domingo, 30 de abril de 2006

Escenas de un casting (Segunda parte)

Enero del 2005

Regreso de mis vacaciones navideñas el 2 de enero. La primera persona de la casa con quien me encuentro es Pamela, que me comunica una noticia: Luis y ella han cortado y se van de casa. Ella tomó esa decisión durante la Nochebuena. Luis se ha ido de la casa, y ya regresará a llevarse sus cosas cuando ella no esté: no han acabado en muy buenos términos.

La decisión me satisface, porque eliminamos los motivos de tensión que había habido durante los meses anteriores, aunque me molesta por lo que supone: vuelta a empezar con otro casting. Cada vez tengo menos ganas de enseñar la habitación, que es una tarea que tácitamente me corresponde a mí: Emmanuel es el titular del alquiler, efectúa todas las reparaciones de la casa y tiene línea directa con nuestros caseros, mientras que yo me encargo de recaudar el dinero del alquiler, ingresarlo en la cuenta y enseñar las habitaciones que se quedan vacías.

Es el último sábado de enero. Pamela ya se ha ido de la casa, con gran dolor de nuestro corazón, porque ha sido muy buena compañera y el incidente que tuvo con Luis nos ha hecho volcarnos en ella; nos ha dejado claro que si pudiera pagar ella sola la habitación, se quedaría. Pero no puede.

Desgrapo del contrato el anexo que habían firmado Ricardo y Adriana con Luis y Pamela, lo quito de en medio y me quito de encima un motivo de preocupación: ya no nos estamos jugando que nos echen del piso por subarrendar una habitación.

Son las dos de la tarde. Acabo de salir de la ducha y voy a prepararme la comida. Suena el teléfono fijo.

-Llamo por la habitación.

-Ah, sí. Pues es así y asá, y tiene esto y aquello y lo de más allá.

-¿Cuándo puedo ir a verla?

-¿Te viene bien a las cuatro de la tarde?

He quedado en enseñarla a las cuatro y media.

-¿No puede ser dentro de media hora?

Son las dos y media. Me cago en la hostia. Tengo que preparar la comida y comer a toda leche.

-Bueno, vale. La dirección es esta. Apunta.

Como a toda prisa.

Friego más rápido aún, para que José Antonio (que así se llama el que va a venir a ver la habitación) vea la casa en condiciones.

Las tres.

Las tres y media.

Las cuatro menos cuarto.

Las cuatro menos diez.

Llaman al telefonillo.

Bajo a abrir.

José Antonio es un colombiano de unos treinta y tantos años, de rasgos algo simiescos. Pese a que estamos en enero, viste como si estuviéramos en primavera. La camisa lleva varios botones abiertos, que dejan ver una gruesa cadena y un pecho lampiño.

No tiene cuello.

Le enseño directamente la habitación. Nada más verla declara su interés por ella: lleva dos semanas en España y está en un hotel, en el que paga un pastón. Su padre es italiano, por lo que tiene la doble nacionalidad, y su intención es esperar unos cuantos meses en España antes de irse a Italia. Tiene tres hijas en Colombia, cada una de un matrimonio diferente. Trabaja en una agencia de modelos. Parece que maneja mucho dinero. En cierto modo, me recuerda a Ricardo: emprendedor, seguro de sí mismo y con el perfil de macho dominante de la manada.

En ese momento entra Emmanuel. Lo saluda y le cuenta que no sacamos ningún provecho comercial con la habitación: la alquilamos por la cuantía exacta que corresponde. José Antonio tendría los mismos derechos y deberes que todos nosotros. Lo que incluye pagar el alquiler antes del día primero de cada mes, pues nuestros caseros son muy rigurosos con la puntualidad.

-Bien. Llama dentro de unos días y te digo algo.

-No. Me interesa ahora. Puedo pagar ahora mismo.

Hace el gesto de llevarse la mano al bolsillo para sacar la cartera.

Nos quedamos cortados. Nos miramos entre nosotros, sin saber qué hacer.

-Bueeeno… La fianza tendrías que pagarla ahora mismo, porque tenemos que devolvérsela a los chicos que se van.

-De acuerdo. Dadme el número de cuenta. Os lo ingreso ahora, para tener un comprobante. Y también os pago una señal por el mes entrante.

-Vaaale.

Nos ha ganado por la mano. Todo ha sido muy rápido. Dejamos de enseñar la habitación. Demasiado bonito para ser cierto.

Nos llama a los diez minutos. Que ya ha efectuado el ingreso.

El día siguiente empieza a llamar. Que cuándo puede entrar en la casa. Le decimos que Pamela aún tiene que llevarse cosas, y que a lo largo de la semana podrá instalarse. Sigue llamando todos los días.

Y se instala el viernes siguiente, el último de enero. Me llama para decirme que va a llegar a casa a primera hora de la tarde. Salgo del trabajo antes, para dejarle las llaves y enseñarle dónde está todo.

Dan las siete.

Dan las ocho.

Dan las nueve.

He quedado a las nueve en el Arran.

Las nueve y cuarto. Y, como me quede en casa, seguro que nos dan las diez y las once, las doce, la una, las dos y las tres.

Me largo al Arran, donde me esperan Emmanuel y Carlitos, el primo de Norberto. Nos quedamos en las mesas más próximas a la entrada, porque allí hay cobertura.

Son cerca de las diez. Hemos pedido nuestras medianas de cerveza, racioncita de patatas bravas y bocadillos. El de lomo y queso es mi perdición. Llom i formatge. Nunca tres palabras encerraron más seny.

Y, nada más pedirlo, suena el móvil.

-Habla José Antonio. Estoy en la puerta de la casa. Acabo de llegar y no me abre nadie.

-Voy para allá. Espera media hora, por favor.

-¿No podrías llegar antes? Tengo el coche mal estacionado.

El momento Arran, a tomar por culo. Anulo el pedido y me voy a casa. Me llevo una Burxa, que lleva la crónica de los premios Goya que suele escribir Yolanda, y hala, a casa.

Entretanto, José Antonio ya ha aparcado en condiciones. Tiene un monovolumen impresionante. Mascullo unas disculpas y lo ayudo a subir sus pertenencias. Le doy las llaves de la casa y le enseño dónde está todo, y le digo que se sienta como en casa. Se ducha, se atusa y se va de fiesta. Todo este pifostio para media hora.

Me quedo apalancado en casa. Ya que estamos.

Por la mañana me encuentro con Emmanuel. Me cuenta el primer contacto de José Antonio con Carlitos.

Al irme del Arran, Emmanuel y Carlitos continuaron por su cuenta y llegaron a casa a las tantas y con una peda considerable. Emmanuel se retiró a su habitación y Carlitos, pese a que vive al lado, en la calle Joan Güell, tenía la movilidad bastante limitada y se quedó a dormir en el sofá. Antes de dormirse, puso la televisión. Y ya se sabe lo que hay en la televisión los viernes por la noche. De modo que todos podéis imaginaros la escena. Carlitos, interactuando con la peli porno, solos él, la tele y una cerveza, cuando de repente se abre la puerta de la casa y entra José Antonio.

-¡Hola!... Eeeh… ¡Yo no soy Emmanuel! –se presenta Carlitos.

Febrero del 2005

Avanza el mes de febrero. José Antonio sólo ha pagado la fianza y una señal, que en ningún caso sustituye a la mensualidad, de modo que Emmanuel y yo tenemos que poner de nuestros bolsillos. También influye que en febrero se nos termina el contrato y siempre actuamos por la vía de hecho: si ingresamos el alquiler, estamos renovados automáticamente y, aunque legalmente tenemos hasta el día siete para pagar, preferimos ser muy puntuales durante febrero, para no jugárnosla. Empezamos a ser muy insistentes. Todo lo insistentes que había sido José Antonio para entrar en la habitación antes del mes de febrero.

-¿Cuánto os debo? –José Antonio vuelve a hacer el gesto de llevarse la mano al bolsillo la cartera.

-Nada, hombre. No te vamos a cobrar por unos días que ya han pagado Luis y Pamela. Ellos ya han pagado el mes de enero. No vamos a cobrarlo dos veces. Tampoco vamos a discutir por cuatro días, ¿no?

A su vez, Luis y Pamela habían entrado en la casa un veinticinco de agosto, y tampoco les cobramos aquellos días: Ricardo y Adriana ya habían pagado todo el mes.

Pero José Antonio sigue sin pagar el alquiler de febrero. Y ya estamos a día siete.

-Acabo de hablar con mi madre. Tiene que enviarme dinero por giro postal, y el giro se está retrasando.

A continuación, empieza a darnos penita con su situación familiar. Divorciado tres veces, con tres hijas de otros tantos matrimonios. José Antonio tiene treinta y tres años. Su hija mayor acaba de cumplir diecisiete.

-Quiere estudiar para médico forense. Intentaré traérmela de Medellín. Tal vez tu hermana pudiera asesorarla.

Mi hermana es médico forense. Y su hija tiene visión de futuro, sin duda.

Nos vamos a Sitges el sábado de Carnaval. Los sospechosos habituales: Emmanuel, Lily, Greg, Ceci, Carlitos, Adrián... Y mis compis cyberdarkianos: Pau, Karina y Antonio. Invito a José Antonio.

Me llama al móvil, cuando ya estamos poniéndonos en marcha.

-Hermano, no puedo ir –me dice-. Ayer me pasé toda la noche de putas y estoy muy cansado.

Otro día nos dice que tendrá que presentarnos a las chicas de su agencia de modelos, y montar una fiestecita en casa para que las conozcamos. Cualquier día nos traerá algunos de sus books. A Emmanuel le enseña un email con fotos de una de ellas.

Baja con Lluis a ver el Chelsea-Barça de la Champions (sí, en el que le metieron tres goles a Valdés en veinte minutos). José Antonio le invita a varios copazos. No, cervezas no: copazos.

Pero sigue sin pagar el alquiler.

Por lo demás, José Antonio no tiene cuello. Y apenas tiene conversación. Nos llena la casa de ejemplares de Interviú, Cosmopolitan, Lecturas y Tele Indiscreta.

Está ante la tele, viendo Salsa Rosa, en stand-by.

Está ante la tele, viendo Gran Hermano, en stand-by.

Está ante la tele, viendo a Los Morancos, descojonado de la risa.

-¡Miren! ¡Qué chistosos!

Estalla en una gran carcajada atronadora.

Y vuelve al stand-by.

Está ante la tele, viendo el fútbol. Y no para de hablar.

-En tu equipo juega un compatriota mío, Perera.

