el boom que han experimentado las series en los últimos dos años: la pregunta de rigor cuando se juntan dos o más friquis ya no es «¿Qué película has visto?», sino «¿Qué serie estás viendo?», y Alfonso sabe un montón del asunto, y lo transmite con brillantez.
Ángel Torres Quesada retoma con ganas y beligerancia su Memoria Estelar, ofreciendo un punto de vista distinto y cañero sobre el fenómeno bloguero y sus (nuestras) contradicciones y tonterías. Induce a la reflexión, eso es innegable, y uno no puede dejar de sentirse reflejado en su crítica.
Rafael Marín continúa hablando de cómics fantásticos en Umbrales, una sección que no entiendo cómo no se ha convertido ya en libro de ensayo (y de cabecera, por tanto).
Otra sección fija es TaleWarez, en la que Javier Romero ofrece enlaces a cuentos y novelas cortas de género escritas originalmente en inglés o cualquier otra lengua extranjera y que se pueden descargar de manera legal y gratuita. Durante mucho tiempo ha sido un punto de referencia; ahora que la escasez de ficción breve traducida amenaza con alcanzar cotas dramáticas, mucho me temo que los friquis tengamos que nutrirnos casi exclusivamente de esta sección, si queremos estar al día de lo que se hacer por allá afuera.
Las noticias de actualidad y las reseñas de novedades siguen siendo una parte importante de la nueva / renovada Bibliópolis.
En cuanto a mis aportaciones, en esta actualización he tratado de reciclarme un poco y adaptarme a los nuevos tiempos que corren. Aparte de la reseña de La torre de la golondrina, de Andrzej Sapkowski, he actualizado un poco mi perfil biográfico (con foto nueva, cortesía de Zeki) y he decidido finiquitar la sección Mentidero Cinco, sobre cotilleos del fandom, porque a estas alturas me parece innecesaria: estos cotilleos sólo le interesen a los más viejos del lugar, y a estas alturas no voy a contar nada que no se sepa o simplemente aporte algo. Lo siento, pero os quedaréis sin leer mis interpretaciones de las historias de BEM, Gigamesh o la AEFCFT, por citar las que en un momento u otro me habéis pedido que aborde.
En lugar de darle vueltas a los entresijos del fandom, me pareció mucho más interesante y constructivo hablar de literatura, y dejarme de chuminadas, politiqueos, ironías y gracietas. Cuando Bibliópolis dejó de actualizarse y estaba más o menos claro que el encargado de relanzarla sería Alberto García-Teresa, ya estaba barruntando inaugurar una nueva sección en la que reseñaría libros de mainstream u otros géneros, escritos por autores generalmente encasillados en la ciencia ficción, fantasía y terror. Sería un complemento del Extramuros de Julián y el Fuera de Onda de Albertiño. Es decir, obras invisibles para los lectores especializados.
En todo momento tuve claro el título de la sección: La Quinta Columna.
Por eso, cuando Blanca me escribió para comentarme que relanzaba Bibliópolis, no dudé en plantearle el proyecto, aceptó encantada, y aquí estamos. Me motiva escribir esa Quinta Columna. La selección de los primeros títulos que voy a reseñar ya está hecha, y tal vez resulte un poco predecible, pero de vez en cuando iré incluyendo alguna sorpresita: hay muchas obras de vuestros autores cienciaficcioneros favoritos que están publicadas en español, y lo más probable es que no las conozcáis.
Me queda la duda de si Bibliópolis recuperará su capacidad de influencia: dos años de parón son muchos para una página web. Tampoco me termina de convencer el que Bibliópolis no ofrezca grandes novedades con respecto al formato anterior. Sea como sea, Bibliópolis es una de las iniciativas en las que más a gusto he colaborado desde siempre, en la que más he desbarrado (pocas veces me he reído más que preparando las actualizaciones del Día de los Inocentes del 2000 y el 2001) y con las que me he sentido más identificado y más margen me han dejado para expresar mis ideas sobra la vida, el universo y todo lo demás. Bibliópolis ha sido para mí una especie de segunda casa, y ha regresado, y eso es una magnífica noticia.

viernes, 22 de diciembre de 2006

Un pingüino en el ascensor

El crimen no sale a cuenta; y hacer la campana (irse de pellas, para los madrileños), mucho menos, como veréis a continuación.

6:50 AM. Amanezco con el propósito firme de faltar al curso de las mañanas, con la intención de acercarme por casa para hacer lavadoras, pasarle la fregona a mi habitación y empezar a preparar la maleta para volver a casa, volver, por Navidad.

8:10 AM. Salgo de casa de Cristina, que estos días se va antes porque tiene que ir a rehabilitación, por su problema de cervicales.

8:17 AM. Llego a mi casa, cargado con la ropa que voy a lavar, mientras pienso en qué libros llevaré hoy al máster: Winifried nos ha pedido que llevemos algún libro que nos guste o nos parezca interesante a efectos de diseño, para hablar de ellos en clase.

8:18 AM. Me subo al ascensor y pulso el cuatro. Estoy de cara al espejo, inmerso en mi fértil mundo interior, y de repente noto que el ascensor se ha detenido y las puertas se abren.

8:19 AM. Supongo que he cerrado mal la puerta, de modo que hago el ademán de intentar cerrarlas. A veces ocurre: el ascensor está muy cascado, lleva tres reparaciones en lo que va de mes y por un instante me lamento de no haber subido andando, ahora que soy joven y puedo permitírmelo.
Pero no: el ascensor se ha quedado colgado entre dos plantas. El principal y el primero.
Qué de puta madre.

8:20 AM. Miro el reloj. Son las ocho y veinte.
No pierdo los nervios. Sería contraproducente haberle dedicado tanto tiempo y parné a la meditación zen y a las inmersiones en mi espacio interior, y que luego me pusiera a berrear por una simple avería de un ascensor que, por lo demás, falla más que una escopeta de feria.
Ya lo decían Siniestro Total: "Ante todo: mucha calma".
Ni sudo. O sea, voy bien. No estoy nervioso.
Tampoco se me ha acelerado el pulso, ni respiro de manera desacompasada.

8:22 AM. Me quito el abrigo, porque no sé cuánto va a durar esto.

8:25 AM. Empiezo a pulsar el timbre que hay en la cabina del ascensor.
Siempre me he preguntado quién escucha esos timbres. Si hubiera un interfono, podría hablar con quien fuera, pero no: sólo hay un timbre. Somos pocos vecinos, el ascensor está un poco anticuado, hay propietarios morosos que impiden que se hagan reformas (mi casero, sin ir más lejos). Así que nada, esto es lo que hay: un ascensor cutre y estropeado, con un timbre que suena como si fuera la Gracita Morales de los servicios de emergencia.

8:27 AM. Han pasado dos minutos, y aquí no aparece ni dios.
Sigo sin perder la calma.
Total, ¿qué puede pasarme? ¿Una muerte espantosa de hambre y anoxia?
Hay aire suficiente y puro, entra cierta corrientita y no creo que el ambiente vaya a viciarse mucho si respiro tranquilo y estoy aquí menos de doce horas.
En cuanto a la comida, no tengo motivos de preocupación: Cristina me pidió que me llevara a casa un par de paquetes de guisantes congelados que no vamos a usar: teníamos la idea de descongelar el frigorífico hoy o mañana.
Y, por si fuera poco, en el amigo invisible que hicimos anoche en la cena del máster me tocó una taza, de modo que no tendría que comerme los guisantes a puñados.
Joder, si es que bien mirado hasta estoy bien en el ascensor. Está bien iluminado, respiro sin problemas, no hace calor, tengo un espejo y comida... Coño, si es que estoy por realquilarlo si salgo de esta. ¡Todo son ventajas! Y la anunciaría como Luminosa e Ideal parejas. Esto sí que es una vivienda digna.
Cambiando de tema: igual sí que empieza a faltarme aire. No sé, es una impresión que tengo, acaso sin fundamento.

8:32 AM. Noto pasos en la escalera. Me he quedado atrapado de tal manera que mis piececitos se ven desde el principal. Mi presencia no pasará inadvertida y alguien llamará al técnico, supongo.

8:33 AM. Pero qué coño. Pasan de largo. Cotocloc cotocloc cotocloc, ruido de pasos bajando por las escaleras, efecto Döppler y los pasos se pierden en la distancia.

8:34 AM. Vuelvo a pulsar el timbre de alarma. Casi oigo el "¡Señoriiitooo!", pero con cierto aire a Millán Salcedo.

