martes, 28 de marzo de 2006

Adiós al más grande

Stanislaw Lem (1921-2006)

Ayer lunes día 26 falleció Stanislaw Lem, en la unidad de Cardiología del hosptial de Cracovia.

De poco sirve afirmar que fue el más grande escritor no anglosajón de CF, porque su talento iba mucho más allá. Científico, ensayista, humorista, autor de policíaco, escritor de literatura juvenil, heredero de Jorge Luis Borges, innovador del género fantástico, conciencia crítica de la sociedad polaca, fustigador de autores mediocres... Todas las definiciones que queramos dar de su trabajo son válidas, porque Lem fue todo eso y más.

Con Solaris (1961) nos presentó un planeta vivo que ha pasado a la historia como el alienígena más coherente, extraño e incognoscible de la literatura del siglo XX. Es su novela más famosa, también debido a las dos adaptaciones cinematográficas que ha conocido: la de Andrei Tarkovski (1971) y la Steven Soderbergh (2002). También es una de las historias de amor más desesperadas que se pueden leer, una apología del amor imposible y una metáfora brillantísima de la relación de pareja entendida no como lo que realmente es, sino como la imagen que tenemos de la misma.

He leído Solaris tres o cuatro veces, ya he perdido la cuenta. Siempre le encuentro nuevos valores y nunca deja de sorprenderme, desde la primera vez que la leí, con apenas diecisiete años, en que me sacudió porque rara vez hasta aquel momento había leído ciencia ficción tan rigurosa, hasta la última, mientras preparaba la conferencia que di en enero, en que me admiró por la manera en que ganaba con cada relectura, la riqueza temática que había allí dentro y la imposibilidad de comprenderla en su totalidad, como si la hubiese escrito el propio mar inteligente que baña la superficie del planeta Solaris.

En La investigación (1959), Lem le da una vuelta de tuerca al género policíaco. Intenta demostrar la imposibilidad de investigar una serie de asesinatos si nos valemos de nuestras herramientas de análisis. Si no hay móvil, ni motivo, ni probablemente crimen, ¿se debe a un fallo del método policial o esta incapacidad encubre una carencia mucho más profunda, que afecta a nuestra estructura mental?

Cuando la leí por primera vez me pareció un soberano coñazo. No entendí nada. No tenía sentido. La segunda lectura me sorprendió, porque empecé a entender adónde quería ir Lem a parar. Y en la tercera, con motivo de la preparación de la conferencia, me cautivó, porque es una máquina perfecta, tal vez al nivel de Solaris, un reto para los lectores.

Los cuentos de Ciberíada (1966) fueron la primera obra de Lem que tuve ocasión de leer. Mi primo Julián me los prestó durante un veraneo en Segur de Calafell en el que ya había leído Peregrinación a la Tierra y El arma definitiva, dos recopilaciones de relatos de Robert Sheckley, otro grande que se nos fue hace tres meses, y Pórtico, de Frederik Pohl. No me conformé con aquellas lecturas y le pedí que me recomendara más libros de ciencia ficción: ya estaba enganchado, y desde entonces sigo enganchado. Veintiún años hace de aquello.

Ciberíada fue una de las primeras recomendaciones de mi primo. Y me fascinó. Los robots Trurl y Clapaucio no eran como los de Asimov, cierto, pero tenían un encanto igualmente indefinible. La cosmogonía que organizaba Lem en torno a estos personajes, las ilustraciones tan tiernas y naíf, todo aquello me iba empapando de sentido de la maravilla, un sentido de la maravilla que después reencontré en los Diarios de las estrellas (1957) de Ijon Tichy.

Andando el tiempo, fui descubriendo más facetas de Stanislaw Lem. Dejó de ser el autor satírico de los cuentos de Ijon Tichy o el intrépido explorador de la psique humana de Solaris para convertirse en mi segundo Borges, el prologuista de libros inexistentes, el reseñador de obras que nadie había tenido el valor de escribir. Vacío perfecto era demasiado irregular. Un valor imaginario era más consistente, pero sus ensayitos sabían a poco (excepto "Golem XIV"). En Provocación, uno de mis must del 2005, hallaba el punto de equilibrio perfecto: Lem, el azote de conciencias tranquilas, el eterno cabreado de la intelligentsia polaca, volcaba toda su bilis en un análisis implacable del Holocausto, un libro imaginario sobre el que, como ha comentado Julián Díez (y coincido plenamente con él), tuvo que escribir para ahorrarse la tarea de escribirlo. Nada de lo que pudiera decir el imaginario Hans Aspernicus puede superar, en dureza y claridad, a los comentarios que Lem le dedica a la Alemania nazi y, por extensión, a la mentalidad europea antisemita del siglo XX.

En una nota de prensa fechada hoy, Enrique Redel, de Ediciones El Funambulista, anuncia que seguirá publicando obras de Stanislaw Lem. Además de Provocación, han contratado El gran castillo (novela autobiográfica, aún inédita en castellano), Vacío perfecto, Magnitud imaginaria y Golem XIV. Una buena noticia, si tenemos en cuenta que existe en catálogo una parte significativa de la obra del polaco. Todo esto sólo puede significar que Lem es uno de los grandes del siglo XX, por encima de distinciones de género literario.

Dicen que no le dieron el premio Nobel porque alguien se chivó a los miembros de la Academia Sueca de que escribía ciencia ficción. Es una anécdota apócrifa y no termino de creérmela, pero es muy sintomática. Con Nobel o sin él, Lem era un grande, a quien sitúo a la altura de Mijaíl Bulgákov, Italo Calvino, Philip K. Dick, Gabriel García Márquez o Eduardo Mendoza entre mis favoritos, un autor a quien siempre es un placer releer, y encima le debo el haberme enganchado a la ciencia ficción.

Voy a echarlo de menos. Y voy a seguir releyéndolo.

martes, 21 de marzo de 2006

Así nos va

Sobran las palabras. El caso es que todavía recuerdo aquellos tiempos en los que salíamos a la calle a manifestarnos cuando algo no nos gustaba. Cierto es que nos manipulaban, pero nos quejábamos cuando teníamos un motivo de peso para hacerlo.
Tomado de la edición de hoy de El Periódico de Catalunya.

lunes, 20 de marzo de 2006

Pornografía enlazadora

Si miráis la columna de la derecha, veréis una cantidad insensata de enlaces. Como me daba pereza, lo he ido retrasando, pero al fin me he puesto a ello durante estos días. Si tenéis el Firefox la veréis a la misma altura que esta columna; si tenéis Explorer, tendréis que bajar muuucho hasta dar con ella. Problemas de configuración. Si alguien sabe a qué se debe y cómo lo soluciono, por favor, que me diga aaargo.
A lo mejor no están todos los que son, pero sí son todos los que están.
Por lo demás, sin novedades en lo relativo al casting para la habitación que se nos queda libre. Estamos teniendo un récord histórico de plantones, y la gente que viene tampoco es que se quede encandilada con la habitación. En fin, quedan once días para el primero de abril, supongo que a lo largo de esta semana tendremos compañer@ nuev@ de piso.
En cuanto tenga fotos escribo un post sobre el sarao que se montó hace dos fines de semana en Santander. Tan sólo un breve apunte: ha sido maravilloso, tanto en el aspecto organizativo como en el humano. Nacho Illarregui, Lessa, Marc R. Soto, Jean Mallart, Álvaro y demás miembros de la TerSa han echado el resto y nos han deparado tres días inolvidables.
Sin tantas alharacas ni repercusión mediática, durante este fin de semana hemos tenido una especie de secuela de la Intertertulia de Santander, aprovechando el cumple de Pau y la visita a Barcelona de Alfredo Álamo y Raquel, que venían huyendo de las Fallas. Ha habido mucha comida (le hemos ofrecido a Alfredo y Raquel una visión panorámica bastante aproximada de la cocina típica de por aquí: los capuccinos y chocolatitos de las chocolaterías de las inmediaciones de la Plaça del Pi, el katsudon del restaurante japonés de Maragall, el super dürum del Kapadokya, los pastelitos árabes de la calle Hospital, el té yogui del Salterio, las cervezas negras y el concierto de blues de Alex Guitar en el Honky Tonk, los platos combinados libaneses del Beirut y el salmon don y el ten don del Machiroku) y mucha conversación: hemos hablado de juegos de cartas frikis, de blogs frikis, de programas televisivos frikis, de series frikis, de libros frikis (las razzias en Gigamesh, Freaks y el mercat de Sant Antoni nos han deparado momentos y comentarios jugosos), de los próximos proyectos literarios de Alfredo, de lo buena que era la música del Karma (el revival ochentero, que me pone tiernito), de la música buena-buena de los últimos meses (gracias, Alfredo, tomo nota de todas tus recomendaciones) y, en general, de todo lo divino y lo humano. El finde ha sido agotador, pero me lo he pasado de coña, y espero que Alfredo y Raquel también.
De todo eso y más confío en hablaros próximamente. Y si además os doy la buena nueva de que hemos encontrado a alguien para la habitación que se queda libre, pues cojonudo; si no, a sufrir hasta el último día y empezar a pensar en serio si montamos esa Comuna Friki en Madrid con Pily y cuanto friki se avenga a ello.
Por lo demás, poquita novedad. Permaneced en sintonía. Besos para todos.

jueves, 16 de marzo de 2006

Sopa agripicante para el alma

Aún recuerdo la última vez que lloré a moco tendido.

Estaba en el hospital, enfermo. Pero no lloré por mi enfermedad.

Hacía dos años que había muerto mi abuela materna. Desde que enviudara, había vivido con nosotros, salvo algunas temporadas, en que se repartía entre mis cuatro tíos. Pero los últimos años los pasó en casa de mi madre. Como yo era el nieto pequeño, el último en irse de la casa y tuve una adolescencia de reclusión lectora, prácticamente fue la persona con la que más tiempo he pasado. Por otro lado, me tocó pasar momentos duros junto a ella: los infartos, la obstrucción intestinal y las caídas. Un par de veces tuve que llamar a la ambulancia, o hacer fuerza para entrarla al salón después de oir un estruendo procedente de la terraza y verla tendida en el suelo, o reincorporarla a la cama tras una caída nocturna que nos despertaba a todos. También le daba agua a media noche, o la llevaba a orinar. Aunque se mantuvo lúcida hasta el final, no era raro que perdiera la cabeza o dijera alguna impertinencia.

