martes, 31 de enero de 2006

Heridas y cicatrices: La caña de España

El otro día hice un strip-tease emocional y me despeloté, aunque al final sólo hablé de una herida que me hice en la ceja... Al fin y al cabo, desnudarse pa ná es pornografía gratuita.
Hoy voy a enseñar cacha. Voy a hablar de mi muslo derecho y la cicatriz que lo debería adornar. Digo «debería» porque me tiene desconcertado: durante toda la infancia estuvo bien visible, pero al llegar la adolescencia y cubrirse de pelos aquella parte de mi anatomía, poco a poco empezó a hacerse notar por omisión. Me duchaba o miraba para, acto seguido, preguntarme: «¿Ande coño está la cicatriz? ¿No quedamos en que una cicatriz dura toda la vida?». Pues el caso es que no.
O sí. Si se fuerza mucho la vista, la cicatriz de marras se puede distinguir; pero no es fácil. Empero, allí sigue. Esta mañana me la he visto mientras me secaba, pero hacía tiempo que no la veía. (También es cierto que me la estaba buscando.)
La historia se remonta a uno de mis veraneos en Nerja, un par de años antes de dejarme media ceja contra una papelera.
Como mi padre no andaba por casa, y de hecho terminó largándose cuando yo tenía nueve años, nos íbamos de vacaciones por nuestra cuenta, mi madre, los cuatro hermanos y mi abuela, que acababa de enviudar.
Durante tres años, desde 1976 hasta 1978, escogimos Nerja como lugar de veraneo. En 1979 y 1980 fuimos a Motril; en 1980, a Torremolinos. En 1981 empecé a alternar los campamentos de verano con los veraneos en la casa de playa de mi tía en Segur de Calafell.
Pero esta historia se desarrolla en Nerja. No sabría decir durante qué verano ocurrió, si el del 76 o el 77. Ya se me ha olvidado. Supongo que el de 1977: en 1976 se murió la cantante Cecilia y hacía un frío que pelaba (teníamos que taparnos con toallas, porque las mantas no alcanzaban para todos), y en 1978 se acababa de morir Pablo VI.
Todo esto sucedió antes de Verano azul. Nadie podía concebir las existencias de Tito y el Piraña, Pancho y Javi, el Chanquete y Julia.
Mis padres tenían una amiga que veraneaba allí y nos buscó un emplazamiento agradable, la casita del guarda de una finca llamada Villa Carmen, ubicada junto a la playa del Salón.
Era un lugar idílico. La finca era enorme. Había que franquear un pesado portalón de madera. A mano derecha estaba la casita del guarda, donde nos instalábamos los seis, más alguna visita ocasional (algún amigo de mis hermanos). Era una construcción de un solo piso y dos o tres dormitorios. A la izquierda del sendero de tierra que comunicaba con la casa de los dueños había un sembrado; detrás de la casita del guarda había otro. El labriego, Paco, era un borracho que se intentaba ligar a mi madre.
La dueña, Marina, era viuda, no sé si de militar o qué: yo era pequeñito y no alcanzaba a socializar hasta el extremo de conocerme todos los pormenores de su vida. La casa era espectacular, una edificación de dos y tres alturas, con tejado a dos aguas y una galería que algunos años después, frente a un ejemplar de la colección de novela negra de Planeta, habría de recordarme la primera vez que leí la descripción del cubil en que el general Sternwood recibía a Philip Marlowe en El sueño eterno. En uno de los laterales había unas escaleras exteriores que daban acceso a un par de habitaciones reconvertidas en mini apartamento. Allí veraneaban Titi, una hermana de mi tío Alonso, y algunos de sus hijos. Frente a aquella enorme casa, mirando a la puerta de acceso, había una ducha y una pileta en la que me gustaba perder las horas de la siesta, inmerso en la contemplación de una docena de peces de colores. Enormes peces de color naranja que, con su lento desplazarse por las aguas remansadas, me proporcionaban una especie de retiro zen con el que abstraerme del calor de la tarde.
Junto a aquella pileta no hacía ni pizca de calor, entre otras cosas porque estaba a la sombra de un pino centenario de unos veinte metros de altura, orgullo de la finca. Se podía ver desde el Balcón de Europa, aunque no desde el parador. Eso ya hubiera sido mucho pedir.
Un camino cada vez más estrecho, rodeado de hortensias y flores de azahar, daba acceso a una pequeña balconada desde la que se podía ver el Balcón de Europa, las sucesivas calas que desembocaban en la playa de Burriana y, más allá, Maro y los acantilados en que la Axarquía malagueña se despeñaba antes de convertirse en la provincia de Granada. Allí crecían las chumberas, y de vez en cuando arrancábamos algún higo chumbo y nos lo llevábamos a casa, para el postre. A nuestros pies, la playa del Salón, rocosa y recogida. En esa playa me encontré con una estrella de mar a la que adopté y subí a Villa Carmen. Era áspera al tacto, una roca que se movía. Como el animal comenzara a secarse y agostarse por más agua con que intentaba remojarlo, terminó lanzado por la balconada, más o menos contra las rocas en las que lo había encontrado. No sé si llegó al mar o se quedó por el camino, estrellado contra el farallón, y nunca mejor dicho lo de estrellado.
Aquel era mi universo. Un mundo rodeado por tapias, mar y roca. La tapia de la derecha, la que estaba junto a la casa del guarda, pertenecía a una urbanización, casi una fortaleza: era de acceso restringido, diríase exclusivo, y de vez en cuando el balón de fútbol acababa en sus confines y había que saltar la tapia o salir a la calle, entrar por el acceso principal y pedir permiso para recogerlo. Si el balconcillo de Villa Carmen miraba a la playa del Salón, el de la urbanización era el extremo oriental de la playa de la Torrecilla, donde solíamos ir a bañarnos.
Apenas me relacionaba con nadie. Iba con mi madre y mis hermanos a la playa, mientras mi abuela se quedaba en casa haciendo ganchillo o mirando por el balcón. Cuando volvíamos a casa se nos solía cruzar un alemán que apatrullaba el barrio en coche, mientras nos gritaba «Stop! Stop!». Nunca he sabido a qué venían aquellas voces, si era el segurata de la urbanización de al lado o en aquella barriada de Nerja vivíamos inmersos en una ucronía en plan Los niños del Brasil y yo sin enterarme; el caso era que sólo lo veíamos a mediodía. Por la tarde, pasada la hora de la siesta, salíamos a la calle y jugábamos. Una vez me empezó a perseguir un perro por toda la calle; yo salí gritando, echando el bofe, despavorido. Desde aquel momento, y hasta bien entrada la adolescencia, desarrollé un miedo cerval a los perros. Ya se me ha quitado. No es que los perros me vuelvan loco (sólo el bueno de Tugan), pero no sólo no me asustan sino que me suelo llevar bien con ellos.
Otra vez empezó a oler fatal en torno a un murete. El olor era cada vez más penetrante y nauseabundo. Estuvo así durante varios días, hasta que descubrieron un perro muerto.
Pero aquello no era lo habitual. La norma era pasarse la mañana en la playa de la Torrecilla (excepto alguna mañana que fuimos a Burriana, y de ahí en patinete a alguna cala de las inmediaciones, expuestos a que nos picasen las medusas), la hora de la siesta en el huerto, la tarde jugando en la calle (cuando no íbamos al Playazo) y el atardecer en el Balcón de Europa o el parador. Alguna noche nos llevaban al cine; en Nerja vi una de las primeras películas de ciencia ficción que recuerdo: Maxinger X contra los monstruos. Otras noches, mi madre me llevaba con mis tíos o con quien fuera (no, con mis hermanos no, que salían por su cuenta) de tascas y bares. Salíamos del Balcón de Europa y pasábamos por Calahonda y Carabeo. Si íbamos al parador, me encantaba revolcarme en el césped, recién mojado por los aspersores, y dejarme rodar pendiente abajo, casi hasta llegar a la barandilla, como si existiese el peligro de caerme a la playa de Burriana y consiguiera salvarme en el último instante. Me mareaba mucho, pero era divertido.
No había mucho más que hacer. Leer algún Don Miki, hojear el periódico, hablar con mi abuela, descubrir algún erizo en el huerto y mirar pececitos de color naranja en la pileta.
Tuve dos amigos. Uno era holandés, Dillon. Tenía uno o dos años más que yo. Un buen día se pegó a mis hermanos, pero era demasiado pequeño para seguirlos en sus correrías y me lo colocaron. Se venía al huerto, mirábamos los peces de color naranja e intentábamos entablar algún diálogo comprensible para ambos, sin demasiado éxito. Su padre era piloto de la KLM, su madre chapurreaba algo de castellano (motivo por el que no me importaba ir a su casa a merendar un vaso de leche) y tenía una hermana pequeña (cuatro años, a lo sumo), Sumitra, que siempre andaba desnuda por la casa, lo que a mí me chocaba bastante. Después de la cena se intentaba adosar al plan de mis hermanos, ellos lo rechazaban una vez más y se iba a jugar conmigo.
Otro amigo se llamaba Antonio y era de Nerja. Como decía, creo que nos veíamos el segundo verano que estuve en Nerja. Jugábamos en la calle o en el huerto, pero creo recordar que con él me aventuraba más por las inmediaciones de la Torrecilla.
Como buen niño solitario, siempre me inventaba juegos, y a veces se los intentaba imponer a los amigos, cuando los tenía. De modo que Antonio y yo jugábamos a ser espadachines. Yo retransmitía en directo los combates, igual que hacía con el fútbol (cuando tenía con quién jugar): jugaba, solo o con quien fuera, pero declamando a grito pelado los lances del duelo, como si fuera uno de los locutores de Bola de Dragón o Campeones. Podríamos haber jugado con espadas de plástico o madera, pero no teníamos. Para cualquier niño de seis o siete años era perfectamente concebible jugar con espadas invisibles, trazando movimientos con las manos, estocadas que no lo eran sino en nuestras imaginaciones.
Pero no. Queríamos un toque realista.
Y no tardamos en encontrar la solución.
Nerja estaba rodeada de cañaverales. Una tarde fuimos al Playazo, que aún era una playa salvaje, distante unos centenares de metros del límite del pueblo. Aquel verano la playa estaba llena de alquitrán, tal vez un vertido de algún superpetrolero. Nos llevamos a la abuelita y la metimos en el mar. Se bañó con el traje puesto, llevada en volandas por toda la familia. Hicimos una barbacoa, con abundancia de sardinas, cortesía de Alejandro, el marido de una prima de mi madre, Marcela. En las partes más salvajes del Playazo, las cañas llegaban casi hasta la orilla
También había algún cañaveral en la misma Nerja, cerca de Villa Carmen. Antonio y yo teníamos un lugar para jugar a los espadachines. Tal vez no fuera la tapia del convento de las Carmelitas, pero era nuestro espacio. Era un local comercial abandonado o a medio construir, ya no recuerdo, en los bajos de un edificio de las inmediaciones de mi casa. Por allí había cañas abandonadas. Cogíamos alguna, de tamaño suficiente para crear la ficción de que se trataba de un florete o una espada, y se nos iba la tarde fintando, atacando, parando y contraatacando.
Hasta que un día algo salió mal.
Yo era patoso y dejaba demasiados espacios abiertos, perdido en mi manía de retransmitir los combates como si Matías Prats padre hubiera descubierto que lo que le gustaba era la esgrima, y no los toros. Aunque el resultado fue el mismo. A Antonio se le debió de ir un poco la caña, o yo me moví con demasiada brusquedad y la trayectoria del arma se encontró con un obstáculo: mi muslo derecho. Entró limpia, como una cornada. El mismo tipo de cornada que mató a Paquirri, pero con la particularidad de que el Avispado de turno le hizo demasiado honor a su nombre y se dio a la fuga.
Lo único que sabía era que estaba jugando a los espadachines, tuve un momento de desorientación, perdí el equilibrio, me fui al suelo y vi la sombra de Antonio, poniendo pies en polvorosa. Sólo entonces me di cuenta de lo que había ocurrido. Y me empezó a doler a rabiar.
Tenía un trozo de caña incrustado en el muslo derecho. Algunas astillas estaban en el suelo; pero otras se desparramaban por la herida abierta.
Cada vez me dolía más.
No recuerdo sangre. No debí de sangrar mucho.
Conseguí incorporarme y caminar el trecho (apenas doscientos metros) que me separaba de Villa Carmen. Se me hizo interminable. Gritaba pidiendo ayuda, sin demasiado éxito. Cojeaba. No podía apoyarme en la pierna tocada. Algún niño me seguía, cauteloso, a cierta distancia, como si fuera un flautista de Hamelin que tocara una melodía de dolor y ayes con una caña quebrada haciendo las veces de flauta.
Llegué a Villa Carmen. Creo recordar que el portalón ya estaba abierto. Mi madre me tendió en la mesa del porche, que había situado frente a la entrada, para verme mejor. Al poco rato apareció con una pinza, agua hervida, gasas y alcohol. Improvisó una operación para extraerme astillas.
Debo decir que mi madre no es médico, pero hacía las veces de enfermera y secretaria cuando mi padre pasaba consulta en casa. Sus conocimientos médicos son destacables para alguien que no posee el título, y además tiene buen pulso y mis hermanos, mi abuela y yo la acostumbramos a practicar curas con un mínimo de complejidad.
Mi madre me arrancaba astillas como quien se depila, pero con mucho más cuidado. Fue una tarea muy laboriosa o, al menos, se me hizo eterna. Pero consiguió extraerme todas las astillas que se me habían clavado.
Teníamos público. Aquello se llenó de niños, a quienes en el mejor de los casos no conocía ni siquiera de vista. Estábamos rodeados. Asomaban las cabecitas, intentando ver algo.
No recuerdo la visita al médico, que supongo debió de producirse a la mañana siguiente. Tampoco recuerdo la vacuna antitetánica.
La cicatriz gozó de buena salud y estuvo bien visible hasta que me empezó a salir pelo en las piernas. A veces me la veo, a veces no.
A Antonio no volví a verlo aquel verano o, si lo vi, estuvo esquivo. El verano siguiente ya no hablábamos.
Y dejamos de ir a Nerja. No por el cañazo (término con el que me refería al incidente), sino porque Marina vendió Villa Carmen. Echaron abajo la casa, la pileta de los pececitos de color naranja, el huerto, las flores de azahar, las chumberas y el pino centenario. En su lugar edificaron una urbanización.
No me apetece regresar a Nerja. No hay que volver a los paraísos perdidos: hay que conservarlos en la memoria, tal cual eran, porque ¿qué cara se te pondría si regresas y resulta que están mejor que cuando te fuiste? ¿Qué sentido tendría entonces haber idealizado algo durante treinta años? Seguro que ya no hay cañaverales en medio del pueblo. El Playazo tiene que estar urbanizado. Habrán cerrado el cine de verano al aire libre y vaya usted a saber qué hay en su lugar. Y todo el mundo hablará de Verano azul, y visitarán el barco de Chanquete, del que no, no, no nos moverán. Y, para mí, Nerja no era Verano azul, sino el olor del azahar al atardecer, corretear por el Balcón de Europa, mirar pececitos de color naranja en una pileta a la sombra de un pino y sentir un olor a alcohol y el frío contacto de unas pinzas hurgando en mi muslo, en carne viva, para extraer las heridas del primero de los muchos combates que la vida me iba a hacer perder a partir de entonces.

