jueves, 24 de agosto de 2006

La familia crece

Como buen clan andaluz que se ha desarrollado en torno a una abuela de características casi matriarcales, somos una familia amplia y dotada de sentido de la familia. Funcionaba mejor cuando mi abuela vivía, y en los últimos tiempos se han producido distanciamientos (no me hablo con mi familia de Barcelona, por causas tediosas de explicar), pero básicamente somos una gran familia. Mi abuela tuvo cinco hijos: Loli (mi tía de Barcelona), Carmina (mi madre), Sagrario (que vive en Madrid y es la madre de mi primo Josele Santiago), Mari Sierra (que también vive en Madrid y se llama así por la patrona de Cabra, en Córdoba) y Bosco (el único chico, que vive en Córdoba). A su vez, mi madre ha tenido cuatro hijos: María, Enrique, Pablo y yo; mi padre, además, tiene otros dos de su segundo matrimonio, Javi y Soledad, y otro más, Juan Manuel, cuyo nombre (y las circunstancias por las que su madre lo llamó así) daría para una anotación más que enjundiosa. Eran los tiempos del baby boom, los tecnócratas, La gran familia, Chencho vagando a la deriva en la Plaza Mayor y todo aquello.

Como la cosa socieconómica viene muy mal, la descendencia de mis hermanos y primos se mantiene en la media española. Mi hermana María tiene dos hijos, Elena y Alejandro. Enrique tiene otra parejita: Kira y Fernando, y un proyecto de sobrinito que acaba de malograrse. Pablo aún está en la fase de vivir libre de preocupaciones y poder mantener conversaciones lineales con sus amigos y con Mónica (mi cuñada), aunque calculo que le queda un par de años antes de ponerse a ello. Y en cuanto a Cristina y yo, pues bueno todo es cuestión de tiempo. Todavía tardaremos algunos años, pero seguro que llegan.

No son mi única familia. También están los padres y el hermano de Cristina: Tomás, Antonia y Alonso, respectivamente. Viven en Girona, o más concretamente en Salt, una ciudad dormitorio. Viven en una casa adosada. Entras por el inmenso garaje, en el que caben dos coches y parte del taller de Alonso. Una puerta conduce a la entrada de calle, que a su vez te conduce a unas escaleras por las que asciendes a la segunda planta, que consta de un salón cocina en el que se cuece (y nunca mejor dicho, porque Antonia es una cocinera excepcional) la vida de la familia, un patio, un lavabo y la habitación de la colada, en la que también hay un mueble frigorífico que Antonia se llevó cuando cerró la tienda en la que trabajaba. En la tercera planta están los tres dormitorios y otra lavabo. Es una casa tranquila de un barrio residencial de la capital de provincia con mayor nivel de vida de España. El silencio en el entorno es la tónica general, si acaso truncado por algún avión que aterriza o despega del cercano aeropuerto, algún ladrido del perro de los vecinos… o los trinos de mis otros sobrinos: los canarios de Cristina.

A falta de sobrinos políticos (Alonso sigue soltero), mis niños, la alegría del hogar, los chicos en los que se vuelcan Cristina, Antonia, Tomás y Alonso, son cinco canarios.

El mayor de todos, por edad y tamaño, es Zipi. Nació cuando Cristina aún vivía en Tarragona, y viajó muy pequeñita a Girona, junto con su hermano, Zape. Zipi es una hembra enorme de canario timbrado. Y cuando digo enorme, quiero decir enorme. No parece que le haya caído en gracia. El primer día que fui a Girona, la sacaron de la jaula y me la ofrecieron. Hay que poner el dedo índice, para que les sirva de agarradera, y tocarles el pecho, de arriba abajo, para que salten hacia tu dedo. En cuanto se aposentó en mi dedo, Zipi soltó uno de sus “PÍO, PÍO” y soltó una cagarruta que cayó al suelo de la cocina.

-Vaya. Nunca había hecho esto –comentó Tomás.

Y, a continuación, emprendió el vuelo hasta la mesa del comedor.

Desde entonces no es que nos llevemos mal, pero parece que Zipi se alborota sobremanera cuando me ve aparecer por casa de los padres de Cristina.



Otra peculiaridad de Zipi es que aún no ha puesto huevos. Para tener tres años, casi parece un récord de soltería. Hasta ayer no sabíamos si era una decisión personal, algo vocacional o un desafío al mundo y la naturaleza. Pero no adelantemos acontecimientos.

Zipi tuvo otros tres hermanitos, en otra puesta que se produjo un mes después de que nacieran Zipi y Zape. De esta puesta nacieron tres canarios: Jimmy, Pixie y Dixie. El primero huyó de la pajarera y emprendió el vuelo hacia no sé sabe dónde. No lo volvieron a ver. Pixie, a la que llamaban “la Cojita”, murió en agosto del año pasado, probablemente de pena: su madre había muerto dos semanas antes. Y Dixie murió en noviembre del año pasado, tras una enfermedad relativamente larga (un mes) y con la certeza de que sufrió mucho. Puede que fuera pulmonía, puede que fuera asma. En cualquier caso, una enfermedad respiratoria.

Con lo que Zipi se quedó sola.