8:35 AM. Curioso. No estoy sudando. Ni nervioso. Sé que alguien me sacará de aquí. Pero es una certidumbre así como abstracta, del mismo tipo que la certeza de que dos y dos son cuatro, a todos los cerdos le llega su San Martín, no hay rival pequeño y sólo por la pijada de haberme quedado atrapado en un ascensor el Universo hará justicia y me tocará la lotería. Por aquello de compensar las pequeñas desgracias, digo.

8:40 AM. Otro vecino o vecina baja por las escaleras. Vuelvo a pulsar el timbre, y toco de manera rítmica la puerta. Este o esta sí que me descubrirán. ¿Que no?

8:41 AM. La puerta del portal se cierra. El o la hijo o hija de puta ha pasado de largo.
Ánimo: si hay nueve vecinos, aún me quedan siete balas en la recámara.
Hablo de un modo figurado.

8:42 AM. Está claro que aquí hay un error de procedimiento. Pulso suavemente el timbre.

8:45 AM. Más ruidos de vecinos bajando por las escaleras.
Si tuvieran que subir, nos ha jodido que echarían en falta el ascensor. Ergo he elegido mal la hora para quedarme atrapado: a mediodía hubiera quedado mejor. O a las nueve de la noche.
Invoco a Gracita Morales y aporreo un poco la puerta del ascensor, para que se note que estoy dentro.

8:46 AM. Sea quien sea, mi vecino pasa de mí como de la mierda.

8:48 AM. Tal vez el error sea de actitud. Aporreo el timbre un buen rato.
Pero sigo sin ponerme nervioso. Eso que quede clarito.

8:49 AM. Hasta aquí hemos llegado: tengo que hacer algo. Entro en modo Heinlein: si nadie mueve el culo por ti, hazlo por ti mismo. Ya que estamos, saco el móvil e intento llamar al teléfono de la compañía, ese que siempre ves en la chapita que hay junto al justificante de la inspección y que siempre te preguntas si realmente te servirá de algo. Claro, todavía no son las nueve e igual no hay nadie. Pero llamo.
Error de conexión.
En el ascensor no tengo cobertura.
Lo he intentado.

8:50 AM. Sigo llamando. Y lo mismo: error de conexión.

8:51 AM. Ya que tengo el móvil a mano, me dedico a sacar fotos artísticas.

Qué apañao, el espejo. Sin él no hubiera podido sacar estas fotos.
Esto no es el parking de la ratonera de Pixie y Dixie, sino la entrada del principal vista desde la cabina del ascensor.
Aquí se puede observar que realmente me he quedado atrapado entre dos plantas. O sea, no estoy más en el principal que en el primero, ni viceversa: estoy justo en medio. Discretito y ponderado hasta para esto.
Y aquí, aparte de notárseme concentradísimo, se ve que voy tranquilo, tengo el pulso firme y se me están empezando a hinchar las pelotas.

8:55 AM. Aporreo un poco más el timbre y, visto lo visto, me pongo a leer La Torre de la Golondrina, de Andrzej Sapkowski. Voy más o menos por la mitad, y acabo de llegar a un diálogo bastante acojonante de Geralt con un alguacil.

8:58 AM. Hablando de alguaciles, mira tú la asociación de ideas que me ha salido, así a lo tonto: Juan Alcaide, nuestro ex profe de Photoshop, nos vendió lotería, y el sorteo está a punto de empezar. Ays, qué nervios. ¿Me convertiré en millonario? ¿Saldré de este ascensor?

9:05 AM. Abandono la lectura y, durante unos minutos, las tentativas de llamar por el teléfono móvil (sigue sin haber cobertura) y los timbrazos.

9:08 AM. El de "La cabina" era José Luis López Vázquez, ¿no?

9:10 AM. Pasos en las escaleras. Cotocloc cotocloc cotocloc. Timbrazo y golpecito a la puerta. Silencio. Cotocloc cotocloc cotocloc. Conversación entre Margarita, la portera, y una chica que no tardo en identificar como Mónica, mi nueva compañera mexicana de piso. Conviene aclarar lo de nueva, porque con "mi compañera mexicana de piso" no hubiéramos ido muy lejos: ahora mismo, soy el único no mexicano que vive en casa. Bueno, que paga alquiler en casa. O, más bien, que hace lavadoras en casa. Y que deja guisantes medio descongelados en el congelador de casa. Vaya, mis gayumbos y pantalones sucios siguen aquí. Y los guisantes que me ha dado Cristina. Como esto siga así, tendré que empezar a pensar en comérmelos. Los guisantes, me refiero.

9:11 AM. Margarita asoma por el huequecito de la ventana. Me acuclillo, para poder hablar con ella. Como es obvio lo que sucede, no entro en detalles. Me promete refuerzos. Bueno, ayuda, sin más.

9:25 AM. Resumen de la situación, así me ahorro la chorrada de ir poniéndole hora y minutos a todos los sucesos de este lance, que si no no acabo esta entrada.
Margarita ha subido al sobreático, a intentar hablar con la presidenta de esta nuestra comunidad, pero se ha ido a trabajar, de modo que ha bajado al ático, a hablar con el vicepresidente. No, no es que en esta casa confundan la pirámide social con que el presi viva arriba del todo, pero mira, ha dado la casualidad.
Total, que la vecina del primero tiene una llave de apertura manual del ascensor. Margarita llama y llama, pero ni madres.
Mónica se ha ido a clase, pero por lo menos ha notado que había alguien atrapado en el ascensor, y que ese alguien era yo.
El vicepresi, un anciano que hasta nos suele saludar y todo, ha asomado la cabecita un par de veces, para comprobar que no me vengo abajo y que sigo vivo.
-Tranquilo, ¿eh? -me dicen Margarita o el vicepresi, según quién me interpele.
-No, pero si estoy tranquilo. Lo que estoy es cabreado -"porque vuestros putos vecinos son una panda de insolidarios incapaces de llamar a la compañía de reparación de ascensores", quiero añadir, pero me corto- porque he estado llamando pero no tengo cobertura.
-Lo que tendríamos que hacer es pedir otra llave, para que al menos algún vecino más la tenga si ocurren estas cosas, ¿eh? -comenta el vicepresi.
No podría estar más de acuerdo.

9:40 AM. Nuevo resumen de la situación.
Han llamado a la compañía, y va alguien de camino.
La del primero ha abierto la puerta. Que estaba bañando a la niña y no escuchaba el teléfono ni los timbrazos (en su puerta: los del ascensor ni los tengo en cuenta). Claro.
Intentan abrir la puerta, pero no saben y no lo consiguen.
Eso nos ha planteado una duda logística. Estoy tan bien calado entre las dos plantas que, lo intente por donde lo intente, salir de la cabina va a ser un puto problema, porque cabré justito, por los pelos: apenas hay dos palmos de espacio.
Pero ná, al final no han conseguido abrir la puerta.

9:50 AM. ¡Al fin libre! El chico de reparaciones ha llegado rapidísimo, sube al cuarto de máquinas y, poquito después, la puerta de la cabina se cierra, el ascensor baja y vuelvo a la planta baja. Menos mal: ya me estaba empezando a poner nervioso con tanto llamamiento a la tranquilidad. Y porque esto estaba durando demasiado. Hora y media no está mal.
Margarita y el vicepresi bajan, y estamos hablando un rato, mientras el técnico intenta arreglar el ascensor, al parecer sin mucho éxito: cada vez que parece que lo pone en marcha, se queda atascado entre la planta baja y la entreplanta.

10:10 AM. Hablamos de todo lo divino y lo humano. De lo moroso que es mi casero. De lo capullos que éramos cuando entramos en casa y dejábamos abierta la puerta del ascensor. De cómo Margarita se quedó una atrapada en el ascensor, pero con la particularidad de que este no dejaba de subir y bajar, y ella entró en ataque de histeria. De cómo Margarita pilló a seis chicas del tercero (¿cuándo fue eso? ¿Qué me he perdido?) bajando, borrachísimas, del ascensor: meritorio, dado que en el ascensor sólo caben tres personas.
Volvemos a hablar de mi experiencia, sobre todo cuando la comparamos con la de Margarita. Estamos de acuerdo en que parte del problema de la tardanza en descubrir que estaba atrapado en el ascensor estriba, curiosamente, en que no me puse nervioso: si hubiera pegado cuatro voces desde el principio, habrían advertido antes mi presencia y me habrían rescatado un ratito antes.
-Has pecado de exceso de prudencia, tal vez -me dice el vicepresi.
Tomaré nota para la próxima vez que me quede atrapado en un ascensor. A berrido limpio, me voy a comportar.

