sábado, 25 de febrero de 2006

¿Recuerdas la primera vez?

Como dice la canción de Pulp:

Do you remember the first time?
I can't remember a worse time
but you know that we've changed so much since then
Oh yeah, we've grown.

Seguro que todos podéis recordar la primera vez que os disteis un beso, que le pedisteis u os pidió que salierais juntos, que hicisteis el amor, que discutisteis y que cortasteis; la primera reconciliación, la primera cita y el primer desengaño; la primera vez que hicisteis ojitos, el primer episodio de celos y los primeros cuernos (que os pusieron y pusisteis); el primer roce con intención, el primer beso robado y la primera sonrisita bobalicona que se os puso cuando os despedisteis en su portal, antes de que pasara nada; el primer baile, el primer revolcón en el parque y la primera vez que hicisteis manitas; la primera noche durmiendo juntos, la primera noche de insomnio por su culpa y la primera noche conscientes de que ibais a dormir solos; la primera masturbación, el primer sexo oral y la primera vez que se negó u os negasteis a ello (y el porqué); la primera toma de conciencia de que aquello no funcionaba, la primera tentantiva de dejarlo y la primera vez que estuvisteis a punto de dar el paso y luego disteis marcha atrás.
Todos recordamos esas cosas, a no ser que fuéramos muy borrachos o muy drogados o tengamos una capacidad inaudita de autoengaño. Otra cosa es que en ocasiones no queramos reconocerlo, que también sucede. Yo mismo mentiría o daría la callada por respuesta si me preguntarais por alguna de las primeras veces que hice o me hicieron alguna de las cosas que apunto en esta anotación.
Todos preferimos recordar lo bueno o lo malo, según el momento personal, emocional y anímico en que nos encontremos, y rechazar lo que no se ajuste a ello.
Pero lo he puesto muy fácil: estoy hablando de sensaciones reconocibles que implican conciencia de estar realizando un acto. Un beso, una escena de cuernos, un momento de llanto, el roce de una mano, un pezón erecto o un orgasmo son momentos de los que somos conscientes en el momento de realizarlos. Tal vez no calibremos las consecuencias, ni sepamos qué nos ha llevado a esa situación, pero sabemos qué estamos haciendo en el momento en que sucede.
Pero ¿cuántos recordamos la primera vez que se produjo un hecho invisible, cuyos efectos no se manifestarán hasta más tarde?
No sé en qué momento empecé a incubar un cáncer, pero tuvo que haber un momento, una fracción de segundo en la que no lo tenía y, tan sólo una fracción de segundo después, ya estaba enfermo. Una célula que empezó a crecer de manera incontrolada. Y, antes que eso, tuvo que haber un detonante. Una fracción de segundo en la que no se daban las circunstancias para que lo desarrollara (y aquí podemos apelar a la genética, el estrés o un virus, todas ellas aceptadas como posibles causas del linfoma de Hodgkin), y la fracción de segundo siguiente ya tenía todas o muchas papeletas para enfermar.
Sustituid mi cáncer por todo aquello que padecéis, habéis padecido o padeceréis, vosotros o los vuestros.
Tampoco sé en qué momento me empezaron a gustar las chicas que me han gustado, me gustan y me gustarán. O yo a ellas. Es posible que me esté empezando a gustar alguna chica y todavía no sea consciente de ello; o yo a ella, y ella tampoco lo perciba hasta que ocurra algo, un cruce de miradas, una mano posada sobre la suya más tiempo del prescrito por las normas de conducta consuetudinarias, un lapsus delator en una conversación. El aleteo de unos párpados engendrando un huracán en mi corazón.
No sé lo que ha sucedido o está sucediendo sin ser consciente de ello, ni lo que sucederá; sólo puedo hablar de las experiencias reconocidas como tales, percibidas como hechos y explicadas por los medios de que dispongo (la escritura, la voz y los gestos).
Y la experiencia dice que muchas primeras veces nos quedan ocultas, y en ocasiones no las reconocemos hasta mucho más tarde. O nos quedamos sin reconocerlas.
Y, generalmente, las olvidamos cuando sus efectos se manifiestan. O las olvidaríamos si hubiéramos sido capaces de reconocerlas.
Todo este rollo para contaros que recuerdo perfectamente mi primer beso, la primera vez que salimos (y cómo nos convertimos en pareja), nuestra primera conversación sobre anticonceptivos, la primera vez que nos acostamos, la primera vez que la vi dormir junto a mí, la primera bronca, la primera separación, el primer orgasmo dentro de ella, la primera ruptura, la primera vez que otra chica me volvió a hacer tilín, la primera vez que me volví a acordar de ella mientras intentaba acordarme de la chica que me había hecho tilín, la primera vez que volví a enrollarme con otra chica, la primera carta de amor que me escribió, la primera vez que volvimos a vernos (y de qué manera nos dijimos que éramos pareja), la primera vez que nos acostamos, la primera vez que nos acostamos borrachos, la primera discusión, la primera vez que cortamos, la primera vez que nos reconciliamos, la primera vez que pensé en irme con otra, la primera noche que me estuvo acompañando en el hospital, la primera vez que me lanzó un ultimátum, la primera vez que invité a salir a una chica después de que cortáramos, la primera carta de amor que envié por correo electrónico (porque me daba corte decírselo en persona), las primeras calabazas explícitas que he recibido, la primera vez que otra chica me besó, la primera vez que otra chica y yo nos besamos, la primera vez que dijo de dejarlo y la primera vez que nos volvimos a liar.
Lo recuerdo todo; pero no recuerdo cómo las conocí.
¿Os lo podéis creer? No recuerdo la primera vez que vi a algunas de las chicas de las que acabo de hablar. Sí puedo recordar la primera vez que me di cuenta de que me gustaban, pero no guardo ningún recuerdo de la primera vez que las vi.
En el momento en que empezamos a salir, Laura era una de mis mejores amigas, desde hacía nueve años, pero no recuerdo el momento en que nos convertimos en amigos. Habíamos estudiado juntos en el instituto, en tercero de BUP y en COU, pero tampoco recuerdo la primera vez que la vi. Tal vez fuera ella quien me dijera algo, pero la amistad surgió más tarde, año y pico después, ya en COU.
Con Alicia, casi lo mismo. Nos hicimos amigos en cuarto de carrera, pero ya nos habíamos visto alguna vez, porque éramos de la misma promoción, aunque en los cursos comunes no habíamos compartido clase. Estoy seguro de conocerla de vista en tercero, porque era delegada de su curso y la vi hablar una vez que fuimos a protestar al rectorado, ya no recuerdo por qué motivo. (Por la primera guerra del Golfo, tal vez; o para que nos pusieran calefacción: en Cantoblanco hacía un frío que pelaba.) Debí de haberla visto alguna vez que me acercara a saludar a Arancha o a Isa, y seguramente coincidimos en el tren que nos llevaba a Cantoblanco; pero hasta que empezó a juntarse con nosotros en cuarto no la conciencié como amiga.
Otro tanto puedo decir de las demás chicas que me han gustado. Pudimos habernos conocido de mil maneras distintas, pero sólo fui consciente de ellas tiempo después, cuando sucedió o dejó de suceder algo que me hizo ponerme sobre aviso. Rara vez he tenido amores a primera vista. Bueno, sí, los he tenido, ¿quién no?, pero rara vez ha habido continuidad y he seguido teniendo trato con ellas.
Por supuesto, lo que estoy contando no es aplicable sólo a las chicas que me han gustado. También vale para mis mejores amigos.
Javi me cuenta una anécdota buenísima. Ya nos conocíamos desde primero de EGB, pero sólo empezamos a ser amigos en tercero o cuarto. Yo era un chico huraño y asocial. Jugaba muy mal al fútbol, de modo que andaba solo durante el recreo. Me iba a los soportales del patio y jugaba a los juegos que me inventaba.
Un día, Javi me vio jugar con la arena. Estaba dibujando algo con las manos.
-¿Qué haces? –me preguntó.
-Una nave espacial. ¿Te subes conmigo?
Y desde entonces. Han pasado veintiseis años, que se dice pronto. Pese a la distancia, sigue siendo mi mejor amigo, y tengo unas ganas enormes de conocer a la pequeña Rubina, que nació hace ocho días y a la que considero una sobrina más (como a Ruggero). Y todo empezó con un viaje en una nave espacial.
Pero esto lo sé porque él me lo contó una vez, años después. Yo ya no lo recordaba.
¿Por qué somos así? Ni idea. Supongo que porque las grandes cosas de la vida suceden de una manera inadvertida. No suele haber ningún enorme cartel que diga “AQUÍ ESTÁN DESCUBRIENDO LA PENICILINA”, ni fotógrafos acechando para captar el momento en que te presentan a la que puede ser una persona fundamental en tu vida. Aunque no estaría mal. Imaginaos como si fuérais Terminator, visualizando dato tras dato en vuestra terminal, a medida que vuestra mirada se posase sobre algún objeto o persona.

Esa chica será tu novia dentro de cuatro años, seis meses y cinco días. Pero no en Barcelona, sino en Londres, donde te la presentarán en casa de unos amigos a los que conociste en una fiesta en tu casa, pero a quienes aún no consideras amigos.

En esta curva se matará el vecino del sexto dentro de cinco meses y trece días. Se quedará dormido y se comerá el quitamiedos.

Ese de la camiseta de Fanhunter con el que te acabas de cruzar en el Paseo de Gràcia dejará dentro de diez días un mensaje en un foro al que aún no estás suscrito, a raíz del cual terminaréis siendo buenos amigos.

Aquel niño de los pantaloncitos a cuadros se casará con tu sobrina dentro de veinticuatro años, tres meses y ocho días. Tres años y once días después, tendrán gemelos, uno de los cuales se llamará Juan Manuel. Pero tú no lo verás, porque…

¿Que no estaría mal, he dicho? Lo retiro. ¡Sería horrible! Prefiero ir descubriendo la vida a medida que los hechos se sucedan, pensar en el momento presente y en lo que hace que mis amigos sean mis amigos, mis chicas sean mis chicas y yo sea el amigo y chico de ellas, en vez de preguntarme por un futuro que tal vez no llegue. Pero a veces no puedo evitar pensar en ello, en esa sensación de “¿Pero cómo no lo he visto antes? ¡Lo he tenido delante de mis narices durante todo este tiempo!” que me asalta cuando por fin soy consciente de que tal persona me está empezando a gustar o está empezando a ser importante en mi vida, y no lo he visto venir.
¿Vosotros no tenéis o habéis tenido esa sensación?

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jueves, 23 de febrero de 2006

Cita ineludible

Si no me encontráis el finde del 1 al 3 de junio, lo más probable es que me haya liado la manta a la cabeza (si las economías lo permiten) y me anime a ir al Primavera Sound de este año.