Y es cierto. Él es del Real Madrid, pero la cae bien el Atleti, porque juega Perera, que es colombiano. Y cuando el Real Madrid fichó a Di Stefano, se lo quitó al Millonarios de Bogotá, que era un equipo de su país. Y también es del Inter. Algún día continuará su camino e irá a Italia, donde está su padre. También nos tiene que montar algún sarao con sus modelos. No le interesa la música que ponemos en casa: sólo le gustan el vallenato y la salsa. Sigue esperando el giro postal de su madre, con el dinero del alquiler. Tiene muchas deudas, y depende del dinero que le tiene que enviar su madre. Tres hijas y otras tantas pensiones. Qué pena, el Atleti. En el Atleti juega un compatriota suyo.

Está ante la tele, y se termina el fútbol. Regresa al stand-by.

Marzo del 2005

Emmanuel y yo volvemos a pagar el alquiler de marzo de nuestros bolsillos. Pasamos de meter en el ajo a Lluis, porque en cierto modo es problema nuestro, que para eso somos los que tenemos más responsabilidad sobre la casa.

El primer fin de semana de marzo dejamos de ver a José Antonio. Ni aparece por casa.

Por lo menos, ya no nos viene con mandangas de que si su madre tiene que enviarle un giro postal.

Lunes por la noche. Estoy en el salón, hablando con Lluis, que acaba de regresar de Talarn, su pueblo, donde suele ir todos los fines de semana. Hablamos, cómo no, de José Antonio. No tiene cuello. Tampoco tiene conversación. Su colada consiste sobre todo en calzconcillos boxer de Armani y camisas de manga corta. Todo impecable. Menudo pastón le tienen que costar: sólo en gayumbos se debe de gastar más que yo en renovar mi vestuario anual.

Suena el teléfono.

-Hola, Juanma… Soy José Antonio. –Tiene mala voz-. Mira, que estoy en el hospital de Sant Pau, en urgencias, con un amago de apendicitis, y por eso no he podido pagaros la renta.

-Pero José Antonio, eso no tiene nada que ver con que estemos a día siete. Sabes que hay que pagar el día uno, como muy tarde, que nuestros caseros son muy estrictos con el pago del alquiler.

-Ya, pero… (frase ininteligible).

-¿Perdón?

-Que… (frase ininteligible, aunque con voz un poco más alta).

-No te entiendo. ¿Qué dices?

-¡Que me voy de la casa! ¡Que en abril me voy de aquí!

-Pero José Antonio, ese no es un asunto que se deba hablar por teléfono. Estas cosas hay que hablarlas en persona. Ahora nos vemos.

Retroalimento un poco mi cabreo con Lluis, en plan dinámica de grupo. José Antonio llega un par de horas después, con el informe de Urgencias del hospital de Sant Pau. En efecto, ha tenido un amago de apendicitis. Leo el informe y le comento las analíticas. No soy médico, pero gracias a mi historial clínico y las múltiples putadas… digooo pruebas que me han realizado a lo largo de mi vida puedo leer e interpretar prácticamente cualquier analítica que me pongan por delante. La verdad es que está un poco tocadillo, o sea que lo suyo tiene que haber sido bastante serio.

Claro, si comiera algo que no fueran patatas fritas y bebiera algo que no fueran copazos…

-A ver, José Antonio. No has respetado el mes de preaviso, pero todavía tenemos un margen suficiente para enseñar la habitación. Por eso no te preocupes. Pero, por favor, paga lo que debes.

-Pero es que tengo un montón de deudas… Mi madre me tiene que enviar el dinero. Ya está en camino.

Definitivamente, Gautama Buda era un mantenido. Si hubiera compartido piso, por los cojones hubiera inventado la meditación, el zen y el nirvana. De qué.

Marzo del 2005 (unos días más tarde)

Es un miércoles, mediado ya el mes de marzo.

Ya nos han llamado para ir a ver la habitación de José Antonio, a la que Emmanuel, Lluis y yo empezamos a referirnos con el apelativo cariñoso pero harto descriptivo de “la Habitación del Pánico”.

La interesada es una chica francesa, a la que por respeto a su privacidad (y porque se me ha olvidado cómo se llamaba) convendremos en llamar Amélie Poulaine.

Amélie quiere ver la habitación a las ocho de la mañana. Es la única hora que le viene bien.

Por un lado es una putada, pero pensándolo bien…

El martes por la noche, antes de acostarme, no puedo disimular una sensación de crueldad reconfortante cuando cuelgo un post-it en la puerta de la habitación de José Antonio:

Mañana vienen a ver la habitación a las 08:00 AM. Por favor, estate levantado a las 07:45 como muy tarde. Juanma.

Bien pensado, no está tan mal que vengan a ver la habitación a las ocho de la mañana.

A las ocho menos veinte entro en la cocina y me voy haciendo el desayuno con calma.

A las ocho menos cuarto, José Antonio entra hecho una furia en la cocina.

-Juanma, tengo que decirte que no estoy de acuerdo con la manera en que estás haciendo las cosas. Anoche llegué a las cuatro de la madrugada. Apenas he dormido. No tienes derecho a hacerme esto.

Desenfundo la espada de luz.

Bfiuuummm.

-A lo que no hay derecho es a que lleves dos meses sin pagar el alquiler.

Bfiuuummm. Chunk, chunk.

-Pero es que no tengo dinero. Tengo muchas deudas. Mi madre me tiene que enviar el dinero. El giro ya está de camino. Esto es una irresponsabilidad.

Chunk, chunk, chunk… Bfiuuummm... Chunk, chunk.

-Y a mí que me cuentas de tus deudas. Lo único que sé es que estoy poniendo dinero de mi bolsillo.

-Pero es que tú no sabes en qué situación estoy yo.

Chunk, chunk, chunk… Clonc… Chunk, chunk, chunk. Bfiiiuuummm.

-En efecto, no la tengo. Pero es que tú no tienes ni la más remota idea de cuál es mi situación familiar, ni para qué necesito el dinero que estoy poniendo de mi bolsillo porque tú no pagas el alquiler. Parece mentira que hayas sido responsable para tener tres hijas, pero luego no lo seas para pagar un alquiler.

Oigo cómo Emmanuel retrocede y regresa a su habitación. Normalmente, este tipo de situaciones las maneja mejor él, pero, como me dirá más tarde, prefiere dejarme solo. Está alucinando. Nunca me ha visto así. Ni él ni nadie.

-Pero sigue sin parecerme correcto que enseñes la habitación a las ocho de la mañana.

Bfffiuuummm. Clonc, clonc.

-Mira, José Antonio. No has pagado el alquiler en febrero ni en marzo. Que sepas que ahora mismo es como si no estuvieras en el contrato. Si Amélie me pidiera la habitación para mañana, te tendría que echar hoy mismo, y no tendría ninguna obligación de devolverte la fianza, porque si tú no estás cumpliendo con tu parte del contrato yo no tengo por qué cumplir con la mía. ¿Estamos?

José Antonio se bate en retirada.

Bfffiiiummm.

Suena a toda hostia el “Arizala’s Theme”, digo la marcha triunfal, de John Williams.

Dan las ocho.

Estamos los cuatro en el salón, viendo las noticias.

Las ocho y cuarto.

José Antonio está en stand-by, del que sólo emerge cuando hablan de fútbol.

Son las ocho y veinticinco. Y Amélie Poulain no llega.

A las ocho y media, visto lo visto, decido irme a trabajar. Lluis se va a clase. Emmanuel se va a la UPC.

Amélie llama un par de horas más tarde, disculpándose por no haber podido llegar puntual. Quiere ver la habitación por la tarde, a las siete.

Estoy en casa a las siete menos cinco.

Dan las siete.

Dan las siete y cuarto.

Llama Amélie. Que no podrá llegar antes de las ocho.

Me voy a hacer alguna compra. Me va a tocar mi turno en la caja. Suena el móvil. Es Amélie. Que está en la puerta de la casa. Dejo la compra y me voy a casa. Le enseño la habitación a Amélie y su novio. A toda hostia. Sin un solo gesto amable. Que me llamarán. Claro.

Marzo del 2005 (unos días después)

Estamos a finales de marzo. Lluis y Emmanuel llevan varios días parándome los pies: quiero echar a José Antonio antes de Semana Santa. Paso de que esté en la casa mientras nosotros estamos de vacaciones. Cualquier día cambio la cerradura, y por supuesto se la pienso descontar a José Antonio de la fianza.

-Hola, Juanma. –Es José Antonio, que entra en mi habitación-. Quisiera hablar contigo.

-Tú me dirás.

-He hablado con mi madre. Mañana mismo me envía el dinero, de modo que, si no os importa, en cuanto me llegue os ingreso el dinero del alquiler que os debo… y un mes más.

Eso no lo he pillado. Creo.

-¿Qué?

-Sí, claro. Un mes más.

O sea, no puedo haber escuchado lo que he escuchado.

-¡Cómo que un mes más?

-Claro. Un mes más. Por si no encuentro habitación para el mes de abril.

Si vivieran en mi casa, Osho se atiborraría a Diazepames y Gautama Buda se tragaría los Lexatines de dos en dos. Y después se hincharían a tequilas.

Cuenta hasta doscientos, Juanmita. Pase lo que pase, mantén la calma.

-José Antonio… Mira… Vamos a hacer una cosa… Si el treinta y uno de marzo no has encontrado habitación… y nosotros no hemos encontrado a nadie… entonces… hablamos. ¿Vale?

Seguimos enseñando la habitación. Cuando ya estamos a punto de tirar la toalla, porque no hay manera de alquilarla, aparece Jordi, que resulta que es primo de Ray, y cerramos el trato sobre la marcha.

-Pero no cobro hasta el día diez, así que ahora sólo os podría pagar el mes de abril.

-Cap problema, Jordi. No pasa absolutamente nada. No hay prisa –respondo, con una sonrisita maléfica-. Paga la fianza cuando puedas.

Ya tenemos nuevo compañero de piso.

Un par de días después, entramos en la habitación de José Antonio. Ya ha encontrado piso. Un pisito muy coqueto, en el Eixample, en el que vivirá rodeado de estudiantes y chicas guapas.

Sale a recibirnos con sus calzoncillos boxer de Armani y su pecho lampiño. Sigue sin tener cuello.

-Bueno, pues ven cuando quieras a terminar de llevarte las cosas. Jordi empezará a traerese las suyas la semana que viene, o sea que no tengas prisa.

-De acuerdo.

Nos estrechamos las manos.

-Ah, y perdonad por todo –nos dice, cuando ya estamos en el salón.

-¡Ñaaa! –respondo, sin volver la vista atrás.

-¡Grrr! –responde Emmanuel.

Abril del 2005

No pasa un día sin que José Antonio nos llame para recuperar la fianza. Y siempre le respondo lo mismo: Jordi, el chico que entra en la habitación, cobra el día diez, y antes no puede pagarnos la fianza.

Pasa el día diez, vuelve a llamar y quedamos para hacer cuentas.