Para paliar esa soledad, le compraron un compañero, Leoncio, o Leo, como lo llamamos familiarmente. Un regalo de Reyes en forma de canario rubio, con el pecho y la cola blancos. La idea era que, ya que estaban, Zipi se dejara pisar (montar) y tuvieran descendencia, pero como he dicho, parece que Zipi nunca ha estado por la labor.

Visto lo visto, hace mes y medio a los padres de Cristina les prestaron una canaria timbrada, Jaimita, para ver si de una vez la familia crecía.

Jaimita es preciosa, para los parámetros de un canario. Fina y esbelta, Jaimita es el equivalente a una talla 34 con alas y pico. Desde el primer momento se estableció una especie de rivalidad entre Zipi y Jaimita. La una trinaba, y la otra respondía acto seguido. Leoncio empezó a cantar más que antes, para hacerse valer, frecuentando a ambas, en busca de un momento en que alguna de ellas accediese a ser pisada. Cuando llegó el celo de Jaimita, Tomás se mostró escéptico: no los había visto coquetear en público.



De ahí que la puesta fuera una pequeña revolución en la casa.

En el transcurso de una semana, Jaimita puso cinco huevos. Se construyó un nido, en una de las casitas que Tomás, un experto restaurador de muebles de madera, había dispuesto en la pajarera. Desde el primer momento surgieron las dudas acerca de la paternidad de aquellos huevos: en su anterior casa, Jaimita cohabitaba con otro timbrado, y puso los huevos nada más llegar a la casa de Cristina. Cabía, por tanto, la duda razonable de que el padre no fuera Leoncio, sino el timbrado con el que Jaimita había vivido hasta entonces. La única manera de asegurarse era esperar a que naciesen las crías.

Tres semanas.

El tiempo fue pasando. Como no hay manera de saber cuántos huevos habían sido fecundados, y cuántos de esos vivirían, había que estar preparados para cualquier cosa. De todos modos, las madres primerizas no suelen sacar adelante todos los huevos.

Un jueves, Cristina me comentó que Tomás había visto abrirse uno de los cascarones. Cristina lo contaba con tremenda alegría, porque ella había sido testigo del nacimiento de Zipi. Es toda una experiencia ver una masa rosada, toda boca, abrirse paso entre los restos de cascarón roto.

El sábado se abrió otro cascarón.

Sin noticias de los otros tres. Pasaron los días y no se abrían. En estos casos, la madre suele arrojarlos fuera del nido, pero Tomás y Antonia se encargaron de ello cuando quedó claro que no habían sido fecundados o estaban muertos.

Quedaba la duda acerca de la paternidad de los recién nacidos. Durante los primeros días, los canarios son una boca y un estómago enormes, sin apenas ojos, sin voz, cuya única tarea consiste en devorar la pasta que su madre regurgita.

Cuando los vi por primera vez, eran eso: bocas y estómago con un piquito siempre abierto.

La siguiente vez que subí a Girona ya se podían distinguir. El mayor era mucho más grande que el pequeño, sin duda porque le arrebataba el alimento al pequeño. Y no sólo eso: acaparaba el nido, desplazando al pequeño. También era temeroso: en cuanto nos veía, se batía en retirada dentro del nido, y dejaba al pequeño a nuestra merced. Podríamos haber sido unos depredadores.

Les empezaban a salir alitas. Aún no tenían sino un plumón que hacía imposible saber qué color iban a tener. Y, de camino, quién era el padre.

Por temor a que tomara represalias, nada más poner Jaimita los huevos, Zipi había sido apartada de la pajarera, confinada a la jaula, mucho más pequeña, en que había llegado a Girona. Zipi estaba lánguida. Me rehuía más si cabe, y se pasaba todo el día dándonos la espalda o intentando perforar los barrotes con sus picotazos, mientras emprendía interminables diálogos con Jaimita, ante el silencio inescrutable de Leoncio.

Cuando nació el primer polluelo, Leo acompañó a Zipi a la jaula de castigo. Los machos pueden ser agresivos con los recién nacidos, sobre todo si no son los padres; de ahí la importancia de conocer los orígenes de la nidada. Durante un par de semanas, Leo y Zipi compartieron jaula, sin apenas cruzar sus caminos, sin un gesto de afecto por parte de Leo o de acercamiento por parte de Zipi, embarcada en sus diálogos cada vez más exaltados con Jaimita.

El polluelo mayor, por su parte, seguía siendo tan asustadizo como la primera vez, y el pequeño tenía muy mala cara, como de asco hacia una vida recién estrenada, un protopunki en ciernes.

Hablo días después con Cristina y me da una buenísima noticia: los pequeños ya tienen plumas. Uno parece oscuro y el otro rubio. Ya no hay duda: Leo es el padre.

Ahora surge otra duda: ¿Cómo llamarlos? Durante un par de semanas, todo son cábalas. Un nombre es para toda una vida. Es una responsabilidad. Hay que saber acertar con su nombre verdadero, como si fueran personajes de la serie de Terramar. La carga mágica y simbólica de los nombres encierra una gran verdad: un nombre te distingue, define e identifica.

Por fin, un día, Alonso da con la solución: Silvestre y Piolín.

