lunes, 27 de noviembre de 2006

Pared con pared

Los vecinos de Cristina discuten mucho. Es una pena, porque son jóvenes, llevan poco tiempo viviendo juntos y, según me cuenta Cristina, cuando ella estrenó el piso era un coñazo tenerlos como vecinos, porque se pasaban todo el día demostrándose su amor, y ya se sabe que las paredes oyen. Ahora, desde que vivo prácticamente en casa de Cristina, me doy cuenta de que sólo se ven los fines de semana, y se los pasan discutiendo. Él trabaja hasta las tantas, como autónomo, para una pequeña empresa familiar, a veces más de dieciseis horas diarias, y le reprocha a ella que prácticamente no da ni chapa, de lo cual deducimos que o es funcionaria o, peor aún, trabaja por cuenta ajena, unas cuarenta o cincuenta horas a la semana, que es el concepto que tiene él de no trabajar y de que te lo den todo hecho. Pared con pared, resulta difícil tomar partido. Ella pierde los nervios con demasiada facilidad, e instintivamente te pones en su contra, porque es muy escandalosa. Pero él tiene el aspecto de saber perfectamente qué quiere, y las contadas veces que levanta la voz suelta comentarios demasiado hirientes como para no pensar que la tiene machacada psicológicamente. Ella podría ser una histérica, y él un perfecto hijo de puta. No lo sabemos.
Los tenemos como referentes a contrario. Aunque discutamos, siempre terminamos hablando las cosas, tenemos un buen nivel de comunicación. No quisiéramos llegar a ser como ellos.
¿Cómo se nos percibirá pared con pared cuando discutimos o hacemos el amor?
Es difícil de saber: si no sabes cómo es la pareja de amigos que tienes ante ti, y cómo se comporta en realidad, privada de los convencionalismos de la vida social, ¿cómo vas a saberlo cuando hay muros entre ellos y tú?
No son los peores muros: están allí, erigidos para preservar la intimidad y la propiedad, para dejar claro que estás invirtiendo en una hipoteca de treinta y pico años de sueldo, de tu sueldo, y que lo más que puedes hacer para compartirlo con los demás es dejarlos entrar cuando te piden una pizquita de sal (los buenos vecinos son así, o deberían), o bien te puedes limitar a escuchar a través de las paredes cómo una pareja se hace añicos y se vuelve a recomponer, una y otra vez, con esos pegamentos maravillosos y milagrosos que son el amor, la buena voluntad, el entendimiento o, a veces, la pura y simple costumbre, la conveniencia.
Tampoco es que nos guste ser partícipes de ese conocimiento. Preferiríamos unas paredes algo menos indiscretas: en ambos sentidos. Pero, nos guste o no, las discusiones y las reconciliaciones se oyen a través de las paredes. A veces, a través de la ventana.
Si dejas abierta la ventana del dormitorio de Cristina un fin de semana por la tarde, puedes oir a otros vecinos, mucho más impetuosos. Son del portal de enfrente, lo que ya no me atrevo a precisar es el piso. No paran. Son muy escandalosos. Por lo que me cuenta Cristina, iguales que sus vecinos. ¿Estarán así dentro de año y medio o dos años? ¿Empleando en discutir las mismas fuerzas que ahora gastan en fastidiarnos la siesta con sus polvos? No lo sé. Espero que no.
La calle de Cristina es un microcosmos dentro del barrio: tan cerca del metro y del frenesí de una calle comercial, pero al mismo tiempo tan aislada de todo eso. Como estamos en un bajo, nos llegan todos los ruidos procedentes de la calle. Abrimos la ventana y nos enteramos de la conversación de las vecinas, con lo que a veces nos ponemos al día de lo que el Ayuntamiento había prometido y de lo que tenemos a cambio. Mucho y nada, respectivamente. La casa de Cristina es prácticamente la única vivienda de obra nueva que hay en esa parte del barrio; es de suponer que en menos de tres o cuatro años se derriben las casas que ahora detentan los okupas y, por fin, el Ayuntamiento invierta en reasfaltar, o en echar abajo los muros del aparcamiento de la fábrica, echar esta abajo y acabar con la trampa lobera que es la parte trasera de la calle.
Si tienes que hacer caso de las vecinas que forman corro bajo nuestra ventana, la calle ha mejorado mucho de un par de años para acá: el tiempo que tiene la casa de Cristina.
Ello no obstante, he llegado a ver a dos yonquis pinchándose entre unos coches, junto a la fábrica. A veces me olvido de la prohibición expresa de atajar por esas calles que me autoimpuse después de ver aquello. O del domingo (día de limpieza) en que, pasando la bayeta por la ventana del salón, nos encontramos con una preciosa jeringuilla, usada, ensangrentada y, por suerte, tapada, en el quicio de la ventana, junto a las macetas. A mí me fastidió la tarde; a Cristina le supuso un pesar que duró más tiempo. No es agradable ver estas cosas. Te preguntas si es una costumbre, o qué será lo próximo.
O si tu calle es segura.
Si tengo que hacer caso al corro de las vecinas, ahora la calle es segura. Y a mí, que nunca he tenido incidentes serios en Barcelona, también me lo parece: la iluminación es buena, apenas trasnocho y la carretera de Sants está lo suficientemente cerca como para salir por piernas si veo algún peligro. Además, el okupa cojo, omnipresente en el barrio, ya le saluda a Cristina, lo cual nos otorga una especie de patente de corso, una certeza de que gozamos de cierta seguridad, de que somos del barrio y nadie va a intentar hacernos nada.
Cosa que, por supuesto, no tiene por qué saber un hipotético mangui que venga de fuera del barrio.
Creo que nuestra calle es segura. Al menos, yo voy seguro por la calle. Pero, igual que los vecinos, que cara a cara te transmiten una imagen, desmentida por lo que oyes pared con pared (que, a su vez, quedará desmentido por la realidad), la realidad de la calle puede entrar en conflicto con tu percepción de la misma, y a su vez ambas pueden quedar desmentidas por lo que oyes pared con pared.
Vivimos en un bajo. Pared con pared, en nuestro caso, son los vecinos que discuten; pero también la calle y un callejón trasero.
Por eso, una noche tienes malos sueños, pero te despiertas y los malos sueños siguen acosándote.
-¡AsesinooooOOOOSSS!
Y te quedas paralizado. Oyes un tumulto.
"Ya está: le ha dado una paliza", piensas, con la mente puesta en los vecinos. "Se acabaron los gritos. Ya han empezado los malos tratos."
Pero el grito no proviene de donde debiera, sino del otro extremo de la casa.
La calle.
Ha pasado algo en la calle. Y no es un mal sueño: realmente ha pasado.
Y, aunque estás a oscuras, parece que ves, como un gato. Y el tiempo transcurre más despacio.
No llegas a oirte respirar.
Cristina también está envarada, a mi lado.
Una voz de chica. Sigue llorando. El grito ha devenido en una especie de estertor, da paso a un tumulto y luego deviene en llanto.
Empiezas a oir cómo se suben las persianas del vecindario.
Han sido unos segundos interminables de silencio antinatural.
Se oyen algunas voces, más pausadas. Vecinos valientes que han salido a preguntar qué pasa, a intentar ayudar.
Lo más que puedo hacer es abrir la ventana y subir un poquito la persiana.
Algunos vecinos, parapetados tras sus persianas, me devuelven la misma mirada de estupor cobarde e incredulidad expectante que debo de tener, que sé que tengo.
Miro la hora. Las dos y media.
-Qué pronto -es lo único que se me ocurre pensar, y decir.
Muy pronto, sí. A estas horas, el metro acaba de cerrar. Cuando salgo y me recojo pronto, voy por la calle, tan tranquilo, sin saber que frente a mi puerta, o la puerta de la casa de Cristina, alguien puede haber intentado hacerle algo a una mujer. ¿Robar? ¿Violar? No sé.
Pasa una eternidad: uno o dos minutos. Me levanto y voy al salón. Levanto un poco la persiana. Veo a la vecina de arriba patrullar por la calle.
Mira hacia donde se ha ido la chica. Le ofreció llamar a la policía o una ambulancia, pero la chica se ha ido calmando y se va. Al parecer, han intentado asaltarla, ella ha arrancado a gritar y ellos han salido por patas.
-Benditos pulmones -digo, cuando vuelvo a la cama.
Le han salvado la vida.
El domingo, cuando Cristina le explica la movida a su madre, ella sólo acierta a preguntarle: "¿Y Juanmita no salió?".
No. No salí. Vivimos en un bajo. No es lo mismo salir a la terraza en un primero que en un bajo, razonamos, cuando le cuento a Cristina que me siento mal por no haber salido a preguntar, a interesarme por la chica. Puede ser un consuelo, y desde luego es una evidencia: no es sensato subir una persiana y encontrarte con la mirada de alguien que luego puede ir a por ti. Pero te quedas con la sensación de que, pese a ser humano, deberías tener algún resquicio de valentía, y que, aunque no puedas ayudar en términos absolutos, a veces el mero hecho de salir y preguntar ya puede ser un detalle, el apoyo que necesita la otra persona. La certeza de que, si te ocurre a ti, alguien va a hacer algo.
-Nunca hay que pedir ayuda, porque entonces no sale nadie -dice Cristina-. Hay que gritar "¡Fuego!". Entonces sí que te hacen caso.
Y es cierto. Primera o segunda lección de la vida: si no puedes apelar a tu defensa personal, a tu supervivencia como individuo, recurre a la amenaza de supervivencia del grupo. El oso o el tigre de dientes de sable se van a llevar al miembro tullido de la tribu de homo antecessor: es su problema, gana el patrimonio genético de la especie. Pero si se prende fuego en tu cueva, entonces hay que salvar a la tribu en conjunto.
Pared con pared, sientes lo poco que ha avanzado la película en un millón de años. Y da rabia. Claro que da.