10:20 AM. El ascensorista ha salido a aparcar bien el coche, porque esto está durando demasiado, y yo me estoy empezando a poner de mal rollo, porque Margarita y el vicepresi llevan como diez minutos dándole vueltas a cómo están pagando sus entierros o los de sus deudos, quién se ha muerto o dejado de morir, y yo lo único que quiero en esta vida es que me toque la lotería, que reine la paz en el mundo (aunque haya que forzarla de ciertas maneras), que me dé tiempo a poner la lavadora y que no se me descongelen los guisantes. Así que, visto lo visto, me despido cortésmente, reparto agradecimientos de todo corazón, subo a casa, llamo a Cristina y me pongo a ver el sorteo de la lotería.
Me da mal rollo, porque en mis tiempos tocaban premios de "cientoveinticinco miiiiil peseeeetas", y ahora son de "miiiil eeeeuros". Nos recuerdan que somos mileuristas hasta para eso, cagontó.
Obviamente, no me ha tocado nada. Ni justicia divina ni hostias.

Y ahora, después de esto, os dejo con dos videoclips alusivos a mi encierro de esta mañana, y un capítulo de Shin Chan que guarda bastantes analogías con la experiencia vivida. Menos mal que iba solo en el ascensor.







Feliz solsticio de invierno a todos y, a quienes hayáis rascado algo en el sorteo de esta mañana: ya invitaréis a algo, ¿no?

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miércoles, 20 de diciembre de 2006

22 de diciembre, orgasmo global por la paz

Mira que somos reacios a secundar las convocatorias masivas realizadas por Internet, pero en este caso creo que haremos una excepción.
He aquí unos individuos que han interpretado de manera libérrima eso de las Navidades son tiempo de paz, amor y polvorones.
La notica está tomada de ese vivero de chuminadas que es la web de 20 Minutos. De todos modos, si queréis información sobre el evento, está en la página oficial de Globalorgasm.
Así que ya sabéis: tanto si os toca la lotería como si no, el día 22 tenéis una cita mucho más importante y placentera.

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Convocan a la Humanidad a un "orgasmo global por la paz" en el próximo solsticio


  • La idea ha partido de un par de pacifistas de EEUU.
  • Se pretende acumular energía.
  • La fecha fijada es el próximo 22 de diciembre.

Una pareja de pacifistas de California (EEUU) ha convocado a la humanidad a "un orgasmo global por la paz" el 22 de diciembre, la fecha del próximo solsticio, con la esperanza de crear una masa crítica de vibraciones favorables a la armonía.

Cambio en la energía

La idea es "efectuar un cambio en el campo de energía de la Tierra mediante la inserción de la mayor carga posible de energía humana", afirman Donna Sheehan y su compañero Paul Reffel en el anuncio que han colocado en internet (Globalorgasm).

"Este es uno de esos proyectos que sólo pueden tener impacto global gracias a internet", añade el anuncio.

"Uno no podría conseguir que la gente en todas partes escuchase este tipo de ideas sin la tecnología y la cultura que se ha formado en torno a esta tecnología", agrega.

La idea es simple: el 22 de diciembre los participantes están invitados a "concentrar sus pensamientos en la paz, durante y después del orgasmo".

Energía cósmica

"La combinación de alta energía orgásmica con la intención mental puede tener un efecto mucho mayor que las meditaciones en masa y las oraciones colectivas intentadas anteriormente", añade el anuncio.

Sheehan, de 76 años, y Reffel, de 55, ya han promovido numerosas demostraciones globales y han organizado manifestaciones contra la guerra antes de que Estados Unidos invadiera Irak en el 2003.

En el 2002, Sheehan movilizó a casi 50 mujeres que se desnudaron y formaron con sus cuerpos la palabra Peace (Paz) en un predio del Condado Marin, en California.

Sentimiento de paz

"El orgasmo proporciona un increíble sentimiento de paz durante el orgasmo mismo y después", afirmó Sheehan en declaraciones al diario San Francisco Chronicle.

"Tu mente queda como en blanco", agregó. "Es similar a un estado de meditación. Y se ha demostrado que las meditaciones colectivas logran cambios".

La meta es que tal inyección de "energía positiva y altamente concentrada" reduzca "los actuales niveles peligrosos de agresión y violencia en todo el mundo".




martes, 19 de diciembre de 2006

Navidades rojiblancas

Serán unos paquetes en el terreno de juego (aunque Aguirre parece que está poniendo un poco de orden, y este año a lo mejor hasta rascamos Copa de la UEFA y todo), pero el Atleti se caracteriza por tres cualidades que lo hacen especial: es mi equipo, supone un verdadero desafío a la paciencia y tienen los mejores creativos de la Liga de Fútbol Profesional en todas sus categorías (seguidos a escasa distancia por los otros grandes pupas del fútbol patrio: el Espanyol).
La campaña navideña del Atlético de Madrid es la bomba, aparte de descubrirnos los encantos de la figura del socio no abonado.



Para los que no tengan instalados los altavoces, acá va la letra de villancico rockero:

-Dime niño de quién eres
vestidito de rojiblanco.
-Soy seguidor del Atleti,
soy un socio no abonado.
Soy seguidor del Atleti,
soy un socio no abonado.

Resuenen con alegría
los cánticos de mi Atleti
y que para esta Navidad
sólo nieve confeti.

No alcanza el nivel de la campaña del centenario, entrañable donde las hubiera (y pese a un anacronismo de base que invalidaría todo el anuncio si nos pusiéramos pejigueras), aunque esta es mucho más marchosa, qué duda cabe.



Ah, y entrañable era el anuncio del socio número uno, con su canción de Tom Waits de fondo:



Ya que estamos, acá va una propina: otros dos grandes anuncios, pero del Espanyol:





Así que ya sabéis, niños y niñas: estas Navidades, regalad carnets de socio no abonado a vuestros amiguitos y amiguitas. Es por una buena causa. Y, qué coño, los publicistas del Atleti se lo merecen.

lunes, 18 de diciembre de 2006

Nace la revista Hélice


La portada del número 1 de Hélice se ve muy pequeñita, pero esta revista está destinada a convertirse en algo grande.
La Navidad comienza con un regalo muy valioso para el -cada vez menor, me temo- sector del fandom preocupado por la crítica y el ensayo sobre el género fantástico. Hélice, impulsada por la Asociación Cultural Xatafi, se define en el subtítulo como una revista de Reflexiones críticas sobre ficción especulativa. En el editorial se desarrolla la intención con que nace Hélice:

Nuestra intención es abrir un hueco en castellano para la crítica seria y rigurosa en la literatura fantástica y la ficción especulativa; un tratamiento que ponga de manifiesto la calidad de la narrativa del género pero que no tema en señalar sus defectos, a fin de poder contribuir a su mejora, lejos de la autocomplacencia. Queremos plantear una forma de crítica literaria digna con los textos, con los lectores y con los propios críticos, dela cual podamos sentirnos orgullosos.
Para ello, se lanzan a la tarea de editar una revista bimestral en formato PDF, que tendrá tres secciones fijas: Reflexiones ("artículos y ensayos sobre literatura, con argumentaciones trabajadas y exentos de opinión ligera e improvisada, que buscan aportar en el terreno del género, sugerir y hacer recapacitar a lectores, autores y editores sobre el rumbo de esta narrativa"), Críticas (dedicada a "desmenuzar novelas y antologías observándolas desde su perspectiva literaria, desde la realidad de artefactos literarios, analizando su construcción, sus propuestas estéticas e ideológicas y, como género, su implicación en la tradición narrativa en la cual se encuentran insertadas") y Críticas enfrentadas ("donde dos críticos nos proporcionan dos visiones, dos interpretaciones de una misma obra, no necesariamente opuestas pero sí complementarias, que constatan la pluralidad y la riqueza de los buenos libros que posee el género").
Este número inaugural se abre con una reflexión de Fernando Ángel Moreno, "Sobre la crítica", muy valiosa y desde ya mismo clara precandidata al Ignotus. Añade nuevos elementos de debate a la ya vieja querella en torno a la validez de la crítica, especializada o no, y lo hace desde una perspectiva intermedia entre los supuestos bandos en conflicto: Fernando es doctor en Literatura y buen lector de ciencia ficción. Todos deberíamos interiorizar perlas como "La Teoría Literaria me liberó de prejuicios frente a la obra; me hizo ver estructuras, recursos, personajes y símbolos que mi educación (...) no me había dejado ver" o "hay demasiada aprensión a que a alguien se le diga que su gusto está equivocado. Esto se debe seguramente a demasiados críticos y profesores que han dogmatizado gritando que el gusto de alguien estaba equivocado. A todos esos críticos y profesores hay que decirles que pueden estar equivocadas las interpretaciones o los análisis; jamás los gustos. Pues el gusto es una cosa, una apreciación subjetiva, y otra es la calidad literaria, que se rige por unos patrones retóricos, narrativos y estéticos; y ambos -gusto y calidad no necesariamente tienen que estar ligadas".
La segunda reflexión del número tampoco tiene desperdicio: es una conversación entre Luis Alberto de Cuenca y Eduardo Martínez Rico sobre la serie La guerra de las galaxias. Sorprende el detalle con que se detienen en sus connotaciones artúricas, cosa que, por otro lado, ya sabrá cualquiera que leyese el ensayo "La guerra de las galaxias: El punto de vista del Imperio", de Javier Cuevas. También sorprende la admiración de ambos personajes de la vida cultural española por una serie de friquis y para friquis... algo que no resulta del todo extraño si a continuación se lee la reseña, firmada por vuestro servidor, de uno de los poemarios más sorprendentes de los últimos tiempos: Que la Fuerza te acompañe, seleccionado por Pedro J. Miguel y Ana Santos (El Gaviero Ediciones, col. Salamandria núm. 1).
La sección de críticas es brillante, con el descubrimiento de gente como Eduardo Larequi (que disecciona a la perfección el último premio Minotauro: Señores del Olimpo, de Javier Negrete) o de obras que se me habían pasado por alto, como Negro, de Olivier Pauvert (Ed. Mondadori). También son interesantes las reseñas de Eduardo Vaquerizo (La mujer del viajero en el tiempo, de Audrey Niffenegger) y Fidel Insúa (La casa de la Colina Negra, de José Antonio Cotrina). Las críticas enfrentadas, a cargo de Alberto García-Teresa e Ignacio Illarregui, versan sobre la muy recomendable Jonathan Strange y el señor Norrell, de Susanna Clarke.
En resumen: Hélice es justo el tipo de revista con que me apetece colaborar, y mucho más si al frente de la misma se encuentra la gente de Xatafi. Para mí ha sido todo un placer ponerme a las órdenes de Alberto García-Teresa y Fernando Ángel Moreno, y espero que sea por mucho tiempo.

jueves, 14 de diciembre de 2006

Entra en mi mundo

Lo primero que supe de Immanuel Kant fue una referencia encontrada en un libro de mis hermanos. El libro era maravilloso: Dime quién es, de Simone Monlau (Ed. Argos), un compendio de quinientas biografías explicadas a chavales, que supongo que tuvo mucho que ver con mi decisión de estudiar Historia. Los libros de la colección (Dime quién es, Dime qué es, Dime cómo funciona, Dime cuéntame) me fascinaban casi tanto como los atlas y las enciclopedias (y ahí nació mi decisión de estudiar Geografía), y no era raro que me perdiera en su interior durante tardes y tardes, un Juanma de diez años cruzando el espejo del conocimiento, en lugar de bajar al portal con los vecinos de mi edad, para hacer el burro con una pelota de fútbol que invariablemente solían incautar Gerardo o Bautista, los conserjes de nuestra casa, o Joaquín, el de la casa de mi tía, que estaba justo enfrente. A Joaquín le tenía mucho miedo, porque cuando era pequeñito, mientras aprendía a montar en bicicleta, lo arrollé y le acerté a hincar las ruedas en el dedo de un pie que seguramente tendría un juanete o algún tipo de achaque. Se cabreó mucho y, de resultas de aquello, me pasé prácticamente toda la infancia sin asomar por casa de mi tía a las horas en que estaba abierta la portería: de verdad que le tenía pánico a Joaquín. Una de mis pesadillas recurrentes lo tenía como protagonista: me quedaba inmóvil, a medio camino entre mi casa y la de mi tía, y él salía en mi persecución, y yo seguía sin poder moverme, y él me iba a alcanzar, y entonces me despertaba. Era recurrente, y apenas había variaciones.
Volviendo a Kant. En Dime quién es intentaban, con muy buen criterio, hacer que las biografías de los famosos resultaran asequibles a los niños. No te iban a contar la Crítica de la razón pura ni hacernos discernir lo bello de lo sublime; de ahí que contaran anécdotas resultonas de los biografiados. En el caso de Kant, contaban algo que se me quedó marcado. Por lo visto, Kant era un auténtico maníaco, un remedo con calzas del Jack Nicholson de Mejor, imposible. El señor Kant seguía pautas: pasaba todos los días por los mismos lugares, a las mismas horas, de modo que los vecinos de Königsberg ponían los relojes en hora cuando lo veían salir a la calle.
Es inevitable repetir actos de manera mecánica; pero de ahí a instalarse en la rutina media un abismo. Puedes tener el mismo sueño (o pesadilla), pero nunca se va a repetir con los mismos detalles y el mismo "minutaje": siempre habrá alguna diferencia, aunque sea el momento en que te despiertas. También puedes salir a la calle a las mismas horas y repetir las mismas pautas de siempre, encontrarte con la misma gente y hacer lo mismo; pero siempre hay alguna diferencia: unas veces llueve, otras hace un frío de cojones, a veces te asas, en ocasiones te detienes a hablar con un amigo, o te paras frente al quiosco para leer un periódico cuya portada cambia a diario, porque de lo contrario serías Bill Murray en Atrapado en el tiempo o, peor aún, Immanuel Kant, y todo el vecindario aprovecharía tu paso para ajustar sus teléfonos móviles, y eso te daría que pensar, sobre todo si eres sugestionable y acabas de leer un libro de Philip K. Dick.
Como mi vida ha cambiado bastante en los últimos años, lo cierto es que no sufro el síndrome de Kant, ni siquiera el de Bill Murray. Por supuesto que sigo pautas y rutas, pero no las mantengo el tiempo suficiente como para aburrirme de ellas y convertirlas en rutinas.
Cuando trabajaba en Gigamesh, podía ir a trabajar en la línea uno del metro, pero sólo durante los meses en que viví en el Clot. Para regresar, podía regresar en metro, pero también caminando, y aun así variaba la ruta, aunque prefería alargar la ruta, con tal de ahorrarme pasar por la plaza de las Glorias Catalanas, y daba un rodeo por la Sagrada Familia; pero también podía quedar en algún lugar, y regresar en la línea cinco, o en taxi.
Al mudarnos a la avenida de Madrid, tomé la costumbre de coger el cincuenta y cuatro de las siete y diez. Aprendí a distinguir a algunos viajeros que tomaban el mismo autobús; pero a veces se me escapaba, o prefería ir en metro. Nunca me amoldé a aquella rutina.
Llegar a Arizala y retrasar la hora de salida al trabajo fueron todo uno. En el cincuenta y cuatro, o bien en el metro; a veces, en metro y cercanías.
No repetía pautas. O, si lo hacía, era de una manera muy amplia.
Los movimientos básicos cuando te levantas.
La manera de ducharte.
El chorrito que echas con la primera meada del día.
El vaso de leche con galletas.
El tiempo que van a tardar el metro o el autobús.
Desde que estoy con Cristina, mis pautas también han variado. Son ocho meses, pero han cundido como varios años.
Mientras trabajaba, salía antes que ella y, en vez de buscar el cincuenta y cuatro, me quedaba en la carretera de Sants y cogía el cincuenta y seis.
Un mes más tarde, varié la pauta: empecé a ir caminando hasta la plaza de Sants y, una vez allí, cogía el metro, la línea uno.
El verano y el paso a las estadísticas del INEM conllevaron un cambio de pauta. A veces, Cristina se iba a trabajar y me dejaba durmiendo en casa; pero lo más habitual era que nos levantáramos juntos, y juntos saliéramos de su casa. Yo la acompañaba hasta la plaza de Sants, donde ella cogía el treinta y, después de aquello, yo iba a mi casa, donde pasaba la mañana.
Pero en el quince llega más rápido, de modo que cambiamos de ruta.
Y cuando empecé el curso, volví a salir de casa antes que ella, y me plantaba en la parada del ciento cincuenta y siete, del que en ocasiones sospecho que sólo existen las marquesinas, porque he llegado a esperar más de media hora; de hecho, un día me crucé con Cristina, que salía a trabajar en el momento en que llegaba el autobús.
Hoy he variado la ruta, porque se me acababa de ir el ciento cincuenta y siete, y he optado por una solución más rápida, que tal vez siga a partir de ahora: metro hasta Pubilla Cases (dos paradas) y tranvía desde Can Rigal.
Echaré de menos algunas repeticiones, pero se crearán otras.
Apenas guardo recuerdo de las personas que van en el autobús: no me tengo por mal fisonomista, pero reconozco que sólo distingo a unos deficientes psíquicos que agarran el mismo autobús que yo. Lo demás me resulta indiscernible: caras somnolientas, conversaciones apagadas, llamadas de teléfono móvil para dar cuenta de que (¡otra vez!) llegan tarde por culpa del autobús.
Lo mismo me ocurre con la espera en la parada del autobús, esos cinco minutos, o treinta, en los que apenas he sabido distinguir otra cosa que los cambios de clima, la llegada progresiva del invierno y algunas personas.
Una pareja de gemelas, a las que siempre veo (¿veía?) de espaldas, yendo hacia Badal.
Tres monjitas suramericanas, que salían de la calle de enfrente y cruzaban la carretera a toda prisa por el paso de peatones.
Un camión. Siempre el mismo.
Dos o tres autobuses de la línea cincuenta y seis.
La furgoneta que se detiene frente a la panadería.
El ciento cincuenta y siete que pasaba en sentido contrario, mientras pensabas que cabía la posibilidad de que fuera el mismo que tenías que coger, cuando regresara desde la Villa Olímpica, porque de otro modo no se explicaría la tardanza.
Pero todos los demás detalles me pasan (¿pasaban?) inadvertidos. Seguro que hay mucha más gente con la que siempre me cruzo, pero no soy capaz de distinguirlos. Apenas hay nadie en esa parada del autobús, sólo he distinguido a una señora mayor, a la que debí de ver la friolera de tres o cuatro veces en estos dos meses.
Así pues, sólo tengo esos puntos de referencia, esos anclajes, para reconstruir dos meses de espera en una parada de autobús de mi barrio.
Y la certeza de que, pese a que puedo distinguir esas pautas, estas no son rutinas, no se repiten de tal manera que pueda saber qué va a ocurrir exactamente en qué momento, ni con quién me voy a cruzar a las ocho horas veintisiete minutos y doce segundos.
Cosa que le ocurre a mucha gente.
Que tal vez me ocurriera hace tres años, cuando agarraba el cincuenta y cuatro de las siete y diez de la mañana.
Que puede que me ocurra dentro de unos meses o años, aunque haré todo lo posible por evitarlo.
No obstante, hay momentos en que me siento como si estuviera en el videoclip "Come Into My World", de Kylie Minogue, obra del gran Michel Gondry.