jueves, 26 de enero de 2006

Seis cuentos que nunca escribiré

Siempre me ha gustado escribir. Con siete años ya emborronaba cuadernos y folios con las aventuras que surgían de mi cabeza. Dada mi condición de hijo pequeño que se estaba criando solo, la creación de mundos propios era algo natural. Era el menor, con diferencia: me llevaba cuatro años y medio con Pablo, el tercero de los hermanos, seis con Enrique y cerca de diez con María. No sabía si mi padre vivía en casa, porque apenas se dejaba ver, y de hecho tardé cerca de dos años en preguntárselo a mi madre un día que íbamos por la calle. La respuesta, por supuesto, fue negativa.
Bajaba al portal a jugar con otros críos, cierto, y los sábados por la mañana iba al parque de Eva Perón a dejarme los piños en los columpios y toboganes. Pero era un niño introvertido. En el patio del colegio apenas jugaba al fútbol, era muy malo, y me perdía la ordalía de golpes y balonazos que siempre enfrentaba a externos contra mediopensionistas.
Así pues, me inventé mis propios juegos y mundos.
Con siete años me inventé a un personaje, Jordi, que era un grumete catalán que surcaba los mares y del que escribí algunas historias.
Con unos diez años rellené varios cuadernos cuadriculados con las aventuras de Billy el Bicho, un vaquero más en clave de spaghetti western que de John Ford, pero que, por lo que recuerdo, tenía un arranque ambicioso, en forma de flash-back, con el protagonista muerto tras un duelo, y a partir de ahí narraba la llegada de Billy al pueblo en que transcurría la acción de las novelas (pues las aventuras eran realmente extensas).
Un par de años después empecé a escribir otra novela, pero la dejé inconclusa. El protagonista se quedaba encerrado una noche en el metro de Madrid, condenado a vagar por los túneles, donde descubría un submundo nocturno rico y sensual, una especie de Alicia en el País de las Maravillas o Alfanhuí en clave urbana. El metro me fascinaba: me recuerdo durante toda mi infancia coleccionando planos o billetes (de cuando sacabas el billete en la estación de origen y pagabas a la salida, en función del número de estaciones que hubiera durado el viaje) y haciendo visera por la ventana, intentando distinguir pequeñas puertas y túneles que dieran acceso a los lugares que estaba cartografiando en mi novela. La estación fantasma de Chamberí me obsesionaba.
También me atrevía con la ciencia ficción y la fantasía. Cuando terminé de leer El Señor de los Anillos, ya con catorce años, escribí un relato titulado “Por si las moscas (Los últimos días de un asesino)”. Era la típica historia de crimen y castigo que sólo puede urdir un adolescente solitario. El protagonista era Casildo Gustavo, un chaval desequilibrado que mata una mosca mientras está leyendo la escena en que Frodo asciende al Monte del Destino para arrojar el Anillo. Presa de su complejo de culpa, acude a una comisaría para entregarse (con la consiguiente mofa o befa de todos los policías allí presentes), busca el consuelo espiritual de su confesor (quien tampoco entiende sus motivaciones) y padece horribles pesadillas que terminan llevándolo al suicidio.
Otro relato, “La Luna sólo es bonita de lejos”, era un trabajo de clase. Trataba acerca de un ingeniero genético a quien le encargaban el diseño de una mula de carga adaptada a la gravedad lunar. La nave en la que viajaba con el primer contingente de mulas se estrellaba en la cara oculta de la luna y tenía que regresar hasta la base. Fue mi primer tropiezo con el (digamos) mundo editorial: a la vuelta de las vacaciones, le pedí a mi profesor que me lo devolviera, y no sólo no me lo devolvió sino que ni siquiera se acordaba del cuento. Otro día hablo de lo mucho que me motivaban los profesores del colegio Calasancio.
Aquel relato tuvo suerte: al menos se salvó de la quema. Con quince años me dio un ataque de megalomanía y tiré a la papelera todas aquellas historias, consciente de que eran muy malas y resuelto a superarlas y trascenderlas.
Eran malas. Pues claro que eran malas. Nos ha jodido que eran malas: eran las obras de un niño de siete años, de un preadolescente de diez, de un púber de catorce. No podían ser buena literatura; pero eran la manera que tenía de expresarme y percibir el mundo. De todas las cosas que he hecho a lo largo de esta vida, puede que sea una de las más espantosas e injustificables: estaba tirando a la papelera ocho años de ingenuidad y creación. Resulta imposible valorar las obras de un niño o un adolescente como si fueran trabajos adultos. Eran otra cosa, ilusiones y llamadas de atención de alguien que necesitaba encerrarse en su propia imaginación para encontrar un lugar en el mundo.
Empecé de cero, aunque con el tiempo he podido recuperar algunos de aquellos relatos que no tiré a la papelera en su momento. Y nunca más he vuelto a tirar ningún escrito mío del que no hubiera al menos una copia. Puedo escribir mejor o peor; puedo abominar de lo que escribo en un momento dado, y tal vez con razón; pero por lo menos quiero que quede constancia de que lo he escrito, no por los demás sino por mí: para reconocerme tal como era cuando lo escribí, para saber más cosas acerca de mí mismo, para desandar mis pasos y acudir a la esencia de mí mismo en momentos en que necesite saber quién o qué soy.
Poco después empecé a escribir algo más en serio. Entré en contacto con el fandom a través de Gigamesh. Javi Ullán y yo nos habíamos aficionado a la ciencia ficción y queríamos que nos recomendaran algunos libros, así que le empezamos a enviar cartas a las editoriales. Me respondió Alejo Cuervo, que por aquel entonces dirigía las colecciones de género fantástico de Martínez Roca. Me adjuntaba el número uno de Gigamesh, que aún era un fanzine. Quién me iba a decir que diecisiete años después iba a ser mi jefe… Me suscribí a Gigamesh y en sus páginas encontré un anuncio de una tertulia sobre literatura fantástica que se celebraba en Madrid. Así conocí a gente más o menos de mi edad, como Julián Díez, Susana Vallejo, Héctor Ramos, José María Faraldo y Adalberto de Osma, y otros aficionados que habían vivido los «años gloriosos» de Nueva Dimensión: Carlos Cidoncha, Agustín Jaureguízar, Ignacio Romeo, Paco Arellano, Frank G. Rubio…
Julián ya tenía claro que quería hacer labor de editor. Empecé a escribir cuentos y cuentos y más cuentos, que le parecían espantosos, entre otras cosas porque lo eran. Tardé años en escribir algo que le satisficiese: el resultado, “Recuerda, aquello, sueños, nosotros tres”, quedó finalista en la primera edición del premio Aznar de relato (actual Pablo Rido) y apareció publicado en la primera antología Visiones propias. Pero eso fue en 1992. Los años anteriores, desde que tenía dieciséis hasta que estaba terminando la carrera, mi producción fue muy alta. Escribí un diario, del que terminé siete cuadernos cuadriculados de tamaño folio que guardo en una caja: les agregaba entradas de museos y conciertos, postales, cartas… todo lo que tenía un componente íntimo y personal.
Y también escribí ultracortos y más ultracortos. Cantidades ingentes de ultracortos. Sólo se ha publicado uno, “Fuegos artificiales”, pero no hay mucho más material publicable. Los releo con cariño, y alguno me parece muy interesante por la carga “ideológica” que trasluce, supongo que impropia de alguien de dieciséis o diecisiete años. Entendedme, no estoy hablando de política, sino de la manera de ver la vida, enfocar problemas y hallar soluciones.
Empecé otra novela, cuya acción se desarrollaba durante la Movida madrileña. Era una historia de venganza. López, un joven aspirante a escritor que llega de provincias dispuesto a comerse Madrid, era vejado por Marta, una femme fatale que le arruina la vida. Años después, López se la encuentra en la playa y decide devolverle la jugada. La gracia de la novela estribaba en que me hacía aparecer como personaje (a mí y a toda la tertulia de Madrid) en la segunda parte, que se desarrollaba en los años noventa. Eso ahora se llama transrealismo, está muy bien visto y lo han practicado los autores más importantes del mundo mundial, desde el Javier Marías de Todas las almas hasta el Philip K. Dick de Valis; pero entonces era sólo una idea curiosa. De la novela sólo salvé unos cuantos capítulos, que condensé en un refrito titulado “El nacimiento de Venus” y aparecieron publicados en Parsifal, el fanzine de José Luis Rendueles, aunque tuve la idea, bastante peregrina, de cambiarle la ambientación y hacer que transcurriese en el siglo XXI, por aquello de que me lo iban a publicar en una publicación especializada. A lo mejor me animo a colgar la versión original en este blog.
Aparte de aquello, no hubo mucho más. Me publicaron una media docena de relatos, algunos de ellos perfeccionables (“El que acecha en la oscuridad” y “Confesiones de un papanatas de mierda”), otros aceptables (“El hombre del Quinto Centenario” y “Protégete de la onda expansiva de mi cerebro”, que es mi cuento favorito) y uno, lo reconozco sin reparo, bueno (“Tierra de venados”). Y a mediados de los noventa enmudecí. Estaba muy liado con las oposiciones, me agobié porque veía que nada que escribiese podría superar el resultado de “Tierra de venados” y ello hacía que todos mis intentos de retomar la escritura fracasasen, uno por uno. Empecé algunos cuentos y, lo que es más importante, me sobraban ideas. Pero no tenía tiempo. Nunca tenía tiempo. Las ideas eran demasiado ambiciosas e irrealizables sin dedicarles demasiado tiempo. Siempre tenía alguna oposición rondando. Me había comprometido a escribir un artículo o una crítica.
Por ello empecé a escribir aquellas ideas en hojas sueltas, a la espera de poder plasmarlas en un relato o novela. También apuntaba mis sueños, algunos de los cuales me habían servido para escribir cuentos.
Pasaron los años. Y seguía sin escribir. Y ya lo daba todo por perdido.
Enfermé. Durante los tres meses que pasé en el hospital tuve tiempo de sobra para recapitular acerca del pasado, hacer tabla rasa y afrontar el futuro de otra manera, con otra predisposición. Sistematicé todas mis ideas: había material para veintisiete relatos.
Que, por supuesto, no escribí.
Ahora lo he retomado, pero de otra manera. La única ficción que he escrito son los relatos de medio folio que nos daba tiempo a escribir en los primeros tiempos del taller de Jorge Zentner. Son trabajos de taller, incompletos, pero hay al menos dos de aquellas historias que merece la pena retomar y alargar, dotarlas de mayor enjundia y moverlas. El taller de Jorge me dio otra perspectiva de la escritura; sin aquel año y medio, hoy no habría retomado la escritura. Ni mi diario ni este blog existirían. Seguiría recordando los tiempos en que escribía y alimentando ilusiones acerca de mis futuras novelas y relatos.
En paralelo al taller, algunas cosas cambiaron durante el año pasado. Mi hermana consiguió por fin una comisión de servicios cerca de Madrid, por lo que abandonó su destino en Jaén. Para cuidar mejor de mi madre, se fue a vivir con ella, pero esto nos creó un problema: ¿Qué hacer con todas mis cosas? Dejarme una habitación abierta es un problema, porque obligaría a hacer una obra en la casa, y sólo estoy en Madrid quince o veinte días al año. No merece la pena. Así que decidimos que desalojara mi habitación en la medida de lo posible, lo justo para que mi hermana y mi sobrino pudieran entrar a vivir y, por supuesto, llevarse sus cosas.
Así pues, durante los viajes a Madrid del año pasado fui deshaciéndome de las cosas que no me había traído a Barcelona.
Tiré mis apuntes del instituto, la carrera, las oposiciones y los cursos del paro: al principio estaba que lloraba, por todo lo que estaba dejando atrás, pero en los últimos viajes al contenedor estaba exultante, feliz por estar quitándome aquel peso de encima.
Dejé mis libros y casetes (veintiocho cajas en total: cerca de dos mil libros y unas trescientas cintas) en casa de David Panadero.
Y recuperé las carpetas en las que guardaba mis escritos. Me las traje a Barcelona. Ahora tengo todos aquellos ultracortos de adolescencia, los relatos que empecé a escribir durante mis años de opositor y las hojas sueltas que podríamos denominar «cajón de ideas». Algunas siguen resultándome atractivas y creo que voy a hacer buen uso de ellas, aunque no las escribiré como tenía pensado entonces, sino como quiero escribirlas ahora.
Sin embargo, otras ideas, sin ser malas, ya no me valen: el momento de escribirlas pasó. No me reconozco en ellas. O ya no recuerdo cómo quería desarrollarlas. Y antes que permitir que se pierdan en el tiempo («como lágrimas en la lluvia», que diría Roy Batty) las exhumo, por si alguno de vosotros fuera capaz de encontrarles algún sentido o terminarlas. Tomadlas. Vuestras son, mías no.

