sábado, 31 de diciembre de 2005

La ONU en casa

Ya sabéis (y, si no, os lo digo ahora) que vivo en un piso compartido. Toda una experiencia, que recomiendo vivir en un momento u otro de la existencia. En los últimos tres años de mi vida han desfilado compañeros de todas las nacionalidades y pelajes. Desde el principio nos mantenemos como elementos fijos, y contra viento y marea, Emmanuel (mexicano, de El Salto, Jalisco, la tierra del mariachi, el tequila y las mujeres hermosas) y yo (un madrileño del Atleti que vive a doscientos metros del Camp Nou). Además, por la casa hemos tenido compañeros catalanes (Aleix, Lluis, Jordi, Andrés y Eli), gallegos (Ricardo), portugueses (Rita), mexicanos (Adriana), colombianos (José Antonio), chilenos (Luis y Pamela), irlandeses (ni me preguntéis el nombre porque no llegué a saberlo: sólo los vi dos veces, aunque todos los escuchamos alguna que otra vez regresar a casa borrachos perdidos), ingleses (Ben y los Conejos: Abigail y su chico, que no recuerdo cómo se llamaba) e incluso una iguana y una tortuga. Además, hemos tenido invitados, refugiados políticos, transeúntes, rollitos de una noche o un rato, borrachos obligados a quedarse en casa porque no podían ni plantearse salir a la calle y, en resumen, personas que se quedaron a pernoctar de las más diversas procedencias: Catalunya, Valencia, Madrid, Vallekas, Galicia, Castilla-León, Castilla-La Mancha, Andalucía, Aragón, Portugal, Brasil, Venezuela, Argentina, Suiza, Francia, México, Estados Unidos, Holanda, Suiza, Perú... (Y aquí no daré nombres, por no desvelar pistas incriminatorias: ¡Discreción!)
También está la gente que ha subido a casa en algún momento, en cualquiera de los tres pisitos en los que hemos vivido: el de la calle Valencia, el de la Avenida de Madrid y el de la calle Arizala. Resultaría completamente imposible a estas alturas, después de tres años, citar a todos y cada uno de los invitados a nuestras fiestas, cenas o simples cafelitos en cualquiera de nuestras tres casas. Pero, para que os hagais una idea, voy a intentar ser lo más aproximado posible. (Obviamente, no cuento a nuestros caseros ni a las simpáticas agentes inmobiliarias que nos han facilitado o intentado dificultar la vivienda, porque, si vamos a eso, habría que incluir también a la portera, el presidente de esta nuestra comunidad, el transportista de Ikea y hasta el técnico de Gas Natural.) (Tampoco voy a contar a los que subieron a ver alguna habitación y no se la quedaron, porque también hay de todo, incluso un chino-gerundense.) Pista, que voy:
Catalanes. Ciento y la madre.
Por parte de Aleix: sus padres, Romà, Vanesa, Marc Ortiz, Ana, Carlets, Clara, sus siete amigas de La Sénia...
Por parte de Jordi: él mismo y un par de compis de curro y facultad.
Por parte de Andrés y Eli: incontables amigos en la fiesta de cumpleaños de Eli; por lo menos veinte.
Por parte de Rita: Toni, Marc, David y dos o tres más.
Por parte de Ricardo: sus dos amigos de Mataró.
Por parte de Adriana: el novio de Ute.
Por parte de Lluis: sus dos hermanas.
Por parte de Emmanuel: bastantes compañeros de doctorado, cerca de una docena, Noemí, Carme y Noemi.
Por mi parte: Yolanda, Álex, Núria, Marta, Humberto, Iolanda, José, Pau, Zita y Marina. (Pues sí que son pocos, ahora que lo pienso.)
Gallegos. Por parte de Ricardo: su madre, su hermana y un par de amigos.
Valencianos. Por parte de Aleix: David.
Castellano-leoneses. Montse e Iván.
Castellano-manchegos. Faraldo.
Andaluces. Luis.
Aragoneses. La amiga de Montse. Dos o tres amigos de Andrés y Eli.
Madrileños. Isa, David, Manolo, Miriam, Fernando Ángel, Javi, Ángel, Iván y Susana. Estos son todos míos.
Portugueses. Rita, Cristina, Sandrita, Inés, Sofía, Duarte, Mario, Ana, Claudia, otra Claudia y Paulo. ¿Sólo estos? No, no puede ser, tiene que haber habido más. O eso, o nuestros portugueses han cundido como si fueran docenas.
Franceses. Ha habido un par de francesas, pero no recuerdo sus nombres. Excusez-moi.
Belgas. Geraldine y tres amigos suyos.
Alemanes. Gerrit. Dos amigos de Gerrit. Ute.
Holandeses. Enric. Un par de amigos de Andrés y Eli.
Ingleses. Alguno ha habido. Aparte, Ben y los Conejos.
Irlandeses. Nuestros dos simpáticos compis de piso de la calle Valencia.
Polacos. Joanna.
Italianos. Alguno hubo, pero ahora no recuerdo.
Suizos. Un par de amigos de Ricardo. Creo recordar. ¿O eran belgas? Bueno, y la amiga de Rita que vivía en Suiza; pero era peruana.
Chinos. Hao.
Australianos. Greg.
Estadounidenses. Jason y alguno más.
Argentinos. Orlando y su chica. Agustina. Un amigo de Adriana.
Chilenos. Luis y Pamela. Ani. Juan.
Peruanos. Ricardo y su chica. Ceci. La amiga de Rita.
Bolivianos. Carlos y otro cuyo nombre no quiero recordar (y, además, no recuerdo: Janderjarrrl, o algo así).
Colombianos. Patrick, Bibi, José Antonio, Carlos, Liliana y alguno más.
Cubanos. Un par de amigos de Ricardo.
Guatemaltecos. Shane.
Brasileños. Marcelo, Aline, Deborah y Adriana.
Venezolanos. Lily (a quien deberíamos contar como miembro de la casa, digo yo), Mariela, Nancy, Maricela, Mario, Adolfo, Roselia, Ronald, Carlitos, Juan, Jose, su chica, Nando, Lourdes y un par más.
Mexicanos. ¡Uf! Emmanuel, Wendy, Amalia, Chava, Delia, Ofelia, su compañero de El Salto, Aldana, sus tres amigos y primos, Tomás, José, Ray, Ericka, Norberto, Aurora, Ricardo Flores, Vicky, Arturo, cinco o seis primos más de Ray (menos Jordi, que figura en la nómina de catalanes), Adrian, Rodri, Bere, Rossy, Reyna, Paola, Carlitros, Israel, Rodri, Bere, Karina y unos cuantos más.
De filiación y nacionalidad dudosas: Iguana y Tortuga. Dejémoslo en que eran reptiles. ¿Habéis visto alguna vez una tortuga intentando montar una iguana? Es fascinante. (Este era el detalle pornográfico de la anotación de hoy.)
Y mucha más gente, a la que no reconocería ni bajo tortura, o que han estado por casa sin que los haya visto, bien porque yo no estuviera en casa en aquel momento, bien porque fuera o estuviera tan ciego que no los hubiera visto ni aunque los tuviera delante. Acabo de ver algunas fotos de nuestros saraos y hay gente a la que no reconozco. Igual hay alguna foto mía o de nuestra casa en un blog de cualquier parte del mundo, y yo sin enterarme.
Sí, sí, podéis molestaros en echar cuentas, como he hecho yo: me salen, censados, ubicados y con la certeza de que se han pasado por casa, más de doscientas personas, de veinticuatro nacionalidades distintas. (Veinticinco, si contamos a los catalanes.)
Para que luego me vengan a enseñar lo que es la globalización. Que se pasen por una de nuestras fiestas, no te jode...
Feliz año y todo eso. Y cuidadín con las uvas, que son muy traicioneras.