¿Motivos?
Hace mucho tiempo que no voy de conciertos, y me apetece pegar botes, que últimamente estoy como muy oxidado.
Lo tengo al lado de casa, como quien dice. Antes era mejor, porque se celebraba en el Poble Espanyol y podía regresar a casa caminando. Ahora es más coñazo, porque el Fórum está en la quinta puñeta, pero sigue siendo una ocasión única de ver concierto tras concierto sin salir de mi ciudad.
El cartel de este año es la hostia, como de costumbre.
Me apetece volver a ver a Mogwai (después de verlos en uno de los conciertos más impresionantes que he visto, escuchado y sentido en toda mi vida), Yo La Tengo y La Buena Vida. Me podré quitar la espinita de no haber visto tocar en sus años mozos a Dinosaur Jr., Killing Joke y Violent Femmes. Me pondré al día con fenómenos del calibre de Sleater-Kinney, Yeah Yeah Yeahs y Animal Collective. Tacharé de la lista de clásicos modernos pendientes de ver en directo a Stereolab, Lambchop y Flaming Lips. Descubriré a algún grupo nuevo, la Última Gran Promesa, que seguramente se me esté pasando por alto mientras husmeo el cartel del evento. Lo fliparé con Motörhead...
...y sobre todo, por encima de todas las cosas, estaré lo más cerca que pueda del escenario cuando comience la actuación de los Surfin' Bichos.



Justo cuando estaba ciscándome en todo lo ciscable por no haber podido ver en directo a Chucho ni a Mercromina, disueltos hace pocos meses, van los Fernando Alfaro y compañía y deciden regresar bajo la marca que los hizo famosos y respetados, uno de los ejes de la música popular española de los años noventa. Los albaceteños más inquietos y brillantes después de mi amiga Lola (¡hola!), los telepredicadores del rock español hacen borrón y cuenta nueva, recapacitan tras la ruptura de 1994 (que nos trajo como consuelo que, en vez de un discazo de los Surfin' Bichos, cada dos años teníamos un discazo de Chucho y otro de Mercromina) y vuelven a los escenarios.
Eran necesarios en su momento. (¿Cómo olvidar "Gente abollada", "Fuerte" o "El final de una quimera"?) Lo fueron mientras tocaban, por separado, como Chucho ("Un ángel turbio" o "Abre todas las ventanas") y Mercromina ("En un mundo tan pequeño" o "Evolution"). Lo serán ahora, otra vez.
Lo dicho: no me lo pienso perder. Si me queréis acompañar, ya sabéis dónde estaré. En un momento dado, hasta podemos montar una kedada y todo.




sábado, 18 de febrero de 2006

Un lugar en el mundo

A veces me pongo muy pesado con lo mucho que echo de menos tal o cual cosa. Quien entre en este blog va a pensar que me paso todo el día añorando una vida pasada que tal vez ni siquiera tuve, incapaz de mirar, vivir y disfrutar el momento presente. Sin ser del todo falso (la sangre gallega me ha predeterminado a tener morriña), sí es cierto que echo a faltar algunas de las cosas que tenía en Madrid y que han marcado mi personalidad durante los primeros treinta y dos años de vida. No tengo derecho a hablar de Madrid con la saudade con que uno se refiere a los paraísos perdidos; al fin y al cabo, me fui porque quise, regreso siempre que quiero y, salvo algún quítame allá esos atascos o el creciente desencuentro entre mi ideología y la de mis amigos del barrio en asuntos políticos, sigue siendo mi ciudad. Allí aprendí a reír, llorar, amar y odiar. (No, a caminar no: eso fue en la playa de Alicante, durante el verano del 71.)

Al principio era peor. Recién instalado en Barcelona, salía a cabreo por viaje. Cada vez que iba a Madrid echaba algo a faltar. Iba con visitas barcelonesas, les hacía el tour básico y, cuando intentaba enseñarles algún bar o garito de mi adolescencia, ya lo habían cerrado. Terminas acostumbrándote: es parte del progreso. Unos locales cierran, otros abren. Cuando vuelvo a Madrid y hablo de algún lugar con mis amigos, no puedo evitar añadir la coletilla “si sigue abierto, claro” o preguntar directamente: “Oye, ¿sigue abierto tal sitio?”

En mi barrio, sin embargo, tardé más en acostumbrarme al cambio. Me bajaba en el metro Lista, cuando llegaba desde el aeropuerto, o en la parada del 26 que hay en Conde de Peñalver frente al colegio Calasancio, si volvía desde Atocha, seguía camino por Ortega y Gasset hasta Alcántara, notaba algo extraño, una sensación como de echar a faltar un escaparate o un andamio, y ya estaba formulándome preguntas mientras empujaba mi maletita de ruedas. ¿En qué momento abrieron una heladería enfrente del quiosco del Chispa? ¿Cuándo le traspasaron el ultramarinos Provencio a unos chinos? ¿Desde cuándo hay liquidación en la tienda de ropa de Juanita? ¿Quién ha puesto ahí la tienda de la esquina? ¿Ahora resulta que han convertido en sala mariachi el Selene Club, el putiferio donde entrábamos cuando éramos críos, intuíamos bajo la luz roja a señoras con poca ropa hablando a media voz con señores encorbatados y salíamos corriendo a toda leche?

O bien salía a dar una vuelta y me llevaba un disgusto cada veinte metros. ¿Desde cuándo hay parquímetros en Madrid? ¿De verdad han tenido los huevos de echar abajo las cocheras de la EMT para construir viviendas de lujo? ¿Pero no iban a hacer un parque y un polideportivo? ¿Ha cerrado La Rotonda? ¿Han puesto un bar donde estaba la oficina de Correos? ¿Ha cerrado Almacenes España? ¿El Corte Inglés ha comprado Rubiños, la librería más antigua de España (como gustaban de publicitarse)?

Tardé un par de años en acostumbrarme, en comprender que estoy viviendo en Barcelona, que cada vez voy menos por Madrid y que, lógicamente, es ahora cuando empiezo a ver las diferencias entre ambas ciudades, y que ninguna de las dos es mejor que la otra. Continúo haciendo comparaciones, por supuesto. El transporte público de Madrid es mejor que el de Barcelona, sobre todo el metro. Barcelona está mucho más limpia y cuidada que Madrid. Si pides un suizo, en Barcelona te dan chocolate con nata; en Madrid, un bollito pequeño recubierto de azúcar.

Sí, son muchas las cosas que echo de menos de Madrid. También echo de menos personas, muchas personas. Voy perdiendo contacto con algunas, y no me gusta. Y mi vida está cada vez más hecha en Barcelona. Al mismo tiempo, sigo siendo de Madrid. Y llegará un momento en que sea más barcelonés que madrileño, por una cuestión de hechos consumados.

Y empezaré a echar de menos la Barcelona que conocí cuando me vine a vivir aquí.

De hecho, ya he empezado a echar de menos lugares concretos de mis primeros momentos en Barcelona. Y supongo que eso me hace ser más barcelonés. Ya puedo hablar de mi pasado en Barcelona, una ciudad que, como todas las ciudades, también Madrid, está sujeta a cambios, es dinámica y no espera a nadie. Todo el proceso de pérdida de referentes en Madrid, que durante un par de años identifiqué con la pérdida de mis raíces, no es más que un extrañamiento producido porque la ciudad cambia; si ya lo hace cuando vivo en ella, cuando paseo por sus calles, ¿cómo no va a hacerlo cuando estoy a seiscientos kilómetros?

Seguro que si regreso a la casa de mi tía, en la calle Diputació esquina Villarroel, donde residí los dos primeros meses de mi estancia en Barcelona, no reconoceré gran cosa. Al ser nuevo en la ciudad, mis mecanismos de reconocimiento aún no funcionaban. Cierto, había estado muchas veces en Barcelona, conocía las zonas turísticas y tengo un sentido de la orientación envidiable, que hace que mis amigos me llamen “El GPS”. Pero no estoy hablando de mis conocimientos de la Barcelona turística, sino de aquel barrio. Sólo me sabía los caminos de ida y vuelta al trabajo y a casa de Marta y Humberto. Al no hacer vida de barrio, tampoco conocía al quiosquero ni a los dueños del restaurante de abajo, y apenas traté con la gente del colmado. No tenía ni la menor idea de que a sólo cinco minutos de caminata, cruzando la Gran Vía, tenía los cines Renoir Floridablanca, y que a cinco minutos, en dirección Aragó, tenía otros cines de versión original, los Meliés. Todo eso lo descubrí más tarde. También estaba al lado del Raval, y yo sin enterarme: lo asociaba con el barrio antiguo y deprimido que era cuando venía aquí de manera ocasional, por ejemplo en la hispacón de 1991, que se celebró en la Casa de la Caritat, al lado de lo que ahora es el corazón moderniki de la ciudad: el MACBA y el CCCB, y que entonces era un barrio chungo de cojones. Un par de años después de vivir en aquella zona del Eixample, Yolanda me llevó a un bar de copas que estaba justo enfrente de la casa de mi tía. Y a mí ni me sonaba. Tal vez no estuviera allí por aquel entonces, pero a lo mejor sí.