Los nombres les cuadran. Silvestre es el mayor: oscuro, aunque más claro que su madre y Zipi, cobardica, tontito y seguramente capaz de cualquier ruindad con tal de sobrevivir. Piolín, por su parte, es rubito (con un curiosísimo collarín de color pardo) y la cola blanca como su padre, desmejorado pero tal vez consciente de que su mirada desvalida le puede beneficiar, y además te puede mirar fijamente sin inmutarse, como si le hubiera parecido ver un lindo gatito.




Otra novedad cuando regreso, el fin de semana pasado: Leo y Zipi regresan a la pajarera. Ahora están los cinco juntos. Y no sólo eso: ¡Piolín y Silvestre ya han salido del nido! ¡Jaimita está deshaciéndolo! ¡Y empiezan a volar!

Cuando los veo, Zipi sigue pasando de mí, apalancada en la parte inferior de la pajarera; aunque ya no picotea los barrotes, sigue sin estar a gusto. Leo parece dar la cara por todos. Jaimita va a lo suyo, persiguiendo a Leo o dejándose perseguir por él, piando de vez en cuando y consiguiendo una respuesta casi inmediata de Zipi. Piolín se me queda mirando fijamente, sin apenas moverse de donde esté. Y Silvestre se aventura, a saltitos, intentando fijar los límites de la pajarera, midiendo sus pasos hasta memorizar las rutas que a partir de ahora serán su vida y rutina.

Las últimas noticias son mucho mejores aún. Jaimita acaba de poner otro huevo, aunque el nido que está construyendo no lo permite ver: hasta que nazca la cría, no vamos a poder saber si hay uno o más huevos. Y eso no es lo más impactante: ¡Zipi se ha dejado pisar por Leoncio! Es la primera vez que Zipi demuestra interés en mantener relaciones sexuales, pese a su edad, avanzada para lo que es un canario. ¿Celos? ¿La certeza de que se le estaba pasando el alpiste? Por nada del mundo me perdería a Zipi ejerciendo la maternidad tardía.

Nada de esto compensa la certeza de que he perdido un sobrino que venía de camino, pero me resulta gratificante. Ver nacer y crecer a Silvestre y Piolín resulta, en cierto modo, una experiencia similar a la de tener sobrinitos y seguir sus evoluciones y cómo desarrollan la personalidad. Y, por otra parte, seguir el culebrón en torno a la paternidad de las criaturas, el duelo de trinos entre Jaimita y Zipi y la creciente autosuficiencia de Leo entraña cierto voyeurismo que, qué queréis que os diga, resulta igual de divertido que la telebasura que nos invade, y además lo exime a uno de crearse mala conciencia: no dejan de ser animalitos haciendo lo más natural del mundo: darle rienda suelta a sus instintos. Y ya se sabe que los documentales de animales son el único programa en el que los niños pueden ver sexo explícito sin que los padres les afeen la conducta ni los manden a la cama.


viernes, 18 de agosto de 2006

Pornografía emocional con una piedra de la Patagonia

Esta es una anotación que siempre dejo para más adelante, pero que me parece necesaria para que entendáis por qué he vuelto a escribir y por qué existe este blog. De marzo del 2004 a junio del 2005 asistí al taller literario “La atención”, impartido por el escritor y guionista de cómics Jorge Zentner. Durante año y pico me empapé de su filosofía y su compromiso con la creación y con uno mismo, asumí algunas de sus enseñanzas y tuve en cuenta todos sus comentarios, me dejé guiar por su personalidad fascinante y, sobre todo, recuperé el placer de la escritura y aprendí mucho acerca de mí mismo. El nombre del taller, “La atención”, se entiende mejor si reparamos en su subtítulo: “Taller de literatura y autoconocimiento”. Fueron quince meses creativos y fascinantes que me marcaron en muchos aspectos y me hicieron darme cuenta de algunas de mis carencias y fortalezas creativas y personales. Creo que soy mejor persona desde entonces, y desde luego escribo con otra mentalidad.

Todo empezó a principios del 2004. Álex y yo estábamos con el gusanillo de apuntarnos a un taller literario, y Enrique Corominas nos sugirió que asistiéramos al de Jorge. Habían trabajado juntos algún tiempo antes, cuando Corominas acababa de llegar a Barcelona. Su pareja, Helena, se había apuntado al taller, y nos lo recomendaba. Álex se puso en contacto con Jorge, y él estuvo de acuerdo en que nos apuntáramos. El grupo era reducido: Mariona (la pareja de Jorge), Helena, Cristina, Mireia, Céline, Álex y yo. De vez en cuando se apuntaba alguien nuevo, asistía a un par de clases y no regresaba. Sin embargo, transcurridos algunos meses se apuntó más gente (Graciella, Bruno, Pau, Ana) y Jorge dividió el taller en dos turnos, de martes y jueves. El grupo del jueves continuó formado por los mismos alumnos. Jorge empezó a hacer cursos intensivos; me apunté al primero, y lié a Yolanda para que me acompañara. También convencí a Pau Blackonion para que se apuntase al taller, aunque lo hizo en el turno de los martes.

Así pues, todos los jueves Álex y yo salíamos de Gigamesh un ratito más tarde de lo habitual, subíamos el Passeig de Sant Joan, nos tomábamos un cafelito o una cerveza en un bar de la calle Mallorca semiesquina Roger de Flor y de siete a nueve nos dejábamos sorprender por Jorge y por nosotros mismos.