Me niego a que suba a casa, de modo que quedamos en el bar Santilari, que está en Arizala con Avenida de Madrid.

Estamos en abril, es de noche y todavía hace frío. Pero José Antonio aparece con la camisa de manga corta abierta casi hasta el ombligo, marcando cadena y pelo lampiño. Sigue sin tener cuello.

Nada más sentarnos, Lluis, Emmanuel y yo pedimos sendas cervezas.

-Yo quiero un Cardhu con Red Bull.

-No tenemos Cardhu, lo siento.

-Bueno, pues un Chivas.

Nos contamos nuestras vidas. Va a abrir un bar de copas cerca de la Sagrada Familia. Habrá muchas chicas. Por supuesto, estamos invitados a la inauguración, que no se demorará mucho tiempo. Ya nos dará tarjetas.

Llegan las bebidas. Se toma el Chivas con Red Bull de dos tragos. Nos mira con un gesto exultante.

-Esto como entra mejor es con una rayita de coca.

Está muy locuaz. En diez minutos ha hablado más que en los dos meses que estuvo en casa.

El día anterior estuvo otra vez en urgencias. Se hizo amigo de dos pilinguis del Bagdad, iban a toda hostia por la avenida Tarradellas y volcaron. Él iba conduciendo a cien por hora y borracho perdido, pero casi no se hizo nada.
Todo el mundo habla del cónclave para elegir el sucesor de Juan Pablo II. Uno de los papables, colombiano, es el arzobispo de Medellín. Fue quien casó a José Antonio por primera vez.
Tengo esto en cuenta cuando eligen a Ratzinger y pienso que, a fin de cuentas, podría haber sido peor.

Llega el momento de la verdad. Extraigo las cuentas del Gran Capitán que he estado preparando durante toda la semana. He deducido la parte del alquiler de febrero que dejó pendiente, si descontamos la señal que dejó. También he deducido el alquiler de marzo. Y los cuarenta euros de gastos comunes de la casa, correspondientes a febrero. Y los cuarenta euros de gastos comunes de marzo. Y los cinco euros para el fondo común para agua, productos de limpieza, leche y celulosas varias, multiplicado por las seis semanas que ha dejado de pagar.

Total: ciento cincuenta euros. Es todo lo que queda de los casi ochocientos euros de que constaba la fianza.

Lo da todo por bueno. Ni se molesta en contarlo. Se los echa al bolsillo.

-Sólo faltan los gastos de teléfono. Cuando nos llegue la factura, te llamamos y arreglamos cuentas.

-De ninguna manera. Con lo que sobre, os podéis montar una cena a mi salud.

Lluis, Emmanuel y yo nos miramos de hito en hito. Nos ha vuelto a dejar fuera de juego.

-Bueno… -responde Emmanuel, tímidamente.

Nos invita a todo. Se despide de nosotros con un abrazo. Ya nos veremos, hermano.

Enero del 2006

Es el día de Reyes. Lluis llega de sus vacaciones navideñas en Talarn, le pongo al corriente de la situación que tenemos con la puta caldera de los cojones, se cabrea y dice de irse del piso, lo tranquilizo, seguimos hablando y lo acompaño a la calle. Me apetece darme una vuelta por Collblanc, que no es que tenga nada especialmente vistoso, pero es un barrio tranquilo, sobre todo los días festivos por la tarde. Tiene que volver a aparcar el coche, porque el día siguiente empezarán a patrullar las grúas y no quiere que se lo lleven.

Cruzamos Riera Blanca y nos adentramos en L’Hospitalet.

-A propósito –me dice Lluis-. ¿A que no sabes con quién me encontré el otro día?

-Ni idea.

-¡Con José Antonio!

-¡No jodas! ¿Y en qué anda?

Se lo encontró en un bar. Iba bastante cocido. No llegó a montar el bar de copas, porque su socio le falló a última hora, cuando ya casi estaban montándolo. Sigue con sus modelos. A ver cuándo montamos una fiesta en casa y nos lleva a alguna de sus chicas guapas.

-Ah, y está buscando piso. Me preguntó si teníamos alguna habitación libre.

Conseguimos que una bandada de palomas alce el vuelo, de la carcajada que soltamos al unísono. Qué cachondo.

(No se vayan todavía... ¡Aún habrá más!)

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miércoles, 26 de abril de 2006

Listas de cinco, una vez más, con sentimiento

Cinco características de mi chica ideal
1. Que sea bibliotecaria en un despacho de abogados.
2. Que estudie Filología Árabe.
3. Que tenga unos ojos verdes preciosos y una sonrisa de las que desarman.
4. Que sea dulce, muy dulce, extraordinariamente dulce.
5. Que al despertar siga estrechándome la mano, sonría y me bese.

Las cinco bebidas más consumidas en las últimas dos semanas
1. Té.
2. Cerveza.
3. Leche con Colacao.
4. Vino de Rioja.
5. Agua.

Cinco actividades favoritas
1. Hacer el amor.
2. Besar (y acariciar con las yemas de los dedos, que viene a ser lo mismo).
3. Dormir acompañado.
4. Desayunar acompañado.
5. Pasear cogiditos de la mano.

Cinco frases favoritas
1. «Te quiero.»
2. «¡Eres tan dulce!»
3. «¡Se me hace muy raro!»
4. «Pero qué mal gusto has tenido eligiendo.»
5. «Estás creando un monstruo de los mimitos.»

Cinco nombres de chica
1. Cristina.
2. Cristina.
3. Cristina.
4. Cristina.
5. Cristina.

Cabe la posibilidad de que alguno se pregunte: «¿Qué habrá querido decir con esta entrada? ¿Es lo que estoy pensando?».
La respuesta es fácil: sí, queridos, ES lo que estáis pensando. Ni más ni menos que eso.
Llevo diecisiete días en la higuera, como flotando. (Bueno, diecinueve, si contamos el sábado y el domingo previos.) Es más bonito de lo que recordaba. Mucho, muchísimo más.
Y no insisto más, que esto es cosa de dos y me he vuelto muy pudoroso de repente. Y esta clase de pornografía emocional es de las que se practica de puertas adentro.
(Muchas gracias a todos los que me habéis aguantado el rollo en vivo y en directo, por el cariño y la emoción auténticas con que me escuchábais o leíais cuando os lo contaba de viva voz o escribía por el messenger o por email: Yolanda, Alicia, Isa, José María, Álex, Nuria, Enric, Juanma, Cenélia, Susana, Emmanuel, Andrés, Eli, Lluís, Montse, Lily, Rita, Alicia, Ana, Pily, Helena, Lola, Amaya, Marisa, Pau, Zita, Kaoss, Zapardiel, Ripley, Manolo, Aleix, Gorin, Natalia, Alejo, Fran, Panadero, mi madre, mi hermano Pablo, mi padre and so, so on. Yo también os quiero mucho, de verdad.)

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martes, 25 de abril de 2006

25 de abril


Hoy se conmemora el trigésimo segundo aniversario de la Revolución de los Claveles. Tal día como hoy, la emisora radiofónica Rádio Renascença lanzaba al aire los primeros compases de "Grândola, vila morena", de José Afonso:

Grândola, vila morena
Terra da fraternidade,
O povo é quem mais ordena
Dentro de ti, ó cidade.

Dentro de ti, ó cidade
O povo é quem mais ordena,
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena.

Em cada esquina um amigo
Em cada rosto igualdade,
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade.

Terra da fraternidade
Grândola, vila morena
Em cada rosto igualdade
O povo é quem mais ordena.

À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade
Jurei ter por companheira
Grândola a tua vontade.

Grândola a tua vontade
Jurei ter por companheira,
À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade.

Era la señal convenida. Los suboficiales del Movimento das Forças Armadas (MFA), hartos de la dictadura fascista de Caetano (sucesor de Salazar) y de la sangrienta guerra colonial en Mozambique y Angola en que los había embarcado el régimen, perdida de antemano, se rebelaron contra el régimen la medianoche del 25 de abril. La población lisboeta salió a la calle, a aclamar a los Capitanes de Abril, y les regaló claveles, de ahí el nombre de "Revolución de los Claveles". Caetano, cercado por las unidades del comandante Salgueiro Maia en el cuartel do Carmo, entrega el poder y se exilia a Brasil. La revolución ha triunfado.

Y aquí, mientras tanto, esperando a que el otro fascista que seguía gobernando en la Península Ibérica se muriera de viejo. Pero ese es otro asunto. Lo importante es que hoy es la fiesta nacional en Portugal, y que desde aquí le envío un beso muy fuerte a mi irmanita Rita y los demás miembros de la familia portuguesa, tanto los que siguen en Barcelona como los que ya han regresado a Lisboa: Sandra, Cristina, Inés, Mario, Claudia, Sofía, Duarte, Claudia y Paulo.

Muitos beijinhos e um grande abraço.

miércoles, 19 de abril de 2006

Estratexa

Al hilo del post anterior, Nacho me ha enviado unas cuantas fotos revolucionarias y republicanas. Muchas gracias.
La que viene a continuación es un cartel del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, para los despistados). La formación trotskista de Joaquín Maurín y Andreu Nin nació aquí, en Barcelona, en 1935, como resultado de la unión de dos formaciones, el Bloc Obrer i Camperol e Izquierda Comunista. Durante la Guerra Civil tuvo un peso muy importante en las milicias republicanas que lucharon en Cataluña y Aragón. La famosa Columna Lenin, inmortalizada por George Orwell en Homenaje a Catalunya (que me sigue pareciendo su mejor obra, pese al cariño que le profeso a 1984 y Rebelión en la granja), fue promovida por el POUM. En junio de 1937, el gobierno republicano reprimió al POUM y detuvo a sus dirigentes, en lo que con propiedad podemos considerar una guerra civil dentro de la Guerra Civil.
Aparte de Homenaje a Catalunya, tenemos un buen retrato del periodo de mayor esplendor del POUM en la película Tierra y libertad, de Ken Loach (1995), que en cierto modo es una adaptación de la novela de Orwell.




Otra foto interesante nos muestra al poeta Miguel Hernández (1910-1942) en el frente, arengando a los brigadistas. Hernández, poeta militante y revolucionario, formó parte del Quinto Regimiento y padeció la represión franquista al lado de mi casa materna, en un presidio de la calle Conde de Peñalver (antigua Torrijos) que en la actualidad es la sede de la Fundación Fausta Elorz. Justo al lado del temible penal de Porlier (por la calle General Díaz Porlier, que durante el franquismo fue Hermanos Miralles), que ahora es el Colegio Calasancio, en el que estudié diez años.
En la fachada se puede leer una inscripción que atestigua que Miguel Hernández aprovechó su estancia allí para componer las famosas "Nanas de la cebolla":

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en lunas
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete niño
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.