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viernes, 30 de diciembre de 2005

De amores eternos

A menudo nos entra la manía de volver la vista atrás, porque es bueno a veces (uh uh uuuh), porque nos da por pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor (uh uh uuuh) y porque todo llega a su fin pero después de un día triste nace otro feliz (uh uh uuuh). Y en ocasiones como esas, a uno le da por pensar: ¿Dónde estarán mis ex parejas? ¿Qué habrá ocurrido con ellas? ¿Serán felices? ¿Habrán salido ganando al perderme de vista? ¿Lo habré hecho yo? ¿Me echarán de menos? ¿No tengo nada mejor en lo que pensar?
Así pues, he decidido hacer una encuesta de urgencia conmigo mismo. ¿Qué sé de mis ex novias? La respuesta es fácil:
Con una sigo en contacto. Intento verla cada vez que vuelvo a Madrid, normalmente en su casa o en su barrio. Su marido es un encanto y nos llevamos muy bien. Su hijo es guapísimo, todo ojazos y lo quiero como a otro sobrino más. Su perro, un enorme cruce de pastor y mastín, está más tranquilo pero sigue dando guerra pese a su edad. Puedo afirmar con orgullo que es una de mis mejores amigas.
De otra no sé nada. Tras una de esas conversaciones telefónicas de las que sabes al momento que te arrepentirás eternamente (ella nunca había estado tan alterada, y yo jamás había estado ni he vuelto a estar tan gilipollas) hablamos una sola vez, y todo parecía volver a la normalidad. La volví a llamar un par de veces, no me respondió ni devolvió las llamadas, me vine a vivir a Barcelona, y hasta hoy.
Estas cosas pasan. De todos modos, me alegro de cada segundo que pasé con ellas, tanto en lo bueno como en lo malo.
Así que ya sé (o dejo de saber) en qué andan mis ex novias. Ahora bien, ¿qué sé de las chicas que me han gustado en algún momento de mi vida? Algunas no llegaron a saber que me hubiera encantado meterles un anillo por el dedo anular, otras se lo olieron y me pararon los pies a tiempo (con mayor o menor salero), y habrá quienes todavía se estén preguntando por qué narices no me decidí a dar el paso o no les hice ni caso. (En dos palabras: timidez y acojone. No hubo nada más.) En orden cronológico aleatorio, según me vienen a la memoria y sin dar ningún nombre y algunas pistas, esto es lo que sé de ellas:
Seguimos viéndonos y somos amigos. Sin compromiso.
Seguimos viéndonos y somos muy amigos. Sin compromisos estables.
Seguimos viéndonos y somos amigos. Emparejada.
Seguimos viéndonos y creo que somos amigos. Emparejada.
No tengo ni la menor idea de dónde está: supongo que dando tumbos por ahí, de flor en flor.
Nos saludamos si nos vemos por la calle. Creo que sin compromiso. ¿Qué pude haberle visto?
No tengo ni idea de dónde se habrá metido. La última vez que nos vimos se iba a casar. Supongo que seguirá casada y tendrá algún niño.
Ni idea. La última vez que la vi fue en un anuncio, en la televisión: qué cosas pasan...
Ni idea. Creo que estaba haciendo televisión y, con lo que valía y el cerebrito que tenía, me extraña que no esté presentando un informativo de máxima audiencia. Estaba emparejada y debe de haberse casado.
Casada y procreando a buen ritmo. Nos vemos.
Ni idea. Oí que se iba a casar. Supongo que se habrá convertido en una maruja del copón, porque iba camino de ello. Qué desperdicio, qué trágico desperdicio.
Casada y madre. No sé si es niño o niña.
Seguimos viéndonos, somos amigos y me alegro lo indecible cuando la vuelvo a ver. Dispersita, pero emparejada y arrejuntada; al menos, la última vez que hablamos.
Nos vemos de uvas a peras, seguimos siendo amigos especiales y ya estamos tardando en volver a vernos. Emparejada, y con la pareja ideal para ella; de lo cual me alegro infinitamente. Lo sabes, ¿verdad?
Nos vemos a veces. Sigue bastante dispersita. Me da cosa preguntarle si está emparejada, o qué.
Seguimos viéndonos y somos amigos. Recién desemparejada y desarrejuntada.
Ni idea. Otra que me extraña que no haya dado que hablar.
Después de un tiempo sin saber nada de ella, retomamos el contacto. Pareció que no había pasado el tiempo. Sin compromiso, aunque en un mar de dudas.
Seguimos viéndonos y somos amigos. Sin compromisos estables.
La tengo agregada al messenger, pero no hablamos. Para saber en qué anda, no tengo más que abrir una ventanita y preguntarle. Me cuentan que sigue emparejada.
Ni idea. Está lejos. Supongo que estará emparejada.
Ni idea. Tampoco es que me importe a estas alturas.
Ni idea. Jo, hacía mucho tiempo que no pensaba en ella. (Suspiro.)
Ni idea. Espero que esté muy bien: los amores platónicos siempre se merecen lo mejor. Qué día más bonito pasé junto a ella. (Otro suspiro.)
Ni idea. Me da igual.
Ni idea. Estaba emparejada. Supongo que se casaron cuando ella aprobó las oposiciones. (Hacía tiempo que no pensaba en ella.)
Sé que sigue donde estaba y que le va bien. Emparejada y arrejuntada.
Ni idea. Sé que cambió de lugar de trabajo y me partió un poco el corazón que no me lo dijese ni siguiese manteniendo el contacto conmigo. Pero estas cosas se terminan curando, supongo.
Ni idea. Es importante en su especialidad. Miré en Google, la encontré y vaya carrerón lleva. Estaba emparejada, pero desde hacía muy poquito tiempo.
Y alguna más que habrá, pero tengo que hacer verdaderos esfuerzos de memoria. O me da miedo reconocer que me gusta, o que voy camino de ello.
¿Se ha notado mucho que soy tirando a enamoradizo? (Mi amiguísima y confesora Yolanda se descojona de mí y dice que pueden gustarme hasta cinco chicas a la vez, lo cual es mentira: se queda corta.) El caso es que este ejercicio ha estado divertido, pese a que se haya reabierto alguna que otra herida, pero a estas alturas estoy curado de casi todas ellas. Y de las que no, pues no hay problema: puedo vivir con ellas a cuestas. En algunos casos ha sido difícil recordar sus nombres y sus caras: para que veais adónde va el amor eterno después de unos cuantos años.
Intentad hacer esto en vuestras casas y me contáis. Os insto a ello. Si queréis, podéis compartir el ejercicio con vuestra pareja, para, como decía la canción de Gabinete Caligari, reiros de todos vuestros ex, pegándoles puntapiés.
Si este blog es pornografía emocional porque muestro mis intimidades sin pudor, ¿a qué equivaldrá el consejo que os acabo de dar? ¿A pediros que leais revistas porno emocionales? ¿Hay revistas porno emocionales?

