lunes, 30 de octubre de 2006

100

Cien anotaciones del blog, que se dice pronto. Unas más logradas que otras, tal vez alguna prescindible, muchas desaprovechadas, unas poquitas casi perfectas... pero todas nacidas de las entrañas y el corazón, como tiene que ser.
Es sólo un número, pero me gusta.
Muchas gracias por vuestra paciencia, por aguantarme el rollo y por hacer posible el blog.
Ahora me pongo en modo control de calidad. ¿Cuáles son vuestras anotaciones favoritas de Pornografía Emocional? Por mi parte, reconozco una debilidad por las escenas de los castings caseros, pero supongo que es por puro afán de venganza. La anotación que más me gustó escribir fue esta; la que menos, esta otra. Ambas, entre las cinco que han dejado más comentarios.
Pero otra vez estoy hablando de números, no de sentimientos.
Lo que más me gusta del blog es que casi un año después sigue motivándome, sigo encontrando cosas sobre las que me apetece escribir, sigo creyendo en lo que hago y ahora es cosa de dos. Lo que menos, el temor a repetirme o a darle vueltas a lo mismo, a no progresar, a que llegará un momento en que la fórmula no dará más de sí y no tendré más remedio que cerrarlo.
Mientras ello no ocurra, aquí seguiré. Nos leemos en la anotación 101. Y en la 102. Y en la 200. Si queréis.

Editando:
Aquí os dejo los enlaces a las anotaciones que más os han gustado, para que las podáis releer... o descubrir, si os enganchasteis tarde al blog.
La más exitosa parece ser la del mecherito del Atleti (10 de enero).
Para los amantes de las emociones fuertes, mis aventuras odontológicas con el cirujano implantólogo y su inseparable enfermera. "Un paso adelante hacia mi cyborgización" (22 de mayo), "Simetría bilateral tope gore" (2 de junio) y "El Lamborghini de los implantes" (20 de octubr).
Los de los castings para encontrar compañeros de piso también tienen sus fans. Primera parte (7 de abril). Segunda parte (30 de abril). Tercera parte (5 de mayo). La cuarta está al caer, aviso.
Listas de cinco, una vez más, con sentimiento (26 de abril). Como digo, es mi anotación favorita. (¿Por qué será?)
En la vena intimista, "Sopa agripicante para el alma" (16 de marzo) parece ser el que mejor os ha entrado. Reconozco que cuando lo escribí me sentí superado, porque creía que no iba a poder repetir la intensidad de esta anotación. Me vacié por completo.
Los de heridas y cicatrices también os han caído en gracia. La idea de contar mi vida a través de mis enfermedades puede parecer morbosa, pero me parece un enfoque interesante. Hasta ahora sólo he subido "No cejar en el empeño"(29 de diciembre) y "La caña de España" (31 de enero), pero hay una escoliosis, una alergia y una neumonía que están deseando que las cuente tarde o temprano.
Otra anotación que ha salido a relucir es "¿Recuerdas la primera vez?" (25 de febrero), que además es de mis favoritas, y viene de coña sacarla a colación mientras escribo, porque tengo a los vecinos con un recopilatorio de Pulp puesto a toda hostia. La enlazo.
Entre las que nadie ha citado que creo que merece la pena redescubrir, me atrevería a recomendaros las siguientes:
"La banda sonora de mi hogar (De Valencia a Madrid sin salir de Barcelona)" (25 de diciembre), por aquello de que mezclo mi pasión por la música con un resumen muy sentido de los cuatro años que llevo en Barcelona.
"Seis cuentos que nunca escribiré" (26 de enero), porque me hizo ilusión retomar el hábito de la escritura y reencontrarme con relatos inconclusos que había escrito hace años.
"Algo nuevo: ¡Recuentos de manifestantes en 3-D!" (12 de junio), por aquello de reivindicar las venas gamberra y política, que de vez en cuando queda oculta tras las anotaciones emocionalmente pornográficas.

domingo, 29 de octubre de 2006

Gel azul y otras visiones extremas

Víctor Miguel Gallardo, Charlotte y Bernardo Fernández “Bef” me dieron a mediados de este verano la mayor alegría editorial que he recibido desde que Ursula K. Le Guin accedió a que Gigamesh publicara tres ensayos suyos. Nada menos que el prólogo de Gel azul, la última obra de Bernardo, y primera que presenta en España, que está a puntito de salir de imprenta y que el propio autor presentará en el transcurso de la hispacón de Dos Hermanas, a la que acude como invitado de honor.
Conocí a Bernardo durante la hispacón del 2000, la primera AsturCon, que se celebraba en Gijón. Ya había leído relatos suyos y de otros autores mexicanos en diversas publicaciones como SUB (que él mismo editaba), Umbrales o A Quien Corresponda; todas ellas en barbecho o desaparecidas, salvo que alguien me corrija el dato. Agustín Jaureguízar me las proporcionaba, para que las reseñara en su boletín bibliográfico Uribe.
La ciencia ficción mexicana de los años noventa era una caja de sorpresas. Más bienintencionada que bien escrita (salvo honrosas excepciones, como el propio Bernardo), parecía salir de un letargo de un par de décadas, en un fenómeno paralelo al que habíamos experimentado en España. Si aquí teníamos los premios Ignotus, Aznar y UPC, allí tenían los Puebla y Kalpa. Si aquí vivíamos un hervidero de actividad en Madrid, Gijón y Cádiz, allí ocurría lo propio en el D.F., Puebla y Tamaulipas. Si aquí se intentaba editar la enésima encarnación de la revista Asimov, allí también.
En poco tiempo apareció una generación de buenos autores y críticos, que en ocasiones conseguían dar el salto a este lado del Charco y ganar premios. José Luis Zárate y Alejandro Mier aparecían en el palmarés del UPC; Gerardo Sifuentes, en el del Philip K. Dick.
Todos parecían estar especialmente interesados por el ciberpunk. Una tierra llena de contrastes, en la frontera entre el siglo XXI y el XIX, sólo podía producir ciberpunk, no ya como expresión genuina de una ciencia ficción con raíces, sino como literatura pura y simplemente realista. Cuenta Bernardo que William Gibson quedó boquiabierto cuando visitó el D.F. Aquello sobre lo que había estado escribiendo durante veinte años se le presentó de repente, como un jarro de agua fría.
¿Qué escritores mexicanos querrían escribir una novela fantástica titulada Neuromante?
Nadie, porque sería una novela realista, y los meterían en el mismo saco que a Pérez Galdós y Clarín.
Durante aquella época (de 1997 al 2000) me empapé de ciencia ficción mexicana. Quien desee obtener una visión más completa del movimiento, que intente agenciarse dos antologías imprescindibles: Más allá de lo imaginado (1991) y Los mapas del caos (1998). Si no las consiguen, invito a algún editor español a asumir el riesgo de darlas a conocer, o bien a confeccionar ex profeso alguna antología con lo más relevante de la ciencia ficción mexicana reciente.
Descubrí a ensayistas como Miguel Ángel Fernández y Gabriel Trujillo, a quienes posteriormente publicaría en la revista Stalker. Redescubrí a Mauricio Schwarz, de quien ya habíamos publicado un relato en Núcleo Ubik. Me enamoré de un relato que espero que el próximo director de Gigamesh, sea quien sea, mantenga en cartera: “El que llegó al metro Pino Suárez”, de Arturo César Rojas. Un auténtico pasote. Me familaricé con las novelas de luchadores enmascarados de José Luis Zárate, con los parajes ciberpunk de Gerardo Sifuentes y Gerardo Horacio Porcayo. Entendí el concepto de vida en la frontera gracias a relatos de José Luis Ramírez.
Y luego estaban Bernardo Fernández “Bef” y Pepe Rojo, que editaban SUB, una revista primorosa en cuanto a concepto y contenidos.
Y los conocí en persona, durante la AsturCon/hispacón/Semana Negra del 2000.
Con rasgos inequívocamente mexicanos el primero, totalmente güerito el segundo, Bef y Pepe paseaban sus fisonomías contrapuestas pero complementarias por los alrededores del Molinón, llevando bajo el brazo un pack compuesto por sus libros de relatos y una careta de luchador mexicano, que vendían a un precio módico.
Les solicité sendos ejemplares de sus libros, para reseñarlos en Gigamesh, me los dieron muy amablemente y las críticas aparecieron en el número 28, el correspondiente a diciembre del 2000. Las transcribo a continuación:


Pepe Rojo. Yonke.
Ed. Times.
México.
105 págs.