-¡Quiero agua! –retumbaba su voz algunas noches. O bien-: ¡Quiero orinar!

Una noche nos despertó con la siguiente serenata:

-¡Quiero muchas cosas! ¡Quiero agua, levantarme y orinar!

Con los años fue perdiendo el oído. Sólo entendía a su consuegra, Doña Matilde (que, por otro lado, la sobrevivió un mes y medio), y eso que hablaban a media voz.

-La televisión es un buen invento –decía mi abuela-. Pero el día que le pongan sonido… entonces ya será increíble.

Mi abuela Carmencita había vivido en Cabra, provincia de Córdoba, y muchos de mis dejes y coloquialismos son cordobeses, pasados por el tamiz de su acento y su peculiar manera de expresarse. Su nombre completo era Carmen Silveria de la Santísima Trinidad, y mi prima Beatriz la llamaba Silveria. De vez en cuando la secundábamos.

Pese a que tenía su carácter, mi abuela era un dechado de anécdotas, y le sacaba punta a todo. La primera vez que llevé a Alicia a casa, una de las primeras cosas que le dijo mi abuela fue:

-Este… este… este es un soso. Su hermano Pablo; ese sí que es simpático.

Laura se encariñó mucho con ella. Cuando iba por casa, se quedaba un rato a hablar con mi abuelita. Y se preocupó mucho cuando se cayó en casa y se fracturó la cadera. Una caída tontísima, aunque ya se sabe cómo son estas cosas: lo más probable es que se produjera la fractura y luego se cayese al suelo.

La caída tuvo mala suerte. Tuvieron a mi abuela un día prácticamente deshidratada, con un solo gotero de suero. Le pospusieron la operación, porque justo cuando la bajaban a quirófano entró una emergencia, un accidente de tráfico muy aparatoso. Y además la operaron con anestesia general, sin tener en cuenta que ya llevaba tres infartos a cuestas y estaba funcionando con una cuarta parte del corazón. Como es lógico, no salió de la operación. A mí me correspondió localizar a su confesor cuando Pablo me llamó para decirme que se estaba muriendo, y acompañarlo a la sala de reanimación, para que le administrara la extremaunción. Acto seguido, nos quedamos allí, sin saber qué decir, hasta que una enfermera desenchufó toda la maquinaria, como si estuviera apagando una minicadena.

Así se muere una persona. Desenchufas, y ya está.

No llegué a tiempo de verla salir hacia el quirófano. Fui al metro a esperar a Laura, que llegaba de dar sus clases, y de ahí salimos a toda leche hacia el hospital, pero cuando llegamos acababan de bajarla a la operación. Por menos de cinco minutos no la vi consciente por última vez. Lo cual, visto en perspectiva, tal vez fuera mejor, porque el último recuerdo que tengo de mi abuela, la tarde anterior, después de que Laura y yo nos despidiéramos de ella, fue el de una sonrisa, a punto de salir de la habitación, seguida por un consejo casi gritado:

-¡A palparse! ¡Hay que palparse!

Tenía noventa y ocho años.

El velatorio fue duro, porque todos creíamos que mi abuela iba a cumplir los cien años. Aunque parezca mentira, nos pilló desprevenidos. No nos esperábamos que nos hiciera aquello.

-Cuando cumpla cien años vendrá la televisión, ¿verdad? –preguntaba. Le contestábamos afirmativamente porque estábamos convencidos de que así ocurriría.

Para mí era peor, porque había vivido con ella casi veintidós de los veintisiete años que tenía entonces. Pero no lloré. Creo que fui el único miembro de la familia que no lloró.

Por eso, dos semanas después estaba dando una vuelta con Laura. Debía de ser domingo por la noche. Estábamos en la plaza de Colón y empezamos a hablar de mi abuela. En un momento dado comenté:

-Estaba tan llena de vida… -Estuve titubeando unos segundos-. Tenía más vida que yo.

Y me solté. Me abracé fuerte a Laura y estuve un buen rato llorando y gimiendo, sin contemplaciones, sin cortapisas, sin fijarme en nada que no fuera mi pesar y el hombro, la mejilla y los cabellos de Laura, salpicados de lágrimas.

Debía de ser cierto que mi abuela estaba más llena de vida que yo, porque dos años después enfermé. Un linfoma de Hodgkin. Me pasé cerca de tres meses ingresado en el hospital.

Aguanté mi estancia en Cirujía Torácica con toda la entereza que pude, aunque la procesión iba por dentro. Mi familia lo flipaba, porque yo siempre había sido débil y pusilánime y en cierto modo yo estaba tirando de ellos. Con Laura sucedía otro tanto. Me dieron el diagnóstico el único día que ella no estuvo a mi lado; al día siguiente tuve que armarme de valor para explicárselo, como si la cosa no fuera conmigo. Será verdad eso de que nunca sabes cómo es alguien hasta que se encuentra en una situación extrema.

Sólo lloré una vez durante aquellos cerca de tres meses.

Creo que aún no me habían subido a Oncología. Laura y yo estábamos solos en la habitación. Era la hora de la siesta, porque la persiana estaba bajada. Probablemente yo estuviera con el disc-man que me había regalado mi primo Josele, escuchando el Clandestino de Manu Chao o la banda sonora de Se buscan fulmontis, de Los Enemigos. Laura empezó a agobiarse con la situación, con mi enfermedad, con estar comprándose un piso sin mi ayuda, con las perspectivas inciertas que teníamos ante nosotros… con todo. Y arrancó a llorar. Y yo ya no trataba de calmarla, sino que me puse igualmente nervioso, la única vez que me vine abajo durante todo el tiempo de mi internamiento. Y ella me dijo:

-Llora.

Y lloré. Me costó, pero lloré. Lágrimas sordas y tímidas, pero lloré.

A partir de entonces perdí la capacidad (el don, diría yo) de llorar, de expresar con lágrimas y gemidos lo que las palabras ni siquiera pueden llegar a esbozar, de regar mejillas ajenas con el único fluido que era capaz de darles con total libertad. Tal vez me endureciera con la enfermedad, acaso fuera un efecto secundario de la quimioterapia. Si el linfoma es una enfermedad que se desarrolla cuando el sistema inmunitario se desploma, y las lágrimas acuden a nosotros con mayor facilidad cuando tenemos las defensas bajas, ¿por qué no pensar en una relación causa efecto entre la curación de la enfermedad y la desaparición de las lágrimas?

Fuera como fuese, dejé de llorar. Algunas veces sentí ganas de hacerlo; otras lo necesitaba. Escuché noticias y me sucedieron cosas que tiempo atrás me hubieran hecho llorar desconsolado. Corté con Laura. Me despedí de todos mis amigos cuando me fui de Madrid. Me fue rematadamente mal durante los dos primeros meses en Barcelona. Operaron a mi madre. Me hice quemaduras de segundo grado.

Aun así, tardé cerca de cuatro años en volver a llorar. Ella me había dicho que la relación se terminaba allí y entonces; también es cierto que hice méritos para ello. Pero estaba en su casa, en su cama, y no quise irme de allí. Ella me daba la espalda, e intenté llorar. Y estuve a punto de conseguirlo. Gemí durante un rato, moqueé y se me escapó alguna lágrima. Ni sí ni no, como me suele suceder en estas situaciones. Podríamos decir que sí, que lloré: las lágrimas llegaron a mojar la sábana.

Desde entonces, nada. He vuelto a llevarme disgustos y cortar relaciones (bueno, la misma relación, pero alguna otra vez más). Me han dado calabazas de las que escuecen de veras. He sufrido contratiempos. He estado desesperado. Me he separado de amigos y familia.

Pero no he vuelto a llorar.

Hasta hace tres lunes.

Como sabéis, mi compañero Lluis se va del piso; de hecho, mientras estaba escribiendo el principio de esta entrada (la he dejado a medias debido a mi viaje a Santander) me comunicó que acababa de encontrar una habitación en una casa más pequeña, que era lo que quería. Me hago cargo de que cinco somos multitud, así que no hay nada que reprochar. El que no me venga en el mejor momento es asunto mío, no suyo.

No me viene en el mejor momento porque tal vez fuera hora de empezar a pensar en el futuro sobre otras bases. Tal como tenemos planteada la convivencia Emmanuel y yo, nos queda un año y medio en común, el tiempo que falta hasta que él termine su doctorado y regrese a México. Durante estos tres años y medio hemos atravesado toda suerte de situaciones, adversas y favorables, y en cierto modo estamos embarcados en la misma nave. Al haberse ido yendo todos los demás que empezaron la convivencia en la primera casa, somos los veteranos, los únicos que quedamos en Barcelona, y al final me quedaré yo solo. Aún no puedo permitirme un piso en propiedad en Barcelona (otra cosa sería en los alrededores, pero es que soy muy puñetero para estas cosas y quiero quedarme en Barcelona ciudad; como mucho, en L’Hospitalet), y tal vez nunca pueda permitírmelo, al menos mientras sólo pueda aportar mis ingresos; si en el futuro tengo pareja, me toca la quiniela, gano el Planeta o atraco un banco, pues a lo mejor, pero de momento parece que no. Puestas así las cosas, la manera más cómoda que tengo de afrontar mi estancia aquí es compartiendo piso, a la espera de tener los recursos y la presencia de ánimo suficientes para alquilar algo por mi cuenta.

Apurando mucho, podría permitírmelo, si dejara de salir, viajase menos a Madrid y continuase con mi ritmo de ingresos extralaborales: una conferencia aquí, un ensayo allá. Estoy empezando a vivir al día, pero todo es cuestión de ajustar presupuestos y administrar mejor los gastos e ingresos.