Fantasía histórica. Premisa: Napoleón llega a pactar con Chaka, el rey zulú. Las guerras napoleónicas adquieren dimensión mundial. Campaña africana de Napoleón contra los ingleses y enfrentamiento posterior con los zulúes.
Protagonistas:
Un cronista de Chaka (inglés renegado o adoptado por los zulúes). Visión africana y europea al mismo tiempo. En primera persona.
Un oficial francés de Napoleón. En primera persona.
Soldado de Chaka, que luego puede llegar a lugarteniente. En primera y tercera.
Segunda parte. Con la misma ambientación.
Creencia de que resucitarán guerreros y llegarán los rusos (que vencieron a los ingleses en Crimea) para liberarlos de los ingleses. Se crea un milenarismo, que persiste hasta el siglo XX, reactivado por unas guerrillas prosoviéticas. Desmadre total, a lo Wilbur Smith.

Una especie alienígena sólo puede multiplicarse por división, pero esta tiene que ser inducida. Por ello, los alienígenas siempre están provocando a los humanos para que los ataquen. La violencia es la única manera que tienen de reproducirse.

Un cuento que sea un manifiesto contra la obstinación, el ensañamiento, el pisar innecesariamente el cuello hasta la asfixia, el amargo placer de una revancha inútil.
A (chica) le echa la bronca a B (chico) por darle el coñazo. Le dice cosas inadmisibles, que cierran la puerta a cualquier posible reconciliación.
Con la vista velada por las lágrimas, B ve –o cree ver- que A está «demasiado cerca» de C (chico). Lo ha visto porque miró hacia atrás sin necesidad. Va hacia ella y consigue darle la vuelta a la situación. Le arranca confesiones demasiado dolorosas. A está derrotada.
Minutos después, D (chica) se encuentra con B en el parque. Está llorando desconsolado. Se pregunta por qué lo ha hecho, qué placer ha obtenido, por qué ha obrado de esa manera, puesto que se han perdido el uno al otro para siempre: con la humillación anterior, él la había perdido para una temporada y ella lo había perdido casi para siempre. Pero no de una manera definitiva. Si se hubiera dejado pisar, las cosas hubieran podido arreglarse (aunque tal vez no: nunca se sabe). Pisando no hay solución.

La vida de B cambiará. Jamás volverá con su grupo de amigos, sometido a un ostracismo voluntario. ¿Para qué?

Una persona cuyo sufrimiento produce energía. Desprende todo su dolor (está enferma: tal vez un cáncer terminal) y muere, con el semblante feliz, después de graves padecimientos y una descarga final que sirve para sanar a centenares de enfermos.

Un chico se acerca a una chica y le dice: «Perdona, pero tu hígado era de mi novia. Lo sé. No me preguntes cómo, pero lo sé». La chica, a cuadros, ha de reconocer que, en efecto, su hígado es trasplantado. Hablan largo y tendido: ella, acerca de la operación; él, acerca de su novia. Acaban juntos. Los tres.

Un cuento «costumbrista» y «de interior».
La chica está en la cama. Lee la novela que está escribiendo su amigo, con quien (y de esto nos daremos cuenta más adelante) se acaba de acostar.
Lee, y va llegando a la conclusión de que él la ama y ha escrito esa novela para ella.
Se levanta para besar al chico, que está escribiendo en el ordenador. [Quiero plasmar una sensación, sin que ellos se dirijan la palabra, sólo con actos o –si fuera posible- gestos: el placer radiante de saberse amada, que no se han limitado a echar un polvo sino que hay mucho más.]
De nuevo en la cama, ella le pregunta por el final de la novela.
Él, esbozando una sonrisa tímida, responde:
-La chica se termina llevando al chico.
Y siguen besándose y haciendo el amor, esta vez para siempre.

martes, 24 de enero de 2006

Presentación y firma de libros de David G. Panadero y Miguel Ángel Parra

Pues nada, que aprovechando que tengo aquí de visita a David G. Panadero hemos decidido realizar una sesión de firmas de su último libro el viernes a las siete de la tarde en la librería Gigamesh. No sabemos si la cosa llegará a los extremos de la presentación que hizo en Madrid el sábado 21 (60 asistentes), pero sí podemos garantizar que hablaremos de frikadas, platillos volantes y jerseys de angora.
Allí nos vemos. Hasta el viernes. Besitos.

DAVID G. PANADERO Y MIGUEL ÁNGEL PARRA
FIRMARÁN EJEMPLARES DE
TIM BURTON. DIARIO DE UN SOÑADOR
EN LA LIBRERÍA GIGAMESH


Nos complace anunciaros que David G. Panadero y Miguel Ángel Parra firmarán ejemplares del libro Tim Burton. Diario de un soñador (Ediciones Jaguar) en la Librería Gigamesh (Ronda de Sant Pere, 53) el próximo viernes 27 de enero a partir de las 19:00 h.