Etiquetas: , , , ,

miércoles, 22 de noviembre de 2006

Relojes de arena en los bolsillos

Parece que esta vez va en serio, y por fin el otoño está aquí. En Sant Just Desvern, donde estudio el curso de por las mañanas, ha llegado a lo grande: no en vano, está en las afueras de la gran ciudad y el aire llega casi directo de la sierra. El cielo del lunes me hablaba de nevadas en el Pirineo, o de la proximidad de una ola de frío que, aunque no ha terminado de llegar, me hizo abrir el armario de mi casa, guardar la chaqueta de pana que me compré a finales de septiembre (una tarde que iba a esperar a Cristina a la salida de su trabajo y, como me estaba pelando de frío, hicimos escala en L'Illa) y sustituirlo por el abrigo de invierno (más bien, de entretiempo o invierno suave). No recordaba la última vez que me lo había puesto; meses, evidentemente.
Nada más embutirme en el abrigo, me di cuenta de que los bolsillos estaban llenos. Extraje el contenido y me reencontré con el pasado.
Un viaje en el tiempo.
Tal vez no fuera un viaje de eones, ni siquiera de eras geológicas; apenas unos meses. Y, sin embargo, el contenido de aquellos bolsillos me hablaba de otro Juanma, muy parecido al del veinte de noviembre en algunos aspectos, pero muy diferente en otros.
Una bolsa del Consum. El mismo Juanma de siempre, capaz de guardar todas las bolsas que encuentra, atesorarlas como una urraca amiga de plásticos. Una bolsa casi desteñida, con la que muy bien podría haber guardado la ropa del día anterior, al llevármela de casa de Cristina, o haberla destinado para la tarea opuesta: llevarme la ropa del día siguiente a casa de Cristina. O tal vez la hubiera utilizado para tareas algo más prosaicas; hacer la compra, por ejemplo.
Algo sabía: en aquel momento, ya estaba con Cristina. Cuando la conocí aún llevábamos abrigo. Y aquí andamos, dispuestos a pasar nuestra segunda estación fría juntos.
Una cuenta del Opencor. Día del Libro. A las diez y media de la noche. Tomates en rama. 746 gramos. Aquel día no había ido a la Rambla a montar el la parada de la librería, y ya estaba empezando a mosquearme, y preguntarme si tenía motivos para preocuparme. De todos modos, me pasé un ratito, saludé, ayudé a reponer libros, me encontré con amigos, hablamos y salí hacia casa de Cristina. Seguramente era una de las primeras noches en que me quedaba a dormir en su casa, y aún no teníamos clara ninguna rutina, ninguna costumbre. No sé cómo ocurrió, pero tal vez uno de los dos sugirió que había que cenar, y no había nada en la nevera, y, no sin hacerme de rogar, salí al Opencor, dispuesto a comprar tomates para hacernos un pa amb tomàquet. (Pronúnciese "pantumaca".) No sé si salí por Canonge Pibernat, y de ahí a Brasil, y de ahí al Opencor, o antes me había pasado por casa, o si fui directo desde la Rambla. Sólo tengo una factura, con la que reconstruir este recuerdo.
Una invitación:

Sant Jordi 2006 a les biblioteques
Pregó de la Lectura Sant Jordi 2006
Antonio Tabucchi
L'autor dialogarà amb
Carme Arenas, traductora
Dissabte 22 d'abril, 19 h.
Saló de Cent
Ajuntament de Barcelona

Eso lo recuerdo mejor. Había quedado con Helena, el día antes de comprar el tomate en el Opencor. Aún no le había contado que estaba saliendo con Cristina; de hecho, aún no se lo había contado a mucha gente, y tal vez ni siquiera lo había comentado en el blog. En cuanto tomamos asiento en el Saló de Cent, se lo solté a bocajarro. Pegó un respingo y, si hubiéramos estado en medio de la calle, seguro que se hubiera puesto a gritar de la alegría. Le conté todos los detalles que pude, antes de que el acto comenzara. Helena había estudiado en italiano con libros de Tabucchi (Nocturno hindú o La cabeza perdida de Damasceno Monteiro), y yo me había enamorado de él a raiz de la lectura de Sostiene Pereira, Réquiem y Los últimos días de Fernando Pessoa: coletazos de un amor más grande, el que siento y sentí (y sentiré, cuando regrese) por una de las ciudades más bonitas del mundo, Lisboa.
La charla con la traductora fue apasionante. Ferràn Mascarell estuvo acertadísimo en su presentación del autor. Y Tabucchi, genial, vivaz, vital, nos deleitó con su comprensión de la humanidad, con la bonhomía que destilaba, con su amor por las culturas española, catalana, italiana y portuguesa. Tan sólo hubo una nota discordante: Joan Clos, que en un momento dado interrumpió a Tabucchi y, seguramente con la finalidad de dorarle la píldora al autor, soltó una chorrada monumental:
-Antonio... No sé de qué parte de la Toscana eres, pero tú... tú... se nota que eres de pagès, ¿eh?
Como digo, lo más probable es que estuviera intentando elogiar a Tabucchi, o resaltar sus virtudes como gent del poble, como algo opuesto a la despersonalización con que el urbanita acoge los sentimientos y juicios de sus congéneres. Ni pajolera idea. El caso es que tanto Helena como yo sentimos vergüenza ajena, y seguro que alguno de los asistentes al acto, también.
Siete meses después, Joan Clos es ministro. Qué cosas.
Y, más importante: aún no ha metido la pata en ninguna declaración pública. A decir verdad, tampoco es que se lo haya visto mucho. Ni a su sustituto, Jordi Hereu.
El acto terminó, y Helena corrió a que Tabucchi le firmara algunos de sus libros: unos, en catalán; otros, en castellano; alguno, en italiano. Hablaron brevemente en italiano, y a continuación seguí contándole detalles de mi nueva vida, y de cómo estaba atravesando aquellos momentos tan felices e intensos con Cristina.
El último de los objetos que encontré el lunes en mi abrigo fue un programa de mano del Harlem Jazz Club, donde nos dirigimos Helena y yo después de la presentación de Antonio Tabucchi. Actuaba un cuentacuentos; pero no un cuentacuentos cualquiera, sino Yoshi Hioki, uno de los mejores que he visto en mi vida. Ya lo había visto en el Kosmopolis del 2004, y tal vez en Criminólic, la librería que durante unos meses regentaron Susana y Josep, de Nitecuento. El programa de mano dice lo siguiente:

Yoshi Hioki
La princesa del sexto palacio
Música: Pep Lladó. Contralto: Masako Hioki
Palabras delicadas y silencios abismales nos conducen a conocer a la princesa del sexto palacio. Las 8 diferentes historias que componen esta sesión están unidas con un hilo conductor que nos habla de la vida, la muerte y el acto de fe a través de la mirada de Ryunosuke Akutagawa (1892-1927), considerado uno de los más grandes escritores japoneses del siglo XX.

Como digo, es el mejor cuentacuentos que he visto en mi vida.
No encontré nada más en el abrigo.
Y me sorprende, porque muchas veces lo que nos falta, lo que no llevamos en el abrigo nos dice más acerca de nosotros que lo que llevamos. ¿Por qué no había pañuelos? Soy un paquete de klínex andante y, sin embargo, no encontré ninguno. Tampoco hallé bolígrafos, ni tarjetas de metro agotadas. El desorden habitual en mí, la acumulación de objetos por desidia, había dado paso a una limpieza exhaustiva, dijérase que con la finalidad de arrinconar el abrigo en el armario, hasta la llegada del otoño, y de alguna manera, tal vez debido a los últimos coletazos del invierno (una bajada brusca de temperaturas), lo exhumé, me lo puse una sola vez y dejé allí, olvidados, cuatro objetos, que de otro modo habría guardado o tirado.
Mosquitos prehistóricos conservados en el ámbar de los tiempos, en la sucesión de eras geológicas.
Ciudadanos y esclavos, patricios y plebeyos, habitantes todos de Pompeya y Herculano, moldeados e inmortalizados por la erupción del Vesubio.
Guerreros celtas momificados por una turbera, la desgracia de haber quedado aislados en un pantano, la suerte de poder descubrir sus facciones, serenas, y sus atuendos y joyas, intactos, cuatro mil años después.
Imágenes congeladas de momentos que sólo recordamos cuando, paradoja del observador, hallamos algún indicio de su existencia pretérita, que no obstante nos recuerda que, lejos de ser reliquias del pasado, permanecen vivas y son parte del presente.


Etiquetas: ,

lunes, 20 de noviembre de 2006

A chingadazos por el Raval



Me ha llegado la siguiente convocatoria, vía Encarna. Los horarios del máster me impedirán acercarme, pero, si tenéis tiempo y ganas, lo lanzo al ciberespacio. Y, por favor, recuerden: No intenten esto en casa.

----

LUCHA LIBRE MEXICANA (LA PALOMA)

Fecha: Lunes, 20 de noviembre de 2006

Lugar: LA PALOMA

VUELVE LA LUCHA LIBRE MEXICANA A LA PALOMA
3ª GRAN FUNCION DE LUCHA LIBRE
20 de Noviembre
a las 21:00

LA REVOLUCION CONTINÚA!!!!

Ven a recordar la Revolución Mexicana con una velada de lucha libre como en la ARENA MÉXICO.

Habrá venta de antojitos, souvenirs, Performance, luchadores enmascarados, Mariachis

y la presencia del grupo LOS TICKI PHANTOMS (que grabará su video clip de su segundo album)

El evento será grabado para la televisión nacional y queremos que toda la raza nos acompañe en este día de LA REVOLUCIÓN.