Que durante la década de los noventa la cf mexicana ha experimentado un considerable salto de nivel cualitativo es algo fuera de toda duda, si se está más o menos al tanto de lo que se escribe por allá. Libros como este Yonke demuestran las contradicciones de un género aún joven que, en su vertiente más, digamos, vanguardista, se funde hasta el extremo de lo irreconocible con la vida cotidiana, formando una amalgama en que realismo sucio, tremendismo, ciberpunk y costumbrismo se hacen indistinguibles. A una sociedad cambiante corresponde una literatura inquieta, ¿no?
Como muestra, el relato que abre el volumen. “Ella se llamaba Sara” podría estar protagonizada por los hijos de los personajes de Los olvidados de Buñuel, o ser un ciberpunk a lo Ambiente o bien, como dijo el autor durante la presentación de esta antología en la Hispacón de Gijón, ser cf que se desarrolla veinte minutos en el pasado. La peculiar relación entre dos chicos marginales, él protector, ella consciente de que un trastorno psicopático hereditario puede arruinarle la vida, nos presenta al mismo tiempo una estampa de un futuro catastrofista y de un presente catastrófico, y consigue dejar al lector con un nudo en la garganta. Juventud y sufrimiento, sometimiento y no-hay-futuro parecen ser las consignas de estos relatos, con una mención especial para “Del deseo y su cura” y “Conversaciones con Yoni Rey”. Más inmerso en un registro de cf, el último relato, “Para-Skim”, viene a ser el compendio de todas las preocupaciones ya enunciadas, en clave ciber, pero no por ello menos urgente, menos real.
En resumen, una antología no apta para leer en un día particularmente optimista, pero de las que te deja pensando. Y un buen punto de partida para comprender lo que es la literatura mexicana actual (y no sólo la fantástica).

Bernardo Fernández BEF.
¡¡Bzzzzzzt!! Ciudad Interfase
Times Editores. México
128 págs.

Afirmación radical: en México, ciencia ficción y contracultura, literatura fantástica y subversión aún están unidas, algo que no se puede decir del género en España desde por lo menos veinte años. Ahora bien, que esto sea o no útil o necesario, ya es otro cantar. Pero lo que importa es lo siguiente: BEF ha escrito una antología de relatos plena de visiones peligrosas de un mundo que, sin ser el nuestro, no nos es del todo ajeno; de una sociedad efervescente en la que, al igual que Yonke de su compatriota y amigo Pepe Rojo, no sabes si estás en el presente, el futuro o veinte minutos en el pasado.
Desde el punto de vista literario, sin embargo, nos hallamos ante una antología un tanto lastrada por el chiste fácil (en los demasiado abundantes ultracortos), un estilo a veces demasiado monocorde y una cierta querencia por el efectismo. No obstante, podemos destacar un par de relatos muy por encima de la media de lo que se escribe por México, caso de “El pedazo más grande”, historia que no deja de ser el típico ciberpunk de hacker con lealtades divididas y que, sin embargo, funciona a la perfección gracias a la espontaneidad en el retrato de personajes y la inmediatez en las descripciones del ambiente que nos lo hacen ver como algo real, incluso posible. Otro tanto podría decirse de “Sólo salimos de noche”, si no fuera porque la temática vampírica lo convierte en demasiado obvio. Con todo, el relato más satisfactorio es “Wonderama”, una arriesgada mezcolanza entre ciberpunk, realidades virtuales y crítica política (muy dura, por cierto), que nos ilustra, mejor que ningún otro relato mexicano que yo haya leído, la afirmación con que iniciaba este comentario.


Después de ¡¡Bzzzzzzt!! Ciudad Interfase (1998), Bef publicó una segunda recopilación de sus relatos fantásticos, El llanto de los niños muertos (2004). Pule defectos, depura el estilo y gana en intensidad. “Las últimas horas de los últimos días” narra la historia de lo que deberían haber sido los protagonistas de Asesinos natos, si hubieran tenido la certeza de que el fin del mundo los esperaba a la vuelta de la esquina y, ante el chaparrón que se avecinaba, la única solución existencial válida era añadirle un poquito de ética y buenos sentimientos al nihilismo al que estaban condenados. “Siete escenarios para el fin del mundo y un final final” parece un descarte de La exhibición de atrocidades, de J. G. Ballard: el cinismo lúdico que despliega Bernardo es del mismo tipo que el que usa el maestro. “Leones” es una fábula que se diría arrancada de los fotogramas de Doce monos. “Ojos de lagarto” es, más que una fábula, un cuento, tal como nos lo contarían los reality shows de sábado por la noche. “La virgen ahogada conoce al monstruo de Frankenstein” ahonda en la dicotomía entre arquetipos del cuento clásico de terror y medios de comunicación social. “Las entrañas elásticas del conquistador” prefigura el universo referencial de su siguiente libro, Gel azul, la disyuntiva entre megacorporaciones (globalizadoras y uniformizadoras) y vestigios en retirada de la idiosincrasia autóctona. “La bestia ha muerto” tiene elementos ucrónicos y mucho efecto Connery. También hay cuentos de repertorio, pero Bernardo encuentra por primera vez una voz propia, que ya no abandona, y mejora hasta la brillantez en su primera novela, Tiempo de alacranes.
Inédita en España (no por mucho tiempo, por lo que me comenta Bernardo), Tiempo de alacranes (Joaquín Moritz, 2005) es una incursión en el género policíaco; como tal, el lenguaje de la calle es su punto fuerte. Escrita en jerga mexicana, narra las andanzas del Güero, un matón que se niega a cumplir un encargo (liquidar a un sicario) y se ve envuelto en el asalto al banco en el que pensaba devolver el anticipo que le había adelantado su jefe y la posterior huida por unas carreteras que parecen puro Barry Gifford. Sus acompañantes/secuestradores, Obrad y Lizzy, resultan conmovedores de puro pardillos. El Güero es el típico personaje maltratado por la vida que termina cayendo simpático. Y la novela es un prodigio de uso del lenguaje. Gana el Premio Nacional de Novela “Una vuelta de tuerca” y el Memorial Silverio Cañada a la mejor primera novela policíaca del año, que otorga la Semana Negra. Allí coincidimos de nuevo en julio del presente año, y volvemos a departir largo y tendido.
Poco después, aún en verano, recibo el encargo de prologar Gel azul, su primera publicación en el mercado español (Ed. Parnaso). Leo con deleite las novelas cortas “Gel azul” (un muy buen policíaco de futuro cercano en un abigarrado México D.F.) y “El estruendo del silencio” (un space opera que había sido finalista del UPC) y, con no menos deleite, me lanzo a escribir el prólogo prometido.

GLORIA EN LA INTERFASE DE LAS MARAVILLAS

El gel azul que da título a este libro no es otra cosa que la materia de la que están hechos los sueños virtuales, esa realidad alternativa que nos acecha desde hace tiempo, va ganándole terreno a la prisión corpórea en que nos hallamos sumidos y terminará por convertirse en nuestro refugio y liberación.
En torno a una tanqueta de gel azul pueden acaecer los sucesos más denigrantes o sublimes. La violación de una rica heredera, en una especie de feroz remedo del Hable con ella almodovariano que hubiese sido adaptado y recrudecido por David Cronenberg. El asesinato de la criatura resultante de esa violación. Una serie de macabras amputaciones de miembros, como si el espíritu del Limbo de Bernard Wolfe se hubiera adueñado de las decisiones que adoptan las todopoderosas megacorporaciones. La toma de conciencia y posterior rebelión de un ser biomecánico destinado a ser una mera herramienta.
El gel azul es muerte: resulta irrespirable para nuestros pulmones, es sólo un medio para que los intrépidos aventureros de la realidad virtual conserven intactos sus cuerpos mientras huyen del mundo intersubjetivo. Una huida que puede ser interior, como en el caso de la novela epónima, o exterior, como en “El estruendo del silencio”. Si respiras el gel azul, mal asunto; pero si no te refugias en él para huir de la violencia que terminará por matarte (si no lo ha hecho ya), mal asunto también. El gel puede ser un catalizador del dolor.
Porque Bernardo Fernández, Bef, no hace sino hablar del dolor y la muerte, en esta su primera obra publicada en España. En sus dos recopilaciones de relatos anteriores, ¡¡Bzzzzzt!! Ciudad Interfase (1998) y El llanto de los niños muertos (2004), nos trasladaba a parajes desolados de la Ciudad de México y alrededores. Imágenes a medio camino entre Doce monos, J. G. Ballard y el imaginario popular mexicano. Parques atestados de leones huidos del zoo, dragones raptores de doncellas que protestan por la cobertura mediática de su acción, monstruos enamorados, parejas que viven al límite en el peor momento para vivir al límite; para vivir, a secas. En los relatos de Bef (y ni “Gel azul” ni “El estruendo del silencio” son excepciones), los personajes están dotados de vínculos invisibles que no hacen sino acrecentar las implicaciones de sus actos. Cualquier acto tiene sus consecuencias, y en el universo literario del autor estas consecuencias generan mucho dolor en los personajes. En “Gel azul”, el detective Crajales necesita reencontrarse con el periodista Salgado para descubrir que sus pesquisas van más allá de lo que sus sentimientos y recuerdos pueden tolerar. En “El estruendo del silencio”, la relación de amor-odio no declarada entre dos máquinas, Ká y MaReL, esconde otra relación, mucho más cruel y dolorosa.
Pero Bernardo Fernández también nos habla de su sociedad viva. Como la gran mayoría de los autores de ciencia ficción adscritos al movimiento ciberpunk, Bef escribe literatura realista acerca del futuro que nos espera dentro de veinte minutos, ese que ya llegó hace tiempo pero a veces nos cuesta ver porque no estamos lo suficientemente entrenados para ello, sobre todo en determinados países, como Japón y México, en los que se desarrollan las acciones de estas dos novelas cortas. Al igual que ocurre con el realismo mágico, en lugares como México resulta difícil discernir fantasía y realidad, realismo y ciencia ficción. El charco formado en un oscuro callejón puede devolvernos el reflejo de un ganapán surgido de Los olvidados, de Luis Buñuel. El libro de relatos rabiosamente modernos (haber editado SUB es algo que marca) junto con el que se obsequia con una careta de Santo o cualquier otro luchador mexicano (tesitura en la que conocí al autor, durante la hispacón del año 2000 en Gijón). Con esta materia prima, Bernardo Fernández puede escribir, sin apenas cambiar de registro, la novela policíaca más desoladora (Tiempo de alacranes, galardonada con el premio Memorial Silverio Cañada a la mejor primera novela en la Semana Negra del 2006) y el relato posciberpunk definitivo en lengua castellana (“Gel azul”). El habla de los personajes de Bef es la misma en ambas obras: la de los mexicanos de la calle, los parias que vuelven a serlo después de haber intentado llevar una vida digna y los ricos muy ricos que dominan el país a su antojo. Es su punto fuerte, y lo que hace imprescindible este libro, cualquiera de sus libros. Leo a Bernardo Fernández y me encuentro con un fresco vivo de la sociedad mexicana actual, un muralista a lo Diego Rivera embutido en el mono de trabajo y pintando a un Cuauhtémoc moderno y mestizo (de mexicanos y japoneses), una serpiente emplumada con forma de alacrán robotizado, una Malinche mancillada en la cubeta de gel azul desde la que huye a mundos mejores en pos del sentido de la vida y un Hernán Cortés con andares de abogado de prestigio. Las pirámides ya no son templos religiosos, sino indicadores de ascenso social. Los sacrificios no se realizan con cuchillos de obsidiana, sino a golpe de pistola y talonario. Las naves que quema el Conquistador se embarcan en viajes de varias generaciones. Y el muralista, consciente de los tiempos que corren, prescinde de los colores clásicos y llena su paleta de tonos azul cobalto. Metal hurlant.
El futuro, el presente y el pasado.
Un baño en gel azul.
Y nos invita a sumergirnos.
Y resulta imposible no hacerlo.
Y cruzamos al otro lado del espejo.