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jueves, 29 de diciembre de 2005

Heridas y cicatrices (I): No cejar en el empeño

Después de la pornografía emocional, esa que consiste en mostrarme desnudo por dentro para solaz de los pornógrafos que frecuentáis este blog, ahora voy a desnudarme por fuera.
Ya está. Estoy en pelota picada, tal como Dios me trajo al mundo… Bueno, algo más crecidito, con ochenta y pico kilos más y considerablemente más peludo.
¿Qué vemos? Un varón caucásico de poco más de metro setenta de estatura, unos ochenta y cinco kilos de peso (en condiciones ideales; habrá que ver qué tal se me han dado las Navidades) y pelotillas de algodón en el ombligo, ocasionadas por las camisetas que utilizo en cuanto la temperatura ambiente desciende de los veinte grados. Nada del otro jueves, pero tampoco un adefesio. Una persona normal. El rostro aparenta algo menos de los treinta y cinco años que constan en mi carnet de identidad, aunque, como suelo decir: tengo una carita de veinticinco años y una tripa de cuarenta y cinco; en promedio, treinta y cinco.
No obstante, bajo esa apariencia de normalidad, de estar dentro del promedio, hay un verdadero pupas. Sí, amigos: soy un completo catálogo de enfermedades y achaques. No padezco, cierto es, ninguna enfermedad incurable (salvo una: la vida, mortal de por sí); pero tampoco se puede decir que mi patrimonio genético sea intachable. Someramente: soy alérgico y miope, he pasado por el hospital debido a un cáncer linfático, una neumonía, ataques de acetona, una reconstrucción uretral y una trombosis, padezco de colon irritable y tengo escoliosis. De haber nacido en una de mis películas favoritas, Gattaca, sería un paria y sólo valdría para pasarle la mopa a los despachos de los genéticamente perfectos.
Comencemos por la cabeza. A falta de enfermedades mentales que mostrar en mi historial clínico (aunque hay cierta tendencia en el clan, por suerte no es muy acusada entre la familia directa), y si exceptuamos las inevitables caries, la miopía que hace que yo sólo sea yo si me añadís unas gafas (cinco dioptrías y pico por ojo son muchas, aunque paso de operarme), la alergia al polen de gramíneas y el polvo (que por suerte ha remitido desde que vivo en Barcelona: debe de ser la humedad) y algunas neurosis de las que soy consciente, y que sólo en muy contados casos me entorpecen el entendimiento y las habilidades sociales, no tengo nada especialmente grave. Vale, quitadme las gafas y haréis de mí un inválido. Pero, quitando eso, la cabeza es casi lo que mejor me funciona, así que imaginaos el resto…
Por no haber, ni siquiera hay marcas. Tengo pocas cicatrices que mostrar orgulloso: siempre fui un niño pacífico, retraído y, al estar todo el santo día metido en casa, no tuve ocasión de participar del rosario de raspones, costras, narices rotas y moratones que atesora todo infante inquieto que se precie. No salté la tapia de ningún convento para meterle mano a mi primera novieta. No viví al día, jugando a ser James Dean. Apenas me involucré en peleas callejeras ni me dejé partir los piños por un amigo. (Digo «apenas» porque de eso no me libré. Otro día lo cuento.) Tampoco tuve accidentes de bici, moto ni coche. (De hecho, no sé montar, pilotar ni conducir nada que tenga ruedas; ya volveré sobre este asunto.)
Dicen que a partir de cierta edad cada uno tiene la cara que se ha ido buscando. En mi caso es cierto: regordete, con un aire juvenil y sin grandes erosiones. Hay pocas heridas y cicatrices y, si las hay, están ocultas bajo una ceja o el cabello. No recuerdo cómo me hice la segunda. La primera, sí: jugando (solo, como casi siempre) en el parquecillo situado entre las calles Príncipe de Vergara (entonces, todavía General Mola) y Juan Bravo, enfrente de donde ahora está Crisol. Yo estaba arrojando un gorrito (o un verdugo, no recuerdo) y lo recogía al vuelo una y otra vez. Como soy algo patosillo, me comí una papelera y hubo que llevarme al Equipo Quirúrgico de la calle Montesa (donde estaba abonado mi hermano Pablo, hasta tal punto que tuvieron que pedirle de buenas maneras que dejara de ir por ahí en una temporada). Sólo tuve una gota de sangre y sólo me dieron un punto de sutura; pero, si uno se fija bien cuando me mira, aquella papelera me partió la ceja, como si fuera un cortafuegos para el sudor. Más o menos por aquella época, Pablo se abrió la cabeza al caérsele encima el escaparate de un comercio cercano. Fue una exageración, no se mató de milagro, tuvo que soportar cómo algunos transeúntes lo esquivaban, se negaban a auxiliarlo o le reprochaban que estuviera ensuciando la calle, y además yo estaba en la otra punta de la casa, jugando con mis soldaditos mientras él llamaba y llamaba, y tardé mucho en decidirme a abrir la puerta. Tuvieron que darle muchos puntos de sutura por toda la cabeza, y yo estaba que me cagaba de miedo porque a lo peor mi hermano se moría desangrado, y todo sería por mi culpa, por no haber sido capaz de parar un juego con los soldaditos, por haber sido tan egoísta como para no asistir a un moribundo. Al final no fue para tanto, pero la verdad es que aquello impresionaba.
Unos días después, paseando con mi madre, vi el escaparate del comercio donde Pablo se había descalabrado: en lugar del vidrio había un tablón de madera. Después nos fuimos al parque donde me había roto la ceja. Habían retirado la papelera responsable de mi accidente. Si Pablo se había comido el escaparate y en su lugar habían puesto aquel tablón de madera provisional, hasta que volvieran a instalar el vidrio, ¿qué tenía de raro pensar que el ayuntamiento había tenido que retirar la papelera con la que me había chocado hasta que llegara una de repuesto? Tal vez se tratara de una medida punitiva contra la papelera, para asegurarse de que no le iba a volver a causar ningún desperfecto estético a ningún otro niño del barrio; como cuando sacrifican al rotweiller que salta la valla del chalet de lujo en el que vive, agrede a un pacífico pensionista cuyo único delito era esperar el autobús para ir al ambulatorio a que le recetaran más pastillas para la hipertensión y lo convierte en protagonista involuntario de las secciones de sucesos de la prensa local durante toda la semana. O acaso la pobre papelera fuera sacrificada al quedar deformada por el impacto de mi cráneo, como un pura sangre ganador que se hubiera roto la pata en el último suspiro de la carrera más importante de su vida, triste colofón a una trayectoria intachable de triunfos y alegrías; o como el viejo policía de las películas de acción, generalmente un tipo de color que sirve de contrapunto al madero violento o guaperas (o ambas cosas), que el mismo día que, después de cuarenta años de servicios, se va a jubilar y retirar al campo con su señora para vivir al fin su vida y plantar coliflores, pero acepta, por puro sentido del deber o por motivos personales, participar en una misión rutinaria que se va enredando y enredando y al final, mira tú la tontería, termina diñándola en la antepenúltima escena, también es mala pata, tú. La familia Santiago iba por el mundo practicándole la eutanasia al mobiliario urbano. Y yo, una vez se me hubieron pasado el sofocón y los remordimientos, reanudé mi vida, aunque volví poco por aquel parque, como si no le perdonase el haberme dejado media ceja entre sus lindes. Regresé a mi parque favorito, el de Eva Duarte de Perón (la Perona, lo llamábamos), que estaba más cerca de casa, aún no era pasto del botellón y las drogas y además el área de juegos era mayor y las papeleras no eran tan agresivas; al menos, no lo eran conmigo.
Ni se me ocurrió pensar que a lo mejor habían retirado la papelera porque por aquel entonces estaban cambiando el mobiliario urbano.
(PD. A todo esto, tanto despelotarme para al final no enseñar más que la cabeza... Bueno, la pornografía tiene estas cosas y está llena de desnudos gratuitos.)