Tampoco sería capaz de reconocer el barrio del Clot y alrededores. Durante cinco meses estuve viviendo al final de la calle de Valencia, pasada la Meridiana. El Clot es un barrio residencial, sin mayores encantos que los del mercado homónimo, que está relativamente cerca de donde vivíamos. Algo más hacia mi trabajo, la zona de la plaza de les Glòries Catalanes está experimentando un cambio urbanístico muy interesante. Lo que era una zona de casas bajas, como el barrio de la Ventilla de Madrid, se convirtió de la noche a la mañana en pasto de especuladores, con el proyecto 22@. La torre Agbar estaba en una fase inicial de construcción cuando regresaba de una noche de marcha en el Poblenou. El almacén de la distribuidora estaba en la calle Tánger, y allí hicimos algún envío, Alejo, Andreya, Álex y yo. No tardamos mucho en irnos a una nave de una empresa de logística, en Granollers, donde los operarios se encargaban de la manipulación del material. De todos modos, la distribuidora cambió de ubicación, con lo que aquellos días de locos ya son irrepetibles. Apenas a cien metros de allí estaba la zona de copas por donde salía al principio de mi estancia en Barcelona. El Fórum, el 22@ y la torre Agbar son sólo el aspecto visible de un fenómeno más amplio, la conversión de esa zona de Barcelona en un distrito financiero. Donde antes había polígonos industriales abandonados se levantó la Villa Olímpica. Donde fusilaban a los rojos y nacionalistas durante la posguerra se erigió el Fórum, y de camino se revalorizó el precio de la vivienda en el barrio de La Mina, con lo que se han terminado largando los quinquis que le daban mal nombre. Donde hay un mercadillo de productos robados van a soterrar la Gran Vía. Entretanto, queda una interzona de nadie, un paraje urbanístico absolutamente descabellado. De noche, la iluminación de la torre Agbar le da un toque futurista a la zona, mientras sales del metro Glòries por una zona de casas bajas que parecen sacadas de la posguerra, el recién reinaugurado tranvía pasa a tu lado como una exhalación y te encaminas hacia la zona de copas, cruzando un puente sobre una vía que te recuerda los años dorados de aquel polígono, cuando en lo que hoy son los bares de copas se gestaba la prosperidad de la Barcelona industrial. Las viviendas al gusto burgués, indistinguibles de las del Eixample, conviven con naves y descampados, con casas okupas y hoteles de lujo recién levantados. Cuando sales del Razzmatazz, exhausto tras una noche de sudor y baile, tomas algo en la churrería que hay en la puerta del metro Marina. A un lado de la Meridiana tienes el Auditori y el Teatre Nacional; a lo lejos, al final de Marina, las torres gemelas del edificio Mapfre y el hotel Arts, los edificios más altos de Barcelona. Estás en pleno siglo XXI, en una novela ciberpunk; pero también en los años cincuenta, en una versión barcelonesa de Tiempo de silencio. Y no hay término medio. De momento. Dentro de cinco años, a lo sumo diez, todo este sector de Barcelona habrá sufrido (o se habrá beneficiado de: tampoco hay que añorar por añorar) un lavado de cara radical y no habrá quien lo reconozca. A veces me cuesta reconocerlo, y sólo llevo tres años y medio aquí…

En el Poblenou estaba el Déjàvu, mi disco bar favorito en los dos primeros años de estancia en Barcelona. No recuerdo la primera vez que fui por allí, pero sin duda debió de ser con Álex y Núria, y tal vez con Montse y Anita.

El Déjàvu era cojonudo. Aunque DJ Peter Pan era bastante aleatorio: unas noches podía hacer una sesión casi perfecta (el “casi” estriba en que siempre, no sé cómo, se las arreglaba para cortarnos el rollo haciendo cosas raras, poniendo canciones que no venían a cuento, cambiando el ritmo sin motivo) y otras no había dios que lo aguantara. Pero en conjunto estaba bastante bien. La música no estaba demasiado alta, los precios de las consumiciones en barra eran razonables y el local era espacioso: una nave reconvertida en local de copas.

Casi nunca estaba lleno cuando llegábamos. Nos íbamos a cenar a Gràcia, generalmente a algún libanés, o bien a un japonés (nuestro querido Machiroku) y de ahí salíamos hacia la calle Sancho de Ávila, pasado el tanatorio. Había un par de locales de las mismas características, pero el que nos gustaba era el Déjàvu. Hacia la una de la mañana no había nadie. Tomábamos posesión de un rinconcito en el que siempre conseguíamos dejar las cosas, excepto un par de veces que aquello estaba abarrotado y nos tuvimos que situar en el otro extremo de la sala. La música sólo se empezaba a animar hacia las dos y media, y entonces empezaba el cachondeo. Canciones del momento (cuando llegué a Barcelona, U2 y Red Hot Chili Peppers; hacia el final, The Strokes). Una serie de canciones nostálgicas para treintañeros con alma ochentera: Soft Cell, Ramones, New Order. Momentos españoles: Fangoria, Los Planetas. Sonidos más contundentes: Rammstein, Chemical Brothers, Prodigy. Y para el cierre, algo relajante, como Fresones Rebeldes o La Buena Vida.

Así nos pasamos, sábado tras sábado, durante dos años. Allí llevé a Ricardo, cuando todavía vivíamos en la calle Valencia, después de una fiesta mexicana en casa; había tomado muchos porros y no se enteraba de nada. Allí llevé a Manolo y Miriam cuando vinieron a verme. Allí culminamos alguna comida entre frikis, aprovechando la venida de Natalia y Gorin. Allí terminamos una cena navideña de empresa, aunque el local estaba cambiado: era viernes, y los viernes el Déjàvu cambiaba el nombre y se convertía en una sala latinoamericana. Si había fiesta argentina, cojonudo: la cerveza Quilmes corría por doquier.

Y un sábado, hace ahora un año, fuimos para allá y ya no había Déjàvu. Hablé con los seguratas y me contaron la situación. Como el Déjàvu no era rentable y la sala latina sí, la dirección de la empresa decidió suprimirlo y repetir ambiente latino los viernes y los sábados.

¿Qué haríamos, entonces? Cuando nos echaban del Déjàvu, a eso de las tres y media, casi siempre íbamos al Begood, que pertenecía al mismo grupo que el Déjàvu y estaba como a cien metros. La música era peor, pero a veces estaba bien. Antes. No ahora. Fuimos un par de veces y aquello era inaguantable, así que dejamos de ir por la zona, excepto para entrar en el Razzmatazz, por el que encima hay que pagar. El año pasado eran doce euros; ahora, no sé, creo que catorce. Y la música del Razzmatazz es la misma que había en el Déjàvu, aunque un poco mejor, porque DJ Amable es un auténtico crac, y a DJ Peter Pan se le notaba la inspiración.

También han cerrado la chocolatería Xocoa, en la calle Petritxol. Me encantaba ir allí a tomarme un chocolatito con churros o incluso con melindros, aunque ese tipo de bizcochos nunca me ha hecho demasiada gracia, lo noto muy seco e insustancial, como para viejas.

El emplazamiento del Xocoa es ideal. La calle Petritxol discurre en paralelo a la Rambla, entre la calle Portaferrisa y la plaza del Pi. La iglesia del Pi es una de las más bonitas de Barcelona, con esa planta basilical y el inmenso rosetón gótico de la fachada. Los alrededores también son ideales: la plaza, con el mercadillo de productos naturales y los pintores cubriéndolo todo con sus lienzos. Las tiendas de anticuarios. Las galerías Maldá, donde hasta hace tres años había un cine de reestreno muy interesante, el Maldá, en el que el público votaba las películas que se proyectaban.

Pero la calle Petritxol tenía más encanto, si cabe. Es una calle llena de chocolaterías. Xocoa era la mejor de todas. Contigua al Xocoa había una tienda de chocolates. Dejar todas aquellas maravillas tras el escaparate era una invitación al incivismo y el alunizaje.

En Xocoa me metí mis buenas meriendas, algunas de ellas gratísimas, como cuando Ana vino de Madrid y estuvimos degustando chocolate con churros, como si estuviéramos en San Ginés.

También ha cerrado. Una tarde me acerqué por allí, buscándola, pero no la encontré. Supuse que la había pasado de largo, o que en aquel momento no estaba abierta, o tal vez me había desorientado, por entrar desde Portaferrisa en vez de la plaza del Pi.

Otra vez me volvió a suceder. Sólo estaba la tienda. Habían cerrado mi Xocoa. Desde entonces, Barcelona es un poquito menos dulce. Cierto, todas las chocolatería de la calle Petritxol son buenas, pero mi corazoncito y mi glucosa se quedaron en Xocoa.

Otro lugar que echo de menos es el Arran, la taberna de okupas que hay en la calle Premià, junto a la plaza de Osca, en el barrio de Sants. La conozco desde antes de empezar a vivir en Barcelona. No recuerdo cómo llegué a parar allí. En aquella época servían menús de mediodía por mil pelas. Los precios tan ventajosos se explicaban por el hecho de que el Arran formaba parte de una asociación muy vinculada al movimiento okupa. Trabajaban con precios muy ajustados. La cerveza salía algo más cara, con precios cercanos a los de cualquier bar, pero la comida estaba tirada. El local, además, era muy coqueto. Aquellas cinco o seis mesas tenían un toque “de barrio” que lo hacía encantador. Al fondo había una librería y centro de documentación.

Como digo, ya no recuerdo con quién fui la primera vez que estuve en el Arran. El caso es que regresé con Iván y Ángel, cuando estuvieron aquí en el Primavera Sound (tenían el hostal justo al lado) y durante un rato les estuve haciendo de intéprete del catalán al castellano. Iba mucho con Yolanda, pues vive cerca y además se encarga de la sección de críticas de cine de La Burxa, el periódico “okupa” del barrio de Sants, cuyo contacto era camarera en el Arran. Cuando me mudé a la avenida de Madrid seguí frecuentándolo, con mayor asiduidad, pues lo tenía bastante cerca de casa. Empecé a llevarme a Emmanuel, que se hizo fijo. También llevé a Aleix, que se hizo igualmente fijo. Y a Lluis. Casi todos los inquilinos de las casas de la Avenida de Madrid y la calle Arizala han estado en el Arran. Reconozco a la clientela. El pesado que se te adosa y te da conversación. Las chicas de La Burxa. La anciana que siempre está con su hijo cuarentón, cualquier día de la semana, a cualquier hora de la tarde o de la noche.

El Arran fue prosperando. Empezaron a poner pintxitos vascos. Los bocadillos seguían estando de muerte, en especial el de lomo y queso. Yoli seguía publicando críticas en La Burxa, y yo seguía llevando a mis amigos: Álex, Lily, Pau…

Y un día me llegó el mazazo: el Arran iba a cerrar.

No sabía más.

Me jodió. Que me cerraran el Xocoa, pase: hay otras chocolaterías en Barcelona, y sin salir de la calle Petritxol. Que cerrara el Déjàvu ya era una putada, porque muchos de los mejores momentos que he tenido en Barcelona han ocurrido allí; pero bueno, terminamos saliendo por el Razzmatazz, y a veces por el Apolo y, aunque se echaba de menos el ambientillo del Déjàvu, no era una pérdida irreparable. Pero lo del Arran fue un golpe bajo. ¿Dónde iba a encontrar otro bar con mejor relación calidad precio?

Más tarde me enteré de algunos detalles. La gente del centro de documentación había partido peras con los del bar. El Arran cerraba, pero de manera provisional. Iban a hacer obras de reforma y ganar para el bar el espacio del centro de documentación.

Las obras duraron unos cuantos meses; se prolongaron más allá de las fechas que nos habían prometido. Parecía que aquello no abría nunca. Mientras tanto, la zona de la plaza de Osca se dinamizó. Los del centro de documentación abrieron una librería muy interesante en la calle Riego. Justo enfrente abrió una tetería monísima.

Pero yo echaba de menos el Arran.

Y, así como son las cosas, cuando lo reabrieron, a finales del año pasado, con el nuevo nombre de Terra d’Escudella, ni tuve tiempo de pasarme. Y no he vuelto hasta bien entrado el mes de enero, cuando Emmanuel regresó de sus vacaciones navideñas en México.