Hemos vuelto a coincidir. Hace un par de semanas, en Barcelona. Bernardo venía a una boda familiar, acompañado por la igualmente encantadora Rebeca. Como siempre, hablamos sobre lo divino y lo humano, descubrimos afinidades comunes y sospechamos que podríamos entendernos en lo relativo a las afinidades no comunes. Me cuentan su proyecto de boda, para el año que viene, y sería una lástima no cruzar el Charco para asistir a ella: promete ser la bomba. Los dejo en la puerta de la Sagrada Familia, no sin antes darles indicaciones acerca de lo que deberían ver de Barcelona y Madrid. No podremos vernos en Dos Hermanas, pero seguro que su conferencia sobre la ciencia ficción mexicana resultará apasionante. Y Gel azul, todo un descubrimiento para los asistentes a la hispacón.

viernes, 27 de octubre de 2006

Una mirada a la oscuridad

Estás en el andén, esperando la llegada del metro. Como en Barcelona somos muy modernos, los relojes de las estaciones marcan el tiempo que falta para que llegue el siguiente tren.

Lees un libro, para amenizar la espera. Faltan cuatro minutos y pico. Se te ha debido de ir por los pelos.

Alzas la vista. Faltan 2 minutos y 18 segundos. 2 minutos y 17 segundos. 2 minutos y 16 segundos.

Pasas página. Lees un par de párrafos. Vuelves a alzar la vista en dirección al reloj.

Faltan 2 minutos y 18 segundos. 2 minutos y 17 segundos. 2 minutos y 16 segundos.

Ah. Habré leído mal la otra vez. O esta.

Otra página. Repites la operación.

Faltan 2 minutos y 18 segundos. 2 minutos y 17 segundos. 2 minutos y 16 segundos.

Empiezas a sentir verdadero mal rollo. Te vienen recuerdos de una mala experiencia con trufas rellenas de hachís, hace casi tres años, y los dos o tres días que te pasaste con idas y venidas súbitas a otros planos de conciencia, esos “Como no tengo ni puta idea de si esto me está ocurriendo de verdad o no, voy a tratar de ser lo más correcto posible, por si acaso”.

Pierdes el hilo de la lectura. Vuelves a mirar el reloj.

Procesando nueva información.

Algunos usuarios intercambiais miradas de preocupación. Sigues leyendo, para no retroalimentar tu paranoia con la de ellos. No mires a los ojos de la gente.

Vuelves a mirar el reloj.

Actualizando datos.

Vale. No es un error en Matrix. La gente murmura:

-Viene con retraso.

-La línea se ha cortado.

-Alguien se habrá lanzado a la vía.

Calculas mentalmente el tiempo de que dispones antes de salir del metro y buscar un autobús que te lleve a casa. A estas horas, todavía tiene que pasar el 54 con cierta regularidad.

El convoy entra en la estación.

-Mira, es de los nuevos –dice alguien. Como si eso fuera un consuelo. En cierto modo, lo es.

Subes. Sigues leyendo, más pendiente del libro.

Y, de súbito, te ríes pensando en lo mal que lo has pasado durante unos instantes, en tu súbita duda acerca de la realidad de la situación, y en que probablemente no le habrías dado la menor importancia al incidente si no hubieras estado releyendo una novela de Philip K. Dick…

miércoles, 25 de octubre de 2006

La guerra de los mundos

A primera vista, parecen los trípodes de La guerra de los mundos avanzando implacables sobre la población desprotegida de una gran ciudad. Los invasores llevan las de ganar: son más grandes y fuertes. Invulnerables.

Pero no. Son grúas. Algún constructor le pagó a un alcalde una suma exorbitante para que le dejara sembrarlas en un terreno de casitas bajas, previamente recalificadas y sometidas a expropiaciones por interés público o social, y docenas de técnicos de empresas subcontratadas a tal efecto las aventó. Casi todas agarraron, pues la composición química de la tierra era propicia para el desarrollo de esta especie, y de resultas de la siembra han proliferado docenas de ellas.

Los frutos de estas semillas serán variados, pero de una calidad superior a los productos que crecían antaño en el solar. Hoteles de lujo. Una ciudad de la justicia. La prolongación de la Gran Vía de Barcelona más allá de las fronteras municipales, casi hasta el aeropuerto. La conversión de L’Hospitalet de Llobregat en una ciudad competitiva.

Se acabaron las huertas, las ventas y las masías. Bienvenidos al siglo XXI.

Bajar andando desde casa de Cristina hasta el Ikea de la Gran Vía es toda una aventura. Tienes que cruzar la vía del tren por un paso subterráneo prácticamente improvisado, que por no tener no tiene ni graffitis. El otro paso, el de toda la vida, está cerrado, por las obras del AVE. Podrías desviarte de la Rambla de Badal y meterte por las callejuelas cercanas al Mercat de Sants que van a parar al metro Mercat Nou, dejando atrás la casa de Yolanda, y cruzar por allí, hacer como que te acercas a casa de Ripley y Truman, para a continuación girar a la derecha por la calle de Andalucía y salir de nuevo a Badal. Pero no se puede. El acceso está cortado.

No te queda más remedio que cruzar por ese subterráneo.

El tramo bajo de la Rambla de Badal no se parece en nada al de las inmediaciones de casa de Cristina. No se respira ese aire festivo, un vecindario abigarrado, gente pululando por las terrazas (La Reoca, la heladería de al lado del Suma, el Bracafé…), charlas de marujas en la puerta del Lidl o el Schlecker, restos de la actuación de castellers o de la feria que se desarrolló semanas antes, parejitas endomingadas pese a que es una tarde de sábado de puente, prestas a comprarse el calzado necesario para pasar la temporada otoño invierno, o abastecerse de tartas Sacher en Vives o Kessler-Galimany. El barrio de Sants.

Pero entre la vía del tren y la plaza de Ildefons Cerdà se respira otra Barcelona. La ciudad dormitorio, indistinguible de Santa Eulàlia, Bellvitge o el Passeig de la Zona Franca. Una Barcelona residencial y sin apenas vida, al menos a la hora a la que pasamos por ahí; a la vuelta hay más animación: abuelos sentados en los bancos, pandillas de jóvenes suramericanos de entre nueve y dieciséis años zascandileando, niños jugando en los toboganes. Podría encontrarme con Manu, Mila y sus niños, Alba y David; pero cuando vamos al Ikea es demasiado pronto, y cuando regresamos es demasiado tarde.

Cruzamos el paso elevado de Ildefons Cerdà. A nuestra derecha, las obras de la futura Ciudad de la Justicia. El cielo está velado, con una neblina que hace el paisaje casi espectral.

La Gran Vía está levantada. La estación de los Ferrocatas está cerrada por ese acceso. Todo son zanjas, verjas, marquesinas abandonadas y planos indicativos para transeúntes despistados.

En vista de que de un momento a otro voy a soltar mi gracia recurrente en estos casos, Cristina se me adelanta:

-Hay que ver lo hospitalarias que son las autoridades de esta ciudad, que hacen todo lo posible para que los madrileños os sintáis como en casa. Obras, obra y obras.

Ya nos vamos conociendo.