Para entender el taller hay que conocer a Jorge. Como guionista de cómic ha producido obras tan destacables como la serie de Dieter Lumpen y Tabú y El silencio de Malka (ilustrados por Rubén Pellejero y premiados en Angouléme, y el Salón del Cómic de Barcelona), Caravana (con imágenes de Bernard Olivié), Nicolás Eymerich, inquisidor (dibujado por David Sala y basado en las novelas de Valerio Evangelisti) o Flamenco (dibujado por Santos de Veracruz, el artista que pinta cuadros en los conciertos de Muchachito Bombo Infierno). Como autor de relatos infantiles, destaca por Linterna mágica y El sueño del rinoceronte (ilustrados por Sergio Mora) y Comemiedos (dibujado por Tàssies y galardonado con el Apel.les Mestres).

Era un placer adentrarse en la biblioteca de su estudio, porque podías ver obras muy interesantes… siempre que supieras francés, ya que Jorge trabaja sobre todo para el mercado del pais vecino. Hojeabas una obra suya, cogida al azar de su estantería (El silencio de Malka, por ejemplo), y asistías embobado a un torrente de explicaciones sobre la misma (por ejemplo, sobre la vida de los judíos ucranianos de principios del siglo XX, los ancestros de Jorge que emigraron a Argentina), arropado por su voz parsimoniosa y su mirada franca y sonriente, que podían derivar hacia sus orígenes judíos, y de allí a su infancia en un pueblo de la Patagonia, los primeros años como periodista de izquierdas en Buenos Aires, la salida de Argentina en 1976, el desengaño ideológico, el acercamiento al budismo… Te enterabas, por ejemplo, de que uno de los primeros encargos de Jorge en España fue guionizar la adaptación al cómic de Ulises 31.

Y en ese momento ya estábamos todos los participantes del taller y comenzaba la clase.

Sólo que no era una clase al uso.

El taller se impartía en lo que ahora es el estudio de Jorge, y en aquella época era su casa. Vistas a la Sagrada Familia. Decoración mínima: la estantería con sus libros, un archivador pintado con motivos budistas y con una representación del propio Jorge en posición de meditar, un tatami, cojines para quien quisiera sentarse en el suelo, una fuente que nos sosegaba el espíritu y la puerta de acceso al salón rodeada de bombillas. Dejábamos los zapatos en la entrada y, descalzos, formábamos un círculo, para vernos todos. A veces hacíamos algún ejercicio de respiración o meditación, el tiempo se ralentizaba y la percepción de todo tipo de sensaciones se incrementaba.

Las alusiones al budismo zen no resultan ociosas, ya que eran la razón de ser del taller. Jorge intentaba que escribiéramos desde nosotro mismos y nuestro autoconocimiento. Esto se logra mediante la atención. Para alcanzarla, tenemos que manejar varios conceptos: relación (con nosotros mismos y nuestro entorno), vínculo, conflicto, movimiento (que denota cambio), reconocimiento (tomar conciencia con lo que ocurre: el famoso “darse cuenta” del zen), aceptación y responsabilidad (la libertad de hacer un acto o no hacerlo; a mayor conciencia de nuestros actos, mayor responsabilidad sobre los mismos). Las ramificaciones a que dan lugar estos conceptos son casi infinitas. Durante año y medio, Jorge no dejó de sorprendernos con su enfoque y su poética. Algunos de los ejercicios del taller son impresionantes.

Como todo lo que digo puede sonar a palabrería, pongo algunos ejemplos, para que veáis cómo funcionaba el taller.

Un jueves de abril, cuando ya estábamos acomodados en nuestras posiciones habituales, Jorge nos dio a cada uno una piedra. Eran piedras de río que se había traído de la Patagonia. Simétricas a su manera, de colores ocres, pulidas por la corriente. Nos dio un tiempo para recorrerlas con la mano. La mayoría hicimos el ejercicio con los ojos cerrados. No había reglas, pero se entendía que había que cerrar los ojos, como si ello aumentase las sensaciones del tacto.

De súbito nos pidió que dejáramos nuestras piedras en el suelo. La mía era rectangular, plana, y marrón y blanca. Lo hizo sin previo aviso, pues allí estribaba gran parte de la espontaneidad de nuestros comentarios y nuestras sensaciones: en no hacer nada de una manera planificada, en dejarnos llevar. Y así, en caliente, nos ponía a escribir.

La primera pregunta fue:
“¿Qué impresión nos causa la piedra cuando la dejamos en el suelo, a nuestros pies?”

Mi respuesta:

Mi primera impresión ha sido de pena, por dejar de tenerla entre mis manos. Luego me he asegurado de que no le voy a dar una patada cuando pierda contacto visual con ella, ni de que se aleje mucho de mí. Mientras escribo esto, la miro de hito en hito, como para saber que sigue ahí, que no se ha ido. Me hubiera gustado seguir explorándola. No se mueve. Dejo de escribir y sigo mirándola.

Otra pregunta, pero rápida:
“¿Qué tipo de relación experimenté con la piedra?”

Mi respuesta:

Confianza. Alegría por el reencuentro.

Aquí había respuestas para todos los gustos, que es el punto adonde Jorge quería ir a parar: todos tenemos percepciones distintas de los mismos hechos u objetos. En realidad, nos hallábamos ante un ejercicio sobre el punto de vista.