Desde el punto de vista emocional ya es otra cosa. Ahora podría planteármelo, y tal vez esté maduro para ello, pero no termino de verlo claro. El cuerpo me pide aceptar el reto, pero sigue habiendo cosas que me echan para atrás, me sigo viendo muy dependiente de los demás. Llego a casa y me apetece estar solo, sobre todo después de un mal día; pero agradezco que haya alguien en la habitación de al lado, aunque sepa que no voy a dirigirles la palabra.

Y luego está un factor añadido: estoy escribiendo a todo trapo. Entre el blog, el diario y los ensayos y críticas que debo, puedo escribir hasta diez mil palabras a la semana, cuando la cosa se me da bien; en ningún caso estoy bajando de las cinco mil. Me he puesto en marcha, y quiero seguir al mismo nivel.

Para ello, necesito tranquilidad. Un entorno apacible. No sólo por la escritura, sino por mí. Me vuelvo mayor y me apetece ir a mi puta bola cuando llego a casa. Eso no quiere decir que vaya a volverme autista; tan sólo que mi casa es el lugar en el que puedo ser yo mismo, en el que puedo relajarme. Obtengo tanto placer levantándome a las tantas un sábado y dedicándole las últimas horas de la mañana a tareas de limpieza doméstica (en serio, me relajo planchando, barriendo y limpiando el polvo… pero sólo en mi casa, ¿eh?) como tomando el vermú en buena compañía: en ambos casos es algo electivo, dependiendo del momento. A veces me apetece marujear. Me hace sentir que la casa es mía.

Todo esto saltó hecho pedazos hace tres domingos, a las tantas de la noche. No porque la marcha de Lluís sea un contratiempo irreparable, ya encontraremos a alguien que lo sustituya, sino por el momento en el que se produce.

Acabamos de salir de un movidón bien gordo con los propietarios del piso y con las pedorras de la inmobiliaria. Mi paciencia está al límite. Ha habido momentos en que no hemos tirado la toalla porque estaba clarísimo que las de la inmobiliaria buscaban hincharnos las pelotas para que nos fuéramos de casa y así poder sacarse una comisión por la puesta del piso en alquiler. Paso de darles esa satisfacción.

Y ese movidón ha sido uno de los factores determinantes para que se vaya el mejor compañero de piso que hemos tenido.

Estoy escribiendo a muy buen ritmo. Sólo escribo si tengo cierta estabilidad emocional. Suena poco romántico, pero es así. Por supuesto que escribo con más garra y fuerza si estoy cabreado, porque me sale de dentro y sin límites, y si me ahora mismo me llevara un palo amoroso seguro que me saldrían unos pensamientos muy poéticos o incluso un soneto cojonudo; pero estoy hablando de escribir en serio, no de sacarle partido a mis pataletas. Tengo por delante un año lleno de compromisos: una charla para un curso de verano, un ensayos para Jabberwock 2 y otros proyectos interesantes, más la cantidad habitual de críticas y reseñas… En algún momento me apetecerá escribir un cuento de una puñetera vez. Y retomar esa novela juvenil que traemos entre manos Álex y yo. Y estoy metido en tres blogs: Un valor imaginario, Tubular Bellies y este. Etcétera.

Si empiezo a dejar pasar dos semanas sin escribir ni una sola línea, como está siendo el caso, apaga y vámonos.

Y, vuelvo a lo mismo, para escribir necesito estabilidad y tranquilidad. Y no las tengo. Ahora, además, hemos cambiado de fase, estamos inmersos en el casting para la habitación… o al menos se supone que estamos en el casting, porque hasta ahora llevamos tres plantones seguidos. Un récord absoluto, que no nos había pasado nunca. También es cierto que la gente que busca piso durante estos días lo quiere para entrar ya, no el primero de abril, y que al final siempre terminamos encontrando a alguien, y que aún es demasiado pronto y hasta el día veintitantos no solemos encontrar nuevos inquilinos. Pero no parece un buen augurio.

El caso es que algo hizo clic en mi interior la noche que Lluís dijo que estaba empezando a buscarse algo. Emmanuel no dijo nada, y yo salí del trance aconsejándole y comentando cómo está el mercado. Pero el mundo entero se me cayó encima. A lo mejor era el momento de empezar a buscar algo por nuestra cuenta, o bien para Emmanuel y para mí, o bien para mí solo. Andrés y Eli se van a ir de aquí a dos o tres meses, en cuanto sus simpáticos albañiles tengan a bien terminarles la obra. ¿Renovar a tres de las cinco personas que hay en la casa, en vísperas de un mes de julio que pasaré fuera de Barcelona? ¿Y si no tenemos el asunto resuelto para entonces? ¿Y si entra alguien que nos termine saliendo rana? ¿Con qué garantías nos vamos a ir en julio, Emmanuel a México y yo a Gijón, Madrid y San Roque? Miedo, miedo me da.

Tardé mucho tiempo en dormirme. Me atenazaba el pánico. Por primera vez en mucho tiempo sentía la necesidad de salir corriendo, de hacer alguna locura, pegar el portazo. De acuerdo, trataba de racionalizar, Lluís está en su derecho, eso es evidente, las razones que ha dado para querer irse son válidas y estoy de acuerdo con ellas; pero a mí me hace el roto, porque he tenido ofertas para compartir piso y las he rechazado todas sin miramientos, y ahora es tarde. Y si hablamos todos del asunto, igual podemos llegar a un acuerdo para irnos todos en la misma fecha (si Lluís retrasa su salida un mes y Andrés y Eli la retrasan un mes o incluso la mantienen) y buscarnos algo cada uno por su cuenta. Y si quiero algo para mí, mejor ahora, que todavía me podría alquilar un estudio por un precio razonable, o algo de dos habitaciones, una para mí y otra para Emmanuel y Wendy, y podamos pasarnos año y medio sin problemas de quién entra y quién sale de la casa, y cuando ellos regresen a México en septiembre del 2007 pueda permitirme el lujo de pagar esa casa yo solo y llevarme todas mis pertenencias, que las tengo dispersas entre la casa de mi madre, la casa de David, la editorial y la casa de Arizala. Y ya es tarde para comprarme algo en Barcelona, porque la única vivienda para la que me dan crédito ahora mismo es algo de ciento veinte mil euros a treinta y cinco años, pagando quinientos euros de hipoteca; y eso, teniendo en cuenta el tamaño de vivienda que necesito (para poder meter mis cosas), es poco menos que imposible, al menos en Barcelona ciudad. En Berga, Mataró, Manresa o Tarragona a lo mejor encuentro algo, pero eso está donde Cristo perdió el gorro, no tengo coche ni carnet, soy de ciudad grande y para estar comiendo mierda a cuarenta kilómetros de Barcelona y sin poder hacer vida social, regreso a Madrid, vuelvo a apuntarme en autónomos, dirigir la revista desde allí y cobrar una tarifa por cada número, y le hago caso a mi madre y mando a tomar por culo todo lo que llevo andado desde que salí de mi enfermedad y vuelvo a prepararme unas oposiciones.

A pesar de todo, conseguí dormirme. Dos horas y pico después me desperté para orinar, todo contento porque estaba más tranquilo y el sueño me había hecho ver las cosas en su justo término (nunca ha sido ninguna tragedia que alguien se vaya de la casa, porque siempre terminamos encontrando a alguien para sustituirlo, y por regla general suelen ser buena gente y buenos compañeros; es lógico que ahora me contraríe, porque Lluis se ha tirado año y medio con nosotros, ha funcionado muy bien y esto me viene en un momento en el que lo último que quiero es enfrentarme a situaciones de cambio o disyuntivas, pero al final las cosas terminan arreglándose), pero recaí en mis dudas y pesares, y ya no pude volver a pegar ojo.

A las seis y pico decidí levantarme, ducharme e irme a currar, en vista de que sufrir pa ná es tontería, y para estar mortificándome en la cama mejor hacía algo útil para la sociedad o, en su defecto, el vicio y la subcultura.

Me crucé con Eli, que había madrugado. Ni Andrés ni ella sabían aún que Lluis se va de la casa. No quería decírselo, porque no era yo quien debía hacerlo. Pero tenía una cara de mala hostia bastante delatora.

-¡Hola!

-Groar.

-Tienes mala cara.

-No he dormido.

-Pero ¿estás preocupado por algo?

-Venga, hasta luego.

Y pegué ún portazo.

Me sentí mal, porque últimamente no soy tan borde (lo he sido en tiempos), me llevo bien con ella y, sobre todo, nunca me había visto así: siempre estoy en modo Papá Pitufo y en los ocho meses que llevamos compartiendo piso no había tenido un comportamiento tan borde.

En el curro, lo mismo. Era un lunes lunesoso, que diría mi amiga Lola, y tampoco se podía decir que reinara la alegría de vivir.

-Hoy voy a estar poco comunicativo –avisé.

Y apenas abrí el pico en todo el día. No levanté la vista de la pantalla del ordenador. Ni recuerdo qué comí. Trabajé poco y mal; no sé lo que hice. Todo eran dudas y vueltas y más vueltas acerca de las cuestiones que me habían desvelado la noche antes. Volver a buscar gente, a cambiar el chip; dejar de escribir, de leer; regresar a la vida incierta de los primeros dos años. ¿Cambiar de casa? ¿Irme? ¿Buscarme algo? Y una vez, y otra, y otra más. Y encontrar siempre las mismas dos respuestas:

Lo que me pide el cuerpo es irme a vivir solo.

Pero no puedo permitírmelo.

Suelo salir a las seis, pero me fui un poco antes. La tarde había sido infernal, no me concentraba. Hacía un día desapacible, con nubes y mucho viento; no obstante, iba con el abrigo abierto. No sentía frío, ni calor. Si me pinchaban, no sangraba.

Necesitaba respirar. No quería ir a casa, porque se me iba a caer encima. Tampoco me apetecía ir al cine, porque he perdido la costumbre de ir solo al cine y además no me hubiera enterado de nada ni aunque hubiera ido a ver la mejor película de todos los tiempos.

Eché a andar.