lunes, 26 de diciembre de 2005

El verdadero espíritu de la Navidad

Ni bolitas colgando de un árbol sintético, ni mazapanes de Sonseca, ni villancicos desafinados con voz cazallosa, ni reuniones familiares en plan Turrón El Almendro, ni hostias en vinagre: el verdadero Espíritu de las Navidades está en Vallekas. Todos los años, por estas fechas, los antiguos compañeros de facultad nos vemos y montamos nuestro Reencuentro particular en torno a buenas viandas.
El dramatis personae, el habitual: Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid, promoción del 93, más parejas. Jesús y Raquel, nuestros anfitriones desde hace más de diez años, con alguna que otra excepción en casa de Manolo y Gema, ambas en Vallekas. Más sospechosos habituales: José María, Raúl y Alicia y servidor. En total, ocho comensales que valemos por cienes y cienes.
El lugar, la casa de Jesús y Raquel, en la calle Picos de Europa. Antes era en la calle Luis Mitjans, cuando aún no se habían comprado el piso en el que viven. Las excepciones, en la casa de Manolo, en la Avenida de la Albufera. Para mí, unas Navidades no son Navidades sin mi cenita anual vallekana.
Aunque este año hemos decidido quedar para comer, en vez de para cenar. Y la mejor muestra de que la cosa ha sido de escándalo es que he llegado hace un ratito: estoy escribiendo esta anotación prácticamente según llego a casa de mi madre.
¿Por qué hemos quedado a almorzar? Porque Manolo y Gema tenían que irse en el AVE de las nueve de la noche, de modo que la única manera de quedar era hoy a mediodía; de lo contrario, hubiera sido el primer año en más de una década en que no nos viéramos, y el Espíritu de la Navidad se hubiera visto gravemente dañado. Y, de paso, mi dietista sería un poquito más feliz. Manolo y Gema se casaron en septiembre y se han ido a vivir a Huelva, de modo que ahora estamos a expensas de que las fechas nos cuadren a ellos y a mí, que vengo desde Barcelona y tampoco puedo quedar el fin de semana de antes de las Navidades, que es lo que solíamos hacer.
La historia de estas cenas (o comidas, como hoy) está sin documentar; craso error, máxime siendo historiadores como somos. De hecho, creo que este año nos hemos hecho la primera foto de la historia de nuestras Navidades Gastronómicas. Es una lástima, porque de otro modo no habría quien se creyera las exquisiteces que pueden llegar a prepararnos Jesús y Raquel (o Manolo y Gema, como el año pasado). Regentaron en tiempos el restaurante de la Casa de León, sita en la malasañera calle del Pez, y eso se nota: son los putos amos. En su casa he probado las mejores migas del mundo; las mejores carnes a la piedra de la galaxia; la mejor salsa de pesto del Universo y alrededores.
Con el paso de los años hemos ido moderándonos: ya no prima la cantidad, sino la calidad. Poquitos platos pero suculentos (como siempre, pero en menos cantidad) y algo de criterio a la hora de elegir los vinos y licores. La fórmula se ha ido afinando: antes no reparábamos en ello, pero ahora hay que tirar de orujos varios para sobrevivir. Hemos llegado a tener años de excesivos daños colaterales, cinturones desabrochados, camisas desabotonadas y aire y jarrita de agua helada. El año que estaba enfermo las pasé putas, estaba entre ciclo y ciclo de quimioterapia, pero me la sudó: nada ni nadie me iba a hacer prescindir de mi cenita navideña en casa de Jesús Villa.
Pero ya digo: este año hemos sido buenos y hemos apostado claramente por la calidad.
Así pues, y hecho el preámbulo, aquí está el menú del día. (Sí, sólo un día después de Navidad: no tenemos remedio.)

Sopa fría de nata con aguacate y caviar de mújol.
Cava: Gramona Imperial, Reserva del 2000.

Pizza casera de ajetes y beicon.
Pizza casera de rucola y queso en finas virutitas.
Vino: Marqués de Riscal, Reserva 2001.

Deconstrucción de tortilla de patatas con cebolla y espuma de yema de huevo.
Vino: Roda II, Reserva 2001.

Pato confitado con jalea semisólida, pinchito de cebollitas caramelizadas y pinchito de gnocci rebozados.
Vino: Ramón Bilbao, Gran Reserva 1996.

Tarta casera de chocolate con base de bizcocho.
Turrones, coquitos y mazapanes.
Bebida: orujo de hierbas y Pacharán casero.

Todavía hemos tenido los huevos de pasarnos la sobremesa (hasta cerca de las diez de la noche) hablando de comida y del Club Gastronómico que quieren montar Jesús y Raquel a partir de febrero. Y, por supuesto, en cuanto se han ido Manolo y Gema nos hemos tomado un chocolatito a la taza y unos churros caseros recién hechos.

Quiero mucho a mis amigos. Los querría aunque no supieran cocinar. Pero, ya digo, para mí las Navidades sin acercarme a casa de Jesús y Raquel en Vallekas no son unas Navidades en condiciones.

Como dice mi queridísima amiga Lola: «Juanma, estás hecho un galguzo».
Y como dice mi también queridísima amiga Zapardiel: «¡Yum, yum!».
Que aproveche la cena. :-)

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domingo, 25 de diciembre de 2005

La banda sonora de mi hogar (De Valencia a Madrid sin salir de Barcelona)

Como ya nos vamos conociendo y somos unos peliculeros de la hostia, doy por hecho que todos los aquí presentes nos hemos sentido en alguna ocasión protagonistas de una película. Dado que la cultura audiovisual nos invade y el cine es cada vez más videoclipero, todas las películas van acompañadas por la correspondiente banda sonora. Hay canciones que nos evocan escenas, secuencias o incluso toda la película.
Si tuviera que escoger la banda sonora de mi vida, ¿qué momentos escogería? Muchos, sin duda. Podría evocar mi adolescencia, cuando llegaba a casa del instituto y esperaba el comienzo el Boletín Imperiodístico de Radio La Voz de la Experiencia (Cadena del Water) mientras Pablo ponía "Don Vito y la revuelta en el frenopático", de Kortatu. También podría recordar, como uno de los puntos culminantes de mi vida (y de cualquier otra) todo un concierto de Bruce Springsteen (Estadio Vicente Calderón, 5 de mayo de 1993) y cómo los primeros acordes del "Born to Run" se confundieron con unos labios tan dulces como hermosos. O la primera escucha de "The Kids", el antepenúltimo corte de mi disco favorito, Berlin, de Lou Reed. O…
Pero no. Acotemos. Lo más «peliculable» de mi vida, dejando de lado mi enfermedad y posterior resurgir (asunto al que volveré en muchas ocasiones) son los últimos cuatro años, desde que iba a dejar la Biblioteca Nacional hasta ahora; además, gracias a mi irmanita Rita (que espero que me esté leyendo, allá en Lisboa), esos momentos tienen un título: De Valencia a Madrid sin salir de Barcelona, en clara referencia a nuestras dos primeras casa, la de la calle Valencia y la de la Avenida de Madrid, donde vivimos nuestra peculiar versión de Una casa de locos. Es una broma privada, pero no me importa compartirla. Ritiña: podrás leer fragmentos de De Valencia a Madrid sin salir de Barcelona antes de lo que te piensas. Incluso esta anotación podría valer como el guión de De Valencia a Madrid sin salir de Barcelona, si quisiera convertirla en película, no en novela.
Así pues, la banda sonora quedaría tal como sigue:

SECUENCIA 1. Desde diciembre de 2001 hasta mayo de 2002.
Todavía estaba en Madrid, catalogando casetes para una subcontrata de la Biblioteca Nacional, en el depósito de Alcalá de Henares. Nos comimos toda la mierda del mundo, porque el proyecto se desarrolló en unas condiciones bastante indeseables, pero aquello estrechó lazos de compañerismo, y de aquella experiencia aún conservo algunas de mis mejores amistades: Alicia, Amaya, Ana o María José.
"No sé qué me das", de Fangoria. Me recuerda al Morocco, en el desparrame posterior a la cena navideña de empresa. Y en muchos, muchos momentos más. La canción ideal para arrancar, puesto que en cierto modo es uno de mis himnos extraoficiales de estos cuatro años.
"Santos que yo te pinte", de Los Planetas. En el cercanías Alcalá-Madrid. Me hacía ilusiones que luego no se cumplieron, pues no supe interpretar ciertas señales que ella me lanzaba. Esta canción era una de ellas.
Yo no soy ningún ángel / Yo no soy ningún santo
Pero lo que estás haciendo / Es que me está matando.
Santos que yo te pinte /
Demonios se tienen que volver.
"La despedida", de Manu Chao. En La Riviera, viendo a Manu Chao en concierto, y luego en mi casa, ante el ordenador, haciéndome ilusiones al abrir el correo electrónico. Otro error de interpretación, que me terminó de decidir a hacer una de las mayores locuras que he hecho por amor: escribirle una carta de quince folios para explicarle qué sentía por ella. Y además el título de la canción es muy oportuno: en aquel momento me estaba despidiendo de muchas cosas.

SECUENCIA 2. Mayo y junio de 2002
Estaba a caballo entre Madrid y Barcelona, para atar cabos del contrato en Gigamesh y asistir al Primavera Sound y la despedida de soltero de Álex. Me pasaba el día pendiente del messenger y despidiéndome de mis amigos de Madrid.
"Common People" y "Sorted For E’s & Wizz", de Pulp. La primera, en todas partes (excepto en el Primavera Sound: Jarvis Cocker no la tocaba). La segunda, en el Primavera Sound. Fue un concierto muy bonito, aunque no tanto como el regreso. Era uno de aquellos fines de semana en que estaba en Barcelona y ya empezaba a preparar el camino.
"Flowers in the Window", de Travis. Cada vez que abría mi ventanita favorita, allí estaba ella y me hacía sentir distinto, mejor.

Wow, look at you now
Flowers in the window
It’s such a lovely day
And I’m glad that you feel the same
’cos to stand up I’m in the crowd
You are one in a million
And I love you so let’s watch the flowers grow.
SECUENCIA 3. Julio y agosto de 2002
Recién instalado en Barcelona. Solo, excepto cuando trasteaba en el ordenador. No había mucha gente más, aparte de Marta y Humberto. Álex estaba recién casado y los demás estaban de vacaciones o no los conocía. La búsqueda de vivienda no era fácil: no sabía dónde buscar, porque en el dominical de La Vanguardia todos los anuncios se derivaban a agencias de intermediación, trampas para recién llegados que pagaban trescientos euros por la gestión, y si te he visto no me acuerdo. No paré de hacer tonterías, impropias de alguien que acababa de cumplir treinta y dos años. Todo iba mal. Estuve a punto de mandarlo todo a tomar por culo, renunciar a mis sueños y regresar a Madrid. Tocando fondo.
"Aserejé", de Las Ketchup. En verano de 2002, la atmósfera se componía de nitrógeno, oxígeno y esa canción de Las Ketchup. Hasta aprendí a bailarla y todo. Que ya es decir, dado lo patito que soy.
"La copa de Europa", de Los Planetas. En aquel ordenador profanado, imaginando vías de escape para el callejón sin salida en que me había metido; imaginando el final de la película, justo antes de que la última línea de J. diera paso a cinco minutos intrumentales de impresión, en los que muy bien podrían aparecer los títulos de crédito de mi aventura barcelonesa.
Cuánto tiempo he perdido ahí afuera
Cuánto por descubrir en mi cabeza
Es tan vasto que da casi pereza
Casi pienso que no tengo fuerzas
Para hacerlo y buscar dentro de mí
Algo nuevo.

SECUENCIA 4. De septiembre de 2002 a enero de 2003
Aquí empieza la película propiamente dicha. En la casa de la calle Valencia. Marian, nuestra casera, tuvo un viaje nefasto a México, en el que vaya usted a saber qué hizo: lo único que nos llegó es que había acumulado deudas y más deudas, y necesitaba aquella casa para pagarlas. Las habitaciones eran una especie de mini apartamentos, con nevera y televisión. A mí me cobraban trescientos cincuenta euros, pero la habitación doble (el salón, reconvertido en dormitorio de matrimonio) cotizaba a quinientos. Al no haber un salón ni un comedor propiamente dichos, la vida social se centralizaba en la cocina, minúscula, o en pequeñas fiestecitas en nuestras habitaciones. Todos compartíamos algo: éramos unos recién llegados a Barcelona que estábamos saliendo a flote y tocando el cielo después de unos primeros meses o semanas para el olvido. Llevábamos un rollito Erasmus sin que hubiera ni un solo erasmus. (Bueno, alguno, pero eran secundarios.) Me pasé aquellos meses descubriendo Barcelona y a mis compis de piso. Emmanuel, mexicano; Rita, portuguesa; Ben, inglés; Aleix, catalán; Gerardo, gallego. Y las canciones se sucedían.
"Canto al pie de tu ventana", de Alejandro Fernández. A falta de ventana a cuyo pie cantar, Emmanuel y yo llevábamos serenata a la puerta de la habitación de Rita. Ella se despertaba contenta y nos agasajaba con su mejor sonrisa. Rita y Emmanuel se convirtieron en el eje vertebrador de la casa: aparte de haber nacido el mismo día, empezaron a organizar cenitas multiculturales a las que asistía gente de todas partes. Emmanuel nos llevaba a sus compañeros de escuela, entre los que salieron muchos buenos amigos: Lily, Ray, Ericka, Gerrit... Rita nos llenó la casa de portuguesas: Cristina, Inés, Sandra, Claudia, Sofía... Ben nos presentó a Geraldine. Y todo empezó a ir bien. Y los sábados y los domingos cantábamos al pie de su ventana:
Canto al pie de tu ventana
pa’ que sepas que te quiero.
Tú a mí no me quieres nada
pero yo por ti me muero.
Dicen que ando muy errado
que despierte de mi sueño,
pero se han equivocado
porque yo he de ser tu dueño.