Para Mariona, la piedra y ella se calmaban mutuamente. La piedra era cálida y le apenó separarse de ella. Era poco agradable. Sin embargo, al soltarla se da cuenta de que el contacto era agradable y apetecible.

Mireia interpretó el contacto con la piedra como un medio de transporte al pasado, un vehículo para canalizar la melancolía. Al soltar la piedra, desaparecieron los recuerdos que le evocaba (la memoria) y volvió a la realidad (despertar de un recuerdo que no es real).

Álex empezó a ganarse la primera de las múltiples ironías de Jorge sobre su carácter analítico y “científico”. Le llamaron la atención la rapidez con que se interrumpió el contacto, el desconcierto que ello le produjo (una elaboración intelectual, no sensorial) y el cosquilleo que le produjo acordarse de la piedra (un efecto físico). Pero Álex no contaba sus sensaciones, sólo describía fenómenos.

Cristina se sintió expectante. Al dejar la piedra de la cara que no esperaba, vio una mancha que no había reconocido, como una cicatriz. También experimentó malestar por no haber dejado la piedra en el suelo, sino el el sofá, muy lejos de su alcance.

Algo similar le sucedió a Helena. Quería dejar la piedra más cerca, tocarla un poco con los pies. Al mismo tiempo, reprimió el deseo de seguir hablando sobre la experiencia.

Después del primer turno de lectura, queda claro que no estamos hablando de una piedra, sino de nosotros mismos (y de cómo percibimos un objeto o persona) y de los demás (la piedra simboliza al otro, al desconocido que se nos presenta, el punto de vista externo).

Pero Jorge fue más allá. Volvimos a coger la piedra en nuestras manos. A continuación, nos pidió:

“Habla del contacto con la piedra, después de recogerla… pero desde el punto de vista de la piedra”.

Lo que escribí:

Me ha sostenido entre sus manos, nervioso, abriendo y cerrando los ojos, sopesándome y explorando mis contornos, poniéndome del derecho y del revés, o de lo que él cree que es el derecho y el revés. Me miraba con atención, como si fuese otra piedra bien distinta de aquella que tuvo entre sus manos hace unos minutos.

Y un nuevo ejercicio, sin solución de continuidad:

“Cómo me siento al tener que escribir en primera persona sobre la piedra”.

Y mi respuesta:

Siento un desconcierto momentáneo, porque todo lo que se me ocurre en un primer momento es un cúmulo de sensaciones que sé que jamás se le pasarían por la cabeza a una piedra, ni a otra persona que no sea yo. Pero he procurado desdoblarme, pensar en qué podría pensar la piedra, consciente de que estoy haciendo trampa.

Es decir, lo que le ocurre a cualquier escritor cuando crea un personaje. ¿Estará usando la voz apropiada? ¿Será creíble el personaje? ¿Hasta qué punto estará el autor hablando de sí mismo?

Otro ejercicio:

“Escribe una ficción en la que aparezca ese sentimiento que has experimentado”.

El tiempo que Jorge nos dejaba para escribir nuestras ficciones era muy breve, porque lo importante no era lo que escribiéramos sino cómo habíamos llegado a ello, lo que sentíamos mientras escribíamos y dónde lo sentíamos (qué chakra abríamos).

Así pues, en no más de diez minutos, todos escribimos nuestras historias de ficción:

Sus ojos lechosos me indicaban cruelmente su condición. Todos los días la veía en el autobús, camino del trabajo. Una palabra aquí, un comentario allá, y sin darme cuenta me encontré alargando mi trayecto dos paradas, para acompañarla, para ayudarla a bajar del autobús. Establecimos una relación de respeto mutuo y amistad.

Nunca me pidió que le describiese mis facciones, mis relieves. Sin embargo, un día en que mi silencio era más prolongado de lo habitual, me espetó a bocajarro:

-Me estás mirando, ¿no?

Tuve que reconocer que, en efecto, la estaba mirando.

-¿Y cómo me ves?

Describí sus facciones, su caminar y la manera en que se asía a mi brazo cuando sorteábamos una zanja de Fenosa. (Nunca de Endesa.)

-¿Y no te preguntas qué veo yo en ti?

-No.

-¿Por qué?

-Porque no me ves.

-Eso es lo que tú te crees. Veo mejor que tú lo que hay en tu interior.

Antes de irnos, Jorge nos pidió un último ejercicio:

“Coge otra vez la piedra. ¿Qué sientes?”

Me despido de ella, pues tengo la impresión de que no volveré a tenerla entre mis manos. La estrecho con fuerza hasta que siento su calor, mi calor. Vuelvo a recorrerla, como recapitulando lo que ha supuesto nuestra relación, desprovisto de todo afán fabulador: ya no quiero jugar a adivinar a qué me recuerdan sus formas. Tan sólo quiero mirarla y mirarla, para guardar esa última imagen en mi memoria. Y, mientras pienso en ello, la agarro con fuerza. Si fuera una persona, la abrazaría.

El cachondeíto fue considerable, pero contenía una enseñanza: todo conocimiento viene del contacto. Jorge nos recomendaba buscar un objeto físico con el que contactar.