Hacemos una parada técnica en el Gran Vía 2, para comprar un par de botellines de agua.

A partir de ahí, un inmenso descampado de grúas, casetas prefabricadas y semáforos apagados. La acera es testimonial, apenas un metro de anchura. Un charco, vestigio del chaparrón del jueves, limitado por una hilera de verjas, como si estuviéramos esperando el paso de la etapa reina de la Vuelta Ciclista a Ninguna Parte; como si estuviera pasando en este preciso instante; como si fuera a pasar dentro de cinco años, cuando L’Hospitalet intente disputarle a Valencia la vocación de segunda ciudad de los Països Catalans.

En la otra acera, la Fira 2. Hace tres años vi allí a Björk, en el Sónar. La acústica era pésima; Björk, divina.

Una rotonda fantasma, con la pintura aún fresca.

Un polígono fantasma, cerrado a cal y canto. Es el día de comprar estanterías de madera, calamares de peluche y delicias de salmón ahumado. Nadie quiere echar la tarde viendo sanitarios o platos de ducha.

Una masía fantasma, con alguna señal de haber sido restaurada en fechas recientes, se yergue solitaria en el cruce entre dos carreteras. Puedo imaginar la vida de los moradores, si los hubiere, en una mezcla de “Casa tomada”, de Julio Cortázar, y La isla de cemento, de J. G. Ballard. Dentro de un par de años será un polígono industrial. Y venderán sanitarios, platos de ducha, automóviles con despensas repletas de repollo coreano fermentado, tresillos de La Sénia…

Entramos en el recinto del Ikea, gente aparentemente surgida de la nada, como yonquis sorteando un descampado para acceder a un supermercado de la droga. Atrás, Montjuïc, con la torre de comunicaciones, la cúpula del Palau de Sant Jordi y, más difuso, el MNAC. Parece una mezquita lejana, o una ciudadela. A un lado, Vallvidrera y el Tibidabo.

Los guardias de seguridad advierten de que el aparcamiento subterráneo del Ikea está saturado, y dejan que los coches accedan por la misma entrada por la que lo hacemos los viandantes. Carrera de ratas.

Cristina y yo parecemos extras de una película codirigida por Alain Resnais, Federico Fellini, Ventura Pons y David Cronenberg.

La visita al Ikea es agobiante. Compramos lo que necesitábamos (un cuchillo que corte bien, un juego de ensaladeras y poco más), pagamos en la caja rápida y, pertrechados con la bolsa azul que delata nuestra procedencia, nos dejamos caer por la tienda de alimentación, desechamos el surtido de mermeladas y cervezas suecas, a buen seguro adulteradas para inducirnos de manera subliminal a la compra de más productos Ikea, y regresamos al Gran Vía 2. Un monumento a la petulancia, como si las mafias rusas hubieran descubierto un filón en la venta de los planos del museo del Ermitage, pero con fines comerciales. Un centro comercial que parece un palacio de corte versallesco, o una estación de ferrocarriles parisina. Repostamos en los lavabos públicos, nos tomamos unas cervezas, sentimos el primer frío del otoño en nuestras carnes y emprendemos el regreso a casa de Cristina. Poco a poco, desandamos el camino y vamos desprendiéndonos progresivamente de las capas de irracionalidad, sinsentido e irrealidad en las que nos habíamos ido adentrando. El corazón de las tinieblas, pero corriente abajo. La noche camufla los errores en la realidad virtual de la que venimos, al tiempo que nos devuelven a paisajes más familiares y tranquilizadores. El cerebro reptiliano quedó atrás, entre las plantaciones de grúas, que ahora descubro que no eran los trípodes de La guerra de los mundos, sino las plantas invasoras de Los genocidas, de Thomas M. Disch. Dispuestas a ganar, por la vía de sumirnos en los estadios más primitivos de conciencia.

La Rambla de Badal nos devuelve a un entorno familiar.

Una última nota discordante, en el subterráneo habilitado para cruzar bajo las obras del AVE, la eterna promesa incumplida, que por una vez en la vida espero que tarden muchos años en inaugurar: en cuanto esté en funcionamiento, el distrito de Sants se revalorizará y perecerá bajo la vorágine modernilla. Los okupas le cederán el paso a familias innúmeras de dinkis, siempre con prisas porque si pierden el AVE de las siete de la mañana llegarán tarde a la oficina que la empresa deslocalizada para la que trabajan les ha procurado en un descampado cerca de Valls, Calatayud o Bujaraloz. Los ecuatorianos sucumbirán ante el empuje de los últimos parias de Madrid, para quienes Azuqueca o Guadalajara estarán tan urbanizadas que no tendrán más remedio que buscar vivienda un poquito más lejos de la Villa y Corte; aunque, por suerte, una vivienda bien comunicada con la Puerta de Atocha.

Dos niñas nos adelantan en el subterráneo. No tendrán ni doce años, y lucen sus piernotas, bajo medias de color carne brillante, faldas mínimas ceñidas, dos tallas por debajo de las que deberían usar, y sus tetas de estreno, hormonando como locas. Rímel que se derramará esta misma noche por los pómulos.

-La culpa es de los padres –comento. Cuánta razón tenía Santiago Segura.

La noche nos devuelve a terrenos familiares, antes de llegar a casa de Cristina y darnos una buena ducha, soldados que regresan del frente con la ración preceptiva de trofeos. La Rambla de Badal, que más allá de la Carretera de Sants pasa a ser la Rambla de Brasil, y más allá, a lo lejos, nos muestra el hermoso punto de fuga que, pese a que la niebla lo oculta de manera parcial, constituye la iglesia del Tibidabo, una especie de castillo abandonado de película Tim Burton, desde la que el fabricante de chocolate, científico loco o demiurgo de turno rige los destinos de la gran ciudad, tan fantasmal para él como fantasmales son las afueras para sus habitantes. Y en algún ático de las inmediaciones, una niña gótica, desesperada porque no encuentra al freak de su vida y el último cedé de Evanescence ya no la transporta a un siglo XIX que nunca existió (o en el que, de haber existido, habrían muerto tísicas a temprana edad), vuelve a dudar entre qué hacer antes: si suicidarse o arreglarse para pasar la noche en el Undead, en busca del Eduardo Manostijeras que corte los hilos que la mantienen atada a una familia en la que (cree) nunca debió de haber nacido.

domingo, 22 de octubre de 2006

Por qué amo el Machiroku

Desde que vine a vivir a Barcelona, mi restaurante de referencia es el Machiroku. Completamente obligatorio. Hay otros japos, algunos impresionantes, pero el Machiroku es el mejor. Sentado en una de las poquísimas mesas, atendido casi siempre por la amabilísima Sachie (que ahora está de baja por maternidad: Álex dice que Nanani es preciosa), en el Machiroku se han gestado grandes decisiones como el cambio de formato de la revista Gigamesh, se han cimentado y tambaleado amistades, he traído a la gente a la que realmente aprecio cuando viene de visita a Barcelona y he hablado acerca de lo divino y lo humano.
Cuando Alfredo Álamo y Raquel vinieron a Barcelona, los llevamos a comer al Machiroku y, como era mediodía, tomaron estas preciosas instantáneas de algunos de los menús económicos. El menú sushi es el clásico, el ideal para iniciarse en los secretos de la comida japonesa.
No obstante, mi favorito es el salmon don. A veces me da por pedir el menú ten-don, a base de tempura; pero el salmon don es el número uno... salvo en las contadas ocasiones en que tienen ventresca de atún. Entonces hay fiesta, y Sachie, siempre tan pendiente de todo, nos avisa, como si fuera nuestro secreto.
Este es el menú ten-don. También tienen el menú unaju, a base de anguila; el teriyaki y el yakiniku.
Pero cuando vas al Machiroku de noche, termina el cómodo mundo de los menús y entra el de la carta. La fabulosa carta. Makis de pollo rebozado. Ensalada wafu. El maguro tartar, de atún: delicioso. Los makis de erizo de mar, cuando es temporada. De postre, el helado de judía roja. Sake caliente.
O el plato que probé anoche por primera vez: el sashimi de jurel. Le debo a Álex gratitud eterna por recomendármelo... y por ser capaz de sacrificarse y cederme la única pieza que quedaba.
Doy por hecho que Álex, Nuria, Montse, Pau, Kaoss y Xiana cenaron muy bien. Lo mío fue más allá.
A diferencia del maguro tartar, que se presenta sobre lecho de lechuga, en el sashimi de jurel el lecho es... el propio jurel.
No tengo palabras. Ni el jurel, boquiabierto ante la devoción con que me lo ventilé.
Tengo que volver pronto, para que Cristina lo pruebe. Prometido.