Tim Burton. Diario de un soñador, de David G. Panadero y Miguel Ángel Parra, traza un recorrido por la inconfundible imaginería y el universo de cuento de hadas del nuevo enfant terrible del cine actual.
David G. Panadero (Madrid, 1974) dirige la colección de novela policíaca Calle Negra y colabora en el portal de internet Pasadizo o la revista Gigamesh. Es autor de Dark City. Mientras la ciudad duerme y ha participado en obras colectivas como Sam Raimi, de la transgresión al neoclasicismo o Cine fantástico y de terror español 1984-2004. En 2005 publicó, junto con Miguel Ángel Parra, Ed Wood. Platillos volantes y jerseys de angora y Tim Burton. Diario de un soñador. Pero es sobre todo el editor de Prótesis. Publicación consagrada al crimen, con la que ha contribuido al resurgimiento de la novela negra española.
Miguel Ángel Parra (Barcelona, 1978) estudió Animación y Dirección cinematográfica. Ha sido jurado y colaborador en el Festival de Sitges, ha participado en la exposición Cultura basura y ha dirigido la dedicada al vigésimo aniversario de La bola de cristal. Es autor de The Rocky Horror Picture Show e intervino en Sam Raimi, de la transgresión al neoclasicismo, entre otros. Actualmente se encuentra inmerso en la preparación de otro libro dedicado a The Little Shop of Horrors y el montaje de la obra musical Bat Noi con la veterana compañía teatral Els 4 arreplegats.

El acto irá precedido por un breve coloquio con los autores.

Os esperamos a todos. Muchas gracias por vuestra asistencia.

AZAR Y ORDEN (Segunda parte)

Y aquí está la segunda parte de la conferencia. En vez de entrar en análisis profundos, me pareció más útil contar argumentos y leer fragmentos significativos de las obras más destacables. De hecho, esto es una guía de lectura para iniciar a los lectores profanos en la lectura de Stanislaw Lem. Aquí está la criatura:


CRONOLOGÍA DE LA OBRA DE LEM

En cuanto a su obra, Lem habla de tres etapas.

ETAPA FORMATIVA

Lem abomina de casi todos sus primeros escritos (“En el primer período de mi carrera escribí cosas puramente secundarias”). Metido en la escritura por puro azar, para ayudar económicamente a sus padres, publica relatos de misterio y poemas en un semanario católico de Cracovia. También publica Hombres de Marte (1946) en una revista juvenil. Los astronautas (1951) retrata la colonización de un Venus utópico desde unas premisas muy ingenuas. El progreso social y el tecnológico lo dominan todo. Prefiere olvidar otra novela de ciencia ficción, La nebulosa de Magallanes (1955). Sin embargo, se muestra más indulgente con una novela realista, El hospital de la transfiguración (1948), en la que relata la lucha del personal de una clínica de enfermos mentales de la Polonia ocupada para que las fuerzas de ocupación nazis no los asesinaran. Ninguna de estas obras está traducida al castellano, por lo que sólo podemos conocerlas a partir de referencias.

ETAPA INTERMEDIA

Abarca la segunda mitad de los años cincuenta y toda la década de los sesenta. Lem lo presenta como un período en el que escribe ficciones sin preocuparse por la existencia de ningún tipo de continuidad entre los mundos imaginarios que describe y nuestro mundo real.
Según Lem:

En el segundo período alcancé los confines de un campo que en conjunto ya estaba casi totalmente explorado.
(“Azar y orden”, en Gigamesh núm. 2, pág. 45)

Podemos agrupar las obras pertenecientes a este período en los siguientes bloques temáticos:

1. Novelas sobre el extrañamiento alienígena

Con esto me refiero a las novelas que abordan los límites del conocimiento humano y el carácter incognoscible de mentalidades alienígenas.

Edén (1959)
Una nave efectúa un aterrizaje forzoso en un planeta, al que los tripulantes denominan Edén. Los miembros de la tripulación son un ingeniero, un físico, un químico, un cibernético, un médico y el coordinador. Todos ellos fracasan en su intento de entender la civilización que se encuentran en Edén. Es una novela primeriza, cuyo mayor valor es servir de precedente a Solaris.

Solaris (1961)
Sin duda, la obra maestra de Lem, la mejor novela no anglosajona de ciencia ficción y uno de los libros más valientes y extremos jamás publicados, sin distinción de género literario. Explora hasta el límite el conocimiento humano y la posibilidad de comunicarse con entes extraterrestres.
Kris Kelvin es un psicólogo especializado en estudiar el planeta Solaris, un inmenso océano de una sustancia coloidal que orbita en torno a una estrella doble. Solaris está considerado como un océano viviente: produce figuras vegetales, humanas o herramientas, a las que se ha bautizado con nombres sonoros y sugerentes: “mimoides”, “fungoides”, “simetríadas” o “asimetríadas”. Estas figuras parecen provenir directamente del subconsciente humano, motivo por el que los estudiosos de la disciplina científica llamada solarística discrepan. Una corriente defiende la posibilidad de que Solaris sea un ser inteligente que trata de comunicarse con nosotros, aunque prefiere un retiro ascético (teoría yogui) y otra asegura que Solaris no tiene el menor interés en trabar contacto con la humanidad (teoría autista).
Sobre el planeta Solaris orbita la estación espacial donde se desarrolla la trama. Cuando llega Kelvin, ninguno de los tres miembros de la tripulación está donde debiera: Gibarian acaba de fallecer, Snaut lo acoge con escepticismo, como si se tratase de un ser irreal y Sartorius permanece encerrado en sus dependencias.
Kelvin no tarda en recibir “visitas”. Una mañana despierta y se encuentra con Harey, su antigua novia, que se había suicidado diez años antes. No se trata de un sueño: es ella en realidad, pero sabe detalles de la vida de Kelvin posterior a su suicidio. Se deshace de ella lanzándola al espacio en una nave auxiliar. Pero ella reaparcece al día siguiente. Es real y piensa por sí misma. Kelvin cree que es una emisión del planeta Solaris; ella, por su parte, sufre al ser consciente de que es una imitación de la Harey real. Esto convierte Solaris en una conmovedora historia de amor en un tiempo de “milagros crueles”, a la vez que la novela mejor escrita del autor.

Yo no entendía. Desde que había entrado en la niebla no veía el sol; sólo un resplandor rojizo. Continué volando, con la esperanza de desembocar al fin en uno de esos embudos, y eso fue lo que ocurrió, al cabo de media hora. Me encontré pues en otro “pozo”, un cilindro casi perfecto, de varios centenares de metros de diámetro. La pared del cilindro era un gigantesco torbellino de niebla que se elevaba en espiral. Me esforcé por permanecer en el centro del “pozo”, donde el viento era menos violento. Advertí entonces un cambio en la superficie del mar. Las olas habían desaparecido casi del todo y la capa superior de ese fluido –lo que compone el océano- era ahora transparente, con estelas confusas aquí y allá, que se disipaban; al poco tiempo volvió a hacerse la luz. Alcanza ba a ver claramente hasta una profundidad de varios metros. Veía una especie de ciénaga, de légamo amarillo, que proyectaba filamentos verticales. Cuando esos filamentos afloraban a la superficie tenían un resplandor vidrioso y empezaban luego a desprender espuma, y por último esa espuma se coagulaba; se hubiera dicho un almíbar espeso. Aquellos filamentos viscosos se mezclaban, se entrelazaban; protuberancias turgentes cruzaban por encima del océano y adquirían poco a poco distintas formas. Noté de pronto que mi aparato se desviaba hacia el muro de niebla; tuve entonces que maniobrar a contraviento, y cuando pude mirar de nuevo hacia abajo, vi algo que me recordó un jardí. Sí, un jardín. Árboles, setos, senderos; pero no era un verdadero jardín; todo estaba hecho de esa misma sustancia, que ahora se había solidificado del todo y parecía yeso amarillo. Bajo el jardín brillaba el océano. Descendí todo lo que pude. Quería mirar de cerca ese jardín.
(Solaris, pág. 89)

El Invencible (1964)
Con esta novela, Lem intenta ir un paso más allá de Solaris, aunque sin tanto éxito. Es una novela brillante, uno de sus mejores trabajos, pero tal vez demasiado lastrada por el hecho de haber sido publicada a continuación de Solaris. La nave Invencible llega a un planeta para encontrar los restos de una expedición anterior, la de la nave Cóndor. Ven cosas que no son capaces de entender: una ciudad imposible y unas formas de vida alienígenas completamente incognoscible con las que resulta imposible intentar comunicarse; ni siquiera se podría asegurar que sean seres vivos, ya que su química no se sustenta en el carbono. Lem explora hasta el límite la idea de imposibilidad de establecer contacto con seres alienígenas.

La voz de su amo (1968)
Para entender esta novela, tenemos que explicar el concepto de ciencia ficción “dura” o hard. Utilizamos este término para referirnos a las obras de ciencia ficción que explotan todas las posibilidades e implicaciones de una teoría científica conocida o por conocer. La voz de su amo se nos presenta, pues, como una novela sobre científicos escrita por un científico. El elemento hard de la novela es la aparición de un mensaje extraterrestre y las dificultades que entraña su interpretación.

Fiasco (1986)
Lem cierra varias líneas temáticas en esta novela, uno de sus trabajos más logrados. Pese a que cronológicamente habría que encuadrarla en la última etapa, la incluyo aquí por motivos temáticos. Para lo que nos interesa en este apartado, Fiasco supone la asunción por parte de Lem de que es imposible establecer cualquier intento de comunicación con seres extraterrestres. No es casualidad que sea su última novela de ciencia ficción: Lem ya no puede ir más allá con las herramientas de que dispone el género.

2. Novelas sobre el extrañamiento humano

Del mismo modo que había dejado clara la imposibilidad de comprender a los alienígenas, Lem intenta demostrar que también carecemos de parámetros para enjuiciar a los seres humanos. Para ello se vale de un recurso común: presentar a personas arrancadas de su entorno habitual, bien por haber regresado de un largo viaje espacial, bien por haber despertado de una hibernación centenaria. La premisa de Lem es que, arrancados de nuestro entorno cultural, somos incapaces de reconocer incluso a nuestros semejantes.

Retorno de las estrellas (1961)
Hal Bregg, superviviente de la expedición de la nave Prometeo, regresa a la Tierra más de un siglo después de su partida, aunque por efecto del desfase temporal sólo ha envejecido diez años. Sin embargo, no reconoce el planeta al que ha regresado. El concepto de betrización y las relaciones humanas nos producen un desasosiego mayor que si nos halláramos ante una sociedad extraterrestre. La humanidad ha sido condicionada para no ejercer la violencia, lo que crea una paradoja típica del subgénero distópico: para los habitantes del mundo retratado, la situación es una verdadera utopía en la que reina la felicidad, mientras que a los ojos del visitante nos hallamos ante una situación terrorífica. Bregg es incapaz de relacionarse con otros seres humanos. Sólo es capaz de entenderse con los robots. La sexualidad tal como la entienden los humanos de la época a la que ha llegado es aberrante para Bregg; de hecho, algunos momentos de su “noviazgo” con Eri parecen extraídos de la huida de Humbert Humbert con la nínfula Lolita en la inmortal novela de Vladimir Nabokov.