El ejercicio de la piedra duró varias clases más. Dos jueves después, teníamos que reconocer nuestra piedra y volver a tenerla entre las manos. Este fue mi escrito:

Agarro la piedra, como para terminar de creerme que la tengo otra vez entre mis manos, después de tanto tiempo. Una vez me he asegurado de que es mi piedra, la miro, buscand algún posible cambio.

Me asaltan las fantasías. La más insistente estriba en que la piedra tiene dos colores. ¿Implica eso que la piedra tiene un lado positivo y otro negativo, un lado oscuro y otro claro?

Jorge nos insta a analizar nuestras emociones, y ello hace que deje de divagar. Frente a mí está la piedra, otra vez, y trato de concentrarme en cómo me afectan los cambios que percibo en ella; no porque la piedra haya cambiado, sino por el recuerdo lejano de la misma, o tal vez porque ahora, y sólo ahora, en nuestro tercer encuentro, comienzo a percibir algunos matices que se me habían escapado las otras veces. Todavía no la conozco.

El ejercicio venía a hablarnos de que toda relación se produce con algo externo, y eso son los personajes de una ficción.

En el primer contacto y la evolución de esa relación nos podemos reconocer, según sea nuestra actitud ante la piedra. Así, podemos ver qué tipos de relaciones podemos establecer y desde dónde nos relacionamos: lo emocional, lo racional, la nostalgia, la posesividad o el amor. Y, así, vemos la evolución de esa relación: estática, permanente, de cansancio…

Esa relación es nuestro límite, la frontera con lo externo. Marca un punto de contacto que determina dónde terminamos nosotros y dónde empieza el otro. Los adultos tenemos clara esa diferenciación, o deberíamos tenerla, pero es un proceso de aprendizaje y reconocimiento que dura años. En la infancia, estamos indiferenciados de nuestra madre. Al crecer, empezamos a ser conscientes de nuestra individualidad y comenzamos a distinguir entre yo y . El desarrollo del individuo no se acaba nunca, pues siempre hay una frontera, un límite o un roce con el otro. En la literatura hay que tener esto muy presente; de lo contrario, no tenemos relaciones ni conflictos. No hay obra.

Hicimos muchos ejercicios de similar intensidad, aunque ninguno tan original ni exhaustivo como el de la piedra. Aprendimos nociones de budismo zen, incidimos en la aceptación de lo que viene, en el “darse cuenta”, en la importancia del contacto físico. Todo iba encaminado al autoconocimiento, pero también a que escribiéramos. También asistían ilustradores, y alguno que otro dibujaba en vez de escribir. Lo que algunos plasmábamos en un rollo larguísimo (servidor), apenas dos escuetas líneas (Cristina) o incluso en francés (Céline, a veces) o catalán (Pau), Mariona lo plasmaba a veces en ilustraciones.

También cuidábamos el aspecto formal, aunque no fuera lo esencial del taller. Fuera adjetivos superfluos. Jorge nos impuso como deberes a Helena, Álex y a mí una redacción sin apenas adjetivos, como respuesta a nuestras impresiones, llenas de florituras, acerca de la exposición dedicada al escritor y pintor Gao Xingjian en el Kosmopolis 2004. Adverbios terminados en –mente, los menos posibles. Si la escritura es más directa, el mensaje llega mejor, y permite ver a la persona con nitidez. Jorge no creía que hubiera una manera de escribir más correcta que otra, el rollo era otro, pero también nos ayudaba con la forma de lo que escribíamos, lo que era de agradecer. ¿Era eso trasplantar el budismo zen a la literatura? Puede; pero también era Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado.

Con el tiempo, Jorge introdujo cambios. El taller pasó a ser de pago (durante un año fue gratuito, algo que no entendíamos, porque aquello era todo un lujo para nosotros), introdujo los talleres individuales, fue derivando hacia el autoconocimiento y dando de lado los aspectos literarios, y se embarcó junto con Mariona en una nueva aventura, la paternidad, con el precioso Martín, que ya debe de estar aprendiendo a andar. Álex y yo nos dimos de baja, pero en el camino habíamos aprendido mucho sobre nosotros mismos y sobre cómo escribir, y yo encontré la motivación que necesitaba para salir adelante, en lo personal y en lo literario. Insisto, este blog es una consecuencia directa de aquel taller, de modo que esta anotación va dedicada a él, y a Mariona, Helena, Cristina, Mireia, Pau Blackonion, Pau, la Mona, Graciela, Álex, Yolanda y todos los que compartimos tardes con su manera de enseñarnos a vivir y escribir.

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viernes, 11 de agosto de 2006

Capturando almas

Es cosa sabida que las fotografías capturan el alma de aquellos que sirven de modelos. Una vez dejas capturar tu alma, pasa a ser propiedad del observador. Por eso hay quienes se resisten a ser fotografiados: son almas puras, libres y plenas; creen.

Por mi parte, prefiero darle otro enfoque a esta creencia: si las fotos capturan el alma, ello es una señal inequívoca de que todos tenemos alma. Soy escéptico en asuntos religiosos, un materialista convencido que, sin embargo, cree en las personas y en la definición de alma que ofrece la RAE: “Principio que da forma y organiza el dinamismo vegetativo, sensitivo e intelectual de la vida”.