¿Por qué extraño motivo me pasé cuatro meses echando de menos el Arran, maldiciendo las circunstancias que habían llevado a su cierre, lamentándome por el pasado idílico que ya no iba a volver, y cuando reabrió tardé mes y medio en pisarlo de nuevo? No lo sé. Supongo que por miedo a que ya no fuera como antes. No lo es. No es mejor, ni peor. Es distinto. El local está reluciente, se nota que está reinaugurado. Hay más camareros. Ya no dejan los pintxitos en la barra: hay que pedirlos. La cocina es más grande. Donde estaba el centro de documentación han abierto la zona para no fumadores. La comida sigue estando igual de exquisita, sobre todo esos bocadillos de lomo y queso. La anciana y su hijo cuarentón siguen allí, pegados a su mesa. El pesado que se adosa a cualquier conversación, también. Y las chicas de La Burxa. Y si voy con Emmanuel, nos encontramos allí a Yolanda y Olga. Y si voy con Yolanda, nos encontramos con Emmanuel y Patrick. El local ha cambiado para seguir exactamente igual.

Y así, poco a poco, mientras a mi alrededor abren y cierran locales y la gente entra y sale de mi vida y yo entro y salgo de las suyas, voy construyéndome un pasado que echar de menos. Y llegará un momento en que no reconozca nada de lo que me rodea, ni la ciudad ni la gente, y me pueda cabrear y exclamar un “Esta no es mi ciudad, que me la han cambiado” repleto de ira y sentimiento. Y me sentiré tan barcelonés como madrileño. Y estará bien.

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martes, 14 de febrero de 2006