viernes, 20 de octubre de 2006

El Lamborghini de los implantes

Si recordáis de anotaciones anteriores, me tienen que implantar dos molares de titanio, por aquello de no tener que pasarme la vida entera yendo y viniendo al dentista. Llevo así como doce años de empaste en empaste y endoncia en endodoncia, y llega un momento en la vida, cuando sospechas que vas a llegar a viejo, en que se prefiere el factor durabilidad. Además, mola decir que eres medio cíborg porque tienes implantes de titanio; una especie de Robocop friqui, gordito, con gafas y camiseta negra. Da puntos de friquismo.
El cirujano implantista es muy peculiar. Para mí que tiene un rollo con la enfermera, o está en ello. Como tengo la desaborida costumbre de no mirarle a los ojos a mis médicos cuando me están abriendo, por aquello de no distraerlos (si un descuido por su parte me va a costar una hemorragia, prefiero enfocar hacia un lugar indeterminado: a la derecha del foco, sin ir más lejos), seguro que me pierdo parte de sus juegos de miradas, a los que ellos mismos se refieren. El caso es que el hombre es muy cachondo, un auténtico showman, y se lo agradezco, porque así me tiene entretenido y no me fijo en la carnicería que mientras tanto acontece en el interior de mi boca.
Ayer tenía que hacerme un TAC a las tres y media de la tarde, por mi revisión del linfoma que padecí en 1999. Es el último TAC que entra en las revisiones (esta es la primera anual), el primero que me hago desde que estoy en Barcelona (los anteriores me los hacía en Madrid) y llevaba en ayunas desde el desayuno, valga el juego de palabras. Tenía la consulta con el implantólogo a las cinco, de modo que calculé que, si no había retrasos con el TAC, me daba tiempo para comer algo, lavarme los dientes y salir corriendo a la clínica. Después de realizarme la prueba, sin el menor contratiempo, la enfermera me dice:
-Procura no comer durante la próxima hora.
¡Aaargh! Como salga muy jodido del implante, no voy a probar alimento en lo que queda del día. La extracción fue bastante traumática, y sólo pude cenar una sopita instantánea (con pajita) y un yogur. Y, para rematarlo, me crucé con el cuñado de mi casero.
Empezamos bien.
Según llego a la clínica, me hacen entrar. La misma enfermera y el mismo cirujano que la otra vez.
-¿Qué lees?
Una mirada a la oscuridad, de Philip K. Dick. Como paso de entrar en antecedentes, voy al grano.
-Me lo estoy releyendo, porque mañana estrenan la película. Con Keanu Reeves.
-Oooh, Keanu Reeves. A todas las chicas les gusta Keanu Reeves. -Se dirige a la enfermera-: ¿Te gusta Keanu Reeves?
-No especialmente.
Me enseña la placa que me hicieron el mes pasado:
-Tienes los huesos perfectos para el implante. No habrá problema.
Me ponen la anestesia. Hace efecto.
-¿Y efto cómo va a id?
Me cuenta detalles técnicos.
-Este es el mejor implante que hay en el mercado. Es increíble. Es un tornillo de cuatro centímetros y medio de largo por uno y medio de ancho. De titanio. El Lamborghini de los implantes.

Dejando de un lado el hecho de que no conduzco y soy pobre, prefiero los Ferrari Testarrosa, pero bueno. Entonces, yo debo de ser el Fernando Alonso de los implantados. Colijo.
Y se pone a cantar. Su gran especialidad.
-Implantando voy.
Implantando vengo.
Implantando voy,
implantando vengo.
Por el camiiiinoooo
yo me entreteeengooo.
Por el camiiiinoooo
yo me entreteeengooo.
Con bastante duende, dicho sea de paso.
La anestesia ya ha hecho efecto y se pone a la tarea con el molar inferior derecho.
-Miiira cómo salta.
Me vuelve a enseñar el tornillo.
-Para adentro. -Se dirige a la enfermera-: Y ahora, vamos a cantar una bella canción:
We're caught in a trap.
I cant walk out
Because I love you too much baby.
Y los dos, a coro:
-We cant go on together
With suspicious minds.
And we cant build our dreams
On suspicious minds.
Y yo:
-Elvif Prefley.
Y pensando: "Se lo hacen. Seguro que se lo hacen".
-Pues no me la conocía hasta que viniste aquí -comenta la enfermera, tal vez con un punto de nostalgia o ensoñación. (¿Puedo cantar yo también? Esta es de Siniestro Total: "Ay, cuánta LOGSE / y yo que viejo".)
-Un año ya.
Se han liado. O eso, o ella ya no se explica cómo no se han liado después de tanto tiempo.
-Aaaah, no te fíes de las mujeres. Tú no te das cuenta, porque eres joven, pero ya lo verás.
Ejem. Debo de tener la edad de mi cirujano. Pero no lo rebato: No discutas con alguien que va armado con tenazas y bisturí.
Y aparte, todavía me mola que me calculen muuuchos menos años de los que tengo. Aunque ya me empiezan a salir canas.
Una vez acabado el implante, a atornillarlo. Da grima, mucha grima. Me siento como una mesa del Ikea, pero sin letras impronunciables en el nombre: lo que me está haciendo el cirujano suena igual que una llave Allen venciendo la impericia de un cliente torpe. Pero de todo sale uno.
-Peeerfecto. Vamos con el segundo.
Y cantan:
-Siempre que llegas a casa
me pillas en la cocina
embadurnado de harina
con las manos en la masa.
¡Un grandes éxitos! Ya la cantaron cuando me extrajeron las muelas.
Y él, en solitario:
-Niña, pásame un catorce tres trece [o algo así].
Y comienza la carnicería. Esta pieza entra un poco peor.
-Uuuy, nos hemos equivocado de pieza. Hemos abierto la de al lado.
-¿Grrrrl?
-Que nooo, que es brooomaaa.
Me implanta los tornillos, otra vuelta de tuerca (pero sin pasar tanto canguelo como en el libro) y terminamos, sin demasiada novedad.
Para casa. Dos semanas a base de Nolotil, Urbasón, Dalacín, Ibuprofenos, Omeprazol, nada de lavarme los dientes por hoy, y mañana, a lavármelos con un colutorio de clorhexidina. Después me retirarán los puntos y empezaremos con los implantes de los falsos dientes... porque no me voy a pasar la vida con las dos puntitas de titanio que me sobresalen de las encías.



El posoperatorio es mucho más llevadero que el de la extracción, así que por la noche puedo cenar un pescadito muy rico que prepara Cristina, sopa instantánea de champiñón con tropezones y yogur. Además, no me encuentro con el cuñado de mi casero, lo cual me pone de buen humor. Con eso, y hablar poquito, ser parco en palabras cuando contesto el teléfono y hacerle caso al implantólogo, consigo pasar una buena noche. Y hoy, como si nada.
A ver qué tal se da el próximo asalto.

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jueves, 19 de octubre de 2006

Pornografía metarreferencial

Hago el primero de los muchos crosspostings que haré con el blog Frikitecaris, de obligada lectura por todos vosotros, sobre todo si sois, habéis sido o simpatizáis con la gente del gremio de bibliotecarios, documentalistas, archiveros y demás gestores del conocimiento. ¡Gracias, Cristina!

Si la imagen no se viera, podéis ver los orginales aquí y aquí. Y aquí, ya que estamos.

Lo cuelgo porque Mauro Entrialgo siempre me ha hecho mucha gracia y estoy de acuerdo con sus opiniones. A disfrutarlas.


Por cierto, ¿qué tipo de blogueros sois? Dudo entre el personal y el metablog. En cuanto a si Pornografía Emocional es un blog sobre Japón: pues no, pero algo de eso hay. La comida japo tira mucho.

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miércoles, 18 de octubre de 2006

La Burxa centenaria


Yolanda me pasa esta información, y como buen vecino del distrito de Sants-Montjuïc, la reenvío.
También me envió el cartel oficial de la convocatoria, pero no me carga. Grrr.
El próximo viernes, 20 de octubre, se celebra la aparición del número 100 de la revista La Burxa. Para conmemorarlo, tendrá lugar una fiesta en el centro cultural Les Cotxeres de Sants (sí, donde tuvo lugar la BarnaCon 2002). No podré asistir, porque ese día empiezo un master, pero os recomiendo que os acerquéis.
El programa de actos es el siguiente:

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Viernes 20 de octubre:

COTXERES DE SANTS (Palau de Vidre):

18:30. Apertura de puertas

Exposición: 100 números de La Burxa

19:30 ACTO DE ANIVERSARIO

-Pequeña actuación de los Castellers de Sants.

-Charla debate sobre la comunicación popular, con:

·Josep Maria Huertas Clavería (Decano del Colegio de Periodistes)

·Emili Salas (Fundador de L'Informatiu y Sants TV)

·David Bassa (escritor y periodista de TV3)

·Meritxell Sánchez-Amat (miembro de La Burxa)

-Estreno del vídeo 100 mesos Burxant

-Cercavila hasta la Capilla de Can Vies, con actuaciones de Diables, Gegants y la Colla Bastonera de Sants.

CAPELLA DE CAN VIES (Jocs Florals 42):

23:00. Apertura de puertas.

Actuaciones de:

-Pirat's Sound Sistema

-Grupo sorpresa

-PD Fumantxú.

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Para quienes no viváis en Sants, aclaro que La Burxa es un periódico de barrio realmente interesante, se distribuye de manera gratuita en algunos locales del distrito de Sants-Montjuïc, como el Terra d'Escudella (antiguo Arran). Una auténtica institución que merece la pena reivindicar.

Lo dicho: avisados estáis. Y me han soplado que el vídeo conmemorativo va a estar muy bien.

lunes, 16 de octubre de 2006

¡Hongos del Gironès!