"The Scientist", de Coldplay. Como decía, el sistema consistía en hacer fiestas privadas: yo saco un vino; Emmanuel, una botella de tequila; Rita y Aleix, algo de comer... y ya tenemos una cena improvisada en la cocina (no teníamos otra zona común) y otra velada inolvidable con la que sellar una hermandad, creíamos aún, indestructible. Algunas veces se nos iba la mano y necesitábamos el Pepto-Bismol de Emmanuel para que nuestros estómagos sobrevivieran. (Un consejo que os doy: nunca intentéis hacer una entrevista resacosos, sobre todo si apreciais al entrevistado... y vuestro trabajo, claro está.)
"Broken Heart", de Spiritualized. Me trae recuerdos. El chill-out de una fiesta, ésta algo más concurrida. Estábamos haciendo tiempo hasta que me fuera a Madrid en el primer avión del día, y de allí a Jaén: operaban a mi madre y el asunto pintaba mal, muy mal. Quedaba poca gente en la fiesta. Extendimos cojines y colchones por el suelo de la habitación de Aleix (que aquel fin de semana debía de estar en La Sénia) y nos tumbamos a relajarnos mientras Jason Pierce nos hacía flotar por el espacio. Ojalá hubiera estado flotando de verdad en el espacio: iba hacia lo desconocido, la operación podía salir mal. Todo había sido tan rápido… Y yo tenía miedo, y necesitaba una canción cruelmente hermosa y tranquilizadora como aquella.
Though I have a broken heart
I’m too busy to be heartbroken
There’s a lot of things that need to be done
Lord I have a broken heart
Though I have a broken dream
I’m too busy to be dreaming of you
There’s a lot of things that I gotta do
Lord I have a broken dream
And I’m wasted all the time
I’ve gotta drink you right off of my mind
I’ve been told that this will heal given time
Lord I have a broken heart
And I’m crying all the time
I have to keep it covered up with a smile
And I’ll keep on moving on for a while
Lord I have a broken heart.

SECUENCIA 5. De febrero a mayo de 2003
Marian, nuestra casera, echó a Emmanuel. Le dio un mes para irse de la casa. Tras una conversación realmente tensa, todos los demás decidimos irnos con él y de paso le jodimos el negocio a la chica, porque mientras hubo alguien en casa ella no enseñó ninguna habitación, supongo que para evitar chismorreos. De pura chorra encontramos el piso de la Avenida de Madrid, cuando estábamos lamentándonos por haber perdido uno en la plaza de Molina que, por tener, tenía hasta chimenea. Iniciamos una convivencia de verdad, con derechos y obligaciones. Hicimos muchas fiestas y hubo muchísimo alcohol, algunas drogas y, por lo que a mí respecta, nada de sexo.
También íbamos a fiestas en otras casas. Íbamos extendiendo el círculo social. Conocí a Ricardo Flores y Vicky, a Norberto y Aurora, al hermano y los amigos de Aleix. También llevé a casa a mis amigos: Álex, Núria y Yolanda. La casa era una mierda y, como nos mudamos los cinco en bloque, nos acabamos acomodando en un piso de cuatro habitaciones. Yo compartía dormitorio con Emmanuel, y funcionábamos en plan Lady Halcón: él estudiaba toda la noche en el salón, hasta las seis y pico de la mañana, y a esa hora yo me levantaba para ir a trabajar. Además, Gerardo se lió con Mariana y la metió en la casa, con lo que aquello parecía el camarote de los hermanos Marx. Pero nos queríamos, y creíamos que con eso bastaba.
"Garota de Ipanema", de Antonio Carlos Jobim. Rita llegaba a casa después de una dura jornada haciendo campañas de marketing de los bolígrafos Bic, nos miraba feo cada vez que hacíamos algún chiste del palo «¡Mira el Pilot más majo que me he comprado en el Abacus!», repartia besos a todos sus hermanitos y ponía algo de música en portugués. De su música. Si no era Antonio Carlos Jobim era Daniela Mercury.
Olha que coisa mais linda,
mais cheia de graça
É ela menina
que vem que passa
num doce balanço
caminho do mar.
"Holes" y "Opus 40", de Mercury Rev. Desde la mesa de diseño de Aleix llegaban los primeros acordes del Deserter’s Song. Llegaba al comedor un suave efluvio a marihuana. Sonreía sin parar. A veces, Emmanuel las ponía en medio de alguna fiesta multitudinaria (hasta sesenta personas calculamos que pasaron en un momento u otro de la fiesta de inauguración), pero sobre todo sonaban cuando llegaba la noche y Aleix y yo hablábamos hasta las tantas.
Well she tossed all night like a raging sea
Woke up and climbed from the suicide machine
With her spanish candles and her persian poems
Stuck on the rocks inside opus 40 toned
And scratching her wrists in the pouring rains
He collapses down upon the ocean floor again
Tears in waves minds on fire
Nights alone by your side.
"Se me olvidó otra vez", de Chavela Vargas. Fuimos de excursión a otra casa, en Santa Eulália, donde todos eran puros mexicanos: Ray, Norberto, Aurora, Ricardo y Vicky. Jugamos. Bebimos. Cantamos. Yo era el único no mexicano y me sentía como en casa, cantando con ellos a grito pelado:
Probablemente ya de mí te has olvidado
y sin embargo yo te seguiré esperando
No me he querido ir para ver si algún día
que tú quieras volver me encuentres todavía.
Por eso aún estoy en el lugar de siempre
en la misma ciudad y con la misma gente
para que tú al volver no encuentres nada extraño
y sea como ayer y nunca más dejarnos.
Probablemente estoy pidiendo demasiado
Se me olvidaba que ya habíamos terminado
que nunca volverás, que nunca me quisiste
Se me olvidó otra vez que sólo yo te quise.
SECUENCIA 6. Mayo y junio de 2003
Llegaron dos malas noticias familiares; una de ellas, irreversible, la del padre de Emmanuel; la otra, por suerte, se quedó en un error de diagnóstico. Agitación. Replanteamientos vitales. Problemas de salud. Quemaduras. Viajes que podían ser los últimos en que viéramos a las personas más importantes.
"2 Rights Make 1 Wrong", de Mogwai. Viernes. Primavera Sound. Mucho ruido. Mi hermano Pablo acababa de decírmelo. Nos preparábamos para lo peor. Me pasé tres meses contando los días que faltaban. Al final fue una falsa alarma. Y menuda mierda: ver a alguien de quien te ha contado que puede morir en cualquier momento y ver que está igual, casi perfecta. Y no entender nada. Y el tiempo pasando.
"Seven Nation Army", de White Stripes. Sábado. Primavera Sound. Mucha lluvia. Me había costado dos litros de cerveza Franziskaner convencer a Emmanuel para que se subiera al Poble Espanyol con Iván, Ángel, Aleix y Romà. Fue un conciertazo. Todos estábamos ebrios de gozo, chapoteamos desafiando al resfriado y las inclemencias climáticas, ménades indies en una bacanal de agua y electricidad.
"Angel", de Massive Attack. Polideportivo Vall d’Hebron. El futuro empezó el día que salió a la venta Mezzanine. Otro conciertazo. Regresamos y no nos dejaban entrar en Pachá, en la fiesta de Bic a la que nos había invitado Rita. Ni siquiera el mejor talante negociador de Gerardo fue suficiente para que los seguratas decidieran que esos tres arrastrados merecían entrar en la discoteca megapija por excelencia. Tampoco sirvieron de nada los razonamientos, cada vez más exaltados, de Rita y de su jefa. No hubo manera: en encargado de presencia de Pachá no nos dejó entrar y, cuando por fin Rita consiguió convencerlos, la cosa se torció, de modo que nos fuimos a casa, nos hinchamos a gin-tonics y seguimos escuchando el Mezzanine hasta las seis de la mañana. Es una larga historia, tan larga como el fragmento instrumental que remata la canción.
"Sine Wave", de Mogwai. Aquella vez no fue una falsa alarma. Sucedió de verdad. Fue irreversible. Y Emmanuel y su padre tuvieron que regresar a México: «Llévatelo mañana mismo», le dijo la doctora. «La semana que viene podría no aguantar el viaje.» Y apenas vivió un mes después de aquello. Le cambió la vida y de camino comenzaron los problemas de convivencia. Aquello marcó el punto de inflexión. La convivencia dejó de ser divertida. Empezamos a despertar del sueño. La realidad se nos echó encima.