Postales de San Valentín

El hecho de que hoy sea San Valentín y no tenga nadie a quien hacerle un regalito no es que me haga mucha gracia, uno echa de menos ciertas cosas, pero tampoco se puede considerar una tragedia. Es una circunstancia como otra cualquiera. Al fin y al cabo, sólo he pasado emparejado cinco días de San Valentín, y no recuerdo que nos hiciésemos regalos de ningún tipo. Las celebraciones íntimas funcionan mejor en fechas privadas e intransferibles para cada pareja: el día que empezó la relación o la conmemoración de aquel hecho tan significativo para ambos (y aquí podéis poner el que os venga a la memoria). El 14 de febrero no es una fecha mejor ni peor que cualquier otra, si estás enamorado. Y te ahorras cursiladas.
Dudo que el sacerdote romano llamado Valentín tuviese el menor indicio de que su nombre terminaría estampado en tarjetas tirando a horteras, corazoncitos de metacrilato o cadenas de oro blanco cuando, allá por el siglo III, decidió pasarse por el forro el decreto por el que el emperador Claudio II prohibía los matrimonios entre los jóvenes en edad de ser reclutados, por considerar que los solteros no iban a estar pensando en la parienta mientras combatían a las hordas bárbaras que perpetraban barbaridades (valga la redundancia) en los confines del Imperio. Hay que reconocer que Claudio II tenía las cosas bastante claras y que, desde un punto de vista rigurosamente administrativo, tenía más razón que un santo. Pero el santo, finalmente, fue Valentín, quien se negó a poner en práctica el decreto y se dedicó a casar a parejas de jóvenes. Claudio lo llamó a capítulo, Valentín intentó convertirlo al cristianismo, el emperador lo encarceló y, después de devolverle la vista a la hija de Asterius, su carcelero (quien se convirtió a raíz de aquel milagro), fue martirizado un día 14 de febrero del año 270.
De esta biografía debemos colegir que San Valentín, en todo caso, debería ser el santo patrón de los oftalmólogos o los insumisos, por lo general más útiles para la sociedad que los fabricantes de tarjetas tirando a horteras, corazoncitos de metacrilato o cadenas de oro blanco. Y, puestos a juzgar con severidad al santo, actos de desobediencia civil como el suyo contribuyeron a socavar los cimientos del Imperio romano y quién sabe si derrumbarlo. Porque, a fin de cuentas, ¿qué nos han dado los romanos? El acueducto, el alcantarillado, la irrigación, la sanidad, la enseñanza, el vino, los baños públicos, el orden público y la paz, como mínimo. Y a cambio, ¿qué nos ha dado San Valentín? Tarjetas tirando a horteras, corazoncitos de metacrilato y cadenas de oro blanco. Pero bueno, se salva porque nos queda la duda razonable de que inventase la insumisión y la oftalmología; que si no, de qué.
Total, que no termino de ver claro que San Valentín deba ser el patrón de los enamorados, porque de aquellos polvos (la celebración de matrimonios a destajo hace casi dos mil años, me refiero) vienen estos lodos (las tarjetas, los corazoncitos y las cadenas) y no veo yo mucha relación entre una cosa y la otra. Y, ya puestos, su martirio ni siquiera fue el hecho más destacable que el día 14 de febrero le ha legado a la Humanidad.
Todos recordaréis el ajuste de cuentas entre mafiosos que, en semejante fecha, se produjo en un garaje de Chicago. Lo habéis visto en muchas películas, desde Scarface hasta Con faldas y a lo loco. El suceso recibió el nombre de Matanza del día de San Valentín. Los sicarios de Al Capone, disfrazados de policías, mataron a siete miembros de la banda de Bugs Moran, con lo que Capone pasó a ser el amo y señor indiscutido del hampa de Chicago. Era el 14 de febrero de 1929. Como una cosa era traficar con alcohol y otra hacerse pasar por policía para ejercer la violencia porque sí, el FBI se lo tomó como algo personal y no paró hasta encarcelar a Al Capone, bien es cierto que no por sus actividades mafiosas ni por haber ordenado la matanza de siete individuos, sino por no pagar a Hacienda.
Pero no quiero hablaros de matanzas ni de martirios, aunque esta historia le anda cerca, sino de algo mucho más cotidiano. Del San Valentín más inolvidable que me ha tocado vivir.
Durante ocho meses estuve trabajando en una subcontrata de la Biblioteca Nacional, catalogando cassetes, en el depósito de Alcalá de Henares. Había llegado a esa empresa de una manera tan casual como frecuente: durante una conversación en la cafetería de la sede de la Biblioteca Nacional, en el paseo de Recoletos, con compañeras del curso del paro gracias al cual había conseguido un trabajo como autónomo en el servicio de Reproducción y Conservación de Fondos.
Desde siempre me habían gustado las bibliotecas, aunque no me lo planteé como una salida profesional hasta que estaba liado con las oposiciones. Hubo un momento en que estuve a punto de dejar las de Técnicos Superiores de la Comunidad de Madrid, rama jurídica, por unas de ayudantes de bibliotecas, pero finalmente seguí jodiéndome la vida. Cuando enfermé me contrataron por el INEM para trabajar en el Archivo Histórico Nacional, pero tuve que renunciar, porque aquello coincidió con la quimioterapia. Aproveché para empezar un curso a distancia. Una vez recuperado, mi amiga Isa me comentó que acababa de apuntarse a un curso del paro de bibliotecas, archivos y documentación en el IEPALA (Instituto de Estudios Políticos para América Latina y África) y aún quedaban cuatro plazas sin cubrir. Me apunté casi de inmediato. Yo estaba haciendo un curso de redes, pero aquello se me daba fatal, de modo que cuando me pillaron (no se podían compatibilizar dos cursos de formación) y me dieron a elegir, lo tuve fácil.
En total había cuatro grupos de unos quince alumnos. Pero el grupo 4 de aquel curso de quinientas horas iba a hacer historia: de dieciocho que éramos, nos ofrecieron prácticas a todos. Pusimos en marcha un portal de Internet sobre calzado, en un proyecto de IEPALA. Después de eso salimos al mercado laboral, y casi todos terminamos con trabajo. Formamos un grupo de doce, que teníamos afinidades existenciales y un oscuro pasado común: casi todos éramos licenciados en Geografía e Historia de la Autónoma. Vamos, lo habitual en un curso del paro. Seis años después, sigo quedando con ellos, el autodenominado Grupo 4, prácticamente cada vez que voy a Madrid. Aunque se nos han ido descolgando unidades (Ana, Arrate y Azahara), nos vemos en la Taberna de Madrid de la calle San Simón: Icíar y Alfonso, Nacho, Belén, David, Miriam, Iván, Paki y yo, más algunas adquisiciones posteriores. Durante el curso nos reuníamos en el rellano de las escaleras de acceso a IEPALA, en lo que dábamos en llamar «el aula alternativa», o bien nos bajábamos al bar del local de ensayo que había en la planta cuarta, El Lobo de Sanabria. De este modo se constituyó el Grupo 4, como escisión del grupo 4.
Queríamos formar una cooperativa de documentalistas, y de hecho Paki, Belén y yo fuimos a otro curso de formación para cooperativistas. Casi todo el Grupo 4 encontró trabajo de documentalista en una subcontrata del diario El País, con motivo del XXV aniversario de la publicación. Asistí a la entrevista, pero no la superé, de modo que entré en unas prácticas en la Biblioteca Nacional, junto con otros cuatro miembros del grupo 4 que no pertenecían a nuestro Grupo 4: Alicia, Carmen, Gerardo, Nines y Begoña.
Realicé las prácticas en el servicio de Reproducción y Conservación de Fondos. Primero ordené las diapositivas de la Enciclopedia Hispánica de Heráldica de García Carraffa, en los sótanos donde estaba el laboratorio de microfilmado. Después me subieron al despacho contiguo al de Fuensanta Salvador, la jefa del servicio. Allí estuve trabajando a las órdenes de Pilar Oliet y Pilar Álvarez. El despacho también era el de Conchi, la secretaria del gerente. Allí me dedicaba a evacuar expedientes, solicitudes de fotocopia de documentos de la Biblioteca Nacional.
Al finalizar las prácticas, Fuensanta y el jefe del laboratorio, Félix, me reclamaron para trabajar como autónomo en un proyecto muy interesante, una base de datos de libros en mal estado. Las fotocopias que se solicitan a la Biblioteca Nacional se realizan a partir de microfilm, para no dañar los documentos originales. Pero no todos los libros de la Biblioteca Nacional están microfilmados; de hecho, sólo lo está una ínfima parte. La acidez, la humedad y el paso del tiempo los estropean y ponen en peligro, de modo que es necesario restaurarlos. En ese proyecto colaboraba con Inma, del laboratorio de restauración, que dependía de Arsenio Iglesias. Yo me encargaba de administrar la base de datos de libros en mal estado e Inma les ponía una funda, para su mejor conservación en el depósito general o el de manuscritos. Cuando llegaba una solicitud de reproducción, tenía que controlar todas las signaturas existentes del libro solicitado, verificar su estado de conservación, enviar a microfilmar los que estuviesen en mejor estado (si había varios) y, en todo caso, enviar a restaurar los ejemplares dañados. La base de datos llegó a tener dos mil volúmenes.
Las excursiones al depósito general eran una aventura: allí estaba yo, con mi carrito, entre decenas de miles de libros del siglo XVII o el XIX, tal vez la única persona que en aquel momento deambulaba por toda la planta. Imaginaos el final de En busca del arca perdida, pero con libros antiguos. Uno de mis sueños dorados era quedarme encerrado allí y dedicarme a descubrir tesoros bibliográficos. Hay dos millones de libros en el depósito, así que tenía todo el tiempo del mundo si iba espaciando mis pérdidas sin que se notara que lo hacía adrede.
Si me tocaba ir por el departamento de Música, me acercaba a ver a Alicia. Sigue siendo una de mis mejores amigas. Aunque no pertenecía al Grupo 4, era una de las compañeras del grupo 4 con quienes mejor me llevaba; de hecho, fue a ella a quien estuve dándole la paliza con mis neuras cuando corté con Laura, a mitad de curso, y somos muy amigos desde entonces. Formaba parte del grupo con quienes desayunaba, junto con Begoña, Gerardo y otros. Durante una de aquellas conversaciones mañaneras de café y cruasán saltó la liebre: se había puesto en marcha un proyecto para catalogar cassetes en el depósito de la Biblioteca Nacional en Alcalá de Henares. Alicia movió el currículum y la contrataron, pero se quedó en Recoletos, en el departamento de Autoridades del proyecto. Otra compañera de prácticas, Amparo, con la que de vez en cuando salía a tomar algo o ir a conciertos de Los Enemigos, se quedó con ella. De vez en cuando me acercaba a verlas. Compartían espacio con los compañeros que catalogaban cintas de vídeo. Yo iba para allá, con mi bata blanca y el carrito lleno a reventar de libros enfermos, y las jefas de equipo me miraban con una cara de mala hostia considerable: en aquella empresa tenían expresamente prohibido hablar con gente de otras subcontratas de la Biblioteca Nacional, supongo que por miedo a que les contaran cuánto ganaban o las condiciones laborales en que trabajaban. A mí, todo aquello ni me iba ni me venía: yo era autónomo, «una empresilla», como nos llamaban cariñosamente nuestros jefes, y, aunque tenía desventajas, como pagarme la Seguridad Social y no estar cotizando a desempleo, también había ventajas: te trataban como a una persona, al depender directamente de los jefes de servicio. En el laboratorio de microfilm pasé muy buenos momentos, con Félix, Olga, Basi, José el fotógrafo y las compañeras microfilmadoras; y en el despacho de arriba también estuve muy a gusto, con Pilar Oliet y Pilar Álvarez.
Pero mi contrato era por seis meses no renovables, así que tenía que mirar por el futuro. Eché el currículum y acudí a la entrevista, en la sede de la empresa. Debí de caerle muy bien a la coordinadora del proyecto, o vio que realmente me gustaba la música, o me caló al momento como carne de cañón dócil y mangoneable, o decidió que bastaba con que supiera catalogar en Ibermarc; el caso es que a los diez minutos de entrevista estábamos marujeando sobre la situación de la Biblioteca Nacional, como si nos conociéramos de toda la vida. Había un pequeño problema: estábamos en agosto, mi contrato de autónomo finalizaba en octubre y tenía que cumplirlo. A pesar de todo, me esperaron. Empezaba con buen pie.
El depósito de Alcalá de Henares está automatizado y funciona con muy poquitos operarios. Es modélico en la materia.
Pero eso no era aplicable a nosotros. Funcionábamos de otro modo.
Para empezar, estábamos en el culo del mundo. Me tenía que levantar a las cinco y media de la mañana para tomar un cercanías en Recoletos o Nuevos Ministerios a las seis y media. Llegaba a Alcalá y nos tomábamos algo en un bar cercano a la estación, donde esperábamos hasta que llegaba el autobús de la empresa, que nos recogía a eso de las ocho menos veinte. A las ocho en punto entrábamos en el depósito, un edificio situado algo lejos de la ciudad, más cerca de la cárcel de Alcalá-Meco. Hacíamos un alto para almorzar de una y media a dos, más un cuarto de hora para desayunar, a eso de las diez y media u once. Había cafetería, con lo que entre transporte y comida se nos iba buena parte de los setecientos euros que cobrábamos. A las cuatro llegaba el autobús y nos dejaba en la estación de Renfe, donde volvíamos a Madrid. Hasta cerca de las seis no regresaba a casa. Durante los ocho meses que estuve trabajando en Alcalá, dormí una media de unas cuatro horas diarias.
Nuestra sala estaba llena de cajas de cassetes, que traían en palés del depósito, y las clasificaban por años. Cuando alguien concluía la catalogación de una caja, que solía contener dieciséis cassetes, daba parte a la jefa de equipo, que la dejaba en la habitación hasta que se comprobaba que no había ninguna cagada. Nuestra productividad teórica era de dieciséis cassetes diarias, aunque lo normal era que hiciésemos veinte o más, en virtud de cierta forma de presión invisible e indefinible, a la que son muy dadas las empresas que saben cómo utilizarla. Años después, ya en Barcelona, me enteré de que las directrices expresas del departamento de Musica de la Biblioteca Nacional eran catalogar doce cassetes diarias y consultarlo absolutamente todo con Autoridades, donde estaban Alicia y Amparo. No éramos jefes de equipo, así que no podíamos usar Internet más que para comprobar algún dato catalográfico ni teníamos línea directa con Autoridades; el caso es que ni siquiera nos transmitieron sus felicitaciones navideñas.
Cuando entré estaba en Jauja. Había doce chicas y yo era el único chico. Me tenían en palmitas. Me llevaba muy bien con María José, mi compañera. Para empezar, era de mi edad y pasaba de todo, no se creía ninguna de las mandangas empresariales en plan «somos una gran familia» que nos contaban. Teníamos gustos musicales muy parecidos y a veces parecía que hablábamos en clave; bueno, es que con el tiempo terminamos por hacerlo, pero a propósito: hay pocos placeres mayores que descojonarte de una jefa de equipo en sus mismas narices sin que se entere de que te estás desconjonando de ella. Era de las poquitas personas del proyecto que se descojonaba si me daba por ironizar cuando la dueña de la empresa se acercó a visitarnos, soltó el rollo en plan «somos una gran familia» y nos regaló una agenda del año 2002:
-¿Esto qué es? ¿La cesta de Navidad?
Y lo mejor de todo vino una tarde, cuando regresábamos a Madrid en el tren.
-Juanma… Tú eres Juanma, ¿y qué más?
-Santiago.
-Claro. Eres hermano de Enrique.
-Sí.
-Es que eres clavado a él.
María José vivía en la misma casa en la que había vivido mi hermano durante muchos años, en la calle Viriato. Era amiga de Philip, uno de los inquilinos, y de Fernando, el casero. Todo ello no hizo sino acrecentar nuestra amistad. Ahora está trabajando en Córdoba.
Otra buena amiga era Ana, que catalogaba archivo de palabra. A veces nos llegaban cassetes habladas, que no se catalogaban como los registros musicales. Ana se encargaba de ellas, junto con Charo. En ocasiones, la curiosidad me vencía y ponía alguna de esas cassetes. Recuerdo un discurso de Fidel Castro, en dos cassetes, que empezaba de la siguiente guisa:
-¡Commmpañeeerooos!… Esta vez… seremos breves.
¿Dos horas de cinta para un discurso de Fidel? Sí, sin duda fue de los breves.
Sigo en contacto con Ana, es otra buena amiga, nos vemos casi siempre que voy a Madrid y me dio la alegría del siglo cuando vino a Barcelona y pudimos tomar chocolate con churros en el Xocoa de la calle Petritxol y luego salir por ahí con su amiga Rebeca.
La otra amiga que tenía allí era Amaya. Cuando llegué a Alcalá, ella trabajaba en otra subcontrata. Ya nos conocíamos de vista, del curso de IEPALA, y luego habíamos coincidido en las prácticas del portal del calzado. Se incorporó a trabajar con nosotros un par de meses después de mi llegada. Volvíamos juntos en el tren, ella me ponía las canciones que escuchaba en el disc-man y luego nos tomábamos algo por Conde Duque o Lavapiés. Era amiga de Silvia y Regina (con las que también habíamos coincidido en el curso de IEPALA), y de Mari Carmen. Terminó siendo la persona con la que más andaba, aunque nos distanciamos el último mes y pico, pero lo aclaramos todo en cuanto me fui y retomamos la amistad, una gran decisión. Ahora anda por Bilbao, aunque nos vemos con bastante frecuencia, ya sea en Madrid o en Barcelona.
Con Alicia hablaba por teléfono y nos veíamos, pero no decíamos que éramos amigos. Había mal rollo entre Autoridades y los catalogadores de vídeos por un lado y los catalogadores de cassetes por otro, una de estas rivalidades artificiales promovidas por los mandos intermedios de las empresas para que no haya comunicación entre los trabajadores de los distintos departamentos. Divide y vencerás. Funciona.
Por otro lado, ya empezábamos a estar quemados y estrechamos lazos, una solidaridad que se plasmó en un detalle. Cuando anuncié oficialmente que me iba, porque había aceptado la oferta de trabajo de Alejo en Barcelona y aquel era (y sigue siendo) el trabajo de mi vida, las jefas de equipo y coordinadoras no sabían absolutamente nada. Su sorpresa era genuina. El resto de compañeros lo sabían desde hacía un mes, aproximadamente. No había comunicación. El miedo funcionaba.
Cuando dije que me iba, en la cafetería del depósito, Regina me dijo algo que no se me va a olvidar en la vida:
-¿Te has dado cuenta de que eres el primero que se va porque le ha salido algo mejor?
Me lo dijo después de ocho meses currando allí.
El día antes de irnos de vacaciones de Navidad se cayó la red en toda la Biblioteca Nacional. Estábamos en la quinta puñeta, por lo que no podían enviar a un informático, y sin poder utilizar los ordenadores, por lo que no había manera de trabajar. Las jefas de equipo estaban reunidas en la sede de la empresa. Los trabajadores de las demás empresas se habían ido; sólo quedábamos nosotros y algunos guardias de seguridad. Llamamos para quejarnos de la situación, y sólo recibimos unos mensajes de ánimo y vagas garantías de que el problema se iba a solucionar. Elena me enseñó a jugar al mus, junto con Paqui y Maribel. Pasaba el tiempo y no nos llamaban para decirnos que nos fuéramos, ni para darnos instrucciones sobre posibles tareas a realizar sin ordenadores.
Trabajábamos hasta las cuatro. A las cuatro menos cuarto nos llamaron para desearnos una feliz Navidad. (Y para ver si estábamos allí, de paso.)
Como digo, cuando me fui de allí, a mediados de junio, sólo lo sentí por la gente a la que dejaba atrás. Regina, Silvia, Bea, Emilio, Mari Carmen, Maite, Charo, Elena, Miguel, Montaña, Luz, Maribel, Carmen, Paqui, Mamen, Susana, Fátima y, por supuesto y muy especialmente, Alicia, Amaya, Ana y María José.
De las demás miserias que había visto quería olvidarme.
El caso es que el proyecto de catalogación de vídeos se terminó, y reubicaron a los compañeros en el depósito de Alcalá. Alicia y Amparo seguían en Recoletos, pero Javi, Rosa, Carlos, José y demás se vinieron con nosotros.
Tenían mucha experiencia.
Todo aquello les resultaba surrealista.
Tenían criterio. No se callaban.
Y, peor aún, se pasaron de listos. Montaron una red para comunicarse entre ellos, y una vez se dejaron el Messenger abierto.
Los descubrieron.
Sus mensajes no dejaban en muy buen lugar a las coordinadoras y jefas de equipo.
Nosotros no nos enterábamos de nada de aquello. Lo único que notábamos era que estaban cada vez más esquivos y huidizos, que no se mezclaban con nosotros, que salían a desayunar y almorzar por su cuenta, que cada vez respondían con mayor sequedad, que la coordinadora del proyecto estaba allí cada vez más días, que el silencio se adueñaba de todo, que la producción se incrementaba, que las correcciones también aumentaban, que había días que ni siquiera me quedaban ganas de bromear con María José, que ya no nos adueñábamos del radiocassete para poner alguna cinta de rumbas de Lola Flores, algunas peleas en broma por sevillanas de Juanito Valderrama y Dolores Abril, algunas canciones de Pepa Flores o Los Brincos... Agachábamos la cabeza y, cuanto peor era el ambiente, más catalogábamos: veinte, y luego veinticuatro, y luego hasta treinta cassetes. Y la situación era cada vez más tensa.
Un día reventó. Hacía un mes que no comíamos con ellos, porque iban juntos a todas partes y ya casi ni hablábamos, pero aquel día ni siquiera salieron a comer. La coordinadora del proyecto apareció por allí, se los fue llevando uno a uno y, a medida que entraban en la sala, recogían las cosas y se iban, el pánico se iba adueñando de nosotros. Salíamos al pasillo, como si fuéramos a mear o a tomarnos un cafelito, y Javi se acercó, se despidió, nos dijo algo del tipo «Venga, seguid así, calladitos, que os va a ir muy bien en la vida» y se largó. Después, la coordinadora se fue.
Era catorce de febrero. San Valentín.
No sabíamos qué hacer, con la cabeza gacha. El cielo se había desplomado encima de nuestras cabezas. En Recoletos también habían echado a Amparo. Alicia se libró porque descubrieron que no tenía nada que ver con ellos, aunque también la habían estado investigando.
Estuvieron vetados durante un año por la Biblioteca Nacional. Después se fueron reincorporando a otras empresas relacionadas con la Biblioteca y, como son buenos, allí siguen.
Como también se había ido alguna jefa de equipo, aproveché para poner algo de música. Por supuesto, sin que las «interinas» se coscaran de qué iba la cosa.
Era fácil: entrar en Ariadna, localizar la signatura de la cassete y buscarla en los estantes, o pedírsela a quien la estuviera catalogando en aquel momento.
La elección también era fácil.
Durante media hora, una quincena de compañeros pudieron escuchar la banda sonora de El Padrino, cortesía de la casa, sin levantar la cabeza del ordenador, mientras María José y yo decíamos maldades en clave, a media voz.
Una de las compañeras que se habían quedado a modo de jefas de equipo interinas no entendía nada.
-Es para conmemorar el aniversario de la matanza de San Valentín –le comenté, para acallar su estupor.
No sirvió de nada. Siguió sin entender nada durante el resto del día. Y supongo que así seguirá, porque después de aquello siguió trabajando para la empresa y subiendo en el escalafón hacia el cielo de los jefes de equipo.