Los cuatro años que llevo en Barcelona me recuerdan a las andanzas del doctor Joel Fleischman, el de Doctor en Alaska: en la cuarta temporada de la serie, aún seguía descubriendo costumbres y tradiciones de los habitantes de Cicely, de esas que son de dominio público entre los habitantes de la ciudad pero le pasan inadvertidas al residente temporal y, en cierto modo, marcan la pertenencia al lugar. Más de una vez me he quedado a cuadros cuando me preguntaban por alguna de estas costumbres consuetudinarias que yo ignoraba. Yo lo llamo “síndrome de Doctor en Alaska”, y sigo padeciéndolo después de cuatro años.

Por ejemplo (y esta tardé sólo dos años en pillarla), se acercaban las Navidades y mis amigos me preguntaban si pensaba comer canalones para San Esteban. Naturalmente, yo me mosqueaba. ¿Canalones? Claro, claro. ¿De aluminio o de cobre? ¿Y por qué no un andamio entero, ya que estamos?... Y entonces me sacaban de mi error. ¡Ah, canelones! Resulta que en Catalunya el 26 de diciembre es festivo; total, como siempre estoy en Madrid no lo disfruto. Pero ¿por qué se come canelones para San Esteban? Nadie ha sabido darme razón de este hecho, aunque supongo que se deberá a que los canelones duros pueden recordar vagamente a las piedras con las que se lapidó hasta morir al primer mártir de la Iglesia. O a lo mejor el nexo es demasiado evidente y, como no soy catalán, no lo advierto.

Una posible interpretación: Cristina me ha explicado que los canelones se hacen para San Esteban para aprovechar las sobras de la comida de Navidad. Es lo que digo: el nexo era demasiado evidente, ergo sigo sin ser del todo catalán. Yo hubiera preparado croquetas, que es lo que se hace con las sobras del cocido madrileño.)

Otro ejemplo: los calçots. Pasan las Navidades, llega el invierno, tu primer invierno en Catalunya, y todo el mundo te empieza a preguntar si vas a ir de calçotada. Pones tu mejor expresión de “¿Mandeee?” y te lo aclaran. Un calçot es una cebolla tierna que se come acompañada por una salsa de ajos, tomate, aceituna, pan, avellanas, pimiento rojo y el componente secreto de cada familia; una especie de salsa romesco, pero no exactamente igual, porque, esto hay que aclararlo desde ya, la salsa de los calçots no es la salsa romesco. Se parece mucho, pero no lo es. Luego metes las cebollas tiernas a la brasa y, cuando salen, te las sirven en una teja, las abres, extraes la parte del interior (que no se ha churruscado), las mojas en la salsa y las engulles como si fueras un lagarto de V. Si eres novato en estas lides o tirando a patosillo, mejor que te pongas el inmenso babero de papel que a buen seguro te ofrecerán.

La cantidad de salsa de calçots con que pringas el babero es otro buen indicador de tu grado de integración en la sociedad catalana: a mayores desperfectos, menor pertenencia.

La temporada de los calçots es el invierno. Mejor a finales de enero o primeros de febrero. Además, los puedes acompañar por una buena parrillada de carne, y entran mejor. Lo suyo es tomárselos en la zona de Valls (Tarragona). Lo habitual para mí ha sido comerlos en restaurantes de los barrios de Sants o Gràcia, pero salen bastante caros y carecen de encanto. La mejor calçotada que he vivido, con la familia de Yolanda, en su casa de campo: vistas a Montserrat, ese calorcito único que da el sol de invierno, comida y bebida hasta los límites de lo imaginable y una salsa de calçots inenarrable, de buena que estaba.

Entretanto, vienen visitas de la Villa y Corte y, entre pitos y flautas, terminas llevándolas siempre a dos restaurantes, dependiendo de la zona en que vayas a quedar. Uno, El Pebrot i el Petit Cargol, cerca de la Plaça de Sants; el otro, Can Cargol, junto al Mercat de la Concepció, en el Eixample.

El primero me recuerda las reuniones del comité organizador de la hispacón del 2002, la BarnaCon, en la que Marta Belmonte y Humberto Revilla, los entrañables Ripley y Truman, trazaban las directrices a seguir, las líneas de actuación del congreso, con la ayuda de Javi Cuevas, Pablo Herranz, Álex Vidal, Víctor y Ade, Yolanda, Rosa y Xavi Centelles, e incluso servidor. Allí nos pasamos una semana ultimando detalles, sucumbiendo a la histeria, animándonos y emborrachándonos.

Y, además, estaban los caracoles.

En la vida me había acercado a los caracoles cuando vivía en Madrid. Para mí, eran esos bichitos que sacaban sus cuernos al sol cuando dejaba de llover y que había que tener cuidado para no pisar. Sabía que se comían, pero jamás se me había pasado por la cabeza hacerlo. Prejuicios. Como lo de comer pescado crudo, otro prejuicio tonto que ahora es un auténtico vicio. Con los caracoles, lo mismo. Preparando la BarnaCon aprendí a comerlos.

Aunque mi primera experiencia caracolera se produjo en el barrio de Sants, el lugar al que acudía a comerlos cuando venían visitas era Can Cargol. Situado en la calle Valencia, junto a una floristería enorme que abre las veinticuatro horas del día, Can Cargol tenía un bacalao con roquefort que justificaba todos y cada uno de los muchos euros que costaba. Me lo descubrió Emilio Butragueño (no el futbolista, sino mi amigo y ex compi de colegio Calasancio), en verano del 2002. Yo estaba recién llegado a Barcelona, todo dios estaba de vacaciones y él estaba visitando a una amiga suya. Salimos con ella y su compañera de piso. Cenamos en Can Cargol, y ya ni recuerdo si comimos caracoles, creo que no. Después de aquello, subimos en coche hasta el Mirablau, una discoteca megapija cuyo mayor mérito estriba en las formidables vistas de la ciudad desde las estribaciones del Tibidabo. Nada más llegar, de muy mal rollo porque a las compañera de piso de la amiga de Emilio se le había fastidiado el coche en plena subida al pie del Tibidabo, se nos acercó un negro enorme que estaba junto a alguien que me sonaba de haberlo visto en la tele y no tardé en identificar como Patrick Kluivert. El negro enorme señaló a la amiga de Emilio mientras me interpelaba:

-Is your girlfriend?

Alcé las manos, en gesto amistoso y sumiso de “A mí no me mires”.

-So come with me –dijo, y la agarró del talle. Sin demasiado éxito, dicho sea de paso.

El caso es que me aficioné a ambos restaurantes, y a alguno más de la zona de la calle Olzinelles, en Sants, y los caracoles se han convertido en una especie de seña de identidad para mí, un recordatorio de que, al fin y al cabo, voy bien encaminado y tal vez consiga integrarme plenamente en la sociedad catalana.

Pero avanzamos en el mes de marzo, se acerca la primavera (de mi cuarto año en Barcelona) y todavía descubro una tradición nueva, esta de la zona de Vilafranca del Penedès y Vilanova i la Geltrú: la xatonada.

El xató es una ensalada que se elabora con escarola, bacalao, anchoas, aceitunas arbequinas y, cómo no, una salsa muy parecida a la romesco y la salsa de los calçots. La hasta ahora única xatonada a la que he asistido tuvo lugar en Vilanova i la Geltrú, con Mar (dd, en foros) como anfitriona, y los sospechosos habituales como asistentes: Pau Blackonion, Kaoss y todo el frikerío barcelonés.

En resumen, y como suelo decir, para espanto de mis amigos autóctonos: así son los catalanes, tan educados y con tanto seny en la vida civil, pero con esas costumbres culinarias tan pringosas. Es como si canalizaran el desorden en dos direcciones: comer cosas que manchan y hacer mucho ruido con fuegos artificiales.

No obstante, la tradición catalana por excelencia es la recogida de setas en otoño. Llega el mes de octubre y comienza la temporada. El Montseny se llena de domingueros provistos de cestitas, y para tu asombro, todo el mundo conoce la costumbre, reconoce las setas y le da un nombre curioso a la afición: caçar bolets. Cazar setas. Porque las setas no se recogen: se cazan, como si fueran venados o jabalíes. Y los caçadors de bolets son los boletaires.

Hace dos domingos fui un boletaire más en el Gironès. Así pues, Cristina, sus padres y yo partimos desde Salt hacia unas montañas cercanas, cuyo emplazamiento no puedo ni quiero ni debo contar: un boletaire jamás revela dónde se encuentra su santuario.

El tiempo era ideal para estos menesteres: soleado y caluroso, un par de días después de un chaparrón. De este modo te aseguras de que habrá setas (menos que otros años, aunque más que el año pasado) y el suelo estará seco. La combinación perfecta.

El uniforme básico de un boletaire consta de calzado deportivo cómodo y con mucha huella, o bien botas chirucas. Dado el problema de agarre de mis zapatillas deportivas (me niego a llamarlas bambas: para mí, una bamba sigue siendo un bollo al que se le practica una hendidura y se rellena de nata o crema), el padre de Cristina me prestó unas, más o menos de mi número. Así evité partirme la crisma en más de una ocasión.