Ese principio somos nosotros mismos. Nuestro cerebro. Nuestra manera de relacionarnos. Nuestros sentimientos. Nuestras emociones.

Visto así, todos tenemos almas. Y las fotografías, en efecto, atrapan esas emociones, esos sentimientos y esa manera de relacionarnos con los demás. Nos mostramos tal como queremos que nos vean. Nos dejamos capturar, porque somos nosotros quienes proyectamos los sentimientos que el observador va a percibir. Son delatoras.

Sin embargo, muchas veces no podemos controlarlas y son inesperadas, como un beso robado que roza la mejilla de la persona a la que quieres. En ocasiones, no somos conscientes de la existencia del fotógrafo, y nuestra alma aparece desnuda, sin ropajes, cosméticos ni poses. Nuestra alma es la que es, no la que queremos que se vea. Una fotografía tirada al azar, un enfoque traicionero, una escena del natural, un momento de relajo… Todo vale para mostrarnos tal como somos.

Cristina me regaló un disco duro externo de 160 Gb por mi santo y cumpleaños. Uno de los mejores regalos que me han hecho en mi vida, tanto por el regalo en sí como por la persona que me lo regalaba. En él he volcado todos los contenidos de mi ordenador portátil. Y no he podido resistir la tentación de ver todas las fotos que conservo de estos cuatro años en Barcelona. Hay miles de ellas. Al principio, todo eran cenas, fiestas y hacerse fotos. En los últimos dos años, las fotografías escasean y están vinculados a sucesos extraordinarios. En cualquier caso, hay muchas fotos tiradas a traición, besos robados emocionales que capturaron las almas de los fotografiados, y que ahora, vistas en perspectiva, me cuentan muchas historias que en su momento me pasaron inadvertidas.


La primera foto es de Rita. Está tomada en el parque de la Ciutadella. Habíamos salido a dar una vuelta, aprovechando el puente de la Constitución y la Inmaculada. Íbamos Rita, Emmanuel, Ricardo y yo. Sólo faltaba Aleix, que estaba en el pueblo. Nos lo pasamos muy bien. Estábamos acostumbrados a montar cenas en casa, pero era infrecuente que saliéramos. Visitamos el centro de Barcelona y terminamos en la playa de la Barceloneta. Todos parecíamos contentos y radiantes. Aún estábamos descubriéndonos, aunque ya llevábamos juntos tres meses. La vida en común en la calle Valencia era de película, parecía una escena de Una casa de locos o una teleserie del tipo Friends. Los problemas llegaron más tarde, en la avenida de Madrid, donde se destaparon todas las contradicciones de aquella manera de vivir. O eso creía yo. Veo esta foto y el gesto melancólico de Rita no me cuadra con lo que estábamos viviendo aquel día ni con mi percepción de aquella etapa de nuestras vidas. Y me han hecho falta casi cuatro años para relacionarlo con una conversación que escuché aquella misma tarde, ya en la casa de la calle Valencia. Rita y Emmanuel hablaban en la cocina (que estaba pared con pared con mi habitación), mientras yo intentaba dormir la siesta. No pude evitar oir parte de la conversación. Rita y Ricardo habían discutido, y ella había llegado a pensar en irse de la casa. Todavía tardó un año en hacerlo, pero las circunstancias eran diferentes. Y no fui capaz de asociar ambos hechos (una discusión con un compañero de piso y una cara triste durante un día feliz) hasta que hace unos días volví a ver la foto.

La segunda foto corresponde a la especialidad culinaria favorita de Emmanuel: el pollo al mole. Con mole negro. Puede ser con mole verde o mole rojo, pero yo lo prefiero así. Estará más o menos picante según el tiempo de cocción. Se sirve envuelto en tortas de maíz, y acompañado por una ensalada de lechuga aliñada con limón. En esta foto está reposando, momentos antes de que nos lo comiéramos. La cocina es la de la calle de Valencia, donde todavía éramos felices y ni Barcelona ni la vida nos habían desbravado. Es probable que la foto sea del día que Emmanuel regresó de México, justo antes de irnos de la calle Valencia. Había hecho escala en Madrid, donde lo estuve paseando antes de que él se fuera a La Sénia, a pasar la noche de Reyes con Aleix, mientras que yo me quedaba con mi madre, convaleciente de una operación bastante delicada. Cuando volvimos a vernos, dos días después y ya en Barcelona, nos regaló camisetas de la ciudad de Guadalajara (Jalisco) y cocinó un delicioso pollito al mole. Corrieron el tequila y la cerveza Coronitas. Y fue la última vez que disfrutamos en aquella casa, antes de que Marian le comunicase a Emmanuel que quería que abandonase el piso. Nos plantamos en bloque, y nos fuimos yendo de la casa a medida que se nos agotaba el mes de preaviso. En esta foto está atrapado el espíritu de la calle Valencia: fiestas, bebida, comida mexicana y despreocupación.