SECUENCIA 7. De junio de 2003 a enero de 2004
Desidia. Cuesta abajo. Pocas fiestas, poca alegría, mucha suciedad y muchísimos cabreos. Cambios de habitaciones: a Aleix le venía mejor la habitación «de los niños» que habíamos compartido Emmanuel y yo; la suya era oscura y pequeña, y como yo apenas paraba por casa me dio igual hacer el cambio; Gerardo y Mariana se conformaron con su habitación individual, porque él no soportaba el ruido procedente de la calle. Rita se fue de la casa. Luché con Gerardo para evitar que pusiera la habitación de Rita en alquiler: ¿Dónde iría Emmanuel cuando regresara? Meses extraños.
"Pagan Poetry" y "Frosti", de Björk. Encerrado en mi nueva habitación, en la entrada de la casa, con el disc-man puesto a toda leche, refugiándome en mi mundo interior.
"Tomorrow Never Knows", de The Beatles. Aleix y David iban con un ciego considerable, y Gerardo tampoco se quedó corto: demasiada marihuana. Me dio cierta pena perderme esa parte de la diversión, no poder ni querer compartirlo todo, pero la música y la luz eran sugerentes. El día siguiente había que trabajar, pero el Revolver es el Revolver. Y total: cuando ya te has pasado año y medio durmiendo tres o cuatro horas, estas fiestas improvisadas son pan comido.
Turn off your mind,
Relax and float down stream
It is not dying
It is not dying.
Lay down all thought
Surrender to the void
It is shining
It is shining.

"Missing", de Everything But the Girl y "Feel", de Robbie Williams. Cada vez iba quedando más claro quién mandaba en la casa. Cuando un macho dominante se va y sólo queda el otro, quien no entra en el juego se termina yendo de la casa; es lo que sucedió con Rita y lo que terminamos intentando Aleix y yo. Mucha palabrería: Familia. Unidad. Familia. La realidad: mucha mugre. Ya sólo quedábamos cuatro.
"Si está bien", de Los Planetas. Más marihuana mientras Aleix hacía trabajos de clase. Más sonrisas. Más afinidades. Más certeza de que íbamos a huir hacia delante.
"Brown Eyed Girl", de Van Morrison. Y por fin nos vimos, y fue mejor que la mejor de las previsiones. Pero muy fugaz. La primera vez, en verano (me cambié las vacaciones sólo para verla tres horas), acompañándolas (a ella y una amiga) de la estación de Chamartín, de donde venían de un no-concierto de Van Morrison en Santiago de Compostela, a la de Atocha. Croissanes a la plancha, abrazos y tostadas en el invernadero de la estación de Atocha. La segunda, aún más fugaz, apenas un par de horas después de un día ajetreado de octubre: de Jaén a Madrid en tren (cuatro horas); de Madrid hasta su ciudad en tren (tres horas y pico, porque encima tuvimos retraso); una hora caminando por su ciudad hasta que ella saliera del trabajo; un par de horas tomándonos algo en una cafetería y un bar de pinchitos; un «Juanma, estás loco» respondido con un escueto pero elocuente «Ya lo sé»; tres horas de regreso en el último tren y, al día siguiente, de vuelta a Barcelona. El León de Belfast, en una de sus canciones más bonitas.
SECUENCIA 8. Enero y febrero de 2004
Redecorando nuestras vidas. Decepción al comprobar que los seis meses anteriores habían sido un parche. Así que Aleix y yo intentamos irnos de la casa, pero con bastante poca cabeza. Consumamos la traición. Pagamos la penitencia. Nos mudamos a una casa nueva, sobre una nueva base y esta vez con garantías de juego limpio, creíamos.
"Qualsevol nit pot sortir el sol", de Jaume Sisa. Mi vida estaba en Catalunya, entre catalanes. Y la música en catalán me empezaba a gustar.

Benvinguts passeu, passeu.
Ara ja no hi falta ningú,
o potser sí,
ja me n'adono
que tan sols hi faltes tu.
També pots venir si vols.
T'esperem,
hi ha lloc per tots.
El temps no compta
ni l'espai.
Qualsevol nit
pot sortir el sol.
"Electricistas", de Fangoria. Entre unas sábanas ajenas cuya dueña podrá decir todas las veces que quiera que no es nuestra canción (venga, vale, acepto "Seven Nation Army" como alternativa), pero a la que siempre recordaré cantando el estribillo:
Ven, sube a mi nube
Yo te estaré esperando.
Flotando, gozando
Del éxtasis de estar aquí.