· El cartel estará conformado por luchadores viejos conocidos de la afición como EL GUERRERO AZTECA, EL ÚLTIMO CHINGÓN y EL MIL HUESOS. Harán por primera vez su presentación el Barcelona EL HIJO DE LA CHINGADA (rudo rudísimo) y PONCHO VILLA (el técnico más cabrón!)

PRECIOS

10 euros entrada general

15 euros RING SIDE

50 euros palcos (6 lugares por palco)

Venta en los lugares de costumbre:

  • ANDELE (L´ILLA)
  • IXTLI (BORNE y BARCELONETA)
  • In Media (vía Augusta 108-110 portería)
  • Internet a través de plataforma de pago (solo venta de entradas generales)

Más información al teléfono: 678 591 224 ó cmedina@inmedia.biz






Etiquetas:

viernes, 17 de noviembre de 2006

Buen karma a raudales

Hace años tuve una idea para un relato, pero no lo escribí porque no sabía cómo desarrollarla. Un tipo intenta hacer su vida normal, pero no puede: cuando está en medio de una escena de cortejo sexual, o preparando un balance, o en cualquier otra circunstancia cotidiana, siente un impulso irrefrenable por abandonarlo todo y salir a la calle a bailar. Poco a poco se va dando cuenta de que es el bailarín de una película musical hecha realidad, y todo su papel en la vida es bailar al ritmo de las coreografías de un fantoche que ve la vida de color de rosa y que cada vez deja pasar menos tiempo entre número y número, con los perjuicios que ello le ocasiona al protagonista del relato, privado progresivamente de una intimidad que añora y, a medida que avanza el relato, necesita de una manera desesperada.
A veces parece que Cristina y yo vivimos inmersos en un musical. Los pequeños buenos detalles de la existencia cotidiana se ven acompañados por un ritmillo, surgido de la nada, que poco a poco se adueña de las situaciones, nos envuelve y nos hace sentir como si estuviésemos al otro lado de la pantalla. Los focos se encienden, oímos risas en off, la gente baila a nuestro alrededor ylas sandalias de los transeúntes resuenan como zapatos de claqué. Los pajaritos, viejecitos y semáforos te saludan al pasar, y tu respiración se acompasa con las percusiones y los instrumentos de viento.
Estás inmerso en una peli de Hollywood de los años cincuenta, o en una versión española del musical de Buffy.

Y, lógicamente, las cosas van mejor que en la vida real a la que estabas acostumbrado. Parece que destilamos buen karma por los cuatro costados.
En el restaurante japo en el que Cristina y yo quedamos a comer los jueves a mediodía ya nos reconocen, nos preguntan qué tal todo, nos orientan sobre el postre y, en general, ya nos consideran clientes VIPs.
Los camareros de nuestro restaurante chino favorito me saludan cuando nos cruzamos en la calle.
El okupa cojo que siempre pulula por el barrio ya le habla a Cristina.
El vecino borde que siempre discute con la novia ya me habla cuando coincidimos en el portal.
Una señora saluda a Cristina, ella le devuelve el saludo, sin saber quién es, y tarda un rato en caer en la cuenta de que se trata de la encargada de la panadería.
La cajera del Consum nos desvela secretitos culinarios: ha trabajado en un bar, y conoce truquitos infalibles para elaborar una buena salsa.
Ya reconozco rostros y facciones de los vecinos que pasan por la carretera de Sants mientras espero el autobús de las mañanas para ir al curso: las gemelas de cabellera rubia inmensa (clavaditas a la Ariel de Medium), las monjitas suramericanas que cruzan la carretera momentos antes de que llegue el segundo 56 que pasa ante mí, la chica que lleva una carpeta roja parecida a la mía.
Los ancianos que regentan el bar al que vamos en los descansos del curso ya nos saludan como si fuéramos parroquianos, nos preguntan qué tal ha ido el fin de semana y se disponen a tomarnos pedido, aunque sepan perfectamente lo que queremos.
Y, por si fuera poco, Cristina y yo vivimos momentos absolutamente deliciosos; unos, confesables; otros, por puro pudor, pues no, gracias. Pornografía emocional, sí, pero dentro de un orden.
Así pues, me puedo ir a la cama y estar en posición de dar el beso de buenas noches mientras fuerzo el brazo derecho para buscar a tientas el enchufe de la lámpara de la mesita de noche. Cristina, que me conoce, sabe que no coordino muy bien esta clase de movimientos, y tiene lugar el siguiente diálogo:
CRISTINA: Pero haz el favor de mirar, Juanma.
Silencio de dos o tres segundos.
JUANMA: No subestimes mis superpoderes.
Silencio de cinco segundos.
CRISTINA: Tampoco infravaloro tu torpeza.
Apago la luz.
Silencio de medio minuto.
LOS DOS: ¡JA JA JA JAAAA JA JAAA!
Son esos pequeños momentos que ponen el colofón a la película o el episodio, cuando ya han pasado los títulos de crédito, antes de los aplausos enlatados que dan pie al fundido en negro, y que te hacen dormir de auténtico buen humor, sobre todo cuando la semana ha venido mal dada y está resultando agotadora.
La vida es un musical de los años cincuenta, o un episodio musical de Buffy. Tan sólo hay que dejarse llevar por el ritmo, aclararse la garganta y lanzarse a bailar y cantar.


miércoles, 15 de noviembre de 2006

Harry Potter vs. Tyler Durden: Jitanjárofa, de Sergio Parra

El día menos pensado aparecerá la próxima novela de Sergio Parra, Jitanjáfora (Grupo Editorial AJEC) y veréis que el prólogo lo ha firmado vuestro más seguro servidor. Para mí ha sido un auténtico placer colaborar en este libro: la novela lo merece. Y Sergio, a quien podríamos considerar uno de esos quintacolumnistas de lujo con que cuenta el género (junto con Lorenzo Luengo y Félix J. Palma), por fin podrá ser tenido en cuenta como uno de los autores más originales de la fantasía y ciencia ficción españolas.

