Pared con pared
Los tenemos como referentes a contrario. Aunque discutamos, siempre terminamos hablando las cosas, tenemos un buen nivel de comunicación. No quisiéramos llegar a ser como ellos.
¿Cómo se nos percibirá pared con pared cuando discutimos o hacemos el amor?
Es difícil de saber: si no sabes cómo es la pareja de amigos que tienes ante ti, y cómo se comporta en realidad, privada de los convencionalismos de la vida social, ¿cómo vas a saberlo cuando hay muros entre ellos y tú?
No son los peores muros: están allí, erigidos para preservar la intimidad y la propiedad, para dejar claro que estás invirtiendo en una hipoteca de treinta y pico años de sueldo, de tu sueldo, y que lo más que puedes hacer para compartirlo con los demás es dejarlos entrar cuando te piden una pizquita de sal (los buenos vecinos son así, o deberían), o bien te puedes limitar a escuchar a través de las paredes cómo una pareja se hace añicos y se vuelve a recomponer, una y otra vez, con esos pegamentos maravillosos y milagrosos que son el amor, la buena voluntad, el entendimiento o, a veces, la pura y simple costumbre, la conveniencia.
Tampoco es que nos guste ser partícipes de ese conocimiento. Preferiríamos unas paredes algo menos indiscretas: en ambos sentidos. Pero, nos guste o no, las discusiones y las reconciliaciones se oyen a través de las paredes. A veces, a través de la ventana.
Si dejas abierta la ventana del dormitorio de Cristina un fin de semana por la tarde, puedes oir a otros vecinos, mucho más impetuosos. Son del portal de enfrente, lo que ya no me atrevo a precisar es el piso. No paran. Son muy escandalosos. Por lo que me cuenta Cristina, iguales que sus vecinos. ¿Estarán así dentro de año y medio o dos años? ¿Empleando en discutir las mismas fuerzas que ahora gastan en fastidiarnos la siesta con sus polvos? No lo sé. Espero que no.
La calle de Cristina es un microcosmos dentro del barrio: tan cerca del metro y del frenesí de una calle comercial, pero al mismo tiempo tan aislada de todo eso. Como estamos en un bajo, nos llegan todos los ruidos procedentes de la calle. Abrimos la ventana y nos enteramos de la conversación de las vecinas, con lo que a veces nos ponemos al día de lo que el Ayuntamiento había prometido y de lo que tenemos a cambio. Mucho y nada, respectivamente. La casa de Cristina es prácticamente la única vivienda de obra nueva que hay en esa parte del barrio; es de suponer que en menos de tres o cuatro años se derriben las casas que ahora detentan los okupas y, por fin, el Ayuntamiento invierta en reasfaltar, o en echar abajo los muros del aparcamiento de la fábrica, echar esta abajo y acabar con la trampa lobera que es la parte trasera de la calle.
Si tienes que hacer caso de las vecinas que forman corro bajo nuestra ventana, la calle ha mejorado mucho de un par de años para acá: el tiempo que tiene la casa de Cristina.
Ello no obstante, he llegado a ver a dos yonquis pinchándose entre unos coches, junto a la fábrica. A veces me olvido de la prohibición expresa de atajar por esas calles que me autoimpuse después de ver aquello. O del domingo (día de limpieza) en que, pasando la bayeta por la ventana del salón, nos encontramos con una preciosa jeringuilla, usada, ensangrentada y, por suerte, tapada, en el quicio de la ventana, junto a las macetas. A mí me fastidió la tarde; a Cristina le supuso un pesar que duró más tiempo. No es agradable ver estas cosas. Te preguntas si es una costumbre, o qué será lo próximo.
O si tu calle es segura.
Si tengo que hacer caso al corro de las vecinas, ahora la calle es segura. Y a mí, que nunca he tenido incidentes serios en Barcelona, también me lo parece: la iluminación es buena, apenas trasnocho y la carretera de Sants está lo suficientemente cerca como para salir por piernas si veo algún peligro. Además, el okupa cojo, omnipresente en el barrio, ya le saluda a Cristina, lo cual nos otorga una especie de patente de corso, una certeza de que gozamos de cierta seguridad, de que somos del barrio y nadie va a intentar hacernos nada.
Cosa que, por supuesto, no tiene por qué saber un hipotético mangui que venga de fuera del barrio.