Tengo una ruta estándar cuando salgo de trabajar y me apetece caminar un poco. Salgo a la plaza de Urquinaona, bajo hasta Vía Layetana, callejeo hasta la catedral, entro por la calle Palla, salgo a Santa María del Pi, cruzo la Rambla, entro en el Raval por Bonsuccés y Elisabeths, salgo a la plaza donde está el Macba, camino hasta Tallers y agarro el metro o el autobús en la plaza de la Universitat.

La incumplí. Me fui dejando llevar por calles que no entraran en mi ruta habitual. Méndez Núñez hasta la plaza de Sant Pere; de ahí, a Sant Pere Més Baix, Basses de Sant Pere, Allada Vermell, Assaonadors, el mercado de Santa Caterina, Carders, Princesa… todo el barrio de Sant Pere. Cuánta razón tenía Alejo: me tendría que haber comprado un piso allí hace un par de años, cuando todavía era una zona asequible. De un año para acá se ha empezado a poner imposible. Las obras de reforma del mercado de Santa Caterina han reanimado la zona. El lumpen se está yendo. Están empezando a entrar parejas jóvenes y comercios chinos: Chinatown, que es como se llama aquí al barrio de los mayoristas, en el que trabajo, se ha extendido hasta Sant Pere Més Alt. En paralelo, el Borne ya está cruzando la calle Princesa. Como resultado, la única zona virgen que quedaba en Ciutat Vella está viviendo un momento de pujanza. Proliferan los restaurantes modernikis. En Allada Vermell hay terrazas. Las calles están más limpias. Se está abriendo dos vías totalmente nuevas, una longitudinal, que une el mercado de Santa Caterina con Portal Nou, y otra transversal, que comunica Sant Pere Més Baix con Carders. No va a crear el efecto de la Rambla del Raval, pero sí está encareciendo la zona, la está limpiando de quinquis, ahora es mucho más segura y, como resultado, ya se me ha ido de presupuesto.

Desde Princesa me metí en el Borne, pero no por Montcada, ni por Comerç, sino por Flassaders y el paseo del Borne. Entré en Santa María del Mar. Es mi iglesia favorita de Barcelona: al carecer de coro y ser diáfana, es una gozada estar allí dentro y verla toda iluminada, con esas vidrieras resplandecientes. Me senté en un banco. Las bombonas de butano intentaban calentar mientras una legión de jóvenes permanecían en silencio reverencial y los turistas paseaban por la girola. Alcé la vista, y durante un rato me perdí en la contemplación de los arcos, los restos de policromía y las vidrieras. Hace tiempo, ya no recuerdo si paseando con Isa y José María o con Emmanuel, Rita y Cristina, presencié una boda mixta entre catalán y polaca, concelebrada en ambos idiomas. Ahora no había bodas, pero parecía que se iba a celebrar algún acto o evento.

Salí de Santa María del Mar hasta la Barceloneta. En vez de subir por el paseo de Juan de Borbón, como un turista cualquiera, me dediqué a callejear. Había una iglesia neoclásica que no había visto. En tal otra calle tampoco había estado: la busqué. Y así hasta alcanzar la playa. La consigna tácita de mi itinerario de aquella tarde parecía ser la de ir por calles en las que no hubiera estado antes; no por una cuestión simbólica, supongo, sino por introducir algo de variedad.

Tampoco llegué a la playa por donde suelo, sino más cerca de Almirall Cervera.

Nunca había ido a la playa al salir de trabajar. Y, puestos a hacer algo inédito, parecía buena idea.

Me acerqué a la orilla. Había algún intrépido surfista embutido en su traje de neopreno, una pareja besándose junto a una de las duchas y un hombre maduro a quien evité cuidadosamente, no fuera a darme conversación. Allí se había detenido Don Quijote al llegar a Barcelona. Tal vez en el mismo lugar desde el que yo contemplaba los barcos que se aproximaban al puerto, a mi derecha, y más allá Montjuïc, apenas visible: la tarde seguía desapacible, nublada y ventosa pero no excesivamente fría.

Arranqué a caminar por la orilla. No tardé mucho en salirme de la arena: la marea comenzaba a subir y el andar se me hacía difícil. Pasé frente al Hospital del Mar. Miré las olas romper a mis pies. Evité a dos chicas que, además de la posibilidad de darme conversación, tenían todas las papeletas para pedirme que les sacara una foto. Anduve unos trescientos metros por el paseo marítimo, antes de decidirme a bajar de nuevo a la playa, junto al puerto olímpico.

Me vinieron muchos recuerdos. Una mañana con Rita, Emmanuel y Ricardo, el día de la Inmaculada de nuestro primer año. Era fiesta y salimos a dar un paseo. El día era similar a aquel: nublado y ventoso, desapacible. Yo andaba cruzado (hacía un par de días que había regresado de la operación de mi madre, en Jaén) y me limité a sacarles fotos, no quise salir en ninguna, y si me hicieron alguna fue en un descuido. Vistas en perspectiva, aquellas fotografías parecían más bien salidas de una película Dogma, entre la iluminación y que habían sido sacadas a baja resolución. No obstante, me parecen la sesión fotográfica más bonita que he hecho en Barcelona: acabábamos de conocernos y la convivencia estaba en su mejor momento. Vivíamos inmersos en nuestro rollito Erasmus (aunque ninguno de nosotros lo era) y habíamos ido a parar a un albergue catalán en el que restañar las heridas de nuestras experiencias traumáticas previas: Rita, un verano sola en un hotel, recién mudada a una ciudad en la que hablaban otro idioma; Ricardo, un robo en su última casa de Madrid; Emmanuel, un mes de locos en casa de un paisano que se dedicó a hacer que se tambalearan todos sus apriorismos; y yo, saliendo casi de un día para otro de casa de mi tía, por movidas varias. Habían sido tres meses de fiestas, alcohol, gente y más gente; pero aquel día estábamos solos (menos Aleix, que se había ido a La Sénia, como cada fin de semana) y era un momento de recapitulación, pues Emmanuel se iba a México a pasar las Navidades, un momento de esperanza, sin dudas acerca del futuro (¿y eso qué era?), tal vez el último momento de nuestras vidas en común en el que todo funcionó como tenía que funcionar: todavía nos podíamos consolar los unos a los otros como si fuéramos toda la familia que teníamos en Barcelona (lo éramos, de verdad que lo éramos), me esperaban las Navidades más amargas de mi vida y, al regresar a Barcelona, nos encontramos con que Marian, nuestra casera de la calle Valencia, echó a Emmanuel del piso y todos nos fuimos con él.






Y volvíamos a asuntos inmobiliarios relacionados con la ida de alguien.

Seguí caminando. Un espigón. Rodear a dos parejas, para no cortarles el rollo ni romper la estampa tan bonita con que se recortaban contra el cielo del atardecer. Una chica de mi edad, sentada en una pose de abandono que parecía querer decir que necesitaba aún menos compañía que yo. Unos jipis sin perrito pero tocando la darbuka. Tres niños jugando al fútbol y dos de ellos en bañador, arriesgándose a un baño invernal. Caminé entre ellos mientras me acercaba al puerto olímpico.

Sorteé a otros dos niños que hacían volar sus cometas. La tarde era idónea para ello. Las gaviotas revoloteaban a su alrededor. Las cometas se elevaban más, y más, y más. Y se me acercaba una niña con sus rastas, medias de bruja y aspecto de haber sido la chica de mi vida si ambos hubiésemos llevado un perrito y aquella playa hubiera sido la de un cuento cualquiera de Félix J. Palma. Conseguí pasar de largo frente a ella sin dedicarle una segunda mirada. Cien metros más atrás había otras dos niñas jipis con rastas y medias de brujita; jugaban con una toalla, como si ondearan una bandera.

Cuando vivía en Madrid y era más joven, solía pasear mucho. Todos los sábados después de comer salía a dar una vuelta. Me dejaba llevar por mi barrio, entendido este en un sentido muy amplio: lo mismo podía ir a parar al Vips de López de Hoyos que a la plaza del Doctor Laguna, a la estatua del Ángel Caído o el puente Calero, el puente de Juan Bravo o el parque de la Fuente del Berro. Aquellas vueltecitas, que a veces se prolongaban por espacio de dos o tres horas, me eran de gran utilidad para aclarar ideas, sobre todo cuando estaba preocupado por algún asunto acuciante. Las utilizaba como terapia. Parte del ritual de conjurar un problema de fácil resolución pero percibido como obstáculo insalvable pasaba por crear la ficción de que aquellos paseos me arrojaban luz sobre ellos, como si de un momento a otro fuese a oír en el interior de mi cabeza la voz en off de mi yo adulto, a la manera del Kevin de Aquellos maravillosos años: “Y entonces comprendí que todo se reducía a blablabla…”. Aquellas películas me solían funcionar, por lo que procuraba vagar por mi barrio con cierta frecuencia.

Pero había problemas serios que no se podían resolver de una manera tan sencilla. Cierto, cuando Alicia y yo cortamos me funcionó: como hacía una tarde cojonuda de primeros de invierno, me fui a dar una vuelta sin rumbo fijo; llegué hasta la Cuesta de Moyano y estuve un rato de charla con Alfredo Lara, que por aquel entonces trabajaba en la caseta 24; después fui a la Fnac de Callao, donde trabajaba Susana Vallejo, quien me recomendó un libro de educación sexual que le regalé a mi sobrina Elena; en Madrid Cómics me compré algunos libros de Calvin y Hobbes y me encontré con Ernesto; en las tiendas de discos del pasaje donde estaba el Rock Club me compré el Haunted by the Snake, de Cancer Moon. Empezó como uno de los días más tristes de mi vida, pero terminó con cierto optimismo, el buenrrollismo de quien mira hacia otro lado y se cree la película en la que vive para tomar impulso antes de emprender la verdadera cuesta abajo. Que tardó cosa de un mes en llegar, pero llegó, aunque no duró mucho tiempo.