Memorias encontradas en una bañera (1961)
Novela kafkiana (tiene ecos de El castillo), a la vez que sátira hilarante de la sociedad capitalista. Una epidemia ha acabado con el papel. La civilización tal como la conocemos está llegando a su fin. Milenios después se descubre un manuscrito que se había depositado en las dependencias de la sede subterránea del Pentágono, en las montañas Rocosas. Lem ridiculiza las sociedad occidental, y en concreto la estadounidense, así como las herramientas de análisis lingüístico, en un diálogo tan surrealista como el siguiente:

-Usted ha dicho que todo era cifrado. Supongo que era una metáfora.
-No.
-¿O sea, que cada texto…?
-Así es.
-¿Y un texto literario?
-También. Acérquese, por favor.
Nos dirigimos hacia una puertecita. Prandtl la abrió, enseñándome no una habitación, como esperaba ver tras ella, sino un aplaca de color oscuro con un pequeño teclado, ajustado al marco de la puerta, con una rendija bordeada de níquel en el centro; asomaba a ella, como una lengua de serpiente, la punta de una cinta de papel.
-Dígame un párrafo de una obra literaria –me pidió Prandtl.
-¿Puede ser de… Shakespeare?
-Lo que usted quiera.
-¿Afirma usted que sus dramas son una colección de telegramas cifrados?
-Depende de lo que usted entienda por telegrama. ¿Y si hiciéramos sencillamente una prueba? Diga algo.
(…)
-¡Ya lo tengo! –dije de pronto, levantando los ojos-. “Ni cien palabras mi oído ha bebido de tu boca, pero conozco tu voz. ¿Eres Romeo? ¡Habla!”
-Muy bien.
El capitán pulsó rápidamente las teclas, grabando el párrafo. De la rendija emergió balanceándose una serpiente de papel. Prandtl la cogió con cuidado y me la entregó. La sostuve entre los dedos, esperando; la cinta surgía de la rendija, centímetro tras centímetro. Tensándola ligeramente, sentí la vibración interior del mecanismo que la empujaba. De repente dejé de notar el temblor tenue, transmitido por la cinta. La máquina no imprimía más palabras. Me puse a leer el texto impreso.
“Ca na lla Mat hews Ca na lla bra zos y piernas le ma cha ca ría con goce celestial Mat hews hijo de cer da Mat hews Math.”
-¡¿Pero, qué es esto?! –exclamé, indignado. El capitán meneó la cabeza.
-Supongo que Shakespeare, mientras escribía esta escena, estaba animado por sentimientos poco amistosos hacia el individuo llamado Mathews, y los puso en cifrado en el texto del drama.
-¡Vaya, hombre! ¡Jamás me hará creer esa historia! En otras palabras, ¿metió adrede en este maravilloso diálogo lírico unas palabrotas de bajos fondos dirigidas a un tal Mathews?
-¿Y quién le dice que lo ha hecho adrede? Un cifrado es un cifrado, sin que se tenga que tomar en cuenta las intenciones del autor.
-¿Me permite? –pregunté. Me acerqué a la placa y yo mismo tecleé el texto ya descifrado. La cinta empezó a salir retorciéndose en espirales. Vislumbré una sonrisita singular en los labios de Prandtl, quien, sin embargo, no hizo comentario alguno.
“Si me diera olé olé si me olé diera eh eh eh si diera ay si ay diera ay me diera”, decían las bien impresas letras de la cinta.
-¿Y esto a qué viene? ¿Qué significa?
-Es el estrato subyacente. ¿No lo había previsto? Hemos penetrado en una capa más profunda todavía de un inglés del siglo XVII. Eso es todo.
-¡No puede ser! –exclamé-. ¡Así que este maravilloso poema no es más que una funda en cuyo interior pululan unas cerdas, olés y ayes! ¡¿Y si usted pone en su máquina los más nobles monumentos de la literatura, las más elevadas obras del genio humano, poemas inmortales, sagas, obtendrá balbuceos inarticulados?!
-Es que SON balbulceos –contestó friamente el capitán.
(Memorias encontradas en una bañera, págs. 77-79)

Congreso de futurología (1971)
En puridad, pertenece al ciclo de Ijon Tichy, pero la incluimos en este apartado. Tichy asiste a un congreso de futurología en la república bananera de Costarricania. Se produce un bombardeo de sustancias psicotrópicas, que da pie a una serie de alucinaciones. A través de las percepciones alteradas de Tichy vemos lugares oscuros de nuestro mundo desde una perspectiva distanciada.

3. Novelas de misterio irresoluble

Lem vuelve a su leitmotiv: somos incapaces de resolver ciertos enigmas utilizando enfoques tradicionales.

La investigación (1959)
Varios cadáveres desaparecen o aparecen en diferentes posturas en unos tanatorios de Inglaterra. No parece haber móvil, motivo ni crimen, con lo que las convenciones de la novela de procedimiento policíaco no parecen aplicables. Los inspectores Farquart y Gregory, asistidos por el doctor Sciss y el superintendente Sheppard, no parecen dar con ninguna explicación válida. Hay estadísticas que asocian la zona en que aparecen los cadáveres manipulados con la incidencia de ciertos tipos de cáncer, pero no parece una pista fiable ni indicativa. Se llegan a sugerir hipótesis sobrenaturales, como que los cadáveres hayan resucitado brevemente. Una a una, caen otras teorías más razonables, como que se trate de casos de necrofilia, la presencia de un psicópata en la zona o que los responsables sean forenses de los tanatorios. Se llega a afirmar lo siguiente:

Hay en esta serie una perfección matemática que podría sugerir que nuestro problema no existe.
(La investigación, pág. 59)

Después de La investigación, resulta harto difícil escribir novela de misterio. Es un callejón salida, por cuanto que viene a negar radicalmente la validez de las novelas de prcedimiento policíaco.

La fiebre del heno (1976)
Lem retoma el esquema de la novela anterior, aunque con resultados más mediocres. Un astronauta recibe la misión de investigar tres muertes que se han producido en un balneario italiano. Tampoco parece haber crimen, ni móvil ni motivo. En teoría, son suicidios.

4. Cuentos de robots

Homenaje explícito a Italo Calvino y su serie protagonizada por Qfwfq (Las cosmicómicas y Tiempo cero), las aventuras de los robots Trurl y Clapaucio son deliciosas, y han inspirado a autores como Douglas Adams (Guía del autoestopista galáctico), a la vez que proponen un paradigma de los relatos de temática robótica muy apartado del de los relatos al uso: Lem intenta hacer sátira social. Trurl y Clapaucio son humanos, muy humanos. La serie cuenta además con exquisitas ilustraciones del propio Lem; pero sólo en su edición en Bruguera, no en la recién aparecida en Alianza. Se agrupan en dos volúmenes, Fábulas de robots (1964) y Ciberíada (1966).

5. Relatos del piloto Pirx

Aparecen en Relatos del piloto Pirx y Más relatos del piloto Pirx (1968). Narradas en un tono más serio que las aventuras de Ijon Tichy, las historias del piloto Pirx contienen algunos de los relatos más perfectos e implacables de Lem. Se trata de obras de madurez, con momentos culminantes como “Terminus”, “Albatros” o “El proceso”. Posteriormente, Pirx reaparece en Fiasco, la última novela de ciencia ficción de Lem, en la que el autor recapitula sobre prácticamente todos sus temas recurrentes. Con respecto a esta última, Lem juega sucio con el lector, en una última pirueta conducente a demostrar la inutilidad de las reglas del método científico e incluso las reglas de la narración clásica. Sabemos que Pirx es uno de los protagonistas de la primera parte de la novela, pero llegado el final nos quedamos con la duda: ¿es realmente el protagonista de la novela?

6. Ijon Tichy o la sátira

Aquí tenemos otra de las obras cumbre de Lem: los Diarios de las estrellas. Las andanzas del piloto Ijon Tichy y su amigo el profesor Tarantoga nos remiten directamente a la sátira social de Voltaire y Jonathan Swift. De este modo, Ijon Tichy se convierte en un Samuel Gulliver del espacio, que ha influido en obras posteriores como los cómics de Goomer, de Ricardo y Nacho, Érase una vez en el futuro, de Carlos Giménez o la serie Futurama, uno de cuyos capítulos es un homenaje explícito (por decirlo fino) al “Viaje undécimo”. Tichy se infiltra en un planeta de robots. Tiene que disfrazarse de robot, aunque debe andarse con cuidado, pues los “viscosones” (epíteto despectivo para referirse a los seres humanos de carne y hueso) están mal vistos por los robots. El final es obvio, para cualquiera que haya visto el episodio de Futurama o haya leído El hombre que fue Jueves, de G.K. Chesterton.
No es el único ejemplo de humor desbordante que ofrece esta obra. El principio del “Viaje octavo” es hilarante:

Era delegado de la Tierra en la Organización de Planetas Unidos o, más estrictamente, candidato, aunque eso tampoco es exacto, ya que no era mi candidatura, sino la de toda la Humanidad, la que tenía que ser examinada por la Asamblea Planetaria.
En mi vida había tenido tanto miedo. La lengua, reseca, me golpeaba los dientes como un trozo de madera y, mientras caminaba por la alfombra roja, extendida desde el astrobús, no sabía si era ella la que cedía tan blandamente bajo mi peso o mis rodillas. Preveía la necesidad de pronunciar un discurso, pero mi garganta, endurecida por la emoción, no hubiera dejado pasar una sola palabra. Al ver, pues, una máquina grande y reluciente con una barra cromada y pequeñas rendijas para las monedas, eché sin tardar una, poniendo bajo el grifo un cubilete de termo que tuve el acierto de traerme. Fue el primer incidente diplomático interplanetario de la Humanidad en la arena galáctica, ya que el supuesto aparato automático de refrescos resultó ser el vicepresidente de la delegación tarracana vestido de gala. Por fortuna, los tarracanos eran precisamente quienes recomendaron nuestra candidatura a la Asamblea; lo lamentable fue que yo ignoraba este hecho en aquel momento. El insigne diplomático escupió sobre mis zapatos, lo que interpreté, erróneamente, como un mal presagio; digo erróneamente, puesto que era solamente la secreción perfumada de las glándulas de saludo.
(Diarios de las estrellas, págs. 38-39)

Por no hablar del “Viaje séptimo”, uno de los mejores relatos humorísticos de ciencia ficción de todos los tiempos, al nivel de Robert Sheckley o Fredric Brown.
Las narraciones de que consta el ciclo de Ijon Tichy son Diarios de las estrellas (1971, divididas en dos tomos en las ediciones de Bruguera, pero en uno solo en las de Edhasa y Alianza), Congreso de futurología (1971) y Regreso a Entia (1982), una novela bastante menor dentro de la trayectoria del autor.