La portada de Alejandro Terán es impresionante, pero obviamente no es lo único que merece la pena en este libro. Tal vez para la mayoría de los lectores esta sea la primera aproximación a la obra de Parra, pero no es un debutante. En absoluto. Ya apareció en el número 3 de Artifex Segunda Época, con "Más allá de...", un relato muy curioso que firmaba en colaboración con Albert Sans. Un par de años después tuve la oportunidad de seleccionar un relato suyo para la antología Visiones 2002, que la Junta de la AEFCFT tuvo la poca cabeza de encomendarme.
Del Visiones 2002 tengo mucho que contar, aunque tal vez no sea este el momento oportuno. Aprendí mucho, me sentí un poco frustrado por no haber podido interactuar más con los autores que me enviaron sus originales, me sentí absolutamente encantado por las sinergias que se crearon con los autores seleccionados, me partí la cabeza buscando el orden correcto de aparición de los relatos, me divertí maquetándolo y escribiendo las entradillas, me frustré negociando la edición con el comercial de la imprenta y, en resumen, constituyó un aprendizaje muy importante.
La portada, de Equipo Ronin (Ludo Bermejo y, en este caso, Conchi Corrales), estaba basada en el relato de Lorenzo Luengo, "El proceso de los monos", pero muy bien podría haberle encargado que trabajase sobre el relato de Sergio, "Juan Hitlerfranco busca a Dios", que era un auténtico delirio. De buena gana hubiera seleccionado todos los relatos que me envió, pero decidí quedarme con aquel, porque era el que tenía mayor fuerza visual y literaria. La entradilla es la siguiente:

No podía faltar una ucronía protagonizada por Franco. Pero no por un Franco cualquiera, como comprobará el lector. Pues en la obra de Sergio Parra (Barcelona, 1978) nada es convencional. Su primer relato publicado, “Más allá de...” (Artifex), escrito en colaboración con Albert Sans, resultaba desconcertante y divertido a partes iguales. No menos extrañas y atractivas son su narraciones finalistas del UPC 1999 (“What Hath God Wrought”) y Domingo Santos 2001 (“¿Quieres ampliarme?”) y su novela (ganadora del premio Pc-Actual) La granja de Dios. Residente en la localidad tarraconense de Segur de Calafell, intenta publicar cuatro novelas, Ondas hercianas, Las gafas de Platón (que tiene un aire a El club de la lucha), Venus decapitada y Frío, al tiempo que se asombra de ganar concursos mainstream con relatos de cf y no tener suerte en los concursos especializados. Desconcertante y heterodoxo, como toda su obra.

Como digo, me encantó seleccionar aquel relato, y a raíz de ahí mantuve el contacto con el autor. Poco después me envió su novela Frío (Septem Editores), otra auténtica rayada, aunque bastante comedida. El hecho de que estuviese protagonizada por una enfermera me recuerda las condiciones en que me la leí, a caballo entre la clínica en la que acababan de operar a una amiga y la casa de otra amiga que había sufrido un accidente de circulación; pero esa es otra historia. Escribí una reseña breve, aún inédita.
Y así llegamos a Jitanjáfora.
A principios de verano, Sergio Parra se puso en contacto conmigo para solicitarme que escribiese el prólogo de su novela, de próxima publicación en Grupo Editorial AJEC. Accedí encantado. Me leí la novela y, fruto del ir y venir de correos electrónicos que nos intercambiamos, nació el siguiente prólogo. Lamento no haberle podido sacar más partido, porque hay muchos aspectos sobre los que merece la pena detenerse; pero la extensión del prólogo era la que era. No descarto refinar el intercambio de correspondencia que hemos mantenido durante estos meses y ofrecerlo como entrevista: merece mucho la pena. Todas las referencias que comento en el mismo son reales: tal es la riqueza de la obra. Os recomiendo el libro sin reservas. Ojalá os sirva para descubrir a Sergio Parra.


Como suelen hacer todos los prologuistas que escriben prólogos de libros ajenos, empezaré hablando de mí.
El primer contacto epistolar que mantuve con Sergio Parra se remonta al año 2002. La Junta de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror me había encargado seleccionar la antología Visiones, que suele funcionar como vivero de autores en ciernes. Uno de los relatos que más me llamó la atención se titulaba “Juan Hitlerfranco busca a Dios”. Trataba, literalmente, acerca del encuentro entre un Marcelino Pan y Vino crecidito y hippy que la lía en la ceremonia de entrega de los Oscar, a la manera de Marlon Brando cuando se marcó el numerito de los indios, pero con ciertos toques ácidos, como si en vez de Brando el galardonado hubiera sido Charles Manson… y hubiera actuado a la altura de su fama. Además, salían Francisco Franco y Adolf Hitler, en una escena sodomítica memorable. Era una locura de relato, y en todo momento tuve claro que tenía que publicarlo. Sergio me envió más historias, pero me quedé con aquella.
Aunque “Juan Hitlerfranco busca a Dios” era perfeccionable, hubo muchas cosas en él que me sedujeron al instante. La fuerza de las ideas centrales del relato, aparentemente irreconciliables. El desparpajo con que narraba una historia de seres fracasados. El excelente manejo del lenguaje coloquial. La querencia por lo grotesco. La cantidad de referentes literarios y cinematográficos. Sergio me regaló uno de los relatos por los que me enorgullezco de haber seleccionado aquel Visiones.
Pasó el tiempo, y el contacto epistolar se mantuvo. Teníamos amigos comunes y me iba enterando de los múltiples premios que iba ganando en el mundo literario mainstream… por obras de género fantástico. Me envió un ejemplar de su novela Frío, para que la reseñara en Gigamesh. De nuevo me llamó la atención el derroche de fuerza e ideas, el sutil retrato de personajes (siempre me han encantado los personajes básicamente antipáticos que resultan básicamente simpáticos), la manera en que el autor jugaba con los cuentos clásicos para travestirlos de ciencia ficción dura o narrativa de lo cotidiano, dependiendo de que el lector escogiese una interpretación realista o fantástica. En Frío, la medicina y la hechicería no estaban muy lejos.
En Jitanjáfora ocurre algo parecido: la magia que practican los alumnos de la Escuela de Salzburgo le debe más al método científico que a la hechicería tal como aparece en las novelas al uso. El quidditch al que juegan parece urdido por fanáticos de la programación neurolingüística con nociones de budismo zen. La asignatura de Pócimas no se diferencia en gran cosa de las deconstrucciones culinarias de Ferràn Adrià. El mismo concepto de temperación, que justifica la existencia de la escuela, está repleto de implicaciones metafísicas y filosóficas, más que mágicas. La magia real es más apasionante que la inventada, me dijo Sergio por correo electrónico cuando comentábamos la novela. Y Parra tiene conocimientos enciclopédicos, sabe leer en el alma de los personajes y se erige en una especie de maestro y guía en un periplo que intenta ahondar en lo más profundo de los sentimientos y el saber humanos, con la intención de desentrañar la naturaleza misma de nuestro ser, aquello que nos define como personas (los capítulos de la Granja son cruciales al respecto) y, más allá, cuál es el origen del Mal y por qué motivos (nuevamente le cedo la palabra al propio Sergio) “[el Mal] es necesario para elimarnos porque el Bien nunca tendría cojones para hacerlo aunque fuéramos el cáncer del mundo”.
Jitanjáfora es un viaje alucinante a través del conocimiento humano. Las largas disquisiciones que pueblan sus páginas resultan apasionantes, en ocasiones más que las propias andanzas de los personajes: Conrado Marchale, ex adicto que vive una segunda oportunidad de redención; Figueredo, un ser pasivo a quien la lectura ha convertido en una especie de remedo del protagonista loco de las novelas policíacas de Eduardo Mendoza; Umami, el contrapunto femenino que toda historia necesita para ser auténtica. Y planean las sombras de George Orwell, Aldous Huxley, J. K. Rowling, Aleister Crowley, Orson Scott Card, Truman Capote , M. Night Shyamalan y Jorge Wagensberg. Y Chuck Palahniuk. No en vano, Jitanjáfora podría definirse como la novela que hubiera escrito Dan Brown si fuera de letras y hubiera leído El club de la lucha.
Adentraos en la experiencia de leer Jitanjáfora. Será una experiencia mágica. Y, a medida que vayáis conociendo mejor a Conrado y sus motivos, os conoceréis mejor a vosotros mismos.