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viernes, 10 de febrero de 2006

Momentos de vinilo

Echo de menos muchas cosas de Madrid. Añoro el parque del Retiro en otoño, con una alfombra de castañas pilongas cubriéndolo todo, y las ardillas de La Chopera, que desaparecieron de un día para otro. Ir de tapitas por la Cava Baja o alrededores, tomarme unos huevos estrellados y un Protos. Salir por el Malandro o La Vía Láctea, en Malasaña. Darme una vueltecita por el barrio un atardecer de verano o una tarde de sábado invernal, pasarme por el parque de Eva Duarte de Perón y bajar por Doctor Esquerdo hasta O’Donnell, o agarrar Velázquez arriba hasta el Vips de López de Hoyos y luego dar la vuelta por la Avenida de América. Ir a la Taberna de Madrid con mis adorados compis bibliotecarios del Grupo 4, y de ahí a La Lupe o a casa de Alfonso e Icíar. Y ver a mi gente; a todos, a tantos.
También echo de menos poder estar más con mis padres, mis hermanos, tías y demás familia. Y echo de menos mi casa, claro.
Estar solo en mi casa, escuchando mis vinilos.
Ya lo he contado en otras anotaciones. Tengo doscientos y pico vinilos en Madrid. Y en Barcelona no tengo tocadiscos. Se van a quedar allí. Son una parte importante de mi vida. He crecido con ellos. Marcan mis gustos. Las cassetes también tienen su encanto, y también tengo un par de cientos de ellas. Pero estoy hablando de mis vinilos.
Los primeros discos que me compré fueron los dos dobles recopilatorios de los Beatles; primero el rojo (1962-1966) y luego el azul (1967-1970). Después me aficioné a las series medias de Discoplay (cuando estaba en Los Sótanos, en la Gran Vía) y Madrid Rock, donde por 595 pesetas me compraba los clásicos que le había escuchado a mis hermanos y que ellos se habían llevado consigo al irse de casa: Lou Reed, los Rolling Stones, Bruce Springsteen… También me arriesgaba y descubría por mi cuenta a los Jam, los Stooges, Television, Loquillo y Trogloditas…
Llegados a un punto, empecé a dejarme caer por La Metralleta, ya en plan completista. Y por Escridiscos, donde me compré esa joyita de edición del Come On Pilgrim de los Pixies. También me aprovechaba de todas las liquidaciones de las secciones de vinilos del Galerías Preciados (allí cayeron el Sandinista!, de los Clash, y el Weld, de Neil Young, a un precio de risa) y el Crisol (Monty Python Sings, una de mis posesiones más preciadas). Y seguía yendo a Madrid Rock, y completaba a buen ritmo la discografía de la Velvet Underground. (El doble en directo 1969 fue durante mucho tiempo el disco más caro que me había comprado jamás.)
Tardé mucho tiempo en sucumbir al cambio de formato. Estaba en el hospital, el verano que estuve internado, paseando pasillo arriba, pasillo abajo, y mi primo Josele se acercó a verme con un disc-man y algunos cedés de la discográfica con que Los Enemigos editaron sus últimos discos. Clandestino, de Manu Chao, fue mi bautizo de cedé. Y mi hermano Pablo me regaló The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars, de David Bowie, por mi cumpleaños, algunos días después.
Hasta aquel momento, mi corazón musical se componía de surcos negros a treinta y tres revoluciones por minuto. O a cuarenta y cinco. También era digna de ver mi colección de singles, tanto los heredados de mis padres como los que fui comprándome o incluso encontrando en contenedores, en la calle. Y cassetes. Pero estoy hablando de vinilos.
Con el tiempo fui reponiendo parte de mis discos. Volví a comprarlos en cedé. Otros no: o aún no se habían editado en cedé o siguen sin editarse o eran difíciles de encontrar. Y esos vinilos únicos, aquellas canciones inolvidables que me habían marcado y no tenía en ningún otro formato, se quedaron en Madrid, lejos de mí. Me vine a vivir a Barcelona y pasaron a formar parte del paraíso perdido que dejé atrás, junto con las castañas pilongas del Retiro, los huevos estrellados de cualquier taberna de la Cava Baja, el sol de invierno acariciándome al pasar por la plaza del Marqués de Salamanca o el sabor amargo de una Mahou calentorra durante una partida de futbolín en el Malandro o el Canciller.
Dejé de escuchar aquellas canciones. Y cuando regresaba a Madrid iba fatal de tiempo y apenas tenía diez minutos para sentarme y escuchar mis vinilos favoritos.
Hubo alguna excepción, como un día de Reyes, del que ya he hablado, que me quedé solo en casa y conjuré la soledad absoluta recuperando el placer de escuchar aquellos elepés.
Y tres años después, durante estas Navidades, ya no pude más y me decidí.
Los dos últimos días de estancia en Madrid me dediqué a grabar algunas cassetes con las canciones que más echaba de menos; más exactamente, con las canciones que más echaba de menos y que me constaba que no estaban editadas en cedé o eran difíciles de encontrar.
Redescubrí un grupo mallorquín olvidado, La Búsqueda, que practicaban lo que ahora se llamaría rock mestizo o étnico, una mezcla de sonidos árabes y rockeros, el Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick, pero diez años antes. Había una canción que me fascinaba, “Tierra de conejos”, y también alguna versión de Federico García Lorca. No sólo no había perdido valor y fuerza con los años, sino que sonaba distinta, más actual. Sigo esperando que la editen en cedé.
Me volví a emocionar con el Grupo Niche y “Nuestro sueño”, una letra tal vez muy cursi pero que me llega a lo más profundo del alma y me deja al borde de la lagrimita.
Lo flipé otra vez con el desparpajo de Los Bichos, el grupo del navarro Josetxo Ezponda, una estrella fugaz en el firmamento del rock español. Con sólo dos discos, Color Hits (1989) y el doble In Bitter Pink (1991), se adelantaron a todo el rollo indie posterior. Llegué a empezar un cuento de ciencia ficción que, pese a que se desarrollaba en una base espacial, terminaba con la letra de un corte del primer disco, “Un poco más”, que en aquel momento me parecía el no va más de las canciones de desamor, y ahora me parece irregular y facilona, aunque con destellos de calidad y mucho sentimiento, todo el sentimiento del mundo.
Escuché “La pócima del amor”, de Los Mestizos, un grupo oscense que luego mutó en Soul Mondo. Otro grupo olvidado, con una de esas canciones que justifican por sí solas la década de los ochenta.
Y luego estaban Vainica Doble.
Para quien las conociese por la cabecera de Con las manos en la masa, Vainica Doble eran dos cantantes talluditas, una de ellas hermana de Elena Santonja, que se marcaban un trío interpretativo con Joaquín Sabina. Pero para mí eran las compositoras de algunas canciones de la banda sonora de Furtivos, de José Luis Borau, y sobre todo del disco El eslabón perdido, que contenía una de mis canciones españolas favoritas de todos los tiempos: “Alas de algodón”. Cada vez que la escucho me emociono con personaje de Juan, que es cualquiera de nosotros, los frikis: una persona que vive en su propia fantasía, a salvo de la realidad, de la durísima realidad. Carmen Santonja y Gloria Van Aersen escribieron, en apenas cuatro estrofas, una de las historias de perdedores más tristes e intensas de la literatura española del siglo XX, a la altura de un cuento de Ignacio Aldecoa, pero mucho más tierna. ¿Qué puedo decir de una canción que siempre me hace llorar?
Tengo esas cassetes en Barcelona. Me las traje para acá. No diré que casi pierdo el tren de regreso por haberme quedado grabando, pero sí que apuré hasta el máximo. Y aquí tengo algunas de aquellas canciones, que me acompañan de nuevo. Pequeños paraísos perdidos, recuerdos de una vida anterior que echaba de menos. Tardes enteras en casa, viendo el sol y las pelusillas de polvo bailotear sobre el parquet; o leyendo a Calvino, Dick, Vian o Sturgeon; mañanas de domingo, matando el rato antes de salir a comprar el pan y el periódico; días enteros pensando en qué grabar de vinilo a cassete, para un viaje o para darle una sorpresa a alguien muy especial; noches con Alicia o Laura… Momentos de vinilo, portadas e ilustraciones interiores, crepitar de surcos, el final sin fin del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, cambiar de treinta y tres a cuarenta y cinco para escuchar un single de los Prefab Sprout, acordarme de aquella vez que hice el amor con tal canción como música de fondo, urdir cuentos de space opera a partir de un disco de rock independiente navarro, volver a sentirme penetrado por la voz de Nico o los juegos vocales de Vainica Doble. Volver, volver, volver, como en la canción de Chavela Vargas. Y, como en “Alas de algodón”, volar, volar, volar.