Sin embargo, la primera vez que corté con Laura no me funcionó. Era viernes santo y estábamos de uñas; tanto, que cometí el inmenso error de salir con ella, exactamente igual que cuando cortamos de manera definitiva. Fue una de esas veces en las que sabes que lo mejor hubiera sido quedarse en casa, gritarse por teléfono y arreglarlo cuando la situación fuese más propicia. Pero no. Íbamos calentitos. Nos vimos donde siempre, en Azcona: salíamos a la vez, ella subía hacia Francisco Silvela desde el parque de las Avenidas y yo bajaba hacia el parque de las Avenidas desde mi casa. Lo primero que hice fue devolverle una foto suya de carnet que guardaba en la cartera: la desmenuzó a conciencia y arrojó los restos por una alcantarilla. Una pena, porque estaba guapísima. Nos dijimos muchas cosas en muy poco tiempo: ninguna de ellas agradable, pocas de ellas necesarias, todas ellas llenas de odio y rabia. Dimos media vuelta y cada uno regresó por donde había venido.

Me quedé solo. Pero no porque no estuviese Laura en aquel momento, sino porque había conseguido quedarme solo, sin Laura ni nadie. Todavía no tenía fecha para el examen de las oposiciones, y según cómo me fuera sabría si era factible aprobarlas, si me estaba embarrancando en el callejón sin salida que demostraron ser, si Laura y yo teníamos algún futuro con aquel esquema de vida. Aquella discusión cortó de raíz cualquier tipo de especulación. La impotencia que habíamos cosechado en todos los órdenes de la relación acababa de sentenciar nuestro noviazgo. Aún no llevábamos dos años. Durante el primer año, el noviazgo había sido una balsa de aceite; pero con el tiempo se había ido amargando, ella era demasiado susceptible y yo demasiado bocazas y desatento; ella había aprobado las oposiciones y yo no (y ella las había aprobado mientras trabajaba y yo no trabajaba, ni aprobaba las oposiciones).

Arranqué a andar sin rumbo fijo. Como me había funcionado en ocasiones anteriores, decidí que aquella vez también me iba a funcionar. Pero no conseguía centrarme, estaba desconsolado, solo, desamparado. Ningún paseíto iba a devolverme lo que sólo nosotros dos podíamos solucionar. Y no veía manera de salir de aquel trance.

Apenas pude caminar durante diez minutos. Di media vuelta, me dirigí a mi casa y le conté a mi madre todo lo que esa impotencia me había impedido decirle durante años. Así no podía seguir, me dijo. Laura y yo no podíamos arreglar solos nuestros problemas, de modo que metimos de por medio a una psicóloga que durante los dos años que quedaron de relación no se puede decir que aportara gran cosa: yo necesitaba una terapia conductista o cognitiva, y ella me hacía psicoanálisis. Pero fue un cambio, una manera de intentar conjurar el desastre al que me veía destinado. Finalmente, este se produjo, pues a nadie debe caberle la menor duda de que quien se busca la ruina la encuentra. La terapia tal vez lo retrasara, pero estaba condenada al fracaso: no salió de mí, me vino impuesta. Necesité un cáncer para darme cuenta de dónde me había metido y salir de aquello echándole más narices de las que nadie creía que le iba a echar. Y volvemos a la última vez que lloré a moco tendido, en el hospital, con Laura.

Porque volvimos. Aquel mismo día. No recuerdo quién llamó a quién; seguramente fue ella: siempre son los otros quienes me llaman para restañar las heridas y salvar lo salvable. Si me hubiera esperado unas horas y no le hubiera contado nada a mi madre, las cosas se hubieran solucionado solas y no me habría chupado dos años de terapia inútil. Porque se solucionaron. Un abrazo, un “No vuelvas a hacerme esto”, lágrimas en los ojos, un paseo por un barrio de Salamanca desierto por las fiestas, una procesión del Divino Cautivo fantasmal, sin apenas público que le siguiera los pasos a los capuchones.

Sólo faltaban dos o tres semanas para que se muriera mi abuela.

Un 10 de abril.

Diez días después aprobé el único examen de oposición que iba a aprobar en toda mi vida. Una prueba escrita, dos temas en cuatro horas. Lo aprobé con notaza. Sólo aprobamos dos el día que fui a leer: la otra persona que aprobó fue la chica que luego sacó el número uno de la promoción.

Y volvemos a aquel domingo por la noche en que me eché a llorar, desesperado y desesperanzado, en el hombro de Laura. Unas semanas antes habíamos cortado; ahora era mi único consuelo.

-Juanma, si hubiéramos cortado aquel día, ¿me habrías dicho lo de tu abuela? –me preguntó, meses más tarde.

-No, por supuesto.

La respuesta fue muy borde, lo sé; pero era lo que yo pensaba: no le hubiera dicho nada.

Y de nuevo estoy en la playa. Ya sé que salir a dar una vueltecita no va a solucionarme ningún problema: si no quería que Lluis se hubiese ido de casa, podría haber sido más contundente con las pécoras de la inmobiliaria o con la familia del dueño; si quiero irme de casa y montármelo por mi cuenta, debería estar mirando algo por Internet; si quiero saber a qué nos debemos atener Emmanuel y yo en lo sucesivo y si nos compensa ponernos a buscar algo para los dos (los tres, cuando venga Wendy), debería estar hablándolo con él. Salir a dar una vuelta está bien para tomar el fresco y desconectar, pero luego hay que regresar a casa, y el problema sigue allí, y hay que atajarlo. Es tan sencillo como eso. Ningún paseo me va a solucionar la papeleta. Y soy consciente de ello.

Así que intenté no montarme películas. No iba a encontrar la panacea de mis males.

Pero podía sentirme más a gusto.

Podía llorar.

Y allí estaba yo, en la playa de la Barceloneta, junto al puerto olímpico, frente al mar. Las gaviotas y las cometas volaban a mi alrededor. La marea estaba subiendo, de modo que cada tres o cuatro minutos tenía que retroceder un par de pasos. La respiración se fue acompasando con la cadencia del oleaje. El aire estaba salado. El mar era gris plomizo. Había barcos a lo lejos.

A mi alrededor no se oía nada: sólo mi corazón.

En mi interior tampoco se oía nada: sólo el mar.

Ambos sabían salado.

Noté cómo se me nublaba la vista; de un momento para otro, la atmósfera salada se condensó en un cerco de lágrimas. Sentí cómo me bajaban por las mejillas.

Estaba llorando. Por fin. Después de tantos años.

Sin gemidos ni suspiros, sin alharacas, sin forzar la respiración; tan sólo con lágrimas.

Y resultaba imposible distinguir aquellas lágrimas del aire salado que me llegaba del mar.

Y era feliz, porque había llorado, porque me había soltado, porque al fin había exteriorizado un sentimiento acuciante y había culminado aquello para lo que había ido aquella tarde a la playa, tal vez sabiéndolo, tal vez no.

Una familia numerosa que pasaba por allí me jodió el momento. Habían pasado siglos y todos los elementos que había en la playa recuperaron la velocidad y el sonido, pero ya nada era como justo antes. Seguramente seguía inmerso en mi espacio interior; a lo mejor lo había absorbido, y todo el mundo estaba dentro de mí.

Emprendí el camino de regreso a casa. Cogí el 57 en la misma cabecera. Llegué a mi barrio e hice la compra básica de la casa: agua, leche y papeles varios (higiénico, de cocina y servilletas). La normalidad, el aquí no ha pasado nada y la vida sigue su curso habitual.

No había nadie en casa y no me apetecía cocinar, ni siquiera me veía con ganas de preparar una ensalada, de modo que me bajé al restaurante chino que hace esquina con la avenida de Madrid.

Cuando estaba a dieta adopté la costumbre de tirar la casa por la ventana cada vez que iba a la consulta de la dietista. Adelgazase o engordase, aquella noche me daba un homenaje y me regalaba una cena grasienta en el chino de abajo. Sopa agripicante (cuyo descubrimiento debo a Ricardo y Adriana), pan chino y otro plato, despendiendo de las ganas de castigarme que tenga en cada momento: ensalada con rollito de primavera, pollo con nueces dulces, ternera con bambú y setas chinas, cerdo agridulce o tallarines con gambas. Pollo al limón, sólo la primera vez: es mi prueba de fuego para saber si el restaurante es bueno, igual que el tiramisú en los restaurantes italianos. Es uno de los peores pollos al limón que he probado en mi vida. No obstante, me he hecho fijo de ese restaurante.

Decidí invitarme a comida china.

Nada más franquear el umbral, me encontré con esa decoración típica de los restaurantes chinos, que más de una vez me ha hecho preguntarme si no hay un solo restaurante chino en todo el mundo y accedemos a él a través de puertas dimensionales. Para dar un poco el pego, hay una foto del dueño con Jordi Pujol.

Me salió a recibir uno de los camareros, el más alto y delgado.

-¡Cuánto tiempo sin verlo por aquí!

Parecía contento de verme.

El camarero más joven procedió a anotar el pedido. Con su mejor sonrisa, me preguntó:

-¿Todo bien?

-Perfecto. Gracias.

Y no era mentira. Todo estaba perfecto en aquel restaurante. Y mi agradecimiento era genuino. Siempre hay un chino amable dispuesto a alegrarte el día. Como decía la canción de Monty Python:

I like chinese food.

Waiters never are rude.

“Al fin y al cabo me conocen”, pensé. Aquello no iba a disparar mis fantasías; no me iba a montar la película de que al fin he encontrado un lugar en el mundo, y ese lugar es en la mesa donde se sientan los clientes que esperan su menú a domicilio, devorando los cacahuetes que ponen como aperitivo en tarrinas para crema catalana helada.

Pero me alegró, no obstante. La sopa agripicante me sentó divinamente y me reconcilió con la existencia.

El día siguiente viví una situación similar. Fui a cortarme el pelo en la peluquería de la que soy cliente, que está en la carretera de Sants esquina con Riera Blanca.

-Pues nada: descargar, cortito.

-Pero mejor al cuatro, ¿no? Es lo que te solemos hacer y te queda muy bien.