Una vez se lo enseñé a Yolanda, y me hizo notar un detalle que se me había escapado. Lo había visto decenas de veces, pero no había advertido lo que ella me enseñaba. Estaba demasiado preocupado de aprehender los movimientos de Kylie Minogue, las cuatro veces que da la vuelta completa al escenario urbano en que se desarrolla la acción. Con ello, me estaba apartando de los detalles secundarios. La pelea. Los colchones que vuelan a la calle. La pegada de carteles. Me estaba fijando exclusivamente en aquello que Gondry quería que viera, y le perdía la pista a lo secundario. Supongo que algo así me sucede cuando salgo a la carretera de Sants, ya con la música de Kylie Minogue prendida en la cabeza, y me pongo a esperar el autobús. No veo a la maruja que lleva al nieto al cole, ni al ejecutivo que llega siempre tarde y se anuda la corbata mientras se aproxima a la boca del metro de Badal, ni al perrito caniche al que tal vez haya estado a punto de arrollar un par de veces por semana. En lugar de eso, las sucesiones de gemelas y monjas se agolpan y acumulan a mi alrededor, y me veo, como en el vídeo, hollando el mismo camino que transité ayer, pero también me veo proyectado a mañana, y no voy exactamente por el mismo camino, porque un coche entraba por la calle de Cristina y me tuve que apartar para dejarlo pasar, o he de llevar una bolsa de basura al contenedor, o estoy mirando el teléfono móvil, o acelero el paso porque me pareció oir un autobús que finalmente viene en el otro sentido.
Lo mismo me sucede con los transeúntes y vehículos. A veces me olvido de mirar, y no sé si las gemelas han pasado por la calle; en otras ocasiones, las veo mientras vienen hacia mi, y por un momento les veo la cara, y me llevo un chasco porque no son como Ariel, la niña mayor de Patricia Arquette en Medium; las más de las veces no alcanzo a distinguir si siempre van en la misma posición o se alternan, si la mochila blanca con lunares de vaquita es la de la derecha o si lo es la roja.
Pero todas estas imágenes se superponen, y juego a trazar el rastro de la gente que realiza sus tareas de manera mecánica, rutinaria, igual que podemos ver las rutas que siguen los vehículos de noche, cuando la fotografía es de exposición prolongada: meros haces de luces, amarillas o rojas.
Y algunos haces de luces se superponen, se solapan, están muy juntos, pasan por las mismas baldosas, a las mismas horas con los mismos minutos y los mismos segundos. Y también hay luces ocasionales: un recado, un turista, el intento de cruzar esta vez por esa acera en lugar de por la opuesta: apenas dejan huella.
O, como es mi caso, la luz forma una retícula que lo invade todo, porque, pese a que camino por los mismos lugares, nunca lo hago de la misma manera, ni exactamente a la misma hora.
Qué le voy a hacer: no sigo rutinas, sólo pautas.
Qué poco tengo de Bill Murray en Atrapado en el tiempo. O de Immanuel Kant en Königsberg.
Por otro lado, es una suerte: siempre me quedará margen para la sorpresa, ese no saber exactamente qué me depara el mañana. De verdad que me parece una suerte.

lunes, 11 de diciembre de 2006

El último salvapatrias: que no descanse, ni en paz

Le robo a Paki el poema de Mario Benedetti que leeréis a continuación. ¡Muchas gracias, guapa!

Para matar al hombre de la paz
para golpear su frente limpia de pesadillas
tuvieron que convertirse en pesadilla.
Para vencer al hombre de la paz
tuvieron que congregar todos los odios
y ademas los aviones y los tanques.
Para batir al hombre de la paz
tuvieron que bombardearlo hacerlo llama
porque el hombre de la paz era una fortaleza.

Para matar al hombre de la paz
tuvieron que desatar la guerra turbia.
Para vencer al hombre de la paz
y acallar su voz modesta y taladrante
tuvieron que empujar el terror hasta el abismo
y matar más para seguir matando.
Para batir al hombre de la paz
tuvieron que asesinarlo muchas veces
porque el hombre de la paz era una fortaleza.

Para matar al hombre de la paz
tuvieron que imaginar que era una tropa,
una armada, una hueste, una brigada.
Tuvieron que creer que era otro ejército.
Pero el hombre de la paz era tan sólo un pueblo
y tenía en sus manos un fusil y un mandato
y eran necesarios más tanques más rencores,
más bombas, más aviones, más oprobios
porque el hombre del paz era una fortaleza.

Para matar al hombre de la paz,
para golpear su frente limpia de pesadillas
tuvieron que convertirse en pesadilla.
Para vencer al hombre de la paz
tuvieron que afiliarse para siempre a la muerte,
matar y matar más para seguir matando
y condenarse a la blindada soledad.
Para matar al hombre que era un pueblo
tuvieron que quedarse sin el pueblo.