Los Bichos
“Un poco más”
LP: Color Hits (Oihuka, 1989)
Josetxo Ezponda

Así que esto es el fin…
No me lo esperaba así.
Yo quiero algo mejor.
Yo quiero más calor,
Más alma, ruido.
Yo quiero una explosión.

Creo que te odiaré.
¿Qué otra cosa puedo hacer?
No voy a olvidar.
Dame un buen final:
Recuerdos, recuerdos…
Un vistazo atrás,
Muy atrás.

(Era bueno, ¿eh?...
Sólo huevos…
Sólo había que aguantar…
más… más…
Un poco más.)

Todavía estoy aquí
Despidiéndome de ti
Y no acabo de entender
Por qué voy a volver
Al pozo,
Al sueño roto,
A pasarlo mal…
Muy mal.



Vainica Doble
“Alas de algodón”
LP: El eslabón perdido (Guimbarda, 1980)
Carmen Santonja y Gloria Van Aersen

Astro rutilante de la gran pantalla,
fascinante y cínico play-boy de playa,
campeón olímpico con diez medallas,
hábil político donde los haya,
magnífico varón,
vencedor mítico de mil batallas.

Así era Juan en su imaginación,
que le hacía olvidar su condición
para escapar y despegar de su rincón
y despegar de su rincón
para poder volar, volar, volar,
triunfar, brillar.

Lóbrego rincón de una portería
donde no entra el sol y nunca es de día,
triste habitación húmeda y sombría
sin ventilación,
un brasero de picón en la camilla
por toda calefacción.

Así vivía Juan con su imaginación,
que le hacía olvidar su condición
para escapar y despegar de su rincón
y despegar de su rincón
para poder volar, volar, volar,
para olvidar.

Lóbrego rincón de una portería
coros sollozantes de necias vecinas
uniéndose al son de un carraspeante transistor.
Simplemente María.
Poderosa fantasía la de Juan,
que, aún así, podía escuchar el mar
en un caracol pintado en purpurina
y volar tras la procesión de golondrinas
pegadas a la pared verde veronés
bajo la mirada divina de un sagrado corazón,
bajo la mirada doliente
de las ánimas del purgatorio,
bajo la mirada anodina de
sus padres en el desposorio:
él, sentado, ceño fruncido;
ella, de pies, tras su marido,
dueño y señor,
contemplándose a sí mismo
disfrazado de angelito,
alas de algodón,
el día de su primera comunión
cuando aún creía que será,
como el Barón Rojo,
un héroe de la aviación,
antes de tirarse por el balcón y quedarse cojo...

Volar, volar, volar.

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domingo, 5 de febrero de 2006

Motivos de un sentimiento

Vivo al lado del Camp Nou. Se puede ver desde la ventana del pasillo, la habitación de Emmanuel, la cocina y, por supuesto, la terraza. Todas las tardes de partido veo las masas de aficionados subir por mi calle. Luego entro a mi habitación y me pongo a escribir o leer, pero se escuchan nítidamente los bocinazos, el tumulto, las ovaciones, el himno, los abucheos y las celebraciones. A veces no me hace falta ver la televisión ni entrar en Internet para saber, o al menos intuir, cómo marcha el partido.
El mogollón comienza un par de horas antes; más tiempo, si el partido es muy importante o se trata de un concierto. En el de U2, este verano, pude escuchar parte de la prueba de sonido, a mediodía. Como conseguí entrada, no puse en marcha el plan B que tenía previsto: oírlo desde casa. Fue un conciertazo, huelga decirlo. Al llegar, mis compis me contaron que el “With Or Without You” se había escuchado perfectamente.
Nunca he ido al Camp Nou a ver partidos oficiales. Sí, estuve en el Catalunya-Brasil de hace un par de años. Me reí mucho, y además fue un auténtico espectáculo.
De todos los partidos que disputa el Barça durante la temporada, siempre me quedo con las ganas de ver uno en concreto: el que disputa frente al Atlético de Madrid. El motivo está claro, a poco que hayáis leído más anotaciones de este blog: soy del Atleti.
No llevo mi afición hasta el fanatismo, y el único atributo visible es un mechero del que ya he hablado, pero no deja de ser cierto que mi carácter colchonero se ha consolidado desde que vivo en Barcelona, tal vez debido a una idealización de mis señas de identidad madrileñas, un proceso de asunción de determinados símbolos como representación del pasado (ficticio) que dejé atrás en Madrid.
El Atlético de Madrid siempre me ha caído bien. En mi infancia era el equipo de Reina, Gárate y Luiz Pereira. Más tarde llegaron los tiempos de Arteche, Manolo, Futre y Abel, ya en los ochenta. Y la canción de Glutamato Ye-Yé, “Soy un socio del Atleti”, que tenía la música del himno legionario “Soy el novio de la muerte” y decía tal que así:

Nadie en el campo sabía
quién era aquel rojiblanco
tan audaz y temerario
que en el área se internó.
Nadie sabía su historia
mas la afición suponía
que un gran dolor le mordía
como a un lobo el corazón.

Cuanto más duro era el juego
y la pelea más fiera,
defendiendo su bandera
el rojiblanco avanzó
y sin temer el marcaje
del enemigo desatado
supo saltar como un bravo
y a las mallas remató.

Y al mirar a las gradas llenas de gente,
murmuró el rojiblanco con voz valiente:

-Soy un socio del Atleti.
Tengo un hombre en mi nevera.
Soy un socio del Atleti
que va a unirse en lazo fuerte con la hinchada colchonera.


Cuando al fin lo retiraron
en su cartera encontraron
una carta y un retrato
de Luis Aragonés.
Y aquella carta decía:

“Si Muñoz un día te llama,
para mi un puesto reclama,
que a buscarte pronto iré”.

Y en el último pase que le enviaban
un gol de cabeza le consagraba.
Por ir a tu campo a verte,
mi más leal compañera,
me hice socio del Atleti,
la estreché con lazo fuerte
roja y blanca, la bandera.
Roja y blanca, la bandera.
Roja y blanca, la bandera.