Volví a fliparlo, porque nunca hasta entonces habían dado la menor muestra de reconocerme, y lo cierto es que yo tampoco soy un dechado de conversación cuando voy a cortarme el pelo. Pero, tomados en conjunto, ambos sucesos me acercaron un poco al barrio, me hicieron sentirme de Sants y me subieron los ánimos. A veces una tontería así le alegra a uno el día.

A lo que iba. Cuando llegaron Andrés y Eli, me sentía muy expansivo. Me disculpé con Eli por mi comportamiento de la mañana, aunque me mostré esquivo con las causas de mi desazón:

-Nada que se pueda resolver.

Porque, al fin y al cabo, Lluis aún no se lo había contado, y yo me negaba a que se enteraran por mí: era él quien debía decírselo a ellos.

Me metí en mi habitación y me puse a ver videoclips. Estoy flipadísimo con uno de Sígur Ros, “Glosoli”, que lo tiene todo para encantarme: una canción magnífica y una historia preciosa, que encaja a la perfección con la música.

Llamaron a la puerta. Era Lluis. Venía a decirme que ya podíamos poner el anuncio de la habitación.

-Ah, pero ¿ya has encontrado algo?

-Nooo, hombre, no; pero para que lo vayáis poniendo.

Y, pese a que me mantuve firme en apariencia, no pude dejar de sentir que la amargura me salía por los ojos y la boca. No obstante, di aquella conversación por buena: me devolvía a la realidad, sin ningún género de dudas. La tarde en la playa me había sido de mucha utilidad, había conjurado fantasmas, había llorado, en resumen me había dado el sosiego que necesito para afrontar la etapa de búsqueda de inquilinos; pero el irme a la cama con una sensación agridulce sin duda me iba a resultar beneficioso, para no terminar de creerme la película y ser consciente del problema creado en la casa; un problema real, que necesita una solución real. Lo peor había pasado, el asimilar algo que por lo demás no es tan grave pero que podría haber servido para darle un giro a mi vida, pero me dejaba al descubierto con todas mis contradicciones y miedos. No es bueno revolcarse en ellos, sobre todo cuando dispones de los medios para tenerlos a raya y tratar de trascenderlos, pero existen, y no conviene olvidarse de ellos.

Aunque todos tengamos nuestras triquiñuelas para minimizarlos, claro: una llorera en la playa, un blog o una buena sopa agripicante para el alma.

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miércoles, 8 de marzo de 2006

Firma de ejemplares de Javier Negrete en la librería Gigamesh

Si el crimen no descansa, el vicio y la subcultura no le van a la zaga. Mientras viajo a Santander para la reunión de Intertertulias, los compañeros de la librería Gigamesh van a tener el honor de acoger una sesión de firmas de Javier Negrete, reciente ganador del III premio Minotauro de novela fantástica con Señores del Olimpo.
Copio y pego el mensaje que he enviado a listas de correo y foros:
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Ante todo, disculpas por la repetición de mensajes.

Por la presente ponemos en vuestro conocimiento que Javier Negrete firmará ejemplares de sus obras el jueves 9 de marzo, de 19:00 a 20:00 h., en la librería Gigamesh.

La dirección, para los despistados, es:
Librería Gigamesh
Ronda de Sant Pere, 53

Metro y cercanías Renfe: Arc de Trionf.

Entre otros títulos, Javier Negrete firmará ejemplares de Señores del Olimpo (Ed. Minotauro), la reciente ganadora del III premio Minotauro de novela. En ella aborda el tema de los mitos griegos y construye una aventura en la que se mezclan intrigas y pasiones que abarcan desde dioses, gigantes hasta sátiros y centauros.

Javier Negrete nació en Madrid en 1964. Estudió Filología Clásica y desde 1991 trabaja como profesor de griego en el IES Gabriel y Galán de Plasencia. En 1992 publicó su primera novela, La luna quieta. Es autor de otras obras de ciencia ficción como La mirada de las furias (premio Ignotus a la mejor novela, 1998) o Estado crepuscular (premios Ignotus y Gigamesh al mejor relato, 1994). Ha cultivado también la literatura juvenil en Memoria de dragón y Los héroes de Kalanúm. Con Buscador de sombras ganó el Premio UPC de novela corta del año 2000 y ha recibido tres veces la mención especial del jurado de dicho premio. Asimismo, ha sido finalista de los premios Edebé y El Barco de Vapor. En Minotauro ha publicado La Espada de Fuego, con entusiasta acogida de público y crítica, y merecedora del premio Ignotus a la mejor novela, así como su continuación, El espíritu del mago. Es el reciente ganador de la III edición del premio Minotauro de novela, por la obra Señores del Olimpo. Vive a caballo entre Plasencia y Madrid, y tiene una hija, Lydia, tan aficionada a la fantasía como él.

Os esperamos a todos. Saludos,

Juan Manuel Santiago
Ediciones Gigamesh
C/ Ausias March, 26, Despacho 44
08010 Barcelona
Tfno.: 93 301 94 34
Fax: 93 317 15 59
Móvil: 615 612 305
E-mail: juanma@gigamesh.com
www.gigamesh.com
http://pornografiaemocional.blogspot.com

«Como tantos otros, me había convertido en un esclavo del instinto Ikea. (...) Antes hojeábamos pornografía, ahora miramos catálogos de interiorismo.»
(Edward Norton, en El club de la lucha)
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A quienes lo conozcáis no os digo nada, excepto que os acerquéis por la librería si podéis.
A los demás, comentaros que Javier es uno de los autores más brillantes de la generación más brillante que ha dado la literatura fantástica española (junto con Juan Miguel Aguilera, León Arsenal, Elia Barceló, César Mallorquí, Rafael Marín y Rodolfo Martínez), y tal vez el más completo. El premio Minotauro no es más que un reconocimiento a su sólida trayectoria, así como el hecho de que La Espada de Fuego es el título que mejor está vendiendo Minotauro (después de El Señor de los Anillos, se entiende).
Siempre me ha gustado la versatilidad con que Negrete se adentra en los más variados paisajes de la geografía fantástica, cómo es capaz de pasar del humor desaforado de Estado crepuscular al amor sufriente de "Lux Aeterna", del erotismo subidito de tono de Amada de los dioses al tono juvenil de Memoria de dragón, del ritmo frenético de La mirada de las furias a la introspección de "La luna quieta". Julián Díez ha escrito recientemente un perfil muy acertado sobre su obra, Nacho Illarregui le realizó una entrevista impecable hace año y pico y, ahora que estoy activo y tal, sería un buen momento para rescatar el texto con el que preparamos la charla que mantuvimos en la hispacón de Cádiz, dentro de las Presencias Culturales de la Universidad de Cádiz.
Puestos a recomendarle algún título al lector profano, mis elecciones serían Nox perpetua (Ed. SM; una aventura de exploración polar, que tal vez se inspire en la expedición de Scott al Polo Sur, pero que da un giro temático que la hace magistral), "El mito de Er" (en Premios UPC 2001, Ed. B; otra de exploración polar, pero con Alejandro Magno de protagonista) y Amada de los dioses (Ed. Tusquets; novela erótica con elementos fantásticos -¿qué novela erótica no los tiene?- ambientada en la Grecia clásica y finalista del premio La Sonrisa Vertical).
No podré estar presente en la firma, porque a esas horas andaré por Madrid, haciendo escala antes de irme a Santander, pero os recomiendo encarecidamente que asistáis.

martes, 7 de marzo de 2006

Pornografía audiovisual montañesa

Del 10 al 12 de marzo estaré en Santander, en el encuentro de tertulias Septentrión.
Tenéis información del evento pinchando aquí.
La idea básica de Septentrión nace del acuerdo entre la Asociación Cultural Xatafi (impulsores de la tertulia de ciencia ficción de Getafe... bueno, Madrid Sur, ya que ahora se están reuniendo en Carabanchel) y la Tertulia de Santander. La idea es estrechar lazos de amistad entre todas las tertulias sobre literatura fantástica que se celebran en la actualidad en España.
Hablando en plata: se trata de una miniconvención española de literatura fantástica, pero en plan más relajado que una convención al uso. Con ello, además, se amplía el panorama actual de convenciones y reuniones masivas de aficionados, hasta ahora limitado a la entrega del premio Minotauro (que se celebra en Madrid a mediados de febrero), la Trobada de Ciència-ficció de Mataró (que este año coincide con Septentrión), la AsturCon (que se celebra el segundo fin de semana de julio en el marco de la Semana Negra de Gijón) y las hispacones (convenciones españolas de literatura fantástica, que se suelen celebrar en octubre o noviembre), además de las habituales quedadas de foros.
Debo confesar que fui testigo de la gestación de Septentrión. Durante la IberCon de Vigo, mientras Santi Eximeno, Fernando Ángel Moreno, Nacho Illarregui, José Antonio Cotrina y Álvaro Muñiz pasaban horas y horas jugando al Falling en el Cosmos, la idea de un reunión entre tertulias fue tomando forma, y se llegó al acuerdo de que Santander organizaría la primera edición. Los miembros de la TerSa (Nacho Illarregui, Lessa, Álvaro Muñiz «El Peras», Marc R. Soto, Jean Mallart y demás) han confeccionado un programa cultural y de actos muy interesante, gracias al cual vamos a pasar el fin de semana haciendo lo que se hace en una tertulia: hablar de nuestra afición común, comer y echarnos unas risas.

Septentrión empezará con fuerza el viernes 10 a las 19:30, con el Encuentro con la Literatura Fantástica (Aula 2 del Centro Cultural de Caja Cantabria, calle Tantín, 25). El programa constará de los siguientes actos:
19:30. Introducción, por Vicente Gutiérrez Escudero (miembro de la Tertulia Fantástica de Santander)
19:35. Encuentro con Rodolfo Martínez. Modera: Juanma Santiago (director de la revista Gigamesh). Hablaremos fundamentalmente de su recopilación de relatos Callejones sin salida (Ed. Berenice, Col. El Nogal Negro núm. 3), de reciente aparición.
20:15. Encuentro con José Antonio Cotrina. Modera: Marc R. Soto. Presentarán la última novela de Cotrina, La casa de la colina negra (Ed. Alfaguara, col. Juvenil), también de reciente aparición.
21:00. Presentación de la AsturCon.
21:15. Encuentro con los autores de la antología Paura: Santiago Eximeno, Marc R. Soto y Rodolfo Martínez. Modera: Fernando Ángel Moreno (crítico literario).