Cuando la compuso, tal vez estuviera enfermo de la tuberculosis que se lo llevó, de manera prematura, a los treinta y un años.




Hay más fotos, muchas más fotos, y tal vez las vaya subiendo, con el tiempo y una caña, aprovechando que este año se conmemora el 70 aniversario de la Guerra Civil.
Dejo para el final tres fotos de Constantino Suárez, fotógrafo asturiano (1903-1983) y uno de los testigos privilegiados de una Revolución de Octubre, la asturiana de 1934, menos célebre que la soviética de 1917 pero más trascendental para la historia de España, por cuanto que marca el punto de no retorno hacia la Guerra Civil.




Cámara en mano, Constantino Suárez recorrió la Asturias revolucionaria, pero también la Asturias sitiada durante la Guerra Civil. Son cientos las imágenes con que Suárez inmortalizó las dos resistencias a las tropas de Franco: la de 1934 y la de 1936.




Al genio del fotógrafo de la guerra debemos uno de los videoclips más importantes del género en España: "Estratexa", de los gijoneses Manta Ray. Sobre un fondo de fotos fijas, Manta Ray desgranan un tema instrumental de primera categoría, con unos acordes que recuerdan al primer verso de la canción popular revolucionaria "Si me quieres escribir". El montaje es obra de Ramón Lluís Bande, responsable de otros videoclips realizados para los grupos del sello discográfico Acuarela (en particular, Mus y el notable "Al debalu"). Las imágenes de la guerra civil y la revolución asturiana se acompasan con la progresión instrumental, y conducen a una foto fija que precede a la salida del tema y se nos queda clavada en la retina, con un mensaje de esperanza en el futuro, un «No pasarán» gritado no sólo contra Franco, sino contra el fascismo, la represión y la intolerancia.


viernes, 14 de abril de 2006

Fiesta nacional

Ah, también es Viernes Santo, pero eso es lo de menos. Y yo sin encontrar la tricolor...
Muchísimas gracias a Pilar, por el cartel, y a los que estáis enviando sms felicitadores.

domingo, 9 de abril de 2006

Diez canciones del siglo XXI

Unos breves minutos musicales con letras de pata negra, para pasar la mañana de un domingo soleado, después del sábado más bonito que he pasado en lo que va de año y antes de irme a comer lafondue japonesa en el japo de Maragall y, por la tarde, asistir a ese cuentacuentos casi particular que promete ser tan intenso como el primero. Parafraseando el título de la canción de Los Planetas: un buen finde.

La premisa de este post es recopilar las letras más intensas del pop-rock en castellano de los últimos años. Me dejo alguna en el tintero: "Abre todas las ventanas", de Chucho, o "Mi prima y sus pinceles", de mi primo Josele Santiago, que merecenpost aparte.

La de Los Planetas está aquí porque pocas veces he leído una descripción tan perfecta de esos días tontos en los que lo único que tienes que hacer es recordar una ruptura amorosa, recorrer en soledad los itinerarios que transitabas acompañado y concederte una tregua, un periodo de llanto, duelo, insomnio y excesos, antes de volver a vivir tu propia vida.



Los Planetas. “Un buen día”

(Unidad de desplazamiento, 2000)


Me he despertado casi a las diez
y me he quedado en la cama
más de tres cuartos de hora,
y ha merecido la pena.

Ha entrado el sol por la ventana,
y han brillado en el aire
algunas motas de polvo.
He salido a la ventana
y hacía una estupenda mañana.

He bajado al bar para desayunar
y he leído en el Marca
que se ha lesionado el niñato.
Y no me he acordado de ti
hasta pasado un buen rato.

Luego han venido estos por aquí
y nos hemos bajado
a tomarnos unas cañas,
y me he reído con ellos.

He estado durmiendo hasta las seis
y después he leído
unos tebeos de Spiderman,
que casi no recordaba.
Y he salido de la cama.
He puesto la tele y había un partido
y Mendieta ha marcado un gol
realmente increíble.
Y me he puesto triste
el momento justo antes de irme.

Había quedado de nuevo a las diez
y he bajado en la moto
hacia los bares de siempre,
donde quedaba contigo,
y no hacía nada de frío.

He estado con Erik hasta las seis
y nos hemos metido
cuatro millones de rayas.
Y no he vuelto a pensar en ti
hasta que he llegado a casa,
y ya no he podido dormir
como siempre me pasa.


La de La Buena Vida está porque es una letra absolutamente perfecta: taciturna y melancólica, preñada de incertidumbre, pero también de la consciencia de que la vida sigue, también para la otra persona. Esto sí que es pornografía emocional, no mi blog.

La Buena Vida. “Qué nos va a pasar”

(Hallelujah!, 2001)

Cada día trato de acertar por dónde saldrás;
eso es tanto como adivinar qué nos va a pasar.

Has estado, hace tiempo, algo raro por momentos.
Me pregunto algo inquieta qué nos va a pasar.

No recuerdo cuándo decayó la conversación
ni el punto en que dices tú que algo cambió.

Sin embargo, mientras tanto, yo me guardo la esperanza
y las cosas que en la plaza nos dijimos hoy.

Ahora que te vas pediré perdón y dirás que no,
y estará muy bien, ya sabes por qué.
Yo me esconderé, ahora que te vas,
ya no saldré más; dime para qué, si no te voy a ver.

Sin embargo, mientras tanto, yo me guardo la esperanza
y las cosas que en la plaza nos dijimos hoy.

Ahora que te vas pediré perdón y dirás que no
y estará muy bien, ya sabes por qué.
Yo me esconderé, ahora que te vas.
Ya no saldré más; dime para qué, si no te voy a ver.

Cuando pase el tiempo conocerás a alguien más
y me olvidarás, y es que es lo normal.

Aunque nos dé rabia siempre ocurre igual
y nos esforzarnos en disimular.



La de Fangoria me recuerda demasiadas cosas, tal vez la mayoría producto de mi imaginación y de mi voluntad, pero no por ello menos reales, sinceras y vividas. Aunque Alaska está hablando de drogas (está hablando de drogas y se la canta a su camello, ¿no?), la letra es intercambiable y puede interpretarse como lo que parece: la constatación de que el amor es raro, muy raro, y nos crea un estado de conciencia alterado, un paraíso artificial que nos crea una adicción a la que somos incapaces de renunciar.

Fangoria. “No sé qué me das”

(Naturaleza muerta, 2001)

Puede que sólo sea artificial.
Puede que, a mi manera, me sirva para olvidar.
Prometí que nunca volvería a caer,
pero esta vez no lo quiero evitar.

Es que me hace volar
como el águila que vuela en libertad
sobre el valle lejos de la tempestad,
como el viento cuando cruza la ciudad
con el rumbo fijo y sin mirar atrás.

No sé qué me das
que me hace volar.

No sé qué me das
que me hace volar.

No sé qué me das
que me hace volar
más alto de lo que nunca soñé.

Puede que sólo dure un poco más.
Dicen que lo que sube también tiene que bajar.
Como el sol entre las nubes,
hacia el horizonte irá
sabiendo que mañana amanecerá.

Es que me hace volar
como el águila que vuela en libertad
sobre el valle lejos de la tempestad.
Como el viento cuando cruza la ciudad
con el rumbo fijo y sin mirar atrás.

No, no sé qué me das
que me hace volar.

No sé qué me das
que me hace volar
como una montaña se vuelve volcán.
No sé qué me das.

Y de un remolino surge un huracán.
No sé qué me das.

Como una granada a punto de explotar.
No sé qué me das.

Como el Dr. Jeckyll se transforma en Hyde.
No sé qué me das.

Como una montaña se vuelve volcán.
Que me hace volar.

Y de un remolino surge un huracán.
Que me hace volar.

Como una granada a punto de explotar.
Que me hace volar.

Como el Dr. Jeckyll se transforma en Hyde.
Que me hace volar.

El pequeño vals gijonés que viene a continuación es una de esas canciones que me vuelven loquito: puedo escucharla diez veces seguidas. Es tierna, optimista, vital y la voz de Natalia le da unas texturas que no figuran en la letra. Pero es preciosa, un popema inolvidable.


Nosoträsh. “Ärte”

(Popemas, 2002)

Durmiendo la siesta,
dailando en la fiesta,
nadando en el mar,
fumando después del café,
fumando después de...
después de la tarde.

Cuando se enciende la noche en el monte,
cuando cruzamos mi ciudad en coche,
mientras que suena el casset...te
con su voz ronca de Jac...ques Brel.

Mirarme en tus ojos,
oírte charlar,
dejar que me peines en vez de pensar,
dejarme abrazar por cualquiera,
que sepa mentirme,
que bese con fuerza.

Volver a tus brazos,
sentir tu rechazo,
gritar hasta quedarme afónica,
llorar hasta que me entre la sed,
beberme un buen vino
y poderme comer un bistec a la plancha.

Dormir cien mil horas,
soñar que me quieres
y no hacerme daño el pellizco,
volver a encontrarte a mi lado,
volver a abrazarte y desayunarte,
esto sí que es ärte...



Por contra, la letra de la Mala Rodríguez es descarnada. Un "Pedro Navaja" en sevillano, que confirma a la cantante como la mejor rapera de España, por actitud y aptitud. Pura poesía social.

Mala Rodríguez. “La niña”

(Alevosía, 2003)


Esta es la historia de una niña que vivía
en el barrio de La Paz.
De ella se decía que quería vendé droga
como su papá.
Por ella nadie apostaba:
su futuro se nublaba
y no había hecho más

que empezar.
¿Quién no quiere dinero,
dime, quién no quiere dinero
pa’ gastarlo en la ciudad?
Quería pan,
quería joyas.
No valoras ná si no lloras.
Lo mejor de no tener ná
es tener que trabajar y sudar
por apartar la miseria a un lao,
conseguir respeto
a base de coraje y cojones.
Ella los tenía, ella lo sabía,
ella se lo merecía,
valía pa’ eso y pa’ más.
Tenía tó lo que queria,
vestía la ropa con la que tú sólo puedes soñar .
Muchos son los talentos
que se pierden en la ná,
pero cuando tú solo sirves pa’ traficar
es lo que pasa.
Te llaman, te llaman,
el teléfono no deja de sonar...
Esta es la historia de una niña que vivía
en el barrio de La Paz.
De ella se decía que quería vender droga
como su papá.
Por ella nadie apostaba,
su futuro se nublaba
y no habia hecho mas que empezar.
¿Quien no quiere dinero,

dime, quién no quiere dinero
pa’ gastarlo en la ciudad?
A las nueve estaba alli
y era respeto lo que faltaba.
Sí, cuidao, volaron las balas.
¿Tan difícil es levantarse por la mañana?
Por ser mujer, llevaba pistola,
ya sabes, pa’ no sentirse sola.
A nadie le gusta que le jodan.
Siempre tú tienes que pensar dos veces
quién se come la mierda cuando aparece.
Si sales de allí es porque tienes suerte.
Pa’ otra vez tendré más cuidao,
mamá, iré con gente.
Tenía tó lo que quería,
vestía la ropa con la que tú sólo puedes soñar.
Esta es la historia de una niña que vivía
en el barrio de La Paz.
De ella se decía que quería
vendé droga como su papá.
Por ella nadie apostaba,
su futuro se nublaba
y no habia hecho más que empezar.
¿Quién no quiere dinero,
dime, quién no quiere dinero
pa gastarlo en la ciudad?