Etiquetas: ,

viernes, 10 de noviembre de 2006

Flores en la ventana

Mañana se casa mi amiga Marieta la Traidora. (No se llama así, evidentemente, pero es el nick con el que firma en el área de comentarios.) No podré asistir a la boda, pero sí puedo dar ideas sobre la música del baile: todas estas canciones le gustan mucho, así que alguna de ellas caerá.
Un besote muy grande para Marieta y David, y que todo vaya maravillosamente bien. ¡Quiero fotos!




















Etiquetas:

miércoles, 8 de noviembre de 2006

¡Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerrrteee!

Quedo a comer con Anónima de las 9:59, aprovechando que por las mañanas estoy cerca de Esplugues, donde ella trabaja. Me lleva a una tienda de delicatessen ubicada cerca del mercado y que tiene media docena de mesas. Hablamos de lo que ella está escribiendo, de las perspectivas electorales (es jornada de reflexión), de mis cursos, de las familias respectivas y de todo lo hablable. Muy bien, como siempre.
Los bocadillos son excepcionales: el mío, de tres quesos; el suyo, de jamón del país. De postre, ambos pedimos queso mascarpone con mermelada. Los cafés tampoco están mal. Baratísimo.
Con todo, lo mejor llega a la hora del café. De repente, la tienda se llena de cámaras: un equipo de Homo Zapping News, el programa presentado por Zacarías Prats. Instalan la unidad móvil, las cámaras y comienzan a ensayar.
El sketch consiste en que Maite Zaldívar entra en una charcutería y pide doscientos cincuenta gramos de embutido… momento en el que una reportera de Aquí hay tomate irrumpe en la escena, le mete el micrófono por la boca y le pregunta qué ha comprado.
-Maite, ¿es verdad que has comprado doscientos cincuenta gramos de coca?
Maite Zaldívar replica que no y la reportera insiste, hasta que Maite Zaldívar cae desplomada al suelo, momento que aprovecha la reportera para criticar su adicción a las drogas, con la coletilla habitual en el programa:
-¡Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerteee!
Repiten la toma tres o cuatro veces. A continuación, graban a la charcutera enunciando los productos que tiene a la venta: sale a la primera. Los clientes estamos que nos descojonamos: son realmente buenos. En directo hacen la misma gracia que por televisión.
Pero Anónima de las 9:59 tiene que volver al trabajo, y yo quiero arrepanchingarme un poco en casa antes de ir al máster. Pagamos y le prometemos solemnemente al propietario que volveremos.
Cuando nos vamos, interpelamos al equipo de rodaje y les damos recuerdos para Zacarías Prats. Supongo que estarán hartos de la coña, pero si no lo digo reviento.
Lo emitieron el pasado jueves por la noche, y aún no lo han subido al Youtube. En cuanto lo vea por la red, edito para enseñároslo. Si cuando lo veais oís algún clic en el sonido directo, no os quepa duda de que era la cámara de mi teléfono móvil.
Y es que Pornografía Emocional estuvo allí.
Aquí están las pruebas.





De propina, adjunto un enlace a uno de los mejores sketches que han aparecido en Homo Zapping: el de Pedro J. Ramírez irrumpiendo en un episodio de C.S.I. Nueva York. Impagable.