SECUENCIA 9. Desde febrero de 2004 hasta hoy
En la casa de la calle Arizala, en la que ya llevamos casi dos años. Es el epílogo de la película, porque a partir de aquí ya todo es rutina y vida normal, la vida de alguien que por fin ha encontrado su lugar y empieza a vivir y trabajar como le corresponde, no como si fuera un crío recién desbravado. Epílogo apacible durante los primeros meses. La convivencia de antaño ya era sólo un recuerdo. Todos los que habíamos quedado teníamos algo que reprocharle al otro, lo que en cierto modo nos igualaba. Ya no éramos hermanitos, aunque se siguiera hablando de familia, unidad y familia. Y sólo hubiera mugre. E Iguana. Por fin estábamos en la única casa digna en la que hemos vivido y no podía disfrutarla.
"Ole papa", de Josele Santiago. Mi primo y su guitarra. Dos conciertos casi seguidos (en La Pedrera y en La Paloma) y el disco puesto a todas horas.
He pintado mi chabola
con música de jazz
y con pastillas juanolas
rechupeteás.
He sellado las ventanas
con artistas disecás,
con fines de semana
y compresas usás.
Y he desarmao el tejado
para hacerme un xilofón.
La lluvia me lo ha afinado
para que él despeje el sol.
Y, mira, yo al mundo de arriba
y al mundo alrededor
los he mandao de gira
con un grupo de rock.
Y están ya muy lejos,
ole papa.
Guarda el catalejo
y tira el mapa.
"Alone in Kyoto", de Air. Broncas. «Haz el favor de dejar cerrado el ascensor, que los vecinos se quejan y vas a conseguir que nos echen de esta casa.» Y ni caso.
"Green Grass of Tunnel", de múm. Más marihuana. Más sonrisas de oreja a oreja. Más broncas.
"[Track 3]", de Sigur Ros. A cualquier hora de la noche, pared con pared. Más porros: hasta yo tenía colocones producidos por la marihuana que flotaba en el ambiente. No me miró a los ojos cuando dijo que se iba. Tuvo que decírnoslo por separado. Comenzó la temporada de castings, y hasta hoy. Se va Aleix, entra Lluis. Gran fichaje.
"Take Me Out", de Franz Ferdinand. Nuevas amistades. Noches en el Razzmatazz que terminaban los domingos por la mañana en el Estudiantil y, a veces, en el mercat de Sant Antoni. Y un nuevo casting en la casa, y esta vez de habitación doble. Se van Gerardo y Mariana y entran Luis y Pamela. A ver qué tal la nueva pareja; parecen majos.
"Reptilia", de The Strokes. Más noches en el Razzmatazz. No hay color: DJ Amable es el mejor. Y no te apetece volver a casa porque Luis no se termina de irse, después de aquella noche en que pegó a Pamela y luego estuvo persiguiéndola por la casa. Y para no dormir del cabreo y la incertidumbre, mejor no dormir porque me lo haya pasado bien, y que me quiten lo bailao.
"Deceptacon", de Le Tigre. Noches en el Déjàvu, antes de que nos lo cerraran. Y luego la seguimos poniendo en el curro. Y menos mal que Pamela plantó a Luis, y qué pena que ella se fuera (no podía pagar ella sola el alquiler de la habitación), porque fue muy buena compañera de piso, y a ver qué tal nos sale el nuevo.
"Hey Boy Hey Girl", de Chemical Brothers. Cuando crees que el ambiente ya no puede estar más caldeado y no puedes bailar más, DJ Amable o DJ Peter Pan obran el milagro. Y el sábado dura hasta la tarde del domingo. Y un sábado vamos al Déjâvu y nos lo han cerrado. Y me tienen que parar los pies porque quiero echar al nuevo, José Antonio, que en lo dos meses que se tiró en la casa sólo llegó a pagar una parte de la fianza. Y yo que le dejaba claro que lo podía echar en cualquier momento, y a él que le resbalaba.
"Dando vueltas", de Nosoträsh. Y cuando por fin encuentras un compañero de piso con el que estás a gusto, Jordi, también se va, porque la habitación es muy cara. Y menuda mierda, porque es majísimo. Y menos mal que Andrés y Eli también son encantadores, y qué pena que también se vayan a ir. Y así indefinidamente, dando vueltas, como en la canción de Nosoträsh:
Es mi corazón
Una puerta giratoria
Y cuando alguien entra
Ya se queda dando vueltas
Para siempre
Sobre mí.
Y ahí me han retratado. Ese es mi estado emocional actual. Y ya no espero el «Corten» y que la vida real comience de una vez, porque esto ya es la vida real, y aquello también lo era entonces y lo había sido siempre, aunque disfrazada de película para tardoalescentes. Pero estoy contento por todo, incluso por las escenas amargas, las tomas falsas que se han quedado en la mesa de montaje y los excesos del guionista. Por supuesto que estoy contento. Es mi película, y la de más gente, y quiero compartirla.

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Más felicitaciones navideñas

Llegadas por sms entre ayer y hoy:

San José, la Virgen María, la mula, el buey, la Sociedad Protectora de Animales de Galilea, los pastores, las asociaciones de vecinos de Belén, el Niño, los Reyes Magos, los pajes, los camellos, su puta madre, mi suegra, mi perro, la parienta, los niños y yo te deseamos una ¡¡FELIZ NAVIDAD!!

Papá Noel se ha vuelto loco: se ha follado al Reno, al Enano y al que tiene el móvil en la mano. Feliz Navidad.

Aviso a toda la población: el simulacro de paz y amor ha finalizado. Guarden los langostinos, insulten a sus cuñados y disuélvanse.

También había unas cuantas del palo «Que todos tus sueños se hagan realidad, que reine la paz y el amor», etcétera, y que agradezco igualmente. Besitos muy grandes a todos.

sábado, 24 de diciembre de 2005

Me causa honda satisfacción...

(Desarrollando un email remitido por Manuel Díez Román.)

Mis mejores deseos para estas Navidades.

Que si paz, que si salud, que si amor... Bla, bla, bla.
Basta de farsas. Fuera máscaras.
Pues yo os deseo polvos increíbles, orgasmos inolvidables, que curréis la mitad y cobréis el triple, mil noches de juerga y que os toque la lotería, ¡copón ya!

Y, por supuesto, que paséis felices fiestas con los vuestros.

Un meme, dos memes, tres memes

Por petición expresa de Javier Esteban (y ya que aparece en todos los blogs) me sumo al meme de moda en la blogosfera friki. Pily B. no lo ha rellenado. Ya tardas, vida.

Una canción que te emocione hasta las lágrimas:
Hay unas cuantas, pero puestos a elegir:
"Volver, volver", de Chavela Vargas.
"Te recuerdo Amanda", de Víctor Jara.
"Ojalá que te vaya bonito", de Chavela Vargas.
"My Way", de Frank Sinatra.
Una canción que te ponga a mil (activo, con pilas):
"Debaser", de los Pixies.
"Veronica", de Elvis Costello.
Una canción para dormir:
"Sunday Morning", de la Velvet Underground.
"Broken Heart", de Spiritualized.
Una canción para hacer el amor:
Los jadeos de ella junto a mi oreja.
Una canción para recordar la mejor época de tu vida:
Dejando de un lado el hecho de que la mejor época de mi vida es ahora, convengamos en que tengo morriña de cuando no tenía obligaciones laborales y me acababa de echar novia. En ese caso:
"Ojalá", de Silvío Rodríguez.
"Born To Run", de Bruce Springsteen.
Una canción para recordar la peor época de tu vida:
"Sine Wave", de Mogwai.

¡Yo no quería abrirme un blog!

Algunos os vais a descojonar, y con razón. Yo también he caído. Tanto tiempo diciendo que jamás me iba a abrir un blog, que es pornografía emocional, que es un gesto de vanidad y autobombo, que si quiero contarle un problema a alguien no tengo más que quedar con esa persona a tomar un café o una cerveza y contárselo, que esto y lo otro y lo de más allá… y al final he caído.
El título lo tenía bastante claro desde que me decidí a abrirme el blog. David Panadero me proponía cambiarlo por Pornografía de los Sentimientos, pero prefiero Pornografía Emocional. ¡David, que esto es un blog, no una película de Isabel Coixet!
Como el que yo me abra o me deje de abrir un blog es un hecho tirando a irrelevante, tampoco me voy a extender en justificaciones (después de varios años de inactividad creativa, estoy en un proceso expansivo y reactivándome a marchas forzadas y bla, bla, bla) ni a echarle la culpa a nadie en concreto (tantos «Juanma, ábrete un blog» que he tenido que escuchar en el último año y pico; tantos «Soy leyenda» socarrones por mi parte cada vez que coincidía con media docena de amigos y yo era el único sin blog). Simplemente, en este momento me apetece abrirme un blog, pontificar un poco, compartir idas de olla con vosotros, hablar de los lugares, acontecimientos y personas que me gustan y disgustan con otras personas que me gustan y, en suma, dejar constancia de que (parafraseando al poeta) aquí estoy porque he venío.

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