TERCERA ETAPA

Lem la denomina “etapa de acercamiento al realismo en la ciencia ficción”. Según el autor: “Dejé los terrenos ya explotados y me adentré en un terreno nuevo”. Lem continúa con su exploración de los límites del conocimiento humano y termina llegando a la conclusión de que los métodos de análisis tradicionales, que ha llevado hasta sus últimas consecuencias en obras como Solaris o La investigación, carecen de validez. Por ello, Lem se plantea una vía nueva: los ensayos sobre libros inexistentes. Esta etapa empieza con la década de los setenta y dura hasta la actualidad. Las obras más destacables son:

Vacío perfecto (1971)
Homenaje a Jorge Luis Borges y relatos como “Pierre Menard, autor del Quijote”, Vacío perfecto es una recopilación de reseñas de libros inexistentes, uno de los cuales es el propio Vacío perfecto. Lem arremete contra todas sus influencias literarias y vitales, en un intento de conjurarlas. La burla alcanza a James Joyce, Daniel Defoe y el propio Lem. El (falso) libro titulado De Imposibilitate Vitae es en realidad una extrapolación realizada a partir de la vida de su padre y su azaroso paso por la Europa sumida en la Primera Guerra Mundial: Lem está hablando de sí mismo. Posteriormente escribiría una novela autobiográfica, El castillo (1975), que también permanece inédita en castellano.

Un valor imaginario (1973)
Lem va un paso más allá. Si Vacío perfecto era una colección de reseñas de libros inexistentes, Un valor imaginario contiene prólogos de libros que todavía no han sido escritos. El epígrafe titulado Golem XIV apareció posteriormente como libro de manera independiente.

Provocación (1984)
Es el último libro de Lem aparecido en España. Contiene sendos ensayos sobre dos libros inexistentes: El genocidio, de Horst Aspernicus, y Un minuto humano, de J. Johnson y S. Johnson.
El genocidio es en realidad un ensayo de más de cien páginas en el que Lem analiza de una manera implacable las raíces y motivaciones del Holocausto judío, que él mismo estuvo a punto de sufrir. Recurre al subterfugio de presentar este ensayo como la reseña de una obra monumental en dos volúmenes (La solución final como forma de redención y Muerte en cuerpo extraño). Mi amigo Julián Díez sostiene que Lem tuvo miedo de escribir El genocidio y se conformó con realizar esta reseña que, insisto, es implacable e imprescindible. En sus páginas podemos leer reflexiones como las siguientes:

Lo que los alemanes hacían en la Europa occidental a escala local, en secreto, de modo esporádico y lentamente, lo emprendían en el Este a escala creciente, con brusquedad, de forma más evidente y cada vez con menos reparos, empezando por las fronteras del General Gouverment, esto es, las tierras polacas anexionadas por los alemanes durante el tercer reparto de Polonia. Cuanto más al este, más claramente el genocidio pasaba a ser una normativa de aplicación inmediata: a menudo mataban a los judíos en sus casas, sin aislarlos en guetos ni trasladarlos a los campos de exterminio. El autor opina que esa disparidad demuestra la hipocresía de los genocidas, que se sentían incómodos para hacer en el Oeste lo que hacían en el Este, donde ya ni se preocupaban de guardar las apariencias.
En su origen, el programa de “la solución final de la cuestión judía” escondía distintas variantes que representaban diferentes grados de crueldad, aunque todas con idéntico final. Aspernicus sostiene, y con razón, que era factible la variante no sanguinaria, militar y económicamente más provechosa para el Tercer Reich: separación de sexos y aislamiento en guetos o campos. Si los alemanes, al escoger su conducta, no tomaron en consideración los factores éticos, deberían haber considerado al menos el factor de beneficio propio que sin duda implicaba esta variante, puesto que dejaría libres una gran parte de los trenes (los cuales trasladaban a los judíos de los guetos a los campos de exterminio) para necesidades militares, reduciendo el número de tropas dedicadas al exterminio (porque la vigilancia de los guetos exigiría menos fuerzas) y aliviando también la industria destinada a la producción de crematorios, trituradoras de huesos humanos, gas
Zyklon y otros utensilios genocidas. Los judíos segregados se hubieran extinguido en cuarenta años, como mucho, teniendo en cuenta el ritmo al que desaparecía la gente de los guetos a causa del hambre, las enfermedades y el agotamiento causado por los trabajos forzados. El ritmo de este genocidio indirecto era conocido por la plana mayor del Endlösung a principios del año 1942, y cuando se optó por la decisión definitiva, la plana mayor podía contar aún con una victoria alemana. No había, pues, ningún factor a favor de la solución sanguinaria, aparte de la propia voluntad de matar.
(Provocación, págs. 28-30)

El bien nunca se sirve del mal en sus razonamientos, pero el mal siempre usa parte del bien para convencer. Por eso, en los proyectos de las grandes utopías no faltan datos concretos, por eso en la de Fourier se puede encontrar descripciones detalladas sobre la organización de los falansterios, pero en los escritos del nazismo radical no hay ninguna mención a la organización de los campos de exterminio, las cámaras de gas, los crematorios, los hornos, las trituradoras de huesos, el gas Zyklon o el fenol. En principio, el crimen no era imprescindible, constantan los que quieren tranquilizar, hoy en día, a los alemanes y al mundo con esos libros que explican cómo Hitler no sabía, no veía, no quería, no tenía tiempo de ocuparse de, se le olvidó, fue malentendido, se le escapó, descuidó, que por su cabeza pasaba todo lo que se quiera, cualquier cosa salvo el asesinato.
(Provocación, págs. 55-56)

Pero hasta la ficción se le queda corta a Lem. En vista de que no puede ir más allá con los mecanismos tradicionales de análisis de la realidad (primera y segunda etapas) ni con la metaliteratura (tercera etapa), en 1975 publica una novela autobiográfica, El castillo, inédita en castellano. Al mismo tiempo, se vuelca con el ensayo, que ya había acometido en trabajos como Diálogos (1957) y Summa Technologiae (1964). Produce Biología y valores (1968), Ciencia ficción y futurología (1970) y Microworlds (1984), entre otras. También están inéditas en castellano, excepto los dos ensayos de Microworlds aparecidos respectivamente en los números 2 y 7 de la revista Gigamesh: “Azar y orden” y “Philip K. Dick: Un visionario entre charlatanes”.

LEM AUDIOVISUAL

Quisiera finalizar esta conferencia con un breve apartado dedicado a su relación con el cine, la television e incluso el teatro: en el número 2 de revista Nueva Dimensión pudimos leer una obra teatral suya, “¿Existe verdaderamente Mr. Smith?”. Stanislaw Lem, como ya he dicho, es un autor difícil de analizar, dada su enorme complejidad. Por este motivo, cabría suponer que la adaptación de sus obras al cine es escasa. Nada más lejos de la realidad. Abundan las obras de Lem llevadas al cine. Las más célebres son las dos versiones de Solaris: la de Andrei Tarkovski (1971) y la de Steven Soderbergh (2002), ambas muy estimables y fieles al espíritu de la obra de Lem, si bien se permiten ciertas licencias cinematográficas que las alejan de su modelo. Otras adaptaciones de Lem al cine o televisión son Der Schweigende Stern (1959), producción alemana que adapta Los astronautas; Professor Zazul (1962), un telefilm polaco; Przekladaniec (1968), otro telefilm polaco, dirigido por Andrzej Wajda; IKARIA-XB1 (1968), película checa basada en La nube de Magallanes; Test pilota Pirx (1979), coproducción rusopolaca, en cuyo guión participó Lem; Szpital przemienienia (1979), adaptación de El hospital de la transfiguración, en cuyo guión también participó Lem; Un si joli village (1978), una adaptación francesa de La investigación; Är ni dä, Mr. Johns? (1984), un telefilm sueco; Victim of the Brain (1988), una película holandesa; y Marianengraben (1994), alemana. Resulta llamativa lo variado de la procedencia de estas adaptaciones, lo cual viene a demostrar que Stanislaw Lem es un autor universal.

lunes, 23 de enero de 2006

¿Y ahora qué digo yo?

http://elmundodeporte.elmundo.es/elmundodeporte/2006/01/23/baloncesto/1137999802.html

Me declaro absolutamente incapaz de añadir nada.

Esto sí que es arte. Uf.

domingo, 22 de enero de 2006

AZAR Y ORDEN (Primera parte)


Por petición popular, cuelgo el texto de la conferencia sobre Stanislaw Lem. Aclaro que no es un texto terminado, se trata de una aproximación para incitar a la lectura, sólo tenía una hora para entrar en materia y me pilló el toro. Me parece muy perfeccionable y sólo puedo considerarla un guión de trabajo para desarrollar el asunto más adelante.
Pero bueno, aquí está el texto. Que no sus pase ná. Besitos.


AZAR, ORDEN, MÉTODO Y CAOS EN LA OBRA DE STANISLAW LEM

Juan Manuel Santiago
Conferencia
Jueves, 19 de enero de 2006
Biblioteca Pública Guinardó – Mercè Rodoreda
Barcelona

“Si a finales de siglo no han propuesto a Stanislaw Lem para el premio Nobel, sin duda se deberá a que alguien le haya dicho a los miembros del jurado que escribe ciencia ficción”
, comentó cierto crítico del Philadelphia Enquirer en 1983. El tiempo le ha dado la razón: estamos en el 2006 y el nombre de Stanislaw Lem sigue sin sonar en ninguna de las múltiples quinielas que preceden el veredicto de la Academia Sueca.
En realidad, el hecho de que Stanislaw Lem gane o deje de ganar el premio Nobel carece de relevancia para lo que nos interesa en esta conferencia. Tampoco se lo concedieron a otros grandes autores del siglo XX, como Franz Kafka, Jorge Luis Borges o Italo Calvino, todos ellos citados entre las ilustres influencias de la obra de Lem.
Lo que sí considero relevante en la afirmación del crítico del Philadelphia Enquirer es que lleva implícito el hecho de que la ciencia ficción, al igual que las demás literaturas de género (fantasía, terror, policíaco, histórico, romántico o erótico), suelen ser consideradas “literatura menor” y, por tanto, intrínsecamente mala. Cierto es que la inmensa mayoría de la ciencia ficción (ya sea en literatura, cine o cómic) suele ser de ínfima calidad. Es conocida la anécdota que dio lugar a la denominada “Ley de Sturgeon”. En el transcurso de una conferencia, un crítico le reprochó al escritor Theodore Sturgeon lo deplorables que son las obras del género, y para reforzar su argumento procedió a leer fragmentos de obras que, de puro ridículas, causaron la hilaridad del público. El crítico terminó su exposición con la siguiente sentencia: “El noventa por cien de esta ciencia ficción es una basura”, a lo que Sturgeon replicó: “Por supuesto. El noventa por cien de todo es basura”.
Al igual que cualquier otro género literario, la ciencia ficción es asumida por la crítica y los medios académicos como literatura de segunda. Los géneros nacen en un momento concreto y responden a una serie de necesidades de los lectores: son literatura popular que consumen las clases medias y bajas, ansiosas de desconectar de sus mundos, bien trascenciéndolos (y ahí tenemos el origen de la famosa coletilla habitual en los autores, críticos o editores que temen reconocer abiertamente que están cultivando un género literario: nos hallamos ante una sutil metáfora de la condición humana… Bien, es que TODO en literatura es una metáfora) o bien olvidándose de ellos (y aquí encontramos el género como escapismo), mientras que la burguesía acomodada se decantaba por un realismo que reflejaba mejor sus gustos y necesidades, el mantenimiento de un mundo ordenado y metódico.
No obstante, la ciencia ficción, como cualquier otro género, ha evolucionado con el tiempo. Igual que su prima hermana la novela negra, ha pasado de ser una literatura de consumo masivo en publicaciones editadas en pulpa de papel (el llamado pulp) a producir una serie de obras estimables y en muchos casos canónicas, fundamentales para entender la literatura del siglo XX. El género se debate entre sus luchas internas: la prevalencia o no del fondo sobre la forma; la búsqueda de reconocimiento por parte de la crítica, lectores “serios” y mundo académico; y la consideración de “intrusos” que se dispensa a los autores que vienen “de fuera” y se adentran en el género, muchas veces obviando sus reglas estilísticas internas por puro desconocimiento, pero también olvidándose de ellas para proporcionar un soplo de aire fresco.
Stanislaw Lem es un ejemplo perfecto de autor que ha conseguido hacer innecesario este debate. Por eso me decanté por analizar su obra cuando el Consorcio de Bibliotecas de Barcelona me propuso esta conferencia. Lem es uno de mis autores favoritos, por encima de cualquier consideración de género literario o ámbito literario; pero la conveniencia y el “sentido del deber” o el “afán proselitista” que le profeso al género tal vez hubiesen hecho más recomendable que me adentrara en las obras de autores como Philip K. Dick, James G. Ballard, Ray Bradbury o Ursula K. Le Guin, que me gustan tanto como Lem pero son “de los nuestros”, formados y fogueados en publicaciones y editoriales especializadas, aportaciones indiscutibles de la ciencia ficción a la buena literatura del siglo XX y cuyas figuras están empezando a recibir el reconocimiento que merecen. También podría haberme decantado por glosar las obras de autores igualmente grandes que no han trascendido las fronteras del género, por motivos que aún no alcanzo a entender: Thomas M. Disch, Robert Silverberg, Theodore Sturgeon o James Tiptree, Jr. Todos ellos son autores de primera división, merecen que se hable largo y tendido sobre su obra y tienen suficiente fondo en las bibliotecas del Consorcio como para que la labor de este conferenciante sea realmente útil y los asistentes sepan de su existencia, acudan a la sección de préstamo de su biblioteca más cercano y las lean y disfruten.
Pero escogí a Stanislaw Lem. Me parece el autor más completo e interesante del género, por los siguientes motivos:

CARACTERÍSTICAS DE LA OBRA DE LEM


1. COMPLEJIDAD

En primer lugar, por su inmensa complejidad. Siempre he dicho que hay tres escritores de ciencia ficción sobre los que me consideraba absolutamente incapaz de escribir un ensayo en condiciones: James Tiptree, Jr., Gene Wolfe y Stanislaw Lem. ¿Por qué? Ya lo he dicho: son demasiado complejos. Sus obras contienen demasiadas referencias que se me escapan, saltan de un ámbito literario o científico desconocido para mí a otro igualmente desconocido. Cierto es que la lectura de sus obras no resulta especialmente complicada. De hecho, la obra de Lem es en su mayor parte muy agradable de leer. Pero ello no implica que sea fácil de escribir o analizar. Cuando me propusieron participar en este ciclo y me sugirieron el nombre de Stanislaw Lem como posible autor sobre el que disertar, no tuve dudas. Deseaba entenderlo un poco mejor y, sobre todo, hacérselo entender a los oyentes. Lo consideré un reto, una debilidad a conjurar.
Lem es lo que se suele denominar un autor total. Estoy totalmente de acuerdo con la afirmación de David Torres en el prólogo de Provocación:

Con Lem, siempre tengo la sensación de que se me escapa algo. No en vano, en Alemania es considerado ante todo un filósofo, y en Rusia, un científico. Como nadie, ni siquiera él, es profeta en su tierra, en Polonia lo conocen ante todo como escritor de libros para niños.

(Provocación, págs. 9-10)

Una de las influencias más visibles de Lem es Jorge Luis Borges; al respecto, David Torres añade:

Ursula K. Le Guin lo comparó con Borges. Tal vez habría que matizar: un Borges que hubiese sido ginecólogo, publicado trabajos sobre genética y teoría de la probabilidad, leído a Einstein, Heisenberg y Wiener, y sobrevivido al Holocausto.


(Provocación, pág. 11)

Como se ha dicho, Lem es científico (médico) por formación y escritor por vocación, pero no se lo puede encasillar en ningún género concreto. Su obra más visible, y la que nos interesa en esta conferencia, es la de ciencia ficción, pero también es un científico eminente.
Sus primeros escritos fueron colaboraciones en revistas científicas, allá por 1947. En Summa Technologicae (1964) demuestra ser un lector aventajado de Norbert Wiener y sus teorías sobre la cibernética y retrata un mundo futuro en el que la realidad virtual (o “fantasmática”, como la denomina) está a la orden del día. En 1991 publicó una ensayo en el que, con toda la inmodestia del mundo, se colgaba la medalla de haberse adelantado treinta años a la realidad.
Sin estas lecturas científicas, Lem no habría podido escribir sus novelas más célebres, como reconoce en el ensayo “Azar y orden”:

En esos años [cincuenta] yo esteaba muy bien informado sobre los últimos desarrollos de las diversas ciencias, pues el círculo de Cracovia funcionaba como una especie de agencia de clearing para la literatura científica procedente de los Estados Unidos y, en cierta medida, de Canadá, para todas las universidades polacas. De los paquetes de libros recibidos yo tomaba todos los trabajos que me resultaban interesantes, incluido El uso humano de los seres humanos, de Wiener. De noche lo leía todo vorazmente, para poder pasar los libros cuanto antes a la gente a la que estaban destinados. Basado en estas lecturas, escribí esas novelas mías que aún puedo reconocer sin vergüenza: Edén (1959), Solaris (1961), El Invencible (1964), etc. Ellas incorporan problemas congnitivos en ficciones que no simplifican excesivamente el mundo, como mis primeras novelas de ciencia ficción.

(“Azar y orden”, en revista Gigamesh núm. 2, pág. 44)


2. INVALIDEZ DE LAS HERRAMIENTAS DE ANÁLISIS CONOCIDAS

Es uno de los puntos cruciales en la obra de Stanislaw Lem. El mundo es un ente complejo y no se puede analizar mediante ninguna clase de enfoque especializado. Hace falta un estudio multidisciplinar. Las herramientas de análisis de que disponemos los seres humanos son insuficientes para percibir y analizar la realidad que nos rodea. Si somos incapaces de comprender y explicar nuestro mundo, ¿qué no sucederá cuando tratemos de entender otros mundos? Esto es una constante en la obra de Lem, que ha dedicado muchas de sus mejores obras a poner en evidencia los límites del método científico. De cualquier método. La investigación policial de la novela homónima es imposible: nos faltan parámetros para dar con la respuesta y resolver una serie de desapariciones de cadáveres. Los extraterrestres de Solaris o El Invencible son incomprensibles: son auténticos alienígenas que se rigen por lógicas mentales e incluso químicas distintas de las nuestras. Ni siquiera somos capaces de entender la mentalidad de los seres humanos, como le sucede a Hal Breg en Retorno de las estrellas.
Por este motivo, incluso la ciencia se le queda pequeña a Lem. Ávido de conocimientos, el mundo evoluciona a una velocidad más lenta que la de su mente, por lo que vemos a nuestro autor embarcándose en una disciplina muy borgiana: los prólogos de libros que aún no han sido escritos. Un valor imaginario es una de las obras más significativas al respecto, igual que Vacío perfecto y Provocación, recopilaciones de reseñas de libros inexistentes.
El inconformismo de Lem con la cultura occidental es patente, en tanto que no le permite sistematizar el mundo como quisiera. Los seres humanos, debido a la estructura de nuestro cerebro, no somos capaces de entender el Universo. Si David Torres vive inmerso en un estado de duda permanente cuando lee a Stanislaw Lem (“Siempre tengo la sensación de que se me escapa algo”), el propio Lem vive en un estado de duda similar: siempre se le escapa algún elemento que le impide analizar la realidad que lo rodea.
De ahí su preocupación por la cibernética, por la que como veíamos se ha preocupado en ensayos como Summa Technologicae o Golem XIV (incluido en Un valor imaginario).
De ahí proviene también su querencia por autores satíricos como Voltaire o Jonathan Swift, en cuya estela se sitúa uno de sus trabajos más valiosos, los Diarios de las estrellas. Para Lem, igual que para Swift, la mejor manera de trascender un mundo incomprensible es ridiculizándolo, deformándolo, satirizándolo. La carga de profundidad que lanzó Swift en sus Viajes de Gulliver (un libro que, por lo demás, es recomendable leer en su versión íntegra para desterrar la idea que se tiene del mismo) halla su correlato en los viajes de Ijon Tichy, protagonista de los Diarios de las estrellas.
Pero Lem va más allá. Habida cuenta de sus conocimientos teóricos sobre cibernética y de su querencia por la sátira, Lem llega a la conclusión de que no se puede enjuiciar ni intentar comprender la Humanidad desde dentro. Es necesario distanciarse de ella, pensar de otra manera. Por este motivo, los alienígenas de Lem nos resultan incomprensibles; ellos tampoco intentan comprendernos. Si el método científico y la sátira, supuestos espejos infalibles de la condición humana, nos resultan insuficientes, ¿por qué no probar a vernos “desde fuera”? Sobre esta premisa, Lem escribe los relatos que integran Fábulas de robots y Ciberíada. Al contrario que los robots de Isaac Asimov, que presentaban conflictos entre la programación de la máquina (las famosas leyes de la robótica) y las órdenes que recibían de los seres humanos, Lem los dota de libre albedrío. Se comportan como seres humanos, de modo que sus defectos y virtudes se conviertan en los nuestros. De este modo, la metáfora hace más clara la comprensión del ser humano. Trurl y Clapaucio son más humanos que el más humano de los humanos. Y mucho más divertidos.

3. VISIÓN CRÍTICA EXTREMA CON LA CIENCIA FICCIÓN

Ante tal visión multidisciplinar del mundo, no es de extrañar el escepticismo con que Lem juzga la ciencia ficción. Es extraordinariamente crítico con el género, aunque en modo alguno reniega del mismo:

Trato de no limitar el significado del nombre de esta categoría literaria sino más bien de expandirlo.