lunes, 6 de noviembre de 2006

El piso compartido de los corazones solitarios

Es viernes por la noche, y duermo solo por primera vez en mucho tiempo. Cristina se ha ido a Girona y este finde he querido quedarme en Barcelona. No dormía en mi casa desde antes del verano. Y, claro, no es lo mismo habitar la casa durante las mañanas, como había hecho en verano, que un viernes por la noche. Hasta ese momento no me doy cuenta del nivel que alcanza mi extrañamiento con respecto a la casa, y de las ganas que tenía de retomar el contacto de fin de semana con mis compañeros de piso, compartir algo más consistente que cafés apresurados y una conversación más profunda que los escuetos e irónicos “¿Cómo va esa doble vida?” que me suelen dedicar.
Sergio se ha ido ya de casa, por lo que verdaderamente me apetece pernoctar aquí. Su ida fue algo tensa; ya me referiré a ella cuando hable de los castings caseros.
Es viernes por la noche y estoy solo en casa. Me acuesto relativamente pronto: quiero aprovechar el sábado leyendo y escribiendo. Ya he ordenando un poco mi habitación, que estaba manga por hombro, con las cajas de libros que Álex me ayudó a traer de la oficina cuando salí de Giga (y dejé enterrado mi corazón, podría añadir, a ritmo de Luis Aguilé). No me las había podido traer en la mudanza de Avenida de Madrid a Arizala. Las tenía por todas partes. He limpiado la habitación, pasado la fregona, ordenado la mesa de trabajo y ventilado un poco: ya está habitable. También he cambiado la ropa de cama, que no utilizaba desde hace meses.
Como digo, me acuesto, convencido de que voy a dormir hasta que el cuerpo diga basta.
Pero no.
No me acostumbro a la cama.
Doy vueltas.
Y más vueltas.
Y no me duermo.
La cama es muy pequeña. La pared me toca bastante las narices. Y la lámpara de la mesa.
Y estoy solo.
Y ya casi no me acuerdo de lo que es dormir solo.
Y sigo sin dormirme.
Me desvelo.
Leo un poco.
Me quedo medio frito.
Apago la luz.
No encuentro la postura.
Me dedico a mirar el techo. Entra un poco de luz.
Me falta algo.
Me falta alguien: Cristina.
Me desvelo.
Vuelvo a encender la luz.
Intento leer algo. No me concentro.
Echo de menos a Cristina.
En mala hora le dije que este finde me quedaba en Barcelona. Sus padres se han sorprendido cuando la han visto aparecer sola.
Sigo sin pegar ojo.
Apago la luz.
Me tapo.
Tengo calor.
Saco los brazos.
Me da frío.
Tengo calor y frío a la vez. Qué cojonudo.
Empiezo a pensar en la posibilidad de levantarme y ver un rato la tele hasta quedarme dormido.
Se oye la puerta de la calle. Alguien está entrando. Viene hacia las habitaciones de este lado del piso, con bastante prisa. Abre la puerta y se oye un clic. Como no veo la luz, deduzco que es la habitación de Cinta. Vuelve a salir corriendo. La oigo hablar por teléfono.
Son cerca de las dos.
Empieza a hablar en inglés. Durante un buen rato.
Cinta es recepcionista y profesora ocasional de inglés en una academia de idiomas. Su marido es albanés. Se conocieron en Londres, se casaron y ahora están separados: ella va para allá cuando puede. La idea a largo plazo es comprarse una casa en Albania, que ahora está tirada de precio; pero, de momento, tratan de reagruparse en Barcelona. Cuando estuvo viendo la habitación, en verano, nos advirtió de que iba a intentar traerse a su marido en cuanto le concedieran permiso de residencia en España. Eso implicaría que iba a estar poco tiempo en la casa, pero nos dio igual: Cinta parece muy responsable, con ella en casa el orden y la limpieza están asegurados, y, aunque he tratado poco con ella, parece muy buena onda.
Lo pasó muy mal por culpa de Sergio, y casi se va de la casa. Lo que me hubiera jodido muchísimo.
Cinta está en un mal momento personal. En el trabajo está en una situación precaria: a nadie le gusta que lo traten como un comodín, y mucho menos que le paguen un sueldo de recepcionista cuando en realidad está de chica para todo, incluyendo las clases de inglés. La academia no le deja tiempo libre para estudiar las oposiciones a Secundaria, que probablemente se convoquen para el verano que viene. Por otro lado, se va a Tortosa, su localidad natal, cuando puede; y, si no, a Londres, a ver a su marido. Parte de esta disyuntiva, este deber partirse en tres (y no en dos, como Silvío Rodríguez), se nota en la premura con la que habla por teléfono: frases cortas, como si le fuera la vida en ello. No me entero de lo que hablan, porque no me interesa y porque estoy lejos y nos separan varias paredes; pero trato de imaginarme todas esas escenas que me estoy perdiendo día a día, por no estar en el piso: la llegada de la noche y, con ella, la hora convenida para que Cinta y su marido puedan hablar, compartir impresiones de cómo ha ido el día, de cuánto se quieren, de cuándo podrán volver a verse… incluso de discutir. No hay nada más traicionero que una conversación telefónica: impide verse las caras, interpreta de manera errónea inflexiones de tono que inducen a creer que se ha dicho lo que no se ha dicho ni por asomo, esos terribles (y casi siempre fatales) “¿Qué has querido decir?”, esos silencios que, en persona, serían momentos de relajamiento, pero que, cuando te separan miles de kilómetros y no te ves, a veces se pueden interpretar como que no hay nada que decir, pese a la millonada que estás gastando en poder mantener la comunicación telefónica. Una relación a distancia, por teléfono, Skype o Messenger.
La sola idea de que Cinta está sola, encallada en casa, pese a que tiene una hermana en Barcelona y una madre en Tortosa, a miles de kilómetros de su anclaje con la vida deseada, me termina de desvelar.
Me acuerdo de Emmanuel. Los tres años que estuvo sin Wendy, a la que sólo veía en Navidades (cuando él iba a México) y en verano (cuando ella venía a Barcelona). A pesar de todo, consiguieron mantener la relación y, andando el tiempo, contrajeron matrimonio. Fui uno de los testigos. Este año, Wendy ha venido a Barcelona, a estudiar un posgrado en Pedagogía, su especialidad. Por fin están juntos.
Pero antes de eso, podía seguir el ritmo y la historia de esa relación. Tan sólo bastaba con medio enterarme de sus conversaciones telefónicas. Sus discusiones, sus rupturas (casi siempre irreflexivas: nada que no pudiera solucionarse quedando sobre la marcha y deshaciendo en persona el malentendido), sus reconciliaciones… Toda una relación, resumida en dos o tres conferencias telefónicas diarias, mantenidas durante más de tres años. Sereno, borracho, resacoso, estresado, tranquilo, beatífico, maldito, atareado, holgazán. De cualquier manera, pero siempre fiel al teléfono, sobre todo de noche, cuando allí es de día o por la tarde, y aquí no hay nadie despierto, salvo los corazones solitarios pegados al teléfono, en conferencias internacionales que les hagan olvidar que se han visto arrancados de sus vidas deseadas (de manera voluntaria, eso sí), las parejas que hacen el amor pared con pared (y te recuerdan tu desgracia, entre jadeos y gritos), el vecino energúmeno del quinto (que increpa y blasfema al menor ruido o cuchicheo por nuestra parte) y la promesa furtiva de una pajilla desganada (porque lo que te pide el cuerpo es otra cosa) con que te obsequian en las emisoras televisivas locales.
Tal vez me haya adormilado, porque ya no oigo a Cinta hablar con su marido. En su lugar, oigo un trajinar, pero hay más luz, proveniente del patio: debe de ser Laura, o el vecino del quinto. Los estudiantes del tercero no pueden ser, porque el piso está en venta.
Intento dormir.
No lo consigo. Todavía estoy desvelado.
La cisterna del lavabo no me deja dormir. Lleva cuatro meses jodida, pero pasamos de llamar a un fontanero, porque nos va a cobrar un pastón. (Dos semanas después de esta historia, nos llega una cuenta del agua desorbitada: lo barato sale caro.)
Me levanto a cerrar la cisterna. Por lo que me cuenta Wendy, Sergio la ha tenido abierta durante todo este tiempo, y muchas mañanas llego a casa, dispuesto a escribir, y me la encuentro goteando, o formando una torrentera. Está estropeada, y no llamamos al fontanero.
Aprovecho para orinar. Consigo arreglarla.
Voy a volver a mi dormitorio. Pero veo luz en la cocina.
Allí está Laura.
Laura ha entrado en el piso en lugar de Sergio. Es mexicana y viene a estudiar un máster en Educación. También es muy limpia y ordenada, de resultas de lo cual la casa está irreconocible. Jamás ha estado mejor.
Lleva apenas dos semanas.
Y está de pie en la cocina, apoyada contra el fregadero.
Un surco de rímel corre por sus mejillas. Aunque mantiene la voz serena.
Le cuento que este fin de semana me he quedado en casa.
Me cuenta que echa de menos a su novio.
Era un viejo amigo de la familia, pero empezaron a salir hace cuatro meses y medio. Ella le dijo que iba a venirse a hacer el máster de todos modos, y que él viera si le convenía arriesgarse.
Aceptó.
Emmanuel y Wendy se arriesgaron. Están casados, y ahora viven juntos aquí.
Ricardo y Vicky siguieron juntos aquí, y están casados.
Norberto y Aurora, también.
Pero Ray, Ericka, Adriana y Lily no tuvieron tanta suerte: cortaron con sus parejas estando ya aquí, nada más venir o unos meses después, o lo dejaron justo antes de venirse, precisamente porque se venían.
Y Laura echa de menos a su novio.
Y yo a mi novia.
Nos despedimos hasta el día siguiente. Ella va dando bandazos por el pasillo, y llega a quedarse encallada. Por un momento, temo que le vaya a dar un ataque epiléptico, o algo así, hasta que reparo en que está con una borrachera del cuatro.
Entro en mi habitación.
La oigo vomitar en el cuarto de baño. Está un buen rato.
Acto seguido, entra en su habitación. La luz está encendida. Me da pereza bajar la persiana.
Suena su teléfono móvil. Le cambia el tono de voz, muy dulce, pero también implorante.
Es su novio.
Hablan durante un buen rato. Su tono es cada vez más desesperado. Contrasta con el de Cinta, rápido y nervioso aunque firme; con el que utilizaba Emmanuel para hablar con Wendy, tranquilizador e hipnótico; con el que utilizo para hablar con Cristina cuando, como sucede este fin de semana, estamos separados: dulce, como si me hubiera tragado un bote de Mimosín (según Pau). Laura lleva veinte llamadas telefónicas de amor y un poema desesperado desde que está viviendo en casa.
La conversación cesa. La luz se apaga.
Y yo sigo en mi habitación, durmiendo solo en Barcelona por primera vez en unos cuantos meses, pensando en Cristina a cada instnate, y probablemente me quede dormido pensando en lo afortunado que soy, porque hace apenas veinte horas que no la veo, y no tardaré muchas horas más en volver a verla.
Otros no tienen esa suerte.