Formados como proyecto paralelo y continuación lógica de dos grandes grupos del pop indie español de los noventa, El Niño Gusano y Australian Blonde, La Costa Brava tienen letras ponzoñosas como "El cumpleaños de Ronaldo" y esta. Como crecí en un barrio pijo, esta tiene muchas más resonancias y sentidos ocultos para mí. Gloriosa, simplemente gloriosa. Son mis héroes.

La Costa Brava. “Adoro a las pijas de mi ciudad”

(Se hacen los interesantes, 2004)

Adoro a las pijas de mi ciudad.
Su aroma es tan distinto
que uno se esfuerza en averiguar
el secreto de sus besos.

Su estilo de vida tan convencional
me produce tanta envidia.
incluso el más cí­nico puede apreciar
la belleza de las cosas simples.

Van rompiendo los corazones
en sus coches de tres millones.

Te lo cambio por amor, te lo cambio...
Te lo cambio por amor, te lo cambio...
Te lo cambio por amor, te lo cambio...
Te lo cambio por amor, el dinero...

Cuántas veces disfruto al verlas bailar
esos ritmos latinos
o las sevillanas con esfuerzo aprendidas
para no ser menos.

No es sólo la ropa que pueden comprar:
brillan por sí­ mismas
y cuando el buen tiempo las viste de estreno
cortan el aliento.

No conozco a quién se resista
a su sonrisa de dentista.

Te lo cambio por amor, te lo cambio...
Te lo cambio por amor, te lo cambio...
Te lo cambio por amor, te lo cambio...
Te lo cambio por amor, el dinero… que tu padre te dejó.

Las chicas modernas enseñan las piernas.
Las chicas de barrio levantan las manos.

Las chicas modernas enseñan las piernas.
Las chicas de barrio levantan las manos.

Las chicas modernas enseñan las piernas.
Las chicas de barrio levantan las manos.

Las chicas modernas enseñan las piernas.
Las chicas de barrio levantan las manos.

Las chicas modernas enseñan las piernas.
Las chicas de barrio levantan las manos.


Fangoria hacen doblete porque me da la gana, y porque ellos lo valen. Todo lo que supuso para mí el "No sé qué me das" está en este otro himno. Pues, al fin y al cabo, lo más que puedes hacer con la vida es verla pasar.

Fangoria. “Miro la vida pasar”

(Arquitectura efímera, 2004)


Mi indiferencia natural
curtida en mil batallas contra la pereza.
Borrar del mapa todo amor
porque en mi vida todo acaba como empieza.

Y en plan travesti radical
le doy la espalda a cualquier muestra de tristeza.
¿Melancolía o decepción?
¿Felicidad o tentación?
Todo podría ir a peor...

[Estribillo]
Mientras tanto miro la vida pasar
y no sabes cuánto me cuesta aceptar que no volverás.
Por el momento miro la vida pasar.
Sin venir a cuento alguien te vuelve a nombrar.

Pasado el tiempo sigo igual.
A veces pienso que he perdido la cabeza,
y algunos días sin razón
ya ni me late el corazón
en esta cárcel de rencor.

[Estribillo]

Siempre he sido fuerte
aunque a veces he dudado
si la suerte no se ha reído de mí...

[Estribillo]


Tendrá un Oscar y canciones más famosas, como "La milonga del moro judío" o "El pianista del gueto de Varsovia", magníficas, pero la que me flipa de verdad de Jorge Drexler es esta. Y hay que escucharlo cuando la... ¿canta? ¿recita?

Jorge Drexler. “Mi guitarra y vos”

(Eco, 2004)

¡Que viva la ciencia!

¡Que viva la poesia!
¡Qué viva siento mi lengua
cuando tu lengua está sobre la lengua mía!
El agua esta en el barro,
el barro en el ladrillo,
el ladrillo está en la pared
y en la pared tu fotografia.

Es cierto que no hay arte sin emoción,
y que no hay precisión sin artesanía.
Como tampoco hay guitarras sin tecnología.
Tecnología del nylon para las primas,
tecnología del metal para el clavijero.
La prensa, la gubia y el barniz:
las herramientas de un carpintero.

El cantautor y su computadora,
el pastor y su afeitadora,
el despertador que ya está anunciando la aurora,
y en el telescopio se demora la última estrella.
La maquina la hace el hombre...
y es lo que el hombre hace con ella.

El arado, la rueda, el molino,
la mesa en que apoyo el vaso de vino,
las curvas de la montaña rusa,
la semicorchea y hasta la semifusa,
el té, los ordenadores y los espejos,
los lentes para ver de cerca y de lejos,
la cucha del perro, la mantequilla,
la yerba, el mate y la bombilla.

Estás conmigo,
estamos cantando a la sombra de nuestra parra
una canción que dice que uno sólo conserva lo que no amarra.
Y sin tenerte, te tengo a vos y tengo a mi guitarra.

Hay tantas cosas.
Yo sólo preciso dos:
Mi guitarra y vos.
Mi guitarra y vos.

Hay cines,
hay trenes,
hay cacerolas,
hay fórmulas hasta para describir la espiral de una caracola,
hay más: hay tráfico,
créditos,
cláusulas,
salas vip,
hay cápsulas hipnóticas y tomografias computarizadas,
hay condiciones para la constitución de una sociedad limitada,
hay biberones y hay obúses,
hay tabúes,
hay besos,
hay hambre y hay sobrepeso,
hay curas de sueño y tisanas,
hay drogas de diseño y perros adictos a las drogas en las aduanas.

Hay manos capaces de fabricar herramientas
con las que se hacen máquinas para hacer ordenadores
que a su vez diseñan máquinas que hacen herramientas
para que las use la mano.

Hay escritas infinitas palabras:
zen, gol, bang, rap, Dios, fin...

Hay tantas cosas.
Yo sólo preciso dos:
Mi guitarra y vos.
Mi guitarra y vos.


LA letra del pop español, con diferencia. Me la suda quién sea el hombre en España que lo hace todo: aquí hay mala leche, fuerza, crítica social y voluntad de trascender un pasado ciertamente petardo (ese "Bailando"...). Astrud (Manolo y Genís) se convierten por derecho propio en los cronistas sociales de la España del cambio de milenio, y nos demuestran que esta sigue siendo más de lo mismo. El videoclip ayuda bastante a entender el sentido de la canción.

Astrud. “Hay un hombre en España”

(Performance, 2004)

Hay un hombre en España que lo hace todo.

Hay un hombre que lo hace todo en España.

Es el que escribe las canciones de la radio,

el que te sirve las copas, el que te vende el diario.

Hay un hombre en España que lo hace todo.

Hay un hombre que lo hace todo en España.

Es el que te coge los bajos del pantalón,

era el cura que te dio la primera comunión.

Hay un hombre en España que lo hace todo.

Hay un hombre que lo hace todo en España.

Es el que escribe todos esos libros,

es el critico literario más leido.

Hay un hombre en España que lo hace todo.

Hay un hombre que lo hace todo en España.

Es el genio visionario que se inventó el Colacao,

es el dueño de Forlasa y es secretario de Estado.

Hay un hombre en España que lo hace todo.

Hay un hombre que lo hace todo en España.

Es el que que pone anchoas dentro de las aceitunas,

es amante de la infanta, y lo es de más de una.

Hay un hombre en España que lo hace todo.

Hay un hombre que lo hace todo en España.

Traduce los artículos de Le Monde Diplomatique,

es el que hace los masajes en Masajes a Mil.

Hay un hombre en España que lo hace todo.

Hay un hombre que lo hace todo en España.

Se inventa los debates que hacen en Antena 3,

es cajero del Ikea, y es teniente coronel.

Hay un hombre en España que lo hace todo.

Hay un hombre que lo hace todo en España.

Es el que redacta y responde las encuestas,

es el gilipollas que reparte las becas.

Hay un hombre en España que lo hace todo.

Hay un hombre que lo hace todo en España.

Es el que programa el Teatro Real,

es la maxima autoridad en derecho penal.

Hay un hombre en España que lo hace todo.

Hay un hombre que lo hace todo en España.

Es el que ha pintado en todas las esquinas:

“Otro mundo es posible”y “Menos policía”.

Hay un hombre en España que lo hace todo.

Hay un hombre que lo hace todo en España.

Es el hombre que da todas las propinas,

es un verdadero artista.

Os voy a dar una pista.

Os voy a dar una pista.

Hay un hombre en España que lo hace todo.

Hay un hombre... en España.


Nacho Vegas salió de Manta Ray y los mejoró en sus discos en solitario. Esta letra convierte a Nacho Vegas en un gran poeta. Ya lo era, pero con esta canción terminé de salir de dudas.

Nacho Vegas. “El hombre que casi conoció a Michi Panero”

(Desaparezca aquí, 2005)

Es hora de recapitular         
las hostias que me ha dado el mundo.
Hoy querrán oír mi último adiós.       
Bien.
Poco a poco van llegando y yo los recibo en batín.
 
Y unos me llaman chaval
y otros me dicen caballero.
Alguno no se ha querido pronunciar.
Yo una vez tuve un amor,
pero si he de ser sincero
dije "no" en el altar
y cuando digo no es no.
 
Fracasé una vez, fracasé diez mil
y aun así alzo mi copa hacia el cielo
en un brindis por el hombre de hoy 
y por lo bien que habita el mundo.
¡Mirad, las niñas van cantando!
Shalalaralalá...
 
Y no me habléis de eternidad. 
No me habléis de cielos ni de infiernos. 
¿No veis que yo le rezo a un dios que me prometió
que cuando esto acabe no habrá nada más?
Fue bastante ya...
 
Nunca fui en nada el mejor,
tampoco he sido un gran amante.
Más de una lo querrá atestiguar.
Pero si algo hay capital,
algo de veras importante,
es que me voy a morir
y cuando digo voy es voy.
 
Lo he pasado bien, y casi conocí en
una ocasión a Michi Panero,
y es bastante más de lo que jamás 
soñaríais en mil vidas.
¡Mirad, las niñas van cantando!
Shalalaralalá...
 
Dejadme preguntar: ¿Es esto el final? Y si es así,
decid: ¿Me vais a extrañar?     
¡Ah, veo que asentís
pero yo sé que no!
 