No brindé con ron cubano, como ella, ni con cava, como muchos habrán hecho; pero el brindis va por dentro.
Murió en la cama, pero con la sensación de que no quedó del todo impune.
Sin honores de jefe de Estado, como le hubiera gustado y seguramente había calculado.
Murió condenado, si no a la cárcel (aunque todavía hay esperanzas: quedan abiertas las más de trescientas causas en que estaba implicado), al menos a ser incinerado y escondido en una urna cineraria que sus deudos alojarán en una estantería.
Junto a las fotografías en que se deleitaba en la ostentación del poder. (Algunas de ellas, junto con el presidente que lo nombró jefe del Ejército, y a quien luego traicionó.)
Junto a los libros contables que testimonian la evasión a Miami de las divisas que le robó a su pueblo.
Será incinerado debido a la sospecha (fundada) de que su tumba hubiera sido profanada.
Aun así, se puede considerar afortunado: de la mayoría de sus víctimas no quedan ni las cenizas.
Muere sin sentencias judiciales firmes en su contra, de esas que para algunos determinan la culpabilidad o inocencia, pero con su nombre manchado.
Magro consuelo para los que no lo verán; pobre consuelo para los que se han dejado la vida intentando que respondiera ante la Justicia que él no concedió, y de la que tanto y hasta extremos vergonzosos se benefició.
Ha muerto con la sensación de haber eludido el cerco, de haberse ido de rositas. Pero por los pelos.
Ojalá sea el último de su especie que muere impune, o casi.




lunes, 4 de diciembre de 2006

Celebraciones prenavideñas

Pornografía Emocional también abandera causas justas.
Mi amigo Manu ha empezado el lunes con ganas, y se adelanta a Natxo en sus escarceos con la guerrilla catódica. En menos de media hora, ambos me envían el siguiente llamamiento y, dado su fuerte componente humano, me veo obligado a incluirlo aquí. Pero el primero ha sido Manu.


Para los no madrileños, baste decir que esta campaña tiene su origen en unas amargas declaraciones de Esperanza Aguirre (la presidenta de aquella mi comunidad natal), en las que se lamentaba por sus magros ingresos. La leí en el siempre necesario blog de Nacho Escolar, pero la noticia original era esta. ¿A quién no le conmueven las penas de la condesa consorte de Murillo? Acosada mediáticamente por directores de informativos librepensadores (nombrados por ella misma, fijaos lo que es la ingratitud humana) a quienes no hay más remedio que cesar. Ninguneada por sus compañeros de partido, que no la ajuntan en momentos tan significativos como la presentación de su biografía. Acusada de pufos urbanísticos varios en la Comunidad de Madrid. Espectadora pasiva de la expropiación que han sufrido los terrenitos de su marido para que pasaran por ellos las vías de no sé qué tren de alta velocidad. Y todo ello, a cambio de un sueldo de risa: apenas 9.000 euros brutos mensuales, nada más. Como para no quejarse... Si es que se ceban con ella, copón ya, pobre chica.

Pero no todo son malas noticias. Hoy amanecimos un poco más esperanzados que de costumbre y con ánimos para afrontar la semana: Augusto Pinochet está malito. Claro que, a medida que ha ido avanzando la jornada, todo ha adquirido el sentido habitual en las enfermedades del ex dictador, probado asesino y probable defraudador de impuestos: hoy tenían que decidir si le concedían la libertad condicional o no, y claro, cada vez que lo procesan se enferma y terminan poniéndolo en libertad. Cosa que, como era de prever, ha terminado ocurriendo. ¿Quién dijo que los milagros no existen? El espíritu de la Navidad, sin duda.
Como hoy se cumplen 114 años del nacimiento de un señor gallego que hizo carrera militar y le sirvió de modelo y guía a Pinochet, la muerte del chileno hubiera adquirido el carácter de ironía histórica, o golpe humorístico del destino. Nada. Otra vez será.
La putada es que, al enterarme de la noticia, he ido a la licorería más próxima y me he pulido todo el dinero que tenía en la cartilla (para estar a la par con Espe Aguirre y poder quejarme, como ella, de insolvencia crónica). Pero no hay que preocuparse: confío en tener que utilizar durante los próximos días el arsenal adquirido para celebrar el augusto deceso de uno de los últimos asesinos vivos.
La primera propuesta era más humilde, aunque viene muy bien embotellada, con un estuche ideal para parejas. Además, este Parxet 86 Aniversario es de aquí al lado. Un producto de la tierra.
La segunda es más ostentosa; pero, como es por una buena causa, Cristina y yo estaríamos dispuestos a pimplarnos este Moët Chandon de una sentada. Si lo que queréis es producto nacional, lo más recomendable es descorchar un Jaume de Codorniú como el de la imagen inferior. También resulta muy agradecido para celebrar aniversarios de pareja o matrimonio y ligas de campeones.
Aunque, como una vez es una vez y yo era muy pequeñito para celebrar el veinte ene del setenta y cinco, lo indicado es tirar la casa por la ventana y acudir a los valores contrastados. Muy recomendable para llevárselo a vuestros amigos chilenos.
Si al final la cosa remonta y el hombre sale de peligro, siempre cabe la posibilidad de guardarlas para las Navidades, que están al caer. O de enviárselas a la pobre Espe, que seguro que las agradece: tal vez no pueda costearse estos lujos, con su sueldecito de mierda. Pensad en ello.

Pero no todo está perdido: siempre hay lugar para las celebraciones. Sin ir más lejos, los aficionados a la novela negra estamos de enhorabuena: como se puede leer en su blog, hoy cumple cuatro años la librería Negra y Criminal. ¡Enhorabuena, Paco y Montse! Esto va requiriendo un buen vinito y unos buenos mejillones al vapor, como los que le regalan a los clientes todos los sábados a la una del mediodía.

viernes, 1 de diciembre de 2006

Escenas de un casting (Cuarta parte)

Abril del 2006

Lupita (nombre figurado) es mexicana y acaba de instalarse en la habitación. Todavía está trayendo sus objetos personales. Es un sábado por la mañana y tengo el día marujo, haciendo lavadoras y tendiendo. Eli y yo estamos sentados en la mesa, tal vez desayunando.
Comentamos qué tal va con Lupita. Estamos contentos, aunque supongo que todos echamos de menos a Lluis.
De repente, Eli se calla, y yo también. Oimos unos ruidos muy extraños provenientes del cuarto de baño. Al principio parecen como de vómitos; más tarde, llantos. Me acerco a ver de qué se trata.
La puerta está entreabierta.
Lupita está llorando a moco tendido.
-¿Estás bien, Lupita?
Es todo ojos, y más ahora, que está más delgada si cabe que cuando vivió en casa, dos semanas, hace un par de años. Esos ojos, llorosos, corridos de rímel, me devuelven una mirada de infinita tristeza, desmentida por una sonrisa.
-Es que todo está cambiando tanto… Discúlpenme.
Todo está cambiando, sí. Se ha ido de su casa porque Panchito, su pareja, ex pareja o lo que sea, está con otra, y ella ha aguantado todo aquello. Primero vino a España para estar con él, y luego se tuvo que comer una relación a tres bandas. Y ahora está cambiando de vida.
-Si necesitas algo, cualquier cosa, por favor dínoslo, ¿vale?
Me mira con gratitud. Toda ojos.
Se lo cuento a Eli. Se conmueve.
-Está pasando unos momentos muy difíciles –aclaro, y le cuento la película por encima.
Es difícil adaptarse. Y una de las máximas que hemos llevado a rajatabla durante estos años es que en un piso compartido hay que ayudarse, porque todos venimos de fuera y en ocasiones no tenemos a nadie más.
Lupita tarda bastante en salir del cuarto de baño, aún moqueando, y se pone a trajinar en su habitación.

Abril del 2006

Estoy saliendo con Cristina, y la verdad es que no paro mucho por casa. Para hacer lavadoras, tender, planchar, conectarme un ratito a Internet, ducharme y llevarme la ropa del día siguiente. Poco más.
Andrés y Eli ironizan acerca de mi doble vida.
Emmanuel pega un respingo cada vez que entra en casa y me ve:
-¡Qué milagro, señor Santiago!
Y, como es lógico y preceptivo, me invita a una botellita de vino.
Es una sensación extraña, que se acentuará con el tiempo. ¿Puedes ser un huésped en el piso que estás pagando y en cuyo contrato de arrendamiento figuras?
Pero aquello está empezando. Debo de tener una cara de auténtico tortolito, porque Andrés, Eli y Emmanuel se ríen mucho cuando me ven, flotando, algo así como medio metro por encima del suelo.
No veo mucho a Lupita.
A veces tiene abierta la puerta de su habitación.
Ha cambiado muchas cosas.
La disposición del mobiliario, por ejemplo. Aleix tenía la cama pegada a la pared de la ventana; el armario pared con pared con mi habitación y la mesa de estudio mirando a la pared que comunicaba con la habitación de Emmanuel. Lluis intercambió las posiciones de mesa de estudio y cama, y trasladó el armario a la pared opuesta.
Lupita deja el armario donde estaba, pero pone la cabecera de la cama donde Lluis tenía la suya, de modo que los pies están casi pegando a la ventana. Además, la cama que se trae es bajita, estilo japonés. La decoración de la habitación es minimalista, con colores cálidos.
La de Aleix era la habitación de un estudiante de diseño.
La de Lluis, la de un estudiante que va los fines de semana al pueblo, y sólo necesita un sitio donde dormir y estudiar.
Lupita tiene la habitación de una chica coqueta.
Buena señal.