En la foto de arriba vemos a Aleix en vísperas de un concierto en Tortosa. Aleix tenía un grupo de rock independiente llamado Snooze, que no sonaba nada mal. Grabaron una maqueta, que conservo con veneración, y alguna que otra sesión de ensayo, que me hace pensar que hubieran llegado a ser un grupo importante. Carlets tocaba la guitarra, y además tenía un theremin que hacía sonar en alguna que otra canción y les daba un toque psicodélico a lo Mercury Rev. Marc Ortiz tocaba la otra guitarra. Aleix tocaba la batería; Romà, su hermano, se encargaba del bajo, y Vanessa, la novia de Romà, cantaba. El concierto de Tortosa fue interesante: les dieron un premio a la mejor maqueta, parte del cual consistía en tocar una hora en un polideportivo. Aquí tenemos a Aleix y Ana, la novia de Marc, mirando el escenario, antes de la prueba de sonido. Aleix parece estar calibrando distancias y acústica, parece estar viéndose allí arriba, pensando en su interpretación, como el atleta que acude al estadio vacío no para entrenar, sino para sentir las vibraciones del público y las auténticas dimensiones de su gesta venidera. No fue su primer concierto; después de aquel vendrían otros, uno de ellos teloneando a Sidonie. Y a continuación, la disolución: nadie estaba en La Sénia, Carlets se consagró a la paternidad, ensayar era imposible porque casi nunca coincidían en el local, Barcelona pasó a ser la primera residencia de casi todos ellos... y el grupo dejó de resultar divertido y pasó a ser casi una obligación. La de Aleix es casi una mirada nostálgica: parece como si echara de menos un mundo y una forma de vida que terminan casi antes de empezar, en un momento prometedor, una especie de My Bloody Valentine del Montsià que dieron paso a proyectos menos comprometidos. Ya en Barcelona, Aleix probó fortuna en otro grupo, pero ya no era el grupo de los amiguetes y compañeros de pandilla; era otra cosa. Y una batería suena mejor cuando toca con alma que cuando es mero entrenamiento y uno sólo es un mercenario, no su propio jefe; de ahí viene el nombre de la música soul: está interpretada con el alma. Y al tener alma se puede atrapar en una fotografía.

Un concierto mucho más modesto e íntimo, puro divertimento. Iván, del Grupo 4 (mis compis bibliotecarios), acometiendo los primeros acordes del “Podría volver”, de Bambino, versión de Los Planetas.

Podría volver,
pero no vuelvo por orgullo simplemente.
Si ya juré nunca volver debes creerme.
Que cumpliré con mi promesa está por ver.
Y si me dices que no puedes olvidarme,
en este mundo nadie es indispensable.
Puedes vivir sin mí igual que yo sin ti.
Y si me dices que yo soy toda tu vida,
y como en todo lo que hay vida existe muerte,
y yo no quiero ser la muerte para ti.
Y podrás pensar
que me dolió que me negaras, y es muy cierto.
Y como tú comprenderás todo este tiempo
sufrí bastante y pensé nunca volver.
Y si me dices que sin mi te pones triste
eso tuviste que pensar cuando te fuiste,
seguro que por ti ya nada puedo hacer.
Y si me dices que me quieres y me quieres,
y si me pides que regrese y que regrese,
juré que nunca volveré y no volveré.

Estamos en la casa de Iván, cerca del Rastro. Tal vez fuera la fiesta de inauguración; en todo caso, llevaba muy poco tiempo viviendo allí. Bebimos. Comimos. Hablamos. Subimos a la buhardilla. Bajamos a comprar más bebida. Iván tocó la guitarra, secundado por Ángel. Buena compañía: con ellos estuve en las dos ediciones del Primavera Sound a las que he asistido. Iván empieza una y otra vez “Podría volver”, pero no pasa de la primera estrofa. Llega un momento en que resulta divertido: por más que lo repitas, por más que pueda resultar frustrante embarrancar en el mismo punto, llega incluso a ser motivo de risa. No importa no poder llegar: lo importante es el camino, y recorrerlo acompañado. Bien acompañado.

En la última foto estoy recogiendo el Ignotus que George R. R. Martin se llevó por “El dragón de hielo” (Gigamesh 34) durante la cena oficial de la hispacón Gadir 2K4. Un premio merecidísimo. Era el primer Ignotus de la velada. Era una edición novedosa, porque por primera vez incluía un montaje audiovisual, y los miembros de la Junta de la AEFCFT iban de punta en blanco. Por ello, y después de la coña típica (“No soy Martin, que conste”), no pude evitar un comentario irónico que pocos oyeron:
-Tanto glamour me supera.
Y a continuación me lancé a improvisar, y agradecí el premio en nombre del autor y se lo dediqué, ya que Martin reconocía en su página que estaba hecho polvo por la reelección de George Bush, y concluí con el deseo de que aquel Ignotus contribuyera a levantarle la moral y se aplicase en la escritura de A Feast for Crows (y, de camino, supongo, a matar a algún que otro protagonista de la serie). En esta foto está encerrada el alma de una velada que a partir de ahora veré desde la barrera, al menos en lo relativo a los muchos Ignotus que aún ha de ganar Martin.
Momentos únicos e irrepetibles, con alma, vestigios de un pasado que no volverá y que no tiene por qué hacerlo. Capturas nuestros recuerdos y de los de la gente a la que quiero y los lugares que me encantan. Fondos de pantalla de mis emociones. Fotos con alma. Historias vivas, que continúan estándolo después de que sus protagonistas las olviden y haya dejado de existir todo aquello que significaron, pues tienen vida propia.

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miércoles, 2 de agosto de 2006

Ya...

...no trabajo en Gigamesh.

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