Qué lástima, no dejaré 
nadie a quien transmitir mi sava;
consideré insensato procrear.
Y diréis de mí que soy
un viejo verde y cascarrabias,
y diréis muy bien,
y cuando digo bien es bien.
 
¡Largo ya de aquí! ¿Qué queréis de mí?
¿Es mi alma o es mi dinero?
Si de uno carezco y la otra es
una anomalía en esta vida.
¡Mirad, las niñas van cantando!
Shalalaralalá...
 
¡Y unos me llaman chaval
y otros me dicen caballero!
¡Alguno declinó mi oferta para hablar!
¡Yo una vez tuve un gran amor, pero si os he de
ser sincero dije "no" en el mismo altar, y cuando
digo no quiero decir que no!
 
He bebido bien, y casi conocí en
una ocasión a Michi Panero,
y ahora brindo en paz por la humanidad
y por lo bien que habita el mundo.
¡Escuchad, os lo diré cantando!
Shalalaralalá....
 Has...ta... nun...ca...


viernes, 7 de abril de 2006

Escenas de un casting (Primera parte)

Julio del 2002
Piso interior en la Avenida de Badal, cerca de la plaza de Ildefons Cerdà. La calle está levantada debido a las obras de soterramiento de la Ronda del Mig. Hace bochorno, y dentro de dos horas va a descargar un tormentón histórico, en el que se nos va a inundar la librería y perderemos aproximadamente una tonelada y media de material, incluyendo juegos de rol antiguos que ni siquiera estaban inventariados.
El piso es propiedad del novio de la prima de una amiga de mi hermana; lo suficiente para sentirme más o menos obligado a aceptar, como mínimo, ir a verlo. Es el segundo piso que veo en Barcelona, el primero desde que estoy viviendo aquí. La situación en casa de mi tía aún no es insostenible, pero no me siento a gusto, y da toda la impresión de que el sentimiento es mutuo. Además, ella se va de vacaciones el día siguiente y me apetece dejar esto liquidado lo antes posible.
No me hace falta llamar al telefonillo, porque la cerradura del portal está forzada.
Acude a abrirme un chico con aspecto suramericano. Va en pantalones cortos deportivos, camiseta sin mangas y chanclas. Se presenta, pongamos por caso, como Walter.
-Aquí está el salón. Nada de fiestas, por favor. Para poner la televisión, consúltalo con tus compañeros de piso.
Empezamos bien.
-Esta es la cocina, y este el cuarto de la colada. Tenéis unas baldas numeradas, tanto en el cuarto de la colada como en la nevera y en el armario, para saber cuáles son tu ropa y tus cosas. Consulta con tus compañeros.
Cojonudo.
-Este es el cuarto de baño. Tienes una balda numerada para que dejes tus cosas. Por favor, cuando salgas de ducharte déjalo tal como lo encontraste. Si no encuentras el cubo o se ha terminado la lejía, por favor avísame.
Señor, sí, señor.
-Esta es tu habitación. Por favor, no hagas ningún agujero ni metas ningún mueble sin consultárnoslo. Puedes traer a dormir a quien quieras, pero por favor no traigas más de dos amigos a la casa. Somos cinco compañeros: imagínate que todos trajeran a la vez a sus amigos. No cabríamos.
Hablamos de él. Es colombiano. No paga alquiler, y a cambio se encarga del mantenimiento de la casa.
-Todos los compañeros que han pasado por La Casa (las mayúsculas van implícitas en el tono de orgullo y pertenencia con que lo dice) aprenden disciplina y maduran como personas. Algunos nos lo han agradecido cuando se han ido. Es importante ser responsable, y aquí enseñamos a ser responsables.
Tócate lo que no suena.
-De acuerdo. Me interesa. Os llamo esta noche o mañana para lo de la fianza.
Pero más tarde doy marcha atrás, por no precipitarme.
Mientras tanto, empieza a diluviar, y al día siguiente nos pasamos media mañana achicando agua en la zona de juegos de rol de la librería.
Agosto del 2002
Llegar me resulta relativamente fácil. El piso, anunciado como un loft de un solo ambiente, está cerca de la Meridiana, en el metro Navas. Calle Coll i Vehí. Hay gente esperando en el portal. Cuando alguien sale, entran. Como si fuera un examen.
Pero no es un examen. Están enseñando un piso.
El loft de un solo ambiente es una habitación de cinco por tres, consta de cocina, mueble cama (plegable, porque si de otro modo no se podría uno mover por la casa), una mesita, un par de sillas, televisión y una puerta que comunica con un armario que tiene plato de ducha, lavabo y water. Sé que es luminoso porque hay una ventana que da a una calle estrecha, está en una entreplanta y además lo pone en el anuncio. Y me piden 350 euros por ello. Y me tengo que decidir ya mismo, que hay gente interesada.
Como que no me interesa.
Me emplazan esa misma tarde, a ver otro loft de un solo ambiente.
Este está en el Poble Sec. Calle Elkano. Chantal, la amiga de Susana que me enseñó el primer piso que vi en Barcelona, dos meses antes de venirme a vivir aquí, me había recomendado que me buscase algo por esa zona, si realmente quería un piso para mí solo. Así que voy.
A diferencia del piso de por la mañana, aquí los visitantes no tenemos que hacer cola para ver el piso: lo vemos todos juntos. Somos diez. Una visita guiada.
El de la inmobiliaria sube una reja. Unos cristales translúcidos y una puerta. La abre y vemos un local comercial vacío, con una cocina americana obrada y otra puerta, que da acceso a un cuarto de baño. Todo está recién reformado. Sólo son 360 euros. Un chollo. Tenemos que decidirnos sobre la marcha, porque ya hay gente interesada.
-Ah, y una última cosa. Por favor, no os empadronéis en el piso.
Claro que no: como que no tiene cédula de habitabilidad.
El comercial no me ve muy convencido. Nos lleva a otro local comercial, dos calles más hacia Montjüic. Es más de lo mismo, con la diferencia de que ni siquiera está reformado. 350 euros.
Digo que llamaré, y que gracias.
El problema de estos pisos no es que sean una mierda: es que es la primera vez en lo que va de mes de agosto que me dan una dirección y es la del piso que está en alquiler, no la de una agencia de intermediación que me va a intentar cobrar 250 euros por prometerme que me avisarán si llega alguna oferta interesante, y si te he visto no me acuerdo. Por tonterías así, uno deja de leerse La Vanguardia todos los domingos: no hay ni un solo anuncio que sea trigo limpio. Todos son de agencias de este tipo, o de listos que te enseñan locales comerciales reconvertidos en viviendas, pero conservando la licencia para uso comercial.
El mes transcurre en la misma tónica. El tiempo corre en mi contra.
Pelo la pava con una comercial recién llegada de Ponferrada y que no tendrá más de veinte años: me enseña un piso en la Barceloneta que necesita una obra de por lo menos un cuarto de kilo.
Subo por unas escaleras dignas de novela de Dostoievski, en el Pasaje del Comercio, espero en vano durante cinco minutos, sin parar de mirar los frescos con motivos florales que adornan el descansillo de las escaleras, no me abre nadie, tengo el presentimiento de que no está de Dios que me quede con ese piso y me las piro.
El novio de la prima de la amiga de mi hermana me enseña una habitación que se ha quedado libre en su casa, en la calle San Antonio María Claret: es pequeña e interior, pese a que el piso tiene unas vistas de coña, y el teléfono sólo se puede utilizar para recibir llamadas.
Al final, de un día para otro, aparece el piso de la calle Valencia. Estaba anunciado en el tablón del patio de la Universidad Central. Marian, la casera, parece un poco aprovechada, pero es educada y habla claro: necesita el dinero. Es el primer domingo de septiembre. El jueves entra Ben; el domingo, Rita; el lunes, dos irlandeses.
Enero del 2003
El piso está de coña. No nos lo podemos creer.
Hemos mandado a la mierda a Marian, nuestra casera de la casa de la calle Valencia, por haber echado a Emmanuel. Lo interpretamos como un acto xenófobo por su parte, y todos le damos el mes de preaviso. A continuación decidimos que estamos juntos en esta batalla y que buscaremos un piso para los cinco. Así que allí andamos, buscando un piso en el que quepamos los cinco: Rita, Emmanuel, R., Aleix y yo.
Este está en la Plaça de Molina, en Sarriá, es decir, lo que podríamos llamar zona noble de Barcelona. Mil euros por un piso con cinco habitaciones.
Tiene chimenea.
La leche.
La llegada de R. nos ha vuelto más avispados. Se acabaron las búsquedas inútiles en Idealistas y La Vanguardia de los domingos: ahora acudimos directamente a la página web del colegio oficial de administradores de fincas, donde figuran los inmuebles antes de que se adjudiquen a las agencias inmobiliarias. Información privilegiada.
El comercial de la inmobiliaria nos trata con auténtica cordialidad, como le corresponde a quien interpreta el papel de poli bueno: está tratando de asegurarse un negocio. Es la primera casa a la que vamos los cinco. Nos deja tomar medidas y sacar fotografías. R. demuestra sus dotes de relaciones públicas; está que se sale: se nota que el piso nos ilusiona y estamos esforzándonos al máximo.
La terraza que da a la calle Balmes y la Plaça de Molina es muy amplia, aunque tal vez termine resultando ruidosa.
Pero la casa tiene chimenea. Teniendo en cuenta que salimos de una casa cuya casera no nos dejaba hacer fiestas en el salón (reconvertido en habitación doble, por la que cobraba quinientos euros), esto es todo un paso adelante, la simbiosis definitiva y perfecta entre el rollito Erasmus y el aburguesamiento más asqueroso, y todo ello por mil cochinos euros al mes.
El problema es que hay cuatro dormitorios de buen tamaño, y una habitación contigua a la cocina, tal vez el cuarto de la colada, acaso la habitación de servicio, que resulta claramente descompensada con respecto a las otras. Convenimos en turnárnosla, ir rotando en ella, para que nadie se sienta agraviado. Por chinchar a Rita, decimos que podría ser su habitación. Se cabrea lo justo para parecer ofendida. A partir de ese momento, cada vez que visitemos una casa llamaremos “el cuarto de Rita” a la habitación de servicio, o a la más pequeña.
Regresamos otro día, para terminar de decidirnos. Esta vez nos enseña el piso el dueño de la inmobiliaria. Es el poli malo de la farsa.
Por su semblante preocupado y el nerviosismo con que habla con R., parece que no lo ve claro.
-No lo veo claro –nos dice.