Unos buenos pantalones vaqueros también ayudan. Que sean viejos, pero que no estén rotos, pues se te podrían colar espinas, si pisas alguna zarza. De este modo, tuve que desprenderme de los vaqueros viejos que llevaba (demasiados agujeros) y me prestaron unos que había por la casa.

Procura llevar una camisa vaquera de manga larga. Y una gorrita. Cualquier precaución es poca.

Llevar gafas también ayuda.

Un cayado no viene mal.

No te olvides de la navaja, para cortar las setas por la base.

Y, evidentemente, procura hacerte con unos buenos guantes.

La brújula te la puedes dejar en casa, si conoces la ruta. Deja encendido el teléfono móvil, por si te pierdes. Aunque haya zonas sin apenas cobertura, nunca se sabe cuándo puede hacerte falta. Una vez llevas media hora en el monte bajo, ya no sabes ni dónde andas, ni si estás dando vueltas.

Cómo no, lleva una cestita. En este caso, llevábamos dos: una, el padre de Cristina; otra, su madre.





Llegamos al lugar en cuestión. Aparcamos el coche junto a otro vehículo que tapaba la entrada del sendero. Mal hecho: nunca sabes si un todoterreno puede necesitar entrar o salir por ahí.

Abrimos el maletero y extraemos todo el aparejo necesario para la caza de setas. En menos de dos minutos estamos listos para emprender la marcha.

Aparece un lugareño, el propietario del coche que tapa la entrada del sendero. Anciano. Lleva una buena cesta repleta de setas. Abundan los pinatells (mículas, nizcalos) y los ous de reig. No hay rossinyols, que salen más adelante, ni girgoles, rovellons, cama-secs o moixerons. Se pueden encontrar bastantes setas, pero no tantas como otros años. Eso sí, está mucho mejor que el año pasado, que fue un espanto. El hombre se queja mucho, acerca de prácticamente todo. Termina con una frase:

-Només vull dir-li una cosa: ¡Democràcia!

Un nostálgico de Franco que sólo habla en catalán. Curioso.

O a lo mejor su concepto de gobierno ideal no es franquista, sino que se remonta a los tiempos de los almogávares. Nunca se sabe.

Ascendemos por el camino. Ni Cristina ni sus padres están muy seguros de que yo, la persona más urbanita de este hemisferio, pueda aguantar el tute que nos vamos a meter todos. Por mi parte, prefiero creer que sí: cuando era pequeñito iba de excursión con la OJE (episodio un tanto oscuro de mi vida al que me referiré en alguna anotación) y me encanta caminar.

Aunque el campo se nota un tanto seco, resulta reconfortante ver tanto color verde en el corazón de una región industrial, tan cerca de una ciudad como Girona.

Un todoterreno nos tapa el camino. No podía continuar por el sendero: unos metros más adelante hay un árbol caído. Pasamos como buenamente podemos. Cinco minutos de caminata y Tomás reconoce el comienzo de nuestro santuario. Buena caza.

Nos apartamos del sendero y empezamos a abrirnos paso entre las zarzas (cómo pinchan, las muy capullas) y el monte bajo. Veo una baya silvestre muy grande, y pregunto qué es.

-Juanma, eso es un madroño –me ilustra Cristina-. Menudo madrileño estás hecho.

Ya me vale.

-¿Y yo qué sé si hay madroños fuera de Madrid? Me parecía un madroño, pero no lo tenía claro.

El urbanita ha hablado.

Tomás se distancia, y me quedo con Antonia y Cristina. Encuentro una seta:

-¿Esta vale?

-No. Es venenosa. Aunque parece una micula (pinatell), el pie es blanco. Esas no nos valen.

-¿Y esta?

-Tampoco. Es venenosa.

-¿Y esta otra?

-No. Se puede comer, pero está un poco mala.

Se me va la cabeza. Maquis en Girona. Soldados de Salamina. A ver sobre qué podría escribir un cuento de terror o fantástico con estos elementos. De vez en cuando, respiro profundamente, para sentir el aire puro en mis pulmones.

-¡Mira! ¡Un ou de reig!

Los ous de reig son de la familia de las amanitas y se llaman así por la forma que tienen antes de desarrollarse: huevos de rey. Parecen un huevo o un pequeño alien, que al crecer se abre como un parasol y da lugar a ejemplares de hasta veinte centímetros de diámetro, como el que encuentro más adelante. Yo solito. Hala.

Llegamos a una zona repleta de pinatells. Cristina quiere recogerlos todos. Nos abronca si pisamos alguno. Yo no distingo nada, pero ahí están, y los estoy pisando. Antonia los prepara allí mismo: se corta la base, se quitan los gusanos o bichos que tenga, y para la cesta.

También cogemos castañas.

Suena un reclamo, seguido por unos cascabeles. ¿Ovejas? No: perros.

Hay una cacería en el monte.

-Van por el jabalí –dice Tomás.

Pues nos van a joder vivos como nos confundan, pienso yo.

Han pasado muy cerca.

Un poco más arriba hay dos torcas. No tan grandes como las que hay en Cuenca, claro está, pero lo suficiente como para partirte algo si vas distraído y te caes.

A un lado del sendero, al que volvemos periódicamente, hay dos tiendas de campaña. Acampar aquí seguro que está prohibido, pero ¿y qué?

Hemos hecho una buena cacería de setas. Nos detenemos para reposar. El padre de Cristina habla con los cazadores, y les pregunta por algunos tipos de setas. Uno le cuenta que tiene su pino, y por supuesto no dice dónde está. Los boletaires de pro reconocen su propio árbol, y siempre buscan allí. Y no revelan su emplazamiento.

Emprendemos el regreso. Recogemos madroños, para hacer licor. Nuestra duda metódica es: ¿Hay que macerarlos con anís o con orujo? También comemos madroños.

El calor aprieta. No podemos perder mucho tiempo. Ya es casi mediodía, y hemos quedado por la tarde con Eva, para darnos una vuelta por Santa Coloma de Farners.





Cuando llegamos al coche, juntamos el contenido de las dos cestas, nos quitamos la ropa ad hoc y, sudorosos y satisfechos de la jornada de caza de setas, emprendemos el regreso a casa, donde Tomás pelará y preparará los ous de reig y pinatells y Antonia los cocinará. Una cena exquisita, con un postre de lujo: castañas asadas.





El año que viene repito. O antes.

miércoles, 11 de octubre de 2006

Meme musical enemigo

Leo el siguiente meme musical en el blog de Bernardo Fernández "Bef", de quien tenéis que leeros Gel azul, de próxima publicación en Parnaso; no porque el prólogo sea mío, sino porque el libro lo merece: la novela que le da título es un muy buen ciberpunk, y "El estruendo del silencio" es una de esas obras importantes que a buen seguro acabarán en la papeleta del Ignotus 2007.

La idea es genial: responder un cuestionario con títulos de canciones de tu grupo favorito. En mi caso, de Los Enemigos y mi primo Josele Santiago (así, al alimón), y de camino aprovecho para recomendar su último disco, Garabatos, a cuya presentación barcelonesa en la sala Apolo no asistí pero que seguro que estuvo genial.

¿Eres hombre o mujer?

"Un tío cabal".

Descríbete:

Soy un ser humano
y necesito comprensión.

¿Qué sienten las personas cerca de ti?

"Me sobra Carnaval" o "¿Por qué yo?", según el momento.

¿Cómo te sientes?

"Tragón" y "Mejor".

¿Cómo describiría su anterior relación sentimental?

"Yo no quiero ser feliz".

Describe tu actual relación con tu novio/a o pretendiente:

"Qué bien me lo paso".

¿Dónde quisieras estar ahora?

"Dentro".

¿Cómo eres respecto al amor?

Soy un todo a cien,
soy lo que me des.

¿Cómo es tu vida?

"(Tengo que hacer) los deberes".

¿Qué pedirías si tuvieras sólo un deseo?

"Yo, el rey"
(como buen Leo).

Escribe una cita o frase famosa:

A lo lejos se ve
la otra orilla, man.
No me haré viejo sin ver
la otra orilla.

Ahora despídete:

"Sueña (por mí)".

Se lo paso a Álex Vidal, Alfredo Álamo, Víctor Miguel Gallardo, Pily B. y Cristina, ahora que tiene blog. :-P

viernes, 6 de octubre de 2006

Música para un fin de semana poppy

Al hilo de la agria polémica que se ha mantenido en El amigo de Frolik 8 acerca del concepto poppy (bueno, tampoco ha sido agria, ni ha llegado a polémica, pero queda de coña enlazarlo en estos términos, porque así entran más lectores, que nos conocemos), aporto mi granito de arena a la discusión:



O sea, no. Pulp no son poppies. Son... otra cosa.

Aunque a lo mejor se estaba hablando de canciones como esta:



Vaaaya, no vale, que esta canción de Petula Clark es de los años sesenta y es justo uno de los modelos que siguen los poppies. No me extrañaría que hiciera un dueto con Morrissey para el próximo festival de Eurovisión...

Y hablando de Eurovision: esto es lo que hay que hacer para ganar, no lo que manda España. Claro, con una canción de Serge Gainsbourg, así cualquiera.



Ah, no, que France Gall también es sixties. Tal vez, si la versión la hiciera un grupo actual, pongamos por caso Belle and Sebastian, el resultado se acercaría más a la definición de poppy...