Había momentos en que me gustaba más el Rayo Vallecano, cuando estaba en Primera División. Encontraba enormemente meritorio que un equipo de barrio pudiera defenderse en la máxima categoría. Pero poco a poco mis apetecencias fueron decantándose más y más claramente por el Atleti. El desencadenante fue el doblete de la temporada 1996-97.
El equipo lo tenía todo: un entrenador (Radomir Antic) interesante y con personalidad, con su divertidísima manera de masacrar la gramática española y, lo más importante, ganarse el respeto de Jesús Gil (sobre quien mejor ni hablo); Molina, un porterazo como la copa de un pino, que no tenía más remedio que caerte bien cuando se las metían dobladas (o cuando Clemente lo alineó como lateral izquierdo en la selección… y fue el único que creó ocasiones de gol); una defensa correosa, con el racial Santi López como seña de identidad del equipo (y aprovecho para deshacer el tópico de que era una mala bestia: nunca lesionó a nadie), pero también con Geli, Santi y Toni; un centro del campo muy bien situado en el campo, con los inmensos Caminero (y los anuncios de Natillas Danone) y Pantic (el genio motor de aquel doblete, el desconocido a quien Antic hizo tocar el cielo), pero también con Vizcaíno y Simeone; y una delantera muy potente, con Kiko (el mejor fichaje de la historia del equipo) y Penev (que era poco menos que un despojo del Valencia, y no veas si cumplió).
Llegó el doblete, y me hizo mucha ilusión. No estuve en la cabalgata que montó Jesús Gil por todo Madrid, porque tampoco me identificaba hasta ese extremo con el equipo, con ningún equipo, y una cosa era ser indio y otra reírle la gracia a Gil, que por ahí nunca pasé. Pero sí me fui con mi novia de entonces, Laura, y con Isabel Sánchez y Colyn a Neptuno, a celebrar el título de Liga. Y fue estupendo.
Aquello era un equipo. Lo que hubo después, también; pero ya no era lo mismo, y pronto vino el descenso, el añito en el Infierno que al final se prolongó dos temporadas. Y se veía a las claras que lo de Gil era especular, comprar por cuatro duros a auténticos cracks como Vieri o Jimmy Hasselbaink, revalorizarlos y malvenderlos. Y mi amigo Jesús Villa, colchonero él, se cagaba en todo lo cagable: la estrategia de Gil era descender el equipo para vender el solar del Calderón y especular con el terreno. Y no lo hizo en aquel momento, pero no me hubiera extrañado.
Y, curiosamente, todo aquello me reafirmó en mi condición de indio. Ser del Atleti era sufrir, saberse capaz de lo mejor y lo peor, fastidiarla cuando lo tienes todo a tu favor pero realizar auténticas virguerías cuando ya nadie da un duro por ti, pegar una patada a destiempo, hacer magia en momentos inverosímiles, bajar a Segunda cuando tenías equipo para jugar la Champions, lograr un récord de abonados cuando estás en el Infierno, vivir paradoja tras paradoja y sentir la aleatoriedad de todo: que con cuatro macarras en la defensa se pudiera hacer arte, que con cuatro artistas delante se pudiera estar varios partidos sin ver puerta, que con un entrenador prodigioso se pudiera caer en desgracia… La condición de indio te daba una visión distinta de la vida. Era un equipo de verdad, con jugadores capaces de irse de farra a Joy Eslava el sábado por la noche y luego ganar el partido; una afición de verdad, capaz de ir a muerte con un equipo que ha ganado nueve ligas y una Intercontinental pero empieza su periplo en Segunda desde el fondo de la clasificación.
El Atleti es un equipo de paradojas: Pantic hace uno de los partidos más acojonantes que he visto jamás y le mete cuatro goles al Barça, pero el Atleti pierde el partido. Qué metáfora de la vida, ¿no? Lo haces perfecto y los dejas a todos flipando, pero palmas al final. La vida misma, ya digo.
Y eso sólo lo podía hacer el Atleti.
Y luego estaba la consistencia de mi manera de ser.
Vengo de sufrir un cáncer, un linfoma de Hodgkin. Me he comido toda la mierda del mundo, en forma de hospitalización a la desesperada, esperando un diagnóstico que no llegaba, padeciendo una operación que prácticamente se tuvieron que inventar para no provocarme una infección pulmonar que me hubiera mandado al otro barrio en el mismo quirófano y chupándome seis meses de quimioterapia que no se los deseo ni a mi peor enemigo.
Crecí siendo de izquierdas en un barrio de Madrid en el que el PP obtiene más del setenta por cien de los votos. Y no sólo eso: siempre he votado a Izquierda Unida. (Bueno, ahora a Iniciativa per Catalunya.)
Leo y escribo ciencia ficción en un mundo en el que cualquier género literario se considera subliteratura, por la mera condición de género literario popular.
Saqué un siete en Selectividad (que en 1988 era una calificación muy elevada y me hubiera permitido entrar en cualquier carrera excepto un par de ingenierías) y ¿qué carrera elegí? Geografía e Historia. Con el consiguiente cabreo de mi madre, claro. Pero me gustaban la geografía y la historia, y no concebía otra elección. Una de las carreras que más desempleo (e intrusismo profesional) genera.
Ante semejante panorama, ¿cómo iba a ser del Real Madrid o el Barça, equipos de triunfadores?
Sólo me cabía una opción: ser del Atlético de Madrid. Era una cuestión de lógica interna.
Y conozco a gente cojonuda que es del Atleti: Jesús Villa, Pily, Paula, Miriam…
Pero es que además estaba el asunto de los Barça-Atleti.
Aquello sí que era fútbol. Durante la década de los noventa, el duelo mediático era el Madrid-Barça, como siempre, pero si querías ver fútbol de verdad tenías que poner un Barça-Atleti o un Barça-Valencia. Pantic metiendo cuatro goles y el Barça remontando un 0-3. Luego llegaron Van Gaal y los dos añitos en el Infierno y se jodió todo, pero hubo una época en que el partido más esperado era el Barça-Atleti o el Atleti-Barça, ya fuera en la Liga o en la Copa.
Y, desde que vivo en mi casa actual, el Barça-Atleti está más presente que nunca.
Entre otras cosas, porque, como ya he dicho, vivo al lado del Camp Nou.
Los miércoles, sábados o domingos de fútbol no se oye otra cosa.
Y si el partido es un Barça-Atleti, todavía es peor. Me halaga, como seguidor del Atleti, pero también es un coñazo. No hay quien baje a la calle desde dos horas antes hasta una hora después; si es un sábado, eso implica no poder hacer la compra; si es un domingo, que escriba o lea con los auriculares puestos al máximo. Aunque ya me enteré de un gol de Ronaldinho (frente al Osasuna, temporada 2004-2005), pese a tener la música puesta a toda hostia. Sentí un retumbar seguido por un murmullo, me quité los cascos, oí los bocinazos y gritos del público, entré en Internet y vi que Ronaldinho acaba de anotar para el Barça.
El primer Barça-Atleti de mi vida barcelonesa se jugó cuando aún vivíamos en la calle Valencia, o tal vez ya nos hubiésemos mudado a la avenida de Madrid. La casa de la avenida de Madrid también estaba muy cerca del Camp Nou, y de hecho también oí un gol una vez que estaba en el portal (Cocu, en un Barça-Inter de la Champions 2002-2003). Pero ni me enteré del Barça-Atleti.
Sin embargo, el segundo Barça-Atleti lo recuerdo perfectamente. Estábamos recién llegados a la casa de la calle Arizala. Era el primer partido que se jugaba en el Camp Nou después de nuestra mudanza. Estábamos a mediados de febrero. (Por algún motivo, todos los Barça-Atleti que se han disputado desde que vivo en Arizala se juegan en febrero.) El fin de semana de la mudanza yo estaba en Madrid, o más exactamente en un pueblo de Ávila, en la casa de campo de Gema, la novia (actual esposa) de Manolo. Me perdí el mogollón del cambio de bártulos, apenas trescientos metros entre una casa y la otra; ya lo había hecho el día antes de irme a Madrid. También me perdí la limpieza general, la sesión de pintura en el salón, la colocación de muebles, el sacrificio de una nevera que congelaba pero no enfriaba (y que le obligó a mis compis a tirar toda la primera compra). A cambio, como digo, me chupé yo solo una mudanza en un par de viajes, una firma del contrato, también solo, y una semana durmiendo en un salón que estaba manga por hombro y prácticamente inhabitable, pues estaba pintando mi habitación.
La semana había sido de locos. Estaba de segunda mudanza (entrando las cosas del salón a mi habitación) y limpiando el salón. La casa empezaba a ser habitable. Había asomado la cabecita por la terraza. Una cosa era que el Camp Nou se viese desde allí el día que estuvimos mirando el piso y decidimos que no lo soltábamos, y otra bien diferente ver todo el barrio en ebullición, la iluminación del campo, el ambiente, las riadas de gente subiendo desde el metro, con sus bufandas y gorritos, con sus banderas y pancartas. Era un espectáculo. Y yo, mientras, marujeando en casa.
Estaba pasando el paño por un mueble y miraba con odio el terrario de Iguana. Se oyó un “¡Guáaa!” monumental, que durante unos segundos lo invadió todo. Puse la tele. El Barça acababa de meter un gol.
Estaba barriendo el suelo del salón. Un nuevo “¡Guáaa!”. Volví a poner la tele. Otro gol del Barça. Agh.
Estaba fregando el suelo. “¡Guáaa!”. Grrr. Tele. Gol. Hostias.
Una frustración. La primera en la frente.
El resto de los partidos de la temporada no tuvieron la intensidad de aquel. Apenas se oía nada. Sabías que era día de partido por el mogollón que había en los alrededores, pero ¿escuchar cien mil gargantas celebrar un gol al unísono? Más bien no. El Barça tampoco estaba especialmente bien, o a lo mejor me acostumbré con rapidez.
El duelo del año siguiente fue distinto. Estaba encerrado en mi habitación, leyendo o escribiendo, ya no recuerdo bien, con la música puesta a toda leche. Sabía que había Barça-Atleti, pero no me quería hacer mala sangre, de modo que decidí esperarme a que terminara el partido y entonces poner la tele o conectarme a Internet para ver cómo había terminado.
Salí a la cocina a tomar algo. Oí una pita y un estruendo seguido de un “¡Gooo!”.
“Hay que joderse”, pensé. “Salgo a la cocina y tienen que ir estos y meter un gol.”
Me termino de tomar lo que fuera y, antes de volver a mi habitación, un nuevo “¡Gooo!”. La puta de bastos. Dos goles en cinco minutos. Si lo sé, me quedo allí. Grrr.
Pongo la tele, un rato después, y veo que el partido ha terminado 0-2 a favor del Atleti.
Oé oé oéee, oooh eeeh, oooh eeeh.
Esta tarde terminará como termine. Me da igual. Por eso escribo horas antes del partido. Lo que importa es que será un buen encuentro, o debería serlo. No lo escucharé en casa, porque tengo tertulia. Seguro que cuando llegue a casa me cruzaré con los espectadores que salen del campo.
Y, termine como termine, nadie me mirará raro mañana, cuando llegue a la oficina.
Porque esa es otra. La manera en que dije en el curro que soy del Atleti.
Yo estaba recién llegado a Barcelona. El verano había sido extrañísimo y frustrante. Álex estaba recién casado y luego se fue de vacaciones; Enric también se fue de vacaciones, y Alejo se pasaba a última hora por la oficina para enseñarme a maquetar en Quark y muchas veces no salíamos antes de las diez de la noche. Estaba solo en el trabajo, y en casa de mi tía la situación era tensa; de hecho, me fui en no muy buenos términos. Pésimos, si he de ser sincero. La llegada a la casa de la calle Valencia me había salvado, como quien dice.
Ajenos a todas estas movidas, mis compañeros de trabajo, Álex y Enric, regresaban de las vacaciones renegando de la junta directiva del Barça. Estábamos a principios de la temporada 2002-2003, tal vez en el punto más bajo de la historia reciente del equipo. El Barça llevaba cuatro años sin ganar la Liga, ni siquiera era capaz de imponerse en la Lliga Catalana. Nadie entendía qué hacía Louis Van Gaal en el banquillo. La temporada empezaba fatal y Gaspart se estaba quedando solo. Cada vez más solo.
Y a Álex y Enric, muy culés ellos, esa situación los indignaba.
Por eso, durante aquel café mañanero en la oficina, a finales del verano, Álex y Enric estaban especialmente calientes. Tal vez el Barça hubiera perdido en casa, o Van Gaal hubiese realizado algunas declaraciones improcedentes. El caso es que Enric apuró su café y expresó toda su ira:
-Gaspart va a hundir el equipo. Va a conseguir que bajemos a Segunda. Así no se puede estar. Esto es intolerable. Es que ser del Barça es sufrir.
A lo que sólo pude replicar, expeditivo.
-¡Anda ya! No me jodáis, que soy del Atleti.
Hubo un momento de incómodo silencio. Después, Enric me miró de arriba abajo, asintió, se encogió de hombros, trazó un gesto de infinita comprensión y me respondió, eludiendo mirarme a los ojos:
-Sí, claro… Claro.
No volví a oírlos quejarse de la marcha del Barça. Y creo que en aquel momento empecé a caerles verdaderamente bien.

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