Y ahora somos nosotros quienes empezamos a no verlo claro: el asunto es que hay un matrimonio interesado en el piso, y un matrimonio ofrece más garantías de solvencia que cinco chavales.
-Pero tres trabajamos, y uno tiene una beca.
Vamos al bufete de abogado, con los propietarios, el dueño de la inmobiliaria y nuestras nóminas. Entre los cinco podemos acreditar unos ingresos superiores a los seis mil euros al mes. Suficiente. Todo se desarrolla en un ambiente de máxima cordialidad. R. stá sobradísimo, con su mejor gabardina y su sonrisa de tiburón empresarial.
Nos despedimos hasta la noche. Nos damos besos.
Ya en el metro, R. recibe una llamada al móvil. Joder, yo de mayor quiero ser pez gordo en una empresa y tener cobertura en el metro.
Pero el semblante de R. es serio.
-Le han dado el piso al matrimonio. Al parecer, no nos consideraban lo suficientemente solventes.
Hablando en plata: nos han utilizado como herramienta negociadora para meterle presión al matrimonio. Adiós chimenea, adiós sueños de vida burguesa. Bienvenidos al mundo real.
Me tomo un café con R. en la calle Alcolea: está de camino a la empresa donde trabaja, en Just Oliveres. Estamos derrotados, preguntándonos qué coño ha podido fallar. Somos unos críos, eso es lo que nos pasa. Ven a cinco jóvenes y les vale madre que seamos solventes o que trabajemos. Menudo asco. Siempre jodiendo a la juventud.
Así es como se fraguan las revoluciones. O las cirrosis hepáticas.
Voy a la fotomecánica, a dejarles el cedé con la revista. De regreso al metro, veo un cartelito colgando en una pared. 721 euros por un piso de cuatro habitaciones. A saber qué mierda será. Pero llamo. Y nos dan cita para la tarde siguiente. Es el piso de la avenida de Madrid en el que estuvimos viviendo durante todo el 2003. Con estrecheces, porque somos cinco (seis, cuando R. se líe con A.) y sólo cuatro habitaciones, y Emmanuel y yo tendremos que compartir habitación. Pero los cinco juntos, que es lo que nos importa en ese momento.
Febrero del 2004
Aleix y yo ya no aguantamos más en el piso de la Avenida de Madrid y decidimos irnos por nuestra cuenta.
Hemos comido mucha mierda durante los últimos meses. El padre de Emmanuel llega a Barcelona, ya enfermo, y a la semana hay que ingresarlo en el hospital Clínico, donde permanece otra semana, con la recomendación expresa de que se lo lleven a México lo antes posible: padece un cáncer de pulmón, estómago y páncreas, y no está claro que pueda resistir el viaje de regreso si lo aplazan una semana. Sobrevive apenas un mes y medio. Emmanuel se tiene que ir de un día para otro. R. lo convence para que no abandone el doctorado, y que no se preocupe por el alquiler, de modo que Emmanuel se despide de nosotros hasta que tenga encauzado el negocio de su padre y haya solucionado todos los trámites que requiere la nueva situación.
Son meses difíciles. Con la marcha de Emmanuel, que es el nexo de unión entre los compañeros de la casa, afloran las contradicciones y los agravios comparativos.
Yo estaba compartiendo habitación con Emmanuel, y ahora me quedo para mí solo una habitación doble, mientras que R. y A. comparten una habitación individual, pero R. no quiere cambiarme la habitación, porque no puede dormir con el ruido procedente de la calle. Por su lado, A. lleva en la casa desde febrero y aún no ha puesto ni un céntimo, protegida por su macho dominante. Aleix me pide que le cambie la habitación, a lo que accedo: necesita la luz del día para sus trabajos de clase de diseño publicitario, y al fin y al cabo yo no paro por la casa hasta por la noche (y, el último mes de mi estancia en la Avenida de Madrid, ni eso). Rita se echa novio y termina yéndose de la casa. R. insiste en poner en alquiler la habitación de Rita, pero me niego:
-¿Dónde vamos a meter a Emmanuel cuando venga?
-Que se busque algo.
-Pero es titular del alquiler.
-Juanma: como comprenderás, lo que me dices me entra por un oido y me sale por otro.
Llega un momento en que estoy en una habitación individual interior, sin luz y con problemas para dormirme si R. y A. deciden hacer fiesta por su cuenta, y todo esto pagando la tercera parte del alquiler. Ellos, por su parte, están pasando estrecheces, pero después de haber rechazado el cambio a la habitación de matrimonio, y desde que A. encontró trabajo y le dije que ya sería hora de que pagara alquiler está pagándolo: la mitad de lo que cuesta la habitación. Aleix, mientras tanto, paga el otro tercio de alquiler por disfrutar de una habitación doble.
Y R. ha metido a la iguana, unilateralmente, aprovechando que Aleix y yo estábamos de vacaciones de Navidad. Rita decía que quería un perrito; durante los últimos meses no paraba de insistir en ello.
-Pues como metas un animal en casa yo me voy al día siguiente –le decía.
-Pero es un perrito, Juanma.
-¡Pero si ya nos tienes a nosotros, Rita! –le replicaba-. ¿Para qué quieres un perrito?
A los pocos meses de cambiarse de casa, le regalaron una gatita, Peca. Para hacerle rabiar, la llamábamos Pega, que significa “puta” en portugués.
Aún queda una habitación vacía, la que Rita dejó vacía. Se la tenemos reservada a Emmanuel cuando regrese.
-Pues aquí no voy a caber –es lo primero que dice cuando pone el pie en la casa-. Me voy a casa de Lily, que me ofrece una habitación en su casa.
Para Aleix y yo es el acabóse. De modo que decidimos montárnoslo por nuestra cuenta.
Pero hay un inconveniente: el alquiler vence el primero de febrero, estamos a diez de enero y no hemos preavisado. Aun así, nos buscamos algo. Lo encontramos. R. nos llama de inconscientes para arriba, lo cual es cierto: así no se hacen las cosas. Reculamos, y encima quedamos como los insolidarios de la casa. Después de una reunión particularmente desagradable, en la que ya no sé ni qué decir para sacar la patita y congraciarme con ellos, decidimos buscarnos algo para los cinco. Terminamos encontrando la casa de la calle Arizala, desde donde escribo estas líneas.
El conato de fuga me pasa factura: tengo que ser más virtuoso que nadie, y no paro de escuchar sermones en plan “la familia esto, la familia lo otro”.
Pero poco después ya nos hemos olvidado de todo. Tardo unos cuantos meses en aclarar conceptos con Emmanuel. Hasta agosto. Desde entonces, estamos en paz.
También es cierto que en agosto se van R. y A. (él ha encontrado un trabajazo de la hostia en Santiago de Compostela) y Aleix (que se agobia con tanta gente y quiere irse a una casa con menos gente… aunque es incapaz de decírnoslo a todos a la vez, y a cada uno nos cuenta una versión distinta de sus motivos).
Agosto del 2004
L. y P. son chilenos. Son cocineros, y están de prácticas en España. L. tiene treinta y tantos años; P., veintiocho. Llevan un par de años de relación. Se conocieron en la escuela de Hostelería de Santiago de Chile. El anuncio lo pusieron R. y A., sin darnos tiempo a colgarlo ni a Emmanuel ni a mí. Por tanto, ellos se encargan de todo. Incluso de los detalles más nimios.
-Juanma –me pregunta A.-. ¿Cuál es la clave de la cartilla?
Yo me encargo de toda la burocracia de la casa, mientras que la titularidad del alquiler recae en R. y Emmanuel. Así repartimos responsabilidades.
Le digo el número.
En el fondo sé lo que van a hacer, pero le digo el número igualmente. Un rescoldo de candidez y fe en la humanidad –uno de los últimos- me susurra que no es lo que pienso, que no serán capaces de hacerlo.
Pero lo hacen: se intercambian fianzas sin que los quedamos en la casa veamos ni un duro ni, lo más importante, podamos hacer cuentas, prorratear los gastos de teléfono e Internet, ajustar cuentas de posibles desperfectos, pagar la parte proporcional de agua, luz y gas.
Además, R. y A. le hacen firmar a L. y P. un documento privado por el que les ceden el uso y disfrute de la habitación.
Y lo grapan al contrato, como anexo.
Tal como está redactado, es ilegal: el subarriendo y la cesión están expresamente prohibidos por nuestro contrato. Como se enteren los dueños o las guarras de la inmobiliaria es causa automática de rescisión de contrato.
Y tenemos eso grapado al contrato.
-Es para tener una garantía, en caso de que regrese a Barcelona –se defiende R.
Una garantía que nos puede costar que nos pongan de patitas en la calle.
Como la entrada de L. y P. es un trapicheo particular entre R. y A., ellos se encargan de recibirlos en casa. Cuando vienen a recoger las llaves, aprovechamos para montar una de nuestras fiestecitas improvisadas, marca de la casa. Corren la cerveza y las dippas con chile rojo.
Se los ve buena gente. Educaditos. Y limpitos. Y no tienen iguana.
Nos hacen una cena de escándalo.
Nos fidelizan.
También viene Lluis, que es de Talarn, un pueblo colindante con Tremp, en la provincia de Lleida. Mi padre estuvo destinado seis meses en la academia de Talarn, pero Lluis no había nacido.
El día que le enseñamos la habitación a Lluis se la he enseñado ya a otras siete personas. La visita más curiosa, un chino que tenía auténticos problemas para expresarse en castellano; pero no porque fuera chino, sino porque era catalanoparlante.
-¿De dónde eres?
-De Girona.
-…
-Pero si te refieres a de dónde es mi familia: de Shanghai.
(Pronúnciese Shanjái.)
Era una buena opción, pero Lluis se le adelanta. Viene a Barcelona a estudiar Sociología. Ha estado trabajando varios años en las bodegas Torres, con lo que se gana nuestro corazón de inmediato.
Un magnífico fichaje: estará año y medio en casa. Récord histórico.
La cosa promete. Por fin tenemos una casa limpia y en orden. L. y P. dejan la cocina como los chorros del oro. Lluis es tan puñetero con la limpieza de la casa como Emmanuel y yo. Los cinco tenemos ganas de cachondeíto, así que repuntan las fiestas y cenas. No hay iguanas en el salón. Y todavía es verano en la calle Arizala.
Pero tres semanas después, tan sólo tres semanas, sucede.