Además, el sábado 11 de marzo a las 19:00 habrá una Gran Tertulia en el café Naroba, con la participación de todos los inscritos y el público que desee participar. En los informes de progresos hablaban de treinta personas que habían confirmado asistencia, así que supongo que al final la cosa andará en torno al medio centenar.

Pero como somos frikis, y además estamos en Santander, nos pondremos las botas, amigos. Estos son los eventos culinarios que nos depara Septentrión:


Viernes por la noche: cena en La Tienduca
Fuente de fritos variados. Costilla, morcilla, croquetas, rabas, chorizo y más cosas.
Fuente de embutidos ibéricos: lomo, jamón, chorizo y salchichón.
Tortilla castellana (con callos)
Tarta de queso casera
Sangría y cerveza, agua, pan.

Sábado al mediodía: comida en el Apolo VIII (en Somo, pueblo turístico situado al otro lado de la bahía de Santander, al que viajaremos en el servicio regular de lanchas que une los extremos de la bahía)
Paella o menú de dos platos (a elegir entre dos o tres primeros, y dos o tres segundos)
Postre de la casa
Café, vino o agua.

Sábado por la noche: cena en el Equilibrio
Surtido de Ibéricos
Fritos de la casa
Un plato a elegir entre:
Solomillo
Entrecot
Lubina
Dorada a la espalda
Postre, pan y vino o agua.

La verdad es que todo tiene muy buena pinta, Nacho y compañía se lo han currado mucho y estoy convencido de que va a ser un pequeño hito en la historia asociativa del género español. Seguro que nos es la primera reunión de Intertertulias. Ya os contaré cuando regrese.

lunes, 6 de marzo de 2006

2006: Odisea inmobiliaria

Cuando estoy preocupado no funciono. Me bloqueo. Si percibo la preocupación como un obstáculo insalvable me dejo vencer por el miedo, y la coraza de seguridad y buen juicio que intento transmitirme y transmitir a los demás salta por los aires.

En el pasado llegué a perpetrar auténticas insensateces cuando me sucedía esto. En la actualidad intento controlarme, entrar en mi espacio interior y hallar allí la tranquilidad necesaria para juzgar las cosas con perspectiva, siendo consciente de la fuerza que hay en mí. Sabes que estás a punto de caer en una crisis de ansiedad o un conato de depresión, y la propia consciencia de ese hecho sirve para retardar el bombardeo de imágenes negativas que sacuden tu mente: fantasías catastróficas en las que todo se vuelve en tu contra, un estruendo que impide pensar con lucidez y anula el entendimiento, una sombra que avanza a ritmo vertiginoso y oculta las luces de la sensatez y el buen criterio.

El qué haga una vez me he dado cuenta de que voy por el camino equivocado es otra cosa; a veces he metido la pata de una manera clamorosa, o he terminado encontrando el punto de equilibrio necesario para que todo cambie y las cosas sigan igual, o todo ha ido hallando su curso natural y las crisis han concluído felizmente.

Esta semana no he actualizado el blog por una razón de peso: estaba en medio de una de estas crisis. No porque fuese una situación insalvable (que no lo es, en absoluto), sino porque no me ha venido en el mejor momento y he estado más preocupado de la cuenta; por consiguiente, he estado más embotado y no he tenido la estabilidad y calma que necesito para escribir de una manera medio razonable.

La situación se cuenta enseguida: se nos va un compañero de piso, Lluis. En sí, el hecho no es dramático: en tres años y medio ya hemos vivido diecisiete personas, una iguana y una tortuga en las tres casas que hemos tenido (calle Valencia, avenida de Madrid y calle Arizala). Tampoco se puede decir que se haya ido mal: durante año y medio hemos tenido una convivencia modélica, creo sinceramente que es el mejor compañero de piso que hemos tenido desde que cada “miembro fundador” de la Familia tiró por su cuenta y tuvimos que empezar a tirar de gente nueva. Lo problemático son las circunstancias en que se va: hasta los huevos por las incomodidades de la casa.

Tenemos unos caseros peculiares y una inmobiliaria digna de teleserie cutre-cañí de Antena 3. El dueño del piso es yonqui, de ahí que todas las gestiones las tengamos que hacer a través de su hermana y su cuñado. Como el dueño es yonqui, en vez de pagar con el margen razonablemente amplio que contempla el contrato (podemos pagar hasta el día siete de cada mes; insisto, según el contrato), siempre suele haber apremios. Hemos llegado a pagar el día treinta y uno, porque era un bombardeo continuo de llamadas: que mi cuñado me pide el dinero para ya, que mi mujer y yo no tenemos dinero, que yo qué sé qué es capaz de hacer este si no le llega el dinero esta misma tarde.

Nos han llegado a dar el coñazo si no hemos pagado un día primero de mes a última hora de la mañana.

Además, las de la inmobiliaria son unas malas putas, ahora que no nos lee nadie, el contrato no está a mi nombre y en ningún momento he dicho la dirección exacta de mi casa ni de la agencia. Si no fuera por mi amiga Yolanda, que trabaja en una administración de fincas, nos la habrían metido doblada unas cuantas veces en el tiempo que llevamos aquí.

Febrero del año pasado. Nos vencía el contrato de alquiler, y Emmanuel y yo estábamos acojonaditos, porque el cotitular, Ricardo, se había largado en agosto y no sabíamos hasta qué punto el hecho de que él se hubiera ido y tuviéramos otros compañeros de piso nos obligaba a firmar un nuevo contrato, y cuánto nos aumentarían el alquiler en ese caso, dado que el contrato lo negoció directamente él, muy a la baja (consiguió que nos lo rebajaran en cien euros). Para terminar de liar la cosa, Ricardo le hizo firmar a Luis y Pamela una cesión, para asegurarse un posible regreso a la casa en caso de que lo destinaran a Barcelona. La cesión, en los términos en que estaba escrito, era causa automática de resolución de nuestro contrato, que prohibe expresamente cualquier forma de subarriendo. Se lo hicimos notar, pero nos dijo que tenía que tener alguna garantía por si quería volver a la casa.

Cuando volví a casa el dos de enero, me encontré con que Luis y Pamela habían cortado y se iban cada uno por su cuenta. Como avisaban en plazo, no había ningún problema. Por un lado vi el cielo abierto, porque en cuanto entró el inquilino que ocupó su habitación tuve ocasión de desgrapar el anexo del contrato en el que Ricardo y Adriana negociaban la cesión de la habitación con Luis y Pamela, de modo que ya no incurríamos en ninguna ilegalidad. Pero quedaba un asunto pendiente: qué hacer con el piso. Emmanuel tardaba unos cuantos días en regresar de México, así que no teníamos margen para hablar del asunto, porque el contrato vencía el primero de febrero. Por otro lado, teníamos el contestador automático lleno de mensajes de los caseros y la de la inmobiliaria, intentando localizar a Ricardo, que entretanto había cambiado de número de teléfono móvil y estaba perdido.

Se acercaba el primero de febrero, metimos en la casa a un individuo que no nos pagó ninguno de los dos meses de alquiler que estuvo viviendo con nosotros y, en vista de que no teníamos ninguna indicación de que nos quisieran echar de la casa, tiramos adelante con todos los faroles. El día primero de febrero ingresé en cuenta el importe del alquiler, con lo que ya no había la menor duda: estábamos renovados.

En marzo hicimos lo mismo.

A mediados de marzo estoy en casa, solo, a última hora de la tarde. Suena el telefonillo. Hay que bajar a abrir la puerta, así que bajé.

Era la de la inmobiliaria.

-Oye, que tenéis que pasaros por la oficina a firmar el nuevo contrato.

-¿Qué nuevo contrato? Hemos firmado un contrato por cinco años, renovables de año en año.

-No. El contrato es anual.

-No. Es por cinco años. No tenemos que firmar ningún nuevo contrato.

-No. Tenéis que firmar un contrato nuevo en el que figure el aumento por IPC.

-No. Eso tenéis que notificárnoslo por carta certificada con acuse de recibo.

-No. Eso es sólo para cuando los dueños quieran que os vayáis. ¿Seguís los mismos en la casa?

-Espera, espera, explícame eso último.

Por los cojones le iba a decir quién seguía en la casa.

-Bueno, mira, que os acerquéis por la oficina con una fotocopia de vuestros DNI y firméis el nuevo contrato.

En estos casos, lo que está mandado es hacer lo que hizo Emmanuel: llamar a la hermana del dueño y preguntarle a ella directamente.

-Ah, no: hemos firmado un contrato por cinco años y no queremos tocarlo. Además, mi hermano no está en Barcelona y no conviene que venga a firmar nada. Acercaos por la agencia, que os digan cuánto ha subido el alquiler y nos pagáis los atrasos el mes de abril.

Con lo cual nos ahorramos los ciento cincuenta euros de comisión que la de la inmobiliaria se lleva por tramitar un nuevo contrato de arrendamiento. Aaamigos, a este punto quería yo llegar.

Así da gusto.

Este año hemos vuelto a tener cachondeíto con la renovación del contrato.

El primero de diciembre nos reventó la caldera, y cuando digo que reventó es en un sentido literal: casi se lleva por delante a Emmanuel. Le hizo un arreglo de emergencia antes de irse a México a pasar las Navidades. Mientras yo estaba en Madrid, volvió a reventar. Andrés y Eli avisaron a un técnico, que realizó una reparación de emergencia (118 euros), nos hizo un presupuesto provisional de 739 euros para parchear la caldera y nos recomendó expresamente que instaláramos una nueva, además de prohibirnos que encendiéramos la calefacción. Resultado: hemos pasado un frío de la hostia durante todo el invierno y hemos estado un mes entero duchándonos con agua templadita, en el mejor de los casos.