Creo que nuestra calle es segura. Al menos, yo voy seguro por la calle. Pero, igual que los vecinos, que cara a cara te transmiten una imagen, desmentida por lo que oyes pared con pared (que, a su vez, quedará desmentido por la realidad), la realidad de la calle puede entrar en conflicto con tu percepción de la misma, y a su vez ambas pueden quedar desmentidas por lo que oyes pared con pared.
Vivimos en un bajo. Pared con pared, en nuestro caso, son los vecinos que discuten; pero también la calle y un callejón trasero.
Por eso, una noche tienes malos sueños, pero te despiertas y los malos sueños siguen acosándote.
-¡AsesinooooOOOOSSS!
Y te quedas paralizado. Oyes un tumulto.
"Ya está: le ha dado una paliza", piensas, con la mente puesta en los vecinos. "Se acabaron los gritos. Ya han empezado los malos tratos."
Pero el grito no proviene de donde debiera, sino del otro extremo de la casa.
La calle.
Ha pasado algo en la calle. Y no es un mal sueño: realmente ha pasado.
Y, aunque estás a oscuras, parece que ves, como un gato. Y el tiempo transcurre más despacio.
No llegas a oirte respirar.
Cristina también está envarada, a mi lado.
Una voz de chica. Sigue llorando. El grito ha devenido en una especie de estertor, da paso a un tumulto y luego deviene en llanto.
Empiezas a oir cómo se suben las persianas del vecindario.
Han sido unos segundos interminables de silencio antinatural.
Se oyen algunas voces, más pausadas. Vecinos valientes que han salido a preguntar qué pasa, a intentar ayudar.
Lo más que puedo hacer es abrir la ventana y subir un poquito la persiana.
Algunos vecinos, parapetados tras sus persianas, me devuelven la misma mirada de estupor cobarde e incredulidad expectante que debo de tener, que sé que tengo.
Miro la hora. Las dos y media.
-Qué pronto -es lo único que se me ocurre pensar, y decir.
Muy pronto, sí. A estas horas, el metro acaba de cerrar. Cuando salgo y me recojo pronto, voy por la calle, tan tranquilo, sin saber que frente a mi puerta, o la puerta de la casa de Cristina, alguien puede haber intentado hacerle algo a una mujer. ¿Robar? ¿Violar? No sé.
Pasa una eternidad: uno o dos minutos. Me levanto y voy al salón. Levanto un poco la persiana. Veo a la vecina de arriba patrullar por la calle.
Mira hacia donde se ha ido la chica. Le ofreció llamar a la policía o una ambulancia, pero la chica se ha ido calmando y se va. Al parecer, han intentado asaltarla, ella ha arrancado a gritar y ellos han salido por patas.
-Benditos pulmones -digo, cuando vuelvo a la cama.
Le han salvado la vida.
El domingo, cuando Cristina le explica la movida a su madre, ella sólo acierta a preguntarle: "¿Y Juanmita no salió?".
No. No salí. Vivimos en un bajo. No es lo mismo salir a la terraza en un primero que en un bajo, razonamos, cuando le cuento a Cristina que me siento mal por no haber salido a preguntar, a interesarme por la chica. Puede ser un consuelo, y desde luego es una evidencia: no es sensato subir una persiana y encontrarte con la mirada de alguien que luego puede ir a por ti. Pero te quedas con la sensación de que, pese a ser humano, deberías tener algún resquicio de valentía, y que, aunque no puedas ayudar en términos absolutos, a veces el mero hecho de salir y preguntar ya puede ser un detalle, el apoyo que necesita la otra persona. La certeza de que, si te ocurre a ti, alguien va a hacer algo.
-Nunca hay que pedir ayuda, porque entonces no sale nadie -dice Cristina-. Hay que gritar "¡Fuego!". Entonces sí que te hacen caso.
Y es cierto. Primera o segunda lección de la vida: si no puedes apelar a tu defensa personal, a tu supervivencia como individuo, recurre a la amenaza de supervivencia del grupo. El oso o el tigre de dientes de sable se van a llevar al miembro tullido de la tribu de homo antecessor: es su problema, gana el patrimonio genético de la especie. Pero si se prende fuego en tu cueva, entonces hay que salvar a la tribu en conjunto.
Pared con pared, sientes lo poco que ha avanzado la película en un millón de años. Y da rabia. Claro que da.
Etiquetas: barcelona, barrio de Sants, robos, vecinos, vida cotidiana