Mayo del 2006

Tras un par de semanas iniciales llenas de titubeos por ambas partes (se nos notaba que llevábamos tiempo desemparejados), la relación con Cristina marcha sobre ruedas. Tal vez ello me impida ver una evidencia: la casa está más guarra de un tiempo a esta parte.
Por otra parte, tampoco tengo mucho derecho a quejarme, dado que no estoy por casa y, por tanto, no ayudo.
Si bien es cierto que no percibo la obligación de limpiar, dado que sólo estoy en casa un par de horas al día.
No obstante lo cual, hay sábados, cuando Cristina se va a Girona y yo me quedo de rodríguez en mi casa, en que paso la escoba y el trapo por el salón, o friego el suelo de la terraza.
Como siempre, me limito a fregar los cacharros que ensucio.
Y, dado que nadie habla del tema ni hemos dicho de reanudar los turnos de limpieza, yo tampoco digo nada.
A veces me siento a disgusto en casa. No hago mucho por limpiar, pero tampoco veo que sea mi obligación.

Mayo del 2006

Llevo unos cuantos días que, cuando voy por casa, me encuentro a Lupita con Panchito. En teoría, han cortado. En teoría, él la dejó por una francesa y, en teoría, Lupita se fue de su casa para no vivir inmersa en una especie de trío. Como la relación entre Lupita y Panchito es un tanto pendular, no me extraño demasiado: ya son mayorcitos.
Pero el caso es que llevo una temporada que cada vez que me acerco por casa me encuentro con Panchito, o con objetos suyos.
Llego a casa, y le está tocando la guitarra a Lupita. Qué gonito es el amor.
Llego a casa, y los dos salen de la habitación de Lupita.
Llego a casa, y Panchito ya ha dejado la guitarra de manera permanente en el salón.

Junio del 2006

La situación ha ido a peor. Algunos fines de semana estoy empezando a subirme a Girona con Cristina, de modo que ni siquiera estoy en casa los sábados que antes le dedicaba a la limpieza. Por eso, cuando me quedo en Barcelona la casa se me cae encima.
No hay agua mineral. Nadie la compra.
Soy el único pringado que pone siempre los cinco euros de fondo semanal, aunque rara vez baje al Consum a comprar nada.
El fregadero está que da asco. Ambas pilas están hasta arriba de cacharros sucios. Y la encimera.
Me limito a fregar los platos y cubiertos que voy a utilizar.
Me hago un café y descubro que no hay cucharitas pequeñas, así que tengo que utilizar una cuchara sopera.
Acabo de fregar y pasar el polvo por el salón. Lo dejo razonablemente limpia (tampoco voy a mentir: no está como los chorros del oro) en la friolera de… ¿media hora? ¿Tres cuartos?
Una eternidad, vamos. Si yo puedo, y nunca estoy en casa, no veo por qué no van a poder hacerlo los que sí viven en la casa.
Me estoy cruzando.
Y soy muy borde cuando me cruzo.
Y, lo que es peor, no razono.
Así están las cosas cuando Andrés sale de su habitación y me lo encuentro en la cocina.
-Hola.
-¿Qué tal?
-Bien. Pues nada, buscando unas tijeras, pero no las encuentro.
-Tengo unas localizadas en la habitación. Luego las busco.
Andrés y Eli están a punto de mudarse. Lo ven claro desde marzo, pero los albañiles no terminan de dejarles a punto el piso que se compraron el verano pasado. Lo que iba a ser una estancia de transición, apenas unos meses hasta que pudieran instalarse, va a terminar convirtiéndose en un año de convivencia. Ya nos han avisado de que se van en julio. Me da mucha pena. porque siempre me he llevado genial con Andrés y Eli, me parecen con diferencia los mejores compañeros de piso que hemos tenido y, si pudiera, los adoptaría. Los quiero como si fueran los hermanitos pequeños que no he tenido, o mis sobrinitos mayores.
Pero estoy cruzado. Y, cuando me cruzo, paso de cero a cien en tres segundos. Si el asunto se limitara a las tijeras, lo habría dejado correr, pero no puedo dejar de darle vueltas a la falta de cucharas de postre. Así que le doy un golpe de timón a la charla y entro directamente a saco. En modo sardaukar y sin concesiones.
-Por cierto, ¿cómo es que no hay cucharas de postre? ¿Aquí qué pasa? ¿Qué se pierden y nadie hace nada por comprar otras?
A Andrés no le hace ni puta gracia mi cambio de actitud y, por primera vez en un año, lo veo cabreado.
-Y a mí qué me cuentas. Eso díselo a quien enguarra la casa.
Y se va de la cocina. Habría dado un portazo si la puerta tuviera picaporte.
Me quedo fregando cacharros. Oigo a Andrés y Eli irse de casa. Ni entran a despedirse. O sea, están cabreados.
Como digo, es la primera bronca que tengo con ellos después de un año de convivencia.
Lógicamente, me cruzo aún más.
Cuando se levanta Emmanuel, no espero mucho antes de entrar en materia.
-También discutí con Andrés el otro día –me dice.
Fue muy similar. Hablaron de la limpieza de la casa, una cosa llevó a la otra y terminaron discutiendo. Dos broncas seguidas con Andrés, a cuenta de la limpieza. Yo no lo sabía; de haberlo sabido, habría hecho menos sangre. Es evidente que Andrés no es el responsable de la desidia de la casa, pero tanto Emmanuel como yo lo hemos machacado con el asunto, por separado, en menos de una semana.
Emmanuel me cuenta algunos detalles de la vida de Lupita que yo desconocía. Sus padres, de clase media alta, la educaron en valores progresistas y no sexistas: es decir, que la hija no tuviera que realizar tareas tradicionalmente asignadas a la mujer.
-O sea, que en nombre de los más puros valores progres han creado una cerda que pa qué… Así nos va a las izquierdas.
Qué panorama más bonito.
-Entonces, ¿le digo a Lupita que limpie?
-Pues sí, si no te importa.
Andrés y Eli entran, pasan por nuestro lado y se meten en su habitación. Ni nos dirigen la palabra.

Junio del 2006

Suena el teléfono en el trabajo. Cenélia me lo pasa. Es Emmanuel.
Cuando Emmanuel me llama por las mañanas, suele ser por algo importante. Siempre. Que nuestros caseros nos pidan que ingresemos el alquiler antes de tiempo, o que…
-Juanma, tengo que decirte una cosa: Lupita se va.
-¿Jarl?
Emmanuel pilló por banda a Lupita nada más verla, el día siguiente de nuestra conversación. Le dijo que hiciera el favor de implicarse en la casa y entrar en turnos de limpieza.
Apenas unas horas después, Lupita le dijo a Emmanuel que se iba de casa. Sin darle mayores explicaciones. El primero de julio. O sea, avisando con dos semanas.
Emmanuel no le preguntó por qué se iba.
Lo siguiente va implícito con la llamada: hay que poner anuncio en Loquo y Pisocompartido.
Lo mejor viene cuando coincido una tarde con Lupita, que como siempre parece ajena a toda la situación. Me pregunta si hemos encontrado a alguien, porque Panchito y su hermano quieren irse de la casa (ahora que ella regresa, le falta añadir).
Me voy por los cerros de Úbeda.
Pero básicamente no me creo lo que acabo de oir.
Qué coñazo. Otra vez con la misma historia de siempre.
Resumen de la situación. El primero de julio se van Andrés, Eli y Lupita. Wendy viene a mediados de mes, así que Emmanuel va a mudarse con ella a la habitación grande, también llamada “la Habitación del Pánico”. Así pues, hay que poner en alquiler dos habitaciones: la de Emmanuel y la de Wendy. Me voy de vacaciones las dos primeras semanas de julio, y ha faltado el canto de un duro para que Emmanuel se vaya a México a finales de junio. ¿Resumen de la situación? Incierto, como siempre.