Andrés llamó a la hermana del dueño, esta llamó a la de la inmobiliaria y esta me llamó a mí, el día 31 de diciembre por la mañana, a decirme dos cosas. La primera, que al haber personas nuevas en la casa teníamos que firmar una renovación del contrato, que no un contrato nuevo, y que no nos iba a costar nada. Y la segunda, que los dueños ya estaban hartos del gasto que suponíamos (tuvimos que cambiar la nevera cuando llegamos, y más tarde compramos una lavadora; ellos abonaron ambos electrodomésticos) y que la reparación de la caldera corría de nuestra cuenta.

Cuando llegué a casa con la noticia, a Andrés y Eli no les hizo ninguna gracia, porque ellos habían adelantado de su bolsillo la reparación provisional de la caldera y llevaban varios días duchándose con agua tibia y pasando frío. Cuando llegó Lluis, dijo que se iba, que aquello no era serio y que se ponía a buscar otra cosa. Cuando llegó Emmanuel, le encargué que llamara a la hermana del dueño y le comunicase la situación.

Y aquí empieza el cachondeo. Cuando hablábamos con la hermana del dueño, no ponían ningún problema: claro que pagarían la reparación.

A los dos días, nos llamaba la de la inmobiliaria: que la hermana del dueño se había presentado en la oficina medio llorando, porque la estábamos presionando, y que ella no tenía que pagar nada, que eso nos correspondía a nosotros.

Llamábamos a la hermana del dueño, para que nos aclarase aquello, y no había manera de ponernos en contacto con ella: le dejábamos recados en el contestador automático del móvil, y nada. Si por una de estas conseguíamos hablar con ella, le parecía correcto lo que le decíamos.

Entonces nos volvía a llamar la de la inmobiliaria. Que la hermana del dueño había ido a asesorarse. Que la estábamos acosando. Que teníamos que pagar nosotros.

La última conversación, en la inmobiliaria, debió de ser de sainete. Yo me la perdí, porque estaba trabajando.

-Que me dice [la hermana del dueño] que la estáis acosando.

-¡Pero si no la localizamos!

-Pero es que vosotros tenéis que pagar la caldera.

-No. En ningún caso: no es una reparación menor. Las reparaciones menores las tenemos que pagar nosotros; las reparaciones mayores siempre las tienen que pagar los propietarios.

-Pero este es un gasto producido por el uso cotidiano. Y aquí dice…

Estaba enseñándole el contrato a Lluis y Emmanuel.

-Pero según la Ley de Arrendamientos Urbanos, los gastos por reparaciones mayores corresponden a los propietarios –replica Lluis.

-Yo a ti no te conozco: tú no estás en el contrato, no sé de dónde sales. Hay que ver cómo has cambiado, Emmanuel, con lo sensato que eras y cómo te has vuelto. Y ahora no paras de llamarla.

-¿De llamarla o de acosarla? Antes decías que la acosaba, ahora que la llamo. No es lo mismo. Si queréis, le envío un burofax, notificándole la situación, y así se dan por enterados.

-Pero entiéndelo, Emmanuel. Tenéis que pagar vosotros. No os imagináis la situación en la que están.

-No, no me lo imagino. Pero tú tampoco sabes en qué situación estamos nosotros, ni tienes por qué saberlo. Esto no es una reparación menor, por tanto no tenemos que pagarla.

-Pero aquí dice que sí tenéis que pagarla…

-Pero esto es un contrato. Yo te digo en la ley. Enséñame una copia de la ley y te digo en qué artículo.

-No, verás. No la tengo. La tiene mi jefe. Bajo llave.

-¿Pues sabes qué te digo? Si no nos ponemos de acuerdo, podemos ir a una junta arbitral, y que ellos decidan, o al colegio de administradores de fincas.

-Bueno, Emmanuel, tampoco hay que llegar a esos extremos. Qué agresivo te estás volviendo.

Total, que al final parece que accedieron a pagar la reparación de la caldera.

Parece.

El día 31 de enero, en medio de todo el cachondeo del pagas tú, pago yo, me llama Eli, toda alterada: que ha llamado el cuñado del dueño, que le ha explicado que el dueño es yonqui y necesita urgentemente el dinero esa misma tarde, que él no puede adelantarlo porque su dinero es para él, su mujer y su hijo y que ya no sabe cómo quitarse de en medio al cuñado para que no lo siga llamando. Que hagamos el favor de ingresar el dinero esa misma tarde. Hablo con el cuñado y le digo que Lluis no ha ingresado el dinero de la beca y que los otros compañeros no pueden pagar tan rápido. El cuñado se conforma con un adelanto. ¿Puede pasarse a recogerlo en persona por la tarde? Le digo que vale, y de camino le enseño la casa, para que vea que está en buen estado y, por supuesto, para que vea la caldera.

Sube a la casa. Le enseño la caldera. Le contamos la historia. Me dice que no tiene claro que deban pagarlo ellos, porque la de la inmobiliaria le ha dicho que tenemos que pagarlo nosotros. Oh, no, mierda: seguimos en las mismas. Le cuento que no, que eso le corresponde a ellos; que no es que lo diga yo, es que lo dice la ley. Me insiste en que él se fía de la de la inmobiliaria, aunque ya no sabe qué pensar: ya la llamará y le dirá algo.

Ya que estamos, le enseñamos tooodas las reparaciones que le estamos perdonando. Le enseñamos las humedades del cuarto de baño de Andrés y Eli, que son muy decorativas: tenemos una especie de caras de Bélmez en el salón que molan que te cagas, que ya estaban cuando alquilamos la casa y que no es que vayan a más, pero ahí siguen.

Le hablamos del horno. Cuando llegamos a la casa no nos funcionaba el horno. Sigue sin hacerlo.

Estamos cocinando con un solo fogón, que tampoco se puede decir que funcione de maravilla. Cualquier día reventamos.

Ah, y la nevera. Si compramos una nevera nueva cuando llegamos a la casa fue porque la que había congelaba, pero no enfriaba: hubo que tirar toda la primera compra, porque se echó a perder entera.

De repente le entran las prisas y se va. Que llega tarde a no sé dónde.

A los cinco minutos nos llama desde el cajero. Que el ingreso que hemos hecho no ha llegado.

Le pido a Andrés que confirme la operación.

Cinco minutos después vuelve a llamar. Que el ingreso sigue sin llegar a la cuenta.

Nos damos cuenta del error: estábamos ingresándolo en la cuenta de la casa, no en la de la hermana del dueño. De puta madre. Andrés y Eli ingresan su parte de alquiler mensual, con lo que ya es como si hubieran pagado marzo.

Sigue llamando. Que aún no ha llegado. Bueno, vale, hablamos el día siguiente.

Por la mañana, lo mismo. Día primero de febrero. Hago el ingreso de la cantidad que faltaba.

Todavía no estoy ni entrando en la oficina y me llama.

Que no ha llegado.

Acabo de ingresarlo. Lo juro. Acabo de ingresarlo. Que mire por la tarde, que es verdad.

Y no me vuelve a llamar, así que supongo que ya habría comprobado que el ingreso había sido realizado.

Ni se molesta en hacernos un acuse de recibo.

Pero la cosa no termina aquí. Nos instalan la caldera, pero de manera provisional: todo está supeditado a que presentemos una copia del DNI del dueño, para que nos financien la compra.

Estamos a cinco de marzo y todavía no tenemos la susodicha copia del DNI: la de la inmobiliaria no la tenía, y la hermana del dueño no contesta ninguna llamada.

La caldera va bien, pero había que purgar tuberías, con lo que hemos seguido pasando frío durante el mes de febrero.

De modo que el domingo pasado Lluis nos comunicó que se buscaba otro piso que estuviera en mejores condiciones. Cierto es que en cuanto nos lo dijo, Emmanuel puso la calefacción al máximo, para demostrarle que funciona y que si pasa frío es porque quiere, que la calefacción ya llega a nuestras habitaciones y no hay más que encenderla.

La noche del domingo pasado, aparte de no pegar ojo porque no paraba de darle vueltas a la situación, mi dormitorio fue un auténtico horno, con la calefacción puesta al máximo.

Y es que muchas veces somos así: aguantamos y aguantamos, tragamos y tragamos, nos comemos todos los marrones del mundo y reventamos justo cuando todo está solucionado; pero ya no hay marcha atrás.

Cortamos relaciones porque nos hemos pasado mucho tiempo esperando un cambio por parte de la otra persona. Y cuando cortamos, a veces no nos damos cuenta de que la otra persona ya ha cambiado en el sentido en que deseábamos que cambiase. Pero ya es tarde.

Nos vamos de un trabajo porque la situación insostenible nos termina pasando factura. Deseamos cambiar de aires, o que nos traten con dignidad. Pero cuando nos vamos, la situación ya está en vías de mejora.

Abandonamos una vivienda en la que hemos vivido en condiciones inferiores a las deseables cuando todo empieza a encauzarse. O cuando ya se ha encauzado pero no somos capaces de hacer algo tan simple como darle a un botoncito para que la calefacción llegue a nuestras habitaciones.

Nos arrojamos por la cornisa de un edificio en llamas cuando los bomberos ya está empezando a desplegar la lona. Nos dejamos morir de frío e inanición cuando estamos a sólo una jornada del depósito de alimentos. Las aguas nos engullen, nos dejamos ir, los pulmones se nos encharcan y desaparecemos bajo las aguas cuando el equipo de salvamento nos está arrojando un flotador o un chaleco salvavidas.

Muchas veces lo sabemos, tenemos el íntimo convencimiento de que la situación está solucionada, pero ya hemos soltado amarras y queremos lanzarnos a la aventura. Porque nos conviene, para nuestro desarrollo personal. Porque el precio de mantenerse en un entorno viciado implica que ya no habrá más oportunidades, pues el límite de tolerancia es ínfimo. Porque no sabemos cómo dar marcha atrás.

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