No ha sido mi mejor semana. Hace una semana visité el hospital, hecho del que nadie salvo una persona se entera en su momento y que comento ahora “en abierto” por primera vez (aunque no pienso contar los motivos, no insistáis). Estoy con un trancazo bastante jodido. Acabo de tener una bronca por un amigo, que me sienta bastante mal porque me parece injusta y exagerada, y estoy recogiendo todas las papeletas para tener otra bronca con una amiga, que se desatará un par de días después y que nos supondrá pasarnos un mes sin dirigirnos la palabra: demasiadas desatenciones seguidas con alguien que está volcándose en mí. Además, he estado haciendo un trabajo por encargo de la empresa en la que trabaja Marta: un informe sobre el festival literario Kosmopolis. Por si fuera poco, me paso todo el Kosmópolis aprovechando para medio organizar un par de kedadas. El ir de un lado para otro, sin tiempo para mí mismo ni para los demás, está en la raíz de las dos broncas. Y, como ya he dicho, además tengo un trancazo de la hostia.
El domingo por la noche llego a mi casa y me siento en la gloria. Por fin se ha terminado todo. Me tomaré un vasito de leche caliente y me acostaré, aunque sean las diez de la noche.
En el pasillo me cruzo con Emmanuel. Hablamos un poco.
L. ha llegado a casa con una peda tal que no podía ni darle la mano. Lo acompañaba un taxista, con las llaves que L. había dejado olvidadas en el taxi. Aprovechando que P. estaba en Manresa trabajando todo el fin de semana, L. había salido con un amigo a celebrar la fiesta nacional chilena.
Unos días antes habíamos hecho coincidir el cumpleaños de L. con el Grito mexicano. Y fue una fiesta muy agradable. L. y P. ya estaban en el ritmo de la casa, convertidos en unos más, aportándonos su personalidad; nosotros fagocitábamos su cultura, su cocina y su manera de ser, y ellos se encontraban con que veinte estudiantes de doctorado de la UPC, portuguesas trabajadoras de marketing y madrileñitos editores los recibían con los brazos abiertos, convertidos en parte de la familia.
Y ahora L. está en su habitación, durmiéndola, incapaz de articular ni una sola frase coherente. P. acaba de llegar a casa, destrozada después de pasarse todo el fin de semana en Manresa. Lluis está en el pueblo.
-Pues vas a ver lo que tardan estos en darnos problemas –le digo a Emmanuel.
Y no pasan ni cinco minutos y oímos un grito desgarrado. Es P. Corremos hacia la entrada. P. está gritando en su habitación.
“Ya verás tú: este está muerto, como poco”, pienso.
Y P. sale, semidesnuda, tapada sólo con una manta. Gritando sin consuelo ni control.
“Muerto. Está muerto. Joder, joder, joder.”
-¡Nunca me había pegado! –grita P.
Poco después, Emmanuel me contará que me puse blanco como el papel, con los ojos abiertos de par en par y sin poder decir nada. Sólo vi una vez a mi padre pegarle a mi madre; sé que sólo la pegó aquella vez, pero me dio igual: yo tenía diez años, él se acababa de ir de la casa y me pasé cerca de cuatro años sin apenas dirigirle la palabra. Y nuestra relación aún tardaría otros diez años en alcanzar la normalidad. Hoy es incluso cordial. A pesar de ello, muy pocas veces a partir de aquel momento lo he vuelto a llamar “papá”: siempre es “el viejo”, “el doctor Lores” o cualquier otro circunloquio.
Esto es peor. Cuando mi padre le pegó a mi madre, yo apenas entendía nada y no dejé de gritar. Ahora entiendo demasiadas cosas: lo que ha podido ocurrir (uno de los dos podría estar muerto, o irse de cabeza a Urgencias), la importancia de lo que está sucediendo (para ellos como pareja, para Emmanuel y yo como individuos, y para la casa como concepto) y lo que nos espera esta noche.
-¡Nunca antes me había pegado!
Emmanuel amaga con entrar a la habitación. Conociéndolo como lo conozco, va a darle a L. hasta en el carnet de identidad, por haberse atrevido a pegar a P., sin importarle las consecuencias.
-¡No entres!
P. se va serenando lo suficiente como para contarnos lo que ha ocurrido. Cuando ella ha llegado, L. está tan borracho que no puede ni hablar. Ella le ha dicho algo y él ha reaccionado con violencia, la ha zarandeado y le ha dado un golpetazo que la ha mandado al suelo.
-Sólo había estado una vez a punto de pegarme, en Chile… Había tomado coca, discutimos y me puso la mano encima... No llegó a pegarme, pero estuvo a punto... Esa mirada…
Lo que es la autonegación: P. no ve, no quiere ver o no quiere reconocer delante de nosotros qué ha estado tomando L. para haber llegado a casa en esas condiciones y con esa agresividad.
-Pero nadie va a volver a ponerme la mano encima. –Nos fulmina con la mirada. En sus ojos hay una fuerza increíble, nacida de la desesperación.
La llevamos a la habitación de Lluis y le aconsejamos que eche el pestillo. La habitación está en nuestra parte de la casa, rodeada por las nuestras. Allí debería sentirse segura.
-Me siento pésimo por esto. Perdonen, por favor.
No tienes por qué disculparte, P. Tú qué culpa tienes. No has sido tú quien ha llegado a casa en ese estado.
Damos por hecho que va a dejar a L. Y para ello cuenta con todo nuestro apoyo. Para lo que quiera.
Nos encerramos en nuestras habitaciones.
Todo parece tranquilo.
Me acuesto e intento dormir algo.
Me despiertan un ruido y la luz de mi habitación. Yo no la he encendido.
Veo a L. en el umbral. Pese al sueño y a que no veo una mierda sin las gafas, atisbo una mirada desencajada. Masculla unas disculpas y cierra la puerta. Escucho otra puerta que se abre. Unos gritos. Una especie de conversación.
Tengo el corazón desbocado. Son las cinco de la mañana.
Se oye un barullo tremendo en la otra punta de la casa, en su zona. No me puedo creer lo que está pasando.
-¡Puta! ¡Putaaa! –se oye.
Y el barullo que no cesa. Como de cosas rotas.
Y la cantinela, ese “¡Putaaa!” que me taladra los oídos.
Cosas rotas.
La armonía en la casa, por ejemplo.
La inocencia.
Una relación de dos años. Venirte de Chile para prosperar en España, y que todo salte hecho añicos dos meses después. L. tiene la opción de quedarse, porque es de ascendencia alemana y puede solicitar la doble nacionalidad, pero P. está vendida, completamente vendida.
A eso de las siete dejan de oirse ruidos.
Aún tardo una hora en asomar. No he vuelto a pegar ojo. No sé si iré a trabajar.
A las ocho y cuarto, visto lo visto, hago acopio de fuerzas y salgo a ducharme. Echo un vistazo a la casa. Todas las cosas de P. están esparcidas por el salón y la entrada.
Pero no se oye a L.
Me ducho. Cuando ya estoy vestido, llamo a la puerta de Emmanuel.
Vigilo la puerta de la habitación de P. mientras él se ducha.
Llamamos a la puerta de P. Y ella nos cuenta lo que ha sucedido por la noche.
A las cinco, L. llama a P., y ella le responde. Le dice que está en la casa y que no piensa salir de donde está. L. sale de su habitación y entra en las nuestras, dispuesto a encontrarla. Intenta abrir también la de Lluis, pero el pestillo está echado y ni se plantea insistir: cree que está ocupada por Lluis. Vuelve a llamarla, y ella insiste en que no va a salir. Él la toma con sus cosas.
P. está decidida a echar a L. en ese instante. Es una mujer fuerte, muy fuerte, de las más fuertes que yo haya visto en mi vida.
La acompañamos al salón y nos quedamos allí mientras ella entra a hablar con L.
A los dos minutos vuelve a escucharse un grito desgarrador.
P. sale llorando.
L. ha vuelto a pegarle.
Emmanuel se arma de valor y entra en la habitación. Yo lo sigo, a una distancia prudente. Más que nada, para que L. no le ponga la mano encima: si ve que entramos los dos, se lo pensará dos veces.
Emmanuel intenta razonar con L. No va a volver a hacer eso.
-¡Ha dormido con Lluis! ¡Puta!
-No, L. Lluis no está.
-¡Pero ella estaba en su habitación!
-Porque él está en el pueblo y no regresa hasta mañana.
L. parece aceptar el argumento. Emmanuel insiste en que no debe volver a hacerle lo que le ha hecho a P. Parece más tranquilo.
P. vuelve a entrar. Le plantea que debe irse en ese momento de la casa. Él se niega.
-Si quieres, llamamos a la policía municipal, P.
Enric me ha dado el teléfono de un amigo suyo que es policía municipal.
-No, Juanma: sería peor. Sabe dónde vivimos.
La opción más deseable es que L. se saque un boleto de regreso a Chile esa misma mañana. P. sale con la cartilla. Regresa al rato. L. ha sacado dinero, mucho dinero, y no hay suficiente para un billete.
Vuelve a entrar en la habitación.
Silencio tenso. Emmanuel y yo nos miramos y, como sucede en situaciones límite, tenemos una conversación pausada y serena, conscientes de lo que ocurre. Cada frase que exteriorizamos es tan cuidadosa como si fuéramos globos llenos de agua caminando sobre un lecho cristales quebrados.
L. tiene que irse de la casa.
Pero no podemos dejar que P. se vaya.
Tenemos que estar con ella.
Y estar preparados para lo que venga.
L. sigue sin querer irse, pero ya está más calmado. P. recibe llamadas de los jefes de L. Les da largas. L. aún tardará un rato en llegar al trabajo. L. ha salido. No sabe dónde está L. Ah, pero ¿L. aún no llegó?
L. se va al paro esa misma mañana. Ella había movido contactos para que a él le dieran aquel trabajo.
Llega un momento en que P. nos pide que nos vayamos, que todo está controlado, que ya no hay ningún peligro. No las tenemos todas a nuestro favor, pero P.  insiste y se la ve tan segura que nos vamos.
-¿Qué te apuestas a que vuelven? –me reta Emmanuel, no bien hemos subido al ascensor.
-Nada. Absolutamente nada.
Y, en efecto, vuelven.
Esa misma tarde, L. nos busca a Emmanuel y a mí para disculparse (estaba muy borracho) y jurarnos y perjurarnos que no va a volver a suceder.
-Eres mayor que yo y no te voy a dar lecciones; pero no vuelvas a hacerlo, por favor.
Y aunque no reincide, ya no puedo quitarme esa noche de la cabeza durante los cuatro meses que les quedan en la casa. No resisto sus ojos de demente cada vez que se embriaga, ni la empalagosa voz de Gollum que se le pone cuando va fumado. No me parece él. Intento evitar su mirada.
Y mira que me jode, porque es un tipo interesante, muy interesante, con mucho mundo y un discurso fascinante. Cuando está sobrio. Pero no vuelvo a confiar en él, aunque es cierto que no reincide.
Por eso no puedo evitar un estremecimiento de alegría cuando regreso de vacaciones de Navidad y P. me comunica que han cortado y se van. No porque ella se vaya –ojalá hubiera podido permitirse pagar el alquiler ella sola-, sino porque parece que finaliza una etapa especialmente tensa. Y porque P. ha demostrado ser una mujer valiente e inteligente.
(Continuará)

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