Julio del 2006

Le alquilamos la habitación de Lupita a una chica eslovaca, Katarína. La quiere para el domingo, que es día 2. Estamos a sábado primero de julio y Lupita aún no se ha ido, pese a que sabía que tenía que irse. Le estamos haciendo pagar a Katarína el mes entero por una habitación que no va a disfrutar el mes entero.
El sábado se supone que es para que Lupita se lleve sus cosas y limpie su parte de la nevera.
No lo hace.
No parece que haya amanecido en casa, por lo menos. Debe de estar con Panchito, ahora que son tan amigos y se cantan canciones al arrullo de los rasguidos de la guitarra.
Cuando me acerco a casa, veo que todo está hecho un asco. Andrés y Eli aún no se han mudado, porque no hemos conseguido alquilar la otra habitación y se han ofrecido a quedarse un par de semanas más.
Emmanuel sale de su cuarto y nos ponemos a limpiar la cocina.
Le enseño algo que me ha llamado la atención.
Hay una bola como de hielo en la balda de Lupita.
Raspamos un poco, y la bola de hielo resulta ser una tortilla de patatas precocinada, con una capa de hielo de tres dedos de grosor.
La bautizo “La Tortilla Que Surgió del Frío”, como homenaje a John Le Carré (o bien “La Tortilla Ominosa”, como homenaje a Lovecraft), nos pasamos un buen rato intentando descongelarla en el fregadero y nos ponemos a fregar cacharros.





Cuando ya hemos acabado, Lupita entra en casa. Toda amabilidad. Ni saca el tema. Happy, happy, que se dice. Se planta con el ordenador portátil, en el comedor. Nos interrumpe el teléfono móvil: alguien, interesado en la habitación. Seguramente nos dará plantón. Es lo que nos está ocurriendo: llama poca gente y, los poquitos que llaman, nos dan plantón. Estoy empezando a ver que me iré de vacaciones y al menos una de las dos habitaciones no estará alquilada. Mal, muy mal lo veo.Por lo menos, la relación con Andrés y Eli vuelve a ser tan cordial como siempre.
Le recuerdo a Lupita que tiene que irse al día siguiente, porque Katarína quiere la habitación para el domingo. Asiente. Creo que es un asentimiento.
Estoy un poco a la que salta porque Emmanuel acaba de organizar una de sus comidas improvisadas. Tenemos vino. Bajamos al Consum, hacemos compra. Emmanuel llama a Patrick.
En menos de dos horas, todo está preparado. Emmanuel, en la cocina. Y yo, de un lado para otro, poniendo la mesa.
Pero Lupita no se mueve. Sigue a lo suyo, con el portátil.
Eli llama a Emmanuel aparte. Emmanuel me llama aparte, y me comunica que Lupita está mosqueada porque nadie le ha dicho nada de la comida.
-Pues claro que nadie le ha dicho nada -le respondo a Emmanuel-. No hace nada, no se quita de ahí, no ha dicho de poner nada, ni dinero ni comida, está como si la cosa no fuera con ella y encima tenemos que invitarla a comer…
-Ya, pero Eli me ha pedido que la invitemos. No le gusta la situación.
La terminamos invitando.
Cuando me voy a casa de Cristina, le vuelvo a recordar que tiene que desocupar la habitación el sábado antes del anochecer, ya que Katarína quiere dormir en casa esa noche. Vuelve a asentir. Creo.

Julio del 2006

Domingo por la tarde, en casa de Cristina.
Suena el teléfono móvil.
Es Katarína, la chica eslovaca.
Está hecha una furia, porque la habitación de Lupita sigue ocupada, y ella ha pagado todo el mes, y no está dispuesta a tolerar situaciones así. Le digo que tiene razón, y que ahora voy para allá, si se puede esperar diez minutos.
No espera. Ha agarrado tal cabreo que se ha ido de casa. De ahí irá directa al trabajo (es cocinera en un restaurante); pero quiere que por la noche, o el lunes por la mañana como muy tarde, la habitación esté libre.
Diez minutos después, Cristina y yo estamos en la casa. Emmanuel llega casi a la vez que nosotros. Le cuento lo que ha ocurrido. Está que trina. Él también.
De modo que empezamos a sacar todas las cosas de Lupita y las dejamos en el hall. Abogo por tirar alguna caja por la ventana, pero se impone el talante.
Así pues, Cristina, Emmanuel y yo limpiamos en cosa de media hora la habitación de Lupita, ya de Katarína.
-En el fondo, ¿sabes?, esto ha sido como echar a toda la gente que ha estado dando por culo en casa durante todos estos años.
Catarsis, creo que se llama. Es un poco injusta, pero sosiega el espíritu.
Emmanuel llama a Katarína a disculparse en nombre de todos los de la casa. Está a punto de entrar a trabajar. Ya tomará posesión del cuarto cuando vuelva, mañana por la mañana.
Decidimos regalarnos una botella de cerveza y unos doritos con chile del verde. Para enchilarnos bien.
En la terraza, que hace muy bueno.
Dejo a Emmanuel y Cristina preparando la mesa de la terraza, mientras bajo a los pakis de abajo, que en realidad son indios.
Lupita aparece en ese momento. Me cruzo con ella en el pasillo del portal.
-Por cierto, sacamos todas tus cosas de tu habitación, para que Katarína pueda meter sus cosas.
-Ah, muchas gracias –me dice, como si la cosa no fuera con ella. Como si realmente le hubiéramos hecho un favor. Como si no tuviera que disculparse. Como si careciese del concepto de pecado original. Como si esos ojazos hubieran servido de modelo para el Gato con Botas de Shrek 2.
-¿Cómo que gracias? Sabes desde ayer que tenías que haberte ido esta tarde como muy tarde.
Cuando subo de los pakis (que en realidad son indios), Cristina y Emmanuel están empezando sus cervezas. Lupita va dando vueltas por el pasillo, sale a la terraza, ve que no la invitamos, vuelve a salir, ve que seguimos pasando de ella, no se da por vencida, seguimos haciéndole el vacío, y por fin empieza a bajar sus pertenencias. Hace un par de viajes. Ni salimos al hall a despedirnos de ella.
Hacemos una última batida, y vemos algún libro que se dejó Lupita. De autoayuda. En plan Cómo superar una separación y cosas de ese tipo.
Pasa un rato. Las xibecas vuelan. Llaman al telefonillo. Es Margarita, la portera. Bajo, a ver qué pasa.
Hay unas cuantas cajas en el portal, y que si no hacemos algo al respecto las tirará a la basura.
-Son de la chica que se va hoy. Deja que avise a mi novia y a Emmanuel, y enseguida las sacamos al contenedor.
En ese momento aparecen Lupita, Panchito y el hermano de Panchito, y empiezan a llevarse las cosas.
Salvadas por la campana.
Suben a buscar alguna otra pertenencia. Se lo llevan todo, excepto dos cuadros horrorosos, con motivos mexicanos. Los dejamos en el pasillo, y ahí siguen.

Noviembre del 2006

Varios meses y compañeros de piso después (porque esto no acaba aquí), la relación con Cristina ya está más que consolidada. Apenas me dejo ver por casa, sólo a primera hora de la tarde, o alguna mañana que no vaya al curso.
Hablo con Wendy, que me pone al día de cómo va todo.
Antes de irme al máster, me pregunta:
-Por cierto, ¿hablaste con Emmanuel?
-No.
-Te andaba buscando, para comentarte un chisme.
Palabra de poder.
-Pues no. No he hablado con él. ¿Qué chisme?
-¿Sabes? ¡Lupita está esperando un bebé!
-¿Ein?
-Sí. Está de seis meses. ¿Cómo ves?
Empiezo a echar cuentas.
Tuvo que ser aquí, en casa. Así que no se limitaban a tocar la guitarra. Picarones.
-Pues o bien Panchito es mucho más tonto de lo que él mismo se cree –siempre ha ido de listo, aclaro-, o bien Lupita es mucho más lista de lo que nos había hecho creer, y lo ha enganchado a la perfección.
-Algo así creo yo también.
-Porque claro, Panchito ya no seguirá con la francesa, digo yo.
Luego seguimos echando cuentas. De modo que las vomitonas a lo mejor significaban que estaba recién embarazada. No termina de cuadrarnos, pero pudiera ser.
-Y a lo mejor no quería limpiar porque se encontraba débil –aventura Wendy.
-No creo que haya ningún estudio serio que relacione los primeros meses de gestación con ser un cerdo, pero bueno, podría ser.
La humanidad nunca deja de sorprenderme.

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