Etiquetas: ,

jueves, 2 de noviembre de 2006

La labor del editor

Empiezo el master de edición de Editrain con una primera clase sencillamente magistral, impartida por Jordi Nadal, que durante dos sesiones nos encandila a los diecisiete alumnos (editores deseosos de completar su formación, licenciados en Filología o Traducción ansiosos por entrar en el mundo de la edición y un editor en paro que intenta reengancharse en el negocio) con reflexiones como la siguiente:

Un editor debe ser un radar y una esponja de su tiempo y sociedad y ver lo que es necesario para el lector potencial y, entre otras cosas, detectar:
Lo que existe en el marco de su tiempo y merece ser comunicado al público;
Lo que, sin existir (en el sentido de ser público), debe empezar a ser formulado (proponer temas, textos, personajes y valores), y
Lo que ha existido y debería ser rescatado.

(Jordi Nadal y Paco García, Libros o velocidad; Fondo de Cultura Económica, pags. 5-6)


En el tiempo que Jordi tarda en leernos la cita de su propio libro, entiendo de súbito uno de los grandes problemas de la pequeña edición y del rollito editorial especializado en el género fantástico: el compadreo, el no haber sabido distinguir la amistad del negocio, ni la afición de la profesión. He sido (en el sentido anglosajón de editor) un editor radar y un editor esponja, sí; pero en otro sentido, mucho más prosaico.
Mi experiencia como editor esponja ha consistido en irme de copas con los autores, en baretos que previamente habíamos encontrado, valiéndonos de nuestro instinto de escritores y editores radar.
Qué coño: aquello también era divertido. Y útil. Cuántos contactos haces en momentos de confidencias culinarias o etílicas. Cuántas amistades se forjan en esas veladas que terminan cuando tienes que irte a la cama del hotel a cerrar los ojos un par de horas, ducharte, cambiarte, pronunciar tu conferencia o moderar el acto de turno, con un público compuesto en buena parte por trasnochadores que están esperando a verte para a continuación irse a sus hoteles a dormir.
Pocas veces me lo he pasado mejor que en la cena que Julián Díez le organizó a Joe Haldeman allá por 1994, en la que Pedro Jorge contó algunos de los chistes guarros más obscenos que he escuchado en mi vida, Haldeman celebró las excelencias del orujo que le ofrecía León Arsenal (“Fine, fine… It tastes like grappa”) y no diré qué editor -se dice el pecado, no el pecador- se intentó subir a un taxi… por el maletero.
O una cena en la Semana Negra del 2003, en la que Andrzej Sapkowski se lanzó a contar chistes ¡de Jaimito! y el Papa. Claro, Sapko es polaco.
O, un año después, otra cena, en vísperas del comienzo de la hispacón Gadir 2K4, en la que Juanmi Aguilera le ganó a Rafa Marín una apuesta: existen chistes intraducibles. El cazón en adobo y el pescaíto frito volaban, la cerveza corría a raudales y el ataque de risa que nos dio cuando vimos la cara de Rafa, atrapado en su propio ardid, justo después de la última frase del chiste, absolutamente intraducible a cualquier idioma que no fuera el castellano fonético, fue de los que valen por cien abdominales.
O, apenas una hora después, perdidos entre el marasmo de adolescentes de falditas cortas y medias de lycra que atestaban la calle, y perdimos el contacto con el grupo principal.
-¡Rudyyy! ¡Juanmiii! –gritábamos, para que nos esperaran.
Ni caso. No nos oían.
-¡Friquiiis!
Y se dieron media vuelta de súbito y repararon en nuestras presencias.
Asturcones, Semanas Negras, hispacones, entregas de premios…
Me lo he pasado de miedo, he aprendido mucho y, en cierto modo, he cumplido con esos mandamientos del buen editor: he sido un radar y una esponja. En el sentido chusco que acabo de enunciar, pero también en el sentido que Jordi quería darle a su aseveración.
Pasadlo muy bien en la hispacón de Dos Hermanas y brindad por mí en cuanto tengáis ocasión. Afinad el radar buscando buenos bares y comportaos como esponjas humanas.
Un abrazo muy grande.