Así está mejor, ¿no? El grupo adecuado para la discusión que mantenemos. Aunque, si por poppy entendemos el tipo de música aparentemente ñoño o infantil que te da vergüenza reconocer que escuchas sin que te pregunten dónde has dejado el flequillo, la camiseta de rayas y las gafas de pasta, sin duda el monumento poppy por excelencia es este:



No obstante, la recreación de la estética sesentera es un paso muy importante para convertir una obra en poppy. Al respecto, los maestros de la mímesis sixtie son los japoneses Pizzicato Five. He aquí su impagable "Twiggy Twiggy":



Aunque sea formalmente perfecta, la canción de Pizzicato Five carece de uno de los valores que marcan lo que es una obra maestra: la profundidad. Es pura mímesis. No es innovadora. Para esto (y aclaro que "Twiggy Twiggy" me encanta), mejor revisitar las fuentes directamente:



¿Se puede innovar volviendo la vista atrás treinta años? Sin duda. Y cuarenta, si hace falta. Björk ya lo hizo con su peculiar reinterpretación de los musicales de los años cincuenta en "It's Oh So Quiet":



Pero aún falta algo: la mala leche. Mike Flowers Pops introduce el elemento postmodernidad, a la par que destroza para siempre jamás una de las pocas canciones medio buenas de Oasis. Esta sí es mi canción poppy por antonomasia.



Aunque, a todo esto, ¿estábamos hablando de música poppy o de estética retro? Me he perdido. Bueno, sea como sea, acá va un puñado de magníficas canciones para alegrar el fin de semana.

Hala, a pasar muy buen finde.

martes, 3 de octubre de 2006

Cersei Lannister desnuda practicando pornografía emocional con paracaidistas británicos recién duchados, Santiago Eximeno y la familia de Ángel Acebes

¡Ahora entiendo por qué tengo tantas visitas! Resulta que no todos mis lectores son míos, sino que llegan al blog a través de determinadas búsquedas de Google. Es un duro golpe para el ego, pero por otro lado me está deparando algunos de los momentos más divertidos de los últimos meses. Gracias a StatCounter, una herramienta de lo más recomendable, puedo saber qué búsquedas han llevado al respetable hacia este blog. He aquí un resumen de las más disparatadas.

cual es el segundo apellido de dani garcia entrenador del plasencia baloncesto
(Y el número de DNI, ya que estamos. Y si tiene novia. Y no te olvides de preguntar si te va a convocar para el próximo partido.)

juegos en los que tienes que construir montañas rusas y que puedas jugar gratis en la computadora y no los teng.
(He respetado la grafía. Se ve que Google ya no lo dejaba continuar, por falta de espacio. ¡Eran tres deseos en uno! ¡Como un huevo Kinder!)

he vendido un piso y no pedi la cedula de habitabilidad
(La respuesta es evidente: ¡Ah! ¡Se siente! No, en serio, es un craso error muy frecuente, y además rayano en el fraude. Repetid conmigo: La cédula se tramita antes de comprar un piso, no después. Pornografía Emocional también asesora. ¡Gracias, Cristina!)

ultimas canciones de river cantadas por los borrachos del tablon

como sanar una nariz inchada oe se pùde operar
(¿Quéee? A lo mejor tenías la nariz tan hinchada que no acertaste con el teclado.)

por que cunado una persona tiene gripe suele quejarse de que la comida no tiene sabor
(Hablando de narices hinchadas...)

que aportacion hizo emanuel cant a la filosofia?
(Mi duda existencial es si el autor de la búsqueda era alumno de primero o segundo de Bachillerato; lo que está claro es que estudió por la LOGSE. Lo mejor del caso es que ¡mi blog es el tercer resultado de la búsqueda!)

causas del atocinamiento
(¿Perder el tiempo haciendo búsquedas chorras en Internet, por ejemplo?)

la evolucion de los cosmeticos desde tiempos de mi abuela
(Ya los antiguos egipcios utilizaban el kohl para pintarse los ojos...)

una tia de nerja que sale en internet
(Como no des más datos, macho...)

como limpiar las manchas de sudor de las camisetas
(Se le olvidó añadir: Y las manchas de picotas, que son así como rojitas....)

centros medicos para adictos al messenger en girona
(Esta es seria, así que no haré comentarios chorras. De hecho, me ha dejado de bastante mal rollo.)

utencilios de ceramica para comer sushi
(Pues un bol de serámica, está claro.)

callos en el pie relacion emocional
(Un ejemplo que se me ocurre, así a voleo: Si yo te piso el callo del pie derecho, tú te cagas en todos mis putos muertos. La relación emocional está bastante clara, creo yo.)

Pornografía militar
(¡Esto es lo más abyecto que he leído desde que se acuñó la expresión "inteligencia militar"!)

videos niñas pequeñas muy putas con su padre
(Sin comentarios.)

implicaciones o influencias de la cercanias de de mexico con estados unidos america latina
(Muchas, y todas chungas. Sobre todo para México y América Latina, se entiende.)

Las probabilidades de que te tires un pedo es directamente proporcional al número de personas con que te encuentras.
(Este me ha matao. ¿Buscaba confirmación del hecho, información sobre cómo peerse, o qué?)

biografia jarl jung
(¿Jarl? Va ese peaso de psicólogo de la escuela de Viena cuando se le aparece Freud, y le dice: "¿Dónde vas, pecadorrrl de la pradera austrohúgara?" Y ese peaso de psicólogo que le responde: "¡Métete en tus asuntorrrls, que yo he quedadorl con mi inconsciente colectivoooorl! ¡No puidorrrl! Va ese arquetipo de Bonaaanzaaa... ¡Jaaarl!")

mapa de carretera de bilbao a segur de calafell
(Pues para buscar eso ya basta con comprarse un mapamundi de Bilbao, ahí va la hostia, pues.)

Decidi no invertir demasiada emocion en una sola cosa... por que te expones al dolor de perderla
(Pudiendo invertir en aprender un poco de gramática, cuya pérdida, por lo visto, apenas causa dolor...)

sillas para montar a caballo españolas de segunda mano
(¿Sillas de segunda mano? De segundo culo, más bien. ¿Y preguntarás qué le pasó al anterior dueño? Por precaución, digo.)

ver a alicia villareal semidesnuda
(¿Te pone más verla semidesnuda que totalmente desnuda? Pervertidillo...)

mujeres guapas con ortodoncia
(Que acaben de comer paella, te ha faltado añadir. ¡Premio a la parafilia más original!)

como sorprender a tu pareja en la intimidad (poses sexuales)
(Faltó añadir "...sin que tu pareja se muera de la risa". Es importante aclarar estas cosas, que luego vienen los desengaños.)

Santi Eximeno gay
(Sin comentarios. Menos mal que ya he avisado a Santi y esto no le va a pillar por sorpresa.)

era un hombre tan chico tan chico que se ahorco en un bonsai
(¿Ese no era Torrebruno?)

DESCUENTOS MONOVOLUMEN FAMILIAS NUMEROSAS
(Lo realmente meritorio hubiera sido: "Descuentos Seat 600 familias numerosas de ocho miembros, más el perro y el canario".)

videos gratis de chicas comiendo cacas de chicas
(Como parafilia, sigo prefiriendo la de las chicas guapas con ortodoncia. Joder, cómo está el patio.)

ver fotos gratis de mucha gente duchandose junta
(¡Tonto! Aclara "y no valen fotos del circuito de seguridad de una piscina de Tokyo".)

fotos de paracaidistas britanicos duchandose
(¿Dará los mismos resultados que la búsqueda anterior? ¿O la de pornografía militar? ¿O que la de Santiago Eximeno gay? Y ahora, todos juntos: "In the navy. / Yes you can sail the seven seas. / In the navy. / Yes you can put your mind to ease. / In the navy, / In the naaavyyy. )

ángel acebes junto a su familia
(Esta es tan entrañable que no me he resistido a la tentación de ponerla. ¿Os lo imagináis? Ángel Acebes dándole el potito a su hijo pequeño: "Esta cucharada, por José Mari... Esta, por Pedro Jota... Esta, por el ácido bórico... Esta, por la tarjeta de visita del Grupo Mondragón... Esta, por....")

Cersei Lannister desnuda
(¡Pero tronco! Cersei Lannister es un personaje de ficción, ¿no te lo habían dicho? Lo mejor del caso es que esta búsqueda se realiza una vez al mes, más o menos. Y, claro, a falta de desnudos de Cersei Lannister, siempre le remite a mi blog... Enrique Corominas, ¿podrías hacer algo por este chaval? Graciaaas.)

No están todas las que son, pero son todas las que están. No hay ninguna tan epatante como la impagable "Quiero conocer mi futuro gratis mediante los cocos" por la que llegaron en cierta ocasión al blog de Pau Blackonion, ni al clásico "Darth Vader follando con el traje" que han referido Nacho Illarregui o Iván Olmedo; pero reconozco que me he llegado a reir una jartá con las búsquedas a través de las cuales accedeis a Pornografía Emocional. Si alguna de ellas no tiene relación alguna con el blog y sirve para que os quedéis y sigáis leyendo, perfecto. En ocasiones, Google escribe recto con renglones torcidos.