(“Azar y orden”, en Gigamesh núm. 2, pág. 45)

Durante los años setenta, Stanislaw Lem publica una serie de ensayos en la revista Science Fiction Studies, donde colabora con Franz Rottensteiner, Darko Suvin o Peter Fitting. Los ensayos aparecidos en esta revista se recopilaron en un libro titulado Microworlds y nos muestran a un Lem tremendamente duro con el género, pero al mismo tiempo ecuánime. En su opinión, la ciencia ficción sigue siendo un género infantil. Sus ataques no tienen una intención descalificatoria, sino que tratan de construir una ciencia ficción mejor y más interesante, que pueda codearse en igualdad de condiciones con la gran literatura. En “La ciencia ficción: Un caso perdido (con expcepciones)” (1973) desdeña los estudios sobre el género escritos por autores “de dentro” (en particular, carga las tintas contra Damon Knight y James Blish) y sólo salva de la quema la obra de Philip K. Dick, a quien dos años después dedica un ensayo: “Philip K. Dick: Un visionario entre charlatanes” (Gigamesh núm. 7). El malestar de los miembros de la SFWA (Asociación de Escritores de Ciencia Ficción de América) llega a tal extremo que en 1976 se revoca su condición de miembro de honor de la asociación, amparándose en que al tener obra publicada en los Estados Unidos debía considerársele autor “americano” y por tanto pagar la cuota ordinaria. Lem se negó. Por otro lado, sufrió la paranoia del único autor a quien salvaba de la quema. Philip K. Dick, en una de sus habituales crisis con la realidad, denunció al FBI la existencia de una conspiración marxista encabezada por miembros del Partido Comunista, entre los que se encontraba Lem, para controlar las revistas especializadas en crítica literaria de género fantástico.
No es, pues, de extrañar que Stanislaw Lem no se muestre complaciente con la ciencia ficción estadounidense. De hecho, Lem no se muestra complaciente con nada. En su ensayo Provocación arremete contra el nazismo y el Holocausto, que él estuvo a punto de padecer y del que se libró por una pura cuestión de suerte. El azar, que guía la vida y obra de Lem, y al que me referiré a continuación.


BREVE BIOGRAFÍA DE STANISLAW LEM

Una vez realizada esta caracterización de la obra de Stanislaw Lem, pasemos a analizar sus dos grandes preocupaciones temáticas. Como ya se ha dicho, los dos grandes temas de la obra de Lem son los siguientes:
1. La lucha entre al azar cósmico y el orden.
2. La invalidez de los métodos de análisis basados en la percepción humana.
No podemos entender ninguno de estos dos aspectos sin antes conocer la vida del autor, y en qué medida está determinada por el azar.
Stanislaw Lem nació en Lvov en 1921. Por aquel entonces, Lvov pertenecía a Polonia, aunque después de la Segunda Guerra Mundial pasó a ser parte de Ucrania. En ese momento, la familia de Lem se trasladó a Cracovia.
Con respecto a su padre, Lem explica la siguiente anécdota:

En la Primera Guerra Mundial, cuando cayó la fortaleza de Przemysl, en 1915, mi padre, Samuel Lem, médico del ejército austrohúngaro, fue hecho prisionero por los rusos y pudo regresar a Lemberg (ahora Lvov), su ciudad natal, al cabo de cinco años, en medio del caos de la Revolución Rusa. Por las anécdotas que nos contó, sé que por lo menos en una ocasión el ejército rojo estuvo a punto de fusilarlo, dada su condición de oficial (y, por tanto, enemigo de clase). Se salvó porque cuando lo llevaban al lugar de la ejecución fue visto y reconocido desde la acera de una pequeña ciudad de Ucrania por un barbero judío de Lemberg que solía afeitar al comandante militar de esa ciudad, y por esa razón tenía libre acceso a él. El barbero intercedió por mi padre (que desde luego aún no era mi padre) y lo dejaron en libertad para regresar a Lemberg y a su prometida.

(“Azar y orden”, en Gigamesh núm. 2, pág. 39)

Así pues, el doctor Lem pudo casarse, engendrar a Stanislaw y llegar a ser un acaudalado laringólogo en Lvov. A Stanislaw no le faltó de nada, disfrutó de una institutriz francesa e incontables lecturas, además de una inteligencia prodigiosa: con su CI de 180, tal vez fuera el niño más inteligente de Polonia.
Pero la llegada de la guerra vino a recordarle de nuevo los conceptos de azar y orden. De familia judía, colaboró con la Resistencia y se libró por pura suerte de ser conducido a un campo de concentración:

Aprendí mediante duras experiencias que la diferencia entre la vida y la muerte dependía de aparentes nimiedades y decisiones mínimas: si uno elegía tal o cual calle para ir a trabajar; si uno visitaba a un amigo a la una o veinte minutos más tarde; si uno encontraba una puerta abierta o cerrada.

(“Azar y orden”, en Gigamesh núm. 2, pág. 42)

Al terminar la guerra, Lem se traslada a Cracovia, ya que Lvov había pasado a pertenecer a la Unión Soviética, concluye los estudios de Medicina, aunque no se saca el título, y ejerce como ginecólogo, al tiempo que empieza a publicar diversos escritos en revistas científicas. También comienza a escribir ciencia ficción, de corte marcadamente utópico y optimista, a la manera que imponía el nuevo régimen. Su formación como lector de ciencia ficción es autodidacta. Nunca ha hablado inglés, aunque lo lee a la perfección, y hasta la apertura de 1956 no tuvo acceso a los clásicos anglosajones. Su biblioteca consistía en tratados científicos, casi todos en francés o alemán, y literatura polaca.
Desarrolla una amplia carrera literaria, que en 1977 lo lleva a ser nombrado ciudadano honorario de Cracovia, ciudad en la que reside con su esposa Barbara (con quien había contraído matrimonio en 1953) y su único hijo.
Esa misma dicotomía entre azar y orden llevó a Lem a refugiarse en Austria desde 1983 hasta 1988, año en que regresó a Polonia, para convertirse en el inconformista oficial de la cultura polaca, el eterno quejica. En una entrevista de 1996 declaró que no iba a volver a escribir ciencia ficción.


(Continuará)

viernes, 20 de enero de 2006

¡Y ahora también Pornografía Audiovisual! (2ª parte)

Bueno, pues ya está. Ya ha pasado esta semanita mediática de locos y soy un poco más persona.
Vayamos por partes.
El lunes por la mañana, en COMRàdio, bien. Mientras tomábamos un cafelito en la sala de espera, Montse Virgili, de redacción, ya nos advirtió a Antoni Munné-Jordà y a mí de que el programa iba a ser más ligero de lo que les hubiera gustado, puesto que no era la hora más indicada para entrar a analizar la ciencia ficción en profundidad; hubiéramos estado mejor en un programa cultural vespertino. Se le veía un auténtico interés por el género; de hecho, a la salida del programa hablamos de la posibilidad de enviarles los servicios de novedades que les interese reseñar.
Antoni Munné-Jordà intervenía como miembro de la Societat Catalana de Ciència-Ficció y director de la colección de ciencia ficción de Pagès Editors. La literatura fantástica catalana está experimentando cierto auge gracias a la colección (están publicando a buen ritmo, y últimamente se atreven con títulos anglosajones inéditos en castellano, como la novela Conflictes, de Ian Watson) y Antoni nos comentó dos buenas noticias que pueden ayudar a que el género se consolide: por una parte, que el premio Manuel de Pedrolo va a establecer una nueva categoría de novela (que sería publicada por Pagès) y, por otra, que el Cercle de les Arts i de les Lletres d'Andorra está intentando reactivar el premio Juli Verne, también de novela, que llevaba siete u ocho años sin convocarse.
Antes de entrar en antena pudimos hablar brevemente con Glória Serra para organizar nuestras intervenciones. Es una gran aficionada al género, es clienta de la librería (aunque prefiere no ir para no arruinarse) y también nos comentó que sentía mucho que el programa no pudiera ser más analítico. Después del programa nos comentó que había estado saliendo con el hijo del dueño de Ultramar, tenía prácticamente toda la colección y le gustaba mucho la serie del Mundo del Río, de Philip José Farmer.
Los veinte minutos cundieron bastante, incluyendo una conexión en directo con Gigamesh, donde Álex explicó someramente la idiosincrasia de la librería. Como suelo ir más tranquilo cuando hablo en la radio que cuando tengo que dar la cara, la verdad es que salí razonablemente contento. Podéis juzgar por vosotros mismos qué tal fue el programa:
Por la tarde, presentación de Cero absoluto, de Javier Fernández (Ed. Berenice). Quedamos una hora antes en la cafetería de la Fnac de L'Illa, junto con su novia Ana Belén, para preparar un poco las intervenciones. El presentador del acto era Eloy Fernández Porta, profesor de la Pompeu Fabra y colaborador habitual de Mondadori. Al café se nos unieron varios amigos suyos, entre ellos Rodrigo Fresán.
Eloy habló de la importancia de la obra de Javier, mientras que yo me dediqué a desgranar sus influencias literarias ("La araña", de Hans Heinz Ewers, La investigación y La fiebre del heno, de Stanislaw Lem, El circo del doctor Lao, de Charles G. Finney) y cinematográficas (Freaks, de Todd Browning), así como la cantidad de guiños y referentes que el lector curioso puede encontrar en ella (J.G. Ballard, Thomas M. Disch y William Gibson), así como su condición de resumen de los subgéneros más vigentes con que la ciencia ficción aspira a mantener la vigencia en este cambio de milenio: la distopía y el ciberpunk. Después de tal despliegue de elocuencia por partida doble, Javier tomó la palabra y se limitó a comentar «En realidad, con esta novela quería contar los tres años que pasé en Madrid, trabajando para una multinacional del sector editorial» y leer un texto de J.G. Ballard, "Credo".
A la salida del evento nos fuimos a tomar unas cervecitas con Eloy y amigos, y después nos quedamos Javier, Ana Belén, Alejo y yo cenando en un japonés de la Avenida Josep Tarradellas. Hablamos de las negociaciones que están manteniendo con diversas instituciones para organizar la hispacón de este año en Córdoba, así como de la marcha de Ediciones Berenice, próximos títulos en preparación y la acogida que está teniendo Cero absoluto. No prolongamos mucho tiempo la velada, pues Javier y Ana Belén tenían que madrugar mucho: su avión salía a las ocho de la mañana.
La conferencia de ayer, pues bueno. No se me durmió nadie, así que supongo que quedó bien. La biblioteca Mercè Rodoreda - Guinardó es realmente bonita y su salón de actos, que comparte espacio con la cafetería, es muy coqueto, pues permite dar una charla en un ambiente distendido: en vez del típico auditorio, aquello parece un café-concierto.



La directora de la biblioteca, Isabel Minguillón, muy agradable.
La conferencia, pues bueno. Diez asistentes, entre ellos Carles Quintana (a quien le agradezco el detalle de haberme pasado las fotos) y Javier Bernedó (también conocido como Cloud en los foros). Por lo visto, hablé a toda hostia y era difícil seguirme en determinados momentos de la exposición, pero creo que conseguí transmitir unas cuantas ideas fundamentales para entender la obra de Lem: su enorme complejidad, su amplitud temática, su inconformismo, la dicotomía que existe en su obra entre el azar y el orden y la incapacidad de entender la realidad que nos rodea (la resolución de un crimen, la mentalidad de un extraterrestre o incluso nuestro propio mundo en un futuro a medio plazo) mediante las herramientas de análisis y percepción de que disponemos.



Leí algunos fragmentos de obras clave (el inicio del "Viaje octavo" de Ijon Tichy, así como uno de los párrafos más esclarecedores de Provocación, por cuyos datos de edición me preguntaron en el turno de preguntas). A la salida continué la charla con Cloud, le recomendé algunos libros de Lem para ir empezando (Solaris, La investigación, Diarios de las estrellas, El Invencible y Provocación), nos tomamos una cerveza y para casa.
Ha sido una semana de locos, pero estoy contento. Y me he quedado con las ganas de repetir la conferencia sobre Lem. Maldición, a este paso va a terminar gustándome hablar en público.